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La muñeca que lo hace todo - Richard Matheson

 El poeta chilló:

—¡Fruto del demonio! ¡Garabatos de lagarto! ¡Canguro maníaco! —Su angulosa figura cruzó el umbral de un salto; pero luego quedó como paralizado—: ¡Espíritu malvado! —exclamó con un nudo en la garganta.

El ser objeto de este insulto proferido con rostro de color jaspeado permanecía sentado, ajeno a todo lo demás, en un banco de nieve de papeles poéticos reducidos a trocitos pequeños. Unos originales nacidos de una sudorosa gestación y tecleados con temblorosa angustia.

—¡Pulpo lunático y espumarajeante! ¡Mico con manos de azada! —Los ojos bordados de venas de sangre de Ruthlen Beauson formaban unas bolsas como gibas detrás de las gafas con montura de cuerno. Sobre los costados sin caderas, los dedos temblaban como leprosas vainas de habichuelas agitadas por un temporal. El hombre sufría los tormentos de unas úlceras dentro de otras úlceras.

—¡Huno! —gritaba con renovado furor—. ¡Godo! ¡Apache! ¡Nihilista loco!

Con la saliva descendiendo de la boca, que empezaba a sacar dientes, el pequeño Gardner Beauson dedicaba una sonrisa de diente único a su paralizado progenitor. La destrozada poesía rezumaba a través de sus rollizos puños mientras el semiesferoide de sus posaderas descansaba húmedamente sobre cada lacerado anfibraco con variaciones yámbicas.

Ruthlen Beauson emitió un gemido salido de un alma destrozada.

—Confusión —lamentóse con voz temblorosa—. Fárrago sin freno ni medida.

Luego, de súbito, los ojos se le repujaron en unas órbitas metálicas, los dedos se le petrificaron en la actitud del estrangulador.

—Acabaré con él —balbució débilmente—. Le quebraré el hioides con la argolla de mis pulgares.

En esta coyuntura, Athene Beauson, con la bata salpicada, las manos goteando arcilla jabonosa, irrumpió en la habitación como un espectro de venganza resucitado del barro.

—¿Qué hay ahora? —preguntó con acento agrio a través de unos dientes que rechinaban.

—¡Mira! ¡Mira! —Como era de rigor, el índice de Ruthlen Beauson avanzaba como una puñalada certera señalando al risueño pequeñajo—. ¡Ha destruido mis Cantos de Baluarte! —Sus salidos ojos adquirían el brillo de la locura—. Le voy a descuartizar —susurró en un gorjeo asesino—, ¡voy a descuartizar a esa víbora enroscada!

—¡Ah..., pues, mira! —ordenó Athene, echando para atrás al carnicero por vocación que se estaba volviendo su esposo, y arrastrando al hijo después de levantarlo , cogiéndolo por la camiseta empapada de saliva.

Suspendido sobre montones de rajadas musas, el pequeño miraba a su madre con aire socarrón.

—¡Cachorro! —le espetó ella, y le soltó un manotazo en las bulbosas posaderas.

Gardner Beauson chilló estridentemente en inflamatoria protesta, y cuando le señalaron la puerta, salió, mientras su cerebrito se amartillaba ya para nuevas hazañas. Con un resto de arcilla sobre las braguitas, se introdujo anadeando y con unos ojos como naranjas, en el cuerno de la abundancia de cosas quebradizas que constituía la sala de estar, mientras Athene se volvía y contemplaba al marido de rodillas y horrorizado, sobre las ruinas de dos lustros de trabajo.

—Me suicidaré —murmuraba el poeta con los hombros caídos—. Me inyectaré líquidos letales en las venas.

—Levántate, levántate —dijo Athene vivamente, con una máscara de acerbidad por cara.

Ruthlen se puso en pie bamboleándose.

—Le mataré, sí; eliminaré definitivamente a esa fiera arrugada —dijo con el corazón hueco todavía por el pasmo.

—Eso no solucionaría nada —dijo la esposa—. Aun cuando... —Y los ojos se le dulcificaron un momento ante la idea de empujar a Gardner adentro de un depósito lleno de caimanes. Sus carnosos labios se estremecieron en el inicio de una sonrisa trémula.

Luego los ojos se le endurecieron como el pedernal.

—Eso no solucionaría nada —repitió—, y ya es hora de que resolvamos este maldito problema.

