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Los cuatro hombres justos - Edgar Wallace

La codicia de Billy Marks

—¡Maldito imbécil! ¡Idiota del infierno! —tronó el detective, asiendo a Billy por el cuello de la camisa y zarandeándolo como a una rata—. ¿Te atreves a decirme que tuviste a uno de los Cuatro Hombres Justos en tus manos y ni siquiera te tomaste la molestia de mirarlo?

—¡Déjeme en paz! —gritó en tono de desafío—. ¿Cómo podía saber que era uno de los Cuatro Hombres Justos, y cómo sabe usted que lo era? —añadió, con un mohín de astucia. Su mente estaba entrando rápidamente en acción. Veía en esta asombrosa declaración del detective una ocasión de hacer fortuna a costa de la situación que minutos antes considerara singularmente desdichada.

—Lo cierto es que los vi de refilón —murmuró—. Ellos…

—¿Los viste? ¿A ellos? —dijo al instante Falmouth—. ¿Cuántos eran?

—Eso no importa —dijo Billy poniendo cara larga. Sentía la fuerza de su posición.

—Billy —le amonestó el detective gravemente—. Hablo en serio. Si sabes algo tendrás que decírnoslo.

—¡Ajajá! —exclamó el prisionero en tono desafiante—. Conque ¿tendré que decirlo, eh? Bien, conozco la ley tan bien como usted… No puede obligar a hablar a un fulano si este no quiere… No puede…

Falmouth hizo señas a los otros policías para que se retirasen, y, cuando ni él ni Billy podían ser escuchados por aquellos, susurró:

—Harry Moss salió la semana pasada.

Billy enrojeció y bajó la mirada.

—No conozco a ningún Harry Moss —musitó cínicamente.

—Harry Moss salió la semana pasada —repitió Falmouth con sequedad—, después de cumplir tres años por robo con escalo…, tres años y diez azotes.

—No sé nada de eso —dijo Billy Marks, siguiendo en sus trece.

—Logró huir y la policía no dio con su pista —prosiguió el superintendente, sin apiadarse de su oyente—, y no hubieran podido echarle el guante a no ser…, a no ser por «una información recibida». Gracias a esto lo sacaron una noche de su cama, en Leman Street.

Billy se pasó la lengua por sus resecos labios, pero no habló.

—A Harry Moss le gustaría mucho saber a quién le debe esos tres años… y los diez latigazos. Los hombres que han probado el gato tienen una gran memoria, Billy.

—¡Esto no es jugar limpio, señor Falmouth! —exclamó el ratero con voz gruesa—. Yo…, yo estaba sin blanca…, y Harry Moss no era comparsa mío…, y la poli quería saber si…

—Y la poli también quiere saber cosas ahora —le cortó Falmouth.

Billy Marks tardó unos momentos en decidirse.

—Le diré todo lo que hay que decir —concedió al fin, y se aclaró la garganta. El superintendente lo detuvo con la mano.

—Aquí no —llamó al sargento de servicio—. Sargento, deje libre a Billy Marks, bajo mi responsabilidad.

El humorismo de la situación no se le escapó a Billy, que desplegó una amplia sonrisa ovejuna, recobrando sus ánimos.

—La primera vez que la poli responde por mí —observó.

El automóvil condujo al superintendente y a Billy a Scotland Yard, y ya en el despacho del primero, el ratero se dispuso a descargarse de culpas.

—Antes de empezar —dijo Falmouth—, quiero advertirte que debes ser lo más conciso posible. Cada minuto es precioso.

Billy contó su historia. A pesar de la advertencia, hubo florilegios, que el superintendente se vio obligado a escuchar pacientemente.

Al fin, el carterista llegó al punto álgido de la narración.

—Eran dos, uno alto y otro menos alto. Oí que uno decía: «Mi querido George…». Esto lo dijo el pequeño, el mismo a quien le quité el «tictac» y la libreta. —De repente preguntó—: ¿Había algo en la libreta?

—Continúa.

—Bien —siguió Billy—, los seguí hasta el final de la calle, y estaban esperando poder cruzar hacia Charing Cross Road cuando me hice con el reloj, ¿comprende?

—¿Qué hora era?

—Las diez y media…, aunque también podían ser las once.

—¿No les viste las caras?

El ladrón negó enfáticamente con la cabeza.

—Que no pueda nunca levantarme de esta silla si miento, señor Falmouth. No les vi la cara.

El superintendente se incorporó suspirando.

—Temo que no me has ayudado mucho, Billy —murmuró pesarosamente—. ¿Notaste si llevaban barba, o si estaban bien afeitados, o si…?

—Podría decirle una mentira fácilmente, señor Falmouth —interrumpió Billy con sinceridad—, y podría fabricar un cuento con el que usted picaría, pero me estoy portando como un caballero con usted.

El detective, reconociendo la sinceridad del otro, asintió.

—Has hecho lo que has podido, Billy —concedió—. Te diré lo que vas a hacer. Tú eres la única persona del mundo que ha visto a alguno de los Cuatro Hombres Justos… y vives para poder contarlo. Ahora bien, aunque no recuerdes su rostro, tal vez si volvieses a ver por la calle a tu víctima la reconocerías. Puede haber algún detalle en su andar, algún modo especial de llevar las manos…, algo, en fin, que no puedes recordar ahora, pero que reconocerías si volvieras a verlo. Por consiguiente, aceptaré la responsabilidad de dejarte en libertad hasta pasado mañana. Quiero que encuentres al hombre a quien robaste. Aquí tiene un soberano. Vete a casa, duerme un poco, sal a la calle cuanto antes y marcha hacia la zona céntrica, con los ojos muy abiertos —el superintendente se aproximó al escritorio y escribió unas palabras en una tarjeta—. Toma esto. Si ves al individuo o a su compañero, síguelos, muestra esta tarjeta al primer policía que veas, señálale el hombre y te acostarás mil libras más rico que cuando te levantaste.

Billy cogió la tarjeta.

—Si en algún momento me necesitas, aquí encontrarás a alguien que sabrá indicarte dónde estoy. Buenas noches —y Billy salió a la calle con la mente como un tiovivo y con una autorización policial escrita en una tarjeta de visita que guardaba en un bolsillo de su chaleco.

La mañana que iba a ser testigo de grandes acontecimientos amaneció clara y brillante sobre Londres. Manfred, que, en contra de su costumbre, había pasado la noche en el taller de Carnaby Street, contemplaba la aurora desde la azotea del edificio.

Yacía boca arriba, sobre una alfombra, con la cabeza recostada en sus manos. La aurora, con su luz blanca y despiadada, ponía al descubierto su enérgico rostro, arrugado y ojeroso. Las hebras blancas de su bien recortada barba quedaban acentuadas por aquella luz. Parecía fatigado y descorazonado, de un modo tan poco usual en él que González, que había subido por la trampilla unos minutos antes de salir el sol, estuvo tan próximo a alarmarse como su carácter flemático le permitía. Le tocó en un brazo y Manfred se sobresaltó.

—¿Qué sucede? —preguntó León suavemente.

La sonrisa y el movimiento de cabeza de Manfred no tranquilizaron a González.

—¿Es por Poiccart y el ladrón?

—Sí —asintió Manfred. Y añadió—: ¿Has sentido en alguno de nuestros casos anteriores la misma sensación que en este?

Hablaban en tono próximo al susurro. González tendió la mirada al frente, pensativamente.

—Sí —admitió—, una vez… En el caso de la mujer de Varsovia. Recuerda cuán fácil parecía todo, y cómo una circunstancia tras otra fue embrollando los hechos…, hasta que comencé a sentir la sensación, al igual que ahora, de que fracasaríamos.

—¡No, no, no! —exclamó Manfred ferozmente—. ¡No hay que hablar de fracaso, León, ni pensar en ello tampoco!

Se arrastró hacia la trampa y descendió al corredor, seguido de León.

—¿Y Terrí? —inquirió.

—Duerme.

Se disponían a entrar en el estudio, y Manfred tenía ya la mano en el pomo de la puerta, cuando sonaron unas pisadas en la planta baja.

—¿Quién hay ahí? —gritó Manfred, y un silbido suave les hizo bajar las escaleras como relámpagos.

—¡Poiccart! —exclamó Manfred.

En efecto, era Poiccart, sin afeitar, sucio y alicaído.

—¡Habla! —le urgió Manfred, con rudeza casi brutal.

—Vamos arriba —dijo Poiccart secamente.

Ascendieron la polvorienta escalera, y no pronunciaron ni una palabra hasta llegar a la salita de estar.

Entonces habló Poiccart.

—Hasta las estrellas en su curso luchan contra nosotros —comenzó, dejándose caer en el único asiento cómodo de la estancia y arrojando el sombrero a un rincón—. El tipo que me robó la libreta ha sido arrestado. Es un delincuente bastante conocido, un descuidero habitual, y por desgracia estaba anoche bajo vigilancia. Hallaron la libreta en su poder, y no hubiese ocurrido nada a no ser por un agente de policía de sagacidad poco acostumbrada, que asoció el contenido con nosotros.

»Cuando me separé de ti —miró a Manfred—, marché a casa, me cambié de ropa y me dirigí a Downing Street. Me mezclé entre los curiosos que se agrupaban ante la entrada de la residencia ministerial. Sabía que Falmouth estaba allí, de modo que tenía la seguridad de que si efectuaba algún descubrimiento lo comunicarían inmediatamente a Downing Street. Por otra parte, estaba prácticamente seguro de que mi ladrón era un carterista vulgar y que si teníamos algo que temer se debería solamente a su arresto. Mientras estaba allí, llegó un coche, del que se apeó un individuo con muestras de gran excitación. Era obviamente un policía. Apenas había tenido yo el tiempo justo para parar un coche de punto, cuando salieron a toda prisa Falmouth y el recién llegado. Los seguí en el coche lo más deprisa posible, aunque sin despertar la curiosidad del conductor. Naturalmente, permití que nos llevaran bastante delantera, pero su destino era tan claro como la luz. Despedí el coche en la esquina de la calle donde está la comisaría, y unos pasos más allá, tal como esperaba, el automóvil de Falmouth estaba aparcado frente a la entrada.

