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Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 2)

     6

A las once de la mañana siguiente, la biblio­teca de Richard Warwick parecía más acogedora que en la brumosa noche anterior, aunque sólo fuera porque el sol brillaba sobre un día despejado y frío, y porque las contraventanas estaban abiertas de par en par. El cadáver de Richard Warwick había sido retirado durante la noche, y su silla de ruedas colocada en el vano. En el lugar que había ocupado hasta entonces había un si­llón. La mesita había sido despojada de todo, ex­cepto de la licorera y el cenicero. Un apuesto joven de veintitantos años, de pelo corto, chaqueta de tweed y pantalones azul marino, leía un libro de poemas sentado en la silla de ruedas. Después de unos instantes se puso de pie.

-Hermoso -dijo-. Oportuno y hermoso. -Su voz era suave y melodiosa, con un pronun­ciado acento galés.

Cerró el libro y lo devolvió a su lugar en las estanterías. A continuación, después de observar la habitación durante un par de minutos, salió a la terraza. Casi de inmediato, un hombre de edad madura, complexión robusta y mirada impasible, que llevaba un maletín en la mano, entró en la habitación desde el pasillo. Avanzó hasta el si­llón que miraba a la terraza, dejó el maletín enci­ma y dirigió la vista al exterior.

-¡Sargento Cadwallader! -llamó.

El joven volvió a la habitación.

-Buenos días, inspector Thomas -dijo, y luego recitó-: «Estaciones de nieblas y dulces frutos, amigo inseparable del ascendente sol.»

El inspector, que había empezado a desabo­tonarse el abrigo, se detuvo y miró al joven sar­gento.

-¿Perdón? -dijo.

-Es Keats -le informó el sargento, con cierto aire de suficiencia.

El inspector le dedicó una mirada hosca, lue­go se encogió de hombros, se quitó el abrigo, lo colocó sobre la silla de ruedas y volvió a buscar su maletín.

-Parece mentira que haga un día tan bonito -dijo el sargento Cadwallader-. Cuando uno piensa en lo que nos costó llegar hasta aquí anoche. La peor neblina que he visto en años. «La amarilla niebla que frota su espalda contra la ventana.» T. S. Eliot. -Esperó que el inspector reaccionara ante su cita, pero no hubo respuesta, de modo que continuó-: No me sorprende que haya habido tantos accidentes en la carretera de Cardiff.

-Podría haber sido peor -comentó el ins­pector.

-Yo no estaría tan seguro -repuso el sar­gento-. El de Porthcawl... menudo accidente. Un muerto y dos niños gravemente heridos. Y la madre llorando destrozada en medio de la carre­tera. «La hermosa doncella se fue llorando...»

-¿Han terminado ya con las huellas dactila­res? -le interrumpió el inspector.

Comprendiendo que lo mejor era volver al asunto que tenían entre manos, el sargento Cadwallader dijo:

-Sí, señor. Lo tengo todo aquí. -Se dirigió al escritorio, cogió una carpeta y la abrió.

El inspector le siguió, se sentó y dejó su ma­letín debajo del escritorio, antes de empezar a examinar la primera hoja de huellas dactilares.

-¿No hubo problemas para tomar las hue­llas a las personas de la casa? -preguntó.

-Ninguno -respondió el sargento-. Fueron muy serviciales. Se mostraron ansiosos por colaborar, no podía ser de otro modo.

-No siempre es así. Me he encontrado con más de uno que se niega, es como si creyeran que sus huellas acabarán en el fichero de delincuen­tes. -Respiró hondo, estiró los brazos y conti­nuó estudiando las huellas-. Veamos, el señor Warwick es el difunto. La señora Laura Warwick, su esposa. La señora mayor Warwick, su madre. El joven Jan Warwick, la señorita Ben­nett y... ¿quién es éste? ¿Angle? Oh, Angell. Ah, sí, su asistente, ¿no es así? Hay otros dos juegos de huellas, veamos... Hmmm. En la parte exte­rior de la ventana, en la licorera, en la copa de co­ñac, huellas de Richard Warwick, de Angell y de la señora Laura Warwick, en el encendedor... y en la pistola. Estas son las de ese Michael Stark­wedder. Le sirvió coñac a la señora Warwick, y fue él quien trajo la pistola desde el jardín.

Cadwallader se alejó del escritorio, dirigién­dose al centro de la habitación.

-El señor Starkwedder -refunfuñó.

-¿No le cae bien? -preguntó el inspector.

-¿Qué hacía aquí? Es lo que me gustaría sa­ber -respondió el sargento-. ¡Atascarse en una zanja justo delante de una casa en la que se ha producido un asesinato!

El inspector se giró hacia su joven colega.

-Anoche usted casi metió el coche en una zanja de camino a esta casa en la que se había producido un asesinato. En cuanto a lo que hace aquí, lleva en los alrededores una semana, busca una casa.

El sargento no parecía muy convencido pero el inspector añadió con tono irónico:

-Parece que su abuela era galesa y que de pequeño solía venir aquí a pasar las vacaciones. Más tranquilo, el sargento concedió:

-Ah, si su abuela era galesa, eso es otra cosa. -Se dirigió al sillón que había junto a los venta­nales, se sentó, alzó el brazo derecho y decla­mó-: «Un camino lleva a Londres, el otro a Gales. El mío lleva al mar, junto a las blancas velas oscilantes.» Un gran poeta, John Masefield. Muy subestimado.

El inspector abrió la boca para quejarse, pero se limitó a sonreír.

-En cualquier momento llegará el informe sobre Starkwedder de Abadan -informó al sar­gento-. ¿Tiene sus huellas para compararlas?

-Envié a Jones a la fonda donde pasó la noche -repuso Cadwallader-, pero se había ido al taller a ocuparse de la reparación de su coche. Jones llamó al taller, habló con él y le pidió que se presentara en la comisaría lo antes posible.

-Bien -dijo el inspector-. Aquí hay un segundo grupo de huellas no identificadas. La palma de la mano de un hombre sobre la mesa que había junto al cadáver, e impresiones borrosas tanto en el exterior como en el interior del ventanal.

-Apostaría a que son de MacGregor -dijo el sargento chasqueando los dedos.

-Sí, puede ser -admitió el inspector-. Pero no estaban en la pistola. Cualquiera que utilice una pistola para matar a alguien es, sin duda, suficientemente sensato como para ponerse guantes.

-No lo sé. Un tipo desequilibrado como ese MacGregor, desquiciado tras la muerte de su hijo, no pensaría en ello.

-Bueno, pronto nos enviarán una descrip­ción de MacGregor desde Norwich -dijo el inspector.

-Es una historia triste, como quiera que se la mire. Un hombre, su mujer fallecida recientemente, y su único hijo muerto por conducción temeraria.

