Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
El tercero desde el sol - Richard Matheson
Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.
El vestido de Seda Blanca - Richard Matheson
Todo está en calma, y también yo. La abuela me encerró en mi cuarto y no me deja salir. Porque ha ocurrido, dice; creo que me porté mal. Pero fue por el vestido. El vestido de mamá. Ella se fue para siempre. Abuela dice: tu mamá está en el cielo. No sé cómo. ¿Se puede ir al cielo cuando uno está muerto?
Ahora oigo a la abuela. Está en el cuarto de mamá. Está poniendo el vestido de mamá en la caja. Siempre lo hace. ¿Por qué? Y lo cierra bajo llave. ¡Ojalá lo dejara fuera! Es un vestido muy bonito, y tiene un olor tan lindo… Y caliente. Me encanta tocarlo con la cara. Pero no puedo, nunca más. Me parece que es por eso que abuela está enojada conmigo.
Pero no estoy segura. Hoy fue como todos los días. María Juana vino aquí a mi casa. Ella vive enfrente. Todos los días viene a jugar a casa. Hoy vino.
Yo tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela dijo jueguen con las muñecas y todo eso. No entren en el cuarto de tu mamá, dijo. Siempre lo dice. Quiere decir que no desordenemos las cosas, me parece. Porque siempre lo dice, a cada rato. No entres en el cuarto de tu mamá. Así.
Pero es lindo el cuarto de mi mamá. Cuando llueve voy y entro. O cuando abuela está durmiendo la siesta. No hago ruido. Me siento en la cama y toco el cubrecama blanco. Igual que cuando era chiquitita. El cuarto tiene olor a dulce.
Hago que mamá se está vistiendo y me deja entrar. Siento el olor de su vestido blanco de seda. El vestido para salir de noche. Ella le dijo así no sé cuándo.
Si escucho bien, oigo que ella se mueve. Hago que la veo sentada delante del tocador. Y que toca los perfumes, y todo eso. Y le veo los ojos oscuros. Me acuerdo.
¡Es tan lindo cuando llueve y miro por la ventana! La lluvia es como si hubiese un gigante grandote afuera. Dice shus shus shus para que todos se queden callados. En el cuarto de mamá me gusta jugar a que es así.
Lo que me gusta casi más, es sentarme delante del tocador de mamá. Es como rosado y grande y también tiene olor a dulce. En el asiento hay una almohada cosida. Hay frascos y más frascos con pelotitas y todos tienen perfumes de colores. Y en el espejo una puede verse casi entera.
Cuando me siento allí hago que soy mamá. Y digo quédate quieta madre, voy a salir y no puedes detenerme. Es algo que digo no sé por qué, como si lo oyera dentro de la cabeza. Y ¡oh madre deja de llorar!, no me van a atrapar porque tengo puesto el vestido mágico.
Cuando hago que soy mamá me cepillo el pelo. Pero uso nada más que mi cepillo, el de mi cuarto. Nunca, nunca el cepillo de mamá. Así que no debe ser por eso que abuela está enojada, porque nunca uso el cepillo de mamá. Cómo lo voy a usar.
Eso sí, a veces abro la caja. Porque yo sé dónde pone abuela la llave. Una vez la vi y ella no se dio cuenta. La pone en el perchero del ropero de mamá, del lado de adentro.
Abro la caja muchas veces. Porque me gusta ver el vestido de mamá. Es lo que más me gusta. Es tan lindo y suave, como de seda. Me pasaría todo el día tocándolo.
Me arrodillo en la alfombra, que tiene rosas dibujadas. Tengo el vestido entre los brazos y respiro el olor. Lo toco con la cara. ¡Ojalá pudiera llevármelo a la cama conmigo y tenerlo! Me gustaría. Pero ahora no puedo, porque abuela dice que no. Y dice tendría que quemarlo pero la quería tanto… y llora por el vestido.
Nunca me porté mal con el vestido. Lo volvía a poner bien dobladito como si nadie lo tocó. La abuela ni se da cuenta. Yo me reía porque ella no sabía. Pero ahora sabe, me parece. Y me va a castigar. ¿Por qué se habrá puesto así? ¿No es el vestido de mi mamá?
Lo mejor que más me gusta en el cuarto de mamá es mirar el cuadro de mamá. Tiene una cosa dorada alrededor, un marco dice abuela. Y está en la pared, encima del escritorio.
Mamá es linda. Tu mamá era linda, dice la abuela. ¿Por qué dirá eso? Cuando la veo a mamá allí sonriéndome, es linda. Para siempre.