Ruthlen miraba con ojo atontado las ruinas de su composición poética.

—Le mataré —les prometió a los esparcidos trozos—. Yo le...

—Ruthlen, escúchame —dijo la mujer, cerrando en puños los dedos, recubiertos de arcilla.

El hombre levantó por un momento la inerte mirada.

—Gardner necesita un compañero de juego —declaró la mujer—. Lo he leído en un libro. Necesita un compañero de juego.

—Le mataré —murmuraba Ruthlen.

—¿Quieres escucharme?

—Mátale.

—¡Te digo que Gardner ha de tener un compañero de juego! No me importa si podemos permitírnoslo o no, ¡pero lo necesita!

—Matar —silbaba el poeta entre dientes—. Matar.

—¡Si no tenemos ni un centavo, no me importa! ¡Tú necesitas tiempo para la poesía, y yo lo necesito para esculpir!

—Mis Canciones de Baluarte...

—¡Ruthlen Beauson! —chillaba Athene un momento antes de que se oyera el estrépito ensordecedor de un jarrón hecho añicos.

—¡Buen Dios! ¿Qué será ahora? —exclamó Athene.

Le encontraron montado en el manto de la chimenea, maullando en demanda de socorro y de un cambio inmediato de braguitas...

 

¡LA MUÑECA QUE LO HACE TODO!

Athene estaba plantada delante del vidrio cilindrado del escaparate, haciendo pucheritos con los labios y sumido el pensamiento en profunda deliberación. Por su mente subían y bajaban los platillos de un terrible sopesar: por una parte, la tremenda necesidad; por otra, unos ingresos nulos, inexistentes. Dinero no tenían, esto estaba clarísimo. No se podía pensar en una escuela maternal, y menos todavía en una niñera particular. Y, sin embargo, había de haber una solución; tenía que haberla.

Athene se revistió de valor y entró en la tienda.

El dueño levantó los ojos; una cariñosa sonrisa marcó unos hoyuelos en sus mejillas de manzana, dando la bienvenida a la cliente.

—Esa muñeca —inquirió Athene—. ¿Hace de verdad todo lo que dice el cartel anunciador?

—Esa muñeca —respondió el vendedor con una sonrisa de dos palmos— no tiene comparación; es el juguete sin par. Anda, habla, come y bebe, hace sus necesidades, ronca cuando duerme, baila una giga, monta en un columpio y canta las letras de siete canciones infantiles famosas —el hombre se interrumpió para recobrar aliento—. Para nombrar unas cuantas —dijo—, canta Molly Andrews...

—¿Cuánto vale?

—Nada estilo crawl un trecho de quince metros, lee un libro, toca trece estudios sencillos en el piano, siega el césped, se cambia las braguitas por sí misma, trepa a un árbol y eructa.

—¿Y cuál es el precio de...?

—Y crece —añadió el vendedor.

—¿Eh...?

—Crece —reiteró el hombre, poniendo los ojos como dos rendijas—. Dentro de su cuerpo de plástico, tiene todas las células y los protoplasmas necesarios para un ciclo de maduración que alcanzará hasta los veinte años.

Athene estaba boquiabierta.

—A ciento siete con cincuenta es, indudablemente, una ganga —concluyó el tendero—. ¿Quiere que se la envuelva, o prefiere que la muñeca la acompañe a casa andando?

Dentro de la cabeza de Athene Beauson zumbaba un enjambre de avispas furiosas —sendos pensamientos—. Era el compañero de juego perfecto para el pequeño Gardner. Pero ¡ciento siete con cincuenta! El alarido de Ruthlen dejaría las ventanas sin cristales, cuando viera la etiqueta.

—No puede equivocarse —le decía el vendedor.

¡Y él necesita un compañero de juego!

—Para la cuestión del pago, podemos solucionarlo a base de cómodos plazos —el vendedor se había dado cuenta del problema de la parroquiana y le disparaba su coup de grâce.

Todos los pensamientos desaparecieron como fichas barridas de una mesa de juego. Los ojos de Athene se iluminaron; una sonrisa repentina levantó los ángulos de sus labios.

—Un muñeco —pidió vivamente—. Un niño de un año.

El vendedor corrió hacia los estantes...

Las ventanas no se quedaron sin cristales; pero a la buena de Athene los oídos le zumbaron durante media hora.

