INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Sangre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sangre. Mostrar todas las entradas

Donante - Iban Zaldua

Circunstancias más bien peregrinas me llevaron a hacerme donante de sangre. A Loperena, compañero de cenas y chiquiteo, el médico le recomendó —más bien le ordenó— que se hiciera sacar sangre con cierta regularidad: lo ignoro todo sobre la ciencia de Esculapio, pero recuerdo que el curioso remedio, uno más de entre todo un arsenal, tenía que ver con la extrema obesidad de nuestro amigo, y con el lamentable estado de su hígado. 
 
Le indicó que lo mejor para seguir el curioso tratamiento iba a ser que se hiciera socio de Donantes de Sangre. Loperena fue objeto de nuestras chanzas durante un tiempo, hasta que, conforme iban transcurriendo los días y comprobamos que a la pregunta: «¿Qué, has ido ya a sacarte sangre?», seguía respondiendo con evasivas, comprendimos algo que ni remotamente podíamos sospechar en él: estaba cagado de miedo. 
 
Tratamos de alentarlo como siempre suele hacerse en estos casos: que no pasa nada, si es un pinchacito y se acabó, que no se ha muerto nadie… Inútilmente. Así que decidimos, en un acto de generosidad sin precedentes hacia Loperena y la Humanidad, convertirnos nosotros mismos también en donantes y acompañar al desdichado gordo en su particular calvario. 
 
Los siete —todos menos Juárez, que había tenido hepatitis— nos encaminamos un sábado a la mañana hacia el banco de sangre, sin dejar de hacer chistes y dando palmaditas en el hombro a Loperena, que estaba más blanco que la leche. 
 
Para animarle, quedamos en que luego visitaríamos los bares del barrio y saquearíamos sus reservas de tinto y pinchos. Entre protestas, todos nos comprometimos a invitar. Ni siquiera esto devolvió la vida a los ojos de perro apaleado de Loperena.
 
La sede de la Asociación de Donantes de Sangre se halla en el bajo de un oscuro edificio del Centro, en la calle Lope de Aguirre; como Nazábal, con su habitual pedantería, se encargó de ilustrarnos, ocupaba lo que habían sido las antiguas oficinas de la CNT durante la guerra: los agujeros de bala que tachonaban el dintel y uno de los balcones, rellenos de un mortero que había ennegrecido más que la piedra de la fachada, daban fe de ello. 
 
El interior se correspondía casi exactamente con la lúgubre entrada: una amplia sala con una mesa, tres camillas que parecían sacadas de un compendio decimonónico, varias vitrinas modernistas y gastadas, llenas de frascos, azulejos blancos en el suelo, el techo y las paredes. Lo único anacrónico allí eran las bolsas de plástico para la sangre y las balanzas en el suelo, junto a las camillas. 
 
Nos recibió el doctor Elorza, alto, espigado, calvo, con una mueca de seriedad permanente de esas que uno, por conservar la calma, procura no confundir con la animadversión hacia todo lo que se mueve sobre dos piernas. Ni el marco ni el galeno eran, evidentemente, los más adecuados para que Loperena caminara sin miedo hacia su primera donación, así que —una simple mirada de entendimiento nos bastó— Juancho, Loco y yo decidimos afrontar los primeros el potro de la tortura. 
 
Tras un prolijo y desagradable interrogatorio, una enfermera sin edad nos fue tumbando en las camillas y el doctor, con una mirada casi sádica, fue clavándonos la aguja en la vena y dándonos las instrucciones para que la sangre fluyera a la bolsa. Aunque sólo puedo hablar por mí mismo, estoy seguro de que a los tres nos dolió más de lo que preveíamos, y que nos pareció una experiencia bastante desagradable. 
 
Sin embargo, ante los demás, y sobre todo ante Loperena, evitamos cualquier gesto de disgusto y seguimos bromeando hasta el final. Marcos, Nazábal y Mikel hicieron lo mismo. Loperena no pudo echarse atrás. Aguantó como pudo y, aunque estuvo a punto de marearse, no vomitó. 
 
Todos juntos ya, y acompañados por la enfermera, nos zampamos el bocadillo, bebimos los litros de agua prescritos, recibimos cada uno nuestro carné y salimos para la calle. Era la una y media del mediodía. Fuera porque la sangre que nos habían restado debilitaba nuestro organismo, fuera porque los pinchos que trasegamos no fueron suficientes para hacer base en nuestros estómagos, el caso es que para las dos y cuarto ya estábamos como cubas. 
 
No tuvimos más remedio que quedarnos a comer por la zona, en uno de esos tascuchos con menú de a mil doscientas pesetas que invitan, en los postres, a cantar a coro y a iniciar interminables guerras de pan. La memorable juerga concluyó con los primeros rayos del sol de la mañana siguiente. 
 
No extrañará, por lo tanto, que decidiéramos convertir aquellas donaciones en tradición, en el preludio de largas jornadas de disparates, cánticos y chuletadas que íbamos a perpetrar cada tres o cuatro meses. Así lo decidimos, ya recuperados de la resaca, con un solemne juramento.
 
Como era de esperar, la primera juerga eclipsó a todas las siguientes. Es sabido lo que perduran las tradiciones recién adoptadas en estas circunstancias: dos, tres años, o acaso lo que tarda en deshacerse una cuadrilla. En nuestro caso ambos plazos casi coincidieron. 
 
Habíamos concluido los estudios, conocimos a otras gentes, algunos encontraron trabajo lejos del barrio, la vida nos trazó líneas que se fueron separando en el mapa del tiempo. Yo fui de los que se quedó en la ciudad. Y el único que, una vez cada cuatro meses, siguió acudiendo a donar sangre. Es posible que alguno siguiera haciéndolo, pero no desde luego en aquel local del centro. 
 
La lista de excusas que fueron proporcionando para justificar su deserción es demasiado prolija y la considero innecesaria en este relato. Loperena fue el último en abandonarme. Un día me comunicó que su nuevo médico de cabecera había decidido cambiar radicalmente de tratamiento, aduciendo que, a fin de cuentas, aquellas donaciones de sangre no eran más que una burda variante de las sangrías de antaño. 
 
Todo eso, según Loperena, acompañado de una serie de lindezas sobre su colega que se pagarían a muy buen precio en el Colegio Provincial de Médicos. Pese a los alicientes que rodeaban a las jornadas de donación, Loperena nunca logró sacudirse de encima el malestar que le producían el doctor Elorza y sus agujas. 
 
