Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú.
Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más
tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla.
Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes
pinturas y se habían armado con piedras y flechas.
Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago.