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La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 1)

El niño empezó a llorar a primera hora de la tarde, a eso de las tres, para ser exacto. Recuerdo la hora porque había estado escuchando con secreto alivio el ruido de la partida del carruaje. Aquellas ruedas perdiéndose en la distancia por el paseo engravillado con mistress Frene y su hija Gladys, de la cual era yo gobernanta, significaban para mí unas horas de bendito descanso, y aquel día de junio hacía un calor opresivo, sofocante. 

Además, había que contar con aquella excitación que se había apoderado de todo el personal de la casa, allí en el campo, y muy especialmente de mí misma. Dicha excitación, que se propagaba delicadamente detrás de todos los acontecimientos de la mañana, se debía a cierto misterio, y, por supuesto, el tal misterio no se ponía en conocimiento de la gobernanta. 

Yo me había agotado a fuerza de suposiciones y vigilancia. Porque me dominaba una especie de ansiedad profunda e inexplicable, hasta tal punto que no dejaba de pensar ni un momento en lo que solía decir mi hermana de que yo era excesivamente sensitiva para resultar una buena gobernanta, y que habría dado mucho mejor rendimiento como clarividente profesional.

Para la hora del té, esperábamos la desacostumbrada visita de míster Frene, el mayor, el tío Frank. Eso sí lo sabía. También sabía que la visita tenía algo que ver con la suerte futura del pequeño Jamie, un niño de siete años, hermano de Gladys. Mis noticias no pasaban de aquí, en verdad, y ese eslabón que falta hace que mi relato sea, en cierto modo, incoherente... puesto que falta en él un trozo importante del extraño rompecabezas. 

Yo solo colegía que la visita del tío Frank tenía un carácter condescendiente, que a Jamie se le había recomendado que se portase lo mejor que supiera, a fin de causar buena impresión, y que Jamie, que no había visto nunca a su tío, le temía horriblemente ya de antemano. Luego, arrastrándose, mortecino, por entre el crujir, cada vez más débil, de las ruedas del carruaje sobre la gravilla, escuché el curioso gemidito del llanto del niño, produciendo el efecto, perfectamente inexplicable, de que todos los nervios de mi cuerpo se dispararon como movidos por un resorte eléctrico, poniéndome en pie con un inequívoco cosquilleo de alarma. 

El agua me caía sobre los ojos, literalmente. Recordaba la blanca aflicción del pequeño aquella mañana cuando le dijeron que el tío Frank vendría en su coche a tomar el té y que él había de ser «amable de veras» con el tío Frank. Aquella pena se me había clavado en el corazón como un cuchillo. Sí, ciertamente, el día entero había tenido ese carácter de pesadilla, de visiones terroríficas.

—¿El hombre de la «cara enorme»? —había preguntado el pequeño con una vocecita de espanto. Y luego había salido, mudo, de la habitación, disolviéndose en un llanto que ningún consuelo lograba calmar. He ahí todo lo que yo había visto; y lo que pudiera significar el niño con aquello de «la cara enorme» solo me llenaba de un vago presentimiento. 

Aunque en cierto modo vino como una relajación, como una revelación súbita del misterio y la excitación que latían bajo la quietud de aquel bochornoso día de verano. Yo temía por el pequeño. Porque entre toda la gente vulgar que poblaba la casa, Jamie era mi preferido, aunque profesionalmente no tuviera nada que ver con él. 

Era un niño muy nervioso, ultrasensible, y a mí se me antojaba que nadie le comprendía, y menos que nadie sus buenos y tiernos padres; de modo que su vocecilla plañidera me sacó de la cama y me llevó junto a la ventana en un momento, lo mismo que una llamada de socorro.

La calígine de junio se extendía sobre el extenso jardín como una manta; las maravillosas flores, que eran el deleite de míster Frene, colgaban inmóviles; los céspedes, tan suaves y espesos, amortiguaban todos los otros sonidos; solo las limas y las bolas de nieve zumbaban de abejas. 

A través de aquella atmósfera callada de calor y calígine el sonido del llanto del niño venía, flotando, débilmente hasta mis oídos, como desde una gran distancia. La verdad es que ahora me maravilla que lo oyese siquiera; porque un momento después veía a Jamie abajo, más allá del jardín, con el vestido blanco de marinero, solo, completamente solo, a unos doscientos metros de distancia. 

Estaba junto al feo espacio en el que no crecía nada: el Rincón Prohibido. Entonces me invadió repentinamente una debilidad, una flaqueza de muerte, al verle allí nada menos, allí precisamente... adonde no se le permitía nunca ir, y adonde, por otra parte, el más profundo terror solía impedirle ir. 

El verle plantado allí, solitario, en aquel punto singular, y sobre todo el oírle llorar en aquel rincón me despojaron momentáneamente del poder de actuar. Luego, antes de poder recobrar yo suficientemente la compostura para llamarle, míster Frene apareció por la esquina, viniendo de Lower Farm con los perros, y, al ver a su hijo, hizo lo que había pensado hacer yo. 

Con su voz potente, campechana, cordial, le llamó, y Jamie se volvió y echó a correr como si un determinado embrujo se hubiera roto en el último momento, en el instante preciso... El niño corrió hacia los abiertos brazos de aquel padre bondadoso, pero que no le comprendía, y que lo trajo adentro de la casa subido sobre los hombros, mientras le preguntaba a qué venía todo aquel alboroto. 

Pisándoles los talones seguían los perros de pastor, rabones, ladrando ruidosamente e interpretando lo que Jamie solía llamar el Baile de la Gravilla, porque con los pies levantaban la redonda, húmeda gravilla del suelo.

Yo me aparté prestamente de la ventana para que no me vieran. Si hubiera presenciado cómo salvaban al niño de un incendio, o de morir ahogado, apenas habría podido experimentar un alivio mayor. Solo que, estaba segura, míster Frene no sabría decir ni hacer lo que convenía, en modo alguno. 

Protegería al niño de sus vanas imaginaciones; pero no con la explicación que pudiera remediarle de verdad. Padre e hijo desaparecieron detrás de los rosales, en dirección a la casa. Y no vi nada más hasta después, cuando llegó el otro míster Frene, es decir, el hermano mayor.

Describir como «singular» aquel feo trozo de tierra acaso no se pueda justificar fácilmente; y, sin embargo, esta es la palabra que toda la familia buscaba, aunque nunca —¡oh, no, nunca!— la utilizaron. Para Jamie y para mí, si bien tampoco lo mencionáramos nunca, aquel paraje sin árboles ni flores era más que singular. 

Estaba situado en el extremo más distante de la preciosa rosaleda, y era un lugar desnudo, lacerado, donde la negra tierra mostraba su feo rostro en invierno, casi como un trozo de ciénaga peligrosa, y en verano se recocía y agrietaba con fisuras donde los lagartos verdes disparaban su fuego al pasar. 

En contraste con la esplendorosa lozanía de todo aquel jardín maravilloso, era como un atisbo de la muerte en medio de la vida, un centro de enfermedad que reclamaba que lo sanasen, si no querían que se extendiera. Pero nunca se extendió. Detrás se levantaba la densa espesura de hayas plateadas y, más allá, brillaba el prado del vergel, donde jugueteaban los corderos.

Los jardineros explicaban de una manera muy simple su desnudez. Decían que por culpa de las pendientes que formaba el terreno a su alrededor, el agua que caía allí corría y se marchaba inmediatamente, sin que quedara la necesaria para dar vida a la tierra. Yo no sé nada a este respecto. 

Era Jamie..., Jamie que percibía su hechizo y lo rondaba, que se pasaba horas enteras allí, a pesar de morirse de miedo, y para el cual se calificó finalmente aquel terreno de «estrictamente prohibido» porque estimulaba su ya muy desarrollada imaginación, pero no favorablemente, sino de manera demasiado tenebrosa..., 

Era Jamie quien enterraba ogros allí y oía gritar aquel suelo con voz terrena, y juraba que a veces, mientras lo estaba contemplando, su superficie temblaba, y, en secreto, le daba alimento, bajo la forma de pájaros, o ratones, o conejos que hallaba muertos en sus excursiones. Y era Jamie el que había expresado, con tan extraordinario acierto, la sensación que aquel horrible lugar me causó desde el primer instante que lo vi.

—Es malo, miss Gould —me dijo.

—Pero, Jamie, en la naturaleza nada hay malo..., precisamente malo; solo distinto de lo demás, a veces.

—Si usted prefiere, miss Gould, entonces está vacío. No está alimentado. Se está muriendo porque no puede procurarse el alimento que necesita.

Y cuando yo clavaba la mirada en aquella carita pálida donde los ojos brillaban tan negros y adorables, buscando en mi interior la réplica apropiada, él añadió con un énfasis y una convicción que me llenaron repentinamente de un frío glacial:

—Miss Gould... —él siempre utilizaba mi nombre de este modo, en todas sus frases—, «eso» tiene hambre. ¿No lo ve? Pero yo sé qué es lo que lo satisfaría.

Solo la convicción de un niño hablando muy en serio habría justificado, acaso, que se prestara oídos por un momento siquiera a una idea tan disparatada; pero para mí, que opinaba que aquello que un niño imaginativo creyera tenía verdadera importancia, vino como un tremendo y desazonador impacto de realidad. 

