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El hombre que buscaba a la Muerte - Cuento Popular

Érase una vez un hombre que se llamaba Piet Jan Clas y que era muy pero que muy curioso. Un día, oyó por casualidad decir que la Muerte era algo espantoso y terrible, y, como era tan curioso, se dijo: «Ya me gustaría a mí ver a la Muerte, a ver si es tan terrible como dicen». Y con este pensamiento se fue a casa, cogió su bastón, se caló su sombrero de tres picos y se puso en camino.

Llevaba ya mucho tiempo caminando cuando llegó a una ciudad y vio allí una zapatería llena de zapatos y a un zapatero sentado a la puerta haciendo sin parar más y más zapatos.

–Buenos días, maestro –dijo él.

El zapatero le devolvió el saludo sin levantar la vista de sus zapatos.

–¿Qué es lo que hace? –preguntó Clas.

–Ya lo ves, zapatos y más zapatos –respondió el zapatero, e hizo un agujero con la lezna y, ¡krrr!, pasó el hilo por el agujero.

–¡Pero si ya tiene muchos terminados! –dijo Clas–, ¿por qué sigue haciendo más?

–Ah, para venderlos y con el dinero dar de comer a mi mujer y a mis hijos, ¡krrr!

–Y cuando tenga suficiente dinero para que su mujer y sus hijos coman toda la vida, ¿entonces qué? –siguió preguntando Clas.

–Bueno, pues entonces que venga la Muerte y me lleve, ¡krrr! –repuso el zapatero.

–¿La Muerte? –gritó Clas sorprendido–. ¿La ha visto? Ay, maestro, hágame el favor de decirme dónde la puedo encontrar.

–No, no la he visto –se rio el zapatero–, y ojalá tarde mucho en verla.

–¿Y sabe dónde podría encontrarla? –preguntó Clas.

–Ve siempre hacia delante y sigue siempre lo que tu olfato te indique, y un día la encontrarás –respondió el zapatero.

Clas le dio las gracias por la información y, contento, siguió caminando todo el día, toda la noche y al día siguiente hasta el mediodía. Entonces se encontró a un leñador en un bosque que, aunque ya tenía el carro lleno de leña, seguía cortando más y más.

–Buenos días, hermano –dijo él.

El leñador le devolvió el saludo sin dejar de cortar leña.

–Dime, hermano –dijo Clas–, ¿qué es lo que vas a hacer con toda esa madera?

–Bah –dijo el leñador–, con ella hago haces que quemo en invierno y lo que me sobra lo vendo, y con el dinero compro pan y carne. Así me voy ganando la vida hasta el día de mi muerte.

–¿Has dicho Muerte? –interrogó Clas entonces–. ¿No sabrías por dónde anda? Me duele la barriga de las ganas que tengo de verla.

–En esto no te puedo ayudar, amigo –dijo el leñador–, pero sigue recto que seguro que la encuentras.

Clas le dio educadamente las gracias por la información y siguió y siguió, siempre derecho, hasta que llegó de nuevo a una ciudad. Acababa de llegar cuando, por la ventana de una buena casa, vio a un sastre sentado junto a la mesa, cosiendo y cosiendo, y a su alrededor había trajes por todas partes, había tantos que en las paredes no quedaba sitio ni para que se posara una mosca.

–Maestro, ¿qué hará con todos esos trajes? –preguntó Clas después de haber estado un rato mirando por la ventana, asombrado.

–Los venderé –respondió el sastre–: los de lana, en invierno; los de lino, en verano y los de algodón, en primavera y otoño.

–¿Y cuando los haya vendido todos? –preguntó Clas.

–Pues entonces coseré más –refunfuñó el sastre, enfadado por tanta pregunta– y los volveré a vender, y coseré otros y los venderé de nuevo, y así hasta que venga la Muerte.

–¿La Muerte? ¿Conoce usted a la Muerte? ¿Sabría decirme dónde puedo encontrarla? –prosiguió, curioso, Clas.

–¡Fuera de aquí!, pero ¿es que no sabes que a los sastres no nos gusta la Muerte porque nos quita los clientes? Los muertos no necesitan más traje que la mortaja.

«Qué tipo tan desagradable», pensó Clas, y siguió su camino, adelante, siempre adelante, y, cuando hubo caminado mucho otra vez, llegó a un bosque que era tan extenso y tupido que no se veía el final.

Pero Piet Jan Clas tenía tantas ganas de ver a la Muerte que se adentró en la espesura, y allí se encontró con un ermitaño con una larga barba blanca, calvo, con un grueso y tosco hábito y un rosario en la mano.

«Ah», pensó Clas, «si ese no es la Muerte, seguro que sabe dónde encontrarla», y se dirigió al ermitaño y le saludó:

–Buenos días, padre.

–Buenos días tengas, caminante.
 
–¿Qué es lo que hacéis aquí en esta soledad? Yo no podría estar tan solo.
 
–Ay –dijo el ermitaño–, me he apartado de los hombres para meditar y estar bien preparado para cuando la Muerte venga.

