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616 Todo es Infierno - David Zurdo

Capítulo 14 

Audrey cortó sin responder la llamada de Joseph a su teléfono celular. El bombero no había dejado de intentar hablar con ella en los últimos días. La memoria del contestador de la casa de Audrey estaba llena de mensajes suyos, y la secretaria de la consulta no sabía ya cómo decirle que su jefa llevaba días sin acudir al despacho. La psiquiatra estaba evitando a Joseph y él ya tenía que haberse dado cuenta de ello. Pero no iba a desistir. De momento se limitaba a esas insistentes llamadas telefónicas. No había aparecido aún en casa de Audrey, ni tampoco en la residencia de ancianos, aunque lo haría más tarde o más temprano. Joseph era una buena persona y estaba preocupado por ella. ¿Cómo podría no estarlo después del estado en que se presentó en su casa aquella noche, empapada y completamente aturdida?

Audrey había ido al apartamento de Joseph siguiendo un impulso. Buscaba el más primitivo de los consuelos: el abrazo de otro ser humano. Se sentía dolida y desamparada, y eso le hizo cometer un error que ahora trataba de enmendar. Ella y Joseph habían acabado acostándose y haciendo el amor, algo que Audrey no buscaba ni pretendía cuando fue a casa del bombero. Era la primera vez que estaba con un hombre desde… no recordaba desde cuándo. Joseph había sido tierno y cariñoso con ella, y eso no hacía sino empeorar la situación y volver más difícil lo que Audrey tenía que hacer. No quería empezar ninguna relación de ningún tipo. Ni siquiera con alguien tan encantador como Joseph. Quería centrar todas sus fuerzas en encontrar de nuevo a su hijo Eugene. Solo eso le importaba.

Ante la insistencia de Joseph, Audrey le había contado aquella noche cómo la mujer de su amigo Michael McGale acababa de morir de un infarto repentino en un restaurante próximo a su consulta. Lo hizo de un modo atropellado y confuso, y demasiadas cosas quedaron por aclarar. Pero Joseph no la presionó para que le contara más de lo que Audrey quiso contarle. Esta dejó el apartamento poco antes del amanecer, tras despertarse de un sueño ligero e inquieto, cuajado de pesadillas. Joseph había pasado buena parte de la noche intentando serenar a Audrey en los peores momentos. Realmente era una buena persona. Pero Audrey debía seguir adelante. Ella sola. No quería involucrarle en lo que iba a ocurrir y en su incierto y temible desenlace.

Daniel estaba poseído por el Demonio. La madre superiora tenía razón. A Audrey ya no le quedaban dudas sobre eso. «Demuéstrame que lo que dices es cierto y creeré en ti», le había dicho Audrey al Daniel oscuro, cuando este dejó ver que era el Demonio y afirmó que podría contarle la verdad sobre Eugene. Audrey no le creyó, e ingenuamente le exigió una prueba. Él ansiaba dársela. Y lo hizo. La falta de fe de Audrey había condenado a la mujer de su amigo Michael. Una muerte más con la que su alma tendría que cargar. Ese fue el precio para que se le abrieran los ojos, porque ahora sí tenía fe. Ahora sí creía que Daniel sabía la verdad sobre Eugene, y que el Demonio hablaba por su boca.

Audrey deseaba conocer esa verdad. Lo necesitaba atormentadamente. Cada segundo que pasaba en la ignorancia de lo que había sido de Eugene era un nuevo clavo que le atravesaba el alma. El ser que poseía a Daniel podía acabar con ese sufrimiento. Pero Audrey tendría que pagar un precio por ello. Las enseñanzas de sus padres y su formación religiosa coincidían en que el Demonio nunca da nada a cambio de nada. Y a Audrey le aterraba perder lo único que aún le importaba, aparte de encontrar a Eugene: su alma.

Se hallaba en medio de dos abismos igual de profundos, entre los que parecía que iba a verse obligada a elegir. Pero había vuelto a la residencia con la firme esperanza de no tener que hacerlo. Días antes creía haber descubierto un modo de hacer hablar al ser diabólico que habitaba el interior de Daniel sin condenarse por eso irremisiblemente a las llamas del Infierno. Una sola posibilidad, que, además, salvaría también al viejo jardinero, inocente de todo aquello.

En pocos minutos, un sacerdote enviado por la diócesis de Boston llevaría a cabo con Daniel un ritual de exorcismo. La madre superiora se había ocupado de hacer los preparativos y de acelerarlos todo lo posible. Se mostró de acuerdo con la idea del exorcismo en cuanto Audrey se la propuso. La religiosa sospechaba ya desde hacía tiempo de la presencia del Maligno en Daniel, pero no quería ser ella quien propusiera un exorcismo, a no ser que Audrey estuviera también convencida. Y ese momento había llegado.

Ante la entrada de la residencia, quieta y con la mirada perdida en los vetustos muros, Audrey rezó. Por primera vez en muchos años, lo hizo con auténtica humildad. Le pidió a Dios que la ayudara en este trance, para que el exorcista consiguiera arrancar de Daniel al Demonio y para que ella pudiera arrancarle al Demonio la verdad sobre Eugene. Audrey sabía que el exorcismo era peligroso y que podría sacar a la luz hechos oscuros de su pasado, pero no había alternativa. Además, eso ya no la preocupaba. El Demonio no le mintió cuando dijo que nada es más importante que la verdad.

Se sentía débil y mareada. El hedor a enfermedad y orines rancios de la entrada le revolvió el estómago, aunque no había nada en él excepto un poco de agua. Llevaba tres días sin comer alimentos sólidos. El padre Tomás Gómez, que celebraría el exorcismo, le había comunicado a la madre superiora que un ayuno riguroso de todos los que fueran a asistir al ritual era imprescindible para combatir eficazmente al Demonio. Eso decidió que solo Audrey y el sacerdote participaran en el exorcismo de Daniel. La madre Victoria insistió con terquedad en hacerlo también, pero Audrey logró disuadirla. La psiquiatra argumentó primero que la edad avanzada de la religiosa no le permitiría un ayuno absoluto, pues eso pondría en peligro su salud. Pero la religiosa no cedió. Estaba dispuesta a arriesgarse si con eso ayudaba a liberar a Daniel del Maligno. Frente a esta actitud, Audrey utilizó otro argumento, el único capaz de convencerla: la fragilidad de la madre superiora no solo no ayudaría a Daniel, sino que podría fortalecer al ser que lo poseía y hacer que resultara imposible expulsarlo de él. La monja cedió por fin, para alivio de Audrey, aunque una parte egoísta de ella habría deseado que no lo hiciera.

El exorcismo iba a celebrarse en la habitación de Daniel. Era el lugar más discreto aparte de la sala de terapia, que enseguida fue descartada. Tanto a la madre Victoria como a Audrey les daba la impresión de que la sala era un «terreno favorable» para el Enemigo.

Antes de dirigirse hacia la habitación, Audrey pasó por el despacho de la religiosa. La conversación que mantuvieron fue corta. Empezó con una petición de la monja: «Ve con Daniel. Está muy asustado y el padre Gómez no me permite verlo. Nosotras rezaremos por él en la capilla», y terminó con un ruego afligido: «Que Dios nos proteja».

