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Blancanieves y los siete enanitos - James Finn Garner

Érase una vez una joven princesa en absoluto desagradable desde el punto de vista estético que, además, se hallaba dotada de un temperamento mucho más cautivador que el de la mayoría de sus conciudadanos. Era conocida con el apodo de Blancanieves, denominación que refleja la discriminación implícita en el hecho de asociar cualidades agradables o atractivas con la luz y otras más antipáticas o repelentes con la oscuridad. Así, y desde su más tierna edad, Blancanieves era ya una víctima inconsciente —si bien privilegiada— de esta clase de clasificaciones cromáticas.

Cuando Blancanieves era aún muy joven, su madre cayó repentinamente enferma, vio luego acrecentada su falta de salud y terminó por caer en estado terminal. Su padre, el rey, la lloró durante lo que podríamos considerar como un período de tiempo aceptable y, por fin, requirió a otra mujer para ocupar el puesto de reina. Blancanieves hizo cuanto estuvo en su mano para agradar a su nueva madre política, pero no pudo evitar que entre ambas se estableciera una relación de frialdad y distancia.

La más preciada posesión de la reina era un espejo mágico que tenía la virtud de responder con veracidad a cualquier pregunta que se le formulara. Sin embargo, sus largos años de condicionamiento social bajo una dictadura jerárquica masculina habían convertido a la reina en una mujer considerablemente insegura acerca de sus propios méritos. La belleza física había llegado a convertirse en el único valor que por entonces la preocupaba, y se había acostumbrado a autodefinirse basándose únicamente en su aspecto personal.

Así pues, todas las mañanas, la reina preguntaba a su espejo:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo contestaba:
«Permitidme —oh, mi reina— ser sincero: sois sin duda la más bella que existe en el mundo entero.»

Aquel diálogo fue sucediéndose a diario con regularidad hasta un día en que la reina se despertó sintiendo que no tenía bien el pelo y, ávida de apoyo externo, formuló la pregunta de costumbre. El espejo, sin embargo, repuso:
«Tal valor a la belleza no debes darle, ricura, pues tiempo ha que Blancanieves te supera en hermosura.»

Al oír aquello, la reina montó en cólera. Cualquier oportunidad de colaborar con Blancanieves en pos de un sólido lazo de hermandad era algo que ya pertenecía al pasado. Por el contrario, la reina se dejó llevar por un acceso transitorio de prepotencia masculina y ordenó al real maestro talador que se llevara a Blancanieves al bosque y la matara. Asimismo (y posiblemente para impresionar a los varones de la corte real), añadió una bárbara exigencia: debía arrancar el corazón a la joven y llevarlo posteriormente a su presencia.

El maestro talador aceptó entristecido aquellas órdenes y condujo a la muchacha, que de hecho era ya una mujer incipiente, hasta el corazón del bosque. Sin embargo, su relación con la tierra y con las estaciones naturales del año habían hecho de él una persona bondadosa, y no pudo soportar la idea de hacer daño a la joven. Así, puso a Blancanieves al corriente de la opresiva e insolidaria orden de la reina y la exhortó a partir a la carrera y a internarse cuanto pudiera en el bosque.

La atemorizada Blancanieves hizo lo que le ordenaban. El maestro talador, temeroso de la ira de la reina por más que hubiera rehusado a poner fin a otra vida con el simple fin de complacerla, acudió al poblado y pidió al pastelero que le fabricara un corazón de mazapán. A continuación, se lo entregó a la reina, quien lo devoró ávidamente, ofreciendo con ello un repugnante espectáculo de pseudocanibalismo.

Entretanto, Blancanieves seguía corriendo entre la espesura. Y justamente cuando ya creía haberse alejado lo más posible de la civilización y de sus peligrosos efectos, tropezó con una cabaña. En su interior, pudo distinguir una hilera de siete camas diminutas sin hacer. Vio asimismo siete platos apilados en el fregadero y siete butacones anatómicos emplazados frente a otros tantos televisores con control remoto. 

Supuso que la cabaña debía pertenecer bien a siete hombres de pequeño tamaño o bien a algún numerólogo desaseado. Las camas mostraban un aspecto tan tentador que la fatigada joven se acurrucó sobre una de ellas e, inmediatamente, se quedó dormida.

Cuando despertó, varias horas más tarde, vio ante sí los rostros de siete hombres barbudos y verticalmente limitados que la contemplaban inmóviles alrededor de la cama y se incorporó, sobresaltada. 

Uno de los hombres dijo: —¿Habéis visto eso? Típico de las mujeres frívolas: tan pronto descansan pacíficamente como se incorporan y se ponen a chillar. 

—Estoy completamente de acuerdo —dijo otro—. Esta mujer desbaratará nuestros potentes vínculos de hermandad y creará entre nosotros una situación de rivalidad en la persecución de sus afectos. Yo voto por arrojarla al río en un saco lleno de piedras. 

—Yo también opino que deberíamos deshacernos de ella —dijo un tercero— pero, ¿por qué degradar el medio ambiente? ¿Por qué no arrojarla a los osos o algo por el estilo? Así, pasaría a formar parte de la cadena alimenticia. 

—¡Bravo, bravo! —Bien pensado, hermano.

Cuando Blancanieves recuperó por fin la conciencia, suplicó: —Por favor, por favor, no me matéis. No pretendía causar daño alguno al acostarme en vuestra cama. Pensé que nadie lo advertiría. 

—¿Lo veis? —dijo uno de los hombres— Ya empiezan a aflorar las clásicas inquietudes femeninas. Ahora protesta porque no hemos hecho las camas. 

—¡Matadla! ¡Matadla! 

—¡No, por favor! —gimió la joven—. Si me he internado tanto en estos bosques es debido a que mi madre política, la reina, ordenó que me mataran. 

—¿Habéis oído? ¡He ahí la mutua vengatividad femenina! 

—¡No pretendas hacerte la víctima con nosotros, guapa! 

—¡SILENCIO! —retumbó uno de ellos, dotado de una flamígera cabellera roja cubierta por la piel de una especie animal no humana. 

Blancanieves advirtió que era el jefe del grupo, y que de él dependía su suerte. 

-Explícate. ¿Cómo te llamas y cuál es el motivo real de tu presencia aquí? 

