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Ella espera a todos los nacidos - James Tiptree Jr

     Nace en los paramos del no-ser, centellea, nace de nuevo y se mantiene unida, se hincha y extiende. Vive sin vida, lucha contra la marea gris de la entropía, persiste de manera insólita, configurando complejidades cada vez más ricas hasta formar una ola creciente. Y crece en verdad como una ola, pues mientras la cresta aflora triunfal a la luz del sol, cada una de sus partículas se precipita para siempre en la oscuridad y se disuelve en la nada en el momento del salto. 

    Triunfa al parecer, pues no nació sola. Viene siguiéndola en el ser su oscura gemela, su Adversaria, la sombra que incesantemente la devora por dentro. Perseguida sin piedad, atacada en cada órgano vital, la ola viviente arroja espuma y su billón de crestas fugaces aflora a la luz por encima del dolor y la muerte que la reclaman. La sustancia mortal lucha y se extiende durante eones innumerables. Impulsada por la muerte, huye con creciente ligereza de su Enemiga hasta que corre y brinca y se remonta en la luz relampagueante. Pero no puede vencer al fuego de sus carnes, pues las extremidades que la sustentan son Muerte, y Muerte son las alas que la elevan. En el dolor de sus miríadas de miembros victoriosos y moribundos, la Vida surca el aire indiferente...

    La madriguera es oscura. Pelicosaurio se acuclilla sobre las crías, y su vago nódulo de percepciones sólo retiene la sensación de los hocicos que sorben la piel glandular del vientre en medio de algo que no es pelo. Afuera suena un eructo estruendoso y gorgoteante. La madriguera tiembla. Pelicosaurio se agazapa, tieso. Los cachorros acurrucados se petrifican. Todos menos uno, una hembra que se ha escabullido y husmea nerviosa los recovecos de la madriguera. Avanza medio agachada, el cuerpo separado de la débil faja del hombro de reptil.

Más ruidos fuera. La tierra llueve dentro del nido húmedo. La madre se acurruca aún más, encerrada en una quietud reflexiva. El cachorro olvidado trepa ahora por un túnel.

Cuando desaparece, el gigantesco hadrosaurio del río decide salir. Veinte toneladas de reptil aplastan la orilla blanda. Tierra, rocas y raíces se derrumban y aplastan a Pelicosaurio y sus cachorros y otros habitantes de la costa en una gelatina terrosa, una artesa de destrucción detrás de la fugitiva. Se oye un batir de alas correosas, pterosaurios que bajan a picotear las ruinas.

Más arriba, junto a una raíz de gimnosperma, el cachorro solitario forcejea para liberarse. Se intimida al oír los gruñidos roncos de los depredadores. Luego un oscuro tropismo despierta en ella, una necesidad indefinida de espacio y de ascenso. Aferra torpemente el tronco de la gimnosperma con las extremidades delanteras. Una larva avanza en la corteza. Automáticamente ella la captura y la devora mientras parpadea tratando de enfocar los ojos más allá... Luego se pone a trepar, llevando en la intrincada red de sus genes la anomalía diminuta que la ha salvado. En el huevo del que naciera, una molécula varió imperceptiblemente de estructura. De su programa aberrante ha surgido un ínfimo enfriamiento de la orden que impulsa a la especie a petrificarse, una pequeña tendencia a actuar bajo presión. El cachorro que ya no es enteramente Pelicosaurio siente que sus patas mal adaptadas resbalan en la rama, manotea para asirse, cae y se arrastra fuera de la tumba de su especie.

    Así la ola de la vida asciende bajo el látigo de la Muerte, crece, cobra fuerzas, se diversifica sin límites. Pereciendo y resurgiendo, se remonta a victorias más altas y complejas por encima del montículo de cadáveres. Se hincha y emerge encrespada, luchando cada vez con más fuerzas, lanzada en trayectorias más audaces para escapar del dolor. Pero lleva a la Enemiga dentro, pues la Muerte es el poder de su impulso. Muriendo en cada individuo, pero renovada a cada instante, la ola múltiple de la Vida salta a la extrañeza...

 Aullando, el ser lampiño corre velozmente, cae a tierra, y chilla de nuevo cuando lo golpea una piedra. Gira y se escabulle, cojeando ahora. No puede eludir la andanada de proyectiles arrojados por esos brazos más fuertes, mejor articulados. Le dan en la cabeza. Cae. Los bípedos lo cercan. Y con gritos de alegría que aún no son palabras caen sobre el hermano con quijadas filosas y piedras puntiagudas.

    El tumulto de vida y muerte crece, sube como un chorro hacia la luz. El billón de fragmentos atormentados adquiere un ser más intenso, salta como una gran bestia encima de los despojos de la Adversaria. Pero no puede liberarse, pues la fuerza de su vida es la Muerte, y su fuerza es como la fuerza de las muertes que la consumen, cada una de sus partículas es impulsada por la potencia de la Atacante oscura. En la medida de su muerte, la Vida aflora, triunfa y rueda irresistible por el planeta que la ha engendrado...

 Dos jinetes avanzan lentamente por la pradera bajo la fría lluvia otoñal. El primero es un joven con un pony manchado. Conduce a un ruano de orejas negras donde el padre cabalga sin fuerzas, respirando boquiabierto con el pecho herido por un balazo. La mano del hombre empuña un arco pero no hay flechas. Las reservas y provisiones de los kiowas se perdieron en Palo Duro Canyon, y la últimas flechas fueron disparadas en la matanza de Staked Plains hace tres días, cuando murieron su esposa y su hijo mayor.

    Cuando pasan por un bosquecillo de sauces la lluvia amaina un momento. Ahora ven los edificios del hombre blanco delante: Fort Sill con su corral de piedra gris. En ese corral han desaparecido sus amigos y parientes, familia por familia, rendidos al enemigo implacable. El muchacho frena el caballo. Ve una columna de soldados que sale del fuerte. Su padre emite un sonido, trata de levantar el arco. El joven se lame los labios. Hace tres días que no come. Azuza al pony para seguir adelante.

Mientras cabalgan, débiles ecos de un tiroteo les llegan en el viento húmedo, desde un campo al oeste del fuerte. Los blancos están matando a los caballos kiowas, les destruyen la vida de sus vidas. Para los kiowas éste es el fin. Se los contaba entre los mejores jinetes del mundo, y la guerra era su ocupación sagrada. Tres siglos antes habían bajado de las oscuras montañas, habían adquirido caballos y un dios, y habían irrumpido gloriosamente para gobernar sobre una franja de mil quinientos kilómetros. Pero nunca pudieron entender que la Caballería de los Estados Unidos avanzaba tenaz e implacable. Ahora están acabados.

Los kiowas han sido templados por la dureza natural, por milenios de muertes en un mundo salvaje. Pero esa dureza no es suficiente. Esos soldados pálidos que tienen delante han sobrevivido a siglos más fatales en los calderos de Europa. Se lanzan contra los indios con el poder derivado de incontables generaciones de asesinatos en batallas, muertes bajo tiranías implacables, hambrunas y pestes. Como ha ocurrido antes y antes y antes, los hijos grises de la muerte más vasta ruedan hacia adelante, conquistan y se propagan por la tierra.

    Así la gran Bestia aúlla entre las llamas que la devoran, las miríadas de vidas de su ser un crisol de muertes cada vez más feroces y vida más ascendente. Y ahora su ímpetu agónico se altera. Lo que había sido vuelo se transforma en batalla. La Bestia se vuelve hacia la enemiga que la hostiga y lucha por arrancarse la Muerte del corazón. Lucha desesperadamente, brotando de las heridas que son su vida, forcejea para salvar algún fragmento mientras la Muerte extermina individuos enteros. Pues la Muerte es la gemela de su esencia, crece con la vida y la furia de su ataque crece con el poder que la ataca. Trabadas en íntima batalla, la Bestia y su Enemiga se acercan ahora a una espantosa fase de dolor. El combate se intensifica, rompe las normas de la materia. El tiempo se acelera...

    Mientras la noche se cierne sobre el Mediterráneo, el vapuleado carguero se desliza con gran cautela para sortear a los enemigos de Chipre. La lluvia y la oscuridad lo ocultan. Avanza con todas las luces apagadas, sofocado cada ruido humano. Sólo el ronroneo de las máquinas y el chapalear de la hélice herrumbrada podrían poner alerta al enemigo. En su cuerpo lleva un cargamento precioso, las chispas acurrucadas y silenciosas de la vida. Niños. Los sobrevivientes, los puñados rescatados entre los seis millones de cadáveres de los campos de exterminio, salvados de los veinte millones aniquilados por el Reich. En la oscuridad y la desesperación se arrastra haciendo agua, y la tripulación no se anima a poner en marcha las bombas rechinantes. Oculto por la noche humea milla tras milla a través del bloqueo para llevar los niños a Palestina.

Entretanto, en el otro lado del mundo, en la mañana de esa misma noche, un solo bombardero se separa de la escolta y avanza tenazmente hacia el oeste a través del aire frío. El Enola Gay vuela hacia Hiroshima.

    Impulsada por el dolor, acicateada por la muerte, la Bestia convulsa lucha contra su Enemiga. Crece entre renovados suplicios, retrocede hacia nuevos resplandores, alcanza victorias cada vez mayores sobre la Muerte, y recibe a su vez ataques más desgarradores. El combate llamea invisible a través del planeta, se intensifica hasta traspasar las fronteras de la tierra y se desplaza parcialmente al espacio. Pero la Bestia no puede escapar, pues lleva a la Muerte consigo y alimenta a la Muerte con su fuego. La batalla asciende, colma la tierra, el mar y el aire. Entre sufrimientos supremos asciende a una cresta de fuego viviente que es una tiniebla sobre el mundo...

 - Doctor... Ha sido hermoso - susurra la enfermera jefe a través de la máscara.

Los ojos del cirujano observan el espejo donde se ven las manos de la suturista manipular delicadamente las capas sujetas con pinzas, luego miran la pantalla de bíoretroalimentación, revisan los niveles de cambio plasmático, reparan en las caras tensas del equipo de anestesistas, regresan atentos al espejo. Atentos, pero en verdad ya ha terminado. Un éxito, un éxito rotundo. Los órganos del niño funcionarán ahora perfectamente, el moribundo vivirá. Otra imposibilidad lograda.

La enfermera jefe repite un suspiro apreciativo y ahuyenta un pensamiento. El pensamiento de los millones de niños que en todas partes mueren de hambre y enfermedad. Niños saludables, además, no como éste, condenado desde el nacimiento, sino perfectamente funcionales. Mueren inexorablemente de a millones por falta de alimentos y cuidados. No lo pienses. Aquí salvamos vidas. Hacemos todo lo posible...

    La sala de operaciones está protegida contra los sonidos de la ciudad, que sin embargo penetran como un murmullo persistente y tenue. Casi sin darse cuenta la enfermera advierte un nuevo sonido en el murmullo: un chillido estridente. Luego oye que los internos se mueven detrás. Alguien susurra urgido. Los ojos del cirujano no tiemblan, pero la cara se pone rígida sobre la máscara. Ella debe protegerlo de la distracción. Cuidando de que sus ropas no susurren, se vuelve hacia los impertinentes. Hay un estallido de voces remotas en el corredor.

- ¡Silencio! - susurra con una intensidad sin voz, fulminando a los internos con su mirada gris. Y en ese momento reconoce al chillido estridente. Sirena antiaérea. El alerta de veinte minutos que indica que los proyectiles deben de estar en camino desde una tierra extraña. Pero no puede ser serio. Sin duda algún ejercicio, muy laudable, desde luego. Pero no hay que permitir que perturbe en la sala de operaciones. El ejercicio puede llevarse a cabo en cualquier momento. Aquí faltan más de veinte minutos para terminar.

- Silencio - jadea, severa. Los internos se quedan tiesos. Satisfecha, ella se vuelve con orgullo, ignorando la fatiga, ignorando el tenue gemido estridente, aun ignorando por último el terrible relámpago que traspasa el techo.

    Y la Bestia desgarrada se estrella, se funde con su Enemiga en un billón de fragmentos hirvientes y diminutos que cambian de forma bajo los fuegos de un billón de muertes radiantes. Pero sigue siendo una, aún articulada por el tormento y una vitalidad interminable. Con su plasma más íntimo expuesto a las energías letales la Vida lucha con más intensidad aún, ataca más ferozmente a la Muerte que apaga sus vidas momentáneas y renacidas. La batalla se enardece hasta invadir los mismos substratos del ser. Se alcanza el paroxismo culminante, en el extremo del dolor se halla una respuesta extrema. La Bestia penetra al fin en la esencia del Adversario y la asimila. En trascendencia definitiva. La vida engulle a la Muerte y funde el corazón de su antigua Enemiga con el propio...

     El bebé que yace entre los muslos muertos de la madre es muy pálido. Consternado, el curador lo libera del cieno del nacimiento, lo alza. Es mujer, y perfectamente formada pese a la blancura de la tez. El bebé inhala, se asfixia, no llora. El curador se lo pasa a la comadrona, que está cubriendo el cadáver de la madre. Tal vez la palidez es natural, piensa. Toda la tribu de los blancos tiene la tez muy pálida, aunque no tan blanca como ésta.

- Una hermosa niña - dice la comadrona cuando la toquetea -. Abre los ojos, niña.

La niña se retuerce suavemente pero mantiene los ojos cerrados. El curador le levanta un párpado delicado. Debajo hay un ojo grande, plenamente formado. Pero el iris es blanco alrededor de la pupila negra. Le pasa la mano por delante. El ojo no reacciona ante la luz. Extrañamente perturbado, examina el otro. Es igual.

- Ciega.

- Oh no. Una niña tan dulce...

El curador medita. Los blancos son una tribu civilizada, aunque hayan vivido cerca de dos grandes cráteres antes de venir al mar. Sabe que el albinismo de su gente a menudo se combina con defectos ópticos. Pero la niña parece saludable...

- Yo la tomaré - dice Marn, la comadrona -. Todavía tengo leche, mira.

Observan cómo la niña husmea el pecho de Marn y felizmente encuentra su alimento del modo más normal.

Las semanas se transforman en meses. La niña crece, pronto sonríe, pero sus ojos siguen a oscuras. Es una niña apacible. Farfullea, ríe, emite un sonido que seguramente es 'Marn, Marn'. Marn la ama tenaz y culposamente; todos sus hijos son varones. Llama 'Nieve' a la niña pálida.

Cuando Nieve empieza a gatear Marn la observa con ansias, pero la niña avanza con tranquila habilidad, como si captara dónde están las cosas. Una niña feliz; canta cancioncillas y pronto se yergue junto a los pantalones de cuero de Marn. Empieza a caminar sola y Marn vuelve a temer. Pero Nieve es cautelosa y diestra, rara vez tropieza. Cuesta creer que es ciega. Ríe a menudo, sufre sólo unas pocas magulladuras y raspones que cicatrizan con asombrosa rapidez.

Aunque menuda y ligera, es una niña saludable que disfruta de las nuevas experiencias, los nuevos olores, sonidos, gustos, contactos, las nuevas palabras. Habla con una voz cordial y poco infantil. Su mundo oscuro no parece perturbarla. Tampoco muestra los estigmas de la ceguera. La cara es plástica, y cuando sonríe las pestañas largas y blancas tiemblan sobre las mejillas como si ella las cerrara por bromear.

El curador la examina cada año, y cada vez se resiste más a afrontar esa inexpresiva mirada plateada. Sabe que tendrá que decidir si corresponderá permitirle criar, y le preocupe encontrarla tan tenaz en otros sentidos. Será difícil. Pero al tercer año se ahorra el trabajo de decidir. Se siente muy mal cuando al examinarla descubre que la niña ha contraído esa nueva y devastadora enfermedad que el no puede curar.

