Era la proverbial noche que no es buena ni para el hombre ni para la bestia, negra, horrible, con la lluvia que caía aullando en ráfagas implacables. Pero en el local de Charley Sullivan todo era tan cómodo como un zapato viejo, las luces brillaban tenuemente, la calefacción funcionaba y los letreros de neón de las cervezas chisporroteaban agradablemente, con Charley detrás del bar llenando los vasos por encima de la línea y todos los habituales en sus sitios de costumbre. ¡Qué agradable y cómoda puede resultar una taberna como la de Charley Sullivan en una noche negra, horrible y cargada del aullido de la lluvia!
—Era una noche como esta —le dijo el papa a Karl Marx—. Recuerdo que era una noche como esta cuando cambiaste de parecer en cuanto a reventar el mercado de valores, ¿eh?
Karl Marx asintió, meditabundo.
—Sí, fue el principio del fin para mí como auténtico revolucionario, cierto que lo fue. —No es irlandés, pero en el local de Charley Sullivan todo el mundo adopta rápidamente el ritmo y la forma de hablar de los irlandeses—. Cuando te acostumbras demasiado a tus comodidades y no estás dispuesto a salir y exponerte a la ventisca para atacar a los enemigos del proletariado, entonces es que ha llegado el final de tu vocación, cierto que sí.
Lanzó un suspiro y contempló el contenido de su vaso. Ahora no había más que espuma, y volvió a suspirar.
—¿Puedo invitarte a otro? —preguntó el papa—. En recuerdo de tu vocación.
—Puedes, ciertamente —contestó Karl Marx. El papa miró a su alrededor.
—¿Y quién más lo necesita? ¡Es mi ronda!
El Dirigente golpeó levemente el borde de su vaso. Lo mismo hicieron la señora Bewley y Mors Longa. Yo sonreí y meneé la cabeza, y la Ingenua también decidió pasar, pero Toulouse-Lautrec, en un extremo del mostrador, apartó los ojos del televisor lo suficiente como para hacer una seña. Charley se encargó con eficiencia de llenar todos los vasos: cerveza para el apóstol de la lucha de clases, Jack Daniel's para Mors Longa, Valpolicella para el papa, escocés con agua para el Dirigente, vino blanco para la señora Bewley, Perrier con una rodaja de limón para Toulouse-Lautrec, ya que la última vez había bebido coñac y decía querer tomarse un respiro. Y, para mí, Myers con hielo. A Charley nunca le hace falta preguntar. Naturalmente, nos conoce a todos muy bien.
—Salud —dijo el Dirigente y todos bebimos, y luego pasó un ángel y el largo silencio solo terminó cuando el feo rugido del trueno hizo estremecerse el lugar con una intensidad aproximada de 6,3 en la escala Richter.
—Fea noche —dijo la Ingenua—. ¡Imaginaos, intentar la huida con un diluvio semejante! Puedo verlo ahora. Harry y yo misma en el cobertizo, y el coche...
—Harry y yo —dijo Mors Longa—. «Yo misma» no va bien ahí. Como muy bien sabes, cariño.
La Ingenua parpadeó cariñosamente.
—Siempre me olvido. Bien, ahí estábamos Harry y yo en el cobertizo y el coche esperando, el viejo Pierce-Arrow de mi primo con el...
«... bar en el asiento trasero, que siempre estaba repleto de los mejores licores importados», proseguí yo en silencio, solo una fracción de segundo por delante de su voz, límpida y aguda, «y lo único que debíamos hacer era conducir esos ciento cincuenta kilómetros, cruzar la frontera estatal y llegar al sitio donde nos aguardaba el juez de paz...».
Me dediqué a mi ron. El Dirigente, acercándose un poco más a la Ingenua, le cogió tiernamente la mano mientras que las partes desagradables de la historia empezaban a llegar. El papa sorbió su vino con un resoplido de simpatía, y Karl Marx frunció el ceño y empezó a golpearse una mano con la otra, y hasta la señora Bewley, que era muy poco tolerante con las tonterías de la Ingenua, se las arregló para emitir una brillante sonrisa en nombre de la hermandad femenina.
—... la lluvia, ¿comprendéis?, le había hecho algo horrible a los mecanismos del coche y ahí estábamos, Harry metido en el fango hasta las rodillas intentando arreglarlo, y yo medio enloquecida por el nerviosismo y la impaciencia, y la noche se estaba poniendo cada vez peor y peor, cuando entonces oímos perros ladrando y...
«... mi guardián y dos de sus hombres emergieron de entre la noche...»
Ya lo habíamos oído todo cincuenta veces. Lo cuenta cada noche que llueve mucho. No toleramos tal repetición a nadie más; tenemos nuestra sensibilidad, y resultaría un castigo cruel y fuera de lo acostumbrado vernos obligados a escuchar la misma historia una vez y otra y otra.
Pero la Ingenua es una joven y encantadora criatura cuya manía especial es repetirse a sí misma, y ella y solo ella es capaz de salirse con la suya entre los habituales del local de Charley Sullivan.
Seguimos su relato, asintiendo, suspirando y meneando la cabeza en los momentos adecuados, igual que se hace cuando estás oyendo la Quinta de Beethoven o la Inacabada de Schubert. Ella estaba llegando justamente al clímax tempestuoso, su prometido y su guardián en un combate a muerte iluminado por los lúgubres destellos del relámpago, cuando en el exterior hubo un auténtico relámpago, seguido casi al instante por un trueno que hizo parecer al anterior meramente el suspiro de un mosquito. Las vibraciones hicieron caer tres vasos del mostrador, y las fotos que Charley Sullivan tiene enmarcadas del presidente Kennedy y el papa Juan XXIII oscilaron en sus rincones.
Lo siguiente en ocurrir fue que la puerta se abrió, y por ella entró un nuevo cliente. Y ya pueden imaginar que eso hizo que nos irguiéramos llenos de atención, pues con un tiempo así es de esperar que al local de Charley solo vengan los habituales, y era una auténtica novedad ver materializarse a un desconocido. Además, había llegado justo a tiempo, pues sin él habríamos continuado quince minutos más con el relato del infortunado y fallido intento de huida de la Ingenua.
Tendría unos treinta y dos años o quizá algo menos. Vestía unos Levi's de aspecto resistente, un cárdigan grueso y negro y una chaqueta bastante maltrecha. Su pelo, oscuro y rebelde, estaba empapado y sucio. Sin disponer de ninguna evidencia en particular, decidí inmediatamente que era un marinero mercante que había abandonado su barco.
Durante un segundo se quedó inmóvil, un par de pasos más allá del umbral, contemplándonos a todos con esa mirada cautelosa que el hombre acostumbrado a los bares tiene cuando llega a un nuevo sitio donde, obviamente, todo el mundo es un habitual desde hace mucho tiempo; y luego sonrió, al principio con algo de timidez, luego más cálidamente al ver que algunos de nosotros le devolvíamos la sonrisa.
Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero que había encima de la gramola, se sacudió como un perro mojado, y luego se instaló en el mostrador entre el papa y Mors Longa.
—¡Jesús, qué noche más apestosa! —dijo—. No saben lo que me alegré al ver una luz encendida al final de la manzana.
—Esto te gustará, hermano —dijo el papa—. Charley, permíteme que pague la primera copa de este joven.
—La última ronda fue tuya —indicó Mors Longa—. ¿Puedo, su santidad?
El papa se encogió de hombros.
—¿Por qué no?
—Será un placer —le dijo Mors Longa al recién llegado—. ¿Qué vas a tomar?
—¿Tienen Old Bushmills aquí?
—Aquí tienen de todo —dijo Mors Longa—. Charley tiene de todo. Es nuestro anfitrión. Bushmills para el joven, Charley, y creo que será doble. ¿Alguien más está preparado?
—Algo dulce por aquí —dijo el Dirigente.
Toulouse-Lautrec optó por su siguiente coñac. La Ingenua, que parecía haber olvidado que no terminó de contar su historia, indicó con una seña que deseaba su acostumbrada mezcla de aguardiente de centeno y jengibre. Los demás no quisimos nada.
—¿Cuál es tu barco? —le pregunté.
El desconocido me miró con sorpresa.
—Pequod Mani, bandera liberiana. ¿Cómo lo has sabido?
