6
A las once de la mañana
siguiente, la biblioteca de Richard Warwick parecía más acogedora que en la
brumosa noche anterior, aunque sólo fuera porque el sol brillaba sobre un día
despejado y frío, y porque las contraventanas estaban abiertas de par en par.
El cadáver de Richard Warwick había sido retirado durante la noche, y su silla
de ruedas colocada en el vano. En el lugar que había ocupado hasta entonces
había un sillón. La mesita había sido despojada de todo, excepto de la
licorera y el cenicero. Un apuesto joven de veintitantos años, de pelo corto,
chaqueta de tweed y pantalones azul marino, leía un libro de poemas sentado en
la silla de ruedas. Después de unos instantes se puso de pie.
-Hermoso -dijo-. Oportuno y
hermoso. -Su voz era suave y melodiosa, con un pronunciado acento galés.
Cerró el libro y lo devolvió a
su lugar en las estanterías. A continuación, después de observar la habitación
durante un par de minutos, salió a la terraza. Casi de inmediato, un hombre de
edad madura, complexión robusta y mirada impasible, que llevaba un maletín en
la mano, entró en la habitación desde el pasillo. Avanzó hasta el sillón que
miraba a la terraza, dejó el maletín encima y dirigió la vista al exterior.
-¡Sargento Cadwallader! -llamó.
El joven volvió a la habitación.
-Buenos días, inspector Thomas
-dijo, y luego recitó-: «Estaciones de nieblas y dulces frutos, amigo
inseparable del ascendente sol.»
El inspector, que había empezado
a desabotonarse el abrigo, se detuvo y miró al joven sargento.
-¿Perdón? -dijo.
-Es Keats -le informó el
sargento, con cierto aire de suficiencia.
El inspector le dedicó una
mirada hosca, luego se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo colocó sobre
la silla de ruedas y volvió a buscar su maletín.
-Parece mentira que haga un día
tan bonito -dijo el sargento Cadwallader-. Cuando uno piensa en lo que nos
costó llegar hasta aquí anoche. La peor neblina que he visto en años. «La
amarilla niebla que frota su espalda contra la ventana.» T. S. Eliot. -Esperó
que el inspector reaccionara ante su cita, pero no hubo respuesta, de modo que
continuó-: No me sorprende que haya habido tantos
accidentes en la carretera de Cardiff.
-Podría haber sido peor -comentó
el inspector.
-Yo no estaría tan seguro
-repuso el sargento-. El de Porthcawl... menudo accidente. Un muerto y dos
niños gravemente heridos. Y la madre llorando destrozada en medio de la carretera.
«La hermosa doncella se fue llorando...»
-¿Han terminado ya con las
huellas dactilares? -le interrumpió el inspector.
Comprendiendo que lo mejor era
volver al asunto que tenían entre manos, el sargento Cadwallader dijo:
-Sí, señor. Lo tengo todo aquí.
-Se dirigió al escritorio, cogió una carpeta y la abrió.
El inspector le siguió, se sentó
y dejó su maletín debajo del escritorio, antes de empezar a examinar la
primera hoja de huellas dactilares.
-¿No hubo problemas para tomar
las huellas a las personas de la casa? -preguntó.
-Ninguno -respondió el
sargento-. Fueron muy serviciales. Se mostraron ansiosos por colaborar, no
podía ser de otro modo.
-No siempre es así. Me he
encontrado con más de uno que se niega, es como si creyeran que sus huellas
acabarán en el fichero de delincuentes. -Respiró hondo, estiró los brazos y
continuó estudiando las huellas-. Veamos, el señor Warwick es el difunto. La
señora Laura Warwick, su esposa. La señora mayor Warwick, su madre. El joven
Jan Warwick, la señorita Bennett y... ¿quién es éste? ¿Angle? Oh, Angell. Ah,
sí, su asistente, ¿no es así? Hay otros dos juegos de huellas, veamos... Hmmm.
En la parte exterior de la ventana, en la licorera, en la copa de coñac,
huellas de Richard Warwick, de Angell y de la señora Laura Warwick, en el
encendedor... y en la pistola. Estas son las de ese Michael Starkwedder. Le
sirvió coñac a la señora Warwick, y fue él quien trajo la pistola desde el
jardín.
Cadwallader se alejó del
escritorio, dirigiéndose al centro de la habitación.
-El señor Starkwedder
-refunfuñó.
-¿No le cae bien? -preguntó el
inspector.
-¿Qué hacía aquí? Es lo que me
gustaría saber -respondió el sargento-. ¡Atascarse en una zanja
justo delante de una casa en la que se ha producido un asesinato!
El inspector se giró hacia su
joven colega.
-Anoche usted casi metió el
coche en una zanja de camino a esta casa en la que se había producido un
asesinato. En cuanto a lo que hace aquí, lleva en los alrededores una semana,
busca una casa.
El sargento no parecía muy
convencido pero el inspector añadió con tono irónico:
-Parece que su abuela era galesa
y que de pequeño solía venir aquí a pasar las vacaciones. Más tranquilo, el
sargento concedió:
-Ah, si su abuela era galesa,
eso es otra cosa. -Se dirigió al sillón que había junto a los ventanales, se
sentó, alzó el brazo derecho y declamó-: «Un camino lleva a Londres, el otro a
Gales. El mío lleva al mar, junto a las blancas velas oscilantes.» Un gran
poeta, John Masefield. Muy subestimado.
El inspector abrió la boca para
quejarse, pero se limitó a sonreír.
-En cualquier momento llegará el
informe sobre Starkwedder de Abadan -informó al sargento-. ¿Tiene sus huellas
para compararlas?
-Envié a Jones a la fonda donde
pasó la noche -repuso Cadwallader-, pero se había ido al taller a ocuparse de
la reparación de su coche. Jones llamó al taller, habló con él y le pidió que
se presentara en la comisaría lo antes posible.
-Bien -dijo el inspector-. Aquí
hay un segundo grupo de huellas no identificadas. La palma de la mano de un
hombre sobre la mesa que había junto al cadáver, e impresiones borrosas tanto
en el exterior como en el interior del ventanal.
-Apostaría a que son de
MacGregor -dijo el sargento chasqueando los dedos.
-Sí, puede ser -admitió el
inspector-. Pero no estaban en la pistola. Cualquiera que utilice una pistola
para matar a alguien es, sin duda, suficientemente sensato como para ponerse
guantes.
-No lo sé. Un tipo
desequilibrado como ese MacGregor, desquiciado tras la muerte de su hijo, no
pensaría en ello.
-Bueno, pronto nos enviarán una
descripción de MacGregor desde Norwich -dijo el inspector.
-Es una historia triste, como
quiera que se la mire. Un hombre, su mujer fallecida recientemente, y su único
hijo muerto por conducción temeraria.
