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El tercero desde el sol - Richard Matheson


Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
    A su lado, su mujer le puso una mano en el brazo.
    —¿Has dormido? —le preguntó él.
    —No, ¿y tú?
    —Un poco. No mucho.
    Ella se quedó callada. El marido oyó como se le hacía un nudo en la garganta, y cuando la sintió estremecerse, supo qué iba a preguntarle.
    —¿Sigue en pie el viaje?
    Se tumbó de lado para mirarla e inspiró profundamente.
    —Sí —respondió, y notó los dedos de su mujer apretándole el brazo.
    —¿Qué hora es? —le preguntó.
    —Las cinco.
    —Será mejor que nos preparemos.
    —Sí, será mejor.
    No se movieron.
    —¿Estás seguro de que podremos embarcar sin que nadie se dé cuenta?
    —Creen que no es más que otra prueba de vuelo. Nadie nos preguntará nada.
    Su mujer no dijo nada, pero se le acercó un poco más. Él reparó en lo fría que tenía la piel.
    —Tengo miedo —le dijo.
    Él le apretó la mano.
    —No te preocupes. No nos pasará nada.
    —Lo que me preocupa son los niños.
    —No nos pasará nada —repitió.
    Ella se llevó la mano de su marido a los labios y la besó con cariño.
    —Vale.
    Los dos se incorporaron a oscuras. La oyó levantarse. El camisón cayó al suelo con un susurro, pero no lo recogió. Se quedó de pie, temblando en el aire frío de la mañana.
    —¿Estás seguro de que no nos hará falta nada más? —le preguntó.
    —No, nada. He metido todo lo necesario en la nave. De todos modos…
    —¿Qué?
    —No podemos pasar cargados por delante del guarda. Tiene que creer que los niños y tú venís simplemente a ver el despegue.
    Su mujer se vistió. Él apartó las sábanas, se levantó, recorrió el suelo frío hasta el armario y se vistió también.
    —Voy a despertar a los niños —dijo ella.
    Él contestó con un gruñido, poniéndose la ropa por la cabeza. Su mujer se detuvo en el umbral.
    —¿Estás seguro de que…?
    —¿De qué?
    —¿De que al vigilante no le parecerá raro que…, que los vecinos vengan también a verte despegar?
    Él se sentó en la cama y se puso a pelearse con las hebillas de los zapatos.
    —Tendremos que arriesgamos —dijo—. Necesitamos que vengan con nosotros.
    Ella suspiró.
    —Parece todo tan frío, tan calculado…
    Se incorporó y vio la silueta de su mujer recortada en la entrada.
    —¿Qué otra cosa podemos hacer? —le preguntó con vehemencia—. No podemos cruzar a nuestros propios hijos.
    —No —dijo ella—. Es que…
    —Es que ¿qué?
    —Nada, cariño. Lo siento.
    Cerró la puerta. El sonido de sus pisadas se alejó por el pasillo. Oyó abrirse la puerta del cuarto de los niños y las voces de ambos. Una sonrisa triste le asomó a los labios.
    «Cualquiera diría que nos vamos de vacaciones», pensó.
    Se puso los zapatos. Al menos, los niños no sabían qué pasaba. Creían que iban a acompañarlo al campo de aterrizaje y que luego volverían y se lo contarían a sus compañeros. Ignoraban que no regresarían nunca.
    Terminó de abrocharse los zapatos y se levantó. Se acercó a la cómoda arrastrando los pies y encendió la luz. Era extraño que un hombre de aspecto tan corriente planeara algo semejante.
    «Frío y calculado». Las palabras de su mujer no se le iban de la cabeza. Bueno, no les quedaba otro remedio. En cuestión de unos años, quizá antes, el planeta desaparecería en un destello cegador. Era su única salida: escapar, empezar otra vez de cero con un puñado de gente en un planeta nuevo.
    Miraba fijamente la imagen que le devolvía el espejo.
    —No hay más remedio —le dijo a su reflejo.
    «Adiós a esta etapa de mi vida», pensó, contemplando el dormitorio Apagar la lámpara fue como apagar una luz en su cerebro. Cerró la puerta con cuidado y apartó los dedos del pomo desgastado.
    Su hijo y su hija bajaban por la rampa, cuchicheando misteriosamente. Él sacudió la cabeza, ligeramente divertido.
    Su mujer estaba esperándolo y bajaron juntos, de la mano.
    —No tengo miedo, cariño —le dijo ella—. Todo saldrá bien.
    —Seguro. Seguro que sí.
    Se dispusieron a desayunar. Él se sentó con los niños. Su mujer les sirvió zumo y fue a por la comida.
    —Ayuda a tu madre, cielo —le dijo a su hija, que se levantó.
    —Ya falta poco, ¿eh, papi? —dijo el niño—. Ya falta poco, ¿eh?
    —Cálmate —le advirtió—, y recuerda lo que te he dicho: una sola palabra a alguien y no vienes.