—Soy bueno adivinando. ¿Te importa que te pregunte a dónde vais?
Tomó un largo trago de su whisky.
—Decían que a Maracaibo. No llevamos líquidos. Café y cacao. Pero yo no voy. Yo... bueno, me despedí de mi puesto. Esta tarde, muy de repente. ¡Jesús, esto sabe bien! ¡Este lugar es maravilloso y acogedor!
—Y nos gusta verte en él —dijo Charley Sullivan—. Te llamaremos Ishmael, ¿eh?
—¿Ishmael?
—Aquí todos necesitamos nombres —dijo Mors Longa—. Por ejemplo, a este caballero le llamamos Karl Marx. Tiene conciencia social. Al final del mostrador tienes a Toulouse-Lautrec. Y en cuanto a mí, puedes llamarme Mors Longa.
Ishmael frunció el ceño.
—¿Es un nombre italiano?
—En realidad, es latín. No es un nombre, es una especie de frase. Mors longa, vita brevis. ("La muerte es larga, la vida es breve") Mi divisa. Y esa es la Ingenua, que necesita montones de amor y protección, y esa es la señora Bewley, que sabe cuidar de sí misma, y...
Fue nombrando a todos los presentes en la habitación. Ishmael parecía esforzarse por recordar los nombres. Los fue repitiendo hasta tenerlos bien aprendidos, pero parecía algo sorprendido.
—En los bares que he frecuentado no es costumbre hacer este tipo de presentaciones —dijo—. Hace que todo se parezca más a una fiesta particular que a un bar.
—Sería mejor decir una reunión de familia —contestó la señora Bewley.
—Aquí formamos una sociedad —dijo Karl Marx—. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. En este lugar cada uno cuida de los demás.
—Esto te gustará —intervino el papa.
—Me gusta. Me sorprende lo mucho que me gusta. —El marinero sonrió—. Quizá este sea el bar que llevo buscando toda mi vida.
—No hay duda de que lo es —dijo Charley Sullivan—. ¿Qué te parece un Bushmills por mi cuenta, chico?
Ishmael empujó tímidamente su vaso hacia adelante y Charley lo llenó hasta el borde.
—El ambiente de aquí es muy amistoso —comentó Ishmael—. Es casi como... el hogar.
—Quizá como un club —sugirió el Dirigente.
—Un club, el hogar, sí —dijo Mors Longa, indicándole a Charley que deseaba otro bourbon—. Karl Marx lo ha dicho muy bien; en este lugar todos nos cuidamos mutuamente y nos preocupamos el uno del otro. Somos amigos y luchamos continuamente para divertirnos y protegernos mutuamente; esos son los dos deberes básicos de los amigos. Nos invitamos a beber, hablamos y narramos historias para que la oscuridad pase más rápidamente.
—¿Vienen aquí cada noche?
—Nunca nos perdemos una —dijo Mors Longa.
—Ahora ya deben conocerse todos bastante bien.
—Muy bien. Muy, muy bien.
—El tipo de lugar con el que siempre he soñado —dijo Ishmael con voz pensativa—. El tipo de lugar que nunca querré abandonar. —Dejó que sus ojos se movieran en un lento recorrido por toda la habitación, deslizándose sobre la gramola, la mesa de billar, el tablero de dardos, la pantalla del televisor, el maltrecho calendario de 1934 que nunca había sido reemplazado, la chimenea y el piano. Tenía el rostro encendido y no era solo a causa del whisky—. ¿Por qué razón alguien desearía abandonar un sitio como este?
—Es un lugar estupendo —comentó Karl Marx.
—Y cuando encuentras un sitio excelente, ese es el sitio en el cual deseas permanecer —dijo Mors Longa—. Claro que sí. Se convierte en tu club, tal y como dice nuestro amigo. Tu hogar cuando estás lejos del hogar. Pero eso me recuerda una historia, jovencito. ¿Has oído hablar alguna vez del bar que no tiene salida? ¿El bar en el que todo el mundo permanece para siempre, porque no podrían marcharse de él aunque lo desearan? ¿Conoces esa historia?
—Nunca la he oído —dijo Ishmael.
Pero el resto de nosotros sí la habíamos oído. En el local de Charley Sullivan siempre intentamos no contar dos veces la misma historia, para no herir la sensibilidad de los demás, pues el aburrimiento es aquí la peor de todas las calamidades. Solo la Ingenua se halla exenta de tal regla, pues está en su misma naturaleza el narrar las historias una y otra vez, y todos la apreciamos lo mismo a pesar de ello.
Sin embargo, de vez en cuando ocurre que uno de nosotros debe narrar una historia vieja y familiar en beneficio de un recién llegado; y aunque en cualquier otro instante es necesario que todos estemos atentos a lo que se dice, en tales ocasiones no es imprescindible.
Así pues, el Dirigente y la Ingenua fueron hacia la chimenea para mantener una pequeña conversación privada; Karl Marx desafió al papa para que jugara una partida de dardos, y los demás fueron hacia su rincón particular, hasta que solo quedamos Mors Longa, el marinero y yo sentados ante el mostrador, yo meditando sobre mi vaso de ron y Mors Longa empezando a mostrar una expresión lejana en su rostro, mientras que Ishmael, el cuerpo tenso por la emoción, decía:
—¿Un bar del que nadie puede salir nunca? ¡Qué sitio más extraño!
—Sí —contestó Mors Longa.
—¿Dónde se encuentra semejante lugar?
—En ninguna parte especial del Universo. Con ello quiero decir que se encuentra en algún lugar fuera del tiempo y del espacio, tal y como entendemos tales conceptos, que está simultáneamente en todas partes y en ninguna, aunque no hay en él nada de extraño aparte de que carezca de tiempo y espacio propios. De hecho, según me han contado, se parece a todos los demás bares que hayas podido visitar en tu vida, aunque en él todos los detalles son más acentuados y correctos que en esos bares. El propietario es un hombretón moreno de Irlanda, muy parecido al Charley Sullivan que tenemos aquí; y no le importa invitar de vez en cuando a los habituales a una ronda por cuenta de la casa; y siempre sirve buenas raciones y tiene la calefacción bien ajustada. Y la madera del local es oscura y suave, muy bien pulimentada, y la barra del mostrador está hecha de ese latón tan familiar, y en el bar se ven las dos plantas trepadoras de costumbre, así como la aspidistra que debe colocarse siempre junto a la escupidera en un rincón, y hay un tablero de dardos y una mesa de billar, y todas las otras cosas que pueden encontrar en los bares que son como ese. ¿Me comprendes? Es un bar completamente corriente, pero no está en la ciudad de Nueva York, ni en San Francisco, ni en Hamburgo o en Rangún, ni en ninguna otra ciudad de las que tú puedas visitar; apenas pongas el pie en él, te sentirás perfectamente a gusto, como si estuvieras en tu casa.
—Igual que aquí.
—Sí, muy parecido a lo que ocurre aquí —dijo Mors Longa.
—Pero ¿la gente nunca se va de él? —Ishmael frunció el ceño—. ¿Nunca?