-Si es que hubo conducción
temeraria -observó el inspector-. En tal caso habrían condenado a Warwick por
homicidio, o al menos por un delito de imprudencia temeraria. De hecho, ni
siquiera le retiraron el carnet de conducir. -Abrió el maletín y extrajo el
arma del crimen.
-A veces se miente de forma
temeraria -murmuró el sargento-. «Señor,
Señor, hasta qué punto está el mundo volcado a la mentira.» Shakespeare.
Su superior se limitó a mirarlo.
El sargento recuperó la compostura y se levantó del escabel.
-La palma de la mano de un
hombre sobre la mesa -murmuró el inspector mientras se dirigía hacia la mesa,
con el arma en la mano. El sargento se acercó-. Qué extraño.
-Tal vez hayan tenido un
invitado en casa -sugirió el sargento
Cadwallader.
-Tal vez -convino el inspector-.
Pero, si no recuerdo mal, la señora Warwick dijo que ayer no recibieron
visitas. Puede que ese asistente, Angell, sepa decirnos más. Vaya a buscarlo,
¿quiere?
-Sí, señor.
Una vez a solas, el inspector se
inclinó sobre la silla como si contemplara el cuerpo que había estado allí.
Luego se dirigió al ventanal y salió al exterior mirando a izquierda y derecha.
Examinó la cerradura de las contraventanas, y ya se disponía a volver a la
habitación cuando se topó con el sargento y Angell, que vestía una chaqueta de
alpaca gris, camisa blanca, corbata negra y pantalones a rayas
-¿Es usted Henry Angell?
-preguntó el inspector.
-Sí, señor.
-Siéntese allí, por favor -dijo
el inspector, señalando el sofá.
Angell obedeció.
-Bien -continuó el inspector-.
Era el enfermero y asistente del señor Richard Warwick. ¿Durante cuánto
tiempo?
-Durante tres años y medio,
señor -respondió Angell. Su actitud era correcta, pero su mirada furtiva.
-¿Le gustaba su trabajo?
-No tenía motivos de queja,
señor.
-¿Cómo era trabajar para el
señor Warwick?
-Bueno, era difícil.
-Pero tenía sus ventajas,
¿verdad?
-Sí, señor -admitió Angell-.
Tenía un salario excelente.
-Y eso compensaba los
inconvenientes, ¿no es así? -repuso el inspector.
-Sí, señor. Intento ahorrar
algún dinero. El inspector se sentó en el sillón, colocando la pistola sobre la
mesa junto a la silla.
-¿Qué hacía antes de ser
contratado por el señor Warwick? -preguntó.
-La misma clase de trabajo,
señor. Puedo enseñarle mis referencias. Nunca se han quejado de mi labor. He
tenido algunos patrones (o pacientes) verdaderamente difíciles. El señor James
Walliston, por ejemplo. Ahora es un paciente voluntario en un hospital
psiquiátrico. Una persona muy difícil, señor. -Bajó la voz para añadir-:
¡Drogas!
-Ya -dijo el inspector-. Supongo
que el señor Warwick no consumía drogas.
-No, señor. Su único refugio era
el coñac. -Lo bebía en abundancia, ¿no es así? -preguntó el inspector.
-Sí, señor. Bebía mucho, pero no
era un alcohólico, si sabe lo que quiero decir. Nunca perdía el control.
El inspector hizo una pausa
antes de preguntar:
-¿Y qué es toda esa
historia de armas y disparos contra animales?
-Bueno, era su pasatiempo,
señor. Lo que en la profesión llamamos una compensación. Tengo entendido que en
su época había sido un gran cazador. Menudo arsenal tiene en el dormitorio.
-Hizo un gesto en dirección a una habitación en la otra parte de la casa-.
Rifles, escopetas, pistolas y revólveres.
-Ya veo -dijo el inspector-.
Bien, eche un vistazo a esta pistola.
Angell se levantó y se acercó a
la mesa, pero de pronto vaciló.
-No pasa nada -le tranquilizó el
inspector-. Puede sostenerla sin miedo.
Angell cogió la pistola con
cautela.
-¿La reconoce?
-Es difícil decirlo, señor.
Parece una de las del señor Warwick, pero no sé mucho acerca de armas de fuego.
No podría decirle con certeza qué arma tenía anoche en la mesa junto a él.
-¿No tenía la misma cada noche?
-Oh, no, tenía sus caprichos,
señor -dijo Angell-. Las cambiaba continuamente. -Devolvió el arma al
inspector.
-¿De qué le podía servir un arma
anoche, con tanta neblina?
-Era un hábito, señor -respondió
Angell-. Podríamos decir que estaba acostumbrado a ello.
-Bien, vuelva a sentarse, por
favor.
Angell lo hizo en un extremo del
sofá. El inspector estudió el cañón de la pistola, antes de preguntar:
-¿Cuándo vio al señor Warwick
por última vez?
-Hacia las diez menos cuarto de
anoche, señor. Tenía una botella de coñac y una copa junto a él, y la pistola
que había elegido. Le arreglé la manta y le deseé buenas noches.
-¿Nunca se acostaba? -preguntó
el inspector.
-No, señor. Al menos no en el
sentido habitual del término. Siempre dormía en su silla. A las seis de la
mañana le traía el té y después le llevaba al dormitorio, donde se bañaba,
afeitaba, etc., y luego dormía hasta la hora de la comida. Sufría de insomnio,
de modo que prefería quedarse en la silla. Era un hombre bastante excéntrico.
El inspector Thomas se levantó y
se dirigió a las contraventanas, dejando la pistola sobre la mesita al pasar.
-¿Y esto estaba cerrado cuando
le dejó? -preguntó señalando las ventanas.
-Sí, señor. Anoche había mucha
niebla y no quería que entrara en la casa.
-Muy bien. La ventana estaba
cerrada. ¿Con pestillo?
-No, señor. Nunca la cerramos
con pestillo. -Para que pudiera abrirla si quería, ¿no? -dijo el inspector.
-Así es, señor. Podía acercarse
en su silla de ruedas y abrir las contraventanas si se disipaba la niebla.
-Ya. -El inspector permaneció
pensativo unos instantes, y luego preguntó-: ¿No oyó un disparo anoche?
-No, señor.
El inspector se acercó al sofá y
miró a Angell.
-¿No le parece extraño?
-En realidad no, señor. Verá, mi
habitación está lejos. Al otro lado de un pasillo y una puerta de doble paño en
el otro extremo de la casa.
-¿No le parece un poco incómodo,
si su patrón le necesitaba?
-Oh, no, señor. Tenía un timbre
que sonaba en mi habitación.
-¿Y anoche no tocó ese timbre en
ningún momento?
