CAPITULO
XV
Después de una noche trabajosa y sin dormir,
T. X. entró a la mañana siguiente en el despacho del jefe superior para darle
cuenta. Los periódicos de la mañana anunciaban con grandes titulares: «El
misterioso crimen de Chelsea», pero la información era bastante mediocre.
—Hasta ahora —dijo T. X. a su superior— no he
podido encontrar a Gathercole ni al criado. Lo único que sabemos de Gathercole
es que envió su artículo al Times con su tarjeta. Los criados de su club no dan
indicios sobre su paradero. Es un hombre muy excéntrico, que sólo va allí
accidentalmente, y el camarero con quien he hablado me ha dicho que ocurría con
frecuencia que Gathercole llegaba y se marchaba, sin que nadie se diera cuenta
de su presencia. Hemos estado en su antiguo domicilio de Lincoln's Inn; pero al
parecer se mudó de allí antes de marchar a Patagonia. La única pista que tengo
es que un hombre, cuya descripción coincide hasta cierto punto con la suya,
salió anoche en el tren de las once para París.
—Habrá usted interrogado también a la
secretaria, supongo—apuntó sir Jorge.
Esta era la pregunta que T. X. había estado
temiendo.
—También ha desaparecido —contestó
brevemente—. En realidad no se la ha vuelto a ver desde las cinco y treinta de
ayer por la tarde.
Sir Jorge se echó atrás en su sillón giratorio y se pasó la mano por su
cabellera gris.
—La única persona que parece haberse quedado
—dijo con sarcasmo— es el propio Kara. ¿Quiere usted que encomiende este caso a
otro? En realidad, no es trabajo para usted. ¿O quiere usted encargarse de
ello?
—Preferiría encargarme de ello, señor
—contestó con firmeza T. X.
— ¿Ha descubierto usted algo más relacionado
con Kara?
—Sí, y todo ello es eminentemente deshonroso
para él. Parece que tenía ambición de ocupar un puesto elevadísimo en Albania.
A este fin tenía sobornados a los funcionarios turcos y albaneses, y también ha
hecho gestiones en nuestro país. Me ha dicho Bartholomew que Kara le había
insinuado ya sobre la posibilidad de que el Gobierno inglés reconociera un faít accompli en Albania, y le había
inducido a emplear su influencia en el Consejo de ministros para reconocer las
consecuencias de cualquier revolución. No hay duda alguna de que Kara ha
maquinado todos los asesinatos políticos que han ensangrentado a Albania
durante el año pasado. También hemos encontrado en la casa grandes cantidades
de dinero y documentos, que hemos entregado al Ministerio de Estado para que
los descifren.
Sir Jorge reflexionó durante largo rato, y luego dijo: —Tengo idea de que
si encontramos a la secretaria habremos recorrido la mitad del camino hacia la
solución del misterio.
T. X. salió del despacho de bastante mal
humor. Iba a almorzar cuando recordó su promesa de visitar a Juan Lexman.
¿Podría Lexman dar una pista para aquella
trágica maraña? T. X. asomó la cabeza por la ventanilla y dio una orden al
conductor del «taxi». El vehículo paraba ante la puerta del hotel Great Midland
precisamente cuando salía Juan Lexman.
—Venga a comer conmigo —le dijo el detective—.
Supongo que ya sabrá usted la noticia.
—He leído que Kara ha sido asesinado, si es a
esto a lo que se refiere usted. Si que es coincidencia que yo hubiera estado
hablando de ello anoche en el preciso momento en que sonó el timbre de su
teléfono... ¡Ojalá no estuviera usted metido en esto!...
— ¿Por qué? —preguntó sorprendido, el
comisario—. ¿Y a qué se refiere usted al
decir en esto?
—En concreto: hubiera deseado que no estuviese
usted presente cuando volví anoche. Quería terminar con toda la sórdida
cuestión sin envolver a mis amigos. . .
—Creo que es usted demasiado sensible —dijo el
otro sonriendo y dándole una palmada en la espalda—. Quiero que se confíe
enteramente a mí y me diga algo que pueda ayudarme a aclarar el misterio.
—Haría por usted cualquier cosa, T. X.
