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La muerte - Enrique Anderson Imbert

La automovilista (negro el vestido, negro el pelo, negros los ojos, pero con la cara tan pálida que, a pesar del mediodía, parecía que en su tez se hubiese detenido un relámpago), la automovilista vio en el camino a una muchacha que hacía señas para que parara. Paró.

—¿Me llevas? Hasta el pueblo no más —dijo la muchacha.

—Sube —dijo la automovilista.

Y el auto arrancó a toda velocidad por el camino que bordeaba la montaña.

—Muchas gracias —dijo la muchacha con un gracioso mohín—, pero ¿no tienes miedo de levantar por el camino a personas desconocidas? Podrían hacerte daño. ¡Esto está tan desierto!

—No, no tengo miedo.

—¿Y si levantaras a alguien que te atraca?

—No tengo miedo.

—¿Y si te matan?

—No tengo miedo.

—¿No? Permíteme presentarme —dijo entonces la muchacha, que tenía los ojos grandes, límpidos, imaginativos, y enseguida, conteniendo la risa, fingió una voz cavernosa—. Soy la Muerte, la M-u-e-r-t-e.

La automovilista sonrió misteriosamente.

En la próxima curva, el auto se desbarrancó. La muchacha quedó muerta entre las piedras. La automovilista siguió a pie y, al llegar a un cactus, desapareció.

Las avispas - Walter Beckers

En una tranquila mañana de verano, me paseaba al azar, tenía la convicción de que buscaba algo. Era una mañana de agosto, pura y soleada. Un viernes, según creo recordar, tal como intentaban sugerirme los ondulantes brezos. 
 
Caminaba por un sendero de hojas muertas, en dirección al cementerio del pueblo. Sorbía con indolencia el ambiente, contemplando la lejana cima de los árboles y la cúpula que formaban en un abrazo impuesto por el viento. Una naturaleza viva. 

Por un segundo, una naturaleza revoltosa y cómplice de un romanticismo indomable; poco después, una ternura alegre procedente de un misterio de cambiantes luminosidades. Alegría de vivir, que hace vivir. Fantasma en busca de reposo. Ir y venir. El ensueño de una mujer sensual.


Vacilé un momento a la entrada del cementerio. Salía un anciano conduciendo su bicicleta con la mano derecha mientras que, en la otra mano, llevaba fuertemente asida una pala. Cambiamos un saludo con la cabeza. Con rostro melancólico, pasó ante mí.

Entré en el cementerio. Ahora me encontraba solo en medio de toda clase de multitudes. Multitud de muertos. Multitud de huesos. Multitud de recuerdos. Multitud de presencias. Multitud de almas...

El silencio se me adhería a la piel. Algunos pájaros temerarios revoloteaban entre los pinos infinitos y los cipreses perdidos. Estilizadas ramas de árbol eran agitadas por el viento apático. Respiraba el olor a tierra mojada, con su humedad aún no perdida del alba. Vivía conscientemente esta paz.

Súbitamente, me hizo volver a la realidad el rodar de un automóvil sobre la grava. El ruido del motor y el escape de gases malolientes diluyó mi descanso.

Corto intermedio. El automóvil pronto desapareció y disfruté, de nuevo, intensamente de la soledad, de la luz y del silencio que me tomaba por confidente.

Una avispa se posó en mi mano, después en mi cabeza. Otra avispa revoloteaba a mi alrededor. ¿Acaso esperaba el permiso para aterrizar? Las cacé a ambas.

Una de las tumbas atrajo de un modo especial mi atención. Se trataba de una losa de piedra totalmente recubierta por una hiedra dominante, insistente. No había en esta losa fúnebre nada más que una mano tallada con indiferencia quién sabe cuándo. Las verdes garras se habían apoderado de este rincón en el que dormía un muerto desconocido. ¿Una mujer? ¿Un niño? ¿Un anciano, quizá?

Una tumba anónima. La exuberante vegetación que la rodeaba por completo ya se extendía hacia la tumba contigua, una pequeña tumba de granito gris. Todavía era legible su inscripción:

J. M. – MUERTO POR LA PATRIA

Otra tumba contigua ofrecía una inscripción parecida:

L. P. – MUERTO POR LA PATRIA

También ésta se hallaba abandonada, olvidada. Pero en ella, no obstante, no había hiedra. Tan sólo malas hierbas.

Observé nuevamente la tumba anónima. Mi mente se torturaba. ¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Desde cuánto tiempo?

Vi cómo la hiedra, hinchada de mágica savia, crecía desafiando al cielo. Los tallos más altos ya no tenían soporte. De todos modos no parecían necesitarlo: se encaramaban desafiando todas las leyes naturales, hasta llegar a proteger totalmente las tumbas. Un cielo verde. ¿Qué había ocurrido?

El silencio me tomó por confidente. Un soplo. Un soplo celestial esparcido por el viento.

10 de mayo de 1940. Llamado a filas, como tantos otros belgas. Había cumplido los veinte años el 4 de abril. Jamás llegué a ver el campo de batalla. Tampoco mis dos compañeros lo habían visto. Ninguno de los tres tuvimos ocasión de disparar un fusil. 

Una tonta historia, en una mañana de mayo del 40, en el patio interior del cuartel. Los alemanes habían invadido nuestro país. Se comentaba el acontecimiento mientras esperábamos la orden de marcha. Y entonces aparecieron aviones en el cielo. Volaban alrededor del cuartel. Primero creímos que eran belgas pero, súbitamente, se precipitaron contra nosotros como avispas. Ruido seco e implacable de ametralladoras. Los tres fallecimos en el patio interior.


Bruscamente, las palabras del silencio, demasiado ligeras, levantaron el vuelo sin que yo llegara a comprenderlas. Algunos segundos después regresó la voz:

¿POR QUÉ DURA TODAVÍA ESTA GUERRA? Nuevamente, el viento se impuso al silencio.

Esperé algunos segundos a que la voz volviera a hablarme. En vano. Me incliné hacia la tumba anónima.

Una vez más tuve que cazar algunas avispas. Terrible. Se diría que intentaban distraer mi meditación. ¿O quizá tenían intención de cazarme ellas a mí? Tuve dificultad en mantenerlas alejadas.

Entonces, y sólo entonces, percibí un grueso tronco de árbol en medio de la tumba. ¿Cómo era posible que no lo hubiera observado antes? No tuve tiempo de concentrarme sobre este problema. El campanario del pueblo dio las once. Once sonoros y agudos golpes. Cuando el último ya agonizaba, me sentí súbitamente arrancado de mi contemplación.

Allí donde, instantes antes, acababa de ver un tronco de árbol, había una masa negra, zumbando sonoramente. El zumbido que me sacara de mi ensimismamiento torturaba ahora mis sienes. Por encima, alrededor de la tumba, volaban algunos centenares de pequeños insectos negros y amarillos. Obedeciendo alguna orden imperceptible, se precipitaron como una escuadrilla perfectamente formada. El avispero se había elevado en su totalidad.

