INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta humor. Mostrar todas las entradas

El aterrizaje - Jacques Sternberg

 

Cuando los stralkos se contactaron por primera vez con nuestro mundo, aterrizaron en África, en medio de la maleza, muy cerca de una aldea zulú. 

Tomaron notas, dedujeron las leyes y las costumbres generales y, un año más tarde, invadieron la Tierra con el objeto de anexarla.

Se habían maquillado de negro, habían untado sus cuerpos con abundantes pinturas y se habían armado con piedras y flechas.

Pero, esta vez, aterrizaron en Estados Unidos, entre Boston y Chicago.

Una operación financiera - Slawomir Mrozek


Un buen día el cartero me trajo una postal con el siguiente mensaje:
«O me deja antes del jueves, debajo de la piedra, en la plazoleta frente al mesón, cien mil en efectivo, o se va a enterar.» Firmado: «Oswald.»

Calculé que mi sueldo no me alcanzaría para pagar aquello. ¿Que podía hacer? No tenía ganas de perecer a mi edad. Me senté y escribí la siguiente carta:
«Estimado Señor: o bien encuentro el miércoles, a mas tardar, frente al mesón, en la plazoleta, debajo de la piedra, cien mil en efectivo, o se va a enterar. Su Calavera. P.D.: No pido para mí, sino para alguien necesitado.»

Tras una breve reflexión borré «cien mil» y puse «ciento cincuenta mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

Ahora sólo quedaba decidir a quién podía enviar mi mensaje, dado que nadie tenía dinero. Por fin lo envié a un colega con el que mantengo amistad desde niño. Él tampoco tiene pasta pero al menos sé su dirección y es un tío legal.

El miércoles fui a la plazoleta y miré debajo de la piedra. En lugar de dinero había una carta:
«Estimado Señor Calavera: sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el viernes por la mañana.»
«Mejor esto que nada -pensé-. Con todo, ¿de dónde puede sacar mi colega tanta pasta?»

Sin embargo, se acercaba el jueves fatal. Como seguía sin banca, escribí una breve carta y la metí debajo de la piedra. La carta decía lo siguiente:
«Señor Oswald: lo siento, pero sólo puedo pagarle cincuenta mil y como más pronto el sábado por la mañana. Atentamente: la Víctima.»

Tras una breve reflexión taché «cincuenta mil» y puse «veinticinco mil». ¿Por qué no aprovechar la ocasión para ganar algo?

El viernes por la mañana debajo de la piedra no había el dinero, sino una carta:
«Estimado Señor Calavera: ruego disculpe mi retraso. Tendrá su dinero, pero el domingo. Desgraciadamente sólo la mitad.

He aquí las sucesivas cartas mías a Oswald y las de mi víctima a mí:
«Señor Oswald: acabemos con esta historia. El lunes le daré cien pelas.»
«Señor Calavera: desgraciadamente hasta el lunes no recibiré cincuenta pelas de un tipo que me las debe. Así que el miércoles como más pronto, ¿vale? Un beso en la mandíbula.»

Y una semana más tarde, el viernes siguiente, debajo de la piedra no encontré más que un paquete de Celtas. Mejor esto que nada.

Sólo que los Celtas eran míos.

Cómo Ocurrió - Isaac Asimov


Mi hermano empezó a dictar en su mejor estilo oratorio, ese que hace que las tribus se queden aleladas ante sus palabras.

-En el principio -dijo-, exactamente hace quince mil doscientos millones de años, hubo una gran explosión, y el universo...

Pero yo había dejado de escribir.
-¿Hace quince mil doscientos millones de años? -pregunté, incrédulo.
-Exactamente -dijo-. Estoy inspirado.
-No pongo en duda tu inspiración -aseguré. 

(Era mejor que no lo hiciera. Él es tres años más joven que yo, pero jamás he intentado poner en duda su inspiración. Nadie más lo hace tampoco, o de otro modo las cosas se ponen feas.)

