INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta mujer. Mostrar todas las entradas

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.

Chocolate negro - Mercedes Abad

Pongamos que la señora Alondra es una mujer de cerca de cincuenta años. Pongamos que la vida no la ha tratado ni muy bien ni muy mal y que está tan satisfactoriamente casada como puede estarlo una persona después de una secuencia ininterrumpida de veinticinco años de matrimonio. Pongamos que los 2,2 hijos con que la señora Alondra ha contribuido a la reproducción de la especie hace ya tiempo que se abren camino por la vida apartando a codazos a los hijos de mujeres muy parecidas a la señora Alondra. Pongamos que ya no hay el menor atisbo de sorpresa o de desorden o de locura en la vida de la señora Alondra. Pongamos que su vida está estancada en una prórroga, en una especie de prolongación inerte y repetitiva de la partida que, en realidad, concluyó hace rato. Pongamos que la señora Alondra no se formula las cosas de este modo, ni de ningún otro en realidad. Pongamos que a menudo es presa de un profundo desasosiego cuya causa ignora. Pongamos que para combatir esa sensación opresiva toma a menudo chocolate negro, muy amargo.

Pongamos también que la señora Alondra tiene una amiga íntima llamada señora Paloma y cuyas circunstancias vitales, incluida la afición por el chocolate negro, muy amargo, son en lo fundamental muy parecidas a las de la señora Alondra. Pongamos que en el curso del tiempo las dos mujeres han establecido la costumbre de comer juntas una vez al mes. Pongamos también que ninguna de las dos mujeres sería capaz de explicar por qué durante todo ese tiempo han mantenido en secreto sus encuentros mensuales, ocultándoselos en particular a sus maridos, cuando en realidad no hay en esas comidas entre dos viejas amigas nada susceptible de ser ocultado. Pongamos que, en cualquier caso, el hecho de que sus encuentros sean secretos les proporciona a ambas mujeres una extraña y perturbadora sensación de libertad y transgresión, como si hubieran logrado arañarle a su vida una minúscula esfera íntima que les proporciona atisbos de una realidad menos estrecha y mejor ventilada, aunque ellas jamás se lo han formulado de ese modo.

Pongamos que en el curso de una de esas comidas a la señora Alondra se le ocurre de pronto, en una inspiración tan casual como inexplicable, contarle a la señora Paloma que tiene un amante. Pongamos que es la primera mentira que le cuenta a su amiga. Pongamos que, no bien ha soltado su embuste, la señora Alondra se siente tan perpleja como avergonzada y durante unos instantes está a punto de desmentirlo de inmediato. Pero en vista del interés que su mentira ha despertado de pronto en la señora Paloma, decide seguir tirando del hilo de su ficción y la dota de textura y verosimilitud mediante la invención de una serie de extraordinarios pormenores. Pongamos que, al término de esa comida, la señora Alondra ha compuesto el retrato de un hombre espléndido y ha pergeñado algunas de las líneas maestras de una hermosa historia de amor. Pongamos también que esta ficción surte el curioso efecto de imprimirle un nuevo tono, marcadamente más luminoso, a la vida de la señora Alondra. Pongamos que el desasosiego que tan a menudo se apoderaba de su ánimo entra en fase de remisión. Pongamos también que sigue alimentando su ficción no solo cuando se encuentra con la señora Paloma, sino también a solas. Pongamos que ya casi nunca toma chocolate negro, muy amargo.

Pongamos que la señora Paloma nunca ha tenido un amante ni nunca ha contemplado la posibilidad de tenerlo. Pongamos que a raíz de la comida en la que su amiga le contó que tenía un amante la señora Paloma empieza a tomar dosis mucho más altas que antes de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que desde entonces una extraña jauría de pensamientos disparatados, enfurecidos e indomeñables le aúllan en el cerebro noche y día. Pongamos que trata de amordazar a esos perros aulladores sin resultados apreciables. Pongamos que lo que le aúllan los perros noche y día es que su vida está vacía, que se halla en un punto muerto, y que todo, o por lo menos lo mejor, se acabó ya tiempo atrás. Pongamos que después de cierto tiempo conoce a un hombre, que ni le gusta mucho ni le disgusta, y lo convierte en su amante. Pongamos también que, comparado con lo que sabe del amante de la señora Alondra, su propio amante se le antoja ligeramente decepcionante.

Pongamos que cuando la señora Paloma le confiesa que ella también tiene un amante, la señora Alondra no piensa ni por un momento en la posibilidad de que el amante de su amiga sea un hombre real. Pongamos que la señora Paloma omite comunicarle a su amiga su leve decepción. Pongamos también que la señora Alondra se alegre sinceramente de que la señora Paloma se haya decidido a seguir su ejemplo, pues no duda de que así la vida de su amiga experimentará la sensible mejoría que se produjo en la suya desde el momento en que tuvo la curiosa y feliz ocurrencia de inventarse un amante.

Pongamos que en su siguiente encuentro, la señora Alondra se sorprende al descubrir que la señora Paloma no parece particularmente contenta. Pongamos que la señora Paloma se muestra renuente a hablar de su propia aventura y que, en cambio, le pide a la señora Alondra detalles significativos de la personalidad de su amante y del curso que toma su relación. Pongamos que a la señora Alondra le da por pensar, claro que solo es una mera sospecha carente de fundamentos, que acaso la señora Paloma no esté demasiado satisfecha de su amante.

Pongamos que al término de la comida las dos amigas piden, como acostumbran a hacerlo siempre, chocolate negro, muy amargo. Pongamos que la señora Alondra apenas si lo prueba. Pongamos también que la señora Paloma se da un auténtico atracón de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que precisamente mientras observa a su amiga comer con voraz ansiedad el chocolate negro, muy amargo, la señora Alondra comprende que la señora Paloma se ha inventado un amante equivocado y que el suyo, desde luego, es mucho más competente.


Mancha - Iban Zaldua

Era como un chancro que se extendía semana tras semana, casi imperceptiblemente, entre negro y gris, homogéneo, compacto. No lo creerán ustedes, pero al principio casi ni me enteraba: echaba un poco de lejía de la amarilla, un chorrito de limpiahogar con olor a pino, frotaba con más fuerza la escobilla y tiraba de la bomba, fundiendo todo el fondo de la taza del váter en una explosión de espuma, burbujas y agua limpia. 