—Me llamo Blancanieves —comenzó ella—, y ya os he explicado el motivo: mi madre política, la reina, ordenó a un maestro talador que me llevara al bosque y me matara, pero él se compadeció de mí y me dijo que echara a correr por el bosque y que me alejara todo lo posible. 

—Típico de las mujeres —gruñó uno de los miembros del grupo para sus adentros—: se buscan a un hombre para que les haga el trabajo sucio.

El jefe alzó la mano exigiendo silencio y dijo: —Muy bien, Blancanieves. Si esa es tu historia, imagino que tendremos que creerte.

Blancanieves comenzaba a sentirse molesta por el trato que estaba recibiendo, pero intentó no mostrarlo. 

—En cualquier caso, ¿puede saberse quiénes sois vosotros? —inquirió. 

—Se nos conoce con el nombre de los Siete Gigantes Colosales —repuso el jefe. A Blancanieves se le escapó una risita que no pasó desapercibida, pero el líder continuó—: Somos colosales en espíritu y, por lo tanto, gigantes entre los habitantes del bosque. Antes, solíamos ganarnos la vida explotando nuestras minas, pero llegamos a la decisión de que tal despojamiento de los recursos del planeta resultaba tan inmoral como inconsciente a largo plazo (y, por si fuera poco, el mercado de metales está bajo mínimos). Así pues, nos hemos convertido en abnegados custodios de la tierra y vivimos aquí en completa armonía con la naturaleza. Y, para llegar a fin de mes, organizamos asimismo retiros destinados a aquellos jóvenes que necesitan entrar en contacto con sus primitivas identidades masculinas. 

—¿Ah, sí? ¿Y en qué consiste eso, aparte de dedicarse a beber leche directamente del envase? —preguntó Blancanieves. 

—Yo en tu lugar no emplearía ese sarcasmo —advirtió el jefe de los Siete Gigantes Colosales—. Mis compañeros quieren desembarazarse de ti porque consideran corruptora cualquier presencia femenina, y podría suceder que no me fuera posible detenerles, ¿comprendes? ¡Camaradas, debemos hablar con sinceridad y franqueza! ¡Retirémonos a nuestro refugio!

Los siete hombrecillos abandonaron atropelladamente la estancia, gritando y despojándose de sus vestiduras, y Blancanieves esperó su regreso sin saber qué hacer. Temerosa de pisar cualquier cosa que pudiera andar arrastrándose entre la suciedad que alfombraba el suelo, decidió no moverse de la cama, y de hecho logró esperar hasta su regreso sin moverse.

A sus oídos llegó un fuerte estrépito acompañado de gritos y, al poco rato, los Siete Gigantes Colosales penetraron de nuevo en la cabaña. Iban todos ataviados con sendos taparrabos y, por fortuna, no olían tan mal como hubiera cabido esperar. 

—¡Agggh! ¡Mirad lo que ha hecho con mi cama! ¡Cambio mi voto! ¡Quiero que desaparezca de aquí! 

—Cálmate, hermano —dijo el jefe—. ¿Es que no te das cuenta? De esto es precisamente de lo que se trata: de contrastar. Nos será tanto más fácil comprobar nuestros progresos como verdaderos hombres si contamos con la presencia de una hembra con la que poder compararnos.

Los hombres comenzaron a refunfuñar, poniendo en duda lo acertado de su decisión, pero Blancanieves ya estaba harta: —¡Me niego a seguir aquí en calidad de objeto, sin otra función que la de vara de medir de vuestros respectivos egos y penes! 

—De acuerdo, pues —dijo el líder del grupo—. Eres libre de buscar tú misma el camino de regreso a través del bosque. No olvides darle recuerdos a la reina. 

—Bueno, también es cierto que puedo quedarme algún tiempo, hasta que se me ocurra otro plan —repuso ella. 

—Perfectamente —dijo el jefe—, pero deberás atenerte a ciertas normas básicas. Nada de quitar el polvo, nada de ordenar la casa y nada de andar lavando la ropa interior en el fregadero. 

—Y nada de fisgar en el refugio. 

—Y no te acerques a nuestras cosas.

Entretanto, en el castillo, la reina se felicitaba de la desaparición de su única rival en hermosura, y andaba entretenida en su gabinete leyendo el *Elle* y *Glamour* y permitiéndose consumir tres onzas enteras de chocolate (sin purgarse a continuación, como solía hacer para conservar la línea). Al poco rato, se dirigió con aire decidido hacia su espejo mágico y le planteó la misma pregunta amarga de siempre:
«Espejito mágico, que todo lo ves, la más hermosa, dime, ¿quién es?»
Y el espejo repuso:
«Tienes un peso perfecto para tu figura y talla pero, en LO QUE HAY QUE TENER, comparada a Blancanieves no pasas de ser morralla.»

Al oír aquello, la reina apretó los puños y dejó escapar un alarido con toda la fuerza de sus pulmones. Sus propias inseguridades llevaban años consumiéndola, hasta el punto de acabar por apartarla moralmente de la norma. Recurriendo a toda su astucia y malicia, comenzó a proyectar un plan mediante el cual asegurar la inviabilidad de su hija política.

Pocos días después, Blancanieves —quien por supuesto se había abstenido de tocar u ordenar nada— se hallaba sentada en el suelo de la cabaña, meditando. De pronto, oyó que llamaban a la puerta. Blancanieves acudió a abrir y descubrió ante sí a una mujer notablemente dotada desde el punto de vista cronológico que portaba una cesta al brazo. A juzgar por sus vestidos, parecía hallarse libre de las limitaciones de un empleo regular. 

—Ayuda a una mujer de ingresos inciertos, querida —dijo—, y compra una de mis manzanas.

Blancanieves reflexionó unos instantes. Personalmente, tenía como norma no adquirir alimentos de intermediarios, ya que lo consideraba una forma de protesta contra los consorcios comerciales agrarios. Su corazón, sin embargo, se había enternecido ante aquella mujer económicamente marginada, por lo que dijo que sí. 

Lo que Blancanieves ignoraba era que en realidad se trataba de la reina, oculta tras un disfraz, y que la manzana había sido alterada química y genéticamente de tal modo que cualquiera que la mordiera estaría condenado a dormir para siempre.

