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Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

Todos Ustedes, Zombies - Robert A. Heinlein




2217 Time Zone V (EST) 7 Nov. 1970–NTC. Bar de Pop.

 
Yo lustraba una copa de coñac cuando entró la madre soltera. Anoté la hora: las 22:17, zona cinco, tiempo del Este, 7 de noviembre de 1970. Los agentes temporales siempre apuntamos la fecha y la hora. Es una norma. 

La madre soltera era un hombre de veinticinco años, no más alto que yo, de cara infantil y temperamento quisquilloso. No me gustaba su aspecto (nunca me gustó) pero yo había venido aquí para reclutarlo. Le obsequié mi mejor sonrisa de mostrador. 

Tal vez soy demasiado severo. No era afeminado. Lo llamaban así porque cuando algún entrometido le preguntaba su profesión, el hombre decía a veces: "Soy una madre soltera." Y si estaba de buen humor continuaba: "A cuatro centavos por palabra. Escribo historias confidenciales para revistas de mujeres."

Pero si estaba de mal humor, se quedaba esperando que alguien hiciese alguna broma. En la pelea cuerpo a cuerpo era más peligroso que un policía femenino. Este era uno de los motivos por los que yo lo necesitaba. No el único.

Esta noche venía bastante bebido, y parecía detestar a la gente más que de costumbre. Silenciosamente le serví una ración doble de aguardiente, y dejé la botella. Bebió y se sirvió otro vaso.

Pasé el trapo por el mostrador.
-¿Cómo anda el negocio de la madre soltera?

El hombre apretó el vaso. Pensé que me lo iba a tirar a la cara, y tanteé debajo del mostrador en busca de la cachiporra. Hay tantos factores, en el campo de la manipulación temporal, que no es posible correr riesgos.

Advertí en la cara del hombre una fracción infinitesimal de distensión. Ese índice que uno aprende a detectar en la escuela.
- Lo siento - dije -. Sólo quise preguntar cómo andan los negocios. Imagine que le pregunté qué tal está el tiempo.

Me miró, amargado.
- Oh, los negocios andan bien. Yo las escribo, ellos las publican, yo como.

Me serví un trago y me incliné hacia él.
- Para decirle la verdad - comenté -, usted escribe bien. He leído algunas de esas historias. Es asombroso cómo ha captado usted el punto de vista femenino.

Este era un desliz que yo debía arriesgar: él nunca me había dicho qué seudónimos usaba. Pero estaba tan irritado, que sólo retuvo mis palabras finales.
-¡El punto de vista femenino! - repitió, bufando -. Si, ya lo creo que conozco ese punto de vista.

- ¿Si? - murmuré, vagamente - ¿hermanas?

No. Usted no me creería, si le contara.

- Vamos, vamos - repuse suavemente -, los barman y los  psiquiatras saben que nada es más extraño que la verdad. Mire, hijo mio, si usted oyera las historias oigo yo... bueno, se haría rico. Es increíble.

- Usted no sabe lo que significa "increíble".

-¿De veras? Pues a mi nada asombra.
La madre soltera resopló o vez.
-¿Quiere apostar lo que queda de la botella?

- Le apostaré una botella entera - dije, y la puse en el mostrador.

Hice señas al otro barman para que se ocupara del negocio. Estábamos en la punta del mostrador, un lugar para un solo banquillo que yo convertía en refugio privado colocando sobre el mostrador frascos con huevos conserva y cosas por el estilo. En la otra punta había unos parroquianos mirando el boxeo, en la pantalla del televisor, y alguien hacía sonar la juke-box.

- Muy bien - dijo la madre soltera -, soy un bastardo.

- Eso no es una ninguna distinción aquí - señalé.

- Lo digo en serio - replicó. Mis padres no estaban casados.

- Ninguna novedad. Los míos tampoco.

- Cuando... - La madre soltera se interrumpió y por primera vez desde que lo conocía, me miró con cierta amabilidad-. ¿En serio?

Por supuesto. Soy bastardo Ciento por ciento. En realidad -agregué- nadie se casa en mi familia Todos bastardos.

¿Y eso?

Oh esto. - Se lo mostré. - Parece un anillo de compromiso. Es para ahuyentar a las mujeres.

Era una vieja sortija que compré en 1985 a un colega, que la había traído de la Creta precristiana.

- La serpiente Uroboros - expliqué -, la Serpiente del Mundo que se muerde eternamente la cola. Un símbolo de la Gran Paradoja.

- Pero él apenas lo miró.

- Si usted es realmente un bastardo, sabe cómo se siente uno. 

Cuando yo era todavía una chiquilla.,.

-¡Epa! - lo interrumpí -. ¿Le oí bien?

-¿Quién cuenta esta historia?

Cuando yo era una chiquilla... Oiga, ¿nunca oyó hablar de Christine Jorgenson? ¿O de Roberta Cowell?

- Ajá, esos casos de cambio de sexo. ¿Pero usted pretende hacerme creer....?

- Vea, si me interrumpe, no hablo. A mí me dejaron en un orfanato de Cleveland, en 1945, cuando tenía un mes de edad. Después, de chica, empecé a envidiar a los niños que tenían padres. Más tarde, cuando me enteré de las cosas del sexo... y créame, Pop, que se aprende rápido en un orfanato...

- Ya sé.

