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Peligro en las Cavernas Subterráneas - Gustavo Masso

El metro avanzaba envuelto en su olor de hule quemado y sudor humano. La mujer en el incómodo asiento leía su revista femenina de rigor mientras, disimuladamente, miraba de reojo a los hombres del vagón y escogía uno. Con un gesto muy estudiado alzó la vista, miró al hombre que estaba frente a ella y sonrió. El hombre recibió el doble destello de mirada y sonrisa, y sonrió también, deslumbrado. Lo único que veía ahora era la vagina que se abría enorme ante él. Supo entonces que estaba perdido, pero no pudo resistir la tremenda atracción y se dirigió hacia ella. Las puntas de los senos lo guiaron con su señal roja y atracó en ese puerto con bandera franca, justo entre las piernas de la mujer. Y se debatió ahí sin ninguna esperanza, con un placer masoquista, mientras su cuerpo se perdía, se iba por ese vórtice erótico. Casi al final sintió miedo, y en un intento desesperado se agarró con fuerza de los senos y se sostuvo así un momento, pero fue inútil y, entre las convulsiones del orgasmo, desapareció.
Del hombre aquel sólo quedó la figura encorvada que descendió en la siguiente estación.
La mujer cruzó las piernas, sonrió satisfecha y empezó a elegir su próxima víctima.

El vestido de Seda Blanca - Richard Matheson

Todo está en calma, y también yo. La abuela me encerró en mi cuarto y no me deja salir. Porque ha ocurrido, dice; creo que me porté mal. Pero fue por el vestido. El vestido de mamá. Ella se fue para siempre. Abuela dice: tu mamá está en el cielo. No sé cómo. ¿Se puede ir al cielo cuando uno está muerto?

Ahora oigo a la abuela. Está en el cuarto de mamá. Está poniendo el vestido de mamá en la caja. Siempre lo hace. ¿Por qué? Y lo cierra bajo llave. ¡Ojalá lo dejara fuera! Es un vestido muy bonito, y tiene un olor tan lindo… Y caliente. Me encanta tocarlo con la cara. Pero no puedo, nunca más. Me parece que es por eso que abuela está enojada conmigo.

Pero no estoy segura. Hoy fue como todos los días. María Juana vino aquí a mi casa. Ella vive enfrente. Todos los días viene a jugar a casa. Hoy vino.

Yo tengo siete muñecas y un camión de bomberos. Hoy la abuela dijo jueguen con las muñecas y todo eso. No entren en el cuarto de tu mamá, dijo. Siempre lo dice. Quiere decir que no desordenemos las cosas, me parece. Porque siempre lo dice, a cada rato. No entres en el cuarto de tu mamá. Así.

Pero es lindo el cuarto de mi mamá. Cuando llueve voy y entro. O cuando abuela está durmiendo la siesta. No hago ruido. Me siento en la cama y toco el cubrecama blanco. Igual que cuando era chiquitita. El cuarto tiene olor a dulce.

Hago que mamá se está vistiendo y me deja entrar. Siento el olor de su vestido blanco de seda. El vestido para salir de noche. Ella le dijo así no sé cuándo.

Si escucho bien, oigo que ella se mueve. Hago que la veo sentada delante del tocador. Y que toca los perfumes, y todo eso. Y le veo los ojos oscuros. Me acuerdo.

¡Es tan lindo cuando llueve y miro por la ventana! La lluvia es como si hubiese un gigante grandote afuera. Dice shus shus shus para que todos se queden callados. En el cuarto de mamá me gusta jugar a que es así.

Lo que me gusta casi más, es sentarme delante del tocador de mamá. Es como rosado y grande y también tiene olor a dulce. En el asiento hay una almohada cosida. Hay frascos y más frascos con pelotitas y todos tienen perfumes de colores. Y en el espejo una puede verse casi entera.

