El dragón - Ray Bradbury
La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes. Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaba en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada. - ¡No, idiota, nos delatarás! - ¡Qué importa! - dijo el otro hombre - . El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo. - Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos... - ¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nu...