—¿Estás loca? —El grito del marido era una serie de cuchillas estridentes que se le hundían en el cerebro—. ¡Ciento siete con cincuenta!

—Podemos pagar a plazos.

—¿Con qué? —chillaba el marido—. ¡Con trozos de papel desechados y arcilla!

—¿Qué prefieres? —disparaba a su vez Athene—, ¿que tu hijo deambule por la casa desgarrando, rompiendo, rasgando, aplastándolo todo?

Ruthlen hacía una mueca ante cada una de estas palabras, como si fueran otros tantos golpes que le dieran a la cabeza con porras claveteadas. Y acabó cerrando los ojos detrás del medio centímetro y pico de grosor de los lentes—. Y se estremeció como era de rigor.

—Basta —murmuró, levantando la pálida mano en señal de rendición—. Basta, basta.

—Llevémosle el muñeco a Gardner —dijo Athene, muy excitada,

Ambos corrieron al cuartito del hijo, a quien sorprendieron echando abajo las cortinas. Un Ruthlen sibilante y con la cara tensa le arrancó del antepecho de la ventana y le dio con los nudillos en la cabeza. Gardner parpadeó una sola vez sobre los enrojecidos ojos.

—Bájalo al suelo —se apresuró a recomendar Athene—. Deja que lo vea.

Gardner miraba fijamente, entreabierta la boca, con su diente único, al muñequito sentado, tan calladito, delante de él. El muñeco tenía sus mismas dimensiones, aproximadamente, cabello negro, ojos azules, carne rosada y llevaba braguitas, exactamente igual que un niño de verdad.

Gardner parpadeaba furiosamente.

—Activa el mecanismo —murmuró Ruthlen. Y Athene se inclinó y pulsó el botoncito.

Gardner se echó atrás en babeante consternación al ver que el muñeco le sonreía.

—¡Bah–bih–bah–bah! —gritaba histéricamente Gardner.

—Bah–bih–bah–bah —repitió el muñeco a su vez. Gardner se escabulló hacia atrás, desencajados los ojos, y, acurrucado en actitud recelosa, observó cómo el muñeco avanzaba hacia él. Como la pared le impidió seguir retrocediendo, se agachó aturdido, nervioso y atónito,  hasta que el muñeco se detuvo, con un chasquido metálico, delante de él.

—Bah–bih–bah–bah —el muñeco sonrió de nuevo, luego eructó una sola vez y se puso a bailar una giga sobre el linóleo.

Los turgentes labios de Gardner se extendieron, bruscamente, en una sonrisa idiota. Gardner se puso a gorjear gozosamente. Los ojos de sus padres se cerraron al mismo tiempo que unas sonrisas beatíficas arrugaban sus agradecidos rostros, mientras todo pensamiento o cavilación de tipo monetario quedaban absolutamente borrados.

—¡Oh! —murmuró Athene, admirada.

—No puedo creer que sea cierto —dijo su marido, con la voz hueca de espantada admiración...

Durante semanas, Gardner y su amigo, el muñeco mecánico, fueron inseparables. Se sentaban juntos, dirigiéndose miradas tiernas, de soslayo, riendo movidos por íntimas complacencias y, en general, saboreando plenamente sus babeantes intercambios de opiniones. Todo lo que Gardner hiciera, el muñeco lo hacía también.

En cuanto a Ruthlen y Athene, se recreaban con el advenimiento de aquella paz casi olvidada. Ya no se oían, como martillazos sobre el yunque, aquellos alaridos que retorcían los nervios, y el aire no vibraba con el ruido de objetos rotos. Ruthlen hacía poesías, y Athene esculpía, ambos en la bendición del sosiego y la soledad de una fiesta del sabbath.

—¿Ves? —decía la esposa una noche, mientras cenaban—. Era lo único que necesitaba: un compañero. —Y Ruthlen movía la cabeza solemnemente, rindiendo tributo a la perspicacia de la mujer.

—Cierto; es cierto —susurraba feliz.

Una semana; un mes. Luego, paulatinamente, la metamorfosis.

Ruthlen, enfangado una mañana en un pegajoso pentámetro, levantó los ojos, alarmado.

—Oye —murmuró. Era el sonido del desmembramiento de un juguete.