Cuando me siento allí hago que soy mamá. Y digo quédate quieta madre, voy a salir y no puedes detenerme. Es algo que digo no sé por qué, como si lo oyera dentro de la cabeza. Y ¡oh madre deja de llorar!, no me van a atrapar porque tengo puesto el vestido mágico.

Cuando hago que soy mamá me cepillo el pelo. Pero uso nada más que mi cepillo, el de mi cuarto. Nunca, nunca el cepillo de mamá. Así que no debe ser por eso que abuela está enojada, porque nunca uso el cepillo de mamá. Cómo lo voy a usar.

Eso sí, a veces abro la caja. Porque yo sé dónde pone abuela la llave. Una vez la vi y ella no se dio cuenta. La pone en el perchero del ropero de mamá, del lado de adentro.

Abro la caja muchas veces. Porque me gusta ver el vestido de mamá. Es lo que más me gusta. Es tan lindo y suave, como de seda. Me pasaría todo el día tocándolo.

Me arrodillo en la alfombra, que tiene rosas dibujadas. Tengo el vestido entre los brazos y respiro el olor. Lo toco con la cara. ¡Ojalá pudiera llevármelo a la cama conmigo y tenerlo! Me gustaría. Pero ahora no puedo, porque abuela dice que no. Y dice tendría que quemarlo pero la quería tanto… y llora por el vestido.

Nunca me porté mal con el vestido. Lo volvía a poner bien dobladito como si nadie lo tocó. La abuela ni se da cuenta. Yo me reía porque ella no sabía. Pero ahora sabe, me parece. Y me va a castigar. ¿Por qué se habrá puesto así? ¿No es el vestido de mi mamá?

Lo mejor que más me gusta en el cuarto de mamá es mirar el cuadro de mamá. Tiene una cosa dorada alrededor, un marco dice abuela. Y está en la pared, encima del escritorio.

Mamá es linda. Tu mamá era linda, dice la abuela. ¿Por qué dirá eso? Cuando la veo a mamá allí sonriéndome, es linda. Para siempre.

Tiene pelo negro, como yo. Y los ojos más bonitos todavía, como negros. Y la boca muy roja. Y me gusta el vestido, que es el blanco. Todo caído en los hombros. Y la piel es blanca casi como el vestido. Y las manos también. ¡Es tan linda! La quiero, aunque se haya ido para siempre. La quiero mucho.

Creo que por eso me porté mal con María Juana.

***

María Juana vino después de almorzar, como siempre. La abuela se fue a dormir la siesta. Dijo no se olviden de no ir al cuarto de tu mamá. Yo le dije no abuela. Y no era mentira, pero entonces María Juana dijo, a que no tienes mamá, a que te lo investaste todo dijo.

Me puse furiosa. Sí que tengo mamá, yo sé. Ella me hizo enojar con eso de decir que yo me lo inventé todo. Dijo que yo era una mentirosa. Por lo de la cama y el vestido y todo eso.

Yo le dije bueno, ahora vas a ver, pícara.

Miré en el cuarto de abuela. Todavía estaba durmiendo. Fui abajo y le dije a María Juana que viniera porque la abuela no se iba a dar cuenta.

Pero después ella no fue tan pícara. Se reía como una tonta. Hasta hizo un ruido de miedo cuando se golpeó en la mesa del vestíbulo de arriba. Yo le dije eres una miedosa. Y ella dijo bueno, mi casa no es tan oscura como ésta. Como si a mí me importara.

Entramos al cuarto de mamá. Estaba tan oscuro que no se veía nada. Yo dije éste es el cuarto de mi mamá, ¿ves que no me inventé nada?

Ella estaba al lado de la puerta y ya no se hacía la pícara. No decía ni una palabra. Miraba todo alrededor y cuando le toqué el brazo pegó un salto. Bueno, entra, le dije.

Me senté en la cama y le dije ésta es la cama de mi mamá, mira que blandita que es. Ella no dijo nada. Miedosa, miedosa, le dije. No soy miedosa me dijo, pero lo es.

