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Recomendación: "Señor amor tímido" de Fabián Sevilla, por Sivela Tanit

Este es un cuento cómodo de leer, está lleno de esperanza y el tema principal es la timidez. Es un pensamiento común imaginarse a un personaje tímido que cree que es el único en el mundo con esa característica; sin embargo, en la historia que nos presenta Fabián Sevilla, se da cuenta de que hay muchos tímidos y todos tienen anhelos básicos, como encontrar el amor.

El protagonista de esta historia está enamorado de una joven y su principal obstáculo es su propia timidez. La conoce porque viajan diario en el autobús; ella siempre se sienta en el mismo lugar y siempre va leyendo el periódico. Él tiene cinco años tratando de llamar su atención, infructuosamente, con situaciones sutiles que resultan cómicas y absurdas.

Es un relato tierno, que tiene un mensaje optimista sobre cómo vencer las propias dificultades del carácter de una manera sencilla e ingeniosa.

La pueden encontrar en la siguiente dirección: https://sivela.blogspot.com/2009/06/sevilla-fabian-senor-amor-timido.html

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Señor amor tímido - Fabián Sevilla


    Archivaldo era muy pero muy tímido. Tanto que se pedía permiso para mirarse en el espejo. Estaba enamorado de una chica que viajaba en el mismo colectivo que él, de lunes a viernes, a la ida y vuelta del trabajo. Linda y de ojos tristones, se sentaba siempre hacia la ventana, en la séptima fila, de la Línea 60.

    Él jamás le habló o la miró de frente. Fue todo un logro animarse a ocupar el asiento del pasillo junto a ella en cada viaje, de lunes a viernes de ida y vuelta del trabajo, en los últimos cinco años.

    Una vez carraspeó la garganta para llamar su atención. Pero la chica ni lo escuchó. Siempre leía el diario, de ida y vuelta, de lunes a viernes, durante los últimos cinco años. Otra vez, Archivaldo quiso ofrecerle una pastilla, pero se puso tan nervioso que en una frenada las mentitas rodaron por todo el colectivo. Ella, leía. Ni lo notó.

 

    Un día, el tímido enamorado sacó coraje y puso este aviso en la página 3 del diario:

    A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:
¿Tiene novio?
Firma: Señor Amor Tímido

    La mañana siguiente, en el colectivo, esperó alguna reacción de su amada. Nada. Pero al otro día, Archivaldo encontró este aviso en la página 3 del diario:

    Al Señor Amor Tímido:
No
Firma: La chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila.

    ¡Qué feliz se puso! Tanto que sopó el diario en el café con leche, se metió una medialuna bajo al brazo y así salió a la calle. El viaje fue como siempre: él en silencio, ella pegada a la lectura.
Al otro día, apareció este anuncio:

    A la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:
¿Cómo se llama?
Señor Amor Tímido

    Nuevamente, en el desayuno Archivaldo se desayunó con que se llamaba Margarita. Fue y publico esto:

    ¡Qué lindo! Como la flor
Señor Amor Tímido.

    En la página 3 del diario del día siguiente, el tímido leyó:

    Al señor Amor Tímido:
Si, ¿vio?

    Aviso va, aviso viene, comenzaron a conocerse. En letras de molde se contaron cosas como la música que escuchaban, las películas que preferían, lo que habían comido ayer y cenarían hoy, el gusto compartido por los animales y los enanos de jardín, sus coincidencias sobre política, geografía o sabores de helados; también sus diferencias respecto a literatura, modelos de zapatos o si la ch es o no una letra.


    Un lunes, tras ver de reojo que ella acariciaba el anuncio de aquel día, Archivaldo se animó. Le dijo como al pasar:
-¡Qué loco, no!
-¡Ajá! Loco, pero lindo.


    Los avisos siguieron apareciendo, generando un efecto dominó inesperado. De pronto todas las chicas de ojos tristones de la ciudad creyeron ser la que de lunes a viernes viajaba en el 60, de ida y vuelta, contra la ventana de la 7º fila. Y cada vergonzoso solitario pensó que era el Señor Amor Tímido. Así, los que como Archivaldo gustaban de alguien se animaron y confesaron su amor. Las personas de ojos tristones estuvieron atentas a ver quién podía ser su amor tímido y descubrieron que siempre, alguien, las quería en secreto pero tenía vergüenza de decírselo.


    Se formaron parejas. Los titulares anunciaban el crecimiento del índice de enamorados y el descenso del de tímidos y el de ojos tristones. En la página 3, seguían los avisos. 


    A esa altura, Archivaldo y Margarita ya conversaban en sus viajes. Ella le leía las noticias y él le daba su opinión. También hablaban de los anuncios. Que, ¿quiénes serían el Señor Amor Tímido y la chica de ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, hacia la ventana de la 7º fila? ¿Dónde vivirán? ¿Serán rubios, morochos, pelados, altos, bajos, gordos, flacos? ¿Se conocerían alguna vez?
Así, él ganó confianza y a ella, su habitual compañero de viaje comenzó a gustarle. Por eso, un día Archivaldo (y toda la ciudad), leyó el siguiente anuncio:


    Al estimado Señor Amor Tímido:
Le ruego me disculpe, pero no puedo seguir con esto. Hay alguien que me gusta y no sería correcto avivar su ilusión. Espero me entienda.
Suya
La chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila.

    La ciudad entera esperó con ansias hasta el otro día. En parques, bares, oficinas, esquinas y colectivos, se leyó:

    A la querida chica que ya no tiene ojos tristones que de lunes a viernes viaja en el 60, de ida y vuelta, en el asiento de la ventana de la 7º fila:

    La entiendo. No tiene por qué disculparse. Espero que ese alguien que le gusta, la haga muy feliz. Hasta la vista.  

    Señor Amor Tímido


    Los avisos dejaron de aparecer. Pero afortunadamente, los porcentajes de tímidos y ojos tristones se mantuvieron en el piso. Los de enamorados, estables.


    Archivaldo ya no viajó en silencio. Margarita no se pegaba al diario. Iban y venían, de lunes a viernes, sentados en cualquier parte del colectivo o parados, pero tomados de la mano. 


    Sábados y domingos disfrutaban de su amor. Sin timidez.