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El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

Una visita inesperada - Agatha Christie (parte 3)

         11

Una vez la policía hubo abandonado la habi­tación con Jan, un silencio tenso se cernió sobre los presentes. Starkwedder dijo:

-Bien, supongo que he de comprobar si han logrado sacar mi coche de la cuneta; no pasamos por delante al venir hacia aquí.

-No -respondió Laura-, el sendero co­mienza en el otro lado de la carretera.

-Ya veo -respondió Starkwedder mientras se dirigía a los ventanales. Al salir a la terraza, comen­tó-: ¡Qué diferente se ve todo con la luz del día!

Tan pronto se marchó, Laura y Farrar se mi­raron.

-Julian! -exclamó ella-. ¡El encendedor! ¡Dije que era mío!

-¿Dijiste que era tuyo? ¿Al inspector?

-No. A él.

-A ese tipo... -comenzó Farrar, pero en­mudeció al ver a Starkwedder pasearse por la te­rraza-. Laura...

-¡Ten cuidado! -le advirtió ella mientras se acercaba a la pequeña ventana del vano y mi­raba al exterior-. Quizá nos esté escuchando.

-¿Quién es? -preguntó Farrar-. ¿Le co­noces?

Laura se acercó al centro de la estancia.

-No, no le conozco -dijo-. Tuvo un ac­cidente con el coche y vino anoche, justo des­pués de...

Julian le rozó la mano tendida sobre el res­paldo del sofá.

-No pasa nada, Laura. Sabes que haré todo lo que pueda.

-Julian... las huellas dactilares.

-¿Qué huellas?

-En esa mesa y en el cristal de la ventana. ¿Son tuyas?

Farrar retiró la mano de la suya para indicar que Starkwedder volvía a pasar por la terraza. Sin volverse hacia la ventana, ella se apartó de él y dijo en voz alta:

-Es muy amable de tu parte, Julian, estoy convencida de que puedes ayudarnos con mu­chas cosas.

Starkwedder deambulaba por la terraza. Cuando hubo desaparecido de vista, Laura dijo:

-¿Son tuyas estas huellas dactilares, Julian? Piensa.

Farrar permaneció pensativo un instante y luego dijo:

-Las de la mesa quizá sí.

-¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?

De nuevo distinguieron a Starkwedder caminando de un lado a otro de la terraza. Laura dio una calada al cigarrillo.

-La policía sospecha de un hombre llamado MacGregor -dijo.

-Muy bien -respondió él-. Es probable que sigan pensando así.

-Pero imagina...

Farrar la interrumpió.

-Debo marcharme, tengo una reunión -dijo mientras se incorporaba-. No pasa nada -la tranquilizó con unas palmadas en el hombro-. No te preocupes, yo me ocuparé de que estés bien.

La expresión de Laura era de incompren­sión, casi de desesperación. Pero Farrar, al pare­cer ajeno a ello, se dirigió a los ventanales. Al sa­lir, se encontró con Starkwedder, que entraba de nuevo en el estudio. Farrar se apartó con cortesía para evitar chocar con él.

-¿Se marcha usted a alguna parte? -pre­guntó Starkwedder.

-Sí. Estos días voy bastante ajetreado. Las elecciones se celebran dentro de una semana.

-Ya -respondió Starkwedder-. Perdone mi ignorancia, pero ¿qué partido representa us­ted? ¿El conservador?

-Soy liberal -respondió Farrar con al­tivez.

-¡Ah! ¿Todavía existen?

Julian Farrar suspiró y se marchó sin pro­nunciar palabra. Starkwedder dedicó a Laura una mirada dura.

-Ya veo -dijo con furia contenida-, o al menos estoy empezando a ver.

-¿Qué quiere decir?

-Es su amiguito, ¿verdad? -dijo mientras se acercaba a ella-. Vamos, ¿sí o no?

-Ya que lo pregunta, ¡sí, lo es! -respondió desafiante.

Starkwedder la miró y dijo:

-Hay muchas cosas que no me dijo anoche, ¿no es cierto? Por eso cogió su encendedor tan deprisa y dijo que era suyo. -Starkwedder se alejó unos pasos y se volvió hacia ella-. ¿Cuánto tiempo hace que dura esta historia entre uste­des dos?

-Bastante -respondió ella con un hilo de voz. -¿Nunca pensó en abandonar a Warwick y marcharse con él?

-No. Está la carrera política de Julian, po­dría arruinarle.

Starkwedder se sentó malhumorado en un extremo del sofá.

-Seguro que no, hoy en día no. ¿No acep­tan todos el adulterio con tranquilidad?

-Son circunstancias muy especiales -intentó explicar Laura-. Era amigo de Richard, y tratándose de un inválido...

-Sí, ya veo. Es cierto que no representaría muy buena publicidad para él -replicó Stark­wedder.

Laura se acercó al sofá y se quedó de pie, de­lante de él.

-¿Supongo que piensa que debería habér­selo explicado anoche? -comentó con frialdad. El apartó los ojos de su mirada.

-No tenía ninguna obligación -murmuró. Laura pareció tranquilizarse.

-No pensé que importara... -dijo-. Quiero decir... lo único en lo que podía pensar era en que había matado a Richard.

Pareció ganarse de nuevo a simpatía de Starkwedder, pues éste murmuró:

-Entiendo. -Después de una pausa añadió-: Yo tampoco podía pensar en nada más. -Enmu­deció de nuevo y después alzó los ojos hacia ella-. ¿Quiere probar un pequeño experimento? ¿Dón­de se encontraba ayer cuando disparó a Richard?

-¿Dónde me encontraba? -repitió Laura perpleja.

-Sí, eso he dicho.

Después de pensarlo un momento, ella res­pondió.

-Allí -señaló los ventanales.

-Acérquese al lugar desde donde disparó -le pidió Starkwedder.

Laura se levantó y comenzó a deambular nerviosa por la habitación.

-No... no lo recuerdo -dijo-. No me pida que lo recuerde. -Parecía asustada.

-Su marido le dijo algo -le recordó Stark­wedder-, algo que hizo que usted cogiera la pis­tola. -Se levantó del sofá y se dirigió a la mesa junto al sillón para apagar el cigarrillo-. Vamos, representemos la escena -continuó-. Allí está la mesa y la pistola -dijo mientras cogía el cigarrillo de Laura y lo depositaba en el cenicero-. Estaban discutiendo y usted cogió la pistola, cójala...

-¡No quiero! -exclamó ella.

-No sea tonta. No está cargada. Vamos, có­jala.

Reticente, Laura lo hizo.

-Recuerde que la atrapó con fuerza, no como ahora. La cogió con fuerza y disparó. Muéstreme cómo lo hizo.