-Pero ¿vas a contar la historia de la Creación a lo largo de un período de más de quince mil millones de años?
-Tengo que hacerlo. Ese es el tiempo que llevó. Lo tengo todo aquí dentro -dijo, palmeándose la frente-, y procede de la más alta autoridad.

Para entonces yo había dejado el estilo sobre la mesa.
-¿Sabes cuál es el precio del papiro? -dije.
-¿Qué?

(Puede que esté inspirado, pero he notado con frecuencia que su inspiración no incluye asuntos tan sórdidos como el precio del papiro.)

-Supongamos que describes un millón de años de acontecimientos en cada rollo de papiro. Eso significa que vas a tener que llenar quince mil rollos. Tendrás que hablar mucho para llenarlos, y sabes que empiezas a tartamudear al poco rato. Yo tendré que escribir lo bastante como para llenarlos, y los dedos se me acabarían cayendo. Además, aunque podamos comprar todo ese papiro, y tú tengas la voz y yo la fuerza suficientes, ¿quién va a copiarlo? Hemos de tener garantizados un centenar de ejemplares antes de poder publicarlo, y en esas condiciones ¿cómo vamos a obtener derechos de autor?

Mi hermano pensó durante un rato. Luego dijo:

-¿Crees que deberíamos acortarlo un poco?
-Mucho -puntualicé, si esperas llegar al gran público.
-¿Qué te parecen cien años?
-¿Qué te parecen seis días?
-No puedes comprimir la Creación en sólo seis días -dijo, horrorizado.
-Ese es todo el papiro de que dispongo -le aseguré-. Bien, ¿qué dices?
-Oh, está bien -concedió, y empezó a dictar de nuevo-. En el principio... ¿De veras han de ser sólo seis días, Aarón?
-Seis días, Moisés -dije firmemente. 

Las arenas azules de la Tierra - Robert F. Young

Marte ha sido durante décadas el objetivo favorito de los autores de SF. Desde Wells a Bradbury, pasando por Rice Burroughs, han sido legión los astronautas literarios que han hecho volar (nunca mejor dicho) su imaginación hacia el sugestivo planeta rojo. Si un hipotético marciano leyera todo lo que los terrestres han escrito sobre su mundo, probablemente se partiría de risa... O, tal vez, como "venganza poética", escribiría un relato romo el que sigue.

NOTA: La historia que sigue llegó hasta mi por conductos hasta ahora inaccesibles, cuya naturaleza no puedo ni debo divulgar. Es, por lo que sé, la primera historia marciana de ciencia ficción que llega a la Tierra, y aunque siga su propio curso, hay muchas cosas que se pueden deducir de ella, como, por ejemplo: 

1) Que los marcianos son muy parecidos a nosotros. 

2) Que su civilización es muy parecida a la nuestra. 

3) Que todo el tiempo que los escritores de ciencia ficción de la Tierra han empleado usando a Marte como espejo de los defectos de nuestra sociedad, los escritores marcianos de ciencia ficción lo han empleado a su vez usando a la Tierra como espejo de los defectos de la suya, 

4) Que el asunto de las imitaciones ha sido tan explotado en Marte como en la Tierra, y que algunos escritores marcianos de ciencia ficción han empezado a parodiar a otros escritores marcianos de ciencia ficción. 

5) Que esta misma historia está entre dichas parodias

 

La nave descendió de la abismal inmensidad y se posó, como un obscuro pájaro sin alas, sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf abrió la puerta. Salió a la centelleante luz del sol y llenó sus pulmones con una bocanada de aire fresco. A su alrededor, llegando hasta el ondulado horizonte, se extendían las arenas azules. En la distancia, los destrozados edificios de una ciudad extinguida hacia mucho tiempo brillaban bajo la luz como grandes alas de cristal coloreado. Más arriba, pequeñas nubes redondas jugaban en el enorme campo de juegos del cielo.

Se le nublaron los ojos. «La Tierra -pensó-. ¡La Tierra al fin!»

Los tres hombres: que componían el resto de la tripulación salieron de la nave y se detuvieron a su lado. Ellos también miraron el paisaje con ojos nublados.

-Azul -suspiró Birp.

-Azul -murmuró Fardel.