Le felicité sinceramente, pero no advertí rastros de alegría —ni siquiera de alivio— en su mirada. Me lo explicó: el nuevo médico le había impuesto un régimen muy estricto. Después de realizar mi donación —la solidaridad de Loperena no llegó hasta el punto de acompañarme aquel día—, decidimos celebrarlo por todo lo alto en el Felipe: marmitako, pencas rellenas, gorrín, repostería variada, café, puro y pacharán. 
 
Todo ello regado con un par de botellas de Viña Ardanza de 1973 que elevaron la cuenta —y nuestra moral— como la espuma. Pero no nos importó. Loperena lo dejó muy claro: «Esta es la última. Mañana mismo empiezo con el régimen».
 
No sé por qué seguí donando. Local y empleados me resultaban desagradables, las satisfacciones que me proporcionaba el hecho de perder medio litro de sangre cada cuatro meses eran intangibles y —cavilaba— lo que sobra en esta provincia son donantes de sangre. Eso decían las estadísticas, por lo menos: cuando empecé a ir solo me sorprendió no coincidir nunca con nadie. ¿Por qué me empeñaba en ir, entonces? ¿Era, acaso, una forma de tranquilizar mi conciencia, de decirme que ya hacía —y, además, gratis— lo suficiente por la Humanidad? ¿Mi coartada para afrontar la vida con un mínimo de hipocresía? ¿Era la Asociación de Donantes de Sangre —a cuyas reuniones jamás acudía— lo mismo que el Movimiento de Objeción de Conciencia para Nazábal, la Asociación para la Protección de Nuestro Patrimonio Industrial para Marcos, el sindicato para Juancho? Lo ignoro. Creo que actuaba movido por una suerte de premonición. Esperaba a Milagros.
 
El hecho es que, tres sábados al año, allí me tenían, listo para vaciar mis venas. El doctor Elorza nunca llegó a tutearme, ¡faltaría más! Cuando traspasaba la puerta y le saludaba me solía atravesar con una mirada cansada, como si anduviera cargado de trabajo, agobiado por las masas de donantes. 
 
Nunca encontré a nadie allí. Después celebrábamos el ritual mecánicamente: me hacía las mismas preguntas, yo daba las mismas respuestas, me tumbaba en la camilla más alejada, me pinchaba, volvía a su escritorio y a partir de entonces era su casi muda ayudante la que se ocupaba de todo: vigilar la oscilación de la balanza, decidir cuándo había suficiente sangre en la bolsa, cortar el flujo, aplicarme el algodón en el pinchazo y recitarme, siempre con la misma voz monocorde: «Ahora apriete fuerte hasta que deje de manar sangre». 
 
Ni siquiera llegué a saber su nombre. Después de aquello, me bajaba la manga y, ya sin ayuda, me encaminaba a los sofás de la entrada, bebía medio litro de agua, ojeaba algunas revistas y deglutía un bocadillo de —parece difícil de creer— excelente salchichón. Siempre había cuatro o cinco más preparados en la mesilla, y más de una vez estuve tentado de pedirles permiso para repetir. 
 
Pero algo en el silencio de aquella amplia sala me lo impedía siempre también. Quizá fuera el recuerdo del brillo extraño que asomaba a los ojos de Elorza cada vez que extraía la aguja de su protector de plástico y miraba mi brazo buscando el punto exacto. No logré acostumbrarme.
 
Un sábado, nada más entrar, me di cuenta de que las cosas habían cambiado, y mucho, en el último cuatrimestre. Mamparas de color salmón dividían el espacio que antes ocupaba la gran sala, de manera que la entrada se reducía a un hall bastante pequeño, aunque coqueto. De las paredes originales no habían podido arrancar aquellos horribles azulejos, pero las habían cubierto con pósters y reproducciones de pinturas impresionistas que les daban otro aire. 
 
La mesa de oficina había sido sustituida por un mostrador tras el cual una vivaracha enfermera, que enseguida me dijo que se llamaba Merche, pedía los datos, rebuscaba en el fichero y conducía al donante a una pequeña sala de espera donde —y aquí venía la sorpresa— la doctora en medicina general Milagros Rotaeche cumplimentaba, con una amabilidad inusitada, el cuestionario de rigor. 
 
Ella fue la que me informó del cese del doctor Elorza y de cómo ella se había hecho con el puesto. Todo eso sin dejar de sonreír. Puedo decir, sin riesgo a equivocarme, que es una hermosa mujer, morena, de ojazos verdes y largas pestañas, y con una sonrisa que no abandona su boca en ningún momento: creo que fue ese rasgo, en contraste quizás con la actitud de Elorza, lo que me cautivó. 
 
Sospeché, con una mezcla de horror y satisfacción, que por fin habían descubierto los experimentos secretos que sin duda realizaba el doctor Elorza y se hallaba expiando sus crímenes en alguna institución penitenciaria; no he sabido hasta mucho después que se enroló en una misión de Medicus Mundi con destino a Ruanda, donde por lo visto realizó durante dos años una labor más que meritoria. 
 
Salió hasta en el semanal de El País. Tengo que confesar que la noticia me ha contrariado un tanto, pero en aquel entonces di gracias al Señor —las sigo dando— por el cambio y por el castigo que por sus crímenes contra la Humanidad se merecía Elorza. Pero sobre todo por el cambio.
 
La doctora Rotaeche era además encantadora, atenta e inteligente. Su conversación no decaía nunca y suponía una delicia estar con ella. Si no tenía mucho trabajo se quedaba junto a mí durante la extracción, y hablábamos de cualquier cosa. La verdad, era ella la que más hablaba, porque yo no tenía mucho que decir. 
 
Mi trabajo, en la sección de contabilidad de una sucursal de la caja de ahorros provincial, no daba para grandes aventuras; mis recuerdos de juventud, de puro felices, se me antojaban insulsos; mis vacaciones en Cuba —desde que empecé a trabajar he ido cuatro veces, cada verano—, eran más bien inconfesables, pese a que eran lo más excitante en una vida que se reducía a un eterno paseo entre la oficina y el apartamento. 
 
Milagros —enseguida si insistió en tratarme de tú— opinaba sobre todo lo divino y lo humano con una soltura envidiable, de esas que arrastran: yo mismo me sorprendí, en más de una ocasión, proporcionándole mi punto de vista sobre cuestiones que en la vida me habían interesado, o sobre las que nunca me habría atrevido a discutir. 
 