Jamie, a su manera exagerada, había cogido el filo de un hecho pasmoso; una insinuación de oscura, no descubierta verdad había saltado dentro de aquella imaginación sensitiva. No sabría decir por qué aquellas palabras estaban preñadas de horror; pero creo que una indicación del poder de las tinieblas cabalgaba a través de la sugerencia de la frase final: «yo sé qué es lo que lo satisfaría». Recuerdo que me abstuve, asustada, de pedir una explicación. 

Pequeños grupos de otras palabras, afortunadamente veladas por el silencio del niño, dieron vida a una posibilidad inexpresable que hasta el momento había permanecido oculta en el fondo de mi propia conciencia. Su manera de cobrar vida demuestra, creo yo, que mi mente seguía albergándola. La sangre huía de mi corazón mientras escuchaba. Recuerdo que me temblaban las rodillas. La idea de Jamie era, y había sido en todo momento, la misma que tenía yo también.

Y ahora, mientras permanecía tendida en la cama y pensaba en todo aquello, comprendía la causa de que la llegada del tío del niño implicase, fuera como fuere, una experiencia que envolvía el corazón del niño en un sudario de terror. 

Con una sensación de certidumbre de pesadilla que me dejaba demasiado débil para resistir la absurda idea, demasiado trastornada, en verdad, para discutirla o rechazarla a fuerza de razonamientos, esta certidumbre se abría paso con el estallido negro y poderoso de la convicción; y la única manera que tengo de ponerla en palabras, puesto que el horror de las pesadillas no se puede expresar de verdad, parece ser esta: que realmente en aquel trozo agonizante de jardín faltaba algo; faltaba algo que aquel suelo buscaba eternamente; algo que, una vez hallado y asimilado, lo volvería tan fértil y vivo como el resto; más aún, que existía una persona en el mundo que podía prestarle este servicio. Míster Frene, el mayor, en una palabra el «tío Frank», era la persona que, con su abundancia de vida, podía suplir aquella falta... inconscientemente.

Porque esta relación entre el moribundo, estéril trozo de terreno y la persona de aquel hombre vigoroso, sano, rico, triunfador, se había alojado ya en mi subconsciente aun antes de que yo me diera cuenta de ella. Era indudable, había de haber morado allí desde el principio, aunque escondida. 

Las palabras de Jamie, su repentina palidez, el emocionado vibrar de asustada expectación revelaron la placa; pero había sido su llanto, solo allí, en el Rincón Prohibido, lo que la impresionó. La fotografía brillaba, enmarcada delante de mí, en el aire. Me cubrí los ojos. De no haber temido el enrojecimiento —el hechizo de mi rostro desaparece como por ensalmo si no tengo los ojos despejados—, habría llorado. Las palabras que había pronunciado Jamie aquella mañana sobre la «cara enorme» volvieron a mi mente como un ariete.

Míster Frene, el mayor, había constituido tan a menudo el tema de las conversaciones de la familia; desde mi llegada, había oído hablar de él tantísimas veces y, por añadidura, había leído tantas cosas sobre su persona en los periódicos —su energía, su filantropía, los triunfos conseguidos en todo aquello que emprendió—, que me había formado un cuadro completo de aquel hombre. 

Le conocía tal como era interiormente; o, como habría dicho mi hermana, por clarividencia. Y la única vez que le vi, cuando llevé a Gladys a una reunión que presidía él, y más tarde percibí su atmósfera y su presencia mientras él hablaba, en tono protector, con la niña, justificó el retrato que me había trazado. 

Lo demás, acaso digan ustedes, era fruto de la imaginación desbocada de una mujer; pero yo más bien creo que se trataba de esa especie de intuición divina que las mujeres comparten con los niños. Si se pudieran hacer visibles las almas, apostaría la vida en favor de la realidad y la fidelidad del retrato que me había trazado.

Porque el tal míster Frene era un hombre que cuando estaba solo se quedaba alicaído, y adquiría vitalidad estando en medio de la gente... porque utilizaba la vitalidad de los demás. Era un artista supremo, si bien inconsciente, en la ciencia de apoderarse del fruto del trabajo y la vida de los otros... en provecho propio. 

Actuaba como un vampiro —sin saberlo él mismo, no cabe duda— sobre todos aquellos con quienes entraba en contacto; los dejaba exhaustos, cansados, inermes. Se alimentaba de lo de los demás; de manera que mientras en un salón lleno a rebosar brillaba y resplandecía, a solas, sin vida que absorber, languidecía y declinaba. 

Si uno se hallaba en la vecindad inmediata de aquel hombre sentía cómo su presencia se le llevaba todo lo que tuviera dentro: él se apoderaba de tus ideas, de tus energías, de tus mismas palabras, y luego las utilizaba para beneficio y engrandecimiento propios. No con maldad, por supuesto; era un hombre bueno de veras; pero uno sentía que resultaba peligroso a causa de lo fácilmente que absorbía toda la vitalidad suelta que encontrase a su entorno. 

Su voz, sus ojos, su presencia le desvitalizaban a uno. Parecía como si la vida no estuviera suficientemente bien organizada para resistir y hubiera de evitar la proximidad excesiva de aquel hombre, y tuviera que esconderse por miedo a que él se la apropiara, es decir, por miedo a... morir.

 

(CONTINUARÁ...) 