Ruthlen corrió al cuarto de los niños y encontró a su hijo único sacando las entrañas de algodón de un muñeco que hasta entonces había respetado y querido.

El poeta permanecía delante de la habitación, sombría la mirada y los latidos del corazón debilitándosele hasta el sordo martilleo enfermizo de otros tiempos, mientras, en el cuarto de los niños, Gardner iba sacando tripa y el muñeco permanecía sentado en el suelo, observando.

—No —murmuró el poeta, percibiendo que era «sí». Y se alejó, consiguiendo convencerse, con mucho esfuerzo, de que se trataba de una casualidad.

No obstante, la tarde siguiente, a la hora de la comida, los dedos de Ruthlen y los de su esposa apretaron los bocadillos con tal fuerza que los pedazos de tomate salieron disparados por el aire y fueron a caer dentro del café.

—¿Qué es eso? —preguntó Athene, horrorizada.

A Gardner y a su muñeco los encontraron acomodados en los pedazos de lo que en otro tiempo (en tiempos más felices) fue un tiesto de flores.

El muñeco observaba con un interés vitreo mientras Gardner levantaba puñados de tierra negruzca que caía en terroncitos sucios sobre la alfombra.

—No —dijo el poeta, con las úlceras abiertas de nuevo.

—No —cayó el eco de los labios de Athene, que palidecían.

Al hijo le dieron una paliza y le acostaron; al muñeco lo encerraron en el armario. Mientras escuchaban unos maullidos doloridos, marido y mujer despacharon la comida, y unos ácidos engendraban otros ácidos peores en sus espasmódicos estómagos.

Un solo comentario se pronunció cuando cada uno de ambos se dirigía con paso inseguro a su trabajo, y fue Athene la que lo hizo.

—Ha sido una casualidad.

Pero la semana siguiente tuvieron que dejar su trabajo exactamente ochenta y siete veces.

Una vez se trataba de que Gardner estaba destrozando unos cortinajes de la sala de estar qué había echado abajo. Otra vez se trataba de que Gardner tocaba el piano con un martillo para estar a tono con el muñeco, que interpretaba una gavota de Bach. Todavía otra vez, y en multitud de veces repetidas, se trataba de una epidemia de objetos derribados, desde jarros de compota hasta sillas. En conjunto, treinta objetos quebradizos quedaron rotos, el gato desapareció, y, en cambio, el suelo se veía a través de la alfombra en aquellos lugares en donde Gardner había manifestado su pericia con las tijeras.

Al cabo de dos días, los Beauson hacían poesía y esculpían con los ojos salidos y los labios blancos y apretados sobre unos dientes que no cesaban de rechinar. Al final del cuarto, sus cuerpos sufrían un proceso de petrificación y el cerebro empezaba a osificárseles. Al final de la semana, después de muchos vuelcos y revuelcos de sus visceras, permanecían sentados o de pie en petrificado silencio, aguardando nuevos atropellos y soñando en un infanticidio violento.

El final llegó.

Una noche, mientras tomaban, para toda cena, un jarrón de calmante para el dolor de estómago, Athene y su marido permanecían sentados en las respectivas sillas, como espantapájaros afectados de rigor mortis, y los ojos convertidos en cuatro esferas de estupor rayado de venas de sangre.

—¿Qué debemos hacer? —murmuró Ruthlen con el ánimo destrozado.

La cabeza de Athene se movía de un lado para otro en sacudidas negativas.

—Yo pensaba que el muñeco... —empezó; pero luego dejó que la voz se extraviase por el aire.

—El muñeco no ha servido de nada —se lamentó Ruthlen—. Volvemos a estar en el punto de partida. Y además, hundidos en una deuda de ciento y pico, pues, según dices, no volverían a quedarse el muñeco.

—No, no se lo quedarían —asintió Athene—. Es... El ruido le cortó la frase.

Era un sonido de choques húmedos, como si alguien arrojara pellas de barro contra una pared. Barro o...

—No —Athene levantó unos ojos heridos por los latigazos del alma—. ¡Oh, no!

El repentino y espástico choque de sus sandalias con el suelo formaban un ritmo sincopado con el loco martilleo de la sangre en su corazón. El marido la siguió montado en las cañas que tenía por piernas, convertidos los labios en un tembloroso círculo de malas intenciones.