-Si es que hubo conducción temeraria -ob­servó el inspector-. En tal caso habrían condenado a Warwick por homicidio, o al menos por un delito de imprudencia temeraria. De hecho, ni siquiera le retiraron el carnet de conducir. -Abrió el maletín y extrajo el arma del crimen.

-A veces se miente de forma temeraria -murmuró el sargento-. «Señor, Señor, hasta qué punto está el mundo volcado a la mentira.» Shakespeare.

Su superior se limitó a mirarlo. El sargento recuperó la compostura y se levantó del escabel.

-La palma de la mano de un hombre sobre la mesa -murmuró el inspector mientras se di­rigía hacia la mesa, con el arma en la mano. El sargento se acercó-. Qué extraño.

-Tal vez hayan tenido un invitado en casa -sugirió el sargento Cadwallader.

-Tal vez -convino el inspector-. Pero, si no recuerdo mal, la señora Warwick dijo que ayer no recibieron visitas. Puede que ese asistente, Angell, sepa decirnos más. Vaya a buscarlo, ¿quiere?

-Sí, señor.

Una vez a solas, el inspector se inclinó sobre la silla como si contemplara el cuerpo que había estado allí. Luego se dirigió al ventanal y salió al exterior mirando a izquierda y derecha. Exami­nó la cerradura de las contraventanas, y ya se disponía a volver a la habitación cuando se topó con el sargento y Angell, que vestía una chaque­ta de alpaca gris, camisa blanca, corbata negra y pantalones a rayas

-¿Es usted Henry Angell? -preguntó el inspector.

-Sí, señor.

-Siéntese allí, por favor -dijo el inspector, señalando el sofá.

Angell obedeció.

-Bien -continuó el inspector-. Era el en­fermero y asistente del señor Richard Warwick. ¿Durante cuánto tiempo?

-Durante tres años y medio, señor -res­pondió Angell. Su actitud era correcta, pero su mirada furtiva.

-¿Le gustaba su trabajo?

-No tenía motivos de queja, señor.

-¿Cómo era trabajar para el señor War­wick?

-Bueno, era difícil.

-Pero tenía sus ventajas, ¿verdad?

-Sí, señor -admitió Angell-. Tenía un sa­lario excelente.

-Y eso compensaba los inconvenientes, ¿no es así? -repuso el inspector.

-Sí, señor. Intento ahorrar algún dinero. El inspector se sentó en el sillón, colocando la pistola sobre la mesa junto a la silla.

-¿Qué hacía antes de ser contratado por el señor Warwick? -preguntó.

-La misma clase de trabajo, señor. Puedo enseñarle mis referencias. Nunca se han quejado de mi labor. He tenido algunos patrones (o pa­cientes) verdaderamente difíciles. El señor James Walliston, por ejemplo. Ahora es un paciente voluntario en un hospital psiquiátrico. Una per­sona muy difícil, señor. -Bajó la voz para aña­dir-: ¡Drogas!

-Ya -dijo el inspector-. Supongo que el señor Warwick no consumía drogas.

-No, señor. Su único refugio era el coñac. -Lo bebía en abundancia, ¿no es así? -pre­guntó el inspector.

-Sí, señor. Bebía mucho, pero no era un al­cohólico, si sabe lo que quiero decir. Nunca perdía el control.

El inspector hizo una pausa antes de pregun­tar:

-¿Y qué es toda esa historia de armas y dis­paros contra animales?

-Bueno, era su pasatiempo, señor. Lo que en la profesión llamamos una compensación. Tengo entendido que en su época había sido un gran cazador. Menudo arsenal tiene en el dormi­torio. -Hizo un gesto en dirección a una habi­tación en la otra parte de la casa-. Rifles, esco­petas, pistolas y revólveres.

-Ya veo -dijo el inspector-. Bien, eche un vistazo a esta pistola.

Angell se levantó y se acercó a la mesa, pero de pronto vaciló.

-No pasa nada -le tranquilizó el inspec­tor-. Puede sostenerla sin miedo.

Angell cogió la pistola con cautela.

-¿La reconoce?

-Es difícil decirlo, señor. Parece una de las del señor Warwick, pero no sé mucho acerca de armas de fuego. No podría decirle con certeza qué arma tenía anoche en la mesa junto a él.

-¿No tenía la misma cada noche?

-Oh, no, tenía sus caprichos, señor -dijo Angell-. Las cambiaba continuamente. -Devolvió el arma al inspector.

-¿De qué le podía servir un arma anoche, con tanta neblina?

-Era un hábito, señor -respondió An­gell-. Podríamos decir que estaba acostumbrado a ello.

-Bien, vuelva a sentarse, por favor.

Angell lo hizo en un extremo del sofá. El inspector estudió el cañón de la pistola, antes de preguntar:

-¿Cuándo vio al señor Warwick por última vez?

-Hacia las diez menos cuarto de anoche, señor. Tenía una botella de coñac y una copa junto a él, y la pistola que había elegido. Le arreglé la manta y le deseé buenas noches.

-¿Nunca se acostaba? -preguntó el ins­pector.

-No, señor. Al menos no en el sentido ha­bitual del término. Siempre dormía en su silla. A las seis de la mañana le traía el té y después le lle­vaba al dormitorio, donde se bañaba, afeitaba, etc., y luego dormía hasta la hora de la comida. Sufría de insomnio, de modo que prefería quedarse en la silla. Era un hombre bastante excén­trico.

El inspector Thomas se levantó y se dirigió a las contraventanas, dejando la pistola sobre la mesita al pasar.

-¿Y esto estaba cerrado cuando le dejó? -preguntó señalando las ventanas.

-Sí, señor. Anoche había mucha niebla y no quería que entrara en la casa.

-Muy bien. La ventana estaba cerrada. ¿Con pestillo?

-No, señor. Nunca la cerramos con pestillo. -Para que pudiera abrirla si quería, ¿no? -dijo el inspector.

-Así es, señor. Podía acercarse en su silla de ruedas y abrir las contraventanas si se disipaba la niebla.

-Ya. -El inspector permaneció pensativo unos instantes, y luego preguntó-: ¿No oyó un disparo anoche?

-No, señor.

El inspector se acercó al sofá y miró a An­gell.

-¿No le parece extraño?

-En realidad no, señor. Verá, mi habitación está lejos. Al otro lado de un pasillo y una puerta de doble paño en el otro extremo de la casa.

-¿No le parece un poco incómodo, si su pa­trón le necesitaba?

-Oh, no, señor. Tenía un timbre que sona­ba en mi habitación.

-¿Y anoche no tocó ese timbre en ningún momento?