La vida cotidiana de los blancos prosigue. Se trata de un pueblo bien alimentado, litoral, que habla anglés. El año se centra en la pesca masiva de peces que remontan el brazo marino para desovar. Casi todos los peces son todavía reconocibles como formas de trucha y salmón. Pero todos los años los blancos inspeccionan las primeras redadas con un precioso artefacto, un antiguo contador Geiger que es cuidadosamente recargado con el generador hidráulico.

Cuando llegan los días cálidos Nieve va con Marn y sus hijos a la playa, donde se hará la inspección de los primeros peces. Las redes están corriente abajo, en la boca del cañón. Las playas se abren al brazo marino, rodeadas por peñascos altos y nevados. Las hogueras arden alegremente en las arenas, hay música y niños que juegan mientras los adultos observan cómo los pescadores tironean de las redes convulsas y centelleantes. Nieve corre y ríe, chapaleando en la orilla helada.

- Allá arriba hay voladores - le dice el jefe de los pescadores a Marn. Ella escudriña los peñascos en busca de una figura roja y fugaz. Los voladores se han vuelto más audaces tal vez por el hambre. El invierno pasado llegaron a una cabaña apartada y robaron un niño. Nadie sabe exactamente qué son. Algunos dicen que son grandes monos, algunos creen que son hombres degenerados. Tienen forma de hombres, pequeños pero fuertes, con repliegues de piel floja entre las extremidades que les permiten volar trechos cortos. Emiten gritos que no son lenguaje, y siempre están hambrientos. En las épocas de secar la pesca, los blancos hacen guardia para patrullar las hogueras día y noche.

De pronto hay gritos en el cañón.

- ¡Voladores! ¡Se dirigen a la ciudad!

Los pescadores regresan prontamente a la costa, y una partida de hombres se dirige corriente arriba a la aldea. Pero apenas se van, un anillo de cabezas rojizas asoma por los peñascos cercanos, y de pronto más voladores se lanzan sobre la costa.

Marn recoge una rama de una hoguera y corre al ataque a la vez que grita a los niños que retrocedan. Ante el contraataque de las mujeres los voladores se alejan. Pero están desesperados y vuelven una y otra vez hasta que muchos mueren. Cuando los últimos atacantes se pierden entre las rocas Marn advierte que la niña ciega no está con los otros niños junto a las fogatas.

- Nieve, Nieve, ¿dónde estás?

¿La habrán capturado los voladores? Marn corre frenéticamente por la playa, rebusca entre las piedras, llama el nombre de Nieve. Atrás, en una estribación rocosa ve las piernas tiesas de un volador y corre a mirar.

Dos voladores yacen inmóviles. Y justo al lado está lo que temía encontrar: un cuerpo menudo y plateado en un charco de sangre.

- Nieve, mi niña, oh no...

Corre a agacharse al lado de Nieve. La niña tiene un brazo herido, casi cercenado. Un volador debió de empezar a comerla antes que otro lo atacara. Marn se agacha sobre el cuerpo, se niega a reconocer que la niña pueda estar muerta. Se obliga a mirar la espantosa herida y de pronto mira con más atención; está viendo algo que le dilata aún más los ojos desencajados. Un nuevo grito le nace de la garganta. La mirada va de la herida a la cara blanca y rígida.

Lo último que ve son las largas pestañas que se alzan y se abren para revelar los brillantes ojos plateados.

El hijo mayor de Marn las encuentra así: los dos voladores muertos, la mujer muerta y la niña, milagrosamente viva y sin una sola cicatriz. Todos aceptan que Marn ha perecido para salvar a Nieve. La niña no sabe explicar.

Desde entonces Nieve, la doblemente huérfana, se cría entre los hijos del jefe de los pescadores.

Crece, aunque muy despacio, hasta transformarse en una muchacha grácil y querida. Pese a la ceguera es diestra y útil en muchas tareas. Es sagaz y paciente en el trabajo interminable de remendar redes y secar pescado y extraer aceite. Hasta sabe recoger frutos, tanteando los arbustos con las manos ágiles y menudas, casi tan expertas como ojos. Recorre los senderos que recorría Marn, para traer raíces, setas, huevos de pájaros y los mejores bulbos comestibles.

El nuevo curador la observa perturbado, sabe que tendrá que tomar la decisión tan temida por su predecesor. ¿Qué gravedad tendrá el defecto de la muchacha? El viejo curador había pensado en la conveniencia de vetarla, impedirle criar, a menos que la ceguera pasara. Pero le perturbaba mirar a esa muchacha brillante y saludable. Ha habido tanta enfermedad en la tribu, esa plaga que él no puede combatir... Los niños no sobreviven. ¿Cómo podría vetar a esa pequeña criadora potencial, que es tan activa y vigorosa? Y sin embargo, la ceguera parece ser hereditaria. Y la niña no crece normalmente. Los años pasan y no madura. Casi se tranquiliza al ver que Nieve es todavía una pequeña mientras el hijo varón del jefe de pescadores llega a la virilidad y tiene canoa propia. Quizá nunca se desarrolle, piensa. Quizá no haya necesidad de decidir.

Pero lenta e imperceptiblemente el cuerpo menudo de Nieve se alarga y redondea, hasta que un año durante el deshielo el curador ve que le han crecido pechos pequeños sobre las costillas angostas. El día anterior era una niña pero hoy es, inequívocamente, una mujer. El curador suspira al estudiarle la cara tierna y animada. Es difícil considerarla defectuosa. Los ojos estrechamente cerrados parecen tan normales... Pero dos de los niños nacidos muertos eran muy pálidos también, de ojos muy blancos. ¿Es una mutación letal? El problema lo inquieta. No puede resolverlo solo. Decide llamar a un consejo de la tribu.

Pero su plan nunca se pondrá en acción. Alguien más ha estado estudiando a Nieve. Es el hijo más joven de la mujer que anuncia el clima, que la sigue a un bosquecillo de helechos.

- Estos son los que comes tú - le dice Nieve al alcanzarle las hojas amarillas. El le mira el delicioso y menudo cuerpo. Imposible recordar que ella le triplica la edad.

- Quiero... Quiero hablar contigo, Nieve.

- ¿Sí? - ella sonríe, le brinca el corazón.

- Nieve...

- ¿Qué, Byorg? - esas pestañas de plata tiemblan como si estuvieran por entreabrirse, pero no lo hacen, y él se compadece de su ceguera. Le toca el hombro, ella se le acerca con naturalidad. Está sonriendo, su respiración es entrecortada. El la abraza y piensa cómo ha de complacerle ese contacto en su mundo tenebroso. Debe ser gentil.

- ¿Byorg? - jadea ella -. Oh, Byorg...

El trata de contenerse estrechándola con más fuerza, tocándola, sintiéndola temblar. El también está temblando, y la acaricia por debajo de su túnica ligera. Siente cómo ella se entrega y trata de apartarla mientras jadea con avidez.

- Oh Nieve... - por encima de la palpitación de su sangre él percibe vagamente un sonido arriba, pero sólo puede pensar en el cuerpo que está abrazando.

Un aullido áspero suena a sus espaldas. - ¡Voladores!

Se vuelve demasiado tarde. La figura aleteante y roja le ha arrojado algo, una lanza, y Byorg se tambalea aferrando una vara de hueso que le atraviesa el cuello.

- ¡Corre, Nieve! - trata de gritar, pero ella sigue allí, intentando sostenerlo cuando cae. Pasan más voladores. Mientras el mundo se desvanece, lo último que él ve son los ojos enormes y blancos que se abren.

Silencio.