-No, señor. Si lo hubiese hecho,
me habría despertado de inmediato. Es, si me permite decirlo, un timbre muy
fuerte, señor.
El inspector Thomas se inclinó
sobre el brazo del sofá para plantear la cuestión de otro modo.
-¿Usted...? -empezó con tono de
impaciencia controlada, pero le interrumpió el estridente timbre del
teléfono.
Esperó a que
Cadwallader respondiera, pero el sargento parecía estar soñando con los ojos
abiertos. Movía los labios sin emitir ningún sonido, tal vez inmerso en una
reflexión poética. De pronto reparó en que el inspector le miraba y en que el
teléfono estaba sonando.
-Lo siento, señor, pero se me
estaba ocurriendo un poema -explicó mientras se dirigía al escritorio para
contestar el teléfono-. Sargento Cadwallader -dijo. Hubo una pausa, y añadió-:
Ah, sí, desde luego. -Después de otra pausa, se volvió hacia el inspector-: Es
la policía de Norwich, señor.
El inspector cogió el teléfono y
se sentó.
-¿Eres tú, Edmundson?
-preguntó-. Habla Thomas... Lo tengo, de acuerdo... Sí... Calgary, sí... Sí,
la tía, ¿cuándo murió?... ¿Dos meses?... Sí, ya veo... Dieciocho, calle
Cuarenta y cuatro, Calgary. -Levantó la vista hacia Cadwallader y le hizo un
gesto para que anotara la dirección-. Sí... Lo era, claro... Sí, despacio, por
favor. -Volvió a mirar al sargento con expresión elocuente-. Estatura media
-repitió-. Ojos azules, cabello y barba oscuros... Sí, lo que tú digas, tú
recuerdas el caso... Ah, ya lo había hecho, ¿verdad?... ¿Un tipo violento?...
Sí... ¿Me lo envías? Bien, gracias, Edmundson. ¿Cuál es tu opinión?... Sí, sí,
conozco la sentencia, pero ¿qué te pareció a ti?... Ah, ya lo había hecho, ¿no
es así?... Una o dos veces previamente... Sí, claro, harías alguna
concesión... Muy bien. Gracias.
El inspector colgó el auricular
y dijo al sargento:
-Bien, ya tenemos parte de la
información sobre MacGregor. Parece que cuando murió su mujer regresó a
Inglaterra desde Canadá para dejar a su hijo con una tía de su esposa que vivía
en North Walsham, pues acababa de conseguir un empleo en Alaska y no podía
llevarse al niño consigo.
Aparentemente la muerte del niño le destrozó y juró
vengarse de Warwick. No es tan raro después de un accidente así. En cualquier
caso, regresó a Canadá. Tienen su dirección y mandarán un cable a Calgary. La
tía con la que iba a dejar al niño murió hace dos meses. -Se volvió hacia
Angell-. Usted estaba aquí en aquel entonces, ¿no es así? Cuando ocurrió el
accidente de tráfico en North Walsham en el que murió un niño atropellado.
-Oh, sí, señor. Lo recuerdo con
claridad.
El inspector se acercó al
asistente. Viendo que la silla del escritorio había quedado vacante, el
sargento Cadwallader aprovechó la ocasión para sentarse.
-¿Qué fue lo que sucedió?
-preguntó el inspector a Angell-. Hábleme del accidente.
-El señor Warwick conducía por
la carretera y un niño salió corriendo de una casa, o puede que de
una fonda. Sí, creo que de una fonda. Era imposible frenar. El señor Warwick lo
atropelló irremediablemente.
-Conducía a mucha velocidad,
¿verdad? -preguntó el inspector.
-Oh, no, señor. Eso quedó muy
claro en la investigación, el señor Warwick iba por debajo del límite de
velocidad.
-Al menos eso fue lo que dijo
-comentó el inspector.
-Era la verdad, señor -insistió
Angell-. La enfermera Warburton (una enfermera que el señor Warwick había
contratado por aquel entonces) estaba en el coche, y ella corroboró su
versión.
El inspector fue hasta un
extremo del sofá.
-¿Miró el velocímetro justo en
ese momento?
-Si no recuerdo mal, sí que lo
vio -respondió Angell suavemente-. Iban a cuarenta kilómetros por hora. El
señor Warwick fue exculpado.
-Pero el padre del niño no
estuvo de acuerdo,
-Es normal, señor -fue el
comentario de Angell.
-¿El señor Warwick había estado
bebiendo?
La respuesta de Angell fue
evasiva:
-Creo que había tomado una copa
de coñac, señor. -Él y el inspector intercambiaron miradas. Luego éste se
dirigió a los ventanales, sacó un pañuelo y se sonó la nariz.
-Bueno, creo que es suficiente
por ahora -dijo.
Angell se levantó y salió al
pasillo, pero volvió a entrar en la habitación.
-Disculpe, señor -dijo-.
¿Mataron al señor Warwick con su propia pistola?
El inspector se volvió hacia él.
-Aún no lo sabemos. Quienquiera
que le disparó, chocó con el señor Starkwedder, que subía hacia la casa en
busca de ayuda para su vehículo atascado. En la colisión, el hombre dejó caer
una pistola. El señor Starkwedder la recogió: esta pistola. -Señaló el arma
que estaba sobre la mesa.
-Comprendo, señor. Gracias.
-dijo Angell mientras volvía hacia la puerta.
-Por cierto -añadió el
inspector-, ¿recibieron alguna visita ayer por la noche?
Angell reflexionó un momento.
-No que recuerde ahora mismo,
señor. -Y abandonó la habitación cerrando la puerta. El inspector volvió al
escritorio.
-Si quiere saber mi opinión
-dijo al sargento-, ese tipo es una mala pieza. No es nada en particular, pero
me da mala espina.
-Comparto su opinión -respondió
Cadwallader-. No es alguien en quien confiaría y, si me apura, diría que hay
algo sospechoso acerca de ese accidente.
Al advertir de pronto que su
superior se hallaba a su lado, el sargento se levantó rápidamente de su
silla. El inspector cogió las notas que Cadwallader había estado tomando y
comenzó a examinarlas.
-Ahora me pregunto si Angell
sabe algo acerca de anoche que no nos haya contado... ¿Qué es esto? «La niebla
llega en noviembre, pero pocas veces en diciembre.» Esto no es Keats, espero.
-No -dijo el sargento
Cadwallader con tono orgulloso-. Es Cadwallader.
7
El inspector le
devolvió la libreta con brusquedad. En ese instante se abrió la puerta y entró
la señorita Bennett, quien volvió a cerrarla con delicadeza detrás de sí.
-La señora Warwick está ansiosa
por verle. Quiero decir la madre del señor Warwick. Aunque no lo reconozca,
creo que no está muy bien de salud, así que por favor sea amable con ella. ¿La
verá ahora?