-…juré solemnemente que un hijo mío tendría padre y madre. Esa idea me mantuvo "pura"; cosa que era una hazaña en ese medio.. ¿ Para conseguirlo, debí aprender a pelear. Después fui creciendo, y comprendí que tenía muy pocas posibilidades de casarme... por los mismos motivos por los que nadie me habla adoptado. - Hizo una mueca. - Tenía cara de caballo, dientes largos de chivo, pecho chato y pelo de cepillo.

- No parece mucho más feo que yo.

-¿A quién le importa si un barman es feo? ¿O un escritor? Pero la gente que quiere adoptar un niño, elige esos gansos de ojos azules y cabellos de oro. Más tarde, los muchachos deben tener un tórax fornido, una cara simpática y esa actitud-tan-maravillosamente-masculina... - La madre soltera se encogió de hombros.- Yo no podía competir. Decidí incorporarme a la W.E.N.C.H.E.S.

-¿Eh?

- Es la sigla de la Sección Hospitalidad y Entretenimiento del Cuerpo Nacional de Emergencia Femenino. La llaman ahora Angeles del Espacio. A.N.G.E.L.  Grupo Auxiliar de Protección de las Legiones Extraterrestres.

Reconocí ambas denominaciones, cuando las ubiqué en el tiempo. Nosotros usamos todavía una tercera sigla: W.H.O.R.E., que significa Hospitalaria Orden Femenina para Alentar y Fortificar Cosmonautas , y designa a ese servicio militar de elite. El cambio de vocabulario es el peor obstáculo en los saltos por el tiempo... ¿Sabían ustedes que "estación de servicio" significó en una época un dispensario de fracciones de petróleo? Una vez, cuando yo cumplía una misión en la Era Churchill, una mujer me dijo: "Lo espero en la estación de servicio vecina"; pero una estación de servicio (en ese entonces) no tenía una cama.

La madre soltera continuó:
- Fue entonces cuando se admitió, por primera vez, que era imposible enviar hombres solos al espacio durante meses y años. Había que aliviarles la tensión. ¿Recuerda cómo protestaron los puritanos? Bueno, eso me favoreció, ya que al principio no abundaban las voluntarias. Una muchacha debía ser respetable, preferiblemente virgen (querían adiestrarías a partir de cero), de un nivel mental superior al medio, y emocionalmente estable. Pero la mayoría de las voluntarias eran viejas prostitutas, o neuróticas que perderían la cabeza diez días después de salir de la Tierra. En consecuencia, yo no necesitaba ser bonita; si me aceptaban, me arreglarían los dientes de chivo, me ondularían el pelo, me enseñarían a caminar y a bailar, a escuchar a un hombre con expresión agradable, y todo lo demás... sin contar el adiestramiento para los deberes fundamentales. Si era necesario hasta me harían la cirugía estética... Ningún esfuerzo era excesivo, tratándose de Nuestros Muchachos.

"Más aún, nos evitaban los embarazos... y al término del contrato, era casi seguro que una se casaba. Lo mismo ocurre hoy: los Ángeles del Espacio se casan con los cosmonautas. Hablan el mismo idioma.

"A los dieciocho años, me colocaron como auxiliar de casa de familia. La familia en cuestión quería una sirvienta barata, simplemente; pero a mí no me importaba. No podía alistarme hasta cumplir veintiuno. Hacía las tareas de la casa y asistía a la escuela nocturna. Fingía estudiar taquigrafía y dactilografía, pero en realidad iba a los cursos de atractivo personal.

"Fue entonces cuando conocí a ese farsante, con sus billetes de cien dólares. - La madre soltera torció la cara. - Un inservible, aunque realmente tenía un fajo de billetes de cien. Me mostró uno una noche, y me lo ofreció.

"Pero yo no lo acepté. El hombre me gustaba. Era el primero que se mostraba amable conmigo sin intentar otros juegos. Abandoné la escuela nocturna para verlo más seguido. Fue la época más feliz de mi vida.

“Entonces, una noche en el parque, empezaron los juegos.

La madre soltera calló.

¿Y después? - pregunté.

Y después, ¡nada !. Nunca volví a verlo. Me acompañó a casa,  me dijo que me quería, se  despidió con un beso y un buenas noches, y no lo vi más. Si pudiera encontrarlo concluyó la madre soltera con acento lúgubre, lo mataría!

- Bueno - me condolí -, comprendo cómo se siente. Pero matarlo... nada más que por...Hum  . ¿Usted le ofreció resistencia?

¿Qué? ¿Y eso qué tiene que ver? 

Mucho. Tal vez se merezca Y un pár de costillas rotas, pero... 

-¡Merece algo mucho peor! Espere a que termine de contarle. Me las arreglé para que nadie sospechara, y me consolé diciéndome que todo era para bien; que realmente no lo había querido y que probablemente nunca querría a nadie. Estaba más ansiosa que nunca por ingresar en la W.E.N.H.E.S. No hábía quedado descalificada, pues ellos no insistian demasiado en la cuestión de la virginidad. Me reanimé.

"Sólo cuando las faldas empezaron a apretarme, comprendí.

¿Embarazada?

Como una vaca. Y esos avaros que me habían empleado se hicieron los tontos mientras pude trabajar. Después me sacaron a patadas, y el orfanato no quiso recibirme otra vez. Terminé en un hospital de caridad, rodeada por otros grandes barrigas y trotacalles hasta que me llegó el momento.

"Una noche me encontré en una mesa de operaciones, con una enfermera que decía: 'Relájese. Ahora respire hondo.'