»Conseguí echar un fugaz vistazo a la sala de declaraciones, y a pesar de que temía que llevaran a cabo el interrogatorio en una celda, tuve la gran suerte de que hubieran elegido aquella sala. Vi a Falmouth, al policía y al prisionero. Este es un tipo de rostro depravado, mentón largo y mirada huidiza… No, no, León, no me preguntes por su fisonomía ahora… El vistazo que eché tuvo solamente propósitos fotográficos… Deseaba poder reconocerlo en cualquier otra ocasión.

»En aquella fracción de segundo capté la ira de Falmouth y la expresión retadora del ladrón, y comprendí que no podría reconocernos.

—Ah… —suspiró Manfred, aliviado, lo que marcó una pausa en el discurso de Poiccart.

—De todos modos, quise asegurarme —prosiguió aquel unos instantes después—. Retrocedí sobre mis pasos. De repente, oí a mis espaldas el zumbido del auto, que se adelantó. Distinguí a Falmouth y al ladrón, y supuse que se lo llevaban a Scotland Yard.

»Me pareció conveniente volver a mi vez a Scotland Yard; sentí curiosidad por saber qué intentaba hacer la policía con su nuevo recluta. Me aposté en un lugar desde donde podía divisar la entrada de la calle, y aguardé. Un rato después el ratero salió solo. Su andar era ligero y decidido. Un vistazo que capté de su semblante me reveló una extraña mezcla de perplejidad y júbilo. Torció por el Embankment y lo seguí de cerca.

—Corrías el peligro de que la policía le siguiese a él —observó González.

—En cuanto a eso, me sentía perfectamente tranquilo —replicó Poiccart—. Hice una inspección muy cuidadosa antes de actuar. Al parecer, la policía se contentó con dejarlo vagar libremente. Cuando llegó a la escalinata del Temple, se detuvo y miró con indecisión a derecha e izquierda, como si no estuviese muy seguro de lo que debía hacer. En aquel momento me aproximé, pasé por su lado y seguidamente di media vuelta, hurgándome los bolsillos.

»—¿Sería tan amable de darme fuego? —pedí.

»Fue muy afable. Sacó una caja de cerillas y me la ofreció.

»Saqué una, las rasqué y encendí mi cigarro, sosteniendo la cerilla en tal posición que él pudiera verme el rostro a la luz de la llama.

—Una medida prudente —comentó Manfred con gravedad.

—También yo pude ver su cara, y con el rabillo del ojo observé cómo examinaba mis facciones una a una. Sin embargo, no dio señal alguna de haberme reconocido y empecé a hablar con él. Permanecimos allí unos momentos y luego, como por mutuo acuerdo, echamos a andar en dirección a Blackfriars y atravesamos el puente, charlando de modo intrascendente sobre la pobreza general, el tiempo y las noticias de la prensa. Al otro lado del puente hay un tenderete donde sirven café. Decidí entonces dar mi siguiente paso. Le invité a un café, y cuando nos pusieron delante las tazas, puse un soberano sobre el mostrador. El dueño del negocio sacudió la cabeza y alegó que no tenía cambio.

»—¿No tendrá cambio su amigo? —preguntó.

»Fue entonces cuando la vanidad del ladronzuelo me reveló lo que yo quería saber. Sacó del bolsillo, con aire indiferente…, un soberano.

»—Es todo lo que llevo —dijo con voz cansina.

»Encontré en mis bolsillos unas monedas de cobre y pagué. Necesitaba pensar con rapidez. Aquel individuo había dicho algo a la policía, algo que valía un soberano… ¿Qué era? No podía ser una descripción de nosotros, puesto que me habría reconocido cuando encendí el cigarro, o, al menos, estando allí, bajo la luz de la improvisada cafetería. Y, de repente, un frío temor me asaltó. Quizá me había reconocido y, con su astucia de pícaro, me estaba entreteniendo hasta poder conseguir la ayuda de un agente.

Poiccart hizo una pausa momentánea y sacó del bolsillo una ampolla, que puso con cuidado sobre la mesa.

—Estuvo más cerca de la muerte que en ningún otro momento de su vida —prosiguió calmosamente—, pero en cierto modo mis sospechas se desvanecieron. Durante nuestro paseo habíamos pasado por delante de tres policías, y él no había aprovechado esta oportunidad.

»Se tomó el café y dijo:

»—Debo ir yendo ya para casa.

»—¿Tan pronto? —exclamé sonriendo; luego añadí—: En realidad, también yo debería estar de regreso para casa. Mañana me espera mucho trabajo.

»Me miró de reojo.

»—También a mí —afirmó sonriendo—, aunque no sé si podré hacerlo.

»Habíamos dejado el tenderete y en aquel momento estábamos parados bajo un farol, en la esquina de la calle.

»Sabía que sólo disponía de unos instantes para obtener la información que necesitaba… de manera que obré con osadía, yendo directamente al grano.

»—¿Qué le parecen esos Cuatro Hombres Justos? —le pregunté, en el preciso momento en que se disponía a marcharse. Dio media vuelta inmediatamente.

»—¿Y usted qué opina de ellos? —inquirió a su vez.

»A partir de aquí, poco a poco, fui entrelazando la conversación hasta llegar al tema de la identidad de los Cuatro. Él estaba ansioso por hablar de ellos y por saber lo que yo pensaba, pero lo que más le interesaba era la cuestión de la recompensa. Sí, esto le absorbía, y de repente se inclinó hacia mí, y, dándome unos golpecitos en el pecho con su sucio índice, empezó a establecer hipótesis.

Poiccart se echó a reír…, pero su carcajada terminó con un soñoliento bostezo.

—Ya conocéis esa clase de preguntas —agregó—, y sabéis cuán ingenuos son los iletrados cuando tratan de disimular su identidad por medio de elaboradas hipótesis. Bien, he aquí la historia. Él (se llama Billy Marks) cree que podría llegar a reconocer a uno de nosotros por un azar de la memoria. Para posibilitarle hacer esto lo han dejado en libertad provisional…, y hoy tendrá que explorar Londres, según dijo.

—Pues tendrá un día muy ajetreado —rió Manfred.

—Exacto —asintió Poiccart—, pero oíd el resto. Nos separamos y me encaminé hacia el oeste, completamente tranquilo por lo que a nuestra seguridad respecta. Fui hasta el mercado de Covent Garden, pues ya sabéis que ese es uno de los sitios de Londres donde puede ser uno visto a las cuatro de la mañana sin despertar sospechas.

»Estaba dando una vuelta por el mercado, observando ociosamente el bullicio que reina en él a aquellas horas, cuando, por alguna causa que no sé explicar, giré repentinamente sobre mis talones ¡y me hallé frente a frente con Billy Marks! Sonrió ovejunamente y me saludó con la cabeza. Sin esperar a que le preguntara las razones de su presencia allí, empezó a explicármelas.

»Acepté sus razones sin más, y por segunda vez le invité a café. Al principio vaciló, mas después aceptó. Cuando nos hubieron servido el café, apartó su taza de mí lo más lejos posible, y entonces comprendí que me había equivocado con el señor Marks, que había subestimado su inteligencia, que todo el tiempo que estuvo explayándose conmigo me estuvo reconociendo, y que había hecho todo lo posible para ahuyentar mis sospechas.

—¿Pero por qué…? —empezó Manfred.

—Eso es lo que me pregunté —le interrumpió Poiccart—. ¿Por qué no hizo que me arrestasen? —Se volvió hacia León, que escuchaba en silencio—. Dinos tú, León, ¿por qué?

—La explicación es simple —respondió González pausadamente—. ¿Por qué nos traicionó Terrí?… Codicia, la segunda fuerza más poderosa de la civilización. Duda algo de la recompensa. Tal vez no se fía de la palabra de la policía…, como es frecuente entre delincuentes. Quizá desee tener testigos —León se dirigió a la pared, donde estaba colgado su abrigo. Se lo abrochó pensativamente, se pasó una mano por la suave barbilla, y se metió en un bolsillo la ampolla que estaba sobre la mesa—. Supongo que le habrás dado esquinazo…

Poiccart asintió.

—¿Dónde vive?

—En el 700 de Red Cross Street, en el Borough. Es una pensión barata.

León cogió un lápiz de la mesa y esbozó rápidamente una cara sobre el margen de un periódico.

—¿Se le parece? —preguntó.

—Sí, mucho —asintió, sorprendido—. ¿Lo conoces?

—No —negó León con ligereza—; para tal hombre, tal rostro.

Se detuvo en el umbral.

—Creo que es necesario —en sus palabras había una nota interrogativa, dirigida principalmente a Manfred, que, cruzados los brazos y fruncido el ceño, miraba fijamente el suelo.

Por toda respuesta, Manfred extendió su apretado puño.

León vio el pulgar hacia abajo y salió de la habitación.

Billy Marks se hallaba en un dilema. Por medio del truco más ingenuo del mundo, su presa se le había escurrido de entre los dedos. Cuando Poiccart, deteniéndose ante las pulimentadas puertas del hotel más lujoso de Londres, hasta donde habían llegado, observó casualmente que tardaría sólo un segundo y desapareció por el vestíbulo, Billy se quedó anonadado. No estaba preparado para aquella contingencia. Había seguido al sospechoso desde Blackfriars; estaba casi seguro de que se trataba del individuo al que había desvalijado. Hubiera podido, de haberlo deseado, llamar al primer agente que vio para que arrestase a su presa; pero las sospechas del ladrón, el miedo a tener que compartir la recompensa con el agente que le ayudase, le hicieron contenerse. Y además, podría no tratarse del mismo individuo, decíase Billy para sus adentros, y no obstante…

Poiccart era un químico; un individuo que encontraba su gozo en precipitados malsanos; que mezclaba pestilentes compuestos; que destilaba, filtraba, carbonataba, oxidaba y hacía toda guisa de operaciones en aparatos de cristal, con los productos vegetales, animales y minerales de la Tierra.

Billy había salido de Scotland Yard en busca de un hombre que tenía una mano descolorida. Sí, de haber temido menos la traición de la policía, hubiese puesto en manos de esta una marca de identificación altamente valiosa.