-Oh, por supuesto -respondió el
inspector-. Dígale que pase.
La señorita Bennett abrió la
puerta, hizo unas señas, y la señora Warwick entró.
-Todo va bien, señora Warwick
-le aseguró el ama de llaves, cerrando la puerta al abandonar la habitación.
-Buenos días, señora -dijo el
inspector. La mujer no respondió al saludo, sino que fue directamente al grano:
-Inspector, ¿ha hecho algún
progreso?
-Es muy pronto para decirlo,
señora, pero no le quepa la menor duda de que estamos haciendo todo cuanto
está a nuestro alcance.
La señora se sentó en el sofá y
apoyó el bastón en uno de los brazos.
-Ese hombre, MacGregor, ¿ha sido
visto por aquí? ¿Le ha identificado alguien?
-Le estamos investigando
-informó el inspector-. Pero hasta ahora no hay ningún dato sobre un extraño
en la zona.
-Ese pobre niño -prosiguió la
señora Warwick-. El que atropelló Richard, quiero decir. Supongo que el padre
se desquició, me dijeron que se mostraba muy violento por aquellas fechas. Tal
vez sea normal, pero ¡dos años después! Parece increíble.
-Sí -convino el inspector-, es
mucho tiempo para esperar.
-Pero era escocés, por supuesto
-recordó ella-. Un MacGregor. Gente obstinada, los escoceses.
-Desde luego -exclamó el
sargento Cadwallader, pensando en voz alta-. Hay pocas visiones más
impresionantes que la de un escocés en acción -dijo, pero el inspector le lanzó
una mirada de desaprobación que le hizo callar.
-¿Su hijo no recibió ninguna
advertencia? -preguntó el inspector-. ¿Ninguna carta de amenaza? ¿Nada por el
estilo?
-No; estoy segura de que no
recibió nada -respondió la mujer con firmeza-. Richard me lo habría contado, le
hubiera hecho reír.
-¿No se lo hubiese tomado en
serio? -sugirió el inspector.
-Richard siempre se reía del
peligro. Parecía orgullosa de su hijo.
-Después del accidente -continuó
el inspector-, ¿ofreció su hijo alguna compensación al padre del niño?
-Por supuesto. Richard no era un
hombre malo. Pero fue rechazada. Rechazada con indignación, diría yo.
-Comprendo -murmuró el
inspector.
-Tengo entendido que la esposa
de MacGregor había fallecido. El niño era todo lo que le quedaba en el mundo.
Realmente fue una tragedia.
-Pero en su opinión no fue culpa
de su hijo, ¿verdad? -preguntó el inspector. Como la señora Warwick no
respondía, insistió-: No fue culpa de su hijo, ¿verdad?
La mujer permaneció en silencio
unos instantes más, antes de responder:
-Le he oído.
-¿Tal vez no está de acuerdo?
La señora Warwick se volvió,
avergonzada, rascando un cojín con el dedo.
-Richard bebía
demasiado -dijo finalmente-. Y, por supuesto, aquel día había estado bebiendo.
-¿Una copa de coñac? -insinuó el
inspector.
-¡Una copa de coñac! -exclamó la
señora Warwick con una risa amarga-. Había estado bebiendo mucho. Bebía en
gran cantidad. Esa licorera de allí... -Señaló la licorera de la mesa que estaba
junto al sillón del ventanal-. Se la llenaban cada noche, y casi siempre estaba
vacía por la mañana.
Sentándose en el escabel, el
inspector le dijo con voz serena:
-Así que usted cree que su hijo
tuvo la culpa del accidente.
-Por supuesto que la tuvo. Nunca
albergué la menor duda al respecto.
-Pero fue exculpado -le recordó
el inspector.
La señora Warwick rió con
amargura.
-Esa enfermera que iba en el
coche con él, esa tal Warburton -espetó-, era una ingenua y adoraba a Richard.
Además, no me extrañaría que él le hubiese recompensado generosamente por su
testimonio.
-¿Lo sabe con certeza? -preguntó
el inspector bruscamente.
La señora Warwick respondió con
un tono igualmente brusco:
-No sé nada, pero saco mis
propias conclusiones.
El inspector se puso en pie, se
dirigió hacia el sargento Cadwallader y cogió sus notas mientras la señora
Warwick seguía hablando.
-Le digo todo esto ahora
-puntualizó-, porque usted quiere la verdad, ¿no es así? Quiere estar seguro de
que existían suficientes motivos para que el padre de aquel niño cometiera un
asesinato. Pues bien, en mi opinión los había. Simplemente que jamás pensé
que después de tanto tiempo... -Su voz se debilitó hasta apagarse.
El inspector levantó la vista de
las notas.
-¿No oyó nada anoche? -preguntó.
-Estoy un poco sorda, ya sabe
-respondió ella-. No supe que ocurría algo hasta que oí a los demás hablando y
pasando por delante de mi puerta. Bajé y Jan dijo: «Han matado a Richard. Han
matado a Richard.» Al principio pensé... -se pasó una mano por los ojos- pensé
que era una broma.
-¿Jan es su hijo menor?
-preguntó el inspector.
-No es mi hijo. Me divorcié de
mi esposo hace muchos años. Él se volvió a casar. Jan es hijo de su segundo
matrimonio. -Hizo una pausa y continuó-: Parece más complicado de lo que es en
realidad. Cuando sus padres murieron, el niño vino aquí. Richard y Laura se
acababan de casar. Laura siempre ha sido muy buena con el medio hermano de
Richard, ha sido como una hermana mayor para él.
Hizo una pausa, y el inspector
aprovechó la oportunidad para que volviera a hablar de Richard.
-Lo comprendo -dijo-. Pero
volviendo a su hijo Richard...
-Quería mucho a mi hijo,
inspector, pero eso no me impedía ver sus defectos, que en gran medida se
debían al accidente que le dejó lisiado. Era un hombre orgulloso que amaba la
vida al aire libre, y tener que hacer una vida de inválido era mortificante para
él. Por decirlo de alguna manera, no mejoró su carácter.
-Entiendo. ¿Diría que su vida
matrimonial era feliz?
-No tengo la menor idea -Estaba
claro que la señora Warwick no pensaba decir nada más al respecto-. ¿Hay algo
más que desee saber, inspector?
-No, gracias, señora Warwick.
Pero me gustaría hablar con la señorita Bennett.
La mujer se puso en pie y el
joven sargento se dirigió a la puerta para abrírsela.
-Sí, por supuesto -dijo-. La
señorita Bennett (la llamamos Benny) es la persona que más podrá ayudarle, tan
práctica y eficiente como es.
-¿Lleva mucho tiempo con usted?
-preguntó el inspector.