Un inusual olor a incienso se mezclaba con el tufo rutinario a desinfectante en el pasillo que conducía hasta Daniel. Delante de la puerta de su habitación, el exorcista esperaba a Audrey, vestido para el combate. Pues de eso se trataba, de un combate. Sobre el hábito llevaba puesta la túnica ceremonial de lino blanco, el alba, y de su cuello colgaba una estola morada. Cuando habló, fue muy directo en sus palabras:

—Señorita Barrett, soy el padre Gómez. Aunque la Iglesia recomienda ahora que esté presente un psiquiatra en los exorcismos, sus conocimientos científicos aquí no sirven de nada por sí mismos, así es que haga el favor de observar y no intervenir en ningún momento, salvo cuando yo se lo diga. ¿Estamos de acuerdo?

—Por supuesto.

Quizá por influencia del cine, Audrey esperaba encontrarse con un sacerdote ya anciano, de aspecto sabio y mirada profunda, con un gesto duro esculpido en mil batallas contra el Príncipe del Mal. Esa era la imagen que Audrey tenía de un sacerdote exorcista. Y no pudo evitar sentirse decepcionada, además de temerosa. El padre Gómez era un hombre joven, de origen puertorriqueño y gesto altivo. Su voz afectada y su comentario desdeñoso revelaban una soberbia que la inquietó. Un exorcismo es una lucha despiadada entre el Bien y el Mal, una tierra de nadie donde las fuerzas de ambos bandos se encuentran más igualadas que en ningún otro caso. Para vencer la batalla son necesarias fe y perseverancia. Pero también humildad. Un exorcista que carezca de ella puede caer fácilmente en las trampas del Demonio. Dios es quien sale victorioso en un exorcismo, y no el exorcista, que es su mero instrumento. Ojalá el padre Gómez no se olvidara de ello.

—¿Es este su primer exorcismo? —Audrey tuvo que preguntar. Había demasiado en juego.

—¡Claro que no! ¡Por supuesto que no es mi primer exorcismo!

—Me alegro. Para mí, sí lo es.

Él la miró con desdén y, sin añadir nada más, entró en la habitación de Daniel. Allí el olor a incienso era casi sofocante. Daniel estaba sentado encima de la cama. A su lado, el exorcista había puesto el crucifijo que normalmente colgaba de la pared. Y Audrey detectó también otro cambio: sobre la mesilla en la que solía haber una lámpara, el padre Gómez había colocado una imagen de la Santísima Virgen y dos pequeños recipientes, uno con agua bendita y otro con sal.

—¡Au… drey! Tengo… miedo.

—Vuelve a sentarte —le ordenó a Daniel el sacerdote, cuando vio que el anciano iba a levantarse de la cama.

—No hace falta que le hable así —dijo Audrey—. ¿No ve que está aterrorizado? Tranquilo, Daniel. Yo estoy aquí. No va a pasarte nada.

El exorcista puso una mueca exasperada, antes de decir:

—Señorita Barrett, ya le he dicho que usted debe limitarse a hacer lo que yo le diga. Si eso no le parece bien, será mejor que se marche ahora mismo y que no participe en el ritual. No se puede ser condescendiente con Satanás.

Audrey pensó: «Este no es Satanás, pedazo de imbécil. Es solo un pobre anciano retrasado que está muerto de miedo». Sin embargo, lo que dijo fue:

—Haré todo lo que me ordene.

—Muy bien —la voz del padre Gómez sonó aguda, de complacencia—. Puede empezar poniéndole esto a Daniel.

Al ver lo que el exorcista sacó de su maletín, Audrey tuvo que contenerse otra vez.

—Yo… no quiero… co… rreas.

La expresión doliente de Daniel le partió a Audrey el corazón.

—Daniel, ¿confías en mí?

—Sí.

—Entonces ¿me crees si te digo que es necesario que te pongas las correas? —Daniel asintió—. No las apretaré mucho.

—Apriételas todo lo posible.

Por tercera vez, Audrey no dijo lo que estaba pensando. La mirada de odio que le dirigió al exorcista fue más que elocuente.

—Tengo que hacerle caso al padre Gómez. ¿Lo entiendes, Daniel?

—Yo… con… fío… en ti.

Siguiendo las instrucciones del exorcista, Audrey ató con las correas las manos de Daniel; una a la cabecera de la cama y otra a su pie. El anciano quedó así con los brazos extendidos, como el propio Cristo que descansaba a su lado. La penosa imagen hizo asentir, satisfecho, al padre Gómez. Luego, rebuscó de nuevo en su maletín, del que esta vez sacó una pequeña cámara de vídeo digital.

—¿Va a grabar el exorcismo? —Esto había cogido a Audrey por sorpresa. Se había resignado a que, durante el ritual, pudieran revelarse acontecimientos de su pasado que habría preferido mantener ocultos. Pero nunca se le ocurrió que fueran a quedar registrados en una cinta.

—Yo grabo todos mis exorcismos. De hecho, es preceptivo cuando los medios técnicos lo permiten.

—¿De verdad lo cree necesario, padre Gómez?

En la respuesta de él volvió a percibirse su hiriente y peligrosa soberbia.

—El registro de imagen y sonido en el exorcismo es un procedimiento habitual en el siglo XXI. ¿Acaso le molesta?

«Claro que me molesta, engreído de mierda».

—No. No me molesta.

El padre Gómez puso la cámara digital sobre una cómoda apoyada en la pared hacia la que miraba Daniel. Después de graduar el zoom y el enfoque, oprimió el botón de grabación y volvió atrás.

—Empecemos de una vez. La cámara ya está en marcha. Puede orar en silencio por Daniel, pero se lo repito una vez más: no intervenga en ningún momento, salvo cuando yo se lo ordene expresamente.

—Así lo haré.

El exorcista se colocó a la izquierda de Daniel e indicó a Audrey que se pusiera al otro lado. La psiquiatra vio al padre Gómez mirar al objetivo de la cámara. Él mostraba una estúpida autocomplacencia. Incluso llegó a arreglarse los cabellos, como si fuera a prepararse para un concurso de belleza masculina, en vez de para un combate contra el Demonio. Por fin, sacó de un bolsillo el libro con el ritual del exorcismo y, tras cerrar los ojos, comenzó a orar para sus adentros. Terminado el rezo preparatorio, hizo la señal de la cruz, que exhortó a Audrey a hacer también, y dijo:

—En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Usted debe responder «amén».

—Amén.

Extendiendo los brazos y las manos, el exorcista prosiguió:

—Dios, Padre Omnipotente que quiere que todos los hombres se salven, esté con todos vosotros. —Hacia Audrey, dijo—: Y con tu espíritu.

—Y con tu espíritu.

—Daniel, te pido tu permiso para expulsar a los demonios que te atormentan. ¿Me lo concedes?

Daniel no sabía qué responder. Por eso, miró a Audrey, que asintió y le dijo en un murmullo: «Di que sí».

—Sí… Sí.

Ahora, el exorcista tomó un puñado de sal, que echó en el recipiente con agua bendita:

Te suplicamos, Dios Todopoderoso, que bendigas en tu bondad esta sal creada por ti. Tú mandaste al profeta Eliseo arrojarla en el agua estéril para hacerla fecunda. Concédenos, Señor, que al recibir la aspersión de esta agua mezclada con sal nos veamos libres de los ataques del enemigo, y la presencia del Espíritu Santo nos proteja siempre. Por Jesucristo, nuestro Señor

El padre Gómez volvió a mirar hacia Audrey. Pero ella no contestó «Amén». Estaba ensimismada.

—¡Responda amén! —exclamó el padre Gómez.

—Amén.

Airado, el exorcista comenzó la súplica litánica. La furia de su voz desvirtuó las dulces palabras de la oración:

—Queridos hermanos, supliquemos intensamente la misericordia de Dios, para que, movido por la intercesión de todos los santos, atienda bondadosamente la invocación de su Iglesia a favor de nuestro hermano Daniel, que sufre gravemente.

El anciano estaba sufriendo, sí. Pero el demonio que llevaba dentro no parecía resentirse en absoluto por el ritual. De hecho, Audrey aún no había notado siquiera su maléfica presencia.

—Arrodillémonos para comenzar las letanías —dijo el exorcista—. Tú no, Daniel.

Este no habría podido arrodillarse aunque hubiera tenido que hacerlo, porque las correas que lo sujetaban a la cama se lo habrían impedido. El jardinero sudaba. De la frente húmeda le caían gotas sobre los ojos sin que pudiera limpiárselas con sus manos atadas. Audrey vio la mirada suplicante del anciano y estuvo a punto de levantarse para enjugarle ella misma el sudor. No lo hizo porque sabía que, en ese caso, el exorcista la echaría de la habitación. Fijó cobardemente su mirada en el suelo, incapaz de soportar la angustia de Daniel.

—Señor, ten piedad. Señor, ten piedad.

Así inició el padre Gómez una monótona y larga oración, por la que se imploraba a Dios, la Virgen, los ángeles y todos los santos que intercedieran por Daniel. El ruego terminó con las palabras: «Cristo, escúchanos». Fue entonces cuando Audrey, que tenía ya doloridas las rodillas desnudas, levantó de nuevo los ojos hacia Daniel. Él la observaba fijamente. Y Audrey no habría necesitado leer en sus labios las mudas palabras «Aquí estoy» para saber que el Demonio había ocupado una vez más su cuerpo. De nada de esto se percató el padre Gómez, ni tampoco de cómo le temblaban las piernas a Audrey cuando él dijo:

—Levantémonos. Señor y Dios nuestro, a quien pertenece compadecerse siempre y perdonar, escucha nuestra súplica para que la compasión de tu misericordia libere a este servidor tuyo, Daniel, que está sujeto por las cadenas del dominio diabólico. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

—A… mén —dijo Audrey con voz entrecortada.

El inocente jardinero había abandonado la habitación. Su cuerpo lo habitaba ahora el ser que llevaba atormentándolo desde el incendio del convento. Con ese fuego se inició el torrente de sucesos casi inimaginables que había desembocado en este exorcismo, en el preciso momento de medir realmente las fuerzas del Bien y del Mal. Porque los dos contendientes se encontraban ya en el campo de batalla.

—Buenas tardes, padre Gómez —dijo el Daniel oscuro, en un remedo de burlona cortesía. Mientras hablaba, se dedicó a mirar con curiosidad las correas que lo aferraban a la cama.

—¡Por fin te atreves a mostrarte, cobarde Satanás!

Audrey tuvo que reconocer que el exorcista había identificado al momento la presencia diabólica y que no se había amilanado ante ella. Lo que Audrey deseaba era que esa entereza se mantuviera y que su exceso de confianza no le hiciera fracasar.

—¿Me llamas cobarde, sacerdote?

El tono del Daniel oscuro seguía siendo burlesco, pero el exorcista ignoró sus palabras. Eso le habían enseñado a hacer. Aferró con más fuerza que nunca el libro que sostenía entre las manos, y leyó:

—Bajo la protección del Altísimo, les he dado poder de caminar sobre serpientes y para vencer todas las fuerzas del enemigo…

—¿No me contestas? ¿Te niegas a escucharme? —preguntó Daniel.

El padre Gómez alzó la voz:

—Tú eres, Señor, mi refugio. Tú que vives al amparo del Altísimo y resides a la sombra del Todopoderoso, di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte, mi Dios, en quien confío». Tú eres, Señor, mi refugio.

—Eso pensaba también aquella muchacha de Guatemala… Que el Señor era su refugio. Pobre insensata…

El exorcista vaciló. Su silencio no llegó a durar un segundo, pero Audrey se dio cuenta de que vaciló antes de proseguir con la letanía:

—Él te librará de la red del cazador y de la peste perniciosa…

—Vivía en aquella cabaña infecta —siguió hablando Daniel, con su voz insidiosa—. Tenía solo doce años, ¿verdad?

Audrey se apartó aún más de Daniel. Este seguía sentado en el borde de la cama, con los brazos extendidos. Pero su semejanza con un Cristo crucificado resultaba ahora blasfema. Daniel exhalaba una maleficencia casi física, con la que Audrey temía contagiarse, quizá irracionalmente. O quizá no. El padre Gómez se mantuvo firme, en cambio. Aunque Audrey juraría que, de no haber tenido él que sujetar el libro del ritual entre las manos, se habría tapado con ellas los oídos para no tener que escuchar las palabras venenosas de Daniel.

—… Te cubrirá con sus plumas —dijo el exorcista, en voz más alta—, y hallarás un refugio bajo sus alas. No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que acecha en las tinieblas, ni la plaga que devasta a pleno sol. Tú, Señor, eres mi refugio.

—La niña tenía solo doce años, sí. Y ya guardaba un pequeño secreto.

Daniel miró a Audrey, que se estremeció.

—Aunque caigan mil a tu izquierda y diez mil a tu derecha, tú no serás alcanzado: su brazo es escudo y coraza…

—¡ESCÚCHAME, SACERDOTE!

Las correas se rasgaron por sí solas con un ruido breve y seco. Una ráfaga de aire fétido les agitó las ropas. El grito de Audrey se perdió entre las manos con las que se tapó la boca.

—… Con solo dirigir una mirada, verás el castigo de los malos.

Nervioso, el padre Gómez continuó. Pero Daniel volvió a interrumpirle mientras se desataba tranquilamente los restos de las correas que seguían atados a sus muñecas:

—He dicho que… ¡ME ESCUCHES!

El exorcista se quedó rígido y, luego, comenzó a andar hacia atrás, hasta estrellarse contra la cómoda sobre la que descansaba la cámara digital. Faltó poco para que el fuerte impacto la hiciera caer al suelo. Alguien que viera grabado ese momento podría pensar que fue el propio exorcista quien caminó de espaldas y se tropezó accidentalmente con la cómoda. Pero Audrey sabía que no era eso lo que había ocurrido. Ella vio la mueca de pánico que se apoderó del rostro del padre Gómez. El exorcista no se había movido por su voluntad. Daniel le había hecho moverse como una marioneta. El anciano jardinero habló otra vez. Y su voz era temible:

—Tú la mataste.

—¡Fue el demonio que la poseía quien la mató!

Así se defendió el exorcista. Estaba gateando por el suelo, bajo la pérfida mirada de Daniel, con el rostro desencajado y balbuceando: «El libro, ¿dónde está el libro?».

—¿Sabías que estaba embarazada?

El padre Gómez se quedó mudo y se detuvo. No lo sabía. Audrey, que estaba acurrucada en una esquina, se limitaba a observar. El libro que buscaba el exorcista había ido a parar entre los pies de Daniel, que lo cogió del suelo y se lo lanzó por el aire.

—Aquí tienes tu libro, sacerdote.

Él se incorporó a duras penas, con el libro aferrado en su mano diestra. Respirando agitadamente, buscó el punto del ritual en el que este se había interrumpido, pero no consiguió encontrarlo. Desesperado, agarró la cruz que había sobre la cama y, poniéndola entre él y Daniel, a modo de escudo, comenzó a leer a gritos en una página cualquiera:

—¡Apártate de este siervo Daniel, a quien Dios hizo a su imagen, colmó con sus dones y adoptó como hijo de su misericordia! ¡Te conjuro, Satanás, príncipe de este mundo: reconoce el poder y la fuerza de Jesucristo, que te venció en el desierto…!

Estas palabras hicieron que ocurriera lo que ya parecía imposible. Daniel empezó a retorcerse, como si las simples palabras fueran flechas ardientes. Audrey contempló horrorizada los terribles cambios que se desataron en el cuerpo del anciano y que la cámara no llegó a captar de un modo claro. Algo se movía por debajo de la piel de Daniel. Algo escurridizo, que deformó su cara y que le hizo arrancarse la camisa entre aullidos de dolor.

—¡Dios, Dios, Dios! —gimió Audrey.

El torso de Daniel estaba surcado por una malla de venas negras. Palpitantes. Vivas. Que iban cambiando de forma y de posición por debajo de su piel. Audrey se volvió hacia el exorcista. La expresión de él era casi lunática. Y la misma locura se transmitía a sus palabras, dichas a voces:

—¡… Superó tus insidias en el Huerto, te despojó en la cruz y, resucitado del sepulcro, transfirió tus trofeos al reino de la luz: retírate de esta criatura, de Daniel, a la cual Cristo al nacer hizo su hermano y al morir lo redimió con su sangre! ¡TE CONJURO, SATANÁS, QUE ENGAÑAS AL GÉNERO HUMANO…!

De la boca de Daniel surgió una mezcla de mil voces abominables, que gritaron su agonía en mil lenguas distintas. Era el momento. El demonio que poseía a Daniel estaba a punto de ser derrotado. Audrey tenía que preguntarle por Eugene. Ahora que estaba más débil que nunca. Antes de que el exorcista lo expulsara por completo.

Audrey se arrodilló junto a la cama en la que Daniel continuaba retorciéndose, aullando de un modo espeluznante. El padre Gómez estaba tan absorto que no se molestó en reprenderla. Se limitó a proseguir con el ritual, gritando con todas sus fuerzas las palabras que creía poderosas. Del oído derecho de Daniel emergió de pronto un líquido negro que salpicó el rostro de Audrey. Olía a muerte y a decadencia. Ella sintió una arcada y, a continuación, unos dolorosos calambres le comprimieron el estómago vacío. Con un sabor amargo a bilis en la boca, Audrey se dispuso a preguntarle a Daniel qué había ocurrido con su hijo Eugene. La cara de Daniel estaba mirando al lado contrario de la psiquiatra. Cuando la volvió hacia Audrey, todas sus esperanzas se desvanecieron.

El demonio que lo poseía y que el exorcista pensaba estar muy cerca de derrotar, le había guiñado un ojo, como ya hiciera en otra ocasión. Había vuelto a engañarla. Los había engañado a los dos. Una risa cruel e infinitamente remota surgió de aquella criatura maléfica, que gritó:

—¡TODO ES INFIERNO!

Las palabras del exorcista se detuvieron. Y Audrey, simplemente, se rindió.

—Acércate —pidieron las voces demoníacas que hablaban como una sola. Ellas susurraron algo al oído de Audrey. La verdad que ansiaba conocer.


El Misterio De La Vela Doblada - Edgar Wallace

 

CAPITULO   XV

 

Después de una noche trabajosa y sin dormir, T. X. entró a la mañana siguiente en el despacho del jefe superior para darle cuenta. Los periódicos de la mañana anunciaban con grandes titulares: «El misterioso crimen de Chelsea», pero la información era bastante mediocre.

—Hasta ahora —dijo T. X. a su superior— no he podido encontrar a Gathercole ni al criado. Lo único que sabemos de Gathercole es que envió su artículo al Times con su tarjeta. Los criados de su club no dan indicios sobre su paradero. Es un hombre muy excéntrico, que sólo va allí accidentalmente, y el camarero con quien he hablado me ha dicho que ocurría con frecuencia que Gathercole llegaba y se marchaba, sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Hemos estado en su antiguo domicilio de Lincoln's Inn; pero al parecer se mudó de allí antes de marchar a Patagonia. La única pista que tengo es que un hombre, cuya descripción coincide hasta cierto punto con la suya, salió anoche en el tren de las once para París.

—Habrá usted interrogado también a la secretaria, supongo—apuntó sir Jorge.

Esta era la pregunta que T. X. había estado temiendo.

—También ha desaparecido —contestó brevemente—. En realidad no se la ha vuelto a ver desde las cinco y treinta de ayer por la tarde.

Sir Jorge se echó atrás en su sillón giratorio y se pasó la mano por su cabellera gris.

—La única persona que parece haberse quedado —dijo con sarcasmo— es el propio Kara. ¿Quiere usted que encomiende este caso a otro? En realidad, no es trabajo para usted. ¿O quiere usted encargarse de ello?

—Preferiría encargarme de ello, señor —contestó con firmeza T. X.

— ¿Ha descubierto usted algo más relacionado con Kara?

—Sí, y todo ello es eminentemente deshonroso para él. Parece que tenía ambición de ocupar un puesto elevadísimo en Albania. A este fin tenía sobornados a los funcionarios turcos y albaneses, y también ha hecho gestiones en nuestro país. Me ha dicho Bartholomew que Kara le había insinuado ya sobre la posibilidad de que el Gobierno inglés reconociera un faít accompli en Albania, y le había inducido a emplear su influencia en el Consejo de ministros para reconocer las consecuencias de cualquier revolución. No hay duda alguna de que Kara ha maquinado todos los asesinatos políticos que han ensangrentado a Albania durante el año pasado. También hemos encontrado en la casa grandes cantidades de dinero y documentos, que hemos entregado al Ministerio de Estado para que los descifren.

Sir Jorge reflexionó durante largo rato, y luego dijo: —Tengo idea de que si encontramos a la secretaria habremos recorrido la mitad del camino hacia la solución del misterio.

T. X. salió del despacho de bastante mal humor. Iba a almorzar cuando recordó su promesa de visitar a Juan Lexman.

¿Podría Lexman dar una pista para aquella trágica maraña? T. X. asomó la cabeza por la ventanilla y dio una orden al conductor del «taxi». El vehículo paraba ante la puerta del hotel Great Midland precisamente cuando salía Juan Lexman.

—Venga a comer conmigo —le dijo el detective—. Supongo que ya sabrá usted la noticia.

—He leído que Kara ha sido asesinado, si es a esto a lo que se refiere usted. Si que es coincidencia que yo hubiera estado hablando de ello anoche en el preciso momento en que sonó el timbre de su teléfono... ¡Ojalá no estuviera usted metido en esto!...

