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Allanadores - David Morrell

Sonó un trueno sin que vieran el relámpago. Amanda y Vinnie miraban a Balenger, y le escuchaban horrorizados.

—¿Así que ahora también eres un psicólogo populachero además de un soldado fracasado y un policía mediocre? —preguntó la voz.

—Detective.

Era detective. Supongo que todo lo que investigaste acerca de mí no te llevó a saber qué delitos investigué. También puede que lo ignoraras deliberadamente porque no quisieras pensar en tu problema. Delitos sexuales, Ronnie. Investigaba delitos sexuales. Puedo leerte la mente, colega, y es como una cloaca.

Ronnie. Ese nombre tampoco se le iba de la cabeza a Balenger.

—1968 —dijo Balenger al walkie-talkie—. Hay una foto tuya con Carlisle. Tiene la fecha por detrás: 31 de julio de 1968. Un mes después, Iris McKenzie desapareció. Al final de ese año, Carlisle cerró el hotel, despidió a todo el personal y vivió aquí solo. O puede que no estuviera solo. Ronnie. Ronnie. ¿Por qué me suena ese…?

Balenger pasó las páginas del informe policial, página a página; recordaba algo y lo estaba buscando. Ronnie. Entonces encontró la página y el nombre lo miraba a él. Hizo que se estremeciera.

—Ronald Whitaker.

—¡¿Qué?! —preguntó la voz.

—Ronnie. Ronald. Cuatro de julio de 1968. Ronald Whitaker.

—Cállate —dijo la voz.

Sonó otro trueno.

—Eres Ronald Whitaker.

—Cállate. Cállate.

Entre el ruido de la lluvia, Balenger pudo distinguir el sonido de unos golpes que venía de más abajo. No venía de la trampilla. Venía de más abajo. Balenger abrió el cerrojo de la trampilla y levantó la puerta mientras apuntaba con la pistola. Las gafas le permitieron ver las escaleras teñidas de verde.

—¡Cállate! ¡Cállate! —gritó Ronnie.

Mientras continuaban los violentos golpes, Balenger bajó la escalera y miró a través de la agujereada pared hacia la sala de estar devastada de Danata.

Los golpes venían de la puerta cerrada con barricadas y eran lo suficientemente fuertes como para empujar los muebles que estaban apilados contra ella.

—Tu madre murió —dijo Balenger al walkie-talkie—. Tu padre abusaba de ti.

—¡Te haré tanto daño que me suplicarás que te mate! —gritó Ronnie desde el otro lado de la puerta.

Balenger entró en la sala de estar de Danata y apuntó a la puerta. Habló en voz más baja para que Ronnie creyera que todavía estaba en el ático. Siguió hablando al walkie-talkie.

—Entonces tu padre pensó que ganaría unos dólares a tu costa, y te trajo aquí, al Hotel Paragon, para las fiestas del cuatro de julio, y te alquiló a otro pervertido.

—¡No te escucharé!

—El tío intentó sobornarte con una pelota de béisbol, un guante y un bate. No puedo imaginar lo atroz que debió de ser. Después, tu padre volvió a la habitación con el dinero. Estaba borracho. Se quedó dormido. Lo golpeaste veintidós veces con el bate. Ronnie, si yo hubiera estado en tu lugar, lo habría golpeado cincuenta veces. Cien. No puedo expresar lo mucho que lamento lo que le pasó a ese niño. Me enfurece enormemente pensar en lo que le hicieron. Se me parte el corazón al pensar en la infancia que él no pudo disfrutar.

La lluvia azotaba el edificio. Un trueno hizo que se tambalearan las paredes.

—Sin embargo, odio todo en lo que se convirtió ese niño después, Ronnie.

—¡Me llamo Walter Harrigan!

Balenger disparó hacia la voz. Una vez. Dos. Sus balas atravesaron la madera del centro de la puerta.

Cambió de posición inmediatamente, solo un instante antes de que parte de la pared rugiera y se partiera a causa de dos disparos y los perdigones se dispersaran hacia el ruido de su pistola.

Uno de los perdigones alcanzó a Balenger en el brazo. Balenger hizo caso omiso del dolor y disparó a derecha e izquierda de los agujeros que había en la pared. Cambió de dirección y se dirigió hacia la escalera mientras el rugido de dos disparos más hacía otros dos agujeros en la pared.

A lo lejos, a través de los agujeros de la pared, Balenger pudo oír que Ronnie recargaba su escopeta en la oscuridad.

«¡Maldita sea! ¡He dejado que me engañara! ¡Ha hecho que gaste munición! ¡Solo me quedan cinco disparos más!».

Sonó más ruido en su walkie-talkie.