-Oh, sí, muchos
años. Cuidó de Jan cuando era pequeño, y antes de eso también nos ayudó con Richard. Se ocupó de todos
nosotros, es una persona muy fiel. -Y, agradeciendo el gesto del sargento con
una inclinación de la cabeza, abandonó la habitación.
8
Después de cerrar
la puerta, el sargento Cadwallader miró al inspector.
-Así que Richard Warwick era un
bebedor, ¿eh? -comentó-. No es la primera vez que lo oigo decir, ¿sabe? Y todas
esas pistolas y rifles y escopetas. Un poco tarambana, si quiere saber mi
opinión.
-Tal vez -respondió lacónico el
inspector.
Sonó el teléfono. Esperando que
contestara el sargento, el inspector le dirigió una mirada elocuente, pero
Cadwallader estaba absorto en sus notas, que examinaba mientras se sentaba en
el sillón, completamente ajeno a los timbrazos. Al cabo de unos instantes, y al
comprender que la cabeza del sargento estaba en otra parte, sin duda en proceso
de componer un nuevo poema, el inspector suspiró, se dirigió al escritorio y levantó
el auricular.
-Sí -dijo-. Sí, yo mismo. ¿Ha
llegado Starkwedder? ¿Le han tomado las huellas?...
Bien... sí... Bueno, díganle que
espere... Sí, estaré allí en media hora más o menos... Quiero hacerle unas
cuantas preguntas más... Sí, adiós.
Hacia el final de la
conversación, la señorita Bennett había entrado en la habitación y ahora
aguardaba junto a la puerta. Al verla, el sargento se levantó del sillón y se
acercó a ella.
-¿Sí? -dijo la señorita Bennett
con una inflexión interrogativa. Se dirigía al inspector-. ¿Quería hacerme
algunas preguntas? Tengo mucho trabajo esta mañana.
-Sí, señorita Bennett -respondió
el inspector-. Quiero que me cuente su versión del accidente de Norfolk, el
que acabó con la vida de aquel niño.
-¿El hijo de MacGregor?
-Sí, el mismo. Me han dicho que
ayer se acordó rápidamente de su nombre.
La señorita Bennett se volvió
para cerrar la puerta.
-Así es. Tengo buena memoria
para los nombres.
-Y sin duda -continuó el
inspector- el suceso le dejó algunas impresiones. Pero usted no estaba en el
coche, ¿verdad?
Ella se dirigió al sofá.
-No, yo no estaba en el coche
-dijo-, sino la enfermera que el señor Warwick tenía por aquel entonces. La
enfermera Warburton.
-¿La interrogaron durante la
investigación?
-No -respondió la señorita
Bennett-. Pero Richard nos lo contó al volver. Dijo que el padre del niño le
había amenazado, que había dicho que se lo haría pagar. No lo tomamos en serio,
por supuesto.
El inspector se le acercó.
-¿Se formó alguna impresión
particular sobre el accidente? -preguntó.
-No sé a qué se refiere.
El inspector la observó durante
unos instantes, y luego dijo:
-Quiero decir que si piensa que
ocurrió porque el señor Warwick había estado bebiendo.
La señorita Bennett hizo un
gesto desdeñoso.
-Oh, supongo que su madre le
dijo eso -espetó-. Pues bien, no debe creer todo lo que le diga. Tiene
prejuicios contra la bebida. Su marido (el padre de Richard) bebía.
-Entonces usted cree -sugirió el
inspector- que la versión de Richard Warwick era verdad, que conducía dentro
del límite de velocidad establecido y que no hubiera podido evitar el
accidente.
-No veo por qué debo dudar de
ello. La enfermera Warburton corroboró su relato.
-¿Y se podía confiar en su
palabra? -preguntó el inspector.
Ofendida por lo que parecía
considerar una calumnia a su profesión, ella respondió con acritud:
-No veo por qué no. Después de
todo, la gente no va por ahí diciendo mentiras... no sobre cosas tan
importantes, ¿no cree?
El sargento Cadwallader
intervino:
-¿Es eso cierto? ¡Vaya! Por la
manera como hablan en ocasiones, se diría que no sólo estaban dentro del límite
de velocidad, sino que además circulaban marcha atrás.
El inspector se giró lentamente
y miró al sargento. La señorita Bennett también miró al joven con aire de
sorpresa. Avergonzado, Cadwallader bajó la vista sobre sus notas, y el
inspector se volvió hacia la señorita Bennett.
-Lo que intento decir es esto
-le dijo-: En el dolor y la tensión del momento, es fácil que un hombre amenace
con vengarse por un accidente que ha segado la vida de su hijo. Pero si lo
piensa, si las cosas son como se han explicado, sin duda habría llegado a la
conclusión de que el accidente no había sido culpa de Richard.
-Ah -dijo la señorita Bennett-.
Ya entiendo.
El inspector se paseaba
lentamente por la habitación.
-Pero si conducía el coche de
manera errática y por encima del límite de velocidad; si el coche avanzaba,
digámoslo así, fuera de control...
-¿Le dijo eso Laura? -preguntó
la señorita Bennett.
El inspector se giró para
mirarla, sorprendido por la mención de la esposa del difunto.
-¿Qué le hace pensar que me lo
dijo ella?
-No lo sé. Simplemente me lo
preguntaba. -Con expresión confundida, echó un vistazo al reloj-. ¿Eso es todo?
Esta mañana tengo mucho que hacer. -Se dirigió hacia la puerta y se disponía a
salir cuando el inspector dijo:
-Me gustaría hablar con el joven
Jan.
-Oh, está bastante alterado
-dijo ella con aspereza-. Le estaría agradecida si no hablara con él. Apenas he
conseguido que se calme un poco.
-Lo siento, pero me temo que
tendremos que hacerle un par de preguntas -insistió el inspector.
La señorita Bennett volvió a
entrar en la habitación y cerró la puerta.
-¿Por qué no encuentra a ese
MacGregor y le interroga? -sugirió-. No puede andar muy lejos.
-Le encontraremos. No se
preocupe -le aseguró el inspector.
-Eso espero -replicó la señorita
Bennett-. La venganza no es de cristianos.
-Desde luego -convino el
inspector, y añadió con elocuencia-: Sobre todo cuando el accidente no fue
culpa del señor Warwick y no se pudo evitar.
Ella le miró con dureza.
Hubo un silencio, y luego el
inspector repitió:
-Me gustaría hablar con Jan, por
favor.
-No sé si le encontraré -dijo la
señorita Bennett-. Puede haber salido. -Y abandonó la habitación. El inspector
miró al sargento haciendo un gesto con la cabeza hacia la puerta, y éste la
siguió fuera.
En el pasillo, la señorita
Bennett reprendió al sargento Cadwallader:
-No le agobien -dijo, y de
pronto volvió a entrar en la habitación-. No agobie al muchacho -pidió al
inspector-. Se altera fácilmente. Es muy temperamental.
