I
Las
luces de los faros se avalanzaban sobre él como largas lanzas amarillas.
Oscilaron hacia su izquierda, en formación de a tres, cada par de faros
siguiendo su propio carril; pero podrían cambiar de dirección en cualquier
instante, pensó, dirigiéndose directamente contra su coche. Siempre había un
enemigo desconocido al que temer...
Estaba
viajando hacia el sur, por la autopista tri-estatal. Nueva York quedaba unos
veinte kilómetros atrás. Ahora estaba a salvo, como una unidad inocente y
anónima en un vasto complejo de coches y faros encendidos lanzados a gran
velocidad.
Por detrás suyo, el carril se extendía en el retrovisor vacío a lo
largo de varios cientos de metros. Por delante, a menos de medio kilómetro,
había un restaurante y servicio de gasolinera de Howard Johnson, brillando como
un collar de diamantes en la oscuridad.
Apretó
los frenos y giró hacia la derecha, deteniéndose en la carretera cubierta de
grava que flanqueaba la autopista. Ahora sólo estaba a unos doscientos metros
del restaurante.
El
tráfico pasaba rápido a su lado, mientras las luces de los faros se
fragmentaban en sus gruesas gafas. Hizo parpadear sus grandes ojos. El ruido y
el movimiento le confundían..., las ruedas girando, las luces encendidas y los
gases de los tubos de escape del rugiente tráfico. Pero entre el estrépito
salvaje de la autopista había algo que permanecía intacto: los planes que había
hecho. Eran como una roca de propósitos en medio de un mar embravecido e
inseguro.
Salió
del coche, se quitó el sombrero y el abultado abrigo de lana y los arrojó sobre
el asiento de atrás. Después, apagó las luces, sacó la llave de contacto y la
arrojó con toda su fuerza hacia los campos negros que bordeaban la autopista.
«Que trataran de solucionar aquel rompecabezas», pensó, sonriendo con placer.
Era
un hombre bajo y ancho, de estructura pesada y poderosa, con un pelo corto, de
color gris acerado, y unos rasgos fuertes y de expresión dura. Al sonreír, sus
dientes brillaron en la oscuridad, blancos y pronunciados. Todo lo relacionado
con él daba una sensación de resolución y determinación. Todo, excepto sus
ojos. Eran unos ojos suaves y claros, y cuando estaba excitado relucían con una
especie de expectación y malicia infantil.
A
medida que se alejó rápidamente del coche, avanzando poderosamente sus piernas
y con los hombros encorvados al viento, sólo fue consciente de dos necesidades.
La primera era encontrar otro coche. Aquello era terriblemente importante.
Tenía que encontrar otro coche. En segundo lugar, e igualmente importante,
sentía la necesidad de beber algo caliente y dulce. Después de lo que había
hecho, todo su cuerpo ansiaba el placer tranquilizante de un vaporoso café bien
azucarado.
Eran
las siete y quince.
El
patrullero Dan O'Leary divisó el coche abandonado cinco minutos después,
mientras avanzaba junto con el tráfico que se movía en dirección norte. Aceleró
para disponer de lugar suficiente para dar la vuelta; después, se metió en la
amplia franja de césped que separaba las corrientes de tráfico que iban en
dirección norte y sur.
Cuando la autopista estuvo libre de tráfico, se
introdujo en ella y avanzó hacia el sur, hasta llegar donde estaba el coche
aparentemente abandonado, aparcando tras él, mientras los faros de su coche
patrulla lo bañaban en una luminosidad amarilla. O'Leary tomó el micrófono que
estaba colgado en la parte derecha del cuadro de instrumentos e informó al
radiofonista del cuartel general de la autopista, situado unos veinticinco
kilómetros hacia el sur, en la emisora de Riverhead.
—Patrulla
veintiuno, O'Leary. Voy a comprobar un «Buick» aparcado; un sedán del 51, con
matrícula de Nueva York.
Repitió
los números dos veces y después miró una placa numerada, con indicación de las
millas, situada a una docena de metros por detrás del «Buick». En la autopista había
postes indicativos de distancia a cada milla, desde la primera salida hasta la
última, y O'Leary se había detenido junto a la número 14. Dio esta información
al radiofonista y se dirigió hacia el coche, dejando que su mano descansara
sobre la culata del revólver.
Esta
acción era reflexiva, como resultado del entrenamiento, pensado para que sus
respuestas fueran casi instintivas bajo ciertas circunstancias. Raramente se
producía algo casual o caprichoso en el desarrollo de su trabajo. Se había
detenido detrás del coche aparcado por buenas razones: podía acercarse a él
bajo la cobertura de sus propias luces, y tampoco corría el peligro de ser
atropellado.
Su informe al radiofonista también fue cuestión de buen
entrenamiento y juicio: si alguien le disparaba, o si el coche se alejaba de
él, su descripción estaría en poder de cien patrulleros en cuestión de
segundos. Y lo mismo sucedía en cuanto a su revólver; el vehículo parecía
vacío, pero O'Leary se aproximó a él preparado para cualquier contingencia.
Alumbró con su linterna los asientos delanteros y traseros, y notó la
existencia del abrigo de lana y del sombrero de fieltro gris. No había ninguna
llave en el contacto. Tocó la capota y la notó caliente. Probablemente, se
había quedado sin gasolina. Se dirigió hacia atrás para dar un vistazo al
portaequipajes.
Mientras
O'Leary realizaba esta investigación preliminar, el sargento Tonelli, el
radiofonista de la emisora de Riverhead comprobaba el número de matrícula que
O'Leary le había dado en la lista de vehículos robados. Tonelli, un hombre
alto, enjuto, de pelo gris y gruesas cejas blancas, estaba sentado en el centro
de una mesa semicircular en la oficina del cuartel general.