-No, señor. Si lo hubiese hecho, me habría despertado de inmediato. Es, si me permite de­cirlo, un timbre muy fuerte, señor.

El inspector Thomas se inclinó sobre el brazo del sofá para plantear la cuestión de otro modo.

-¿Usted...? -empezó con tono de impa­ciencia controlada, pero le interrumpió el estri­dente timbre del teléfono.

Esperó a que Cadwallader respondiera, pero el sargento parecía estar soñando con los ojos abiertos. Movía los labios sin emitir ningún sonido, tal vez inmerso en una reflexión poética. De pronto reparó en que el inspector le miraba y en que el teléfono estaba sonando.

-Lo siento, señor, pero se me estaba ocu­rriendo un poema -explicó mientras se dirigía al escritorio para contestar el teléfono-. Sar­gento Cadwallader -dijo. Hubo una pausa, y añadió-: Ah, sí, desde luego. -Después de otra pausa, se volvió hacia el inspector-: Es la policía de Norwich, señor.

El inspector cogió el teléfono y se sentó.

-¿Eres tú, Edmundson? -preguntó-. Ha­bla Thomas... Lo tengo, de acuerdo... Sí... Calgary, sí... Sí, la tía, ¿cuándo murió?... ¿Dos me­ses?... Sí, ya veo... Dieciocho, calle Cuarenta y cuatro, Calgary. -Levantó la vista hacia Cadwa­llader y le hizo un gesto para que anotara la direc­ción-. Sí... Lo era, claro... Sí, despacio, por favor. -Volvió a mirar al sargento con expresión elo­cuente-. Estatura media -repitió-. Ojos azu­les, cabello y barba oscuros... Sí, lo que tú digas, tú recuerdas el caso... Ah, ya lo había hecho, ¿verdad?... ¿Un tipo violento?... Sí... ¿Me lo envías? Bien, gracias, Edmundson. ¿Cuál es tu opi­nión?... Sí, sí, conozco la sentencia, pero ¿qué te pareció a ti?... Ah, ya lo había hecho, ¿no es así?... Una o dos veces previamente... Sí, claro, harías al­guna concesión... Muy bien. Gracias.

El inspector colgó el auricular y dijo al sar­gento:

-Bien, ya tenemos parte de la información sobre MacGregor. Parece que cuando murió su mujer regresó a Inglaterra desde Canadá para dejar a su hijo con una tía de su esposa que vivía en North Walsham, pues acababa de conseguir un empleo en Alaska y no podía llevarse al niño consigo. 

Aparentemente la muerte del niño le destrozó y juró vengarse de Warwick. No es tan raro después de un accidente así. En cualquier caso, regresó a Canadá. Tienen su dirección y mandarán un cable a Calgary. La tía con la que iba a dejar al niño murió hace dos meses. -Se volvió hacia Angell-. Usted estaba aquí en aquel entonces, ¿no es así? Cuando ocurrió el accidente de tráfico en North Walsham en el que murió un niño atropellado.

-Oh, sí, señor. Lo recuerdo con claridad.

El inspector se acercó al asistente. Viendo que la silla del escritorio había quedado vacante, el sargento Cadwallader aprovechó la ocasión para sentarse.

-¿Qué fue lo que sucedió? -preguntó el inspector a Angell-. Hábleme del accidente.

-El señor Warwick conducía por la carrete­ra y un niño salió corriendo de una casa, o puede que de una fonda. Sí, creo que de una fonda. Era imposible frenar. El señor Warwick lo atropelló irremediablemente.

-Conducía a mucha velocidad, ¿verdad? -preguntó el inspector.

-Oh, no, señor. Eso quedó muy claro en la investigación, el señor Warwick iba por debajo del límite de velocidad.

-Al menos eso fue lo que dijo -comentó el inspector.

-Era la verdad, señor -insistió Angell-. La enfermera Warburton (una enfermera que el señor Warwick había contratado por aquel en­tonces) estaba en el coche, y ella corroboró su versión.

El inspector fue hasta un extremo del sofá.

-¿Miró el velocímetro justo en ese mo­mento?

-Si no recuerdo mal, sí que lo vio -respon­dió Angell suavemente-. Iban a cuarenta kilóme­tros por hora. El señor Warwick fue exculpado.

-Pero el padre del niño no estuvo de acuerdo,

-Es normal, señor -fue el comentario de Angell.

-¿El señor Warwick había estado be­biendo?

La respuesta de Angell fue evasiva:

-Creo que había tomado una copa de co­ñac, señor. -Él y el inspector intercambiaron miradas. Luego éste se dirigió a los ventanales, sacó un pañuelo y se sonó la nariz.

-Bueno, creo que es suficiente por ahora -dijo.

Angell se levantó y salió al pasillo, pero vol­vió a entrar en la habitación.

-Disculpe, señor -dijo-. ¿Mataron al señor Warwick con su propia pistola?

El inspector se volvió hacia él.

-Aún no lo sabemos. Quienquiera que le disparó, chocó con el señor Starkwedder, que subía hacia la casa en busca de ayuda para su ve­hículo atascado. En la colisión, el hombre dejó caer una pistola. El señor Starkwedder la reco­gió: esta pistola. -Señaló el arma que estaba so­bre la mesa.

-Comprendo, señor. Gracias. -dijo An­gell mientras volvía hacia la puerta.

-Por cierto -añadió el inspector-, ¿reci­bieron alguna visita ayer por la noche?

Angell reflexionó un momento.

-No que recuerde ahora mismo, señor. -Y abandonó la habitación cerrando la puerta. El inspector volvió al escritorio.

-Si quiere saber mi opinión -dijo al sar­gento-, ese tipo es una mala pieza. No es nada en particular, pero me da mala espina.

-Comparto su opinión -respondió Cad­wallader-. No es alguien en quien confiaría y, si me apura, diría que hay algo sospechoso acer­ca de ese accidente.

Al advertir de pronto que su superior se ha­llaba a su lado, el sargento se levantó rápidamen­te de su silla. El inspector cogió las notas que Cadwallader había estado tomando y comenzó a examinarlas.

-Ahora me pregunto si Angell sabe algo acerca de anoche que no nos haya contado... ¿Qué es esto? «La niebla llega en noviembre, pero pocas veces en diciembre.» Esto no es Keats, espero.

-No -dijo el sargento Cadwallader con tono orgulloso-. Es Cadwallader.

 

7

El inspector le devolvió la libreta con brusque­dad. En ese instante se abrió la puerta y entró la señorita Bennett, quien volvió a cerrarla con deli­cadeza detrás de sí.

-La señora Warwick está ansiosa por verle. Quiero decir la madre del señor Warwick. Aunque no lo reconozca, creo que no está muy bien de salud, así que por favor sea amable con ella. ¿La verá ahora?

