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John Uskglass y el Carbonero Cumbrio - Susanna Clarke

Hace muchos veranos, en el claro de un bosque de la región de Cumbria, vivía un carbonero. Era muy, muy pobre. Tenía la ropa hecha harapos, por lo general manchada de hollín, sucia. No tenía esposa ni hijos, y su única compañía era un cerdo pequeño llamado Blakeman. 
 
La mayor parte del tiempo lo pasaba en el claro, donde había dos cosas: una pila de ardiente carbón cubierta de tierra y una choza construida con palos y restos de turba. Pero a pesar de todo poseía un alma alegre, pues alegre había sido siempre, a menos que se obcecase por alguna razón.

Una espléndida mañana de verano un ciervo irrumpió a la carrera en el claro. Tras el ciervo llegó una gran manada de perros de caza, y detrás de los perros el tropel de jinetes armados con arcos y flechas. Por unos instantes nada pudo verse más allá de la confusión a la que dio pie la barahúnda de los perros, los cuernos de caza y el estruendo de los cascos de las monturas. Después, tan pronto como había llegado, la partida de caza desapareció entre los árboles que se alzaban en el extremo opuesto del claro. Todos a excepción de un hombre.

El carbonero miró a su alrededor. La hierba había quedado cubierta de fango y no sobrevivía en pie un solo palo de la choza. La pulcra pila de carbón estaba medio deshecha, y los restos provocaban pequeños incendios aquí y allá. Empujado por un arranque de ira se volvió hacia el único cazador que había permanecido allí, sobre quien vertió hasta el último insulto que había oído en su vida.

Pero el cazador tenía sus propios problemas. El motivo de que no se hubiese alejado a caballo con los demás era que Blakeman corría, de un lado a otro, bajo los cascos de su caballo, chillando como el cerdo que era. Por mucho que lo intentara, el jinete no podía librarse de él. 
 
El cazador vestía con elegancia de negro, calzaba botas de negro cuero blando, y el arnés estaba enjoyado. Era, de hecho, John Uskglass (también conocido como el Rey Cuervo), rey de Inglaterra del Norte y de parte de Tierra de Duendes, así como el mayor mago que había existido jamás. Cosa que el carbonero (cuyo conocimiento de los sucesos que acontecían más allá de aquel claro era, cuando menos, imperfecto) ni siquiera sospechaba. Solo sabía que el hombre no respondía a sus insultos, lo cual no hizo sino enervarlo más.

—¡Pero diga algo! —protestó.

Un arroyuelo discurría a través del claro. John Uskglass lo miró, luego volvió la vista hacia Blakeman, que seguía correteando entre los cascos del caballo. Hizo un gesto con la mano y Blakeman se convirtió en un salmón. El salmón dio un brinco a través del aire hasta caer en el agua con un chapoteo y alejarse a nado. Después John Uskglass se fue al trote.

El carbonero se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer? —se preguntó en voz alta.

Apagó los fuegos que se habían producido en el claro, y recompuso la pila de carbón tan bien como pudo. Pero una pila de carbón que ha sido pisoteada por lebreles y caballos no puede tener el mismo aspecto que una que no ha sido objeto de tales desmanes, por mucho empeño que se ponga en reconstruirla, y al carbonero le bastaba con verla así de maltrecha para que le dolieran los ojos.

Se acercó a Furness Abbey para pedir a los monjes que le dieran algo de cenar, porque su propia cena también había acabado pisoteada. Cuando llegó a la abadía, se dirigió al limosnero, cuya tarea consistía en distribuir a los pobres alimentos y ropa. El limosnero lo saludó con afabilidad y le dio un espléndido queso redondo y una gruesa manta, mientras le preguntaba a qué venía esa cara tan larga y triste.

Así que el carbonero se lo contó. Pero éste no tenía mucha práctica en el arte de relatar con claridad sucesos complejos. Por ejemplo, habló largo y tendido acerca del cazador que se había rezagado, pero no hizo mención alguna a la ropa elegante del jinete, ni a los anillos con joyas engarzadas que le adornaban los dedos, así que el limosnero ni siquiera sospechó que podía tratarse del Rey. De hecho, el carbonero lo llamó «un hombre negro», así que el limosnero supuso que se refería a un hombre sucio, es decir, a otro carbonero, por poner un ejemplo. El limosnero era todo simpatía.

—Así que Blakeman se ha convertido en un salmón, ¿eh? —comentó—. Yo en su lugar, tendría unas palabras con san Mungo. Estoy seguro de que podrá ayudarle. No hay nada que no sepa acerca de los salmones.

—San Mungo, ¿dice usted? ¿Y dónde podría yo encontrar a alguien tan útil? —preguntó el carbonero, realmente interesado.

—Tiene una iglesia en Grizedale. Debería usted tomar el camino que discurre por allí.

Y así fue como el carbonero se dirigió andando a Grizedale, y cuando llegó a la iglesia, entró y golpeó las paredes y aulló el nombre de san Mungo, hasta que el propio santo agachó la vista desde el cielo y preguntó qué se le ofrecía al carbonero.

De inmediato el hombre emprendió una larga e indignada diatriba en la que describía las injurias que había sufrido, en particular las relativas al solitario cazador.

—Bueno —dijo san Mungo, alegre—. Déjame ver qué puede hacerse. Los santos como yo siempre tendríamos que prestar oídos a las súplicas de la gente pobre, sucia y zarrapastrosa como tú. Por ofensivo que sea el modo en que se dirigen a nosotros. Sois nuestra preocupación especial.

—¿Y ya está? —preguntó el carbonero, que se sintió halagado al oír eso.

Entonces san Mungo extendió el brazo desde el cielo, llevó la mano a la fuente de la iglesia y sacó de ella un salmón. Le bastó con sacudirlo un poco para que en un abrir y cerrar de ojos este se convirtiera en Blakeman, tan sucio y vivaz como siempre.

El carbonero rió entre aplausos. Quiso abrazar al cerdo, pero Blakeman se fue a correr, chillando como el cerdo que era, con la energía que lo caracterizaba.

—Ahí lo tienes —dijo san Mungo, contemplando la agradable escena con cierto goce—. Me alegro de haber podido responder a tu plegaria.

—Bueno, ¡en realidad no lo ha hecho! —le acusó el carbonero—. ¡Tiene que castigar a mi malvado enemigo!

Entonces san Mungo arrugó un poco el entrecejo y le explicó que se suponía que uno debía perdonar a sus enemigos. Pero el carbonero nunca había puesto en práctica el perdón de los cristianos, y no estaba de humor para empezar a hacerlo en ese momento.

—¡Que Blencathra caiga sobre su cabeza! —gritó con fuego en los ojos, los puños en alto. (Blencathra es una colina elevada que se alza a unas millas al norte de Grizedale.)

—Bueno, verás —dijo, muy diplomático, san Mungo—. En realidad no puedo hacer eso. Pero ¿creo haberte oído decir que ese hombre era cazador? Quizá haber perdido a su presa le enseñe a tratar con mayor respeto a sus vecinos.

En cuanto san Mungo pronunció estas palabras, John Uskglass (que seguía de caza) cayó de su caballo y fue a parar a una grieta que había entre las rocas. Quiso salir de la grieta, pero descubrió que un misterioso poder se lo impedía. Quiso practicar magia para contrarrestarlo, pero la magia no sirvió. Las rocas y la tierra de Inglaterra amaban a John Uskglass. Siempre le habían ayudado, pero aquel poder, fuera lo que fuese, era algo que aún respetaban más.

Pasó todo el día con su noche en la grieta rocosa, hasta que lo cubrió el rocío y se sintió muy desdichado. Al alba el poder desconocido le liberó de pronto, a saber el porqué. Salió de la grieta, encontró su caballo y cabalgó de vuelta a su castillo en Carlisle.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó William de Lanchester—. Os esperábamos ayer.

Pero John Uskglass no quería que nadie supiera que existía en Inglaterra un mago más poderoso que él. Así que consideró la respuesta un instante.

—En Francia —dijo.

—¡En Francia! —William de Lanchester se mostró sorprendido—. ¿Y habéis visto al Rey? ¿Qué os ha dicho? ¿Planean nuevas guerras?

John Uskglass dio una respuesta vaga, de naturaleza mística y mágica. Luego fue a sus habitaciones y se sentó en el suelo, junto a su cuenco de plata lleno de agua. Entonces se dirigió a las Personas de Gran Importancia (tales como el Viento de Poniente o las Estrellas) y les pidió que le revelaran quién había provocado su caída en la grieta rocosa. En el plato se formó la imagen del carbonero.