"Me desperté en la cama, paralizada del pecho para abajo. Cuando entró el cirujano, me preguntó, muy contento:
"-¿Qué tal, cómo se siente?

"- Como una momia.

"- Natural. Está fajada como una momia, y llena de anestésico. Va a salir bien, pero una cesárea no es un chiste.

"- Una cesárea - repetí -. Doctor... ¿perdí el bebé?

"- Oh, no. Su bebé está perfectamente.

"- Ah. ¿Niño o niña?

"- Una sanísima mujercita, de veras. Cinco libras, tres onzas.

"Me tranquilicé. Ya era algo; haber hecho un bebé. Me iría a cualquier parte - pensé -, agregaría 'señora' a mi apellido y dejaría que la niña pensara que su padre había muerto... Mí hija no terminaría en un orfanato.

"Pero el cirujano seguía hablando:
"- Dígame, este... - evitó pronunciar mi nombre -. ¿Alguna vez observó que su sistema glandular es... extraño?

"-¿Qué? - respondí -. Por supuesto que no. ¿Qué quiere decir?

"El hombre vacilaba.
"- Se lo diré en una sola dosis. Luego una inyección, para que se duerma y se le pasen los nervios.

"-¿Nervios? ¿Por qué?

"-¿Alguna vez oyó hablar de ese médico escocés que fue mujer hasta los treinta y cinco años? Después se operó, y fue un hombre, desde el punto de vista medico y legal. Se casó. Todo perfecto.

"- Y eso, ¿qué tiene que ver conmigo?

"- Es lo que estoy tratando de explicarle. Usted es un hombre.

"Quise enderezarme.
"-¿Qué?

"- Calma. Cuando la abrí, me encontré con todo un espectáculo. Llamé al cirujano jefe, mientras yo sacaba al niño; después, con usted todavía en la mesa, celebramos una consulta... y trabajamos durante horas para salvar lo que se podía salvar. Usted tenía dos series completas de órganos, ambas inmaduras; pero la serie femenina estaba bastante desarrollada como para permitirle tener un bebé. Esos órganos, sin embargo, ya no podían servirle de nada, así que los extirpamos y reordenamos las cosas, para que pueda desarrollarse adecuadamente como hombre. -Me puso una mano en el hombro.- No se preocupe. Es usted joven, los huesos se le readaptarán, le vigilaremos el equilibrio glandular... y haremos de usted un hermoso ejemplar masculino.

"Me eché a llorar. "-¿Y mi hija?
"Bueno” no podrá amamantarla, no tiene bastante leche. En su lugar, yo ni siquiera la vería, Le buscaría unos padres adoptivos.

"-¡No!

"El médico se encogió de hombros.

"- Usted decide. Es usted la madre, bueno... el padre. Pero ahora no se preocupe. Lo primero es recuperarse.

"Al día siguiente me dejaron ver a la niña, y seguí viéndola diariamente, tratando de acostumbrarme a ella. Nunca había visto un recién nacido, y no imaginaba qué feos son... Mi hija, parecía un monito anaranjado. Mis sentimientos se convirtieron en la firme decisión de protegerla. Pero cuatro semanas más tarde, eso no significaba nada.

-¿Cómo?

- La secuestraron.

-¿La secuestraron?

La madre soltera estuvo a punto de voltear la botella.
- La raptaron. ¡La robaron de las cunas del hospital! - La madre soltera respiraba con dificultad.- Y así me quitaron la última razón de mi vida.

- Feo asunto - admití -. Tome otro. No, mejor no. ¿Ninguna pista?

- La policía no descubrió nada. Alguien había ido a verla, diciendo que era el tío. En un descuido de la enfermera, se la llevó.

-¿Y el secuestrador cómo era?

Un hombre corriente, con una cara en forma de cara, como la suya o la mía, - La madre soltera frunció el ceño. - Creo que era el padre. La enfermera juró que era un hombre de más edad, probablemente se había maquillado. ¿Quién, sino él, podía robarme la criatura? Las mujeres sin hijos suelen hacer esas cosas, quién iba a decir que un hombre….

¿Qué pasó después?

- Estuve once meses más en ese horrible lugar. Me operaron tres veces A los cuatro meses empezó crecerme la barba. Antes de salir ya me afeitaba todos los días...y evidentemente era un hombre. - La madre soltera sonrió ácidamente. - Empezaba a mirarles las piernas a las enfermeras.

Bueno - admití -, me parece la cosa salió bastante bien. Se ha convertido en un hombre normal, gana bastante dinero, no tiene problemas. Además, la vida de la mujer no es fácil.

La madre soltera me miró con furia.
-¡Qué sabrá usted! ¿Por qué lo dice?

¿Alguna vez oyó esa expresion, "una mujer arruinada"?

- Hum, hace años. Ya no significa mucho.

- Pues yo estaba tan arruinado como puede estarlo una mujer. Ese canalla me arruinó realmente vida. Yo ya no era una mujer, y no sabía cómo ser un hombre.

¡Supongo que es cuestión de costumbre. 

- Usted no tiene la menor idea.
No hablo de aprender a vestirme, o de no equivocarse de baño en un restaurante. Todo eso lo aprendí en el hospital. ¿Pero cómo podía vivir? ¿En qué me emplearía? Diablos, ni siquiera sabía conducir un automóvil. No conocía un oficio, no podía hacer ningún trabajo manual: demasiado tejido cicatrizante, demasiado tierno.