Parece una excusa muy pobre alegar en favor de Billy que fue solo su codicia lo que le frenó cuando se halló frente a frente del hombre que buscaba. Y, sin embargo, así fue. Además, existía una operación de multiplicar muy sencilla. Si un Hombre Justo valía mil libras, ¿cuál era el valor comercial de cuatro? Billy era un ladrón con cabeza para los negocios. En su trabajo diario no producía desperdicios. No era un conservador que se conformase con un solo ramo de su profesión. Lo mismo pescaba un reloj, que limpiaba una caja registradora, o pasaba florines falsos.

Era una mariposa del crimen, revoloteando de una flor ilícita a otra, y no desdeñaba figurar como el «X» de alguna «información recibida».

Por eso, cuando Poiccart desapareció por detrás de las magníficas puertas del Royal Hotel, en Northumberland Avenue, Billy se quedó perplejo. Comprendió en un santiamén que su cautivo había entrado en un lugar adonde él no podía seguirlo sin poner sus cartas boca arriba, y que, si no ponía el remedio, existían muchas probabilidades de que su presa hubiese desaparecido para siempre.

Miró arriba y abajo de la calle. No había ningún policía a la vista. En el vestíbulo, un mozo en mangas de camisa estaba frotando los bronces. Era aún muy temprano; las calles estaban desiertas, y Billy, tras unos momentos de vacilación, dio un paso que jamás hubiese dado a una hora más convencional.

Empujó las puertas de vaivén y pasó al vestíbulo. El mozo lo miró, favoreciéndolo con un suspicaz fruncimiento.

—¿Qué quiere? —preguntó, desaprobando con la mirada el raído abrigo del visitante.

—Escucha, colega… —empezó Billy en su tono más conciliador.

Fue entonces cuando el musculoso brazo derecho del mozo lo asió por el cuello del abrigo, y Billy se vio dando trompicones en la calle.

—Fuera…, largo de aquí —ordenó el mozo con firmeza.

Fue necesario este desaire para engendrar en Billy la energía precisa. Se alisó el encarrujado abrigo, sacó del bolsillo la tarjeta firmada por Falmouth y volvió a la carga con dignidad.

—Soy policía —anunció, adoptando el aire que conocía tan bien—, y ¡mucho cuidado, joven, con interferirse en mi labor!

El mozo cogió la tarjeta y la examinó a conciencia.

—¿Qué desea? —preguntó en tono más cívico. Hubiera añadido «señor» si la palabra no se le hubiese atascado en la garganta. Si el recién llegado era un detective, pensó, el disfraz era perfecto.

—Necesito al caballero que entró antes de mí —dijo Billy.

El mozo se rascó la cabeza.

—¿Cuál es el número de su habitación?

—No importa el número de su habitación —gruñó Billy rápidamente—. ¿Hay alguna salida trasera en este hotel…, alguna salida que pueda utilizar un individuo? Sin contar la entrada principal.

—Una media docena.

Billy dejó oír un gemido ahogado.

—¿Puede mostrarme una?

El mozo le precedió fuera del vestíbulo. Una de las entradas de servicio daba a un callejón, y allí un barrendero dio a Billy la información temida. Cinco minutos antes, un hombre que respondía a la descripción dada por el ratero había salido, doblando hacia el Strand, y, luego de tomar un coche de punto, se había alejado en el mismo.

Chasqueado, y con la añadida amargura de saber que de haber actuado con más osadía se hubiera asegurado, al menos, una participación en las mil libras, caminó hasta el Embankment, maldiciendo el desatino que le había inducido a desaprovechar la fortuna que había estado a su alcance. Con las manos hundidas en los bolsillos, recorrió la agotadora longitud de los muelles del Támesis, repasando una y otra vez los incidentes de la noche, mascullando constantemente una espeluznante maldición de su error. Había transcurrido una hora desde que Poiccart le diera esquinazo, cuando se le ocurrió que todo no estaba perdido. Tenía su descripción, había examinado su cara, rasgo a rasgo, y esto ya era algo. Más aún, pensó que si detenían a aquel individuo gracias a su descripción, todavía podría reclamar la recompensa…, o parte de ella. No se atrevía a presentarse a Falmouth con la historia de que toda la noche había estado en compañía del hombre en cuestión sin haberlo hecho arrestar. Falmouth no se lo creería, y además resultaba excesivamente casual que hubiese llegado a conversar con él.

Esta última idea asaltaba por primera vez la mente de Billy. ¿Por qué extraña casualidad se había encontrado con aquel hombre? ¿Era posible, y este pensamiento aterró a Billy Marks, que el individuo al que había robado le hubiese reconocido a él y que deliberadamente lo hubiese buscado con la intención de matarlo?

Un frío sudor corrió por la estrecha frente del ladrón. Esos tipos eran asesinos, crueles y despiadados asesinos. ¿Y si…?

Abandonó la contemplación de unas posibilidades tan poco gratas para fijarse en un hombre que cruzaba la calzada en dirección hacia él. Lo contempló con expresión titubeante. El que se le acercaba era un individuo de apariencia joven, bien afeitado, con facciones afiladas e implacables ojos azules. Cuando estuvo más cerca, Billy se dio cuenta de que su primera impresión había sido engañosa; aquel hombre no era tan joven como parecía. Le calculó unos cuarenta años. Se le acercó haciéndole una seña para que se detuviese, pues Billy comenzaba a alejarse.

—¿Te llamas Marks? —preguntó el desconocido en tono autoritario.

—Sí, señor —admitió el ladrón.

—¿Has visto al señor Falmouth?

—No, desde anoche —contestó Billy, sorprendido.

—Entonces, tienes que ir a verlo en seguida.

—¿Dónde está?

—En la comisaría de Kensington. Han arrestado a un tipo y quiere que tú lo identifiques.

El corazón de Billy dio un salto.

—¿Me darán alguna recompensa? —quiso saber—. En caso de que lo reconozca, claro.

El otro asintió y Billy recobró sus esperanzas.

—Debes seguirme —añadió el desconocido—, pero a cierta distancia. El señor Falmouth no quiere que nos vean juntos. Saca un billete de primera clase para Kensington y entra en el compartimiento siguiente al mío… Vamos.

Se dio media vuelta y atravesó la calzada en dirección a Charing Cross. Billy lo siguió a distancia.

Encontró al desconocido paseando por el andén, y no dio muestras de reconocerlo. Llegó un tren y el ladrón siguió al otro por entre el enjambre de obreros que estaban apeándose. Su guía entró en un vagón de primera clase, vacío, y él, obedeciendo las instrucciones, penetró en el compartimiento contiguo al elegido por el otro.

Entre Charing Cross y Westminster, Billy tuvo tiempo de estudiar su situación. Entre Westminster y St. James Park, planeó las excusas que le daría al superintendente; entre el Park y Victoria, completó su justificación para reclamar una parte de la recompensa. Después, cuando el tren penetró en el túnel, iniciando el recorrido de cinco minutos hasta Sloane Square, Billy notó una corriente de aire, y al volver la cabeza vio al desconocido asomado a su compartimiento, cuya puerta mantenía semiabierta.

Billy se sobresaltó.

—Levanta el cristal de esa ventanilla —ordenó el hombre, y Billy, hipnotizado por el imperio de aquella voz, obedeció. En aquel instante oyó una rotura de cristales. Se volvió, emitiendo un colérico gruñido.

—¿Qué juego es este? —exigió.

Por toda respuesta, el desconocido giró retrocediendo de un salto y desapareció cerrando suavemente la puerta.

—¿Qué juego es este? —repitió Billy con voz adormilada.

Miró al suelo y vio una ampolla rota a sus pies. Junto a los cristales yacía un reluciente soberano. Lo contempló estúpidamente durante un instante, y después, justamente cuando el tranvía llegaba a la estación de Sloane Square, se agachó para recogerlo…


Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 2)

     6

A las once de la mañana siguiente, la biblio­teca de Richard Warwick parecía más acogedora que en la brumosa noche anterior, aunque sólo fuera porque el sol brillaba sobre un día despejado y frío, y porque las contraventanas estaban abiertas de par en par. El cadáver de Richard Warwick había sido retirado durante la noche, y su silla de ruedas colocada en el vano. En el lugar que había ocupado hasta entonces había un si­llón. La mesita había sido despojada de todo, ex­cepto de la licorera y el cenicero. Un apuesto joven de veintitantos años, de pelo corto, chaqueta de tweed y pantalones azul marino, leía un libro de poemas sentado en la silla de ruedas. Después de unos instantes se puso de pie.

-Hermoso -dijo-. Oportuno y hermoso. -Su voz era suave y melodiosa, con un pronun­ciado acento galés.

Cerró el libro y lo devolvió a su lugar en las estanterías. A continuación, después de observar la habitación durante un par de minutos, salió a la terraza. Casi de inmediato, un hombre de edad madura, complexión robusta y mirada impasible, que llevaba un maletín en la mano, entró en la habitación desde el pasillo. Avanzó hasta el si­llón que miraba a la terraza, dejó el maletín enci­ma y dirigió la vista al exterior.

-¡Sargento Cadwallader! -llamó.

El joven volvió a la habitación.

-Buenos días, inspector Thomas -dijo, y luego recitó-: «Estaciones de nieblas y dulces frutos, amigo inseparable del ascendente sol.»

El inspector, que había empezado a desabo­tonarse el abrigo, se detuvo y miró al joven sar­gento.

-¿Perdón? -dijo.

-Es Keats -le informó el sargento, con cierto aire de suficiencia.

El inspector le dedicó una mirada hosca, lue­go se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo colocó sobre la silla de ruedas y volvió a buscar su maletín.

-Parece mentira que haga un día tan bonito -dijo el sargento Cadwallader-. Cuando uno piensa en lo que nos costó llegar hasta aquí anoche. La peor neblina que he visto en años. «La amarilla niebla que frota su espalda contra la ventana.» T. S. Eliot. -Esperó que el inspector reaccionara ante su cita, pero no hubo respuesta, de modo que continuó-: No me sorprende que haya habido tantos accidentes en la carretera de Cardiff.

-Podría haber sido peor -comentó el ins­pector.