    Un plato se hizo añicos. Se volvió hacia su mujer, y se la encontró mirándolo fijamente con los labios temblorosos. Luego bajó los ojos y se agachó. Recogió unos cuantos trozos con torpeza, pero después los dejó caer, se irguió y los empujó hacia la pared con el pie.
    —Como si importara —dijo, agitadamente—. Como si importara que la casa esté limpia o no.
    Los niños la miraban, sorprendidos.
    —¿Qué pasa? —le preguntó su hija.
    —Nada, cariño, nada. Estoy un poco nerviosa, eso es todo. Vuelve a la mesa y tómate el zumo. Tenemos que acabar deprisa. Los vecinos llegarán enseguida.
    —Papi, ¿y por qué se vienen los vecinos? —preguntó su hijo.
    —Porque quieren —se limitó a responder—. Déjalo ya. No hables tanto del tema.
    La habitación quedó en silencio. Su mujer sirvió la comida; solo se oían sus pisadas. Los niños no dejaban de intercambiar miradas y de observar a su padre, que no apartaba los ojos del plato. Encontraba la comida insulsa y pastosa. El corazón le retumbaba en el pecho. «El último día. Es el último día».
    —Será mejor que comas —le dijo a su mujer.
    Ella se sentó a la mesa. Levantaba el cubierto cuando sonó el timbre de la puerta; se le resbaló de los dedos flácidos y cayó al suelo. Él le puso al instante la mano en la suya.
    —Tranquila, cariño. No pasa nada. —Se dirigió a los niños—. Id a abrir la puerta.
    —¿Los dos? —le preguntó su hija.
    —Los dos.
    —Pero…
    —Hacedme caso.
    Se escurrieron de las sillas y salieron de la habitación, aunque se volvieron cada dos por tres para mirar a sus padres.
    Cuando la puerta corredera los ocultó, él se volvió hacia su mujer, que estaba tensa y pálida, con los labios apretados.
    —Cariño, por favor. Por favor. Sabes que no os llevaría si no estuviera seguro de que no hay peligro. Ya sabes cuántas veces he pilotado la nave. Y sé exactamente adonde vamos. No hay peligro. Créeme.
    Se llevó la mano de su marido a la cara. Cerró los ojos y unos lagrimones le corrieron por las mejillas.
    —No es e…, no es eso —dijo—. Es que… marchamos, no volver más… Llevamos aquí toda la vida. Esto no es como… mudarse. No podremos volver. Nunca.
    —Escucha, cariño —se apresuró a responder—. Lo sabes tan bien como yo: dentro de unos años, posiblemente antes, habrá otra guerra, una guerra terrible. No quedará nada. Tenemos que irnos. Por nuestros hijos, por nosotros… —Hizo una pausa para sopesar sus palabras—. Por el futuro de la vida en sí —concluyó con un hilo de voz.
    Se sintió mal por haberlo dicho. Era inapropiado decir algo así por la mañana temprano, delante de una comida prosaica, por muy cierto que fuera.
    —Pero no tengas miedo —continuó—. No va a pasarnos nada.
    Ella le apretó la mano.
    —Lo sé —murmuró—. Lo sé.
    Oyeron pasos que se acercaban. Él sacó un pañuelo y se lo dio; ella se enjugó las lágrimas aprisa.
    La puerta se abrió. Los vecinos, que también tenían un hijo y una hija, entraron. Los niños estaban tan entusiasmados que les costaba controlarse.
    —Buenos días —saludó el vecino.
    La vecina se acercó a su mujer y ambas se dirigieron a la ventana para hablar en susurros. Los niños no paraban de moverse y se miraban nerviosos.
    —¿Habéis desayunado? —le preguntó al vecino.
    —Sí. ¿No crees que deberíamos irnos ya?
    —Supongo que sí.
    Dejaron los platos en la mesa. Su mujer subió a buscar ropa para la familia.
    El matrimonio se quedó un momento en el porche mientras los demás entraban en el vehículo de superficie.
    —¿Deberíamos cerrar con llave? —preguntó él.
    Ella sonrió sin saber qué decir y se pasó una mano por el pelo.
    —¿Acaso importa? —dijo, encogiéndose de hombros, y se alejó.
    El hombre echó la llave y la siguió por el camino. Ella se volvió cuando la alcanzó.
    —Es una casa bonita —murmuró.
    —No pienses en eso —le dijo él.
    Le dieron la espalda a su hogar y entraron en el vehículo.
    —¿Has cerrado? —preguntó el vecino.
    —Sí.
    —Nosotros también —sonrió con sorna—. Primero la he dejado abierta, pero he tenido que volver.
    Transitaron por las calles tranquilas. El horizonte empezaba a teñirse de rojo. La mujer del vecino y los cuatro niños iban detrás. Su mujer y el vecino iban delante con él.
    —Va a hacer buen día —comentó el vecino.
    —Eso parece —dijo él.
    —¿Se lo has dicho a tus hijos? —le preguntó el vecino en voz baja.
    —Claro que no.