John Uskglass pidió a voces que le prepararan el caballo y los perros, y cabalgó hacia el claro del bosque.

Entretanto, el carbonero probaba el queso que le había obsequiado el limosnero. Luego fue a visitar a Blakeman, porque había pocas cosas en el mundo que a Blakeman le gustasen más que una tostada con queso fundido.

Mientras estuvo fuera llegó John Uskglass con sus perros. Miró en derredor del claro, en busca de alguna pista acerca de lo sucedido. Se preguntó por qué razón un mago poderoso y peligroso escogería vivir en un bosque y ganarse el jornal trabajando de carbonero. Entonces reparó en el queso fundido.

Resulta que el queso fundido supone una tentación que pocos hombres son capaces de resistir, sean carboneros o reyes. John Uskglass llevó a cabo el siguiente razonamiento: toda Cumbria le pertenecía, por tanto el bosque también, por tanto aquellas tostadas con queso fundido también eran suyas. Así que se sentó a comer, y al terminar dejó que sus perros le lamieran los dedos.

Ese fue el momento que escogió el carbonero para volver al claro. Miró a John Uskglass y las verdes hojas vacías donde había dejado las tostadas con queso fundido.

—¡Usted! —exclamó—. ¡Usted otra vez! ¡Acaba de comerse mi plato! —Aferró a John Uskglass y lo sacudió con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas?

John Uskglass no pronunció una palabra. (En ese momento no supo qué decir que pudiera ponerle en una situación ventajosa.) Se libró de las manos del carbonero, montó en su caballo y se alejó al trote del claro.

El carbonero acudió de nuevo a Furness Abbey.

—¡Ese hombre malvado ha vuelto y se ha comido mi queso fundido! —se quejó al limosnero.

El limosnero negó con la cabeza, entristecido por aquella demostración de que vivía en un mundo lleno de pecadores.

—Tenga un poco más de queso —le ofreció—. ¿Qué le parece si le doy un poco de pan para acompañarlo?

—¿Qué santo se encarga de cuidar de los quesos? —preguntó el carbonero, con tono exigente.

El limosnero meditó unos instantes la respuesta.

—Santa Brígida —dijo.

—¿Y dónde puedo encontrar a su señoría? —preguntó el carbonero, ansioso.

—Tiene una iglesia en Beckermet —respondió el limosnero, que señaló el camino que debía tomar el carbonero.

Y así fue como el carbonero anduvo hasta Beckermet. Cuando llegó a la iglesia, golpeó las bandejas del altar, rugió y armó una barahúnda tremenda hasta que santa Brígida agachó inquieta la mirada desde el cielo y preguntó si había algo que pudiera hacer por él.

El carbonero hizo una exhaustiva descripción de los atropellos que había sufrido a manos de su mudo enemigo.

Santa Brígida dijo que lamentaba oír aquello.

—Pero no creo que sea la persona más apropiada para ayudarte. Yo cuido de lecheras y lecheros. Animo a la mantequilla a cuajar y vigilo la maduración de los quesos. No es de mi incumbencia que la persona equivocada se haya comido una tostada con queso. San Nicolás se ocupa de los ladrones y de la propiedad robada. Tal vez san Alejandro de Comana sienta amor por los carboneros —añadió, esperanzada—, y sean ellos a quienes deberías elevar una plegaria.

El carbonero se negó a interesarse lo más mínimo por las personas que ella acababa de mencionar.

—¡La gente pobre, sucia y zarrapastrosa como yo somos su preocupación especial! —protestó—. ¡Obre un milagro!

—Aunque también pienso que es posible que ese hombre no pretenda ofenderte con su silencio —conjeturó santa Brígida—. ¿Has considerado la posibilidad de que sea mudo?

—¡Ay, no! Le vi hablar a sus perros. Movieron la cola, encantados de oír su voz. ¡Haga algo, santa! ¡Que Blencathra le caiga en la cabeza!

Santa Brígida suspiró.

—No, no, no podemos hacer nada parecido, aunque es verdad que obró mal al robarte el almuerzo. Quizá convendría darle una lección. Una leccioncilla.

En ese momento, John Uskglass y su corte se disponían a salir de caza. Una vaca vagabundeó hacia el patio que había frente al establo, hasta alcanzar el lugar donde John Uskglass se hallaba montado en su caballo, para pronunciar a continuación un sermón en latín acerca del pecado de robar. Después el caballo volvió la cabeza y le dijo, muy solemne, que estaba de acuerdo con las palabras de la vaca y que debía prestar atención a lo que decía el rumiante.

Todos los cortesanos y sirvientes que había en el patio guardaron silencio, atentos al desarrollo de la escena. Nunca había sucedido algo parecido.

—¡Esto es cosa de magia! —aseguró William de Lanchester—. Pero, ¿quién osa...?

—Ha sido cosa mía —se apresuró a decir John Uskglass.

—¿De veras? —preguntó William—. Pero ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Para ayudarme a considerar mis errores y pecados —dijo finalmente John Uskglass—, tal como todo cristiano tendría que hacer de vez en cuando.

—¡Pero robar no es un pecado que hayáis cometido! Entonces, ¿por qué...?

—¡Santo Dios, William! —protestó John Uskglass—. ¿A qué viene tanta pregunta? ¡Hoy no saldré de caza!

Se alejó a paso vivo hacia el jardín de las rosas, para dejar atrás al caballo y la vaca. Pero las rosas volvieron hacia él sus rostros rojos y blancos y hablaron al cabo acerca de las responsabilidades que el Rey tenía con los pobres; y algunas de las flores más maliciosas sisearon: «¡Ladrón! ¡Ladrón!» 
 
John Uskglass cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas, pero acudieron los perros, le encontraron y, acercando los hocicos a su rostro, le dijeron lo decepcionados, lo terriblemente decepcionados que se sentían. Así que fue a esconderse en un cuarto minúsculo y vacío, situado en lo alto del castillo. Pero durante todo ese día las piedras de las paredes debatieron en voz alta varios pasajes de la Biblia que condenaban el robo.

Esa vez, John Uskglass no tuvo necesidad de preguntar quién había sido el responsable de aquello (la vaca, el caballo, los perros, las piedras y las rosas habían mencionado, todos sin excepción, las tostadas con queso), y estaba decidido a descubrir quién era aquel mago estrafalario y cuáles eran sus intenciones. Decidió recurrir a la más mágica de todas las criaturas: el cuervo. 
 
Al cabo de una hora, envió aproximadamente un millar de cuervos que dieron forma a una bandada tan densa que fue como si una montaña negra surcara el cielo veraniego. Cuando llegaron al claro del carbonero, lo llenaron hasta el último rincón con el negro tumulto de su batir de alas. Los árboles perdieron sus hojas, y el carbonero y Blakeman cayeron al suelo, incapaces de levantarse. 
 
Los cuervos ahondaron en los recuerdos y los sueños del carbonero en busca de pruebas de sus prácticas mágicas. Y para asegurarse, también profundizaron en los recuerdos y los sueños de Blakeman. Los cuervos comprobaron qué pensamientos habían concebido hombre y cerdo estando aún en el vientre de sus madres; y luego indagaron qué harían ambos cuando, al cabo, llegasen al cielo. No encontraron ni un resquicio de magia por ninguna parte.

Cuando se marcharon, John Uskglass accedió al claro con los brazos doblados a la altura del pecho. Caminaba ceñudo. El fracaso de los cuervos le había supuesto una profunda decepción.

El carbonero se levantó lentamente del suelo y miró a su alrededor, asombrado. Si un incendio hubiera barrido el bosque, la destrucción que habría dejado a su paso no podría haber sido más exhaustiva. Los árboles habían perdido las ramas, y todo lo alfombraba una capa gruesa, negra, de plumas de cuervo. Una especie de éxtasis de la indignación le empujó a exclamar:

—¡Dígame por qué me persigue!

Pero John Uskglass no dijo una palabra.

—¡No cejaré hasta que Blencathra le caiga en la cabeza! ¡No lo haré! ¡Sepa que no lo haré! —Y hundió el mugriento dedo en la cara de John Uskglass—. ¡Usted... sabe... de... qué... soy... capaz!