Luitpold Von Iss - Coraly Pirmez


El prior del convento de S... en Austria volvía a su celda después del oficio de la noche. Cansado de la dura jornada, se sentó antes de echarse a dormir.
Era a mediados de las vacaciones de septiembre.
El religioso había asistido por la mañana a los funerales de un alumno del colegio, que había muerto a los quince años de edad.
Los padres del difunto quisieron que, desde el púlpito, el prior pronunciara una oración fúnebre, según se acostumbraba cuando fallecía un miembro de su casa condal.
El superior no se había negado a ello; pero, se acordaba como si fuera ahora, la preparación del pequeño discurso no le había resultado fácil, pues, por nada en el mundo, el santo varón habría consentido en deformar la verdad.
¿Y qué se podía decir del adolescente? ¿Qué virtudes había practicado?
De una poderosa familia, futuro heredero de altos títulos, poseedor de un mayorazgo, este hijo único había sido adorado por sus padres y adulado por sus numerosos vasallos, sirvientes y criados, siempre a sus órdenes.
El muchacho poseía atractivas cualidades físicas: era guapo, gentil, de modales distinguidos; pero, desgraciadamente, era orgulloso, egoísta, muy ignorante y nada sumiso. Fue precisamente la desobediencia lo que le acarreó, tan joven, la muerte.
Comunicaron al prior que, de vuelta de una expedición de pesca, Luitpold se había resfriado.
Los más célebres doctores de Viena, llamados con toda urgencia, habían tranquilizado a los padres sobre la curación de la enfermedad, pero, no obstante, recomendaron al joven conde no tomar, por unos días, el aire de la noche.
A pesar de los consejos de la docta facultad, el estudiante se escapó a la mañana siguiente, a medianoche, para pasear por el bosque, pues un guarda de caza le había asegurado que el urogallo de las montañas dejaría oír su misterioso canto.
Y realmente el gran urogallo había aparecido, cosa inaudita en septiembre. Luitpold había oído el grito fantástico y vio brillar a la luz de la luna el suntuoso plumaje; pero Luitpold había vuelto temblando al castillo y, ocho días más tarde, se marchaba de este mundo. La crónica de la aldea señorial lo narraba de este modo.
–¡Pobre nuestro joven conde! –gemían los villanos mientras agonizaba–; en su delirio sólo habla de gallos salvajes, corzos, ciervos y ortegas. ¡Oh, destino!, ¡no será él quien vea estos bosques, no será su fusil el que derribará al gran urogallo, el pájaro de la desgracia...!
Antes de pronunciar la oración fúnebre, el prior preguntó por los últimos momentos del difunto.
–¿Había recibido los santos sacramentos?
–¡Ciertamente, reverendo! –había contestado el bailío, administrador de los bienes de la noble casa–. La señora condesa no quiso descuidar este punto de las buenas costumbres.
Pero el ayuda de cámara confesó, muy bajo, que el capellán había sido llamado a la cabecera del moribundo un cuarto de hora antes de su muerte y, si el joven señor recibió la comunión, continuó más bajo todavía, la recibiría durante los últimos minutos que preceden a la eternidad.
–¿Y el muchacho –preguntó el prior– supo al menos que iba a morir?
–No, reverendo padre, la señora condesa no permitió que se lo dijeran. Ella misma dijo al capellán del pueblo, enviado en el último momento, que el señor Luitpold, alumno de la abadía de S..., era muy pío: «bastaría con insinuarle con delicadeza –añadió– que para lograr una pronta recuperación, haría bien en confesarse y comulgar, pues la madre deseaba que tomara parte, pasado mañana, en una cacería a caballo por los llanos del condado». Sobre todo, había insistido varias veces la señora condesa: «¡no os olvidéis de hablarle tal como os he indicado, no fuera que el chico se asustara!».
–¡Vaya, vaya! –suspiró el religioso que escuchaba con atención.
–Para los villanos y el guarda de caza –prosiguió el ayuda de cámara–, la muerte del joven señor es una pérdida.
–¿Y esto por qué? –preguntó el prior, ávido de encontrar un tema para su discurso.
–Pues bien, reverendo, el difunto era muy generoso en sus excursiones de placer: el conde regalaba varios florines para recompensar al guarda que le indicaba un nido de currucas o una nidada de perdigones, y no se olvidaba de gratificar al que le traía o mariposas para su colección, o edelweiss para su herbario, o un ruiseñor para su pajarera. ¡Siempre mi señor remuneraba los pequeños servicios!
El prior aprovechó estas explicaciones obtenidas de una fuente tan verídica.
Durante la oración fúnebre, se extendió ampliamente sobre el pesar de los padres, habló de los magnánimos instintos de la flor de generosidad encerrada en el corazón del hijo que lloraban; esta flor que, bien cultivada, se habría transformado más adelante en bellas obras de caridad.
El superior de la abadía acababa de entrar, como decíamos, en su celda y pensaba en la magnificencia de los funerales del joven conde y también, en menor grado, en la oración fúnebre pronunciada.
«Realmente no ha estado del todo mal –pensó con secreta complacencia–, lo he conseguido. Y no obstante era difícil, con tan pocos argumentos...»; pero, al darse cuenta de estos efluvios de vanidad, el religioso se apresuró a retractarse y suspiró profundamente.
Una vaga tristeza invadía su corazón. Ya la había sentido durante el servicio divino y ahora volvía a apoderarse de él.
De repente, hostigaron su espíritu terribles pensamientos sobre el destino eterno de Luitpold.
«¡Dónde estará su alma! –se preguntaba con angustia el prior–. ¡Oh, Señor, tened piedad, tened piedad de ella!»
Y el abad, abatido por el peso de una inquietud indefinible, olvidándose de su descanso que le era tan necesario, se arrodilla y empieza a rezar el rosario.
En ese momento, llaman a la puerta de su celda. Un golpe seco, rudo.
«¿Quién puede llamar a estas horas? –se dijo–. Es medianoche, ya hace tiempo que acompañé a los monjes a sus celdas.
»¡Pero no!, es una ilusión, no han llamado, porque habría oído el benedicamus domine que nuestra regla ordena decir cuando se llama a la puerta del prior».
Y continúa rezando el rosario. Pero vuelven a llamar.
El religioso se levanta. Antes de que llegue a su pequeña puerta, se abre sola y entran dos personajes.
Silenciosamente, se colocan a ambos lados de la puerta y hacen un signo imperativo al abad.
El religioso comprende. Esta señal indica: ¡En marcha, nosotros te seguimos!
Más tarde se dio cuenta: si el prior se hubiera negado a cumplir esta orden, habría sido inútil.
Salió de la celda.
Los fantasmas, inclinándose ante el abad, se colocaron uno a su derecha y otro a su izquierda.
Ante ellos, las puertas de los claustros se abrieron y cerraron como por encanto.
Aunque la noche era lluviosa, sin luna ni estrellas centelleantes, el camino estaba iluminado por un extraño resplandor que surgía de sus acompañantes.
El de la derecha llevaba un pequeño cáliz o, mejor, una custodia de oro; el de la izquierda, una espada luminosa que brillaba en la sombría noche.
Los fantasmas tenían alas de una blancura radiante. Blancura parecida a la de sus vestidos, que recordaban a la nieve cuando brilla bajo el sol.
«¡Son ángeles! –se dijo el viejo admirado–. Qué pueden desear de mí, pobre pecador, estos enviados celestiales».
–¡Seguidnos! –dijeron, como si respondieran al pensamiento del religioso.
Y los siguió, mientras intentaba comparar las voces de los fantasmas con las melodiosas notas del órgano de la catedral de Viena.
Después de andar bastante tiempo, llegaron al cementerio. El perfume del romero y de los cipreses impregnaba el aire. La verja de hierro macizo se abrió ante ellos, como se habían abierto sin ruido las puertas del monasterio.
Se encaminaron hacia las tumbas pertenecientes a las familias de patricios.
Pronto llegaron ante una capilla sepulcral, cuyos revestimientos eran de mármol jaspeado.
El ángel de la espada luminosa tocó la puerta de bronce repujada de escudos de armas. Se abrió.
«¡Es el sepulcro de los condes de Iss...! –pensó el prior, emocionado–. Esta mañana ha recibido al último vástago de este ilustre nombre».
Los ángeles entrarón.
El religioso los seguía. Vio, a la luz de una lamparilla que temblaba en un pequeño nicho, una larga hilera de tumbas: varias de mármol negro representaban a un caballero completamente armado; otras, a una joven en actitud de orar; otras aún, una columna rota; algunas sostenían la mitra y el báculo. Pero todas tenían un punto en común: el escudo de la casa de Iss... esculpido en el frontispicio «oro en la faja de las gules».
Esta casa tenía alianzas hasta con el trono.
Los ángeles se detuvieron ante la última tumba. Era un mausoleo de mármol de Carrara. Llevaba inscrito un único nombre:
LUITPOLD
el último de nuestra raza
En este momento un enorme ruido, parecido al bramido del trueno, agitó el recinto sepulcral: la espada del ángel había partido el mausoleo y la parte superior de la tumba se abrió estrepitosamente.
–Acercaos y contemplad –dijo el ángel al religioso.
¿Qué vio? ¡Ah, es espantoso decirlo...! Vio lo que fue Luitpold, conde von Iss...
Está allí, muerto... el sudario roto deja el cadáver al descubierto. Un reptil, especie de serpiente marina, roe el corazón y las entrañas. La cabeza está intacta... la boca abierta... De esta boca pende un objeto brillante, diáfano, como el diamante, reluciente como el sol.
El segundo ángel deposita entre las manos del religioso el cáliz de oro e indica, con un gesto respetuoso, el objeto brillante que se encuentra entre los dientes y el paladar sin rozar con ninguno de ellos.
El religioso se inclina y toma, con la patena, la hostia consagrada, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
Y los ángeles se arrodilan y exclaman: ¡Sanctus, Sanctus, Sanctus, Dominus Deus exercituum!
El religioso ha comprendido.
Poniendo de nuevo la santa hostia en el cáliz, el prior se arrodilla y adora.
Es la hostia que Luitpold recibió momentos antes de partir hacia la eternidad, sin que la condesa, ciega por el cariño, permitiera que se advirtiese a su desgraciado hijo que moriría y que debía prepararse para la muerte.
Esta narración que precede puede leerse en los Recuerdos históricos, manuscrito del reverendo padre Von Bartel, prior de la abadía de S..., en Austria, muerto en olor de santidad el 17 de septiembre de 1785. Fue escrito hace cien años. El documento del prior acaba de este modo: «Me desperté de rodillas por la mañana en la capilla de nuestro convento.
»Pensé que había tenido un triste sueño, ¡realmente triste!
»Sin duda –me dije a mí mismo–, me habré quedado solo, según la costumbre, después de rezar las completas y me habrá sorprendido el sueño...
»Mientras, recopilando mis recuerdos, me acordé perfectamente de que la víspera había subido la gran escalera hacia las nueve de la noche, para acompañar a nuestros religiosos a sus celdas...
»Estaba en este punto de mis pensamientos cuando entró el hermano sacristán. Venía a adornar el altar para la primera misa que se celebra a las cuatro.
»El hermano, mirándome, parecía sorprendido».
–¿Cómo, reverendo padre prior, habéis dado un paseo tan de mañana con este tiempo lluvioso?
»–¿Por qué me lo preguntáis, hermano Adalberto?
»–¡Pero, padre prior, los zapatos os traicionan: habéis andado por caminos enfangados... y no hablemos de la sotana!, también os acusa... está empapada de lluvia».
»Sus palabras me trastornaron y, sin contestar al querido hermano, que me miraba con curiosidad, incluso boquiabierto, encendí los cirios del altar y quise coger la llave del tabernáculo.
»No estaba en su escondite.
»Maquinalmente, metí la mano en el bolsillo de mi sotana: ¡la pequeña llave dorada, con borlas de oro, estaba allí!
»¡Incomprensible, inexplicable!
»Últimamente, no había distribuido la santa comunión al pueblo..., ¿cómo era posible que la llave del tabernáculo estuviese en mi bolsillo?
»Temblando abrí la puertecilla de cobre cincelado...
»¡Dios mío!, todavía tiemblo al escribirlo...
»La abrí... y vi... ¡el cáliz de oro! ¡Este cáliz escondido en la abadía, pero que yo..., ¡yo!, había visto en las manos del ángel y que yo mismo había sostenido para tomar... de la boca de un cadáver el cuerpo de Dios vivo!
»¡Y en este cáliz, ayer desconocido, una hostia!
»Cerré llorando la puerta del tabernáculo y prometí al Señor que nadie sabría, antes de mi muerte, lo que había ocurrido aquella noche de septiembre del año 1784.
»Mientras, preparándome para ofrecer el santo sacrificio, intentaba tranquilizarme.
»"Dios –me dije– ha permitido este milagro porque Luitpold recibió demasiado cerca de su muerte la santa hostia, y las especies no pudieron ser consumidas..., sufriendo una profanación en la boca de un cadáver...
»No, no, lo que he visto no es de ningún modo un indicio de la reprobación de esta alma...".
»Y me puse a rezar por ella.
»Pero, durante la celebración de la misa, soporté el peso de una angustia mortal.
»Hacia las ocho y media, el guarda de las tumbas vino al convento, donde está su hijo entre nuestros hermanos conversos.
»Lo encontré cuando me dirigía al coro para salmear la sexta y la nona. Se me acercó y me pidió permiso para decirme algo sorprendente, extraordinario, ¡inalaudito!
»–Bien, ¿qué tienes que decirme?
»–Esta mañana, reverendo padre prior, cuando iba a poner aceite en la lámpara mortuoria del mausoleo Von Iss..., ¡encontré la tumba del conde Luitpold partida en dos y las letras de su nombre rotas!
»Después de las vísperas me dirigí hacia el mausoleo.
»¡Sí, la piedra estaba rota de arriba abajo; no obstante, los pedazos de Carrara habían sido reunidos y leí, grabado en letras de fuego, esta palabra que hará temblar a los sacrílegos: ¡Condenado!».