—Bueno, a decir verdad algunos sí salen de él —dijo Mors Longa—. Pero antes déjame hablarte de los demás, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay ciertas personas que jamás entran en los bares, que prefieren beber en su casa o en los restaurantes antes de la cena, o que nunca beben. Pero también está la gente a la cual le gustan los bares. Algunos, ya sabes, son tipos a los que sencillamente les gusta beber, y que encuentran un bar en algún sitio conveniente para animarse un poquito durante el trayecto que lleva de un lugar a otro. Y también están los que consideran el beber un acto social, ¿no? Pero en los bares también encontrarás montones de gente que acude ahí porque en su interior hay un vacío que necesita ser colmado, un espacio hueco, oscuro y frío, que debe llenarse no solo con el agradable calor del bourbon, entiéndeme, sino con una sustancia mística e invisible que emana de los que se hallan en la misma situación, gente que, no se sabe cómo, ha perdido un poco de sus almas por accidente, y que necesita el consuelo de encontrarse entre los de su propia especie. Digamos que un sacerdote ha perdido la vocación, o un escritor ha olvidado en qué consiste la alegría de crear historias sobre el papel, o un pintor ha descubierto que todos los colores se han vuelto simples matices del gris, o un cirujano siente ciertos temblores en la mano con que coge el escalpelo, o un fotógrafo ya no puede enfocar adecuadamente sus ojos. Conoces a ese tipo de gente, ¿verdad? Se encuentra mucha gente así en los bares. Algo en sus ojos te indica lo que son. Pero en este bar especial del que te estoy hablando solo encontrarás a ese tipo de gente; gente buena y decente, sí, pero con esa zona vacía en su interior. Eso hace que ese bar sea mucho más bar que todos los demás, de hecho lo convierte en una especie de bar platónico, si es que puedes seguirme, una especie de estereotipo tridimensional poblado por clichés de carne y hueso, una especie de escenario perpetuo, ¿lo entiendes? Si oyeras hablar de un sitio como ese, donde todo el mundo es un poco trágico y todos han sufrido un poco en la vida, donde todo el mundo es un perfecto personaje de bar, te reirías, dirías que no es real, que es demasiado parecido a la idea que todo el mundo se hace de un lugar así como para resultar convincente, ¿verdad? Pero todos los estereotipos se hallan firmemente enraizados en la realidad, ya sabes. Eso es lo que hace de ellos estereotipos, el hecho de que son exactamente iguales a la realidad, solo que más reales. Y para la gente que bebe en el bar del cual te estoy hablando, no se trata de ningún estereotipo y ellos no son clichés. Es la única realidad que tienen, la realidad más real que existe para ellos, y no es bueno reírse de todo eso porque en eso consiste su pequeño mundo particular, el mundo del bar arquetípico, el mundo de los habituales del bar.
—Que nunca salen de él —terminó Ishmael.
—¿Cómo podrían? ¿A dónde irían? ¿Qué harían en su día libre? No tienen identidad alguna salvo dentro del bar. El bar es su vida. El bar es su universo. No tienen nada que hacer en ningún otro sitio. Sencillamente, son lo que son. Se cuentan historias entre ellos y se esfuerzan duramente por mantenerse alegres, y no existe mundo exterior para ninguno. Eso significa ser un habitual, ser un ideal platónico. Cada noche, cuando llega la hora de cerrar, el bar y todo lo que contiene se esfuma en una especie de neblina gris, y cada mañana, a la hora que marca la ley para poder abrir, el bar regresa y, mientras tanto, los habituales no van a ninguna parte salvo a la neblina, porque solo ella existe, la neblina y luego el bar, el bar y luego la neblina. Los ideales platónicos no tienen trabajos, y no visitan Atlantic City durante el fin de semana, y no deciden ir una noche a la bolera en vez de a su bar. ¿Me vas entendiendo? Siguen siendo lo que son, al igual que los maniquíes de un escaparate permanecen en su interior. Solo que ellos pueden andar, hablar, sentir, beber y hacerlo todo, cosa que los maniquíes del escaparate no pueden conseguir. Y esa es su vida entera, noche tras noche, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo... puede que hasta el fin de los tiempos.
—Un sitio que da algo de miedo —dijo Ishmael, estremeciéndose levemente.
—La gente que está en ese bar es más feliz dentro de él de lo que podría serlo en cualquier otro sitio.
—Pero nunca salen de él. Salvo que antes dijiste que algunos sí salen, y que luego me hablarías de esa gente.
Mors Longa terminó su bourbon y, sin que hiciera falta decírselo, Charley Sullivan le sirvió otro más, y puso otro ron ante mí y un irlandés para el marinero. Durante un largo rato Mors Longa estuvo observando su vaso.
—Realmente no puedo decirte gran cosa sobre los que se van porque no sé mucho sobre ellos —dijo por fin—. Intuyo su existencia de forma lógica, eso es todo. Verás, de vez en cuando llega alguien nuevo a este bar, aunque el bar está fuera del tiempo y del espacio. Alguien aparece de entre la noche tal y como lo hiciste tú, se sienta y se une al grupo de los habituales y, poco a poco, encaja en él. Resulta obvio que, si de vez en cuando aparece alguien nuevo y nadie se marcha nunca, en poco tiempo el local se llenaría de una forma terrible, como la estación Grand Central en la hora punta, y entonces, ¿qué tipo de lugar feliz sería ese? Por lo tanto, concluyo que más pronto o más tarde cada uno de los habituales debe esfumarse de forma muy silenciosa, limitándose a desaparecer sin que nadie se entere de ello, quizá se marcha al lavabo y nunca sale de él, o algo parecido. Y no solo nadie se da cuenta de que falta esa persona, sino que nadie recuerda que esa persona estuviera alguna vez allí. ¿Me entiendes? De ese modo, el lugar nunca llega a estar demasiado concurrido.
—Pero a dónde van una vez que han desaparecido del bar del que nadie sale nunca, el bar que está fuera del tiempo...
—No lo sé —dijo Mors Longa en voz baja—. No tengo ni la más remota idea. —Y, después de un momento, añadió—: Aunque hay una teoría. Cuidado, es solo una teoría. Consiste en que, en realidad, la gente del bar está pasando el tiempo en una especie de lugar a medio camino, una especie de purgatorio, ¿entiendes? Algo que está entre un mundo y el otro. Y se quedan ahí durante largo, largo tiempo, no importa lo largo que deba ser, hasta que hayan agotado su período de espera, y luego se van, pero solo pueden marcharse cuando llega su reemplazo. Y de inmediato, se les olvida. La misma materia que forma el lugar, sea la que sea, se cierra sobre ellos y nadie entre los habituales recuerda que en tiempos solía haber aquí un médico con delirium tremens, o un político al que pillaron aceptando dinero, o un tipo bajito que se sentaba durante horas ante el piano sin tocar jamás ni una sola nota. Pero todo el mundo intuye que así es como funciona el sistema. Por eso el que alguien nuevo entre es tan importante. Cada uno de los habituales empieza a preguntarse en secreto: ¿seré yo el que se vaya? Y, además, se pregunta: ¿a dónde iré, si es que soy yo?
Ishmael sorbió lenta y pensativamente un trago de su bebida.
—¿Temen irse o temen quedarse?
—¿Tú qué piensas?
—No estoy seguro. Pero supongo que la mayoría de ellos deben tener miedo de irse. El bar es un sitio tan cálido, confortable y seguro... Es todo su mundo y lo ha sido durante un millón de años, y ahora puede que vayan a otro lugar distinto y horrible... ¿quién sabe? Lo seguro es que irán a otro lugar distinto. Eso me daría miedo. Claro que si llevara un millón de años atrapado en el mismo sitio estaría dispuesto a largarme en cuanto llegara la ocasión, sin importar lo cómodo que fuera ese sitio. ¿Qué desearías hacer tú?
—No tengo ni la más ligera idea —contestó Mors Longa—. Pero esta es la historia del bar del cual nadie sale nunca.
—Aterradora —dijo Ishmael.
Terminó su bebida y apartó el vaso, meneando la cabeza hacia Charley Sullivan, y se quedó sentado en silencio. Todos nos quedamos sentados, en silencio. La lluvia tamborileaba con un ruidito miserable en el edificio. Me volví hacia el Dirigente y la Ingenua. Él le había cogido la mano y la miraba a los ojos de forma harto significativa. El papa, sopesando un dardo, pasaba los pies por encima de la línea de tiro y se lamía los labios para afinar la puntería. La señora Bewley y Toulouse-Lautrec jugaban al ajedrez. De pronto había llegado la parte tranquila de la noche.
El marinero se puso en pie lentamente y cogió su chaqueta del perchero. Se volvió, sonrió de forma algo insegura y dijo:
—Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya. —Nos hizo una seña a los tres que estábamos en el bar, y dijo—: Gracias por las copas. Me hacían falta. Y gracias por la historia, señor Longa. Fue una historia muy rara, ¿sabe?
No dijimos nada. El marinero abrió la puerta, encogiendo el cuerpo al sentir la frialdad de la lluvia que caía a ráfagas. Se ajustó bien la chaqueta y, estremeciéndose levemente, penetró en la oscuridad. Pero solo estuvo fuera un instante. Apenas la puerta había tenido tiempo de cerrarse tras él y se abrió de nuevo, dejándole entrar con paso vacilante, empapado.
—Jesús —dijo—, está lloviendo como nunca. ¡Qué noche tan horrible! ¡No pienso meterme debajo del diluvio!