–Precisamente por la Muerte os quería preguntar –le interrumpió Clas–: yo querría verla una vez en mi vida. ¿Me podríais ayudar vos quizá?
 
–A la Muerte solo se la puede ver una vez en la vida –dijo el ermitaño–; pero, si sigues caminando, cada noche estarás un día más cerca.
 
Eso le gustó a Piet Jan Clas, y le dio las gracias al ermitaño de todo corazón. En cuanto perdió de vista al eremita, se dijo a sí mismo: «A esto lo llamo yo una buena respuesta; lo único es que cada día se me va a hacer demasiado largo hasta que se haga de noche. Pero yo enseguida he notado que el viejo lo sabía».

Así, siguió caminando alegremente por montañas y valles, por bosques y praderas, hasta que una tarde vio un gran palacio en la lejanía, y allí se dirigió.

Cuando llegó a la puerta, vio a una abuelita vieja vieja que estaba tan delgada que se le podían contar todos los huesos del cuerpo. Además tenía los ojos de color rojo fuego, la mandíbula caída y las mejillas hundidas, y el labio de abajo gordo y descolgado; a su espalda, una abultada joroba, y sobre la joroba, una cesta llena de botellitas y tarros de ungüento; también llevaba un gran cuchillo colgando a un lado.

«Esa tan vieja podría ser la Muerte», pensó Clas, y, acercándose a ella, se quitó el sombrero de tres picos y dijo:

–Dios esté con vos, abuelita.

–Muchas gracias, hijito mío –dijo la anciana.

–Ay, querida abuelita, ¿sois vos la Muerte? –preguntó Clas al instante.

–No, al contrario –respondió ella–, soy la Vida y curo con mis ungüentos y medicinas todos los males, heridas y enfermedades.

–¡Qué lástima! –dijo entonces Clas–, ¡me había alegrado tanto pensando que erais la Muerte! Llevo mucho tiempo viajando por montañas y valles, por bosques y praderas para buscarla, pero ¡no la encuentro en ninguna parte! ¿Podríais vos mostrarme cómo encontrarla?

–Sí, eso bien que puedo hacerlo –dijo la vieja.

–¡Ay, querida, querida abuelita, hacedlo entonces! –exclamó entusiasmado Clas–. De rodillas os lo pido, no me podríais hacer favor mayor.

–Sí, lo haré con gusto –dijo la abuelita–, pero desnúdate primero.

Entonces Clas tiró lleno de alegría el sombrero, el bastón y la blusa, y acto seguido se quitó también el resto de la ropa. Después, dijo la abuelita:

–Ahora arrodíllate y apoya la cabeza en mi regazo.

Piet Jan Clas se arrodilló y apoyó su cabeza en el regazo de la abuela, entonces la anciana cogió el afilado cuchillo y le cortó la cabeza, ¡ris, ras! Y rápidamente le dio la vuelta a la cabeza y se la volvió a poner de modo que la cara quedó mirando hacia la espalda. En ese mismo instante, Clas se puso en pie de un salto, gritando lastimeramente:

–¡Ay, ay, ay! ¡Ay, Dios! ¡Ayuda, ayuda! ¡Volved a ponerme la cabeza en su sitio!

La anciana no hizo caso de sus gritos y lo dejó dos horas enteras con la cara vuelta hacia la espalda.

–¿No querías tú ver a la Muerte? Pues mírala bien –dijo.

Luego, la vieja le volvió a cortar la cabeza y se la volvió a colocar mirando al frente, le puso un poco de ungüento en la herida y al cabo de dos minutos ni se veía la cicatriz, y Piet Jan Clas estaba tan sano como antes.

–Para ver a la Muerte solo hay que mirar detrás porque ahí, detrás de ti, está siempre desde que naces –dijo la anciana, y desapareció.

Y Piet Jan Clas volvió a su casa después de haber visto a la Muerte.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 3 y última)

 

III

«Se ofrece recompensa de quinientas libras a cualquier persona que proporcione información precisa acerca del paradero actual de sir Henry Chalvington, baronet de Methwold Park, Norfolk, a su viejo amigo el coronel Desborough, hotel Morley’s, Charing Cross.»

Eso decía el anuncio que se publicaba a diario en The Times y también en el Galignani y otros periódicos extranjeros. Pero el tiempo fue pasando sin que se recibiera respuesta alguna. 

Con la Navidad a la vuelta de la esquina y la climatología empeorando por momentos, el coronel Desborough contemplaba con creciente intranquilidad su marcha al extranjero, viaje que tenía la determinación de hacer, convencido como estaba de que el baronet se hallaba en algún lugar del continente. 

Desde su regreso a Inglaterra, su salud había experimentado una notable mejoría, y en sus pensamientos ganaba fuerza la idea de que había estado sufriendo de delirios mentales; no obstante, seguía pareciéndole una extraña coincidencia que sir Henry continuara ausente, y aunque ya no era víctima de las apariciones que con tanta frecuencia había experimentado en la India, el coronel estaba más ansioso que nunca por desvelar el misterio, no solo por su bien, sino por el de la propia Mary Chalvington.