Yo le dije siéntate, cómo vas a saber si es blanda si no te sientas. Se sentó al lado mío y yo le dije siente que suavecita es, que lindo olor tiene.

Cerré los ojos, pero qué raro, no era como siempre. Porque María Juana estaba conmigo. Le dije deja de toquetear el cubrecama. Y ella me contestó tú me dijiste. Bueno, basta, le dije.

Después la levanté a tirones y le dije mira, éste es el tocador. Y la llevé a ver. Ella dijo vámonos. Estaba todo tranquilo como siempre, pero a mí me parecía que estaba mal, porque María Juana estaba allí. Porque ése es el cuarto de mamá, y a mamá no le gustaría que María Juana entre.

Pero tenía que mostrarle las cosas. Y le mostré el espejo. Nos miramos las dos. Ella estaba blanca, blanca. María Juana es miedosa, dije. No soy, no soy, dijo ella, pero igual nadie tiene una casa tan oscura y tan sin ruidos. Igual tiene feo olor, dijo.

Me puse furiosa. No, no tiene feo olor, le dije. Sí dijo, tú dijiste que tenía. Me puse más furiosa. Tiene olor a azúcar, dijo; huele a gente descompuesta este cuarto de tu mamá.

Te voy a dar si dices que el cuarto de mi mamá es como gente descompuesta, le dije. Y ella me dijo bueno, no me mostraste ningún vestido y estás mintiendo porque no hay ningún vestido. Yo me sentí toda caliente por adentro y le tiré del pelo. Ya vas a ver dije, ya vas a ver que sí hay vestido y te voy a dar por decirme mentirosa.

Le dije que se quedara quieta y saqué la llave del perchero. Me arrodillé. Abrí la caja con la llave.

María Juana dijo ¡uf!, tiene olor a basura.

Yo le clavé las uñas y ella pegó un salto y se enojó. No me pellizques dijo, y estaba toda colorada. Se lo voy a contar a mi mamá dijo. Y igual no es blanco, es feo y todo sucio dijo.

No está sucio dije. Lo dije tan fuerte que no sé cómo no me oyó la abuela. Saqué el vestido de la caja y se lo mostré, para que viera que blanco es. El vestido se desparramó como una lluvia, con ese ruidito, y el ruedo tocó la alfombra.

Es muy blanco dije yo, muy blanco y muy limpio y como de seda.

No, dijo ella que estaba furiosa y colorada, tiene un agujero. Yo me puse más furiosa. Si estaría mi mamá ya ibas a ver, le dije. Ella puso una cara muy fea y me dijo no tienes ninguna mamá. La odio.

Si que tengo. Lo dije muy fuerte y le señalé el cuadro de mamá. Bueno, quién va a ver nada en este cuarto tan oscuro dijo ella. La empujé fuerte y se golpeó con el escritorio. Mírala, mira el cuadro; ésa es mi mamá, la señora más bonita del mundo.

Es fea, dijo María Juana. Tiene manos raras. No señor, dije yo, ¡es la señora más bonita del mundo!

No y no, dijo ella, tiene dientes de conejo.

Entonces no me acuerdo más. El vestido se movió en los brazos, me parece. María Juana gritaba. No me acuerdo qué. Se puso todo oscuro y las cortinas estaban cerradas, me parece, no sé. Yo no podía ver. No oía nada, nada más que manos raras, dientes de conejo, manos raras, dientes de conejo. Pero nadie decía eso.

Pasó algo más, porque me parece que alguien gritó: ¡No dejes que diga eso! Yo no podía sostener el vestido. Y lo tenía puesto, no me acuerdo. Porque yo era grande y fuerte. Pero todavía era una niña creo. Por afuera quiero decir.

Me parece que entonces me porté muy mal.