    —Yo tampoco, yo tampoco —dijo insistente—. Solo preguntaba.
    —Ah.
    Viajaron un rato en silencio.
    —¿No tienes a veces la sensación de… estar huyendo? —le preguntó el vecino.
    —No —respondió con la boca crispada y se irguió, rígido—. No.
    —Supongo que es mejor no hablar del tema —dijo precipitadamente el otro.
    —Mucho mejor.
    Cuando se aproximaban a la garita de la entrada, se volvió.
    —Recordad —dijo—: ni una palabra a nadie.
    El vigilante estaba adormilado y no les prestó atención. Reconoció enseguida al jefe de los pilotos de pruebas de la nave nueva; con eso bastó.
    Le dijo que la familia iba a verlo despegar. No había inconveniente. El vigilante los dejó pasar al muelle de la nave.
    El marido detuvo el coche bajo las enormes columnas. Todos salieron y miraron hacia arriba.
    Muy por encima de ellos, con el morro apuntando al cielo, la gran nave metálica reflejaba las primeras luces de la mañana.
    —Vamos —dijo—. Deprisa.
    Mientras se dirigían rápidamente hacia el ascensor de la nave, el marido se detuvo un momento para mirar atrás. No parecía haber nadie en la garita. Observó todo cuanto lo rodeaba, intentando grabarlo en su memoria.
    Se agachó, recogió un poco de tierra y se la metió en el bolsillo.
    —Adiós —susurró.
    Corrió al ascensor.
    Las puertas se cerraron. La cabina subió en silencio, roto solo por el zumbido del motor y alguna que otra tos cohibida de los niños. Los miró.
    «Llevárnoslos tan jóvenes —pensó—, sin que tengan posibilidad alguna de escoger».
    Cerró los ojos. El brazo de su mujer descansaba en el suyo. La miró. Sus ojos se encontraron y ella le sonrió.
    —Todo va bien —le susurró ella.
    El ascensor se detuvo con una sacudida. Se abrieron las puertas y salieron. Clareaba. Él los hizo avanzar deprisa por la plataforma cubierta.
    Entraron por la escotilla lateral de la nave. Él dudó antes de seguirlos. Quería decir algo apropiado. Ardía en deseos de decir algo apropiado.
    Pero no pudo. Entró, cerró la puerta con un gruñido y apretó bien la manivela.
    —Ya está —dijo—. Vamos.
    Sus pisadas reverberaron en las pasarelas y las escaleras de metal mientras subían a la sala de control.
    Los niños corrieron a mirar por las ventanillas y contuvieron la respiración, asombrados de la altura a la que se encontraban. Sus respectivas madres se colocaron tras ellos y miraron abajo, amedrentadas.
    Él se les acercó.
    —¡Qué alto! —exclamó su hija.
    Él le dio unas palmadas cariñosas en la cabeza.
    —Muy alto.
    Les dio bruscamente la espalda, se acercó al cuadro de mandos y allí se quedó, indeciso. Oyó que se le acercaba alguien por detrás.
    ¿No deberíamos decírselo a los niños? —le preguntó su mujer— ¿No deberíamos decirles que será la última vez que vean todo esto?
    —Adelante —respondió él—. Díselo.
    Esperaba oír sus pisadas alejándose, pero no fue así. Se volvió. Ella le besó la mejilla y fue a decírselo a los niños.
    Accionó el interruptor. En las tripas de la nave prendió una chispa. Una descarga masiva de combustible inundó los conductos, y los mamparos vibraron.
    Oyó llorar a su hija; intentó no prestarle atención. Acercó una mano temblorosa a la palanca. De repente, se volvió. Todos estaban mirándolo. Puso la mano en la palanca y la empujó.
    La nave se estremeció momentáneamente y luego notaron que se precipitaba por la pulida rampa. Salió despedida, más y más deprisa. Todos oían el rugido del viento.
    Vio que los niños se volvían hacia las ventanillas para mirar.
    —Adiós —decían—. Adiós.
    Se hundió, cansado, en el asiento del cuadro de mandos. Con el rabillo del ojo vio que el vecino se sentaba a su lado.
    —¿Sabes adonde vamos exactamente? —le preguntó.
    —Ahí está la carta de navegación.
    El vecino miró la carta y alzó las cejas.
    —A otro sistema solar.
    —Exacto. Tiene una atmósfera como la nuestra. Allí estaremos a salvo.
    —La especie estará a salvo —dijo el vecino.
    Asintió y se volvió para mirar a su familia y a la de su vecino, que seguían mirando por las ventanillas.
    —¿Qué has dicho? —preguntó.
    —Que cuál de estos planetas es —repitió el vecino.
    Se inclinó sobre la carta de navegación y señaló uno.
    —Ese pequeño de ahí —dijo—, al lado de esa luna.
    —¿Este? ¿El tercero desde el sol?
    —Exacto —respondió él—. Ese. El tercero desde el sol.

