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Viento - Eraclio Zepeda

El Matías estaba con el aburrimiento prendido de los labios. El mal tiempo había llegado quince días atrás, y desde entonces, no había dejado de caer esa agüita tonta y desesperante que pone de mal humor a los hombres y a los animales. Los cerros se habían perdido desde dos semanas antes en una neblina espesa venida de quién sabe dónde.

—Vientooo. .. Vientooo...

Sentado a la puerta de su jacal veía pasar a las bestias que se hundían hasta la barriga en el lodo del camino; los arrieros, con el coraje bajándoles junto con el agua que resbalaba de los sombreros, veían a Matías impasible en su observación del cielo, del tiempo, de los trabajos, de las lluvias, de los vuelos húmedos y nerviosos de las grandes aves carniceras.

Nada era demasiado importante para que Matías abandonara su oficio de observador del agua. Ya no aguantaba esto de tener que pasarse metido adentro de la casa, aguardando a que el día menos pensado el sol alumbrara estos campos de Solosuchiapa, y el calorcito ahuyentara la humedad que todo impregna. El gusto que da, durante el primer día de sol, salir a la montaña para gozar las gruesas bocanadas de vaho que se elevan desde los troncos derribados o desde los montones de enredadera podrida; ese gusto ya hacía tiempo que no se disfrutaba por estos lados.

—Vientooo... Vientooo...

Matías llamaba al viento del Sur para que se llevara al temporal para allá, para el rumbo de Pichucalco. El viento, que todo puede hacer, mover los guanacastes más pesados, avisar al venado que el tigre o la escopeta se encuentra cerca, el viento que sanea los campos cuando hay mortandad y que también mete ceguera de agua en los ojos de los enfermos, el viento que ayuda a las mujeres embarazadas ciñéndoles el vestido al vientre, ese viento que todo lo puede, también va a llevarse al chipi chipi.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías llevaba toda la mañana gritándole al tiempo. Su pequeña figura, recia y morena, se destacaba a un lado de la puerta de su jacal junto a las matas de perejil que sembró la Martina, su mujer, antes de morirse. Matías no tenía edad. Desde siempre había estado igual. 

Desde siempre había vivido allí, con su misma casa y su mismo alboroto en los cabellos. Los más viejos lo recordaban de la misma manera: con su calzón blanco, de manta de tres pesos metro, manchado con pringas de plátano macho. Don Rosendo Juárez, el que vio cuando pusieron la campana de la iglesia de Solosuchiapa, cuenta que el Matías tiene la misma facha con que lo conoció. Hasta los tres dedos que le faltan en la mano izquierda ya los había perdido en aquella época.

Matías nunca ha tenido patrón. Siempre se mandó él solo. Desde antes que asomara la trompa de Amado Gutiérrez, dando libertad a los peones, en el año trece, ya el Matías era dueño de sus diez hectáreas. Ni don Rosendo Juárez se acuerda cómo fue que se plantó en estas tierras, situadas entre El Horcón y La Malinche.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tuvo prisa. Si era necesario esperar quince años para comprar la dinamita suficiente para volar las piedras que estorbaban el camino, Matías no se desesperaba. Aguardó tres años para recoger el cadáver de su hijo Quinto, que le mataron en la montaña. Cuando le avisaron, se fue a donde había caído. Lo vio acabando de morir, fresco aún, hasta calientito de la nuca todavía; pero allí lo dejó. 

No lo quiso enterrar  sino hasta tres años después, el día en que, para vengarlo, le metió los veintisiete machetazos del culto a Pancho García que fue quien madrugó al pobre Quinto. Fueron veintisiete machetazos porque esos son los días que tiene la luna llena, y porque esa era la edad del hijo Quinto, y por que a veintisiete leguas, montaña adentro, está el templo de San Miguelito. 

Tres años esperó para vengar al hijo. Tres años después fue cuando se encontró con el asesino. Hasta ese día enterró al pobre Quinto y entonces sí le prendió sus velas, y le quemó copal, y su mujer, la Martina, rezó el rosario, y él le tocó la guitarra y le cantó las golondrinas y regaló a los invitados, dos garrafones de comiteco.

Así era el Matías; nunca tuvo prisa. y ahora ya tenía toda la mañana llamando al viento del Sur para que se llevara el aguacero.

—Vientooo. .. Vientooo...

Las mujeres de Solosuchiapa le tenían rencor al Matías; también le tenían miedo. No porque les dijera cosas al oído, ni porque les tocara las nalgas, sino porque su nagual —decía él mismo—, era la nauyaca, mala culebra que se aparece lista para dar el piquete. Porque decía eso, y porque no llamaba a San Isidro Labrador para que el mal tiempo se acabara, como hace todo cristiano de razón y de juicio.

 

San Isidro Labrador

quita el agua y pon el sol.

 

Así cantaban las mujeres para que se acabara el Norte.

—Pa qué diablos —decía siempre el Matías cuando las escuchaba—. El San Isidro caso es que puede sacar el Norte; caso lo puede correr al chipi chipi. El San Isidro no es siquiera su dueño de él mismo; no se manda solo. Su mozo de Dios es que es el San Isidro. Como lo vas a creer vos, mujer, que lo va a ganar el viento. El viento es culebra. La culebra no tiene dueño, no tiene patrón. No hay en todo el tierra quien pueda regañarla. Es culebra. 

Yo, ¿mirálo caso lo tengo jefe, pues? ¡Porque soy culebra! Ese es mi nagual. El viento es también culebra. ¿Ya no te acordás pues, de cuando cayó la culebra de agua en la mina y que rompió cuanto hay? Primero vino el aironazo; después vino el culebra. Negra se miraba la choricera cuando bajó dando vueltas. Era culebra, esa. La mera culebra del viento que asoma cada que un quetzal se muere de melancolía.