Las fuertes luces
del techo sumían toda la habitación en una gran luminosidad, arrojando la
oscuridad más allá de las anchas y altas ventanas. El reverbero de luces de la
autopista se movía a lo largo del edificio del cuartel general, de tres pisos
de altura; seis carriles de tráfico que se movía suavemente en la noche.
Directamente detrás de Tonelli había una puerta que daba al despacho del
capitán Royce. El capitán estaba en su despacho, comprobando ciertos arreglos y
planes que había sometido semanas antes al servicio secreto. Los planes habían
sido aprobados y ahora les estaba dando un último y cuidadoso vistazo de
inspección.
El
fichero de vehículos robados se encontraba sobre el aparato de radio, cerca de
la gran mano derecha de Tonelli, que recorrió rápidamente las listas, con una
eficacia automática, mientras continuaba atendiendo los informes que le
llegaban por el micrófono, situado sobre el tablero de mandos.
El sargento
Tonelli era el responsable de aproximadamente una tercera parte de la autopista
de ciento sesenta kilómetros de longitud. Esta zona era conocida como cuartel
general norte. Otras dos emisoras subsidiarias, la subemisora central y la
subemisora sur, se dividían los restantes ciento cinco kilómetros; su
responsabilidad quedaba limitada al tráfico y en cualquier otro tipo de
cuestiones recibían órdenes del cuartel general y del capitán Royce.
Bajo
el control directo del sargento Tonelli había dieciocho coches patrulla, las
correspondientes ambulancias, dos camiones, y equipo antiincendios y
antidisturbios. En aquellos precisos momentos tenía en su mente una idea exacta
e imaginativa de la situación de la autopista; conocía con exactitud la
situación de cada coche patrulla y lo que estaba haciendo; conocía la
existencia de un «Mercedes-Benz» lanzado a toda velocidad, que estaba siendo
perseguido unos dieciséis kilómetros al norte; sabía que se había producido un
accidente algo detrás del cambio de dirección 10, y que había afectado a los
carriles lento y central; también sabía que Dan O'Leary, coche 21, estaba
investigando en aquellos momentos un «Buick» aparcado casi junto al poste
indicador 14.
Además
de esta actividad rutinaria, el sargento Tonelli estaba considerando ciertos
aspectos del problema con que se enfrentaba el capitán Royce. Aquella misma
noche, el presidente de Estados Unidos viajaría por la autopista, entrando en
convoy en el cambio de dirección 5 y viajando hacia el sur hasta el final de la
autopista, recorriendo una distancia aproximada de sesenta y cinco kilómetros.
Dentro de una hora, el sargento Tonelli tendría que enviar a aquella zona a
algunos de sus coches patrulla, y ahora estaba pensando en la mejor manera de
enfrentarse con la desatención que produciría su partida.
Pero,
mientras tanto, siguió comprobando la lista de coches robados, una búsqueda que
demostró ser inútil.
El
patrullero O'Leary regresó a su coche y llamó al cuartel general. Le dijo a
Tonelli:
—Coche
veintiuno. O'Leary. Parece que el «Buick» se ha quedado sin combustible. El
conductor debe haber ido andando hasta la gasolinera de Howard Johnson. Lo
comprobaré y veré si necesita ayuda.
—Proceda,
veintiuno.
O'Leary
condujo hasta la zona de servicio y se detuvo junto a los surtidores de
gasolina. Un mozo delgado, de pelo gris, se acercó a su coche. O'Leary bajó la
ventanilla.
—Tom,
¿ha venido alguien buscando una lata de gasolina?
—Ni
un alma, Dan. Al menos desde esta mañana.
—Está
bien, gracias.
O'Leary
condujo hasta la zona de aparcamiento que flanqueaba el restaurante. Pensó que
el propietario del vehículo inutilizado podría haberse detenido allí para comer
algo. O'Leary puso rectos los hombros y se arregló la chaqueta, de color verde
oscuro, antes de entrar en el cálido vestíbulo del restaurante, aunque ninguno
de aquellos gestos habría sido necesario; su espalda era tan recta como una
tabla, y su uniforme estaba arreglado y aparecía inmaculado, desde las
brillantes polainas negras hasta el sombrero de ala ancha con el barboquejo
fuertemente atado bajo su cuadrada mandíbula.
O'Leary tenía veintiocho años y
poseía una estructura sólida y poderosa; su zancada hubiera agradado a un
sargento de instrucción. Casi había un toque de arrogancia en el juego de su
cabeza y sus hombros, y manejaba su cuerpo como si se tratara de una máquina
que comprendía y en la que confiaba por completo. Tenía un pelo negro corto y
unos ojos tan fríos y duros como el mármol, pero había algo de juvenil en la
seriedad de su expresión y en el aspecto limpio de su piel, curtida por el
viento.
O'Leary
disponía de un dato que quizá le ayudara a encontrar al conductor desaparecido:
probablemente no llevaba puesto ni el sombrero, ni el abrigo. Se los había
dejado en el coche.
Pero
la camarera que acompañaba a los clientes hasta las mesas no recordaba haber
visto a nadie así.
—Al
menos, durante los últimos diez o quince minutos, Dan.
La
mujer echó un vistazo por el restaurante, que estaba dividido en dos grandes
alas, una a cada lado de una gran fuente de soda y de un centro de servicio al
exterior. Las dos zonas estaban llenas de gente; el aire estaba lleno del
sonido de las conversaciones, de los cubiertos, y de los platos.