-Yo no estaría tan seguro -repuso el sar­gento-. El de Porthcawl... menudo accidente. Un muerto y dos niños gravemente heridos. Y la madre llorando destrozada en medio de la carre­tera. «La hermosa doncella se fue llorando...»

-¿Han terminado ya con las huellas dactila­res? -le interrumpió el inspector.

Comprendiendo que lo mejor era volver al asunto que tenían entre manos, el sargento Cadwallader dijo:

-Sí, señor. Lo tengo todo aquí. -Se dirigió al escritorio, cogió una carpeta y la abrió.

El inspector le siguió, se sentó y dejó su ma­letín debajo del escritorio, antes de empezar a examinar la primera hoja de huellas dactilares.

-¿No hubo problemas para tomar las hue­llas a las personas de la casa? -preguntó.

-Ninguno -respondió el sargento-. Fueron muy serviciales. Se mostraron ansiosos por colaborar, no podía ser de otro modo.

-No siempre es así. Me he encontrado con más de uno que se niega, es como si creyeran que sus huellas acabarán en el fichero de delincuen­tes. -Respiró hondo, estiró los brazos y conti­nuó estudiando las huellas-. Veamos, el señor Warwick es el difunto. La señora Laura Warwick, su esposa. La señora mayor Warwick, su madre. El joven Jan Warwick, la señorita Ben­nett y... ¿quién es éste? ¿Angle? Oh, Angell. Ah, sí, su asistente, ¿no es así? Hay otros dos juegos de huellas, veamos... Hmmm. En la parte exte­rior de la ventana, en la licorera, en la copa de co­ñac, huellas de Richard Warwick, de Angell y de la señora Laura Warwick, en el encendedor... y en la pistola. Estas son las de ese Michael Stark­wedder. Le sirvió coñac a la señora Warwick, y fue él quien trajo la pistola desde el jardín.

Cadwallader se alejó del escritorio, dirigién­dose al centro de la habitación.

-El señor Starkwedder -refunfuñó.

-¿No le cae bien? -preguntó el inspector.

-¿Qué hacía aquí? Es lo que me gustaría sa­ber -respondió el sargento-. ¡Atascarse en una zanja justo delante de una casa en la que se ha producido un asesinato!

El inspector se giró hacia su joven colega.

-Anoche usted casi metió el coche en una zanja de camino a esta casa en la que se había producido un asesinato. En cuanto a lo que hace aquí, lleva en los alrededores una semana, busca una casa.

El sargento no parecía muy convencido pero el inspector añadió con tono irónico:

-Parece que su abuela era galesa y que de pequeño solía venir aquí a pasar las vacaciones. Más tranquilo, el sargento concedió:

-Ah, si su abuela era galesa, eso es otra cosa. -Se dirigió al sillón que había junto a los venta­nales, se sentó, alzó el brazo derecho y decla­mó-: «Un camino lleva a Londres, el otro a Gales. El mío lleva al mar, junto a las blancas velas oscilantes.» Un gran poeta, John Masefield. Muy subestimado.

El inspector abrió la boca para quejarse, pero se limitó a sonreír.

-En cualquier momento llegará el informe sobre Starkwedder de Abadan -informó al sar­gento-. ¿Tiene sus huellas para compararlas?

-Envié a Jones a la fonda donde pasó la noche -repuso Cadwallader-, pero se había ido al taller a ocuparse de la reparación de su coche. Jones llamó al taller, habló con él y le pidió que se presentara en la comisaría lo antes posible.

-Bien -dijo el inspector-. Aquí hay un segundo grupo de huellas no identificadas. La palma de la mano de un hombre sobre la mesa que había junto al cadáver, e impresiones borrosas tanto en el exterior como en el interior del ventanal.

-Apostaría a que son de MacGregor -dijo el sargento chasqueando los dedos.

-Sí, puede ser -admitió el inspector-. Pero no estaban en la pistola. Cualquiera que utilice una pistola para matar a alguien es, sin duda, suficientemente sensato como para ponerse guantes.

-No lo sé. Un tipo desequilibrado como ese MacGregor, desquiciado tras la muerte de su hijo, no pensaría en ello.

-Bueno, pronto nos enviarán una descrip­ción de MacGregor desde Norwich -dijo el inspector.

-Es una historia triste, como quiera que se la mire. Un hombre, su mujer fallecida recientemente, y su único hijo muerto por conducción temeraria.

-Si es que hubo conducción temeraria -ob­servó el inspector-. En tal caso habrían condenado a Warwick por homicidio, o al menos por un delito de imprudencia temeraria. De hecho, ni siquiera le retiraron el carnet de conducir. -Abrió el maletín y extrajo el arma del crimen.

-A veces se miente de forma temeraria -murmuró el sargento-. «Señor, Señor, hasta qué punto está el mundo volcado a la mentira.» Shakespeare.

Su superior se limitó a mirarlo. El sargento recuperó la compostura y se levantó del escabel.

-La palma de la mano de un hombre sobre la mesa -murmuró el inspector mientras se di­rigía hacia la mesa, con el arma en la mano. El sargento se acercó-. Qué extraño.

-Tal vez hayan tenido un invitado en casa -sugirió el sargento Cadwallader.

-Tal vez -convino el inspector-. Pero, si no recuerdo mal, la señora Warwick dijo que ayer no recibieron visitas. Puede que ese asistente, Angell, sepa decirnos más. Vaya a buscarlo, ¿quiere?

-Sí, señor.

Una vez a solas, el inspector se inclinó sobre la silla como si contemplara el cuerpo que había estado allí. Luego se dirigió al ventanal y salió al exterior mirando a izquierda y derecha. Exami­nó la cerradura de las contraventanas, y ya se disponía a volver a la habitación cuando se topó con el sargento y Angell, que vestía una chaque­ta de alpaca gris, camisa blanca, corbata negra y pantalones a rayas

-¿Es usted Henry Angell? -preguntó el inspector.

-Sí, señor.

-Siéntese allí, por favor -dijo el inspector, señalando el sofá.

Angell obedeció.

-Bien -continuó el inspector-. Era el en­fermero y asistente del señor Richard Warwick. ¿Durante cuánto tiempo?

-Durante tres años y medio, señor -res­pondió Angell. Su actitud era correcta, pero su mirada furtiva.

-¿Le gustaba su trabajo?

-No tenía motivos de queja, señor.

-¿Cómo era trabajar para el señor War­wick?

-Bueno, era difícil.

-Pero tenía sus ventajas, ¿verdad?

-Sí, señor -admitió Angell-. Tenía un sa­lario excelente.

-Y eso compensaba los inconvenientes, ¿no es así? -repuso el inspector.

-Sí, señor. Intento ahorrar algún dinero. El inspector se sentó en el sillón, colocando la pistola sobre la mesa junto a la silla.

-¿Qué hacía antes de ser contratado por el señor Warwick? -preguntó.

-La misma clase de trabajo, señor. Puedo enseñarle mis referencias. Nunca se han quejado de mi labor. He tenido algunos patrones (o pa­cientes) verdaderamente difíciles. El señor James Walliston, por ejemplo. Ahora es un paciente voluntario en un hospital psiquiátrico. Una per­sona muy difícil, señor. -Bajó la voz para aña­dir-: ¡Drogas!

-Ya -dijo el inspector-. Supongo que el señor Warwick no consumía drogas.

-No, señor. Su único refugio era el coñac. -Lo bebía en abundancia, ¿no es así? -pre­guntó el inspector.

-Sí, señor. Bebía mucho, pero no era un al­cohólico, si sabe lo que quiero decir. Nunca perdía el control.

El inspector hizo una pausa antes de pregun­tar:

-¿Y qué es toda esa historia de armas y dis­paros contra animales?

-Bueno, era su pasatiempo, señor. Lo que en la profesión llamamos una compensación. Tengo entendido que en su época había sido un gran cazador. Menudo arsenal tiene en el dormi­torio. -Hizo un gesto en dirección a una habi­tación en la otra parte de la casa-. Rifles, esco­petas, pistolas y revólveres.

-Ya veo -dijo el inspector-. Bien, eche un vistazo a esta pistola.

Angell se levantó y se acercó a la mesa, pero de pronto vaciló.

-No pasa nada -le tranquilizó el inspec­tor-. Puede sostenerla sin miedo.

Angell cogió la pistola con cautela.

-¿La reconoce?

-Es difícil decirlo, señor. Parece una de las del señor Warwick, pero no sé mucho acerca de armas de fuego. No podría decirle con certeza qué arma tenía anoche en la mesa junto a él.

-¿No tenía la misma cada noche?

-Oh, no, tenía sus caprichos, señor -dijo Angell-. Las cambiaba continuamente. -Devolvió el arma al inspector.

-¿De qué le podía servir un arma anoche, con tanta neblina?

-Era un hábito, señor -respondió An­gell-. Podríamos decir que estaba acostumbrado a ello.

-Bien, vuelva a sentarse, por favor.

Angell lo hizo en un extremo del sofá. El inspector estudió el cañón de la pistola, antes de preguntar:

-¿Cuándo vio al señor Warwick por última vez?

-Hacia las diez menos cuarto de anoche, señor. Tenía una botella de coñac y una copa junto a él, y la pistola que había elegido. Le arreglé la manta y le deseé buenas noches.

-¿Nunca se acostaba? -preguntó el ins­pector.

-No, señor. Al menos no en el sentido ha­bitual del término. Siempre dormía en su silla. A las seis de la mañana le traía el té y después le lle­vaba al dormitorio, donde se bañaba, afeitaba, etc., y luego dormía hasta la hora de la comida. Sufría de insomnio, de modo que prefería quedarse en la silla. Era un hombre bastante excén­trico.

El inspector Thomas se levantó y se dirigió a las contraventanas, dejando la pistola sobre la mesita al pasar.

-¿Y esto estaba cerrado cuando le dejó? -preguntó señalando las ventanas.

-Sí, señor. Anoche había mucha niebla y no quería que entrara en la casa.

-Muy bien. La ventana estaba cerrada. ¿Con pestillo?

-No, señor. Nunca la cerramos con pestillo. -Para que pudiera abrirla si quería, ¿no? -dijo el inspector.