"Detestaba a aquel individuo, además, por haberme quitado esa posibilidad de ingresar en la W.E.N.C.H.E.S Pero sólo; comprendí cuánto lo odiaba cuando quise entrar en el Cuerpo Espacial. Un simple vistazo a mi abdomen y me declararon inepto para el servicio militar. El oficial médico dedicó un buen rato, sin embargo, a examinarme. Por simple curiosidad. Ya había leído mi historial.

"Entonces cambié de nombre y vine a Nueva York. Me coloqué de ayudante de cocina en un restaurante. Después alquilé una máquina de escribir y me instalé como taquígrafo público.... ¡Qué risa! En cuatro meses dactilografié cuatro cartas y un manuscrito. El manuscrito era un cuento para Historias de la Vida Real. Un desperdicio de papel. Pero el pelmazo que lo escribió, consiguió venderlo. 

Eso me dio una idea. Compré una pila de revistas para mujeres y las estudié.
"Y ya sabe usted cómo he conseguido ese acertado punto de vista femenino en mi serie sobre las madres solteras. Mediante la única versión que no he vendido: la auténtica. ¿Me gané la botella?

La empujé hacia él. Me sentía bastante trastornado, pero habla que trabajar.

- Hijo mío, ¿todavía tiene ganas de echarle el guante a ese tal por cual?

Los ojos se le iluminaron con un brillo de fiera.

-¡Un momento! - exclamé -. ¿No lo mataría?

Soltó una risa maligna. - Póngame a prueba.

- Calma. Sé más sobre ese asunto de lo que usted imagina. Puedo ayudarlo. Sé dónde está.

Tendió la mano por encima del mostrador.
-¿Dónde está?

- Suélteme la camisa, hijo, o aterrizará en el callejón y tendremos que decirle a la policía que se ha desmayado.

La madre soltera me soltó. - Lo siento. Pero ¿dónde, está?
- Me miró.- ¿Y cómo sabe tanto?

- Todo a su tiempo. Hay ficheros, constancias: constancias del hospital, del orfanato, constancias médicas. La directora del orfanato era la señora Fetherage, ¿correcto? Y después vino la señora Greunstein, ¿correcto? Y cuando usted era niña la llamaban Jane, ¿correcto? Y usted no me dijo nada de esto, ¿correcto?

El hombre estaba desconcertado, asustado quizá.
-¿Qué pasa? ¿Está tratando de meterme en dificultades?
 

-En absoluto. Sólo quiero su felicidad. Puedo poner a ese sujeto entre sus manos. Usted hace con él lo que le parezca... sin consecuencias. Pero creo que no lo matará. Tendría que estar loco para matarlo... y usted no está loco. No del todo.

- Menos charla. ¿Dónde está? Le serví un pequeño trago. Estaba borracho, pero la ira equilibraba las cosas.
- No tan rápido. Yo le hago un favor. Usted me hace un favor.

- Ajá... ¿Qué?

-A usted no le gusta su trabajo. ¿Qué diría si yo le ofreciera un empleo con un gran sueldo, estabilidad asegurada, carta blanca en los gastos, usted su propio jefe, y pilas de aventuras y diversión?

El hombre me miró, boquiabierto. - Diría: "¡Saquen esos malditos elefantes de la terraza!" Acabemos, Pop. Ese empleo no existe.

- Muy bien, digamos así, entonces: yo le entrego el hombre, usted le arregla las cuentas, después prueba el trabajo que le ofrezco. Si no es como se lo pinto, no pasó nada.

El otro vacilaba. El último trago lo decidió. -¿Cuándo me lo entrega? - dijo con voz pastosa.

-Sí está de acuerdo... ¡ahora mismo!

El hombre extendió la mano. -¡Trato hecho!

Le hice una seña a mi ayudante para que vigilara las dos puntas del mostrador, tomé nota de la hora -23.00, y cuando atravesaba la puertita debajo del mostrador, la juke-box empezó a chillar los compases de "I’m My Own Grandpaw!" El hombre de servicio tenía orden de poner sólo clásicos del folklore americano, porque yo no aguantaba “música" de 1970. Pero yo ignoraba que esa grabación se hubiera infiltrado. Así que grité: -¡Apaga eso! ¡Devuélvele el dinero al cliente! - y agregué: - Voy al depósito. Vuelvo en seguida.
Y allá fui, seguido por la madre soltera.

El depósito estaba al fondo del pasillo, más allá de los baños. Solo el encargado de día y yo teníamos la llave de la puerta metálica. Adentro, había otra habitación, y sólo yo tenía la llave. Entramos ahí.

La madre soltera miró borrosamente a su alrededor y no vio mas que paredes sin ventanas. ¿Dónde está?

- Enseguida viene. Abrí un estuche. No había otra cosa en el cuarto: un modulador coordenadas portátil U.S.F.F., serie 1992, modelo II. Una hermosura, sin piezas móviles, veintitres kilogramos totalmente cargado. Parecía una inocente valija. Unas horas antes yo lo había puesto a punto; ahora lo único debía hacer era quitar la red metálica que limita el campo de transformación. Y lo hice.

¿Qué es eso? - preguntó.

- Una máquina del tiempo - respondí y con un movimiento rápido lancé la red sobre nosotros.

-¡Eh! - gritó la madre soltera, retrocediendo.
Es una técnica: hay que lanzar la red de modo que el sujeto retroceda instintivamente hasta chocar con la malla de metal. Luego uno cierra la red y ambos quedamos completamente adentro. De lo contrario, uno puede dejar detrás la suela de un zapato, o la punta de un pie. Pero ése es el único arte que el procedimiento exige. Algunos agentes introducen al sujeto en la red con engaños; yo digo la verdad y uso ese instante de total asombro para mover la palanca. Moví la palanca.