—Claro,
que puede haber entrado mientras estaba acomodando a alguien —añadió la
camarera.
—¿Podría
haber encontrado una mesa él solo?
—No,
cuando todo está tan lleno como ahora. Pero quizá haya marchado al mostrador
del servicio al exterior.
—Gracias.
Lo comprobaré.
O'Leary
esperó pacientemente en el mostrador mientras la camarera tomaba un pedido de
hamburguesas, patatas fritas, leche y café a un joven que parecía vagamente
desconcertado por plantearle tantos problemas. Sonrió nerviosamente mirando a
O'Leary y dijo:
—Los
niños son demasiado pequeños para traerlos aquí. Jugarían con los menús y con
los vasos de agua, en lugar de comer. Mi esposa piensa que es mejor
alimentarles en el coche.
—Probablemente,
ella sabe lo que se hace —observó O'Leary—. De todos modos, comer en un coche
es algo bastante excitante para los pequeños.
—Sí,
les entusiasma.
El
joven parecía tranquilizado por el aire comprensivo de O'Leary. Cuando se
marchó con un paquete lleno de comida, O'Leary preguntó a la camarera si había
servido recientemente a un hombre que no llevara ni sombrero, ni abrigo.
—No
lo creo. Dan —era una mujer joven, sencilla y rolliza, con unos ojos castaños
de mirar suave. Se llamaba Millie—. ¿Cómo es que no llevaba puesto el abrigo?
—Lo
dejó en su coche, que está parado a unos doscientos metros de aquí,
probablemente porque se quedó sin gasolina. Supongo que pensó que no se helaría
en ese tiempo.
Hasta
entonces todo había sido una tarea de investigación rutinaria, un pequeño
escape al trabajo normal de O'Leary como vigilante del tráfico en la autopista,
cazando a los que alcanzaban grandes velocidades, vigilando para descubrir a
conductores que parecieran fatigados o perdidos, arrestando a los
autoestopistas, o asistiendo a los conductores en cualquier clase de problemas
que pudieran tener.
Un coche al que se le había terminado la gasolina, un
propietario al que no se encontraba por el momento; eso era todo. Podía estar
en el lavabo, o se podía haber detenido en la oficina de la gasolinera para
comprar cigarrillos o para hacer una llamada telefónica. No había ninguna ley
que le prohibiera hacer estas cosas. Pero O'Leary deseaba encontrarle y hacer que
su vehículo volviera a funcionar. La seguridad de la autopista dependía de un
tráfico que se moviera con fluidez; cualquier vehículo detenido resultaba
peligroso.
—¿Quieres
una taza de café? —le preguntó la camarera.
—No,
gracias, Millie.
Sabía
que aquella noche habría poco tiempo para tomar café. El aire, frío y húmedo,
amenazaba lluvia y eso significaba todos los riesgos de un tráfico espeso y de
unas difíciles condiciones para conducir. También estaba lo del convoy; todos
los patrulleros de la autopista habían sido alertados con respecto a aquella
responsabilidad.
Pero
en aquel momento se produjo una interrupción que apartó la mente de O'Leary de
su perdido conductor; una mujer de pelo negro se acercó a Millie y dijo,
jadeante:
—¿Te
ha dicho Dan algo sobre la encantadora noche que está pasando hoy?
—Vamos,
Sheila —dijo O'Leary, pasándose un dedo bajo el cuello de la camisa.
—Esta
noche y todas las noches —dijo Sheila con un suspiro de envidia, que O'Leary
supo que era tan sincero como las expresiones de culpa y contrición de casi
todos los que superaban los límites de velocidad—. ¿Sabes una cosa, Millie?
—siguió diciendo Sheila—. Dan y yo teníamos una cita el pasado martes y antes
de irnos a casa me llevó a Leonard's Hill. Podíamos ver la autopista debajo de
nosotros, los faros brillando como largas cadenas de diamantes en la oscuridad.
¿Y sabes lo que me dijo?
—¡Vamos,
Sheila! —volvió a rogar O'Leary en vano.
—Me
dijo que amaba la autopista. ¿No es una suerte para él? Noche tras noche se
encuentra cerca de su verdadero amor..., ciento sesenta kilómetros de asfalto.
—Es
de hormigón —dijo O'Leary tristemente.
Sabía
que era una cuestión que ya habían tratado, pero le disgustaba todo tipo de
inexactitudes con respecto a la autopista, ya fueran grandes o pequeñas. El
hecho era que amaba aquellos ciento sesenta kilómetros de hormigón. Y la otra noche,
sentado en la oscuridad en compañía de Sheila, le había parecido natural
expresar con palabras aquel pensamiento. ¿Acaso era un tonto por eso? ¿Y por
qué ella le hacía sentirse tan desamparado y vulnerable?
La punta de su cabeza
apenas si le llegaba a los hombros, y él podía elevar sus cincuenta kilos en el
aire con la misma facilidad con que habría levantado a un niño, pero aquellas
cosas no representaban ninguna diferencia: se sentía torpe e inepto con ella,
inducido a hablar de cualquier tontería por algo intangible y misterioso que
emanaba de la personalidad de la mujer. No se trataba simplemente de belleza, y
él lo sabía.
Como irlandés que era, también era un poeta y aunque apreciaba sus
ojos verdes y su cuerpo elegantemente delgado, su corazón y su alma respondían
a algo más que a aquellas atracciones físicas. Había alrededor de ella una
cierta calidad de gracia y fortaleza, una fibra de acero y de música que
impregnaban todo su ser, y como consecuencia de todo esto —«y porque soy un tonto», pensó— había revelado sus sentimientos ante ella, aquella noche,
mientras estaban sentados, observando el tráfico en la autopista.