Cualquiera pensaría que al recibir el dinero correspondiente al pago de la manzana, la reina se habría sentido eufórica de comprobar que su plan de venganza estaba funcionando. Sin embargo, al contemplar la hermosa complexión y la tersa figura de Blancanieves se sintió sucesivamente asaltada por oleadas de envidia y autodesprecio. Por fin, rompió en lágrimas. 

—¿Qué ocurre? ¿Qué le sucede? —preguntó Blancanieves. 

—Eres tan joven y tan hermosa —sollozó la reina disfrazada— mientras que yo resulto repelente a la vista y empeoro con cada día que pasa. 

—No debería usted decir eso. Después de todo, la belleza reside en el interior de las personas. 

—Hace años que me lo repito a mí misma —repuso la reina—, pero aún no alcanzo a creérmelo. ¿Cómo logras mantenerte en una forma tan espléndida? 

—Bueno... medito mucho, hago tres horas de aeróbic todos los días y cada vez que me ponen un plato delante procuro no consumir más que la mitad. ¿Querría usted que la enseñara? 

—Oh, sí, sí, por favor —dijo la reina. 

Así pues, comenzaron con una simple sesión de treinta minutos de meditación hatha yoga y, a continuación, practicaron aeróbic durante una hora. Luego, mientras descansaban, Blancanieves partió la manzana por la mitad y entregó uno de los trozos a la reina. Ésta, sin pensar, lo mordió, y ambas cayeron en un profundo sueño.

Ya avanzado el día, los Siete Gigantes Colosales regresaron de un refugio que poseían en el bosque, cuidadosamente guarnecido con barro, plumas y pieles animales. Les acompañaba el príncipe de un reino vecino que había acudido a aquel retiro masculino con la esperanza de hallar una cura para su impotencia (o, como él prefería denominarla, su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica). 

Venían todos riendo y entrechocando las palmas con gran camaradería, pero se detuvieron al ver los dos cuerpos tendidos. —¿Qué ha ocurrido? —preguntó el príncipe. 

—Aparentemente, nuestra invitada y esta otra mujer han debido de enzarzarse en una refriega y se han liquidado la una a la otra —sugirió uno de los gigantes. 

—Si pensaban que de este modo iban a hacernos caer presa de nuestros sentimientos más débiles, se equivocan de medio a medio —bufó otro. 

—Bueno, ya que tenemos que desembarazarnos de ellas, ¿por qué no poner en práctica uno de esos funerales vikingos acerca de los que tanto hemos leído? 

—¿Sabéis? —dijo el príncipe—, quizá juzguéis que lo que voy a decir resulta ligeramente depravado, pero tengo confianza en vosotros. Encuentro atractiva a la más joven. Sumamente atractiva. ¿Os importaría, muchachos..., esto..., esperar fuera mientras yo...? 

—¡Detente ahora mismo! —dijo el jefe de los gigantes—. Esos trozos de manzana a medio comer... ese atuendo repugnante... esto tiene toda la pinta de tratarse de alguna clase de sortilegio. No están ni mucho menos muertas. 

—Buf... —suspiró el príncipe—, no sabéis cuánto me alegro. Bueno, chicos, ¿podríais, pues, levantar el vuelo y dejarme que...? 

—Alto ahí, príncipe —dijo el jefe—. ¿Acaso Blancanieves ha logrado que vuelvas a sentirte hombre? 

—Desde luego que sí. Y ahora, ¿os importaría...? 

—¡No la toques! No la toques o romperás el hechizo —dijo el líder. A continuación, caviló unos segundos y dijo—: Hermanos, creo adivinar ciertas posibilidades económicas en todo esto. Si conservamos a Blancanieves en esta comarca, podríamos anunciar nuestros retiros como centros de tratamiento contra la impotencia.

Los gigantes mostraron su aprobación asintiendo con la cabeza, pero el príncipe les interrumpió: —¿Y qué hay de mí? Yo ya he pagado mi inscripción. ¿Cuándo me tocará... esto... hacer la cura? 

—No te enrolles, príncipe —dijo el jefe—. Se ve pero no se toca. De otro modo, romperás el hechizo. Ahora bien, te diré qué puedes hacer: puedes montártelo con la otra. 

—No quisiera parecer clasista —dijo el príncipe—, pero no tiene el calibre necesario para mí. 

—Eso me suena a farol viniendo de alguien que siempre falla el blanco —dijo uno de los gigantes, y todos, menos el príncipe, rompieron en carcajadas.

Dijo el jefe: —Vamos, hermanos, recojamos a estas dos y veamos cómo exhibirlas del modo más eficaz posible.

Hicieron falta tres gigantes para alzar a cada una de las mujeres, pero al fin consiguieron transportar los dos cuerpos. Apenas lo habían hecho, sin embargo, cuando los trozos de manzana envenenada se desprendieron de los labios de Blancanieves y de la reina y ambas despertaron de su sueño. 

—¿Qué os habéis creído que estáis haciendo? ¡Dejadnos en el suelo! —gritaron.

Los gigantes se sobresaltaron hasta tal punto que poco les faltó para dejarlas caer. 

—¡No he escuchado nada tan repugnante en toda mi vida! —vociferó la reina—. ¡Ofrecernos al público como si fuéramos objetos! 

—Y tú —dijo Blancanieves dirigiéndose al príncipe—, intentando hacértelo con una chica que está en coma. ¡Puaj! 

—Oye, a mí no me eches la culpa —dijo el príncipe—. Ten en cuenta que se trata de un problema de salud. 

—No empecéis a echarnos las culpas a nosotros —dijo el líder de los gigantes—. Al fin y al cabo, fuisteis vosotras quienes invadisteis nuestra propiedad. ¡Puedo llamar a la policía! 

—Ni se te ocurra, Napoleón —dijo la reina—. Estos bosques son propiedad de la corona. Vosotros sois los intrusos.

Aquella réplica despertó una notable agitación entre los presentes, pero nada comparable al revuelo que causó su siguiente advertencia: —Y, otra cosa: mientras estábamos paralizadas y todos vosotros os dedicabais a divagar desde vuestra perspectiva machista, tuve ocasión de experimentar una revelación personal. De ahora en adelante, pienso dedicar mi vida a eliminar el abismo que se abre entre el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Proyecto enseñar a todas ellas a aceptar su imagen física natural y a superar su desintegración. Blancanieves y yo vamos a fundar un centro de conferencias y un balneario femenino en este preciso lugar, un sitio donde podamos celebrar retiros, reuniones y conferencias para todas las hermanas del planeta.