— ¿Por qué? —preguntó sorprendido, el comisario—.  ¿Y a qué se refiere usted al decir en esto?

—En concreto: hubiera deseado que no estuviese usted presente cuando volví anoche. Quería terminar con toda la sórdida cuestión sin envolver a mis amigos. .        .

—Creo que es usted demasiado sensible —dijo el otro sonriendo y dándole una palmada en la espalda—. Quiero que se confíe enteramente a mí y me diga algo que pueda ayudarme a aclarar el misterio.

—Haría por usted cualquier cosa, T. X. —contestó Juan Lexman serenamente—; tanto más cuanto que me he enterado de lo bueno que ha sido con la pobre Gracia; pero en este asunto no puedo ayudarle. Odié a Kara vivo y le odio muerto —gritó con una pasión inconfundible—. Ha sido la cosa mas vil que ha respirado en este mundo. No había villanía ni crueldad, por horrible que fuera, de la que no se vanagloriara este monstruo. Si alguna vez el demonio se ha encarnado en la Tierra, indudablemente tomó el cuerpo de Kara. Su muerte, a juzgar por lo que se sabe, ha sido demasiado buena. Pero si existe Dios, este hombre, indudablemente, pagará su crimen con una eternidad de tormentos.

T. X. le miró asombrado. El odio le ahogaba. Nunca hasta entonces había experimentado o presenciado el detective tan tremenda tempestad de odio.

—¿Qué le ha hecho a usted Kara? —preguntó.

El otro miró por la ventanilla.

—Siento no poder responder a eso —contestó algo más calmado—. Algún día se lo contaré todo; pero de momento será mejor que me calle. Sin embargo, le diré a usted esto...

Se volvió y miró al detective a la cara.

—Kara torturó y mató a mi esposa.

T. X.  no habló  más.

Cuando se hubieron sentado en el restaurante, volvió indirectamente al mismo tema.

— ¿Conoce usted a Gathercole? —le preguntó el detective.

—Creo que ya me ha hecho usted esta misma pregunta o habrá sido otra persona. Si, le conozco. Es un hombre excéntrico, con un brazo artificial.

—Exacto —confirmó T. X. suspirando—. Es uno de los pocos hombres a quienes querría encontrar ahora mismo.

— ¿Por qué?

—Porque, al parecer, fue el último que vio a Kara vivo.

Juan Lexman miró a su acompañante con expresión de disgusto.

— ¿Supongo que no sospechará usted de Gathercole?—dijo.

—Naturalmente —contestó el otro con sequedad—. En primer lugar, el hombre que cometió el crimen tenia dos manos, y necesitó las dos. No; sólo quería preguntar a este caballero el tema de su conversación. También quería saber quién estaba en la alcoba con Kara cuando entró Gathercole.

Lexman miró con interés al detective.

—Y aun cuando me enterara de quién era esta tercera persona, todavía me quedaría como motivo de perplejidad el hecho de que salieron y echaron desde fuera el pesado cerrojo. Ahora bien, amigo Lexman—añadió humorísticamente—: en sus buenos tiempos usted habría urdido con todo esto una magnifica novela. ¿Cómo habría hecho usted escapar al criminal?

Lexman reflexionó.

— ¿Ha examinado usted la caja?—preguntó.

—Sí.

— ¿Había muchas cosas en ella?

T. X. puso cara de sorpresa.

—No. Los libros y las cosas corrientes. ¿Por qué?

—Porque muy bien podría ocurrir que esta caja tuviera dos puertas, de modo que fuera factible pasar por ella al otro lado de la pared.

—Ya he pensado en ello.

—Claro está —añadió Lexman, echándose atrás y jugueteando con un salero—que al escribir una novela en la que no hay que tratar con posibilidades absolutas, siempre se podría hacer que Kara tuviera una caja en estas condiciones, a fin de poder escapar en caso de peligro. Podía tener una escala de cuerda arrollada en su interior, abrir la puerta posterior arrojar la escala a un amigo, y por algún sencillo mecanismo desprenderla cuando se hubiera utilizado y hacer que la puerta volviera a cerrarse.

-—Es una idea muy ingeniosa; pero, desgraciadamente, no tiene aplicación a este caso. He visto a los fabricantes de la caja, y no hay nada original en ella, más que el hecho de montarla tal como está.  ¿Se le ocurre a usted alguna otra idea?

Lexman estuvo otro rato meditando.

—No habrá que pensar en trampas en el suelo, tableros secretos en las paredes, ni resortes misteriosos que al oprimirlos descubren en la pared escaleras de caracol... Todo esto es muy vulgar.

T. X. esperaba pacientemente.

—-Debo confesar que en mis primeras novelas era yo muy aficionado a esta clase de trucos; pero la edad ha traído experiencia, y he descubierto la imposibilidad de convencer a un arquitecto, aun para una cosa tan corriente como la pila de un lavadero. Sería mucho más difícil inducirle a construir una casa con muros dobles y cámaras secretas.

— ¿Entonces?

—Entonces hay una posibilidad, naturalmente, de que el cerrojo de acero haya sido accionado por alguien desde el exterior por algún ingenioso dispositivo magnético y vuelto a correr de un modo parecido.

—También he pensado en ello, y esta misma mañana he hecho las pruebas mas cuidadosas. Es completamente imposible mover la barra de acero, porque tiene además un vástago que encaja en un cojinete, del que no puede sacarse más que apretando el botón. Otra cosa, Juan Lexman se echó hacia atrás, y el espectro de una sonrisa vagó por sus labios.

—No acierto a comprender por qué demonios estoy ayudándole a descubrir al asesino de Kara —dijo; pero voy a exponerle una tercera teoría, al mismo tiempo que le advierto lealmente que a lo mejor le estoy desviando a usted de la verdadera pista. ¡Porque Dios es testigo de quo no tengo el menor deseo de que se descubra al asesino! Reflexionó un momento.

— ¿La chimenea sería, naturalmente, inaccesible? —Ardía  un   gran  fuego en la parrilla —explicó T. X. —, tan enorme que la temperatura de la habitación era sofocante. Juan Lexman hizo un signo afirmativo. —Sí, ésa era una costumbre de Kara. Si le he de decir la verdad, ahora caigo en que lo que le he dicho del empleo del magnetismo para descorrer el cerrojo era imposible, porque yo era muy amigo de Kara  cuando lo instaló, y conozco bastante bien el mecanismo, aunque de momento lo había olvidado. Y a propósito: ¿cuál es su propia opinión?

T. X. hizo un gesto de duda.

—Aún no he formado una opinión clara —dijo con cautela—;  pero hasta ahora creo que Kara estaba acostado, probablemente leyendo uno de los libros que se encontraron al lado de la cama, cuando fue atacado repentinamente. Kara cogió el teléfono para pedir auxilio, pero sus agresores le mataron en seguida.

Hubo un nuevo silencio.

—Si, ésa es una teoría —comentó Juan Lexman, hablando cautelosamente—; pero, como digo, me niego a quebrarme la cabeza por un asunto que no me interesa. ¿Ha encontrado usted el arma?

T. X. negó con la cabeza.

— ¿Había además en la habitación otros rasgos particulares que le sorprendieran a usted y que no me haya comunicado?