El vestido de Seda Blanca - Richard Matheson

Todo está en calma, y también yo. La abuela me encerró en mi cuarto y no me deja salir. Porque ha ocurrido, dice; creo que me porté mal. Pero fue por el vestido. El vestido de mamá. Ella se fue para siempre. Abuela dice: tu mamá está en el cielo. No sé cómo. ¿Se puede ir al cielo cuando uno está muerto?

Ahora oigo a la abuela. Está en el cuarto de mamá. Está poniendo el vestido de mamá en la caja. Siempre lo hace. ¿Por qué? Y lo cierra bajo llave. ¡Ojalá lo dejara fuera! Es un vestido muy bonito, y tiene un olor tan lindo… Y caliente. Me encanta tocarlo con la cara. Pero no puedo, nunca más. Me parece que es por eso que abuela está enojada conmigo.

Pero no estoy segura. Hoy fue como todos los días. María Juana vino aquí a mi casa. Ella vive enfrente. Todos los días viene a jugar a casa. Hoy vino.

Yo tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela dijo jueguen con las muñecas y todo eso. No entren en el cuarto de tu mamá, dijo. Siempre lo dice. Quiere decir que no desordenemos las cosas, me parece. Porque siempre lo dice, a cada rato. No entres en el cuarto de tu mamá. Así.

Pero es lindo el cuarto de mi mamá. Cuando llueve voy y entro. O cuando abuela está durmiendo la siesta. No hago ruido. Me siento en la cama y toco el cubrecama blanco. Igual que cuando era chiquitita. El cuarto tiene olor a dulce.