Respiré profundamente y miré a mi alrededor. Estaba solo en el cementerio. Con los nervios alterados, encendí un cigarrillo. Pasó todo tan rápidamente que no tuve ocasión de sentir temor alguno. Ahora la reacción me paralizaba. Y después, a continuación, la respuesta.

Esta ya se encontraba en la última frase que me había traído el indiscreto cierzo. Esta planta. Esta guerra que persistía, sin tener fin. Ahora ya lo sabía. Supe que incluso las cosas inanimadas tienen una segunda existencia, una metempsicosis insospechada. Sin este postulado, no podía explicarme nada: ¿acaso estas avispas fueron «Stukas», años atrás? Todavía ahora volvían a atacar a sus víctimas en medio de su reposo.

Pensé de nuevo en el tronco de árbol. Por más que fijaba mi atención, no lograba percibir nada que se pareciese, ni aun remotamente, a un tronco de árbol sobre la tumba desconocida. De paso, observé una vez más las otras dos tumbas: «J. M. y L. P., muertos por la Patria». Me parecieron inmutables.

Incluso en condiciones normales, las avispas me ponen enfermo. Era imposible, por lo tanto, pedir ahora a mi mente que razonara los hechos. Abandoné el cementerio.

El anciano volvía a mi encuentro, llevando su bicicleta con una mano y sosteniendo la pala con la otra. Detuve el paso. Él se paró cerca de la entrada y me observó nuevamente con atención. Y su mirada parecía contener toda la angustia de aquellas losas. Nos saludamos al igual que cómplices que mantienen un espantoso secreto.

Percibí que aún estaba allí, mirándome. Ya no me dejé llevar por el ensueño de los árboles y por su poesía. Ya no pensaba más que en esta mirada que me buscaba. Tras recorrer una distancia de veinte metros, encendí un cigarrillo y aproveché mis movimientos para volverme, del modo más natural posible, hacia el misterioso anciano.

Ya no estaba allí.

No obstante, percibía aún su mirada fija en mi espalda. Me fui de prisa, más solo que nunca.

La Casa Croglin - Augustus Hare

El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia, conectada con su propia familia.

"Fisher", dijo el capitán, "puede sonar a un nombre muy plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de 'casa Croglin'.

La gran característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cual grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.

Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. 

Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte, los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha para ellos. 

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin, quienes compartían con todos los pequeños placeres sociales del distrito, y se hacían de este modo muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy particular, que hizo un calor terrible, insoportable. 

Los hermanos estaban echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas nubes bañadas de plata como fondo.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su habitación en la planta baja (ya que, como dije, no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y, habiendo trabado su ventana, no había cerrado los postigos —ya que en tan tranquilo lugar no era necesario— y, apoyada en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de esa noche de verano.

Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger y componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se aproximaba. 

Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aun así la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.

Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo por qué, el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa y, después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch

Sintió una especie de alivio cuando se convenció de que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta de que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. 

Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la gola.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador, rompieron la cerradura y entraron. 

Entonces la criatura ya había escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se había hecho en la garganta, y yacía inconsciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de la iglesia. 

El hermano regresó al lado de su hermana, que estaba siendo atendida por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí'. 

La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió en que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza. 

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero se interesó por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos a regresar a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años', dijo, 'y solo hemos estado allí uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días'. Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la familia regresó a Cumberland. 

Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abiertos los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas consigo.

El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. 

Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. 

Uno de los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinguido hacía mucho tiempo. 

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos estaban rotos y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. 

Un ataúd solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna; y ellos hicieron lo único que podía hacerse para destruir a un vampiro: lo quemaron".

Recomendación: "La máscara de la Muerte Roja" de Edgar Allan Poe por Sivela Tanit

El relato comienza con una lapidaria frase: "La Muerte Roja había devastado el país durante largo tiempo." A partir de allí, el autor juega con el temor al contagio y su sentencia: la enfermedad de la peste en toda su extensión y dominio sobre la vida humana.

El cuento nos lleva por la "provisión" de resguardarse por meses dentro de un palacio, con descripciones y características que juegan con la opresión del encierro. El reloj y su recuerdo constante del paso inevitable del tiempo ofrecen un estremecimiento, porque lleva al lector a pensar si ganaron una hora a la muerte al dejarla afuera o si han perdido una hora de vida en el encierro para tratar de salvarse.

Este es un magnífico cuento, pues el autor ahonda en el deseo primigenio del hombre de salvar la vida y perpetuarse.

Te recomiendo su lectura y te dejo el enlace para que lo disfrutes:

https://sivela.blogspot.com/2010/05/la-mascara-de-la-muerte-roja-edgar.html

La renta espectral - Henry James (Parte 1)

Acababa de cumplir veintidós años cuando terminé mis estudios superiores. Me encontré en plena libertad de escoger mi futura carrera, y lo hice sin mayores vacilaciones. Cierto que luego la abandoné con idéntica rapidez, lo admito, pero nunca he lamentado aquellos dos alegres años de experiencia perpleja y excitante, aunque también agradable y provechosa. 

Sentía una gran inclinación por la teología y durante ese lapso fui un admirador y lector entusiasta de las obras del doctor Channing. Esta era una teología atrayente y de exquisito sabor; parecía, al leerla, como si se ofreciera una rosa fragante desprovista de espinas. 

Más adelante, por razones íntimamente vinculadas con mi afición por la teología, decidí entrar en el Divinity School. Durante toda mi vida he procurado no perder de vista lo que hay detrás del drama humano de la vida. Por ello consideré que debía desempeñar mi papel, con pocas posibilidades de aplausos (al menos de mí mismo), en aquella apartada y tranquila casa de apacible casuística, con su respetable avenida a un lado, y su contacto con la verde campiña y los extensos terrenos de bosque al otro.

Cambridge, para los amantes de los bosques y campos, ha cambiado mucho desde aquellos días, y ya no posee aquella deliciosa mezcla de pastoral y escolástica quietud. Sí, en aquella época era un hermoso centro docente rodeado de bosques; una bella combinación de la madre Naturaleza con la diosa de la cultura. 

Lo que hoy día es Cambridge no tiene nada que ver con mi historia; sin embargo, no me cabe la menor duda de que aún existen en sus aulas esos graduados orgullosos del saber adquirido que gozan, a la llegada del verano, de las bellezas naturales próximas a ese prestigioso centro de la cultura inglesa.

Por lo que a mí respecta, no lo pasé muy mal en Cambridge. Me otorgaron una habitación en la planta baja, cuyas amplias ventanas daban a un gran patio. Apenas me alojé en ella, colgué en sus paredes unos cuadros de Overbeck y Ary Scheffer, arreglé mis libros, y los clasifiqué con sumo refinamiento, sobre las estanterías que había encima de la chimenea, y me puse a estudiar las obras de San Agustín y Plotino. 

Entre mis compañeros había dos o tres de excelentes cualidades, con los que a veces tomaba una taza de té junto al fuego de la chimenea. Después de profundos estudios, conferencias, coloquios y largas meditaciones, mientras paseaba por los bosques, mi iniciación en el aspecto clerical progresó bastante, con gran placer de mi parte.