 

1030–VI–3 Abril 1963—Cleveland, Ohio–Apex Bldg.:
-¡Eh! - repitió el hombre -. ¡Sáqueme esto de encima!

- Lo siento - me disculpé, sacando la red y guardándola en la valija -. Usted dijo que quería encontrarlo.

- Pero... ¡Usted me dijo que era una máquina del tiempo!

Señalé el paisaje que se veía por la ventana.
-¿Le parece que estamos en noviembre? ¿Y en Nueva York?
Mientras él observaba, estupefacto, los pimpollos nuevos y el cielo primaveral, reabrí el estuche, saqué un fajo de billetes de cien dólares y miré si la numeración y la firma eran compatibles con 1963. Al Servicio Temporal no le importa lo que uno gaste (no cuesta nada), pero le desagradan los anacronismos innecesarios. Si uno comete demasiados errores, un tribunal militar puede exiliarlo por un año en una época particularmente desagradable, 1974 por ejemplo, con su estricto racionamiento y sus trabajos forzados. Yo jamás cometo tales errores. El dinero era perfecto.

La madre soltera dio media vuelta y preguntó:
-¿Qué ha pasado?

- El hombre está ahí, afuera. Aquí tiene dinero para los gastos.
- Le di el fajo y añadí:- Ajuste sus cuentas, después yo lo recogeré.

Los billetes de cien dólares tienen un efecto hipnótico en la gente que los ve poco. Seguía pasándolos de a uno, con el pulgar incrédulo, cuando lo empujé al vestíbulo, y cerré la puerta por dentro. El próximo salto en el tiempo era fácil, un pequeño desplazamiento dentro de la misma era.
 

 

7100–VI–10 Marzo 1964—Cleveland–Apex Bldg.: Habían echado por debajo de la puerta un aviso que decía que el contrato de mi alquiler expiraba la semana próxima; salvo ese detalle, el cuarto tenía el mismo aspecto que un momento antes. Afuera, los árboles estaban pelados. Amenazaba nevar. Me di prisa, demorándome apenas lo suficiente para recoger dinero contemporáneo, además de una chaqueta, un sombrero y un abrigo que habla dejada cuando alquilé la habitación. Contraté un automóvil y fui al hospital. Tardé veinte minutos en aburrir lo suficiente a la enfermera del cunero como para poder llevarme la criatura sin que nadie me viera. Regresamos al edificio Apex. Este salto fue más complicado, pues el edificio no existía aun en 1945. Pero lo habla calculado de antemano. 

 

0100–VI–20 Septiembre 1945—Cleveland–Skyview Motel:
El equipo portátil, el bebé y yo llegamos a un hotel de las afueras de la ciudad. Previamente yo me había registrado como Gregory Johnson. Procedencia: Warren, Ohio. La habitación tenía las cortinas corridas, las ventanas cerradas y las puertas atrancadas. El piso estaba libre de obstáculos, como precaución contra las oscilaciones mientras la máquina busca una época determinada. Una silla que está donde no debe estar puede golpearlo a uno seriamente -.. no la silla, desde luego, sino la descarga retroactiva del campo.

No hubo problemas. Jane dormía pacíficamente. La saqué, la puse en una caja de cartón sobre el asiento de un automóvil que había alquilado previamente, la llevé al orfanato, la dejé en la escalinata, recorrí dos cuadras hasta llegar a una "estación de servicio" (de las que vendían subproductos del petróleo) y telefoneé al orfanato. Después volví, a tiempo para ver cómo llevaban adentro la caja de cartón. Abandoné el automóvil cerca del motel, fui hasta el caminando, y entré al edificio Apex en el año 1963.


 
2200–VI–24 Abril 1963—Cleveland–Apex Bldg.:
Yo había calculado el tiempo con gran precisión. Si no me equivocaba Jane estaba descubriendo, en el parque, en esa perfumada noche primaveral, que no era una chica tan "decente" como había creído. Tomé un taxi, me hice llevar a la casa de sus patrones, y ordené al conductor esperase a la vuelta de la esquina, mientras yo me agazapaba  en las sombras.

De  pronto los vi venir por la calle, tomados del brazo. El hombre la llevó hasta el porche, la besó largamente, más largamente lo que yo había imaginado. Después ella entró. El hombre vino caminando por la acera, dobló la esquina. Me acerqué y lo tomé del brazo.
Muy bien, hijo - le anuncié voz baja - He vuelto para recogerlo. 

¡Usted! - exclamó, conteniendo la respiración.

- Yo. Ahora ya sabe quién es el otro, y si piensa un poco, sabrá quién es usted.. - y si piensa bastante, adivinará quien es el bebé... y quién soy yo.

El otro no contestó. Estaba demasiado aturdido. Es impresionante cuando a uno le demuestran que no puede resistir la tentación de seducirse a sí mismo. Lo llevé al edificio Apex y dimos un nuevo salto.
 

 

2300–VIII, 12 Agosto 1985–Sub Rockies Base:
Desperté al sargento de guardia, le mostré mi tarjeta de identificación, le ordené que pusiera a mi acompañante en la cama, le diera una píldora tranquilizante y lo reclutara a la mañana siguiente. El sargento estaba de mal talante, pero la jerarquía es la jerarquía, en cualquier época. De modo que obedeció, pensando, sin duda, que la próxima vez que nos encontráramos él podría ser el coronel y yo el sargento. Cosa que, efectivamente, puede suceder en nuestro servicio.
-¿Qué nombre? - preguntó

Se lo escribí. El sargento enarcó las cejas.
- Sí ¿eh? Humm...