—No —contesté yo—. No es una noche adecuada para hombres ni para bestias.
—Entonces, ¿les importa que me quede aquí hasta que amaine un poco?
—¿Importar? ¿Importar? —Me reí—. Amigo mío, esto es un local público. Tiene tanto derecho a estar aquí dentro como cualquier otra persona. Venga, siéntese. Instálese como en su casa.
—Queda mucho Bushmills en la botella, chico —dijo Charley Sullivan.
—No ando muy bien de dinero —murmuró Ishmael.
—No importa —contestó Mors Longa—. El dinero no es la única moneda del reino que usamos aquí. Nos irían bien algunas historias que no hayamos oído antes. Para empezar, oigamos la historia más rara que puedas contarnos, y yo me encargaré de mantenerte bien provisto de irlandés mientras hablas, ¿eh?
—Me parece estupendo —dijo Ishmael, y estuvo pensando durante unos segundos—. De acuerdo. Tengo una muy buena. Es realmente muy buena, si no les importa que sea algo rara. Es sobre mi tío Timothy y su hermano gemelo, que era tan pequeño que lo llevó bajo el brazo durante toda su vida. ¿Les interesa?
—Puedo asegurarte que sí —dije yo.
—Secundo la moción —intervino Mors Longa, y sonrió con una cordialidad que yo llevaba mucho tiempo sin ver en su rostro—. Adelante —le dijo a Charley Sullivan—. Una ronda a mi cuenta. Por el bar.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Los habituales - Robert Silverberg
Tal como está - Robert Silverberg
—Tal como está —dijo el vendedor de coches mientras metía los pulgares bajo el cinturón—, doscientos cincuenta dólares y puede llevárselo. No le digo que sea perfecto, pero se lo aseguro, conseguirá todo un coche por ese precio.
—Tal como está—dijo Sam Norton.
—Tal como está. Estrictamente tal como está.
Norton parecía un poco dudoso.
—Es posible que corra bien, pero con un maletero que no se abre...
—¿Y eso qué? —se mofó el vendedor—. Acaba de explicarme que va a alquilar un U-Haul para llevar sus cosas a California. ¿Para qué necesita un maletero? Escuche, cuando llegue a la costa y tenga un rato libre, lleve el coche a un garaje, explique la historia y es posible que con cinco minutos de soplete...
—¿Por qué no ha hecho eso usted mientras tenía el coche en venta?
El vendedor adoptó un aire evasivo.
—No tenemos tiempo para detalles de esa clase.
Norton olvidó el problema. Paseó otra vez alrededor del automóvil, lo examinó atentamente desde todos los ángulos. Era un pequeño sedán de cuatro puertas, color verde oscuro, con un acabado interior y exterior en buen estado, un decente juego de llantas y un fulgor general que sólo se presenta cuando un coche está bien cuidado. El tapizado era respetable, la radio funcionaba bien, el motor (hasta donde Sam podía juzgar) estaba perfectamente, y en la prueba el vehículo se había mostrado suave y fácil. El coche parecía ser un modelo razonablemente moderno, además; poseía cinturones de seguridad y faros de emergencia.
Sólo había un pequeño detalle anormal. El maletero no se abría. No era tampoco problema de una cerradura atascada; alguien había construido aquel coche de forma que el maletero no se pudiera abrir. El propietario anterior, al parecer, lo había soldado con gran cuidado; nada era visible allí, aparte de una tenue línea que señalaba el lugar donde la tapa podía haberse abierto en otros tiempos.
Pero qué diablos. El automóvil estaba por lo demás en perfecto estado, y Sam no se encontraba en situación de mostrarse demasiado exigente. De la noche a la mañana, prácticamente, le habían trasladado a la oficina de Los Ángeles, cosa que estaba muy bien desde el punto de vista de salir de Nueva York en medio de un horrible invierno, pero no tan bien tal como iban sus finanzas inmediatas. La compañía no pagaba gastos de traslado, sólo el transporte. Había entregado a Sam cuatro billetes de ida clase turista, y punto. De forma que había metido a Ellen y a los chicos en el primero avión hacia Los Ángeles, devolviendo el cuarto billete para usar el dinero en el traslado. Sam pensaba hacerlo de un modo lento pero barato: alquilando un remolque U-Haul para meter las pertenencias familiares y partir hacia California por la autopista con la esperanza de que Ellen hubiera encontrado un piso cuando él llegara allí. Pero no podía esperar que el cacharro que era su coche actual le llevara muy lejos al oeste de Parsip-pany (New Jersey) y mucho menos que le permitiera cruzar el desierto del Mojave. Y por eso estaba allí, tratando de elegir un modelo usado decente por unos quinientos dólares, que era todo lo que podía permitirse pagar al contado.
Y allí estaba el encargado del puesto de automóviles usados, ofreciéndole un vehículo muy atrayente (con un solo y peculiar defecto) únicamente por doscientos cincuenta dólares, con lo que le quedaría la misma cantidad disponible para los gastos del trayecto de costa a costa. Y en realidad él no necesitaba un maletero, porque iba a conducir solo. Podía dejar el maletín en el asiento trasero y meter lo demás en el remolque. Y tampoco sería tan difícil pedir a algún mecánico de Los Ángeles que abriera el maletero y lo dejara en condiciones aprovechables. Por otra parte, Ellen le reprendería seguramente por haber comprado un coche sin maletero; ella ya le había abroncado antes por otros «negocios» de esa clase. En tercer lugar, el misterio del maletero cerrado le preocupaba. ¿Quién sabía qué encontraría allí cuando lo abriera? Quizás el vehículo había pertenecido a un contrabandista que tuvo que ocultar un cargamento precipitadamente, y el maletero podía estar repleto de maravillosos lingotes de oro, o diamantes, o coñac de noventa años, que el contrabandista pensaba recobrar semanas más tarde antes de que le ocurriera algo inesperado. En cuarto lugar...
—¿Qué le parecería volver a probar el coche? —preguntó el vendedor.
Norton meneó la cabeza.
—No creo que sea preciso. Tengo una buena idea de cómo se porta.
—Bueno, entonces, entremos en el despacho y cerremos el trato.
—¿De qué año me ha dicho que era? —preguntó Norton para eludir la maniobra.
—Oh, del sesenta y cuatro o sesenta y cinco.
—¿No está seguro?
—A veces es imposible estarlo con estos productos extranjeros. Mire, no cambian el modelo durante cinco, seis o diez años seguidos, excepto pequeños detalles que sólo un experto notaría. Piense en Volkswagen, por ejemplo...
—Y acabo de darme cuenta de que tampoco me ha dicho la marca—le interrumpió Norton.
—Peugeot, tal vez, o algún modelo Fiat —dijo vagamente el vendedor—. Una de esas marcas.
—¿No lo sabe?
Un encogimiento de hombros.
—Bueno, repasamos los catálogos de marcas de hace algunos años, pero hay tantos coches extranjeros..., y de algunos sólo importan unos cuantos miles y... Bueno, no conseguimos averiguarlo.
Norton se preguntó cómo iba a conseguir piezas de recambio para un coche de marca desconocida y fecha incierta. Entonces se dio cuenta de que estaba pensando en el vehículo como si ya fuera suyo, a pesar de que cuanto más pensaba en la compra, menos le gustaba. Y luego pensó en los lingotes del maletero. El coñac excepcional. La maleta llena de rubíes y zafiros.
—¿No debería decir el registro algo sobre el año y la marca? —preguntó.
El vendedor cargó su peso sucesivamente sobre ambos pies.
—La verdad es que no tenemos el registro. Pero el vehículo está perfectamente legalizado. Eh, mire, me gustaría sacar este coche del garaje, así que podemos dejarlo por doscientos veinticinco dólares, ¿de acuerdo?
—Todo esto parece muy misterioso. De todas formas, ¿cómo consiguió el coche?
—Lo trajo un tipejo, hace un año. Hizo un año en noviembre, creo. Repase las válvulas, me dijo. Volveré dentro de un mes, tengo que hacer un viaje de negocios. Pagó por adelantado la revisión y un mes de garaje. ¿Creerá que fue lo último que supimos de él? Bueno, le guardamos el coche aquí diez, once meses, pero se acabó. Ahora tenemos que sacarlo de aquí. El abogado dice que podemos quedarnos con él a cambio de los gastos de garaje.