No es una labor de esas que me entusiasmen mucho, la de limpiar el cuarto de baño, así que creo que se me puede excusar por no haber tenido suficiente cuidado cuando todo comenzó. Procuraba terminar cuanto antes para ver el programa de las tardes, ese en el que salen esas señoras tan simpáticas y tan, tan inteligentes, y luego esos invitados… 

En fin, que no me fijaba y me volvía enseguida para limpiar el suelo de azulejo, que es lo último que hago —con agua bien calentita— después de repasar a míster Roca. Lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que antes de tomar conciencia del problema ya había visto la mancha, pero que no le había dado ninguna importancia, tratándola como a otra mancha cualquiera. Fue, sin duda, un error.

El caso es que me iba poniendo cada vez más nerviosa. Es difícil de explicar. José volvía muy tarde del trabajo y no traía ganas de nada, solo de sentarse delante del aparato y mirar algún programa concurso de Tele 5. Ahora me doy cuenta de que ya entonces sabía que la mancha estaba avanzando, que lo sabía inconscientemente o así, pero que no acababa de hacerme cargo. Es verdad que notaba algo raro. 

Me demoraba cada vez más limpiando la taza. Incluso le pregunté a Jesús, mi hijo, si no notaba nada extraño en el cuarto de baño, pero como siempre que viene a casa después de pasar uno o dos meses en Madrid creo que ni me escuchó; para pedir dinero por teléfono cuando se le acaba a fin de mes ya se preocupa más, claro, entonces hasta me pregunta a ver qué tal estoy, que si mis varices me están dando mucha lata, que si he ido a la peluquería… y yo caigo como una tonta, normal. 

También se lo pregunté a José, pero sin ninguna esperanza; en eso es como mi hijo o peor, aunque quizás debería decir que es el hijo el que ha salido al padre. Hacía tiempo que no hablábamos de otra cosa que de facturas o de la tele y, durante los periodos electorales, de si iba a votar al partido, que el partido nos necesita ahora que las cosas están más difíciles que nunca, que hay que pararles los pies a esos chupatintas; así durante veinte o treinta días más o menos. Pero yo ya me había acostumbrado.

A lo que no terminaba de acostumbrarme era a la sensación de extrañeza que percibía en el baño. Tengo que decir que yo era la que más horas pasaba allí, pintándome por ejemplo —me gusta salir guapa a la compra— y no podía pasarlo por alto. 

El 13 de junio de 1993 —recuerdo perfectamente la fecha— la vi y supe. Se estaba extendiendo desde el fondo de la taza, desde la derecha, desde ese punto en que la curva se pierde de vista y se adivina el comienzo de la cañería de plomo que conduce al abismo. 

Aquel día froté como loca. Me pasé dos horas intentando limpiarla, abandonando incluso mi «tradicional» técnica de la escobilla, rebajándome a ponerme los guantes de goma —que no me gustan nada porque se pegan y luego no hay manera de quitárselos y hasta hacen daño—, a utilizar el Scotch-Brite, a arrodillarme. 

Inútilmente. José ni me hizo caso a la noche. Aún no estaba nerviosa, pero la verdad es que aquel lamparón que iba como corroyendo el esmalte me preocupaba, así que a la mañana siguiente lo primero que hice fue bajar al ultramarinos de la esquina a por algo más fuerte —y más caro— que mi limpiahogar habitual. Compré tres botellas de un producto muy espeso, alemán, de «eficacia probada», ecológico. 

Olía muy mal, pero en la propaganda decía que no había germen que se resistiera a su potencia limpiadora, y que con una gota bastaba para que una pudiera prepararse allí mismo el té con pastas que tomaba a la tarde con sus amigas. 

Fuera bromas, porque esa propaganda estaba mal e igual valía para Alemania o algún otro de esos países de Europa, que aquí lo más nos juntamos para charlar en torno a una taza de chocolate, acaso con churros, si alguna de nosotras comprueba que el de la caravana no se ha pasado con el aceitorro que suele utilizar; fuera bromas, digo, me apliqué en la tarea nada más llegar a casa, no sin apercibirme, con horror, de que la mancha había crecido más que considerablemente y cubría, como si fueran unos labios amoratados, todo lo que es la boca que se abre a la cañería y luego va a la cloaca y luego al colector y al río y vaya usted a saber si a algún mar. Daba miedo. 

Yo, desde luego, dejé de hacer mis necesidades allí: pensaba que de un momento a otro una rata o algún bicho horrible iba a salir de aquellas profundidades y me iba a morder, o peor todavía, que el propio orificio se alargaría, alargaría, negro como la pez, para pegárseme y absorberme y engullirme con un sonido como chuufff. Gasté los tres litros de producto alemán aquella misma mañana. Para que luego digan.

A la tarde no intenté nada, estaba demasiado cansada. Ni me atreví a acercarme al cuarto de baño. No podía dejar de pensar en que aquella mancha se estaba extendiendo, sin que nada pudiera impedirlo, taza arriba. Pensé en esa película horrorosa que pasaron el otro día por la tele, La invasión de los ultracuerpos, o algo así, donde una especie de sandías espaciales van tomando la forma de los seres humanos que tienen la desgracia de estar cerca de ellas… me estoy liando otra vez, vaya. Pero era una posibilidad. Un virus extraterrestre o similar. 

Se me ocurrió que podía mirar en alguno de los libros de Benítez —los tengo todos—, pero me dio tanto miedo encontrar algo que preferí dejarlo para cuando estuviera menos alterada, así que pasé el tiempo viendo la tele. 

Lo más que hice fue llamar a Jesús a la residencia, pero me dijeron que había salido, y no juzgué oportuno contárselo al padre Alonso, siempre atendiendo las llamadas, siempre tan amable, preguntándome si estaba preocupada por algo, que lo decía por mi tono de voz. Esperé a la noche para hablar con José, pero como si nada, que si la agrupación local esto, que si en la oficina aquello… 

El jueves por la mañana —¿o fue el viernes?— fui a la droguería a por salfumán. «Es lo más potente que hay», me dijo la dependienta, pero por si acaso me dio también unas sales «muy corrosivas. Mientras no le agujereen la tubería… ¿Es de plomo? Son las peores», y continuó con una interminable disquisición acerca de fontaneros, peritos, facturas y seguros, a la que procuré hacer el menor caso posible. 