Ricitos de Oro - James Finn Garner

En las profundidades de la espesura, más allá del río, en el mismo corazón del bosque, habitaba una familia de osos compuesta por Papá Oso, Mamá Osa y el Pequeño Osito.

Vivían todos una existencia antropomórfica diseñada como familia nuclear y enmarcada en el espacio de una diminuta cabaña. Ni que decir tiene que todos lamentaban profundamente esta circunstancia, ya que, tradicionalmente, la familia establecida en torno a un núcleo no ha servido para otra cosa que para esclavizar a las mujeres, inculcar una moral farisaica en sus miembros e infundir en las generaciones subsiguientes rígidas nociones en lo que se refiere a los respectivos papeles heterosexuales de sus miembros. 

Así y todo, intentaban vivir felices y procuraban adoptar las medidas necesarias para evitar tales peligros (entre otras, habían optado por dirigirse a su retoño como «criatura», en tanto que denominación desprovista de género específico).

Una mañana, se sentaron todos a desayunar en su pequeña cabaña antropomórfica. Papá Oso había preparado grandes cuencos de gachas naturales y desprovistas de ingredientes artificiales. Las gachas, sin embargo, acababan de ser retiradas del fogón y aún se encontraban demasiado sobrecargadas desde el punto de vista térmico como para poder consumirse. Así pues, decidieron aguardar a que sus cuencos se enfriaran y salieron a dar un paseo y a visitar a sus vecinos del reino animal.

Apenas hubieron partido, surgió de entre los arbustos una joven mujer cutáneamente empobrecida en melanina que se deslizó hasta el interior de la cabaña. Se llamaba Ricitos de Oro y llevaba varios días observando a los osos. Se trataba, dicho sea de paso, de una bióloga especializada en el estudio de osos antropomórficos. 

En otro tiempo, había ejercido como profesora, pero su agresiva y masculina actitud frente a la ciencia (era aficionada a desgarrar los tenues velos de la Naturaleza, exponiendo sus secretos, invadiendo su esencia y empleándola en beneficio de sus propios y egocéntricos propósitos para luego alardear de tales violaciones a través de colaboraciones en diversas revistas) la había llevado a su cese.

La vil bióloga en cuestión llevaba ya algún tiempo observando la cabaña. Su intención era implantar radiotransmisores en los osos y controlar posteriormente sus desplazamientos migratorios y vitales con total desprecio de su intimidad personal (o, mejor dicho, animal). 

Guiada únicamente por sus propósitos de espionaje científico, Ricitos de Oro allanó la cabaña de los osos. Tras penetrar en la cocina, aderezó sus cuencos de gachas con un sedante. A continuación, irrumpió en el dormitorio y dispuso trampas en las camas. 

Su plan consistía en drogar a los osos y aprovechar el momento en que se dispusieran a tenderse en sus respectivos lechos para atenazar lazos radiotransmisores en torno a sus cuellos tan pronto como depositaran la cabeza sobre la almohada.

Ricitos de Oro se rió entre dientes y pensó: «¡Estos osos han de ser mi pasaporte hacia la fama! ¡Ya les enseñaré yo a esos mentecatos de la universidad los arrestos que hacen falta para realizar una investigación como Dios manda!». A continuación, se agazapó en una esquina del dormitorio y esperó. Y siguió esperando, y esperó aún un rato más. Pero los osos tardaban tanto en regresar de su paseo que se quedó dormida.

Cuando los osos regresaron por fin, se sentaron dispuestos a consumir su desayuno, pero inmediatamente se detuvieron.

—¿No te da la sensación de que estas gachas están algo pasadas, Mamá? —preguntó Papá Oso.

—Sí —repuso Mamá Osa—, así es. ¿Y las tuyas, Criatura? ¿Te huelen como si estuvieran pasadas?

—Sí, es cierto —dijo el Pequeño Osito—. Huelen a producto químico.

Recelosos, se levantaron de la mesa y acudieron a la sala de estar. Papá Oso olfateó el aire y preguntó:

—¿Hueles algo, Mamá?

—Sí —afirmó Mamá Osa—. Sí huelo. ¿Hueles tú algo, Criatura?

—Sí —dijo el Pequeño Osito—. Sí huelo. Huelo un aroma acre, sudoroso y en absoluto limpio.

Cada vez más alarmados, se dirigieron al dormitorio, y Papá Oso preguntó:

—¿No es un lazo y un collar radiotransmisor lo que distingo bajo mi almohada, Mamá?

—En efecto —repuso Mamá Osa—. ¿Hay un lazo y un collar radiotransmisor bajo la mía, Criatura?

—¡Sí que los hay! —exclamó el Pequeño Osito—. ¡Y, además, puedo ver al ser humano que los ha puesto ahí!

Diciendo esto, el Pequeño Osito señaló el rincón en el que dormía Ricitos de Oro. Los tres comenzaron a gruñir y Ricitos de Oro se despertó sobresaltada. Poniéndose en pie de un brinco, trató de escapar, pero Papá Oso obstaculizó su huida de un zarpazo y Mamá Osa hizo lo propio. 

Reducida así Ricitos de Oro a una situación de incapacidad motora, Papá y Mamá Oso se abalanzaron sobre ella con uñas y dientes. Inmediatamente la engulleron y, al cabo de unos instantes, no quedaban de la rebelde bióloga otros vestigios que un mechón de cabellos rubios y su cuaderno de apuntes.

El Pequeño Osito contempló la escena estupefacto y, cuando todo hubo concluido, preguntó:

—Mamá, Papá, ¿qué habéis hecho? Pensaba que éramos todos vegetarianos.

—Y lo somos —eructó Papá Oso—, pero siempre estamos dispuestos a probar cosas nuevas. La flexibilidad no es sino una más de las muchas ventajas que encierra todo sistema de vida pluricultural.

Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.  

Carta a mi hermana - Sivela Tanit

¿Por qué no respondes? ¿Por qué me ignoras? ¿Qué te agravió?

Recuerdo cuando me llevabas a las plazas a comer helado; con el poquito dinero que ganabas, hacías un esfuerzo y me llevabas lejos, a una plaza bonita y nueva, y nos comprabas helados. Yo veía tus ojos orgullosos de podernos dar ese lujo.

Recuerdo cuando salía a las canchas a andar en bicicleta y me ayudabas a que no me cayera; también jugábamos a la pelota. Por ti aprendí a jugar voleibol y fui muy buena en la secundaria.

Recuerdo que me ayudabas a hacer las maquetas que tanto amaban pedir las maestras en la primaria. A veces, la tarea era titánica para mí, que nací sin habilidades manuales, y tú las terminabas y sacabas la mejor calificación.

Recuerdo que me enseñaste a iluminar; eso era algo que me gustaba hacer mucho y estabas contenta. Me explicabas la teoría de los colores y yo me divertía aprendiendo cómo, al mezclarlos adecuadamente, se hacían otros tantos.

Recuerdo los pequeños sacrificios que hacías por mí, para que mamá y papá no se enojaran tanto conmigo cuando fallaba al cumplir con sus reglas (estúpidas). Vivimos muchas cosas juntas.

Recuerdo cuando nació tu bebé, recuerdo cuando se murió tu relación, recuerdo cuando conociste al muchacho que me amaba y recuerdo cómo decidiste ser una viuda sin casarte. Y ahora no me hablas; eso me duele, ¿sabes?, que no me hables.

Mamá lo era todo para ti. Ahora que me ignoras, recuerdo que me cuidaste para que mamá tuviera tiempo de ser una buena esclava para papá: para mantener económicamente a su marido, para aprender un oficio, para cocinar, lavar, aprender a sobrevivir.

Cuando mamá se fue, cansada de todo, y nos dejó con papá, fue un golpe que no pudiste superar. Y nos quedamos a cuidar al hombre que se deshizo de mamá. No pudiste irte con ella porque a mamá no le dio tiempo de despedirse de ti, pero siempre te sentiste culpable de que ella se marchara.

Ahora vives con papá y yo me salí, me fui lejos; pero siempre quise que nos habláramos, pero dejaste de hacerlo y no entiendo por qué. ¿Será que te enteraste de que estoy con mamá? ¿Será envidia? ¿Será tristeza? ¿Será resignación? Quizá la respuesta sea muy simple: nunca me amaste. Ahora creo que entiendo: solo fui la carga que le quitaste a mamá para que tú la pudieras tener toda, toda para ti sola.

Esta vez es la última vez que te escribo, hermanita. Mamá dice que ya no te ruegue, y tiene razón. Yo estoy con mamá y eso te ha de carcomer las entrañas. Me da risa pensar que, si no fuera porque hice enfurecer a papá, jamás habría encontrado a mamá.

Ahora las dos estamos juntas; lo único que no me gusta es que, aunque nos apretamos entre nosotras, tenemos frío, porque papá nos cobijó con la tierra húmeda y pesada del llano.

Adiós, hermanita. Al final, yo fui la que me quedé con mamá.