—Si lo compro, ¿me dará un papel diciendo que tienen ustedes derecho a venderlo?
—Claro, claro.
—¿Y qué me dice del registro? Habrá que cambiar el seguro de mi antiguo cacharro. ¿Y el papeleo?
—Yo me ocuparé de todo —dijo el vendedor—. Usted llévese el coche de aquí.
—Doscientos —dijo Norton—. Tal como está.
El vendedor suspiró.
—Trato hecho. Tal como está.
Una suave nevada caía cuando Norton inició su hégira a través del país tres días más tarde. Era un augurio, pero él no sabía de qué tipo. Decidió que la nieve sería su última visión de un horrible fenómeno invernal que no volvería a ver, durante algún tiempo. Según el Times, las temperaturas en Los Ángeles oscilaban entre los veintidós y los veinticinco grados. No estaba mal para ser enero.
Norton se arrellanó ante el volante, apoyó el pie con suavidad en el acelerador y partió hacia el oeste a una excelente y razonable velocidad de setenta kilómetros por hora. No se atrevió a ir más de prisa con el voluminoso remolque detrás. No tenía mucha experiencia en conducir de esa forma (era agente de ventas de ordenadores, y nunca llevaba aparatos de muestra), pero se adaptó rápidamente. Sólo había que recordar que el vehículo era un organismo segmentado y que debut serpentear en la debida forma. Benditas fueran las autopistas, de todas formas. Simplemente conducir, en línea recta, recto, recto, hacia la tierra del sol naciente con tan sólo algunas curvas suaves y media docena de semáforos en el camino.
La nevada se intensificó un poco. Pero el coche respondió magníficamente, se adhirió a la carretera, y el limpiaparabrisas mantuvo despejada la visión. Sam ni siquiera había imaginado comprar un automóvil extranjero para el viaje, simplemente le había parecido bien adquirir un sólido Plymouth, o un Chevvie, algo pesado y robusto que le permitiera atravesar amplios espacios abiertos. Pero no se arrepentía de haber comprado un coche más pequeño. Tenía la potencia y la arrancada necesaria, y de todas formas de poco le habrían servido unos cuantos caballos más, con el remolque saltando detrás.
Sam estaba de un talante alegre, relajado. El coche parecía cómodo y protector, un cálido ambiente cerrado que le acogería y cobijaría durante los miles de kilómetros que le aguardaban. Aún se hallaba lo bastante cerca de Nueva York para oír a Mozart por radio, cosa muy agradable. La calefacción del vehículo funcionaba bien. No había excesivo tráfico. La nieve, recién caída, blanca y esponjosa, era tanto más hermosa sabiendo que iba a quedar detrás. Sam incluso disfrutó con su soledad. Sería un descanso, en cieno sentido, recorrer Ohio, Kansas, Colorado, Arizona y el resto de estados que le separaban de Los Ángeles. Cinco o seis días de paz y tranquilidad, sin conversaciones triviales, sin niños a los que divertir...
El estado de ánimo de Sam empezó a oscurecerse poco después de entrar en la autopista de Pennsylvania. Cuando se tiene tiempo suficiente para pensar, al final se acaba pensando en cosas ya pensadas anteriormente. Y Sam, mientras rodaba esa gris y silenciosa tarde por la capa de nieve cada vez más espesa, pensó en ciertos rasgos de un coche sin maletero que había pasado por alto dada su prisa por ponerse en camino. ¿Tenía caja de herramientas, por ejemplo? En caso de que pinchara una rueda, ¿dispondría de gato, tendría alguna llave? Y esto le condujo a un pensamiento mucho más gélido: ¿tendría alguna rueda de repuesto? Un maletero era más que una cavidad en la parte de atrás; en la mayoría de automóviles contenía objetos utilísimos.
Y él no tenía ninguno.
Ni había pensado en eso, hasta ese momento.
Sam consideró la perspectiva de conducir de costa a costa sin una rueda de repuesto, sin herramientas, y su estado de cálida seguridad se evaporó bruscamente. En la siguiente salida, decidió, buscaría una estación de servicio y se haría con un neumático, en seguida. Había espacio para ponerlo en el asiento trasero, junto a su equipaje. Y al mismo tiempo podía comprar también...
El U-Haul, notó de pronto Sam, iba de un lado a otro torpemente, como si las ruedas hubieran perdido tracción. Un instante después el coche hizo lo mismo, y Sam notó que se movía lateralmente, realizando un hermoso patinaje sobre un oleoso tramo de autopista no pavimentado. Mover el volante en la misma dirección que el patinazo, eso se supone que hay que hacer, pensó Sam, extrañamente tranquilo. Sin saber cómo consiguió mantener el pie fuera del freno pese a cualquier inclinación natural, y contempló con calmado horror cómo coche y remolque se deslizaban plácidamente por el vacío carril hasta el lateral derecho y se detenían, sobre las ruedas y mirando al frente, en la nieve amontonada a lo largo de la cuneta.
Sam respiró con lentitud, se rascó la barbilla y apretó suavemente el acelerador. Las ruedas emitieron un agudo lamento en su girar sobre la nieve. Sam Norton no iba a ir a ninguna parte. Se había atascado.
El «tipejo» tenía una cara de sonrosadas mejillas, un cabello cano tan largo que se rizaba en las puntas y gafas de montura metálica. Miró la nieve que cubría los automóviles del puesto de coches usados, frunció el entrecejo y caminó pesadamente hacia la sala de exhibición.
—He venido a recoger mi coche —anunció—. Había que repasar las válvulas. Me retrasaron los negocios en otra parte del mundo.
El vendedor estaba nervioso.
—El coche no está aquí.
—Eso veo. Búsquelo, pues.
—Lo vendimos hace más o menos una semana.
—¿Lo vendieron? ¿Han vendido mi coche? ¿Mi coche?
—El coche que usted abandonó. El coche que guardamos aquí un año entero. Esto no es un aparcamiento. Mire, primero hablé con mi abogado y él dijo...
—Muy bien. Muy bien. ¿Quién fue el comprador?
—Un tipo, se ha trasladado a California y necesitaba un coche para ir rápidamente. Él..
—¿Su nombre?
—Mire, no puedo decirle eso. Él compró el coche de buena fe. No tiene derecho a molestarlo.
—Si quisiera —dijo el hombrecillo—, podría sacarle la información de varias formas. Pero no importa. Localizaré el coche fácilmente. Y usted lamentará ciertamente este escandaloso quebranto de sus obligaciones de custodia. Lo lamentará.
Salió furioso de la sala, murmurando, indignado.
Varios minutos después el centelleo de un rayo brilló en el cielo.
—¿Un rayo? —se extrañó el vendedor de automóviles—. ¿En enero? ¿Durante una ventisca?
Cuando retumbó el trueno, todas las hojas de vidrio de las ventanas de la sala de exhibición se hicieron añicos en el mismo instante.
Sam Norton permaneció sentado, haciendo girar las ruedas un rato con creciente furia. Sabía que eso no iba a servir de nada, pero no sabía qué otra cosa podía hacer, en aquella situación, aparte de apretar el acelerador y confiar en que el coche saliera de la nieve. Su otra esperanza, y la última, era que se presentara la patrulla de carreteras, viera su apuro y llamara a un camión grúa. Pero la autopista estaba prácticamente desierta y los pocos vehículos que circulaban pasaban sin detenerse.
Cuando ya habían transcurrido diez minutos, Sam decidió examinar la situación de forma más minuciosa. Se preguntó vagamente si podría amontonar nieve con los pies para que las ruedas tuvieran un poco de apoyo. No parecía plausible, pero no podía hacer mucho más. Sam salió del coche y se acercó a la parte trasera del vehículo.
Y observó por primera vez que el maletero estaba abierto.
La tapa había saltado treinta centímetros, abriéndose por aquella línea de demarcación limpiamente soldada. Sorprendido, Sam la levantó un poco más y atisbo el interior.