-Azul -masculló Pempf.

-Azul, naturalmente -acabó el capitán con suavidad-. ¿No han sostenido nuestros astrónomos durante mucho tiempo que el color azul de la Tierra no puede ser atribuido solamente a la capacidad para absorber la luz que tiene su atmósfera? ¡La superficie tenía que ser azul!

Y agachándose, recogió un puñado de la extraña substancia que cayó por entre sus dedos como humo azul.

-Las arenas azules de la Tierra -murmuró reverentemente. Se enderezó y, quitándose el casco, dejó que el aire limpio de la Tierra le acariciase el pelo, a la brillante luz del sol. En la distancia, la ciudad dejaba escapar un sonido semejante al de muchas campanas de cristal, el viento le trajo aquel sonido por encima de las arenas azules, y él pensó en los cálidos veranos de Marte y en sus largos y perezosos días, y en sus tardes calurosas, en las que se tomaba un refresco en el porche de la abuela Frimpf.

Sintió que alguien respiraba sobre su cuello y se volvió, irritado.

-¿Qué le ocurre, Birp?

Birp se aclaró la garganta :

--Lo siento, señor -dijo-. Pero ¿no cree usted que...? Quiero decir, señor, que ha sido un largo viaje, y Pempf, Fardel y yo estamos un poco se..., quiero decir que estamos un poco tensos y que pensamos...

Pero ante la expresión de reproche que vio en los ojos del capitán, dejó la frase en suspenso.

-Muy bien -dijo éste fríamente-. Abrid una caja de esa bazofia, pero sólo una, ¿entendido? Y si encuentro una sola botella vacía estropeando este paisaje virgen os daré con ella en la cabeza.

Birp, que había salido disparado hacia la nave, se paró en seco al oír la advertencia del capitán.

Pero ¿qué haremos, entonces, señor? Si las ponemos otra vez en la nave tendremos que gastar mucho combustible para despegar, y ya andamos con las reservas justas.

El capitán reflexionó unos instantes. No era un gran problema y lo resolvió en seguida -sin muchas dificultades.

-Enterradlas -contestó.

Mientras la tripulación se tragaba su cerveza, el capitán permaneció mirando hacia la distante ciudad. Se imaginó a sí mismo contando todo aquello a su esposa cuando volviese a Marte, y se imaginó a sí mismo sentado ante la mesa del comedor describiendo las torres de cristal, las agujas centelleantes y los ruinosos edificios.

A su pesar, vio también a su esposa. Sentada al otro extremo de la mesa, escuchaba y comía, pero más tragaba que escuchaba. ¡Cielos!, estaba más gorda ahora que cuando él habla partido. Por milésima vez se preguntó por qué las esposas tenían que engordar tanto..., tanto, que a veces sus maridos tenían que sacarlas en carretones. 

¿Por qué no se levantaban y se movían de vez en cuando en lugar de abalanzarse en manada sobre cualquier electrodoméstico que los fabricantes lanzaran al mercado? ¿Y por qué tenían que comer, comer y tragar todo el tiempo?

El rostro del capitán palideció al pensar en la factura del mercado que tendría que pagar a su vuelta, y este pensamiento le trajo otros sobre cosas igualmente angustiosas, tales como los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba, el aire, la primera guerra mundial, la segunda guerra mundial, la tercera guerra mundial, la cuarta guerra mundial...

Suspiró. ¡Era como para darse a la bebida, aquello de tener que pagar por guerras en las que habían luchado el padre, el abuelo, el bisabuelo y el tatarabuelo! Miró con envidia a Birp, Pempf y Fardel. A ellos no les preocupaban sus impuestos. No les preocupaba nada. Bailaban alrededor de la caja vacía de cerveza como unos auténticos bárbaros, y habían compuesto ya una canción soez sobre las arenas azules de la Tierra.

El capitán Frimpf escuchó las palabras y poco a poco se le fueron calentando las orejas.

-¡Bueno, ya está bien! -dijo bruscamente-. Enterrad la botellas, quemad la caja y volved a la nave. Mañana será un día muy duro.

