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Misterio en el Caribe - Agatha Christie

CAPÍTULO XVI
 
MISS MARPLE BUSCA AYUDA

Cualquiera que hubiese visto a aquella dama ya entrada en años que se encontraba frente a su «bungalow» de pie, en actitud meditativa, se habría figurado que pensaba única y exclusivamente en la manera de sacar el máximo fruto posible de la jornada que tenía por delante... ¿Qué hacer? Quizá no fuese mala idea visitar el Castillo de Cliff, o ir a Jamestown... Tampoco era mal plan comer en Penguins Point, o pasar tranquilamente la mañana en la playa...

Pero la dama en cuestión pensaba en aquellos instantes en cosas muy distintas. La verdad era que interiormente había adoptado una actitud militante, una actitud abocada a la acción.

«Es preciso hacer algo», se había dicho.

Además, estaba convencida de que no había tiempo que perder. Era indispensable actuar con toda urgencia. Ahora bien, ¿a quién hubiera podido convencer ella a su vez de que no andaba completamente equivocada?

Con tiempo de sobra se creía capaz de descifrar el enigma que contemplaba por sí misma. Ya había averiguado muchos detalles en relación con aquel. Pero no todos los que precisaba. Y el plazo de tiempo de que disponía era muy breve. Había advertido ya que dentro de aquella isla paradisíaca no contaba con ninguno de sus aliados habituales.

Pensó, apenada, en sus amigos de Inglaterra... En sir Henry Clithering, eternamente dispuesto a escucharla con la mayor indulgencia. En Dermot, su ahijado, quien, a pesar de su alta calificación en Scotland Yard, creía firmemente que cuando miss Marple emitía una opinión esta era merecedora de un detenido análisis porque, normalmente, contenía algo sustancial...

En cambio, ¿qué atención podía prestar a las sugerencias de una anciana dama extranjera aquel policía indígena de la voz melosa que ella conocía? ¿Cabía pensar en el doctor Graham? No. Este no era el hombre que ella necesitaba. Resultaba demasiado suave en sus maneras, demasiado vacilante... No era hombre de vivos reflejos, de rápidas decisiones.

Miss Marple, sintiéndose una humilde delegada del Altísimo, llegó casi a proclamar en alta voz su necesidad de aquellos instantes con bíblicas frases.

—¿Quién vendrá por mí? ¿A quién seré enviada?

El sonido que percibió poco después no fue reconocido instantáneamente por ella como una respuesta a su plegaria... No, no. En absoluto. Mentalmente lo registró como la posible llamada de un hombre, pendiente de su perro.

—¡Eh!

Miss Marple, muy perpleja, prefirió apartar la atención de aquella voz.

—¡Eh!

Ahora el tono era más ronco. Miss Marple echó un vistazo a su alrededor.

—¡Eh! —gritó mister Rafiel impaciente, añadiendo—: ¡Sí, usted...!

A miss Marple le costó trabajo comprender que aquella llamada iba dirigida a ella. Tratábase de un método para establecer comunicación acerca del cual carecía de experiencia. Desde luego, el procedimiento tenía bien poco o nada de cortés. Miss Marple no se ofendió porque nadie se ofendía nunca con mister Rafiel, quien hacía muchas cosas arbitrariamente. La gente le aceptaba como era, igual que si dispusiera de una autorización especial. Miss Marple miró hacia el «bungalow» vecino. El viejo le hizo señas.

—¿Me estaba usted llamando? —inquirió miss Marple.

—Naturalmente que la estaba llamando —respondió mister Rafiel—. ¿A quién cree usted que llamaba si no? ¿A algún gato? Vamos, acérquese.

Miss Marple volvió la cabeza, buscando su bolso, lo cogió y cruzó el espacio que separaba una casita de otra.

—A menos que alguien me ayude, no puedo ir hacia usted —replicó mister Rafiel—, de manera que no hay más remedio que invertir los términos.

—Le comprendo perfectamente, mister Rafiel.

Éste le señaló una silla.

—Siéntese. Quiero charlar con usted. Algo muy extraño está ocurriendo en nuestra isla.

—Así es, en efecto —respondió ella, tomando asiento, de acuerdo con la indicación del anciano.

Impulsada por un hábito muy arraigado, miss Marple sacó del bolso sus agujas y su lana.

—Deje usted su labor a un lado —dijo mister Rafiel—. No puedo soportarla. Me disgustan las mujeres que pasan el tiempo entretenidas con esas tareas. Me sacan de quicio.

Miss Marple volvió a guardar dócilmente sus cosas en el bolso. En su gesto no hubo el menor amago de rebeldía. Antes bien, adoptó el aire de la enfermera dispuesta a tolerar las extravagancias de un enfermo veleidoso.

—Se habla mucho por ahí y apostaría lo que fuese a que usted está al corriente de eso —declaró el anciano—. Y lo que digo ahora de usted hágalo extensivo al canónigo y a su hermana.

—En vista de lo sucedido en el hotel recientemente parece muy natural que la gente formule comentarios de muy diversas clases —alegó miss Marple.

—Veamos... Esa chica nativa es hallada entre unos arbustos, asesinada. Ese incidente quizá no ofrezca nada de particular. Es posible que el hombre que vivía con ella fuese celoso y... También puede ser que anduviera con otra mujer, y la muchacha provocara una riña. Ya sabe usted lo que son estas cosas en el trópico. Algo por este estilo tiene que haber ocurrido. ¿Usted qué opina?

—No por ahí —dijo miss Marple vagamente, moviendo la cabeza.

—Las autoridades adoptan idéntica posición...

—Aquéllas le informarían a usted mejor que a mí siempre —señaló miss Marple.

—Sin embargo, estoy seguro de que usted está más enterada que yo. No en balde ha prestado oídos a cuanto se ha dicho por aquí sobre este asunto.

—Eso es cierto.

—Usted, aparte de eso, tiene poco que hacer, ¿eh?

—No hay otro modo de hacerse con una información de utilidad.

—Debo confesarle una cosa... —declaró mister Rafiel, estudiando detenidamente a miss Marple—. He incurrido en un error con respecto a usted. Yo no suelo equivocarme con la gente. Usted no es como yo me la imaginé en un principio... Estaba pensando en todos los rumores puestos en circulación con motivo de la muerte del comandante Palgrave. Usted cree que fue asesinado, ¿verdad?

—Mucho me temo que sí —contestó miss Marple.

—Yo estoy absolutamente convencido de ello.

Miss Marple contuvo el aliento.

—Es una respuesta categórica la suya, ¿no le parece?

—Sí que lo es —reconoció el viejo—. Se la debo a Daventry. No estoy traicionando ninguna confidencia porque al final habrá de ser conocido el resultado de la autopsia. Usted le dijo a Graham algo; este se fue a ver a Daventry; Daventry visitó al administrador; la Brigada de Investigación Criminal fue informada oportunamente... Luego convinieron todos que existían algunas cosas nada claras en la muerte del pobre Palgrave. Optaron por desenterrar el cadáver de este y echarle un vistazo, a fin de averiguar a qué causas obedeció la muerte.

—¿Anduvieran qué es lo que encontraron? —preguntó miss Marple.