Al día siguiente, el carbonero se acercó a Furness Abbey antes de que asomara el sol. Encontró al limosnero, que iba de camino a prima.

—Ha regresado para destrozarme el bosque —le contó—. ¡Lo ha convertido en un lugar negro y sucio!

—¡Qué hombre tan terrible! —exclamó el limosnero, que simpatizaba con el carbonero.

—¿Qué santo mira por los cuervos? —preguntó el carbonero.

—¿Los cuervos? —preguntó el limosnero—. Ninguno que yo sepa. —Meditó el asunto unos instantes—. San Osvaldo tuvo un cuervo por mascota al que apreciaba mucho.

—¿Y dónde puedo encontrar a su santidad?

—Tiene una nueva iglesia en Grasmere.

Y así el carbonero anduvo hasta Grasmere, y cuando llegó allí gritó y golpeó las paredes, armado con uno de los candelabros del altar.

—¿Tienes que gritar tanto? —protestó san Osvaldo tras sacar la cabeza del cielo—. ¡Que no soy sordo! ¿Qué quieres? ¡Y deja en su sitio ese candelabro, que vale una fortuna! —Durante sus santas y benditas vidas, san Mungo y santa Brígida habían sido respectivamente monje y monja, y poseían toda la santa paciencia y la templanza del mundo. Pero san Osvaldo había sido rey y soldado, y pertenecía a una clase de personas muy distinta.

—El limosnero de Furness Abbey afirma que a usted le gustan los cuervos —explicó el carbonero.

—Decir que me gustan es un poco exagerado —dijo san Osvaldo—. Hubo un pájaro en el siglo siete que solía posarse en mi hombro. Me picoteaba las orejas y me hacía sangrar.

El carbonero le relató el ahínco con que le acosaba el hombre silencioso.

—No sé, ¿tal vez tenga un motivo para comportarse así? —aventuró san Osvaldo, sarcástico—. ¿Cabe la posibilidad, por decir algo, que hayas mellado de algún modo sus candelabros?

El carbonero negó, indignado, haber causado perjuicio alguno al hombre silencioso.

—Hum. —San Osvaldo meditó el asunto—. Solo los reyes dan caza a los ciervos, como sabrás.

A juzgar por su expresión, el carbonero no había atado cabos.

—Veamos —continuó san Osvaldo—. Un hombre que viste de negro, capaz de obrar magia poderosa, que manda a los cuervos y posee los derechos de caza de un rey. ¿De veras todo esto no te sugiere nada? No, por lo visto no. Bueno, resulta que creo conocer la identidad de la persona a la que te refieres. En verdad es muy arrogante y tal vez haya llegado el momento de darle una lección de humildad. Si entiendo bien lo que me dices, ¿estás enfadado porque no te dirige la palabra?

—Sí.

—Muy bien, pues. Creo que debería aflojarle un poco la lengua.

—¿Qué clase de castigo es ese? —preguntó el carbonero—. ¡Quiero que haga que Blencathra le caiga en la cabeza!

San Osvaldo protestó, irritado.

—¿Qué sabrás tú? —dijo—. Créeme, ¡sé mejor que tú cómo perjudicar a ese hombre!

Y mientras san Osvaldo hablaba, John Uskglass empezó a hablar de manera rápida y nerviosa. Aquello era inusual, pero al principio no se le antojó siniestro. Todos sus cortesanos y sirvientes atendieron con educación a sus palabras. Pero transcurridos unos minutos, y luego unas horas, se preguntaron por qué no había dejado de hablar en todo aquel rato. 
 
Habló durante la cena; habló durante la celebración de la misa; habló durante la noche. Pronunció profecías, recitó pasajes de la Biblia, contó historias de varios reyes de Tierra de Duendes, dio recetas de repostería. 
 
También reveló secretos políticos, secretos mágicos, secretos infernales, secretos divinos y secretos escandalosos, de resultas de lo cual el reino de Inglaterra del Norte se vio abocado a una plétora de crisis políticas y teológicas. Thomas de Dundale y William de Lanchester rogaron y amenazaron y suplicaron, pero nada de lo que dijeron bastó para que el Rey dejase de hablar. 
 
Al cabo de un tiempo se vieron obligados a encerrarlo en un cuarto vacío que había en lo alto del castillo, para que nadie pudiera oírlo. Entonces, puesto que era inconcebible que un rey hablase sin alguien que lo escuchara, se vieron forzados a hacerle compañía, día a día. Al cabo de tres días exactos por fin se calló.

Dos días después se acercó a lomos de su caballo al claro del carbonero. Estaba tan pálido y ojeroso que el carbonero albergó de pronto la esperanza de que san Osvaldo pudiera haberle arrojado Blencathra sobre la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó John Uskglass, cauteloso.

—¡Ajá! —exclamó el carbonero con expresión triunfal—. ¡Que me pida perdón por transformar a Blakeman en salmón!

Hubo un largo silencio.

Entonces, los dientes prietos, John Uskglass pidió perdón al carbonero.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa? —preguntó.

—¡Que repare todos los perjuicios que me ha causado!

De inmediato reaparecieron la choza y la pila de carbón del carbonero, tal como siempre habían sido; los árboles volvieron a llenarse de hojas, verdes, espléndidas, que cubrieron sus ramas, y una alfombra de hierba suave se extendió por el claro.

—¿Algo más?

El carbonero cerró los ojos e hizo el esfuerzo de imaginar algo que supusiera una riqueza sin igual.

—¡Quiero otro cerdo! —pidió.

John Uskglass empezaba a sospechar que había un punto en que había cometido un error de cálculo, pero por su alma que no supo decir dónde. No obstante eso, sintió el aplomo necesario para decir:

—Te daré el cerdo, si me prometes no revelar a nadie quién te lo dio ni el porqué.

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —protestó el carbonero—. No sé ni quién es usted. ¿Por qué? —preguntó entonces, entornando los ojos—. ¿Quién es usted?

—Nadie —dijo apresuradamente John Uskglass.

Apareció otro cerdo, idéntico, gemelo de Blakeman, y mientras el carbonero se felicitaba por su buena fortuna, John Uskglass subió a lomos de su caballo y se alejó al trote sumido en la estupefacción más absoluta que quepa imaginarse.

Poco después regresó a su capital en Newcastle. A lo largo de los siguientes cincuenta o sesenta años, a menudo sus sirvientes y lores le recordaron las excelentes jornadas de caza que habían disfrutado en Cumbria, pero él se cuidó mucho de volver hasta haberse asegurado de que el carbonero había muerto.

Vera la Vagabunda - Margaret Atwood

Vera era una niña vivaz de cabellos volubles y verdes ojos. Al venir a la vida, a sus valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval.

Voluntariosa, Vera viajó aquí y viajó allá. Llevaba un viejo vestido muy voluminoso y cavilaba sobre si volvería a verlos.

«Volved, volved, volando en avión o navegando en velero», se desvivía.

Un día vislumbró en la vía un aviso que decía: SE BUSCA (nadie lo había revisado y había varias barbaridades). Vera vio:

"Se Vusca. Birujo el Brujo y su vil Varita del Viento. Causa de Vendavales y Ventoleras. Vivo o Muerto"

—Vaya —aventuró Vera—. ¿Vendavales? ¿Ventoleras?

A veces, si le entraba hambre, Vera revolvía en la basura de un bar que vendía verduras y víveres en estado vomitivo y vertían en un cubo las sobras. Ella las devoraba sin vergüenza.

Una vez, a la vuelta del bar, Vera se volvió al percibir una voz débil y vacilante.

—Una verdurita, por voluntad.

—¿Eres un tejón, por ventura? —vaticinó Vera.

—Qué va. Soy una marmota verdadera.

—¡Pero si las marmotas comen madera!

—Esas verduras son igual de duras.

Vera le dio una vulgar endivia babeada. —¡Vaya! —vaciló la marmota—. Bueno, las he visto más viles.

—Vámonos —bramó Vera, y se desvanecieron en las sombras, cabizbajas. Convinieron conversar en voz baja para evitar que los del bar las vieran y buscaran venderles las sobras vomitivas que habían vertido en el cubo de basura.

—¿Por qué has venido a este pueblo en vez de vivir en el bosque? —buscó saber Vera.

—En el bosque había víboras y lobos. Era verdaderamente bestial. Quise ver qué vida había más allá y me vine, pero he visto que aquí en el pueblo abundan los buitres, los vampiros, los vendedores y bastantes bestias más. Varias veces me he visto en apuros.