Inmediatamente, se desató una enorme algarabía de gritos e insultos, pero la reina terminó por salirse con la suya.

No obstante, antes de que pudieran ser desahuciados de su residencia, los Siete Gigantes Colosales lograron organizar el traslado de su refugio a otro lugar aún más internado en las profundidades del bosque. 

El príncipe permaneció en el balneario en calidad de elegante —pero inofensivo— profesor de tenis. 

Y Blancanieves y la reina se convirtieron en buenas amigas y llegaron a hacerse mundialmente famosas por sus contribuciones a la causa de la hermandad femenina. 

En cuanto a los gigantes, nunca más volvió a saberse de ellos, salvo por las diminutas huellas que de vez en cuando aparecían por las mañanas bajo las ventanas de los vestuarios del balneario.

Nieve, manzanas y cristal azogado - Neil Gaiman


 

No sé qué clase de ser sea ella. Nadie lo sabe. Mató a su madre al nacer, pero eso no es suficiente para juzgar.

Me llaman sabia pero estoy lejos de serlo, pues todo lo que pude vaticinar fueron fragmentos, momentos congelados atrapados en pilas de agua o en la fría superficie de un trozo de cristal azogado. Si hubiera sido sabia no habría tratado de cambiar lo que vi. Si hubiera sido sabia me habría inmolado antes de encontrarla, antes de haberlo atrapado a él.

Sabia, y hechicera, es lo que ellos dicen; y yo había visto su rostro varonil en sueños y en superficies reflejantes durante toda mi vida: dieciséis años de soñar con él antes de que él atara su caballo junto al puente esa mañana y preguntara por mi nombre.

Me ayudó a subir en su alto caballo y cabalgamos juntos hacia mi pequeña cabaña, mi cara sepultada en el oro de su cabellera. Él reclamó lo mejor que yo tenía; el derecho de un Rey, hablando con propiedad.

Por la mañana su barba era de un rojo cobrizo, y lo reconocí, no como a un rey, porque no sabía nada de reyes en ese entonces, sino como mi amado. Él obtuvo todo lo que quiso de mí, el derecho de los reyes, pero volvió a mí al día siguiente y la noche después: su barba tan roja, su cabello del color del oro, sus ojos tan azules como el cielo en verano, su piel bronceada con el agradable tono del trigo maduro.

Su hija era sólo una niña: de no más de cinco años de edad cuando llegué al palacio. Un retrato de su madre muerta colgaba en la habitación de la princesa, en su torre: una mujer alta, el cabello del color de un bosque obscuro, ojos del color de la nuez. Ella era de una sangre diferente a la de su pálida hija.

La niña no comía con nosotros.

No sé en que parte del palacio comía ella.

Yo tenía mis propias recámaras. Mi esposo, el Rey, tenía sus propias habitaciones también. Cuando lo deseaba enviaba por mí y yo iba a él, y le complacía, y me complacía en él.

Una noche, muchos meses después de haber sido traída al palacio, ella vino a mis habitaciones. Tenía seis años. Yo estaba bordando a la luz de la lámpara, entrecerrando los ojos bajo el humo y la caprichosa iluminación. Cuando erguí el rostro ella estaba ahí.

- ¿Princesa?

Ella no dijo nada. Sus ojos eran negros como el carbón, negros como su cabello; sus labios, más rojos que la sangre. Me miró y sonrió. Sus dientes parecían afilados incluso entonces, bajo la luz de la lámpara.

-¿Qué haces fuera de tu recámara?

-Tengo hambre.— dijo, como cualquier niño.

Era invierno, cuando la comida fresca es un sueño de calidez y luz del sol, pero yo tenía tiras de manzanas maduras, descorazonadas y resecas, colgando de las vigas de mi recámara, y bajé una manzana para ella.

-Toma.

El Otoño es la temporada para desecar, para preservar; es un tiempo para recoger manzanas, para derretir la grasa de los gansos. El Invierno es la temporada del hambre, de la nieve, de la muerte; y es también el tiempo para el Festín del Equinoccio, cuando frotamos la grasa de los gansos en la piel de un cerdo entero, relleno con las manzanas del otoño, luego lo asuramos o doramos, y nos aprestamos a disfrutar del coscurro.

Ella tomó la manzana seca de mi mano y comenzó a mascarla con sus afilados dientes amarillos.

-¿Está buena?

Ella asintió. Yo había temido a la pequeña princesa desde el principio, pero en ese momento me ablandé y, con mis dedos, gentilmente, palmeé su mejilla. Ella me miró y sonrió (rara vez sonreía), luego hundió su diente en la base de mi pulgar, el Montículo de Venus, e hizo brotar sangre.

Yo comencé a gritar, por el dolor y la sorpresa, pero ella me miró y yo guardé silencio.

La pequeña princesa afirmó su boca en mi mano y lamió, mamó, bebió. Cuando concluyó, dejó mi recámara. Bajo mi mirada el corte que ella había hecho comenzó a cerrarse, a cicatrizar, a sanar. Al día siguiente era una cicatriz vieja: podía haberme hecho ese corte con una navaja en mi niñez.

Había sido congelada por ella, poseída y dominada. Eso me atemorizó, más que la sangre en la que se había nutrido. Después de esa noche cerré las puertas de mi recámara al anochecer, tapiándola con una viga de roble, e hice que el herrero forjara barras de hierro, que colocó en mis ventanas.

Mi marido, mi amado, el rey, enviaba por mí cada vez menos, y cuando iba hacia él lo encontraba mareado, torpe, confundido. Ya no pudo hacer el amor como un hombre lo hace, y no me permitía darle placer con mi boca: la única vez que traté, se estremeció violentamente, y comenzó a llorar. Retiré mi boca y lo abracé fuerte hasta que el llanto pasó; se quedó dormido, como un niño.

Recorrí su piel con mis dedos mientras dormía. Estaba cubierto por una multitud de cicatrices viejas. Pero no pude recordar la presencia de esas marcas en los días de nuestro cortejo, excepto una, en su costado, donde un jabalí lo había corneado cuando era joven.