Nieve se levanta lentamente, sin cerrar los ojos. Deposita la cabeza del muchacho en el musgo. Tres voladores muertos yacen alrededor. Ella escucha, oye débilmente gritos que vienen de la aldea. Comprende que es un ataque en gran escala. Y los voladores nunca han utilizado antes armas. Temblando, acaricia el pelo de Byorg. Tiene la cara arrugada de dolor pero los ojos permanecen abiertos, reflectores plateados que escudriñan la infinitud.

- No - dice en un tono entrecortado - ¡No! - se levanta de un brinco, va hacia la aldea, tropieza como una ciega mientras corre con los ojos abiertos. Tres voladores descienden a sus espaldas. Ella grita y se vuelve. Ellos caen como bultos rojos y amorfos y ella sigue corriendo, oyendo el clamor de la batalla ante los muros de la aldea.

Los frenéticos aldeanos no la ven llegar. Combaten contra una horda de voladores que se ha infiltrado por portón lateral y aletea entre las chozas. Las antorchas han encendido la paja en la entrada principal. Han caído voladores y blancos por igual. De pronto se redoblan los alaridos en las cabañas. Se ve a seis voladores que brincan y aletean torpes de un techo a otro llevando niños secuestrados.

Hombres y mujeres los persiguen feroces, imprecantes. Un volador se detiene para morder salvajemente el cuello de la víctima, y salta hacia adelante. El grupo deja atrás a los perseguidores y se lanza hacia el muro exterior.

- ¡Detenedlos! - grita una mujer, pero no hay nadie allí. Pero cuando los voladores se disponen a brincar, algo los detiene. En vez de volar ruedan flojamente con los cautivos y se precipitan al suelo delante de los muros.

Otros voladores también han dejado de aullar y atacar, y caen.

Los aldeanos se inmovilizan perturbados y advierten una quietud que se extiende desde las puertas.

Luego ven a Nieve en la luz de la tarde. Una figura blanca y esbelta que les da la espalda rodeada por un cúmulo rojo de voladores. Está encorvada, derribada por una lanza que le atraviesa el costado. La sangre le mancha los muslos.

Trata penosamente de volverse hacia ellos. La ven tironear débilmente de la lanza. Mientras observan azorados ella se arranca el arma y la arroja. Y se yergue, todavía sangrante.

El curador está muy cerca. Sabe que es demasiado tarde, pero corre hacia ella entre los cuerpos de voladores dispersos en el suelo. En la penumbra ve un trozo brillante de intestino desgarrado que cuelga de la herida mortal. Aminora el paso, sorprendido. Luego ve que el flujo de sangre disminuye y cesa. Ella está muerta pero sigue de pie.

- Nieve...

Ella yergue la cabeza ciegamente, sonríe con extraña timidez.

- Estás herida - dice él, estúpidamente, asombrado de ver que la carne abierta de la herida parece de algún modo radiante en la luz crepuscular. ¿Se está... moviendo? Se detiene, mira atemorizado, no se atreve a avanzar más. La grieta donde ha visto vísceras parece que se tapara, que se cerrara por sí sola. El cuerpo blanco está manchado de sangre pero cicatriza ante su mirada incrédula. El curador tiembla violentamente, los ojos desorbitados. Ella sonríe más cálidamente y se yergue con más firmeza. Se echa el cabello hacia atrás.

A espaldas de ellos un volador aúlla al ser derribado. ¿Ha tenido alguna alucinación? Sin duda no, se dice. No debe decir nada.

Pero mientras lo piensa oye un jadeo contenido a sus espaldas. Otros lo han visto. Alguien murmura entre dientes y se percibe el pánico.

Esos voladores..., piensa confundido, ¿cómo murieron? No tienen heridas. ¿Qué los mató? Cuando se acercaron a ella, ella los... ¿Qué?

Escucha que ahora susurran una palabra a sus espaldas, una palabra que los blancos no han oído en doscientos años. El murmullo crece. Y luego es roto con gemidos. Las madres han descubierto que los niños rescatados también yacen tiesos entre los voladores que los habían capturado. En realidad no están a salvo sino muertos.

- ¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja!

La multitud ha formado un círculo amenazador que se cierra cautelosamente pero con furia creciente sobre la muchacha blanca y rígida. La cara ciega se vuelve inquisidora, todavía sonriente, sin entender la amenaza. Una piedra le pasa al lado, otra le golpea el hombro.

- ¡Bruja! ¡Bruja asesina!

El curador se vuelve hacia ellos alzando los brazos.

- ¡No! ¡No lo hagáis! Ella...

Pero la voz es ahogada por el griterío. La voz no le obedece, está demasiado aterrado. Más piedras vuelan desde las sombras. A sus espaldas la muchacha grita de dolor. Las mujeres avanzan y lo hacen a un lado. Un hombre que empuña una lanza salta.

- ¡No! - grita el curador.

El hombre cae de golpe en medio del salto, cae blandamente sobre los voladores muertos. Y las mujeres también caen. Los chillidos se mezclan con los gritos. Sin saber lo que hace, el curador se inclina sobre el hombre derribado, lo encuentra inerte. Sin aliento, sin heridas. Sólo la muerte. Y la mujer que tiene al lado, igual, y también la otra. Y todas.

El curador percibe el silencio poco natural que se difunde en el crepúsculo. Yergue la cabeza. Alrededor de él, la gente ha caído como grano segado. Nadie está de pie. Un niño sale corriendo desde detrás de una choza y cae instantáneamente. Incapaz de aceptar esa enormidad, el curador ve que la aldea entera ha muerto.

A sus espaldas, donde la muchacha Nieve está sola, de pie, también hay un silencio ominoso. Sabe que ella no ha caído. Es ella quien lo ha hecho. El curador es un hombre muy valeroso. Lentamente se obliga a volverse y mirar.

Ella está erguida entre los muertos, una forma ligera y aniñada que mira hacia otro lado, una mano que masajea lastimera el hombro. La cara de perfil está fruncida, no sabe si de dolor o de furia. Tiene los ojos abiertos. Ve una órbita enorme y plateada que se ensancha cuando recorre la aldea silenciosa. La cabeza gira lentamente hacia él, la mirada lo alcanza.

Y cae.

Cuando el crepúsculo pinta el valle de gris, una silueta menuda y pálida sale calladamente de las chozas. Está sola. En todo el valle nadie respira, no se mueve ninguna criatura. El crepúsculo relumbra en los ojos plateados y abiertos.

Con movimientos serenos, la muchacha llena la cantimplora en el pozo y mete la comida en la mochila. Luego mira por última vez los cuerpos tumbados de su gente, tiende la mano y se repliega, la cara inexpresivo, los ojos neutros y anchos. Se calza la mochila en los hombros. Caminando con toda soltura, pues no está herida, toma el sendero del valle, hacia donde sabe que hay otra aldea.

La mañana brilla alrededor. Su figura ligera es tierna con la promesa del amor, la cara erguida a la brisa de la mañana es dulce de vida. En su corazón hay soledad. Ella pertenece a la humanidad y va en busca de compañía humana.

Su primera jornada no será larga. Pero pronto deberá reanudar la marcha una y otra vez, pues su aureola lleva la consunción y la Muerte en los ojos. Encontrará y perderá, y buscará y encontrará y perderá de nuevo, y volverá buscar. Pero tiene tiempo. Tiene todo el tiempo del mundo, tiempo para buscar y rebuscar en el mundo entero, pues es inmortal.

No descubrirá a nadie de su propia especie. Nunca sabrá si alguien como ella ha nacido en otra parte. Solo ella ha sobrevivido.

Dondequiera que va también va la Muerte, inexorable. Vagará para siempre, hasta ser la última humana, hasta ser la misma Humanidad. En sus carnes la promesa eterna, en su mirada la eterna condenación, lo absorberá todo. Al final vagará y esperará sola a través de los siglos lentos lo que pueda bajar de los cielos.

    Y así la Bestia y su Muerte son una al fin, como cuando mueren las llamas de una conflagración mundial para dejar en su corazón una forma cristalina e imperecedera. Fraguada con Vida-en-Muerte, la figura final de la humanidad espera en perpetua quietud en la tierra desgastada e indiferente. 