El inspector la contempló y
luego preguntó: -¿Alguna vez se pone violento? Dirigiéndose al centro de la
habitación, ella explicó:
-No, claro que no. Es un chico
muy dulce. Muy dócil. Sencillamente quise decir que podrían ponerle nervioso.
No es bueno que un niño se mezcle en un asesinato. Porque no es más que eso en
realidad: un niño.
El inspector se sentó en la
silla frente al escritorio.
-No tiene por qué preocuparse,
señorita Bennett, se lo aseguro -le dijo-. Comprendemos la situación.
9
La puerta se abrió,
y el sargento entró con Jan, que se acercó al inspector.
-¿Me busca a mí? -exclamó
nervioso-. ¿Le han cogido ya? ¿Tiene sangre en la ropa?
-Jan -le amonestó la señorita
Bennett-, compórtate. Responde a las preguntas que te haga este caballero.
Jan se giró hacia la señorita
Bennett, y luego hacia el inspector.
-Oh, sí, lo haré -prometió-.
¿Pero yo no puedo hacer ninguna pregunta?
-Por supuesto que puedes
hacerlas -le aseguró el inspector con tono cariñoso.
La señorita Bennett se sentó en
el sofá.
-Esperaré mientras le interrogan
-dijo.
El inspector se puso de pie, se
dirigió hacia la puerta y la abrió.
-No, gracias, señorita Bennett
-dijo con firmeza-. No la necesitaremos. Además, ¿no dijo que tiene mucho que
hacer esta mañana?
-Preferiría quedarme -insistió.
-Lo siento -replicó el inspector
con tono severo-. Siempre hablamos con las personas a solas.
La señorita Bennett lo miró y
luego al sargento Cadwallader. Comprendiendo que había sido derrotada, lanzó
un suspiro de irritación, se levantó y se marchó. El inspector cerró la puerta
detrás de ella y se dirigió al sofá. El sargento fue hasta el vano,
preparándose para tomar más notas.
-No creo -dijo el inspector a
Jan- que hayas estado antes en relación directa con un asesinato, ¿verdad?
-No, nunca -respondió Jan
ansioso-. Es muy emocionante, ¿no? -Se arrodilló sobre el escabel-. ¿Tienen
pistas; huellas, manchas de sangre o algo así?
-Pareces muy interesado por la
sangre -observó el inspector con una sonrisa afable.
-Lo estoy. Me gusta la sangre.
Es un color hermoso, ¿verdad? Un rojo tan intenso... -Caminó hasta un extremo
del sofá y se sentó, riendo nervioso-. Richard disparaba contra cosas, y luego
sangraban. Es muy gracioso, ¿verdad? Quiero decir que es gracioso que Richard,
que siempre disparaba contra cosas, haya sido el objeto de un disparo. ¿No le
parece gracioso?
El inspector
respondió con un tono suave y algo seco:
-Supongo que tiene su lado
cómico. -Hizo una pausa-. ¿Te entristece la muerte de tu hermano, quiero
decir, de tu medio hermano?
-¿Entristecerme? -Jan pareció
sorprendido-. ¿Por qué habría de entristecerme?
-Bueno, pensé que tal vez... le
querías mucho -sugirió el inspector.
-¡Quererle! -exclamó Jan,
asombrado-. ¿A Richard? Oh, no, nadie podía
quererle.
-Pero supongo que su esposa sí
le quería. Otro gesto de sorpresa.
-¿Laura? -exclamó-. No, no lo
creo. Siempre se ponía de mi lado.
-¿De tu lado? ¿Qué quieres
decir?
De pronto, Jan pareció asustado.
-Sí, sí -exclamó-. Cuando
Richard quería que me enviaran fuera.
-¿Que te enviaran fuera?
-A uno de esos lugares... Ya
sabe, adonde te encierran y ya no puedes salir. Dijo que quizá Laura iría a
verme, a veces. -Jan tembló un poco, luego se incorporó y miró al sargento
Cadwallader-. No me gustaría que me encerraran -añadió con voz trémula-.
Detestaría que lo hicieran.
Se dirigió a los ventanales y
salió a la terraza.
-Me gustan los lugares abiertos
-dijo desde fuera-. Me gusta mi ventana abierta, y mi puerta, y saber que
siempre puedo salir. -Volvió a entrar en la habitación-. Pero ya nadie puede
encerrarme, ¿verdad?
-No, chico -le aseguró el
inspector-. No lo creo.
-Ya no, ahora que Richard ha
muerto -añadió Jan, e incluso pareció que alardeara.
-¿Así que Richard te quería
hacer encerrar? -preguntó el inspector.
-Laura dice que sólo me lo decía
para tomarme el pelo -repuso Jan-. Dijo que eso era todo, y que no tenía nada
que temer, que mientras ella estuviese aquí no permitiría que me encerraran.
-Se fue a sentar sobre el brazo derecho del sillón-. Quiero a Laura -prosiguió
con nervioso entusiasmo-. La quiero muchísimo. Lo pasamos muy bien juntos.
Buscamos mariposas y huevos de pájaros, y jugamos juntos. Bezique. ¿Conoce ese
juego? Es un juego inteligente. Y a otros juegos de cartas. Oh, es muy
divertido hacer cosas con Laura.
El inspector se acercó a él y se
apoyó en el brazo derecho del sillón. Le preguntó con tono afable:
-Supongo que no recuerdas nada
sobre ese accidente que ocurrió cuando vivías en Norfolk, ¿verdad? Cuando
atropellaron aun niño.
-Oh, sí, lo recuerdo -respondió
Jan con tono alegre-. Interrogaron a Richard.
-¿Qué más recuerdas?
-Ese día comimos
salmón. Richard y Warby volvieron juntos. Warby estaba un poco aturdida, pero
Richard se estaba riendo.
-¿Warby? -preguntó el
inspector-. ¿Te refieres a la enfermera Warburton?
-Sí, Warby. No me gustaba mucho.
Pero ese día Richard estaba tan encantado con ella que no dejaba de repetir
«Muy buena actuación, Warby».
La puerta se abrió de pronto y
apareció Laura Warwick. El sargento se dirigió hacia ella, y Jan la saludó:
-Hola, Laura.
-¿Interrumpo? -preguntó Laura al
inspector.
-No, claro que no, señora
Warwick. ¿Quiere sentarse?
Laura avanzó hacia el interior
de la habitación, y el sargento cerró la puerta detrás de ella.
-Jan... -empezó Laura, pero se
interrumpió.
-Le estaba preguntando -explicó
el inspector- si recordaba algo acerca del accidente de Norfolk. En el que
murió el niño MacGregor.
Ella se sentó en el extremo del
sofá.
-¿Lo recuerdas, Jan?