Volví a casa con una mezcla de afán por limpiar aquella mácula de una maldita vez y de temor porque no sirviera de nada, de que nada sirviera. La mancha invadía ya la parte cóncava inmediatamente inferior al borde, mezclándose con los marronáceos regueros que bajaban de los lados, tan habituales en tazas con unos cuantos añitos: parecía como si la mancha los estuviera utilizando para ascender en su camino hacia Dios sabe dónde. 

Esto de los regueros lo menciono para demostrar que no soy ninguna maniática de la limpieza ni nada que se le parezca; conozco lo que es suciedad habitual, indeleble, con la que se puede convivir. La mancha era distinta, tanto que resistió también al salfumán, aunque destrocé un buen par de guantes de goma y casi, casi me asfixio en las dos horas y media que me pasé allí, frota que te frota. 

Cuando no pude más, que fue cuando se acabó mi arsenal químico, comprobé no solo que la mancha no había desaparecido, sino que había crecido hasta casi rebasar el borde. La punta de los dedos de los guantes, hechos jirones, estaban también tiznados de aquella negrura extraña. 

Era, bien mirado, como una mancha de tinta china extendiéndose con una lentitud exasperante, de forma tentacular, asquerosa. No pude más. Cerré el baño a cal y canto y esperé a que volviera mi marido.

La cosa fue mal. Llegó tarde, cansado, oliendo a tabaco y cerveza, comentando que si los renovadores, ¡ja!, los renovadores habían elevado al comité no sé qué propuesta, casi ni me atendió, esos mamones… «José», tuve que levantar la voz, «José», tuve que repetir más fuerte cuando siguió con su perorata sin mirarme siquiera, «José», y a la tercera dejó de dar vueltas por la sala y se volvió hacia mí, «¿Qué hostias pasa contigo?», no soporto que me hablen así, pero: «Es la mancha, cariño, no la puedo quitar y me da miedo…», y por supuesto, «¿Qué mancha?», hastiada: «Ya te comenté, esa del váter, la que está creciendo sin parar, hay que hacer algo…», «¿Cómo que algo? Se llama al fontanero y sanseacabó», lo que hubiera dado yo por un marido más mañoso, como pienso siempre, «Pero esto es distinto, José, que te digo yo que es muy raro, como si la mancha quisiera salirse, no sé», «Vamos a verlo», por primera vez con una voz varonil, o eso me figuré yo. 

Cuando entramos en el cuarto de baño observé que la catástrofe había adquirido, en aquellas pocas horas, proporciones verdaderamente preocupantes: la mancha engullía no solo ya el interior de la taza, sino que lanzaba sus oscuros tentáculos por encima del borde, los extendía hacia abajo, hacia la base del váter, amenazando con propagarse por el terrazo gris que cubría el piso. 

Era como si la mancha se hiciera una con la loza, como si esta adquiriera, tan naturalmente como era blanca, el color negro, brillante, amenazador de aquella. Podía imaginarme el lavabo, el bidé, la bañera, el resto del cuarto cubierto con aquella película diabólica, viva. No pude reprimir un grito. «¡¿Pero tú estás loca o qué?!», y me miraba como si allí, delante de él, no pasara absolutamente nada, como si mi grito le pareciera algo anormal. «Aquí no hay nada. Si tienes problemas con el váter y te vas a quedar más tranquila, llama a un fontanero y en paz. Déjanos vivir a los demás», y lo vi alejarse por el pasillo, despacio, exasperantemente, como si la escena se estuviera desarrollando a cámara lenta, eso es, y me lo imaginé llegando al salón y quitándose los mocasines, calzándose las zapatillas a cuadros, todo lenta, lentísimamente, sentándose, cogiendo El País y el paquete de tabaco, vociferando como siempre «¡¿Dónde está el mecherooo?!», hasta la náusea, y sentía mi boca seca, áspera, lenta también, no sé si me explico, no pude aguantarlo. 

En un suspiro atravesé el pasillo y, antes de que hubiera rebasado la puerta de nuestro cuarto, lo alcancé y no sé de dónde saqué las fuerzas, pero le hice volverse y, sin compadecerme siquiera de su carucha de sorpresa, empujé su cabeza contra la pared, una, dos, tres, cuatro veces —sonaba tan extraño: crack, crack, crack, crunch— hasta que una marca de sangre apareció sobre aquella pared que no habíamos pintado en años —no sé por qué, en ese momento, fue lo único que se me ocurrió— y resbaló junto a su cabeza y su cuerpo, inusitadamente rápida, hasta el parqué del suelo.

No supe qué hacer. Antes de llamar a la ambulancia probé a fumar uno de sus Ducados, con estilo, como en las películas, pero nunca he podido con el tabaco y la verdad es que me atraganté. El vaso de clarete me sentó bastante mejor. No di ninguna explicación a los enfermeros, no sé si me mirarían raro, pero les dije que iría un poco después al hospital; «Parece muy serio», me susurró uno de ellos a modo de reproche. 

Esperé un rato, sentada en la cocina, me serví otro vaso de vino. Estaba mucho más tranquila. Tuve una corazonada. Me acerqué sin prisa al cuarto de baño y miré. La mancha seguía allí, sí, pero había empezado a retirarse, estaba segura. Los bordes estaban otra vez inmaculados, más brillantes que nunca, y el negro del interior era como si hubiera perdido fuerza, se le veía sin brillo, casi gris. 

Me fui al hospital sin temor. Cuando volví, ya de madrugada, no quedaba prácticamente ni rastro de ella, solo una pequeña mota casi invisible, muy dentro, debajo del agua, debatiéndose, y me quedé unos minutos a ver cómo desaparecía, silenciosa y definitivamente.

¿No es sorprendente? Todo lo que les cuento es real, absolutamente verídico. Y fácil de reconstruir, me imagino, tendrán para eso técnicos buenísimos, con sus videos y todo eso; además, acabamos de cambiar los azulejos y todo, ha quedado un cuarto de baño monísimo, aunque me dirán que es una lástima que no se me ocurriera sacar ninguna foto, es que en el momento… Pero ¿a que es una historia digna de su programa? 