Aquellos ratos, desgraciadamente, no fueron tan abundantes como yo hubiera deseado. La voz corrió y los miembros de la Asociación de Donantes acudieron como moscas. Nunca había visto el local tan concurrido: hubo sábados en que tuve que volverme a casa sin haber cumplido con mi deber. Una vez en la sala, donde habían colocado dos camillas más, amén de una televisión, todos nos disputábamos los favores de Milagros. 
 
Al principio creí ser el preferido, pero casi estoy convencido de que a todos nos ocurría lo mismo. Durante un año entero me devoraron los celos: ¿acaso no pasaba unos minutos más con esa foca sebosa de Rodríguez Rezola, un carnicero que contaba chistes sin cesar, y no precisamente de los mejores? 
 
Pero no, luego volvía junto a mí, introducía aquella suave aguja bajo mi piel, acariciaba mi hombro, me preguntaba por el trabajo, me tranquilizaba. Mes tras mes, esperaba aquellos sábados con ansiedad. Más de una vez me planteé si podría verla fuera de aquel local, si me atrevería a invitarla a salir, o algo así. Nunca lo intenté: algo más fuerte que mi deseo me detenía. Como si la imagen de Milagros fuera de aquel local me pareciera irreal. Como si no pudiera tomar cuerpo en otro sitio que no fuera aquel escenario. Ahora sé que no tiene por qué ser así.
 
Milagros era, además, una médico muy preparada. Pronto nos enteramos —todo se llega a saber en los círculos devotos— de que había sido la primera de su promoción, y de que había publicado artículos en las revistas más importantes de la especialidad. 
 
Reputada experta en hematología, ella misma nos confesó que estaba perfeccionando un preparado con el que queremos conseguir que la sangre de los donantes recuperara más rápidamente los elementos que se perdían con la transfusión. No podíamos estar más de acuerdo con su línea de investigación: si tenía éxito el ritmo de donaciones se aceleraría y habría más sangre para transfusiones y, lo más importante, podríamos acudir cada menos tiempo a visitar la sede de la Asociación. A visitar a Milagros. 
 
Su sueño, me confesó un día, era la producción artificial de sangre, pero no confiaba en lograrlo aún, dados los escasos medios de que disponía. Por eso había optado por perfeccionar el funcionamiento de la mejor máquina de producir sangre que la naturaleza había creado. Y me acarició la cabeza.
 
Cuando, tímidamente, nos propuso formar parte de su experimento, dudo que nadie se negara a probar aquel brebaje rosa que Merche nos iba a servir después de cada donación, junto al agua y el bocadillo. Nos dijo que íbamos a ser famosos y que nuestros nombres aparecerían en el artículo que sin duda le publicarían en el Scientific American. Eso, por lo menos. 
 
A partir de ese momento empezamos a ser citados más a menudo. Primero cada tres meses, luego cada dos, y a partir de ahí Milagros fue bajando una semana a cada visita. Mi vida se convirtió en una delicia, al menos en parte. No sólo porque acudía al local de la Asociación de Donantes de Sangre más a menudo, sino también porque pasaba más tiempo allí. 
 
Efectivamente, el revitalizador de Milagros, por lo visto, no sólo lograba acelerar la recuperación de los elementos que perdía la sangre del donante, sino que lograba triplicar el ritmo de reproducción de la propia masa sanguínea, con lo que, nos comunicó, podríamos donar más sangre cada vez. 
 
La perspectiva de pasar ratos más largos junto a Milagros me sedujo —nos sedujo— sin remedio. Casi se convirtió en una competición entre los habituales. Subimos de medio litro a tres cuartos, de ahí al litro y algunos llegamos al techo de litro y medio por donación, con descansos de tres semanas entre una sesión y la siguiente.
 
Evidentemente, cada día que pasaba me sentía más débil. No puedo decir que me importara mucho. Nunca he sido muy dado a tomar el sol, pero la imagen que cada mañana me devolvía el espejo me decía a las claras que mi piel había perdido cualquier vestigio de color que alguna vez hubiera tenido. 
 
Perdí el apetito, adelanté y empecé a llegar tarde al trabajo. Siempre he sido puntual, y nunca antes se me habían pegado las sábanas. Pero ahora subía a casa y no sentía más que ganas de dormir, acudía al trabajo y me entraba sueño frente al ordenador. No, ni se me ocurrió preocuparme. 
 
Milagros nos hacía chequeos antes y después de cada sesión, nos tomaba la tensión, realizaba complicadas pruebas con muestras de nuestra orina y casi siempre proclamaba que estábamos estupendos; a algunos les prescribía unas vitaminas, «una ayudita», como ella solía decir, pero poco más. 
 
Un día, nada más llegar a la oficina, me desmayé. El médico diagnosticó anemia con complicaciones —la lista es demasiado larga—, y me dio a entender que tenía la sangre tan debilitada que lamentaba hasta haberme extraído la muestra. Me dio baja para un mes, que tenía que pasar en la cama. Ni se me ocurrió comentarle nada de los experimentos de Milagros. 
 
Ella misma se había encargado de subrayar que aquello era un secreto entre nosotros, que en el mundo de la investigación hay muchas envidias y muchos desaprensivos dispuestos a robar descubrimientos que no les pertenecen. Nunca dudamos de su buena fe, ni de sus revisiones. Confiábamos en Milagros.
 
Aquella baja, qué duda cabe, me salvó la vida. A la segunda semana ya estaba algo mejor, y pude empezar a leer los periódicos que, a regañadientes, me subía un vecino. La noticia apareció un lunes. Los titulares de los diferentes diarios no podían ser más expresivos: «LO MATÓ PARA EXTRAERLE TODA SU SANGRE», «HORRIBLE ASESINATO», «EL LOCAL DE LOS HORRORES», «LA VAMPIRESA DE LA CALLE LOPE DE AGUIRRE». Y continuaron los días siguientes: «MÁS CUERPOS EN LA TRASTIENDA DEL LOCAL», «SED DE SANGRE», «LA DOCTORA ROTAECHE INGRESA EN PRISIÓN», «DIMISIONES EN LA ASOCIACIÓN DE DONANTES DE SANGRE», «POSIBLE IMPLICACIÓN DEL DIRECTOR DE OSAKIDETZA», etc. 
 
La policía dio con el caso casi por casualidad, mientras investigaba la desaparición de Rodríguez Rezola que, como todos los carniceros, tenía dinero y sólidas relaciones. A algún espabilado se le ocurrió que acudía con demasiada asiduidad al local de Donantes y mientras hacían una pregunta por aquí, manoseaban un aparatito por allá, algún agente abrió la puerta del depósito y se topó con el cuerpo —por decir algo— de Rodríguez Rezola, convertido en un saco de piel y huesos apenas reconocible. 
 