Obedientes, Birp, Pempf y Fardel enterraron las cuatro filas de pequeñas botellas en la arena azul, cubriendo, uno por uno, aquellos pequeños soldados muertos. Después de quemar la caja y de dar las buenas noches al capitán entraron en la nave.

El capitán se quedó fuera. Salía la luna. ¡Y qué luna! Su mágico resplandor convirtió la llanura en un extenso mantel azul obscuro, y la ciudad en un candelabro de plata.

El misterio de aquellos edificios vacíos y de aquellas calles abandonadas cruzó la llanura y penetró hasta la médula de sus huesos. ¿Qué había pasado con los habitantes de la ciudad?, se preguntó. ¿Qué les había sucedido a los habitantes de las otras ciudades que había visto cuando la nave había entrado en órbita?

Sacudió la cabeza. No lo sabia y probablemente no lo sabría nunca. Su propia ignorancia le entristeció y, de pronto, encontró irresistible el patetismo de la llanura y el ininterrumpido silencio de la noche. Volvió a la nave y cerro la puerta tras él. 

Estuvo largo tiempo tendido en la obscuridad de su camarote, pensando en las personas de la Tierra, en la civilización que habla venido y se había ido, sin dejar tras de sí más que un puñado de cristales. Finalmente, se quedó dormido.

Cuando salió, a la mañana siguiente, había veinticuatro árboles de cerveza frente a la nave.

Este nombre surgió en el acto en la mente del capitán Frimpf. Nunca había visto árboles de cerveza, y nunca había oído hablar de ellos, pero ¿qué otro nombre podía darse a un grupo de grandes plantas leñosas con botellas de líquido ambarino colgando de sus ramas y listas para ser recogidas como frutos maduros?

Algunos de los frutos habían sido ya arrancados. Y había un semillero en el flamante huerto: por la hilera de montículos que habla al borde del huerto se podía deducir que habían sido plantadas nuevas semillas.

El capitán estaba mudo de asombro. ¿Cómo era posible que un terreno -incluso un terreno de la Tierra- hiciera crecer, de unas botellas vacías y en una sola noche, árboles de cerveza? Empezó a vislumbrar lo que les podía haber ocurrido a los habitantes de la Tierra.

Pempf vino hacia él con una botella en cada mano.

-Pruebe, señor -dijo entusiasmado-. ¡Nunca habrá probado nada semejante!

El capitán le detuvo con una mirada penetrante.

-Soy un oficial, Pempf. ¡Y los oficiales no beben cerveza!

-Lo... lo olvidé, señor. Lo siento.

-¡Ya lo creo que debe sentirlo! ¡Usted y los otros dos! ¿Quién les dio permiso para comer..., quiero decir beber frutos de la Tierra?

Pempf inclinó la cabeza lo suficiente como para demostrar que estaba arrepentido, pero no tan arrepentido como debía, de acuerdo con su graduación.

-Nadie, señor. Creo..., creo que perdimos la cabeza.

-¿No tienen la menor curiosidad por saber cómo han crecido esos árboles? Usted es el químico de la expedición. ¿Por qué no está analizando el suelo?

-No sería de ninguna utilidad, señor. Un suelo como éste, capaz, con sus propiedades, de hacer crecer árboles de botellas vacías, es el producto de una ciencia con un millón de años de adelanto sobre la nuestra. Además, señor, no creo que el suelo sea el único responsable. Creo que la luz del sol, al reflejarse en la superficie de la Luna, se combina con ciertas radiaciones lunares y da a la luz de Luna resultante la facultad de fecundar y multiplicar cualquier cosa plantada en este planeta.

El capitán le miró.

-¿Cualquier cosa, dice usted?

-¿Por qué no, señor? Plantamos botellas vacías de cerveza y han salido árboles, ¿no?

-Hummm -murmuró el capitán.

Se volvió bruscamente y entró otra vez en la nave. Pasó el día en su camarote, pensando. Olvidado completamente del apretado plan del día. Después de la puesta del sol salió y enterró detrás de la nave todos los billetes de Banco que había traído consigo. Sentía no tener más, pero en realidad no importaba, porque tan pronto diesen fruto los árboles tendría todas las semillas que quisiera.