La abuela me sacó de allí. Me parece, no sé. Gritaba ¡Dios nos libre, ha ocurrido, ha ocurrido! Y de nuevo y de nuevo. No sé por qué. Me arrastró hasta aquí hasta mi cuarto y me encerró adentro. No quiere dejarme salir. Bueno, no tengo miedo. ¿Qué importa que me encierre por un millón de años? No hace falta que me traiga de comer. Estoy llena.

Roja como la Sangre - Tanith Lee

La bellísima reina bruja abrió la caja de marfil del espejo mágico. De oro oscuro era el espejo, oro oscuro como el cabello de la reina bruja que caía en abundancia sobre su espalda. De oro oscuro era el espejo y tan antiguo como los siete atrofiados árboles negros que crecían más allá del pálido vidrio azul de la ventana.

—Speculum, speculum —dijo la reina bruja al espejo mágico—. Dei gratia.

—Volente Deo. Audio.

—Espejo, ¿a quién ves?

—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.

—Espejo, espejo, ¿a quién no vees?

—No veo a Bianca.

La reina bruja se santiguó. Cerró la caja del espejo y, caminando lentamente hasta llegar a la ventana, observó los viejos árboles a través de las hojas de vidrio de color azul pálido.

Otra mujer había estado frente a esta ventana hacía catorce años, pero ella no era como la reina bruja. Su cabello negro le llegaba a los tobillos y vestía una túnica carmesí que se ceñía bajo sus pechos, puesto que se encontraba en avanzado estado de gestación. Y esta mujer había abierto la ventana de vidrio que daba al invernadero, donde los viejos árboles se agazapaban en la nieve. Después, tomando una puntiaguda aguja de hueso, la había clavado en su dedo y vertido sobre la tierra tres brillantes gotas.

—Que mi hija tenga cabello negro como el mío —había dicho la mujer—, negro como la madera de estos retorcidos y arcanos árboles. Que tenga la piel como la mía, blanca como esta nieve. Y que tenga mis labios, rojos como mi sangre.

Y la mujer había sonreído y chupado su dedo. Llevaba una corona en su cabeza que brillaba en la oscuridad como si fuera una estrella. Jamás se acercaba a la ventana antes del anochecer, no le gustaba el día. Ella fue la primera reina y no poseyó un espejo.

La segunda reina, la reina bruja, sabía todo esto. Sabía cómo, al dar a luz, había muerto la primera reina. Su ataúd había sido conducido a la catedral y se habían ofrecido misas. Corría un horrible rumor: unas gotas de agua bendita habían caído sobre el cadáver y la carne muerta había despedido humo. Pero la primera reina había sido considerada como una desgracia para el reino. Después de su llegada se había producido una extraña plaga, una enfermedad devastadora para la que no hubo remedio.

Transcurrieron siete años. El rey desposó con la segunda reina, tan distinta de la primera como el incienso lo es de la mirra.

—Y ésta es mi hija —dijo el rey a su segunda reina.

Era una niña menuda de casi siete años de edad. El cabello negro caía hasta sus tobillos y su piel era blanca como la nieve. Sus labios eran rojos como la sangre y sonreía con ellos.

—Bianca —dijo el rey—, debes querer a tu nueva madre.

Bianca sonrió esplendorosamente. Sus dientes brillaban como puntiagudas agujas de hueso.

—Ven —dijo la reina bruja—. Ven, Bianca. Quiero que veas mi espejo mágico.

—Por favor, mamá —replicó suavemente Bianca—. No me gustan los espejos.

—Es muy modesta —se disculpó el rey—. Y delicada, también. Nunca sale de día. El sol la angustia.

Aquella noche, la reina bruja abrió la caja de su espejo.

—Espejo, ¿a quién ves?

—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Con una excepción.

—Espejo, espejo, ¿a quién no ves?

—No veo a Bianca.

La segunda reina regaló a Bianca un minúsculo crucifijo de filigrana dorada. Bianca no lo aceptó. Corrió hacia su padre y murmuró:

—Tengo miedo. No me gusta pensar en Nuestro Señor agonizando en Su cruz. Ella quiere asustarme. Dile que se lo lleve.