—¡Mi estatua! —gritó Athene, plantada como un mármol erigido en el umbral del estudio y contemplando con un rostro color ceniza la espantosa visión.

Gardner y el muñeco estaban interpretando Dale a las rosas del empapelado, utilizando como munición grandes puñados de arcilla arrancados de la inacabada estatua de Athene.

Athene y Ruthlen permanecían mudos de terror, contemplando al muñeco, que en la cúpula metálica del cráneo había formado nuevos enlaces sinápticos y a las facultades de danzar, trepar y eructar había añadido la de tirar arcilla.

Y de pronto, la cosa quedó perfectamente clara... La planta caída, los vasos y jarrones rotos en altos estantes... ¡Gardner había necesitado ayuda para llevar a cabo aquellas hazañas!

Ruthlen Beauson preveía un futuro fatídico; es decir, un futuro que era el pasado multiplicado por dos; todos los tormentos de marionetas de vivir con Gardner, pero multiplicados por la presencia del muñeco.

—Saca fuera de mi casa a ese monstruo de metal —murmuró Ruthlen a su esposa, por entre unos labios de hormigón armado.

—¡Pero no los cambian! —gritó ella, histérica.

—¡Entonces, voy yo a por el abrelatas! —bramó el poeta, retrocediendo sobre unas piernas firmes como peñas.

—¡La culpa no la tiene el muñeco! —gritó Athene—. ¿De qué te servirá destrozar el muñeco? La tiene Gardner. ¡La tiene el ser horrible que fabricamos entre los dos!

Los ojos del poeta produjeron un chasquido agudo dentro de las órbitas al saltar del muñeco al hijo, y otra vez al muñeco, y comprender la horrible verdad de aquella afirmación. La causa estaba en el hijo. El muñeco no hacía otra cosa que imitar; el muñeco haría todo lo que...

...le hicieran hacer.

Entonces, en aquel preciso segundo, fue cuando le vino la idea. Y con ella vino la paz a la casa de los Beauson.

A partir del día siguiente, su Gardner fue un modelo de buena conducta, y la casa se convirtió en un santuario de bienaventurada creación.

Todo era una perfecta delicia.

Fue solamente veinte años después, cuando Gardner Beauson asistía al Instituto y se topó con un estudiante de segundo año un tanto peleón y resultó con trece juntas rotas y el generador que lo movía destrozado cuando se hizo pública la fea verdad, que dejó horrorizado a todo el mundo.