Mi marido ya está mucho mejor y a él también le encantará ir, ahora mismo me lo acaba de confirmar. Y si nos avisan con tiempo les prometo que también podrán ir con nosotros mi hijo y uno o los dos enfermeros de la ambulancia, no creo que sea difícil localizarlos. Llámennos, se lo ruego, en la tarjeta que le adjunto está nuestro número de teléfono. Nos encantará participar en sus Historias familiares extraordinarias. Les juro que no nos perdemos ni uno aquí, en nuestra casa.


La nube de lluvia - Theodor Storm (Final)

Entonces Andrés se acordó del pomito de hidromiel, que hasta ese momento había guardado. Al abrirlo, un perfume se expandió como si miles de plantas —de cuyas corolas habría sido chupada la miel por las abejas para producirlo hace tal vez más de cien años— hubieran florecido. Apenas los labios de la muchacha rozaron uno de sus bordes, cuando ella exclamó con ojos muy abiertos:

—¡Oh! ¿Qué parque tan hermoso es este donde estamos?

¡No es ningún parque, María! Pero bebe, esto te fortalecerá.

Cuando bebió, se puso de pie y miró con ojos penetrantes en torno suyo.

—Bebe tú también, Andrés —le dijo—. ¡Pobre mujer, ha de ser una miserable criatura!

—¡Este es un auténtico elixir! —exclamó Andrés, después de haber probado también—. ¡Sabrá el cielo con qué haya sido preparado!

Fortalecidos, continuaron su camino en alegre charla. No obstante, luego de un rato, la muchacha se detuvo una vez más.

—¿Qué te ocurre, María? —preguntó Andrés.

—¡Oh, nada! Solo pensaba.

—¿Y qué pensabas, María?

¡Pues mira, Andrés! Mi padre tiene la mitad de su heno en la pradera, ¡y yo me escapo con el propósito de hacer llover!

—Tu padre es un hombre rico, María. Nosotros tenemos en el henil, desde hace mucho tiempo, una parte de nuestra cosecha. Pero nuestra cosecha completa cuelga todavía de los enjutos tallos.

—¡Sí, sí, Andrés, tienes razón! ¡Debemos también pensar en los demás!

En silencio, consigo misma, añadió un momento después: «¡Ay, María, María, no salgas ahora con tonterías! ¡Se trata únicamente de tu tesoro!».

Así hubieron de continuar durante un rato, hasta que de pronto la muchacha exclamó:

—¿Qué es esto? ¿Dónde estamos? ¡Es un hermoso jardín!

Habían llegado sin saber en realidad cómo, desde la recta avenida de sauces, hasta un amplio parque. Del requemado y extenso césped se elevaban por todos lados majestuosas arboledas. En efecto, su follaje en parte había caído o colgaba, lánguido y marchito, de las ramas, pero la audaz arquitectura de estas se elevaba, en tanto las opulentas raíces de los troncos brotaban en caprichosas ramificaciones del tierno suelo. Flores en abundancia como no habían visto jamás lo cubrían todo. Sin embargo, marchitas y sin perfume, parecían haber sido dañadas por el mortal enrarecimiento del aire en el transcurso de su floreciente plenitud.

—¡Estamos en el lugar justo, según creo! —dijo Andrés.

 María asintió:

—Entonces, tienes ahora que quedarte aquí hasta mi regreso.

—¡Por supuesto! —replicó él, estirándose a la sombra de un gran encino—. De aquí en adelante te haces cargo. ¡Recuerda bien las palabras y no te equivoques!

Así pues, caminó sola por el amplio césped, bajo esos árboles que parecían llegar hasta el cielo, y al poco rato el joven, que hubo de quedarse rezagado, no la vio más. Ella caminó sin parar por solitarios parajes. Pronto dieron fin las arboledas y el terreno comenzó a descender. Reconoció claramente que caminaba sobre el lecho de unas aguas. Arena blanca y guijarros cubrían el suelo; había allí, esparcidos, cuerpos de peces cuyas escamas plateadas resplandecían a la luz del Sol. 

Vio una grisácea y extraña ave en medio del lecho. Le pareció semejante a una garza, pero era de tal estatura que su cabeza, de ser levantada, sobrepasaría la de una persona. El pájaro mantuvo su largo cuello entre las alas y pareció dormir. María sintió miedo. Aparte de la inmóvil y misteriosa ave, no se apreciaba ningún ser vivo; ni siquiera el zumbido de una mosca interrumpía el silencio que la rodeaba. 

Este parecía gravitar en aquel sitio como un espanto. Por un momento, el miedo la impulsó a llamar a su amado Andrés, pero no se atrevió a hacerlo: el sonido de su voz le parecía en ese desierto más horripilante que todo lo demás.

De suerte que mantuvo la mirada en el horizonte, donde parecían elevarse otras densas arboledas, y sin mirar siquiera de soslayo prosiguió su camino. No se movió la enorme ave cuando, sin ruido, se deslizó a unos cuantos pasos de ella. 

Por un instante, algo resplandeció bajo la blanca piel del párpado. Suspiró aliviada. Luego de dar unos cuantos pasos, el lecho del lago se estrechó hasta convertirse en un cauce de medianas dimensiones, que corría bajo un holgado grupo de tilos. El ramaje de estos inmensos árboles era tan denso que, a pesar de ser pocas las ramas, ningún rayo de Sol lo penetraba. 

María continuó caminando por el canal. Bajo la alta y tupida bóveda de árboles se sintió impresionada por la imprevista frescura que la envolvía. Casi le parecía como si caminara hacia el altar de una iglesia. De pronto, sus ojos fueron heridos por una refulgente luz; los árboles habían quedado atrás y, delante de ella, se elevaban unas pardas rocas sobre las que ardía el Sol más deslumbrante.

María se hallaba en un foso de arena en el que normalmente debía haber caído, entre las peñas, una cascada que remataba su cauce en el lago, ahora totalmente seco. Buscó con la mirada un camino entre las rocas. Algo la asustó de improviso. Aquello que estaba en mitad del barranco no podía pertenecer al macizo de rocas. 