Por fin un día recibió una carta del extranjero. Estaba manuscrita en papel muy fino y llevaba matasellos de Niza. La misiva se le antojó misteriosa, puesto que todo parecía relacionado con su búsqueda. Decía que, aunque el remitente no podía proporcionar con exactitud el paradero de sir Henry, sí que creía contar con una pista que contribuiría a localizarlo. El coronel debía acudir en persona al Albergo Aggradevole, en Scarena, cerca de Niza, y preguntar por Carlo.

Entusiasmado por la oportunidad que se le brindaba de obtener una información crucial, el coronel abandonó con gusto la fría y húmeda Inglaterra rumbo a un clima más amable. Scarena, según comprobó, era un pueblecito situado en los Alpes Marítimos, a escasas millas de Niza y en la carretera que llevaba a Turín. 

Desborough no se tomó ni una sola jornada de descanso hasta que no hubo llegado a la posada que tenía como destino, y donde se quedó a pasar la noche. Era un hotelito decente que dependía principalmente de los turistas que iban de camino a Sospello para disfrutar de sus majestuosos paisajes.

Vista la solicitud y obsequiosidad con las que le recibieron el albergatore, su esposa y los sirvientes, el coronel supo sin lugar a duda que lo estaban esperando. No obstante, aguardó hasta acabada la cena para preguntar por el tal Carlo, que resultó ser, tal y como él había anticipado, su anfitrión en persona.

—Sí, signor, yo soy Carlo. A su servicio. Rara vez leo el Galignani, pero las cosas del destino son así. Un día cayó en mis manos un ejemplar del periódico mientras me encontraba en Niza y, al regresar a casa, se lo leí a mi esposa; fue entonces cuando topé con su anuncio. «Yo he oído antes ese nombre —le dije—, pero no recuerdo cuándo.

»Un momento —me dijo ella—. Estaba en el cuaderno que se dejó olvidado el caballero inglés, el que estuvo aquí alojado dos días con su esposa, mira.» Entonces María abrió el scrittoriello y sacó el librito, que es este que ahora tengo el placer de entregarle, signor.

Dicho esto, el posadero tendió a Desborough un cuaderno vulgar y corriente. Manuscrito en la guarda con la inconfundible caligrafía de su viejo amigo se podía leer: «Henry Chalvington, Brook Street, Grosvenor Square».

El cuaderno contenía varias anotaciones, tales como horarios de trenes y de paquebotes. Una de ellas incluso arrancó una lágrima al coronel. Era una nota de un par de líneas tan solo, escrita apresuradamente a lápiz: «Hoy mencionaban a Jack Desborough en una noticia en la que hablaban sobre Simla, debo escribirle».

Eso era todo, aunque, dadas las circunstancias, ¡qué conmovedor!

El albergatore lo observaba visiblemente satisfecho.

—Ahora hábleme de la dama y del caballero que se alojaron en su posada. ¿Cuándo estuvieron aquí?

—El pasado abril, signor —contestó su anfitrión, mientras se arrellanaba con comodidad en una silla—. Llegaron en su propio carruaje. El caballero estaba muy pálido y delgado, y caminaba del brazo del intérprete o sirviente, no sabría decir si era una cosa u otra. Parecía enfermo y llevaba puesto un abrigo de piel, a pesar de que no hacía frío. En cuanto a la dama…, no tengo palabras para describir su belleza, ¡era fabulosa! Se quedaron aquí dos días, signor, e iban de camino a La Chiandola para visitar las cascadas; pero por lo que comentó el hombre que estaba a su servicio, deduje que buscaban una casa donde poder alojarse unos meses por el bien de la salud del caballero. En cualquier caso, cuando se marcharon, se olvidaron de este cuaderno. ¿Le es de alguna utilidad, signor? Si en efecto pertenece a su amigo, haré cuanto esté en mi mano para asistirle en su búsqueda. Debemos atravesar las montañas por Scarena, Sospello, La Chiandola, Saorgio, Tenda, Simone, Savigliano y así hasta Turín, preguntando a diestra y siniestra de la carretera —dijo el anfitrión, mientras pronunciaba con orgullo la retahíla de poblaciones, contándolas con los dedos.

El hombre parecía inteligente, y actuaba de buena fe; la pingüe recompensa seguramente constituyese para él una auténtica fortuna.

Al día siguiente se realizaron a toda prisa los preparativos del viaje, y con unos buenos caballos y una calesa ligera, comenzó la búsqueda. Huelga seguir sus pasos por los lugares citados por el albergatore, donde sus pesquisas obtuvieron más o menos éxito. 

Son tantos los turistas que visitan la zona en esa temporada que, de no haber sido porque el caballero vestía un abrigo de piel y la dama era muy hermosa, con unos ojos espléndidos, los Chalvington habrían pasado casi desapercibidos. No obstante, el rastro moría en la villa de Saorgio, en ninguno de cuyos hoteles recordaba nadie a la pareja.

—Debemos dar media vuelta, signor. Sus amigos nunca llegaron tan lejos —dijo el albergatore.