T. X. vaciló.

—Había dos velitas —contestó—. Una en el centro de la habitación y otra debajo de la cama. La primera era una vela de árbol de Navidad; la otra era una vela corriente, de las que venden en las tiendas de comestibles, cortada probablemente en la misma alcoba. Hemos encontrado en el suelo pedacitos de cera, y para mí es evidente que la parte cortada fue arrojada al fuego, pues también allí encontramos un charquito de cera derretida.

—Ya. ¿Y algo más?

—La vela pequeña estaba doblada en la forma de un sacacorchos.

—El misterio de la vela doblada —murmuró Juan Lexman—. Ese sí que es buen título para una novela. Kara detestaba las novelas.

— ¿Por qué?

Lexman se echó atrás en el diván y sacó de su pitillera de plata un cigarrillo.

—Mis correrías —dijo— me han llevado a muchos sitios raros. He visitado un país que usted probablemente no conocerá nunca, y que rara vez visitan los viajeros que escriben relatos de viajes. Hay en él extrañas aldeas colgadas en los más abruptos acantilados que pueda usted imaginar. He vivido en comunidades que no reconocían rey ni gobierno. Tenían sus leyes, que se transmitían de padres a hijos; es una nación que carece de lenguaje escrito. Administran sus leyes rígida y drásticamente. Los castigos que aplican son crueles, inhumanos. Yo he visto cómo a una mujer sorprendida en adulterio la apedreaban hasta hacerla morir, de acuerdo con las más puras tradiciones bíblicas, y también he visto sacar los ojos a un bandido. T. X. se estremeció.

—He visto cómo a un testigo falso le arrancaban la lengua en un mercado público. A veces, los turcos o el abigarrado Gobierno del país enviaban unos gendarmes e iniciaban una especie de administración esporádica. Esto solía terminar en que los gendarmes caían en la barbarie ambiente o desaparecían de la faz de la Tierra, acudiendo toda una comunidad de asesinos a testimoniar como un solo hombre el hecho de que se habían suicidado o  se habían  fugado con las esposas de algunos ciudadanos. En algunas de estas comunidades, la vela desempeñaba un papel importantísimo. No es la vela que venden en las tiendas y que usted conoce, sino una mecha impregnada de grasa de cordero. Arrolle usted tres de estas velas entre los dedos de su mano y manténgalos separados con cuñas de madera, prenda usted, fuego a las velas y déjelas que vayan consumiéndose. ¿Se imagina usted la escena? O bien, coloque usted una vela sobre un rastro de pólvora que conduzca a un montón de virutas bien impregnadas de aceite a los pies de un hombre atado. O una vela fija sobre la cabeza afeitada de un hombre... Hay centenares de variaciones, y la vela representa un papel, como le digo, muy importante en  todas ellas. No sé cuál de ellas aterraba más a Kara;  pero si se de una o dos que él mismo empleó.

— ¿Tan malo era? —preguntó T. X.

Lexman le miró gravemente.

—No puede usted imaginárselo —contestó.

Cuando terminaban de comer, el camarero le trajo una carta que habían enviado a la oficina de T   X.  El  detective leyó: «Querido mister Meredith: En respuesta a la pregunta que me hizo debo contestarle que me parece que mi hija está en Londres; pero esto no lo he sabido hasta esta mañana. Me informa mi banquero que mi hija fue esta mañana al Banco y retiró una considerable cantidad de dinero de su cuenta privada; pero ignoro en absoluto dónde haya ido ni lo que haya hecho con el dinero. No necesito decirle que me preocupa mucho este asunto, y me alegraría que usted me explicara, francamente qué es todo ello.

Guillermo Bartholomew.» T. X. lanzó una exclamación.

— ¿Por qué no se me ocurriría ir al Banco esta mañana? Estoy viendo que me van a dejar cesante.

Juan Lexman demostró gran preocupación.

— ¿Lo dice usted de veras?

—No. Claro está que exagero. Pero no creo que el jefe superior esté ahora muy contento conmigo. Me he metido en este asunto sin autoridad ninguna... No es de mi sección. Pero aún no me ha explicado usted su teoría de las velas.

—No tengo ninguna teoría que explicarle —contestó Lexman, doblando la servilleta—. Las velas sugieren la idea de un crimen típicamente albanés. No digo que así fuera; sólo insinúo el posible carácter de este crimen.

Con esto tuvo que contentarse el detective. Si no  eran  misión  suya los  crímenes vulgares —aunque aquél difícilmente podía calificarse así—, sí formaba parte de las peculiares funciones de su sección la devolución a lady Bartholomew de cierta tabaquera muy complicada que había encontrado en la caja. Se habían descubierto entre sus papeles cartas que aclaraban la intervención de Kara en aquel asunto. Aunque no se había portado como un vulgar chantajista, había retenido, no solamente aquel objeto, de la propiedad particular de lady Bartholomew, sino también otros artículos que fueron descubiertos, sin otro propósito, al parecer, que conseguir  influencia en  sectores que  podían ayudarle en sus ambiciosos planes.

Las indagaciones judiciales no dieron ningún resultado, llegándose a un veredicto de «crimen cometido por persona o personas desconocidas».

T. X. pasó una semana muy atareada y fatigosa siguiendo pistas fugitivas, que no conducían a ninguna parte. Recibió una carta de Juan Lexman anunciándole su viaje a los Estados Unidos. Una gran casa editora de revistas en Nueva York le había hecho proposiciones tan tentadoras, que había decidido ir en persona a discutir el contrato.

Los planes de Meredith iban ya tomando forma. Ya había decidido la línea de acción que había de seguir, y, en consecuencia, sostuvo una entrevista con su jefe y el ministro de Justicia.

—Sí, he tenido noticias de mi hija —contestó el político con cierto disgusto—, y ello me ha colocado en situación embarazosa. No puedo decir a usted exactamente en qué forma lo ha hecho, pero si puedo asegurarle que lo ha hecho.

— ¿Puedo ver su carta o su telegrama? —preguntó T. X.

—Imposible—replicó el ministro con solemnidad—. Me ha pedido que mantenga su comunicación en el mayor secreto. He escrito a mi mujer diciéndole que regrese. Me parece que la tensión constante a que estoy sometido es más de lo que un hombre puede soportar.

—Supongo —insistió pacientemente T. X. —que no podrá usted decirme a qué dirección ha contestado, ¿verdad?

—A ninguna—contestó el ministro, y se corrigió en seguida—. Es decir, ha sido esta mañana cuando he recibido  el telegrama..., el mensaje..., y no me dan la dirección para contestar.

—Me hago cargo—contestó T. X. Aquella tarde dio instrucciones a su secretario.

—Necesito que me saque usted una copia de toda la correspondencia particular de las columnas de los periódicos de mañana y de las últimas ediciones de los de esta noche. Téngamelo preparado para mañana por la mañana.

Cuando al día siguiente, a las nueve de la mañana, llegó T. X. a su oficina, encontró sobre su mesa las copias pedidas. Las leyó una por una con la mayor atención, y pronto encontró el anuncio que buscaba.

«B. M. —Me colocas en una situación violenta. Has sido muy irreflexiva. Recibo paquete dirigido tu madre, que he dejado en su habitación. No comprendo por qué quieres que me vaya el fin de semana y dé vacaciones a los criados, pero así lo he hecho. Tendrás que explicarme esto. Asunto llevado demasiado lejos.