Hago que mamá se está vistiendo y me deja entrar. Siento el olor de su vestido blanco de seda. El vestido para salir de noche. Ella le dijo así no sé cuándo.

Si escucho bien, oigo que ella se mueve. Hago que la veo sentada delante del tocador. Y que toca los perfumes, y todo eso. Y le veo los ojos oscuros. Me acuerdo.

¡Es tan lindo cuando llueve y miro por la ventana! La lluvia es como si hubiese un gigante grandote afuera. Dice shus shus shus para que todos se queden callados. En el cuarto de mamá me gusta jugar a que es así.

Lo que me gusta casi más, es sentarme delante del tocador de mamá. Es como rosado y grande y también tiene olor a dulce. En el asiento hay una almohada cosida. Hay frascos y más frascos con pelotitas y todos tienen perfumes de colores. Y en el espejo una puede verse casi entera.

Cuando me siento allí hago que soy mamá. Y digo quédate quieta madre, voy a salir y no puedes detenerme. Es algo que digo no sé por qué, como si lo oyera dentro de la cabeza. Y ¡oh madre deja de llorar!, no me van a atrapar porque tengo puesto el vestido mágico.

Cuando hago que soy mamá me cepillo el pelo. Pero uso nada más que mi cepillo, el de mi cuarto. Nunca, nunca el cepillo de mamá. Así que no debe ser por eso que abuela está enojada, porque nunca uso el cepillo de mamá. Cómo lo voy a usar.

Eso sí, a veces abro la caja. Porque yo sé dónde pone abuela la llave. Una vez la vi y ella no se dio cuenta. La pone en el perchero del ropero de mamá, del lado de adentro.

Abro la caja muchas veces. Porque me gusta ver el vestido de mamá. Es lo que más me gusta. Es tan lindo y suave, como de seda. Me pasaría todo el día tocándolo.

Me arrodillo en la alfombra, que tiene rosas dibujadas. Tengo el vestido entre los brazos y respiro el olor. Lo toco con la cara. ¡Ojalá pudiera llevármelo a la cama conmigo y tenerlo! Me gustaría. Pero ahora no puedo, porque abuela dice que no. Y dice tendría que quemarlo pero la quería tanto… y llora por el vestido.

Nunca me porté mal con el vestido. Lo volvía a poner bien dobladito como si nadie lo tocó. La abuela ni se da cuenta. Yo me reía porque ella no sabía. Pero ahora sabe, me parece. Y me va a castigar. ¿Por qué se habrá puesto así? ¿No es el vestido de mi mamá?

Lo mejor que más me gusta en el cuarto de mamá es mirar el cuadro de mamá. Tiene una cosa dorada alrededor, un marco dice abuela. Y está en la pared, encima del escritorio.

Mamá es linda. Tu mamá era linda, dice la abuela. ¿Por qué dirá eso? Cuando la veo a mamá allí sonriéndome, es linda. Para siempre.

Tiene pelo negro, como yo. Y los ojos más bonitos todavía, como negros. Y la boca muy roja. Y me gusta el vestido, que es el blanco. Todo caído en los hombros. Y la piel es blanca casi como el vestido. Y las manos también. ¡Es tan linda! La quiero, aunque se haya ido para siempre. La quiero mucho.

Creo que por eso me porté mal con María Juana.

***

María Juana vino después de almorzar, como siempre. La abuela se fue a dormir la siesta. Dijo no se olviden de no ir al cuarto de tu mamá. Yo le dije no abuela. Y no era mentira, pero entonces María Juana dijo, a que no tienes mamá, a que te lo investaste todo dijo.

Me puse furiosa. Sí que tengo mamá, yo sé. Ella me hizo enojar con eso de decir que yo me lo inventé todo. Dijo que yo era una mentirosa. Por lo de la cama y el vestido y todo eso.

Yo le dije bueno, ahora vas a ver, pícara.

Miré en el cuarto de abuela. Todavía estaba durmiendo. Fui abajo y le dije a María Juana que viniera porque la abuela no se iba a dar cuenta.