Jimmy - Lester del Rey

Siempre he pensado que el encontrar a un fantasma habría de ser una cosa bastante reconfortante. Cuando un hombre ha pasado de los cincuenta y tiene edad suficiente para hacerse una idea de la muerte, todo lo que demuestre que no se llega a un final completo y absoluto, vacío de significado, ha de ser un consuelo. ¡Ni siquiera el verse uno condenado a frecuentar un determinado lugar, a solas, durante toda la eternidad tiene el horror del no ser!
Naturalmente, la religión proporciona esperanzas a ciertas personas; pero la mayoría no tenemos ya la fe de nuestros mayores. Un fantasma debería constituir una prueba en contra de la inimaginable finalidad de la muerte.
Así solía pensar yo. Ahora, no lo sé. Ojalá supiera explicar lo de Jimmy...
Le oíamos, no cabe duda. A la muerte de mamá, toda la familia le oyó, incluso mi hermana Agnes, que es la atea más convencida que conozco. Hasta su hermana menor, que se hallaba en el piso de abajo a la sazón, subió corriendo para ver quién era el otro niño. No, no se trató de una alucinación colectiva, como tampoco se trató de algo que pueda explicarse por las leyes naturales que conocemos.
El doctor también oyó aquello, y por la cara que puso me figuro que había oído a Jimmy anteriormente y más de una vez. De todos modos, no quiere hablar del asunto, y los otros no habían podido vivir una experiencia anterior, porque nunca habían estado allí. Yo soy el único que puede declarar que he oído a Jimmy en otras ocasiones, aparte de aquélla. Ojalá no hubiera de reconocerlo así, ni siquiera ante mí mismo.
Eramos una familia numerosa, aunque la tradición de las familias numerosas estuviera dando ya las últimas boqueadas, a la vuelta del siglo. Mamá y papá lo habían querido así, y las cuatro niñas que perecieron antes de tener la menor posibilidad de vivir no cambiaron mucho las cosas. Quedamos con vida seis muchachos y tres chicas, y para mamá esto lo justificaba todo. 
Me figuro que habríamos sido una familia más numerosa aún, si un toro enfurecido no hubiese matado a papá, mientras yo estaba lejos, salvando al mundo para la Democracia. Quizá mamá hubiera encontrado otros maridos —la extensa finca de lowa, con su grande y antigua casona se los habría proporcionado—, pero se había pronunciado resueltamente contra semejante posibilidad. 
Nosotros, los hermanos mayores, nos fuimos a trabajar a la ciudad, ayudando a los otros a cursar sus estudios hasta que también ellos encontraron empleos. Con el tiempo, mamá se quedó sola en la vieja casa, mientras la ciudad crecía y se desparramaba, hasta que la finca fue vendida a parcelas, porque ya se hallaba en la periferia.
Eso le procuró a mamá una pequeña fortuna, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. No parecía necesitarnos, y se iba volviendo una persona de conducta atontada y con la cual resultaba difícil tratar. De modo que, poco a poco, nuestras visitas se fueron haciendo más escasas. 
Yo trabajaba en Des Moines y era el que vivía más cerca de ella; pero tenía mi propia vida, y, por otra parte, mamá parecía dichosa y capaz, a pesar de haber dejado bastante atrás los setenta años.
Yo le enviaba felicitaciones en su cumpleaños y en las fiestas importantes —o al menos Liza se las enviaba en mi nombre— y seguía cultivando el propósito de ir a verla. Pero mi hijo mayor pareció desmoronarse, después de la Segunda Guerra Mundial; mi hija se casó con un camionero y tuvo gemelos antes de encontrar un apartamento decente; a mi hijo pequeño lo hicieron prisionero en Corea; a mí me ascendieron a presidente de la compañía de materiales para tejados, y, en el club, un profesor nuevo me entrenaba a marcar más de noventa la mayor parte del tiempo.
Entonces mamá empezó a escribir cartas; las primeras cartas de verdad que escribía en muchos años. Eran bastante animadas, estaban llenas de pequeñas noticias sobre algunos vecinos, los nuevos cortinajes de las ventanas, una receta para preparar pastel de mantecado de limón, y cosas así. Al principio lo consideré una señal excelente. Luego advertí algo en ellas que empezó a inquietarme. De todos modos, hasta la quinta no encontré nada concreto.
En ésa escribía unas cuantas palabras sobre el maestro nuevo de la antigua escuela. Yo repasé la carta un par de veces antes de recordar que el edificio escuela había sido demolido quince años atrás. Después de darme cuenta de este detalle, otras cosas empezaron a conjuntarse. Las cortinas que mencionaba las había puesto hacía varios años, y la receta era la primera que preparó... ¡aquella que siempre salía demasiado dulce, antes de que la modificara! Había otras cosas, además.
Todo ello no cesaba de inquietarme, y por eso telefoneé. Mamá tenía una voz excelente, aunque estaba un poco preocupada temiendo que me hubiera pasado algo. Habló un par de minutos; luego murmuró algo acerca de tener el almuerzo en la estufa, y colgó rápidamente. No podía ser más normal. Saqué mis palos y había bajado la mitad de los escalones de la fachada cuando algo me hizo retroceder para repasar nuevamente sus cartas.
Después telefoneé al doctor Matthews. Al cabo de medio minuto invertido en identificarme, le pregunté por mi madre.
Su voz se revistió inmediatamente del acento profesional. La anciana estaba muy bien... en unas condiciones físicas notablemente buenas para una mujer de su edad. No, no había motivo alguno para que fuera allá en seguida. No le pasaba nada, en absoluto.
El médico extremaba la nota, al mismo tiempo que no sabía esconder por completo la inquietud de su voz. Supongo que por aquellas fechas yo había pensado en tomarme unos días de vacaciones, en el futuro, para ir a verla. Pero apenas hubo colgado el teléfono el médico, volví a dejar los palos en el armario y me cambié de ropa. Liza estaba fuera, en algún club de perfeccionamiento, y le dejé una nota. Ella se había llevado el convertible, de modo que yo estaba de suerte. 
Habíamos traído recientemente el «Cadillac» nuevo de que le hicieran un repaso y estaba ideal para una buena carrera. Además, con él corría menos peligro de que me regalaran una papeleta de multa, si pisaba con algún exceso el acelerador; la mayoría de guardias se sienten inclinados a mostrarse menos duros con los personajes que conducen coches de esa categoría. Así pues, corrí bastante todo el camino.
Matthews seguía viviendo en la misma casa; pero la blancura de su cabello me causó una viva impresión. Me miró arrugando la frente, examinándome con la mirada desde la cintura hasta el poco cabello que me quedaba, para descender de nuevo hacia el rostro. Luego levantó la mano pausadamente, dirigiendo una rápida ojeada al «Cadillac».
—Supongo que ahora todo el mundo te llama A. J. —comentó—. Y puesto que ya estás aquí, entra.
Me hizo cruzar la sala de espera y me acompañó al consultorio. Sus ojos volaron de nuevo hacia el coche, en el exterior. No sé de dónde, sacó una botella de buen whisky escocés. Viendo el signo afirmativo que le hice, mezcló licor con agua de una nevera. Luego se acomodó, estudiándome mientras ocupaba su sillón habitual.
—Conque A. J., ¿eh? —comentó otra vez. Pero me pareció advertir cierto deje ácido en sus palabras—. Esto da a entender que has triunfado. Pensaba que tu madre había dicho algo acerca de que, hace unos años, tú te encontraste en un apuro.
—No financiero —puntualicé. Yo habría pensado que sólo se acordaba Liza de aquello. A la sazón debió de escribir a mi madre; porque yo había cuidado de que la noticia no llegara a los periódicos. Y luego que me avine a comprar la línea de camiones para mi yerno, Liza acabó perdonándome definitivamente. No era asunto de la incumbencia de Matthews; pero me acordé de que por aquellas latitudes los médicos se consideran con derecho a saberlo todo y enterarse de todo—. ¿Por qué, doctor?
El hombre me estudió, dejó que sus ojos volvieran a recorrer el coche, y luego levantó el vaso para apurar el whisky.
—Simple curiosidad... No, caramba, tanto da que sea sincero. Al fin y al cabo, la verás dentro de unos momentos. Es una anciana, Andrew, y posee una fortuna que podríamos calificar de muy saneadita. Cuando los hijos, que no se han acordado de ella durante años enteros se presentan de pronto, puede que no sea por cariño. ¡Pero yo no permitiré que ahora le pase nada a Martha!
Las implicaciones de estas palabras encajaban demasiado con mis propias sospechas, que noté se consolidaban, mezclándose con disgusto y un toque de miedo. No quería hacer la pregunta. Quería enojarme con él, y acusarle de viejo entrometido. Pero había de saberlo.
—¿Quiere decir... demencia senil?
—No —respondió prestamente, enarcando un poco una ceja—. ¡No, Andrew, no está loca! Está en excelentes condiciones físicas, y bastante cuerda para cuidar de sí misma durante los quince años que es probable que aún viva. No necesita médicos de lujo ni psiquiatras. Acuérdate de esto, nada más, y de que es una anciana. 