—contestó Juan Lexman serenamente—; tanto más cuanto que me he enterado de lo
bueno que ha sido con la pobre Gracia; pero en este asunto no puedo ayudarle.
Odié a Kara vivo y le odio muerto —gritó con una pasión inconfundible—. Ha sido
la cosa mas vil que ha respirado en este mundo. No había villanía ni crueldad,
por horrible que fuera, de la que no se vanagloriara este monstruo. Si alguna
vez el demonio se ha encarnado en la
Tierra, indudablemente tomó el cuerpo de Kara. Su muerte, a
juzgar por lo que se sabe, ha sido demasiado buena. Pero si existe Dios, este
hombre, indudablemente, pagará su crimen con una eternidad de tormentos.
T. X. le miró asombrado. El odio le ahogaba.
Nunca hasta entonces había experimentado o presenciado el detective tan
tremenda tempestad de odio.
—¿Qué le ha hecho a usted Kara? —preguntó.
El otro miró por la ventanilla.
—Siento no poder responder a eso —contestó
algo más calmado—. Algún día se lo contaré todo; pero de momento será mejor que
me calle. Sin embargo, le diré a usted esto...
Se volvió y miró al detective a la cara.
—Kara torturó y mató a mi esposa.
T. X.
no habló más.
Cuando se hubieron sentado en el restaurante,
volvió indirectamente al mismo tema.
— ¿Conoce usted a Gathercole? —le preguntó el
detective.
—Creo que ya me ha hecho usted esta misma
pregunta o habrá sido otra persona. Si, le conozco. Es un hombre excéntrico,
con un brazo artificial.
—Exacto —confirmó T. X. suspirando—. Es uno de
los pocos hombres a quienes querría encontrar ahora mismo.
— ¿Por qué?
—Porque, al parecer, fue el último que vio a
Kara vivo.
Juan Lexman miró a su acompañante con
expresión de disgusto.
— ¿Supongo que no sospechará usted de
Gathercole?—dijo.
—Naturalmente —contestó el otro con sequedad—.
En primer lugar, el hombre que cometió el crimen tenia dos manos, y necesitó
las dos. No; sólo quería preguntar a este caballero el tema de su conversación.
También quería saber quién estaba en la alcoba con Kara cuando entró
Gathercole.
Lexman miró con interés al detective.
—Y aun cuando me enterara de quién era esta
tercera persona, todavía me quedaría como motivo de perplejidad el hecho de que
salieron y echaron desde fuera el pesado cerrojo. Ahora bien, amigo
Lexman—añadió humorísticamente—: en sus buenos tiempos usted habría urdido con
todo esto una magnifica novela. ¿Cómo habría hecho usted escapar al criminal?
Lexman reflexionó.
— ¿Ha examinado usted la caja?—preguntó.
—Sí.
— ¿Había muchas cosas en ella?
T. X. puso cara de sorpresa.
—No. Los libros y las cosas corrientes. ¿Por
qué?
—Porque muy bien podría ocurrir que esta caja
tuviera dos puertas, de modo que fuera factible pasar por ella al otro lado de
la pared.
—Ya he pensado en ello.
—Claro está —añadió Lexman, echándose atrás y
jugueteando con un salero—que al escribir una novela en la que no hay que
tratar con posibilidades absolutas, siempre se podría hacer que Kara tuviera
una caja en estas condiciones, a fin de poder escapar en caso de peligro. Podía
tener una escala de cuerda arrollada en su interior, abrir la puerta posterior
arrojar la escala a un amigo, y por algún sencillo mecanismo desprenderla
cuando se hubiera utilizado y hacer que la puerta volviera a cerrarse.
-—Es una idea muy ingeniosa; pero,
desgraciadamente, no tiene aplicación a este caso. He visto a los fabricantes
de la caja, y no hay nada original en ella, más que el hecho de montarla tal
como está. ¿Se le ocurre a usted alguna
otra idea?
Lexman estuvo otro rato meditando.
—No habrá que pensar en trampas en el suelo,
tableros secretos en las paredes, ni resortes misteriosos que al oprimirlos
descubren en la pared escaleras de caracol... Todo esto es muy vulgar.