Las mujeres le oían con miedo, pero al momento reanudaban el canto:

San Isidro Labrador,

quita el agua y pon el sol.

 

—¡Ja bestia, pa ser terca mujer! —Regañaba el Matías— al viento sólo se le puede ganar dándole más viento. A la culebra sólo se le mata dándole culebra. Por eso es que se mata pegándole con una tu varita; porque tiene facha de culebra la varita, si no, caso vas a creer que muriera. Yo, mirálo, solo lo voy a morir cuando lo busque la culebra que lo mamó las chichis de mi nana cuando nací. Noche de luna es que tiene que ser, pa que me haga su efecto; pa que me haga enjundia. De otro modo ¡dónde vas a creer que yo me muera!

 

San Isidro Labrador..

quita el agua y pon el sol.

 

—No seas necia, boba. Al viento llamálo, no al San Isidro Labrador que es su mozo de Dios.

Así decía siempre el Matías cuando encontraba gente buscando el fin del chipi chipi.

—Vientooo... Vientooo...

El Matías tenía la misma facha de siempre; el mismo aspecto. No cambiaba. Pero en el fondo, él se sentía ya viejo de los brazos.

—Medio día me cuesta tirarlo un palo de mulato, cuando que hace un año, ¡Adió!, apenas cuando murió la Martina todavía, yo podía tirar la docena en media tarea.

—Vientooo... Vientooo...

El norte aumentaba de intensidad. Se dejó venir un aire que desgajó gruesas ramas frente a la casa del Matías. Pero no fue el viento Sur, el que trae paz, el que trae sol, el que trae música; el que llegó fue el viento del Norte, el viento que trae la muerte, que trae el catarro, que trae la fiebre, que trae los rezos del velorio.

Matías frunció las cejas y se dio un manotazo en las rodillas. Antes, con media hora de llamar al viento, este se aparecía por el rumbo del peñón, abriendo un camino claro entre las nubes negras y llevándose el mal tiempo para Pichucalco. Pero ahora no quería acudir al llamado de Matías.

— Tará enojada la nana culebra que ni caso lo hace del Matías. Sólo eso me faltaba: que la nana culebra me mande también al carajo.

—Vientooo. .. Vientooo...

—El viento nace de la boca de la nana culebra. De allí es que nace. Esa es su mera casa: la boca de la nana culebra. Ella está allá por el camino de Santa Fe. Ese es su nido. Desde allá sopla cuando se lo digo. Quien sabe qué es que le pasa ahora que no quere hacer caso de su hijo Matías. ¡Tan güeno que es él! —y esbozaba una ancha sonrisa al expresar esto—. ¡Tan güeno que es él!

Matías era hijo de la nana culebra. Todo lo indicaba. Ese era el nagual que le había tocado en las señas del patio el día que nació. Además se veía muy claro en su saliva que se mantenía sólida en las hojas que ladean las veredas; se echaba de ver en sus brazos cascarudos y escamosos, en su cara, de rasgados ojos, que se proyecta hacia delante como nauyaca apuntando a los flancos de un caballo. También era fama que podía acercarse a cualquier lugar sin hacer ruido para nada.

—Es que lo arrastro el pié como la nana, sin ruidear —decía.

Matías estaba ya desesperado con el mal tiempo. ¡Para qué diablos tenía que llover en época en que no hay siembras! El agua, entonces, no sirve más que para echar a perder los caminos y para pudrir las raíces de los árboles jóvenes, y para encerrar a los cristianos adentro de sus casas para estarse bebiendo trago o jugando solitarios con las barajas viejas.

—Vientooo. .. Vientooo...

El viento Sur tenía que venir de por el rumbo de Santa Fe. Esto es cosa sabida. De por el rumbo que queda a la izquierda del crepúsculo. De por el rumbo en que el Gobierno está abriendo una carretera. (Por el rumbo de Tapilula están ya las máquinas trabajando, abriendo la montaña, rompiendo las selvas vírgenes, rellenando los pantanos. El primer carro llegó a Rayón hace un mes y hubo cohete y marimba. Para la primavera estarán por las tierras del Martín, llevándose la quietud de siempre con el ruido de las máquinas.)

—Vientooo. .. Vientooo...

El Matías no estaba conforme:

—Puro robar es que es el ingeñero. Ese viene a mi casa. Ta bueno que venga; ¡qué le hace! Pero luego está gritando, quiere mandar, también. Quiere tierra pa que pase el tractor. ¡Pa qué diablo quiero camino yo!  Sólo pa que venga el soldado, el gobierno que pide paga.  Y el ingeñero se queda aquí. Va a querer el rancho, va a querer el casa. ¡Lo que no va a querer es un machetazo que va a llevar! ¿Y a mí? Ese no le hace; que me coma el chucho; que me jimben a la cárcel. Ese tá bueno, van a decir.

—Ansina jué cuando hicieron el camino de la mina. Va a haber de todo, me dijeron. Va a haber chamba, va a haber camión. Si pues, camión hubo... pero camión que trajo el soldado pa matar gente aquí en Solosuchiapa.

—¿Y el ingeñero? .. ese es peor.

Matías, en mucho tiempo, no pudo ir a la mina. Había orden de aprehensión para él. Fue por la trompada aquella que le dio al Ingeniero Jefe de Caminos.

Desde que llegó el ingeniero, quiso contratar Matías para que él le mostrara el terreno para localizar el trazo de la carretera.

—Sólo que lo digás que no sos patrón, es que te voy a acompañar. Sólo así es que voy a ir. Pero no lo estés creyendo que sos mi patrón— le aclaró antes de aceptar el empleo.

