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Hotel K. - José Luis Zárate

     Cuando Gregorio Samsa despertó, con un horrible sabor en la boca, se encontró en un hotel de tercera, junto a una desnuda desconocida. Se quedó mirando el techo recordando que su esposa lo esperaba para festejar su aniversario.     -Soy un insecto- se dijo.

Todo - José Luis Zárate

     Nadie puede reconocer a simple vista un hombre que lo ha perdido todo. Frente a la basta mesa del hostal quien estuvo en las más ricas mesas de Europa, frente a doctores, filósofos y científicos, bebe su cerveza agria de soledad.     Una algarabía allá afuera, voces temerosas, llantos, desesperación, notas de música discordante que conoce bien.     -Viene, ahí viene- grita la gente del pueblo que duda entre enfrentar la amenaza o huir. Huyan, piensa el hombre que una vez fue doctor. No lo pierdan todo. Como yo.     Una silueta terrible a lo lejos     La gente dispersa, gritando el nombre del terror:     -¡Frankenstein! ¡Frankenstein!     El doctor suspira. El monstruo le quitó todo. Incluso el nombre.  

Milagro - José Luis Zárate

       Dorian Gray presenció el terrible milagro. Él cambiaba día a día, convirtiéndose en un monstruo arrugado, con manchas hepáticas, dientes caídos, perdiendo todo el pelo y su retrato en la pared permanecía inalterable, feliz, siempre joven.

Caperucita - José Luis Zárate

  La culpa de toda esa sangre y muerte la tuvo Caperucita, que no pudo dejar de entrometerse en la casa de la abuela que lo único que deaseaba era pasar en cama su mensual ataque de licantropía.

Armiño - José Luis Zárate

Nadie comentó sobre el traje nuevo del emperador, debido a la férrea costumbre de fusilar a todo aquel que lo contradecía. No, no, no. Sonrieron, alabaron el armiño sutil, y lo llevaron a pasear afuera, a admirar la nieve que seguía cayendo, la helada mortal que, seguramente no podría notar, su majestad, en medio de tanta tela, brocal y piel abrigadora.

Cien años - José Luis Zárate

 Nadie ignoraba la desastrosa historia del príncipe con sus mujeres. El intento de asesinato de la infiel consorte, y la triste decapitación (la seguía amando). Todos comprendieron por qué se lanzó a buscar a una princesa dormida cien años. Lo sorprendente fue que la encontrara, la trajera al reino, la desposara, que luciera feliz, que al fin hubiera encontrado a quien amar de forma tan absoluta. El pueblo gustaba de verlos cuando salían a pasear en la palestra real, rodeados de cojines y sirvientes. ella resplandecía (más ahora, embarazada) y él era feliz. ¿Qué más se puede pedir a un cuento de hadas? Que el príncipe nunca se molestara en despertarla, era un detalle insignificante.

Dominio - José Luis Zárate

  Con una lengua experta. Eso era la primera condición para ser admitidos en su lecho. Y el juego que involucraba sumisión y trajes degradantes, estrechos y húmedos, resbalosos de aceite. Los ojos eran cubiertos con dos esferas desorbitadas. Ella, por supuesto, no llevaba más que el delgado fuelle, y ellos tenían que hacer cada cosa que ella quisiera. -Si digo salta, tú debes decir ¿hasta dónde? Increíblemente había quien deseara todo ello, gente de noble cuna, duques y príncipes que deseaban enfundarse el humillante traje. Ella debía conformarse con ello. A veces, cerrando los ojos, imaginando, recobraba las épocas pasadas y al lejano, añorado, perdido Sapo al que nunca debió darle un beso.