Así pues, en lugar de seguir la vía principal entre Niza y Turín a través de los Alpes Marítimos, esa carretera magníficamente construida y completada en el transcurso de diecisiete años por orden de Víctor Amadeo, rey de Cerdeña, se desviaron hacia el interior y visitaron las aldeas ribereñas de los arroyos que riegan esta zona del Piamonte. Aunque sin éxito.

Descorazonados por los constantes fracasos, regresaron sobre sus pasos y se dirigieron una vez más a la casa de postas de Simone. Allí, la Carrozza di Viaggio, una suerte de coche de viajeros, se encontraba en ese momento relevando la caballería.

De pronto, Carlo Rigo profirió una exclamación y se apeó de un salto de la calesa.

—¡Ahí! ¡Ahí! —gritó el posadero preso de una gran agitación—. ¡El abrigo! ¡El abrigo del caballero! —Y corrió hasta el costado del carruaje, que era la diligencia que cubría el trayecto entre Tenda y Sospello.

El cochero, que llevaba puesto el abrigo en cuestión y sostenía un enorme látigo en la mano, aguardaba sentado en el pescante a que atasen los caballos frescos a las varas. Era inconfundiblemente italiano, y no mostró la menor sorpresa cuando el albergatore exclamó:

—¡Cospetto! ¿De dónde has sacado ese abrigo?

Los dos hombres entablaron una animada charla. Desborough esperó hasta que el posadero regresó radiante de satisfacción.

Signor —gritó—, asunto solucionado. Nicolo es un hombre muy respetable; lleva conduciendo la carrozza los diez últimos años. Me ha dicho que compró ese abrigo hace un mes para protegerse de los fuertes vientos que nos azotan en estos parajes en primavera y en invierno. Estaba colgado de la puerta de Isacco el Judío, en Sospello.

—Entonces vayamos a ver a ese tal Isacco —dijo el coronel.

De nuevo se adentraron en la pequeña población. Isacco era un anciano de fino rostro aguileño y venerable barba blanca que podría haber pasado perfectamente por uno de los patriarcas. El hombre les proporcionó con gusto la información que buscaban. El abrigo se lo había traído a su tienda, ocho meses atrás, el sirviente del caballero inglés que había adquirido Villa Cipresso. Sus señores se trasladaban a Nápoles, y no iban a necesitar el abrigo.

¿Y dónde estaba Villa Cipresso? A escasas millas de allí, en los castañares, o eso creía.

Una vez averiguada la dirección, avanzar fue sencillísimo. Contrataron a un postillón que conocía la localidad para que condujera al coronel y a su acompañante hasta la casa al día siguiente, pues ya era tarde para hacerlo en ese momento. La villa se encontraba a unas once millas de distancia y tan rodeada de árboles que era imposible de discernir hasta que uno no se topaba con ella. 

El paraje era precioso, pero la casa era una construcción solitaria y descuidada. Las malas hierbas y las zarzas habían invadido los caminos y los arriates de flores; y las ventanas estaban tapiadas con tablones. El ruido del carruaje atrajo a la puerta a una anciana, que se mostró asombrada por su llegada. Alta, morena, surcada de arrugas y vestida con ropas andrajosas, se quedó plantada en el umbral como petrificada, mirando a los visitantes con ojos desorbitados.

—¿Es esto Villa Cipresso? —preguntó Carlo Rigo.

—Sí —contestó la anciana.

—¿Está aquí sir Henry Chalvington? —inquirió el coronel.

El efecto que causó en ella esta pregunta fue del todo inesperado. Levantó los brazos por encima de la cabeza, dejó escapar un gemido y, alejándose a toda prisa por un pasadizo de piedra, se metió en un cuarto y se encerró pasando la llave por dentro.

—Está asustada —dijo Desborough—. ¿Es posible que viva aquí sola? La casa parece vacía.

El posadero fue hasta la puerta, llamó y le habló con suavidad para que se tranquilizase, pero ella no contestó. Solo se oían sus gemidos, como si la mujer sufriese un gran pesar.

El coronel y su acompañante inspeccionaron la casa. No era grande, su mobiliario era muy sencillo y estaba claro que se encontraba deshabitada. No hallaron ni un solo libro ni pedazo de papel que pudiera aportar alguna pista sobre quiénes habían sido los últimos ocupantes de aquellas estancias.

El postillón desató los caballos y los condujo hasta el establo vacío y descuidado; los únicos seres vivos con los que se topó por el camino fueron unas pocas aves de corral famélicas que vagaban por el patio. El coronel Desborough se dio una vuelta por los jardines, que estaban invadidos de enormes chumberas asilvestradas y falsos pimenteros de aspecto desaliñado.

Había fuentes ornamentales resecas, mirtos y otros arbustos plantados en tupidos macizos, y altos cipreses oscuros que daban una apariencia sombría y melancólica al lugar. Bordeaba el jardín un bosque de alcornoques, y más allá de esta pantalla de árboles, bloqueando la vista, se alzaba la majestuosa mole de los Alpes, como diciendo: «No os aventuraréis más allá».