    Hasta que después de eones inimaginables, extraños seres acicateados por sus propios sufrimientos vengan de las estrellas para darle un fin desconocido. Tal vez ella los visite.

El ángel que repartió el tiempo - James Tiptree Jr.

No es cierto que no haya ángeles; la joven mujer llamada Jolyone Schram habló con uno de ellos, con tales resultados que nos ha dejado boquiabiertos a todos.

Si el ser con el que habló Jolyone era de hecho un ángel en el sentido clásico del término, es algo que jamás llegaremos a saber, por supuesto; a menos que vuelva a aparecer, cosa que parece poco probable. Desde luego era un “algo” del espacio, poseedor de grandes poderes: tal vez algún principio del vacío exterior, tal vez una consciencia errante, acaso ―podrán pensar algunos― un trabajador de los suburbios interestelares apartado de su camino habitual. Fuera lo que fuese, escuchó a Jolyone, y fue así como ocurrió el acontecimiento.

La noche en que ocurrió todo Jolyone estaba intentando no llorar, mientras sus dientes tocaban música. Estaba en su trabajo nocturno de recortadora de noticias y chica-para-todo en el quinto piso del nuevo edificio de la WPNQ. Muy por encima de su cabeza se alzaba el nuevo transmisor, que acababa de ser erigido sobre lo que había sido el último risco boscoso detrás de Los Angeles. El nuevo transmisor era de tal potencia que interfería todo lo que estuviera cerca de él. Era tan potente que mientras Jolyone grapaba hojitas de télex, el gran empaste de su molar derecho captaba con claridad a Stevie Smith.

Estaba mucho más lejos de lo que pensabas, y no te estaba saludando, estaba ahogándome

cantaba su muela. Los ojos de Jolyone parpadeaban intentando contener las lágrimas y su barbilla temblaba espasmódicamente, pero no era por culpa de la canción que le ocurría aquello. El hecho es que allí mismo, en la oficina de Hal Hodge, Jolyone estaba condoliéndose apasionadamente por la muerte de la Tierra, que había presenciado en una visión. Tenía diecinueve años.

El día anterior había salido para conducir costa arriba hasta el valle de bosques de pino donde había pasado muchas horas felices cuando era una niña. Su semi-compañero de habitación acababa de dejarla, semi-amistosamente, y necesitaba algo de paz. Sentía que había estado alejada de la tierra y los bosques demasiado tiempo.

Estaba ya oscuro antes de que llegara, pero no pudo evitar notar que parecía haber muchas más casas que en su último viaje. Finalmente los neblinosos árboles se cerraron ante sus faros, y la carretera volvió a ser tan mala como siempre. A medianoche coronó el risco y se detuvo junto al borde. La niebla era tan densa que decidió echar una cabezada hasta el amanecer para ver la salida del sol. A su alrededor flotaba el sereno olor de los bosques. Un búho ululó y recibió respuesta. Mientras Jolyone se iba quedando dormida, podía oír débilmente el gorjeo del pequeño arroyo a través de una caverna en la que solía esconderse cuando era pequeña. Sonrió, recordándolo.

Jolyone jamás vio la salida del sol desde aquel lugar. Con las primeras y pálidas luces del alba fue bruscamente despertada por el rugido de la puesta en marcha de un enorme diesel que estaba a menos de cien metros de ella. Inmediatamente fue seguido de otro y de otro y de otro… y antes de que pudiera estar segura de que aquello no era una pesadilla, del otro lado del valle le llegó el agudo y malvado chillido de las sierras mecánicas.

Tapándose los oídos con las manos, Jolyone miró a través de la niebla que iba aclarándose. Las copas de los árboles se tambaleaban y caían. Vio una cadena de gigantescos tractores avanzar junto a ella atravesando perpendicularmente el valle. Una montaña horriblemente grande de árboles, rocas, tierra, de todo, se vertía de las bocas de los monstruos. Tras ellos se extendía una estela de tierra pelada.

Horrorizada, Jolyone se volvió en su asiento, intentando no creer en toda aquella devastación. De la nada surgió una pala excavadora junto a ella, tan cerca que pudo ver un pequeño y polvoriento cuerpo agitándose aún entre las rocas. Sus ojos, atontadamente, percibieron un cachorro de zorro.

Con un gemido inarticulado puso el VW en marcha y salió disparada de allí. Al partir vio que había pasado la noche bajo un inmenso cartel en el que estaba pintada la cara sonriente de un hombre:

Un millar más de hogares felices construidos por el feliz Harry Joel

—Oh, no. Oh, no… —gimió Jolyone para sí misma mientras conducía hacia la costa, profundamente afectada.

La oscuridad la había engañado al llegar, como pudo observar. No había unas pocas casas entre los árboles. De un extremo al otro del horizonte, las laderas de las colinas estaban cubiertas de casas, casas por todas partes, con sólo una delgada línea de árboles secos junto a la antigua carretera.

Su valle había sido el último retazo que quedaba del bosque.

—Como han podido, era tan, tan… —susurró incoherentemente, intentando encontrar una palabra que expresara toda la belleza indefensa perdida, que expresara todo aquello que ella había amado profundamente sin darse realmente cuenta, y que había creído que duraría para siempre.

Cuando finalmente llegó a la entrada de la autopista, su dolor era más sereno. Hacía un día soleado y magnífico. Al subir la rampa hacia las vías en dirección sur, se fijó en otra cosa que no había notado la noche anterior. El mar, por la zona del norte, tenía un reborde legañoso negruzco de aspecto extraño. ¿Una marea negra?

—Es la más grande que ha habido —le dijo la encargada del puesto de hamburguesas de la desviación, afirmando, con gesto de propiedad—: Dicen que ha matado a todas esas focas, nutrias o como se llamen de no sé qué… Eh, ¿no quiere usted su super-queso?

Jolyone condujo de vuelta a su trabajo, intentando perderse en la larga y vibrante hipnosis del tráfico de la autopista. El sol resplandecía blandamente sobre ella desde los velos cada vez más espesos del cielo; camiones, coches, camionetas, rugían a su lado, delante, detrás. El dolor que la había acongojado disminuyó con el ritmo de conducir sin detenerse. Pero, en alguna parte, por debajo de su consciencia, su mente seguía rumiándolo.

Mil casas nuevas además de todos aquellos miles… Jolyone había oído describir una vez a su generación como la del «boom de los bebés». Siempre había tenido la idea, de una manera poco concreta, de tener hijos. Pero ahora todas las migajas de su educación estándar empezaron a aglutinarse. La ecología… no era algo distante, en algún otro sitio con minas a cielo abierto; era la horrorosa devastación de su precioso valle, el pequeño cuerpo roto en la cubeta de la excavadora… y aquella marea negra. Ella misma, sin ir más lejos, estaba conduciendo en aquel momento un automóvil. Probablemente hubiera utilizado parte del petróleo traído por el mar. Lo traían para gente como ella. Para miles, millones de personas exactamente iguales que ella.

Para escapar de aquella idea puso la radio para escuchar el final de la edición de noticias de Hal Hodge. Nada más que palabrería acerca de que algunas montañas del Nepal se habían venido abajo porque la gente había utilizado todos los árboles de sus laderas como leña. Entonces cambió a la Hora Pop de la WPNQ, y dejó agradecida que sus pensamientos desaparecieran en el ensoñador ritmo. Veintinueve tonos de azul…

Los kilómetros fueron pasando.

Finalmente se vio girando para entrar en el aparcamiento de la emisora. Mimi Lavery estaba sustituyendo de Hal en las noticias de la tarde; Jolyone escuchó con actitud crítica, esperando que Mimi utilizara su tono grave de voz. Mimi terminó con otra noticia de relleno, algo así como que, según las previsiones, la población se duplicaría en cuestión de treinta años, y cortó dando paso a un anuncio grabado de condominios en las Rocosas.