Tiene pelo negro, como yo. Y los ojos más bonitos todavía, como negros. Y la boca muy roja. Y me gusta el vestido, que es el blanco. Todo caído en los hombros. Y la piel es blanca casi como el vestido. Y las manos también. ¡Es tan linda! La quiero, aunque se haya ido para siempre. La quiero mucho.
Creo que por eso me porté mal con María Juana.
***
María Juana vino después de almorzar, como siempre. La abuela se fue a dormir la siesta. Dijo no se olviden de no ir al cuarto de tu mamá. Yo le dije no abuela. Y no era mentira, pero entonces María Juana dijo, a que no tienes mamá, a que te lo investaste todo dijo.
Me puse furiosa. Sí que tengo mamá, yo sé. Ella me hizo enojar con eso de decir que yo me lo inventé todo. Dijo que yo era una mentirosa. Por lo de la cama y el vestido y todo eso.
Yo le dije bueno, ahora vas a ver, pícara.
Miré en el cuarto de abuela. Todavía estaba durmiendo. Fui abajo y le dije a María Juana que viniera porque la abuela no se iba a dar cuenta.
Pero después ella no fue tan pícara. Se reía como una tonta. Hasta hizo un ruido de miedo cuando se golpeó en la mesa del vestíbulo de arriba. Yo le dije eres una miedosa. Y ella dijo bueno, mi casa no es tan oscura como ésta. Como si a mí me importara.
Entramos al cuarto de mamá. Estaba tan oscuro que no se veía nada. Yo dije éste es el cuarto de mi mamá, ¿ves que no me inventé nada?
Ella estaba al lado de la puerta y ya no se hacía la pícara. No decía ni una palabra. Miraba todo alrededor y cuando le toqué el brazo pegó un salto. Bueno, entra, le dije.
Me senté en la cama y le dije ésta es la cama de mi mamá, mira que blandita que es. Ella no dijo nada. Miedosa, miedosa, le dije. No soy miedosa me dijo, pero lo es.
Yo le dije siéntate, cómo vas a saber si es blanda si no te sientas. Se sentó al lado mío y yo le dije siente que suavecita es, que lindo olor tiene.
Cerré los ojos, pero qué raro, no era como siempre. Porque María Juana estaba conmigo. Le dije deja de toquetear el cubrecama. Y ella me contestó tú me dijiste. Bueno, basta, le dije.
Después la levanté a tirones y le dije mira, éste es el tocador. Y la llevé a ver. Ella dijo vámonos. Estaba todo tranquilo como siempre, pero a mí me parecía que estaba mal, porque María Juana estaba allí. Porque ése es el cuarto de mamá, y a mamá no le gustaría que María Juana entre.
Pero tenía que mostrarle las cosas. Y le mostré el espejo. Nos miramos las dos. Ella estaba blanca, blanca. María Juana es miedosa, dije. No soy, no soy, dijo ella, pero igual nadie tiene una casa tan oscura y tan sin ruidos. Igual tiene feo olor, dijo.
Me puse furiosa. No, no tiene feo olor, le dije. Sí dijo, tú dijiste que tenía. Me puse más furiosa. Tiene olor a azúcar, dijo; huele a gente descompuesta este cuarto de tu mamá.
Te voy a dar si dices que el cuarto de mi mamá es como gente descompuesta, le dije. Y ella me dijo bueno, no me mostraste ningún vestido y estás mintiendo porque no hay ningún vestido. Yo me sentí toda caliente por adentro y le tiré del pelo. Ya vas a ver dije, ya vas a ver que sí hay vestido y te voy a dar por decirme mentirosa.
Le dije que se quedara quieta y saqué la llave del perchero. Me arrodillé. Abrí la caja con la llave.
María Juana dijo ¡uf!, tiene olor a basura.
Yo le clavé las uñas y ella pegó un salto y se enojó. No me pellizques dijo, y estaba toda colorada. Se lo voy a contar a mi mamá dijo. Y igual no es blanco, es feo y todo sucio dijo.
No está sucio dije. Lo dije tan fuerte que no sé cómo no me oyó la abuela. Saqué el vestido de la caja y se lo mostré, para que viera que blanco es. El vestido se desparramó como una lluvia, con ese ruidito, y el ruedo tocó la alfombra.
Es muy blanco dije yo, muy blanco y muy limpio y como de seda.
No, dijo ella que estaba furiosa y colorada, tiene un agujero. Yo me puse más furiosa. Si estaría mi mamá ya ibas a ver, le dije. Ella puso una cara muy fea y me dijo no tienes ninguna mamá. La odio.