Entre tanto, pareció que la curiosidad de la mujer vencía a su miedo inicial, y tras mantener Carlo Rigo una conversación con ella desde el otro lado de la puerta, la convenció para que saliese y preparase un almuerzo con los refrigerios que habían traído consigo, cosa que hizo con avidez, puesto que estaba hambrienta. Pero a todas sus preguntas respondió negando con la cabeza, resistiéndose a darles cualquier información.

—Pasaremos aquí la noche —dijo el coronel con gravedad—. Tengo que saber más antes de marcharme, y lo haré.

Al caer la tarde, él y el albergatore volvieron a darse un paseo por el jardín. El sol se había puesto detrás de las montañas y todo estaba teñido de una preciosa luz violácea, esa que se conoce como arrebol. ¡Qué soledad! Las sombras del ocaso se intensificaron cuando se adentraron en un claro rodeado de cipreses.

—¡Mire, mire, signor! —gritó Carlo—. ¡Ahí está el caballero inglés!

Al escuchar estas palabras, Desborough alzó la vista ilusionado. Allí delante, a escasos pasos de él, se erguía más nítida que nunca la figura de su amigo; pálido, encanecido, inmóvil, su silueta claramente recortada contra el fondo oscuro de los árboles verdes.

—¿Por qué nos pide que nos acerquemos? ¿Por qué señala al suelo? ¡Oh! ¡Ha desaparecido! —gritó espantado el italiano.

El coronel intentó hablar, pero no daba con las palabras. Buscó apoyo en un árbol y, preso de la agitación, se enjugó la frente.

—Entonces ¿lo ha visto usted también? —le preguntó a Rigo cuando consiguió recuperar el habla—. ¿Con absoluta claridad?

—¿Al caballero inglés? Sí, signor.

—Gracias a Dios —exclamó Desborough retirándose el sombrero en un gesto de reverencia—. ¡No estoy loco!

—No lo entiendo, signor —dijo el desconcertado posadero.

—No —respondió el coronel—, no puede entenderlo; porque ese a quien acabamos de ver no es un habitante de este mundo. Hagámonos con picos y palas… ¡Creo que bajo ese parche de hierba yace enterrado sir Henry Chalvington!

¡Qué extraña revelación! ¡Qué cadena de acontecimientos, aparentemente fortuitos, había guiado al coronel Desborough hasta ese preciso lugar, donde estaba predestinado a resolver un misterio y reparar una gran injusticia! Pues fue allí, bajo la grisácea luz crepuscular, donde exhumaron lo que quedaba de Henry Chalvington. ¿Lo habían asesinado?

—No, no —gritó la anciana, arrodillándose a sus pies—. No lo suponga, ni lo piense siquiera, el inglés falleció de muerte natural. Tras adquirir esta villa, él y su esposa vinieron a ver qué muebles podían necesitar. Habían viajado desde Niza, él parecía enfermo y débil. Tres días después de su llegada, se encontraba sentado a la mesa, cenando, cuando cayó hacia atrás de repente… ¡muerto! Es la verdad, se lo juro. La dama estaba aterrada, al igual que el sirviente que los acompañaba. «Escuche —me dijo—, de sabérseme viuda seré una mujer pobre. ¡Pero mientras se suponga a mi marido con vida seguiré siendo rica! Lo mantendremos en secreto… Podemos enterrarle bajo los cipreses, y yo me encargaré de que no le falte a usted nada. Siga viviendo aquí; dispondrá de dinero siempre y cuando no hable.» Entonces el signor Texere, el sirviente, cavó la tumba y lo depositamos ahí, ¡pobre inglese!

»La señora y su asistente se marcharon. Al principio me enviaban dinero, no mucho, pero el suficiente para cubrir mis necesidades. De un tiempo a esta parte han dejado de hacerlo. Y yo me muero de hambre. ¿Por qué razón voy a seguir manteniendo el secreto? Roto el pacto, puedo contarlo todo. Pero, signor, le juro que no fue asesinato. Yo estaba en el comedor sirviendo la cena cuando él se cayó de la silla, muerto. Fue su corazón. Esa expresión de su cara ya la había visto antes en la de uno de mis hijos cuando falleció de la misma dolencia.

Una vez más la escena se traslada a la residencia de Eastern Terrace, en Brighton. Lady Chalvington, suntuosamente ataviada en un brocado dorado, estaba a punto de salir para el teatro cuando le anunciaron que el coronel Desborough y el señor Bruce deseaban verla. Y eran sin duda estos dos caballeros, acompañados de Blencoe y un agente de policía vestido de paisano, quienes aguardaban en el vestíbulo.

Lady Chalvington entró en la biblioteca, adonde la habían hecho pasar aquellos visitantes tan poco gratos.

—No alcanzo a imaginar cuál puede ser el propósito de su visita, caballeros —exclamó con altivez, al cruzar el umbral—. Los negocios se tratan por las mañanas, señor Bruce.

—Esto es mucho más que una visita de negocios, señora —contestó el coronel—. Venimos a informarla de que los restos de su difunto marido han sido hallados y trasladados a Inglaterra para que reciban cristiana sepultura.

Por un instante, la culpable se quedó paralizada; luego, corrió hasta la puerta y, ya estaba cruzando el vestíbulo, cuando se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada. Blencoe le había cortado el paso.