—Eres bonito y valeroso —dijo Vera mientras vagaban por barrios vandalizados, entre bolsas de basura avivadas por el viento—. Voy a llamarte Valentín.

—Vale, vale —vociferó la marmota, saltando al interior del viejo y voluminoso abrigo de Vera.

Era viernes cuando Vera y Valentín vagaban voluntariosos por la vía y avistaron el vagón de una carreta tirada por varios caballos veloces. En un lado se veía biselado con verbo verde muy vivo y cursivo:

"Viuda Verruga. Lavandería Vintage" 

Vieron que los observaba una vieja con una nariz voluminosa, un ojo vago de vista vacía, varias verrugas no muy bonitas y cejas de vetusto líder soviético. Vestía un abrigo abultado a prueba de bomba y botas de lluvia rellenas con viejas vendas y virutas de papel de envolver. En una mano venosa llevaba un látigo de vértigo.

—¿Por qué vagas cabizbaja por entre los cubos de basura? —berreó la viuda Verruga.

—A mis valientes y bondadosos padres se los llevó volando un violento vendaval —la informó Vera. En el interior de su voluminoso abrigo, Valentín observaba ojo avizor.

—¡Una vagabunda! ¡Pues aviada vas! ¡Ven con la viuda Verruga! —rebufó la vieja, y la subió al vagón sin que Vera pudiera decirle: «¡Ni hablar!».

La viuda Verruga embutió a Vera en una banasta, y con su látigo de vértigo avivó a los caballos, que avanzaron a toda velocidad. —¡Vuelva!

¡Vuelva! —bramó Vera, pero la viuda Verruga no vaciló—. Valentín, ¿qué vamos a hacer? —dijo en voz baja.

—He vivido peores vicisitudes —bisbiseó Valentín, sobrado.

Vera observó por un agujero de la banasta. Abandonaron la vía, el barrio y el vecindario, y ahora vagaban por un bosque donde los vientos bramaban y los lobos los imitaban. Se aventuraron por un verdadero vergel de violetas y verónicas y aroma a vainilla.

Por fin, atravesaron una verja y avanzaron veloces por una vía sobre la que era visible: "Viuda Verruga y su lavandería vintage. Lava y lava, más blanco que el blanco".

—¡BASTA! —bramó la viuda Verruga, y los caballos, reventados, se detuvieron—. Bienvenida a mi lavandería vintage, Vera.

Y la lanzó por un tobogán por el que Vera bajó a velocidad vertiginosa. Al fin se vio cubierta de agua enjabonada en una habitación desvencijada con una sola ventanita.

—¡Vaya con la vieja! —bramó Vera.

—Vaya, vaya —corroboró Valentín, a quien Verruga no había visto porque se ocultaba en el interior del voluminoso abrigo de Vera.

—Valentín, estoy bien agobiada. No vaticino nada bueno para nuestro bienestar. —Pero Valentín, abrumado, no la escuchaba.

Mientras Vera se lamentaba y desvivía bajo la ventanita, el viento soplaba y la Luna brillaba. Se vio vencida por el sueño y no pudo conservar la vigilia.

Cuando volvió a abrir los ojos, la avivó el barullo de las aves del bosque y el vergel tras la verja. Se encontraba abrumada.

—¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy?

—De lo demás tú verás, pero estás en la lavandería vintage de la vieja Verruga. —Vio que varias voces la avisaban.

¡Vaya sobresalto! Resultaba que la vieja habitación no estaba tan vacía.

—¿Quiénes sois vosotros? ¿De qué vais? —preguntó a los tres niños que la observaban vacilantes.

—Somos Vernon, Virgil y Victor, vagabundos —vociferaron a la vez y a una voz.

Vera, boquiabierta, oyó que a los padres valientes y bondadosos de los tres se los había llevado volando un violento vendaval, y que la vieja Verruga los había volcado en su tobogán vertiginoso.

—Vaya con la vieja —volvió a bramar Vera.

La puerta se abrió con revuelo, y allí estaba la viuda Verruga, alzando al vuelo su látigo en dibujos vertiginosos.

—¡Basta de berrear, vulgares vagabundos, y a trabajar! —vociferó.

—No te muevas —avisó Vera al bulto que se agitaba en el bolsillo de su voluminoso abrigo. La marmota evitó los movimientos bruscos.

Vera vio que en las paredes había vistosos dibujos de avispas, vacas, aves, víboras y venados. La vieja les sirvió varias viandas robadas del vertedero, como vejiga de vencejo, varitas de gaviota, bananas con puré de verduras, babosa invertebrada en vinagre, y un buen vaso de un brebaje verdoso con sabor a las violetas del vergel y vestigios de vainilla.

Ni bien acabaron, la vieja Verruga los obligó a trabajar y trabajar lavando vestidos y bufandas y abrigos reversibles y levitas en las voluminosas bañeras de agua jabonosa de la lavandería vintage. 

No paraban hasta que el agua los calaba y caían reventados de lavar y lavar más blanco que el blanco, y entonces debían ir a verter barriles de agua jabonosa y volver a buscar agua limpia, doblar los vestidos para hacerlos agradables a la vista y devolverlos a sus bolsas vacías. Era brutal.

—¡Trabajad, vagos! —bramaba la vieja Verruga, que a veces asomaba el látigo al vuelo por la ventanita—. ¡Dejad los blancos más blancos que el blanco u os daré un varapalo! —Y les daba con una vara y un bastón en los brazos mientras ellos lloraban y lloraban. Vera acababa verdaderamente vapuleada.

De noche volvían a recibir víveres y viandas de bajo valor nutritivo, y de nuevo a la habitación desvencijada con la ventanita, y vuelta a empezar.

—Es una vieja vacaburra —berreó Vernon.

—Una víbora —abundó Virgil—. ¡Voto a bríos!

—¿Será una vampira? —vaciló Victor, que vomitaba bilis.

—Vale, vale, pero lávate bien la boca —volvió Virgil.

—Bueno. —Victor babeó avergonzado.

—Es vil y avariciosa —Vernon vilipendió a la vieja—. Y avara: tiene una verdadera fortuna en billetes y bonos del Estado. ¡A ver!, como no abona sueldos… Nos envenena a base de varitas de babosa invertebrada, nos conserva reventados y debilitados de alivio, y ella devora vieiras y caviar en valiosa vajilla de Sèvres, servidos con buenos vinos de uvas variopintas.

—¡Esas verduras vencidas suyas que nos da sí que son vintage! —Virgil avivó la invectiva—. Nunca vamos a volver a la civilización, al pueblo, al barrio. Habría que atravesar la verja, el vergel y el bosque atiborrado de lobos salvajes.

—Barrunto que en verdad no es una vulgar vieja. ¡Es una bruja! —caviló Vera.

—Vas por buena vía. —Valentín, la marmota, asomó la cabeza por el bolsillo del voluminoso abrigo de Vera, tenía los bigotes cubiertos de polvo (Valentín, no Vera).

—¡Valentín! —se asombró Vera—. ¡Has vuelto! ¿Con qué has estado bregando? ¿Qué es de tu vida?

Valentín abrió la boca y mostró bien los incisivos.

—Si en una cosa somos virgueras las marmotas es en cavar.

—¿Has cavado un buen túnel para huir a toda velocidad? ¡Qué buena nueva! —se maravilló Vera.

—La verdad, he visto nuevas mucho más buenas —reveló Valentín.

—¡Marmota valerosa, bienvenida! —convinieron a la vez Vernon, Virgil y Victor.

—La verdad —dijo Valentín—, esta lavandería vintage no me convencía. Y la vieja Verruga es una babosa.

Antes de salir volando, los vagabundos trabaron la puerta con una vara que Valentín había roído; así, la vieja Verruga no vería que no estaban. O eso esperaban.

Se abrieron paso bajo tierra por el hoyo cavado por Valentín en el barro, hasta acabar bajo la verja, al otro lado.

—¡VIVA! —vitoreó Victor cuando la hubo atravesado.

—Vigilemos por si las moscas —avisó Virgil.

—Si vemos el vagón, debemos robarlo —caviló Victor, que bebía los vientos por los caballos.

—Y si yo tuviese alas volaría —valoró Vernon. —Si yo tuviese un avión, también volaría —convino Virgil.

—Si yo tuviese una bazuca, lo volaría todo —aventuró Vera.

—Qué bestia —rio Valentín.