El forense no encontró en su cuerpo, casi momificado, ni una gota de sangre. Lo mismo puede decirse de los otros cuatro cuerpos que hallaron bajo el suelo de aquella habitación; publicaron sus fotos y he de decir que los conocía a casi todos: mis antiguos rivales. El famoso preparado resultó estar compuesto básicamente de sirope de granadina. 
 
Merche, la enfermera, por lo visto, no sabía nada. La policía vino a visitarme una semana después de la detención de Milagros. Confirmé punto por punto las declaraciones de los demás testigos. Sin embargo no quise ponerle una denuncia. No he debido ser el único, porque los policías no insistieron. Ni siquiera parecieron sorprenderse.
 
Por suerte, los periodistas no me molestaron. No hubiera sabido qué contarles. El caso de la doctora Rotaeche fue, como era de esperar, un duro golpe para la Asociación Provincial de Donantes de Sangre: las estadísticas de este último año son elocuentes. Incluso han cambiado de sede, pero no parece que les haya servido de mucho. 
 
Yo, desde luego, no he vuelto a donar, y no conozco el nuevo local. Nunca lo conoceré. No es por lo que nos ocurrió. Sé que si voy no encontraré a Milagros allí, y eso es suficiente. No sería lo mismo. He intentado conseguir un permiso para visitarla en la cárcel, pero no me lo han concedido. 
 
Razones de seguridad, añaden. Me han dicho que probablemente pueda cuando la sentencia sea firme. Incluso un vis a vis; eso sería estupendo. Esperaré. Vaya que si esperaré. Me da un poco de lástima, claro. Todo este tiempo. Con la sed que estará pasando, la pobre.

Jardín de sangre - Roger Zelazny

 

Ganándose el pasaje y la paga como explorador, Dilvish cabalgaba por delante de la caravana ese día, comprobando la viabilidad de las sendas montañosas e investigando nuevos caminos en previsión de posibles peligros. El sol había llegado al mediodía cuando Dilvish descendió por el otro lado de la poco alta cordillera Kalgani y avanzó por las estribaciones hacia el valle que iba ensanchándose en dirección al bosque y a las llanuras.

—Un recorrido singularmente normal —comentó Black al hacer una pausa en lo alto de una colina para contemplar la sinuosa senda que conducía a los distantes árboles.

—En mis tiempos —dijo Dilvish—, las cosas habrían sido distintas. Esta región estaba llena de bandas de salteadores. Seguían el sol. Despojaban a los viajeros. De vez en cuando hasta se reunían para asaltar algún pueblo de los alrededores.

—¿Pueblos? —dijo su gran y oscura montura, cuya piel relucía como el metal—. No he visto ningún pueblo.

Dilvish meneó la cabeza.

—¿Quién sabe lo que puede haber pasado en doscientos años? —Señaló el valle—. Creo que había uno ahí abajo. No muy grande. Se llamaba Tregli. Pasé la noche en su posada en varias ocasiones.

Black miró en esa dirección.

—¿Vamos a ir hacia allí?

Dilvish observó el sol.

—Es hora de comer —comentó—, y aquí los vientos son fuertes. Vayamos un poco más lejos. Comeré ahí abajo.

Black se inclinó hacia adelante y comenzó a bajar la pendiente. Aumentó su velocidad conforme iba nivelándose el terreno, volviendo a la senda. Dilvish miró alrededor mientras avanzaban, como si buscara rasgos sobresalientes.

—¿Qué son esos destellos de color? —le preguntó Black—. A cierta distancia de aquí.

Dilvish observó una zona azul, amarilla y blanca, con ocasionales destellos rojos, que acababa de aparecer al otro lado de un lejano recodo.

—No lo sé —dijo—. Podríamos echar un vistazo.

Varios minutos más tarde, llegaron a los restos cubiertos de enredaderas de un bajo muro de piedra. Por delante había piedras dispersas que formaban dibujos vagamente evocadores del perfil de los cimientos de una construcción. En diversos puntos, conforme avanzaban, vieron depresiones a ambos lados, dispuestas de tal forma que parecían indicar la anterior existencia de sótanos, llenos de escombros y cubiertos de hierba en ese momento.

—Detente —dijo Dilvish. Señaló hacia la izquierda, hacia un lugar donde todavía se alzaba una porción de pared—. Ésa es la fachada de la posada que he mencionado. Estoy seguro. Creo que nos encontramos en la calle principal.

—¿De verdad?

Black empezó a excavar la hierba con su afilado y hendido casco. Momentos después centelleó una chispa al golpear un adoquín. Black ensanchó el agujero, dejando al descubierto más adoquines unidos.

—Esto parece haber sido una calle —dijo.

Dilvish desmontó y se acercó a la ruinosa porción de pared, la pasó y prosiguió por la zona situada detrás.

Al cabo de varios minutos regresó.

—El viejo pozo aún se ve detrás —dijo—. Pero el techo se desplomó y se pudrió, y está completamente cubierto de arbustos.

—¿Podría sugerir que guardes tu sed para ese arroyo que cruzamos en las montañas?

Dilvish enseñó una cuchara.

—... Y he encontrado esto medio enterrado en donde estaba la cocina. Tal vez haya comido con ella yo mismo, hace años. Sí, ésta es la posada.

—Era —sugirió Black.

La sonrisa se desvaneció y Dilvish movió la cabeza.

—Cierto.

Lanzó la cuchara por encima del hombro y montó.

—Ha cambiado tanto...

—¿Te gustaba el lugar? —preguntó Black mientras continuaban su marcha.

—Era un agradable sitio de paso. La gente era cordial. Gocé de buenas comidas.

—¿Qué crees que pudo pasar? ¿Esos salteadores que mencionaste?

—Parece una buena suposición —replicó Dilvish—. A menos que hubiera alguna enfermedad.

Siguieron por el camino cubierto de maleza. Un conejo pasó ante ellos cuando se dirigían al otro extremo del pueblo.

—¿Dónde quieres comer? —inquirió Black.

—Lejos de este lugar muerto —dijo Dilvish—. Tal vez en ese campo. —Respiró profundamente—. Parece tener un olor agradable.

—Son las flores —dijo Black—. Abundan. Fue su color lo que vimos desde arriba. ¿No estaban ahí... en los viejos tiempos?

Dilvish meneó la cabeza.

—No. Había algo... No recuerdo exactamente qué. Una especie de parquecillo por estos parajes.