«¡Ronnie está apuntando hacia el sonido!», se percató Balenger. Mientras sonaba la estática en el walkie-talkie de nuevo, subió por las escaleras. Dos nuevos disparos lanzaron perdigones contra los peldaños de la escalera que él ya había subido.

—No veo la luz de tu casco por los agujeros —dijo la voz desde el walkie-talkie de Balenger—. Ahora lo entiendo. Mientras tus amigos me entretenían, tú bajaste las escaleras y llegaste hasta los cuerpos. Cogiste sus gafas de visión nocturna.

Balenger se preparó para lo peor cuando se encontró delante de la trampilla. Ronnie no podía dispararle allí.

—Encontré los explosivos que metiste debajo de los cuerpos —le dijo Balenger al walkie-talkie.

—Bueno, hay uno que no encontraste —dijo la voz.

Un enorme ruido sordo sacudió el edificio. Por un momento, Balenger pensó que se trataba de otro trueno. Pero, cuando se tambalearon las paredes, se hizo evidente que el edificio retumbaba desde el interior. Balenger tuvo que sujetarse al borde de la puerta de la trampilla para mantenerse en pie. La onda expansiva le golpeó los oídos.

Amanda gritó desde más arriba.

—¡Aquí! ¡En la sala de vigilancia!

Balenger subió a toda velocidad por la trampilla. Corrió hacia la sala de vigilancia y abrió la trampilla de esa habitación. El humo le hizo toser. Cuando se despejó, las gafas de visión nocturna le permitieron ver que Ronnie había volado la escalera tres pisos más abajo. Los restos de metal se retorcían y balanceaban. Mucho más abajo había llamas.

Balenger cogió el walkie-talkie.

—Si te refieres a la caja de metal que le pusiste a Amanda, ya la encontramos. La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí ahora.

—De todas formas había pensado quemar este lugar mañana. Las monedas no tenían ningún valor para mí.

El brusco cambio de tema hizo que Balenger se preocupara.

—¿Las monedas?

—Una fortuna, pero no las pude utilizar para pagar los impuestos de este lugar —dijo la voz con amargura—. Fui a distintos anticuarios de numismática de diferentes ciudades. Nunca llevé más de dos monedas cada vez. Nunca llevaba las que no valían nada. Pero hay que vender muchas monedas de setecientos dólares para poder pagar cincuenta mil dólares de impuestos sobre bienes inmuebles. Un día, en Filadelfia, un anticuario al que no conocía le echó un vistazo a lo que le ofrecía y me dijo: «Así que usted es el tipo con los double eagle. Los otros anticuarios no paran de hablar de usted». Y esa fue la última moneda que me atreví a vender.

«¿Por qué estará hablando tanto?», se preguntó Balenger. «Está intentando entretenerme y hacer tiempo. ¿Qué se propone?».

De repente, Balenger se acordó de lo que le había dicho a Ronnie unos minutos antes: «La tiré por la escalera de la sala de vigilancia. Está empezando un incendio allí abajo». ¡Dios mío! Le he dicho dónde me encuentro.

Balenger se alejó corriendo de la trampilla y se dirigió hacia el dormitorio. Algo exploded detrás de él, pero esta vez no hubo metralla. Lo que la explosión provocó fue un fogonazo de calor que llenó la sala de vigilancia.

«El detonador que había al lado de la trampilla», pensó Balenger. Ronnie lo ha activado a distancia. El humo creció.

Amanda y Vinnie corrieron delante de él. Pero la dirección que tomó Vinnie dejó muy claro que no sabía qué había causado la explosión.

—¡Vinnie, aléjate de…!

En el dormitorio, Vinnie se detuvo y se dio la vuelta.

—¡La trampilla! —gritó Balenger—. ¡Aléjate de…!

Aturdido, Vinnie miró hacia abajo, donde se encontraba.

La trampilla.

El detonador.

La explosión fue pequeña, pero ensordecedora. Hizo que una ráfaga subiera por las piernas de Vinnie. Tenía los vaqueros en llamas. Gritó y cayó al suelo mientras intentaba apagar el fuego a manotazos.

Balenger cogió la colcha de la cama y se la puso en las piernas, en un intento desesperado por apagar las llamas. Vinnie seguía gritando.

Sucesivamente, y con gran rapidez, varios detonadores hicieron explosión por todo el ático. Balenger vio las explosiones y las llamas en la sala de vigilancia y en la de enfermería.

—¡Un extintor! —gritó Amanda—. ¡La cocina! —Corrió a través de la sala de vigilancia esquivando el fuego.