Sosteniendo la pistola con torpeza, ella se alejó unos pasos de él.

-Yo... yo -balbució.

-Vamos, muéstremelo -ordenó con fuerza Starkwedder.

Laura intentó apuntar el arma.

-Vamos, ¡dispare! No está cargada. Mientras Laura seguía titubeando, él le arre­bató la pistola.

-¡Me lo imaginaba! -exclamó-. Jamás ha disparado un arma en su vida, no sabe cómo ha­cerlo. -Con la vista clavada en la pistola agre­gó-: Usted no disparó a su marido.

-Sí que lo hice -insistió ella.

-No, no lo hizo.

Laura preguntó con tono asustado:

-¿Por qué iba a decir entonces que lo hi­ce yo?

Starkwedder respiró hondo. Se acercó al sofá y se dejó caer en él.

-La respuesta me parece bastante evidente: porque fue Julian Farrar quien le mató.

-¡No! -exclamó ella casi en un grito.

-¡Sí!

-¡No!

-Le digo que sí -insistió él.

-Si fue Julian, ¿por qué diablos iba a decir que lo hice yo?

Starkwedder le dirigió una mirada desapa­sionada.

-Porque usted pensó, con bastante acierto, que yo la encubriría, y tuvo razón. -Starkwed­der se reclinó en el sofá antes de proseguir-. Sí, jugó muy bien conmigo. Pero se acabó, ¿lo entiende? Que me aspen si voy a contar un montón de mentiras para salvar el pellejo del mayor Fa­rrar.

Se hizo un silencio. Laura sonrió y fue hacia la mesa junto al sillón para recoger el cigarrillo. Se volvió hacia Starkwedder y dijo:

-¡Sí que lo hará! ¡Tendrá que hacerlo! ¡Ya le ha dado su versión a la policía! ¡Ahora no pue­de cambiarla!

-¿Qué? -respondió él perplejo.

Laura se sentó en el sillón.

-Por mucho que sepa o crea saber -pun­tualizó-, tendrá que ajustarse a su versión. Ahora es usted cómplice, lo dijo usted mismo -explicó.

Starkwedder se levantó y exclamó:

-¡Menuda zorra! -La miró con desprecio sin pronunciar palabra y, girando sobre los talo­nes, se marchó.

Laura le observó avanzar por el jardín. Hizo ademán de seguirle y llamarle, pero cambió de opinión y, con aire abatido, abandonó el estudio por la puerta del pasillo.

 

12

Ese mismo día, a última hora de la tarde, Ju­lian Farrar caminaba nervioso de un lado a otro del estudio. Las ventanas de la terraza estaban abiertas; el sol, a punto de ocultarse tras el ho­rizonte, proyectaba una luz dorada sobre el jardín. Farrar había sido citado por Laura War­wick, que al parecer necesitaba verle con ur­gencia. Mientras esperaba, Farrar consultó su reloj repetidas veces.

Con aire disgustado, echó un vistazo a la te­rraza y después se adentró de nuevo en la habita­ción, no sin antes mirar de nuevo el reloj. En ese instante vio un periódico sobre la mesa situada junto al sillón y lo cogió. Se trataba de un diario local, The Western Echo, que publicaba en pri­mera página un artículo sobre la muerte de Ri­chard Warwick: «Prominente residente local asesinado por un agresor misterioso», rezaba el titular. 

Farrar se sentó y comenzó a leer el ar­tículo con nerviosismo. Pasados unos minutos, dejó el periódico a un lado, se dirigió a la ventana y, con un último vistazo a la habitación, se aden­tró en el jardín. Había recorrido la mitad del te­rreno cuando oyó un ruido a sus espaldas. Dio media vuelta y comenzó a farfullar:

-Laura, lo siento, yo... -Pero se detuvo en seco al comprobar que la persona que venía en su dirección no era Laura Warwick, sino Angell, el asistente del difunto Richard Warwick.

-Señor, la señora Warwick me ha pedido que le comunique que bajará enseguida -dijo Angell-. Pero yo me preguntaba si sería posible hablar un momento con usted.

-Claro. ¿De qué se trata?

Angell se acercó a Julian Farrar y dio unos pasos más alejándose de la casa, como si le preo­cupara que alguien pudiera oír lo que tenía que decir.

-¿Y bien? -preguntó Farrar al adivinar sus intenciones.

-Señor, siento cierta preocupación sobre mi situación en esta casa y quería consultarlo con usted.

Preocupado por sus propios asuntos, Julian Farrar no estaba interesado en aquello.

-Y bien, ¿cuál es el problema?

Angell reflexionó un momento antes de contestar:

-Con la muerte del señor Warwick, pierdo mi puesto de trabajo.

-Sí, supongo que sí. Pero, no creo que ten­ga dificultad en encontrar otro, ¿verdad?

-Espero que no, señor.

-Usted es un hombre cualificado, ¿no es cierto? -preguntó Farrar.

-Oh, sí. Además, siempre tengo la posibili­dad de trabajar en un hospital o en un centro pri­vado, ya lo sé.

-Entonces, ¿qué le preocupa? -indagó Fa­rrar.

-Pues bien, señor, las circunstancias en las que este trabajo ha llegado a su término han sido muy desagradables para mí.

-Hablando en cristiano, no le gusta la idea de haberse visto involucrado en un asesinato. ¿Es eso?

-Podríamos decirlo así, señor -asintió el asistente.

-Pues bien, me temo que nadie puede hacer nada al respecto. De todos modos, supongo que la señora Warwick le dará buenas referencias. -Farrar sacó la pitillera y la abrió.

-No creo que haya ningún problema al res­pecto, señor -respondió Angell-. La señora Warwick es una persona muy agradable, encan­tadora, si me permite decirlo.

Farrar, que había decidido esperar a Laura, estaba a punto de regresar a la casa, pero se giró al percibir algo extraño en la actitud del asis­tente.

-¿Qué quiere decir? -preguntó con voz queda.

-No quisiera causar ninguna molestia a la señora Warwick -respondió Angell con voz melosa.

Antes de replicar, Farrar extrajo un cigarrillo de la pitillera.

-¿Quiere decir que está alargando su estadía por deferencia a ella?

-Es cierto, señor -confirmó Angell-, que la ayudo con los asuntos de la casa, pero no es eso lo que quería decir exactamente. -Guardó silencio un instante antes de continuar-. De hecho, es una cuestión de conciencia, señor.

-¿Qué puñetas quiere decir? -espetó Fa­rrar irritado.

Angell parecía incómodo, pero su voz sonó segura cuando respondió:

-Creo que no se da cuenta de la dificultad de mi situación, señor, al tener que declarar ante la policía, quiero decir. Es mi deber como ciuda­dano ayudar a la policía en todo lo que me sea posible pero, al mismo tiempo, quisiera perma­necer fiel a mis patronos.