La segunda reina cultivaba blancas rosas silvestres en su jardín e invitó a Bianca a pasear por allí tras la puesta del sol. Pero Bianca se acobardó.

—Las espinas me pincharán —musitó a su padre—. Ella quiere que me haga daño.

Cuando Bianca tenía doce años, la reina bruja habló con el rey.

—Bianca debería recibir la confirmación —dijo—. De ese modo, podría comulgar con nosotros.

—Eso es imposible —replicó el rey—. Te lo explicaré. Ella no ha recibido el bautismo, porque en sus últimas palabras mi primera esposa se opuso a ello. Ella me lo suplicó, ya que su religión era distinta a la nuestra. Los deseos de los moribundos deben ser respetados.

—¿No debería gustarte ser bendecida por la Iglesia? —preguntó la reina bruja a Bianca—. ¿Arrodillarte en el reclinatorio dorado ante el altar de mármol? ¿Cantar a Dios, gustar el Pan ritual y probar el Vino ritual?

—Ella quiere que traicione a mi verdadera madre —dijo Bianca al rey—. ¿Cuándo dejará de atormentarme?

El día que cumplió trece años, Bianca se levantó de la cama y vio en ella una mancha roja, roja como una flor roja.

—Ya eres una mujer —explicó su aya.

—Sí —contestó Bianca.

Se acercó al joyero de su verdadera madre, extrajo la corona que había llevado ella y se la puso en la cabeza.

Al caminar bajo los viejos árboles negros, la corona brilló como una estrella.

La enfermedad devastadora, qae había dejado en paz al reino durante trece años, volvió a manifestarse repentinamente. Y no había remedio.

La reina bruja se sentó en una silla muy alta ante una ventana verde claro y blanco oscuro. En sus manos sostenía una Biblia forrada en seda rosada.

—Majestad —dijo el cazador, al tiempo que hacía una profunda reverencia.

Era un hombre fuerte y apuesto, de cuarenta años y experto en el oculto saber de los bosques, el oculto saber de la tierra. También era capaz de matar sin un solo titubeo, pues tal era su oficio. Podía acabar con el frágil y esbelto ciervo, las aves alígeras y las liebres de terciopelo de ojos tristes y prescientes. A él le daban pena, pero aun así, las mataba. La piedad no podía detenerle. Era su oficio.

—Mira el jardín —ordenó la reina bruja.

El cazador observó el jardín a través de un oscuro vidrio blanco. El sol se había hundido en el horizonte. Una doncella paseaba bajo un árbol.

—La princesa Bianca —dijo el cazador.

—¿Y qué más?

El cazador se persignó.

—Por Nuestro Señor, mi reina —dijo—. No lo diré.

—Pero lo sabes.

—¿Y quién no lo sabe?

—El rey no lo sabe.

—No lo sabe.

—¿Eres valiente? —preguntó la reina bruja.

—En verano he cazado y matado al jabalí. En invierno he masacrado lobos.

—¿Pero eres lo bastante valiente?

—Si tú lo ordenas, señora —replicó el cazador—, me esforzaré en serlo.

La reina bruja abrió la Biblia en una determinada página y extrajo de ella un crucifijo de plata, muy delgado, que había reposado junto a las palabras: No temerás el terror de la noche... Ni la pestilencia que se pasea en la oscuridad.

El cazador besó el crucifijo y se lo puso en torno a su cuello y por debajo de su camisa.

—Acércate —ordenó la reina bruja—, y te explicaré qué debes decir.

Al cabo de un rato, el cazador entró en el jardín cuando las estrellas relucían en el firmamento. Avanzó a grandes pasos hacia el atrofiado árbol enano bajo el que se hallaba Bianca y se arrodilló.

—Princesa —dijo—. Perdóname, pero debo darte malas noticias.