—Descubrieron que le había sido administrada una dosis mortal de un producto cuyo nombre solo es capaz de pronunciarlo bien un médico. Por lo que yo recuerdo suena como di-cloro-hexagonaletilcarbenzol. Por supuesto, esa no es su denominación. Puedo decir que me he aprendido la música, pero no la letra. El médico del servicio policíaco utilizó esa palabra, u otra semejante, para que nadie supiera tanto como él. Lo más probable es que la droga lleve un nombre muy corriente, que se llame Evipan, Veronal o Jarabe de Easton... Algo así, en fin. Con la denominación oficial se chasca a los hombres de leyes. Bueno, el caso es que una pequeña dosis del producto es capaz de causar la muerte. Los síntomas que se presentan son los mismos que sufren los sujetos que padecen de hipertensión... agravada por el descuido y la afición al alcohol y a las veladas alegres. Por eso, al empezar toda la historia de la muerte de Palgrave la gente acogió esta como algo natural, sin recelos. Todos exclamaron: «¡Pobre viejo!», apresurándose a darle cristiana sepultura. Ahora los investigadores dudan de que tuviera el menor indicio de tensión. ¿Le confesó a usted algo en tal sentido el comandante?

—No.

—¡Exacto! Y, no obstante, todo el mundo dio eso por descontado.

—Me parece que el comandante Palgrave habló con algunas personas de eso.

—¡Bah! Es como cuando la gente ve fantasmas —manifestó mister Rafiel—. Jamás da uno con el tipo que afirme haberse encontrado frente al duende de turno. Siempre acaba por ser un primo, en segundo grado, de una tía, un amigo de esta o un amigo de otro amigo. Todo el mundo pensó en la hipertensión porque en el dormitorio de la víctima fue hallado un frasco de tabletas, un preparado que acostumbran recetar los médicos a los pacientes aquejados de esa enfermedad. Ahora llegamos al punto más interesante de la cuestión... Yo creo que la muchacha indígena fue asesinada por haber dicho que las tabletas podían haber sido colocadas en el estante del lavabo de Palgrave no por este, sino por otra persona. El frasco de tabletas lo había visto antes, en la habitación de un individuo llamado Greg...

—El señor Dyson padece de hipertensión. Su esposa lo declaró así —apuntó miss Marple.

—Repito: su frasco fue dejado en la habitación de Palgrave para sugerir su enfermedad y hacer aparecer su muerte como natural.

—Exacto. Luego se puso en circulación, hábilmente, un cuento: Palgrave dijo allí que padecía de tensión arterial... Bueno, ya lo sabe usted, resulta bastante fácil difundir un rumor. Sí, muy fácil. Yo he tenido ocasión de comprobarlo más de una vez prácticamente.

—No lo dudo, miss Marple.

—Solo se requiere una leve murmuración en un par de puntos estratégicos. Nunca se afirma que la información fue lograda personalmente. Hay que decir, por ejemplo, que la señora B le dijo al coronel C, que según la opinión de X, etc. Las noticias son, invariablemente, de segunda, de tercera, ¡hasta de cuarta mano!, por lo que es imposible averiguar de quién partió el rumor. ¡Oh, sí! ¡Ya lo creo que es factible eso! Después la gente repite ante nuevas personas la habladuría, que se propaga, que se amplía incluso, que corre con la velocidad de un reguero de pólvora.

—Aquí, entre nosotros, debe haber alguien de cuya inteligencia no cabe dudar —declaró mister Rafiel, pensativo.

—Sí, tiene usted razón.

—Victoria Johnson debió ver algo, debió descubrir algún secreto importante. Supongo que luego pensaría en hacer chantaje.

—Tal vez no llegara siquiera a eso. En estos hoteles grandes las doncellas se enteran de cosas que determinados huéspedes no quieren que se divulguen. Con tal motivo, menudean por parte de aquellos las propinas espléndidas y hasta los presentes en metálico. Es posible que la chica no advirtiera de buenas a primeras la importancia de su hallazgo o descubrimiento.

—El caso es que lo único que ha sacado en limpio de este asunto ha sido una puñalada en la espalda —señaló mister Rafiel brutalmente.

—Sí. Evidentemente existe alguien interesado en que no hablara.

—De acuerdo. Ahora veamos qué piensa usted de todo esto.

Miss Marple miró con un gesto de extrañeza a su interlocutor.

—¿Por qué está usted empeñado en creer que yo poseo más información que usted?

—Bueno. Es probable que ande equivocado... De todos modos, lo que a mí me interesa es apreciar sus ideas acerca de lo que usted conoce.

—Pero... ¿con qué fin?

—Aquí no puede uno hacer muchas cosas... aparte de dedicarse a ganar dinero.

Miss Marple no pudo disimular su sorpresa.

—Habla usted de dedicarse a ganar dinero... ¿Aquí?

—Si usted quiere, desde ese mismo hotel es posible enviar diariamente media docena de cables cifrados. Así es como yo me divierto.

—¿Cursa usted apuestas? —inquirió miss Marple dudosa, en el tono de quien se expresa en un idioma extraño.

—Algo por el estilo —manifestó mister Rafiel—. Enfrento mi talento con el de otros hombres. Lo malo es que esto no me ocupa mucho tiempo. He aquí la razón de que me haya interesado por lo sucedido en este mundillo del «Golden Palm». Ha conseguido picar mi curiosidad. Palgrave pasaba buena parte de su tiempo hablando con usted. No todo el mundo tiene la misma disposición para encajar un «rollo», miss Marple. ¿En qué se ocupaba normalmente?

—Me refería cosas de su juventud, de sus viajes...

—Estoy seguro de que era así. Y de que la mayor parte de sus relatos resultarían pesadísimos. Además, habría que oírlos las veces que a él se le antojaran...

—Los hombres, cuando envejecen, se vuelven así, me parece.

Mister Rafiel se irritó.

—Yo no voy por ahí contando cuentos a nadie, miss Marple. Continúe. Todo empezó con una de las historias de Palgrave, ¿no?

—Me dijo que conocía a un asesino. En realidad, nada hay de especial en esto... Me imagino que casi todo el mundo ha pasado por una cosa semejante.

—No comprendo lo que quiere decir.

—Me explicaré. Si usted mira hacia atrás, mister Rafiel, fijando la atención en determinados acontecimientos de su vida, recordará ocasiones en que alguien, sin más ni más, ha prorrumpido descuidadamente unas frases como estas: «¡Oh, sí! Conocía muy bien a Fulano de Tal... Murió de repente. Se dijo por unos y por otros que fue envenenado por su esposa, pero yo aseguraría que solo hubo habladurías...» ¿Verdad que sí ha oído a alguien expresarse en tales términos?

—Es posible, no sé... Claro que nunca hablando en serio, naturalmente.

—El comandante Palgrave gozaba lo suyo refiriendo aquella historia. Eso es lo que yo pienso. Afirmaba poseer una instantánea fotográfica en la que se veía la figura de un asesino. Se proponía enseñármela..., pero no lo hizo.

—¿Por qué?

—Porque en el instante preciso vio algo, o alguien, mejor dicho. Se puso muy encarnado y tornó a guardar la fotografía en su cartera de bolsillo, pasando a hablar de otro asunto.

—¿A quién vio?

—Eso me ha dado no poco que pensar —declaró miss Marple—. Yo me hallaba sentada junto a mi «bungalow» y él se había acomodado casi enfrente de mí. Sea lo que sea lo que viese hubo de distinguirlo mirando por encima de mi hombro.

—Alguien avanzaba entonces por el camino de la playa a espaldas de usted, hacia la derecha, procedente de la escollera y el aparcamiento de coches...