Si que tengo. Lo dije muy fuerte y le señalé el cuadro de mamá. Bueno, quién va a ver nada en este cuarto tan oscuro dijo ella. La empujé fuerte y se golpeó con el escritorio. Mírala, mira el cuadro; ésa es mi mamá, la señora más bonita del mundo.
Es fea, dijo María Juana. Tiene manos raras. No señor, dije yo, ¡es la señora más bonita del mundo!
No y no, dijo ella, tiene dientes de conejo.
Entonces no me acuerdo más. El vestido se movió en los brazos, me parece. María Juana gritaba. No me acuerdo qué. Se puso todo oscuro y las cortinas estaban cerradas, me parece, no sé. Yo no podía ver. No oía nada, nada más que manos raras, dientes de conejo, manos raras, dientes de conejo. Pero nadie decía eso.
Pasó algo más, porque me parece que alguien gritó: ¡No dejes que diga eso! Yo no podía sostener el vestido. Y lo tenía puesto, no me acuerdo. Porque yo era grande y fuerte. Pero todavía era una niña creo. Por afuera quiero decir.
Me parece que entonces me porté muy mal.
La abuela me sacó de allí. Me parece, no sé. Gritaba ¡Dios nos libre, ha ocurrido, ha ocurrido! Y de nuevo y de nuevo. No sé por qué. Me arrastró hasta aquí hasta mi cuarto y me encerró adentro. No quiere dejarme salir. Bueno, no tengo miedo. ¿Qué importa que me encierre por un millón de años? No hace falta que me traiga de comer. Estoy llena.
Lemmings - Richard Matheson
-¿De dónde vienen? - preguntó Reordon. -De todas partes - replicó Carmack.
Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se en¬contraban embotellados, costado contra costado y parachoques contra parachoques. La carretera formaba una sólida masa con ellos.
-Ahí vienen unos cuantos más - señaló Carmack.
Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Bastantes charlaban y reían. Algunos pero manecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa.
-No lo comprendo - dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario -. No puedo comprenderlo.
Carmack se encogió de hombros.
-No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. -¡Pero es una locura!
-Sí, pero ahí van - replicó Carmack.
Mientras los dos policías observaban, el gentío atra¬vesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas del mar. Algunos empezaron a nadar. La mayor parte no pudo, ya que sus ropas se lo impidieron. Carmack observó a una joven que luchaba con las olas y que se hundió al fin a causa de su abrigo de pieles.
Pocos minutos más tarde todos habían desaparecido. Los dos policías observaron el punto en que la gente se había metido en el agua.
-¿Durante cuánto tiempo seguirá esto? –preguntó Reordon.
-Hasta que todos se hayan ido, supongo – replicó Carmack.
-Pero..., ¿por qué?
-¿Nunca has leído nada acerca de los Lemmings?
-No.
-Son unos roedores que viven en 1os Países Escandinavos. Se multiplican incesantemente hasta que acaban con toda su reserva de comida. Entonces comienzan una migración a lo largo del territorio, arrasando cuanto se encuentran a su paso. Al llegar al océano, siguen su marcha. Nadan hasta agotar sus energías. Y son millones y millones.
-¿Y crees que eso es lo que ocurre ahora?
-Es posible - replicó Carmack.
-¡Las personas no son roedores! - gritó Reordon, airado.
Carmack no respondió.
Permanecieron esperando al borde de la carretera, pero no llegó nadie más.
-¿Dónde están? - preguntó Reordon.
-Tal vez se hayan ido.
-¿Todos?
-Esto viene ocurriendo desde hace más de una semana. Es posible que la gente se haya dirigido al mar desde todas partes. Y también están los lagos. Reordon se estremeció. Volvió a repetir:
-Todos...
-No lo sé; pero hasta ahora no habían cesado de venir.
-¡Dios mío...! -murmuró Reordon.
Carmack sacó un cigarrillo y lo encendió.
-Bueno - dijo -. Y ahora, ¿qué?
Reordon suspiró:
-¿Nosotros?
-Ve tú primero -replicó Carmack-. Yo esperaré un poco, por si aparece alguien más.
-De acuerdo - Reordon extendió su mano -. Adiós, Carmack - dijo.
Los dos hombres cambiaron un apretón de manos. -Adiós, Reordon - se despidió Carmack.
Y permaneció fumando su cigarrillo mientras obser¬vaba cómo su amigo cruzaba la gris arena de la playa y se metía en el agua hasta que ésta le cubrió la cabeza. Antes de desaparecer, Reordon nadó unas docenas de metros.
Tras unos momentos, Carmack apagó su cigarrillo y echó un vistazo a su alrededor. Luego él también se metió en el agua.
A lo largo de la costa se alineaban un millón de coches vacíos.