Tu padre.»

—Esto es lo que yo buscaba—gritó jubiloso T. X. cuando hubo leído el anuncio.

Por lo general, no es febrero un mes de nieblas, sino mas bien de vendavales, heladas y nevadas; pero la noche del 17 de febrero fue tranquila y nublada. No era aquella típica niebla de Londres, tan temida por el forastero, sino uno de esos bancos de niebla que circulan por las calles, tan pronto envolviendo a los objetos próximos y haciéndolos invisibles, como disolviéndose hasta quedar reducidos a finísimos y diáfanos filamentos de gris pálido.

Sir Guillermo Bartholomew tenía una casa en Portman Place, que es una vía formada por solemnes edificios de feo aspecto exterior, pero notablemente confortables por dentro. Poco antes de las once de aquella noche del 17 de febrero, un «taxi» se detuvo en la unión de la calle Sussex y Portman Place, y de él bajó una muchacha. La niebla en aquel momento era inusitadamente espesa, y la joven vaciló un momento antes de dejar el abrigo que le proporcionaba el coche.

Dio al conductor unas instrucciones y avanzó con paso firme, volviéndose bruscamente y subiendo los escalones del número 173. Muy rápidamente insertó la llave en el orificio de la cerradura, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Encendió las luces del hall. La casa sonaba a hueca y desierta, lo cual le causó notable satisfacción. Apagó las luces y se abrió paso hacia la amplia escalera que conducía al primer piso; se detuvo un momento para encender otra luz que sabía no se vería desde la calle, y subió al segundo piso.

Miss Belinda Mary Bartholomew se congratuló del triunfo de su plan; la única duda que le quedaba era si el tocador estaría cerrado; pero su padre era un hombre muy descuidado para estos detalles, y Jaime, el mayordomo, uno de esos viejos estúpidos que nunca cierran nada.

Con gran satisfacción notó que la puerta se abría cuando hizo girar la manija. Alguien había tenido la consideración de bajar los visillos y correr las cortinas. Belinda Mary encendió la luz, lanzando un suspiro de alivio. La mesa escritorio de su madre estaba cubierta de cartas sin abrir; pero la joven apartó todas aquellas misivas en busca del paquete. No estaba allí, y el corazón le dio un vuelco. Acaso estuviera en algún cajón. Los abrió todos, sin resultado.

Belinda Mary quedó en pie ante la mesa, con la perplejidad retratada en su rostro y mordiéndose pensativamente un dedo.

— ¡Gracias a Dios! —exclamó dando un salto, al ver el paquete encima de la chimenea.

Cruzó la habitación y lo cogió. Con dedos temblorosos desgarró el papel que lo envolvía y descubrió el conocido estuche de cuero. Hasta que hubo abierto este estuche y visto la tabaquera, en un lecho de algodón en rama no quedó tranquila.

— ¡Gracias a Dios! —repitió en voz alta.

—Y a mí —añadió una voz.

Ella dio un bote, y se volvió con expresión de terror.

Mister..., mister Meredith —balbució.

T. X. estaba en pie al lado de las cortinas de la ventana, por entre las que habla hecho su dramática entrada en escena.

—Digo que también a mi hay que darme las gracias, miss Bartholomew —dijo.

— ¿Cómo sabe usted mi nombre?—preguntó ella con cierta curiosidad.

—Porque sé todo lo que pasa en el mundo —contestó él, y Belinda sonrió.

De pronto su rostro adquirió una expresión muy seria, y preguntó con sequedad: — ¿Quién le ha mandado a buscarme? ¿Mister Kara?

— ¿Mister Kara? —repitió T. X. asombrado.

—Me amenazó con entregarme a la Policía, y yo le desafié a que lo hiciera. No era la Policía quien me asustaba... Era el mismo Kara. Ya sabrá usted lo que yo fui a buscar allí: los objetos de mi madre.

La joven mostró la tabaquera en su estuche.

—Me acusó de robo, y estuvo muy odioso conmigo; luego me hizo bajar las escaleras, me metió en aquel horrible sótano y...

— ¿Y qué? —insinuó T. X.

—Eso es todo—contestó ella apretando los labios—... ¿Qué va usted a hacer ahora?

—Voy a hacerle a usted unas preguntas, si no le molesta. En primer lugar, ¿no ha vuelto usted a tener noticias de Kara desde que escapó de su casa? —He tenido buen cuidado de no ponerme en su camino.

—No es eso. ¿Ha leído usted los periódicos?

—He leído las columnas de anuncios privados. Le dije a papá que me contestara allí a mi telegrama.

—Lo sé, porque yo vi el anuncio de él —dijo T  X. sonriendo—. Por eso estoy aquí.

—Ya me lo temía yo. Mi padre es demasiado locuaz en letras de molde; ya sabe usted que es un gran orador. Lo único que yo le pedía era que dijera «sí» o «no». ¿Qué quería usted decirme con eso de los periódicos? ¿Le ha ocurrido algo a mí madre?

—Según mis noticias, lady Bartholomew disfruta de buena salud y está camino de Inglaterra.

—Entonces ¿por qué me ha hecho esa pregunta? ¿Qué había yo de leer en los periódicos?

—Algo sobre Kara —apuntó el detective.

Ella negó con la cabeza, asombrada.

—No sé nada de Kara, ni quiero saber. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque en la noche de su desaparición de la plaza Cadogan, Remington Kara murió asesinado.

— ¡Asesinado! —exclamó la muchacha.

—Recibió una puñalada en el corazón, dada por una persona o personas desconocidas.

T. X. sacó la mano del bolsillo con algo envuelto en papel de seda. Quitó éste cuidadosamente, mientras la muchacha le miraba fascinada y con una aprensión terrible. Pronto quedó el objeto al descubierto. Eran unas tijeras con los ojos envueltos en un pañolito sembrado de manchas morenas. Ella retrocedió un paso y se llevó las manos a las mejillas.

—Son mis tijeras —dijo atropelladamente—. No pensará usted...

Y se le quedó mirando, indecisa entre el pánico y la indignación.

—No pienso que haya usted cometido el crimen —contestó el detective sonriendo—, si era eso lo que iba usted a decir. Pero si cualquiera otra persona hubiera encontrado las tijeras e identificado este pañuelo, se habría usted visto en un serio aprieto, mi joven amiga.

Ella miró las tijeras y se estremeció.

—Yo maté... algo —confesó en voz baja—. Un perro horrible... No sé cómo lo hice: el animal saltó sobre mí, y ye no hice más que clavarle las tijeras y lo maté...

—Lo comprendí porque encontré al perro muerto. Y ahora explíqueme por qué no la encontré a usted.

De nuevo ella vaciló, y T. X. sospechó que le ocultaba algo.

—No sé cómo no me encontró. Allí estaba yo.

 — ¿Cómo salió usted?

—Y usted, ¿cómo salió? —preguntó ella a su vez.

— ¿Yo? Pues por la puerta —confesó él—. Parece un medio ridículamente vulgar de salir de un sitio, pero fue el único que encontré.

—Pues así fue como salí yo también.

—Pero la puerta estaba cerrada.