-Así es, señor. Podía acercarse en su silla de ruedas y abrir las contraventanas si se disipaba la niebla.

-Ya. -El inspector permaneció pensativo unos instantes, y luego preguntó-: ¿No oyó un disparo anoche?

-No, señor.

El inspector se acercó al sofá y miró a An­gell.

-¿No le parece extraño?

-En realidad no, señor. Verá, mi habitación está lejos. Al otro lado de un pasillo y una puerta de doble paño en el otro extremo de la casa.

-¿No le parece un poco incómodo, si su pa­trón le necesitaba?

-Oh, no, señor. Tenía un timbre que sona­ba en mi habitación.

-¿Y anoche no tocó ese timbre en ningún momento?

-No, señor. Si lo hubiese hecho, me habría despertado de inmediato. Es, si me permite de­cirlo, un timbre muy fuerte, señor.

El inspector Thomas se inclinó sobre el brazo del sofá para plantear la cuestión de otro modo.

-¿Usted...? -empezó con tono de impa­ciencia controlada, pero le interrumpió el estri­dente timbre del teléfono.

Esperó a que Cadwallader respondiera, pero el sargento parecía estar soñando con los ojos abiertos. Movía los labios sin emitir ningún sonido, tal vez inmerso en una reflexión poética. De pronto reparó en que el inspector le miraba y en que el teléfono estaba sonando.

-Lo siento, señor, pero se me estaba ocu­rriendo un poema -explicó mientras se dirigía al escritorio para contestar el teléfono-. Sar­gento Cadwallader -dijo. Hubo una pausa, y añadió-: Ah, sí, desde luego. -Después de otra pausa, se volvió hacia el inspector-: Es la policía de Norwich, señor.

El inspector cogió el teléfono y se sentó.

-¿Eres tú, Edmundson? -preguntó-. Ha­bla Thomas... Lo tengo, de acuerdo... Sí... Calgary, sí... Sí, la tía, ¿cuándo murió?... ¿Dos me­ses?... Sí, ya veo... Dieciocho, calle Cuarenta y cuatro, Calgary. -Levantó la vista hacia Cadwa­llader y le hizo un gesto para que anotara la direc­ción-. Sí... Lo era, claro... Sí, despacio, por favor. -Volvió a mirar al sargento con expresión elo­cuente-. Estatura media -repitió-. Ojos azu­les, cabello y barba oscuros... Sí, lo que tú digas, tú recuerdas el caso... Ah, ya lo había hecho, ¿verdad?... ¿Un tipo violento?... Sí... ¿Me lo envías? Bien, gracias, Edmundson. ¿Cuál es tu opi­nión?... Sí, sí, conozco la sentencia, pero ¿qué te pareció a ti?... Ah, ya lo había hecho, ¿no es así?... Una o dos veces previamente... Sí, claro, harías al­guna concesión... Muy bien. Gracias.

El inspector colgó el auricular y dijo al sar­gento:

-Bien, ya tenemos parte de la información sobre MacGregor. Parece que cuando murió su mujer regresó a Inglaterra desde Canadá para dejar a su hijo con una tía de su esposa que vivía en North Walsham, pues acababa de conseguir un empleo en Alaska y no podía llevarse al niño consigo. 

Aparentemente la muerte del niño le destrozó y juró vengarse de Warwick. No es tan raro después de un accidente así. En cualquier caso, regresó a Canadá. Tienen su dirección y mandarán un cable a Calgary. La tía con la que iba a dejar al niño murió hace dos meses. -Se volvió hacia Angell-. Usted estaba aquí en aquel entonces, ¿no es así? Cuando ocurrió el accidente de tráfico en North Walsham en el que murió un niño atropellado.

-Oh, sí, señor. Lo recuerdo con claridad.

El inspector se acercó al asistente. Viendo que la silla del escritorio había quedado vacante, el sargento Cadwallader aprovechó la ocasión para sentarse.

-¿Qué fue lo que sucedió? -preguntó el inspector a Angell-. Hábleme del accidente.

-El señor Warwick conducía por la carrete­ra y un niño salió corriendo de una casa, o puede que de una fonda. Sí, creo que de una fonda. Era imposible frenar. El señor Warwick lo atropelló irremediablemente.

-Conducía a mucha velocidad, ¿verdad? -preguntó el inspector.

-Oh, no, señor. Eso quedó muy claro en la investigación, el señor Warwick iba por debajo del límite de velocidad.

-Al menos eso fue lo que dijo -comentó el inspector.

-Era la verdad, señor -insistió Angell-. La enfermera Warburton (una enfermera que el señor Warwick había contratado por aquel en­tonces) estaba en el coche, y ella corroboró su versión.

El inspector fue hasta un extremo del sofá.

-¿Miró el velocímetro justo en ese mo­mento?

-Si no recuerdo mal, sí que lo vio -respon­dió Angell suavemente-. Iban a cuarenta kilóme­tros por hora. El señor Warwick fue exculpado.

-Pero el padre del niño no estuvo de acuerdo,

-Es normal, señor -fue el comentario de Angell.

-¿El señor Warwick había estado be­biendo?

La respuesta de Angell fue evasiva:

-Creo que había tomado una copa de co­ñac, señor. -Él y el inspector intercambiaron miradas. Luego éste se dirigió a los ventanales, sacó un pañuelo y se sonó la nariz.

-Bueno, creo que es suficiente por ahora -dijo.

Angell se levantó y salió al pasillo, pero vol­vió a entrar en la habitación.

-Disculpe, señor -dijo-. ¿Mataron al señor Warwick con su propia pistola?

El inspector se volvió hacia él.

-Aún no lo sabemos. Quienquiera que le disparó, chocó con el señor Starkwedder, que subía hacia la casa en busca de ayuda para su ve­hículo atascado. En la colisión, el hombre dejó caer una pistola. El señor Starkwedder la reco­gió: esta pistola. -Señaló el arma que estaba so­bre la mesa.

-Comprendo, señor. Gracias. -dijo An­gell mientras volvía hacia la puerta.

-Por cierto -añadió el inspector-, ¿reci­bieron alguna visita ayer por la noche?

Angell reflexionó un momento.

-No que recuerde ahora mismo, señor. -Y abandonó la habitación cerrando la puerta. El inspector volvió al escritorio.

-Si quiere saber mi opinión -dijo al sar­gento-, ese tipo es una mala pieza. No es nada en particular, pero me da mala espina.

-Comparto su opinión -respondió Cad­wallader-. No es alguien en quien confiaría y, si me apura, diría que hay algo sospechoso acer­ca de ese accidente.

Al advertir de pronto que su superior se ha­llaba a su lado, el sargento se levantó rápidamen­te de su silla. El inspector cogió las notas que Cadwallader había estado tomando y comenzó a examinarlas.

-Ahora me pregunto si Angell sabe algo acerca de anoche que no nos haya contado... ¿Qué es esto? «La niebla llega en noviembre, pero pocas veces en diciembre.» Esto no es Keats, espero.

-No -dijo el sargento Cadwallader con tono orgulloso-. Es Cadwallader.

 

7

El inspector le devolvió la libreta con brusque­dad. En ese instante se abrió la puerta y entró la señorita Bennett, quien volvió a cerrarla con deli­cadeza detrás de sí.

-La señora Warwick está ansiosa por verle. Quiero decir la madre del señor Warwick. Aunque no lo reconozca, creo que no está muy bien de salud, así que por favor sea amable con ella. ¿La verá ahora?

-Oh, por supuesto -respondió el inspec­tor-. Dígale que pase.

La señorita Bennett abrió la puerta, hizo unas señas, y la señora Warwick entró.

-Todo va bien, señora Warwick -le asegu­ró el ama de llaves, cerrando la puerta al abando­nar la habitación.

-Buenos días, señora -dijo el inspector. La mujer no respondió al saludo, sino que fue directamente al grano:

-Inspector, ¿ha hecho algún progreso?

-Es muy pronto para decirlo, señora, pero no le quepa la menor duda de que estamos ha­ciendo todo cuanto está a nuestro alcance.

La señora se sentó en el sofá y apoyó el bas­tón en uno de los brazos.

-Ese hombre, MacGregor, ¿ha sido visto por aquí? ¿Le ha identificado alguien?

-Le estamos investigando -informó el ins­pector-. Pero hasta ahora no hay ningún dato sobre un extraño en la zona.

-Ese pobre niño -prosiguió la señora Warwick-. El que atropelló Richard, quiero decir. Supongo que el padre se desquició, me di­jeron que se mostraba muy violento por aquellas fechas. Tal vez sea normal, pero ¡dos años des­pués! Parece increíble.

-Sí -convino el inspector-, es mucho tiempo para esperar.

-Pero era escocés, por supuesto -recordó ella-. Un MacGregor. Gente obstinada, los es­coceses.

-Desde luego -exclamó el sargento Cad­wallader, pensando en voz alta-. Hay pocas vi­siones más impresionantes que la de un escocés en acción -dijo, pero el inspector le lanzó una mirada de desaprobación que le hizo callar.

-¿Su hijo no recibió ninguna advertencia? -preguntó el inspector-. ¿Ninguna carta de amenaza? ¿Nada por el estilo?

-No; estoy segura de que no recibió nada -respondió la mujer con firmeza-. Richard me lo habría contado, le hubiera hecho reír.

-¿No se lo hubiese tomado en serio? -su­girió el inspector.

-Richard siempre se reía del peligro. Parecía orgullosa de su hijo.

-Después del accidente -continuó el ins­pector-, ¿ofreció su hijo alguna compensación al padre del niño?

-Por supuesto. Richard no era un hombre malo. Pero fue rechazada. Rechazada con indig­nación, diría yo.

-Comprendo -murmuró el inspector.

-Tengo entendido que la esposa de MacGregor había fallecido. El niño era todo lo que le quedaba en el mundo. Realmente fue una tra­gedia.

-Pero en su opinión no fue culpa de su hijo, ¿verdad? -preguntó el inspector. Como la señora Warwick no respondía, insistió-: No fue culpa de su hijo, ¿verdad?

La mujer permaneció en silencio unos ins­tantes más, antes de responder:

-Le he oído.

-¿Tal vez no está de acuerdo?

