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616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió.