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Nacido De Hombre Y Mujer - Richard Matheson

X - Hoy cuando apareció la luz mamá me llamó monstruo. Eres un monstruo me dijo. Vi en los ojos de mamá que estaba enojada. ¿Qué quiere decir monstruo?
Hoy cayó agua de arriba. Cayó por todas partes. Yo la vi. Vi la tierra por la ventanita. La tierra se chupó el agua como una boca que tiene sed. Bebió demasiado y se enfermó y se puso oscura. No me gustó.
Mamá es bonita yo sé. Donde yo duermo con todas las paredes frías alrededor tengo un papel detrás de la estufa. Ahí dice “Estrellas de cine”. En las figuras veo caras como las de mamá y papá. Papá dice que son bonitas. Una vez lo dijo.
Y también mamá dijo. Mamá tan bonita y yo bastante bien. Mírate dijo papá y no tenía una cara buena. Le toqué el brazo y dije está bien papá. Papá se sacudió y se fue donde yo no podía alcanzarlo.
Hoy mamá me sacó la cadena un rato así que pude mirar por la ventanita. Vi el agua que caía de arriba.
XX - Hoy está amarillo arriba. Sé que lo miro y los ojos duelen. Después de mirar el sótano es rojo.
Me parece que eso es la iglesia. Se van de arriba. La máquina grande los traga y camina y ya no está. En la parte de atrás está la mamita. Es mucho más chica que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero saqué la cadena de la pared. Puedo ver por la ventanita todo lo que quiero.
Hoy cuando estuvo oscuro me comí la comida y unos bichos. Oí risas arriba. Me gusta saber por qué hay risas. Saqué la cadena de la pared y me la envolví en el cuerpo. Fui despacio a las escaleras. Gritan cuando yo las piso. Las piernas me resbalan porque por las escaleras no camino. Los pies se me pegan a la madera.
Subí y abrí una puerta. Era un lugar blanco. Blanco como la luz blanca que viene de arriba a veces. Entré y me quedé quieto. Oí otra vez risas. Caminé hasta el sonido y abrí un poco una puerta y miré la gente. Era mucha gente. Pensé reír con ellos.
Mamá vino y empujó la puerta. Me golpeó y dolió. Caí para atrás en el piso liso y la cadena hizo ruido. Lloré. Mamá silbó dentro de ella y se puso la mano en la boca. Tenía los ojos grandes.
Me miró. Oí que papá llamaba. Qué cayó dijo. Mamá dijo la tabla de planchar. Ven a ayudarme dijo. Papá vino y dijo bueno es tan pesada qué necesitas. Me vio y se puso grande. Los ojos de papá se enojaron. Me golpeó. El líquido me salió de un brazo. El piso quedó verde y feo.
Papá me dijo que fuera al sótano. Tuve que ir. La luz me dolía ahora en los ojos. No era como en el sótano abajo.

Papá me ató los brazos y las piernas. Me puso en la cama. Arriba oí risas mientras yo estaba quieto y miraba una araña negra que bajaba a donde estaba yo. Pensé lo que dijo papá. Oh dios dijo. Y no tiene más que ocho.

XXX - Hoy papá puso otra vez la cadena en la pared antes de aparecer la luz. Tengo que sacarla otra vez. Papá dijo que yo era malo si iba arriba. Me dijo que no lo haga otra vez o me pegará fuerte. Eso duele.

Me duele. Dormí de día y puse la cabeza en la pared. Pensé en el lugar blanco de arriba.

XXXX - Saqué la cadena de la pared. Mamá estaba arriba. Escuché risitas muy altas. Miré por la ventanita. Vi toda gente chiquita como mamita y también papitos. Son hermosos.

Estaban haciendo bonitos ruidos y saltaban por la tierra. Movían mucho las piernas. Son como mamá y papá. Mamá dice que toda la gente normal es así.

Uno de los papás pequeños me vio. Señaló la ventana. Yo me fui resbalando por la pared hasta abajo en lo oscuro. Me apreté para que no me vieran. Oí las voces junto a la ventana y pies que corrían. Arriba una puerta hizo ruido. Oí a la mamita que llamaba arriba. Oí pies pesados y corrí al lugar de la cama. Puse la cadena en la pared y me acosté mirando para abajo.

Oí a mamá que venía. Estuviste en la ventana me dijo. Escuché que estaba enojada. No te acerques a la ventana me dijo. Sacaste otra vez la cadena.

Mamá tomó el palo y me golpeó. No lloré. No puedo hacer eso. Pero mi líquido corrió por toda la cama. Mamá lo vio y se fue para atrás haciendo un ruido. Oh dios mío dios mío dijo por qué me hiciste esto. Oí que el palo caía en el piso. Mamá corrió y subió. Dormí de día.

XXXXX - Hoy había agua otra vez. Cuando mamá estaba arriba oí a la mamita que bajaba los escalones. Me escondí en la carbonera porque mamá se enoja si la mamita me ve.

Mamita tenía una cosa pequeña viva. Caminaba en los brazos de ella y tenía las orejas en punta. La mamita le hablaba.

Todo estaba bien pero la cosa viva me olió. Corrió a la carbonera y me miró con el pelo todo duro. Hacía un ruido enojado en la garganta. Yo silbé pero la cosa saltó sobre mí.

Yo no quería lastimarla. Tuve miedo porque me mordió más fuerte que la rata. Yo la agarré y la mamita gritó. Apreté fuerte la cosa viva. Hacía ruidos que yo nunca había oído. La apreté más. Estaba toda aplastada y roja sobre el carbón negro.

Me escondí ahí cuando mamá llamó. Yo tenía miedo del palo. Mamá se fue. Subí por el carbón con la cosa. La escondí debajo de la almohada y me acosté encima. Puse la cadena en la pared otra vez.

X - Hoy es otro día. Papá puso la cadena apretada. Me duele porque me golpeó. Esta vez le saqué el palo de la mano y después hice ruido. Papá se fue y tenía la cara blanca. Salió corriendo de mi lugar y cerró la puerta con llave.

No estoy tan contento. Todo el día hace frío aquí. La cadena tarda mucho en salir de la pared. Y estoy muy enojado con mamá y papá. Les mostraré. Haré lo mismo que otro día.

Primero gritaré y me reiré fuerte. Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para abajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo.

Y si quieren golpearme otra vez los lastimaré. Sí los lastimaré.

La jarra - Ray Bradbury

    Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras, en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven. De algún modo, son parte del silencio de las últimas horas de la noche, cuando sólo se oye el chirrido de los grillos y las ranas que sollozan en las tierras húmedas. Una de esas cosas que se guardan en jarrones y te revuelven el estómago, como cuando ves un brazo conservado en una vasija de laboratorio.

Charlie le devolvió la mirada un largo rato.

Un largo rato, las manazas rudas y de dedos velludos apretaron la cuerda que retenía a la gente curiosa. Charlie había pagado y ahora miraba.

Se hacia tarde. El tiovivo se adormecía cayendo en un perezoso tintineo mecánico. Los vendedores de entradas fumaban detrás de una tienda y maldecían jugando al poker. Las luces se apagaban y sobre la feria había un resplandor de verano. La gente volvía a las casas en hileras y grupos. En alguna parte atronaba una radio, que se apagaba en seguida, y el cielo de Louisiana se abría en estrellas silenciosas.

No había nada en el mundo para Charlie excepto aquella cosa pálida encerrada en un universo seroso. Boquiabierto, mostrando los dientes, miraba con ojos curiosos, admirados, asombrados.

Alguien caminaba en las sombras, detrás, pequeño, comparado con la estatura desgarbada de Charlie.

—Oh —dijo la sombra, saliendo al resplandor de la luz eléctrica—. ¿Está usted ahí todavía?

—Sí —dijo Charlie como un hombre que habla en sueños.

El dueño de la tienda apreciaba la curiosidad de Charlie. Señaló con un movimiento de cabeza al viejo conocido de la jarra.

—Le gusta a todo el mundo, de un cierto modo, quiero decir.

Charlie se acarició la larga mandíbula huesuda.

—Usted... este... ¿nunca pensó en venderla?

El dueño abrió los ojos, y los cerró en seguida. Gruñó.

—No. Trae clientes. Les gusta ver cosas así. Seguro.

Charlie emitió un "oh" decepcionado.

—Bueno —reflexionó el dueño—, si un hombre tiene dinero, quizá...

—¿Cuánto dinero?

—Si un hombre tiene. .. —El dueño calculó, mirando a Charlie mientras extendía un dedo tras otro.— Si un hombre tuviera tres, cuatro, digamos, quizá siete, ocho...

Charlie asentía cada vez que aparecía un dedo expectante. El dueño elevó entonces el total.

— ...quizá diez dólares, o quizá quince...

Charlie frunció el ceño, preocupado.

El dueño se retractó.

—Digamos que un hombre tuviera doce dólares. —Charlie sonrió.— Bueno, yo podría venderle esa cosa de la jarra —concluyó, el dueño.

—Qué coincidencia —dijo Charlie—. Tengo justo doce dólares en el bolsillo. Y he estado pensando qué pasaría si me llevara algo así, si me llevara a mi casa algo como esto y lo pusiera en el estante, junto a la mesa. La gente iría a verme, estoy seguro.

—Bueno, pues mire usted... —dijo el dueño.

La venta se completó poniendo la jarra en el asiento trasero del carro de Charlie. El caballo sacudió los cascos cuando vio la jarra, y lloriqueó.

El dueño de la tienda abrió los ojos, aliviado, casi.

—Ya estaba cansado de verla, de todos modos. No me dé las gracias. En este último tiempo me venían ideas raras a la cabeza... pero, no me haga caso, soy un fulano charlatán. ¡Adiós, granjero!

Charlie se alejó. Las lámparas desnudas y azules se retiraron como estrellas moribundas; la noche campesina y oscura de Louisiana se extendió alrededor del carro y el caballo. No había nadie excepto Charlie, el caballo que movía acompasadamente los cascos grises, y los grillos.

Y la jarra detrás del asiento alto.

Un chapoteo, adelante y atrás, adelante y atrás. Un movimiento húmedo. Y la cosa gris y fría, que golpeaba el vidrio, somnolienta, y miraba y miraba y no veía nada, nada.

Charlie se inclinó hacia atrás y tocó la tapa. La mano volvió oliendo a un licor raro, cambiada y fría, y temblorosa, excitada. Si, señor, pensó Charlie. ¡Sí, señor!

Un chapoteo, un chapoteo.

En el valle, unos faroles verdes como la hierba y rojos como la sangre echaban una luz polvorienta sobre unos hombres que murmuraban y escupían, sentados en el almacén de ramos generales.

Conocían los crujidos chirriantes del carro de Charlie, y cuando oyeron que se detenía, no movieron los cráneos toscos y de pelo pardo. Los cigarros de los hombres eran luciérnagas, las voces eran murmullos de ranas en una noche de verano.

Charlie se volvió hacia adelante, ansiosamente.

—¡Hola, Clem! ¡Hola. Mult!

—Hola, Charlie. Hola —murmuraron los hombres.

El conflicto político continuó. Charlie lo cortó en seco.

—Tengo algo aquí. ¡Tengo algo que todos ustedes querrán ver!

Los ojos de Tom Carmody centellearon, verdes a la luz de la lámpara, en el porche del almacén. Le parecía a Charlie que Tom Carmody se pasaba la vida a la sombra de los porches, o a la sombra de los árboles, o en los extremos más lejanos de los cuartos, mirándolo a uno con ojos brillantes desde la oscuridad. Uno nunca sabía que cara tenía en ese momento, y los ojos estaban siempre burlándose de uno. Y cada vez que lo miraban a uno se veían de un modo diferente.

-No tienes nada que queramos ver, compadre.

Charlie cerró un puño y lo miró.

—Algo en una jarra —dijo—. Parece un cerebro, parece una medusa de mar en conserva, parece... bueno, ¡vean ustedes mismos!

Alguien quebró un cigarro en una lluvia de cenizas rosadas y fue a mirar. Charlie alió solemnemente la jarra, y a la luz incierta del farol la cara del hombre cambió de pronto.

—Eh, pero . . . ¿qué demonios es eso?

El primer deshielo de la noche. Otros hombres se movieron perezosamente, poniéndose de pie; se inclinaron hacia adelante, y caminaron impulsados por la atracción de la gravedad. No hacían ningún esfuerzo, excepto el de poner un zapato delante de otro para no caer de bruces sobre las caras insólitas. Se amontonaron alrededor de la jarra. Y Charlie, por primera vez en la vida, concibió una oculta estrategia y guardó la jarra.

—¿Quieren ver más? ¡Vayan a mi casal Estará allí —declaró generosamente.

Tom Carmody escupió desde la cueva del porche.

- ¡Ja!

—¡Déjame ver otra vez! —gritó el abuelo Medknowe— . ¿Es un octópodo?

Charlie sacudió la» riendas. El caballo se movió tropezando.

—¡Vengan todos! ¡Serán bienvenidos!

—¿Qué dirá tu mujer?

—¡Nos echará a escobazos!

Pero Charlie y el carro ya estaban del otro lado de la loma. Los hombres, todos, se quedaron de pie, mordiéndose las lenguas, entornando los ojos, vueltos hacia el camino oscuro. Tom Carmody juró entre dientes desde el porche . . .

Charlie subió los escalones de la cabaña y llevó la jarra al trono del vestíbulo, pensando que de ahora en adelante la casucha sería un palacio, con un emperador. ¡Esta era la palabra! Un emperador todo frío y blanco y silencioso que nadaba en una piscina privada, alto en el trono del estante, por encima de la mesa rústica.

La jarra, mientras Charlie miraba, quemó la niebla fría que flotaba sobre la casa, a orillas del pantano.

—¿Qué tienes ahí?

La voz de soprano de Thedy sacó a Charlie de aquel largo ensimismamiento. Thedy, malhumorada, miraba desde la puerta del dormitorio. Tenía el pelo recogido en una trenza detrás de las orejas rojas, y un batón de color azul desvaído le cubría el cuerpo delgado. Los ojos eran también desvaídos, como el batón.

—Bueno —repitió—. ¿Qué es eso?

—¿Qué te parece a ti, Thedy?

Thedy se adelantó apenas, moviendo lentamente, perezosamente el péndulo de las caderas, con los ojos fijos, y los labios entreabiertos mostrando unos felinos dientes de leche.

La cosa pálida y muerta flotaba en el- suero.

Thedy le echó a Charlie una mirada de color azul apagado, luego miró la jarra y otra vez a Charlie, y de nuevo la jarra, y al fin dio una rápida media vuelta.

—Se... se parece... ¡se parece a ti, Charlie! —gritó.

La puerta del dormitorio se cerró de golpe.

La reverberación no perturbó los contenidos de la jarra. Pero Charlie se quedó allí, inmóvil, sintiendo que el corazón le latía frenéticamente. Mucho después, ya tranquilo, le habló a la cosa en la jarra.

—Trabajo la tierra hasta pelarme los huesos todos los años, y Thedy toma el dinero y corre a visitar a sus padres, y se queda allá nueve semanas seguidas. No puedo con ella. Thedy y los hombres del almacén me toman el pelo. No sé cómo dominarla, y sin embargo... ¡trataré!

Filosóficamente, los contenidos de la jarra no aconsejaron nada.

-¿Charlie?

Alguien estaba en la puerta del patio de enfrente.

Charlie se volvió, sorprendido, y rompió en una sonrisa.

Eran algunos de los hombres del almacén.

—Eh... Charlie... nosotros... pensamos... bueno. .. vinimos a echarle una ojeada a... lo que tienes ahí en la jarra esa...

Julio pasó con su calor, y llegó agosto.

Por primera vez en años, Charlie se sentía feliz como una espiga que crece luego de una sequía. Era bueno oír a la noche las botas que aplastaban los pastos, el ruido de los hombres que escupían en la zanja antes de poner los pies en el porche, el ruido de los cuerpos pesados y el crujido de las tablas, y el quejido de la casa cuando aún otro hombro se apoyaba en el marco de la puerta y otra voz decía mientras una muñeca velluda limpiaba unos labios:

—¿Se puede entrar?

En una estudiada indiferencia, Charlie invitaba a los recién llegados. Había sillas, o cajones para todos, o por lo menos alfombras para sentarse en cuclillas. Y cuando los grillos se rascaban las patas con un zumbido de verano, y las ranas hinchaban las gargantas corno señoras con paperas que gritan en la noche, la gente del valle colmaba la sala.

AI principio nadie abría la boca. En esas noches, la primera media hora, mientras la gente entraba y se instalaba, todos se entretenían en armar cigarrillos. Ponían cuidadosamente el tabaco en la hojita de papel, la enroscaban, la golpeaban, como enroscaban y golpeaban los pensamientos y temores y asombros de la noche. Eso les daba tiempo para pensar. Uno podía verles los cerebros que funcionaban detrás de los ojos mientras preparaban los cigarrillos.

Parecían un grupo de fieles en una iglesia pobre. Sentados, en cuclillas, apoyados en las paredes de yeso, se volvían uno a uno, y con una angustia reverente, hacia la jarra del estante.

No clavaban en seguida los ojos. No, volvían la cabeza lentamente, como si miraran alrededor del cuarto, dejando que los ojos se pasearan- por cualquier objeto viejo que se revelase al foco de la conciencia.

Y —sólo por accidente, claro está— los ojos se detenían siempre en el mismo sitio. Al cabo de un rato todos los ojos del cuarto estaban fijos en la jarra como alfileres clavados en un alfiletero increíble. Y sólo se oía un sonido: el de alguien que chupaba una espiga de maíz. O los pies desnudos de los niños que se escurrían por las tablas del porche. Quizá una voz de mujer decía entonces: "Ustedes los niños afuera. ¡Vamos!" Se oía una risita, como un agua suave y rápida, y los pies desnudos corrían a asustar a los sapos.

Charlie estaba delante de todos, naturalmente, en su silla mecedora, con una almohada de tartán bajo el trasero huesudo, meciéndose lentamente, disfrutando de la jarra y las miradas fijas que se había ganado, junto con la jarra.

Thedy había sido vista en un extremo del cuarto entre las otras mujeres, todas grises y calladas, apartadas de los hombres.

Thedy parecía a punto de estallar en un chillido de celos. Pero no decía nada, y miraba a los hombres que se atropellaban en el cuarto y se sentaban a los pies de Charlie, vueltos hacia aquello que parecía el Santo Grial, y apretaba los labios fríos y no hablaba con nadie.

Luego de un período de apropiado silencio, alguien, quizá el viejo abuelo Medknowe de Crick Road, carraspeaba, aclarándose las flemas en alguna caverna profunda, se inclinaba hacia delante, parpadeaba, se humedecía los labios, quizá, y un temblor raro le sacudía los dedos callosos.

Esto era para todos la señal de empezar a hablar. Las orejas se alzaban. La gente se instalaba como cerdos en el barro húmedo, luego de una lluvia.

El abuelo miraba largo rato, se medía los labios con una lengua de lagartija, y luego se echaba hacia atrás y decía como siempre, con voz atenorada de viejo:

—¿Sabe alguien qué es? ¿Sabe alguien si es macho o hembra, o una criatura neutra? Me despierto de noche, me vuelvo en mi jergón, y pienso en la jarra, aquí, en la larga oscuridad. Pienso en esa cosa que flota en un líquido, pacífica y pálida, como una ostra. A veces despierto a Maw, y los dos pensamos...

Mientras hablaba, el abuelo movía los dedos en una estremecida pantomima. Todos miraban el grueso pulgar que tejía en el aire, y los otros dedos ondulantes de uñas anchas.

—… los dos pensamos, acostados. Y sentimos un escalofrío. La noche es sofocante quizá, y los árboles sudan y hace tanto calor que ni siquiera vuelan los mosquitos, pero nosotros sentimos ese escalofrío, de cualquier modo, y damos vueltas en la cama, tratando de dormir…

El abuelo volvía al silencio, como si ese discurso fuera más que suficiente, y dejaba que otra voz expresara el asombro, la angustia, el extrañamiento.

Juke Marmer, de Willow Sump, se enjugaba en las rodillas el sudor de las manos y decía suavemente:

—Recuerdo cuando yo era mocoso. Había una gata en casa que se pasaba el tiempo teniendo cría. Dios todopoderoso, la tenía cada vez que daba un salto y se subía a una cerca... —Juke hablaba con una especial dulzura beatífica, benevolente.— Bueno, regalábamos los gatitos, pero cuando apareció esta camada particular, todos los vecinos tenían ya uno o dos gatitos, de regalo.

"De modo que Ma salió al porche, con una jarra de dos litros, llena de agua hasta el borde. Me dijo: "Juke, ¡tú ahogarás los gatitos!" Me recuerdo aún en el porche, de pie: los gatitos maullaban, moviéndose en círculo, ciegos, pequeños, desamparados, y graciosos. .. empezaban a abrir los ojos. Miré a Ma, y dije: "¡Yo no, Ma! ¡Tú!" Pero Ma se puso pálida y dijo que no había otro remedio, y yo era el único a mano. Y entró a batir una salsa y preparar un pollo. Yo... recogí uno... un gatito. Lo sostuve en las manos. Era tibio. Maullaba apenas, y yo tuve ganas de echar a correr, y no volver más. —Juke asentía con movimientos de cabeza, los ojos brillantes, jóvenes, vueltos hacia el pasado, resucitándolo, modelándolo con palabras, alisándolo con la lengua.— Eché el gatito al agua. El gatito cerró los ojos, abrió la boca, buscando aire. Recuerdo cómo estiraba las uñitas, y sacaba la lengua rosada, y las burbujas subían en fila a la superficie.

"No he olvidado aún cómo flotaba el gatito, cuando todo había terminado, dando vueltas, lentamente y sin preocuparse, mirándome, sin acusarme por lo que yo le había hecho. Pero no me quería tampoco, no. Ahhh...

Los corazones se sobresaltaban. Los ojos iban de Juke a la jarra en el estante, y bajaban, y se alzaban de nuevo, aprensivamente.

Una pausa.

Jadhoo, el negro de Heron Swamp, echaba hacia atrás las órbitas de marfil, como un juglar oscuro. Los nudillos morenos se doblaban y estiraban: langostas vivas.

—¿Saben ustedes qué es esto? ¿No lo saben? Yo les diré. Eso es el centro de la vida, ¡sí, señor!

Sacudiéndose rítmicamente como un árbol, movido por un viento que nadie podía ver, oír o sentir, excepto él mismo, Jadhoo ponía otra vez los ojos en blanco, y parecía que se le iban a soltar en las órbitas. En seguida hablaba con una voz que tejía una trama oscura, tomando a todos por las orejas y metiéndolos en el dibujo.

—De ahí, asomaron una mano, y un pie, y una lengua, y un cuerno, mientras crecían. Una ameba pequeña quizá. Luego un sapo de cuello bolsudo. ¡Si! —Jadhoo se apretó los nudillos.— Se alzó sobre unos huesos blandos, ¡y fue un hombre! ¡El centro de la creación! Eso es la mamá Midbambú de donde nacimos todos, hace diez mil años, ¡créanme!

—¡Hace diez mil años! —murmuraba la abuela Garnation.

—Es vieja. ¡Mírenla! No se preocupa. Sabe lo que hace. Flota como una costilla de cerdo en una sartén. Tiene ojos para ver, pero no parpadean, no miran enojados, ¿no es cierto? No, señor. Sabe lo que hace. Sabe que nosotros venimos de ahí, y volvemos ahí.

—¿De qué color tiene los ojos?

—Grises.

—¡No, verdes!

-¿De qué color tiene el pelo? ¿Castaño?

—¡Negro!

—¡Rojo!

-iNo! ¡Gris!

Entonces Charlie daba su fatigada opinión. Algunas noches decía lo mismo que la noche antes. No importaba. Cuando uno dice lo mismo noche tras noche en pleno verano, siempre suena distinto. Los grillos lo cambian. Las ranas lo cambian: La cosa en la jarra lo cambia. Charlie decía:

—Un hombre se pierde en el pantano, o un muchacho quizá, y se pasa allí los años dando vueltas, entrando en los abismos de noche, y la piel se le pone pálida y se enfría y se encoge. Lejos del sol se marchita y reduce y al fin se queda ahí tendido, como una especie de nata, como una larva que duerme en el agua fangosa. Bien, ¡quizá esto sea alguien que conocemos! Alguien con quien hablamos una vez...