La señora Warwick se volvió, avergonzada, rascando un cojín con el dedo.

-Richard bebía demasiado -dijo finalmen­te-. Y, por supuesto, aquel día había estado be­biendo.

-¿Una copa de coñac? -insinuó el inspector.

-¡Una copa de coñac! -exclamó la señora Warwick con una risa amarga-. Había estado be­biendo mucho. Bebía en gran cantidad. Esa licore­ra de allí... -Señaló la licorera de la mesa que esta­ba junto al sillón del ventanal-. Se la llenaban cada noche, y casi siempre estaba vacía por la mañana.

Sentándose en el escabel, el inspector le dijo con voz serena:

-Así que usted cree que su hijo tuvo la cul­pa del accidente.

-Por supuesto que la tuvo. Nunca albergué la menor duda al respecto.

-Pero fue exculpado -le recordó el ins­pector.

La señora Warwick rió con amargura.

-Esa enfermera que iba en el coche con él, esa tal Warburton -espetó-, era una ingenua y adoraba a Richard. Además, no me extrañaría que él le hubiese recompensado generosamente por su testimonio.

-¿Lo sabe con certeza? -preguntó el ins­pector bruscamente.

La señora Warwick respondió con un tono igualmente brusco:

-No sé nada, pero saco mis propias conclu­siones.

El inspector se puso en pie, se dirigió hacia el sargento Cadwallader y cogió sus notas mien­tras la señora Warwick seguía hablando.

-Le digo todo esto ahora -puntualizó-, porque usted quiere la verdad, ¿no es así? Quiere estar seguro de que existían suficientes motivos para que el padre de aquel niño cometiera un ase­sinato. Pues bien, en mi opinión los había. Sim­plemente que jamás pensé que después de tanto tiempo... -Su voz se debilitó hasta apagarse.

El inspector levantó la vista de las notas.

-¿No oyó nada anoche? -preguntó.

-Estoy un poco sorda, ya sabe -respondió ella-. No supe que ocurría algo hasta que oí a los demás hablando y pasando por delante de mi puerta. Bajé y Jan dijo: «Han matado a Richard. Han matado a Richard.» Al principio pensé... -se pasó una mano por los ojos- pensé que era una broma.

-¿Jan es su hijo menor? -preguntó el ins­pector.

-No es mi hijo. Me divorcié de mi esposo hace muchos años. Él se volvió a casar. Jan es hijo de su segundo matrimonio. -Hizo una pausa y continuó-: Parece más complicado de lo que es en realidad. Cuando sus padres murie­ron, el niño vino aquí. Richard y Laura se acaba­ban de casar. Laura siempre ha sido muy buena con el medio hermano de Richard, ha sido como una hermana mayor para él.

Hizo una pausa, y el inspector aprovechó la oportunidad para que volviera a hablar de Ri­chard.

-Lo comprendo -dijo-. Pero volviendo a su hijo Richard...

-Quería mucho a mi hijo, inspector, pero eso no me impedía ver sus defectos, que en gran medida se debían al accidente que le dejó lisiado. Era un hombre orgulloso que amaba la vida al aire libre, y tener que hacer una vida de inválido era mortificante para él. Por decirlo de alguna manera, no mejoró su carácter.

-Entiendo. ¿Diría que su vida matrimonial era feliz?

-No tengo la menor idea -Estaba claro que la señora Warwick no pensaba decir nada más al respecto-. ¿Hay algo más que desee sa­ber, inspector?

-No, gracias, señora Warwick. Pero me gustaría hablar con la señorita Bennett.

La mujer se puso en pie y el joven sargento se dirigió a la puerta para abrírsela.

-Sí, por supuesto -dijo-. La señorita Ben­nett (la llamamos Benny) es la persona que más podrá ayudarle, tan práctica y eficiente como es.

-¿Lleva mucho tiempo con usted? -pre­guntó el inspector.

-Oh, sí, muchos años. Cuidó de Jan cuando era pequeño, y antes de eso también nos ayudó con Richard. Se ocupó de todos nosotros, es una persona muy fiel. -Y, agradeciendo el gesto del sargento con una inclinación de la cabeza, aban­donó la habitación.

 

8

Después de cerrar la puerta, el sargento Cad­wallader miró al inspector.

-Así que Richard Warwick era un bebedor, ¿eh? -comentó-. No es la primera vez que lo oigo decir, ¿sabe? Y todas esas pistolas y rifles y escopetas. Un poco tarambana, si quiere saber mi opinión.

-Tal vez -respondió lacónico el inspector.

Sonó el teléfono. Esperando que contestara el sargento, el inspector le dirigió una mirada elocuente, pero Cadwallader estaba absorto en sus notas, que examinaba mientras se sentaba en el sillón, completamente ajeno a los timbrazos. Al cabo de unos instantes, y al comprender que la cabeza del sargento estaba en otra parte, sin duda en proceso de componer un nuevo poema, el inspector suspiró, se dirigió al escritorio y le­vantó el auricular.

-Sí -dijo-. Sí, yo mismo. ¿Ha llegado Starkwedder? ¿Le han tomado las huellas?...

Bien... sí... Bueno, díganle que espere... Sí, estaré allí en media hora más o menos... Quiero hacerle unas cuantas preguntas más... Sí, adiós.

Hacia el final de la conversación, la señorita Bennett había entrado en la habitación y ahora aguardaba junto a la puerta. Al verla, el sargento se levantó del sillón y se acercó a ella.

-¿Sí? -dijo la señorita Bennett con una inflexión interrogativa. Se dirigía al inspector-. ¿Quería hacerme algunas preguntas? Tengo mu­cho trabajo esta mañana.

-Sí, señorita Bennett -respondió el ins­pector-. Quiero que me cuente su versión del accidente de Norfolk, el que acabó con la vida de aquel niño.

-¿El hijo de MacGregor?

-Sí, el mismo. Me han dicho que ayer se acordó rápidamente de su nombre.

La señorita Bennett se volvió para cerrar la puerta.

-Así es. Tengo buena memoria para los nombres.

-Y sin duda -continuó el inspector- el suceso le dejó algunas impresiones. Pero usted no estaba en el coche, ¿verdad?

Ella se dirigió al sofá.

-No, yo no estaba en el coche -dijo-, sino la enfermera que el señor Warwick tenía por aquel entonces. La enfermera Warburton.

-¿La interrogaron durante la investigación?

-No -respondió la señorita Bennett-. Pero Richard nos lo contó al volver. Dijo que el padre del niño le había amenazado, que había dicho que se lo haría pagar. No lo tomamos en se­rio, por supuesto.

El inspector se le acercó.

-¿Se formó alguna impresión particular so­bre el accidente? -preguntó.

-No sé a qué se refiere.

El inspector la observó durante unos instantes, y luego dijo:

-Quiero decir que si piensa que ocurrió porque el señor Warwick había estado bebiendo.

La señorita Bennett hizo un gesto desdeñoso.

-Oh, supongo que su madre le dijo eso -es­petó-. Pues bien, no debe creer todo lo que le diga. Tiene prejuicios contra la bebida. Su mari­do (el padre de Richard) bebía.

-Entonces usted cree -sugirió el inspec­tor- que la versión de Richard Warwick era verdad, que conducía dentro del límite de velo­cidad establecido y que no hubiera podido evitar el accidente.

-No veo por qué debo dudar de ello. La en­fermera Warburton corroboró su relato.

-¿Y se podía confiar en su palabra? -pre­guntó el inspector.

Ofendida por lo que parecía considerar una calumnia a su profesión, ella respondió con acri­tud:

-No veo por qué no. Después de todo, la gente no va por ahí diciendo mentiras... no sobre cosas tan importantes, ¿no cree?

El sargento Cadwallader intervino:

-¿Es eso cierto? ¡Vaya! Por la manera como hablan en ocasiones, se diría que no sólo estaban dentro del límite de velocidad, sino que además circulaban marcha atrás.

El inspector se giró lentamente y miró al sar­gento. La señorita Bennett también miró al joven con aire de sorpresa. Avergonzado, Cadwa­llader bajó la vista sobre sus notas, y el inspector se volvió hacia la señorita Bennett.

-Lo que intento decir es esto -le dijo-: En el dolor y la tensión del momento, es fácil que un hombre amenace con vengarse por un ac­cidente que ha segado la vida de su hijo. Pero si lo piensa, si las cosas son como se han explicado, sin duda habría llegado a la conclusión de que el accidente no había sido culpa de Richard.

-Ah -dijo la señorita Bennett-. Ya entiendo.

El inspector se paseaba lentamente por la ha­bitación.

-Pero si conducía el coche de manera errá­tica y por encima del límite de velocidad; si el coche avanzaba, digámoslo así, fuera de con­trol...

-¿Le dijo eso Laura? -preguntó la señorita Bennett.

El inspector se giró para mirarla, sorprendi­do por la mención de la esposa del difunto.

-¿Qué le hace pensar que me lo dijo ella?

-No lo sé. Simplemente me lo preguntaba. -Con expresión confundida, echó un vistazo al reloj-. ¿Eso es todo? Esta mañana tengo mu­cho que hacer. -Se dirigió hacia la puerta y se disponía a salir cuando el inspector dijo:

-Me gustaría hablar con el joven Jan.

-Oh, está bastante alterado -dijo ella con aspereza-. Le estaría agradecida si no hablara con él. Apenas he conseguido que se calme un poco.

-Lo siento, pero me temo que tendremos que hacerle un par de preguntas -insistió el ins­pector.

La señorita Bennett volvió a entrar en la ha­bitación y cerró la puerta.

-¿Por qué no encuentra a ese MacGregor y le interroga? -sugirió-. No puede andar muy lejos.

-Le encontraremos. No se preocupe -le aseguró el inspector.

-Eso espero -replicó la señorita Ben­nett-. La venganza no es de cristianos.

-Desde luego -convino el inspector, y añadió con elocuencia-: Sobre todo cuando el accidente no fue culpa del señor Warwick y no se pudo evitar.

Ella le miró con dureza.

Hubo un silencio, y luego el inspector re­pitió:

-Me gustaría hablar con Jan, por favor.