—Sí.

—¿Divisó usted a alguien en ese camino a que he aludido?

—Por él avanzaba la señora Dyson con su marido y también los señores Hillingdon.

—¿No vio a nadie más?

—No... Desde luego, su «bungalow» caería asimismo dentro de su campo visual...

—¡Ah! Entonces nos vemos obligados a incluir otra pareja en el grupo: Esther Walters y Jackson, mi ayuda de cámara. ¿Le parece bien? Cualquiera de los dos, supongo, pudo salir del «bungalow» y volver a entrar inmediatamente sin que usted lo advirtiera.

—Quizá... Yo no miré enseguida.

—Tenemos a los Dyson, los Hillingdon, Esther y Jackson... Uno de ellos es el criminal. También podría ser agregado yo a esa lista —dijo mister Rafiel.

Miss Marple sonrió levemente al oír sus últimas palabras.

—Palgrave se refirió a un asesino, concretamente, ¿no? ¿A un hombre, verdad?

—Sí.

—Perfectamente. Eso nos obliga a prescindir de Evelyn Hillingdon, de Lucky y de Esther Walters. Así, pues, el criminal, suponiendo que todas las insensateces e hipótesis anteriores sean ciertas, hay que buscarlo entre Dyson, Hillingdon y mi querido Jackson, el individuo de las buenas palabras...

—Se ha olvidado de usted mismo —señaló miss Marple.

Mister Rafiel no hizo el menor caso de su malintencionada observación.

—No diga cosas que pueden irritarme... —se limitó a indicar a miss Marple—. Le confesaré algo que me produce una gran extrañeza y en la cual usted no ha reparado, creo. Si el asesino era uno de esos tres hombres, ¿por qué diablos no lo reconoció Palgrave antes? Todos se habrían visto infinidad de veces a lo largo de las dos semanas precedentes. ¿No le parece que eso no tiene sentido?

—Sí, sí puede tenerlo —opinó miss Marple.

—Explíqueme eso.

—Ciñéndonos a la historia referida por Palgrave hemos de tener en cuenta que aquel no había visto jamás al hombre de la fotografía. El relato le fue hecho al comandante por un médico. Este le regaló la instantánea a título de curiosidad. Es posible que Palgrave la mirase con atención cuando fue puesta en sus manos, pero luego se la guardaría en la cartera, entre otros papeles, convertida en un recuerdo más. Ocasionalmente, quizá, mostraría la cartulina a aquel que escuchase su historia... Otra cosa, mister Rafiel: no sabemos de cuándo data. A mí no me facilitó ninguna indicación en este aspecto. Quiero decir que es posible que llevase años contando su historia. Algunos de sus relatos referentes a la caza de tigres son de veinte años atrás.

—Podían serlo, dada su avanzada edad —comentó mister Rafiel.

—En consecuencia, yo no creo ni por un momento que el comandante Palgrave identificara el rostro del hombre de la fotografía con el de otro que se enfrentara con él casualmente. Lo que a mí me parece que ocurrió, estoy casi completamente segura de ello, es que al sacar la instantánea de su cartera estudió la faz del personaje instintivamente, encontrándose al levantar la vista con otra igual, o muy semejante, cuyo dueño se aproximaba a él, hallándose en tal momento el desconocido a una distancia de tres o cuatro metros...

—Efectivamente. Su razonamiento es muy atinado.

—Palgrave se quedó desconcertado —prosigió diciendo miss Marple—. Entonces se guardó a toda prisa la cartulina en la cartera, comenzando a hablar en voz alta de otra cosa.

—Por supuesto, aquella primera impresión no podía darle seguridades de ningún género —aventuró mister Rafiel.

—No. Pero más adelante, en cuanto se encontrara a solas, se pondría a examinar atentamente la fotografía, tratando de llegar a una conclusión: ¿había dado con una faz semejante o bien el hombre de carne y hueso que acababa de ver era el individuo de la fotografía?

Mister Rafiel reflexionó unos segundos. Luego movió la cabeza expresivamente.

—Aquí se ha deslizado algún error. La idea es inadecuada, absolutamente inadecuada. Él le estaba hablando a usted en voz alta, ¿no?

—Sí —respondió miss Marple—. Acostumbraba siempre a levantar la voz.

—Es cierto. Por consiguiente, cualquiera que se hubiera acercado a ustedes habría podido oírlo.

—Me imagino que su vozarrón era audible en bastantes metros a la redonda.

Mister Rafiel hizo otro movimiento denegatorio de cabeza.

—Es fantástico, demasiado fantástico —manifestó aquel—. ¿Quién no se echaría a reír al conocer tal historia? Aquí tenemos a un tipo ya entrado en años refiriendo un cuento que a su vez le fue relatado, mostrando a continuación una fotografía en la que aparece un individuo que tuvo que ver con un crimen cometido años atrás. Un año o dos, pongamos. ¿Cómo diablos va a preocupar eso al sujeto en cuestión? No existen pruebas... Hay, todo lo más, habladurías, circulando por diversos sitios, una historia de tercera mano. Incluso hubiera podido admitir la semejanza, comentando despreocupadamente: «Pues es verdad que me parezco a ese de la fotografía, tiene gracia. Qué coincidencia, ¿eh?» Nadie hubiera aceptado la sugerencia de Palgrave en serio. El hombre no tiene por qué temer nada, absolutamente nada. De haberse formalizado una acusación hubiera podido reírse de ella tranquilamente. ¿Por qué demonios decidió asesinar a Palgrave? Me parece un crimen innecesario. Piense en eso...

—Ya pienso, ya, en ese extremo —replicó miss Marple—. Y por tal motivo no puedo estar de acuerdo con usted. He ahí la causa de que yo me encuentre tan nerviosa, tan desasosegada. Hasta tal punto es cierto esto, que anoche no llegué a pegar un ojo.

Mister Rafiel escrutó su rostro.

—Veamos qué es lo que está pasando por su cabeza en estos momentos...

—Es posible que esté equivocada —manifestó miss Marple, vacilando.

—Es lo más probable —confirmó mister Rafiel, con su habitual falta de cortesía—. De todos modos, déjeme oír lo que ha estado usted madurando a lo largo de las horas de la madrugada.

—Existiría un móvil perfectamente fundamentado si...

—Si... ¿qué?

—Si dentro de poco, dentro de muy poco tiempo, tenía que haber otro asesinato.

Mister Rafiel reflexionó. Luego intentó ponerse más cómodo en su silla.

—Acláreme eso.

—¡Oh! ¡Soy tan torpe a la hora de dar explicaciones! —Miss Marple hablaba atropelladamente y con alguna incoherencia. Tenía las mejillas arreboladas—. Supongamos que alguien había planeado cometer un crimen. Usted recordará que en su historia el comandante Palgrave se refirió a un hombre cuya esposa murió en misteriosas circunstancias. Más adelante, transcurrido cierto tiempo hubo otro crimen que presentaba idénticas características. Un hombre que llevaba otro apellido estaba casado con una mujer que falleció en condiciones parecidas y el doctor que contaba esto le identificó como el mismo sujeto pese a haber cambiado de nombre. Bueno. Todo indica, ¿verdad?, que el criminal pertenecía al tipo de los que repiten sus procedimientos...

—Sí. Se encuentran antecedentes de aquel, tanto en la literatura como en la realidad. Continúe.