Aunque igualmente gris e inmóvil como el precipicio, reconoció a primera vista que se trataba de un vestido que cubría bajo sus pliegues a una figura que dormía. Se acercó conteniendo apenas la respiración. Entonces le fue posible ver con claridad. 

Era una hermosa y sólida figura femenina. La cabeza pendía recayendo sobre el fondo rocoso. La rubia cabellera se esparcía hasta la altura de las caderas y estaba cubierta de polvo, así como de un reseco y marchito follaje. María la contempló arrobada.

«Debió haber sido muy hermosa —pensó— antes de que sus mejillas se hicieran tan flácidas y se hubieran hundido tanto sus ojos. ¡Ay!, qué pálidos están sus labios. ¿Será acaso la señora Nube? ¡Pero esta que está aquí no duerme! ¡Es una muerta! ¡Oh, se está terriblemente solo en este lugar!».

Pero la firme muchacha se recobró al instante. Se aproximó cuanto pudo y, arrodillándose e inclinándose ante ella, acercó los frescos labios al oído de la durmiente, tan pálida como un mármol. Momentos después, haciendo acopio de valor, habló con clara y resuelta voz:

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

Al momento, leves susurros alcanzaron las copas de los árboles y, a lo lejos, se oyeron agudos truenos de una tormenta. Al mismo tiempo, un sonido penetrante pareció venir del otro lado de las rocas, cortando el aire como el grito rabioso de una cruel y feroz bestia. Cuando María miró hacia lo alto, la figura estaba erguida frente a ella.

¿Qué quieres? —preguntó.

—¡Ay, señora Nube! —contestó la muchacha, aún de rodillas—. ¡Habéis dormido cruelmente durante muchísimo tiempo y ahora todo follaje y toda criatura están a punto de consumirse!

La mujer la miró muy sorprendida, como si se esforzara por volver de un profundo sueño. Finalmente, con voz apenas audible, preguntó:

—¿Ya no brota agua de la fuente?

—No, señora Nube —respondió María.

—¿Y mi ave no vuela más sobre el lago?

—Duerme parada bajo el ardiente Sol.

—¡Ay! —gimió la mujer—. Apenas tenemos tiempo... ¡Ven, sígueme! Pero no olvides esa vasija que está a tus pies.

María hizo lo que la mujer le indicó y en seguida ambas escalaron las rocas. Arboledas inmensas y flores aún más hermosas brotaban de la tierra, si bien todo parecía marchito y sin perfume. Caminaron a lo largo del canal del río, oculto hasta ese instante por los monolitos de roca. 

Lenta y vacilantemente, caminaron la mujer y, detrás suyo, la muchacha, que miraba con tristeza a su alrededor. María advirtió que, pese a todo, aún quedaba un verde brillo en el césped. Al pisar tan peculiarmente, no podía dejar de llamarle la atención el breve susurro que su vestido arrastraba sobre la marchita hierba.

—¿Llueve ya, señora Nube? —preguntó.

—Desgraciadamente no, mi niña. Primero tienes que destapar el pozo.

—¿El pozo? ¿Pues dónde está?

Acababan de dejar atrás la arboleda.

—¡Allá! —señaló la mujer, y a cientos de pasos delante de ellas María vio elevarse una inmensa construcción; parecía un apilamiento desordenado de piedra gris.

«Parece llegar hasta el cielo», pensó María, pues en el punto más alto de la construcción todo se diluía entre brumas y resplandores solares. La eminencia de la parte frontera se elevaba en gigantescos torreones; interrumpida por altas cavidades de arcos y ventanas, no permitía, sin embargo, ver al interior.

Se encaminaron por espacio de varios minutos hacia el sitio hasta detenerse en la empinada margen de un río, que parecía apuntalar la construcción. Pero allí también el agua se había evaporado hasta el punto de quedar reducido a un hilillo que fluía en el centro del cauce. Una destartalada barquilla se posaba sobre la capa lodosa de la ribera.

—Cruza el río —dijo la mujer—. Sobre ti no tiene ningún poder. Pero no te olvides de sacar agua. ¡Pronto la vas a necesitar!

Cuando María, obedeciendo su orden, dejó la orilla, casi de inmediato retiró el pie debido al tremendo calor que su planta abrasaba desde el suelo. «¡Bah, que se quemen los zapatos!», pensó mientras seguía caminando con la vasija en la mano. Pero de pronto se detuvo; una expresión del más profundo terror asomó a sus ojos: un pesado y pardo puño quebró bajo su peso, muy cerca de ella, la capa de lodo mientras sus torcidas falanges hacían por atrapar a la muchacha.

—¡Ten valor! —escuchó que le dijo la voz de la mujer, quien gritó desde la orilla, a sus espaldas.

En ese momento pegó un fuerte grito y la imagen desapareció.

—¡Cierra los ojos! —oyó de nuevo exclamar a la mujer.

Continuó entonces su paso con los ojos cerrados, pero al sentir que uno de los pies tocaba el agua, se inclinó a llenar la vasija. Luego escaló cuidadosamente, evitando cualquier tropiezo, a la otra orilla. Tan pronto como llegó al palacio penetró, latiéndole con fuerza el corazón, por uno de los portones abiertos. 

Ya dentro se quedó de pie, llena de admiración, ante el pórtico. Parecía ser un único e inmenso espacio. Macizas columnas de estalactitas transportaban una extraña techumbre hasta alturas insospechadas. María casi llegó a pensar que no eran sino unas grises y gigantescas telarañas colgando de todas partes, entre los capiteles, en forma de nudos y cabos.

Permaneció así en el mismo sitio, como perdida. En un momento divisó la lejanía, de uno a otro extremos, pero los inmensos espacios le parecían no tener fin, no así el frontispicio, que fue por donde ella entró. Una tras otra se erguían las colinas y, pese a todo su esfuerzo, no pudo ver dónde terminaban. De pronto, su mirada quedó prendada de una enorme cavidad abierta en la tierra. ¡Sí, no lejos de ella había un pozo! Vio también la dorada llave encima del escotillón.