Farrar se giró para encender el cigarrillo.

-Habla usted como si hubiese alguna clase de conflicto -comentó.

-Si lo piensa bien, señor, se dará cuenta de que es inevitable. Podríamos decir que se da un conflicto de lealtades.

Farrar lo miró.

-¿Adónde quiere llegar, Angell?

-La policía, señor, no puede evaluar la si­tuación -respondió Angell-. Quizá, y sólo quizá, esta situación pudiera resultar muy im­portante en un caso como éste. Sabe usted, hace bastante tiempo que padezco insomnio.

-¿Es necesario que hablemos de sus dolen­cias? -preguntó Farrar.

-Me temo que sí, señor, pues aunque ayer me retiré temprano, fui incapaz de conciliar el sueño.

-Cuánto lo siento -respondió Farrar con acritud-. Pero realmente...

-Verá, señor -continuó Angell, haciendo caso omiso de la interrupción-, dada la ubica­ción de mi dormitorio en esta casa, he llegado a tener conocimiento de ciertos asuntos de los que quizá la policía no sea plenamente consciente.

-¿Qué intenta decir?

-El difunto señor Warwick -respondió Angell- era un hombre enfermo e inválido. En estas tristes circunstancias, era de esperar que una mujer atractiva como la señora Warwick buscara, ¿cómo diría yo?, otro vínculo en otra parte.

-Así que se trata de eso -dijo Farrar-. Creo que no me agrada su tono, Angell.

-No, señor. Pero no se precipite en su jui­cio. Si lo piensa bien, quizá comprenda lo difícil que es mi situación, pues poseo una informa­ción que, de momento, no he compartido con la policía, pero que quizá sería mi deber hacerlo.

Farrar lo miró con frialdad.

-Creo que lo de ir a la policía es un farol; lo que usted quiere decir es que podría remover el asunto a no ser que... -Se detuvo antes de com­pletar la frase-. ¿A no ser qué?

Angell se encogió de hombros.

-Como usted bien dice, soy enfermero ti­tulado. Pero a veces, mayor Farrar, pienso que me gustaría establecer mi propio negocio, un pe­queño centro, no exactamente una clínica sino un lugar en el que pudiera acoger a cinco o seis pacientes. Con la ayuda de un asistente, claro. 

Seguramente los pacientes serían hombres difíci­les de cuidar en casa por sus problemas con el al­cohol, ya sabe. Por desgracia, aunque he logrado ahorrar una suma considerable, no es suficiente, y por ello me preguntaba si...

Farrar completó la frase por él:

-Usted se preguntaba si yo, o si yo y la señora Warwick, podríamos ayudarle con su pro­vecto.

-Sólo me lo preguntaba, señor -respondió Angell con tono dócil-. Sería muy bondadoso por su parte.

-Sí que lo sería, ¿verdad? -respondió Fa­rrar sarcástico.

-Usted ha sugerido, con cierta precipita­ción -prosiguió Angell-, que amenazaba con remover el asunto, supongo que está pensando en el escándalo. Pero no es ésa mi intención, señor. Jamás soñaría con hacer algo así.

-¿Adónde quiere llegar, Angell? -pregun­tó Farrar a punto de perder los estribos-. Porque es obvio que pretende llegar a alguna parte.

Angell sonrió con modestia antes de respon­der. Cuando habló fue con voz queda pero firme:

-Como le decía, señor, anoche no podía dormir; así que estaba tumbado en la cama escu­chando la sirena de niebla (siempre he pensa­do que es un sonido muy deprimente), cuando de pronto creí oír una persiana chocando con­tra una ventana, un ruido muy molesto cuando se intenta conciliar el sueño. Me levanté, miré por la ventana y me pareció que se trataba de la persiana de la despensa, situada casi debajo de la mía.

-¿Y bien?

-Decidí bajar a cerrar la persiana -conti­nuó Angell-. Y cuando lo hacía, oí un disparo. En ese momento no le di mayor importancia, pues pensé: Ya está otra vez el señor Warwick haciendo de las suyas, aunque es imposible que vea nada con esta neblina. Después me dirigí a la despensa y cerré la persiana. No se por qué, pero mientras estaba allí me invadió cierta inquietud. Además, al otro lado de la ventana, oí unos pasos en dirección a la casa.

-Se refiere al camino que lleva a... -le inte­rrumpió Farrar volviendo los ojos en esa direc­ción.

-Sí, señor -confirmó Angell-. El camino que va desde la terraza, rodea la casa y pasa por delante de las dependencias del servicio. Nadie utiliza ese camino, señor, excepto usted cuando lo toma como atajo para ir a su casa.

El asistente guardó silencio y clavó los ojos en Farrar, quien simplemente respondió: -Prosiga.

-Como le decía, me sentía un poco inquieto, pensaba que quizá había algún merodeador por la casa, así que no puede imaginarse el alivio que sen­tí al verle pasar por delante de la ventana de la des­pensa. Caminaba deprisa, en dirección a su casa.

Farrar guardó silencio y después dijo:

-Realmente no entiendo cuál es el sentido de lo que me explica. ¿Acaso tiene alguno?

Con un carraspeo de disculpa, Angell res­pondió.

-Sólo me preguntaba, señor, si había usted mencionado a la policía que ayer estuvo aquí vi­sitando al señor Warwick. Si no es así, y supo­niendo que me interrogaran de nuevo sobre los acontecimientos de anoche...

Farrar le interrumpió.

-¿Supongo que es consciente de que la pena por chantaje es muy dura? -preguntó con sequedad.

-¿Chantaje, señor? -respondió Angell con aire sorprendido-. No sé qué quiere decir, tan sólo se trata de mi deber para con la policía...

-La policía ya está satisfecha con la identi­dad de la persona que asesinó al señor Warwick, de hecho a ese tipo sólo le faltó firmar con su nombre, por lo que no es muy probable que va­yan a hacerle más preguntas.

-Le aseguro, señor -repuso Angell con tono alarmado-, que sólo quería...

-Sé muy bien que es imposible que recono­ciera a nadie en la niebla tan espesa de anoche, sólo se ha inventado esta historia para... -Farrar enmudeció al ver que Laura Warwick salía al jardín.


13

-Siento haberte hecho esperar, Julian -se disculpó Laura mientras se acercaba. Parecía sorprendida de ver a Angell y Julian Farrar conversando.

-Señor, quizá pueda hablar más tarde con usted sobre este pequeño asunto -murmuró Angell antes de marcharse. Hizo una pequeña reverencia a Laura, cruzó el jardín con paso rápido y viró al llegar a la esquina de la casa.

Laura siguió su marcha y después dijo con apremio:

-Julian, tengo que...