Intimé más con uno de mis camaradas, con quien tenía gustos afines, y pasaba la mayor parte del tiempo con él. Por desgracia, adquirió un mal grave en una de sus rodillas, lo que le obligó a llevar una vida sedentaria; y como yo era un fanático enamorado de pasear por los bosques, esto se interpuso en nuestra naciente amistad. 

Yo tenía la costumbre de andar por el bosque sin más compañía que mi bastón y un libro; con estas caminatas y la lectura no necesitaba compañía alguna. A este placer podía añadir el que me proporcionaban mis ojos, pues siempre he sido un hombre observador. 

Me deleitaba fijándome en todas las cosas interesantes que encontraba durante aquellos paseos por la campiña. Sí, mis ojos y yo estábamos en excelente armonía. Tanto que, en honor a la verdad, debo admitir que precisamente gracias a esta inquietud por todo lo que me rodeaba y a mi observación inquisitiva de todas las cosas interesantes, aconteció la historia que voy a narrar.

Aunque la campiña que rodea a Cambridge es actualmente muy hermosa, lo era aún más hace treinta años. En efecto, en aquella época no existían esos chalets que hoy han inundado los prados verdes robándole parte de sus encantos naturales, sobre todo en la zona de Waltham Hills, donde las sombrías formas de aquellas villas, con sus plantas y flores extrañas, presentaban un feo contraste en yuxtaposición con el medio ambiente sencillo y rústico. 

Incluso los modestos senderos de entonces poseían esa gracia de la que carecen las numerosas carreteras modernas que hoy atraviesan los campos y bosques de la zona de Cambridge. En cuanto a las personas, tampoco se ven ahora aquellas viejecitas que hilaban pacientemente sentadas en el pórtico de sus casas, cubriendo sus venerables frentes con aquella especie de cofia tan típica de Cambridge.

Aquel invierno fue muy duro; hacía mucho frío, pero había poca nieve, y los caminos estaban seguros y firmes, lo que me permitió, por lo tanto, dar mis cotidianos paseos a través del bosque y la campiña. Una helada tarde de diciembre me encaminé hacia el vecino pueblo de Medford. 

Mientras andaba, observé los pálidos y fríos matices del cielo, semejantes al ámbar transparente, lo cual, no sé por qué, me hacía recordar la sonrisa de una hermosa mujer. Cuando ya empezaba a anochecer, llegué a un estrecho camino por el que nunca había transitado, e imaginé que por él podría acortar el trayecto de regreso a casa. Me hallaba a tres millas de distancia y se me había hecho tarde.

Así pues, eché a andar por aquella extraña senda. Cuando llevaba caminando más de diez minutos, me di cuenta de que tenía un aspecto bastante extraño: las huellas de las ruedas de los carros parecían viejas y resecas, y el silencio era impresionante. Sin embargo, un poco más abajo había una casa, por lo que deduje que aquel misterioso camino antaño debió ser una vía pública. Instantes después llegué a dicha mansión y sentí una gran curiosidad apenas me vi ante ella. 

Me detuve delante de su jardín abandonado, con una vaga mezcla de curiosidad y temor incomprensibles. Era una casa como todas las existentes por aquella zona, excepto que tenía una hermosa estructura arquitectónica dentro de su clase. 

Se hallaba situada sobre una pendiente cubierta de hierba, con un gigantesco olmo delante de su fachada anterior, y detrás un gran cobertizo de negro tejado. Era de grandes dimensiones y tenía aspecto de ser una construcción sólida. Debía ser antigua, pues al menos las maderas delicadamente grabadas de su puerta y pórtico pertenecían a ese estilo arquitectónico tan típico del siglo pasado.

A simple vista se podía observar que en su tiempo estuvo pintada de blanco, pero el paso de los años había apagado aquella blancura, que ahora presentaba una tonalidad gris, sin vida. Detrás de la casa había un grupo de manzanos, de tronco descarnado y extraño aspecto, que en aquel profundo silencio parecían árboles muertos aún sujetos a la madre tierra. 

Todas las ventanas mostraban sus bisagras enmohecidas, corroídas, y sus persianas estaban ligeramente entornadas. No había ninguna señal de vida dentro de aquella mansión; sin embargo, al aproximarme, me pareció que tenía un aire familiar, una audible elocuencia. 

Siempre he pensado en la impresión que me produjo a primera vista aquel gran edificio colonial, lo cual corrobora que la inducción puede a veces estar cerca de la adivinación, o ser análoga a ella, ya que, después de todo, no había ningún hecho que garantizase la formal percepción que hice.

Me volví y crucé el camino. Los últimos rayos rojos del sol al ponerse en el horizonte parecían hacer desaparecer la casa, reflejándose por unos instantes en lo que fuera su fachada blanca, arrancando misteriosos destellos de aquellas vetustas ventanas sobre el pórtico. Luego desapareció el rey de los astros, y el viejo edificio quedó envuelto en fantasmagóricas sombras. En este preciso instante, me dije a mí mismo: «Esta casa está encantada». 

De inmediato, sin saber por qué, creí a pies juntillas en aquella idea que me vino a la mente; idea que, por añadidura, me causó un gran placer. Y es que estaba íntimamente vinculada con el aspecto de la casa que acababa de ver y lo explicaba todo. Si me hubieran preguntado media hora antes, habría contestado, como cualquier otro hombre consagrado a los estudios de lo sobrenatural, que no existían casas encantadas. Pero fue tan fuerte la impresión, que algo en mi interior aseguraba lo acertado de mi convicción.

Cuanto más observaba aquella mansión, más profundo me parecía el secreto que ocultaban sus paredes. Me puse a dar vueltas alrededor de la misma, observando cuidadosamente cualquier detalle que pudiera corroborar esa certidumbre de que aquel edificio estaba encantado. 

Miré a través de todos los boquetes existentes en sus paredes, sintiendo una pueril satisfacción al poner mi mano sobre el pomo de la puerta y hacerlo girar con suavidad. ¿Qué hubiera hecho si se hubiera abierto? ¿Me habría atrevido a penetrar en aquella silenciosa obscuridad? Por fortuna, mi audacia se vio frenada: la puerta era extremadamente sólida e incluso me fue imposible empujarla unos milímetros. Al fin me alejé de ella, pero volviendo la mirada con insistencia. Luego eché a andar y después de un largo trayecto alcancé el camino principal.

A cierta distancia de donde había visto aquella vetusta y misteriosa mansión se encontraba una magnífica y confortable casita de recreo, que hacía más patente a mis ojos la diferencia existente entre una casa normal y otra embrujada. 

Esta casita de recreo estaba recién pintada de blanco y su amplio y vistoso porche estaba cubierto de una hermosa cristalera color verde botella. Había un coche de caballos a la puerta de aquella casa, con dos personas que parecían estar despidiéndose de los dueños de la misma en aquel momento. 