Cruzaron una arboleda, llegaron al claro. Grandes flores similares a amapolas, azules, blancas, amarillas, ocasionalmente rojas... se movían casi a la altura del cuello de Black, oscilaban en lo alto de unos pilosos tallos del grosor de un dedo. Estaban encaradas al sol. Sus penetrantes perfumes flotaban en el aire.

—Hay un rincón despejado, a la sombra, al pie de ese árbol tan alto... a la izquierda —observó Black—. Incluso parece haber una mesa para tu uso.

Dilvish miró en esa dirección.

—¡Ajá! —dijo—. Ahora recuerdo. Esa losa de piedra no es una mesa. Bueno... en cierta forma lo es. Es un altar. El pueblo de Tregli adoraba al aire libre... a Manata, diosa de las cosas que crecen. Dejaban pasteles, mieles y otras ofrendas en el altar. Bailaban aquí. Cantaban aquí, al atardecer. Yo presencié uno de los servicios. Tenían una sacerdotisa... He olvidado su nombre.

Llegaron bajo el árbol, donde Dilvish desmontó.

—El árbol ha crecido y el altar está hundido —observó, apartando unos escombros de la piedra.

Se puso a canturrear una tonada sencilla y repetitiva, mientras buscaba comida en una alforja.

—Nunca te había oído cantar, silbar o canturrear —comentó Black.

Dilvish bostezó.

—Sólo trato de recordar la canción que oí aquella tarde, cuando estuve aquí. Creo que era algo parecido.

Se sentó con la espalda apoyada en el tronco del árbol y empezó a comer.

—Dilvish, hay algo extraño en este lugar...

—A mí me parece extraño sólo en virtud de que ha cambiado tanto —replicó él, partiendo un trozo de pan.

El viento cambió. Los olores de las flores llegaron con más intensidad.

—No me refiero a eso.

Dilvish dio un bocado y contuvo otro bostezo.

—No lo entiendo.

—Ni yo.

Black bajó la cabeza y dejó de moverse.

Dilvish miró alrededor y aguzó el oído largo rato. Los únicos sonidos, empero, eran los susurros de la hierba, las flores, las hojas del árbol, agitadas por el viento.

—No parece haber nada raro por aquí —dijo en voz baja.

Black no replicó.

Dilvish observó a su montura.

—¿Black?

Con sumo cuidado preparó su espada y recogió los pies. Varió el equilibrio de su almuerzo hacia la losa.

—¡Black!

La criatura siguió inmóvil, muda, igual que una enorme estatua negra.

Dilvish se puso en pie, se tambaleó, volvió a recostarse en el árbol. Tenía dificultades para respirar.

—¿Eres tú, mi enemigo? —preguntó—. ¿Por qué no te dejas ver?

No hubo réplica. Dilvish observó de nuevo el campo, respirando el embriagador perfume de las flores. Su visión comenzó a fallar mientras miraba, manchando los colores y distorsionando los perfiles.

—¿Qué está pasando?

Dio un paso al frente, y otro, tambaleándose en dirección a su montura. Cuando estuvo junto a Black, le pasó un brazo por el cuello y se apoyó con fuerza. De pronto levantó su camisa con la mano izquierda y apretó la cara en la tela.

—¿Será un narcótico...? —dijo, y acto seguido se desmayó y se deslizó en parte hacia el suelo.

Black no se movió pese a todo.

Había gritos en la oscuridad y recias voces que daban órdenes. Dilvish se hallaba a la sombra de unos árboles. Un gigante, un hombre de corpulenta figura y rizada barba, se encontraba inmóvil junto a él. Los dos miraban en dirección a las fluctuantes luces.

—El pueblo entero parece estar ardiendo —sonó la grave voz del hombre más corpulento.

—Sí, y parece que los que siguen al sol están asesinando a los habitantes.

—No podemos hacer nada aquí. Son demasiados. Podríamos acabar despedazados, además.

—Cierto, y yo ansiaba una tarde tranquila. Bordeemos el lugar y sigamos nuestro camino.

Se adentraron en las sombras y se alejaron del escenario de la carnicería. Los chillidos eran más escasos, ya que aumentaba el número de muertos. Muchos hombres estaban amontonando el producto del saqueo y bebiendo en botellas cogidas en la llameante posada. Algunos continuaban formados junto a las mujeres que quedaban, todas desgreñadas, con los ojos muy abiertos y la ropa desgarrada. Al otro lado, un techo se hundió de repente, y una fuente de chispas se alzó hacia el cielo nocturno.

—Pero si algún borracho se cruza en nuestro camino —observó el hombre del cabello rizado mientras avanzaban—, lo cogeremos por los talones y lo destriparemos, para saldar cuentas con los dioses.

—Mantén los ojos abiertos. Tal vez tengas suerte.

El otro contuvo la risa.

—Jamás sé cuándo bromeas —dijo al cabo de unos instantes—. Quizá no lo haces nunca. Eso también puede ser divertido... para otros.

Avanzaban por un rocoso declive cubierto de arbustos paralelo a la ciudad. A la izquierda, los gritos iban apagándose. Esporádicas llamaradas hacían danzar las sombras que les rodeaban.

—No estaba bromeando —dijo Dilvish un poco más tarde—. Tal vez he olvidado cómo hacerlo.

El otro le tocó el hombro.

—Adelante. El claro... —dijo.

Se detuvieron.

—Sí, recuerdo...

—Hay algo ahí.

Siguieron avanzando, con más lentitud. Una luz que fluctuaba de forma regular, quizá la de varias antorchas, brillaba al otro lado del campo en las proximidades de un gran árbol de gruesas ramas.

Al acercarse más vieron un grupo de hombres ante el pequeño altar de piedra. Uno de ellos estaba sentado encima y bebía una botella de vino. Otros dos conducían por la hierba a una mujer rubia con un vestido verde, con las manos atadas a la espalda. Iba hablando, pero sus palabras eran imperceptibles. Se debatía, y los dos hombres la empujaban. Después cayó al suelo, y la levantaron.

—Conozco a esa mujer —dijo Dilvish—. Es Sanya, la sacerdotisa. Pero...

Se llevó las manos a la cabeza y se las apretó a las sienes.

—Pero... ¿qué ha sucedido? ¿Cómo he llegado aquí? Creo haber visto a Sanya hace tiempo, mucho tiempo...

Volvió la cabeza y miró la cara de su compañero mientras lo cogía del brazo.

—Tú —dijo—, amigo mío... Creo conocerte desde hace siglos y, sin embargo... Perdóname... No recuerdo tu nombre.

La frente del otro se arrugó al mismo tiempo que sus ojos se entrecerraban.