Se abrieron paso por entre el barro del vergel, pero al alcanzar un árbol vieron dos eventos notables.

La viuda Verruga pasó en su vagón, avivando a los caballos, que casi volaban de tan veloces que iban.

Y los lobos salvajes vinieron del bosque.

—¡Pero bueno! —bramó Vernon, al borde del llanto—. Ya barruntaba yo que estamos acabados.

—Voy a hablar con los lobos —dijo Valentín—. Son salvajes pero sabios y valoran la libertad.

—Y se ventilan a las marmotas en un abrir y cerrar de boca —le avisó Victor.

—No si al hablarles usas su palabra clave. He vivido en el bosque y los he vigilado. Sus aullidos, llevados por el viento, volaban por entre el aire viciado y acababan en mis oídos avizores.

Y así, Valentín fue a hablar, valeroso, con el lobo más viejo y sabio, que movió el bigote, conmovedor.

—La viuda Verruga no es buena —valoró—. La verdad, hay quienes darían la vida por verla en la tumba. Nos vino a vender que le abriéramos paso en el bosque a cambio de sabrosas viandas como caviar del Caspio y vino del bueno, pero no ha validado sus bravatas. ¡Y cómo abusa de los vagabundos! No tiene vergüenza. La abatiremos a bofetadas.

Pero el vagón desbocado los había alcanzado.

—¡A un lado, lobos volubles! —bramó la viuda Verruga. Los caballos bufaban, reventados—. ¡Y vosotros, vagabundos, al vagón u os vareo! ¡No os conviene desobedecer!

Los lobos se volvieron hacia el vagón y se percibió un violento revuelo. Se abalanzaron salivando sobre la vieja y la sostuvieron por los brazos. Ella blandió su látigo, se liberó y corrió hacia la verja con los lobos a su vera, aullando a todo volumen. Una vez la alcanzaron, por suerte poco vieron los vagabundos de la brutal venganza de los lobos salvajes.

Apenas que su abrigo abultado se abría y sus botas de lluvia salían volando y… por fin, la vieja quedó como vino al mundo, y Vera, boquiabierta, vio que no era una viuda, ni siquiera una vieja: ¡la viuda Verruga era un hombre!, lleno de vello abundante y varonil.

—Vaya, vaya —observó el lobo más viejo, que había visto el aviso de SE BUSCA—. ¡Si es el brujo Birujo, dueño de la vil varita del viento, causa de vendavales y ventoleras, vestido de vieja lavandera como un cobarde! ¡El brujo avejentado que una vez hizo que el viento nos volara los bisoñés!

—Avejentado, sí, pero a veces peligroso —se avanzó el brujo, aunque avergonzado por haber quedado al descubierto (en varios sentidos).

—Sí, bueno, ya ves qué miedo —se burló el lobo viejo—. Vigilad con el látigo, en verdad es su varita —avisó a los valientes vagabundos, y volvió a Birujo—. Se ve que en vez de caviar del Caspio y vino del bueno, hemos obtenido bistecs de brujo —bromeó, babeando.

—¡Vale ya! —bramó el brujo Birujo—. ¡Ved qué invitación más ventajosa, ventajosa y vinculante! ¡Devorad a esos desvergonzados vagabundos y a la malvada marmota y os obsequiaré con viandas como nunca habéis visto o saboreado! ¡Vaca! ¡Vicuñas! ¡Bivalvos!

—O te devoramos a ti —le devolvió el lobo viejo—. Como vosotros veáis —avisó a los vagabundos—. Obedeceremos vuestra voluntad.

—¡Nuestro verdadero deseo es ver de nuevo a nuestros sabios y bondadosos padres, desvanecidos por este brujo en diversos vendavales! —vociferó Vera—. ¡Nos volvió vagabundos para obligarnos a trabajar en su lavandería vintage toda la vida!

—Ya basta de vareos y vapuleos —convino Vernon.

—Y basta de lavar y lavar —abundó Virgil.

—Y liberad a los caballitos del vagón —abogó Victor.

—¿Y bien? —bramó el lobo viejo al brujo Birujo—. ¿Haces volver los vendavales o te hacemos una lobo-tomía?

El brujo supo ver que lo habían vencido. Hizo vibrar su látigo que en verdad era una varita, lo alzó en volandas y le dio vueltas y vueltas en el vacío…

… hasta que entre volutas de nubes y vientos revueltos volvieron a revelarse los individuos varios que se habían desvanecido.

—¡Vera! ¡Vernon! ¡Victor! ¡Virgil! —balaron, conmovidos.

—¡BIEEEN! ¡BRAVO, BRAVO! —celebraron los vagabundos.

—Valentín, eres voluptuoso y salvavidas. —Vera abrazó a la veleidosa marmota. Los caballos vitorearon y los lobos hicieron varias volteretas.

—Bien está lo que bien acaba —valoró el lobo viejo.

—He visto celebraciones más vistosas —balbució Valentín.

—Bueno, volvamos a nuestras vidas de antes del vendaval —invitaron las sabias y valientes madres de los previamente vagabundos—. Nos ventilaremos varios volovanes de avellana.

—Servidos con un buen vino —bisbisearon los padres.

Los lobos celebraron el evento devorando todas las viandas del brujo Birujo.

Los caballitos se fueron a vivir con Victor.

Valentín visita a Vera cada viernes en la ventana de su habitación. Ha hecho buenas migas con la madre de Vera, que le ha obsequiado con un abrigo viejo pero también voluminoso.

Al brujo Birujo los lobos le arrebataron la varita y la abandonaron en el vergel, entre las violetas y las verónicas. Lo obligaron a volver a la lavandería vintage de la viuda Verruga…

… donde hubo de vivir y laborar entre barriles y baldes de agua jabonosa mientras lavaba incansable más blanco que el blanco.


El gran cambiazo - Roald Dahl (Segunda Parte y última)

Hasta aquí nuestros planes básicos. Luego vino lo que en nuestras notas bautizamos con el nombre de «familiarización con el terreno». Primeramente Jerry me instruyó a mí. Me sometió a un entrenamiento de tres horas en su propia casa un domingo por la tarde, aprovechando que su mujer y los niños no estaban. 

Nunca había entrado en el dormitorio de Jerry y Samantha. Sobre la mesita del tocador estaban los perfumes de Samantha, sus cepillos y sus otras cositas. Un par de medias colgaba del respaldo de una silla. Su camisón, que era blanco y azul, colgaba detrás de la puerta que conducía al cuarto de baño.

—De acuerdo —dijo Jerry—. La habitación estará completamente a oscuras cuando entres. Samantha duerme en este lado, de manera que tendrás que dar la vuelta a la cama de puntillas y meterte en ella por el otro lado. Voy a vendarte los ojos para que practiques un poco.

Al principio, con los ojos vendados, vagué por toda la habitación como un borracho. Pero después de casi una hora de trabajo, conseguí hacer el recorrido bastante bien. Pero, antes de que Jerry me diera el visto bueno definitivo, tuve que ir, con los ojos vendados, desde la puerta de la calle hasta la escalera, cruzando el vestíbulo, pasando luego por delante de los cuartos de los niños, entrando en la habitación de Samantha y aterrizando en el lugar exacto. Y tuve que hacerlo en silencio, igual que un ladrón. Todo ello requirió tres horas de duro trabajo, pero al final le cogí la costumbre.

El domingo siguiente por la mañana, mientras Mary y los niños estaban en la iglesia, tuve la oportunidad de dar a Jerry la misma instrucción en mi casa. Aprendió más deprisa que yo y, al cabo de una hora, ya había superado la prueba de los ojos vendados sin meter la pata ni una sola vez.

Fue durante esta operación cuando decidimos desconectar la lamparilla de cabecera de las dos mujeres al entrar en la alcoba. Así que Jerry practicó la operación de encontrar el enchufe y tirar de él sin quitarse la venda de los ojos y el fin de semana siguiente yo hice lo mismo en su casa.

Llegó entonces lo que era con mucho la parte más importante de nuestro entrenamiento. Le dimos el nombre de «tirar de la manta» y fue durante la misma cuando ambos tuvimos que describir con todo lujo de detalles el procedimiento que seguíamos al hacer el amor con nuestras respectivas esposas. 

Acordamos no complicarnos la vida con variaciones exóticas que él o yo pudiéramos poner en práctica ocasionalmente. Nos ocupamos exclusivamente de enseñarnos mutuamente el procedimiento más rutinario, el que utilizáramos con mayor frecuencia y que, por tanto, fuera el menos susceptible de levantar sospechas.