-Claro que lo recuerdo
-respondió el muchacho-. Lo recuerdo todo. -Se volvió hacia el inspector-. Ya
se lo he dicho, ¿no es así?
El inspector no le respondió
directamente. En lugar de ello, se movió lentamente hacia el extremo derecho
del sofá y, dirigiéndose a Laura, preguntó:
-¿Qué sabe usted acerca del
accidente, señora Warwick? ¿Se discutió aquel día
a la hora de la comida, cuando su esposo volvió del interrogatorio?
-No lo recuerdo -respondió ella.
Jan se levantó de golpe y se
acercó a ella.
-Oh, claro que lo recuerdas,
Laura. ¿Acaso no recuerdas cuando Richard dijo que un mocoso más o menos en el
mundo no tenía importancia? Laura se puso de pie.
-Por favor... -dijo al
inspector.
-No pasa nada, señora Warwick
-la tranquilizó el inspector-. Es importante que lleguemos a la verdad de
aquel accidente. Después de todo, presumiblemente es la causa de lo que ocurrió
aquí anoche.
Laura cruzó la habitación y se
sentó en otro sofá.
-Oh, sí -suspiró-. Lo sé.
-Según su suegra -continuó el
inspector-, ese día su esposo había estado bebiendo.
-Supongo que sí -admitió Laura-.
No me extrañaría.
El inspector se sentó en el
extremo del sofá. -¿Llegó a ver o conocer a ese MacGregor?
-No -dijo ella-. No estuve en
los interrogatorios.
-Parece que amenazó con vengarse
-comentó el inspector.
Laura esbozó una sonrisa triste.
-Debió de afectarle la razón,
supongo -convino.
Jan, cada vez más nervioso, se
acercó a ellos.
-Si tuviese un enemigo -exclamó
agresivo- haría exactamente lo mismo. Esperaría largo rato, y luego me
acercaría cautelosamente en la oscuridad con mi pistola. Y después... -Disparó
contra el sillón con un arma imaginaria-. ¡Pum, pum, pum!
-Calla, Jan -le ordenó ella.
Jan pareció entristecido.
-¿Estás enfadada conmigo, Laura?
-preguntó de modo pueril.
-No, cielo -le tranquilizó-. No
estoy enfadada. Pero intenta no alterarte tanto.
-No estoy alterado.
Mientras él hablaba, oyeron
voces en el pasillo. Era Starkwedder.
-Buenos días, señorita Bennett.
¿Dónde está el inspector Thomas? Quisiera hablar con él. ¿Está ahí dentro?
Se oyó la respuesta de la
señorita Bennett:
-Buenos días, agente. Están ahí
dentro, ambos... No sé qué está pasando.
-He traído esto para el
inspector -dijo el agente-. Tal vez pueda dárselo al sargento Cadwallader.
-¿Qué pasa? -preguntó Laura.
El inspector se dirigió a la
puerta.
-Parece que el señor Starkwedder
ha vuelto -respondió.
10
La puerta se abrió
y Starkwedder entró en la habitación. El sargento Cadwallader aprovechó la
oportunidad para marcharse y su voz se oyó en el pasillo al hablar con el
agente que había acompañado a Starkwedder. Mientras tanto, el joven Jan se
hundió en el sillón y observaba todo lo que acontecía.
-Mire -espetó Starkwedder al
entrar en la estancia-, no puedo perder todo el día en la comisaría, les he
dado mis huellas y he insistido en que me trajeran aquí; tengo cosas que hacer,
tengo dos citas con un agente inmobiliario. -De pronto se percató de la
presencia de Laura-. Oh... buenos días, señora Warwick. Siento muchísimo lo
ocurrido.
-Buenos días -respondió Laura
con aire distante.
El inspector se acercó a la
silla junto al sillón.
-Señor Starkwedder, ¿no apoyaría
anoche por casualidad la mano en esta mesa y después empujaría la ventana para
abrirla? -preguntó el inspector.
Starkwedder se aproximó a él.
-No lo sé -reconoció-. Es
posible, ¿es importante? No lo recuerdo.
Cadwallader regresó a la
habitación con una carpeta en la mano. Después de cerrar la puerta se acercó al
inspector.
-Aquí están las huellas del
señor Starkwedder -le informó-, las ha traído el agente junto con el informe
de balística.
-Vamos a ver -dijo el
inspector-. La bala que mató a Richard Warwick procedía de esta pistola. En
cuanto a las huellas, pronto lo averiguaremos. -Se acercó a la silla junto al
escritorio y comenzó a estudiar los documentos.
Transcurridos unos minutos Jan,
que había estado pendiente de los movimientos de Starkwedder, preguntó:
-Usted acaba de regresar de
Abadan, ¿verdad? ¿Cómo es?
-Muy caluroso -fue la respuesta
de Starkwedder antes de volverse hacia Laura-. ¿Cómo se encuentra hoy, señora
Warwick? ¿Está mejor? -preguntó mientras se acercaba a un extremo del sofá
para sentarse.
-Sí, gracias -respondió ella-.
He superado el shock.
-Bien -replicó Starkwedder.
El inspector se
acercó a Starkwedder.
-Sus huellas -anunció- se
encuentran en la ventana, la licorera, la copa y el encendedor, pero las
huellas de la mesa no son suyas, se trata de huellas desconocidas. -Recorrió la
habitación con la vista-. Asunto resuelto, entonces -continuó-. Dado que no
hubo ninguna visita anoche... -Miró a Laura.
-No -le aseguró ésta.
-Entonces tienen que ser de
MacGregor -estableció el inspector.
-¿De MacGregor? -preguntó
Starkwedder con los ojos clavados en Laura.
-Parece usted sorprendido
-comentó el inspector.
-Sí, más bien -reconoció
Starkwedder-. Quiero decir, lo normal hubiera sido que llevara guantes.
El inspector se acercó al
sargento Cadwallader, que permanecía de pie.
-Tiene razón -convino-, utilizó
la pistola con guantes.
-¿Hubo alguna discusión?
-preguntó Starkwedder a Laura-. ¿Se oyó algo más aparte del disparo?
Ella hizo un esfuerzo por
responder.
-Yo... Benny y yo sólo oímos el
disparo, pero de todos modos no hubiéramos oído nada desde arriba.
Cadwallader estaba contemplando
el jardín desde una pequeña ventana. Al ver que alguien cruzaba la hierba, se
apostó junto a uno de los ventanales, por donde entró un atractivo hombre de
unos treinta y tantos años, de altura superior a la media, cabello rubio, ojos
azules y cierto aire militar. El hombre se detuvo con aspecto preocupado. Jan,
el primero en percibir su presencia, gritó exaltado:
-¡Julian!, ¡Julian!
El recién llegado miró a Jan y
luego a Laura.