Al acercarme más a ella, pude ver a través de sus ventanas sin cortinas una salita de estar en cuya mesa estaban colocadas las tazas de té con el que probablemente habrían obsequiado a aquellos visitantes. La señora de la casa había acompañado a sus huéspedes hasta la puerta, y cuando estos partieron en el coche les saludó durante unos instantes con la mano; tiempo suficiente para que yo pudiera observar a esas personas. 

Aquella señora era una mujer joven, de ojos muy negros, y estuve a punto de acercarme y hablar con ella. Mas luego cambié de idea, me detuve ante ella y le pregunté, después de saludarla con cortesía:

—¿Me podría decir a quién pertenece la casa que está allí abajo, junto al camino, aproximadamente a una milla de aquí?

La mujer pareció sorprendida por un instante; se sonrojó y contestó:

—Los hombres de esta tierra nunca bajan por este camino.

—Utilizando esa senda se ahorra mucho tiempo y distancia para ir al pueblo de Medford —respondí—, y no dudo que los hombres de este lugar no sean prácticos como todos los buenos campesinos.

—Es posible que al no ir por ese camino se tarde más en llegar al pueblo —dijo la mujer—, pero nadie lo utiliza por nada del mundo.

Era interesante la respuesta de aquella señora, es decir, bastante extraña. Un buen norteamericano, con el sentido tan práctico que posee, debía tener muy poderosas razones para perder tiempo utilizando un camino más largo. Por ello volví a preguntar:

—Pero, dígame, ¿ha estado alguna vez en esa casa?

—No, nunca la he visto.

—¿A quién pertenece? —insistí.

La mujer se echó a reír y miró hacia otro lado, cual si temiera que un extranjero interpretara sus palabras como fruto de una campesina supersticiosa.

—Supongo que pertenecerá —repuso— a los que viven en ella.

—¿Pretende decir que esa casa está habitada? —dije—. Sin embargo, está completamente cerrada.

—Eso no significa nada —me respondió con cierta ironía—, pues nunca nadie entra ni sale de allí, por lo que no veo ninguna diferencia.

Acto seguido intentó marcharse, pero la retuve respetuosamente por el brazo.

—¿Quiere decir que esa casa está encantada? —pregunté.

La mujer se asustó, se llevó los dedos a sus labios ruborizándose, y entró con rapidez a su casa para correr las cortinas de las ventanas.

Durante muchos días estuve pensando en aquella aventura, reservándome el placer de guardarla para mí solo. Si la casa no estaba encantada era una tontería de mi parte el excitar en vano mi imaginación, y si lo estaba, resultaba agradable vaciar la copa del horror sin dejar que nadie la probara. 

Desde luego, decidí regresar a ese camino, y una semana más tarde —era el último día del año— volví sobre mis pasos a aquel lugar. Me acerqué a la casa por una dirección opuesta a la que utilicé la primera vez, y llegué a la misma hora que entonces. 

La luz era cada vez menor a la caída del sol, y el cielo bajo y gris; el viento soplaba con fuerza barriendo la arena reseca del jardín y haciendo estremecer las hojas de los árboles. Allí estaba la casa, delante de mis ojos, como queriendo defenderse del crudo invierno en su siniestro hermetismo, envuelta en su halo de misterio.

Si en aquel instante se hubieran abierto sus puertas, no habría dudado en penetrar en ella y dejar que sus paredes me atraparan. ¿Quiénes serían los misteriosos propietarios que había mencionado aquella mujer? ¿Qué se había visto u oído en aquella casa? ¿Qué cosas se contaban de ella? ¿Existía alguna leyenda o algún hecho verídico en relación a la misma? 

La puerta seguía tan firme y resistente como la primera vez, y todos mis intentos por abrirla resultaron en vano. Ninguna de las ventanas cedió a mis furiosos puñetazos, y ningún rostro misterioso se asomó a ellas. Desesperado, di numerosos golpes con el pesado y mohoso picaporte, pero solo conseguí que aquellos ruidos resonaran con espantoso eco en la mansión vacía.

No sé lo que habría hecho a continuación de no haber percibido que por el mismo camino por donde yo había bajado antes avanzaba ahora una persona solitaria. Pensé que haría el ridículo si me viera en aquella extraña actitud, y por mi mente pasó la idea de refugiarme entre los arbustos del jardín, cosa que hice de inmediato. Instantes después observé que el recién llegado avanzaba recto hacia la casa. 

Era un hombre de baja estatura, de avanzada edad y con el aspecto más extraño que jamás he visto en mi vida. Iba envuelto en una larga capa de corte militar y avanzaba penosamente apoyándose en un bastón nudoso, mas con aire decidido y resuelto. Después de caminar durante unos minutos, se detuvo ante la casa. 

La contempló con detenimiento, observando todos sus detalles, como si estuviera contando todas las ventanas o tratando de localizar una marca o señal determinada. Después se quitó el sombrero y se inclinó suave y solemnemente, como si estuviera llevando a cabo un acto de obediencia o respeto.

Dada la posición del viejo, me fue más fácil observarle. Se trataba, como ya dije antes, de un anciano de baja estatura, mas era difícil afirmar si pertenecía a este mundo o al otro. Su cabeza me hizo recordar vagamente a las pinturas de Andrew Jackson. 

Tenía cabellos grises, pero tiesos como los pelos de un cepillo, y su rostro, cuya piel era como un pergamino egipcio, estaba pálido. Sus ojos brillaban intensamente bajo la sombra de unas pobladas cejas que, cosa curiosa, habían permanecido negras. Sus facciones, lo mismo que la capa que llevaba, parecían pertenecer a un militar retirado de modesto rango, pero ello no obstaba para darle el aspecto de una persona autoritaria, fría, excéntrica y grotesca. 

Cuando terminó su salutación, avanzó hacia el portal, se detuvo, revolvió los bolsillos de su raída capa y sacó una llave. Introdujo esta en la cerradura y la hizo girar. Mas la puerta no se abrió de inmediato. El anciano meneó la cabeza, aplicó el oído a la madera y luego miró en dirección al misterioso camino. 

Satisfecho o tranquilizado, apoyó su hombro contra la hoja, empujó firmemente y, por fin, esta se abrió dejando ver una negra obscuridad tras ella. Volvió a detenerse en el umbral, se quitó el sombrero e hizo otra reverencia. Luego penetró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

¿Quién demonios era este hombre y qué hacía en aquel lugar? Parecía uno de esos personajes sacados de un cuento de Hoffmann. ¿Era un espectro o un ser de carne y hueso? ¿Un inquilino de la casa o un visitante amigo del propietario de la mansión? Por lo demás, ¿qué significaban aquellas reverencias y qué pretendía hacer en la profunda obscuridad de la casa? 

Salí de mi escondrijo y me encaminé a una de las ventanas, espiando a través de ella. Luego me dirigí, una por una, a las otras, observando que durante el intervalo que empleaba en pasar entre ellas se hacía visible un rayo de luz entre las hendiduras de las persianas. 