-No sé si le encontraré -dijo la señorita Bennett-. Puede haber salido. -Y abandonó la habitación. El inspector miró al sargento hacien­do un gesto con la cabeza hacia la puerta, y éste la siguió fuera.

En el pasillo, la señorita Bennett reprendió al sargento Cadwallader:

-No le agobien -dijo, y de pronto volvió a entrar en la habitación-. No agobie al muchacho -pidió al inspector-. Se altera fácilmente. Es muy temperamental.

El inspector la contempló y luego preguntó: -¿Alguna vez se pone violento? Dirigiéndose al centro de la habitación, ella explicó:

-No, claro que no. Es un chico muy dulce. Muy dócil. Sencillamente quise decir que po­drían ponerle nervioso. No es bueno que un niño se mezcle en un asesinato. Porque no es más que eso en realidad: un niño.

El inspector se sentó en la silla frente al escri­torio.

-No tiene por qué preocuparse, señorita Bennett, se lo aseguro -le dijo-. Comprende­mos la situación.

 

9

La puerta se abrió, y el sargento entró con Jan, que se acercó al inspector.

-¿Me busca a mí? -exclamó nervioso-. ¿Le han cogido ya? ¿Tiene sangre en la ropa?

-Jan -le amonestó la señorita Bennett-, compórtate. Responde a las preguntas que te haga este caballero.

Jan se giró hacia la señorita Bennett, y luego hacia el inspector.

-Oh, sí, lo haré -prometió-. ¿Pero yo no puedo hacer ninguna pregunta?

-Por supuesto que puedes hacerlas -le aseguró el inspector con tono cariñoso.

La señorita Bennett se sentó en el sofá.

-Esperaré mientras le interrogan -dijo.

El inspector se puso de pie, se dirigió hacia la puerta y la abrió.

-No, gracias, señorita Bennett -dijo con firmeza-. No la necesitaremos. Además, ¿no dijo que tiene mucho que hacer esta mañana?

-Preferiría quedarme -insistió.

-Lo siento -replicó el inspector con tono severo-. Siempre hablamos con las personas a solas.

La señorita Bennett lo miró y luego al sar­gento Cadwallader. Comprendiendo que había sido derrotada, lanzó un suspiro de irritación, se levantó y se marchó. El inspector cerró la puerta detrás de ella y se dirigió al sofá. El sargento fue hasta el vano, preparándose para tomar más no­tas.

-No creo -dijo el inspector a Jan- que hayas estado antes en relación directa con un asesinato, ¿verdad?

-No, nunca -respondió Jan ansioso-. Es muy emocionante, ¿no? -Se arrodilló sobre el escabel-. ¿Tienen pistas; huellas, manchas de sangre o algo así?

-Pareces muy interesado por la sangre -ob­servó el inspector con una sonrisa afable.

-Lo estoy. Me gusta la sangre. Es un color hermoso, ¿verdad? Un rojo tan intenso... -Caminó hasta un extremo del sofá y se sentó, rien­do nervioso-. Richard disparaba contra cosas, y luego sangraban. Es muy gracioso, ¿verdad? Quiero decir que es gracioso que Richard, que siempre disparaba contra cosas, haya sido el ob­jeto de un disparo. ¿No le parece gracioso?

El inspector respondió con un tono suave y algo seco:

-Supongo que tiene su lado cómico. -Hizo una pausa-. ¿Te entristece la muerte de tu her­mano, quiero decir, de tu medio hermano?

-¿Entristecerme? -Jan pareció sorprendi­do-. ¿Por qué habría de entristecerme?

-Bueno, pensé que tal vez... le querías mu­cho -sugirió el inspector.

-¡Quererle! -exclamó Jan, asombrado-. ¿A Richard? Oh, no, nadie podía quererle.

-Pero supongo que su esposa sí le quería. Otro gesto de sorpresa.

-¿Laura? -exclamó-. No, no lo creo. Siempre se ponía de mi lado.

-¿De tu lado? ¿Qué quieres decir?

De pronto, Jan pareció asustado.

-Sí, sí -exclamó-. Cuando Richard quería que me enviaran fuera.

-¿Que te enviaran fuera?

-A uno de esos lugares... Ya sabe, adonde te encierran y ya no puedes salir. Dijo que quizá Lau­ra iría a verme, a veces. -Jan tembló un poco, lue­go se incorporó y miró al sargento Cadwallader-. No me gustaría que me encerraran -añadió con voz trémula-. Detestaría que lo hicieran.

Se dirigió a los ventanales y salió a la terraza.

-Me gustan los lugares abiertos -dijo desde fuera-. Me gusta mi ventana abierta, y mi puerta, y saber que siempre puedo salir. -Vol­vió a entrar en la habitación-. Pero ya nadie puede encerrarme, ¿verdad?

-No, chico -le aseguró el inspector-. No lo creo.

-Ya no, ahora que Richard ha muerto -aña­dió Jan, e incluso pareció que alardeara.

-¿Así que Richard te quería hacer encerrar? -preguntó el inspector.

-Laura dice que sólo me lo decía para to­marme el pelo -repuso Jan-. Dijo que eso era todo, y que no tenía nada que temer, que mien­tras ella estuviese aquí no permitiría que me encerraran. -Se fue a sentar sobre el brazo dere­cho del sillón-. Quiero a Laura -prosiguió con nervioso entusiasmo-. La quiero muchísi­mo. Lo pasamos muy bien juntos. Buscamos mariposas y huevos de pájaros, y jugamos jun­tos. Bezique. ¿Conoce ese juego? Es un juego inteligente. Y a otros juegos de cartas. Oh, es muy divertido hacer cosas con Laura.

El inspector se acercó a él y se apoyó en el brazo derecho del sillón. Le preguntó con tono afable:

-Supongo que no recuerdas nada sobre ese accidente que ocurrió cuando vivías en Norfolk, ¿verdad? Cuando atropellaron aun niño.

-Oh, sí, lo recuerdo -respondió Jan con tono alegre-. Interrogaron a Richard.

-¿Qué más recuerdas?

-Ese día comimos salmón. Richard y Warby volvieron juntos. Warby estaba un poco aturdida, pero Richard se estaba riendo.

-¿Warby? -preguntó el inspector-. ¿Te refieres a la enfermera Warburton?

-Sí, Warby. No me gustaba mucho. Pero ese día Richard estaba tan encantado con ella que no dejaba de repetir «Muy buena actuación, Warby».

La puerta se abrió de pronto y apareció Lau­ra Warwick. El sargento se dirigió hacia ella, y Jan la saludó:

-Hola, Laura.

-¿Interrumpo? -preguntó Laura al ins­pector.

-No, claro que no, señora Warwick. ¿Quie­re sentarse?

Laura avanzó hacia el interior de la habita­ción, y el sargento cerró la puerta detrás de ella.

-Jan... -empezó Laura, pero se interrum­pió.

-Le estaba preguntando -explicó el ins­pector- si recordaba algo acerca del accidente de Norfolk. En el que murió el niño MacGregor.

Ella se sentó en el extremo del sofá.

-¿Lo recuerdas, Jan?

-Claro que lo recuerdo -respondió el mu­chacho-. Lo recuerdo todo. -Se volvió hacia el inspector-. Ya se lo he dicho, ¿no es así?

El inspector no le respondió directamente. En lugar de ello, se movió lentamente hacia el extremo derecho del sofá y, dirigiéndose a Lau­ra, preguntó:

-¿Qué sabe usted acerca del accidente, señora Warwick? ¿Se discutió aquel día a la hora de la comida, cuando su esposo volvió del interrogatorio?

-No lo recuerdo -respondió ella.

Jan se levantó de golpe y se acercó a ella.

-Oh, claro que lo recuerdas, Laura. ¿Acaso no recuerdas cuando Richard dijo que un mocoso más o menos en el mundo no tenía importancia? Laura se puso de pie.

-Por favor... -dijo al inspector.

-No pasa nada, señora Warwick -la tran­quilizó el inspector-. Es importante que llegue­mos a la verdad de aquel accidente. Después de todo, presumiblemente es la causa de lo que ocurrió aquí anoche.

Laura cruzó la habitación y se sentó en otro sofá.

-Oh, sí -suspiró-. Lo sé.

-Según su suegra -continuó el inspector-, ese día su esposo había estado bebiendo.

-Supongo que sí -admitió Laura-. No me extrañaría.

El inspector se sentó en el extremo del sofá. -¿Llegó a ver o conocer a ese MacGregor?

-No -dijo ella-. No estuve en los interrogatorios.

-Parece que amenazó con vengarse -comentó el inspector.

Laura esbozó una sonrisa triste.

-Debió de afectarle la razón, supongo -convino.

Jan, cada vez más nervioso, se acercó a ellos.

-Si tuviese un enemigo -exclamó agresi­vo- haría exactamente lo mismo. Esperaría lar­go rato, y luego me acercaría cautelosamente en la oscuridad con mi pistola. Y después... -Dis­paró contra el sillón con un arma imaginaria-. ¡Pum, pum, pum!

-Calla, Jan -le ordenó ella.

Jan pareció entristecido.

-¿Estás enfadada conmigo, Laura? -pre­guntó de modo pueril.

-No, cielo -le tranquilizó-. No estoy en­fadada. Pero intenta no alterarte tanto.

-No estoy alterado.

Mientras él hablaba, oyeron voces en el pasi­llo. Era Starkwedder.

-Buenos días, señorita Bennett. ¿Dónde está el inspector Thomas? Quisiera hablar con él. ¿Está ahí dentro?

Se oyó la respuesta de la señorita Bennett:

-Buenos días, agente. Están ahí dentro, am­bos... No sé qué está pasando.

-He traído esto para el inspector -dijo el agente-. Tal vez pueda dárselo al sargento Cad­wallader.

-¿Qué pasa? -preguntó Laura.

El inspector se dirigió a la puerta.

-Parece que el señor Starkwedder ha vuelto -respondió.

 

10

La puerta se abrió y Starkwedder entró en la habitación. El sargento Cadwallader aprovechó la oportunidad para marcharse y su voz se oyó en el pasillo al hablar con el agente que había acompañado a Starkwedder. Mientras tanto, el joven Jan se hundió en el sillón y observaba todo lo que acontecía.