Balenger cogió un jarrón ornamental de un buró y corrió hacia el baño. Giró un grifo del lavabo, pero no salió agua. «¡La electricidad está desconectada! ¡La bomba no funciona!», recordó. Cogió agua de la taza del váter, corrió a la sala de enfermería y tiró el contenido del jarrón encima de las llamas. Un disparo hizo otro agujero en el suelo, pero para entonces Balenger ya estaba corriendo hacia el cuarto de baño de nuevo. Arrancó la tapa del váter y sacó más agua con el jarrón. Esta vez no llegó a entrar en la sala de enfermería, sino que se quedó en el umbral de la puerta y tiró el agua a las llamas desde allí. El fuego silbó y se redujo. Volvió al váter. Cogió toda el agua que pudo y regresó corriendo a la sala de enfermería. Esta vez las llamas se extinguieron cuando tiró el agua.

«No hay más agua. ¿Cómo voy a…?».

Oyó el sonido de un extintor al pulverizar. Era Amanda, que atacaba a las llamas en otra habitación. Pero ella no estaba en el comedor, donde también crecían las llamas. Agua. Hay que encontrar más agua. Miró hacia el ascensor abierto de la sala de ejercicio. Hizo caso omiso del peligro de que Ronnie disparara sobre él de nuevo y corrió hacia el ascensor, donde cogió las cinco botellas de orina que Ronnie le había devuelto para provocarle.

«Gran equivocación, hijo de puta», pensó Balenger mientras tiraba la orina sobre el fuego. El hedor del amoníaco le produjo arcadas. Echó más orina. El fuego crepitaba. Tiró el contenido de la tercera botella. El de la cuarta. El fuego se redujo al empaparse en la orina. La quinta botella logró apagarlo.

Otro disparo atravesó el suelo. Balenger sintió cómo se le clavaba una astilla en la cara mientras corría. Encontró a Amanda en la biblioteca, donde estaba apagando el fuego con el extintor con auténtica desesperación. Corrió hacia la sala de vigilancia, le echó una nube blanca a las llamas y las apagó también. Pero un instante después ya no había más nube: el extintor se había quedado vacío.

El suelo entró en erupción a causa de otro disparo, pero para entonces Balenger ya había llevado a Amanda al dormitorio. Se agacharon al lado de Vinnie contra la pared exterior. En teoría, ese era el sitio más seguro, encima del salón de Danata, cuya puerta seguía tapada por la barricada. El humo se movía a su alrededor. Los vaqueros carbonizados de Vinnie se le pegaban a las piernas. Tenía la piel ennegrecida y le supuraba líquido. Quemaduras de tercer grado. Balenger había visto muchas en Irak.

—Duele —dijo Vinnie.

Balenger sabía que a Vinnie le iba a doler mucho más cuando sus nervios se recuperaran del shock. Muy pronto estaría agonizando.

—¡Duele! —A pesar del tinte verde de las gafas de visión nocturna de Balenger, la cara de Vinnie tenía un color ceniciento.

—Lo sé —dijo Balenger—. ¿Puedes andar?

—Solo hay una manera de saberlo. —Con un gesto de dolor, Vinnie le hizo una seña a Balenger para que le ayudara a ponerse en pie.

Pero Vinnie tenía las piernas hinchadas. Sus rodillas se negaban a doblarse. El poner peso en ellas le hacía contener la respiración del dolor. Balenger temía que se desmayara.

—Vale. No es buena idea. —Balenger le ayudó a ponerse en el suelo de nuevo.

—Amanda. —A Balenger le sorprendió que todavía sostuviera en su mano el extintor vacío—. Ve a la sala de vigilancia sin hacer ruido y tira el extintor lo más lejos que puedas. A la biblioteca si puedes. Pero espera a que yo llegue a la puerta de la sala de enfermería.

—¿Qué vas a…?

—Ayudarle con el dolor.

Balenger se dirigió hacia la derecha, hacia la sala de enfermería. Las velas que allí había brillaban tenuemente y estaban rodeadas de humo. Asintió hacia Amanda, quien tiró el extintor en dirección contraria, hacia la biblioteca. En cuanto oyó el golpe contra el suelo, que distraería a Ronnie, Balenger entró en la sala de enfermería y metió la mano por el cristal roto de la puerta del armario de las medicinas. Cogió una jeringuilla y un vial de morfina y corrió a toda velocidad al dormitorio, justo antes de que más perdigones atravesaran el suelo.

Se arrodilló junto a Vinnie.

—Te voy a poner lo suficiente como para aminorar el dolor, pero no como para dejarte inconsciente.

Vinnie asintió y se mordió el labio.

—Date prisa y hazlo de una vez.

Balenger le descubrió la muñeca a Vinnie y le puso la inyección.

La cara de Vinnie seguía rígida por el dolor. Muy despacio, el dolor desapareció.

—Sí.


La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.

El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.