Era obvio que el anciano intentaba encender todas las luces posibles. ¿Acaso iba a dar una fiesta? ¿Una reunión de fantasmas? Mi curiosidad aumentó aún más, pero nada podía hacer por satisfacerla. Por un instante quise acercarme a la puerta y golpear en ella, pero desistí inmediatamente, e intenté hallar la forma de romper el maleficio de aquella mansión, si es que en realidad lo tenía. 

Acto seguido me puse a dar vueltas alrededor de la casa tratando de abrir alguna de las ventanas bajas. Al principio no pude lograrlo, pero al fin di con una que no me opuso ninguna resistencia. Comprendía perfectamente que había un riesgo en lo que estaba haciendo, pues no solo me exponía a ser visto, sino a ver algo que no debía... Pero la curiosidad, como dije antes, se había transformado en inspiración, y el peligro era demasiado agradable.

A través de las hendiduras de las persianas pude ver una habitación iluminada por dos cirios colocados en candelabros de bronce sobre el manto de la chimenea. Parecía ser una especie de salón privado y conservaba todo su mobiliario, consistente en divanes, sillones, mesas y cornucopias pasados de moda, muy antiguos. 

Pero aunque aquella estancia estaba amueblada, tenía un extraño aire de estar deshabitada. Desde mi posición no podía verlo todo, por lo que no me di cuenta de que a mi derecha había una puerta plegable. Estaba ligeramente abierta, y la luz del cuarto adyacente se filtraba a través de ella. 

Permanecí inmóvil durante unos minutos, pero al final comprobé que la habitación estaba vacía. Luego percibí que una sombra alargada se proyectaba en el muro situado frente a la puerta plegable. Era alta y grotesca. Daba la impresión de corresponder a una persona personalizada sentada de perfil, completamente inmóvil. Creí reconocer en ella la nariz arqueada de mi pequeño viejecillo. Había una extraña sensación de quietud en su postura; parecía estar sentado y observar algo con atención. Estuve largo rato contemplando la susodicha sombra, pero nunca se movía.

Al fin, cuando mi paciencia ya empezaba a agotarse, se movió con lentitud, se elevó y su primitiva forma desapareció. No sé lo que hubiese sucedido luego, pues instintivamente cerré las persianas por donde contemplaba aquel extraño espectáculo. ¿Fue por delicadeza? ¿O por pusilanimidad? No podría asegurarlo. No obstante, me quedé en aquel sitio confiado en que mi extraño viejecillo reaparecería. 

No me equivoqué: el anciano volvió a salir, mirando de la misma manera que antes y haciendo idénticas inclinaciones y reverencias. (La luz que hasta entonces había observado desapareció de las ventanas). El viejecillo, luego de efectuar su pequeña ceremonia, se encaminó por donde había venido. 

Durante unos instantes tuve la intención de dirigirme a él, pero me contuve y dejé que desapareciera en un recodo del misterioso camino. Quizá se pensará que fue una delicadeza de mi parte, pero, en el fondo, creo que no tuve valor para detenerlo y hablar con él. Incluso consideré que aquel anciano tenía derecho a no ser observado, aunque, por otro lado, yo también tenía el derecho de poder fijarme en todo lo que quisiera, máxime si tenemos en cuenta que aquel individuo parecía más bien un fantasma que una persona normal y corriente. 

Al fin me alejé por el camino opuesto al que él había tomado, no sin sentir la tentación, algo tardía, de seguirle a cierta distancia y ver adónde se dirigía, aunque esto también me pareció una falta de delicadeza. Por lo demás, he de confesar que estaba tan entusiasmado con mi pequeña aventura que deseaba paladearla poco a poco, arrancando hoja por hoja de la margarita, como vulgarmente suele decirse.

Durante algún tiempo aspiré el misterioso perfume de esta flor, ya que su aroma me había fascinado. Proseguí mi marcha y volví a pasar por delante de la casita de recreo existente en el cruce de caminos, pero no vi a la mujer supersticiosa ni al viejecillo, ni a ningún ser de este mundo ni del otro. 

Tuve sumo cuidado de que nadie me avistara, ya que, a mi juicio, un buen observador debe pasar desapercibido hasta el momento en que descubre lo que tenía por misión averiguar. Así pues, me quedé con la expectativa de volver a encontrarme con aquel viejecillo algún día, en algún lugar. 

Pero a medida que pasaba el tiempo y el anciano no aparecía por ninguna parte, acabé por perder toda esperanza de verlo. Sin embargo, tenía la corazonada de que debía vivir en aquella vecindad, máxime si tenemos en cuenta que había hecho su peregrinaje a la misteriosa mansión a pie, tratándose de un hombre de avanzada edad. 

De haber vivido a mucha distancia, seguramente habría viajado en alguno de esos viejos y destartalados coches de caballos que se utilizaban durante el siglo pasado; un vehículo tan venerable y grotesco como él mismo.

Un día me dirigí paseando al cementerio de Mount Auburn, un lugar que durante mi infancia poseía un encanto místico del que hoy carece, dadas las reformas modernas efectuadas en él. Contenía más arces y abedules que cipreses y sauces. No parecía una ciudad de los muertos, sino más bien otro pueblo de la comarca, donde todo el mundo podía penetrar y perturbar el sagrado descanso de sus habitantes fallecidos. 

Aquel día despertaba la primavera, ya que días antes había acabado el invierno, y el suelo desprendía ese olor tan grato de tierra fresca y lozana. El sol se hallaba cubierto por un cúmulo de ligeras nubes, pero calentaba algo. Anduve por los caminillos del cementerio, hasta que de pronto, al llegar a un recodo, percibí una extraña figura sentada en un banco contra una valla tapizada de madreselvas silvestres.

Aquella persona me era familiar, la había visto en alguna parte. Aunque estaba de espaldas a mí, comprendí quién era al observar su raída capa. Sí, no estaba equivocado: se trataba del extraño viejecillo que visitó la casa encantada. Allí se me presentaba la oportunidad que tanto había anhelado: la de acercarme a él y hablarle. Di un rodeo y me acerqué a él de frente. 

El anciano me vio al final del sendero, pero permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el pomo de su bastón; mas cuando se percató de que me dirigía hacia él, me miró con aquellos ojos penetrantes bajo sus negras cejas. A cierta distancia, estas cejas tan obscuras daban una extraña sensación; tanto que fue lo único que observé en su rostro. A medida que me acercaba a él, comprendí que se trataba de un pobre anciano inofensivo, un viejo gentleman.

Me detuve ante él, le saludé con cortesía y le pedí permiso para sentarme en el mismo banco que él. Aprobó mi petición con un gesto mudo pleno de dignidad, y me acomodé a su lado. En esta postura podía observarle de reojo con todo detalle. Comprobé que a la luz del sol era un ser mucho más extraño que cuando lo vi bajo la pálida luna aquella noche en la casa encantada. 