En tanto iba hacia él, notó que el suelo estaba cubierto con baldosas de piedra, como en la iglesia del pueblo. Avanzó entre abundantes y resecos carrizos y prados. A esas alturas, ya nada le asombraba.

Tan pronto llegó al pozo, quiso tomar la llave; de inmediato retiró la mano. La llave lucía bajo la diáfana luz de un rayo solar y tuvo entonces por cierto que brillaba de un color bermejo no por ser de oro, sino por su incandescencia. Decidida, vació el agua encima de ella, de manera que borboteó multiplicando su eco en los dilatados espacios. Luego, abrió rápidamente el pozo. Un fresco aroma se elevó al quedar abierto el escotillón y pronto la atmósfera fue saturándose con un fino y húmedo vapor que ascendía por las columnas envueltas en irisados celajes.

Pensativa, María se paseaba dando vueltas. Respiraba un aroma refrescante. Entonces, a sus pies, dio inicio un nuevo milagro. Lloviznaba, como una exhalación, una humedad ligeramente reverdecida sobre la delgada capa vegetal, haciendo que los tallos se irguieran, y la muchacha se paseó entre una abundancia de hojas y frescos pétalos, al pie de las columnas. 

Todo era un azul de nomeolvides del cual surgían iridáceas de color amarillo y violeta que despedían un tierno aroma. Por las puntas de sus hojas revoloteaban libélulas de gráciles y relucientes alitas, arrebozadas encima de los cálices; el suave perfume, que no dejaba de elevarse desde el pozo, iba saturando cada vez más el aire, como ondulaciones de chispas plateadas que centelleaban bajo el sol.

María no daba fin a su encanto y admiración cuando oyó a sus espaldas un placentero suspiro, dulce y suave como el de una mujer. Y, en efecto, al dirigir su mirada hacia el pozo, pudo advertir la figura de una mujer extraordinariamente hermosa y exuberante, como si hubiese florecido sobre el verde y musgoso brocal. 

Apoyaba la cabeza sobre el desnudo y blanco brazo, sobre el cual el cabello se esparcía en dorados rizos; tenía la mirada perdida hacia lo alto de la cúpula, entre los remates de las columnas.

María dirigió automáticamente su mirada hacia ese mismo punto. Vio entonces que lo que había creído una enorme telaraña no era sino el fino tejido de las generosas nubes, que cobraban cuerpo con el perfume que ascendía desde el pozo. En ese momento se desprendió sin ruido tal nubarrón del centro de la bóveda, que María vio el rostro de la hermosa mujer, junto al pozo, como a través de un velo gris. Rejuvenecida, de pronto la mujer dio unas palmadas y de inmediato la nube flotó en una abertura y se deslizó hacia afuera.

—¡Bien hecho! —exclamó la bella mujer—. ¿Y qué te parece? —le preguntó, y sus rojos labios sonrieron dejando ver la deslumbrante blancura de sus dientes.

Después, a una señal, la hizo acercarse; ella se dejó caer suavemente sobre el musgo, a su lado. Al advertir el descenso de una voluta aromática, la mujer dijo:

—Ahora, palmea con tus propias manos.

Y cuando María hizo lo indicado y la nube ascendió hasta desaparecer, la mujer exclamó:

—¿Ves qué fácil resulta? ¡Pero si lo haces mejor que yo!

Admirada, María observó a la hermosa mujer, desbordante de alegría.

—Pero, ¿quién sois realmente?

—¿Quién soy? ¡Ay, niña, vaya simpleza!

—¿Eh? ¡Perdonadme! ¡Pero es que sois tan hermosa y alegre!

Entonces la mujer guardó de pronto silencio.

¡Sí! —exclamó—. Estoy ahora muy agradecida contigo. Si no me hubieras despertado, el Hombre de Fuego se hubiera convertido en maestro y yo no hubiera tenido más remedio que ir de vuelta con la Madre en lo profundo de la Tierra.

Encogió un tanto los blancos hombros como si un terror interno la hubiera estremecido. Luego añadió:

—¡Y tan hermoso y floreciente que es aquí arriba!

María tuvo que contarle cómo había llegado hasta ese lugar. Plácidamente sentada sobre el musgo, la mujer la escuchaba. De vez en cuando, tomaba cualquier flor que a su vera brotaba y la prendía del cabello de la muchacha o del suyo propio. Al escuchar el relato de su difícil caminata a lo largo de la enorme avenida de sauces, la mujer suspiró y dijo:

—Esa avenida fue construida alguna vez por vosotros los humanos. ¡Pero de eso hace ya mucho tiempo! Trajes como el que tú vistes ahora no los he visto nunca antes. Tiempo atrás me visitabais más a menudo. Yo os daba semillas, simientes para nuevas plantas y cereales. Agradecidos, compartíais conmigo vuestros frutos. Así como no me olvidasteis, yo tampoco me olvidé de vosotros y así vuestros campos no carecieron nunca de lluvia. Pero desde hace mucho me sois extraños, ya nadie me visita. Desde entonces, por el calor y el hastío, me he quedado dormida, con lo cual el traicionero Hombre de Fuego pudo hacer suya la victoria.

Entre tanto, María se había tumbado sobre el musgo. Cerró los ojos. En torno suyo caía un tenue rocío y la voz de la hermosa mujer resonaba en sus oídos con un timbre dulce y familiar.

—Solo una vez —continuó la mujer—, pero de eso hace también mucho tiempo, vino una muchacha de aspecto muy semejante al tuyo. A decir verdad, vestía muy parecido a ti. Le obsequié miel silvestre, y ese fue el último regalo que un humano recibió de mí.

¡Mirad! —dijo María—. ¡Qué coincidencia! ¡Aquella muchacha tiene que haber sido la antepasada de mi amado y el elixir que hoy me ha fortificado tanto era seguramente vuestra miel silvestre!

La mujer pensó sin duda en la joven amiga de antaño al preguntar:

—¿Aún tiene esos hermosos rizos color castaño sobre la frente?

—¿Quién, señora Nube?

—¡Pues la antepasada, como tú la llamas!

—¡Oh, no, señora Nube! —replicó María, sintiéndose en ese momento apenas perceptiblemente superior a su poderosa amiga—. Ella se convirtió en una anciana.