—Dámelas —replicó la muchacha, jugando con el largo tallo de una flor macilenta y nocturna que había arrancado.

—Tu madrastra, esa bruja detestable y celosa, quiere verte muerta. No puedes hacer otra cosa que no sea huir del palacio esta misma noche. Si me lo permites, te acompañaré hasta el bosque. Allí se hallan personas que cuidarán de ti hasta que puedas regresar sin ningún temor.

Bianca le miró fijamente con ojos que expresaban confianza.

—Siendo así, iré contigo —contestó.

Salieron del jardín por una puerta secreta, cruzando un pasadizo subterráneo, un huerto enmarañado y un sendero tortuoso que se extendía entre enormes setos crecidos en exceso.

La noche era una vibración profundamente azulada y titilante cuando llegaron al bosque. Las ramas de los árboles se cruzaban y entrelazaban, como formando una ventana, y el cielo resplandecía tenuemente, pareciendo extenderse al otro lado de hojas de vidrio de un color azulado.

—Estoy cansada —se quejó Bianca en un suspiro—. ¿Puedo descansar un momento?

—Por supuesto —respondió el cazador—. Los zorros acuden de noche a ese claro, allí. Mira en esa dirección y los verás.

—Cuan inteligente eres —repuso Bianca—. Y cuan apuesto.

La muchacha se sentó en el césped y contempló el claro. El cazador sacó silenciosamente su cuchillo y lo ocultó en los pliegues de su capa. Luego se agachó junto a la doncella.

—¿Qué estás cuchicheando? —inquirió el cazador, poniendo su mano sobre el negro cabello de Bianca.

—Una poesía que mi madre me enseñó, sólo eso.

El cazador la agarró por los pelos y la obligó a levantar la cabeza, de modo que el cuello de la muchacha estuviera dispuesto para acuchillarlo. Pero no usó su arma. Porque allí, en su mano, sostenía la cabellera de oro oscuro de la reina bruja, y veía su rostro sonriente. Riendo, la mujer le rodeó con sus brazos.

—Mi buen servidor, mi dulce servidor —dijo ella—, sólo deseaba probarte. ¿Acaso no soy una bruja? ¿Acaso no me amas?

El cazador se estremeció, porque la amaba y ella le abrazaba con tal fuerza que el corazón femenino parecía latir dentro de su propio cuerpo.

—Aparta el cuchillo —ordenó la mujer—. Despréndete de ese absurdo crucifijo. No necesitamos nada de eso. El rey no es ni la mitad de hombre que tú.

Y el cazador la obedeció, arrojando cuchillo y crucifijo entre las raíces de los árboles. Se apretó contra ella y la mujer hundió el rostro en su cuello. El dolor de su beso fue lo último que sintió en este mundo.

El cielo se ennegreció, el bosque todavía más. Ni un solo zorro correteaba en el claro. La luna fue elevándose y tiñendo de blanco las ramas y los vacíos ojos del cazador. Bianca limpió sus labios con una flor muerta. . —Siete dormidos, siete despiertos —dijo Bianca—. Madera por madera. Sangre por sangre. Tú por mí.

Se oyó un sonido como el de siete inmensas rasgaduras que provenía de más allá de los árboles, un sendero tortuoso, un huerto y un pasadizo subterráneo. Y otro sonido que parecía el de siete inmensas pisadas. Más cerca. Más cerca todavía.

Hop, hop, hop, hop. Hop, hop, hop.

En el huerto, siete temblores de la negrura.

En el sendero tortuoso, entre los elevados setos, siete negras figuras arrastrándose.

Matorrales crujiendo, ramas restallando.

Siete seres retorcidos, deformes, encorvados y atrofiados avanzaron penosamente por el bosque en dirección al claro. Un pelaje musgoso, negro y leñoso, máscaras desprovistas de secretos. Ojos como grietas relucientes, bocas cual húmedas cavernas. Barbas de liquen. Dedos de cartílagos rámeos. Sonriendo. Arrodillándose. Rostros apretados contra la tierra.