Rápidamente se convirtió en la sombra del hombre que yo había conocido y amado junto al puente. Sus huesos resaltaban, blancos y azules, bajo su piel. Estuve con él hasta el final: sus manos eran frías como la piedra; sus ojos, de un azul lechoso; su cabello y barba, marchitos, débiles y opacos. Murió sin confesión, su piel arañada y picada de la cabeza a los pies por pequeñas y antiguas cicatrices.

Casi no pesaba nada. La tierra estaba endurecida por el frío, y no pudimos cavar una tumba para él, así que construimos un montículo de piedras y rocas sobre su cuerpo, como recordatorio solamente, porque quedaba muy poco de él para proteger del hambre de las bestias y las aves.

Así que fui reina.

Y era estúpida, y joven (dieciocho veranos habían ido y venido desde que vi la luz por primera vez) y no hice lo que ahora habría hecho.

Si volviera a ese día, habría hecho que le sacaran el corazón, ciertamente. Pero luego haría que le cortaran la cabeza y los brazos y las piernas también. La habría hecho desviscerar. Y luego habría contemplado en la plaza del pueblo cómo el verdugo calentaba al rojo blanco las llamas con un fuelle, contemplado sin parpadear mientras él depositaba cada uno de sus restos en el fuego.

Habría hecho colocar arqueros en torno a la plaza, con órdenes de matar cualquier ave o bestia que se acercara a las flamas, cualquier cuervo o perro o halcón o rata. Y no cerraría los ojos hasta que la princesa fuera cenizas, y el más suave viento pudiera esparcirla como la nieve.

No hice esto, y hay que pagar por nuestros errores.

Dicen que fui engañada; que no era su corazón. Que era el corazón de un animal; un ciervo tal vez, o un jabalí. Eso dice la gente, y están equivocados.

Y algunos dicen (pero esa es su mentira, no la mía) que el corazón me fue entregado, y que yo lo devoré. Las mentiras y las medias verdades surgen como la nieve, cubriendo las cosas que recuerdo, las cosas que vi. Un paisaje, irreconocible después de una tormenta de nieve; eso es en lo que ella ha convertido mi vida.

Había cicatrices en mi amado, en las caderas de su padre, en la bolsa de sus testículos, y en su miembro viril cuando él murió.

Yo no fui con ellos. Se la llevaron en el día, mientras dormía, y estaba débil. Se la llevaron al corazón del bosque, y ahí abrieron su blusa, y extrajeron su corazón, y la dejaron muerta en una zanja, para ser tragada por el bosque. El bosque es un lugar obscuro, la frontera de muchos reinos; nadie sería tan estúpido como para reclamar jurisdicción sobre él.

En el bosque viven los forajidos. En el bosque viven los ladrones, y los lobos también. Puedes cabalgar por el bosque durante días sin ver a nadie; pero hay ojos sobre ti todo el tiempo.

Me trajeron su corazón. Supe que era el suyo: un corazón de cerda o corza no habría seguido latiendo y palpitando después de haber sido extraído.

Lo llevé a mi recámara.

No lo devoré: lo colgué de las vigas sobre mi cama, lo ensarté en un trozo de cordel que yo había llenado con bayas de serbal de cazadores, encarnados como el pecho de un petirrojo, y con cabezas de ajo.

Afuera caía la nieve, cubriendo las huellas de mis hombres, cubriendo su pequeño cuerpo en el bosque, donde yacía.

Hice que el herrero removiera las barras de hierro de mis ventanas; pasaba algún tiempo en mi habitación cada tarde de esos breves días invernales, observando el bosque hasta que caía la obscuridad. Había, como ya lo he dicho, gente en el bosque.

Algunos de ellos venían para la Feria de Primavera: gente avariciosa, feral, peligrosa; algunos eran achaparrados: enanos, pigmeos, jorobados; otros tenían dientes enormes y la mirada ausente de los idiotas; otros tenían dedos como aletas o garras de cangrejo. Salían del bosque arrastrándose cada año en la Feria de Primavera, que se llevaba a cabo cuando la nieve se había derretido.

Cuando era una joven doncella había trabajado en la feria, y ellos me habían asustado entonces, la gente del bosque. Le decía la fortuna a los transeúntes, mirando en una pila de agua, y más tarde, cuando fui mayor, en un disco de cristal azogado, su anverso bañado en plata: el regalo de un mercader cuyo caballo extraviado yo había visto a través de una pila de tinta.

Los vendedores de la feria tenían miedo de la gente del bosque; clavaban sus mercancías en las tablas de sus puestos: hogazas de pan de jengibre o cinturones de cuero clavados en la madera con grandes clavos de hierro. Si sus mercancías no estaban clavadas, decían ellos, la gente del bosque las tomaría y se las llevaría corriendo, royendo el pan de jengibre o haciendo azotar los cinturones.

Y sin embargo la gente del bosque tenía dinero: una moneda por aquí, otra por allá, algunas veces manchadas de verde por el tiempo sobre la tierra, en las monedas un rostro que resultaba desconocido hasta para los más viejos de entre nosotros.

También traían cosas para mercar, y así la feria continuaba, sirviendo a los parias y a los enanos, sirviendo a los ladrones (si eran circunspectos) que caían sobre los raros viajeros de tierras más allá del bosque, o sobre los gitanos, o sobre los venados. (Esto era latrocinio a los ojos de la ley. Los venados eran propiedad de la reina.)

Los años pasaron lentamente, y mi pueblo declaró que los gobernaba con sabiduría. El corazón colgaba aún sobre mi cama, palpitando suavemente en la noche. Si hubo alguien que guardara luto por la niña, yo no vi evidencia de ello: ella era materia de pesadillas en ese tiempo, y ellos se creían bien librados de ella.

Pasó una Feria de Primavera tras otra: cinco ferias, cada una mas triste, más pobre, más miserable que la anterior. Cada vez venía menos gente desde el bosque a comprar. Los que lo hacían parecían vencidos y ausentes. Los vendedores dejaron de clavar sus mercancías en las tablas de sus puestos. Y para el quinto año no vino sino un puñado de gente desde el bosque: una temerosa confusión de hombrecillos peludos, y nada más.