Y justamente entonces, en el segundo transcurrido entre que aparcó el Volks y sacó las llaves de contacto, fue cuando ocurrió.

Jolyone Schram supo.

Vino a su mente como una visión de una ola monstruosa de un millón de cabezas, una inmensa inundación extendiéndose de personas multiplicándose, gente sin fin, formando con sus miles de millones un enorme íncubo descerebrado y devorador que se extendía sobre toda la bola verde de la Tierra… cubriéndolo todo, comiéndoselo todo, utilizándolo todo, expandiéndose y destruyendo sin límites sobre una superficie finita. Hordas de personas individualmente inocentes convertidas en algo temible por la fuerza de su número se desbordaban sobre los océanos y en sus profundidades, hacían túneles bajo tierra, fluían sobre las montañas, avasallándolo y cubriéndolo todo en todas partes. Millones de cabezas la miraban con las bocas abiertas, haciéndole muecas, millones de manos se extendían y agarraban a ciegas mientras el torrente de cuerpos inundaba todo el mundo.

Aquello era lo que estaba pasando, más lentamente o más de prisa, a su alrededor. Y continuaría pasando, cada vez con mayor rapidez hasta el inminente fin.

Jolyone jadeó, dejándose caer en el asiento del coche. Ella era una joven delicada, poco preparada para las visiones apocalípticas. Pero tenía también una inocente mentalidad factual; creía en los números. En aquel terrible instante vio de repente lo que significaban los números. Duplicada en treinta años… y después duplicándose de nuevo una y otra vez, cada vez más de prisa. Estaba pasando. No en otro lugar en algún tiempo remoto, sino aquí y ahora. Estaba viendo cómo empezaba. Con toda la fijeza de su mente de mujer de diecinueve años, creyó súbita y totalmente.

Y en ese mismo segundo le vino a la mente lo mucho que sufriría y lo indefensa que estaba. ¿Cómo iba a poder vivir en medio de ese tumulto de gente, sin espacio ni tranquilidad, sin ningún refugio al que poder escapar? Pero no podía detenerlo, nadie podría; también era consciente de ello. La gente no dejaría de tener hijos, lo sentía en la sangre. Ponerle una pistola en el pecho al presidente no salvaría a las secoyas; todas aquellas organizaciones para salvar un río o una montaña no retrasarían las cosas por mucho tiempo. Porque nada podría detener a aquellos números. A la fría luz-tiempo de su visión contempló las algaradas de protesta, los discursos, los pequeños movimientos, las esperanzas y los éxitos locales y las buenas intenciones…, todo barrido por las irrefrenables multitudes, como la línea de árboles que había visto caer en el valle.

Los números hablan. Nada puede detener esto, en realidad, pensó. Todo lo que amo desaparecerá.

Se quedó sentada temblando, demasiado agitada como para llorar. Al cabo de un rato, las cosas se suavizaron un poco. Ya que no parecía haber otra cosa que hacer, recogió las llaves del suelo y entró en el edificio a trabajar.

En el estudio nadie se fijó en ella. Era una noche de asueto. Un par de ingenieros estaban todavía intentando arreglar aquella oscilación en los circuitos impulsores; habían abierto un panel.

Jolyone se puso a trabajar pesadamente, clasificando la pila de los télex, guardando las cintas usadas, contestando teléfonos en las oficinas vacías, haciendo como un zombi todo lo que se le pedía. Susurró entre dientes el último informe deportivo.

La visión que la había golpeado se negaba a desaparecer. Rodeaba su cabeza como una proyección fantasmal, haciendo que el mundo real por fuera de ella pareciera tan poco significativo como un sueño momentáneo. De vez en cuando sus ojos derramaban lágrimas incontrolablemente, cuando pensaba en algo querido que ya no duraría mucho. Los constructores de rascacielos estaban ya comprando el desarrapado y viejo solar ajardinado en el que ella y sus amigos vivían. Aquello no era más que un primer toque suave del terrible futuro que había entrevisto. Con toda la clarividencia de sus diecinueve años, Jolyone estaba diciéndole adiós a algo profundo y vital, tal vez a la esperanza.

A las diez y media, el habitual racimo de cuasi celebridades de Hal Hodge apareció para La charla de esta noche. Uno de ellos era un escritor de ciencia ficción, un pequeño y nervioso hombre de edad, neuróticamente preocupado porque la grúa le llevara el coche. Jolyone fue a buscarle unos kleenex para su catarro, les dio a todos un café y los puso en manos de Hal durante el rato de descanso de la emisora.

Al cerrar la puerta, uno de los hombres de equipamiento la llamó desde el panel descubierto.

—Sujeta esto un momento. —Le alcanzó una enorme y complicada clavija llena de cables—. No dejes que toque nada, así. Mira, cuando diga «corta», empujas ese interruptor de circuitos que hay allí con tu otra mano. ¿Comprendido?

Jolyone asintió con la cabeza; empezaba a tener problemas con sus ojos una vez más.

El ingeniero se agachó y gateó por debajo del panel. Jolyone se quedó en pie con la cosa en la mano. Sus dientes sonaban aún más fuerte allí; escuchó la voz sinceramente interesada de Hal Hodge:

—¿Qué es lo que estará haciendo la gente como nosotros de aquí a cien años, Bill?

—Pisarse el cuello los unos a los otros —contestó el escritor de ciencia ficción en el diente de Jolyone, y ella estornudó.

La horrible visión volvió a aparecérsele y con ella algo peor, que no había alcanzado a ver anteriormente.

―Oh, no, no, no… ―susurró, sintiendo que una gran lágrima se deslizaba por su mejilla; no podía secársela con las ocupadas manos.

Lo que había visto eran las expresiones de aquella amenazante montaña de gente. Sus caras mostraban los dientes, que rechinaban llenos de odio; hacían gestos obscenos de triunfo, aullando desesperadamente perdidos; sus ojos entrecerrados, eran fríos y calculadores; las manos agarrando cuchillos o armas de fuego y luchando mientras la marea les arrollaba. Aquí unos pocos se combinaban por un momento de furiosa victoria sólo para hundirse al ser desbordados por nuevas caras. Desde debajo de cada pie surgían los débiles gritos de los moribundos y los pisoteados. En ninguna parte de todo aquel panorama de lucha había un ápice de bondad, en ninguna parte había nada de lo que ella consideraba humano… sólo la guerra de todos contra todos arrasando la ya destrozada superficie de la Tierra.

Cuando hayamos destruido todo, seremos animales, pensó. Un gran gemido subió por su garganta, compuesto de belleza condenada y la horrenda revelación de que lo que ella había tomado por la realidad de la gente no era más que un frágil sueño a punto de morir.

―Alto… ―dijo ahogadamente.

—¡Dale ya! —ladró el ingeniero desde debajo del panel.

Cegada y temblorosa, Jolyone extendió la mano por encima del abierto panel. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin que las notara, cayendo desde su rostro y salpicando complejos electrolitos donde tales cosas no deberían estar. Llena de angustia, Jolyone susurró una plegaria al cielo vacío.

―Haz que se detenga, por favor…

De repente, se produjo un silencio total que chisporroteaba.

¿Piontwxg?, dijo su empaste en medio del silencio. ¡Eh!, ¿que se detenga qué?

—Haz que nos detengamos —repitió enloquecidamente Jolyone, sin darse cuenta de que su grito estaba siendo transmitido por desconocidas frecuencias, sin darse cuenta de nada excepto de su dolor—. ¡Haz que dejemos de hacer gente antes de que lo matemos todo! ¡Oh, por favor, no permitas que ocurra, no dejes que todo este maravilloso mundo muera!

Espera, dijo la diminuta voz que salía de su mandíbula.

Los ojos de Jolyone se abrieron súbitamente tanto como la boca de Hal Hodge.

Oh, está bien, continuó la voz. Ya puedes dejar de llorar. Sonaba lejano y preocupado, y no estaba hablando en inglés, aunque Jolyone jamás llegó a saberlo.