Él le interrumpió.

-¿Por qué has mandado por mí, Laura?

-preguntó enfadado.

-Te he estado esperando todo el día -res­pondió ella sorprendida.

-He estado muy ocupado toda la mañana -repuso él-, y esta tarde he tenido varias reu­niones; no puedo dejar esas cosas cuando están tan cerca las elecciones. De todos modos, ¿no crees que sería mejor que no nos viéramos por una temporada?

-Pero necesitamos hablar de varias cosas. Farrar la tomó del brazo para alejarla de la casa.

-¿Sabes que Angell ha intentado chanta­jearme?

-¿Angell? -exclamó Laura incrédula.

-Sí, está claro que sabe lo nuestro y tam­bién sabe, o al menos dice saber, que estuve aquí anoche.

Ella ahogó un grito.

-¿Quieres decir que te vio?

-Dice que me vio -replicó Farrar.

-Pero es imposible que te viera con esa niebla.

-Me ha contado una historia sobre que bajó a la despensa para cerrar una persiana y que me vio pasar cuando regresaba a casa. También dice que oyó un disparo poco antes pero que no le dio mayor importancia.

-¡Dios mío! ¡Qué horror! ¿Qué vamos a hacer?

Farrar fue a consolarla con un abrazo, pero echó una ojeada a la casa y se abstuvo. Después la observó con detenimiento.

-Todavía no sé qué vamos a hacer, tendre­mos que pensar en algo.

-No le vas a pagar, ¿verdad?

-No. Si empiezas, es el principio del fin. Pero, por otro lado, ¿qué puede hacerse? -pre­guntó a la vez que se pasaba la mano por la fren­te-. Pensé que nadie sabía que estuve aquí anoche, estoy convencido de que mi ama de llaves lo ignora. Pero la cuestión es: ¿es cierto que me vio Angell o sólo finge haberme visto?

-¿Qué sucederá si acude a la policía? -pre­guntó Laura con voz temblorosa.

-No sé. Tenemos que pensar, pensar con cuidado. -Comenzó a caminar de un lado a otro-. Podríamos ignorarle aduciendo que es un farol y que está mintiendo, que yo jamás salí de casa anoche.

-Pero están las huellas dactilares -objetó Laura.

-¿Qué huellas?

-Te has olvidado de las huellas de la me­sa -le recordó ella-. La policía cree que son de MacGregor, pero si Angell les cuenta esta historia, querrán tomar tus huellas, y enton­ces...

-Ya -masculló Farrar-. Bien, pues en­tonces tendré que reconocer que estuve aquí e inventarme alguna historia, que vine para ver a Richard y que conversamos...

-Podrías decir que se encontraba en perfec­to estado cuando te marchaste.

Farrar la miró sin afecto alguno.

-¡Qué fácil haces que parezca todo! -replicó-. ¿De verdad puedo decir eso? -añadió sarcástico.

-¡Tendrás que decir algo! -respondió Laura a la defensiva.

-Sí, que apoyé la mano cuando me incliné a ver... -Tragó saliva al revivir la escena.

-Siempre y cuando piensen que las huellas son de MacGregor -dijo Laura.

-¡MacGregor! ¡MacGregor! -espetó él fu­rioso-. ¿Qué demonios te hizo sacar ese men­saje del periódico y ponerlo sobre el cuerpo de Richard? ¿No estabas corriendo un gran riesgo?

-Sí... no... ¡No lo sé! -chilló Laura confundida.

Farrar la contempló con desprecio.

-Teníamos que pensar en algo -suspiró Laura-. Yo... yo no podía pensar. Fue idea de Michael,

-¿Michael?

-Michael Starkwedder.

-¿Quieres decirme que él te ayudó? -pre­guntó Farrar incrédulo.

-¡Sí, lo hizo! Por eso quería verte, para ex­plicarte...

Farrar se acercó a Laura y masculló:

-¿Qué tiene que ver ese Michael -enfatizó el nombre de pila de Starkwedder-, ese Michael Starkwedder en todo esto?

-Entró y me encontró allí, con la pistola en la mano y...

-¡Dios Santo! -exclamó él al tiempo que se apartaba de ella-. Y de alguna manera le convenciste de que...

-Creo que él me convenció a mí -murmu­ró ella con tristeza mientras daba un paso hacia Farrar-. ¡Oh, Julian!

Laura estaba a punto de rodearle el cuello con los brazos, pero él la apartó.

-Ya te lo he dicho, haré todo lo que pueda -le aseguró-. No creas que no, pero...

Laura le observó.

-Has cambiado -comentó con voz queda.

-Lo siento, pero es que no puedo sentir lo mismo -reconoció Farrar, desesperado-. Después de lo sucedido, no puedo sentir lo mismo.

-Yo sí. Al menos eso creo. No importa lo que hayas hecho, Julian, siempre sentiré lo mismo.

-Nuestros sentimientos no importan ahora -dijo Farrar-. Tenemos que ajustarnos a los hechos.

Ella le miró.

-Lo sé. Dije a Starkwedder que yo... bueno, ya sabes, que fui yo.

Farrar la contempló con incredulidad. -¿Le dijiste eso a Starkwedder?

-Sí.

-¿Y estuvo de acuerdo en ayudarte? ¿Un extraño? ¡Ese hombre debe de estar loco!

-Sí, quizá esté un poco loco, pero fue reconfortante tenerle allí.

-¡Así que no hay hombre que se te resista! ¿Se trata de eso? -exclamó Farrar, y se giró. Después se volvió hacia Laura de nuevo-. De todos modos, un asesinato... -Enmudeció al tiempo que sacudía la cabeza.

-Intentaré no pensar en ello -contestó ella-. No fue premeditado, Julian, fue un im­pulso -agregó con tono casi suplicante.

-No es necesario que hablemos más de ello. Ahora tenemos que pensar en lo que vamos a hacer.

-Ya lo sé, están tus huellas y el encendedor.

-Sí -recordó Farrar-, debió de caerse cuando me incliné sobre el cuerpo.

-Starkwedder sabe que es tuyo -dijo Lau­ra-. Pero no puede hacer nada al respecto, aho­ra ya se ha comprometido y no puede cambiar su versión de los hechos.

Farrar la observó un instante. Cuando habló de nuevo fue con cierto tono heroico:

-Llegado el caso, Laura, yo asumiré la cul­pa -le aseguró.

-¡No, no quiero que hagas eso! -exclamó ella y le agarró el brazo, pero lo soltó tras lanzar una ojeada nerviosa a la casa-. ¡No quiero que lo hagas! -repitió.

-No creas que no entiendo cómo sucedió -dijo Farrar-. Cogiste la pistola y le disparaste sin saber lo que hacías, y...

Laura ahogó un grito.