-¡Laura! -exclamó-, acabo de
enterarme. Lo... lo siento muchísimo.
-Buenos días, mayor Farrar -le
saludó el inspector.
Julian se volvió hacia éste.
-Qué asunto tan extraño
-comentó-, pobre Richard.
-Estaba aquí en la silla de
ruedas -le explicó Jan emocionado-. Tenía el cuerpo encogido y un trozo de
papel sobre el pecho. ¿Sabes qué ponía? «Cuenta saldada.» ¡Qué emocionante!,
¿verdad?
Farrar pasó por delante de él.
-Sí, claro que es emocionante
-le aseguró mientras dirigía una mirada inquisidora a Starkwedder.
El inspector presentó a los dos
hombres:
-Este es el señor Starkwedder.
El mayor Farrar, que podría ser nuestro próximo diputado, ya ha presentado su
candidatura para el escaño.
Starkwedder se levantó y ambos
hombres se estrecharon la mano. El inspector hizo señas al sargento de que se
acercara. Mientras conversaban, Starkwedder brindó una explicación a Farrar.
-Se me atascó el coche en la
cuneta y me acerqué a la casa para llamar por teléfono y pedir ayuda. Un hombre
salió corriendo de la casa y casi me derribó.
-¿En qué dirección huyó?
-preguntó Farrar.
-No tengo ni idea. Se desvaneció
en la niebla como por arte de magia. -Starkwedder dio media vuelta mientras
Jan, arrodillado en el sillón con los ojos clavados en Farrar, dijo:
-Ya le dijiste a Richard que
algún día le matarían, ¿verdad, Julian?
Hubo un silencio y todos miraron
a Julian Farrar, que permaneció pensativo un instante.
-¿Ah, sí? No lo recuerdo
-replicó con brusquedad.
-Sí que lo dijiste, una noche
durante la cena. Ya sabes, tú y Richard estabais discutiendo por algo y tú
dijiste: «Uno de estos días alguien te meterá una bala en la cabeza.»
-Una profecía extraordinaria
-observó el inspector.
Farrar se sentó en un extremo
del escabel.
-Bueno -dijo-, Richard y sus armas eran
bastante molestas de por sí, a nadie le gustaban.
Por ejemplo, estaba ese hombre,
¿le recuerdas, Laura? Vuestro jardinero, Griffiths, el que Richard despidió un
buen día. Griffiths me dijo en más de una ocasión: «Uno de estos días mataré al
señor Warwick.»
-Griffiths no haría algo así
-exclamó Laura.
Farrar parecía arrepentido.
-No, claro que no -reconoció-,
no quería decir eso, simplemente era el tipo de cosa que se decía sobre
Richard. -Para ocultar su bochorno, sacó la pitillera y extrajo un cigarrillo.
El inspector se sentó en la
silla del escritorio con aire pensativo. Starkwedder estaba de pie cerca de
Jan, que le estudiaba con interés.
-Ojalá hubiera estado aquí
anoche -comentó Farrar a nadie en particular-. Esa era mi intención.
-Pero con esa niebla tan
terrible era imposible que vinieras -comentó Laura.
-Sí -respondió Farrar-. Los
miembros del comité vinieron a cenar y cuando empezó a caer la niebla, se
marcharon a casa temprano. Pensé entonces en acercarme pero al final deseché la
idea. -Se palpó los bolsillos en busca del encendedor y preguntó-: ¿Alguien ha
visto mi encendedor? Creo que lo he perdido.
Echó un vistazo alrededor y de
pronto lo descubrió sobre la mesa junto al sillón, donde Laura lo había dejado
la noche anterior. Farrarse incorporó y lo recogió bajo la atenta mirada de
Starkwedder.
-Aquí está. No sabía dónde lo
había dejado. -Julian... -comenzó Laura.
-¿Sí? -Farrar le ofreció un
cigarrillo y ella lo aceptó-. Siento mucho lo sucedido. Si puedo hacer algo...
-Sí, lo sé -respondió ella
mientras Farrar le encendía el cigarrillo.
-¿Sabe disparar, señor
Starkwedder? -preguntó Jan-. Yo sí, Richard a veces me dejaba probar, sólo a
veces, claro, y yo no soy tan bueno como él.
-¿Ah, sí? -contestó
Starkwedder-. ¿Qué tipo de pistola te dejaba utilizar?
Mientras Jan acaparaba la
atención de Starkwedder, Laura susurró a Julian Farrar:
Julian, necesito hablar contigo.
La voz de Farrar fue igual de
queda.
-¡Ten cuidado! -le advirtió.
-Era una 22 -explicaba Jan a
Starkwedder-. Soy bastante bueno, ¿verdad, Julian? -Jan se levantó y se acercó
a Farrar-. ¿Recuerdas aquella vez que me llevaste a la feria? Tumbé dos
botellas, ¿verdad?
-Por supuesto, muchacho. Tienes
buen ojo, y eso es lo importante; también lo tienes para el críquet. -Farrar se
trasladó a un extremo del sofá y agregó-: Fue un partido sensacional el que
celebramos el verano pasado.
Jan sonrió jubiloso y se sentó
en el escabel frente al inspector, que ahora examinaba los documentos del
escritorio. Hubo una pausa. Starkwedder sacó un cigarrillo y le preguntó a
Laura:
-¿Le importa si fumo?
-Por supuesto que no.
Starkwedder se volvió hacia
Farrar.
-¿Me deja su encendedor?
-Claro que sí, aquí tiene.
-Bonito encendedor -comentó
Starkwedder al encender el cigarrillo.
Laura hizo un gesto involuntario
pero se contuvo.
-Sí -respondió Farrar con aire
indiferente-, funciona mejor que la mayoría.
-Parece... excepcional -comentó
Starkwedder mientras miraba de reojo a Laura. Devolvió el encendedor a Farrar
y murmuró unas palabras de agradecimiento.
Jan se levantó del escabel y se
colocó detrás de la silla del inspector.
-Richard tiene muchas armas -le
dijo-. Y tiene una que solía utilizar en África para matar elefantes. ¿Quiere
verlas? Están en el dormitorio de Richard, por allí -dijo indicándole el
camino.
-Muy bien -dijo el inspector
mientras se incorporaba-. Enséñanoslas. -Sonrió al muchacho y agregó-:
¿Sabes?, nos estás ayudando mucho, deberíamos incorporarte al cuerpo de
policía.
Apoyó una mano en el hombro del
muchacho, le condujo hasta la puerta y el sargento la abrió.
-No es necesario que se quede,
señor Starkwedder -comentó el inspector desde la puerta-. Puede ocuparse de
sus asuntos, pero manténgase en contacto.
-De acuerdo -respondió
Starkwedder mientras Jan, el inspector y el sargento abandonaban la estancia.
CONTINUARÁ...