—Aceptado Matías. Tu eres el que mejor conoce estos rumbos. Necesito que me acompañes. Y desde luego, tu te mandas solo.

—Acordáte pues, ingeñero.

Así fue como Matías estuvo trabajando en el camino. Le dieron dinero adelantado, a cuenta de su sueldo, que él dejó a la Martina, su mujer, y otro poco que él gastó en trago. Así fue como entró a trabajar al camino.

Más de un mes, Matías acompañó al ingeniero. Hasta aquella noche en que hicieron campamento frente a la finca "La Punta" y empezó a soplar un viento muy fuerte.

—Son los Contra—alisios. .. —dijo el ingeniero.

—Es el Sur. Ese es que es. —replicó Matías.

El ingeniero sonrió y trató de continuar:

—Los Contra—alisios se forman por corriente de aire caliente venida desde el Golfo de México que se encuentra. . .

—Calláte vos, burro. Ingeñero pendejo. Ese no es el que decís. Ese que sopla es el Sur; ¡cómo no lo voy a saber! Es el Sur que nace en el boca del culebra madre. Esa que está por el rumbo de Santa Fe, echada sobre la montaña. Ese que toma viento desde tierra caliente, desde Cinco Cerros, desde Tonalá, desde el mar; desde allá es que lo mete en su cola  y lo viene a sacar por el boca cuando yo lo estoy queriendo, cuando yo le grito a mi nana. Ese es el viento, burro, ingeñero pendejo.

El ingeniero quiso levantarse pero el Matías le dio un golpe en la cara que le hizo caer de espaldas, con las piernas dobladas, en la misma posición que si estuviera hincado.

El Matías agarró camino y no volvió nunca por allí. Se le buscó con orden de aprehensión por los sueldos adelantados. Pero del Matías nunca se vieron las huellas.

Todavía al perderse en la noche, gritó:

—Huyaaa... andá a hacer bobo a tu nana, ingeñero. . .

Matías no aceptaba más verdad que la que le contó su tata, entre trago y trago de pozol, durante los descansos del trabajo.

Vientooo... Vientooo...

Incansable gritaba al mal tiempo; a la nana culebra; a la madre nauyaca. Al viento Sur que limpia de inmundicias la montaña.

—Quién sabe qué maldá es que hice. Quién sabe qué es que dejé de hacer: ya no me quere hacer caso el viento.

—Vientooo. .. Vientooo...

—No he bebido trago; tiene ya cinco días que no bebo trago. ¿Por qué no me va a hacer caso?.. Por que toy viejo ya... ¡carajo!

El Matías no comprendía lo que pasaba.

—Ya son como las dos de la tarde y entodavía no llega el Sur. Y eso que desde que amaneció le estoy aquí grita y grita. . .

Estaba triste. ¿Qué sucede que la nana lo olvida? Eso de sentirse viejo, de sentirse débil, se le empezó a meter por los ojos al Matías.

—Si ya no sirvo pa traer al viento ¿pa qué voy a servir? Ni pa correr por el monte, ni pa levantar una casa, ni pa mercar la sal en Solosuchiapa.

—Vientooo... Vientooo...

—Yo soy el dueño de todo esto. Soy el mero dueño del viento. ¿Por qué pues no va a hacer caso ahora?

Matías se sintió golpeado. Una angustia empezó a agarrársele de los pulmones y le llenó el pecho de tristeza. Matías se sintió solo.

—Ya no hay mujer. Ya el hijo Quinto se quedó quieto bajo el tierra también. Y los otros hijos se murieron chiquitíos de fiebre que les pegó. Sólo yo es que resulté cuerudo. A mi naiden pudo acabarme. Pero ya las siento viejas las piernas. Y el viento que ni caso me hace. . .

—Vientooo... Vientooo...

El camino se perdía en el lodazal. Sólo se escuchaba el ruido largo que producían las bestias al sacar las patas de los agujeros que hacían en el fango. Y el agua cayendo monótonamente en los ojos de todos los hombres y todos los animales del rumbo de Solosuchiapa.

De repente apareció don Manuel Pineda, dueño de la finca "Santa Fe". Venía montado en su mula negra, de paso firme y hermosa estampa. Venía cubierto con una capa de hule de esas que hacen en Teapa, y el gran sombrero charro.

—Buenas tardes Matías... —gritó.

—Idáy pues. .. cómo es que estás vos... –contestó sin levantar la vista.

—¿Estás triste, Matías...?

— Toy. .. poquito. Cómo no voy a estarlo triste. ¿Cómo es que no estás triste vos? .. Vos decís que nunca estás triste. ¡Saber si es cierto!

—No ahora, Matías.

—¡Ja bestia! ¿Tas contento porque sos rico? ¿Así lo vas a decir? ¿Porque tenés finca? ¿Porque tenés cien hectáreas? Pues yo, oílo bien, soy dueño de todo el mundo. Hasta donde alcanza la vista, hasta donde llega el pie, ese es mío. Todo el mundo es que es mi propiedad. ¿Ya lo oíste bien? Y mirálo; yo soy dueño también de los animales que hay por acá. De todo el animalero soy el dueño. Al tigre, oílo, al tigre lo encuentro en el cerro, lo masco mi bobo—tabaco, lo hago pelota con el saliva, lo escupo al tigre, lo pepeno de la oreja, lo monto y me jimbo a recorrer mis tierras. ¿Así soy yo. .. lo viste?

Don Manuel reanudó el camino; le dijo adiós con la mano.

—Andá con la protección del tapir que amanece –le gritó en tzeltal Matías.