Ante
sus ojos, la autopista era una creación fascinante, una fabulosa arteria que
unía tres poderosos Estados, un brillante complejo de tráfico sobre ruedas, de
cambios de sentido y carriles que cada día del año permitían que un cuarto de
millón de personas llegaran sanas y salvas a sus hogares y a sus oficinas.
«Considéralo», le había pedido, sin darse cuenta de que ella estaba sonriendo
ante los rasgos juveniles y limpios de su rostro Y aquello había sucedido la
cuarta vez que salieron juntos.
Ella no era una camarera regular, sino que sólo
trabajaba algunas noches y fines de semana para pagarse el último curso en la
Universidad. Su cuarta cita y probablemente la última, pensó él, porque fue
entonces cuando empezó a hablar a quienes traspasan los límites de velocidad.
Como
corolario lógico a su afectividad por la autopista, se hallaba su disgusto
hacia todos aquellos que abusaban de sus privilegios; y en esta lista se
encontraban en primer lugar quienes infringían las normas sobre límites de
velocidad. O'Leary siempre había pensado de ellos que eran personas pequeñas,
de ojos astutos, aunque el último al que había multado parecía un profesional
de la lucha libre.
Estas personas consideraban la autopista como un desafío, y
a los patrulleros como a sus enemigos naturales. No tenían cerebro suficiente
como para darse cuenta de que los controles y las seguridades, el radar y los
coches de policía no identificados sólo habían sido puestos en servicio para
asegurar su protección. En lugar de comprenderlo así actuaban como niños
malhumorados y sigilosos, comportándose adecuadamente sólo mientras el ojo
paterno estuviera vigilándoles.
O'Leary sabía muy bien cuáles eran los
resultados; había estado docenas de veces en la escena de los accidentes, con
los gemidos de los agonizantes en sus oídos, viendo las retorcidas formas del
acero y de los vidrios rotos y la terrible variedad de contorsiones que podían
asumir los cuerpos humanos tras haberse empotrado contra el hormigón a una
velocidad de ciento quince kilómetros por hora.
Se
sentía bastante fuerte en estas cuestiones y había intentado que Sheila
comprendiera sus convicciones; pero tras haber terminado su monólogo con un
interesante recital de diversas estadísticas, se volvió para encontrarla
tranquilamente dormida, con unas sombras como violetas bajo sus ojos,
manteniendo aún el más amable trazo de sonrisa en sus labios.
Millie
se había vuelto para atender a otro cliente. Una mujer acompañada de dos niños
estaba tratando de captar la atención de Sheila. O'Leary se ajustó el sombrero
y la cinta del barboquejo. Después dijo, tranquilamente y con formalidad:
—Simplemente
quiero que comprendas...
Pero
ella no le dejó terminar.
—Lo
comprendo —dijo, sonriéndole—. No pude resistir tomarte un poco el pelo. Lo
siento —movió un azucarero que estaba sobre el mostrador y sus dedos tocaron su
mano—. No fue muy amable por mi parte.
—¿Te
parece bien el próximo sábado? —preguntó él, sonriendo con alivio y placer—. ¿A
la misma hora?
—Me
gustaría.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-
El
hombre que había abandonado el «Buick» veinte minutos antes estaba de pie en
las sombras del aparcamiento, observando a O'Leary y a la camarera de pelo
negro. Se dio cuenta con placer de que todo era como una película: el gran
ventanal del local y la gente tras él, fuertemente perfilada por la brillante
luz del restaurante. Una película muda, claro. No podía escuchar lo que estaban
diciendo, pero podía ver sus gestos, expresiones y las sonrisas que surgían y desaparecían de sus labios.
Pensó
que no estaban hablando de trabajo, y bebió deliberadamente un gran sorbo del
café caliente y bien azucarado que tenía en el vaso de plástico. Pero aquel
patrullero tan alto había estado muy ocupado hasta que apareció aquella chica
delgada, de pelo negro. Había hablado con el mozo en los surtidores de
gasolina. Después se había metido en el restaurante y había estado hablando con
una de las camareras y más tarde con aquella rubia de mirada estúpida que
trabajaba en el mostrador de servicio al exterior.
Era un hombre sano y
eficiente. El hombre que observaba a través de la ventana lo había visto todo.
Pero ahora, la actitud del patrullero había cambiado. Él y la chica se estaban
sonriendo el uno al otro, tratando de ser impersonales, desde luego,
enmascarando sus sentimientos; pero aquello le parecía evidente, asquerosamente
evidente, al hombre que bebía su café dulce en el oscuro aparcamiento.
El
hombre se llamaba Harry Bogan y a pesar de su irritación ante la actitud íntima
de aquellos dos, se sentía agradecido de que no estuvieran hablando de lo que a
él no le interesaba. Lo que le interesaba al patrullero, claro. Porque Bogan
había comprado su café y su salchicha precisamente a aquella mujer delgada, de
pelo negro. Y el patrullero no se lo había preguntado; aquello era evidente.
Sin
su abrigo, Bogan tenía frío. Pero permaneció de pie, inmóvil en las sombras
hasta que el patrullero se apartó del mostrador enviando hacia la chica una
última y rápida mirada y un suave saludo. Después, Bogan se movió a lo largo
del aparcamiento, deteniéndose silenciosamente en el hueco dejado entre dos
coches.