-Oh, por supuesto -respondió el inspec­tor-. Dígale que pase.

La señorita Bennett abrió la puerta, hizo unas señas, y la señora Warwick entró.

-Todo va bien, señora Warwick -le asegu­ró el ama de llaves, cerrando la puerta al abando­nar la habitación.

-Buenos días, señora -dijo el inspector. La mujer no respondió al saludo, sino que fue directamente al grano:

-Inspector, ¿ha hecho algún progreso?

-Es muy pronto para decirlo, señora, pero no le quepa la menor duda de que estamos ha­ciendo todo cuanto está a nuestro alcance.

La señora se sentó en el sofá y apoyó el bas­tón en uno de los brazos.

-Ese hombre, MacGregor, ¿ha sido visto por aquí? ¿Le ha identificado alguien?

-Le estamos investigando -informó el ins­pector-. Pero hasta ahora no hay ningún dato sobre un extraño en la zona.

-Ese pobre niño -prosiguió la señora Warwick-. El que atropelló Richard, quiero decir. Supongo que el padre se desquició, me di­jeron que se mostraba muy violento por aquellas fechas. Tal vez sea normal, pero ¡dos años des­pués! Parece increíble.

-Sí -convino el inspector-, es mucho tiempo para esperar.

-Pero era escocés, por supuesto -recordó ella-. Un MacGregor. Gente obstinada, los es­coceses.

-Desde luego -exclamó el sargento Cad­wallader, pensando en voz alta-. Hay pocas vi­siones más impresionantes que la de un escocés en acción -dijo, pero el inspector le lanzó una mirada de desaprobación que le hizo callar.

-¿Su hijo no recibió ninguna advertencia? -preguntó el inspector-. ¿Ninguna carta de amenaza? ¿Nada por el estilo?

-No; estoy segura de que no recibió nada -respondió la mujer con firmeza-. Richard me lo habría contado, le hubiera hecho reír.

-¿No se lo hubiese tomado en serio? -su­girió el inspector.

-Richard siempre se reía del peligro. Parecía orgullosa de su hijo.

-Después del accidente -continuó el ins­pector-, ¿ofreció su hijo alguna compensación al padre del niño?

-Por supuesto. Richard no era un hombre malo. Pero fue rechazada. Rechazada con indig­nación, diría yo.

-Comprendo -murmuró el inspector.

-Tengo entendido que la esposa de MacGregor había fallecido. El niño era todo lo que le quedaba en el mundo. Realmente fue una tra­gedia.

-Pero en su opinión no fue culpa de su hijo, ¿verdad? -preguntó el inspector. Como la señora Warwick no respondía, insistió-: No fue culpa de su hijo, ¿verdad?

La mujer permaneció en silencio unos ins­tantes más, antes de responder:

-Le he oído.

-¿Tal vez no está de acuerdo?

La señora Warwick se volvió, avergonzada, rascando un cojín con el dedo.

-Richard bebía demasiado -dijo finalmen­te-. Y, por supuesto, aquel día había estado be­biendo.

-¿Una copa de coñac? -insinuó el inspector.

-¡Una copa de coñac! -exclamó la señora Warwick con una risa amarga-. Había estado be­biendo mucho. Bebía en gran cantidad. Esa licore­ra de allí... -Señaló la licorera de la mesa que esta­ba junto al sillón del ventanal-. Se la llenaban cada noche, y casi siempre estaba vacía por la mañana.

Sentándose en el escabel, el inspector le dijo con voz serena:

-Así que usted cree que su hijo tuvo la cul­pa del accidente.

-Por supuesto que la tuvo. Nunca albergué la menor duda al respecto.

-Pero fue exculpado -le recordó el ins­pector.

La señora Warwick rió con amargura.

-Esa enfermera que iba en el coche con él, esa tal Warburton -espetó-, era una ingenua y adoraba a Richard. Además, no me extrañaría que él le hubiese recompensado generosamente por su testimonio.

-¿Lo sabe con certeza? -preguntó el ins­pector bruscamente.

La señora Warwick respondió con un tono igualmente brusco:

-No sé nada, pero saco mis propias conclu­siones.

El inspector se puso en pie, se dirigió hacia el sargento Cadwallader y cogió sus notas mien­tras la señora Warwick seguía hablando.

-Le digo todo esto ahora -puntualizó-, porque usted quiere la verdad, ¿no es así? Quiere estar seguro de que existían suficientes motivos para que el padre de aquel niño cometiera un ase­sinato. Pues bien, en mi opinión los había. Sim­plemente que jamás pensé que después de tanto tiempo... -Su voz se debilitó hasta apagarse.

El inspector levantó la vista de las notas.

-¿No oyó nada anoche? -preguntó.

-Estoy un poco sorda, ya sabe -respondió ella-. No supe que ocurría algo hasta que oí a los demás hablando y pasando por delante de mi puerta. Bajé y Jan dijo: «Han matado a Richard. Han matado a Richard.» Al principio pensé... -se pasó una mano por los ojos- pensé que era una broma.

-¿Jan es su hijo menor? -preguntó el ins­pector.

-No es mi hijo. Me divorcié de mi esposo hace muchos años. Él se volvió a casar. Jan es hijo de su segundo matrimonio. -Hizo una pausa y continuó-: Parece más complicado de lo que es en realidad. Cuando sus padres murie­ron, el niño vino aquí. Richard y Laura se acaba­ban de casar. Laura siempre ha sido muy buena con el medio hermano de Richard, ha sido como una hermana mayor para él.

Hizo una pausa, y el inspector aprovechó la oportunidad para que volviera a hablar de Ri­chard.

-Lo comprendo -dijo-. Pero volviendo a su hijo Richard...

-Quería mucho a mi hijo, inspector, pero eso no me impedía ver sus defectos, que en gran medida se debían al accidente que le dejó lisiado. Era un hombre orgulloso que amaba la vida al aire libre, y tener que hacer una vida de inválido era mortificante para él. Por decirlo de alguna manera, no mejoró su carácter.

-Entiendo. ¿Diría que su vida matrimonial era feliz?

-No tengo la menor idea -Estaba claro que la señora Warwick no pensaba decir nada más al respecto-. ¿Hay algo más que desee sa­ber, inspector?

-No, gracias, señora Warwick. Pero me gustaría hablar con la señorita Bennett.

La mujer se puso en pie y el joven sargento se dirigió a la puerta para abrírsela.

-Sí, por supuesto -dijo-. La señorita Ben­nett (la llamamos Benny) es la persona que más podrá ayudarle, tan práctica y eficiente como es.

-¿Lleva mucho tiempo con usted? -pre­guntó el inspector.