El camino quedó solo nuevamente. Ya no hay viajeros, ya no hay bestias. Ya no hay nada. Sólo el lodo y la lluvia. Sólo la voz del Matías.

—Vientooo... Vientooo...

La pena le golpeaba los ojos al Matías. De pronto, de golpe, le dolieron los años, todos los pasos, todos los pleitos; toda su vida le salió de un trancazo del recuerdo y se le fue a meter en las coyunturas.

—Y en día de mal tiempo. .. Eso es lo peor. Viejo toy ya.

—Vientooo... Vientooo...

—y el maldecido que ni caso me hace ya.

Matías recordó su nombre, su fama, su lugar en Solosuchiapa.

Allá nadie desconoce a Matías. Saben que es libre, que es bravo, que es diablo, que es decidido, que es fuerte. Cuando toma aguardiente se cierran todas las puertas de Solosuchiapa.

—Anda bebiendo trago el Matías —dicen.

Cuando llega a Solosuchiapa, siempre mata una culebra, nauyaca, en el camino y entra al pueblo con el cadáver de la víbora rodeándole el cuello. La cola cuelga por su brazo izquierdo, la cabeza queda para el lado derecho. Así debe ser la cola del lado de la zurda, de la noche, de lo malo, de la herida en los muñones de la mano. Así debe ser la cabeza del lado de la derecha, de la sabiduría, de la luz, de la bondad, de lo completo. Sobre el morral queda la cabeza.

Así es como llega siempre al pueblo el Matías. Las mujeres le ven con temor.

—¿Por qué es que lo tenés miedo, bruta? ¿Caso sos doncella, pues? Sólo a las doncellas es que le hace daño el culebra. Este es mi nagual. Es mi hermanita, mi hijita. Dormíte, chula —dice el Matías, y acaricia la cabeza de la culebra, muerta—. Dormíte pues chulita; aquí te voy a meter en el morral. —y hace entrar a la culebra en el morral ante el temor de todos.

Así es el Matías.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tiene prisa. Pero el dolor le llena la  boca de un sabor amargo, y quisiera que el viento Sur, viniera rapidito. Le duele la cabeza y está triste, triste porque el viento no llega nunca.

—Vientooo. .. Vientooo...

Cuando quisieron llevarle en la leva, Matías perdió en la montaña el pelotón que le buscaba. Los dejó allá extraviados; y cuando se fueron separando él los mató a uno por uno.

—Pa qué me iban a llevar pues. Caso soy yo su mula pa que me echen a rodar tierras. Caso soy matón yo. Soldado. .. primero que me pique el culebra en noche de luna.

—Vientooo... Vientooo...

En todo el día, Matías no se movió de la puerta de su jacal. Ahí se estuvo, en su puesto, en su lugar, viendo al cielo, a las nubes negras, a la lluvia, cara al Norte y la esperanza al Sur.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya no había arroz en la casa del Matías. El frijol también se acabó. Y el maíz no aguanta dos días más. Esa es su provisión. No hay nada. Sólo las hojitas de cilantro que sembró la Martina el último día que vivió.

—Pa cuando tengás retortijón —le dijo, y empezó a morirse.

—Vientooo... Vientooo...

Todavía hace veinte días fue a Solosuchiapa. Iba a pedir fiado el Matías en la tienda del Gregorio. Gregorio es rico; tiene más de cuarenta mulas para el acarreo de las mercancías, tiene su rancho de café, tiene radio para oír las noticias de México en la noche; tiene mucho miedo del Matías.

—Güenas noches, Gregorio. ¿Cómo tá tu corazón?

—¡Ah! . .. ¿Qué hubo Matías. Cómo estás. Qué es lo que querés?

—¿Te acordás de aquel tus tres pesos que me diste de frijol hace un mes?

—Sí, claro. ¿Qué......lo vas a pagar?

—Onde vas a creer, bobo. Caso soy rico yo. Caso coseché ya. Caso tenga paga enterrada como tenés vos.

—Pues ya es tiempo que pagués...

—Ya es tiempo... Ya es tiempo de aguas, es que debés decir. Vos tás creyendo que el Matías es pesudo, que es rico. Caso soy ladrón como vos. Caso tengo tienda pa robar la gente. Yo lo siembro la tierra, lo saco el maíz, no lo envuelvo en papel ni lo estoy pesando por poquitíos de balanza igual que las mujeres, como vos lo hacés. Vos tenés paga porque robás. Yo soy hombre honrado; de ley, como los nombran.

—Pero es que ya es tiempo que pagués. . .

—¡la bestia! Sólo eso lo sabés decir. Así también lo andaba diciendo el Serafín Angeles. Pero tanto lo anduvo diciendo que también quedó muerto, sin cabeza, en el camino a Ixhuatán. Porque tenía tienda y robaba mucho. Porque quiso robarme un peso jué que murió.

Ahí velo vos. También te podés morir. También podés quedar en el camino.

—Bueno pues, qué es lo que querés. . .

—Ah! ya lo cambiaste el plática... ¡bueno! Mirálo bien: ese tres pesos que te debo ya lo voy a pagar. ¿Seguro que lo voy a pagar viste? Pero ahora prestáme otros tres pesos de frijol y arroz. Prestámelos y voy a estar contento. . .

— Tomálos, pues.

—Así es como yo me gusta, Gregorio. .. —y entre risas se fue de regreso a su casa el Matías.

Esto fue hace ya veinte días y el arroz y el frijol ya se terminó.

—Pero manque me muera de hambre no voy, hasta que se quite el Norte. ..

—Vientooo... Vientooo...

La lluvia aumentó. El viento empezó a sonar más fuerte y los monos gritaron de miedo y frío desde los árboles.