-¿Qué? ¿Acaso pretendes que diga que le maté yo? -espetó.

-En absoluto -respondió Farrar con aire avergonzado-. Ya te he dicho que estoy dispuesto a asumir la culpa si fuera necesario. Laura sacudió la cabeza, perpleja.

-Pero si decías que sabías cómo había ocu­rrido...

Él la observó.

-Escucha, no creo que fuera un acto delibe­rado ni premeditado. Sé que no lo fue, sé que le disparaste porque...

Laura 1e interrumpió:

-¿Que yo le disparé? ¿Realmente crees que yo le disparé?

Farrar se dio la vuelta al tiempo que excla­maba:

-¡Dios mío! Va a ser imposible, ni siquiera somos capaces de ser honestos con nosotros mismos. Laura parecía desesperada. Intentó tranquilizarse antes de replicar con énfasis:

-¡Yo no le disparé y tú lo sabes!

Hubo un silencio. El se volvió lentamente hacia ella.

-Entonces ¿quién lo hizo? -preguntó. De pronto lo comprendió y añadió-: ¡Laura! No estarás diciendo que yo le maté.

Se encontraban frente a frente. Guardaron silencio durante un instante. Luego Laura dijo:

-Oí el disparo, Julian. -Respiró hondo an­tes de continuar-. Oí el disparo y tus pasos mientras te alejabas por el camino. Bajé, y allí estaba Richard, muerto.

Pasado un instante, Farrar respondió con suavidad:

-Laura, yo no le maté. -Alzó la vista al cie­lo como en busca de inspiración y después clavó los ojos en ella-. Vine para hablar con Richard -explicó-, para decirle que después de las elec­ciones tendríamos que llegar a algún acuerdo so­bre el divorcio. Oí un disparo poco antes de lle­gar, pensé que se trataba de uno de los juegos de Richard, como siempre. Entré, y allí estaba, muerto. El cuerpo todavía estaba caliente.

Ella le miró perpleja.

-¿Caliente? -repitió.

-No llevaba más de uno o dos minutos muerto. Como es natural, pensé que le habías matado tú, ¿quién más podía haber sido?

-No lo comprendo -murmuró ella.

-Supongo... supongo que pudo ser un sui­cidio -aventuró Farrar, pero Laura le interrum­pió.

-No, no pudo ser, porque... -Enmudeció al oír los gritos exaltados del joven Jan en el inte­rior de la casa.

 

14

Farrar y Laura corrieron hacia la casa y casi chocaron con Jan cuando salió por la contraven­tana de la terraza.

-¡Laura! -gritó mientras le empujaba ha­cia la biblioteca-. Laura, ahora que Richard ha muerto, todas sus pistolas, rifles y cosas así me pertenecen, ¿verdad? Quiero decir, yo soy su hermano, soy el hombre de la familia.

Julian Farrar les siguió a la biblioteca, se acercó al sillón y se sentó en el brazo mientras Laura trataba de tranquilizar a Jan, que no cesa­ba de quejarse.

-Benny no me deja coger las pistolas, las ha guardado con llave en el armario de allá arriba. -Señaló con un gesto hacia la puerta-. Pero son mías, estoy en mi derecho. Dile que me dé la llave.

-Escucha, Jan, cariño -comenzó Laura, pero Jan no quería ser interrumpido. Se dirigió rá­pido hacia la puerta y dio media vuelta gritando:

-Me trata como a un niño. Todos me tratan como a un niño, pero soy un hombre. Ten­go diecinueve años, soy casi mayor de edad.

-Abrió los brazos como si intentara abarcar sus pistolas-. Todas las cosas de Richard me perte­necen. Haré lo mismo que él, dispararé contra las ardillas, los pájaros y los gatos. -Rió histéri­co-. Quizá dispare también contra las personas que no me gustan.

-No debes excitarte, Jan -le advirtió Laura.

-No estoy excitado -respondió enfurru­ñado-. Pero no voy a dejar que... que me victi­micen. Ahora soy el señor de la casa y todos ha­rán lo que yo diga. -Se detuvo un instante y después se dirigió a Farrar-: Yo también podría ser juez de paz si quisiera, ¿verdad, Julian?

-Todavía eres demasiado joven para eso -contestó Farrar.

Jan se encogió de hombros y se volvió hacia Laura.

-Todos me tratáis como a un niño -volvió a lamentarse-. Pero ahora que Richard ha muerto ya no podéis. -Fue hasta el sofá, se sen­tó y se cruzó de piernas-. Además, supongo que ahora también soy rico, ¿verdad? Esta casa me pertenece, nadie puede mandarme, ahora mandaré yo. No dejaré que la tonta de Benny me diga lo que tengo que hacer, si Benny intenta darme órdenes, yo... ¡yo ya sé lo que haré!

Laura se acercó a él.

-Jan, cariño -susurró con dulzura-, éste es un momento muy difícil para todos, y las co­sas de Richard no pertenecerán a nadie hasta que vengan los abogados, lean el testamento y lo autentifiquen. ¿Lo comprendes?

La voz de Laura tuvo un efecto balsámico y tranquilizador sobre Jan. El joven la miró, le ro­deó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su regazo.

-Comprendo lo que dices, Laura -dijo-. Te quiero, Laura. Te quiero mucho.

-Sí, cariño -murmuró ella con dulzura-. Yo también te quiero.

-Estás contenta de que Richard haya muer­to, ¿verdad? -preguntó Jan de repente. Sorprendida, ella respondió:

-No, claro que no.

-Sí que lo estás -replicó él, astuto-. Aho­ra podrás casarte con Julian.

Laura lanzó una rápida mirada a Julian, que se puso en pie mientras Jan continuaba hablando.

-Sé que hace mucho tiempo que quieres ca­sarte con Julian. Todos piensan que no me doy cuenta de las cosas, o que no sé nada, pero no es así. Ahora estáis bien, la situación se ha arreglado y estáis contentos. Estáis contentos porque... -Calló al oír la voz de la señorita Bennett en el pasillo llamándolo.

Jan rió.

-¡Benny, tonta! -gritó mientras daba saltos en el sofá.

-Pórtate bien con Benny -le reprendió Laura mientras le ayudaba a ponerse en pie-. Está muy preocupada por todo -añadió mien­tras lo acompañaba hasta la puerta-. Tienes que ayudar a Benny, Jan, porque ahora eres el hom­bre de la familia.

Jan abrió la puerta, miró a Laura y después a Julian.

-De acuerdo, de acuerdo -prometió con una sonrisa-. Lo haré. -Abandonó la habita­ción, cerró la puerta tras de sí y comenzó a gritar «¡Benny!».

Laura se volvió hacia Farrar, que se acercó a ella.