Se comió su salchicha a grandes y codiciosos bocados, saboreando el
ligero picor de la mostaza en su lengua y arrojando finalmente al suelo el
plato de plástico, ya vacío. Después, se terminó el café, elevando el vaso para
permitir que bajara hasta su boca un pequeño hilillo de azúcar líquida. Dejó
caer el vaso a sus pies y dio un profundo suspiro de satisfacción. El azúcar o
la miel solían hacerle sentirse agradecido y en paz consigo mismo.
Observó
las puertas del restaurante mientras se ponía un par de guantes de cuero negro
sobre sus manos gruesas y musculares. Sus ojos estaban llenos de excitación. Se
relamió con gusto cuando encontró un pequeño grano de azúcar en sus labios. Su
lengua se movió diestramente llevando el pequeño punto dulce a su boca.
Bogan
no tuvo que esperar mucho tiempo. Al cabo de unos pocos segundos un hombre
rechoncho y ya entrado en años llegó corriendo a lo largo de la línea de coches
aparcados, registrándose los bolsillos en busca de las llaves. Bogan cambió
ligeramente su posición, acercándose a las sombras más profundas, hasta que
sólo sus gruesas gafas brillaron en la oscuridad, manteniéndose firme y
vigilante, como los ojos de un gato al acecho.
.-.-.-.-.-.-.-.-
O'Leary
regresó a su coche patrulla e informó al cuartel general. El sargento Tonelli
le dijo:
—El
capitán Royce quiere hablar con usted, O'Leary. Manténgase a la escucha.
La
voz del capitán era dura y metálica, y tan impresionante como un disparo de
pistola.
—O'Leary,
¿ha visto al hombre que abandonó ese «Buick»?
—No,
señor. He hablado con los mozos de la gasolinera y con las camareras del
restaurante. Probablemente no lleva puesto ni el sombrero, ni el abrigo... Eso
era todo lo que tenía para buscarle.
—Vuelva
a ese coche. No permita que nadie se le acerque. El teniente Trask y los
hombres del laboratorio van para allá. Ese «Buick» fue utilizado en un doble
asesinato en Nueva York, no hace más de una hora. ¡Muévase, O'Leary!
.-.-.-.-.-.-.-.-
El
teniente Andy Trask era un hombre de baja estatura y muscular, con unos hombros
que se abombaban impresionantemente contra su chaqueta negra. A los cuarenta y
cinco años, el teniente era un verdadero modelo en tonos sombríos: rostro
amplio y curtido, ojos de color pardo y pelo negro que sólo durante los últimos
años había empezado a adquirir un tono plateado a lo largo de las sienes.
Mientras los técnicos del laboratorio empezaban a trabajar en el vehículo,
registrando el portaequipajes y la guantera, buscando huellas digitales y
haciendo fotografías, Trask le contó a O'Leary la información que había
recibido el cuartel general en una alarma tri-estatal procedente de Nueva York.
—No
tenemos otra descripción del asesino, excepto que es corpulento y que llevaba
un abrigo de lana de color claro y un sombrero gris. Esto es lo que hizo: hacia
las seis y media de esta tarde penetró en una pequeña tienda de muebles de la
Tercera Avenida, en Manhattan, y disparó y mató a los propietarios, un joven
matrimonio apellidado Swanson. No se trató de un robo; simplemente los mató y
se marchó.
El «Buick» pertenece a un droguero que lo había aparcado a media
manzana de distancia de la tienda de muebles, dejando puesta la llave de
contacto. Una anciana que vive en un apartamento al otro lado de la calle vio
cómo el asesino salía corriendo de la tienda; pero es una anciana inválida que
no tiene teléfono.
»La
dueña de la casa tardó media hora en llegar, pues, al igual que todo el
vecindario, se encontraba en la calle hablando sobre lo que había ocurrido. Así
pues, media hora más tarde, la inválida contó su historia. Describió las ropas
que llevaba el tipo y el número de matrícula del "Buick".
Pero para
entonces, el asesino ya había atravesado el túnel de Lincoln y se había
adentrado en la autopista —Trask se volvió y señaló al "Buick" con el
pulgar—. Ahora, ha abandonado este trasto y lo más probable es que esté
buscando otro. Le tenemos que encontrar antes de que pueda hacer daño a alguna
otra persona.
—Ahora
ni siquiera disponemos de descripción —dijo lentamente O'Leary—. Se ha
desembarazado del abrigo y del sombrero gris. No tenemos ninguna pista. A estas
alturas ya puede haber vuelto a la autopista en otro coche —miró impotentemente
hacia la corriente de tráfico que rodaba suavemente ante él—. Puede ser
cualquier coche, teniente.
Con un revólver puede haberse introducido en un
autobús lleno de escolares. O subir a un coche con un pequeño grupo familiar y
aparentar ser el inocente y viejo tío Fred. Puede estar en un camión o en un
tráiler, manteniendo el cañón de su pistola contra la cabeza de una mujer,
mientras su esposo le conduce fuera de la autopista. Es como buscar fantasmas
con los ojos vendados.
La
radio del coche negro y convencional de Trask hizo sonar entonces una aguda
señal. Trask se introdujo en el asiento delantero y cogió el receptor. Escuchó
durante unos segundos, frunciendo el ceño y después dijo:
—Recibido
Nos ponemos a trabajar en ello.
Volvió
a colgar el receptor y miró incisivamente a O'Leary.
—Usted
mismo lo ha dicho, Dan. Ya ha vuelto a la autopista. En el Howard Johnson hay
un hombre muerto, y un espacio vacío donde estaba aparcado su coche. Vamos.