—Ya veo—dijo ella, sonriendo débilmente—. Yo estaba en el sótano. Oí que metía usted la llave en la cerradura y dejé caer la trampa colocando en la mesa esas horribles tijeras. Me pareció que sería Kara con algún amigo, y luego las voces se extinguieron y me aventuré a subir, y vi que usted había dejado la puerta abierta. Así..., así yo... Aquellas pausas intrigaban a T. X. Había algo que ella no le confesaba, algo que hasta entonces no había revelado.

—Así fue como salí. Llegué a la cocina; no había nadie; subí a la escalera; salí a la calle, y en la esquina encontré un «taxi»..., y eso es todo.

Belinda Mary separó las manos en un gesto dramático.

— ¿Todo? —preguntó T. X.

—Todo —repitió ella—. Y  ahora, ¿qué  va usted a hacer?

T. X. miró al techo, pellizcándose la barbilla. —Supongo que debería detenerla. Me parece que algo tengo que hacer. Y dígame: ¿durmió usted en la cama del sótano inferior?

— ¿Del sótano inferior? —repitió ella despacio.

Hubo un silencio, y luego contestó Belinda: —Sí, dormí en aquella cama.

Casi a cada palabra había un intervalo de vacilación.

— ¿Qué va usted a hacer? —repitió.

La joven se sentía cada vez más segura de sí misma, y había reprimido ya el pánico que la repentina aparición del detective le produjo. Le observó con más atención. Vio que era regularmente guapo, tenía hermosos ojos grises, una nariz recta y una barbilla firme.

—Creo —insinuó ella con suavidad—que debería usted detenerme.

—No diga tonterías —replicó T. X.

Ella le miró, asombrada.

— ¿Qué dice? —preguntó colérica.

--Que no diga usted tonterías —repitió el tranquilo joven.

— ¿Sabe usted que eso es una incorrección?

— ¡Ah! ¿Sí?

El detective pareció interesado y sorprendido ante aquella desviación del asunto.

—Naturalmente —continuó ella, ajustándose el vestido y evitando mirar a su interlocutor—; ya sé que para usted yo soy una tonta y tengo un nombre cómico.

—Nunca he dicho yo que tuviera usted un nombre cómico —replicó él con frialdad—. No me habría tomado semejante libertad.

—Dijo usted que era fantástico, lo cual es peor.

—Puedo haber dicho que fuera fantástico —confesó el detective—; pero esto es muy distinto de decir que sea cómico. Hay dignidad en las cosas fantásticas. Por ejemplo, las pesadillas no son cómicas, pero son fantásticas.

—Gracias —dijo ella con intención.

—Con esto no quiero decir que su nombre se parezca a una pesadilla —dijo T. X., haciendo esta concesión con un gesto magnifico, como un rey que concediera a su interlocutor el derecho a permanecer cubierto en su presencia—. Creo yo que Belinda Ana...

—Belinda Mary —corrigió ella.

—Iba a decir Belinda Mary...

—No iba usted a decir semejante cosa.

—De todos modos, creo que Belinda Mary es un nombre precioso.

—Eso no lo piensa usted. Los dos sentían unos deseos locos de reír.

—Dijo usted  que  era  un nombre  fantástico y sigue usted pensando lo mismo;  pero, en realidad, no deben molestarme las opiniones ajenas. También yo creo que es un nombre fantástico. Me lo pusieron en recuerdo de una  tía —añadió a guisa de excusa.

—En eso me lleva usted ventaja —dijo el comisario, inclinándose cortésmente—. A mí me dieron el nombre del perro favorito de mi padre.

—¿Qué significa T. X.? —preguntó Belinda, curiosa.

—Tomás Xavier—contestó él, y por espacio de un minuto ella estuvo medio tumbada en la butaca y riendo a carcajadas.

—Es cómico, ¿verdad? —preguntó él.

—Siento haberme reído; pero, la verdad... Mire que llamarse Tommy  Xavier...; quiero decir, Tomás Xavier...

—Puede usted llamarme Tommy, si le gusta más. Casi todos mis amigos me llaman así.

—Desgraciadamente, yo no soy amiga suya, por lo que continuaré llamándole mister Meredith, si no le importa.

Belinda Mary miró el reloj.

—Si no va usted a detenerme, me marcho —dijo.

—Ciertamente, no tengo la intención de detenerla, pero voy a acompañarla a usted.

Ella se levantó de su asiento.

—Nada de eso —dijo, en tono que no admitía réplica.

El quedó muy sorprendido ante la negativa.

—Pero, mi querida niña...—protestó.

—Haga el favor de no decirme «querida niña» —replicó ella muy seria—. Usted me dejará irme sola a mi casa.

Le alargó la mano, y el llamamiento a la risa en sus hermosos ojos era irresistible.

—Bueno, le buscaré un «taxi»—insinuó él.

—Y escuchará usted disimuladamente la dirección que yo le dé al conductor, ¿verdad?

Belinda movió la cabeza en gesto de reprobación.

—Debe de ser una cosa horrible ser policía —añadió.

El estaba en pie con los brazos cruzados y una arruga vertical en la frente.

—Veo que no se fía usted de mí —observó.

—No —corroboró ella.

—Bueno. De todos modos le buscaré el «taxi» y le daré al conductor la dirección de la estación de Charing Cross, y en el camino puede usted revocar la orden.

—¿Y me promete usted no seguirme?

—Se lo juro por mi honor. Pero con una condición.

—No admito condiciones —replicó ella, altanera.

—Atienda usted a razones —replicó él—. La condición que le impongo es que pueda yo concertar una cita con usted siempre que la necesite. Le digo con franqueza que esto es preciso, Belinda Mary.

Miss Bartholomew —corrigió ella fríamente.

—Es preciso —continuó él—, y usted lo comprenderá. Prométame que si publico un anuncio en la sección de correspondencia de cualquiera de los periódicos de la noche que le diga, o en el Morning Post, acudirá a la cita que yo concierte, si es humanamente posible.

Ella vaciló un momento. Luego le alargó la mano.

—Se lo prometo.

—Bien, Belinda Mary —dijo él, y cogiéndola del brazo la sacó de la habitación, apagó la luz y bajaron la escalera.

—Buenas noches —le dijo—, estrechándole la mano.

—Esta es la tercera vez que me estrecha usted la mano esta noche —observó ella.

—No me deje con mal sabor de boca —suplicó él—, y acuérdese.

—Lo he prometido.

—Y algún día —continuó T. X.—me contará usted lo que sucedió en el sótano de Kara.

—Ya se lo he dicho —contestó Belinda  en  voz baja.

—No me lo ha dicho usted todo, niña.

El detective la ayudó a subir al «taxi», cerró la portezuela y acercó la cabeza a la ventanilla bajada.

—¿Victoria o Marble Arch? —preguntó cortésmente.

—Charing Cross—contestó ella sonriendo.

T. X. vio cómo el coche se alelaba, y luego, repentinamente, se detuvo, y una figura se asomó por la ventanilla, llamándole frenéticamente. El detective corrió hacia el «auto».

—¿Y si yo le necesito a usted? —preguntó Belinda.

—Ponga usted un anuncio encabezado así: «Querido Tommy.»

—No, señor; pondré «T. X.»—replicó ella, indignada.

—Entonces no me enteraré de su anuncio —replicó él, y quedó en medio de la calle con el sombrero en la mano, hasta que el «taxi» se hubo perdido de vista.