—Yo entiendo —prosigió miss Marple—, de acuerdo con lo que he leído y oído asegurar, que cuando un hombre comete una acción de esta clase y todo le sale bien por vez primera se siente inclinado a la repetición. Ve por todos lados facilidades; se tiene por un ser inteligente. Así es como llega a la segunda edición de su «hazaña». Al final aquello se convierte en un hábito. Elige en cada ocasión escenarios diferentes, adoptando otros nombres. Pero sus crímenes presentan muchos datos semejantes. Así es como yo opino, aunque muy bien pudiera estar equivocada...

—Por un lado admite tal posibilidad y por otro no cree en ella —subrayó con brusquedad el astuto mister Rafiel.

Miss Marple continuó hablando, sin comentar las anteriores palabras.

—De darse dichas circunstancias, de tener ese individuo hechos todos sus preparativos con el fin de cometer un crimen aquí mediante el cual aspiraba a desembarazarse de otra esposa, siendo el mismo el que hacía el número tres o el cuatro, hay que pensar que la historia referida por el comandante cobraba una singular importancia. ¿Cómo iba a tolerar el principal interesado que fuesen puestas de relieve a cada paso ciertas similitudes? Así han sido capturados algunos delincuentes. Las circunstancias en que se cometió un crimen llaman, por ejemplo, la atención de alguien que se apresura a comparar aquellas con las de otro caso acerca del cual existen abundantes informes, contenidos en una serie de recortes periodísticos. ¿Comprende ya por qué el desconocido criminal no puede consentir que, teniendo su acción minuciosamente planeada y a punto de ser llevada a la práctica, vaya el comandante Palgrave por ahí, refiriendo despreocupadamente su historia y mostrando la pequeña fotografía?

Miss Marple hizo una pausa al llegar aquí, dirigiendo una mirada suplicante a mister Rafiel, quien seguía escuchando con atención, antes de agregar:

—En esas condiciones usted comprenderá que es preciso que actúe con rapidez, con la mayor rapidez posible.

—En efecto —contestó el anciano—. Aquella misma noche, ¿eh?

—Eso es.

—Un trabajo algo precipitado, pero factible —manifestó mister Rafiel—. No hay más que poner las tabletas en la habitación de Palgrave, extender el rumor acerca de su enfermedad y añadir una leve cantidad de esa endiablada droga cuyo nombre tiene, más o menos, una docena de sílabas, al famoso «ponche de los colonos»...

—En efecto... Pero eso ha pasado ya. No tenemos por qué preocuparnos por ello. Es el futuro lo que cuenta ahora. Eliminado el comandante Palgrave, destruida la fotografía, ese hombre seguirá adelante con su plan, llevando a cabo el asesinato proyectado.

De los labios de mister Rafiel se escapó un silbido.

—Ha pensado usted detenidamente en esto, ¿eh?

Miss Marple asintió. Con voz firme, casi dictatorial, nada acostumbrada en ella, dijo:

—Tenemos que impedir que suceda eso, mister Rafiel. Tiene usted que impedirlo.

—¿Yo? —inquirió el viejo, atónito—. ¿Por qué yo?

—Porque usted es un hombre rico e importante —dijo miss Marple—. La gente se inclinará a hacer lo que usted diga o sugiera. De mí no harían el menor caso. Todos afirmarían que soy una vieja dada a idear fantasías.

—Y puede que tuvieran razón —manifestó mister Rafiel con su brusquedad de siempre—. Claro que en este caso demostrarían ser unos necios. Yo me inclinaría a pensar que no habría ni una sola persona que la creyese con cerebro suficiente para discurrir como lo ha hecho. Razona usted, en verdad, de una manera muy lógica. Son pocas las mujeres capaces de acometer con éxito tal empresa —mister Rafiel, incómodo, se agitó penosamente en su silla—. ¿Dónde diablos se encontrarán Esther y Jackson? Necesito cambiar de posición. No. No lograremos nada con que usted intente ayudarme. Le faltan a usted fuerzas para eso. No sé qué es lo que se propondrá esa pareja dejándome aquí solo.

—Iré en su busca.

—Usted no va a ir a ninguna parte. Se quedará aquí, conmigo. Trataremos los dos de descifrar el enigma. ¿Quién es el asesino? ¿El brillante Greg? ¿El silencioso Edward Hillingdon? ¿Jackson, mi querido servidor? Uno de los tres tiene que ser, ¿no?

El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.

El Misterio De La Vela Doblada - Edgar Wallace

 

CAPITULO   XV

 

Después de una noche trabajosa y sin dormir, T. X. entró a la mañana siguiente en el despacho del jefe superior para darle cuenta. Los periódicos de la mañana anunciaban con grandes titulares: «El misterioso crimen de Chelsea», pero la información era bastante mediocre.

—Hasta ahora —dijo T. X. a su superior— no he podido encontrar a Gathercole ni al criado. Lo único que sabemos de Gathercole es que envió su artículo al Times con su tarjeta. Los criados de su club no dan indicios sobre su paradero. Es un hombre muy excéntrico, que sólo va allí accidentalmente, y el camarero con quien he hablado me ha dicho que ocurría con frecuencia que Gathercole llegaba y se marchaba, sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Hemos estado en su antiguo domicilio de Lincoln's Inn; pero al parecer se mudó de allí antes de marchar a Patagonia. La única pista que tengo es que un hombre, cuya descripción coincide hasta cierto punto con la suya, salió anoche en el tren de las once para París.

—Habrá usted interrogado también a la secretaria, supongo—apuntó sir Jorge.

Esta era la pregunta que T. X. había estado temiendo.

—También ha desaparecido —contestó brevemente—. En realidad no se la ha vuelto a ver desde las cinco y treinta de ayer por la tarde.

Sir Jorge se echó atrás en su sillón giratorio y se pasó la mano por su cabellera gris.

—La única persona que parece haberse quedado —dijo con sarcasmo— es el propio Kara. ¿Quiere usted que encomiende este caso a otro? En realidad, no es trabajo para usted. ¿O quiere usted encargarse de ello?

—Preferiría encargarme de ello, señor —contestó con firmeza T. X.

— ¿Ha descubierto usted algo más relacionado con Kara?

—Sí, y todo ello es eminentemente deshonroso para él. Parece que tenía ambición de ocupar un puesto elevadísimo en Albania. A este fin tenía sobornados a los funcionarios turcos y albaneses, y también ha hecho gestiones en nuestro país. Me ha dicho Bartholomew que Kara le había insinuado ya sobre la posibilidad de que el Gobierno inglés reconociera un faít accompli en Albania, y le había inducido a emplear su influencia en el Consejo de ministros para reconocer las consecuencias de cualquier revolución. No hay duda alguna de que Kara ha maquinado todos los asesinatos políticos que han ensangrentado a Albania durante el año pasado. También hemos encontrado en la casa grandes cantidades de dinero y documentos, que hemos entregado al Ministerio de Estado para que los descifren.

Sir Jorge reflexionó durante largo rato, y luego dijo: —Tengo idea de que si encontramos a la secretaria habremos recorrido la mitad del camino hacia la solución del misterio.

T. X. salió del despacho de bastante mal humor. Iba a almorzar cuando recordó su promesa de visitar a Juan Lexman.

¿Podría Lexman dar una pista para aquella trágica maraña? T. X. asomó la cabeza por la ventanilla y dio una orden al conductor del «taxi». El vehículo paraba ante la puerta del hotel Great Midland precisamente cuando salía Juan Lexman.