Un siseo entre las mujeres, en las sombras. Una mujer se ponía de pie, los ojos negros y brillantes, buscando palabras. Se llamaba señora Thidden y murmuraba:

—Muchos niñitos corren desnudos al pantano todos los años. Corren y no vuelven. Yo misma casi me pierdo un día. Yo... yo perdí así a mi niñito, Foley. No dirá usted... no dirá usted...

El aliento se quedaba en las narices, constreñido, apretado. Las bocas se doblaban en las comisuras, estiradas por músculos duros. Las cabezas se volvían sobre unos cuellos de tallos de apio, y los ojos leían el horror y la esperanza de la señora Thidden. El cuerpo de la señora Thidden, duro como el alambre, se apo¬yaba de espaldas en la pared, sosteniéndose con las puntas de los dedos.

—Mi nene —murmuraba, jadeando—. Mi nenito. Mi Foley. ¡Foley! ¡Foley! ¿eres tú? ¡Foley! Foley, dime, niñito, ¿eres tú?

Todos retenían el aliento, mirando la jarra.

La cosa de la jarra no decía nada. Se contentaba con mirar fijamente por encima de la multitud, y allá dentro, en los huesos, un jugo secreto de miedo corría como una rana de primavera, y la serenidad y la certidumbre resuelta y la humildad fácil eran mordidas y devoradas por ese jugo y se disolvían en un torrente. Alguien gritó.

—¡Se mueve!

—No, no. Te engañan los ojos.

—¡Es verdad! —gritó Juke—. Vi que se movía como un gatito muerto.

—Cálmate. Está muerta desde hace mucho. Quizá desde antes que nacieras.

—¡Me hizo una señal —chilló la señora Thidden—. ¡Es mi Foley! ¡Mi niñito! ¡Tenía tres años! ¡Mi niñito que se extravió y desapareció en el pantano!

Un sollozo quebrado.

—Vamos, señora Thidden. Vamos. Tranquilícese. Domínese. No es su niñito ni el mío. Vamos.

Una de las mujeres abrazó a la señora Thidden y los sollozos se apagaron y fueron una respiración convulsiva y un aleteo en los labios, y un temblor de mariposa: el roce temeroso del aliento.

Cuando todo estuvo tranquilo otra vez, la abuela Carnation, con una marchita flor rosada en el pelo gris que le caía sobre los hombros, chupó la pipa que tenía en la boca y habló alrededor de la boquilla sacudiendo la cabeza de modo que los cabellos le bailaban a la luz.

—Tanta charla y tanta palabrería. Como si fuésemos a averiguar alguna ve? qué es eso. Como si no fuese cierto que no queremos saberlo. Es como los trucos de los magos en las ferias. Una vez que se descubre la trampa, se acabó la diversión. ¿No venimos aquí cada diez noches, y charlamos todos, y siempre hay algo que decir? Pues si supiéramos que es esa cosa condenada, ¡no habría de qué hablar!

—¡Bueno, maldición! —rugió una voz de toro—. ¡No creo que sea nada! Tom Carmody.

Tom Carmody de pie, como siempre, en las sombras. Afuera en el porche, espiando el interior de la casa, con una sonrisa burlona en los labios. La risa de Carmody entró en Charlie como el aguijón de una avispa, Thedy había preparado la escena. Thedy estaba tratando de matar la vida nueva de Charlie, ¡si!

—Nada —repitió Carmody roncamente—. No hay nada en esa jarra. Sólo un pedazo de medusa de mar, ¡una extravagancia maloliente y podrida!

—No seas celoso, primo Carmody —dijo Charlie, lentamente.

—¡Ja! —gruñó Carmody—. He venido a ver cómo un montón de tontos charlan sobre nada. Habrán notado que nunca puse el pie adentro. Me voy para casa ahora. ¿Alguien viene conmigo?

Nadie le ofreció compañía a Carmody. Se rió otra vez, como si esto fuese un chiste más gracioso (a qué extremos podía llegar la gente), mientras Thedy se clavaba las uñas en las palmas de las manos allá en un rincón del cuarto. Charlie vio que a Thedy se le torcía la boca, una boca fría, y no podía hablar.

Carmody, todavía riéndose, taconeó en el porche, y se fue con el sonido de los grillos. La abuela Carnation clavó las encías en la pipa. —Como decía antes de la tormenta, esa cosa del estan¬te, ¿por qué no puede tener algo de... todas las cosas? Muchas cosas. Todas clases de vida... muerte... no sé. Lluvia y sol, y abono y jalea, todo eso junto. Hierbas y víboras y niños y niebla y todas las noches y días en el cañaveral muerto. ¿Por qué ha de ser una cosa? Quizá sea montones.

Y la charla transcurrió tranquilamente durante otra hora y Thedy se deslizó a la noche detrás de Tom Carmody, y Charlie empezó a sudar. Estaban metidos en algo, esos dos. Planeaban algo. Charlie sudó calor todo el resto de la noche...

La reunión terminó tarde, y Charlie se fue a la cama confundido. La reunión había estado bien, ¿pero qué pasaba con Thedy y Tom?

Luego, cuando ciertas bandadas de estrellas descendieron por el cielo señalando el tiempo que seguía a la medianoche, Charlie oyó el susurro de las hierbas altas apartadas por el péndulo de las caderas de Thedy. Los tacos puntearon en el porche, y luego en la casa, en el dormitorio.

Se tendió en silencio en la cama, mirando a Charlie con ojos de gato. Charlie no podía verlos, pero sentía la mirada.

—¿Charlie?

Charlie esperó.

Luego dijo:

—Estoy despierto.

Luego Thedy esperó.

-¿Charlie?

-¿Qué?

—Apuesto que no sabes dónde he estado. Apuesto que no lo sabes.

La voz de Thedy era como una canción irrisoria y débil en la noche.

Charlie esperaba.