T. X. esperaba pacientemente.
—-Debo confesar que en mis primeras novelas
era yo muy aficionado a esta clase de trucos; pero la edad ha traído
experiencia, y he descubierto la imposibilidad de convencer a un arquitecto,
aun para una cosa tan corriente como la pila de un lavadero. Sería mucho más
difícil inducirle a construir una casa con muros dobles y cámaras secretas.
— ¿Entonces?
—Entonces hay una posibilidad, naturalmente,
de que el cerrojo de acero haya sido accionado por alguien desde el exterior
por algún ingenioso dispositivo magnético y vuelto a correr de un modo
parecido.
—También he pensado en ello, y esta misma
mañana he hecho las pruebas mas cuidadosas. Es completamente imposible mover la
barra de acero, porque tiene además un vástago que encaja en un cojinete, del
que no puede sacarse más que apretando el botón. Otra cosa, Juan Lexman se echó
hacia atrás, y el espectro de una sonrisa vagó por sus labios.
—No acierto a comprender por qué demonios
estoy ayudándole a descubrir al asesino de Kara —dijo; pero voy a exponerle una
tercera teoría, al mismo tiempo que le advierto lealmente que a lo mejor le
estoy desviando a usted de la verdadera pista. ¡Porque Dios es testigo de quo
no tengo el menor deseo de que se descubra al asesino! Reflexionó un momento.
— ¿La chimenea sería, naturalmente,
inaccesible? —Ardía un gran
fuego en la parrilla —explicó T. X. —, tan enorme que la temperatura de la
habitación era sofocante. Juan Lexman hizo un signo afirmativo. —Sí, ésa era
una costumbre de Kara. Si le he de decir la verdad, ahora caigo en que lo que
le he dicho del empleo del magnetismo para descorrer el cerrojo era imposible,
porque yo era muy amigo de Kara cuando
lo instaló, y conozco bastante bien el mecanismo, aunque de momento lo había
olvidado. Y a propósito: ¿cuál es su propia opinión?
T. X. hizo un gesto de duda.
—Aún no he formado una opinión clara —dijo con
cautela—; pero hasta ahora creo que Kara
estaba acostado, probablemente leyendo uno de los libros que se encontraron al
lado de la cama, cuando fue atacado repentinamente. Kara cogió el teléfono para
pedir auxilio, pero sus agresores le mataron en seguida.
Hubo un nuevo silencio.
—Si, ésa es una teoría —comentó Juan Lexman,
hablando cautelosamente—; pero, como digo, me niego a quebrarme la cabeza por
un asunto que no me interesa. ¿Ha encontrado usted el arma?
T. X. negó con la cabeza.
— ¿Había además en la habitación otros rasgos
particulares que le sorprendieran a usted y que no me haya comunicado?
T. X. vaciló.
—Había dos velitas —contestó—. Una en el
centro de la habitación y otra debajo de la cama. La primera era una vela de
árbol de Navidad; la otra era una vela corriente, de las que venden en las
tiendas de comestibles, cortada probablemente en la misma alcoba. Hemos
encontrado en el suelo pedacitos de cera, y para mí es evidente que la parte
cortada fue arrojada al fuego, pues también allí encontramos un charquito de
cera derretida.
—Ya. ¿Y algo más?
—La vela pequeña estaba doblada en la forma de
un sacacorchos.
—El misterio de la vela doblada —murmuró Juan
Lexman—. Ese sí que es buen título para una novela. Kara detestaba las novelas.
— ¿Por qué?
Lexman se echó atrás en el diván y sacó de su
pitillera de plata un cigarrillo.
—Mis correrías —dijo— me han llevado a muchos
sitios raros. He visitado un país que usted probablemente no conocerá nunca, y
que rara vez visitan los viajeros que escriben relatos de viajes. Hay en él
extrañas aldeas colgadas en los más abruptos acantilados que pueda usted
imaginar. He vivido en comunidades que no reconocían rey ni gobierno. Tenían
sus leyes, que se transmitían de padres a hijos; es una nación que carece de
lenguaje escrito. Administran sus leyes rígida y drásticamente. Los castigos
que aplican son crueles, inhumanos. Yo he visto cómo a una mujer sorprendida en
adulterio la apedreaban hasta hacerla morir, de acuerdo con las más puras
tradiciones bíblicas, y también he visto sacar los ojos a un bandido. T. X. se
estremeció.