—Venga a comer conmigo —le dijo el detective—. Supongo que ya sabrá usted la noticia.

—He leído que Kara ha sido asesinado, si es a esto a lo que se refiere usted. Si que es coincidencia que yo hubiera estado hablando de ello anoche en el preciso momento en que sonó el timbre de su teléfono... ¡Ojalá no estuviera usted metido en esto!...

— ¿Por qué? —preguntó sorprendido, el comisario—.  ¿Y a qué se refiere usted al decir en esto?

—En concreto: hubiera deseado que no estuviese usted presente cuando volví anoche. Quería terminar con toda la sórdida cuestión sin envolver a mis amigos. .        .

—Creo que es usted demasiado sensible —dijo el otro sonriendo y dándole una palmada en la espalda—. Quiero que se confíe enteramente a mí y me diga algo que pueda ayudarme a aclarar el misterio.

—Haría por usted cualquier cosa, T. X. —contestó Juan Lexman serenamente—; tanto más cuanto que me he enterado de lo bueno que ha sido con la pobre Gracia; pero en este asunto no puedo ayudarle. Odié a Kara vivo y le odio muerto —gritó con una pasión inconfundible—. Ha sido la cosa mas vil que ha respirado en este mundo. No había villanía ni crueldad, por horrible que fuera, de la que no se vanagloriara este monstruo. Si alguna vez el demonio se ha encarnado en la Tierra, indudablemente tomó el cuerpo de Kara. Su muerte, a juzgar por lo que se sabe, ha sido demasiado buena. Pero si existe Dios, este hombre, indudablemente, pagará su crimen con una eternidad de tormentos.

T. X. le miró asombrado. El odio le ahogaba. Nunca hasta entonces había experimentado o presenciado el detective tan tremenda tempestad de odio.

—¿Qué le ha hecho a usted Kara? —preguntó.

El otro miró por la ventanilla.

—Siento no poder responder a eso —contestó algo más calmado—. Algún día se lo contaré todo; pero de momento será mejor que me calle. Sin embargo, le diré a usted esto...

Se volvió y miró al detective a la cara.

—Kara torturó y mató a mi esposa.

T. X.  no habló  más.

Cuando se hubieron sentado en el restaurante, volvió indirectamente al mismo tema.

— ¿Conoce usted a Gathercole? —le preguntó el detective.

—Creo que ya me ha hecho usted esta misma pregunta o habrá sido otra persona. Si, le conozco. Es un hombre excéntrico, con un brazo artificial.

—Exacto —confirmó T. X. suspirando—. Es uno de los pocos hombres a quienes querría encontrar ahora mismo.

— ¿Por qué?

—Porque, al parecer, fue el último que vio a Kara vivo.

Juan Lexman miró a su acompañante con expresión de disgusto.

— ¿Supongo que no sospechará usted de Gathercole?—dijo.

—Naturalmente —contestó el otro con sequedad—. En primer lugar, el hombre que cometió el crimen tenia dos manos, y necesitó las dos. No; sólo quería preguntar a este caballero el tema de su conversación. También quería saber quién estaba en la alcoba con Kara cuando entró Gathercole.

Lexman miró con interés al detective.

—Y aun cuando me enterara de quién era esta tercera persona, todavía me quedaría como motivo de perplejidad el hecho de que salieron y echaron desde fuera el pesado cerrojo. Ahora bien, amigo Lexman—añadió humorísticamente—: en sus buenos tiempos usted habría urdido con todo esto una magnifica novela. ¿Cómo habría hecho usted escapar al criminal?

Lexman reflexionó.

— ¿Ha examinado usted la caja?—preguntó.

—Sí.

— ¿Había muchas cosas en ella?

T. X. puso cara de sorpresa.

—No. Los libros y las cosas corrientes. ¿Por qué?

—Porque muy bien podría ocurrir que esta caja tuviera dos puertas, de modo que fuera factible pasar por ella al otro lado de la pared.

—Ya he pensado en ello.

—Claro está —añadió Lexman, echándose atrás y jugueteando con un salero—que al escribir una novela en la que no hay que tratar con posibilidades absolutas, siempre se podría hacer que Kara tuviera una caja en estas condiciones, a fin de poder escapar en caso de peligro. Podía tener una escala de cuerda arrollada en su interior, abrir la puerta posterior arrojar la escala a un amigo, y por algún sencillo mecanismo desprenderla cuando se hubiera utilizado y hacer que la puerta volviera a cerrarse.

-—Es una idea muy ingeniosa; pero, desgraciadamente, no tiene aplicación a este caso. He visto a los fabricantes de la caja, y no hay nada original en ella, más que el hecho de montarla tal como está.  ¿Se le ocurre a usted alguna otra idea?

Lexman estuvo otro rato meditando.

—No habrá que pensar en trampas en el suelo, tableros secretos en las paredes, ni resortes misteriosos que al oprimirlos descubren en la pared escaleras de caracol... Todo esto es muy vulgar.

T. X. esperaba pacientemente.

—-Debo confesar que en mis primeras novelas era yo muy aficionado a esta clase de trucos; pero la edad ha traído experiencia, y he descubierto la imposibilidad de convencer a un arquitecto, aun para una cosa tan corriente como la pila de un lavadero. Sería mucho más difícil inducirle a construir una casa con muros dobles y cámaras secretas.

— ¿Entonces?

—Entonces hay una posibilidad, naturalmente, de que el cerrojo de acero haya sido accionado por alguien desde el exterior por algún ingenioso dispositivo magnético y vuelto a correr de un modo parecido.

—También he pensado en ello, y esta misma mañana he hecho las pruebas mas cuidadosas. Es completamente imposible mover la barra de acero, porque tiene además un vástago que encaja en un cojinete, del que no puede sacarse más que apretando el botón. Otra cosa, Juan Lexman se echó hacia atrás, y el espectro de una sonrisa vagó por sus labios.

—No acierto a comprender por qué demonios estoy ayudándole a descubrir al asesino de Kara —dijo; pero voy a exponerle una tercera teoría, al mismo tiempo que le advierto lealmente que a lo mejor le estoy desviando a usted de la verdadera pista. ¡Porque Dios es testigo de quo no tengo el menor deseo de que se descubra al asesino! Reflexionó un momento.

— ¿La chimenea sería, naturalmente, inaccesible? —Ardía  un   gran  fuego en la parrilla —explicó T. X. —, tan enorme que la temperatura de la habitación era sofocante. Juan Lexman hizo un signo afirmativo. —Sí, ésa era una costumbre de Kara. Si le he de decir la verdad, ahora caigo en que lo que le he dicho del empleo del magnetismo para descorrer el cerrojo era imposible, porque yo era muy amigo de Kara  cuando lo instaló, y conozco bastante bien el mecanismo, aunque de momento lo había olvidado. Y a propósito: ¿cuál es su propia opinión?

T. X. hizo un gesto de duda.

—Aún no he formado una opinión clara —dijo con cautela—;  pero hasta ahora creo que Kara estaba acostado, probablemente leyendo uno de los libros que se encontraron al lado de la cama, cuando fue atacado repentinamente. Kara cogió el teléfono para pedir auxilio, pero sus agresores le mataron en seguida.

Hubo un nuevo silencio.