Thedy esperó también, de nuevo. Sin embargo, no pudo esperar demasiado, y continuó:

—He estado en la feria de Cape City. Tom Carmody me llevó allá. Nosotros... hablamos con el dueño de la feria, Charlie, sí, ¡si!

Y Thedy se rió de algún modo, entre dientes, secre¬tamente. Charlie se sentía frío como el hielo. Se levantó apoyándose en un codo.

—Descubrimos qué es esa cosa que tienes en la jarra, Charlie —dijo Thedy, insinuante.

Charlie se derrumbó en la cama, llevándose las ma¬nos a las orejas.

—¡No quiero oír!

—Oh, pero tienes que oír, Charlie. Es un buen chiste. Oh, es divertido, Charlie —siseó Thedy.

—Vete —dijo Charlie.

— ¡Oh! No, no, señor Charlie. Cómo, no, Charlie...

querido. ¡No hasta que te lo diga!

— ¡Fuera!

—¡Un momento! Hablamos con el dueño, y él... él se quería morir de risa. Dijo que habla vendido la jarra y lo que había dentro a un... granjero... por doce dólares. ¡Y todo no vale más de dos dólares!

La risa floreció en la oscuridad, directamente de la boca de Thedy, una temible especie de risa.

Thedy concluyó, rápidamente.

—¡Es sólo basura, Charlie! ¡Goma, papel secante, seda, algodón, ácido bórico! ¡Nada más! ¡Un armazón de metal adentro! Nada más, Charlie. ¡Nada más! -chilló Thedy.

— ¡No, no!

Charlie se sentó rápidamente, desgarrando las sába¬nas con los dedazos, rugiendo, rugiendo:

— ¡No quiero oír! ¡No quiero oír!

—Espera a que los otros sepan cómo todo es un en¬gaño. ¡Como se reirán! Se desternillarán de risa.

Charlie la tomó por las muñecas.

—No les dirás nada.

—No querrás que sea una mentirosa, ¿eh, Charlie?

Charlie la empujó, apartándola.

—Déjame solo. ¡Fuera! Fuera, ¡malvada y celosa de todo lo que hago! Perdiste los estribos cuando traje la jarra. ¡No podías dormir si no arruinabas las cosas!

Thedy se rió.

—Entonces no se lo diré a nadie —dijo.

Charlie la miró fijamente.

—Estropeaste mi diversión. Eso es lo que cuenta. No importa si se lo dices o no a los otros. Yo lo sé. Y no me divertiré más. Tú y ese Tom Carmody. Cómo me gustaría ahogarle esa risa. ¡Se ha reído de mí durante años! Bueno, cuéntaselo a los otros, al resto... ¡diviértete tú también!

Charlie se apartó, colérico, tornó violentamente la jarra, de modo que el líquido se sacudió dentro, y ya iba a arrojarla afuera cuando se detuvo, temblando, y la depositó suavemente en la mesa alta. Se inclinó sobre la jarra, sollozando. Si perdía esto, perdía el mundo. Y estaba perdiendo a Thedy también. Cada mes que pasaba. Thedy bailaba un poco más lejos, burlándose de él, tomándole el pelo. Durante muchos años las caderas de Thedy habían sido el péndulo que le había marcado a Charlie el tiempo de la vida. Pero otros hombres —Tom Carmody, por ejemplo— estaban midiendo el tiempo con el mismo péndulo.

Thedy estaba esperando a que Charlie destrozara la jarra. Pero Charlie la acariciaba una y otra vez, hasta que al fin se tranquilizó. Pensó en las veladas largas y amables del último mes, esas animadas veladas de charla y amigos, que se movían por el cuarto. Esto por lo menos estaba bien, aunque no hubiera otra cosa.

Charlie se volvió lentamente hacia Thedy. La había perdido para siempre.

—Thedy, no fuiste a la feria.

-Sí, fui.

—Estás mintiendo —dijo Charlie, en calma.

—¡No, no miento!

—En... en esta jarra... tiene que haber algo. Algo además de esa basura que dices. Mucha gente piensa que hay algo ahí, Thedy. No puedes negarlo. Ese hombre de la feria miente, si es que hablaste con él. —Char¬lie tomó aliento, largamente, y dijo:— Ven, Thedy.

—¿Qué quieres? —preguntó Thedy, de mal humor.

—Ven aquí. —Charlie dio un paso hacia la mujer.— Ven aquí.

—No te acerques, Charlie.

—Sólo quiero mostrarte algo, Thedy. —La voz de Charlie era dulce, grave, insistente.— Aquí, gatito. Aquí, gatito, gatito, gatito... ¡Aquí, gatito!

Otra noche, una semana después. Llegaron el abuelo Medknowe y la abuela Carnation, seguidos por el joven Juke y la señora Thidden, y Jadhoo, el hombre de color. Seguidos por todos los otros, jóvenes y viejos, dulces y amargos, que se instalaban en las sillas, crujientes, todos con su idea, esperanza, miedo, y asombro. Y todos apartando los ojos del estante y diciéndole hola en voz baja a Charlie.

Esperaron a que llegaran los otros. En el brillo de los ojos uno podía ver que todos encontraban algo distinto en la jarra, algo de la vida pálida que sigue a la vida, y de la vida en la muerte y de la muerte en la vida, todos con su historia, su signo, su línea, familiar y vieja, pero nueva.

Charlie estaba solo.

—Hola, Charlie. —Alguien echó una mirada al dor¬mitorio vacío.— ¿Tu mujer otra vez visitando a sus padres?

—Sí, se ha ido a Tennessee. Volverá en un par de semanas. No se puede quedar en un sitio. Ya la conoces a Thedy.

—Siempre dando saltos por ahí, esa mujer.

Voces suaves que hablaban, serenas, y luego de pronto, caminando por el porche oscuro y mirando a la gente y con los ojos brillantes, llegó... Tom Garmody.

Torn Carmody se quedó de pie en el umbral, las rodillas débiles y temblorosas, los brazos colgando y temblando a los costados, los ojos claros. Tom Carmody no se atrevió a entrar. Tom Carmody, boquiabierto, pero sin sonreír. Los labios húmedos y tirantes, la cara pálida como tiza, como si hubiese estado enfermo mucho tiempo.