El tercero desde el sol - Richard Matheson


Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
    A su lado, su mujer le puso una mano en el brazo.
    —¿Has dormido? —le preguntó él.
    —No, ¿y tú?
    —Un poco. No mucho.
    Ella se quedó callada. El marido oyó como se le hacía un nudo en la garganta, y cuando la sintió estremecerse, supo qué iba a preguntarle.
    —¿Sigue en pie el viaje?
    Se tumbó de lado para mirarla e inspiró profundamente.
    —Sí —respondió, y notó los dedos de su mujer apretándole el brazo.
    —¿Qué hora es? —le preguntó.
    —Las cinco.
    —Será mejor que nos preparemos.
    —Sí, será mejor.
    No se movieron.
    —¿Estás seguro de que podremos embarcar sin que nadie se dé cuenta?
    —Creen que no es más que otra prueba de vuelo. Nadie nos preguntará nada.
    Su mujer no dijo nada, pero se le acercó un poco más. Él reparó en lo fría que tenía la piel.
    —Tengo miedo —le dijo.
    Él le apretó la mano.
    —No te preocupes. No nos pasará nada.
    —Lo que me preocupa son los niños.
    —No nos pasará nada —repitió.
    Ella se llevó la mano de su marido a los labios y la besó con cariño.
    —Vale.
    Los dos se incorporaron a oscuras. La oyó levantarse. El camisón cayó al suelo con un susurro, pero no lo recogió. Se quedó de pie, temblando en el aire frío de la mañana.
    —¿Estás seguro de que no nos hará falta nada más? —le preguntó.
    —No, nada. He metido todo lo necesario en la nave. De todos modos…
    —¿Qué?
    —No podemos pasar cargados por delante del guarda. Tiene que creer que los niños y tú venís simplemente a ver el despegue.
    Su mujer se vistió. Él apartó las sábanas, se levantó, recorrió el suelo frío hasta el armario y se vistió también.
    —Voy a despertar a los niños —dijo ella.
    Él contestó con un gruñido, poniéndose la ropa por la cabeza. Su mujer se detuvo en el umbral.
    —¿Estás seguro de que…?
    —¿De qué?
    —¿De que al vigilante no le parecerá raro que…, que los vecinos vengan también a verte despegar?
    Él se sentó en la cama y se puso a pelearse con las hebillas de los zapatos.
    —Tendremos que arriesgamos —dijo—. Necesitamos que vengan con nosotros.
    Ella suspiró.
    —Parece todo tan frío, tan calculado…
    Se incorporó y vio la silueta de su mujer recortada en la entrada.
    —¿Qué otra cosa podemos hacer? —le preguntó con vehemencia—. No podemos cruzar a nuestros propios hijos.
    —No —dijo ella—. Es que…
    —Es que ¿qué?
    —Nada, cariño. Lo siento.
    Cerró la puerta. El sonido de sus pisadas se alejó por el pasillo. Oyó abrirse la puerta del cuarto de los niños y las voces de ambos. Una sonrisa triste le asomó a los labios.
    «Cualquiera diría que nos vamos de vacaciones», pensó.
    Se puso los zapatos. Al menos, los niños no sabían qué pasaba. Creían que iban a acompañarlo al campo de aterrizaje y que luego volverían y se lo contarían a sus compañeros. Ignoraban que no regresarían nunca.
    Terminó de abrocharse los zapatos y se levantó. Se acercó a la cómoda arrastrando los pies y encendió la luz. Era extraño que un hombre de aspecto tan corriente planeara algo semejante.
    «Frío y calculado». Las palabras de su mujer no se le iban de la cabeza. Bueno, no les quedaba otro remedio. En cuestión de unos años, quizá antes, el planeta desaparecería en un destello cegador. Era su única salida: escapar, empezar otra vez de cero con un puñado de gente en un planeta nuevo.
    Miraba fijamente la imagen que le devolvía el espejo.
    —No hay más remedio —le dijo a su reflejo.
    «Adiós a esta etapa de mi vida», pensó, contemplando el dormitorio Apagar la lámpara fue como apagar una luz en su cerebro. Cerró la puerta con cuidado y apartó los dedos del pomo desgastado.
    Su hijo y su hija bajaban por la rampa, cuchicheando misteriosamente. Él sacudió la cabeza, ligeramente divertido.
    Su mujer estaba esperándolo y bajaron juntos, de la mano.
    —No tengo miedo, cariño —le dijo ella—. Todo saldrá bien.
    —Seguro. Seguro que sí.
    Se dispusieron a desayunar. Él se sentó con los niños. Su mujer les sirvió zumo y fue a por la comida.
    —Ayuda a tu madre, cielo —le dijo a su hija, que se levantó.
    —Ya falta poco, ¿eh, papi? —dijo el niño—. Ya falta poco, ¿eh?
    —Cálmate —le advirtió—, y recuerda lo que te he dicho: una sola palabra a alguien y no vienes.