— Llorá, hermano...

Sólo el grito de los monos acompañó al Matías.

—Vientooo... Vientooo...

Ya no hay cantos de pava, ni de paloma, ni de zenzontle, ni de cardenal. Ya no hay saltos de venado, ni de conejo, ni de tepezcuintle. Ya no hay peleas de potros. Ya no hay nada; sólo el viento.

—Como pa quedarse muerto.

Matías se estuvo en silencio hasta que oyó el ruido del café hirviendo. Quiso levantarse pero no le dio la fuerza. La reuma se le encajó en la rodilla. Mejor se estuvo quieto y contempló, sin pensar en nada, cómo el café rebasaba el jarro y apagaba las brasas del rescoldo. Un ruido como de culebra de cascabel se elevó con el humo. Las brasas corrieron ojitos de conejo por los leños. Después siguió el silencio.

—Que se apague todo de un jalón. Que se apague el lumbre, el sueño, el risa, el guitarra. ¡El Matías que se apague! ¿Pa qué diablos voy a probar todo ésto si ni el Sur llega ni el Norte se va?

—Vientooo. .. Vientooo...

—Ya cayó la noche igual que un caballo muerto. Ni cuenta se da uno. Sigue el viento de agua, el tiempo de agua, el ruido de agua, el golpe de agua. No viene el Sur, no sirvo pa nada. Toy viejo.

—Vientooo... Vientooo...

Ya a esas horas no se ve el camino., ni los árboles, ni las matitas de perejil que sembró la Martina.

Sólo se oye el mal tiempo, el temporal, el Norte.

—Vientooo... Vientooo...

La voz del Matías se estuvo haciendo débil desde la tarde. Tosía a cada rato. Le dolía la garganta. Ya a estas horas, ocho de la noche, sus gritos no los hubiera oído nadie, aunque estuviera a tres pasos.

—Vientooo... Vientooo...

Y el agua que caía y caía. Empezó a colarse por el techo de palmas del jacal.

—Vientooo... Vientooo...

Apenas si abría los labios. Eso era todo. No se oía nada.

—Vientooo. .. Vientooo...

Oyó un ruidito a su derecha y descubrió el grueso de una nauyaca enroscada, lista para el mordisco, para el dolor, para la muerte; los ojitos fijos, la lengua partida, moviéndose hasta causar mareos.

—Ya vinistes, hermanita. ¿Por qué me querés llevar? Ahora que no hay luna. Sólo con luna es que me podés llevar. Que me puedo morir. ¿A qué vinistes, hermanita?

La fina cabeza triangular inició un vaivén con dirección a la cara del Matías. La lengua se hizo más rápida en su movimiento. Una leve tronazón de escamas resultó del cuerpo de la nauyaca.

—Refrescáte hermanita. Andá a decirle a la nana que ya termine el Norte. A yo no me hace caso. Todo el día, desde que calculé la amanecida le he estado gritando al viento. Andá a decirle vos, hermanita, que su hijo Matías quere ya salir, quere ir al pueblo, ya no se quere mojar. Andá a contarle cómo está de fiero el mundo con este lodazal y este frío que se mete en las orejas. Andá a decirle hermanita, que Matías está grita que grita. Andá a preguntarle por qué ya no le hacen caso al Matías.

La mano, recia y morena, la mano derecha de Matías, la mano buena, la completa fue acercándose a la cabeza de la víbora.

—No me oís, esperáte; te voy a acariciar ¿por qué tás enojada? Calmáte.

La mano siguió acercándose. Los ojos de la nauyaca se pusieron rojos de la rabia.

—Esperáte, hermanita...

Rápida, la cabeza se echó al frente, los curvos colmillos se hincaron en la mano del Matías.

— Jija de tu madre.

El dolor fue como de quemada. Sintió que la mano le ardía y se inflamaba enormemente. Ahí entre el índice y el pulgar, en el mero "pellejito del chiflido" como él decía, estaba la doble herida del veneno.

—¿Por qué me mordiste, hermanita? Yo te iba a acariciar. ¿Pero acaso te olvidaste que a mí no me podés matar? Sólo que fuera noche de luna podés fregarme. Y eso, yo queriendo.

La nauyaca volvió a enroscarse Y preparó el cuello nuevamente. Los ojos, pequeños dardos, y la lengua con movimientos lentos, primero, y muy rápidos después.

—Mordéme otra. .. pa que veás. Pa que te des cuenta que al Matías no lo podés fregar. . .

Y acercó la mano, hasta casi rozar la cabeza triangular.

Uno, dos, tres, mordidas rápidas.

El dolor aumentó, pero Matías no quitó la mano, agarró la nauyaca y la sacó de la casa.

—Andáte ya, hermanita. No sea que te vayás a morir.

Andá a avisar a la nana que digo yo que lo quite su mal tiempo.

El dolor era enorme cuando regresó al sitio en que estuvo todo el día, al lado de la puerta y a la derecha de las matitas de perejil.

—Vientooo... Vientooo...

La noche siguió lluviosa y negra.

—Vientooo... Vientooo...

A las diez de la noche empezaron a castañearle los dientes y a sentir que el ardor se le había metido en todo el cuerpo.

—Vientooo... Vientooo...

No quiso tomar las semillas de contraveneno.

—¿Pa qué? Si yo no puedo morir en noche obscura. Sólo que estuviera ya muy viejo es que me moría. Y si lo estoy ya viejo, mejor ni lo tomo la semilla.

Los ojos le quemaban detrás de los párpados. Si los cerraba veía rojo, como si estuviera amaneciendo.

—Vientooo. .. Vientooo...