El abuelo alzó los ojos a la jarra, carraspeó y dijo:

—Caramba, nunca lo había visto tan claramente. Tiene los ojos azules.

—Siempre tuvo los ojos azules —dijo la abuela Carnation.

—No —lloriqueó el abuelo—. No, eran castaños la última vez que estuve aquí. —Parpadeó.— Y otra cosa... le crecieron unos pelos... castaños. ¡No tenía pelos castaños antes!

—Sí, sí, los tenía —suspiró la señora Thidden.

—¡No, no!

-¡Sí, sí!

Tom Carmody se estremeció en la noche de verano, mirando fijamente la jarra. Charlie, alzando los ojos hacia la jarra, todo paz y serenidad, seguro de su vida y de sus pensamientos. Tom Carmody, solo, viendo cosas en la jarra que nunca había visto antes. Todos veían lo que querían ver: todos los pensamientos se sucedían en una lluvia rápida.

Mi niñito, mi riiñito, pensaba la señora Thidden.

Un cerebro, pensaba el abuelo.

El hombre de color se apretaba los nudillos. ¡Mamá Midibambú!

Un pescador fruncía los labios. ¡Una medusa de mar! ¡Gatito! ¡Aquí! ¡gatito, gatito, gatito! Los pensamientos se ahogaban clavando las garras en los ojos de Juke. ¡Gatito!

¡Todo y nada!, chillaba el pensamiento de la abuela. ¡La noche, el pantano, la muerte, las cosas pálidas, las cosas húmedas del mar!

Silencio. Y luego el abuelo murmuraba:

—Me pregunto. Me pregunto si será macho o hembra o una criatura neutra.

Charlie alzaba los ojos, satisfecho, golpeando el cigarrillo, llevándoselo a la boca. Luego miraba a Tom Carmody, que ya nunca sonreía, en la puerta.

—Me parece que nunca lo sabremos. Sí, nunca lo sabremos.

Charlie sacudía la cabeza lentamente y se instalaba con sus huéspedes, mirando, mirando.

Era una de esas cosas que guardan dentro de jarras en las tiendas de las ferias en las afueras de un pueblito somnoliento. Una de esas cosas pálidas que flotan en plasma de alcohol, y sueñan y dan vueltas y vueltas, de ojos despellejados y muertos que te miran y nunca te ven.

La noche del féretro - Francisco Tario

Entró un señor enlutado, con los zapatos muy limpios y los ojos enrojecidos por el llanto. Se aproximó al empleado y dijo:

—Necesito un féretro.

Oí distintamente su voz ronca y amarga, seguida por una tos irritante que, de estar yo dormido, me hubiera hecho despertar. Oí también, en aquel preciso momento, el timbre de la puerta en la casa contigua y el ladrido del perro, quien anunciaba así su alegría.

El empleado dijo:

—Pase usted.

Y pasó el hombre sigilosamente, con un poco de asco, mirando a diestra y siniestra, como una reina anciana que visita un hospital. Parecía un tanto avergonzado del espectáculo: de aquellos cajones grises, blancos o negros, que tanto asustan a los hombres, y de aquella luz amarilla y sucia que daba al local cierto aspecto de taberna.

Mi compañero de abajo se enderezó cuanto pudo para explicarme:

—El cliente es rico, conque tú serás el elegido.

La noche era fría, lluviosa, y soplaba un viento de nieve. No apetecía yo, pues, moverme de aquel escondrijo tan tibio, cubiertos mis largos miembros con una suave capita de polvo, y mucho menos aventurarme —Dios sabe con qué rumbo— por esas calles tan húmedas y resbaladizas.

El enlutado seguía tosiendo y examinando uno a uno los féretros. Nos miraba curiosamente, sin aproximarse demasiado, cual si temiera que uno de nosotros, en un momento dado, pudiera abrir la boca y tragarlo. En voz baja, respetando fingidamente el dolor del cliente, iba el empleado elogiando su mercancía, haciendo notar entre otras cosas su sobriedad, duración y comodidad.

De súbito, advertí sobre mi espina un cosquilleo bien conocido: el empleado me quitaba el polvo ceremoniosamente con un cepillo de gruesas cerdas que me produjo risa. Procuré estrecharme contra el muro, observando de soslayo al enlutado. Vi sus ojos tristes, abultados —verdaderos ojos de rana— que repasaban mi cuerpo de arriba abajo. Escuché de nuevo su voz cavernosa:

—El finado es robusto, ¿sabe?

Fue entonces cuando pensé:

"Me llevará sin duda."

En efecto, prorrumpió:

—Creo que me convenga éste.

Ajustaron el precio —en mi concepto, irrisorio— y me trasladaron a un automóvil demasiado fúnebre, con las llantas blancas. La lluvia seguía cayendo en aisladas gotas frías. El cierzo me penetraba a través de los poros, helándome la sangre. Una sombra humana, en el interior del vehículo, sollozaba ahogadamente, llevándose con frecuencia el pañuelo a la boca. Otra, más rígida y grave, con el cuello del capote subido, hacía girar extrañamente el volante...

Cruzamos calles silenciosas y lóbregas, pobladas de perros chorreantes y prostitutas; avenidas iluminadas y alegres donde la gente paseaba con lentitud, bajo los paraguas negros; una plazoleta muy triste en la cual tocaba una banda y los militares lucían sus uniformes nuevos; edificios de ladrillo, tenebrosos, en cuyos interiores adivinaba yo parejas de hombres y mujeres estrujándose frenéticamente...

En tanto, mi cerebro trabajaba sin descanso:

"¿Hacia qué lugar me conducirán? ¿Qué clase de destino me aguarda?"

Es preciso que los hombres sepan que los féretros tenemos una vida interna sumamente intensa, y que en nuestros escasos ratos de buen humor bromeamos o nos chanceamos unos con otros. Ante todo, tenemos nombre: unos, masculinos y, otros, femeninos, naturalmente, de acuerdo con nuestro sexo.

Mientras permanecemos en el almacén somos célibes. Sin embargo, estamos fatalmente destinados al matrimonio; es decir, a lo que en el mundo común y corriente se designa con otro nombre estúpido: el entierro. Semejante acontecimiento es el más importante de nuestra vida, y de ahí que meditemos tan a menudo acerca del cónyuge que nos deparará la suerte.