-Oh, sí, muchos años. Cuidó de Jan cuando era pequeño, y antes de eso también nos ayudó con Richard. Se ocupó de todos nosotros, es una persona muy fiel. -Y, agradeciendo el gesto del sargento con una inclinación de la cabeza, aban­donó la habitación.

 

8

Después de cerrar la puerta, el sargento Cad­wallader miró al inspector.

-Así que Richard Warwick era un bebedor, ¿eh? -comentó-. No es la primera vez que lo oigo decir, ¿sabe? Y todas esas pistolas y rifles y escopetas. Un poco tarambana, si quiere saber mi opinión.

-Tal vez -respondió lacónico el inspector.

Sonó el teléfono. Esperando que contestara el sargento, el inspector le dirigió una mirada elocuente, pero Cadwallader estaba absorto en sus notas, que examinaba mientras se sentaba en el sillón, completamente ajeno a los timbrazos. Al cabo de unos instantes, y al comprender que la cabeza del sargento estaba en otra parte, sin duda en proceso de componer un nuevo poema, el inspector suspiró, se dirigió al escritorio y le­vantó el auricular.

-Sí -dijo-. Sí, yo mismo. ¿Ha llegado Starkwedder? ¿Le han tomado las huellas?...

Bien... sí... Bueno, díganle que espere... Sí, estaré allí en media hora más o menos... Quiero hacerle unas cuantas preguntas más... Sí, adiós.

Hacia el final de la conversación, la señorita Bennett había entrado en la habitación y ahora aguardaba junto a la puerta. Al verla, el sargento se levantó del sillón y se acercó a ella.

-¿Sí? -dijo la señorita Bennett con una inflexión interrogativa. Se dirigía al inspector-. ¿Quería hacerme algunas preguntas? Tengo mu­cho trabajo esta mañana.

-Sí, señorita Bennett -respondió el ins­pector-. Quiero que me cuente su versión del accidente de Norfolk, el que acabó con la vida de aquel niño.

-¿El hijo de MacGregor?

-Sí, el mismo. Me han dicho que ayer se acordó rápidamente de su nombre.

La señorita Bennett se volvió para cerrar la puerta.

-Así es. Tengo buena memoria para los nombres.

-Y sin duda -continuó el inspector- el suceso le dejó algunas impresiones. Pero usted no estaba en el coche, ¿verdad?

Ella se dirigió al sofá.

-No, yo no estaba en el coche -dijo-, sino la enfermera que el señor Warwick tenía por aquel entonces. La enfermera Warburton.

-¿La interrogaron durante la investigación?

-No -respondió la señorita Bennett-. Pero Richard nos lo contó al volver. Dijo que el padre del niño le había amenazado, que había dicho que se lo haría pagar. No lo tomamos en se­rio, por supuesto.

El inspector se le acercó.

-¿Se formó alguna impresión particular so­bre el accidente? -preguntó.

-No sé a qué se refiere.

El inspector la observó durante unos instantes, y luego dijo:

-Quiero decir que si piensa que ocurrió porque el señor Warwick había estado bebiendo.

La señorita Bennett hizo un gesto desdeñoso.

-Oh, supongo que su madre le dijo eso -es­petó-. Pues bien, no debe creer todo lo que le diga. Tiene prejuicios contra la bebida. Su mari­do (el padre de Richard) bebía.

-Entonces usted cree -sugirió el inspec­tor- que la versión de Richard Warwick era verdad, que conducía dentro del límite de velo­cidad establecido y que no hubiera podido evitar el accidente.

-No veo por qué debo dudar de ello. La en­fermera Warburton corroboró su relato.

-¿Y se podía confiar en su palabra? -pre­guntó el inspector.

Ofendida por lo que parecía considerar una calumnia a su profesión, ella respondió con acri­tud:

-No veo por qué no. Después de todo, la gente no va por ahí diciendo mentiras... no sobre cosas tan importantes, ¿no cree?

El sargento Cadwallader intervino:

-¿Es eso cierto? ¡Vaya! Por la manera como hablan en ocasiones, se diría que no sólo estaban dentro del límite de velocidad, sino que además circulaban marcha atrás.

El inspector se giró lentamente y miró al sar­gento. La señorita Bennett también miró al joven con aire de sorpresa. Avergonzado, Cadwa­llader bajó la vista sobre sus notas, y el inspector se volvió hacia la señorita Bennett.

-Lo que intento decir es esto -le dijo-: En el dolor y la tensión del momento, es fácil que un hombre amenace con vengarse por un ac­cidente que ha segado la vida de su hijo. Pero si lo piensa, si las cosas son como se han explicado, sin duda habría llegado a la conclusión de que el accidente no había sido culpa de Richard.

-Ah -dijo la señorita Bennett-. Ya entiendo.

El inspector se paseaba lentamente por la ha­bitación.

-Pero si conducía el coche de manera errá­tica y por encima del límite de velocidad; si el coche avanzaba, digámoslo así, fuera de con­trol...

-¿Le dijo eso Laura? -preguntó la señorita Bennett.

El inspector se giró para mirarla, sorprendi­do por la mención de la esposa del difunto.

-¿Qué le hace pensar que me lo dijo ella?

-No lo sé. Simplemente me lo preguntaba. -Con expresión confundida, echó un vistazo al reloj-. ¿Eso es todo? Esta mañana tengo mu­cho que hacer. -Se dirigió hacia la puerta y se disponía a salir cuando el inspector dijo:

-Me gustaría hablar con el joven Jan.

-Oh, está bastante alterado -dijo ella con aspereza-. Le estaría agradecida si no hablara con él. Apenas he conseguido que se calme un poco.

-Lo siento, pero me temo que tendremos que hacerle un par de preguntas -insistió el ins­pector.

La señorita Bennett volvió a entrar en la ha­bitación y cerró la puerta.

-¿Por qué no encuentra a ese MacGregor y le interroga? -sugirió-. No puede andar muy lejos.

-Le encontraremos. No se preocupe -le aseguró el inspector.

-Eso espero -replicó la señorita Ben­nett-. La venganza no es de cristianos.

-Desde luego -convino el inspector, y añadió con elocuencia-: Sobre todo cuando el accidente no fue culpa del señor Warwick y no se pudo evitar.

Ella le miró con dureza.

Hubo un silencio, y luego el inspector re­pitió:

-Me gustaría hablar con Jan, por favor.

-No sé si le encontraré -dijo la señorita Bennett-. Puede haber salido. -Y abandonó la habitación. El inspector miró al sargento hacien­do un gesto con la cabeza hacia la puerta, y éste la siguió fuera.

En el pasillo, la señorita Bennett reprendió al sargento Cadwallader:

-No le agobien -dijo, y de pronto volvió a entrar en la habitación-. No agobie al muchacho -pidió al inspector-. Se altera fácilmente. Es muy temperamental.