—Yo... Tú me llamas Black —dijo de repente—. Sí... ¡y ésta no es mi forma normal! Empiezo a recordar... Era de día, y este campo estaba lleno de flores. Creo que nos dormimos... ¡Y el pueblo! Apenas eran restos...

Meneó la cabeza.

—No sé qué ha pasado... ¿Qué hechizo, qué poder nos ha traído a este lugar?

—Pero tú tienes poderes propios —dijo Dilvish—. ¿No pueden ayudarnos? ¿Puedes usarlos todavía?

—Yo... no lo sé. Creo que he olvidado... algunas cosas.

—Si morimos aquí... en este sueño, o lo que sea... ¿moriremos realmente? ¿Puedes conjeturarlo?

—Nosotros... Lo estoy viendo más claro ahora... Las flores del campo quieren nuestras vidas. Las rojas son las que tienen viajeros asesinos. Te drogan con su perfume, después se enrollan en tu cuerpo y te arrancan la vida. Pero algo ha obstaculizado su tentativa con nosotros. Esto no es un sueño. Estamos presenciando lo que ocurrió realmente. No sé si podemos cambiar lo que ya sucedió. Pero debemos estar aquí por algún motivo.

—¿Podemos morir aquí? —repitió Dilvish.

—Estoy convencido de que sí. Incluso yo, si caigo en este lugar... aunque preveo toda clase de intrigantes problemas teológicos.

—¡Al infierno con ellos! —dijo Dilvish, y avanzó, abriéndose paso entre las sombras del borde del claro en dirección al otro lado—. Creo que pretenden sacrificar a la sacerdotisa en el altar de su propia diosa.

—Sí —dijo Black, moviéndose en silencio detrás—. No me gustan, y ambos estamos armados. ¿Qué opinas? Hay bastantes en la piedra y dos con la mujer... Pero podemos llegar muy cerca sin ser vistos.

—De acuerdo. ¿Sabes usar esa espada... aunque tenga una forma rara?

Black contuvo la risa.

—No es totalmente rara —replicó—. Los dos de la derecha nunca sabrán cómo han llegado al Infierno. Sugiero que te ocupes del que está a un lado mientras los pongo en camino. Luego líbrate del que está a la izquierda. —Sacó una larga y pesada espada que sostuvo con una sola mano—. Quizás estén todos un poco borrachos, además —añadió—. Eso ayudará.

Dilvish sacó su espada. Ambos se aproximaron.

—Di cuándo —musitó.

Black alzó su arma.

—¡Ahora!

Black era poco más que una mancha bajo la fluctuante luz. Mientras Dilvish caía sobre su hombre para matarlo, una sangrienta cabeza rebotó cerca de su pie; la segunda víctima de Black ya estaba cayendo.

Un gran grito brotó de los otros mientras Dilvish arrancaba la espada del cuerpo del hombre que había matado y se volvía para enfrentarse a otro. El arma de Black descendió de nuevo, cortando el codo de un espadachín, y su pie izquierdo salió disparado, alcanzando al hombre en la base de la región lumbar. Dilvish creyó oír el crujido de la espina dorsal cuando el atacado cayó al suelo.

Pero ya había espadas en las manos de los restantes hombres, y al otro lado del campo, en dirección al pueblo que ardía en llamas, brotaron gritos. Por el rabillo del ojo Dilvish vio varias siluetas que se abalanzaban sobre ellos, armas en mano. Hizo retroceder varios pasos al segundo hombre, superó su guardia, le dio una patada en la rodilla y le cortó el cuello con un violento golpe.

Se volvió para atacar a otro que venía corriendo hacia él, y reparó en que Black había roto la cabeza a un hombre contra el altar y espetado a otro más con su larga espada, levantándolo del suelo con la fuerza de la arremetida. En ese momento había gritos por todas partes.

Dilvish se puso al alcance de un nuevo rival y usó la guarda de su arma para machacarle el mentón. Le dio una patada mientras caía y hundió la punta de su espada en la guarda de otro hombre, partiéndole varios dedos. El herido chilló y soltó la espada. Tras esquivar un ataque, Dilvish lanzó un golpe bajo y cortó la rodilla de otro, paralizándolo. 

Luego retrocedió ante dos nuevos atacantes y dio rápidas vueltas para que ambos se obstruyeran. Golpeó, arremetió, pararon su golpe, paró él las réplicas, acometió de nuevo, superó una parada y tajó una muñeca. Escuchó el bramido de Black en alguna parte, un sonido en parte humano, en parte animal, seguido momentos después por diversos chillidos.

Dilvish tiró al herido y le dio una patada, alcanzó al otro en el estómago con su espada, notó picor en el hombro, vio sangre, se volvió para encararse con otro atacante...

Se deshizo de él con una serie de movimientos prácticamente de ensueño. Otro hombre, que venía corriendo hacia él, resbaló en un charco de sangre recién derramada y Dilvish lo remató antes de que pudiera levantarse.

Una estaca le golpeó en el costado. Se encogió un momento y retrocedió moviendo de un lado a otro la espada. Vio cerca a Black, que seguía derribando atacantes con una esgrima casi temeraria. Se dispuso a gritarle, para decirle que podían ponerse espalda contra espalda y defenderse mejor...

Un agudo grito sonó y los atacantes vacilaron. Las cabezas se volvieron en dirección al altar y el movimiento se paralizó un instante.

La sacerdotisa Sanya yacía en la piedra, sangrando. Un hombre alto y de cabello rubio acababa de retirar el arma de su pecho. Los labios de Sanya seguían moviéndose, bien maldiciendo o bien rezando, pero las palabras eran inaudibles. 

Los labios del hombre rubio también se movían. Al otro lado del campo, otro grupo de hombres llegaba desde el pueblo. Un goteo rojo comenzó en la comisura izquierda de los labios de Sanya y su cabeza se ladeó de pronto, con los ojos todavía abiertos, sin ver. El hombre rubio irguió la cabeza.

—¡Ahora traedme a esos dos! —exclamó, levantando la espada una vez más y apuntándola hacia Dilvish y Black.

Con este gesto, la manga del hombre rubio cayó hacia atrás dejando al descubierto varios tatuajes en su brazo derecho. Dilvish había visto esas marcas en otras ocasiones. Diversos chamanes de las tribus de las montañas se tatuaban de esa forma; cada marca representaba una victoria sobre un vecino y aumentaba el poder del que la lucía. ¿Qué hacía un hombre como aquel con esa banda de andrajosos degolladores, obviamente en calidad de jefe? ¿Habían aniquilado a su tribu? ¿O...?