Movió los pies y vio que una huella de sangre quedaba marcada en el piso.

—Ya lo estoy sudando la sangre. Capaz que toy viejo. . .

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba hinchado; ya los ojos se le perdían en la inflamación del rostro.

—Vientooo... Vientooo...

Un dolor de huesos rotos le partió la espalda. Sin embargo, no se quejó.

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba seguro el Matías que no se podía morir.

—Noche cerrada es seña que el Matías lo tiene la protección —había dicho siempre.

—Vientooo. .. Vientooo...

Era incapaz de mover las piernas y los brazos. Un gran dolor se lo impedía. Empezó a orinarse y no se pudo contener. Estaba empapado en sangre.

—Vientooo...Vientooo...

Los retortijones le cerraban el estómago. Pensó en los perejiles pero no pudo moverse; y ni siquiera había fuego... También pensó en la Martina.

De pronto sintió que el viento era contrario. Que los árboles se movían al contrario.

—¡Viento Sur! —quiso gritar, pero ya su voz venía del fondo de un pozo negro.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya sólo pensaba las palabras; no podía mover los labios.

El Sur pegó de lleno. La lluvia disminuyó y el temporal agarró camino para Pichucalco.

—Viento... No podía dejar de oírme la nana —pensaba como en sueños el Matías.

El cielo se limpió. El viento ya era fresco. El frío desapareció.

—Viento. ..

Se abrió un boquete en las nubes y un claro asomó por ellas.

—La luna...

Fue noche de luna la noche del picotazo de la víbora. La noche de la muerte y del fin del mal tiempo. La noche que asomó el viento Sur era noche de luna.

—Viento.. .

El Sur empujó a las nubes hasta más atrás del peñón. El cielo estaba azul y la luna alumbraba los cerros y los grandes árboles.

Matías sintió que el corazón le estallaba. Se puso morado y casi no respiraba. Ya no sentía nada. Quiso tocarse el pecho pero fue incapaz de mover el brazo.

— Viento ...

Matías se fue cayendo del lado derecho, del lado del Sur, del lado de la luz, del lado de la mano buena, del lado del perejil que le dejó su mujer para que lo ayudara.

—Viento. ..

Con la luna en la cara, Matías se fue quedando muerto.

—Vientooo...

El abrazo - Amparo Dávila

Sentada frente a la ventana se entretenía mirando las gotas de agua que se deslizaban por los cristales. Era una lluviosa y oscura noche de otoño, una de esas noches en que la lluvia cae lenta y continuadamente con monotonía de llanto asordinado, de ese llanto que se escucha por los rincones de las casas abandonadas. 

Desde su asiento podía ver los relámpagos que centelleaban en aquel sombrío horizonte de siluetas de edificios, iluminados sólo breves instantes con la luz de los rayos. De vez en cuando se recargaba sobre la ventana y se ponía a contemplar la calle solitaria y la lluvia que caía sobre las viejas baldosas formando charcas o fugándose en corrientes. 

Era casi todo lo que podía hacer en esas noches cuando el deficiente alumbrado de la ciudad bajaba considerablemente o se interrumpía por intervalos, debido a las constantes descargas eléctricas. 

Noches tristísimas en que sentía el peso de un pasado plenamente vivido, y la soledad presente que la envolvía como ese inmenso silencio, sólo cortado por los truenos, los aullidos de los perros que los vecinos amarraban, o por el viento azotando puertas y ventanas. 

Cansada de mirar la calle desierta tomó su labor de gancho y se sentó a tejer, a tejer también sus recuerdos cuando ella, Marina, lo esperaba noche tras noche espiando su llegada por entre los visillos de la ventana, inquietándose hasta la muerte si él no venía a tiempo. 

A medida que los minutos pasaban se iba poniendo más nerviosa, se miraba al espejo cada cinco minutos empolvándose la nariz una vez y otra, se ponía perfume, crema en las manos, se peinaba, volvía a peinarse, de nuevo perfume, se limaba las uñas, enderezaba la línea de las medias, intentaba leer pero ninguna lectura lograba interesarla y botaba el libro con disgusto; iba y venía por la casa consultando el reloj, despejo, corría a la ventana.

¡Cuántas veces había llorado temiendo que algo le hubiera ocurrido, o que ya no la quisiera más y no regresara nunca! También se atormentaba pensando que estuviera con otra mujer, y sollozaba estropeando lamentablemente el maquillaje, consumiéndose de dolor y desesperación hasta que por fin oía la llave dando vueltas en la cerradura... 

El largo chirrido, como un doloroso lamento, de una puerta que el viento abrió la hizo estremecer, y la ráfaga de aire que llegó hasta ella fue como un aliento frío junto a su cara, un leve soplo helado. Marina se acomodó el chal de lana y fue a cerrar la puerta. Volvió a sentarse y continuó su tejido. 

Raquel la había enseñado a tejer, Raquel, y una gran nostalgia la invadió al evocar el nombre de su amiga, su única amiga. Desde la escuela habían sido inseparables, Marina le contaba todas sus cosas a pesar de que Raquel siempre censuró su manera de ser y de pensar y a toda costa quería cambiarla. 

Era natural que Raquel, educada dentro de una moral demasiado rígida y llena de escrúpulos, no pudiese aceptar ni aprobar nada que se saliera de sus principios, pero a pesar de todo había sido su gran confidente. ¡Qué lejanas y diluidas en el pasado estaban aquellas tardes cuando tomaban el té en el saloncito con muebles Luis XV de la casa de Raquel! Allí hablaban horas y horas, hasta que la tarde caía y ella se iba casi corriendo para arreglarse y esperarlo. 