El inspector la contempló y luego preguntó: -¿Alguna vez se pone violento? Dirigiéndose al centro de la habitación, ella explicó:

-No, claro que no. Es un chico muy dulce. Muy dócil. Sencillamente quise decir que po­drían ponerle nervioso. No es bueno que un niño se mezcle en un asesinato. Porque no es más que eso en realidad: un niño.

El inspector se sentó en la silla frente al escri­torio.

-No tiene por qué preocuparse, señorita Bennett, se lo aseguro -le dijo-. Comprende­mos la situación.

 

9

La puerta se abrió, y el sargento entró con Jan, que se acercó al inspector.

-¿Me busca a mí? -exclamó nervioso-. ¿Le han cogido ya? ¿Tiene sangre en la ropa?

-Jan -le amonestó la señorita Bennett-, compórtate. Responde a las preguntas que te haga este caballero.

Jan se giró hacia la señorita Bennett, y luego hacia el inspector.

-Oh, sí, lo haré -prometió-. ¿Pero yo no puedo hacer ninguna pregunta?

-Por supuesto que puedes hacerlas -le aseguró el inspector con tono cariñoso.

La señorita Bennett se sentó en el sofá.

-Esperaré mientras le interrogan -dijo.

El inspector se puso de pie, se dirigió hacia la puerta y la abrió.

-No, gracias, señorita Bennett -dijo con firmeza-. No la necesitaremos. Además, ¿no dijo que tiene mucho que hacer esta mañana?

-Preferiría quedarme -insistió.

-Lo siento -replicó el inspector con tono severo-. Siempre hablamos con las personas a solas.

La señorita Bennett lo miró y luego al sar­gento Cadwallader. Comprendiendo que había sido derrotada, lanzó un suspiro de irritación, se levantó y se marchó. El inspector cerró la puerta detrás de ella y se dirigió al sofá. El sargento fue hasta el vano, preparándose para tomar más no­tas.

-No creo -dijo el inspector a Jan- que hayas estado antes en relación directa con un asesinato, ¿verdad?

-No, nunca -respondió Jan ansioso-. Es muy emocionante, ¿no? -Se arrodilló sobre el escabel-. ¿Tienen pistas; huellas, manchas de sangre o algo así?

-Pareces muy interesado por la sangre -ob­servó el inspector con una sonrisa afable.

-Lo estoy. Me gusta la sangre. Es un color hermoso, ¿verdad? Un rojo tan intenso... -Caminó hasta un extremo del sofá y se sentó, rien­do nervioso-. Richard disparaba contra cosas, y luego sangraban. Es muy gracioso, ¿verdad? Quiero decir que es gracioso que Richard, que siempre disparaba contra cosas, haya sido el ob­jeto de un disparo. ¿No le parece gracioso?

El inspector respondió con un tono suave y algo seco:

-Supongo que tiene su lado cómico. -Hizo una pausa-. ¿Te entristece la muerte de tu her­mano, quiero decir, de tu medio hermano?

-¿Entristecerme? -Jan pareció sorprendi­do-. ¿Por qué habría de entristecerme?

-Bueno, pensé que tal vez... le querías mu­cho -sugirió el inspector.

-¡Quererle! -exclamó Jan, asombrado-. ¿A Richard? Oh, no, nadie podía quererle.

-Pero supongo que su esposa sí le quería. Otro gesto de sorpresa.

-¿Laura? -exclamó-. No, no lo creo. Siempre se ponía de mi lado.

-¿De tu lado? ¿Qué quieres decir?

De pronto, Jan pareció asustado.

-Sí, sí -exclamó-. Cuando Richard quería que me enviaran fuera.

-¿Que te enviaran fuera?

-A uno de esos lugares... Ya sabe, adonde te encierran y ya no puedes salir. Dijo que quizá Lau­ra iría a verme, a veces. -Jan tembló un poco, lue­go se incorporó y miró al sargento Cadwallader-. No me gustaría que me encerraran -añadió con voz trémula-. Detestaría que lo hicieran.

Se dirigió a los ventanales y salió a la terraza.

-Me gustan los lugares abiertos -dijo desde fuera-. Me gusta mi ventana abierta, y mi puerta, y saber que siempre puedo salir. -Vol­vió a entrar en la habitación-. Pero ya nadie puede encerrarme, ¿verdad?

-No, chico -le aseguró el inspector-. No lo creo.

-Ya no, ahora que Richard ha muerto -aña­dió Jan, e incluso pareció que alardeara.

-¿Así que Richard te quería hacer encerrar? -preguntó el inspector.

-Laura dice que sólo me lo decía para to­marme el pelo -repuso Jan-. Dijo que eso era todo, y que no tenía nada que temer, que mien­tras ella estuviese aquí no permitiría que me encerraran. -Se fue a sentar sobre el brazo dere­cho del sillón-. Quiero a Laura -prosiguió con nervioso entusiasmo-. La quiero muchísi­mo. Lo pasamos muy bien juntos. Buscamos mariposas y huevos de pájaros, y jugamos jun­tos. Bezique. ¿Conoce ese juego? Es un juego inteligente. Y a otros juegos de cartas. Oh, es muy divertido hacer cosas con Laura.

El inspector se acercó a él y se apoyó en el brazo derecho del sillón. Le preguntó con tono afable:

-Supongo que no recuerdas nada sobre ese accidente que ocurrió cuando vivías en Norfolk, ¿verdad? Cuando atropellaron aun niño.

-Oh, sí, lo recuerdo -respondió Jan con tono alegre-. Interrogaron a Richard.

-¿Qué más recuerdas?

-Ese día comimos salmón. Richard y Warby volvieron juntos. Warby estaba un poco aturdida, pero Richard se estaba riendo.

-¿Warby? -preguntó el inspector-. ¿Te refieres a la enfermera Warburton?

-Sí, Warby. No me gustaba mucho. Pero ese día Richard estaba tan encantado con ella que no dejaba de repetir «Muy buena actuación, Warby».

La puerta se abrió de pronto y apareció Lau­ra Warwick. El sargento se dirigió hacia ella, y Jan la saludó:

-Hola, Laura.

-¿Interrumpo? -preguntó Laura al ins­pector.

-No, claro que no, señora Warwick. ¿Quie­re sentarse?

Laura avanzó hacia el interior de la habita­ción, y el sargento cerró la puerta detrás de ella.

-Jan... -empezó Laura, pero se interrum­pió.

-Le estaba preguntando -explicó el ins­pector- si recordaba algo acerca del accidente de Norfolk. En el que murió el niño MacGregor.

Ella se sentó en el extremo del sofá.

-¿Lo recuerdas, Jan?