.-.-.-.-.-.-.-.-
El
cuerpo del hombre muerto había sido descubierto por una joven pareja que
regresaba a su coche después de cenar. La mujer casi se cayó al tropezar con
sus piernas. Su esposo encendió el mechero para ver lo que sucedía. Entonces,
ella empezó a gritar, llevándose las dos manos a la boca, y su esposo corrió
hacia las grandes luces del restaurante, pidiendo auxilio a gritos.
El
sargento Tonelli recibió el informe del asesinato a través del propio director
del restaurante de Howard Johnson, y lo transmitió inmediatamente al teniente
Trask. Envió a Trask y a O'Leary al restaurante y después envió la información
al centro de comunicaciones del cuartel general de la policía estatal, en
Darmouth.
Aquél era el centro nervioso de una red de comunicaciones que
comprendía a todos los coches patrulla, emisoras y subemisoras dentro de la
organización de la policía estatal. Además, estaba conectado mediante una línea
maestra con las facilidades de comunicación de seis estados colindantes; en
situaciones de emergencia, Darmouth podía alertar a todos los recursos de los
departamentos de policía desde Maine a Carolina del Sur, y enviar sus señales a
lo largo de toda la costa del Atlántico Norte.
El
teniente Biersby estaba de servicio en el centro de comunicaciones cuando el
mensaje del sargento Tonelli llegó a su despacho. Biersby, pequeño, rollizo y metódico, se dirigió sin ninguna prisa evidente hacia una habitación
exterior donde una docena de empleados civiles, bajo la supervisión de policías
estatales, trabajaban en baterías de teletipos y radiotransmisores.
El
talento especial del teniente Biersby era su buen juicio; cada mensaje que
salía de su oficina requería prioridad, y era su responsabilidad establecer el
orden cronológico de precedencia que se tenía que dar a miles de alertas e
informes que llegaban a la oficina durante cada turno de ocho horas.
Era
esencial que se produjera una suave fluidez de información, basada en la
importancia relativa que se diera a tal información; los lapsos de juicio
podrían atascar las facilidades mecánicas y cargar los ya sobrecargados
departamentos de policía con detalles e informes triviales.
Mientras
el teniente Biersby se dirigía hacia un operador de teletipo, considero los
hechos: un asesino andaba perdido por la autopista; un hombre no totalmente
identificado que había asesinado a dos personas en Nueva York y a otra en el
aparcamiento del Howard Johnson número 1 en dirección sur.
Resultaba razonable
pensar que había matado a la tercera persona para apoderarse de otro coche.
Pero cabía otra posibilidad que tampoco se le escapó al teniente; el asesino
podía haber abandonado la autopista a pie. Esto sería algo difícil, pues la
autopista estaba protegida por una valla de tres metros de altura, construida
en parte para evitar que los autoestopistas penetraran en la zona. Sin embargo,
un hombre fuerte y ágil podría hacerlo.
Así
pues, mientras Biersby avanzaba los ocho metros que separaban su despacho del
teletipo, tomó la decisión de alertar a todo oficial de policía que se
encontrara a cien kilómetros a la redonda del lugar donde había sido abandonado
el «Buick». Si el asesino había dejado la autopista a pie, se encontraría
dentro de ese círculo.
Todos los autoestopistas, personas que estuvieran
rondando o que parecieran sospechosas, serían detenidas para proceder a su
investigación. Biersby pensó que esto quizá era una precaución rutinaria y que
probablemente no daría resultado alguno; porque su juicio, que era una mezcla de
experiencia, instinto y vagos presentimientos que nunca había logrado poder
analizar, le decía que el asesino todavía estaba en la autopista. Viajando
seguro a través de la noche, un hombre anónimo, en un coche anónimo, perdido en
las brillantes corrientes de tráfico.
Entonces,
le dijo al operador del teletipo:
—Mensaje
especial. Envíelo inmediatamente.
El
hombre muerto aparentaba unos sesenta años, era pequeño, tenía el pelo gris y
parecía respetable; sus ropas eran de buena calidad, y en el ojal de la solapa
brillaba un emblema masónico. Había sido estrangulado, y su rostro aparecía
horriblemente deformado. Estaba echado en el suelo, en una posición fetal, en
un espacio de aparcamiento vacío que parecía como un diente vacío en la quijada
de coches negros aparcados. Cerca de una de sus manos extendidas, había un vaso
de café vacío y uno de los pequeños platos de plástico que se utilizaban para
servir patatas fritas o salchichas de Frankfurt. No se encontró ninguna
identificación en sus ropas; sus bolsillos habían sido vaciados por completo.
Había
llegado una ambulancia, y los dos internos estaban examinando el cuerpo a la
luz de la linterna del teniente Trask. Tres coches patrulla blancos y azules
bloqueaban la zona inmediata, con sus faros giratorios rojos oscilando en la
oscuridad; los patrulleros se habían apostado por toda la zona del aparcamiento
para mantener en movimiento el tráfico. Una multitud se había reunido frente al
restaurante para observar la actividad de la policía.
Dan
O'Leary estaba detrás de Trask, con el ceño fruncido y mirando hacia el espacio
vacío del aparcamiento. Cuando Trask se volvió, apartándose del cuerpo, O'Leary
le tocó el brazo.
—Tengo
una idea —dijo—. Es evidente que el asesino se llevó el coche que estaba
aparcado aquí. Bueno, quizá podamos conseguir una idea de cómo era ese coche
por la gente que ha aparcado a su lado. Probablemente, llegaron después, pues
sus coches todavía están aquí. Quizá puedan...
—Sí
—dijo Trask, cortándole rápidamente—. Haga que esa gente venga aquí. Rápido.