Aquella noche, por primera vez en muchos años, durmió sin soñar con la factura del mercado y con los impuestos.

Pero a la mañana siguiente, cuando salió afuera y dio apresuradamente la vuelta a la nave, no encontró ningún árbol de billetes floreciendo bajo el sol. No encontró más que los pequeños montículos que él mismo había dejado la noche anterior.

Al principio, la decepción le dejó aturdido. Luego pensó: «Quizá el dinero lleve más tiempo. ¡Probablemente sea tan difícil de hacer crecer como de conseguirlo.» Volvió al otro lado de la nave y miró hacia el huerto. Los árboles eran tres veces más grandes que el día anterior y formaban ya un pequeño bosque. Perplejo, caminó por los claros salpicados de sol y mirando con envidia los grandes racimos de frutos de ámbar.

Un rastro de tapones le llevó hasta un claro en el que crecía un nuevo sembrado. Crecía a ojos vistas. Pempf, Fardel y Birp bailaban alrededor como ninfas barbudas de los bosques, esgrimiendo botellas y cantando a voz en grito. La canción obscena sobre las arenas azules de la Tierra tenia ahora una segunda estrofa.

Al verle se detuvieron en seco, y al advertir la expresión del capitán dieron por terminada la fiesta. Este se preguntó si habrían dormido aquella noche. Lo dudaba. Pero hubiesen dormido o no, estaba claro que la disciplina se relajaba rápidamente. Si quería salvar la expedición tenia que actuar con prontitud.

Pero, por alguna razón, su iniciativa parecía haberle abandonado. La idea de salvar la expedición le hizo pensar en la vuelta a Marte, y la vuelta a Marte le hizo pensar en su gruesa esposa, y su gruesa esposa le hizo pensar en la factura del mercado, y ésta en los impuestos, y el recuerdo de los impuestos, por una razón inexplicable, le hacía pensar en el pequeño armario de licores de su camarote y en la botella de whisky por descorchar que permanecía sola en su repisa.

Decidió aguardar hasta mañana para reprender a la tripulación. Seguramente por entonces sus árboles de billetes habrían surgido ya de la tierra, dándole una idea de cuánto debía esperar para recoger su primera cosecha de dinero y plantar la segunda. Cuando su fortuna estuviese asegurada podría encararse mejor con el problema de los árboles de cerveza.

Pero a la mañana siguiente los montículos, en la parte de atrás de la nave, estaban igual. El huerto de cerveza, por el contrario, era algo digno de verse. Se había extendido hasta la mitad de la llanura, en dirección a la ciudad muerta, y el viento. en las ramas cargadas de frutos, hacía un sonido semejante al de una planta embotelladora en plena producción.

En la mente del capitán quedaban muy pocas dudas sobre la suerte que habían corrido los habitantes de la Tierra. Pero ¿qué había ocurrido con los árboles que dichos habitantes habían plantado? No era un tipo obtuso, y la respuesta llegó en seguida. Los habitantes de la Tierra habían llevado a cabo una función semejante a la de las abejas en Marte: al beber el fruto líquido habían fecundado el caparazón de cristal que le recubría, y estos caparazones fecundados y plantados hablan producido nuevos árboles.

«Una ecología muy agradable», pensó el capitán.

Pero como todas las buenas cosas se había extinguido. Una por una, todas las personas se habían convertido en activos fecundadores, y, finalmente, habían muerto agotados, y los árboles, incapaces de reproducirse por sí solos, se hablan extinguido.

Un destino trágico, sin duda. Pero ¿era acaso más trágico que morir a causa de los impuestos?

El capitán pasó el resto del día tratando de encontrar un medio de fecundar el dinero. Sus ojos se desviaban cada vez con más frecuencia hacia la puerta del pequeño armario de los licores. Al atardecer, Birp, Pempf y Fardel aparecieron solicitando una audiencia.

Fardel fue quien habló.

-Señor -dijo-. Lo hemos decidido. No vamos a volver a Marte.