—Si, ésa es una teoría —comentó Juan Lexman, hablando cautelosamente—; pero, como digo, me niego a quebrarme la cabeza por un asunto que no me interesa. ¿Ha encontrado usted el arma?

T. X. negó con la cabeza.

— ¿Había además en la habitación otros rasgos particulares que le sorprendieran a usted y que no me haya comunicado?

T. X. vaciló.

—Había dos velitas —contestó—. Una en el centro de la habitación y otra debajo de la cama. La primera era una vela de árbol de Navidad; la otra era una vela corriente, de las que venden en las tiendas de comestibles, cortada probablemente en la misma alcoba. Hemos encontrado en el suelo pedacitos de cera, y para mí es evidente que la parte cortada fue arrojada al fuego, pues también allí encontramos un charquito de cera derretida.

—Ya. ¿Y algo más?

—La vela pequeña estaba doblada en la forma de un sacacorchos.

—El misterio de la vela doblada —murmuró Juan Lexman—. Ese sí que es buen título para una novela. Kara detestaba las novelas.

— ¿Por qué?

Lexman se echó atrás en el diván y sacó de su pitillera de plata un cigarrillo.

—Mis correrías —dijo— me han llevado a muchos sitios raros. He visitado un país que usted probablemente no conocerá nunca, y que rara vez visitan los viajeros que escriben relatos de viajes. Hay en él extrañas aldeas colgadas en los más abruptos acantilados que pueda usted imaginar. He vivido en comunidades que no reconocían rey ni gobierno. Tenían sus leyes, que se transmitían de padres a hijos; es una nación que carece de lenguaje escrito. Administran sus leyes rígida y drásticamente. Los castigos que aplican son crueles, inhumanos. Yo he visto cómo a una mujer sorprendida en adulterio la apedreaban hasta hacerla morir, de acuerdo con las más puras tradiciones bíblicas, y también he visto sacar los ojos a un bandido. T. X. se estremeció.

—He visto cómo a un testigo falso le arrancaban la lengua en un mercado público. A veces, los turcos o el abigarrado Gobierno del país enviaban unos gendarmes e iniciaban una especie de administración esporádica. Esto solía terminar en que los gendarmes caían en la barbarie ambiente o desaparecían de la faz de la Tierra, acudiendo toda una comunidad de asesinos a testimoniar como un solo hombre el hecho de que se habían suicidado o  se habían  fugado con las esposas de algunos ciudadanos. En algunas de estas comunidades, la vela desempeñaba un papel importantísimo. No es la vela que venden en las tiendas y que usted conoce, sino una mecha impregnada de grasa de cordero. Arrolle usted tres de estas velas entre los dedos de su mano y manténgalos separados con cuñas de madera, prenda usted, fuego a las velas y déjelas que vayan consumiéndose. ¿Se imagina usted la escena? O bien, coloque usted una vela sobre un rastro de pólvora que conduzca a un montón de virutas bien impregnadas de aceite a los pies de un hombre atado. O una vela fija sobre la cabeza afeitada de un hombre... Hay centenares de variaciones, y la vela representa un papel, como le digo, muy importante en  todas ellas. No sé cuál de ellas aterraba más a Kara;  pero si se de una o dos que él mismo empleó.

— ¿Tan malo era? —preguntó T. X.

Lexman le miró gravemente.

—No puede usted imaginárselo —contestó.

Cuando terminaban de comer, el camarero le trajo una carta que habían enviado a la oficina de T   X.  El  detective leyó: «Querido mister Meredith: En respuesta a la pregunta que me hizo debo contestarle que me parece que mi hija está en Londres; pero esto no lo he sabido hasta esta mañana. Me informa mi banquero que mi hija fue esta mañana al Banco y retiró una considerable cantidad de dinero de su cuenta privada; pero ignoro en absoluto dónde haya ido ni lo que haya hecho con el dinero. No necesito decirle que me preocupa mucho este asunto, y me alegraría que usted me explicara, francamente qué es todo ello.

Guillermo Bartholomew.» T. X. lanzó una exclamación.

— ¿Por qué no se me ocurriría ir al Banco esta mañana? Estoy viendo que me van a dejar cesante.

Juan Lexman demostró gran preocupación.

— ¿Lo dice usted de veras?

—No. Claro está que exagero. Pero no creo que el jefe superior esté ahora muy contento conmigo. Me he metido en este asunto sin autoridad ninguna... No es de mi sección. Pero aún no me ha explicado usted su teoría de las velas.

—No tengo ninguna teoría que explicarle —contestó Lexman, doblando la servilleta—. Las velas sugieren la idea de un crimen típicamente albanés. No digo que así fuera; sólo insinúo el posible carácter de este crimen.

Con esto tuvo que contentarse el detective. Si no  eran  misión  suya los  crímenes vulgares —aunque aquél difícilmente podía calificarse así—, sí formaba parte de las peculiares funciones de su sección la devolución a lady Bartholomew de cierta tabaquera muy complicada que había encontrado en la caja. Se habían descubierto entre sus papeles cartas que aclaraban la intervención de Kara en aquel asunto. Aunque no se había portado como un vulgar chantajista, había retenido, no solamente aquel objeto, de la propiedad particular de lady Bartholomew, sino también otros artículos que fueron descubiertos, sin otro propósito, al parecer, que conseguir  influencia en  sectores que  podían ayudarle en sus ambiciosos planes.

Las indagaciones judiciales no dieron ningún resultado, llegándose a un veredicto de «crimen cometido por persona o personas desconocidas».

T. X. pasó una semana muy atareada y fatigosa siguiendo pistas fugitivas, que no conducían a ninguna parte. Recibió una carta de Juan Lexman anunciándole su viaje a los Estados Unidos. Una gran casa editora de revistas en Nueva York le había hecho proposiciones tan tentadoras, que había decidido ir en persona a discutir el contrato.

Los planes de Meredith iban ya tomando forma. Ya había decidido la línea de acción que había de seguir, y, en consecuencia, sostuvo una entrevista con su jefe y el ministro de Justicia.

—Sí, he tenido noticias de mi hija —contestó el político con cierto disgusto—, y ello me ha colocado en situación embarazosa. No puedo decir a usted exactamente en qué forma lo ha hecho, pero si puedo asegurarle que lo ha hecho.

— ¿Puedo ver su carta o su telegrama? —preguntó T. X.

—Imposible—replicó el ministro con solemnidad—. Me ha pedido que mantenga su comunicación en el mayor secreto. He escrito a mi mujer diciéndole que regrese. Me parece que la tensión constante a que estoy sometido es más de lo que un hombre puede soportar.

—Supongo —insistió pacientemente T. X. —que no podrá usted decirme a qué dirección ha contestado, ¿verdad?

—A ninguna—contestó el ministro, y se corrigió en seguida—. Es decir, ha sido esta mañana cuando he recibido  el telegrama..., el mensaje..., y no me dan la dirección para contestar.

—Me hago cargo—contestó T. X. Aquella tarde dio instrucciones a su secretario.

—Necesito que me saque usted una copia de toda la correspondencia particular de las columnas de los periódicos de mañana y de las últimas ediciones de los de esta noche. Téngamelo preparado para mañana por la mañana.

Cuando al día siguiente, a las nueve de la mañana, llegó T. X. a su oficina, encontró sobre su mesa las copias pedidas. Las leyó una por una con la mayor atención, y pronto encontró el anuncio que buscaba.