¡Trece hijos en menos de veinte años! Viuda antes de los cuarenta. Solitaria todos estos años últimos, aunque sea demasiado independiente para molestar a sus hijos. Las ancianas tienen derecho a toda suerte de felicidad que puedan proporcionarse. ¡No lo olvides!
Se interrumpió; pareció sorprendido de sí mismo. Luego se puso en pie y cogió el sombrero.
—Vamos, te acompañaré.
El buen médico me fue dando una lección de historia local mientras corríamos por unas calles en las que, la última vez que estuve por allí, se cultivaba el maíz. Donde antes había la arboleda, ahora se levantaba un hospital, y la fuente antigua quedaba escondida por una casa de vecinos. La casona en que nacimos nosotros continuaba en pie, extendiéndose con fea afectuosidad entre aquellas imitaciones de cajas de piano a las que hoy en día llaman casas.
Quise volverme; pero Matthews me hizo seña de que le siguiera por la acera. La puerta de la calle continuaba abierta. El médico entró, ladeando la cabeza hacia las escaleras.
—¡Martha! ¡Eh, Martha!
—Ha vuelto Jimmy, doctor —respondió desde arriba una voz. Era la de mi madre, inalterada, salvo por un canturreo desconcertante, que no le había oído nunca, y exhalé un profundo suspiro de alivio.
—Muy bien, Martha —contestó el médico—. Le veré un momento, pues, y más tarde la visitaré a usted. Porque cuando vea a quién le traigo, no me querrá por aquí. ¡Es Andrew!
—¡Qué bien! ¡Dígale que se siente, y me visto en un minuto!
El doctor levantó los hombros.
—Pasaré unos minutos sentado en el jardín —me dijo—. Luego regresaré allá en taxi. Pero, recuérdalo: tu madre merece toda la dicha que se pueda procurar. ¡No se la arruines!
El médico salió por la puerta del fondo; yo encontré el saloncito y me dejé caer en el viejo sofá. Luego arrugué la frente. Lo habíamos subido al ático en 1913, cuando papá compró el mobiliario nuevo. Afiné la mirada a través de la semioscuridad y fui distinguiendo todos los muebles antiguos. 
Hasta la alfombra era la misma que había cuando yo era pequeño. Entonces pasé a las otras habitaciones, y las encontré tal como estaban cuarenta años atrás, excepto por el televisor de la sala de estar y la cocina, completamente moderna, con una olla de sopa burbujeando a lomos del fogón.
Volvía a sentir una especie de nudo en la garganta y la misma inquietud que experimentaba anteriormente, cuando el sonido de pasos en las escaleras me hizo levantar los ojos.
Mamá bajaba, con cierta lentitud, pero sin ningún signo de debilidad. No apoyaba la mano en la baranda. Habría podido hacer juego perfectamente con los muebles de la casa, salvo por las arrugas y el cabello blanco. Llevaba un vestido nuevo, ¡aunque copia exacta del que solía llevar cuando yo era niño todavía!
Parece que no oyó la exclamación que emití. Su mano se levantó para coger la mía, y todo su cuerpo se inclinó adelante para besarme en la mejilla.
—Tienes muy buen aspecto, Andrew. Ea, veamos, veamos. Hummm. Liza te alimenta bien, lo noto. Pero apuesto a que te comerías una sopa y un pastel realmente preparados en casa, ¿eh? Ven a la cocina. Te los preparo en un minuto.
No sólo estaba en excelente forma física, sino que parecía quince años más joven de lo que realmente era. Y hasta se acordó de llamarme Andrew, en lugar de los varios apodos cariñosos que utilizó durante mi infancia. ¡Aquello no era senilidad! 
Una mujer senil habría echado mano del más antiguo de dichos apodos, según yo recordaba muy bien, en particular por haber tenido que luchar denodadamente para conseguir que abandonase los nombrecitos de la niñez. Sin embargo, la casa...
Mi madre iba y venía por la cocina, y me sirvió una sopa caliente riquísima. Cuando yo era niño, mi madre no era buena cocinera; pero había ido mejorando continuamente, y ahora resultaba superlativa.
—Supongo que el doctor ha pronunciado bien el nombre de Jimmy —dijo con toda naturalidad—. Ahora se ha ido a correr por ahí. Bueno, después de pasarse dos semanas encerrado aquí con el sarampión, no puedo reprochárselo. Recuerdo cómo estabas tú cuando lo tuviste. ¿Te has fijado en cómo he ordenado la casa, Andrew?
—Me he fijado en los muebles antiguos. Pero ¿ese Jimmy...?
—Ah, tú no le conoces, ¿verdad que no? No importa; le conocerás. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte, Andrew?
Procuré imaginarme la situación, mientras maldecía al doctor por no haberme avisado. Claro, había oído algo acerca de que uno de mis varios sobrinos había quedado viudo. ¿Sería el que tenía ese muchacho joven? Pero ¿no se marchó a Alaska? No, ése era el hijo de Frank. Además, ¿por qué había de cargar nadie a mi madre con las tareas de cuidar a un chiquillo? Había una multitud de mujeres más jóvenes en la familia.
Advertí que me miraba fijamente, y recobré la compostura.
—Saldré dentro de un par de horas, madre. Solamente...
—Has sido muy amable viniendo —me interrumpió, siguiendo su vieja costumbre de interrumpir nuestras respuestas—. Tenía siempre el propósito de ir a veros a ti y a Liza; pero el arreglo de la casa me tuvo muy ocupada. Dos hombres bajaron los muebles del ático; pero todo lo demás lo hice yo sola. Con estos muebles antiguos aquí, me siento más joven.
Echó en un plato una cuarta parte de pastel de melocotón y me lo puso delante, junto con una buena taza de café caliente. También ella se sirvió pastel de melocotón y se llenó la taza de café. Yo me representaba mentalmente a Liza con sus vitaminas y sus dietas. ¿Cuál era la senil?
—Ahora Jimmy va a la escuela —dijo—. Está loco por su profesora, además. ¿Más pastel, Andrew? Tendré que guardar un trozo para el pequeño Jimmy, pero todavía quedan dos.
Se oyó un ruido súbito en el exterior; mamá se levantó de un salto y fue apresuradamente hacia la puerta trasera. Luego volvió a entrar en la cocina.
—No era nada —explicó—. Sólo el hijo de una vecina tomando un atajo. De todos modos, me gustaría que fuesen más agradables y jugasen con Jimmy. A veces se siente solo. ¿Te gusta mi cocina, Andrew?
—Es bonita —dije con cautela, procurando no perder los hilos de la conversación—. Pero bastante moderna.
—La cocina y el televisor, en efecto —convino alegremente—. Hay cosas modernas que son bonitas. También lo son algunas antiguas. En la cama tengo un colchón de espuma de caucho; pero el resto del cuarto... Sube, Andrew. ¡Te enseñaré una cosa que me parece elegante de veras!
La casa estaba limpia y no tenía ninguna habitación cerrada. Yo lo iba meditando mientras subíamos las escaleras. Y no había visto ninguna criada. Mi madre soltó un bufido de desprecio cuando mencioné el hecho.
—Claro que lo hago yo. Es trabajo de mujer, ¿verdad? Además, Jimmy me ayuda un poco. Se está volviendo muy servicial.
El dormitorio era algo digno de ser contemplado. Me recordó lo que había visto yo en grabados y películas sobre los años noventa del siglo pasado; lleno de voluntes y chucherías. El resto de la casa quedaba apagado por el trabajo que habían realizado los años, al pasar, decolorando tapizados y papeles de las paredes. En cambio, aquí todo parecía brillante y nuevo.
—Contraté a un joven decorador de Chicago para que la arreglase —explicó con orgullo—. Como la hubiera querido yo cuando era niña. Costó una fortuna; pero Jimmy me dijo que debía hacerlo, puesto que lo quería así. —Y se rió de buena gana—. Siéntate, Andrew. ¿Qué tal van Liza y tú? ¿Se siguen peleando por aquella bribonzuela con la que te sorprendió, o Liza ha seguido mi consejo? Fue muy tonta al dejar que te enterases de que lo sabía. Yo he comprobado que nunca se muestra tan amoroso un hombre como cuando tiene un pecadillo..., especialmente si a la sazón la mujer le trata con verdadera dulzura.
Pasamos una hora larga hablando de varias cosas, y me sentí muy a gusto. Le expliqué cómo, finalmente, nos devolvían nuestro hijo menor; embarcaría pronto. Me dejé regañar por consentir cómo consentía que mi hijo mayor abusara de mí, y por lo que ella llamaba mi estupidez en relación a mi yerno. Su idea de dejarle, al principio, reducido únicamente a la condición de socio joven no era mala. Hubiera debido ocurrírseme a mí mismo. También me explicó todas las habladurías referentes a la familia. Fuese como fuere, seguía la marcha de los acontecimientos. 
Yo no me había enterado siquiera de la defunción de Pete; aunque sí había tenido noticia de otras dos. Tuve el propósito de asistir a los entierros; pero hubo entonces aquel considerable negocio con la Midcity Asphalt y luego el ímprobo trabajo que nos dio el meter a nuestro hombre en el Congreso. Son cosas que siempre suelen presentarse en los momentos menos oportunos.
Cuando me levanté por fin, no sentía el menor temor de que mi madre pudiera poner en ridículo a la familia. Si Matthews se figuraba que podía molestarme el hecho de que hubiera vuelto a instalar los muebles antiguos y de que hubiera hecho decorar esta habitación a estilo ultramoderno, y no importa lo que le hubiera costado, él era quien estaba senil. 
En verdad, me sentía a gusto. Aquello había sido mejor que una partida entera de golf, ganando yo. Me puse a decirle que pensaba volver pronto. Hasta pensaba traer a Liza y la familia, cuando hiciera las vacaciones, en lugar de irnos a Bermuda como habíamos hablado.