-Mire -espetó Starkwedder al entrar en la estancia-, no puedo perder todo el día en la co­misaría, les he dado mis huellas y he insistido en que me trajeran aquí; tengo cosas que hacer, ten­go dos citas con un agente inmobiliario. -De pronto se percató de la presencia de Laura-. Oh... buenos días, señora Warwick. Siento mu­chísimo lo ocurrido.

-Buenos días -respondió Laura con aire distante.

El inspector se acercó a la silla junto al sillón.

-Señor Starkwedder, ¿no apoyaría anoche por casualidad la mano en esta mesa y después empujaría la ventana para abrirla? -preguntó el inspector.

Starkwedder se aproximó a él.

-No lo sé -reconoció-. Es posible, ¿es importante? No lo recuerdo.

Cadwallader regresó a la habitación con una carpeta en la mano. Después de cerrar la puerta se acercó al inspector.

-Aquí están las huellas del señor Starkwed­der -le informó-, las ha traído el agente junto con el informe de balística.

-Vamos a ver -dijo el inspector-. La bala que mató a Richard Warwick procedía de esta pistola. En cuanto a las huellas, pronto lo averi­guaremos. -Se acercó a la silla junto al escrito­rio y comenzó a estudiar los documentos.

Transcurridos unos minutos Jan, que había estado pendiente de los movimientos de Stark­wedder, preguntó:

-Usted acaba de regresar de Abadan, ¿verdad? ¿Cómo es?

-Muy caluroso -fue la respuesta de Stark­wedder antes de volverse hacia Laura-. ¿Cómo se encuentra hoy, señora Warwick? ¿Está me­jor? -preguntó mientras se acercaba a un extre­mo del sofá para sentarse.

-Sí, gracias -respondió ella-. He superado el shock.

-Bien -replicó Starkwedder.

El inspector se acercó a Starkwedder.

-Sus huellas -anunció- se encuentran en la ventana, la licorera, la copa y el encendedor, pero las huellas de la mesa no son suyas, se trata de huellas desconocidas. -Recorrió la habita­ción con la vista-. Asunto resuelto, entonces -continuó-. Dado que no hubo ninguna visita anoche... -Miró a Laura.

-No -le aseguró ésta.

-Entonces tienen que ser de MacGregor -estableció el inspector.

-¿De MacGregor? -preguntó Starkwed­der con los ojos clavados en Laura.

-Parece usted sorprendido -comentó el inspector.

-Sí, más bien -reconoció Starkwedder-. Quiero decir, lo normal hubiera sido que llevara guantes.

El inspector se acercó al sargento Cadwalla­der, que permanecía de pie.

-Tiene razón -convino-, utilizó la pistola con guantes.

-¿Hubo alguna discusión? -preguntó Starkwedder a Laura-. ¿Se oyó algo más aparte del disparo?

Ella hizo un esfuerzo por responder.

-Yo... Benny y yo sólo oímos el disparo, pero de todos modos no hubiéramos oído nada desde arriba.

Cadwallader estaba contemplando el jardín desde una pequeña ventana. Al ver que alguien cruzaba la hierba, se apostó junto a uno de los ventanales, por donde entró un atractivo hom­bre de unos treinta y tantos años, de altura superior a la media, cabello rubio, ojos azules y cierto aire militar. El hombre se detuvo con aspecto preocupado. Jan, el primero en percibir su pre­sencia, gritó exaltado:

-¡Julian!, ¡Julian!

El recién llegado miró a Jan y luego a Laura.

-¡Laura! -exclamó-, acabo de enterarme. Lo... lo siento muchísimo.

-Buenos días, mayor Farrar -le saludó el inspector.

Julian se volvió hacia éste.

-Qué asunto tan extraño -comentó-, po­bre Richard.

-Estaba aquí en la silla de ruedas -le expli­có Jan emocionado-. Tenía el cuerpo encogido y un trozo de papel sobre el pecho. ¿Sabes qué ponía? «Cuenta saldada.» ¡Qué emocionante!, ¿verdad?

Farrar pasó por delante de él.

-Sí, claro que es emocionante -le aseguró mientras dirigía una mirada inquisidora a Stark­wedder.

El inspector presentó a los dos hombres:

-Este es el señor Starkwedder. El ma­yor Farrar, que podría ser nuestro próximo di­putado, ya ha presentado su candidatura para el escaño.

Starkwedder se levantó y ambos hombres se estrecharon la mano. El inspector hizo señas al sargento de que se acercara. Mientras conversa­ban, Starkwedder brindó una explicación a Farrar.

-Se me atascó el coche en la cuneta y me acerqué a la casa para llamar por teléfono y pedir ayuda. Un hombre salió corriendo de la casa y casi me derribó.

-¿En qué dirección huyó? -preguntó Fa­rrar.

-No tengo ni idea. Se desvaneció en la nie­bla como por arte de magia. -Starkwedder dio media vuelta mientras Jan, arrodillado en el si­llón con los ojos clavados en Farrar, dijo:

-Ya le dijiste a Richard que algún día le ma­tarían, ¿verdad, Julian?

Hubo un silencio y todos miraron a Julian Farrar, que permaneció pensativo un instante.

-¿Ah, sí? No lo recuerdo -replicó con brusquedad.

-Sí que lo dijiste, una noche durante la cena. Ya sabes, tú y Richard estabais discutiendo por algo y tú dijiste: «Uno de estos días alguien te meterá una bala en la cabeza.»

-Una profecía extraordinaria -observó el inspector.

Farrar se sentó en un extremo del escabel.

-Bueno -dijo-, Richard y sus armas eran bastante molestas de por sí, a nadie le gustaban.

Por ejemplo, estaba ese hombre, ¿le recuerdas, Laura? Vuestro jardinero, Griffiths, el que Ri­chard despidió un buen día. Griffiths me dijo en más de una ocasión: «Uno de estos días mataré al señor Warwick.»

-Griffiths no haría algo así -exclamó Laura.

Farrar parecía arrepentido.

-No, claro que no -reconoció-, no quería decir eso, simplemente era el tipo de cosa que se decía sobre Richard. -Para ocultar su bo­chorno, sacó la pitillera y extrajo un cigarrillo.

El inspector se sentó en la silla del escritorio con aire pensativo. Starkwedder estaba de pie cerca de Jan, que le estudiaba con interés.

-Ojalá hubiera estado aquí anoche -comentó Farrar a nadie en particular-. Esa era mi intención.

-Pero con esa niebla tan terrible era impo­sible que vinieras -comentó Laura.

-Sí -respondió Farrar-. Los miembros del comité vinieron a cenar y cuando empezó a caer la niebla, se marcharon a casa temprano. Pensé entonces en acercarme pero al final deseché la idea. -Se palpó los bolsillos en busca del en­cendedor y preguntó-: ¿Alguien ha visto mi encendedor? Creo que lo he perdido.

Echó un vistazo alrededor y de pronto lo descubrió sobre la mesa junto al sillón, donde Laura lo había dejado la noche anterior. Farrarse incorporó y lo recogió bajo la atenta mirada de Starkwedder.

-Aquí está. No sabía dónde lo había dejado. -Julian... -comenzó Laura.

-¿Sí? -Farrar le ofreció un cigarrillo y ella lo aceptó-. Siento mucho lo sucedido. Si puedo hacer algo...

-Sí, lo sé -respondió ella mientras Farrar le encendía el cigarrillo.

-¿Sabe disparar, señor Starkwedder? -pre­guntó Jan-. Yo sí, Richard a veces me dejaba probar, sólo a veces, claro, y yo no soy tan bue­no como él.

-¿Ah, sí? -contestó Starkwedder-. ¿Qué tipo de pistola te dejaba utilizar?

Mientras Jan acaparaba la atención de Stark­wedder, Laura susurró a Julian Farrar:

Julian, necesito hablar contigo.

La voz de Farrar fue igual de queda.

-¡Ten cuidado! -le advirtió.

-Era una 22 -explicaba Jan a Starkwed­der-. Soy bastante bueno, ¿verdad, Julian? -Jan se levantó y se acercó a Farrar-. ¿Recuer­das aquella vez que me llevaste a la feria? Tumbé dos botellas, ¿verdad?

-Por supuesto, muchacho. Tienes buen ojo, y eso es lo importante; también lo tienes para el críquet. -Farrar se trasladó a un extremo del sofá y agregó-: Fue un partido sensacional el que celebramos el verano pasado.

Jan sonrió jubiloso y se sentó en el escabel frente al inspector, que ahora examinaba los do­cumentos del escritorio. Hubo una pausa. Stark­wedder sacó un cigarrillo y le preguntó a Laura:

-¿Le importa si fumo?

-Por supuesto que no.

Starkwedder se volvió hacia Farrar.

-¿Me deja su encendedor?

-Claro que sí, aquí tiene.

-Bonito encendedor -comentó Starkwedder al encender el cigarrillo.

Laura hizo un gesto involuntario pero se contuvo.

-Sí -respondió Farrar con aire indiferen­te-, funciona mejor que la mayoría.

-Parece... excepcional -comentó Stark­wedder mientras miraba de reojo a Laura. Devolvió el encendedor a Farrar y murmuró unas palabras de agradecimiento.

Jan se levantó del escabel y se colocó detrás de la silla del inspector.

-Richard tiene muchas armas -le dijo-. Y tiene una que solía utilizar en África para matar elefantes. ¿Quiere verlas? Están en el dormitorio de Richard, por allí -dijo indicándole el camino.

-Muy bien -dijo el inspector mientras se incorporaba-. Enséñanoslas. -Sonrió al mu­chacho y agregó-: ¿Sabes?, nos estás ayudando mucho, deberíamos incorporarte al cuerpo de policía.

Apoyó una mano en el hombro del muchacho, le condujo hasta la puerta y el sargento la abrió.

-No es necesario que se quede, señor Stark­wedder -comentó el inspector desde la puer­ta-. Puede ocuparse de sus asuntos, pero man­téngase en contacto.

-De acuerdo -respondió Starkwedder mientras Jan, el inspector y el sargento abando­naban la estancia. 

 

CONTINUARÁ...