    Un plato se hizo añicos. Se volvió hacia su mujer, y se la encontró mirándolo fijamente con los labios temblorosos. Luego bajó los ojos y se agachó. Recogió unos cuantos trozos con torpeza, pero después los dejó caer, se irguió y los empujó hacia la pared con el pie.
    —Como si importara —dijo, agitadamente—. Como si importara que la casa esté limpia o no.
    Los niños la miraban, sorprendidos.
    —¿Qué pasa? —le preguntó su hija.
    —Nada, cariño, nada. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Vuelve a la mesa y tómate el zumo. Tenemos que acabar deprisa. Los vecinos llegarán enseguida.
    —Papi, ¿y por qué se vienen los vecinos? —preguntó su hijo.
    —Porque quieren —se limitó a responder—. Déjalo ya. No hables tanto del tema.
    La habitación quedó en silencio. Su mujer sirvió la comida; solo se oían sus pisadas. Los niños no dejaban de intercambiar miradas y de observar a su padre, que no apartaba los ojos del plato. Encontraba la comida insulsa y pastosa. El corazón le retumbaba en el pecho. «El último día. Es el último día».
    —Será mejor que comas —le dijo a su mujer.
    Ella se sentó a la mesa. Levantaba el cubierto cuando sonó el timbre de la puerta; se le resbaló de los dedos flácidos y cayó al suelo. Él le puso al instante la mano en la suya.
    —Tranquila, cariño. No pasa nada. —Se dirigió a los niños—. Id a abrir la puerta.
    —¿Los dos? —le preguntó su hija.
    —Los dos.
    —Pero…
    —Hacedme caso.
    Se escurrieron de las sillas y salieron de la habitación, aunque se volvieron cada dos por tres para mirar a sus padres.
    Cuando la puerta corredera los ocultó, él se volvió hacia su mujer, que estaba tensa y pálida, con los labios apretados.
    —Cariño, por favor. Por favor. Sabes que no os llevaría si no estuviera seguro de que no hay peligro. Ya sabes cuántas veces he pilotado la nave. Y sé exactamente adonde vamos. No hay peligro. Créeme.
    Se llevó la mano de su marido a la cara. Cerró los ojos y unos lagrimones le corrieron por las mejillas.
    —No es e…, no es eso —dijo—. Es que… marchamos, no volver más… Llevamos aquí toda la vida. Esto no es como… mudarse. No podremos volver. Nunca.
    —Escucha, cariño —se apresuró a responder—. Lo sabes tan bien como yo: dentro de unos años, posiblemente antes, habrá otra guerra, una guerra terrible. No quedará nada. Tenemos que irnos. Por nuestros hijos, por nosotros… —Hizo una pausa para sopesar sus palabras—. Por el futuro de la vida en sí —concluyó con un hilo de voz.
    Se sintió mal por haberlo dicho. Era inapropiado decir algo así por la mañana temprano, delante de una comida prosaica, por muy cierto que fuera.
    —Pero no tengas miedo —continuó—. No va a pasarnos nada.
    Ella le apretó la mano.
    —Lo sé —murmuró—. Lo sé.
    Oyeron pasos que se acercaban. Él sacó un pañuelo y se lo dio; ella se enjugó las lágrimas aprisa.
    La puerta se abrió. Los vecinos, que también tenían un hijo y una hija, entraron. Los niños estaban tan entusiasmados que les costaba controlarse.
    —Buenos días —saludó el vecino.
    La vecina se acercó a su mujer y ambas se dirigieron a la ventana para hablar en susurros. Los niños no paraban de moverse y se miraban nerviosos.
    —¿Habéis desayunado? —le preguntó al vecino.
    —Sí. ¿No crees que deberíamos irnos ya?
    —Supongo que sí.
    Dejaron los platos en la mesa. Su mujer subió a buscar ropa para la familia.
    El matrimonio se quedó un momento en el porche mientras los demás entraban en el vehículo de superficie.
    —¿Deberíamos cerrar con llave? —preguntó él.
    Ella sonrió sin saber qué decir y se pasó una mano por el pelo.
    —¿Acaso importa? —dijo, encogiéndose de hombros, y se alejó.
    El hombre echó la llave y la siguió por el camino. Ella se volvió cuando la alcanzó.
    —Es una casa bonita —murmuró.
    —No pienses en eso —le dijo él.
    Le dieron la espalda a su hogar y entraron en el vehículo.
    —¿Has cerrado? —preguntó el vecino.
    —Sí.
    —Nosotros también —sonrió con sorna—. Primero la he dejado abierta, pero he tenido que volver.
    Transitaron por las calles tranquilas. El horizonte empezaba a teñirse de rojo. La mujer del vecino y los cuatro niños iban detrás. Su mujer y el vecino iban delante con él.
    —Va a hacer buen día —comentó el vecino.
    —Eso parece —dijo él.
    —¿Se lo has dicho a tus hijos? —le preguntó el vecino en voz baja.
    —Claro que no.