O'Leary
tomó nota de la matrícula de los coches que había aparcados a ambos lados del
lugar vacío, y corrió hacia el restaurante.
El
coche situado a la izquierda era un sedán «Plymouth», cuyo propietario resultó
ser un delgado joven con gafas de montura de cuerno y un nervioso tartamudeo.
La propietaria del coche de la derecha era una mujer de edad media, de aspecto
pacífico, con esa clase de actitud que parece profundizarse aún más en
condiciones de tensión.
El
teniente Trask, dándose cuenta de que sus memorias podían salirse de onda como
consecuencia de la prisa y la presión, perdió unos pocos segundos encendiendo
un cigarrillo. Después, dijo tranquilamente:
—Estamos
intentando conseguir una descripción del coche que fue robado de este espacio
hace aproximadamente quince minutos. Estaba aquí cuando ustedes llegaron.
Ustedes aparcaron a su lado. Ahora, tómense su tiempo, ¿recuerdan alguna cosa
de ese coche? ¿Algún detalle?
—Yo
te... tenía prisa —dijo el joven, tartamudeando—. Se supone que debo estar en
Cantonville a las ocho y media. Sólo me paré a to... tomar una taza de café. No
pe... pensé en otra cosa.
—Bueno,
yo puedo recordar que era grande —dijo la mujer, con una impecable seguridad—. La parte posterior
sobresalía, así es que tuve que hacer dos intentos antes de aparcar mi coche.
Sus
recuerdos fueron llegando lentamente, a trozos. El joven recuperó un poco su
compostura y mencionó detalles del parachoques; la mujer recordó algo sobre las
luces y el parachoques y los dos se mostraron de acuerdo en que se trataba de
un combinable; finalmente, después de lo que pareció una interminable
indecisión, determinaron el color: o bien blanco o amarillo claro. Trask miró a
O'Leary.
—¿Y
bien?
—Si
están en lo cierto, se trata de un combinable «Edsel» —dijo O'Leary—. No puede
ser otra cosa.
—¿A
qué distancia está la próxima salida?
—A
cuarenta y cinco kilómetros —contestó O'Leary—. Y sólo hace veinte minutos que
se ha marchado. Posiblemente, no podrá conseguirlo. Y será fácil de identificar
en un combinable «Edsel». Un «Ford», un «Chevrolet» o un «Plymouth» serían otra
cuestión.
—Informe
a su radiofonista —dijo Trask y O'Leary ya se dirigía corriendo a su coche.
En
el cuartel general, el capitán Royce, oficial más antiguo al mando de la
autopista, estaba detrás del sargento Tonelli comprobando los informes que
llegaban desde las salidas y las patrullas. Durante la última media hora, la
actividad de la oficina había aumentado mucho, se había ordenado a todos los
patrulleros libres de servicio que acudieran a la autopista, y se habían
enviado patrullas antidisturbios a las subemisoras central y sur.
Royce tenía
unos cincuenta años, era alto y poseía una estructura poco densa; en sus rasgos
fuertemente marcados había una expresión de madura tozudez. Como regla general,
en su actitud no solía percibirse ninguna idea de tensión o impaciencia, pero
ahora, mientras llenaba una pipa y encendía una cerilla, sus duros ojos grises
se veían ensombrecidos por un ceño ansioso.
Hacía
media hora que había llegado el informe del patrullero O'Leary. Al cabo de
treinta segundos, la autopista se había convertido en una trampa de ciento
sesenta kilómetros; todas las patrullas habían sido alertadas; en todas las
salidas se habían dado instrucciones para que observaran el combinable «Edsel».
Pero hasta entonces no había rastro del asesino.
Los coches patrulla habían
detenido a tres «Edsel», pero en cada uno de los casos, sus pasajeros quedaron
fuera de toda sospecha: unas jóvenes universitarias; un tejano con su esposa y
cuatro hijos, y cuatro monjas carmelitas que eran conducidas a la velocidad
permitida en el estado por un chófer negro, ya entrado en años.
Royce
miró el gran reloj que había en la pared, sobre la mesa del radiofonista. Eran
las ocho y diez. El convoy presidencial entraría en la autopista a las nueve
cuarenta. En sólo noventa minutos...
El
sargento Tonelli levantó la mirada hacia él y dijo:
—El
patrullero O'Leary pide permiso para hablar con usted, señor.
—¿Dónde
está?
—En
la salida doce.
Estaba
situada a cuarenta y cinco kilómetros del Howard Johnson número 1. Por aquel
entonces, el asesino podía estar varios kilómetros más allá; hacia más de
cuarenta y cinco minutos que había salido del Howard Johnson.
—Hablaré
con él en mi despacho —dijo Royce, dirigiéndose hacia su despacho a grandes
zancadas.
Cuando
descolgó el receptor, vio que había empezado a llover; la autopista brillaba
bajo las ventanas y podía ver el extenso relucir del agua sobre el hormigón y
el brillo distorsionado de largas columnas de faros.
—Aquí
el capitán Royce. ¿Qué ocurre, O'Leary?
—Sólo
esto, señor: ha tenido tiempo de salir por la doce o por la once..., si es que
está pensando en salir de la autopista.
—¿Qué
quiere decir con ese si? ¿En qué otra cosa puede estar pensando si no en salir?
—Cometió
un error al llevarse un «Edsel» blanco. Quizá se dio cuenta de ello. También se
lo llevó del centro de una serie de coches aparcados, lo que nos dio una pista
sobre él. Quizá también se haya dado cuenta de eso. Por eso supongo que no
tratará de salir de la autopista con ese coche. Creo que tratará de deshacerse
del «Edsel» antes de intentar salir.