—¡Deténganla! ¡Detengan a lady Chalvington! —gritó el coronel.

—¡Lady Chalvington! —bramó Blencoe, agarrándola del brazo—. Aquí no hay ninguna lady Chalvington. Confieso con vergüenza y repugnancia que esta mujer es mi esposa, Harriet Lemoine, y que ese hombre —dijo señalando a Texere, que acababa de entrar en escena— es su hermano, un falsificador, jugador y estafador que vivió en mi casa, haciendo de la noche día y del día noche. 

Fue para huir de semejante esposa, y para cortar de raíz con su detestable estirpe por lo que me marché a la India. Esta mujer ni mucho menos estaba casada con sir Henry. Puedo demostrar que su identidad es la de la chica con la que contraje matrimonio en la iglesia de St. Pancras hace ya ocho años.

Seis semanas después de tan repentino desenlace, el coronel Desborough entró en la sala de la residencia de Brook Street con un aspecto más fortalecido y saludable del que había ofrecido durante prácticamente los doce últimos meses, si bien seguía todavía muy afectado por la tensión nerviosa a la que había estado sometido. 

Conjurada la aparición, había experimentado una mejoría en su estado de ánimo y recuperado también su acostumbrada buena salud; aunque, posiblemente, conservara ya para el resto de su vida ese talante mucho más circunspecto y grave que le confería el saber que se había comunicado de algún modo con el mundo de los espíritus; un mundo al que apenas había dedicado un solo pensamiento hasta entonces, pero en el que ahora creía y al que respetaba con veneración, habiendo llegado a la conclusión de que, en determinadas circunstancias, esa clase de revelaciones eran posibles.

Mary Chalvington, vestida de luto, se acercó a recibirle, tan blanca y frágil como una azucena.

—Sí —dijo él—, vengo a despedirme. El Crocodile parte de Southampton mañana mismo.

—¡Oh! —exclamó Mary—. ¿Qué voy a hacer cuando se marche? Es usted mi mejor y único amigo. ¿Qué será de esta huérfana a la que ha rescatado de una servidumbre peor que la muerte? ¿Por qué no quiere quedarse en Inglaterra?

—Porque no hay lazos que me aten a este lugar. Soy un hombre solitario.

—¿Y es eso necesario? —preguntó la joven con delicadeza, en voz baja.

El coronel la miró y a continuación empezó a pasearse por la estancia de forma agitada.

—Si yo creyera… —dijo, y se detuvo—. Si osara… Pero casi te doblo en edad, querida mía; ¿cómo pedirte semejante sacrificio?

—No sería un sacrificio —murmuró Mary—, ¡sería la felicidad!

El coronel Desborough nunca regresó a la India.

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

Uno no sabe - Mónica Lavín

Uno no sabe que un día se irá a la cama y, cuando despierte, papá pondrá los cereales en la mesa, nervioso y sin haberse rasurado; las hermanas hablarán en voz baja y nadie dirá que mamá no está. 
Uno se irá a la escuela pensando que la verá al volver, pero será Trini quien abra la puerta del departamento, sirva la sopa de fideo y rezongue porque, de ese día en adelante, le toca disponer como si fuera la señora de la casa.
Uno piensa que alguien lanzará algo —un quejido, una pregunta, un plato— porque una madre no puede irse así. En vez de eso, las hermanas acarician la cabeza de uno, y papá llega por la noche a preguntar sobre la escuela y el fútbol con impostado interés. 
Sentado al borde de la cama, no se fija que uno no se lavó los dientes y parece que va a comenzar a explicar algo, pero los ojos se extravían entre las repisas con coches de juguete y suelta un «buenas noches» apresurado.
Uno no sabe que el silencio será la explicación, que todos andarán como si la voz de la madre ausente fuera humo, como si los domingos siempre hubieran sido cuatro a la mesa, como si vendieran los calcetines con hoyos y fuese normal que Trini lo llevara al doctor en un taxi. 
Y uno irá a la escuela con los ojos como platos, con el asombro pegando las pestañas a los párpados porque nadie se ha atrevido a llorar, a patear las puertas, porque el único cambio visible son las fotos removidas.
Sólo en el buró del padre está una en blanco y negro donde se miran los dos alegres, sentados en una banca. Vestigios de su madre en el cuarto que poco frecuenta uno, porque más vale no naufragar en el tamaño de la cama, en la doble almohada ni tras las puertas del clóset. 
Uno ni siquiera sabe si allí todavía cuelgan sus vestidos porque las hermanas se han encargado de echar llave, y son ellas las que van a los festivales de la escuela, firman las calificaciones, hablan con las maestras. 
El padre, callado, pasea por la casa como telón de fondo; uno supone que es la única forma posible de aceptar que no hubiera un beso de despedida.
Uno crece y se acostumbra a Trini malhumorada, a las hermanas a oscuras con los novios en la sala, a las reuniones con los abuelos, a las leves alusiones a ciertos rasgos de la madre repetidos en los hijos, como el paso de una franela que recoge el polvo de los muebles. 
 