El interior tenía olor a humedad, a moho. Sam apenas pudo verlo porque la luz era tenue y la tapa no se levantaba más. Le pareció ver dispersos deformes objetos, sin tamaño o forma particular, pero no notó nada al intentar tocarlos a tientas. Le pareció como si las cosas que había en el maletero se apartaran de su mano, se esfumaran en los rincones más oscuros cuando él quería cogerlas. Pero entonces sus dedos encontraron algo frío y liso, y escuchó un feliz sonido de metal al chocar contra metal. Sacó la mano.
Apareció un juego de cadenas para ruedas.
Sam sonrió ante su buena suerte. ¡Precisamente lo que necesitaba! Desenredó rápidamente las cadenas y se agachó junto a las ruedas traseras para asegurarlas. La tapa del maletero se cerró de golpe mientras Sam trabajaba (la bisagra debía de estar suelta, pensó él), pero ese detalle no tenía importancia. Al cabo de cinco minutos había puesto las cadenas. Tras ponerse al volante, volvió a poner en marcha el coche, tocó el acelerador, apretó delicadamente el embrague y se mordió con fuerza el labio inferior a modo de ayuda para que el vehículo saliera del montón de nieve. El automóvil avanzó suavemente hasta situarse en un tramo despejado. Sam dejó puestas las cadenas hasta que llegó a una zona de servicio, tras doce kilómetros de autopista. Allí las quitó. Y al levantarse vio que el maletero estaba abierto otra vez. Echó las cadenas adentro y se arrodilló, intentando de nuevo ver qué otra cosa podía haber en el maletero. Pero ni forzando la vista descubrió nada. Al tocar la tapa, ésta se cerró de golpe y una vez más la pane trasera del coche adoptó su asombroso aspecto de estar totalmente soldada.
No voy a razonar el porqué, pensó Sam. Se acercó a la estación y pidió al empleado que le vendiera un neumático de repuesto y un juego de herramientas. El empleado, con la frente fruncida, examinó el vehículo por la ventana y comentó:
—No sé si habrá alguno que vaya bien. Tenemos el tipo estándar y el pequeño, pero usted necesita uno intermedio. Nunca había visto un neumático como ese, francamente.
—Quizá debería verlo más de cerca —sugirió Norton—. Precisamente es un tipo estándar de coche extranjero y...
—No. Puedo verlo desde aquí. ¿Qué coche lleva, de todas formas? ¿Uno de esos cacharros japoneses?
—Algo así.
—Escuche, tal vez encuentre un neumático en Harrisburg. Allí hay un proveedor especializado en coches extranjeros que le podrá conseguir un silenciador, un amortiguador, lo que quiera.
—Gracias —dijo Norton, y salió.
No le apetecía detenerse cuando llegó al desvío de Harrisburg. Le intranquilizaba un poco conducir sin neumático de recambio, pero el detalle no le preocupaba tanto como antes. El maletero le había ofrecido unas cadenas cuando las necesitó. Era imposible saber qué otras cosas podían aparecer allí en el momento preciso. Sam siguió conduciendo.
Puesto que su vehículo no estaba disponible, el hombrecillo tenía que alquilar otro. Pero eso no era problema. En cualquier ciudad había agencias especializadas en esas cosas. Al poco rato el hombrecillo se puso en contacto con una, no precisamente por teléfono, y explicó su dilema.
—La dificultad —dijo el hombrecillo— es que él me lleva una delantera de varios días. Le he seguido la pista hasta un punto al oeste de Chicago, y avanza a buen promedio, setecientos kilómetros por día.
—Será mejor que vaya volando, en ese caso.
—Eso había pensado —dijo el hombrecillo—. ¿Qué puedo conseguir en seguida?
—Podía haberle ofrecido un bonito modelo persa, pero no funciona porque están cosiéndole nuevas borlas. Pero a usted no le interesan demasiado las alfombras, ¿verdad? Lo había olvidado.
—No confío en ellas cuando hay corrientes térmicas —dijo el hombrecillo—. Me metí en una corriente ascendente una vez, en Sikkim, y casi estaba en la cumbre del Himalaya cuando recobré el control. Durante un rato me pareció que acabaría puesto en órbita. ¿Qué hay en el establo?
—Bueno, algunos ejemplares bastante decentes. Hay un macho superior que ha estado descansando todo el invierno, aunque ahora está un poco irritable..., usted quizá preferiría aquel caballo castrado, el bayo. ¿Por qué no pasa por aquí y lo decide usted mismo?
—Así lo haré —repuso el hombrecillo—. Continúan aceptando la tarjeta Diner's Club, ¿no es cierto?
—Todas las tarjetas de crédito importantes, como siempre. Sin duda.
Norton se encontraba al sur de Illinois, a una hora de San Luis en una mañana húmeda y con niebla, cuando se pinchó el neumático delantero derecho. Sam esperaba que durara un día y medio desde que se detuvo en Altoona para llenar el depósito. El chico de la gasolinera había tocado las llantas y le había mostrado el punto débil, y Norton había asentido y preguntado qué posibilidades tenía de comprar un recambio, y el muchacho se había encogido de hombros mientras le decía: «Es un tamaño curioso. Pruebe en Pittsburgh». Sam probó en Pittsburgh, perdiendo hora y media allí y oyendo de boca de varios hombres probablemente expertos que no se fabricaban neumáticos de aquel tamaño, de ningún modo. Norton empezaba a preguntarse cómo se las habría arreglado el anterior propietario del vehículo para encontrar repuestos. Quizá los neumáticos fueran los originales, se imaginó. Pero estaba mórbidamente seguro de una cosa: aquel punto débil cedería, sin duda, antes de que él viera Los Ángeles.
Cuando se produjo el pinchazo, Sam iba a cincuenta y cinco por hora, y descubrió al instante qué había ocurrido.
Frenó sin perder el control. La cuneta era amplia en aquel lugar, pero aun así Norton se alegró de que el pinchazo estuviera en el lado derecho del coche: era difícil imaginar el cambio del neumático con el trasero expuesto al tráfico. Todavía estaba felicitándose por aquella pizca de buena suerte cuando recordó que no tenía neumático de recambio.
Curiosamente, Sam no se sintió muy preocupado por ello. Pasar doce horas diarias ante el volante estaba produciéndole un efecto tranquilizador; en aquel momento nada le preocupaba en exceso, ni siquiera la perspectiva de quedar encallado a una hora al este de San Luis. Iría andando hasta el teléfono más próximo, estuviera donde estuviese, llamaría al Automóvil Club local y explicaría su apuro, y ellos vendrían a buscarle y le remolcarían hasta la civilización. Luego se hospedaría en un motel un par de días y telefonearía a Ellen, que estaba en casa de su hermana, en Los Ángeles, y le diría que él estaba bien pero que llegaría con cierto retraso. Haría poner un parche en el neumático o bien el Automóvil Club localizaría alguna tienda de San Luis que vendiera neumáticos raros, y todo acabaría bien. ¿Por qué dejarse llevar por el nerviosismo?
Sam bajó del coche y examinó el pinchazo, que realmente era de consideración. Luego, al observar que el maletero se había abierto otra vez, se acercó a la parte trasera. Metió la mano a modo de prueba, esperando encontrar las cadenas en la parte más externa, en el lugar donde las había dejado. No estaban allí. Por el contrario, sus dedos se cerraron sobre una enorme barra metálica. Norton la sacó en parte del maletero y vio que había encontrado un gato. Precisamente eso, pensó. Y el neumático de recambio debería estar detrás mismo..., por aquí, ¿no? Sam intentó ver algo, pero la tapa apenas se había alzado medio metro y era imposible ver mucho. Sus dedos encontraron excelente caucho, no obstante. Sí, ahí estaba. Magnífico y rollizo, nuevo, con profundas estrías..., muy bonito. «Y junto al neumático, si continúa mi buena suerte, tengo que encontrar un cofre de doblones de oro.»
Los doblones no estaban allí. Quizá la próxima vez, pensó Sam. Sacó el neumático y pasó una sudorosa media hora poniéndolo. Cuando terminó, metió el gato, la llave y el neumático pinchado en el maletero, que de inmediato se cerró con el usual y hermético grado de cierre. Una hora más tarde, sin más incidentes, Sam cruzó el Mississippi y entró en San Luis, encontró una habitación en un reluciente motel nuevo junto al Gateway Arch, se dio una ducha caliente y tomó un par de cervezas frescas y finalmente pidió una conferencia con la hermana de Ellen. Su esposa acababa de volver tras una fracasada búsqueda de piso y parecía cansada y desilusionada. Los niños aullaban en segundo término cuando ella dijo:
—No estás conduciendo con cuidado, ¿verdad?