Los rasgos de su rostro eran tan rígidos como si hubieran sido esculpidos en roca granítica por un hábil artista. Sus ojos tenían una mirada llameante, su nariz era espantosa y su boca estaba herméticamente cerrada, como una vieja concha marina. Sin embargo, pensé que, a pesar de todos estos siniestros detalles personales, se trataba de un anciano y apacible caballero. 

Habría apostado que se hubiera alegrado de poder sonreírme, pero, evidentemente, sus rasgos faciales no se lo permitían: habían adoptado aquella rigidez hacía ya muchos años, y era muy tarde para suavizarlos, por mucho interés que pusiera en intentarlo. Me pregunté si se trataría de un anciano demente, pero pronto deseché esa idea, ya que no tenía aspecto de serlo. 

Lo que en realidad reflejaba su rostro era una profunda y gris tristeza; quizá su corazón estuviera roto, mas su cerebro permanecía intacto. Las ropas que llevaba estaban raídas, pero limpias, y su vieja capa azul había sido cepillada durante más de medio siglo.

Me apresuré en hacer ciertas observaciones sobre el hermoso día de primavera que teníamos, y el anciano me contestó, con voz gentil y suave, que me extrañó ver partir de sus rígidos labios:

—Este es un lugar muy apacible.

—A mí me gusta mucho pasear por este cementerio —repuse rápidamente, al intuir que aquel era el punto flaco del anciano.

Di en el clavo, pues el viejecillo se volvió hacia mí y dijo entusiasmado, con cierto aire de gravedad:

—Sí, es muy agradable pasear por este lugar. Hágalo mientras pueda, pues algún día se encontrará en una de esas tumbas, quieto, sin poder moverse.

—Es cierto —le respondí—; pero, según algunos científicos, hay personas que pueden caminar y pasearse después del día de su muerte.

Hasta entonces el anciano me había estado mirando a los ojos mientras yo hablaba, mas al decirle esta última frase, apartó repentinamente la vista, como si hubiese pronunciado una blasfemia.

—¿No me oyó? —le dije con amabilidad.

El anciano siguió mirando hacia otro lado, como si no le interesara mi conversación.

—Como le decía, algunas personas pueden caminar después de muertas —insistí.

Entonces el anciano se volvió de pronto hacia mí y repuso con fiereza:

—Usted no cree en eso que me está diciendo.

—¿Cómo puede usted saber, querido señor, que yo no creo en esas cosas? —le respondí.

—Porque es joven y alocado —me respondió en un tono que, lejos de parecer duro, más bien parecía propio de una persona que está de vuelta de muchas cosas de la vida y habla con conocimiento de causa, consciente de su experiencia, de lo comprobado por sí mismo a lo largo de muchos años de existencia.

—Admito que soy joven —le contesté—; pero no creo que esté loco. Si dijera que creo en los fantasmas, mucha gente estaría de mi lado.

—La mayoría de la gente está loca —respondió el anciano mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Dejé el tema en el aire y me puse a hablar de otras cosas. El anciano parecía haberse puesto en guardia, me miraba desafiante y solo hacía breves observaciones y secos comentarios sobre todo lo que le decía. Pero, a pesar de todo, yo estaba seguro de que le había agradado nuestro encuentro, y que, a sus ojos, este había sido un incidente social de cierta importancia. 

Sin duda alguna, se trataba de una persona solitaria, y tenía muy pocas oportunidades de poder hablar con alguien. Había tenido graves problemas que le distanciaron del mundo, aislándolo, haciéndole refugiarse en su mundo interior. Pero la armonía dentro de su anticuado espíritu no se encontraba rota, y yo estaba seguro de que aún pensaba que podía hacerla vibrar ardientemente. Al fin, se decidió a preguntarme sobre mi persona, inquiriendo si yo era un estudiante.

—Soy estudiante de ciencias divinas —respondí.

—¿Ciencias divinas?

—De teología. Estudio para sacerdote.

Al decirle esto, el viejecillo me miró con peculiar intensidad.

—Pues entonces, mi joven amigo, permítame que le diga que existen muchísimas cosas que tiene que aprender, sí, muchas cosas que ignora.

—Siempre he tenido ansias de aprender y de conocer cosas que me están vedadas —repuse—. Pero, por favor, ¿a qué se refiere?

El anciano me miró de nuevo, pero, sin hacer caso de mi pregunta, dijo:

—Me gusta usted, me agrada su forma de hablar. Estoy seguro de que es un buen muchacho.

—Al menos creo serlo, o pretendo serlo —le respondí—, aunque hay momentos en que creo dejar de serlo.

—Pues pienso que tiene una mente muy despierta, y que se preocupa por aprender, por tener inquietudes, por observar todo lo que le rodea.

—¿Quiere decir que ya no piensa que soy un joven alocado como dijo antes? —le respondí.

—Me revientan las personas que niegan a los difuntos el poder de regresar —me contestó, mientras golpeaba furiosamente el suelo con su bastón—. Todos son unos locos, auténticos locos.

Guardé silencio durante unos instantes. Luego le pregunté de sopetón:

—Estoy seguro de que usted ha visto un fantasma.

—Está en lo cierto, mi joven amigo —respondió con mucha dignidad en su expresión—. Por lo que a mí respecta, no se trata de hechos corroborados por frías teorías; no necesito leer libros antiguos para aprender en qué debo creer. ¡Yo sé! ¡Con estos ojos que ve, yo he contemplado el espíritu de un muerto tan cerca de mí como lo está usted ahora!

Mientras decía estas palabras, los ojos del viejecillo parecían estar fijos en algo misterioso, invisible para mí. Sus palabras me impresionaron tanto, que me vi obligado a insistir en mis preguntas.

—¿Y se asustó usted?

—Soy un viejo soldado —repuso ofendido—, y no le temo a nada.

—¿En qué época fue usted soldado? —inquirí.

El viejecillo me miró con aire confuso, por lo que supuse que me había excedido haciéndole tantas preguntas.

—Discúlpeme, no puedo entrar en detalles personales —me contestó—. Ya he hablado más de lo que debía; no puedo tolerar el que se opine a la ligera de un tema tan importante como este. ¡Pero nunca olvide que en cierta ocasión conversó con un anciano honesto que le dijo, jurándoselo por su honor, que había visto un fantasma!

Acto violentamente se levantó con brusquedad, como si hubiese pensado que había hablado demasiado. Quizá su actitud obedeciera a timidez, a su carácter reservado o, simplemente, al temor de que pudiera reírme de sus palabras. 

Consideré todo esto; por otro lado, también admití la posibilidad de que, como todas las personas de edad avanzada, su lengua y su mente estaban endurecidas por la atrofia producida en tantos años de soledad. 

Tampoco podía descartar la idea de que pensase que se había excedido en la conversación, cosa muy lógica en cualquier persona al hablar con un desconocido. Era evidente que yo no debía insistir, dada su actitud. Al menos, siempre me quedaría la esperanza de volver a verle en otra ocasión.

—Como deseo que sepa quién es el anciano que le ha dicho estas palabras, que a usted le parecerán extrañas —volvió a tomar la palabra el anciano de la capa azul—, permítame presentarme: soy el capitán Diamond, señor. Tengo muchos años de servicio sobre mis espaldas.