Pero después ella no fue tan pícara. Se reía como una tonta. Hasta hizo un ruido de miedo cuando se golpeó en la mesa del vestíbulo de arriba. Yo le dije eres una miedosa. Y ella dijo bueno, mi casa no es tan oscura como ésta. Como si a mí me importara.

Entramos al cuarto de mamá. Estaba tan oscuro que no se veía nada. Yo dije éste es el cuarto de mi mamá, ¿ves que no me inventé nada?

Ella estaba al lado de la puerta y ya no se hacía la pícara. No decía ni una palabra. Miraba todo alrededor y cuando le toqué el brazo pegó un salto. Bueno, entra, le dije.

Me senté en la cama y le dije ésta es la cama de mi mamá, mira que blandita que es. Ella no dijo nada. Miedosa, miedosa, le dije. No soy miedosa me dijo, pero lo es.

Yo le dije siéntate, cómo vas a saber si es blanda si no te sientas. Se sentó al lado mío y yo le dije siente que suavecita es, que lindo olor tiene.

Cerré los ojos, pero qué raro, no era como siempre. Porque María Juana estaba conmigo. Le dije deja de toquetear el cubrecama. Y ella me contestó tú me dijiste. Bueno, basta, le dije.

Después la levanté a tirones y le dije mira, éste es el tocador. Y la llevé a ver. Ella dijo vámonos. Estaba todo tranquilo como siempre, pero a mí me parecía que estaba mal, porque María Juana estaba allí. Porque ése es el cuarto de mamá, y a mamá no le gustaría que María Juana entre.

Pero tenía que mostrarle las cosas. Y le mostré el espejo. Nos miramos las dos. Ella estaba blanca, blanca. María Juana es miedosa, dije. No soy, no soy, dijo ella, pero igual nadie tiene una casa tan oscura y tan sin ruidos. Igual tiene feo olor, dijo.

Me puse furiosa. No, no tiene feo olor, le dije. Sí dijo, tú dijiste que tenía. Me puse más furiosa. Tiene olor a azúcar, dijo; huele a gente descompuesta este cuarto de tu mamá.

Te voy a dar si dices que el cuarto de mi mamá es como gente descompuesta, le dije. Y ella me dijo bueno, no me mostraste ningún vestido y estás mintiendo porque no hay ningún vestido. Yo me sentí toda caliente por adentro y le tiré del pelo. Ya vas a ver dije, ya vas a ver que sí hay vestido y te voy a dar por decirme mentirosa.

Le dije que se quedara quieta y saqué la llave del perchero. Me arrodillé. Abrí la caja con la llave.

María Juana dijo ¡uf!, tiene olor a basura.

Yo le clavé las uñas y ella pegó un salto y se enojó. No me pellizques dijo, y estaba toda colorada. Se lo voy a contar a mi mamá dijo. Y igual no es blanco, es feo y todo sucio dijo.

No está sucio dije. Lo dije tan fuerte que no sé cómo no me oyó la abuela. Saqué el vestido de la caja y se lo mostré, para que viera que blanco es. El vestido se desparramó como una lluvia, con ese ruidito, y el ruedo tocó la alfombra.

Es muy blanco dije yo, muy blanco y muy limpio y como de seda.

No, dijo ella que estaba furiosa y colorada, tiene un agujero. Yo me puse más furiosa. Si estaría mi mamá ya ibas a ver, le dije. Ella puso una cara muy fea y me dijo no tienes ninguna mamá. La odio.

Si que tengo. Lo dije muy fuerte y le señalé el cuadro de mamá. Bueno, quién va a ver nada en este cuarto tan oscuro dijo ella. La empujé fuerte y se golpeó con el escritorio. Mírala, mira el cuadro; ésa es mi mamá, la señora más bonita del mundo.

Es fea, dijo María Juana. Tiene manos raras. No señor, dije yo, ¡es la señora más bonita del mundo!

No y no, dijo ella, tiene dientes de conejo.