Uno aprende a no visitar a la abuela Nona porque sólo habla de papá y su cerrazón, y porque las hermanas disgustadas no resisten que busque razones para la orfandad de sus nietos. Uno no quiere estar en casas ajenas que le recuerden a una madre de rasgos borrados.
Pasan los años y uno empieza a mirar las piernas de las mujeres, a imaginarse besándolas y acariciándolas; uno da todo por rodear una cintura apretada y aspirar un aliento dulce. Uno las besa y las abraza en la penumbra del cine y se masturba pensando en ellas, y cuando comienza a desear más allá de su cuerpo, su presencia y su ternura, uno se va sin despedida.
Por eso uno se puede ir un día sin dar explicaciones. Ha pescado una conversación furtiva entre el padre y la cuñada: alguien la vio en Nueva York, es mesera en una cafetería de la Segunda Avenida. Uno piensa que un destino así está lleno de grasa de frituras. Y el coraje se atiza. Uno tiene veintiún años y trabaja en el despacho de un tío abogado mientras estudia; ha juntado el dinero para pasar un mes en esa ciudad. Así que le dice a su padre que hará un viaje y no le indica cuándo ni a dónde.
Un día toma el avión y se sube ligero. Cafeterías en esa avenida tan larga hay muchas; descarta los restaurantes chinos, las pizzerías, los bares, pero aún queda un gran número de posibilidades. Alquila un cuarto de hotel de medio pelo en la Treinta y Dos y la Octava. Planea recorrer las dos aceras de la Segunda desde el *Lower East Side* hasta el *Spanish Harlem*. Está seguro de que acertará. Tiene el día entero para hacerlo, el dinero para consumir tés, refrescos y donas, porque no basta mirar desde la calle: hay que sentarse adentro. Debe reconocerla trece años después del recuerdo que tiene de su cara, que ya no será la de la foto del buró de su padre.
Uno anda en tenis y chaqueta gruesa porque a fines de abril puede sorprender la lluvia menuda o la nieve; uno no habla con nadie y no cuesta trabajo. Pasan dos semanas y ha mirado tras el vaho de los ventanales grasosos de las cafeterías donde las meseras lo llaman *dear*, y también entre la vajilla blanca y delicada de las cafeterías de los hoteles. Uno ha entrado por la mañana y por la tarde al mismo lugar porque quién sabe qué turno le toque a una mesera en una ciudad que nunca para. Antes de salir del hotel, marca el croquis y, como quien va al hipódromo, lanza sus apuestas: volver al Ruby’s, recorrer de la Cuarenta a la Sesenta. Navega entre el cálculo y la corazonada.
Por eso a las tres semanas, sin que su esperanza haya flaqueado, sin amasar resentimiento por las noches, cuando entra a la cafetería de la esquina de Madison y la Noventa y ocho —mientras dobla el croquis y lo guarda en el bolsillo— sabe que la ha encontrado. Uno la ha visto colocar los platos en la mesa de junto, inclinar el cuerpo en uniforme beige, y es la manera de recoger los platos lo que la delató. La súbita remisión a la mesa del comedor. Pensó que sería la mirada, o el cuello largo, o tal vez la nariz afilada lo que le permitiría reconocerla, no aquella postura alguna vez doméstica, hoy gaje del oficio. La quiere observar así, a distancia, pero ella advierte que un cliente aguarda. Uno se parapeta mirando la carta. Sabe que pronto escuchará su voz. Espía sus piernas y sus zapatos bajos de suela de hule.
—*Good morning, are you ready to order?* —le pregunta en un inglés extranjero.
Uno la mira porque está desconcertado, porque la quiere contemplar como una foto: el pelo pintado de rubio cenizo, la nariz afilada, una sonrisa a la fuerza. Insiste con otra pregunta: *What are we up to this morning?* Uno no sabe qué hacer cuando su madre le habla en inglés al mismo tiempo que vierte un café recalentado en la taza mustia. Antes de que se aleje dispuesta a atender otra mesa, porque el cliente no ha resuelto, ordena unos *hot cakes* por retenerla. Uno advierte que todos la llaman, que ella sirve y que le dejan monedas sobre la mesa. Uno no sabe qué hacer ante una madre que no despliega ninguna deferencia con ese cliente, pedazo suyo, al que no mira con más ahínco que al obrero de junto o a las señoras de la mesa de más atrás.
Cuando le trae los *hot cakes* humeantes, el *thank you* de él delata su extranjería.
—¿Visitando? —pregunta ella.
—Buscando trabajo —dice uno cortante mientras unta con lajas de mantequilla los *hot cakes*.
Observa cómo el calor las vuelve líquido. Se esmera en cercenar los redondeles hasta conseguir rebanadas homogéneas. Uno no sabe qué sigue. Las mastica y las traga con dificultad, ansioso por salir cuanto antes de aquella cafetería. Hace señas a su madre:
—La cuenta.
La mesera, acostumbrada a las prisas, deja la cuenta junto al plato enmielado.