—He visto cómo a un testigo falso le
arrancaban la lengua en un mercado público. A veces, los turcos o el abigarrado
Gobierno del país enviaban unos gendarmes e iniciaban una especie de
administración esporádica. Esto solía terminar en que los gendarmes caían en la
barbarie ambiente o desaparecían de la faz de la Tierra, acudiendo toda una
comunidad de asesinos a testimoniar como un solo hombre el hecho de que se
habían suicidado o se habían fugado con las esposas de algunos ciudadanos.
En algunas de estas comunidades, la vela desempeñaba un papel importantísimo.
No es la vela que venden en las tiendas y que usted conoce, sino una mecha
impregnada de grasa de cordero. Arrolle usted tres de estas velas entre los
dedos de su mano y manténgalos separados con cuñas de madera, prenda usted,
fuego a las velas y déjelas que vayan consumiéndose. ¿Se imagina usted la
escena? O bien, coloque usted una vela sobre un rastro de pólvora que conduzca
a un montón de virutas bien impregnadas de aceite a los pies de un hombre
atado. O una vela fija sobre la cabeza afeitada de un hombre... Hay centenares
de variaciones, y la vela representa un papel, como le digo, muy importante
en todas ellas. No sé cuál de ellas
aterraba más a Kara; pero si se de una o
dos que él mismo empleó.
— ¿Tan malo era? —preguntó T. X.
Lexman le miró gravemente.
—No puede usted imaginárselo —contestó.
Cuando terminaban de comer, el camarero le
trajo una carta que habían enviado a la oficina de T X.
El detective leyó: «Querido mister Meredith: En respuesta a la
pregunta que me hizo debo contestarle que me parece que mi hija está en
Londres; pero esto no lo he sabido hasta esta mañana. Me informa mi banquero
que mi hija fue esta mañana al Banco y retiró una considerable cantidad de dinero
de su cuenta privada; pero ignoro en absoluto dónde haya ido ni lo que haya
hecho con el dinero. No necesito decirle que me preocupa mucho este asunto, y
me alegraría que usted me explicara, francamente qué es todo ello.
Guillermo Bartholomew.» T. X. lanzó una
exclamación.
— ¿Por qué no se me ocurriría ir al Banco esta
mañana? Estoy viendo que me van a dejar cesante.
Juan Lexman demostró gran preocupación.
— ¿Lo dice usted de veras?
—No. Claro está que exagero. Pero no creo que
el jefe superior esté ahora muy contento conmigo. Me he metido en este asunto
sin autoridad ninguna... No es de mi sección. Pero aún no me ha explicado usted
su teoría de las velas.
—No tengo ninguna teoría que explicarle
—contestó Lexman, doblando la servilleta—. Las velas sugieren la idea de un
crimen típicamente albanés. No digo que así fuera; sólo insinúo el posible
carácter de este crimen.
Con esto tuvo que contentarse el detective. Si
no eran
misión suya los crímenes vulgares —aunque aquél difícilmente
podía calificarse así—, sí formaba parte de las peculiares funciones de su
sección la devolución a lady
Bartholomew de cierta tabaquera muy complicada que había encontrado en la caja.
Se habían descubierto entre sus papeles cartas que aclaraban la intervención de
Kara en aquel asunto. Aunque no se había portado como un vulgar chantajista,
había retenido, no solamente aquel objeto, de la propiedad particular de lady Bartholomew, sino también otros
artículos que fueron descubiertos, sin otro propósito, al parecer, que
conseguir influencia en sectores que
podían ayudarle en sus ambiciosos planes.
Las indagaciones judiciales no dieron ningún
resultado, llegándose a un veredicto de «crimen cometido por persona o personas
desconocidas».
T. X. pasó una semana muy atareada y fatigosa
siguiendo pistas fugitivas, que no conducían a ninguna parte. Recibió una carta
de Juan Lexman anunciándole su viaje a los Estados Unidos. Una gran casa
editora de revistas en Nueva York le había hecho proposiciones tan tentadoras,
que había decidido ir en persona a discutir el contrato.
Los planes de Meredith iban ya tomando forma.
Ya había decidido la línea de acción que había de seguir, y, en consecuencia,
sostuvo una entrevista con su jefe y el ministro de Justicia.