La sesión tuvo lugar en mi oficina a las seis de la tarde de un miércoles, cuando el personal ya se había ido a casa. Al principio los dos nos sentimos algo azorados y ninguno quería ser el primero en empezar. De modo que saqué la botella de whisky y después de tomarnos un par de copas soltamos la lengua y empezó la lección. 

Mientras Jerry hablaba yo tomaba notas y viceversa. Al final de todo, resultó que la única diferencia real entre el procedimiento de Jerry y el mío residía en el tiempo. ¡Pero menuda diferencia era! Él se tomaba las cosas (si hay que creer lo que dijo) con tanta calma y prolongaba los momentos hasta tal punto que me pregunté en silencio si su pareja no se dormiría en pleno acto. Sin embargo, mi misión no consistía en criticar, sino en copiar, así que no dije nada.

Jerry no se mostró tan discreto. Al finalizar mi descripción personal, tuvo la temeridad de decir:

—¿De veras que lo haces así?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Que si terminas la cosa tan pronto.

—Mira —dije—, no estamos aquí para darnos lecciones el uno al otro. Estamos aquí para aprender hechos concretos.

—Ya lo sé —dijo—. Pero me voy a sentir un poco tonto si copio tu estilo exactamente. ¡Dios mío! ¡Lo haces con la rapidez de un tren expreso al pasar por una estación pueblerina!

Me quedé mirándole fijamente, boquiabierto.

—No pongas esa cara de sorpresa —dijo—. Tal como me lo has contado, cualquiera creería que...

—¿Que qué? —dije.

—Bueno, olvídalo —dijo.

—Gracias —dije.

Me sentía furioso. Hay dos cosas en este mundo que me consta que hago de modo inmejorable. Una es conducir un automóvil y la otra ya saben ustedes qué es. Así que verle ahí sentado, diciéndome que no sabía cómo comportarme con mi propia esposa, fue una afrenta monstruosa. Era él y no yo quien no sabía hacerlo. ¡Pobre Samantha! ¡Las cosas que habría tenido que soportar a lo largo de los años!

—Siento haber dicho eso —dijo Jerry. Echó más whisky en nuestros vasos—. ¡Brindo por el gran cambiazo! —dijo—. ¿Cuándo será?

—Hoy estamos a miércoles —contesté—. ¿Qué te parece el sábado que viene?

—¡Espléndido! —dijo Jerry.

—Deberíamos hacerlo antes de que se nos olviden las prácticas —dije—. ¡Son tantas las cosas que hay que recordar!

Jerry se acercó a la ventana y miró los coches que pasaban por la calle.

—De acuerdo —dijo, girando en redondo—. ¡Será el sábado próximo!

Después cada cual se fue a casa en su propio coche.

—Jerry y yo hemos pensado que el sábado por la noche podríamos llevaros a ti y a Samantha a cenar fuera de casa —le dije a Mary.

Estábamos en la cocina y ella preparaba unas hamburguesas para los niños. Dio media vuelta y se quedó mirándome, con la sartén en una mano y la cuchara en la otra. Sus ojos azules miraron directamente los míos.

—¡Caramba, Vic! —dijo—. ¡Qué sorpresa más agradable! Pero ¿se puede saber qué vamos a celebrar?

La miré fijamente a los ojos y contesté:

—Me dije que, para variar, sería agradable ver caras nuevas. Siempre vemos a la misma gente en las mismas casas.

Mary dio un paso al frente y me besó la mejilla.

—¡Qué bueno eres! —exclamó—. ¡Cómo te quiero!

—No te olvides de telefonear a la canguro.

—No, la llamaré esta misma noche —dijo.

El jueves y el viernes pasaron muy aprisa y, de repente, llegó el sábado. El día «D». Me levanté presa de una excitación loca. Después de desayunar me sentí incapaz de estarme quieto, así que salí a lavar el coche. Estaba en plena tarea cuando Jerry apareció por el boquete del seto, pipa en boca.

—Hola, chico. Ha llegado el día.

—Ya lo sé —dije.

También yo tenía una pipa en la boca. Hacía un gran esfuerzo por fumármela, pero me costaba mantenerla encendida y el humo me quemaba la lengua.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó Jerry.

—De primera —repliqué—. ¿Y tú?

—Algo nervioso —dijo.

—No te pongas nervioso, Jerry.

—Lo que vamos a hacer es una barbaridad —dijo—. Espero que nos salga bien.

Seguí sacándole brillo al parabrisas. Era la primera vez que veía a Jerry asustado por algo. Me preocupó un poco.

—Me alegra saber que no somos los primeros en intentarlo —dijo—. Si nadie lo hubiera hecho anteriormente, no creo que me atreviese.

—Estoy de acuerdo —dije.

—Lo que me impide ponerme demasiado nervioso —prosiguió— es el hecho de que tu amigo lo encontrase tan fantásticamente fácil.

—Mi amigo dijo que es cosa de coser y cantar —dije—. Pero por el amor de Dios, Jerry, ¡no te pongas nervioso ahora que ya falta poco! Sería un desastre.

—No te preocupes —dijo—. ¡Pero es excitante! ¿Verdad?

—Desde luego que lo es —dije.

—Escucha —dijo—. Será mejor que esta noche seamos prudentes con la bebida.

—Buena idea —dije—. Nos veremos a las ocho y media.

A las ocho y media Samantha, Jerry, Mary y yo salimos en el coche de Jerry hacia el restaurante Billy's, cuya especialidad eran los filetes. A pesar de su nombre, el restaurante era caro y de mucha clase, y las chicas se habían vestido de largo para la ocasión. 

Samantha llevaba algo de color verde que no empezaba hasta llegar a la mitad de su seno y yo no recordaba haberla visto jamás tan hermosa como aquella noche. En nuestra mesa había velas. Samantha se sentó enfrente de mí y, cada vez que se inclinaba hacia adelante, acercando el rostro a la luz de las velas, podía ver aquella diminuta cresta de piel en el centro de su labio inferior.

—Vamos a ver —dijo, cogiendo el menú que el camarero le ofrecía—. ¿Qué voy a tomar esta noche?

«¡Jo, jo, jo! —pensé—. ¡He aquí una buena pregunta!». Todo fue como una seda en el restaurante y las chicas se lo pasaron muy bien. Cuando regresamos a casa de Jerry eran las doce menos cuarto. Samantha nos invitó a entrar para tomarnos una última copa.

—Gracias —dije—, pero es un poquitín tarde. Y tengo que llevar a la canguro en coche a su casa.

Así que Mary y yo cruzamos el seto.

«Ahora —me dije al entrar por la puerta principal—. Ahora empieza la cuenta atrás. Tengo que mantener la cabeza despejada y no olvidarme de nada».

Mientras Mary pagaba a la canguro, me dirigí a la nevera y encontré un trozo de queso canadiense. Saqué un cuchillo del cajón y un rollo de esparadrapo del armario. Me envolví con esparadrapo la punta del dedo índice de la mano derecha y esperé a que Mary se volviera hacia mí.

—Me he cortado —dije, levantando el dedo para que lo viese—. No es nada, pero sangra un poquito.

—Creía que ya habías comido suficiente por hoy —fue todo lo que dijo.

Pero el esparadrapo se le grabó en la mente y con ello quedó cumplida la primera parte de mi misión.

Llevé a la canguro a su casa y, cuando volví y entré en el dormitorio, eran casi las doce y Mary ya estaba medio dormida con la luz apagada. Apagué la lámpara de mi mesita de noche y entré en el baño para desnudarme. Me entretuve allí durante unos diez minutos y, al salir, Mary, como esperaba, ya estaba bien dormida. 

Me pareció que no valía la pena meterme en la cama con ella. Así que me limité a apartar un poco la ropa de mi lado para que a Jerry le resultase más fácil acostarse; luego, con las zapatillas puestas, bajé a la cocina y enchufé la cafetera eléctrica. Eran las doce y diecisiete minutos. Faltaban cuarenta y tres minutos.

A las doce treinta y cinco minutos subí a comprobar si Mary y los niños dormían. Todo el mundo dormía a pierna suelta.

A las doce cincuenta y cinco minutos, cinco minutos antes de la hora cero, volví a subir para llevar a cabo una última comprobación. Me acerqué directamente a Mary y susurré su nombre. No contestó. Espléndido.

