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Los dos mulos - Jean de la Fontaine

       Andaban dos Mulos, anda que andarás. Iba el uno cargado de avena; llevaba el otro la caja de recaudo. Envanecido éste de tan preciosa carga, por nada del mundo quería que le aliviasen de ella. Caminaba con paso firme, haciendo sonar los cascabeles. En esto, se presenta el enemigo, y como lo que buscaba era el dinero, un pelotón se echó sobre el Mulo cogiólo del freno y lo detuvo. El animal, al defenderse, fue acribillado, y el pobre gemía y suspiraba. “¿Esto es, exclamó, lo que me prometieron?  El Mulo que me sigue escapa al peligro; ¡yo caigo en él, y en él perezco! -Amigo- díjole el otro -no siempre es una ganga tener un buen empleo: si hubieras servido, como yo, a un molinero patán, no te verías tan apurado-.”

La rana que quiso hincharse como un buey - Jean de La Fontaine

        Vio cierta Rana a un Buey, y le pareció bien su corpulencia. La pobre no era mayor que un huevo de gallina, y quiso, envidiosa, hincharse hasta igualar en tamaño al fornido animal.   “Mirad, hermanas, decía a sus compañeras; ¿es bastante? ¿No soy aún tan grande como él? –No.- ¿Y ahora?- Tampoco. -¡Ya lo logré! -¡Aún estás muy lejos!”   Y el bichuelo infeliz hinchóse tanto, que reventó.   Lleno está el mundo de gentes que no son más avisadas.  Cualquier ciudadano de la medianía se da ínfulas de gran señor. No hay principillo que no tenga embajadores. Ni encontraréis marqués alguno que no lleve en pos tropa de pajes.

El cuervo y el zorro - Jean de La Fontaine

      Estaba un señor Cuervo posado en un árbol, y tenía en el pico un queso. Atraído por el tufillo, el señor Zorro le habló en estos o parecidos términos: “¡Buenos días, caballero Cuervo! ¡Gallardo y hermoso sois en verdad! Si el canto corresponde a la pluma, os digo que entre los huéspedes de este bosque sois vos el Ave Fénix.” Al oír esto el Cuervo, no cabía en la piel de gozo, y para hacer alarde de su magnífica voz, abrió el pico, dejando caer la presa. Agarróla el Zorro, y le dijo: “Aprended, señor mío, que el adulador vive siempre a costas del que le atiende; la lección es provechosa; bien vale un queso.” El Cuervo, avergonzado y mohino, juró, aunque algo tarde, que no caería más en el garlito.

La cigarra y la hormiga - Jean de La Fontaine

     La Cigarra, después de cantar todo el verano, se halló sin vituallas cuando comenzó a soplar el cierzo: ¡ni una ración fiambre de mosca o de gusanillo!  Hambrienta, fue a lloriquear en la vecindad, a casa de la Hormiga, pidiéndole que le prestase algo de grano para mantenerse hasta la cosecha. “Os lo pagaré con las setenas”, le decía, “antes de que venga el mes de agosto”.  La Hormiga no es prestamista: ese es su menor defecto. “¿Que hacías en el buen tiempo?” preguntó a la pedigüeña. “No quisiera enojaros, contestole; pero la verdad es que pasaba cantando día y noche. – “¡Bien me parece! Pues, mira: así como entonces cantabas, baila ahora.”