-Claro que lo recuerdo -respondió el mu­chacho-. Lo recuerdo todo. -Se volvió hacia el inspector-. Ya se lo he dicho, ¿no es así?

El inspector no le respondió directamente. En lugar de ello, se movió lentamente hacia el extremo derecho del sofá y, dirigiéndose a Lau­ra, preguntó:

-¿Qué sabe usted acerca del accidente, señora Warwick? ¿Se discutió aquel día a la hora de la comida, cuando su esposo volvió del interrogatorio?

-No lo recuerdo -respondió ella.

Jan se levantó de golpe y se acercó a ella.

-Oh, claro que lo recuerdas, Laura. ¿Acaso no recuerdas cuando Richard dijo que un mocoso más o menos en el mundo no tenía importancia? Laura se puso de pie.

-Por favor... -dijo al inspector.

-No pasa nada, señora Warwick -la tran­quilizó el inspector-. Es importante que llegue­mos a la verdad de aquel accidente. Después de todo, presumiblemente es la causa de lo que ocurrió aquí anoche.

Laura cruzó la habitación y se sentó en otro sofá.

-Oh, sí -suspiró-. Lo sé.

-Según su suegra -continuó el inspector-, ese día su esposo había estado bebiendo.

-Supongo que sí -admitió Laura-. No me extrañaría.

El inspector se sentó en el extremo del sofá. -¿Llegó a ver o conocer a ese MacGregor?

-No -dijo ella-. No estuve en los interrogatorios.

-Parece que amenazó con vengarse -comentó el inspector.

Laura esbozó una sonrisa triste.

-Debió de afectarle la razón, supongo -convino.

Jan, cada vez más nervioso, se acercó a ellos.

-Si tuviese un enemigo -exclamó agresi­vo- haría exactamente lo mismo. Esperaría lar­go rato, y luego me acercaría cautelosamente en la oscuridad con mi pistola. Y después... -Dis­paró contra el sillón con un arma imaginaria-. ¡Pum, pum, pum!

-Calla, Jan -le ordenó ella.

Jan pareció entristecido.

-¿Estás enfadada conmigo, Laura? -pre­guntó de modo pueril.

-No, cielo -le tranquilizó-. No estoy en­fadada. Pero intenta no alterarte tanto.

-No estoy alterado.

Mientras él hablaba, oyeron voces en el pasi­llo. Era Starkwedder.

-Buenos días, señorita Bennett. ¿Dónde está el inspector Thomas? Quisiera hablar con él. ¿Está ahí dentro?

Se oyó la respuesta de la señorita Bennett:

-Buenos días, agente. Están ahí dentro, am­bos... No sé qué está pasando.

-He traído esto para el inspector -dijo el agente-. Tal vez pueda dárselo al sargento Cad­wallader.

-¿Qué pasa? -preguntó Laura.

El inspector se dirigió a la puerta.

-Parece que el señor Starkwedder ha vuelto -respondió.

 

10

La puerta se abrió y Starkwedder entró en la habitación. El sargento Cadwallader aprovechó la oportunidad para marcharse y su voz se oyó en el pasillo al hablar con el agente que había acompañado a Starkwedder. Mientras tanto, el joven Jan se hundió en el sillón y observaba todo lo que acontecía.

-Mire -espetó Starkwedder al entrar en la estancia-, no puedo perder todo el día en la co­misaría, les he dado mis huellas y he insistido en que me trajeran aquí; tengo cosas que hacer, ten­go dos citas con un agente inmobiliario. -De pronto se percató de la presencia de Laura-. Oh... buenos días, señora Warwick. Siento mu­chísimo lo ocurrido.

-Buenos días -respondió Laura con aire distante.

El inspector se acercó a la silla junto al sillón.

-Señor Starkwedder, ¿no apoyaría anoche por casualidad la mano en esta mesa y después empujaría la ventana para abrirla? -preguntó el inspector.

Starkwedder se aproximó a él.

-No lo sé -reconoció-. Es posible, ¿es importante? No lo recuerdo.

Cadwallader regresó a la habitación con una carpeta en la mano. Después de cerrar la puerta se acercó al inspector.

-Aquí están las huellas del señor Starkwed­der -le informó-, las ha traído el agente junto con el informe de balística.

-Vamos a ver -dijo el inspector-. La bala que mató a Richard Warwick procedía de esta pistola. En cuanto a las huellas, pronto lo averi­guaremos. -Se acercó a la silla junto al escrito­rio y comenzó a estudiar los documentos.

Transcurridos unos minutos Jan, que había estado pendiente de los movimientos de Stark­wedder, preguntó:

-Usted acaba de regresar de Abadan, ¿verdad? ¿Cómo es?

-Muy caluroso -fue la respuesta de Stark­wedder antes de volverse hacia Laura-. ¿Cómo se encuentra hoy, señora Warwick? ¿Está me­jor? -preguntó mientras se acercaba a un extre­mo del sofá para sentarse.

-Sí, gracias -respondió ella-. He superado el shock.

-Bien -replicó Starkwedder.

El inspector se acercó a Starkwedder.

-Sus huellas -anunció- se encuentran en la ventana, la licorera, la copa y el encendedor, pero las huellas de la mesa no son suyas, se trata de huellas desconocidas. -Recorrió la habita­ción con la vista-. Asunto resuelto, entonces -continuó-. Dado que no hubo ninguna visita anoche... -Miró a Laura.

-No -le aseguró ésta.

-Entonces tienen que ser de MacGregor -estableció el inspector.

-¿De MacGregor? -preguntó Starkwed­der con los ojos clavados en Laura.

-Parece usted sorprendido -comentó el inspector.

-Sí, más bien -reconoció Starkwedder-. Quiero decir, lo normal hubiera sido que llevara guantes.

El inspector se acercó al sargento Cadwalla­der, que permanecía de pie.

-Tiene razón -convino-, utilizó la pistola con guantes.

-¿Hubo alguna discusión? -preguntó Starkwedder a Laura-. ¿Se oyó algo más aparte del disparo?

Ella hizo un esfuerzo por responder.

-Yo... Benny y yo sólo oímos el disparo, pero de todos modos no hubiéramos oído nada desde arriba.

Cadwallader estaba contemplando el jardín desde una pequeña ventana. Al ver que alguien cruzaba la hierba, se apostó junto a uno de los ventanales, por donde entró un atractivo hom­bre de unos treinta y tantos años, de altura superior a la media, cabello rubio, ojos azules y cierto aire militar. El hombre se detuvo con aspecto preocupado. Jan, el primero en percibir su pre­sencia, gritó exaltado:

-¡Julian!, ¡Julian!

El recién llegado miró a Jan y luego a Laura.