«¡Llegó la hora! —pensé—. ¡En marcha!».

Me puse un impermeable marrón sobre el pijama y apagué la luz de la cocina para que toda la casa quedara a oscuras. Cerré de golpe la puerta principal. Y luego, sintiendo una gran euforia, salí de la casa y me interné en la noche.

En nuestra calle no había faroles. Tampoco había luna ni se veía una sola estrella. La noche era negra, negrísima, pero el aire era cálido y soplaba un poco de brisa procedente de alguna parte.

Dirigí mis pasos hacia el boquete del seto. Cuando estuve muy cerca conseguí distinguir el seto y encontré el boquete. Me quedé esperando allí. Luego oí los pasos de Jerry acercándose.

—Hola, chico —susurró—. ¿Todo en orden?

—Lo tienes todo preparado —contesté, también susurrando.

Siguió su camino; oí sus pies calzados con zapatillas cruzando el césped en dirección a mi casa. Eché a andar hacia la suya.

Abrí la puerta principal de Jerry. Dentro estaba aún más negro que fuera. Cerré la puerta con cuidado. Me quité el impermeable y lo colgué en el tirador de la puerta. Después me quité las zapatillas y las dejé contra la pared, al lado de la puerta. Me era literalmente imposible ver mis propias manos. Tenía que hacerlo todo a tientas.

Me alegré de que Jerry me hubiese hecho practicar con los ojos vendados durante tantas horas. No eran mis pies sino mis dedos los que me guiaban. Los dedos de una mano o de la otra en ningún momento dejaban de estar en contacto con alguna cosa: una pared, la barandilla, un mueble, la cortina de alguna ventana. 

En todo momento sabía o creía saber exactamente dónde me encontraba. Pero sentía un no sé qué extraño al cruzar de puntillas la casa de otra persona en plena noche. Mientras subía a tientas la escalera me puse a pensar en los ladrones que habían entrado en nuestra casa el invierno pasado y se habían llevado el televisor. Cuando vino la policía al día siguiente les enseñé el enorme excremento que yacía sobre la nieve enfrente del garaje.

—Casi siempre hacen eso —dijo uno de los policías—. No pueden evitarlo. Están asustados.

Llegué a lo alto de las escaleras. Crucé el descansillo sin dejar de palpar la pared con los dedos de la mano derecha. Empecé a caminar por el pasillo, pero me detuve cuando mi mano encontró la puerta de la primera habitación de los niños. 

Estaba ligeramente entreabierta. Agucé el oído. Hasta mí llegó la respiración acompasada de Robert Rainbow, de ocho años de edad. Seguí avanzando. Encontré la puerta del segundo dormitorio de los niños. Este era el de Billy, de seis años, y de Amanda, de tres. Me quedé unos segundos escuchando. Todo iba bien.

El dormitorio principal estaba al final del pasillo, unos cuatro metros más allá. Llegué a la puerta. De acuerdo con los planes, Jerry la había dejado abierta. Entré. Me quedé absolutamente inmóvil a pocos pasos de la puerta, escuchando atentamente por si se oía alguna señal de que Samantha estaba despierta. El silencio era total. Fui palpando la pared hasta que llegué al lado de la cama donde dormía Samantha. 

Inmediatamente me arrodillé y busqué el enchufe de la lámpara de su mesita de noche. Extraje la clavija y la deposité sobre la alfombra. Muy bien. Ahora había menos peligro. Me levanté. No podía ver a Samantha y al principio tampoco podía oír nada. Me incliné sobre la cama. Ah, sí, pude oír su respiración. 

De repente llegó hasta mi nariz una vaharada del fuerte perfume de almizcle que se había puesto aquella noche. Sentí que la sangre bajaba corriendo hacia mis ingles. Rápidamente me dirigí de puntillas hacia el otro lado de la cama, palpando suavemente el borde de esta con dos dedos.

Lo único que me faltaba por hacer era meterme dentro. Así lo hice, pero, al apoyar el peso de mi cuerpo sobre el colchón, el crujido de los muelles del somier sonó como si alguien estuviera disparando un fusil en la alcoba. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración. 

El corazón me latía como una máquina en la garganta. Samantha estaba de espaldas a mí. No se movió. Tiré de la ropa de la cama hasta cubrirme el pecho y me volví hacia ella. Un calorcillo femenino salía de su cuerpo y me envolvía. ¡Adelante! ¡Ahora!

Alargué una mano y le toqué el cuerpo. Su camisón era cálido y sedoso. Apoyé la mano suavemente en sus muslos. Siguió sin moverse. Esperé uno o dos minutos, luego dejé que la mano apoyada en el muslo avanzara e iniciase las exploraciones. Lentamente, deliberadamente y muy acertadamente mis dedos empezaron el proceso de enardecerla.

Samantha se movió. Dio media vuelta y quedó boca arriba. Luego, con voz soñolienta, murmuró:

—¡Oh, querido!... ¡Oh, queridísimo!... ¡Santo cielo, amor!...

Yo, por supuesto, no dije nada. Me limité a proseguir la tarea.

Pasaron un par de minutos.

Samantha yacía completamente inmóvil.

Pasó otro minuto. Luego otro. Ella no movió ni un músculo.

Empecé a preguntarme cuánto tiempo tardaría en encenderse.

Perseveré.

Pero ¿por qué aquel silencio? ¿Por qué aquella inmovilidad absoluta y total, aquella postura paralizada?

De repente di con la explicación. ¡Me había olvidado por completo de Jerry! ¡Era tal mi excitación que me había olvidado completamente de su procedimiento personal! ¡Lo estaba haciendo a mi manera en vez de a la suya! Su forma de hacerlo era mucho más compleja que la mía. Era ridículamente complicada. Era de todo punto innecesaria. Pero era la rutina a la que Samantha estaba acostumbrada. Y ahora se daba cuenta de la diferencia y trataba de adivinar qué diantres estaba pasando.

Pero ya era demasiado tarde para cambiar de dirección. Tenía que seguir.

Seguí. La mujer que yacía a mi lado era como un muelle enroscado. Noté la tensión debajo de su piel. Empecé a sudar.

De repente profirió un gemido extraño.

Más pensamientos horribles cruzaron por mi cerebro. ¿Estaría enferma? ¿Le estaría dando un ataque al corazón? ¿Debía yo salir pitando de allí?

Samantha volvió a gruñir, esta vez más fuerte. De pronto exclamó: «¡Sí-sí-sí-sí-sí!» y, al igual que una bomba cuya mecha retardada hubiese alcanzado por fin la dinamita, hizo explosión y volvió a la vida. Me apresó entre sus brazos y vino por mí con tan increíble ferocidad que tuve la sensación de ser atacado por un tigre.

¿O sería mejor decir «tigresa»?

Ni en sueños había pensado que una mujer pudiera hacer las cosas que Samantha me hizo a continuación. Era un torbellino, un torbellino deslumbrante y frenético que me arrancó de raíz y me hizo girar y girar elevándome hacia el firmamento, hacia lugares de cuya existencia nada sabía.

Yo no aporté nada. ¿Cómo podía aportar algo? Me veía reducido a la impotencia. Yo era la hoja de palmera girando y girando por los aires, el cordero entre las garras del tigre. Apenas si podía respirar.

A pesar de todo, resultó excitante rendirse ante una mujer violenta y durante los siguientes diez, veinte, treinta minutos —¿cómo iba a saber exactamente cuánto tiempo?— la tormenta siguió rugiendo. Mas no es mi intención obsequiar al lector con detalles escabrosos. No soy partidario de lavar la ropa en público. Lo siento, pero no hay que darle más vueltas. 

Espero, sin embargo, que mi reticencia no cause un anticlímax demasiado fuerte. Desde luego, no hubo ningún «anti» en mi propio clímax y durante el último y abrasador paroxismo proferí un grito que debería haber despertado a todo el vecindario. Luego me derrumbé y quedé como un odre vacío.

Samantha, como si no hubiera hecho más que beberse un vaso de agua, se limitó a volverse de espaldas a mí y dormirse de nuevo.

¡Puf!

Me quedé quieto, recuperándome poco a poco.

Como verán, había acertado en lo que dije acerca de aquella cosita que tenía en el labio inferior, ¿no es verdad?

Ahora que lo pienso, había acertado más o menos en todo lo referente a aquella increíble aventura. ¡Qué triunfo! Me sentía maravillosamente relajado y exhausto.