"Nunca creí ser capaz de amar tanto, Raquel", le decía siempre, y Raquel expresaba su desaprobación moviendo la cabeza, y esbozaba una sonrisa sin decir nada. ¡Cómo le dolió cuando Raquel se casó y se fue a vivir a Viena, nada menos que a Viena, un lugar tan distante. Ella se había sentido muy triste y deprimida el día de la boda, como si tuviera el presentimiento de perderla, presentimiento que se realizó muy pronto. 

Nunca le habían gustado las bodas, y a muy pocas había asistido. A la de Raquel, y a aquella otra. Aquella que decidió su vida...  

Estrenó vestido y sombrero, un vestido de encaje lila que todos opinaron que era muy hermoso; pero ella no se sentía contenta, le molestaba, no, no era sólo eso, se trataba de algo más grave; le dolía mucho, muchísimo, más de lo que nunca hubiera podido imaginar, que se casara él, el amigo que tanto quería desde la infancia, quien había estado siempre tan cerca de ella en todos los momentos alegres y dolorosos. 

Durante la misa no pudo contenerse y había llorado desconsoladamente y sin importarle nada, en aquella iglesia pletórica de gente elegantísima, de flores y de música. Sabía que resultaba absurdo y sobre todo cursi ir a llorar a una boda, pero su sentimiento era superior a toda formalidad y simulación. No soportaba verlo uniéndose para siempre con una mujer insignificante, vulgar, sin ningún atractivo; no, no podía soportarlo porque supo entonces, con toda certeza, que lo amaba y lo quería sólo para ella. 

Después de la ceremonia fue con Raquel a la sacristía a felicitar a los novios. Raquel no le había hecho ningún comentario hasta ese momento, pero era innegable que había descubierto lo que le pasaba. 

Al abrazarlo no pudo impedir que volvieran a brotar las lágrimas. "Es absurdo, ¿no crees?", fue lo único que se le había ocurrido decir, pero en los ojos de él y en el mutuo temblor del abrazo vio que no era absurdo y que la vida comenzaba para los dos en ese instante... 

Nunca volvió a saber nada de Raquel. Desde que se fue a vivir a Viena, no había recibido ni una carta en todos esos años. Tal vez el marido, más lleno de prejuicios que la misma Raquel le había prohibido su amistad, tal vez... ¿Quién lo podía saber? 

Los había perdido casi al mismo tiempo. En unos cuantos meses se quedó completamente sola; pero Marina prefería recordar otras cosas, otros momentos que habían llenado su vida. Aquellas noches en las que ella, ahora, hubiera querido haberse muerto de placer entre sus brazos, habría sido hermoso haber muerto así; las manos enlazadas, las bocas unidas, una sola respiración, un solo estremecimiento y, después…  

Marina comenzó a percibir un olor, como de azahar o de limón o de hojas de naranjo, un perfume que invadía la habitación. Se olió las manos, no olían a nada, a jabón quizá; aspiró hondamente; era el olor que tanto le gustaba, el olor de él, a limpio, a lavanda. "Los aromas permanecen como los recuerdos, se quedan para siempre." 

Cuando él se iba, Marina buscaba en el lecho el olor de su cuerpo y volvía a dormirse pensando que seguía a su lado. Cuando se lo contaba, él se reía. ¡Cómo le gustaba verlo reír!, se veía más joven aún, con ese mechón rubio que al primer descuido le caía sobre la frente, y esa como mueca irónica que hacían sus labios tan finos y bien dibujados. Era tan niño cuando se reía. 

Cuánto lo había amado, cuánto lo amaba, tanto, que ella estaba allí, sin tiempo, sin importarle ya nada, lejos de todo y de todos, confinada, sólo recordando momento tras momento, palabra por palabra, como si no hubieran pasado los años, como si sólo ayer... 

Y Marina sintió una imperiosa necesidad de verlo, de saber cómo había sido. Se levantó y fue a buscar un cofre donde conservaba cartas, retratos, un pañuelo, flores secas, y todas esas pequeñas cosas que se van guardando... 

Ahí estaba rodeado de los maestros el día de su recepción de abogado; al contemplarlo Marina sintió como un hormigueo que le subía por las venas y un sollozo que la ahogaba. Una descarga eléctrica sacudió la noche y la luz se fue. Marina se quedó inmóvil con el cofre abierto esperando que volviera. 

Lentamente las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, después de tanto tiempo de no poder llorar. Cuando creía que ya las había agotado todas, llegaban ahora, como una lluvia tibia, a refrescar los ojos ardidos por la falta de sueño. 

El débil resplandor de una lamparilla de aceite, que acostumbraba tener en su recámara, dejaba llegar hasta la sala una leve claridad. Conservaba esa lámpara encendida constantemente, porque quería que fuera como un testimonio de su amor intacto. Al regresar la luz contempló la fotografía humedecida por las lágrimas...  

Llevaba un traje oscuro la noche de la recepción, se veía muy serio, los nervios sin duda, era muy nervioso, demasiado nervioso, más de lo que sus amigos pensaban, siempre tenía las manos frías y húmedas, ella se las tomaba entre las suyas hasta lograr quitarles la rigidez y calentarlas, sus manos delgadas, largas... En aquella otra fotografía estaban los dos, con amigos... 

Después de la cena habían bailado, bailaba muy bien, recordó aquel paso tan suyo como si arrastrara un poco el pie al dar las vueltas, era bastante alto, ella le llegaba hasta el hombro y ahí recostaba su cabeza, siempre bailaban estrechamente abrazados como si fueran un solo cuerpo, y ella revivió un hondo estremecimiento, una vibración de todo su ser, a su solo recuerdo. 

