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Mostrando las entradas etiquetadas como Gustavo Masso

Cuando ganamos la calle - Gustavo Masso

Ahí estábamos matando el sábado, contándonos chistes y vacilando a las  chamacas, adiós mamacita, a qué horas vas al pan, si como las mueves etcétera,  que pasaban a cada rato para ir a la Guadalupana, la tienda de la esquina, a traer  algún mandado, mientras nos gorreábamos unos a otros los cigarros y nos  mentábamos la madre o nos golpeábamos amistosamente. También los escuincles de la cuadra estaban, como de costumbre, jugando  futbol a media calle, driblando de vez en cuando algún coche. Por eso teníamos  que estarnos cuidando de los balonazos, ¡bolita favor...!, que nos llegaban.  Pero  ahora, por más que les aventábamos la bola bien lejos, ¡háganse para allá,  cabrones!, los canijos ya nos habían agarrado de sus tarugos y se la pasaban  chutando con todas sus ganas para acá.  En una de esas le dieron un pelotazo en  la mera jeta al Macuarro, que ese sí es rete enojón, y que se levanta hecho la  madre a perseguirlos, ...

Aquí nomás de hablador - Gustavo Masso

¿Se imaginan lo que es estarse un domingo encerrado toda la tarde? Con el televisor descompuesto, el tocadiscos empeñado y sin tener siquiera un pinche quinto, ya de perdida para invitar a Conchita la del dos a ver la que pasan en el Mariscala.  Porque claro, como de costumbre la quincena nada más me duró una semana y parecía que faltaban siglos para el día de pago.  Pero ustedes ya han de haber pasado por todo esto, ¿verdad?, así que para qué les voy a amargar el rato. Pos ya saben, así andaba yo, como león enjaulado, parriba y pabajo y ya se me hacía chiquito el cuarto, pero lo que más me desesperaba era lo silencioso que estaba el edificio. Carajo, ni siquiera se oían gritar los escuincles de la portera que son bien chillones. Por eso mejor agarré mi chamarra y que me salgo para la calle. Y ai me tienen, camine y camine como pinche loco, parándome de repente a ver las carteleras de los cines que pasan puras películas de esas pornográf...

Peligro en las Cavernas Subterráneas - Gustavo Masso

El metro avanzaba envuelto en su olor de hule quemado y sudor humano. La mujer en el incómodo asiento leía su revista femenina de rigor mientras, disimuladamente, miraba de reojo a los hombres del vagón y escogía uno. Con un gesto muy estudiado alzó la vista, miró al hombre que estaba frente a ella y sonrió. El hombre recibió el doble destello de mirada y sonrisa, y sonrió también, deslumbrado. Lo único que veía ahora era la vagina que se abría enorme ante él. Supo entonces que estaba perdido, pero no pudo resistir la tremenda atracción y se dirigió hacia ella. Las puntas de los senos lo guiaron con su señal roja y atracó en ese puerto con bandera franca, justo entre las piernas de la mujer. Y se debatió ahí sin ninguna esperanza, con un placer masoquista, mientras su cuerpo se perdía, se iba por ese vórtice erótico. Casi al final sintió miedo, y en un intento desesperado se agarró con fuerza de los senos y se sostuvo así un momento, pero fue inútil y, entre las convulsiones del orgasm...