—Confío en que tendré el placer de volver a encontrarlo —repuse cortésmente.

—Yo también lo espero —me respondió; y tomando el bastón con firmeza, se levantó y se alejó.

 

(CONTINUARÁ...) 


La mansión de Keziah Mason - Julien C. Raasveld

Danny Raven sonrió. Había adivinado. Era posible hablar con aquel hombre.

—Bueno, pues...

Se interrumpió al acercarse la camarera con dos vasos de cerveza que colocó sobre la mesa. Era patente que la chica no vivía exclusivamente de las propinas que le daban los parroquianos, dada su extremada minifalda y su recargado maquillaje. 

Cuando la camarera se dio cuenta de que aquellos clientes podían comprar lo que ella quería vender, hizo todo lo posible para que pudieran observar toda la mercancía. 

Pero no habían ido allí a pasar un rato alegre con una chica. Por eso, Danny Raven se limitó a darle un cachete en la bien contorneada zona glútea, mientras le decía:

—Gracias, guapa, pero hoy no.

La camarera se alejó mientras les insinuaba que, aparte de lo que ellos deseaban, podría ofrecerles placeres inimaginables.

Danny Raven creyó conveniente dejarlo para más adelante, cuando hubiese terminado aquel asunto que tenía entre manos. 

Apartó la placentera idea de su mente, sorbió un trago de cerveza y se dirigió a su acompañante, el cual daba la impresión de no encontrarse muy a gusto en aquel sitio. 

Bueno, lo más importante de todo era que estaba dispuesto a hablar, y eso solo era posible en aquel lugar. Solo en los bajos fondos se podía hacer un trato sin temer ser descubierto. O hay que ser muy estúpido. Danny miró fijamente al hombre que tenía frente a él...

Danny Raven sabía perfectamente que aquel hombre estaba enterado, y lo que era aún más importante, estaba dispuesto a hablar.

—¿Quién es ese Keziah Mason? —le preguntó, mientras miraba a su alrededor para comprobar que nadie los escuchaba. Afortunadamente no había nadie, excepto los empleados, medio dormidos tras el mostrador.

Danny sabía cómo comportarse en tales casos. De lo contrario, no hubiera hecho aquel descubrimiento... Escribió unas palabras en un trozo de papel, lo puso sobre la mesa y lo empujó hacia su acompañante. Este leyó aquellas palabras, miró a Danny a través de los cristales de sus gafas y le dijo:

—La Oficina de Registro cierra a las cuatro, señor.

—Oh, sí, es verdad, gracias —respondió Danny, guiñando.

Contempló al individuo mientras bebía un trago de cerveza, y luego le preguntó:

—Bueno, ¿qué es lo que puede contarme?

El hombrecillo le miró con malicia.

—Quizá nada, quizá mucho; todo depende...

Danny puso un billete de mil francos sobre la mesa. El hombre silbó suavemente.

—¿Tanto dinero? Entonces es que usted debe estar muy... Me pregunto cómo puede tener tanto dinero.

—Eso ahora no importa. Tengo mi sistema para conseguir la información que deseo. Vamos, hable.

—Pues bien, lo que le han dicho es cierto. Ese brujo de Keziah Mason llegó a Arkham en 1692. La casa en la que vivió aún existe.

—¿Dónde está?

—En la calle de los Dos Embajadores, número 7.

—¿La calle de los Dos Embajadores? Nunca he oído hablar de ella —respondió Danny.

—Por supuesto. El Ayuntamiento se encargó de que desapareciera de todos los planos, y finalmente la clausuró, después de que una serie de espantosos asesinatos fuesen descubiertos en 1693 en los muelles. Pero aquellas medidas no sirvieron para nada.

—Entonces, ¿dónde está esa calle? —preguntó Danny.

—¿Conoce usted el Canal Fibre? —le dijo el hombrecillo—. Supongo que sí. También conocerá la calle Whitethroat. Bueno, pues entre ambas calles existe un gigantesco almacén que está abandonado desde hace cientos de años, y otro más en la otra punta. Ambos almacenes constituyen el principio y el fin de la calle de los Dos Embajadores. Fueron construidos allí, y fueron cerrados a finales de 1693.

—¿Cómo conseguiré penetrar en ellos? —le preguntó Danny.

—El almacén del Canal Fibre tiene una puerta. Aquí tiene usted la llave.

—¿Existe el peligro de que alguien de la Oficina de Registro se dé cuenta de la desaparición?

—Así es, o mejor dicho, había solo una persona que conocía la existencia de la calle de los Dos Embajadores, y es un secreto. Es por ello por lo que aún sigo preguntándome cómo es posible...

—Ya se lo dije antes: tengo mi método para conseguir las informaciones que deseo.

Danny Raven se levantó bruscamente. Le dio otros mil francos al hombrecillo.

—Supongo que con esto habrá suficiente para que tenga la boca cerrada, ¿no es así?

El hombrecillo sonreía maliciosamente mientras Danny abandonaba la taberna.

Solo una cosa no había dicho a Danny Raven: los asesinatos no cesaron, pese a la clausura de la calle de los Dos Embajadores. Y aún se cometían: el brujo Keziah Mason había desaparecido y nunca volvió a ser encontrado...

Danny Raven era inteligente; nadie lo dudaba; sus brillantes estudios eran una prueba de ello. Quizá era demasiado inteligente, y por eso no quiso adaptarse a una existencia para la que había sido destinado. Dio muestras de rebeldía desde su más temprana edad; siempre se había negado a conjugar el verbo «tener».

Danny no deseaba ser un empleado como sus demás compañeros de escuela. Eligió la senda del crimen; pero siempre los realizaba de una forma ingeniosa. 

Dado que no tenía mucho dinero, comprendió que no podía dedicarse a los grandes negocios. Solo se pueden hacer las «cosas grandes» cuando se tiene cierto grado de respetabilidad (es decir, dinero), pues de otra forma se llama la atención de los poderosos y de los cazadores, de los que nadie puede escapar. 

No, los negocios pequeños eran la especialidad de Danny. Cosas de las que la policía se limita a hacer un informe, para luego archivarlo en la sección «Crímenes no descubiertos», para luego olvidarlos.

Danny siempre trabajaba solo. Nadie sabía nada de él, y, por lo tanto, a nadie preocupaban sus problemas.

Hasta que un día se le presentó la oportunidad al encontrar un viejo pergamino, que abría una nueva perspectiva en su vida. Si consiguió descubrir los secretos del malvado brujo Keziah Mason, ¿qué cosa, por difícil que fuera, se le resistiría de ahora en adelante? Danny se hallaba dominado por una espantosa fiebre, solo de pensar en las grandes posibilidades que se le presentaban. Era su ruina o...

Se dirigió directamente al almacén del Canal Fibre, no sin antes cerciorarse preguntando a unos empleados si había otro almacén idéntico en la calle Whitethroat. 

