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El dragón de muchas cabezas y el de muchas colas - Jean de la Fontaine

    Un mensajero del Gran Turco se vanagloriaba, en el palacio del Emperador de Alemania, de que las fuerzas de su soberano eran mayores que las de este imperio. 

    Un alemán le dijo: “Nuestro Príncipe tiene vasallos tan poderosos que por sí pueden mantener un ejército.” 

    El mensajero, que era varón sesudo, le contestó: “Conozco las fuerzas que puede armar cada uno de los Electores, y esto me trae a las mientes una aventura, algo extraña, pero muy verídica. Hallábame en lugar seguro, cuando ví pasar a través de un seto las cien cabezas de una hidra. La sangre se me helaba, y no había para menos. Pero todo quedó en susto: el monstruo no pudo sacar el cuerpo adelante. En esto, otro dragón, que no tenía más que una cabeza, pero muchas colas, asoma por el seto. ¡No fue menor mi sorpresa, ni tampoco mi espanto! Pasó la cabeza, pasó el cuerpo, pasaron las colas sin tropiezo: esta es la diferencia que hay entre vuestro Emperador y el nuestro.”

La golondrina y los pajaritos - Jean de la Fontaine

    Una Golondrina había aprendido mucho en sus viajes. Nada hay que enseñe tanto. Preveía nuestro animalejo hasta las menores borrascas, y antes de que estallasen, las anunciaba a los marineros.

    Sucedió que, al llegar la sementera del cáñamo, vio a un labriego que echaba el grano en los surcos. “No me gusta eso, dijo a los otros Pajaritos. Lástima me dais. En cuanto a mí, no me asusta el peligro, porque sabré alejarme y vivir en cualquier parte. ¿Veis esa mano que echa la semilla al aire? Día vendrá, y no está lejos, en que ha de ser vuestra perdición lo que va esparciendo. De ahí saldrán lazos y redes para atraparos, utensilios y máquinas, que serán para vosotros prisión o muerte. ¡Guárdeos Dios de la jaula y de la sartén! Conviene, pues, prosiguió la Golondrina, que comáis esa semilla. Creedme.”

    Los Pajaritos se burlaron de ella: ¡había tanto que comer en todas partes! Cuando verdearon los sembrados del cáñamo, la golondrina les dijo: “Arrancad todas las yerbecillas que han nacido de esa malhadada semilla, o sois perdidos. -¡Fatal agorera! ¡Embaucadora! le contestaron: ¡no nos das mala faena! ¡Poca gente se necesitaría para arrancar toda esa sementera!”

    Cuando el cáñamo estuvo bien crecido: “¡Esto va mal! exclamó la Golondrina: la mala semilla ha sazonado pronto. Pero, ya que no me habéis atendido antes, cuando veáis que está hecha la trilla, y que los labradores, libres ya del cuidado de las mieses, hacen guerra a los pájaros, tendiendo redes por todas partes, no voléis de aquí para allá; permaneced quietos en el nido, o emigrad a otros países: imitad al pato, la grulla y la becada. Pero la verdad es que no os halláis en estado de cruzar, como nosotras, los mares y los desiertos: lo mejor será que os escondáis en los agujeros de alguna tapia.” Los Pajaritos, cansados de oírla, comenzaron a charlar, como hacían los troyanos cuando abría la boca la infeliz Casandra. Y les pasó lo mismo que a los troyanos: muchos quedaron en cautiverio.


    Así nos sucede a todos: no atendemos más que a nuestros gustos; y no damos crédito al mal hasta que lo tenemos encima. 

Dos compadres - Pueblo San Mateo del Mar

 Entonces se fueron. Habían llegado muy lejos cuando se hizo noche. El hombre encendió una luz y vieron el reflejo de los ojos de un animal. El hombre dijo:
—Ah, ahí está un venado. Le disparo y luego usted lo va a cargar, compadre.
—Ah, tal vez está pesado —contestó.
—No, no está pesado, pero sí es grande. Pero cargaremos poco a poco.
—Esta bién.
Entonces el hombre le disparó al animal mientras el otro, que no llevaba escopeta, miraba. Alcanzó a ver como saltó el animal. Se puso contento y dijo:
—Ah, ya lo matamos, compadre —dijo el que no llevaba
escopeta.
—¿Cómo dices “ya lo matamos”? ¿Por qué dices: “ya lo matamos”? ¡¿Qué, usted trae la escopeta?! Debes decir: “Ya lo mataste”. Pues yo lo maté porque traigo la escopeta.
Quedamos que usted viene solamente de cargador —le dijo.
—Está bien —dijo. El pobre hombre se puso muy triste.
Le dio vergüenza por haberle dicho así. Porque él dijo: “Ah,
ya lo matamos, compadre”. 

Entonces se fueron.
—Vamos a ver —dijo el que disparó.
Fueron a ver y al llegar, vieron a un burro tirado en el suelo. Habían matado al burro de alguien. Entonces el de la escopeta dijo:
—Ay, ¡ya lo matamos, compadre! —dijo—. Hemos matado el burro de alguien, compadre.
—¿Por qué dices: “Ya lo matamos”? Debes decir: “Ya lo maté”. Pues hace rato te dije: “Ya lo matamos” y me dijiste que tú trajiste la escopeta. Pues, ahora tú tienes que pagarlo —le dijo.
Y así fue; el que llevaba la escopeta tuvo que pagar.
Así termina el cuento de los cazadores de conejos y venados. Lo mismo te puede pasar si te gusta jactarte de lo que haces.