El capitán no se sorprendió, pero no pudo dejar de mostrarse irritado.

-¡Volved a vuestro huerto y dejadme en paz! -dijo, dándoles la espalda.

Cuando hubieron salido fue hasta el armario de los licores y abrió la puerta. Cogió la única botella que quedaba. Sus dos compañeras habían quedado vacías hacía tiempo, y habían sido arrojadas por el dispositivo de eliminación. Ahora flotaban, en órbita, en algún lugar entre la Tierra y Marte.

-Ha sido una suerte que salvara una –dijo, y la fecundó. Luego salió, tambaleándose, y la enterró , detrás de la nave, y se sentó para ver cómo crecía.

Quizá sus árboles de dinero crecieran, o quizá no. Si no crecían no volverla a Marte. Estaba harto de su gruesa. esposa, estaba harto de la cuenta del mercado y de los impuestos sobre las rentas personales, la carretera, el árbol, el gas, la hierba y el aire, y de los de la primera, segunda, tercera y cuarta guerras mundiales. Y sobre todo estaba. harto de ser un honorable oficial con la boca seca.

Salió la Luna y él pudo ver, encantado, cómo los primeros brotes de su árbol de whisky surgían de las arenas azules de la Tierra.

La mejor mentira - Cuento judío

 Hershele vivía en una pequeña aldea de Polonia que se llamaba Ostropolie. Era un hombre muy pobre, y le costaba alimentar a su familia. Sin embargo, tenía tanta alegría de vivir que se podía permitir venderle un poco a los demás.

Un día, hambriento como de costumbre, Hershele entró en una panadería.

–¿Me daría uno de esos pancitos con semilla de amapola? –le pidió al panadero.

–Cómo no, Hershele, siempre que tengas con qué pagarlo –dijo el panadero. Y le alcanzó un pancito de aspecto tierno y delicioso.

Hershele lo miró por todos lados sin mucho interés y finalmente se decidió:

–Disculpe, pero cambié de idea, se lo devuelvo. Prefiero esa rosquita dulce. El precio es el mismo, ¿verdad?

El panadero volvió a poner el pan en su lugar y le dio a Hershele la rosquita.

–¡Mmm, qué deliciosa! –dijo nuestro pícaro amigo–. Creo que voy a comérmela aquí mismo.

Dicho y hecho, se la devoró en un instante sin dejar ni una miga. Se estaba por ir cuando el panadero lo detuvo.

–Hershele, no me pagaste la rosquita dulce.

–¿Cómo que no? –contestó Hershele–. Le di a cambio el pancito. ¿Acaso no valen igual?

–¡Pero si el pancito tampoco me lo pagaste!

–¿Y por qué lo iba a pagar si no me lo comí?

El panadero lo miró un instante desconcertado. Se habría lanzado a atraparlo si no hubiera sido porque un rico forastero, que estaba por casualidad en la panadería, pagó la deuda de Hershele.

–Ese hombre me interesa –le dijo al panadero–. Estoy organizando una gran fiesta y me gustaría contratarlo para que entretenga a mis invitados.

Por supuesto, Hershele ya estaba en la calle, alejándose de la panadería lo más rápido posible. El forastero lo alcanzó.

–Hershele Ostropolier –le dijo–, he oído hablar mucho de sus picardías. Quiero ofrecerle un trabajo. Pero antes me gustaría comprobar por mí mismo qué clase de hombre es usted. Le pagaré una moneda de plata si me dice una mentira rápida.

–¿Por qué una, si me prometió dos? –contestó Hershele.

Y así consiguió el trabajo.

La fiesta se hizo en una hermosa noche de verano, después de la cosecha, y todos los invitados estaban de muy buen humor. Uno de ellos se jactaba de ser el mejor mentiroso de todos los tiempos y desafió a Hershele a una competencia, que nuestro amigo aceptó muy contento.