    —Yo tampoco, yo tampoco —dijo insistente—. Solo preguntaba.
    —Ah.
    Viajaron un rato en silencio.
    —¿No tienes a veces la sensación de… estar huyendo? —le preguntó el vecino.
    —No —respondió con la boca crispada y se irguió, rígido—. No.
    —Supongo que es mejor no hablar del tema —dijo precipitadamente el otro.
    —Mucho mejor.
    Cuando se aproximaban a la garita de la entrada, se volvió.
    —Recordad —dijo—: ni una palabra a nadie.
    El vigilante estaba adormilado y no les prestó atención. Reconoció enseguida al jefe de los pilotos de pruebas de la nave nueva; con eso bastó.
    Le dijo que la familia iba a verlo despegar. No había inconveniente. El vigilante los dejó pasar al muelle de la nave.
    El marido detuvo el coche bajo las enormes columnas. Todos salieron y miraron hacia arriba.
    Muy por encima de ellos, con el morro apuntando al cielo, la gran nave metálica reflejaba las primeras luces de la mañana.
    —Vamos —dijo—. Deprisa.
    Mientras se dirigían rápidamente hacia el ascensor de la nave, el marido se detuvo un momento para mirar atrás. No parecía haber nadie en la garita. Observó todo cuanto lo rodeaba, intentando grabarlo en su memoria.
    Se agachó, recogió un poco de tierra y se la metió en el bolsillo.
    —Adiós —susurró.
    Corrió al ascensor.
    Las puertas se cerraron. La cabina subió en silencio, roto solo por el zumbido del motor y alguna que otra tos cohibida de los niños. Los miró.
    «Llevárnoslos tan jóvenes —pensó—, sin que tengan posibilidad alguna de escoger».
    Cerró los ojos. El brazo de su mujer descansaba en el suyo. La miró. Sus ojos se encontraron y ella le sonrió.
    —Todo va bien —le susurró ella.
    El ascensor se detuvo con una sacudida. Se abrieron las puertas y salieron. Clareaba. Él los hizo avanzar deprisa por la plataforma cubierta.
    Entraron por la escotilla lateral de la nave. Él dudó antes de seguirlos. Quería decir algo apropiado. Ardía en deseos de decir algo apropiado.
    Pero no pudo. Entró, cerró la puerta con un gruñido y apretó bien la manivela.
    —Ya está —dijo—. Vamos.
    Sus pisadas reverberaron en las pasarelas y las escaleras de metal mientras subían a la sala de control.
    Los niños corrieron a mirar por las ventanillas y contuvieron la respiración, asombrados de la altura a la que se encontraban. Sus respectivas madres se colocaron tras ellos y miraron abajo, amedrentadas.
    Él se les acercó.
    —¡Qué alto! —exclamó su hija.
    Él le dio unas palmadas cariñosas en la cabeza.
    —Muy alto.
    Les dio bruscamente la espalda, se acercó al cuadro de mandos y allí se quedó, indeciso. Oyó que se le acercaba alguien por detrás.
    ¿No deberíamos decírselo a los niños? —le preguntó su mujer— ¿No deberíamos decirles que será la última vez que vean todo esto?
    —Adelante —respondió él—. Díselo.
    Esperaba oír sus pisadas alejándose, pero no fue así. Se volvió. Ella le besó la mejilla y fue a decírselo a los niños.
    Accionó el interruptor. En las tripas de la nave prendió una chispa. Una descarga masiva de combustible inundó los conductos, y los mamparos vibraron.
    Oyó llorar a su hija; intentó no prestarle atención. Acercó una mano temblorosa a la palanca. De repente, se volvió. Todos estaban mirándolo. Puso la mano en la palanca y la empujó.
    La nave se estremeció momentáneamente y luego notaron que se precipitaba por la pulida rampa. Salió despedida, más y más deprisa. Todos oían el rugido del viento.
    Vio que los niños se volvían hacia las ventanillas para mirar.
    —Adiós —decían—. Adiós.
    Se hundió, cansado, en el asiento del cuadro de mandos. Con el rabillo del ojo vio que el vecino se sentaba a su lado.
    —¿Sabes adonde vamos exactamente? —le preguntó.
    —Ahí está la carta de navegación.
    El vecino miró la carta y alzó las cejas.
    —A otro sistema solar.
    —Exacto. Tiene una atmósfera como la nuestra. Allí estaremos a salvo.
    —La especie estará a salvo —dijo el vecino.
    Asintió y se volvió para mirar a su familia y a la de su vecino, que seguían mirando por las ventanillas.
    —¿Qué has dicho? —preguntó.
    —Que cuál de estos planetas es —repitió el vecino.
    Se inclinó sobre la carta de navegación y señaló uno.
    —Ese pequeño de ahí —dijo—, al lado de esa luna.
    —¿Este? ¿El tercero desde el sol?
    —Exacto —respondió él—. Ese. El tercero desde el sol.