Dilvish respiró profundamente.

—¡No te preocupes! —gritó—. ¡Voy hacia allí!

Se abalanzó hacia el hombre rubio.

Su espada topó con la del otro en el altar, fue rechazada. Dilvish empezó a dar vueltas. Lo mismo hizo el chamán.

—¿Te expulsó tu gente? —preguntó Dilvish—. ¿Por qué crímenes?

El hombre le lanzó una fugaz mirada colérica, luego sonrió y con un visible gesto detuvo a los salteadores que corrían en su ayuda.

—Éste es mío —afirmó—. Ustedes ocúpense del otro.

Movió el brazo izquierdo, que también estaba cubierto de tatuajes, sobre su pecho y lo acercó a la espada.

—Reconoces lo que soy —dijo— y, sin embargo, me desafías. Eso es imprudente.

Brotaron llamas en la espada que sostenía. Dilvish entrecerró los ojos para protegerlos de la repentina llamarada.

El arma trazó confusas líneas de fuego al moverla el hombre rubio. Sin embargo, Dilvish paró la primera acometida, notando un momentáneo calor en la mano. Por detrás, sonó el grito de batalla de Black y el reanudado estruendo de las armas. Un hombre lanzó un chillido.

Dilvish propinó un golpe que fue parado por la llameante espada, y notó el creciente calor de esa arma en su muñeca al parar a su vez y buscar una brecha en la guardia del otro.

Se alejaron del altar y del árbol, poniendo a prueba las respectivas defensas en terreno despejado. Por los ruidos, detrás de él en ese momento, Dilvish dedujo que Black seguía resistiendo. ¿Pero cuánto tiempo podía continuar así?, se preguntó. Pese a su gran fuerza y agilidad, había muchos hombres enfrentados a Black...

La manga de Dilvish empezó a humear con el intercambio de golpes. El chamán, comprobó, era un buen espadachín. A diferencia de sus hombres, además, estaba totalmente sobrio... y no jadeaba tanto como Dilvish.

¿Cuál era el propósito de todo aquello?, se preguntó Dilvish. Lanzó un tajo a la cabeza que sabía no iba a superar la guardia del otro, retrocedió y paró el golpe en el pecho que se produjo con gran fuerza. Fingió tambalearse y recobrarse, con la esperanza de que su adversario se sintiera confiado en exceso. ¿Por qué estaban allí? ¿Cuál era el motivo de la transformación de Black, de que los dos se hallaran en el escenario de la antigua masacre?

Dilvish siguió retrocediendo, dando muestras de fatiga, sólo en parte fingidas, estudiando el estilo de su rival, parpadeando frente al resplandor de la otra espada, con la mano derecha dolorida como si hubiera estado en un horno. ¿Por qué había acudido en ayuda de una mujer ya condenada, y con tan escasas posibilidades?

Una visión cruzó de pronto su mente... Otra noche, hacía tiempo, otra mujer a punto de ser sacrificada por otro mago, las consecuencias de su acto... Dilvish sonrió al pensar que había hecho lo mismo otra vez y que volvería a hacerlo si la situación se presentaba de nuevo... porque era algo que se había preguntado durante los largos días de dolor. En ese fugaz instante, vio algo de su propio ser: el temor de que las duras pruebas sufridas hubieran roto algo en su interior, algo que en ese momento comprendió que permanecía inalterado.

Ensayó otro tajo a la cabeza. Había habido cierto detalle en la última respuesta del chamán...

¿Acaso alguna deidad de amable disposición había previsto el acto de Dilvish, considerando algún uso incomprensible del mismo en aquella batalla? ¿Acaso esa deidad le había concedido esa breve visión de su carácter como favor en el momento de la muerte? ¿O bien...?

¡Sí! ¡La respuesta llegaba con fuerza de nuevo! Si él retrocedía y movía la espada con rapidez por debajo...

Dilvish empezó a planear la maniobra mientras cedía terreno y fingía otra vez que daba un traspié.

Oyó el juramento que lanzaba Black, a la derecha, y otro hombre chilló. Aunque logre matar al chamán, se preguntó Dilvish, ¿cuánto tiempo duraremos los dos con los hombres que quedan en el campo y los que llegarán del pueblo en llamas?

Pero en ese instante, Dilvish no pudo asegurar si fue por el efecto de la llameante espada en sus humedecidos ojos, todo cuanto tenía ante él pareció ondularse y agitarse. Todo pareció paralizado en ese momento: su quite, la mueca burlona en el semblante cubierto de sudor del chamán... En esa esquirla de infinitud, Dilvish vio su oportunidad.

Lanzó un tajo a la cabeza.

Su adversario paró el golpe, y el llameante arco de la respuesta centelleó hacia su pecho.

Retrocedió, moviendo rápidamente la espada hacia abajo, en círculo y hacia arriba. La punta de la flamígera espada desgarró la manga de su jubón por encima del bíceps derecho.

Se revolvió y se cogió la quemada muñeca derecha con la otra mano, con la espada horizontal y apuntando al pecho de su rival. Ya desequilibrado por el movimiento, se lanzó hacia adelante y vio que su arma atravesaba al chamán mientras ambos caían. Durante un instante notó la ardiente hoja de su adversario en su muslo derecho.

Después, de nuevo la agitación, un latido eterno, prolongado.

Dilvish se echó hacia atrás y sacó su espada. Muchos colores, ígneos, marrones, verdes, rojos brillantes... comenzaron a manchar su visión. La flamígera espada llameó, perdió brillo, se apagó en el suelo. Luego se convirtió en un mero tiznajo oscuro en un lienzo cambiante. Los sonidos del conflicto cesaron en la posición de Black.

Dilvish se puso en pie, con el arma dispuesta y el brazo tensado para moverla. Pero nadie más se acercó.

En el extremo del campo, en dirección al altar donde yacía muerta la sacerdotisa, parecía estar sonando una voz... femenina y un poco estridente. Dilvish miró hacia allí y de inmediato desvió sus aún lacrimosos ojos, porque sólo había luz, que cobraba brillo, latido tras latido.

—Escuché mi himno, Libertador —resonaron las palabras—, y cuando miré, vi que podía confiar en tu ser. Un viejo agravio no puede repararse, pero he aguardado largo tiempo este castigo, el de los que siguen al sol.

Alrededor, como si fueran vidrio empañado, Dilvish vio las erguidas siluetas de muchos de los hombres que habían venido a atacarles. Fluctuaron y sus perfiles se hicieron borrosos mientras él los contemplaba. Pero uno de ellos parecía haber brotado, en silencio, a la izquierda...