–Ayer atrapé a una pulga de las orejas –dijo el campeón de las mentiras–. Luchaba tratando de soltarse, pero yo le até las patas con un pelo. De pronto se me resbaló de la mano y cayó en el barril de aceite. Pensé que se habría muerto ahogada, pero esta mañana cuando me desperté, el barril estaba vacío. La maldita pulga se había tomado todo el aceite y había crecido tanto que se estaba poniendo mi levita para salir a pasear por el pueblo.

Todos aplaudieron entusiasmados y miraron a Hershele. ¿Qué podría decir que fuese todavía más ridículo o gracioso o mentiroso? Hershele miró a todos con mucha seriedad.

–Lo siento, pero tendremos que suspender el concurso, porque este caballero está haciendo trampa. Lo que acaba de contar no es ninguna mentira. Yo estuve allí y lo vi con mis propios ojos.

Por supuesto, Hershele ganó la competencia.

La futura difunta - Richard Matheson

El hombrecillo abrió la puerta y entró; fuera quedó la deslumbradora luz del sol. Aquel hombrecillo larguirucho, de aspecto simple y ralo cabello gris, rondaría los cincuenta años o poco más. Cerró la puerta sin hacer ruido y se quedó en el lóbrego vestíbulo, en espera de que los ojos se le acostumbraran al cambio de luz. Vestía un traje negro, camisa blanca y corbata negra. Su pálido rostro aparecía sin transpiración a pesar del calor. Cuando sus ojos se hubieron acostumbrado a la penumbra, se quitó el sombrero panamá y avanzó por el pasillo hasta el despacho: sus zapatos negros no hicieron ruido alguno al pisar sobre la alfombra. El empleado de la funeraria levantó la vista de su escritorio para saludarle.

-- Buenas tardes.

-- Buenas tardes --repuso el hombrecillo, que tenía una voz suave.

-- ¿Puedo ayudarle en algo?

-- Sí --respondió el hombrecillo.

Con un ademán, el empleado de la funeraria le indicó la butaca que había del otro lado de su escritorio y le dijo:

-- Por favor.

El hombrecillo se sentó en el borde de la butaca y dejó el panamá sobre su regazo. Observó que el empleado de la funeraria abría un cajón y sacaba un impreso. Después, retiró una estilográfica negra de su base de ónice, y preguntó:

-- ¿Quién es el difunto?

-- Mi esposa --dijo el hombrecillo.

El empleado de la funeraria emitió un cloqueo de condolencia.

-- Lo siento.

--Ya --replicó el hombrecillo con una mirada inexpresiva.

-- ¿Cómo se llamaba?

-- Marie Arnoid --respondió el hombrecillo en voz baja.

El de la funeraria escribió el nombre.

-- ¿Dirección?

El hombrecillo se la dio.

-- ¿Está ella allí ahora?

-- Si. está allí --respondió el hombrecillo.

El otro asintió.

-- Quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--. Quiero lo mejor que haya.

-- Claro, claro, por supuesto.

-- No me importa lo que cueste --insistió el hombrecillo. Su garganta osciló cuando tragó saliva .

-- Ahora ya no me importa nada. Salvo esto.

-- Lo comprendo --dijo el de la funeraria.

-- Quiero lo mejor que tenga --volvió a insistir el hombrecillo--. Ella es preciosa. Debe tener lo mejor.

-- Lo comprendo.

-- Siempre tenía lo mejor. Yo me encargaba de ello.

-- Claro, claro.

-- Asistirá mucha gente --comentó el hombrecillo--. Todo el mundo la quería. Es tan hermosa..., tan joven... Tiene que darle lo mejor. ¿Me comprende?

-- A la perfección --le aseguró el de la funeraria--. Le garantizo que quedará más que satisfecho.

-- Es tan hermosa --repitió el hombrecillo--. Tan joven.

-- No lo dudo --asintió el de la funeraria.

El hombrecillo permaneció sentado, sin moverse, mientras el empleado de la funeraria le formulaba unas preguntas. El tono de voz del hombrecillo no varió mientras hablaba. Sus ojos parpadeaban tan de vez en cuando que el empleado no los vio moverse ni una sola vez. El hombrecillo firmó el impreso ya rellenado y se incorporó. El de la funeraria hizo lo propio y rodeó el escritorio.