«B. M. —Me colocas en una situación violenta. Has sido muy irreflexiva. Recibo paquete dirigido tu madre, que he dejado en su habitación. No comprendo por qué quieres que me vaya el fin de semana y dé vacaciones a los criados, pero así lo he hecho. Tendrás que explicarme esto. Asunto llevado demasiado lejos.

Tu padre.»

—Esto es lo que yo buscaba—gritó jubiloso T. X. cuando hubo leído el anuncio.

Por lo general, no es febrero un mes de nieblas, sino mas bien de vendavales, heladas y nevadas; pero la noche del 17 de febrero fue tranquila y nublada. No era aquella típica niebla de Londres, tan temida por el forastero, sino uno de esos bancos de niebla que circulan por las calles, tan pronto envolviendo a los objetos próximos y haciéndolos invisibles, como disolviéndose hasta quedar reducidos a finísimos y diáfanos filamentos de gris pálido.

Sir Guillermo Bartholomew tenía una casa en Portman Place, que es una vía formada por solemnes edificios de feo aspecto exterior, pero notablemente confortables por dentro. Poco antes de las once de aquella noche del 17 de febrero, un «taxi» se detuvo en la unión de la calle Sussex y Portman Place, y de él bajó una muchacha. La niebla en aquel momento era inusitadamente espesa, y la joven vaciló un momento antes de dejar el abrigo que le proporcionaba el coche.

Dio al conductor unas instrucciones y avanzó con paso firme, volviéndose bruscamente y subiendo los escalones del número 173. Muy rápidamente insertó la llave en el orificio de la cerradura, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Encendió las luces del hall. La casa sonaba a hueca y desierta, lo cual le causó notable satisfacción. Apagó las luces y se abrió paso hacia la amplia escalera que conducía al primer piso; se detuvo un momento para encender otra luz que sabía no se vería desde la calle, y subió al segundo piso.

Miss Belinda Mary Bartholomew se congratuló del triunfo de su plan; la única duda que le quedaba era si el tocador estaría cerrado; pero su padre era un hombre muy descuidado para estos detalles, y Jaime, el mayordomo, uno de esos viejos estúpidos que nunca cierran nada.

Con gran satisfacción notó que la puerta se abría cuando hizo girar la manija. Alguien había tenido la consideración de bajar los visillos y correr las cortinas. Belinda Mary encendió la luz, lanzando un suspiro de alivio. La mesa escritorio de su madre estaba cubierta de cartas sin abrir; pero la joven apartó todas aquellas misivas en busca del paquete. No estaba allí, y el corazón le dio un vuelco. Acaso estuviera en algún cajón. Los abrió todos, sin resultado.

Belinda Mary quedó en pie ante la mesa, con la perplejidad retratada en su rostro y mordiéndose pensativamente un dedo.

— ¡Gracias a Dios! —exclamó dando un salto, al ver el paquete encima de la chimenea.

Cruzó la habitación y lo cogió. Con dedos temblorosos desgarró el papel que lo envolvía y descubrió el conocido estuche de cuero. Hasta que hubo abierto este estuche y visto la tabaquera, en un lecho de algodón en rama no quedó tranquila.

— ¡Gracias a Dios! —repitió en voz alta.

—Y a mí —añadió una voz.

Ella dio un bote, y se volvió con expresión de terror.

Mister..., mister Meredith —balbució.

T. X. estaba en pie al lado de las cortinas de la ventana, por entre las que habla hecho su dramática entrada en escena.

—Digo que también a mi hay que darme las gracias, miss Bartholomew —dijo.

— ¿Cómo sabe usted mi nombre?—preguntó ella con cierta curiosidad.

—Porque sé todo lo que pasa en el mundo —contestó él, y Belinda sonrió.

De pronto su rostro adquirió una expresión muy seria, y preguntó con sequedad: — ¿Quién le ha mandado a buscarme? ¿Mister Kara?

— ¿Mister Kara? —repitió T. X. asombrado.

—Me amenazó con entregarme a la Policía, y yo le desafié a que lo hiciera. No era la Policía quien me asustaba... Era el mismo Kara. Ya sabrá usted lo que yo fui a buscar allí: los objetos de mi madre.

La joven mostró la tabaquera en su estuche.

—Me acusó de robo, y estuvo muy odioso conmigo; luego me hizo bajar las escaleras, me metió en aquel horrible sótano y...

— ¿Y qué? —insinuó T. X.

—Eso es todo—contestó ella apretando los labios—... ¿Qué va usted a hacer ahora?

—Voy a hacerle a usted unas preguntas, si no le molesta. En primer lugar, ¿no ha vuelto usted a tener noticias de Kara desde que escapó de su casa? —He tenido buen cuidado de no ponerme en su camino.

—No es eso. ¿Ha leído usted los periódicos?

—He leído las columnas de anuncios privados. Le dije a papá que me contestara allí a mi telegrama.

—Lo sé, porque yo vi el anuncio de él —dijo T  X. sonriendo—. Por eso estoy aquí.

—Ya me lo temía yo. Mi padre es demasiado locuaz en letras de molde; ya sabe usted que es un gran orador. Lo único que yo le pedía era que dijera «sí» o «no». ¿Qué quería usted decirme con eso de los periódicos? ¿Le ha ocurrido algo a mí madre?

—Según mis noticias, lady Bartholomew disfruta de buena salud y está camino de Inglaterra.

—Entonces ¿por qué me ha hecho esa pregunta? ¿Qué había yo de leer en los periódicos?

—Algo sobre Kara —apuntó el detective.

Ella negó con la cabeza, asombrada.

—No sé nada de Kara, ni quiero saber. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque en la noche de su desaparición de la plaza Cadogan, Remington Kara murió asesinado.

— ¡Asesinado! —exclamó la muchacha.

—Recibió una puñalada en el corazón, dada por una persona o personas desconocidas.

T. X. sacó la mano del bolsillo con algo envuelto en papel de seda. Quitó éste cuidadosamente, mientras la muchacha le miraba fascinada y con una aprensión terrible. Pronto quedó el objeto al descubierto. Eran unas tijeras con los ojos envueltos en un pañolito sembrado de manchas morenas. Ella retrocedió un paso y se llevó las manos a las mejillas.

—Son mis tijeras —dijo atropelladamente—. No pensará usted...

Y se le quedó mirando, indecisa entre el pánico y la indignación.

—No pienso que haya usted cometido el crimen —contestó el detective sonriendo—, si era eso lo que iba usted a decir. Pero si cualquiera otra persona hubiera encontrado las tijeras e identificado este pañuelo, se habría usted visto en un serio aprieto, mi joven amiga.

Ella miró las tijeras y se estremeció.

—Yo maté... algo —confesó en voz baja—. Un perro horrible... No sé cómo lo hice: el animal saltó sobre mí, y ye no hice más que clavarle las tijeras y lo maté...

—Lo comprendí porque encontré al perro muerto. Y ahora explíqueme por qué no la encontré a usted.

De nuevo ella vaciló, y T. X. sospechó que le ocultaba algo.

—No sé cómo no me encontró. Allí estaba yo.

 — ¿Cómo salió usted?

—Y usted, ¿cómo salió? —preguntó ella a su vez.

— ¿Yo? Pues por la puerta —confesó él—. Parece un medio ridículamente vulgar de salir de un sitio, pero fue el único que encontré.

—Pues así fue como salí yo también.

—Pero la puerta estaba cerrada.