—¡Oh! —boqueó—. ¿Quién… qué…?

—¡Mierda! —explotó el ingeniero desde el panel, y empezó a coger cosas.

Hal Hodge salió disparado de la cabina y chocó con el técnico de sonido, ambos gritando. En medio del jaleo, Jolyone vio al escritor de ciencia ficción salir a hurtadillas, agarrando las llaves de su coche y agitando la cabeza.

Entonces se vio machacada por permitir que el hipermezclador tocara el gubilizador, y aquello fue demasiado.

 Mientras tanto, a treinta mil kilómetros en el espacio, la Cosa —ser, djinn, esencia, o lo que ustedes quieran— completó un minúsculo ajuste en uno de nuestros últimos satélites sincronizados. Entonces él ―o ella, o ello― se lanzó en una trayectoria parabólica sobre la atmósfera de la Tierra. Mientras descendía a toda velocidad, abrió algo que no era un portafolios. El nódulo de la órbita estaba sobre los Andes y algo muy pequeño cayó en una grieta.

Al instante siguiente, nuestro visitante estaba fuera de nuevo y alejándose hacia las profundidades del espacio con la cosa que no era un portafolios metida debajo del… bueno, de lo que fuera. Caso de haber podido traducir la expresión de lo que podría haber sido su cara, hubiera recordado la expresión de un adulto que se ha detenido para recoger la pelota perdida de un niño.

Y esto es todo lo que hemos podido saber del asunto hasta el día de hoy. Pero al extenderse alrededor del mundo la luz de la mañana siguiente, todos sabemos lo que fue revelado.

En cada casa, apartamento, iglú, caverna o choza de hierbas desde Fiji hasta Nueva York y de Nueva York hasta Argel, la escena era la misma. Un niño y tan sólo uno despertó: el más joven. Todos los demás niños yacían inmóviles; sobre esterillas, en camas o hamacas o cunas o montones de pieles, todos excepto el más joven yacían aparentemente dormidos.

Un momento más tarde comenzó el aullido surgido de millones de gargantas, que por todo el mundo sucedió al alba. Las madres descubrieron que la carne de los niños durmientes estaba fresca, sus pechos inactivos. No había respiración alguna que moviera sus labios. Muchachas y muchachos desde los dos hasta los veinte años de edad, todos los jóvenes, cualquiera que fuese su edad, yacían inmóviles y fríos. Incluso los más crecidos que no estaban en su casa fueron encontrados yaciendo sin vida.

La muerte, parecía, había arrasado la Tierra segando la vida de todos menos los últimos en nacer. Pero entre los frenéticos padres existían unos pocos persistentes que acercaron espejos a los labios inmóviles y escucharon durante más tiempo los pechos cada vez más fríos. Y finalmente se supo: los niños no estaban muertos. Más lenta que los glaciares, la respiración aún alentaba en ellos. Más lenta que el desplazamiento de las rocas, su sangre circulaba aún y sus corazones infinitamente lánguidos se contraían y se relajaban. No estaban muertos sino dormidos, o más bien, según fue disminuyendo su temperatura, se comprendió que aquél era un sueño como el de la hibernación, pero más profundo que cualquiera que se hubiera conocido jamás.

Y no había forma de despertarles o revivirles. Los doctores, chamanes, las madres, atacaron en masa a los durmientes por medio del calor o del frío o del shock, con cualquier y todos los estímulos imaginables para romper el encantamiento. Nada dio resultado. Los días pasaron, pero no se aceleró un solo latido de un corazón, ni una sola respiración se alteró en un milisegundo.

Por toda la Tierra, los padres miraban las hileras de sus vástagos comatosos y salían en busca de bebidas. Las madres apabulladas alternaban entre cuidar al hijo despierto e intentar fútilmente despertar al resto.

Tan sólo los hogares con un hijo único se vieron indemnes. Pero en muchos de éstos había otro niño en camino. Y pronto se comprobó que en el momento en que la madre daba a luz, en el momento en que el recién nacido daba su primer berrido, los párpados del más adulto se cerraban. Para cuando el recién nacido había empezado a mamar, el anterior hijo único se acercaba a la hibernación. Al parecer sólo un niño en cada casa, el más joven, podía despertarse para llorar y alimentarse y jugar con toda normalidad. A su alrededor, en cada choza, hospital, sampán o dúplex, los vástagos mayores yacían en su trance helado.

La desesperación fue creciendo con el paso de los días; todas las demás cuestiones se convirtieron en insignificancias. ¿Acaso iba a llenarse la Tierra y los corazones de sus habitantes de muertos vivientes?

Y entonces se despertó el primer durmiente. En cualquier caso, fue el primero conocido y sucedió el día catorce, en el repleto trailer de los McEvoy, en Pawnet, Virginia del Este. Al salir el sol, una joven voz que llevaba dos semanas en silencio dijo:

—¡Mamá! Tengo hambre.

La señora McEvoy entró a toda prisa donde sus hijos durmientes yacían sobre todas las superficies. Denny, su segundo hijo más joven, estaba empezando a gritar asustado porque había tocado a su frío hermano Earl. Le abrazó y le palpó mientras se retorcía; parecía estar perfectamente.

—¡Earlene! —exclamó su hermana—. No consigo despertar a la niña. Me parece que se está enfriando.

Y efectivamente, la pequeña Debbie McEvoy estaba deslizándose hacia el frío de la hibernación y no podía ser despertada.

El despertar de un niño fue una noticia mundial; los medios de comunicación iniciaron un descenso en masa sobre el pequeño Denny. Pronto quedó establecido que era el de siempre, sin recuerdo alguno de haber perdido dos semanas.

Entre la muchedumbre había un hombre delgado y peculiar llamado Springer. Al igual que Jolyone, creía en los números. Averiguó que había dieciocho pequeños McEvoy fríos, y su expresión fue de mayor sorpresa que nunca.

—Este, ehm…, no tendrá usted más hijos, ¿verdad, señora McEvoy?

La expresión de la cara de Earlene McEvoy se hizo hermética.

Pero sus vecinos no eran tan reticentes, y Springer pronto descubrió que había habido un período, o períodos, de actividades extra-McEvoy en la vida de Earlene. Los resultados de los citados períodos vivían ahora, o más bien dormían, con diversos parientes lejanos. Quedó también impresionado por la robusta salud que la señora McEvoy había transmitido a todos sus hijos.

—Veintiséis —meditaba—. Veintiséis hijos vivos de una sola madre. Notable. Y hay veintiséis grupos de catorce días al año, hora más, hora menos.

A la señora McEvoy se limitó a decirle:

—Yo estaría pendiente de Denny en ocho días a partir del sábado.

—¿Por qué?

—No es más que una corazonada, señora McEvoy. Simplemente podría volver a dormirse ese día.

—No diga esas cosas, señor.

Pero, efectivamente, a la semana del sábado el joven Denny se estaba enfriando de nuevo mientras que su hermana mayor despertaba.

Para aquel entonces ya no supuso una sorpresa, porque las familias de menos de veintiséis hijos resultan más comunes; se estaban despertando suficiente número como para que la cuestión aritmética quedara clara. La semana del sábado era el Día Veintiocho; en aquella mañana, el segundo hijo más joven de todas las familias de trece se despertó mientras que el más joven entraba en catalepsia.

Estaba claro lo que había pasado, al menos a grandes e increíbles rasgos.

Nadie había muerto. Nadie había sufrido daño, excepto a causa del exceso de celo por despertarles. A nadie se le había prohibido tener todos los hijos que quisiera según sus gustos, costumbres, ignorancia o vulnerabilidad. Se percibió, con diversos grados de emoción, que la plaga parecía considerar como progenitores sólo a las madres.

Lo que se produjo fue un reparto de tiempo.