El Señor de la Feria, con su paje, vino a mí cuando la feria terminó. Lo había conocido superficialmente, antes de ser reina.

-No vengo a ti como mi reina. — dijo.

No dije nada; escuché.

-Vengo a ti porque eres sabia. —continuó— Cuando eras niña encontraste un potro extraviado observando en un receptáculo de tinta; cuando eras doncella encontraste a un niño perdido que se había alejado de su madre, observando ese espejo tuyo. Tú conoces secretos y puedes rastrear cosas perdidas.

”Reina mía—preguntó— ¿qué está llevándose a la gente del bosque? El próximo año no habrá Feria de Primavera. Los viajeros de otros reinos se han vuelto insuficientes y escasos, la gente del bosque casi ha desaparecido. Otro año como éste y todos padeceremos hambre.

Ordené a mi doncella que trajera mi cristal. Era algo simple, un disco de cristal con un reverso de plata que yo mantenía envuelto en piel de corzo en un cofre en mi recámara.

Lo trajeron entonces, y miré en él:

Ella tenía doce años y no era ya una niña. Su piel aún era pálida, sus ojos y cabello negros como el carbón, sus labios rojo sangre.

Llevaba la misma ropa que había llevado cuando partió del castillo (la blusa, la falda), sólo que estaba muy descuidada, muy raída.

Sobre ella llevaba una capucha de cuero, y en lugar de botas llevaba bolsas de cuero sobre sus pequeños pies. Estaba de pie en el bosque, junto a un árbol.

Mientras observaba, en el ojo de mi mente, la vi bordear, y hollar, y revolotear, y saltar de un árbol a otro, como un animal: un lobo o un murciélago. Estaba siguiendo a alguien.

Era un monje. Vestía arpillera, y sus pies estaban desnudos y endurecidos y llenos de costras. Su barba y tonsura eran largos, crecidos, desaliñados.

Ella le observó desde los árboles. Eventualmente él se detuvo para pasar la noche y comenzó a hacer fuego, poniendo las ramas en el suelo, rompiendo el nido de un petirrojo a manera de combustible. Tenía yesca en su manto, e hizo chocar el pedernal contra el acero hasta que las chispas hicieron presa en las ramas y el fuego ardió. Había habido dos huevos en el nido que había encontrado, y los comió crudos. No pudieron haber sido un gran alimento para un hombre de su tamaño.

Permaneció sentado a la luz de las llamas, y ella salió de su escondite. Se puso en cuclillas al otro lado del fuego, y él miró fijamente. Y luego sonrió, como si no hubiera visto otro humano en mucho tiempo, y le llamó a su lado.

Ella se levantó y rodeó el fuego, y esperó a un brazo de distancia.

Él hundió sus manos en su manto hasta que halló una moneda (una pequeña moneda de cobre), y se la arrojó. Ella lo atrapó y asintió, acercándose a él. Él jaló de la cuerda en su cintura, y su manto se abrió. Su cuerpo era tan velludo como el de un oso. Ella lo empujó sobre el musgo. Una mano se arrastró, como una araña, a través de las marañas de vello, hasta cerrarse sobre su hombría; la otra mano trazó un círculo en el pezón izquierdo de él.

Él cerró los ojos y una de sus enormes manos escudriñó bajo su falda. Ella acercó su boca al pezón que había estado acariciando, su piel blanca y lisa sobre el cuerpo lanudo de él.

Ella hundió sus dientes en su pecho profundamente. Sus ojos se abrieron; luego se cerraron nuevamente, y ella bebió. Se montó en él, y tomó alimento. Al hacer esto, un líquido tenue y negruzco comenzó a escurrir de entre sus piernas...

-¿Sabes qué es lo que está reteniendo a los viajeros? ¿Qué le está pasando a la gente del bosque? —preguntó el Señor de la Feria.

Guardé el espejo en la piel de corzo, y le dije que yo me encargaría personalmente de hacer del bosque un lugar seguro una vez más. Tenía que hacerlo, aunque ella me causaba terror.

Yo era la reina.

Una mujer estúpida habría ido entonces al bosque a intentar atrapar a la criatura; pero ya había sido estúpida una vez y no deseaba serlo una segunda.

Pasé el tiempo sobre viejos libros. Lo pasé con las gitanas (quienes cruzaban por nuestro país a través de las montañas del sur, en lugar de cruzar el bosque hacia el norte y el oeste) .Me preparé a mí misma y obtuve las cosas que iba a necesitar, y cuando los primeros copos de nieve comenzaron a caer, yo estaba lista.

Desnuda estaba yo, y sola en la torre más alta del palacio, un lugar abierto al cielo. Los vientos helaban mi cuerpo; mis vellos se iban erizando como piel de gallina sobre mis brazos y mis caderas y mis pechos.

Yo llevaba una cuenco de plata, y una canasta en la que había colocado un cuchillo de plata, un alfiler de plata, una tenazas, una túnica gris, y tres manzanas verdes.

Puse todo en el suelo y permanecí ahí, desvestida, en la torre, humilde frente al cielo nocturno y el viento. Si algún hombre me hubiera visto ahí de pie, yo hubiera arrancado sus ojos; pero no había nadie que me pudiera espiar. Las nubes cruzaban el cielo, ocultando y develando la luna menguante.

Tomé el cuchillo de plata y corté en mi brazo izquierdo: una, dos, tres veces. La sangre escurrió hacia el cuenco: rojo luciendo negro bajo la luz de la luna.

Agregué el polvo del frasco que colgaba de mi cuello. Era un polvo café, hecho de hierbas secas y de la piel de cierta clase de sapo, y de algunas otras cosas. Este polvo espesaba la sangre, y al mismo tiempo impedía su coagulación.

Tomé las tres manzanas, una por una, y agujeré su piel con delicadeza con mi alfiler de plata. Luego coloqué las manzanas en el tazón de plata y las dejé asentarse ahí mientras los primeros y diminutos copos de nieve del año caían lentamente sobre mi piel, y sobre las manzanas, y sobre la sangre.

Cuando la aurora comenzó a iluminar el cielo me abrigué con el manto gris, y tomé las rojas manzanas del tazón de plata, una por una, alzando cada una y dejándolas caer en mi canasta con unas tenazas de plata, cuidando de no tocarlas. No quedaba nada de mi sangre ni del polvo café en el tazón de plata, nada excepto un residuo negro, como verdín, en el interior.