Ella se levantó para besarme otra vez. Luego se contuvo.
—¡Dios santo! Ya te marchas, y todavía no conoces a Jimmy. ¡Siéntate un momento, nada más, Andrew!
Levantó prestamente la persiana, dando paso al olor de las rosas de detrás de la casa.
—¡Jimmy! ¡Jimmy! Se hace tarde. Entra. Pero lávate la cara y las manos antes de subir. Quiero que conozcas a tu tío Andrew.
Mamá regresó, sonriendo como si pidiera excusas.
—Es mi mimado, Andrew —dijo—. Yo siempre procuré ser equitativa en el amor a mis hijos; ¡pero pienso que a Jimmy le tengo un cariño especial!
Abajo se oyó el ruido de una puerta cerrándose con cuidado; luego percibí las pisadas apagadas de un muchacho subiendo hacia la cocina. Mamá continuaba sonriendo con ancha sonrisa, más dichosa de lo que la había visto yo en muchos años... desde que murió papá, en realidad. Luego las pisadas sonaron en las escaleras. 
Yo sonreía para mí mismo pensando que Jimmy debía de subir los escalones de dos en dos, utilizando la baranda para darse impulso. De pequeño, yo siempre lo hacía así. Estaba meditando en cuán similares son todos los muchachos cuando las pisadas llegaron al rellano y se encaminaron hacia la habitación.
Me disponía a mirar hacia la puerta; pero el cambio operado en el rostro de mi madre me llamó la atención. De pronto parecía incluso joven, y los ojos le brillaban mientras fijaba la mirada en la puerta, detrás de mí.
Oí el leve ruido de la misma al abrirse y cerrarse, e inicié el movimiento de volverme. Pero entonces sentí un cosquilleo en el espinazo. ¡Allí había algo anormal!
Luego, al dar media vuelta, lo reconocí. Cuando se abre una puerta, el aire de la habitación se mueve. Y aunque nunca nos fijamos en este movimiento, si no se produce nos llama la atención. Entonces, esta anormalidad nos dice que no pudo tratarse de una puerta auténtica. Esta vez, el aire no se había movido.
Ahora los pasos sonaban delante de mí, indecisos, como los de un muchachito tímido, de unos seis años. Pero allí no había nadie. La gruesa alfombra no se hundía siquiera mientras el suave sonido de los pasos se acercaba y se paraba, enfrente mismo de mí.
—Este es tío Andrew, Jimmy —anunció mi madre, gozosa—. Dale la mano como un niño bien educado, vamos. Ha venido de lejos, de Des Moines, para verte.
Yo tendí la mano, impulsado por un vago deseo de complacerla, al mismo tiempo que sentía correr un sudor frío por los brazos y las piernas. Hasta moví la mano como si alguien me la estrechara. Luego me dirigí con paso inseguro hacia la puerta, la abrí de golpe y empecé a bajar las escaleras.
Detrás, sonaban inciertos los pasos del niño, siguiéndome hasta el rellano. Pero a continuación los apagaron las pisadas de mi madre, al bajar rápidamente las escaleras para alcanzarme.
—¡Andrew, pienso que en presencia de un niño te vuelves tímido! Tú no me engañas. ¡Te marchas corriendo, sólo porque no sabes qué decirle a Jimmy! —Y sonreía divertida. Luego me cogió la mano de nuevo—. Vuelve pronto, muy pronto, Andrew.
No sé cómo, pero creo que pronuncié las frases oportunas. Ella se volvió para subir las escaleras de nuevo, al mismo tiempo que yo oía el crujido de unas pisadas arriba, allí donde no había nadie. Luego salí de la casa y subí al coche. Tuve la buena suerte de encontrar un par de sorbos de whisky en una botella de la guantera. Aunque el licor no me sirvió de mucho.
Evité el pasar por delante de la vivienda del doctor Matthews. Me dirigí hacia la carretera principal y apuré al máximo el potente motor, sin que me importara la policía. Quería poner toda la distancia que pudiera entre mi persona y las pisadas espectrales del pequeño Jimmy. ¿Un fantasma? ¡Ni eso siquiera! Sólo unas pisadas y el ruido levísimo de una puerta que no se abrió. Jimmy no era ni un fantasma siquiera; no podía serlo.
Tuve que disminuir la marcha cuando brotó de mi garganta la primera carcajada. Salí de la carretera y dejé que la risa me sacudiese, hasta que el dolor de costado acabó por cortarla.
Después de este desahogo me sentí mejor. Y cuando volví a poner el «Cadillac» en marcha, empezaba a pensar. Al llegar a las afueras de Des Moines lo tenía resuelto y explicado todo.
Se trataba de una alucinación, por supuesto. El doctor Matthews había tratado de avisarme de que mi madre sufría una determinada forma de chochez. Se había creado un hijo para sí, retrocediendo hasta su propia juventud. El colegio que no existía, la pasión por la profesora, el sarampión..., todo eran cosas reales que volvía a vivir a través de Jimmy. 
Pero como se mantenía tan completamente cuerda sobre cualquier cuestión excepto esta única fantasía, me había engañado, me había hecho creer que estaba en posesión de todas sus facultades. Cuando explicó el retorno de los muebles antiguos, eliminó todas mis dudas, que se habían centrado en este punto.
Sí, me hizo dar por descontado que Jimmy era un niño real. Y me había inducido a oír pisadas cuando su propia actitud de persona que escucha me había preparado para ello. Sus propias, ligeras reacciones, me habían atraído a seguir su imaginación... sin duda vi algún leve gesto y seguí su propia marcha. Aquello había sido estupendamente real, para ella... y yo había sufrido una ilusión de los sentidos.
No era imposible. Ahí está el secreto de muchas de las grandes ilusiones del escenario. Contribuyeron al fenómeno mis propios recuerdos de la vieja casona, y le dio vida el hecho de que ella creía en los pasos como ningún ilusionista de escenario podría creer. Me convencí a mí mismo casi por completo. Tenía que convencerme. Acabé casi desterrando de mi mente aquellas pisadas y no pensé sino en mi madre. 
Las palabras del médico me volvieron a la memoria, y moví la cabeza asintiendo. Se trataba de una fantasía inofensiva, y mi madre tenía derecho a gozar de este placer. Estaba sobradamente cuerda para cuidar de sí misma, sin duda alguna, y mucho mejor, físicamente, de lo que podía reclamar. Con el interés que demostraba el doctor Matthews por ella, no había motivo para que yo me inquietase por nada.
Así que cuando metía el coche en el garaje ya estaba haciendo planes otra vez para organizar la empresa de transportes, siguiendo el consejo que me había dado mamá de constituirme en el socio más antiguo. No había perdido el día, después de todo.
La vida continuaba casi exactamente igual que de costumbre. Mi hijo menor había regresado a casa por una temporada. Yo había esperado su retorno con gran emoción; pero en cierto modo el Ejército había roto los lazos entre nosotros. Ni cuando yo tenía tiempo, nunca hallábamos muchos temas de conversación. 
Se me figura que sentimos una especie de alivio cuando se fue a ocupar un empleo en Nueva York; en todo caso yo estaba muy atareado despejando las consecuencias de una camorra en que se había metido el hijo mayor. Mi hija estaba encinta de nuevo, y su marido daba pruebas de una incapacidad total por colaborar conmigo. No me quedaba mucho tiempo para pensar en el pequeño Jimmy. Liza no me había preguntado detalles del viaje, y era una suerte, porque así nada me impedía olvidarlo en buena parte.
De vez en cuando escribía a mi madre, ahora. Sus cartas se hicieron más largas, y a veces aparecía en ellas el nombre de Jimmy, junto con unos consejos sobre el negocio de los transportes. La mayor parte eran perfectamente inútiles, por supuesto; pero vi que sabía mucho más de negocios de lo que yo me figuraba. Lo cual me daba motivo para volverle a escribir.
Durante un tiempo pagué unos crecidos honorarios a un psiquiatra; pero en general se limitó a confirmar las conclusiones que yo mismo había sacado. Y como las otras tonterías que quería meterme en la mollera no me interesaban, al cabo de un tiempo dejé de consultarle.
Luego me olvidé por completo de esta cuestión. Fue cuando la New Mode Roofing and Asphalt lanzó el primer globo sonda sugiriendo una fusión. Yo había echado la semilla de esta idea durante meses; pero el conseguir que se hiciera de modo que la dirección quedara en mis manos resultó un problema espinoso. Finalmente tuve que ceder en parte, aviniéndome a trasladar la sede general a Akron, cortando, de la noche a la mañana, nuestras raíces de donde las habíamos clavado y aposentándonos de nuevo. 
Liza me armó una escena tremenda, y nuestra hija se negó lisa y llanamente a trasladarse. Hete ahí que cuando el negocio de los transportes empezaba a dejar ganancias, tuve que resignarme a entregárselo por entero a mi yerno. Aunque la separación se nos iba echando encima ya desde que él se negó a despedir a mi hijo mayor de la tarea de conducir un camión con remolque.
Quizá diera lo mismo. Al chico parecía gustarle el cambio. Estaríamos en Akron, nadie sabría nada de lo sucedido, y él saldría mejor librado que cuando rondaba con alguno de los amigos que tenía antes. Pensaba escribir a mamá sobre este asunto, puesto que una vez me lo sugirió, y yo hasta sospechaba que ella tuvo algo que ver. Pero el traslado acaparó toda mi atención. Luego hubo el problema de organizar la nueva empresa.