-- Le garantizo que quedará usted satisfecho --dijo al tiempo que le tendía la mano.

El hombrecillo se la estrechó. La palma de su mano estaba seca y fría.

-- Dentro de una hora iremos a su casa --le indicó el agente funerario.

-- Perfecto --repuso el hombrecillo.

El empleado avanzó por el pasillo, al lado del cliente.

-- Para ella quiero que todo sea perfecto --dijo el hombrecillo--.Sólo lo mejor.

-- Todo saldrá tal como usted desea.

-- Se merece lo mejor. --El hombrecillo miró al frente con fijeza--. Es tan hermosa. Todo el mundo la quería. Todo el mundo. Es tan joven, y tan hermosa...

-- ¿Cuándo ha muerto? --preguntó entonces el de la funeraria.

El hombrecillo no pareció haberle oído. Abrió la puerta, salió a la luz del sol y se puso el panamá. Había recorrido ya la mitad de la distancia que lo separaba de su coche cuando, con una leve sonrisa en los labios, contestó:

-- En cuanto llegue a casa.

Se solicita sirvienta - Patricia Laurent Kullic

Si viene por el anuncio, pase. Las instrucciones están sobre la mesa. Kushner.

Señor: Me llamo Regulema y leí su recado. Fui a la tienda con el dinero que estaba sobre la mesa. Le dejo una coliflor cocida y un caldito de pollo. Espero que le guste. Firma, Regulema.

Regulema: Le doy la bienvenida. Disculpe usted que no lo haga personalmente pero soy un hombre enfermo. En el recado de ayer olvidé decirle que su horario será de diez a cuatro, pero si termina antes puede irse. Hay un cuarto en el fondo del pasillo que está bajo llave, no se preocupe en limpiarlo. Cada viernes dejaré su sueldo sobre esta misma mesa. Atentamente, Jonas Kushner.

Señor Kushner: Compré veneno para ratas y un líquido para limpiar la vajilla del vitrinero. Mañana voy a ir a pagar los recibos de luz y agua que estaban amontonados en el buzón. No estaré por la mañana. Firma, Regulema

Regulema: El caldo de ayer tenía especias. Le pido por favor que el pollo lo hierva en agua solamente. Lo que compró para limpiar el oro y la plata no era necesario, como quiera se lo agradezco. Atentamente, Jonas Kushner.

Señor Kushner: Ya lavé su ropa y perdone usted la libertad que me tomé para tirar una camisa blanca que por más que lavé y lavé, olía muy feo y estaba rota del cuello. Si usted quiere yo le puedo comprar una en el centro. Hasta mañana. Firma, Regulema

Señorita Regulema: Yo no uso camisas de colores y si llego a hacerlo, son lisas y muy discretas. Por favor compre siempre camisas blancas de manga larga. Gracias. Kushner.

Señor Kushner: Perdone el error de las camisas, pero me parecieron bonitas y modernas. No vuelve a pasar. ¿No cree que es mucho el dinero que me dejó de sueldo o son varios meses por adelantado? Regulema.

Regulema: No le pagué por adelantado, simplemente estoy muy contento con usted. Compre más coliflor. Kushner.

Estimado señor Kushner: No sabía qué hacer con todo el dinero. Compré ropa para los dos y me inscribí en una academia de corte. El resto lo metí en una cuenta de ahorros, pero antes compré mucha despensa para surtir la alacena. Gracias por todo. Firma, Regulema.

Señor Kushner: Ya vi que no se comió el pollo ni la coliflor de ayer. Tampoco leyó mi recado. ¿Se siente mal? Hoy estuve tocando en su puerta pero nadie contestó. Espero que esté bien. Regulema.

Señor Kushner, de verdad que ya me asusté. Aunque todavía no lo conozco, nunca me había sentido tan a gusto con mi patrón. Ojalá que nada malo le pase pero si no encuentro un recado mañana, llamaré a la ambulancia. Regulema.

Regulema: Espero que vea esta nota que le pongo por debajo de la puerta. Hágame el favor de sacar todos los ajos que trajo a casa. Kushner.