Cada niño, al parecer, tendría su turno para despertar, y en breve se averiguó que así era. El problema era que el espacio de tiempo que permanecería despierto dependía del número de hermanos que tuviera. La totalidad de hijos de una misma madre compartía el año, obteniendo mayor o menor tiempo con arreglo a su número; los veintiséis hijos de Earlene obtenían sólo catorce días por cabeza, mientras que cada niño de una pareja despertaba durante seis meses. Así cada madre tenía siempre un hijo despierto, y sólo uno.

Pero… ¿es que los niños de familias numerosas se iban a ver privados de la mayor parte de sus vidas? ¿Acaso el hijo de una familia de tan sólo dos hijos iba a perder media vida durmiendo?

La respuesta surgió lentamente: no.

Hizo falta tiempo para estar seguros, por supuesto. Pero desde el primer momento la gente tenía sus sospechas, porque incluso los más pequeños de los bebés hibernados no parecían crecer. El pelo y las uñas no aumentaban de longitud, incluso las pequeñas heridas no cicatrizaban. Los niños mayores despertaban con sus últimas comidas sin digerir y con sus últimas preocupaciones de antes de irse a dormir en los labios. En las mujeres durmientes, las gestaciones no progresaban. Los científicos observaban, medían, discutían, y finalmente el asombroso hecho fue comprendido: aquellos que estaban en hibernación no envejecían perceptiblemente. Sólo las horas de vigilia contaban como horas de vida.

Esto significaba…

Con un gemido de asombro mundial, se comprendió que las vidas de los durmientes serían largas. Incluso las parejas de hijos tardarían el doble de lo normal en crecer y entonces, presumiblemente, continuarían viviendo hasta el doble de su esperanza de vida normal. En cuanto a los pertenecientes a familias numerosas…

Durante dos días los McEvoy estuvieron de nuevo en primera plana de la actualidad cuando se comprendió que los descendientes de Earlene, caso de sobrevivir todos, podrían vivir mil quinientos años, haciéndolo de dos en dos semanas. Entonces una mujer en Afganistán dio a luz su trigésimo bebé vivo. La gente silbó asombrada contemplando a un bebé que podría vivir, en plazos de doce días, tres mil años.

El mundo estaba de cabeza.

Es difícil recordar cómo fue la cosa, el caos que inundaba nuestras mentes mientras los viejos y cansados problemas de ayer se veían desbordados por otros nuevos. Problemas diferentes en cada parte del mundo, por supuesto. En las naciones hambrientas millones de jóvenes bocas se cerraron pacíficamente, mientras que un millón de trabajos quedaban sin realizar porque los trabajadores infantiles estaban durmiendo. Una docena de pequeñas y malvadas guerras se detuvieron sobre sus ejércitos en hibernación. En el mundo industrializado, la pérdida de millones de jóvenes consumidores dio paso a la Gran Depresión de los Durmientes, que aún nos acompaña. La realidad del crecimiento cero de la población cayó sobre nosotros como una avalancha.

Y más allá de los problemas económicos inmediatos, surgía el gran interrogante humano. ¿Quién se ocupará de las durmientes multitudes cuando sus padres envejezcan y mueran? ¿Cómo se educa a unos niños en plazos mensuales o semestrales? La rivalidad entre los hijos había adquirido nuevas dimensiones al darse cuenta los niños de que dormían porque su hermana o hermano se despertaba; gracias al cielo, muchos son capaces de comprender que su hibernación significa también una larga vida. Todo ha cambiado sutilmente en una miríada de maneras. Incluso la ficción y los folletines han adoptado un contenido totalmente nuevo: ¿puede una muchacha que se despierta sólo los veranos encontrar la felicidad con un muchacho que despierta durante los veranos y también los otoños?

Por toda la faz de la Tierra, se están formando grupos de gente joven que se despierta en el mismo momento, para ser reemplazados cuando despierte el siguiente grupo. Tal vez se desarrollen culturas alternativas sobre las mismas bases. O tal vez la clara futilidad de tener hijos extra tendrá el efecto que no tuvieron otros razonamientos. El número de gente que cree que la situación es temporal va decreciendo año tras año. Parece ser que el «ángel» lo ha hecho bien, poseyendo la superioridad tecnológica que uno esperaría de su especie.

Mientras tanto, una extraña sensación de apacibilidad invade nuestras vidas. Los decibelios parecen haber disminuido y podría ser que la hierba estuviera volviendo a crecer. En cada familia sólo un niño cada vez grita o arrulla o pide las llaves del coche o atraca a las ancianas o compite para conseguir trabajo o para ingresar en la facultad de medicina. Sólo un cuerpo joven de cada casa consume comida o madera para la chimenea o gasolina o necesita una ortodoncia o juguetes de plástico. Y cada niño, al despertar, recibe toda la atención de sus mayores.

Un viaje pacífico, mientras dure. Las mil casas felices del Feliz Harry Joel fueron a parar a manos de la administración a medio construir, aunque por supuesto no se pudo hacer nada por los cachorros de zorro.

En cuanto a Jolyone Schram, que había puesto todo esto en marcha, ha tenido varias buenas ofertas, siendo como es hija única despierta continuamente. Pasa buena parte del tiempo limitándose a respirar y a escuchar crecer el verde. La terrible visión se desvaneció. Pero nunca le dijo a nadie lo que había pasado.

Excepto una noche en el Parque de Punta Lobos: cuando ella vio que yo era inofensivo, me lo contó todo.

Estábamos sentados junto a un polvoriento macizo de eucaliptus, mirando hacia donde se ahogan las rocas en el vibrante Pacífico iluminado por la luna.

—La cuestión está —dijo ella frunciendo el ceño— en lo que estaba pensando. Cojamos a dieciséis personas, por ejemplo. Eso hacen ocho parejas.

Vi al instante que aún creía en los números.

—De modo que tienen hijos. Pero sólo uno por pareja está despierto en un momento dado. De modo que realmente es como si tuvieran un único hijo. Y entonces supongamos que los ocho hijos se casan, esto hace cuatro parejas. Y tienen un hijo despierto cada una, esto hace cuatro. Y crecen y se casan, esto hace dos parejas. De modo que en definitiva la cosa se reduce a dos hijos en realidad. Quiero decir, cada vez es la mitad de… Por supuesto, esto llevará mucho tiempo.

—Mucho tiempo —asentí.

—Pero cuando los dos niños crezcan y se casen, sólo tienen un único hijo. Quiero decir, que para todos los efectos es así. Y eso es todo.

—Así parece.

Se echó el pelo para atrás, frunciendo el entrecejo aún con más fuerza a la luz de la luna.

—Por supuesto, hay miles de millones de personas, no solamente dieciséis, de modo que la cosa queda realmente muy lejos. Y tal vez haya algo equivocado en mi idea. Quiero decir… todos despertarán, más tarde o más temprano. Pero… me pregunto si la… la persona con la que hablé… Me pregunto si pensaron en eso.

—No hay modo de saberlo, ¿no te parece?

El mar suspiraba y refulgía serenamente, haciendo largas y brillantes curvas alrededor de las rocas. No había trazas de petróleo. Tampoco mucha basura sobre la hierba, y la autopista que había a nuestras espaldas estaba sorprendentemente vacía.

Jolyone estaba sentada mirando al horizonte, con la barbilla apoyada sobre sus rodillas.

—Tal vez vuelva y cambie las cosas a tiempo. O tal vez debería decirle a la gente lo que pasa, e intentar vencerlo de algún modo.

—¿Tienes alguna idea de cómo?

—No.

—Hay mucho tiempo para que alguna otra persona se preocupe acerca de todo eso —observé.

Estuvimos en silencio durante un tiempo. Entonces ella suspiró y se tendió sobre la hierba; una extraña, introvertida, delicada muchacha.

—Es gracioso… Siento como si acabara de salvarme de ser atropellada. Resulta agradable el… el ser. Tal vez la cosa está en que debería ir por ahí a disfrutarlo.

—¿Por qué no?

Y eso fue exactamente lo que hizo.