-No tenía ni idea de que supiera lo nuestro -exclamó ella.

-Ese es el problema con las personas como Jan. Nunca sabes cuánto saben. Es muy... quiero decir... se altera muy rápido, ¿verdad?

-Sí, se pone nervioso muy rápido -reco­noció Laura-. Pero ahora que no está Richard para burlarse de él, se tranquilizará, será más normal, estoy segura.

Farrar parecía dudoso.

-No lo sé -comenzó, pero se detuvo al en­trar Starkwedder por la contraventana de la te­rraza.

-Hola -dijo con tono alegre.

-Hola -respondió Farrar titubeante.

-¿Cómo va todo? ¿Felices como perdices? -preguntó Starkwedder mientras los contem­plaba. Sonrió-: Ya veo, dos son compañía y tres son multitud. No debería haber entrado por la contraventana así, un caballero se hubiera dirigi­do a la puerta principal y hubiera llamado al tim­bre, ¿no es así? Pero, saben, yo no soy ningún caballero.

-Por favor... -comenzó Laura, pero Stark­wedder la interrumpió.

-De hecho -explicó-, he venido por dos razones. En primer lugar, para despedirme, ya han verificado mis antecedentes y las altas esfe­ras de Abadan han confirmado que soy un hombre bueno y honesto. Así que ya soy libre de marcharme.

-Siento que se vaya tan pronto -dijo Laura.

-Muy amable por su parte -respondió Starkwedder con cierta acritud-, sobre todo si se tiene en cuenta la manera en que me he entrometido en este asesinato familiar. -Contempló a Laura un instante y después se acercó a la silla del escritorio-. Pero he entrado por la contraventana por otra razón. La policía me ha acom­pañado en su coche y, aunque no se mostraron muy comunicativos, creo que se traen algo entre manos.

Laura ahogó un grito de consternación.

-¿La policía ha vuelto?

-Sí -confirmó Starkwedder.

-Pero pensé que ya habían acabado esta ma­ñana.

Starkwedder le dirigió una mirada astuta. -¡Por eso digo que se traen algo entre ma­nos! -exclamó.

Laura y Farrar se acercaron al oír unas voces en el pasillo. La puerta se abrió y entró la madre de Richard Warwick, muy erguida y dueña de sí misma, a pesar de seguir caminando con ayuda de un bastón.

-¡Benny! -exclamó por encima del hom­bro antes de dirigirse a Laura-. ¡Ah! Estás aquí, Laura. Te estábamos buscando.

Farrar se aproximó a la señora Warwick y la ayudó a sentarse en el sillón.

-Qué amable por tu parte volver a pasar por aquí, Julian, con lo ocupado que estás -comentó.

-Hubiera venido antes, señora Warwick -respondió Farrar-, pero hoy ha sido un día especialmente ajetreado. Si puedo hacer algo para ayudar... -Enmudeció al entrar en el estudio la señorita Bennett seguida del inspector Thomas.

El policía, que se detuvo en el centro de la habitación, llevaba un maletín en la mano. Stark­wedder se sentó en la silla del escritorio y encen­dió un cigarrillo mientras el sargento Cadwalla­der entraba acompañado de Angell.

-No encuentro al joven Warwick, señor -dijo el sargento al inspector mientras se acer­caba a los ventanales de la terraza.

-Está fuera en algún lugar, ha salido a dar un paseo -anunció la señorita Bennett.

-No importa -dijo el inspector. Observó a todos los presentes. Su actitud había cambiado y ahora mostraba cierta severidad.

Después de esperar un momento a que ha­blara, la señora Warwick preguntó con frial­dad:

-¿Debo suponer que tiene más preguntas que hacer, inspector Thomas?

-Sí, señora Warwick, me temo que sí.

La voz de la señora Warwick sonó cansada cuando preguntó:

-¿Todavía no tiene noticias de ese MacGre­gor?

-Al contrario -respondió el inspector.

-¿Lo han encontrado? -preguntó la seño­ra Warwick, ansiosa.

-Sí.

Todos reaccionaron con manifiesta agita­ción. Laura y Farrar se mostraron incrédulos mientras que Starkwedder se volvió hacia el ins­pector.

La voz severa de la señorita Bennett rasgó el silencio:

-Entonces, ¿le han arrestado?

El inspector la miró antes de responder.

-Creo que eso es imposible, señorita Bennett.

-¿Imposible? -exclamó-. Pero, ¿por qué?

-Porque está muerto -respondió el inspector con voz seca.

 

15

El anuncio del inspector Thomas fue recibi­do con un silencio atónito. Laura susurró con voz titubeante y temerosa:

-¿Qué ha dicho?

-He dicho que ese MacGregor ha muerto. Todos emitieron un grito de sorpresa. El ins­pector inició la explicación:

-John MacGregor murió en Alaska hace más de dos años, poco después de regresar de In­glaterra a Canadá.

-¡Muerto! -exclamó Laura, incrédula.

En ese momento Jan cruzó la terraza y de­sapareció de vista.

-Esto lo cambia todo, ¿no es así? -conti­nuó el inspector-. No fue John MacGregor quien colocó esa nota de venganza sobre el cadá­ver del señor Warwick. Pero es obvio, ¿no creen?, que la dejó alguien que conocía la historia de MacGregor y del accidente en Norfolk. -Se acercó al escabel y colocó el maletín encima- Lo cual nos limita, de forma definitiva, a alguna persona de esta casa.

-¡No! -protestó la señorita Bennett al tiempo que se acercaba al inspector-. ¿No pudo haber sido...?

-¿Sí, señorita Bennett? -la instó el inspec­tor y esperó un instante, pero ella se vio incapaz de continuar. Desesperada, se alejó hacia los ventanales.

El inspector centró su atención en la madre de Richard Warwick.

-Como usted comprenderá -dijo inten­tando mostrarse compasivo-, esto cambia las cosas.

-Sí, por supuesto -respondió ella antes de ponerse en pie-. ¿Me necesita para algo más, inspector?

-De momento no, señora Warwick.

-Gracias -murmuró ella mientras se diri­gía a la puerta que Angell se apresuró a abrirle.

Julian Farrar también se incorporó para acompañarla, luego regresó y se colocó pensati­vo detrás del sillón. Mientras tanto, el inspector Thomas había abierto el maletín y extrajo una pistola.

Angell seguía a la señora Warwick cuando el inspector le llamó con tono imperioso:

-¡Angell!

Sobresaltado, el asistente regresó al estudio y cerró la puerta.

-¿Sí, señor? -respondió.

El inspector se acercó a él llevando en la mano lo que era sin duda el arma del crimen.

-Es acerca de esta pistola; esta mañana no estaba seguro, pero ¿puede o no puede decir con certeza si pertenecía al señor Warwick?