Entonces no me acuerdo más. El vestido se movió en los brazos, me parece. María Juana gritaba. No me acuerdo qué. Se puso todo oscuro y las cortinas estaban cerradas, me parece, no sé. Yo no podía ver. No oía nada, nada más que manos raras, dientes de conejo, manos raras, dientes de conejo. Pero nadie decía eso.

Pasó algo más, porque me parece que alguien gritó: ¡No dejes que diga eso! Yo no podía sostener el vestido. Y lo tenía puesto, no me acuerdo. Porque yo era grande y fuerte. Pero todavía era una niña creo. Por afuera quiero decir.

Me parece que entonces me porté muy mal.

La abuela me sacó de allí. Me parece, no sé. Gritaba ¡Dios nos libre, ha ocurrido, ha ocurrido! Y de nuevo y de nuevo. No sé por qué. Me arrastró hasta aquí hasta mi cuarto y me encerró adentro. No quiere dejarme salir. Bueno, no tengo miedo. ¿Qué importa que me encierre por un millón de años? No hace falta que me traiga de comer. Estoy llena.

Lemmings - Richard Matheson

-¿De dónde vienen? - preguntó Reordon. -De todas partes - replicó Carmack.

Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se en¬contraban embotellados, costado contra costado y parachoques contra parachoques. La carretera formaba una sólida masa con ellos.

-Ahí vienen unos cuantos más - señaló Carmack.

Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Bastantes charlaban y reían. Algunos pero manecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa.

-No lo comprendo - dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario -. No puedo comprenderlo.

Carmack se encogió de hombros.

-No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. -¡Pero es una locura!

-Sí, pero ahí van - replicó Carmack.

Mientras los dos policías observaban, el gentío atra¬vesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas del mar. Algunos empezaron a nadar. La mayor parte no pudo, ya que sus ropas se lo impidieron. Carmack observó a una joven que luchaba con las olas y que se hundió al fin a causa de su abrigo de pieles.

Pocos minutos más tarde todos habían desaparecido. Los dos policías observaron el punto en que la gente se había metido en el agua.

-¿Durante cuánto tiempo seguirá esto? –preguntó Reordon.

-Hasta que todos se hayan ido, supongo – replicó Carmack.

-Pero..., ¿por qué?

-¿Nunca has leído nada acerca de los Lemmings?

-No.

-Son unos roedores que viven en 1os Países Escandinavos. Se multiplican incesantemente hasta que acaban con toda su reserva de comida. Entonces comienzan una migración a lo largo del territorio, arrasando cuanto se encuentran a su paso. Al llegar al océano, siguen su marcha. Nadan hasta agotar sus energías. Y son millones y millones.

-¿Y crees que eso es lo que ocurre ahora?

-Es posible - replicó Carmack.

-¡Las personas no son roedores! - gritó Reordon, airado.

Carmack no respondió.

Permanecieron esperando al borde de la carretera, pero no llegó nadie más.

-¿Dónde están? - preguntó Reordon.

-Tal vez se hayan ido.

-¿Todos?

-Esto viene ocurriendo desde hace más de una semana. Es posible que la gente se haya dirigido al mar desde todas partes. Y también están los lagos. Reordon se estremeció. Volvió a repetir:

-Todos...

-No lo sé; pero hasta ahora no habían cesado de venir.

-¡Dios mío...! -murmuró Reordon.

Carmack sacó un cigarrillo y lo encendió.

-Bueno - dijo -. Y ahora, ¿qué?

Reordon suspiró:

-¿Nosotros?

-Ve tú primero -replicó Carmack-. Yo esperaré un poco, por si aparece alguien más.

-De acuerdo - Reordon extendió su mano -. Adiós, Carmack - dijo.

Los dos hombres cambiaron un apretón de manos. -Adiós, Reordon - se despidió Carmack.

Y permaneció fumando su cigarrillo mientras obser¬vaba cómo su amigo cruzaba la gris arena de la playa y se metía en el agua hasta que ésta le cubrió la cabeza. Antes de desaparecer, Reordon nadó unas docenas de metros.

Tras unos momentos, Carmack apagó su cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor. Luego él también se metió en el agua.

A lo largo de la costa se alineaban un millón de coches vacíos.