Decidí visitar a mi madre en lugar de escribirle. Esta vez no me dejaría engañar por aquella alucinación. El nuevo psiquiatra me lo aseguró, y me aconsejó que fuera. Yo había señalado ya en mi calendario la fecha del mes próximo para la visita.
El proyecto no pudo llegar a buen fin. El doctor Mattews me telefoneó a las dos de la madrugada, después de haber perdido dos días averiguando mi paradero a través de amigos y conocidos. Naturalmente, a nadie se le ocurrió buscar mi nombre en una guía comercial.
Mamá tenía pulmonía y la prognosis era desfavorable.
—A su edad, estas cosas son serias —dijo. Y esta vez no daba un tono profesional a la voz—. Será mejor que vengas tan pronto como puedas. Ella ha preguntado por ti varias veces.
—Contrato un avión al momento —respondí. Esto desataría el infierno en la reunión que teníamos convocada para discutir el asunto de las acciones; pero, evidentemente, yo no podía dejar de acudir al lado de mi madre. Casi me había convencido, días atrás, de que la buena mujer continuaría en pie veinte años más. Y ahora—... ¿Cómo ha sido?
—Fue la tormenta de la semana pasada. ¡Salió con los chanclos y un paraguas, en medio de la tormenta, para recoger a Jimmy en el colegio! Se mojó hasta los huesos. Cuando llegué a su casa ya tenía fiebre. Lo he probado todo; pero...
Colgué el aparato sintiendo náuseas. ¡El pequeño Jimmy! Por un minuto deseé que fuera bastante real para poderlo estrangular.
Llamé a la puerta de Liza y le encargué que contratase el avión mientras yo hacía el equipaje y despertaba a mi secretaria por el otro teléfono. Liza me llevó al aeropuerto, donde el aeroplano se estaba calentando mientras esperaba. Me volvía para decir adiós a mi esposa y me encontré con que estaba sacando otra bolsa del portamaletas.
—Te acompaño —anunció llanamente. Inicié una discusión, vi la cara que ponía, y lo dejé.
Unos minutos después, despegábamos.
La mayor parte de nuestros familiares estaban allí ya, rondando por las cercanías del dormitorio recién decorado donde mi madre yacía bajo una tienda de oxígeno; puñados de familiares grandes y pequeños ocupaban todas las habitaciones del segundo piso, fijas las miradas en la cerrada puerta y hablando y discutiendo con los ásperos susurros que la gente emplea en el escenario de la muerte.
Matthews les indicó, con el ademán, que se retiraran y se acercó a mí inmediatamente.
—Me temo que no hay esperanza, Andrew —dijo, con lágrimas en los ojos.
—¿No podemos hacer nada? —preguntó Liza, cuya voz descendió, adoptando el murmullo áspero de las otras—. ¿Nada en absoluto, doctor?
Matthews meneó la cabeza.
—He hablado ya con los mejores colegas de la región. Lo hemos intentado todo. Hasta las plegarias.
Desde un costado del vestíbulo, Agnes emitió un bufido sonoro. Al parecer su ateísmo militante no se dejaba domesticar por nada. No importaba. La casa estaba invadida por la muerte; su presencia era tan clara que se olía. A mí siempre me ha fastidiado el derroche y la banalidad de la muerte. Pero ahora aquello me afectaba personalmente, y era peor. Detrás de aquella puerta cerrada yacía mi madre, moribunda, y no podía hacer nada por socorrerla.
—¿Puedo entrar? —pregunté, contra mi deseo.
Matthews hizo un gesto de asentimiento.
—Ahora ya no puede perjudicarla. Y ella quería verte.
Entré detrás del médico, con los ojos de los demás clavados en mi espalda. Matthews hizo una seña a la enfermera para que saliese y se acercó a la ventanilla. El sonido de asfixia que producía su garganta dominaba el leve silbido del oxígeno. Yo vacilé; después me acerqué a la cama.
Mamá estaba tendida en ella, y tenía los ojos abiertos. Los dirigió hacia mí; pero no se notó que me reconociera. Sus delgadas manos tiraban de la transparente tienda que la cubría. Yo miré a Matthews, quien movió la cabeza lentamente en signo afirmativo.
—Ahora ya no importará.
El médico me ayudó a apartar la tienda. La mano de mi madre tentaba el aire, mientras el ruido sibilante de su respiración aumentaba de volumen. Probé de seguir la dirección de su dedo al señalar. Pero fue Matthews quien cogió un retrato pequeño de un muchachito y se lo puso en las manos. Ella se lo acercó al pecho.
—¡Mamá! —El grito me salió más fuerte de lo que me proponía—. ¡Soy Andy! ¡Estoy aquí!
Volvió los ojos de nuevo y movió los apergaminados labios.
—¿Andrew? —preguntó con voz débil. Luego pasó brevemente por su rostro la sombra de una sonrisa. Meneó un poquitín la cabeza—. ¡Jimmy! ¡Jimmy! —Sus manos levantaron el retrato hasta que pudo verlo—. ¡Jimmy! —repitió.
De abajo subió el sonido de una puerta cerrándose dulcemente, y unas pisadas cruzaron el suelo del piso. Luego emprendieron las escaleras, de dos en dos; pero ahora las pisadas eran rápidas, sin necesidad de la baranda. Cruzaron el rellano. La puerta continuó cerrada, pero se oyó el ruidito de una empuñadura al girar. Unas pisadas jóvenes cruzaron la alfombra, invisibles; era un sonido que parecía reducir al silencio a todos los demás. Las pisadas llegaron a la cama y se detuvieron.
Mamá volvió los ojos en aquella dirección, y la sonrisa se encendió de nuevo. Una mano se levantó. Luego mi madre se echó atrás y dejó de respirar.
El silencio quedó interrumpido nuevamente por el ruido de unos pies..., unos pies más pesados, más seguros, que pareció se plantaban en el suelo bajando de la cama. Sonaron dos series de pisadas. Unas podían ser las de un muchachito. Las otras eran unos sones rápidos, secos que sólo puede producir una mujer joven que se apresura con su primogénito al lado. Las pisadas cruzaron la habitación.
Esta vez no hubo ningún titubeo ante la puerta, ni ruido alguno de que ésta se abriera o cerrara. Las pisadas continuaron por el rellano y las escaleras. Mientras Matthews y yo seguíamos hacia el vestíbulo, las pisadas parecieron acelerarse en dirección a la puerta trasera. Ahora, por fin, se percibió el ruidito suave, pausado de una puerta al cerrarse, y luego el silencio.
Yo miré atrás bruscamente y vi los ojos de todos los demás fijos en la puerta trasera, mientras las estiradas faces revelaban unas emociones de las que nunca había sido testigo. Agnes se levantó despacio, con los ojos hacia lo alto. Sus delgados labios se abrieron, vacilaron y se cerraron en una línea tensa. Volvió a sentarse como una mujer–palo que se plegase, dirigiendo una mirada a su alrededor para ver si los otros se habían fijado.
Su hija subía del piso inferior, corriendo escaleras arriba.
—¡Mamá! ¡Mamá!, ¿quién era el niño que he oído pasar?
Yo no esperé la respuesta, ni las palabras roncas con que Matthews confirmó la noticia del fallecimiento de mi madre. Yo había vuelto al lado del pobre cuerpo anciano, y le quité el retrato de las cerradas manos.
Liza me había seguido; su faz empezaba apenas a recobrar el color.
—Espectros —dijo con voz trastornada. Luego movió la cabeza y su acento se dulcificó—. Era tu madre y una hija que ha venido del otro mundo, a buscarla. Yo siempre pensé...
—No —le dije—. No es una de aquellas hermanas mías que murieron demasiado jóvenes. No es tan sencillo, Liza. No es tan cómodo. Era un niño. Un niño que tuvo el sarampión a los seis años, que subía los escalones de dos en dos..., un niño llamado Jimmy...
Ella me miró fijamente, con expresión dubitativa; luego bajó los ojos hacia el retrato que yo tenía en la mano..., un retrato de mí mismo a los seis años.
—Pero tú... —empezó. En seguida se volvió, sin terminar, mientras los otros empezaban a entrar desordenadamente en la habitación. Tuvimos que quedarnos para la ceremonia, naturalmente, aunque me figuro que mi madre no me necesitaba en el funeral. Ya tenía a su Jimmy.
Mamá quiso que yo me llamase James, en honor a su padre; pero papá se empeñó en que me llamara Andrew, en honor al suyo. Venció papá, y me pusieron Andrew en primer lugar. Pero hasta que cumplí los diez años, mamá siempre me llamó Jimmy. Jimmy, Andy, Andrew, A. J. Recordé que, según las antiguas creencias, el nombre de un hombre formaba parte de su alma.
De todos modos, aquello no tenía sentido, por mucho que quisiera analizarlo. Probé de discutirlo con Matthews; pero el médico no quiso hacer ningún comentario. Lo intenté también con Liza cuando estábamos en el aeroplano, de regreso.
—Creo en el espíritu de mi madre —terminé diciendo. Lo había pasado y repasado todo tantas veces por mi mente, que había acabado aceptando el hecho—. Pero ¿quién era Jimmy? Todos le oímos, hasta la hija de Agnes le oyó desde abajo. De manera que no se trató de una ilusión de los sentidos. Pero no puede ser un fantasma. ¡Un fantasma es un espíritu que ha retornado, el alma de un hombre que falleció!
—¿Y bien...? —preguntó Liza fríamente. Yo aguardé, pero ella continuó mirando por la ventanilla del aeroplano, sin pronunciar ni una palabra más.
Antes solía pensar yo que el conocer un fantasma había de infundirle seguridad a un hombre. Ahora no lo sé. Si al menos pudiera explicarme lo del pequeño Jimmy...