Uno sale a caminar desorientado. Va a la esquina y retrocede, cruza la acera, echa a andar por cualquier calle. Se topa con el croquis de la ciudad en el bolsillo, lo arruga allí dentro y en el primer basurero lo tira. Uno vuelve por la mañana. ¿Cómo desperdiciar el precioso hallazgo? La noche le ha dado claridad. Pero uno no cuenta con que ese día ella descansa, porque no la ve en el restaurante. Se acerca una mesera negra. Uno pregunta por Olivia. Es su nombre, si no se lo ha cambiado. Le responde que mañana estará allí de nuevo. Un día parece un racimo de años, la suma de todos desde que Trini sirvió los fideos y comieron los tres hermanos solos. La rabia crece mientras el bolsillo mengua. No hay tiempo que perder.
Al día siguiente regresa y la descubre desde los ventanales que dan a la calle. Se detiene un rato para mirar el pelo recogido y la nariz afilada. Se sienta en la misma mesa y Olivia —su nombre está escrito en el gafete plastificado— le pregunta con una sonrisa si quiere otra vez *hot cakes*.
—Te busqué ayer, Olivia.
Para qué andarse con rodeos.
—Descansé. ¿Encontraste trabajo?
—De eso quiero hablar, podrías tomarte una copa conmigo en la noche.
Olivia titubea mientras acomoda el mantel de papel y vierte el café en la taza.
—No me gusta el café —dice uno.
Ella sigue llenando la taza.
—A las cinco, en el Mayfair, dos calles abajo —contesta Olivia.
—¿Cuánto es? —se levanta uno.
—Pero si no has ordenado.
—No importa.
Deja un dólar en la mesa y se va. Desde la caída de la tarde, uno bebe en la barra del Mayfair. Olivia se acerca erguida; con los zapatos de tacón luce más alta. Lleva un saco largo azul marino, el pelo suelto, le cae el fleco en la frente.
—Nunca he tomado una copa con alguien tan joven.
—Ni yo con una mesera en Nueva York —responde uno—. ¿Eres mexicana?
—¿Se nota? ¿Y tú?
—De El Salvador, pero estudié en México —miente.
Les sirven vodka tonics y uno quiere hablar lo menos posible. Evita saber de su vida, pero Olivia le cuenta que se enamoró de un hombre y por él dejó todo en México. Uno no pregunta qué pasó después, aunque percibe que ella desearía contar el desenlace. Pero ella sigue diciendo que dejó todo por nada y él, por ahogarle la voz, le acaricia las piernas. Ella guarda silencio. Uno deja las manos sobre los muslos resguardados por la falda de lana para cerciorarse de que es capaz de estar cerca de la piel de esa mujer.
Ella no habla y lo mira. Uno no resiste los ojos familiares. Aprieta el vaso por no estrellarlo contra el suelo. Pide otra copa para los dos e intuye que ella hace una concesión al aceptar. Salen sin que medie conversación alguna; la lleva deprisa y de la mano por la calle, la siente ligera como una cosa pequeña. Recuerda otros cuerpos cercanos y atolondra el sentimiento.
Apenas entran en la habitación, uno le quita el saco azul y la tumba boca arriba; el pelo se desparrama sobre el blanco percudido de la sábana. Uno se desabotona el pantalón veloz; Olivia se baja las medias y la pantaleta, ansiosa. Uno entra en ella sin dificultad. Observa su cara congestionada, los ojos cerrados que uno agradece. Entonces piensa que ha entrado por el mismo conducto que se distendió para que él naciera. Uno siente una lujuriosa repulsión y olvida las palabras a verter. Se tira exhausto sobre su pecho; Olivia se desliza hacia arriba buscando los cigarros que están en su bolsa sobre el buró. La cabeza de uno ha quedado sobre esos muslos desnudos, muy cerca del pubis. Uno no quiere mirarla, uno no quiere dejar el regazo caliente. Olivia le acaricia la cabeza con una mano mientras se lleva el cigarro a la boca con la otra.
—Espero que sea habitación de fumar —se ríe.
Uno sigue allí con los párpados apretados, con el silencio de la verdad aterido en su garganta, en su sexo vencido.
—Tú también tienes la nariz afilada —dice Olivia con ternura—. ¿Estás bien?
Uno no atina a clavar la puntilla: no dice «Olivia Sansores, soy tu hijo». Esconde la nariz afilada, la aplasta inútilmente contra la pierna de mujer. Uno se queda dormido, abrazándose a sí mismo, y amanece solo. Entonces persigue el olor de su madre sobre la almohada y encuentra la colilla en el cenicero. Uno se baña para volver por *hot cakes*. Localiza una mesa vacía que Olivia atienda. Cuando ella lo descubre, se acerca a servirle café.
—Te dije que no me gusta el café —obstruye la taza con la mano—. ¿Por qué te fuiste?
—No iba a esperar a que en la mañana confirmaras mis cuarenta y nueve años.
Uno come *hot cakes* atropelladamente y deja todo el dinero que le queda sobre la mesa. Esa noche toma el avión de regreso. Desde la ventanilla observa la retícula iluminada de la ciudad que queda atrás; después, el perfil de su nariz reflejado en el vidrio. Uno sólo sabe que es mejor partir sin despedirse.  

Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».