Enterré el tazón en la tierra. Luego invoqué un hechizo sobre las manzanas (como una vez, años antes, junto a un puente, había invocado un hechizo sobre mí), para que ellas fueran, más allá de toda duda, las más maravillosas manzanas del mundo, y el rubor carmesí de su piel fue del cálido color de la sangre fresca.

Bajé la capucha de mi capa hasta cubrir mi cara, y tomé cintas y hermosos ornamentos de cabello, los coloqué sobre las manzanas en la canasta de mimbre, y me caminé sola dentro del bosque hasta llegar a su morada: un enorme despeñadero de piedra arenisca lleno de cavernas profundas que penetraban en la pared de roca.

Había árboles y montículos alrededor, y yo avancé ágilmente y en silencio de árbol en árbol sin tocar una sola ramilla ni hoja seca.

Eventualmente encontré un lugar para esconderme; y esperé, y observé.

Algunas horas después, un grupo de enanos salió arrastrándose del agujero en la caverna frontal: feos hombrecillos, deformes y peludos, los antiguos habitantes de este país. Se les veía sólo raramente ya.

Desaparecieron en el bosque, y ninguno de ellos me descubrió, aunque uno se detuvo a orinar sobre la roca donde yo estaba escondida. Esperé. Nadie más salió.

Fui a la entrada de la caverna y llamé con una voz vieja y quebrada.

La cicatriz en mi Montículo de Venus latió y palpitó en la medida en que ella se aproximaba, saliendo de la oscuridad, desnuda y sola. Tenía 13 años de edad, mi hijastra, y nada manchaba la perfecta blancura de su piel, excepto por la lívida cicatriz en su pecho izquierdo, donde había estado su corazón, arrancado hacía mucho tiempo.

El interior de sus muslos estaba manchado por una suciedad negra y húmeda. Ella me miró a los ojos, estando yo oculta bajo mi capa. Me miró con voracidad.

-Cintas, patroncita,— croqué —hermosas cintas para su cabello...

Ella sonrió y me atrajo hacia ella. Un tirón, la cicatriz en mi mano me llevaba hacia ella. Hice lo que había planeado hacer, pero lo hice más rápidamente de lo que había pensado: dejé caer mi canasta y chillé como la decrépita buhonera que pretendía ser, y huí.

Mi capa gris era del color del bosque, y yo era rápida; no me atrapó.

Logré volver al palacio.

No pude verlo. Pero, sin embargo, imaginémoslo por un momento, la niña volviendo, frustrada y hambrienta, a su caverna, y encontrando mi canasta abandonada en el suelo.

-¿Qué habrá hecho?

Me gusta creer que primero jugó con las cintas, las enredó en su cabello de cuervos, las enrolló en torno a su pálido cuello o a su breve cintura.

Y entonces, curiosa, revolvió la tela para ver que más había en las canasta; y vio las rojas, rojas manzanas.

Olían a manzanas frescas, desde luego; y también olían a sangre.

Y ella estaba hambrienta. La imagino escogiendo una manzana, presionándola contra su mejilla, sintiendo su fría uniformidad sobre su piel.

Y ella abre la boca y la muerde profundamente...

Cuando llegué a mis habitaciones, el corazón que colgaba de las vigas del techo, con las manzanas y el jamón y las salchichas secas, había dejado de latir. Colgaba ahí, silenciosamente, sin vida ni movimiento, y me sentí segura de nuevo.

Ese invierno las nieves fueron altas y profundas, y tardaron en derretirse.

Para la primavera todos estábamos hambrientos.

La Feria de Primavera mejoró ligeramente ese año. La gente del bosque era escasa, pero estaban ahí, y había viajeros de las tierras más allá del bosque.

Vi a los hombrecillos peludos de la caverna del bosque comprando y regateando piezas de vidrio, y bloques de cristal y de cuarzo. Pagaron por el vidrio con monedas de plata: los despojos de las depredaciones de mi hijastra. Cuando se supo qué era los que estaban comprando, la gente del pueblo se apresuró a sus hogares y volvieron con sus cristales de la suerte, y, en algunos casos, con láminas enteras de vidrio.

Consideré brevemente el hacer matar algunos de los hombrecillos, pero no lo hice. En tanto que el corazón colgara, silencioso e inmóvil y frío, de la viga de mi recámara, yo estaba a salvo, y también lo estaban la gente del bosque y, por lo tanto, eventualmente, la gente del pueblo.

Mi cumpleaños número veinticinco llegó; mi hijastra había mordido del fruto envenenado hacía dos inviernos cuando el príncipe llegó a mi palacio. Era alto, muy alto, con fríos ojos verdes y la piel atezada de aquellos que vienen de más allá de las montes.

Marchaba con una pequeña comitiva: los suficientemente grande como para defenderle, los suficientemente pequeña para que otro monarca (yo, por ejemplo) no lo considerara como una potencial amenaza.

Yo fui pragmática: pensé en la alianza de nuestras tierras, pensé en un reino que se extendiera desde los bosques por todo el sur hasta el mar; pensé en mi amado de barbas y cabello dorados, muerto estos ocho años; y, en la noche, fui a la habitación del príncipe.

Yo no soy inocente, aunque mi difunto marido, quien fue una vez mi rey, fue realmente mi primer amante, no importa lo que la gente diga. Al principio el príncipe parecía excitado. Hizo que me despojara de mi camisa, y me hizo ponerme de pie sobre la ventana abierta, lejos del fuego, hasta que mi piel se puso fría como la piedra. Luego me pidió que yaciera boca arriba, con las manos dobladas sobre mis pechos, y los ojos bien abiertos, pero mirando solamente las vigas del techo.  Me dijo que no me moviera, y que respirara lo menos posible. Me imploró que no dijera nada. Separó mis piernas.

Fue entonces cuando estuvo dentro de mí.

Mientras él comenzaba embestir dentro de mí, sentí alzarse mis caderas, me sentí a mí misma moviéndome para alcanzarlo, giro por giro, empuje por empuje como piedra de molino. Gemí. No puede evitarlo.