-No quisiera equivocarme, inspector -res­pondió Angell-. Tenía muchas pistolas.

-Se trata de una pistola europea -le infor­mó el inspector mostrándole el arma-, supongo que es un recuerdo de alguna parte.

Jan volvió a cruzar la terraza en dirección contraria, sin que nadie le viera, con una pistola que intentaba ocultar.

Angell echó un vistazo a la pistola que el ins­pector tenía en la mano.

-El señor Warwick poseía algunas pistolas extranjeras, señor -dijo-. Pero él mismo se ocupaba de sus armas y no dejaba que yo las to­cara.

El inspector se volvió hacia Farrar.

-Mayor -dijo-, seguramente usted tiene recuerdos de la guerra. ¿Le dice algo esta arma? Farrar lanzó un rápido vistazo a la pistola.

-No, me temo que no.

El inspector introdujo de nuevo el arma en el maletín.

-El sargento Cadwallader y yo -anunció volviéndose hacia los presentes- queremos examinar la colección de armas del señor Warwick. Creo entender que tenía licencia para la mayoría.

-¡Oh, sí! -le aseguró Angell-. Las licen­cias se encuentran en uno de los cajones de su dormitorio, y todas las pistolas y el resto de las armas están en el armario de las armas.

El sargento Cadwallader se acercó a la puer­ta, pero la señorita Bennett le impidió abando­nar la habitación.

-Un momento. Querrá usted la llave del ar­mario- dijo al tiempo que sacaba una del bolsillo.

-¿Lo ha cerrado con llave? -inquirió el inspector-. ¿Por qué?

La respuesta de la señorita Bennett fue igual de lacónica:

-Creo que esa pregunta es innecesaria. Tantas armas, y la munición... es muy peligroso, todo el mundo lo sabe.

El sargento disimuló una sonrisa. Tomó la llave que le tendió la gobernanta, se dirigió a la puerta y se detuvo en el umbral por si el inspec­tor deseaba acompañarle. Disgustado por el co­mentario de la señorita Bennett, el inspector agregó:

-Necesito hablar con usted de nuevo, Angell. -Dicho esto, cogió el maletín, abandonó la habitación seguido por el sargento y dejó la puerta abierta para Angell.

Sin embargo, el asistente no le siguió de inmediato sino que, después de lanzar una mirada nerviosa a Laura, que estaba sentada con los ojos clavados en la puerta, se acercó a Farrar y mur­muró:

-Sobre ese pequeño asunto, señor. Estoy impaciente por arreglarlo pronto...

Con voz entrecortada, Farrar respondió:

-Creo... creo que podré hacer algo al res­pecto.

-Gracias, señor -contestó Angell con una leve sonrisa-. Muchas gracias. -El asistente estaba a punto de trasponer la puerta cuando Fa­rrar le dijo con tono autoritario:

-¡No! Espere un momento, Angell.

El asistente se volvió hacia él y Farrar gritó:

-¡Inspector Thomas!

Hubo una pausa tensa. Un momento más tarde, el inspector apareció por la puerta con el sargento detrás:

-¿Sí, señor Farrar?

Farrar adoptó una actitud distendida al tiem­po que se acercaba al sillón.

-Antes de que empiece con las preguntas rutinarias -comentó-, hay algo que debería haberle dicho. De hecho, hubiera tenido que mencionárselo esta mañana, pero estábamos to­dos tan consternados... La señora Warwick aca­ba de informarme de que desean identificar unas huellas dactilares. Aquí, en la mesa, me parece que dijo; pues bien, con toda probabilidad serán mías.

Hubo un silencio. El inspector se acercó a Farrar lentamente antes de preguntarle:

-¿Estuvo usted aquí anoche, mayor Farrar?

-Sí. Vine a conversar con Richard después de cenar, como suelo hacer a menudo.

-¿Y le encontró...?

-Le encontré muy malhumorado y depre­sivo, así que no me quedé mucho tiempo.

-¿A qué hora fue eso? -preguntó el ins­pector.

Farrar reflexionó un instante y luego res­pondió:

-No me acuerdo, quizá a las diez, o a las diez y media.

El inspector le observó.

-¿Podría ser un poco más preciso? -in­quirió.

-Lo siento, pero no -fue la respuesta de Farrar.

Después de un silencio ligeramente tenso, el inspector preguntó con un tono que pretendía ser indiferente.

-¿Supongo que no discutirían acaloradamente?

-No, por supuesto que no -respondió Fa­rrar. Después consultó su reloj y agregó-: Ten­go que asistir a una reunión en el ayuntamiento y no puedo retrasarme. -Dio media vuelta y se dirigió a la contraventana-. Así que, si no le im­porta... -dijo al llegar a la terraza.

-No puede hacer esperar a los del ayuntamiento -convino el inspector mientras se acer­caba a él-. Pero estoy seguro de que entenderá, mayor Farrar, que me gustaría tener una declara­ción completa sobre sus movimientos de anoche. Quizá podamos hacerlo mañana por la ma­ñana. -Hizo una pausa antes de proseguir- Se dará cuenta, claro, de que no tiene obligación al­guna de declarar, que es un acto plenamente voluntario por su parte, y que tiene derecho a exi­gir la presencia de su abogado.

La madre de Richard Warwick había entrado de nuevo en la habitación, pero permaneció en silencio mientras escuchaba las últimas pala­bras del inspector. Farrar contuvo el aliento al asimilar las palabras que acababa de pronunciar el inspector.

-Lo comprendo, perfectamente -dijo-. ¿Qué le parece mañana a las diez? Mi abogado estará presente.

Farrar salió por la terraza y el inspector se volvió hacia Laura Warwick.

-¿Vio al mayor Farrar cuando vino aquí anoche? -le preguntó.

-Yo, yo... -comenzó ella titubeante, pero Starkwedder acudió en su ayuda.

-No creo que a la señora Warwick le ape­tezca contestar ninguna pregunta ahora mismo -manifestó al inspector.

 

16

Starkwedder y el inspector Thomas se miraron en silencio durante un instante. A continua­ción, habló éste:

-¿Qué ha dicho usted, señor Starkwedder? -preguntó.

-He dicho que no creo que a la señora War­wick le apetezca contestar más preguntas por el momento.

-¿De verdad? ¿Acaso es asunto suyo?

La madre de Richard Warwick se unió a la discusión. -El señor Starkwedder tiene razón -terció.

El inspector se volvió hacia Laura con expre­sión inquisidora. Pasados unos instantes, ésta murmuró:

-No, no quiero responder más preguntas ahora mismo.

Satisfecho, Starkwedder sonrió al inspector, el cual dio media vuelta y abandonó la habitación acompañado del sargento. Angell les siguió y cerró la puerta detrás de sí. En ese momento Laura dijo:

-Pero debería hablar, debo... debo decirles.