- Limítese a hacer su trabajo, sargento. - Me volví a mi acompañante. - Hijo, sus pesares han terminado. Está por iniciarse en el mejor empleo que un hombre puede tener y andará bien. Yo sé.

-¡De eso puede estar seguro! - corroboró el sargento -. Mireme a mi nacido en 1917, y todavía ando por aquí, todavía soy joven, todavía disfruto de la vida.

Regresé a la oficina de desplazamientos, y ajusté todos los mecanismos a cero.

 

2301–V–7 Nov. 1970–NYC—“Bar de Pop”:
Salí del depósito con una botella para justificar el minuto de ausencia. Mi ayudante discutía con el parroquiano que quería oír “I’m My Own Grand–paw!" Le dije:
- Oh, déjalo que lo escuche. Después desenchufa el aparato.
Me sentía muy cansado.

El trabajo es duro, pero alguien debe hacerlo. Luego del Error de 1972, es difícil reclutar a alguien. No hay nada mejor que seleccionar a aquellos que se sienten desdichados donde están, y ofrecerles un trabajo interesante y bien pagado (aunque peligroso), para servir a una causa necesaria. Todo el mundo sabe ahora por qué fracasó la guerra de 1963. La bomba de Nueva York no estalló nunca, un centenar de otras cosas no ocurrieron como habían sido planeadas... todo gracias a gente como yo.

Pero el Error de 1972, no. No intervenimos. Y no puede ser reparado; no hay aquí ninguna paradoja. Una cosa es, o no es, ahora y para siempre, amén. Pero no habrá otro error semejante; una orden fechada en 1992 tiene prioridad en cualquier año.

Cerré el bar cinco minutos antes de lo habitual, dejando en la caja registradora una carta donde le explicaba al encargado de día que aceptaba su ofrecimiento de comprar mi parte, y que se entrevistara con mi abogado, puesto que yo me tomaba unas largas vacaciones. El Servicio cobraría o no mi participación, pero no quiere que se dejen cabos sueltos. Bajé al cuartito del depósito y salté a 1993.

 

2200–VII– 12 Enero 1993–Sub Rockies Annex–HQ Temporal DOL: Me presenté al oficial de guardia y fui a mi cuarto con la intención de dormir una semana. Me había traído la botella que habíamos apostado (al fin y al cabo, la gané) y tomé un trago antes de escribir mi informe. El aguardiente tenía un gusto desagradable; me pregunté por qué me habría gustado alguna vez. Pero era mejor que nada: no me gusta estar completamente sobrio, pienso demasiado. Pero tampoco vivo pegado a la botella.

Dicté mi informe: cuarenta reclutamientos aprobados por el Departamento Psicológico, incluyendo el mío, que sería aprobado, sin duda. Pues yo estaba aquí, ¿no? Luego grabé una cinta pidiendo que me pasaran al cuerpo operativo; estaba harto de reclutamientos. Metí las dos grabaciones en la ranura y luego me acosté.
Mi mirada se posó en el cartelito con las Máximas del Tiempo, a los pies de mi cama:

  • Nunca hagas ayer lo que deberías hacer mañana.
  • Si al final lo logras, no vuelvas a intentarlo.
  • Una puntada a tiempo salva nueve mil millones.
  • Una paradoja puede ser paradoctorada.
  • Es más temprano de lo que piensas. 
  • Los antepasados ​​son solo personas.
  • Incluso Júpiter parpadea


Ya no me entusiasmaban tanto o cuando era recluta; treinta años-subjetivos de saltos en el tiempo lo gastan a uno. Me desvestí y me miré el abdomen. Una cesárea deja una gran cicatriz, pero soy tan peludo ahora que no la veo, salvo que la busque.

Entonces eché un vistazo al anillo que llevo en el dedo.

La serpiente que se muerde eternamente la cola. - Yo sé de dónde he venido - pero ¿de dónde han venido todos ustedes, zombis?

Sentía la inminencia de un dolor de cabeza, pero nunca tomo analgésicos. Una vez tomé - y todos ustedes se fueron.
Así que me metí en la cama y apagué la luz.

Ustedes no. están ahí, realmente. Sólo yo estoy, no hay nadie sino yo - Jane - sola aquí en la oscuridad.

Los extraño tanto.

No tires nada por la ventanilla - Michael Avallone

El Impala descansaba rojo y reluciente en la loma del sendero para autos. Bobby corrió hacia él, con los ojos brillantes y batiendo palmas. ¡Él y papá darían una vuelta! Se detuvo intrigado, mientras su padre levantaba el capot e inspeccionaba el motor con cuidado, mirando atentamente los cables de la batería para cerciorarse de que no había ninguna conexión extraña que pudiera significar una bomba.

Jamison no había sido tan cuidadoso, pero Jamison había muerto asesinado.

Bobby, por supuesto, no tenía manera de saber por qué su padre se comportaba de esa forma y tampoco pensó en eso mucho tiempo. Todo lo que sabía era que él y su padre darían una vuelta. Y papá se había colocado incluso el revólver. Debajo del saco, en la cartuchera de cuero oscuro.

El hombre corpulento cerró el capot, satisfecho con la inspección, y le sonrió al niño.