—Sí, he tenido noticias de mi hija —contestó
el político con cierto disgusto—, y ello me ha colocado en situación
embarazosa. No puedo decir a usted exactamente en qué forma lo ha hecho, pero
si puedo asegurarle que lo ha hecho.
— ¿Puedo ver su carta o su telegrama?
—preguntó T. X.
—Imposible—replicó el ministro con
solemnidad—. Me ha pedido que mantenga su comunicación en el mayor secreto. He
escrito a mi mujer diciéndole que regrese. Me parece que la tensión constante a
que estoy sometido es más de lo que un hombre puede soportar.
—Supongo —insistió pacientemente T. X. —que no
podrá usted decirme a qué dirección ha contestado, ¿verdad?
—A ninguna—contestó el ministro, y se corrigió
en seguida—. Es decir, ha sido esta mañana cuando he recibido el telegrama..., el mensaje..., y no me dan
la dirección para contestar.
—Me hago cargo—contestó T. X. Aquella tarde
dio instrucciones a su secretario.
—Necesito que me saque usted una copia de toda
la correspondencia particular de las columnas de los periódicos de mañana y de
las últimas ediciones de los de esta noche. Téngamelo preparado para mañana por
la mañana.
Cuando al día siguiente, a las nueve de la
mañana, llegó T. X. a su oficina, encontró sobre su mesa las copias pedidas.
Las leyó una por una con la mayor atención, y pronto encontró el anuncio que
buscaba.
«B. M. —Me colocas en una situación violenta.
Has sido muy irreflexiva. Recibo paquete dirigido tu madre, que he dejado en su
habitación. No comprendo por qué quieres que me vaya el fin de semana y dé
vacaciones a los criados, pero así lo he hecho. Tendrás que explicarme esto.
Asunto llevado demasiado lejos.
Tu padre.»
—Esto es lo que yo buscaba—gritó jubiloso T.
X. cuando hubo leído el anuncio.
Por lo general, no es febrero un mes de
nieblas, sino mas bien de vendavales, heladas y nevadas; pero la noche del 17
de febrero fue tranquila y nublada. No era aquella típica niebla de Londres,
tan temida por el forastero, sino uno de esos bancos de niebla que circulan por
las calles, tan pronto envolviendo a los objetos próximos y haciéndolos
invisibles, como disolviéndose hasta quedar reducidos a finísimos y diáfanos
filamentos de gris pálido.
Sir Guillermo Bartholomew tenía una casa en Portman Place, que es una vía
formada por solemnes edificios de feo aspecto exterior, pero notablemente
confortables por dentro. Poco antes de las once de aquella noche del 17 de
febrero, un «taxi» se detuvo en la unión de la calle Sussex y Portman Place, y
de él bajó una muchacha. La niebla en aquel momento era inusitadamente espesa,
y la joven vaciló un momento antes de dejar el abrigo que le proporcionaba el
coche.
Dio al conductor unas instrucciones y avanzó
con paso firme, volviéndose bruscamente y subiendo los escalones del número
173. Muy rápidamente insertó la llave en el orificio de la cerradura, abrió la
puerta y la cerró tras de sí. Encendió las luces del hall. La casa sonaba a
hueca y desierta, lo cual le causó notable satisfacción. Apagó las luces y se
abrió paso hacia la amplia escalera que conducía al primer piso; se detuvo un
momento para encender otra luz que sabía no se vería desde la calle, y subió al
segundo piso.
Miss Belinda Mary Bartholomew se congratuló del triunfo de su plan; la
única duda que le quedaba era si el tocador estaría cerrado; pero su padre era
un hombre muy descuidado para estos detalles, y Jaime, el mayordomo, uno de
esos viejos estúpidos que nunca cierran nada.
Con gran satisfacción notó que la puerta se
abría cuando hizo girar la manija. Alguien había tenido la consideración de
bajar los visillos y correr las cortinas. Belinda Mary encendió la luz,
lanzando un suspiro de alivio. La mesa escritorio de su madre estaba cubierta
de cartas sin abrir; pero la joven apartó todas aquellas misivas en busca del
paquete. No estaba allí, y el corazón le dio un vuelco. Acaso estuviera en
algún cajón. Los abrió todos, sin resultado.