La voz se dulcificó:

—... Y para ti, que te preocupaste por este lugar, aunque sólo fuera brevemente, ¡mi bendición!

El hombre parecía estar ya muy cerca, con la espada levantada, bamboleándose con lentos movimientos. Los demás se habían transformado en manchas de color entre un brillo cada vez más intenso... y también el que se acercaba pareció cambiar cuando Dilvish alzó su espada.

La flor cayó.

Dilvish extendió la mano en busca de algo donde apoyarse, no encontró nada y usó la espada a modo de bastón. Escuchó un ruido de pateo, después silencio. Alrededor de él, el lugar rebosaba de sol vespertino. Entre las altas hierbas había flores arrancadas y pisoteadas, cerca y lejos. Las que aún se erguían estaban encaradas al sol, cimbreantes.

—¿Black?

—¿Sí?

Dilvish volvió la cabeza. Black estaba sacudiendo la suya.

—Extrañas visiones... —empezó a decir.

—Pero no un sueño —terminó Black, y Dilvish dedujo que ello era cierto por el temblor de su enrojecida mano y la sangre que todavía brotaba de sus numerosas heridas.

—Manata —dijo—, terminaré la tarea, por lo que me has mostrado.

—Ha sido magnífico tenerte allí —replicó Dilvish mientras se adentraban en las sombras cada vez más largas—. Maravilloso.

—Ahora podrás decir a los jefes de la caravana que el camino está libre.

—Sí. ¿Lo oíste tú también?

Black guardó silencio unos instantes.

—Las flores no chillan —dijo por fin.

Por debajo y por detrás, el humo seguía alzándose y flotaba en el menguante día.

Mientras subían las estribaciones montañosas, Black reanudó la conversación.

—Ha sido magnífico luchar a tu lado de esa forma. Me pregunto si no podría aprender ese encantamiento...

Cielo de claraboyas - Silvina Ocampo


La reja del ascensor tenía flores con cáliz dorado y follajes rizados de fierro negro, donde se enganchan los ojos cuando uno está triste viendo desenvolverse, hipnotizados por las grandes serpientes, los cables del ascensor.

Era la casa de mi tía más vieja adonde me llevaban los sábados de visita. Encima del hall de esa casa con cielo de claraboyas había otra casa misteriosa en donde se veía vivir a través de los vidrios a una familia de pies aureolados como santos. 
 
Leves sombras subían sobre el resto de los cuerpos dueños de aquellos pies, sombras achatadas como las manos vistas a través del agua de un baño. Había dos pies chiquitos, y tres pares de pies grandes, dos con tacos altos y finos de pasos cortos. 
 
Viajaban baúles con ruido de tormenta, pero la familia no viajaba nunca y seguía sentada en el mismo cuarto desnudo, desplegando diarios con músicas que brotaban incesantes de una pianola que se atrancaba siempre en la misma nota. De tarde en tarde, había voces que rebotaban como pelotas sobre el piso de abajo y se acallaban contra la alfombra.

Una noche de invierno anunciaba las nueve en un reloj muy alto de madera, que crecía como un árbol a la hora de acostarse; por entre las rendijas de las ventanas pesadas de cortinas, siempre con olor a naftalina, entraban chiflones helados que movían la sombra tropical de una planta en forma de palmera. 
 
La calle estaba llena de vendedores de diarios y de frutas, tristes como despedidas en la noche. No había nadie ese día en la casa de arriba, salvo el llanto pequeño de una chica (a quien acababan de darle un beso para que se durmiera) que no quería dormirse, y la sombra de una pollera disfrazada de tía, como un diablo negro con los pies embotinados de institutriz perversa. 
 
Una voz de cejas fruncidas y de pelo de alambre que gritaba "¡Celestina, Celestina!", haciendo de aquel nombre un abismo muy oscuro. Y después que el llanto disminuyó despacito... aparecieron dos piecitos desnudos saltando a la cuerda, y una risa y otra risa caían de los pies desnudos de Celestina en camisón, saltando con un caramelo guardado en la boca. 
 
Su camisón tenía forma de nube sobre los vidrios cuadriculados y verdes. La voz de los pies embotinados crecía: "¡Celestina, Celestina!". Las risas le contestaban cada vez más claras, cada vez más altas. Los pies desnudos saltaban siempre sobre la cuerda ovalada bailando mientras cantaba una caja de música con una muñeca encima.

Se oyeron pasos endemoniados de botines muy negros, atados con cordones que al desatarse provocan accesos mortales de rabia. La falda con alas de demonio volvió a revolotear sobre los vidrios; los pies desnudos dejaron de saltar; los pies corrían en rondas sin alcanzarse; la falda corría detrás de los piecitos desnudos, alargando los brazos con las garras abiertas, y un mechón de pelo quedó suspendido, prendido de las manos de la falda negra, y brotaban gritos de pelo tironeado.

El cordón de un zapato negro se desató, y fue una zancadilla sobre otro pie de la falda furiosa. Y de nuevo surgió una risa de pelo suelto, y la voz negra gritó, haciendo un pozo oscuro sobre el suelo: "¡Voy a matarte!". 
 
Y como un trueno que rompe un vidrio, se oyó el ruido de una jarra de loza que se cae al suelo, volcando todo su contenido, derramándose densamente, lentamente, en silencio, un silencio profundo, como el que precede al llanto de un chico golpeado.

Despacito fue dibujándose en el vidrio una cabeza partida en dos, una cabeza donde florecían rulos de sangre atados con moños. La mancha se agrandaba. De una rotura del vidrio empezaron a caer anchas y espesas gotas petrificadas como soldaditos de lluvia sobre las baldosas del patio. 
 
Había un silencio inmenso; parecía que la casa entera se había trasladado al campo; los sillones hacían ruedas de silencio alrededor de las visitas del día anterior.

La falda volvió a volar en torno de la cabeza muerta: "¡Celestina, Celestina!", y un fierro golpeaba con ritmo de saltar a la cuerda.

Las puertas se abrían con largos quejidos y todos los pies que entraron se transformaron en rodillas. La claraboya era de ese verde de los frascos de colonia en donde nadaban las faldas abrazadas. Ya no se veía ningún pie y la falda negra se había vuelto santa, más arrodillada que ninguna sobre el vidrio.

Celestina cantaba Les Cloches de Corneville, corriendo con Leonor detrás de los árboles de la plaza, alrededor de la estatua de San Martín. Tenía un vestido marinero y un miedo horrible de morirse al cruzar las calles.