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Mostrando las entradas etiquetadas como Richard Matheson

El tercero desde el sol - Richard Matheson

Abrió los ojos cinco segundos antes de que sonara el despertador. No le costó despabilarse; fue inmediato. Consciente y frío, tanteó en la oscuridad con la mano izquierda y lo apagó. La alarma brilló un instante y se desvaneció.     A su lado, su mujer le puso una mano en el brazo.     —¿Has dormido? —le preguntó él.     —No, ¿y tú?     —Un poco. No mucho.     Ella se quedó callada. El marido oyó como se le hacía un nudo en la garganta, y cuando la sintió estremecerse, supo qué iba a preguntarle.     —¿Sigue en pie el viaje?     Se tumbó de lado para mirarla e inspiró profundamente.     —Sí —respondió, y notó los dedos de su mujer apretándole el brazo.     —¿Qué hora es? —le preguntó.     —Las cinco.     —Será mejor que nos preparemos.     —Sí, será mejor.     No se ...

El vestido de Seda Blanca - Richard Matheson

Todo está en calma, y también yo. La abuela me encerró en mi cuarto y no me deja salir. Porque ha ocurrido, dice; creo que me porté mal. Pero fue por el vestido. El vestido de mamá. Ella se fue para siempre. Abuela dice: tu mamá está en el cielo. No sé cómo. ¿Se puede ir al cielo cuando uno está muerto? Ahora oigo a la abuela. Está en el cuarto de mamá. Está poniendo el vestido de mamá en la caja. Siempre lo hace. ¿Por qué? Y lo cierra bajo llave. ¡Ojalá lo dejara fuera! Es un vestido muy bonito, y tiene un olor tan lindo… Y caliente. Me encanta tocarlo con la cara. Pero no puedo, nunca más. Me parece que es por eso que abuela está enojada conmigo. Pero no estoy segura. Hoy fue como todos los días. María Juana vino aquí a mi casa. Ella vive enfrente. Todos los días viene a jugar a casa. Hoy vino. Yo tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela dijo jueguen con las muñecas y todo eso. No entren en el cuarto de tu mamá, dijo. Siempre lo dice. Quiere decir que no desorden...

Lemmings - Richard Matheson

-¿De dónde vienen? - preguntó Reordon. -De todas partes - replicó Carmack. Ambos hombres permanecían junto a la carretera de la costa, y, hasta donde alcanzaban sus miradas, no podían ver más que coches. Miles de automóviles se en¬contraban embotellados, costado contra costado y parachoques contra parachoques. La carretera formaba una sólida masa con ellos. -Ahí vienen unos cuantos más - señaló Carmack. Los dos policías miraron a la multitud que caminaba hacia la playa. Bastantes charlaban y reían. Algunos pero manecían silenciosos y serios. Pero todos iban hacia la playa. -No lo comprendo - dijo Reordon, meneando la cabeza. En aquella semana debía de ser la centésima vez que hacía el mismo comentario -. No puedo comprenderlo. Carmack se encogió de hombros. -No pienses en ello. Ocurre. Eso es todo. -¡Pero es una locura! -Sí, pero ahí van - replicó Carmack. Mientras los dos policías observaban, el gentío atra¬vesó las grises arenas de la playa y comenzó a adentrarse en las aguas...