—Recuerda —estaba diciendo—, nunca tires nada por la ventanilla. ¿Entendido? No está bien. Sobre todo cuando papá está manejando rápido por la autopista. No está bien, Bobby. Podrías pegarle a otro papá en el ojo y causar un accidente. ¿Entiendes?

Bobby asintió, tirando de la puerta del Impala.

—¡Qué bien se porta este nene! Sabía que entenderías una vez que supieras la razón. Mamá va a estar orgullosa de ti cuando se lo cuente.

Bobby sonrió. Las palabras le corrían por la cabeza como cachorros contentos. Mamá Orgullosa. ¡Qué bien se porta este nene! Cuando uno tiene cinco años, esas palabras son faros luminosos de progreso y amor que iluminan la existencia.

Pero sobre todo, de progreso. El largo viaje hacia el misterioso país de los adultos.

—¿A dónde vamos hoy, papá? ¿Otra vez a la Policía? —Cuando papá se colocaba el revólver por lo general significaba que iban a la Policía.

—Papá tiene que ir a Elmira —dijo Robert Black padre, con un destello extraño en los ojos—. Es parte del trabajo, también. Tengo que ir a lo del fiscal del distrito para entregar unos papeles. Ya sabes. Te lo conté. Nos encontraremos con mamá ahí y después puede que vayamos al cine. ¿Te gustaría eso?

Hizo una pausa y prendió un cigarrillo con el encendedor del tablero. Bobby lo miraba, rebosante de entusiasmo y de orgullo por el paseo. Le gustaban las manos grandes y el perfil agudo de su padre. Agudo como el canto de una moneda. Papá le había dicho eso una vez y él se acordaba.

—¿Mamá está en el centro? —preguntó Bobby con insaciable curiosidad de niño.

—Sí. Haciendo compras. Tomó el ómnibus. Tú estabas durmiendo aún.

—Extraño a mamá.

—Yo también. Pero la veremos enseguida.

Papá tocó algunas cosas en el tablero y el motor empezó a rugir. A Bobby le gustaba ese ruido. Siempre quería decir que iban a algún lado a hacer cosas. Aunque eso no ocurría demasiado seguido con papá. Papá siempre estaba fuera de casa, o haciendo valijas o hablando por teléfono desde lugares lejanos como Washington D.C. y casi nunca tenía tiempo de jugar o de ir a caminar por el bosque. 

Bobby no sabía muy bien de qué trabajaba su papá. No iba a trabajar como los padres de sus amigos, no se iba de la casa a la mañana ni volvía a la hora de la cena, para jugar un rato a la pelota con él; no, no hacía nada de eso.

Bobby sólo sabía que el trabajo del hombre grande tenía algo que ver con el distintivo brillante que había visto en el interior de la billetera negra que su papá dejaba a veces encima del escritorio del dormitorio. Y también ese revólver feo que a veces veía cuando su papá se lo guardaba en el saco. 

Una vez trató de tomarlo, pero su padre se enojó mucho con él. Bobby sabía que no debía volver a hacer eso nunca más en su vida.

Robert Black padre le dio unas palmaditas cariñosas en la mejilla y soltó el freno de mano. Bobby sabía lo que estaba haciendo. El freno siempre hacía un ruido molesto cuando papá lo movía con la mano.

—Bueno, Bobby, ¿qué es eso que no debes olvidar?

—No tirar nada por la ventanilla.

—Muy bien. Entonces, si compramos caramelos o chicles, vas a doblar los papelitos con cuidado y me los vas a dar a mí y yo los voy a guardar en el cenicero. ¿Entendido?

—Entendido.

—La última vez, cuando tiraste la bolsa de papel por la ventanilla, voló hasta el parabrisas del auto que venía detrás de nosotros. El hombre no podía ver por dónde iba ni qué estaba haciendo, pudo haberse lastimado. Y a ti no te gustaría que pasara eso, ¿no?

     —No, papá.

—Así me gusta. Bueno, en marcha.

Papá hizo marcha atrás con el Impala por el sendero de grava. ¡La fila de árboles se veía tan linda al sol! El hombre grande hizo girar el auto dirigiéndose hacia la autopista; tenía las gruesas muñecas relajadas, las manos grandes apenas asidas al volante. Bobby reconoció el enorme edificio de la escuela, con la bandera norteamericana flameando en lo alto. El año siguiente iría allí como los otros nenes.

Se hundió alegremente en el asiento blando y cruzó los brazos. Era lindo ir a algún sitio con papá, para variar, en lugar de con mamá. Las mamás eran buenas y divertidas cuando iban a los negocios y a otros lugares, pero los papás eran mejores.

Y los papás nunca lloraban; en cambio, las mamás sí lloraban. Como la anoche anterior.

—Papá, ¿quién era ese hombre que llamó por teléfono anoche? ¿El que le dijo algo a mamá que la hizo llorar? ¿Era el hombre al que le pegué con la bolsa de papel? ¿Quería que me dieras una paliza?

Robert Black padre sonrió pero era una sonrisa seca, una sonrisa fría.

—No, hijo. Era un hombre malo. Era un hombre que creía que podía apartarme de mi trabajo con amenazas. —Robert Black padre calló repentinamente—. Sólo era un hombre malo, hijo. Olvídate del asunto. ¿Quieres hacerme el favor?

—¿Por qué lloró mamá?

—Te dije que lo olvidaras, Bobby. El hombre no era bueno. Como el lobo malo de Caperucita Roja.