Buena prueba de esto último es que hoy, al salir rumbo al armatoste que me aguarda, un antiguo camarada se despidió de mí de esta forma:

—Que el destino te conceda buena hembra y buena casa...

Yo, que soy hombre, le respondí tristemente:

—Sobre todo, eso, amigo: buena casa para pasar el invierno.

¡Ah, esas tumbas de tierra, enlodadas y frías, llenas de mil clases de bicharracos glotones que trepan por nuestras espaldas y nos van destruyendo lentamente! ¡Esas tumbas ignominiosas y endebles, en cuya superficie no hay flores ni hierba, y sobre las cuales chapotea la lluvia sin piedad alguna! ¡Esas tumbas tan pobres, tan solas, encaramadas allá sobre cualquier montaña o sumergidas en el corazón de un abismo!

Cuando el automóvil se detuvo, observé que mi llegada despertaba un interés incomprensible. Se oyeron voces humanas de:

—¡El féretro! ¡El féretro!

Alcé los ojos y vi un edificio cuadrado, con dos terrazas de piedra. Suspiré, aliviado. Tres hombres vestidos ridículamente me transportaron hasta un suntuoso aposento en cuyos ángulos ardían los cirios: esos malditos cirios que chisporrotean continuamente abrasando nuestras entrañas con sus gotas de cera blanca. Tardé un buen rato, no obstante, en descubrir a mi cónyuge. Entretanto, tuve que realizar indecibles esfuerzos para contener la risa. Allí estaba yo, tendido sobre no sé qué mueble absurdo, y los hombres desfilaban ante mí con sus levitas y sus rostros descompuestos. Me miraban a hurtadillas y tosían o se alejaban rápidamente. Nadie se mantenía ecuánime en mi presencia, cual si yo fuera una especie de monstruo, culpable de la muerte de los hombres.

Una muchacha fresca y esbelta, que despedía un olor en extremo agradable y que había deseado para mí con toda el alma, prorrumpió al verme:

—¡Es tan terrible y tan negro!

Distinguí su pecho duro y alto, que se estremecía de terror, y la línea de su vientre suave, bajo la tela infame.

Otra mujer, rubicunda y fea, cuchicheó una frase indulgente:

—¡Y las manijas son de plata!

Pero he aquí que, de pronto, un chiquillo se me acerca y pregunta:

—¿Es para enterrar a papá?

Sentí que el corazón me dejaba de latir dentro del pecho, que la cabeza me daba vueltas, y que me hallaba abandonado en mitad de un túnel nauseabundo.

"¿Cómo, para papá? —me dije—. ¿No soy acaso un hombre?"

Quise gritar, protestando. Quise incorporarme y echar a correr sin ningún rumbo, pero no pude. Cuatro pesadas manos, cubiertas de vello, me sujetaron por pies y cabeza y no supe más de mí. Debí perder el sentido. Cuando desperté, un hombre gordo, hinchado, pestilente y rubio, yacía sobre mis pobres huesos. Ardían los cirios en torno mío, salpicándome las ropas; rezaba un sacerdote, mirando por encima de sus anteojos a las mujeres bonitas; unos gemían con ayes velados; otros chillaban procazmente, sin comprender el destino del hombre. Caían por tierra pétalos de flores...

No pudiendo soportar más el oprobio de que era víctima, hice un sobrehumano esfuerzo y derribé al cadáver. Cayó éste con gran aparato, partiendo por la mitad un cirio que se apagó instantáneamente. Cayó con la cabeza hacia abajo, haciendo tronar el piso.

Yo grité y no me oyó nadie:

—¡No quiero! ¡No quiero!

Todos se apresuraron a levantar al muerto, aunque pesaba demasiado. Estaba rígido y frío como un árbol. Me dio horror. Vi a lo lejos a la jovencita fresca, muy pálida y aterrada, con las manos sobre el descote. Su perfume me embriagó esta vez, removiendo mis instintos.

—"¡Lograr poseerla!" —pensé con angustia.

Pero de nuevo cayó a plomo sobre mí el hombre ventrudo y fétido, cuyo cuerpo parecía exactamente una vejiga.

Me encogí de hombros y opté por dormirme. Dormirme como un novio impotente o tímido en su noche de bodas.

Así lo hice. Y soñé. Soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel... con ricos sepulcros de mármol, muy ventilados y alegres... Soñé, y las imágenes sibaríticas me hicieron tanto mal, que cuando abrí los ojos y vi penetrar el sol por las vidrieras me sentí exhausto, vacío, postrado, como deben sentirse los hombres después de una óptima noche de continuos placeres.

La máscara de la Muerte Roja - Edgar Allan Poe

La «Muerte Roja» había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era su encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía. Y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora. Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil robustos y desaprensivos amigos de entre los caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto, era una locura afligirse o meditar. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja. Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia. Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitidme que antes os describa los salones donde se celebraba. Eran siete —una serie imperial de estancias—. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta yardas había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y las paredes, cayendo en pesados pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un profundo color de sangre. A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero, cuyos rayos proyectábanse a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que, a través de los cristales de color de sangre, se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta minutos (que abarcan tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye), el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación. Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, y su gusto había guiado la elección de los disfraces. Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico —mucho de eso que más tarde habría de encontrarse en Hernani—. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes; veíanse fantasías delirantes, como las que aman los maniacos. Abundaba allí lo hermoso, lo extraño, lo licencioso, y no faltaba lo terrible y lo repelente. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos. Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden —apenas han durado un instante—, y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose de aquí para allá con más alegría que nunca coloreándose al pasar ante las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquel cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias. Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesación angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba, incluso, más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aun el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto; aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata. Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero, al punto, su frente enrojeció de rabia. —¿Quién se atreve —preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban—, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apoderaos de él y desenmascaradlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas! Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre osado y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano. Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y deliberado. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia del enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a una yarda del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente, pero con el mismo solemne y mesurado paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó a la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la rabia y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Reuniendo el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna forma tangible. Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre, y cada uno murió en la desesperada actitud de su caída. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.