-¡Laura! -exclamó-, acabo de enterarme. Lo... lo siento muchísimo.

-Buenos días, mayor Farrar -le saludó el inspector.

Julian se volvió hacia éste.

-Qué asunto tan extraño -comentó-, po­bre Richard.

-Estaba aquí en la silla de ruedas -le expli­có Jan emocionado-. Tenía el cuerpo encogido y un trozo de papel sobre el pecho. ¿Sabes qué ponía? «Cuenta saldada.» ¡Qué emocionante!, ¿verdad?

Farrar pasó por delante de él.

-Sí, claro que es emocionante -le aseguró mientras dirigía una mirada inquisidora a Stark­wedder.

El inspector presentó a los dos hombres:

-Este es el señor Starkwedder. El ma­yor Farrar, que podría ser nuestro próximo di­putado, ya ha presentado su candidatura para el escaño.

Starkwedder se levantó y ambos hombres se estrecharon la mano. El inspector hizo señas al sargento de que se acercara. Mientras conversa­ban, Starkwedder brindó una explicación a Farrar.

-Se me atascó el coche en la cuneta y me acerqué a la casa para llamar por teléfono y pedir ayuda. Un hombre salió corriendo de la casa y casi me derribó.

-¿En qué dirección huyó? -preguntó Fa­rrar.

-No tengo ni idea. Se desvaneció en la nie­bla como por arte de magia. -Starkwedder dio media vuelta mientras Jan, arrodillado en el si­llón con los ojos clavados en Farrar, dijo:

-Ya le dijiste a Richard que algún día le ma­tarían, ¿verdad, Julian?

Hubo un silencio y todos miraron a Julian Farrar, que permaneció pensativo un instante.

-¿Ah, sí? No lo recuerdo -replicó con brusquedad.

-Sí que lo dijiste, una noche durante la cena. Ya sabes, tú y Richard estabais discutiendo por algo y tú dijiste: «Uno de estos días alguien te meterá una bala en la cabeza.»

-Una profecía extraordinaria -observó el inspector.

Farrar se sentó en un extremo del escabel.

-Bueno -dijo-, Richard y sus armas eran bastante molestas de por sí, a nadie le gustaban.

Por ejemplo, estaba ese hombre, ¿le recuerdas, Laura? Vuestro jardinero, Griffiths, el que Ri­chard despidió un buen día. Griffiths me dijo en más de una ocasión: «Uno de estos días mataré al señor Warwick.»

-Griffiths no haría algo así -exclamó Laura.

Farrar parecía arrepentido.

-No, claro que no -reconoció-, no quería decir eso, simplemente era el tipo de cosa que se decía sobre Richard. -Para ocultar su bo­chorno, sacó la pitillera y extrajo un cigarrillo.

El inspector se sentó en la silla del escritorio con aire pensativo. Starkwedder estaba de pie cerca de Jan, que le estudiaba con interés.

-Ojalá hubiera estado aquí anoche -comentó Farrar a nadie en particular-. Esa era mi intención.

-Pero con esa niebla tan terrible era impo­sible que vinieras -comentó Laura.

-Sí -respondió Farrar-. Los miembros del comité vinieron a cenar y cuando empezó a caer la niebla, se marcharon a casa temprano. Pensé entonces en acercarme pero al final deseché la idea. -Se palpó los bolsillos en busca del en­cendedor y preguntó-: ¿Alguien ha visto mi encendedor? Creo que lo he perdido.

Echó un vistazo alrededor y de pronto lo descubrió sobre la mesa junto al sillón, donde Laura lo había dejado la noche anterior. Farrarse incorporó y lo recogió bajo la atenta mirada de Starkwedder.

-Aquí está. No sabía dónde lo había dejado. -Julian... -comenzó Laura.

-¿Sí? -Farrar le ofreció un cigarrillo y ella lo aceptó-. Siento mucho lo sucedido. Si puedo hacer algo...

-Sí, lo sé -respondió ella mientras Farrar le encendía el cigarrillo.

-¿Sabe disparar, señor Starkwedder? -pre­guntó Jan-. Yo sí, Richard a veces me dejaba probar, sólo a veces, claro, y yo no soy tan bue­no como él.

-¿Ah, sí? -contestó Starkwedder-. ¿Qué tipo de pistola te dejaba utilizar?

Mientras Jan acaparaba la atención de Stark­wedder, Laura susurró a Julian Farrar:

Julian, necesito hablar contigo.

La voz de Farrar fue igual de queda.

-¡Ten cuidado! -le advirtió.

-Era una 22 -explicaba Jan a Starkwed­der-. Soy bastante bueno, ¿verdad, Julian? -Jan se levantó y se acercó a Farrar-. ¿Recuer­das aquella vez que me llevaste a la feria? Tumbé dos botellas, ¿verdad?

-Por supuesto, muchacho. Tienes buen ojo, y eso es lo importante; también lo tienes para el críquet. -Farrar se trasladó a un extremo del sofá y agregó-: Fue un partido sensacional el que celebramos el verano pasado.

Jan sonrió jubiloso y se sentó en el escabel frente al inspector, que ahora examinaba los do­cumentos del escritorio. Hubo una pausa. Stark­wedder sacó un cigarrillo y le preguntó a Laura:

-¿Le importa si fumo?

-Por supuesto que no.

Starkwedder se volvió hacia Farrar.

-¿Me deja su encendedor?

-Claro que sí, aquí tiene.

-Bonito encendedor -comentó Starkwedder al encender el cigarrillo.

Laura hizo un gesto involuntario pero se contuvo.

-Sí -respondió Farrar con aire indiferen­te-, funciona mejor que la mayoría.

-Parece... excepcional -comentó Stark­wedder mientras miraba de reojo a Laura. Devolvió el encendedor a Farrar y murmuró unas palabras de agradecimiento.

Jan se levantó del escabel y se colocó detrás de la silla del inspector.

-Richard tiene muchas armas -le dijo-. Y tiene una que solía utilizar en África para matar elefantes. ¿Quiere verlas? Están en el dormitorio de Richard, por allí -dijo indicándole el camino.

-Muy bien -dijo el inspector mientras se incorporaba-. Enséñanoslas. -Sonrió al mu­chacho y agregó-: ¿Sabes?, nos estás ayudando mucho, deberíamos incorporarte al cuerpo de policía.

Apoyó una mano en el hombro del muchacho, le condujo hasta la puerta y el sargento la abrió.

-No es necesario que se quede, señor Stark­wedder -comentó el inspector desde la puer­ta-. Puede ocuparse de sus asuntos, pero man­téngase en contacto.

-De acuerdo -respondió Starkwedder mientras Jan, el inspector y el sargento abando­naban la estancia. 

 

CONTINUARÁ...