Su virilidad se deslizó fuera de mí. Yo la alcancé y la toqué, una cosa pequeña y resbalosa.

-Por favor— dijo suavemente —No debes moverte ni hablar.

Sólo quédate quieta ahí sobre la piedra, tan fría, tan bella.

Traté, pero él había perdido esa fuerza que lo había tornado viril y, en un momento, abandoné la habitación del príncipe, sus lágrimas y maldiciones aún resonando en mis oídos.

Se marchó temprano a la mañana siguiente, con todos sus hombres, cabalgando dentro del bosque.

Imagino su entrepierna en ese momento, mientras cabalgaba, un nudo de frustración en la base de su virilidad. Imagino sus pálidos labios cerrados fuertemente. Entonces imagino su pequeña tropa cabalgando a través del bosque, llegando finalmente al montículo de vidrio y cristal de mi hijastra. Tan pálida. Tan fría. Desnuda bajo el cristal, apenas más que una niña, y muerta.

En mi imaginación, casi puedo sentir la súbita turgencia de su virilidad dentro de sus calzas, visualizar la lujuria que se apoderó de él entonces, las oraciones que murmuró por lo bajo en agradecimiento por su buena fortuna. Lo imagino negociando con los hombrecillos peludos, ofreciéndoles oro y especias por el adorable cadáver bajo el montículo de cristal.

¿Habrán tomado el oro de buena gana? ¿O habrán mirado a aquellos hombres en sus caballos, con sus afiliadas espadas y sus alabardas, dándose cuenta que no tenían alternativa?

No lo sé. No estaba ahí; no estaba observando. Sólo puedo imaginarlo...

Manos, apartando los bloques de cristal y cuarzo de su cuerpo frío. Manos, acariciando gentilmente sus frías mejillas, moviendo su brazo frío, regocijándose de encontrar el cadáver aún fresco y plegable.

¿La habrá hecho suya ahí, enfrente de todos? ¿O hizo que la llevaran a algún rincón escondido antes de montarla?

No puedo saberlo.

¿Fue él quien hizo botar la manzana fuera de su garganta? ¿O fueron los ojos de ella los que se abrieron lentamente mientras él arremetía sobre su cuerpo helado; su boca abriéndose, esos labios rojos desprendiéndose el uno del otro, esos afilados dientes amarillos cerrándose sobre su cuello moreno, mientras la sangre, que es la vida, escurría por su garganta, llevándose consigo el trozo de manzana, mi manzana, mi veneno?

Lo imagino; no los sé.

Pero sé esto: que estuve despierta toda la noche, con los ojos abiertos bajo su corazón que se agitaba y latía una vez más.

Sangre amarga goteó sobre mi rostro esa noche. Mi mano ardía y pulsaba como si hubiera estrellado la base de mi pulgar contra una roca.

Hubo golpes violentos en mi puerta. Sentí miedo, pero soy una reina, y no debo mostrar miedo. Abrí la puerta.

Primero unos hombres irrumpieron en mi recámara y me rodearon, con su espadas afiladas y sus alabardas.

Y entonces él entró y me escupió en la cara.

Finalmente, ella entró en la habitación, como lo había hecho el día en que me convertí en reina y ella era una niña de seis. No había cambiado. No realmente.

Jaló el cordel en que estaba colgado su corazón. Apartó las bayas de serbal de cazadores una a una; arrancó las cabezas de ajo, ahora bulbos secos después de todos estos años; entonces tomó lo suyo, su corazón batiente, una cosa insignificante, no más grande que el de una cabra hembra o de una osa, la sangre desbordando en su mano a intervalos.

Sus uñas deben haber sido tan afiladas como el cristal: abrió su pecho con ella, pasándolas sobre la lívida cicatriz. Su pecho se abrió, súbitamente, hueco y sin sangre. Ella lamió su corazón, una vez, la sangre escurriendo por sus manos, y metió el corazón en las profundidades de su pecho.

La vi hacerlo. La vi cerrar la carne de su pecho una vez más. Vi la cicatriz púrpura comenzar a desvanecerse.

Su príncipe lo miró todo preocupado por un instante, pero de cualquier manera la rodeó con sus brazos, y permanecieron ahí, uno junto a el otro, y esperaron.

Ella siguió fría, y las florescencias de la muerte permanecieron en sus labios, la lujuria de él no disminuyó.

Me dijeron que se iban a casar y que los reinos se unirían después de todo. Me dijeron que yo estaría con ellos el día de su boda.

Aquí la historia comienza a tornarse candente.

Le habían dicho a la gente cosas malas sobre mí; un poco de verdad para dar sabor al plato, pero mezclada con muchas mentiras.

Fui atada y aprisionada. Me mantuvieron en una pequeña celda de piedra bajo el palacio, y permanecía ahí todo el otoño. El día de hoy me sacaron; arrancaron los pocos andrajos que aún cubrían mi cuerpo, y lo lavaron, afeitaron mi cabeza y mi entrepierna, y embarraron mi piel con grasa de ganso.

La nieve caía en el momento en que me trasladaban, (dos hombres sobre cada mano, dos hombres sobre cada pierna) completamente expuesta, y despatarrada, y helada, a través de las muchedumbres del equinoccio, y me trajeron a este horno.

Mi hijastra estaba ahí con su príncipe. Me miró en mi indignidad, pero no dijo nada.

Mientras me ponían dentro, burlada y escarnecida, vi un copo de nieve caer sobre su mejilla y permanecer ahí sin derretirse.

Cerraron la puerta del horno tras de mí. Se está poniendo caliente aquí dentro, y afuera están cantando y festejando y golpeando en las paredes del horno.

Ella no se estaba riendo, ni burlándose, ni hablando. Ella no me miró de reojo ni volteó el rostro. Simplemente me miró; y por un momento me vi reflejada en sus ojos.

No voy a gritar. No les daré esa satisfacción. Tendrán mi cuerpo, pero mi alma y mi historia son mías, y morirán conmigo.

La grasa comienza a derretirse y a relucir sobre mi piel. No haré ningún sonido. No debo pensar más en esto. Debo pensar, mejor, en el copo de nieve sobre su mejilla.

Pienso en su cabello, negro como el carbón; en sus labios, rojos como la sangre; en su piel... blanca como la nieve.