—Naturalmente que sí.
—Y el nuevo coche..., ¿se porta bien?
—Su conducta no admite reproche —contestó Norton.
—Mi hermana quiere saber de qué casa es. Dice que un Volvo es un buen tipo de coche, cuando se quiere un modelo extranjero. Es un coche noruego.
—Sueco —le corrigió Norton.
—Ha comprado un coche sueco —oyó que Ellen decía a su hermana. La respuesta fue ininteligible, pero un momento después Ellen dijo—: Dice que has sido muy listo. Esos suecos también hacen buenos coches.
El techo de vuelo era bajo, la visibilidad inferior a un kilómetro dada la espesa niebla. Los aeropuertos estaban cerrados en todo Pennsylvania y el este de Ohio. Pero el hombrecillo volaba hacia el oeste, manteniéndose un poco por encima de la esponjosa blancura que se extendía hasta el horizonte. Iba a buena velocidad, y era un alivio no tener que preocuparse de los malditos aviones privados.
Además, el caballo castrado bayo tenía mucho vigor. Era un borrachín, devoraba combustible, ese era su único problema. Imposible hacer muchas millas por bala de heno con los caballos disponibles en la actualidad, pensó tristemente el hombrecillo. Todo se hallaba en estado de decadencia, y había que aceptar la situación.
El plan de vuelo original preveía que el hombrecillo diera alcance a su automóvil al norte de Texas. Pero se había detenido en Chicago por el súbito capricho de visitar a unos amigos, y calculaba que ya no alcanzaría al vehículo hasta llegar a Arizona. Ansiaba ponerse ante el volante otra vez, después de tantos meses...
Cuanto más pensaba en el maletero y en sus jugarretas, tanto más preocupado por ello se sentía Sam Norton. Las cadenas, el neumático de recambio, el gato... ¿Cuál sería el próximo milagro? En Amarillo, Sam ofreció veinte dólares a un mecánico si conseguía abrir el maletero. El mecánico pasó los dedos por la pulcra juntura, incrédulo.
—¿Quién es usted, uno de esos tíos de la tele? —preguntó él hombre—. ¿Se está divirtiendo conmigo?
—En absoluto —dijo Norton—. Sólo deseo que se abra el maletero.
—Bueno, supongo que con un soplete oxiacetilénico, tal vez...
Pero Norton sintió un vago terror ante la idea de abrir el coche de esa forma. Desconocía por qué ese pensamiento le asustaba tanto, pero le asustaba, y salió de Amarillo con el coche intacto mientras el mecánico murmuraba y rociaba sus botas con jugo de tabaco. Cien kilómetros después, cerca de la frontera de Nuevo México y recorriendo un territorio desolado y desierto, calcinado por el clima, Norton decidió poner a prueba al maletero.
ÚLTIMA GASOLINERA ANTES DE ROSWELL, advertía un desgastado letrero. ¡LLENE EL DEPÓSITO AHORA!
El indicador de gasolina indicaba que el depósito estaba casi vacío. Roswell se hallaba bastante lejos. No había otro ser humano a la vista, ningún pueblo, ni siquiera una cabaña. Aquel, decidió Norton, era el lugar adecuado para quedarse sin gasolina.
Pasó junto a la gasolinera a ochenta kilómetros por hora.
Al cabo de unos minutos se hallaba a dos montañas y media de la gasolinera y Sam empezó a dudar, no meramente de la sensatez de su acción, sino también de su cordura. Quedarse deliberadamente sin gasolina iba contra toda razón; era más difícil hacer eso que dejar sonar el teléfono sin cogerlo. Diez veces se ordenó a sí mismo dar la vuelta para llenar el depósito, y diez veces rehusó obedecer.
La aguja fue bajando lentamente, hasta que indicó la E de Empty (vacío), y Sam siguió adelante pese a ello. La aguja se deslizó por la zona roja de advertencia, por debajo de la E. Norton había consumido incluso los litros de gasolina que el depósito no registraba: el margen de seguridad para conductores descuidados. Y en cualquier momento a partir de entonces el coche...
... se detendría.
Por primera vez en su vida Sam Norton se había quedado sin gasolina. Muy bien, maletero, veamos de qué eres capaz, pensó él. Abrió la portezuela y percibió el frígido silbido de la brisa de la montaña. Había silencio allí, un silencio ominoso. Aparte de la grisácea franja de la carretera, aquel paraje tenía un aspecto oscuramente prehistórico, todo él artemisa, pinos piñoneros y ni rastro del impacto del hombre. Norton se dirigió hacia la parte trasera del vehículo.
El maletero estaba abierto de nuevo.
Parecía como si el maletero adivinara. «Ahora meto la mano y encuentro una lata de cincuenta litros de gasolina que se ha materializado misteriosamente y...»
Sam no palpó ninguna lata de gasolina en el maletero. Buscó a tientas mucho rato y acabó con nada más útil que un rollo de gruesa cuerda.
¿Cuerda?
¿De qué sirve una cuerda para un hombre sin gasolina en el desierto?
Norton levantó la cuerda, en busca de respuestas y sin hallar una sola. Pensó que quizás esta vez el maletero no deseaba ayudarle. El patinazo, el pinchazo..., eso no había sido por culpa de él. Pero él había premeditado con malicia que el automóvil se quedara sin gasolina, para ver qué sucedía, y quizás eso no estaba dentro del alcance de los servicios del maletero.
¿Para qué la cuerda, de todas maneras?
¿Una broma espeluznante? ¿Estaba indicándole el maletero que se ahorcara? En aquel lugar ni siquiera podía hacerlo correctamente; no había un árbol lo bastante alto para que un hombre se colgara, ni tan solo un poste telefónico. Norton sintió deseos de darse una patada. Allí estaba él, y allí permanecería durante horas, incluso días, quizás, hasta que pasara otro coche. ¡Qué estúpido despliegue de habilidad!
Lanzó coléricamente la cuerda al aire, desenrollándola, y un extremo se mantuvo tieso. La cuerda quedó inmóvil a un metro del suelo, rígida, apuntando al cielo. Se formó una tenue nube azul turquesa en la punta superior, y de lo alto bajó un delgado muchacho, musculoso, de tez olivácea, con un turbante y un taparrabos, que miró al boquiabierto Norton.
—Bueno, ¿qué pasa? —preguntó bruscamente el muchacho.
—Me he... quedado... sin... gasolina.
—Hay una gasolinera treinta kilómetros más atrás. ¿Por qué no llenó el depósito allí?
—Yo... es que...
—Maldito necio —dijo disgustado el muchacho—. ¿Por qué me liaré con trabajos como este? Muy bien, no se mueva de aquí y veré qué puedo hacer.
Volvió a subir a lo alto de la cuerda y desapareció.
Al regresar, tres minutos más tarde, el muchacho llevaba una lata de gasolina. Tras mirar enfurecido a Norton, abrió la tapa del depósito y echó la gasolina
—Con esto llegará a Roswell —dijo—. A partir de ahora mire el tablero de vez en cuando. ¡Idiota!
Subió por la cuerda. Tras desaparecer, la cuerda quedó fláccida y cayó. Norton la recogió temblorosamente y la metió en el maletero, cuya tapa se cerró con un golpe agresivo.
Media hora pasó antes de que Norton creyera seguro volver a ponerse al volante. Paseó alrededor del vehículo más de mil veces, sin tranquilizar mucho sus nervios, y por fin, ante la cercanía de la noche, subió al coche y lo puso en marcha. El motor tosió y arrancó. Sam Norton inició la marcha hacia Roswell a la sobria y constante velocidad de veinticinco kilómetros por hora.
Estaba dispuesto a creer en cualquier cosa.
Y por eso no le sorprendió que un llamativo caballo bayo con una envergadura de alas similar a la de un DC-3 planeara en el aire, diera varias vueltas sobre el automóvil y realizara un limpio aterrizaje en la autopista, junto al vehículo. El caballo trotó al lado del coche, al mismo paso que éste, mientras el canoso hombrecillo que iba en la silla gritaba:
—¡Abra de par en par la ventanilla, joven! ¡Tengo que hablar con usted!