—¿Anciana? —preguntó la hermosa mujer; no entendía tal cosa, pues la edad le resultaba un concepto desconocido.

María tuvo gran dificultad para explicárselo.

—¡Fijaos bien! —le dijo finalmente—. ¡Cabello gris y ojos enrojecidos en un ser malhumorado! ¡A eso le llamamos anciano nosotros los humanos, señora Nube!

¡Claro! —replicó la mujer—. Ahora recuerdo, había una de ellas entre las mujeres... Pues entonces dile que vuelva conmigo, la convertiré de nuevo en un ser alegre y hermoso.

María movió la cabeza.

—Eso ya no es posible, señora Nube —le dijo—, hace ya mucho que la antepasada descansa bajo tierra.

La mujer gimió:

—¡Pobrecilla!

Entonces ambas guardaron silencio sobre el suave musgo, donde permanecían placenteramente tendidas.

—¡Pero, niña! —exclamó de pronto la mujer—. ¡De tanto charlar nos hemos olvidado por completo de la lluvia!

—¡Caramba, aquí uno se empapa como un gato! —exclamó María, abriendo los ojos con asombro.

La mujer se rio.

—¡Tan solo palmea un poco más! ¡Pero ten cuidado, no vayas a disolver las nubes!

De esta manera empezaron a palmear; pronto las nubes se hicieron más densas, la neblina se apretujaba junto a las escotillas y se dispersaba en el aire. Poco después, María vio una vez más el pozo y el verde prado, ahora cubierto de incontables iridáceas amarillas y violetas. Asimismo, se despejaron enseguida los huecos de las escotillas. A lo lejos, por encima de los árboles del jardín, vio cubrirse el cielo por completo. El sol iba desapareciendo lentamente. No pasó mucho tiempo cuando escuchó el chubasco como agua corriendo sobre ramas y matorrales, susurrando sin cesar con poderoso ímpetu.

María estaba sentada, muy erguida, con las manos entrelazadas.

—Señora Nube —dijo en voz baja—, está lloviendo.

La mujer asintió en silencio, a sus espaldas, inclinando su hermosa y rubia cabellera. Estaba también sentada, como sumida en ensueños.

De pronto, estalló una fuerte y aguda crepitación. Cuando María, temerosa, miró hacia afuera, vio elevarse al cielo, desde el cauce del anchuroso río que había cruzado hacía poco, inmensas y vaporosas nubes blancas. En ese momento se sintió abrazada por la hermosa Mujer de la Lluvia, quien se oprimía temblando contra la jovencita, que permaneció junto a ella.

—Ahora las nubes están derramando agua sobre el Hombre de Fuego —susurró la mujer—. ¡Escucha cómo se defiende! Pero su lucha será inútil.

Así se mantuvieron abrazadas durante algún rato. De pronto, todo estaba en calma; afuera no se escuchaba más que el suave murmullo del bosque bajo la lluvia. Se levantaron en ese momento y la mujer bajó la puerta corrediza del pozo y la cerró.

María besó su blanca mano y le dijo:

—¡Os doy las gracias, querida señora Nube, por mí y por toda la gente de nuestro pueblo!

Luego añadió, un tanto vacilante:

—¡Y ahora quisiera regresar a casa!

—¿Quieres irte ya tan pronto? —preguntó la mujer.

—Sabéis que mi tesoro me está esperando, seguramente ha de estar empapado.

La mujer elevó el índice y le dijo:

—¿En adelante no lo dejarás esperar nunca más?

¡Seguro que no, señora!

—Entonces ve, hija. Y cuando vuelvas a casa cuéntales de mí a los demás para que no me olviden. ¡Y ahora, ven! Te voy a acompañar.

Afuera, en el fresco rocío, habían brotado por todos lados, entre árboles y matorrales, prados verdes y follaje. Cuando llegaron al río, el agua había llenado de nuevo todo su cauce y, como si las esperara, la barquilla, al parecer restaurada por una mano invisible, flotaba mecida por las aguas, muy cercana a la hierba de la orilla. 

Embarcaron cada una en silencio y el bote se deslizó hacia la margen opuesta mientras el lento oleaje se deshacía entre arabescos y rumores sobre la corriente de las aguas. De pronto, al pisar la otra orilla, cantaron los ruiseñores, muy cerca de ellas, bajo el fresco cobijo de los matorrales.

—¡Oh! —dijo la mujer, suspirando profundamente desde lo más hondo de su corazón—. Es todavía temporada de ruiseñores. ¡Hemos actuado muy a tiempo!

Caminaron a lo largo de un hilo de agua que conducía a la cascada. Esta caía con inusitada fuerza, rebotando en las rocas, corriendo después por el ancho canal, bajo la amplia sombra de unos tilos. Al descender, tuvieron que continuar su camino por la orilla, junto a los árboles. 

Al salir de nuevo al aire libre, María observó el extraño pájaro volando en amplios círculos por encima del lago, cuyos meandros se extendían hasta donde las dos caminaban. Luego siguieron por la parte baja, a lo largo del borde, mientras escuchaban el susurro del agua, que corría sobre la lustrosa y densa arena de la playa. 

Miles de pétalos se abrían por todas partes. María vio también violetas y lirios de mayo y otras flores que reconoció, y cuya temporada de hecho había pasado hacía mucho tiempo pero que, a causa de la malsana canícula, no habían podido desarrollarse a tiempo.

—Ellas tampoco quieren quedarse atrás —dijo la mujer—. Ahora todo florece al mismo tiempo.

Solía sacudir su rubia cabellera de manera que las gotas de agua refulgían en torno suyo como chispas; o unir las manos, con lo que el agua corría entre los blancos brazos como en el interior de una concha. Asimismo, separaba las manos y allí donde las chispeantes gotas tocaban el suelo, se elevaban nuevos aromas; un colorido juego de copiosas y relucientes flores nunca vistas se esparcía en todo el prado.