Un poco mareados por los cocteles habían ido a dar un paseo a la Presa, ella se quitó los zapatos y había corrido descalza por la cortina... 

Marina escuchó unas leves pisadas como si alguien hubiera entrado en la sala, ese ruido de la madera vieja cuando uno camina. "Son sólo los muebles que rechinan y truenan con la humedad, las cómodas, las mesas, las sillas, todo cruje, todo se lamenta, las he oído tantas veces, de noche todos los ruidos se agrandan, el tic tac del reloj que durante el día apenas se escucha, en el silencio de la noche es como un péndulo imponente"... 

Él se había quedado fumando, recargado sobre el pretil de la cortina de la Presa, mirándola correr, sin decir nada, se veía tan pálido bajo la luz de la luna llena, tan terriblemente..., tan terriblemente pálido y hermoso como ahora que la contemplaba inmóvil y sereno allí, de pie cerca del piano. 

Marina se fue incorporando mientras su corazón golpeaba sordo y acelerado, y colocó el cofre sobre una mesa que estaba a su lado. Se quedó sin saber qué hacer ni qué pensar, paralizada, como si de pronto hubiera caído en el vacío, debía ser la sorpresa, la emoción de volver a verlo cuando ya no abrigaba ninguna esperanza y, también, ¿cómo entenderlo, cómo explicárselo?

El no saber si sería su cuerpo, ese cuerpo que ella conocía tan bien, o si sólo sería humo o algo que se deshiciera entre sus manos, ella había visto la caja bajando hacia la fosa, también entonces se había preguntado una y mil veces si era él, su cuerpo, el que estaba dentro de aquella caja metálica que no había podido abrir, porque resultaba superior a sus fuerzas y porque no era posible que él estuviera ahí dentro, rígido, muerto.

Alguien había insistido en que lo viera, que eso era lo mejor, otros opinaron que no soportaría ver su rostro destrozado, después empezaron a echar la tierra, las palas de los enterradores fueron llenando la sepultura, aquella tarde neblinosa y fría de noviembre... 

No, no podía moverse, era como si hubiera enraizado y no consiguiera romper esos cuantos pasos que los separaban y correr hacia él, echarle los brazos al cuello como antes cuando lo veía llegar, no se atrevía a tocarlo y era lo que más deseaba, lo que esperó tanto tiempo, nunca pudo contenerse ante él, invadida por una vehemencia irrefrenable, una pasión que la precipitaba hacia sus brazos, quería abrazarlo, besarlo, recorrer su cuerpo reconociéndolo todo..., pero el humo, el polvo, los huesos solos, no podía dejar de pensar en esas cosas, quitarlas de su mente, no, no podía, pero que él no la mirara así, así, de esa manera...

—¡No, por Dios!, no me mires así —gritó Marina y comenzó a sollozar sordamente cubriéndose el rostro... 

Cuando se enojaban ella siempre lloraba y decía muchas cosas lamentándose de su crueldad, él se quedaba serio y callado, pensativo, mirándola con esa mirada suya llena de tristeza, como un reproche mudo, una forma de decirle que no lo atormentara con tonterías, con esa misma mirada con que ahora... Los aullidos de los perros llenaron la noche. Marina cesó de llorar y alzó la cabeza.

—No te sobresaltes, amor, sólo son los perros que aúllan en la noche y el viento que mueve las puertas, no hay nadie más en esta casa, sólo tú y yo, separados por unos cuantos pasos, invadidos por un deseo de años, ha sido tan larga la ausencia, déjame que te cuente de esas eternas noches en que te llamaba hasta quedar sin voz y sólo un ruido áspero y seco salía de mi garganta enronquecida, y en que sublevada por no verte más, me golpeaba furiosamente contra los muros y las cosas hasta caer desfallecida y muerta de desesperación sobre la cama, en esa cama dura que nunca te gustó y que hacía tanto ruido, ¿te acuerdas?, espera, no te muevas, espera un poco más, ya no sé lo que te estoy diciendo, pienso tantas cosas deshilvanadas, yo no sé lo que es la muerte, nunca lo he entendido, pero tú no estás muerto, estás igual que antes, y si lo estuvieras no está muerto mi amor ni el tuyo, y estamos solos, solos y juntos con la misma ansiedad de poseernos, se ha parado el reloj, ¿escuchas?, ya no hay tiempo, podremos amarnos sin relojes que nos amenacen con el martilleo de sus horas, sin que tengamos que separar nuestros cuerpos nunca más, ¡ah! qué duro era cuando te desprendías de mí y te apresurabas a vestirte y a marcharte antes de que amaneciera y alguien pudiera descubrirte saliendo de mi casa, qué doloroso era verte partir diariamente, cuando la puerta se cerraba tras de ti yo corría a la ventana, hasta mirarte desaparecer entre las sombras de la calle, después me tendía en la cama con los ojos abiertos a reconstruir todos los instantes, te esperé mucho, mucho tiempo, ya no sé cuántos años, largas noches pegada al cristal de la ventana espiando las sombras que pasaban por la calle, corriendo después tras alguien que podía ser tú, hasta lograr verle la cara descubrir otro rostro que no me decía nada, un día perdí la esperanza de que volvieras y he vivido todos estos largos, eternos años, sólo de tu recuerdo, te he acordado siempre, a todas horas, a cada momento, sobre todo de noche cuando llueve y uno se siente tan solo y sin consuelo, oyendo la lluvia caer interminablemente, espera, amor, espera un instante más, tengo que decirte que no estoy igual que antes, tú sabes, uno deja de comer y de dormir y se enflaquece, pero no digas nada ni te pongas triste, aún puedo darte el mismo amor, el mismo placer, ven ya, amor, ven, abrázame fuerte.