—¿O como el de los Tres Chanchitos?

—Sí. No te preocupes. No va a llamar otra vez. No después que entregue estos papeles en Elmira.

La atención de Robert Black padre estaba en el camino y en el tráfico. Robert Black hijo estaba pensando en todas las cosas que le iba a contar a su mamá que habían pasado esa mañana después que ella se fue. 

Hablaría del diente de adelante flojo, del gatito rayado que encontró paseando por el patio de atrás, del nido de gorriones que piaban en el cobertizo del auto y del desayuno espléndido con tostadas y miel que le había preparado papá. Los papás sabían cocinar tan bien como las mamás.

—¿Papá?

—¿Sí, hijo?

—¿Qué quiere decir FBI?

     Robert Black padre rió entre dientes.

—¿Quién te dijo eso?

—Estaba mirando televisión con otros dos chicos y me dijeron que eras uno del FBI. ¿Es cierto, papá?

—Billy y Gary, supongo. Los espías del barrio. Necesitaríamos unos ocho tipos como ellos en el Departamento. Bueno, te estaban diciendo la verdad, Bobby. Soy del FBI.

—¿Qué es eso? ¿Una especie de policía?

—Sí. Ese es mi trabajo. Sabías que era una especie de policía, ¿no?

—Supongo.

El Impala avanzó como una bala, pasando a un veloz auto grande azul. Papá manejaba como un corredor de autos. Bobby sonreía orgulloso.

—¿A mamá le gusta que seas del FBI?

Robert Black padre hizo un gesto negativo con la cabeza, divertido.

—A veces me lo pregunto, hijo.

—¿Le da miedo? ¿Como anoche?

—A veces. Las mujeres son así, hijo. Pero es un trabajo de hombres. Y alguien tiene que hacerlo.

Bobby asintió con la cabeza como si comprendiera todo.

—A mí no me daría miedo. Estoy orgulloso de que seas del FBI. De veras, papá.

—Gracias, Bobby.

Robert Black hijo se sonrojó y miró de reojo a su padre. Se sorprendió de que la sonrisa en la cara angulosa se transformara repentinamente en un gesto de reprobación. Trató de buscar la razón del evidente desagrado.

—¿Qué pasa, papá? No tiré nada por la ventanilla.

Su padre se concentró en la ruta, sin poder contener una sonrisa.

No, pero hiciste algo casi igual de malo. Olvidaste ponerte el cinturón de seguridad. Siempre dijiste que eras lo suficientemente grande...

—¡Soy lo suficientemente grande! —La voz de Bobby sonó decidida.

Tiró de la hebilla que estaba entre su padre y él y después buscó entre el asiento y la puerta la lengüeta retráctil que se enroscaba en su estuche cuando no se usaba, como esa tortuga que tenía Gary que escondía la cabeza siempre que la tocaban. Sus dedos encontraron el extremo del cinturón de seguridad y tiraron de él. Parecía que estaba trabado. Tiró con más fuerza pero sin éxito; entonces, se inclinó hacia el costado, escudriñando el espacio entre la puerta y el asiento.

Vio un extraño objeto en forma de huevo, donde nunca había nada, aparentemente salido de debajo del asiento mientras tiraba y encajado con firmeza contra el asiento.

Bobby se inclinó más, lo desencajó y se lo puso en la falda junto con el extremo del cinturón, al que estaba sujeto. Miró el objeto con asombro y fascinación.

Robert Black padre conducía el auto por la autopista a cien kilómetros por hora, concentrado en el tránsito. Su perfil era exactamente igual al de esos policías que aparecían en la televisión. Bobby suspiró y volvió su atención a esa cosa en forma de huevo sobre su falda. Nunca antes había visto algo semejante.

Era pesada y de metal y tenía cuadraditos extraños en toda la superficie y un gancho redondo raro en la parte de arriba, sujeto al extremo del cinturón por un cable fino. Estaba seguro de que a su papá le interesaría, pero primero tenía que obedecer sus instrucciones. Tiró del huevo; se desprendió de la lengüeta del cinturón y se separó también del ganchito que quedó colgando graciosamente. Bobby se colocó el huevo en la falda y se prendió el cinturón.

—Papá.

—¿Sí, hijo? —Robert Black padre dio vuelta la cabeza hacia su hijo. Se puso blanco.

Bobby jamás había visto los ojos de su papá tan abiertos y asustados. Tenía la cara contraída, como si le doliera una muela.

El rugido del motor ahogó algo que su papá estaba gritando. Había muchos autos que pasaban a toda velocidad, con un ruido atronador, por la autopista. Bobby lloriqueó. También él estaba asustado.

Su padre hizo un movimiento brusco con el brazo derecho. Bobby se echó atrás, pensando por un horrible segundo que su papá le iba a pegar.

Se abrazó a la cosa en forma de huevo, la apretó contra su pecho y se encogió contra la puerta del auto para hacerse más pequeño.

Los autos pasaban como rayos, zumbando, en una loca carrera por alcanzar el sol en el horizonte. Un auto tocó la bocina y Bobby se asustó más aún.

—¡Bobby! —aulló Robert Black padre—. ¡Tira esa cosa por la ventanilla!

Los fugaces árboles, la faja de asfalto de la ruta, los motores que tronaban... Cuatro segundos vitales habían pasado.

—¡Bobby!

—¡Pero, papá! —protestó Robert Black hijo, su pequeña cara hecha una mueca de confusión—, dijiste que nunca...