Me pregunté qué hora sería. Mi reloj no era luminoso. Lo mejor era que me fuese ya. Me levanté de la cama. A tientas, aunque esta vez no tan cautelosamente como antes, di la vuelta a la cama, salí del dormitorio, recorrí el pasillo, bajé las escaleras y entré en el vestíbulo de la casa. 

Encontré mi impermeable y las zapatillas. Me los puse. Llevaba un encendedor en el bolsillo del impermeable. Lo utilicé para ver qué hora era. Faltaban ocho minutos para las dos. Era más tarde de lo que me figuraba. Abrí la puerta principal y salí a la negra noche.

Mis pensamientos comenzaron a concentrarse en Jerry. ¿Estaría bien? ¿Se habría salido con la suya? Avancé en la oscuridad hacia el boquete del seto.

—Hola, chico —susurró una voz a mi lado.

—¡Jerry!

—¿Todo bien? —preguntó Jerry.

—Fantástico —dije—. Asombroso. ¿Y tú... qué?

—Lo mismo —dijo. Vi sus dientes blancos sonriéndome en la oscuridad—. ¡Lo hemos conseguido, Vic! —susurró, tocándome el brazo—. ¡Tenías razón! ¡Ha funcionado! ¡Ha sido sensacional!

—Nos veremos mañana —susurré—. Vete a casa.

Nos separamos. Crucé el seto y entré en mi casa. Al cabo de tres minutos me encontraba de vuelta en mi cama, sano y salvo, con mi propia esposa durmiendo profundamente a mi lado.

El día siguiente era domingo. Me levanté a las ocho y media y bajé en pijama y bata a preparar el desayuno para la familia, como hago todos los domingos. Mary seguía durmiendo arriba. Los dos chicos, Víctor, de nueve años, y Wally, de tres, ya estaban abajo.

—Hola, papá —dijo Wally.

—Voy a preparar algo nuevo para el desayuno —anuncié.

—¿Qué? —dijeron los dos chicos al unísono.

Habían ido al pueblo a buscar el periódico dominical y en aquel momento estaban leyendo las historietas de dibujos.

—Prepararemos unas tostadas, las untaremos con mantequilla y extenderemos mermelada de naranja encima —dije—. Luego colocaremos unas lonjas de tocino sobre la mermelada.

—¡Tocino! —exclamó Víctor—. ¡Con mermelada de naranja!

—Ya lo sé. Pero espera a probarlo. Es delicioso.

Saqué el zumo de pomelo y me bebí dos vasos. Puse otro sobre la mesa para cuando Mary bajase. Enchufé la cafetera eléctrica, metí el pan en la tostadora y empecé a freír el tocino. En eso estaba cuando Mary entró en la cocina. Llevaba una prenda de gasa vaporosa, color melocotón, encima del camisón.

—Buenos días —dije, observándola por encima del hombro mientras manipulaba la sartén.

No contestó. Se dirigió hacia la silla que solía ocupar ante la mesa de la cocina y se sentó. Luego empezó a beberse el zumo de pomelo. No me miró ni miró a los chicos. Seguí friendo el tocino.

—Hola, mami —dijo Wally. Tampoco esta vez contestó.

El olor de la grasa del tocino empezaba a revolverme el estómago.

—Me apetecería un poco de café —dijo Mary, sin apartar los ojos de la mesa. Su voz resultaba muy extraña.

—Marchando —dije.

Aparté la sartén del fuego y rápidamente preparé una taza de café instantáneo sin leche. Luego la coloqué ante ella.

—Muchachos —dijo Mary, dirigiéndose a los niños—. ¿Os importaría ir a leer en otra parte hasta que el desayuno esté preparado?

—¿Nosotros? —dijo Víctor—. ¿Por qué?

—Porque yo lo digo.

—¿Estamos haciendo algo malo? —preguntó Wally.

—No, cariño, no. Simplemente quiero estar a solas con papá un momento.

Sentí que me encogía dentro del pellejo y me entraron ganas de salir corriendo. Quería salir pitando por la puerta principal, correr calle abajo y esconderme en alguna parte.

—Sírvete una taza de café, Vic —dijo Mary— y siéntate.

Su voz era completamente inexpresiva. No había enfado en ella. Simplemente no había nada. Y seguía sin mirarme directamente. Los chicos salieron llevándose consigo la parte del periódico donde estaban las historietas de dibujos.

—Cerrad la puerta —les dijo Mary.

Eché una cucharadita de café en polvo en mi taza y vertí agua hirviendo encima. Después añadí leche y azúcar. El silencio era apabullante. Me acerqué a la mesa y me senté ante Mary. Tuve la sensación de haberme sentado en la silla eléctrica.

—Escúchame, Vic —dijo ella, mirando el interior de su taza de café—. Quiero dejar esto bien sentado antes de que pierda el dominio de mí misma y no pueda decirlo.

—¡Por el amor de Dios! ¿A qué viene tanto drama? —pregunté—. ¿Ha ocurrido algo?

—Sí, Vic, ha ocurrido algo.

—¿Qué?

Estaba pálida, inexpresiva y distante, inconsciente de la cocina a su alrededor.

—Adelante, pues, ¡desembucha! —dije, haciendo acopio de valor.

—Lo que voy a decir no te gustará mucho —dijo, y sus ojos grandes y azules, obsesionados, se posaron unos instantes en mi cara antes de clavarse de nuevo en la taza de café.

—¿Qué es eso que no va a gustarme mucho? —pregunté.

El terror empezaba a revolverme las tripas. Me sentía igual que los ladrones de los que me hablara el policía.

—Ya sabes que detesto hablar de hacer el amor y de esa clase de cosas —dijo—. No te he hablado ni una sola vez de ello en todo el tiempo que llevamos casados.

—Es verdad —dije.

Bebió un sorbo de café, pero sin paladearlo.

—La verdad es —dijo— que nunca me ha gustado. Si de veras quieres saberlo, es algo que siempre he detestado.

—¿Qué es lo que siempre has detestado? —pregunté.

—El sexo —dijo—. Hacerlo.

—¡Santo Dios! —exclamé.

—Nunca me ha proporcionado siquiera un ápice de placer.

La declaración resultaba demoledora de por sí, pero lo peor aún no había llegado. Estaba seguro de ello.

—Lo lamento si te has llevado una sorpresa —añadió.

No se me ocurrió nada que decir, así que permanecí callado.

Sus ojos volvieron a apartarse de la taza y se clavaron en los míos, vigilantes, como si estuviesen calculando algo; luego se posaron de nuevo en la taza.

—No pensaba decírtelo jamás —prosiguió—. Y nunca te lo hubiera dicho de no ser por lo de anoche.

—¿Qué ocurrió anoche? —preguntó despacio.

—Pues anoche —dijo— averigüé la verdad de todo el asunto.

—¿De veras?

Me miró directamente; su cara estaba abierta como una flor.

—Sí —dije—. Tal como te digo. No me moví.

—¡Cariño! —exclamó, levantándose de un salto, abalanzándose sobre mí y dándome un beso enorme—. ¡Muchísimas gracias por lo de anoche! ¡Estuviste maravilloso! ¡Y yo estuve maravillosa! ¡Los dos estuvimos maravillosos! ¡No pongas esa cara tan azorada, cariño mío! ¡Deberías sentirte orgulloso de ti mismo! ¡Estuviste fantástico! ¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Te quiero!

Seguí sentado, sin reaccionar.

Se inclinó ante mí y me rodeó los hombros con un brazo.

—Y ahora —dijo dulcemente—. Ahora que has... no sé muy bien cómo decirlo... ahora que has descubierto qué es lo que necesito... ¡a partir de ahora todo va a ser maravilloso!

Seguí inmovilizado en la silla. Mary regresó lentamente a la suya. Una gruesa lágrima surcaba una de sus mejillas. No acerté a explicarme el porqué.

—He hecho bien en decírtelo, ¿verdad? —dijo, sonriendo a través de sus lágrimas.

—Sí —dije—. Desde luego.

Me levanté y me acerqué a la cocina eléctrica para no tener que mirarla cara a cara. Por la ventana de la cocina vi a Jerry que cruzaba su jardín con el periódico dominical bajo el brazo. Había cierto ritmo alegre en su caminar, una especie de saltito de triunfo en cada paso que daba y, al llegar a los escalones del porche, los subió de dos en dos.