Belinda Mary quedó en pie ante la mesa, con la
perplejidad retratada en su rostro y mordiéndose pensativamente un dedo.
— ¡Gracias a Dios! —exclamó dando un salto, al
ver el paquete encima de la chimenea.
Cruzó la habitación y lo cogió. Con dedos
temblorosos desgarró el papel que lo envolvía y descubrió el conocido estuche
de cuero. Hasta que hubo abierto este estuche y visto la tabaquera, en un lecho
de algodón en rama no quedó tranquila.
— ¡Gracias a Dios! —repitió en voz alta.
—Y a mí —añadió una voz.
Ella dio un bote, y se volvió con expresión de
terror.
—Mister...,
mister Meredith —balbució.
T. X. estaba en pie al lado de las cortinas de
la ventana, por entre las que habla hecho su dramática entrada en escena.
—Digo que también a mi hay que darme las
gracias, miss Bartholomew —dijo.
— ¿Cómo sabe usted mi nombre?—preguntó ella
con cierta curiosidad.
—Porque sé todo lo que pasa en el mundo
—contestó él, y Belinda sonrió.
De pronto su rostro adquirió una expresión muy
seria, y preguntó con sequedad: — ¿Quién le ha mandado a buscarme? ¿Mister
Kara?
— ¿Mister Kara? —repitió T. X. asombrado.
—Me amenazó con entregarme a la Policía, y yo le desafié a
que lo hiciera. No era la
Policía quien me asustaba... Era el mismo Kara. Ya sabrá
usted lo que yo fui a buscar allí: los objetos de mi madre.
La joven mostró la tabaquera en su estuche.
—Me acusó de robo, y estuvo muy odioso
conmigo; luego me hizo bajar las escaleras, me metió en aquel horrible sótano
y...
— ¿Y qué? —insinuó T. X.
—Eso es todo—contestó ella apretando los
labios—... ¿Qué va usted a hacer ahora?
—Voy a hacerle a usted unas preguntas, si no
le molesta. En primer lugar, ¿no ha vuelto usted a tener noticias de Kara desde
que escapó de su casa? —He tenido buen cuidado de no ponerme en su camino.
—No es eso. ¿Ha leído usted los periódicos?
—He leído las columnas de anuncios privados.
Le dije a papá que me contestara allí a mi telegrama.
—Lo sé, porque yo vi el anuncio de él —dijo
T X. sonriendo—. Por eso estoy aquí.
—Ya me lo temía yo. Mi padre es demasiado
locuaz en letras de molde; ya sabe usted que es un gran orador. Lo único que yo
le pedía era que dijera «sí» o «no». ¿Qué quería usted decirme con eso de los
periódicos? ¿Le ha ocurrido algo a mí madre?
—Según mis noticias, lady Bartholomew disfruta de buena salud y está camino de
Inglaterra.
—Entonces ¿por qué me ha hecho esa pregunta?
¿Qué había yo de leer en los periódicos?
—Algo sobre Kara —apuntó el detective.
Ella negó con la cabeza, asombrada.
—No sé nada de Kara, ni quiero saber. ¿Por qué
me lo pregunta?
—Porque en la noche de su desaparición de la
plaza Cadogan, Remington Kara murió asesinado.
— ¡Asesinado! —exclamó la muchacha.
—Recibió una puñalada en el corazón, dada por
una persona o personas desconocidas.
T. X. sacó la mano del bolsillo con algo
envuelto en papel de seda. Quitó éste cuidadosamente, mientras la muchacha le
miraba fascinada y con una aprensión terrible. Pronto quedó el objeto al
descubierto. Eran unas tijeras con los ojos envueltos en un pañolito sembrado
de manchas morenas. Ella retrocedió un paso y se llevó las manos a las
mejillas.
—Son mis tijeras —dijo atropelladamente—. No
pensará usted...
Y se le quedó mirando, indecisa entre el
pánico y la indignación.
—No pienso que haya usted cometido el crimen
—contestó el detective sonriendo—, si era eso lo que iba usted a decir. Pero si
cualquiera otra persona hubiera encontrado las tijeras e identificado este
pañuelo, se habría usted visto en un serio aprieto, mi joven amiga.
Ella miró las tijeras y se estremeció.