—Ya veo—dijo ella, sonriendo débilmente—. Yo estaba en el sótano. Oí que metía usted la llave en la cerradura y dejé caer la trampa colocando en la mesa esas horribles tijeras. Me pareció que sería Kara con algún amigo, y luego las voces se extinguieron y me aventuré a subir, y vi que usted había dejado la puerta abierta. Así..., así yo... Aquellas pausas intrigaban a T. X. Había algo que ella no le confesaba, algo que hasta entonces no había revelado.

—Así fue como salí. Llegué a la cocina; no había nadie; subí a la escalera; salí a la calle, y en la esquina encontré un «taxi»..., y eso es todo.

Belinda Mary separó las manos en un gesto dramático.

— ¿Todo? —preguntó T. X.

—Todo —repitió ella—. Y  ahora, ¿qué  va usted a hacer?

T. X. miró al techo, pellizcándose la barbilla. —Supongo que debería detenerla. Me parece que algo tengo que hacer. Y dígame: ¿durmió usted en la cama del sótano inferior?

— ¿Del sótano inferior? —repitió ella despacio.

Hubo un silencio, y luego contestó Belinda: —Sí, dormí en aquella cama.

Casi a cada palabra había un intervalo de vacilación.

— ¿Qué va usted a hacer? —repitió.

La joven se sentía cada vez más segura de sí misma, y había reprimido ya el pánico que la repentina aparición del detective le produjo. Le observó con más atención. Vio que era regularmente guapo, tenía hermosos ojos grises, una nariz recta y una barbilla firme.

—Creo —insinuó ella con suavidad—que debería usted detenerme.

—No diga tonterías —replicó T. X.

Ella le miró, asombrada.

— ¿Qué dice? —preguntó colérica.

--Que no diga usted tonterías —repitió el tranquilo joven.

— ¿Sabe usted que eso es una incorrección?

— ¡Ah! ¿Sí?

El detective pareció interesado y sorprendido ante aquella desviación del asunto.

—Naturalmente —continuó ella, ajustándose el vestido y evitando mirar a su interlocutor—; ya sé que para usted yo soy una tonta y tengo un nombre cómico.

—Nunca he dicho yo que tuviera usted un nombre cómico —replicó él con frialdad—. No me habría tomado semejante libertad.

—Dijo usted que era fantástico, lo cual es peor.

—Puedo haber dicho que fuera fantástico —confesó el detective—; pero esto es muy distinto de decir que sea cómico. Hay dignidad en las cosas fantásticas. Por ejemplo, las pesadillas no son cómicas, pero son fantásticas.

—Gracias —dijo ella con intención.

—Con esto no quiero decir que su nombre se parezca a una pesadilla —dijo T. X., haciendo esta concesión con un gesto magnifico, como un rey que concediera a su interlocutor el derecho a permanecer cubierto en su presencia—. Creo yo que Belinda Ana...

—Belinda Mary —corrigió ella.

—Iba a decir Belinda Mary...

—No iba usted a decir semejante cosa.

—De todos modos, creo que Belinda Mary es un nombre precioso.

—Eso no lo piensa usted. Los dos sentían unos deseos locos de reír.

—Dijo usted  que  era  un nombre  fantástico y sigue usted pensando lo mismo;  pero, en realidad, no deben molestarme las opiniones ajenas. También yo creo que es un nombre fantástico. Me lo pusieron en recuerdo de una  tía —añadió a guisa de excusa.

—En eso me lleva usted ventaja —dijo el comisario, inclinándose cortésmente—. A mí me dieron el nombre del perro favorito de mi padre.

—¿Qué significa T. X.? —preguntó Belinda, curiosa.

—Tomás Xavier—contestó él, y por espacio de un minuto ella estuvo medio tumbada en la butaca y riendo a carcajadas.

—Es cómico, ¿verdad? —preguntó él.

—Siento haberme reído; pero, la verdad... Mire que llamarse Tommy  Xavier...; quiero decir, Tomás Xavier...

—Puede usted llamarme Tommy, si le gusta más. Casi todos mis amigos me llaman así.

—Desgraciadamente, yo no soy amiga suya, por lo que continuaré llamándole mister Meredith, si no le importa.

Belinda Mary miró el reloj.

—Si no va usted a detenerme, me marcho —dijo.

—Ciertamente, no tengo la intención de detenerla, pero voy a acompañarla a usted.

Ella se levantó de su asiento.

—Nada de eso —dijo, en tono que no admitía réplica.

El quedó muy sorprendido ante la negativa.

—Pero, mi querida niña...—protestó.

—Haga el favor de no decirme «querida niña» —replicó ella muy seria—. Usted me dejará irme sola a mi casa.

Le alargó la mano, y el llamamiento a la risa en sus hermosos ojos era irresistible.

—Bueno, le buscaré un «taxi»—insinuó él.

—Y escuchará usted disimuladamente la dirección que yo le dé al conductor, ¿verdad?

Belinda movió la cabeza en gesto de reprobación.

—Debe de ser una cosa horrible ser policía —añadió.

El estaba en pie con los brazos cruzados y una arruga vertical en la frente.

—Veo que no se fía usted de mí —observó.

—No —corroboró ella.

—Bueno. De todos modos le buscaré el «taxi» y le daré al conductor la dirección de la estación de Charing Cross, y en el camino puede usted revocar la orden.

—¿Y me promete usted no seguirme?

—Se lo juro por mi honor. Pero con una condición.

—No admito condiciones —replicó ella, altanera.

—Atienda usted a razones —replicó él—. La condición que le impongo es que pueda yo concertar una cita con usted siempre que la necesite. Le digo con franqueza que esto es preciso, Belinda Mary.

Miss Bartholomew —corrigió ella fríamente.

—Es preciso —continuó él—, y usted lo comprenderá. Prométame que si publico un anuncio en la sección de correspondencia de cualquiera de los periódicos de la noche que le diga, o en el Morning Post, acudirá a la cita que yo concierte, si es humanamente posible.

Ella vaciló un momento. Luego le alargó la mano.

—Se lo prometo.

—Bien, Belinda Mary —dijo él, y cogiéndola del brazo la sacó de la habitación, apagó la luz y bajaron la escalera.

—Buenas noches —le dijo—, estrechándole la mano.

—Esta es la tercera vez que me estrecha usted la mano esta noche —observó ella.

—No me deje con mal sabor de boca —suplicó él—, y acuérdese.

—Lo he prometido.

—Y algún día —continuó T. X.—me contará usted lo que sucedió en el sótano de Kara.

—Ya se lo he dicho —contestó Belinda  en  voz baja.

—No me lo ha dicho usted todo, niña.

El detective la ayudó a subir al «taxi», cerró la portezuela y acercó la cabeza a la ventanilla bajada.

—¿Victoria o Marble Arch? —preguntó cortésmente.

—Charing Cross—contestó ella sonriendo.

T. X. vio cómo el coche se alelaba, y luego, repentinamente, se detuvo, y una figura se asomó por la ventanilla, llamándole frenéticamente. El detective corrió hacia el «auto».

—¿Y si yo le necesito a usted? —preguntó Belinda.

—Ponga usted un anuncio encabezado así: «Querido Tommy.»

—No, señor; pondré «T. X.»—replicó ella, indignada.

—Entonces no me enteraré de su anuncio —replicó él, y quedó en medio de la calle con el sombrero en la mano, hasta que el «taxi» se hubo perdido de vista.