-El señor Starkwedder tiene razón, Laura -la interrumpió la señora Warwick-. Cuanto menos digas ahora, mejor. -Caminó unos pa­sos por la habitación apoyándose en el bastón antes de añadir- Debemos ponernos en contacto con el señor Adams de inmediato. -Se volvió hacia Starkwedder y explicó- Es nuestro abogado. -Miró a la señorita Bennett-. Llámale ahora, Benny.

La señorita Bennett asintió y se acercó al te­léfono, pero la señora Warwick la detuvo.

-No; utiliza el supletorio de arriba -le in­dicó y agregó- Laura, acompáñala.

Laura se puso en pie titubeante y lanzó una mirada confusa a su suegra. Pero ésta meramente dijo:

-Quiero hablar con el señor Starkwedder.

-Pero... -protestó Laura, aunque la señora Warwick la interrumpió.

-No te preocupes, querida, haz lo que te digo.

Laura dudó un instante, pero luego salió al pasillo seguida de la señorita Bennett, que cerró la puerta tras de sí. La señora Warwick se acercó a Starkwedder.

-No sé de cuánto tiempo disponemos -dijo deprisa al tiempo que lanzaba una mirada a la puerta-. Quiero que me ayude.

El se sorprendió.

-¿Cómo? -preguntó.

-Usted es un hombre inteligente, y un ex­traño. Ha llegado a nuestras vidas desde el exte­rior, no sabemos nada de usted, no tiene nada que ver con ninguno de nosotros.

Starkwedder asintió.

-Una visita inesperada, ¿eh? -murmuró. Se sentó en un brazo del sofá-. Ya me lo han dicho antes -comentó.

-Como es usted un extraño -prosiguió ella-, voy a pedirle que haga algo por mí. -Sa­lió a la terraza y miró en ambas direcciones.

Pasado un instante, Starkwedder dijo:

-Sí, ¿señora Warwick?

Mientras entraba en la habitación, ella co­menzó a hablar con tono apremiante.

-Hasta esta noche había una explicación ra­zonable para esta tragedia. Un hombre al que mi hijo había hecho daño al matar accidentalmente a su hijo había venido a vengarse. Sé que suena melodramático pero, después de todo, cosas así se leen en los periódicos.

-Si usted lo dice -comentó él mientras se preguntaba a dónde conducía esa conversación.

-Pero me temo que ahora ya no existe esa explicación, con lo cual el asesinato de mi hijo vuelve a la familia. -Se acercó al sillón-. Hay dos personas que no pueden haber disparado a mi hijo y ésas son su mujer y la señorita Bennett, pues estaban juntas cuando se produjo el disparo.

Starkwedder le lanzó una fugaz mirada y dijo «Vaya».

-No obstante -añadió la señora War­wick-, a pesar de que Laura no pudo haber ma­tado a su marido, puede saber quién fue.

-Eso la convertiría en cómplice. Ella y ese Julian Farrar, ¿a eso se refiere?

Ella torció el gesto.

-No -respondió. Se alejó del sillón y lan­zó otra mirada a la puerta antes de agregar- Ju­lian Farrar no disparó a mi hijo.

Starkwedder se levantó del brazo del sofá.

-¿Cómo puede saberlo? -preguntó.

-Lo sé -contestó la señora Warwick mien­tras se alejaba unos pasos de él para luego volverse-. Voy a contarle a usted, un extraño, algo que nadie de mi familia sabe: soy una mujer a la que no le queda mucho tiempo de vida.

-Lo siento -comenzó Starkwedder, pero ella levantó la mano para interrumpirle-. No se lo digo para que me compadezca, sino para ex­plicar algo que, en caso contrario, sería difícil de explicar. Hay veces en las que uno elige una línea de acción que no elegiría si le quedaran varios años de vida.

-¿Por ejemplo? -preguntó Starkwedder. Ella le observó.

-En primer lugar, tengo que explicarle otra cosa, señor Starkwedder, debo contarle algo so­bre mi hijo. -La señora Warwick se sentó en el sofá-. Yo quería mucho a mi hijo; de niño y du­rante su juventud tenía muchas virtudes. Tenía éxito, era ingenioso, valiente, de carácter alegre, era una gran compañía. -Se detuvo como si estuviera recordando-. Tengo que reconocer que también tenía los defectos asociados con esas cualidades: le frustraban las limitaciones, los obstáculos. Tenía una veta cruel y una especie de arrogancia fatal. Todo funcionaba bien siempre y cuando tuviera éxito, pero su carácter no le permitía enfrentarse a las adversidades, y hacía tiempo que yo venía observando su declive.

Starkwedder se sentó en el escabel frente a ella.

-Si dijera que se había convertido en un monstruo -prosiguió la madre de Richard Warwick-, parecería una exageración, pero de alguna forma lo era, un monstruo egoísta, orgu­lloso y cruel. Como él había sufrido, sentía nece­sidad de hacer sufrir a los demás. -En su voz había amargura-. Así que todos comenzaron a sufrir por su culpa, ¿me comprende?

-Creo que sí -murmuró él.

La voz de la señora Warwick volvió a dulci­ficarse cuando continuó.

-Pues bien, tengo mucho cariño a mi nuera, es una chica de gran espíritu, bondadosa y fuerte. Richard la deslumbró, pero no sé si realmente se enamoró de él. De todos modos, he de reco­nocer que hizo todo lo que una esposa podía hacer para que la enfermedad e inactividad de Richard fueran soportables.

Reflexionó un instante antes de continuar con voz triste:

-Pero Richard no quería su ayuda, la recha­zaba. A veces pienso que incluso la odiaba, quizá sea eso más natural de lo que pensamos. Así que creo que me entenderá cuando le diga que al fi­nal sucedió lo inevitable: Laura se enamoró de otro hombre.

Starkwedder la observó con atención.

-¿Por qué me cuenta todo esto? -pre­guntó.

-Porque es usted un extraño -respondió ella-. Todos estos amores, odios y tribulacio­nes no significan nada para usted, así que puede escuchar sin verse afectado.

-Quizá.

Como si no le hubiera oído, ella prosiguió.

-Así que se llegó a un punto en el que parecía que la única manera de resolver todas las difi­cultades era con la muerte de Richard.

Starkwedder continuó observándola con atención.

-Así que ¿la muerte de Richard era conve­niente? -murmuró.

-Sí.

Hubo un silencio. Entonces Starkwedder se incorporó, rodeó el escabel y se acercó a la mesa para apagar el cigarrillo.

-Perdóneme si soy tan directo, señora Warwick -se disculpó- pero ¿acaso se está confesando autora de un asesinato?

 

 

CONTINUARÁ...