Entonces comprendió que aquel hombrecillo no le había mentido. Al comprobar esto, se tranquilizó y comenzó a pensar en la perspectiva tan hermosa que se le presentaba por vez primera en su existencia. 

Al acercarse a la pequeña puerta, su corazón empezó a latir rápidamente, como queriendo escapar por su garganta. También comprobó la veracidad de otra información que le había dado el hombrecillo; todas las demás ventanas y portales estaban tapiados con ladrillos.

La llave penetró en la cerradura, pero aquella puerta hacía muchos años que no se utilizaba para abrirla y tuvo que emplear toda su astucia. 

Cuando ya se disponía a abandonar la empresa por miedo a romper la llave forzando la cerradura, esta cedió produciendo un suave clic. Con mucho cuidado, Danny abrió la puerta, pero procurando que no se repitiera el anterior clic. 

Era muy difícil que hubiera alguien en aquel lugar de la ciudad, y mucho menos a aquella hora tan intempestiva, pero era imposible asegurarlo. Danny era un hombre muy prudente.

Solo después de haber cerrado cuidadosamente la puerta tras de él, se decidió a encender su lámpara de bolsillo. El almacén era muy grande, estaba vacío y en él reinaba un silencio de muerte. Había telarañas por todas partes. 

Danny se estremeció. No se explicaba el motivo por el cual presentía que no todo marchaba bien. Entonces lo comprendió: no había ratas. Generalmente, en los viejos edificios, estos sucios animaluchos abundaban por centenares, pero aquí no había el menor ruido, el menor susurro, ni siquiera un ratón.

Se echó a reír para infundirse valor. «Debo congratularme por no verme molestado por esos irritantes y peligrosos roedores», se dijo. Se puso a andar por el almacén, hasta llegar a la puerta posterior, que empujó suavemente. Aunque estaba seguro de lo que iba a encontrar, no pudo contener un grito estridente de sorpresa.

Delante de él, encerrada entre altas paredes y terminando en la parte posterior del otro almacén, había una calle bañada por los rayos plateados de la luna. Las casas a ambos lados de la misma estaban en ruinas, y la hierba crecía ya entre los resquicios de las piedras.

Y, a pesar de todo, había una extraña atmósfera de vida, una impresión semejante a la de observar a un hombre muerto dentro de un ataúd.

Tuvo que hacer un esfuerzo para penetrar en aquella calle.

Su linterna iba iluminando los números de las casas. Finalmente llegó a la número siete. A diferencia de las demás casas, esta se conservaba intacta. Empujó la puerta, pero esta estaba cerrada. Pero este no era un gran obstáculo para Danny. 

Hizo unos cuantos forcejeos con su ganzúa e inmediatamente la puerta quedó abierta. En el suelo no había nada. Penetró más adentro. Un ruido extraño estuvo a punto de ponerle en fuga. Entonces reconoció ese ruido de patas arañando la madera de la escalera. Supuso que allí sí que había ratas. 

Se secó el sudor del rostro. Siguió avanzando, cerciorándose de que a aquella hora no conseguiría nada, debiendo regresar al día siguiente y seguir investigando a la luz del día. 

Con mucho cuidado comenzó a subir por las vetustas escaleras, temiendo caerse en cualquier momento al pisar algún peldaño carcomido por el paso de los años. 

Pero, por lo visto, la escalera se mantenía en perfecto estado, como el resto de la casa. En el piso superior solo había una habitación. La abrió y entró en ella.

De nuevo, un extraño ruido le hizo sobresaltarse. Dirigió su lámpara de bolsillo a todos los lados de la habitación, deteniéndose finalmente en un rincón de la misma.

Horrorizado, permaneció clavado en el suelo, contemplando aquella cosa que le miraba fijamente. Entonces unas palabras acudieron a su memoria: «...El carcelero se ha vuelto loco y murmura algo sobre una cosa que sale corriendo de la celda de Keziah».

Dando un alarido de terror, Danny se volvió y echó a correr hacia la puerta, pero allí había una vieja mujer jorobada que le contuvo con un gesto de la mano, mientras pronunciaba extrañas palabras en un idioma que Danny desconocía.

Danny sintió como si desapareciera en medio de una turbulenta niebla, en la que solo veía los negros ojos fijos de la mujer clavados en él, cada vez haciéndose más grandes, más grandes, más grandes...

Se vio sumergido en una suave e infinita oscuridad.

No, no era infinita, ya que vio una luz roja. Danny Raven se despertó y contempló las llamas del horno. Quiso incorporarse, pero sus tobillos y sus muñecas estaban atados a una mesa. 

Dominado por el horror, recordó lo que había sucedido. La puerta se abrió. La vieja mujer entró, con aquella cosa increíble en sus hombros. Puso a su lado una copa, dibujada con extraños diseños. 

La cosa murmuró unos sonidos irreconocibles con voz aguda y estridente, mirándolo fijamente. El sudor bañaba todo el cuerpo de Danny.

—De modo que ya está despierto, ¿no es así? Magnífico. Entonces la ceremonia ya puede comenzar.

—¿Quién es usted?

—Mi verdadero nombre no significaría nada para usted. Pero uno acostumbra a llamarme Keziah Mason. Y ese es Brown Jenkin —dijo mientras indicaba hacia la «cosa».

—Pero... pero... esto es imposible; en 1693 usted ya era una anciana. Usted no puede tener ahora trescientos años de edad.

La extraña mujer sonrió con satisfacción.

—¿Es que acaso piensa, idiota, que nos perseguían y quemaban en la hoguera simplemente porque éramos seres humanos corrientes? Estúpido. Bah, ustedes los terráqueos cada día se vuelven más cretinos. En aquellos primitivos días de la Edad Oscura, ya todos adivinaban por instinto que pertenecíamos a otra raza, que éramos los Otros Seres y, por lo tanto, peligrosos para ellos.

—Pero entonces, ¿quién es usted? —preguntó Danny.

La vieja se encogió de hombros.

—Soy Otro Ser. El mundo en el que vivimos no existe para ustedes, y nunca lo encontrarán. Incluso uno de nuestros compañeros divulgó un gran número de nuestros secretos, pero nadie le creyó.

—¿Quién? ¿Quién?

—Eso no tiene ninguna importancia. Nos agrada vuestro mundo, pero cada vez que uno de nosotros pretende alcanzarlo, la Ofrenda debe ser hecha. ¿Está preparado, Brown Jenkin?

La «cosa» saltó sobre su cuerpo con un cuchillo en sus terribles garras. Keziah Mason se puso a cantar con una voz estridente, y Danny alcanzó a sentir un profundo dolor cuando el cuchillo penetró en la carne de su vientre. 

Pero antes de que el brujo sacara los intestinos fuera de su cuerpo, reconoció una palabra: NYARLATHOTEP... y vio un inmenso y oscuro boquete en el techo, en el que extrañas y horribles sombras se movían guiadas por un monstruo vestido de negro y con la cabeza llena de tentáculos, mientras la canción de Keziah Mason era repetida por un coro de voces no humanas...