—Yo maté... algo —confesó en voz baja—. Un
perro horrible... No sé cómo lo hice: el animal saltó sobre mí, y ye no hice
más que clavarle las tijeras y lo maté...
—Lo comprendí porque encontré al perro muerto.
Y ahora explíqueme por qué no la encontré a usted.
De nuevo ella vaciló, y T. X. sospechó que le
ocultaba algo.
—No sé cómo no me encontró. Allí estaba yo.
— ¿Cómo
salió usted?
—Y usted, ¿cómo salió? —preguntó ella a su
vez.
— ¿Yo? Pues por la puerta —confesó él—. Parece
un medio ridículamente vulgar de salir de un sitio, pero fue el único que
encontré.
—Pues así fue como salí yo también.
—Pero la puerta estaba cerrada.
—Ya veo—dijo ella, sonriendo débilmente—. Yo
estaba en el sótano. Oí que metía usted la llave en la cerradura y dejé caer la
trampa colocando en la mesa esas horribles tijeras. Me pareció que sería Kara
con algún amigo, y luego las voces se extinguieron y me aventuré a subir, y vi
que usted había dejado la puerta abierta. Así..., así yo... Aquellas pausas
intrigaban a T. X. Había algo que ella no le confesaba, algo que hasta entonces
no había revelado.
—Así fue como salí. Llegué a la cocina; no
había nadie; subí a la escalera; salí a la calle, y en la esquina encontré un
«taxi»..., y eso es todo.
Belinda Mary separó las manos en un gesto
dramático.
— ¿Todo? —preguntó T. X.
—Todo —repitió ella—. Y ahora, ¿qué
va usted a hacer?
T. X. miró al techo, pellizcándose la
barbilla. —Supongo que debería detenerla. Me parece que algo tengo que hacer. Y
dígame: ¿durmió usted en la cama del sótano inferior?
— ¿Del sótano inferior? —repitió ella
despacio.
Hubo un silencio, y luego contestó Belinda:
—Sí, dormí en aquella cama.
Casi a cada palabra había un intervalo de
vacilación.
— ¿Qué va usted a hacer? —repitió.
La joven se sentía cada vez más segura de sí
misma, y había reprimido ya el pánico que la repentina aparición del detective
le produjo. Le observó con más atención. Vio que era regularmente guapo, tenía
hermosos ojos grises, una nariz recta y una barbilla firme.
—Creo —insinuó ella con suavidad—que debería
usted detenerme.
—No diga tonterías —replicó T. X.
Ella le miró, asombrada.
— ¿Qué dice? —preguntó colérica.
--Que no diga usted tonterías —repitió el
tranquilo joven.
— ¿Sabe usted que eso es una incorrección?
— ¡Ah! ¿Sí?
El detective pareció interesado y sorprendido
ante aquella desviación del asunto.
—Naturalmente —continuó ella, ajustándose el
vestido y evitando mirar a su interlocutor—; ya sé que para usted yo soy una
tonta y tengo un nombre cómico.
—Nunca he dicho yo que tuviera usted un nombre
cómico —replicó él con frialdad—. No me habría tomado semejante libertad.
—Dijo usted que era fantástico, lo cual es
peor.
—Puedo haber dicho que fuera fantástico
—confesó el detective—; pero esto es muy distinto de decir que sea cómico. Hay
dignidad en las cosas fantásticas. Por ejemplo, las pesadillas no son cómicas,
pero son fantásticas.
—Gracias —dijo ella con intención.
—Con esto no quiero decir que su nombre se
parezca a una pesadilla —dijo T. X., haciendo esta concesión con un gesto
magnifico, como un rey que concediera a su interlocutor el derecho a permanecer
cubierto en su presencia—. Creo yo que Belinda Ana...
—Belinda Mary —corrigió ella.
—Iba a decir Belinda Mary...
—No iba usted a decir semejante cosa.
—De todos modos, creo que Belinda Mary es un
nombre precioso.
—Eso no lo piensa usted. Los dos sentían unos
deseos locos de reír.
—Dijo usted
que era un nombre
fantástico y sigue usted pensando lo mismo; pero, en realidad, no deben molestarme las
opiniones ajenas. También yo creo que es un nombre fantástico. Me lo pusieron
en recuerdo de una tía —añadió a guisa
de excusa.
—En eso me lleva usted ventaja —dijo el
comisario, inclinándose cortésmente—. A mí me dieron el nombre del perro
favorito de mi padre.
—¿Qué significa T. X.? —preguntó Belinda,
curiosa.
—Tomás Xavier—contestó él, y por espacio de un
minuto ella estuvo medio tumbada en la butaca y riendo a carcajadas.
—Es cómico, ¿verdad? —preguntó él.
—Siento haberme reído; pero, la verdad... Mire
que llamarse Tommy Xavier...; quiero
decir, Tomás Xavier...
—Puede usted llamarme Tommy, si le gusta más.
Casi todos mis amigos me llaman así.
—Desgraciadamente, yo no soy amiga suya, por
lo que continuaré llamándole mister
Meredith, si no le importa.
Belinda Mary miró el reloj.
—Si no va usted a detenerme, me marcho —dijo.
—Ciertamente, no tengo la intención de
detenerla, pero voy a acompañarla a usted.
Ella se levantó de su asiento.
—Nada de eso —dijo, en tono que no admitía
réplica.
El quedó muy sorprendido ante la negativa.
—Pero, mi querida niña...—protestó.
—Haga el favor de no decirme «querida niña»
—replicó ella muy seria—. Usted me dejará irme sola a mi casa.
Le alargó la mano, y el llamamiento a la risa
en sus hermosos ojos era irresistible.
—Bueno, le buscaré un «taxi»—insinuó él.
—Y escuchará usted disimuladamente la
dirección que yo le dé al conductor, ¿verdad?
Belinda movió la cabeza en gesto de
reprobación.
—Debe de ser una cosa horrible ser policía
—añadió.
El estaba en pie con los brazos cruzados y una
arruga vertical en la frente.
—Veo que no se fía usted de mí —observó.
—No —corroboró ella.
—Bueno. De todos modos le buscaré el «taxi» y
le daré al conductor la dirección de la estación de Charing Cross, y en el
camino puede usted revocar la orden.
—¿Y me promete usted no seguirme?
—Se lo juro por mi honor. Pero con una
condición.
—No admito condiciones —replicó ella,
altanera.
—Atienda usted a razones —replicó él—. La
condición que le impongo es que pueda yo concertar una cita con usted siempre
que la necesite. Le digo con franqueza que esto es preciso, Belinda Mary.
—Miss
Bartholomew —corrigió ella fríamente.
—Es preciso —continuó él—, y usted lo
comprenderá. Prométame que si publico un anuncio en la sección de
correspondencia de cualquiera de los periódicos de la noche que le diga, o en
el Morning Post, acudirá a la cita que yo concierte, si es humanamente posible.
Ella vaciló un momento. Luego le alargó la
mano.
—Se lo prometo.
—Bien, Belinda Mary —dijo él, y cogiéndola del
brazo la sacó de la habitación, apagó la luz y bajaron la escalera.
—Buenas noches —le dijo—, estrechándole la
mano.
—Esta es la tercera vez que me estrecha usted
la mano esta noche —observó ella.
—No me deje con mal sabor de boca —suplicó
él—, y acuérdese.
—Lo he prometido.
—Y algún día —continuó T. X.—me contará usted
lo que sucedió en el sótano de Kara.
—Ya se lo he dicho —contestó Belinda en voz
baja.
—No me lo ha dicho usted todo, niña.
El detective la ayudó a subir al «taxi», cerró
la portezuela y acercó la cabeza a la ventanilla bajada.
—¿Victoria o Marble Arch? —preguntó
cortésmente.
—Charing Cross—contestó ella sonriendo.
T. X. vio cómo el coche se alelaba, y luego,
repentinamente, se detuvo, y una figura se asomó por la ventanilla, llamándole
frenéticamente. El detective corrió hacia el «auto».
—¿Y si yo le necesito a usted? —preguntó
Belinda.
—Ponga usted un anuncio encabezado así:
«Querido Tommy.»
—No, señor; pondré «T. X.»—replicó ella,
indignada.
—Entonces no me enteraré de su anuncio
—replicó él, y quedó en medio de la calle con el sombrero en la mano, hasta que
el «taxi» se hubo perdido de vista.