—Espere
un momento.
Royce
miró rápidamente el mapa de la autopista que cubría una de las paredes de su
despacho. Las salidas estaban marcadas y numeradas en rojo, los restaurantes de
la cadena Howard Johnson en verde. El capitán Royce se dio cuenta
instantáneamente de lo que quería decir O'Leary... antes de la salida 12 había
otro restaurante Howard Johnson, así como una zona de servicio, designada con
el nombre de Howard Johnson número 2; sólo estaba situada a diecinueve
kilómetros de la número 1. El asesino podría haber conducido solamente desde la
número 1 a la 2 en sólo quince minutos, y con cierta comodidad... y haber
encontrado otro coche.
—O'Leary,
regrese inmediatamente a la número 2. Tonelli le informará.
Harry
Bogan había actuado tal y como había supuesto O'Leary, conduciendo el
combinable «Edsel» sólo hasta el Howard Johnson número 2 y abandonándolo
después en la zona de aparcamiento. Ahora, estaba de pie en las sombras,
observando la actividad alrededor de los surtidores de gasolina; era una figura
rechoncha, pero fuerte y poderosa; la luz relucía en sus gruesas gafas y el
viento, cargado de lluvia, movía las puntas enhiestas de su corte de pelo gris.
Estaba sonriendo débilmente, con los labios ligeramente curvados y sus grandes
ojos apacibles llenos de excitación. Ahora, la policía estaría buscándole en
las salidas. Lo sabía. Los largos coches patrulla de color azul y blanco
alineados como gatos hambrientos ante la ratonera. Esperando hincar el diente.
Bogan
sabía que había cometido un error al llevarse el combinable «Edsel» de color
blanco, pero no había tenido tiempo para elegir. Lo importante podría ser más
perspicaz. Tenía exigencias especiales y estaba dispuesto a esperar hasta que
quedaran satisfechas.
El tiempo ya no era importante, y en eso radicaba su
seguridad. La policía pensaría que él estaba frenético, listo para precipitarse
hacia cualquier salida a la primera señal de peligro. Pero no era así. La
sensación de poder y control envió un fuerte destello de calor a través de su
cuerpo.
Escuchó
entonces el diáfano grito de la sirena a su derecha; el sonido iba aumentando y
disminuyendo como el aullido de un animal. En la autopista, vio la luz
giratoria roja de un coche de la policía avanzando a gran velocidad por los
ordenados carriles de tráfico. Y escuchó otras sirenas aproximándose por su
izquierda.
El primer coche patrulla hizo un giro en forma de U, atravesando la
franja de césped que dividía la autopista y terminando por introducirse en la
zona de servicio del restaurante. Un mozo procedente de la gasolinera se detuvo
a pocos pasos de Bogan para observar al coche patrulla, que pasó junto a los
surtidores y se detuvo de un modo experto en la zona de aparcamiento situada
frente a las luces del restaurante.
Bogan
se sintió contento.
—Parece
llevar mucha prisa, ¿verdad? —dijo.
El
mozo miró hacia el lugar de donde había salido la voz de Bogan, pero sólo vio
un cuerpo abultado semioculto entre las sombras.
—Así
parece —admitió.
Bogan
reconoció al patrullero; era el mismo que había estado sonriéndole a la
camarera del pelo negro a la que él le había comprado el café y el frankfurt.
El poderle observar corriendo a lo largo de la fila de coches aparcados, dio a
Bogan una curiosa sensación de placer.
—Bueno
—dijo el mozo—, ése va más seguro conduciendo a ciento sesenta que la mayor
parte de la gente a ochenta. Es Dan O'Leary y puede manejar muy bien ese
cacharro.
El
mozo regresó a los surtidores y Bogan continuó su paciente examen de los coches
que se alineaban esperando ser atendidos. No tardó en encontrar lo que deseaba,
un sedán «Ford» poco llamativo, conducido por un joven con gafas de montura de
cuerno.
Bogan supuso que se trataba de un estudiante universitario, al darse
cuenta de que llevaba una corbata de lazo y un pelo rubio muy bien cortado.
Este sería estupendo. El coche era como uno cualquiera de los miles que rodaban
por la autopista, y el joven parecía inteligente. Eso era importante. Había
muchas cosas que explicar, y resultaría agotador tener que explicárselas a un
tonto.
Para
entonces ya habían llegado otros dos coches patrulla. Los patrulleros se habían
unido al llamado O'Leary, según pudo ver Bogan. Y O'Leary estaba ya ante el
«Edsel» blanco, inspeccionándolo con su linterna. Bogan rió suavemente. Se
creían muy listos. Pero no eran más que unos pomposos tontos, que se pavoneaban
con sus uniformes y sus revólveres.
No consiguieron ninguna información del
gran combinable blanco. Lo había aparcado él mismo, y nadie le vio salir de él.
Podían desmontarlo si querían, y no conseguirían nada. No tenían forma alguna
de identificarle, ningún modo de saber en qué clase de coche podría él estar
ahora.
El
joven estaba pagando ahora el combustible que había pedido, y Bogan se movió
lentamente, saliendo de las sombras. Se dio cuenta de que aquello requeriría
una buena sincronización de tiempo. El mozo entregó al joven su cambio y se
dirigió después al siguiente coche, que esperaba en la fila. El joven subió el
cristal de su ventanilla y puso en marcha el motor.
Bogan
abrió la puerta justo en el momento en que el coche empezaba a moverse. Se
deslizó en el asiento de delante, y mostró su revólver al joven.
—Y
ahora, vamos —dijo tranquilamente—. Tenemos un bonito viaje que hacer.