Norton abrió la ventanilla.
—¿Se llama Sam Norton? —preguntó el hombrecillo.
—Exacto.
—Bien, escuche, Sam Norton. ¡Ese coche que conduce es mío!
Norton vio un sucio desvío y se metió en él. Al salir, el Pegaso le siguió al trote y se detuvo para que el jinete desmontara Luego el animal mordisqueó malhumoradamente la artemisa agitando sus enormes alas un par de veces antes de plegarlas pulcramente sobre el lomo.
—Mi coche, sí —dijo el hombrecillo—. Pedí que lo construyeran especialmente hace unos años, cuando yo viajaba mucho. Lo dejé en el garaje el invierno pasado porque tenía que hacer un viaje de negocios al extranjero, pero nunca imaginé que lo vendieran sin saberlo yo antes de mi vuelta. Estamos en una época decadente, esa es la verdad.
—Su... coche... —dijo Norton.
—Mi coche, claro. Temo que tendré que quitárselo, hijo. De todos modos no querrá ser el dueño de un coche como éste. Demasiado complicado. Búsquese un coche pequeño decente, de buena marca, ¿eh? Bien, pues desenganchemos ese remolque suyo y luego...
—Espere un momento —dijo Norton—. Compré este coche legalmente. Tengo el documento de compra para probarlo, y una carta del abogado del vendedor explicando que...
—No tiene la menor importancia —dijo el hombrecillo—. Un estafador paga a otro estafador para que testifique en su favor. Eso no es demasiado impresionante. Sé que usted es parte inocente, pero el hecho continúa siendo que el coche me pertenece, y espero no tener que recurrir a especial persuasión para obligarle a dejarlo.
—Quiere usted que yo salga y me vaya andando, ¿no? ¿En medio del desierto de Nuevo México, en plena puesta de sol? ¿Arrastrando el maldito remolque con mis manos?
—En realidad no había considerado mucho ese problema —dijo el hombrecillo—. No sería nada justo para usted, ¿verdad?
—Naturalmente que no. —Sam pensó un momento—. ¿Y qué me dice de los doscientos dólares que pagué por el coche?
El hombrecillo se echó a reír.
—¡Una insignificancia, a mí me costó más alquilar el Pegaso para perseguirle! ¡Y los gastos generales! ¿Sabe cuánto heno come ese bicho?
—Ese es su problema —dijo Norton—. El mío es que usted quiere dejarme abandonado en el desierto y que quiere llevarse un coche que yo compré de buena fe por doscientos dólares y que aunque sea un coche condenadamente mágico...
—Silencio —dijo el hombrecillo—. ¡Se está poniendo muy nervioso, Sam! Podemos resolver el problema. Usted se dirige a Los Ángeles, ¿no es cierto?
—S-sí.
—Igual que yo. Bien, viajaremos juntos. Yo les llevaré, a usted y a su remolque, y luego el coche volverá a ser mío, y usted olvidará todo cuanto haya visto en los últimos días.
—¿Y mis doscientos do...?
—Oh, está bien.
El hombrecillo se dirigió a la parte trasera del coche. El maletero se abrió. El hombrecillo metió una mano y sacó un fajo de crujientes billetes nuevos, una docena de billetes de veinte dólares, que entregó a Norton.
—Tenga. Con un pequeño extra, de propina. Y no los mire con tanto recelo, ¿me oye? Es dinero de los Estados Unidos, bueno, legal, tierno. Hasta tienen distintos números de serie, todos. —Hizo un guiño y se acercó al caballo, que seguía comiendo, y le dio vigorosas palmadas en las ancas—. Vete ya. A casa. ¡Ya me has costado bastante!
El caballo echó a andar por la autopista. Inició un galope y abrió sus soberbias alas, que batieron furiosamente un instante, y luego emprendió el vuelo. Se alzó, describiendo un magnífico arco hasta no ser más que un halcón recortado en el oscureciente cielo, y luego desapareció.
El hombrecillo se deslizó en el asiento del conductor y acarició el volante con claro afecto. Tras un gesto de cabeza del conductor, Norton ocupó el otro asiento, y el coche arrancó.
—Tengo entendido que vende ordenadores —dijo el hombrecillo cuando ya habían recorrido un par de kilómetros—. Cosas interesantísimas, los ordenadores. He estado pensando en computerizar nuestra empresa, ¿sabe? Es un negocio de proporciones bastante grandes. Mucha búsqueda con varitas, actualmente, en todo el mundo. Un poco de taumaturgia, alguna transmutación de vez en cuando, cosas por el estilo. Y aunque usamos métodos tradicionales, no ponemos reparos al punto de vista científico. Bien, permítame explicarle algo sobre nuestras ideas, y quizá pueda usted hacer sugerencias inteligentes, joven amigo, con lo que podría obtener un bonito contrato...
Norton tuvo elaborado el proyecto del sistema antes de que llegaran a Arizona. En Phoenix telefoneó a Ellen y supo que ella había alquilado un apartamento junto a Beverly Hills, en un vecindario que parecía terriblemente caro pero que en realidad no lo era, por lo menos no lo era comparado con otros lugares que ella había estado viendo, y...
—Perfectamente —dijo Sam—. Estoy a punto de concretar una magnífica venta. Conocí a... este... un autoestopista, y resulta que este hombre piensa comprar ordenadores, muy pronto. Se trata de una compañía bastante importante...
—Sam, no habrás estado bebiendo, ¿eh?
—Ni una gota.
—Un hombre que hacía autoestop y tú le vendes un ordenador. Y ahora me hablarás del platillo volante que viste.
—No seas tonta —dijo Norton—. Los platillos volantes no existen.
Llegaron a Los Ángeles por la mañana, dos días más tarde. Por entonces Sam había redactado el pedido, y todo estaba arreglado. La comisión, imaginaba él, bastaría para pagar un coche nuevo, quizá uno de esos modelos suecos conocidos por la hermana de Ellen. El hombrecillo pareció no tener problemas para encontrar la dirección del apartamento alquilado por Ellen; hizo frente al laberinto de carreteras con total tranquilidad y seguridad, y frenó junto a la casa.
—Ha sido un viaje muy agradable, joven amigo —dijo el hombrecillo—. Hablaré con mis banqueros hoy mismo, más tarde, respecto a esas maravillosas máquinas suyas. Mientras tanto, vamos a separarnos. Tendrá que desenganchar el remolque.
—¿Qué se supone que voy a explicarle a mi esposa sobre el coche que me trajo hasta aquí?
—Oh, dígale simplemente que lo ha vendido al autoestopista con un buen beneficio. Creo que ella apreciará el detalle.
Salieron del coche. Mientras Norton desenganchaba los empalmes del remolque, el hombrecillo sacó algo del maletero, que se había abierto un instante antes. Era una amplia funda de lona. El hombrecillo la extendió sobre el coche.
—Écheme una mano con esto, por favor —dijo—. Póngala bien, que tape los guardabarros y todo.
Entró en el automóvil mientras Norton, asombrado, colocaba la funda con sumo cuidado.
—¿Quiere que tape también el parabrisas? —preguntó.
—Todo —contestó el hombrecillo, y Norton tapó el parabrisas.
El coche había quedado totalmente oculto. Se produjo un silbido, como de aire que se escapa de un neumático. La funda empezó a bajar. Mientras caía hacia el suelo, se oyó una alegre voz en el interior, una voz que gritaba:
—¡Buena suerte, joven amigo!
Al cabo de unos instantes la funda estaba a menos de un metro de altura. Un minuto después yacía plana, sobre el pavimento. No quedó rastro del coche. Quizá se había evaporado, quizá lo había tragado la tierra. Poco a poco, sin entender nada, Norton recogió la funda y la plegó hasta que pudo metérsela bajo el brazo. Después se dirigió a la casa para comunicar a su esposa que había llegado a Los Ángeles.
Sam Norton jamás volvió a ver al hombrecillo, pero hizo la venta, y la comisión le permitió comprar un coche nuevo y aún le sobró dinero. Todavía conserva la funda. La tiene doblada y cuidadosamente guardada en el sótano. Teme deshacerse de ella, pero no le gusta pensar qué sucedería si alguien apareciera bajo la lona y la desplegara.