Pronto llegarían al lugar donde se había quedado Andrés. ¡Y así era! Apoyado en uno de los brazos, estaba tendido bajo los árboles; parecía dormir. Pero cuando María vio a la hermosa mujer caminar tan orgullosamente al lado suyo con sus encendidos y sonrientes labios, se sintió de pronto tan torpe y fea que pensó: "¡Ay, no! ¡Esto no está nada bien! ¡Andrés no puede verla!", y le dijo en voz alta:

—¡Os doy las gracias por vuestra compañía, señora Nube —replicó María—, él es un muchacho como los demás, y justo lo bastante bueno para una muchacha de pueblo!

La Mujer de la Lluvia la miró escrutadoramente.

—¡Tontuela, eres muy hermosa! —le dijo, y elevó amenazadoramente el índice—. ¿Y eres también la más guapa del pueblo?

Entonces la hermosa muchacha se sonrojó visiblemente y sus ojos se inflamaron al levantar los párpados. No obstante, la mujer volvió a sonreír.

¡Pues entonces escucha, María! —le dijo—. En vista de que ya han brotado de nuevo todas las fuentes y ríos, puedes seguir un camino más corto. Primero toma a la izquierda. Luego de la hilera de sauces hallarás una barca. ¡Sube a ella tranquilamente! ¡Te llevará segura y rápidamente a tu casa! ¡Y ahora, adiós! —exclamó, poniendo el brazo alrededor del cuello de la muchacha, besándola—. ¡Oh, qué dulces y frescos se sienten estos labios humanos!

Luego se dio vuelta y caminó bajo la lluvia cruzando un prado. Comenzó a cantar; su canto era dulce y monótono, y cuando la bella silueta desapareció entre la arboleda, María no supo si aún escuchaba su canto lejano o tan solo el susurro de la lluvia.

La muchacha se quedó parada un momento más; luego, como sumida en una súbita añoranza, se ciñó con sus propios brazos.

¡Adiós, querida y hermosa Nube, adiós! —gritó.

Pero ya no hubo respuesta. Al momento, se dio cuenta con claridad de que era la lluvia lo que había escuchado.

Al encaminarse hacia la entrada de un jardincillo, vio al joven de pie, muy erguido, bajo los árboles.

—¿Qué miras tanto? —le preguntó, estando cerca de él.

—¡Caramba, María! —exclamó Andrés—. ¿Quién era esa mujerona tan hermosa?

La muchacha tomó del brazo al joven y con un brusco jalón lo hizo volverse.

—¡No se te vayan a salir los ojos! —le dijo—. Esa mujer no es para ti. ¡Es la señora Nube!

Andrés se rio.

—¡Pues qué bien la has despertado, María! —replicó él, sin atender a su celoso reclamo—. ¡Ya lo he notado desde aquí! ¡Nunca antes ha sido tan torrencial la lluvia ni en mi vida he visto todo tan reverdecido! ¡Pero ven! Vamos a casa. Tu padre ha de cumplir su palabra.

Más tarde, en las cercanías de los sauces encontraron la barca y subieron a ella. La tierra baja estaba completamente inundada; el aire y el agua rebosaban de toda clase de aves; las esbeltas golondrinas se precipitaron lanzando garlidos por encima de sus cabezas, sumergiendo las puntas de sus alas en la corriente, en tanto que una gaviota nadaba, majestuosa, al lado de la rauda embarcación. En las verdes isletas que iban dejando atrás en su camino, llegaron a ver gallos de dorada cresta que peleaban entre sí.

De esa manera se deslizaron velozmente. Aún caía un poco de lluvia, tenue pero incesante. Después, el curso del agua se angostó y pronto esta se convirtió en un río de medianas dimensiones.

Andrés miraba desde hacía rato a lo lejos, con la mano puesta encima de los ojos a manera de una visera.

—Observa, María —exclamó—. ¿No es ese mi campo de centeno?

—¡Claro, Andrés! ¡Y qué bellamente ha reverdecido! ¿Pero es que ya te has dado cuenta de que hemos venido en el curso de nuestro riachuelo?

—Cierto, María. Pero, dime, ¿qué es lo que hay más allá? ¡Todo está inundado!

—¡Ay, santo Dios! —exclamó María—. ¡Esos son los pastizales de mi padre! Mira, todo el heno está flotando.

Andrés oprimió con la suya la mano de la muchacha.

¡No te preocupes, María! —le dijo el muchacho—. Pienso que el precio no ha sido muy alto, y mis campos tan mayores frutos darán.

La barca se detuvo poco antes de llegar junto al enorme tilo del pueblo. Treparon por la orilla y de inmediato caminaron tomados de la mano calle abajo. Entonces, desde todos lados fueron saludados efusivamente, ¡pues de seguro la madre Stine había hablado bastante durante su ausencia!

—¡Llueve! —gritaban los niños al correr por las calles, empapándose bajo el agua.

—¡Llueve! —dijo el primo Schulze, mirando placenteramente desde la ventana cuando, al pasar ellos, los sacudió con un fuerte saludo de manos.

—¡Sí, sí, llueve! —dijo el padre de María, que con su pipa en la boca estaba en ese momento en la entrada de su casona—. Y tú, María, ¡bien que me has mentido! Pero entren los dos. Andrés, como dijo el primo Schulze, ha sido siempre un buen muchacho; su cosecha, igualmente, será buena este año, y si en los próximos tres hay otra vez lluvia, no está nada mal que ricos y pobres se acerquen. ¡Vayan con madre Stine para que arreglemos el asunto!

Varias semanas habían transcurrido desde entonces. La lluvia había dejado de caer desde hacía algún tiempo y las últimas pesadas carretas entraban y salían de los graneros, adornadas con coronas de flores y cintas ondulantes.

Bajo el resplandor del sol, una procesión nupcial se dirigía a la parroquia. María y Andrés eran los novios; detrás de ellos, tomados de la mano en el cortejo, seguían los padres de ambos.

Muy cerca del atrio, al apenas comenzar a escucharse los sonidos que un anciano del pueblo arrancaba al órgano para darles el recibimiento, de pronto una nubecita blanca se acercó y ligeras gotas cayeron sobre el tocado de la novia.

¡Eso es de buena suerte! —gritaron algunos de los congregados en el atrio.

—¡Fue la señora Nube! —susurraron entre sí los novios, estrechándose las manos.

Poco después, la procesión entró en el templo. Brilló de nuevo el sol, la música del órgano dejó de escucharse y el párroco dio inicio a su tarea.