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Cordero asado - Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente. Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo. De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes. Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradur...

La zambullida - Roald Dahl

     En la mañana del tercer día, el mar se calmó. Incluso los pasajeros más delicados —aquellos que no habían sido vistos a bordo desde que el barco emprendió el viaje— salieron de sus camarotes y se arrastraron hasta la cubierta superior, donde el camarero les atendió amablemente, proporcionándoles sillas extensibles para tumbarse y mantas con que envolverse las piernas, bajo los rayos del pálido sol de enero. Los dos primeros días habían resultado bastante agitados, y aquella repentina calma y la sensación de comodidad que trajo consigo creó una atmósfera más jovial en todo el buque. Cuando anocheció, los pasajeros, con doce horas de buen tiempo detrás de ellos, empezaban a sentirse confiados, y a las ocho, el comedor principal estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire complacido y tranquilo de un experto lobo de mar. La cena no había llegado a su mitad criando los pasajeros se dieron cuenta, a causa de una leve fricción entre sus cuerpos y los asientos...