—Bien venidos —dijo Bianca.

La reina bruja estaba de pie frente a una ventana de vidrio cuyo color semejaba el del vino diluido. Miró el espejo mágico.

—Espejo, ¿a quién ves?

—Te veo a ti, señora. Veo un hombre en el bosque. Estaba cazando, pero no al ciervo. Sus ojos están abiertos, pero está muerto. Veo al resto del reino. Con una excepción.

La reina bruja se tapó las orejas con. ambas palmas de la mano.

En el exterior, el jardín estaba vacío. Le faltaban sus siete árboles negros, enanos y atrofiados.

—Bianca —dijo la reina.

Las ventanas habían sido cubiertas con colgaduras y no daban luz. La luz brotaba de un recipiente poco profundo. Luz en un haz, como trigo color pastel. Iluminaba cuatro espadas que apuntaban a este y oeste, a norte y sur.

Los cuatro vientos y el polvo gris plata del tiempo habían irrumpido en la cámara.

Las manos de la reina bruja flotaban como hojas desprendidas a merced del aire.

—Páter omnípotens, mítere digneris sanctum Angelum tuum de Infernis —recitaron los resecos labios de la reina bruja.

La luz decayó y se hizo más brillante.

Allí estaba el ángel Lucefiel, entre las empuñaduras de las cuatro espadas, lúgubremente dorado, con el rostro en la sombra y sus alas áureas abiertas y guarneciendo su espalda.

—Puesto que me has llamado, conozco tu deseo —dijo—. Es un deseo triste. Quieres dolor.

—Tú hablas de dolor, señor Lucefiel. Tú, que sufres el más despiadado dolor de todos. Peor que los clavos en los pies y muñecas. Peor que las espinas, la esponja de vinagre y la lanza en el costado. Ser convocado por amor del diablo, cosa que yo no hago, hijo de Dios, hermano del Hijo.

—Entonces, me reconoces. Te concederé lo que pides.

Y Lucefiel (llamado por algunos Satán y Rex Mundi y, sin embargo, la mano izquierda, la mano siniestra de la concepción de Dios), arrebató un rayo del éter y lo arrojó a la reina bruja.

El rayo la alcanzó en el pecho. Se derrumbó.

El haz de luz se elevó e iluminó los ojos dorados del ángel, unos ojos terribles, aunque luminosos a causa de la compasión. Las espadas se hicieron añicos y Lucefiel desapareció.

La reina bruja se levantó del suelo de la cámara. Había dejado de ser bella. Era una bruja arrugada y babeante.

El sol nunca lucía en el corazón del bosque, ni siquiera al mediodía. Las flores crecían en la turba, pero eran incoloras. Por encima de ellas, el techo verdinegro albergaba retículos de una espesa y sombría luz verdosa en los que polillas y mariposas albinas se agitaban febrilmente. Los troncos de los árboles eran lisos como los tallos de algas submarinas. Durante el día revoloteaban los murciélagos y otras aves que creían ser como ellos.

Había un sepulcro cubierto de musgo goteante. Los huesos yacían esparcidos en torno al pie de siete árboles enanos y retorcidos. Parecían árboles. A veces se movían. Otras veces, algo que semejaba un ojo o un diente brillaba en la sombría humedad.

En el umbráculo de la puerta del sepulcro estaba sentada Bianca, peinando su cabello.

Agitados movimientos turbaron la espesa oscuridad.

Los siete árboles volvieron sus cabezas.

Una bruja surgió del bosque. Era una mujer jorobada y su cabeza casi calva estaba inclinada hacia el suelo como si fuera un ave rapaz, un buitre.

—Por fin hemos llegado —dijo la bruja con la voz de un buitre.

Se acercó. Sus huesos crujieron cuando se paso de rodillas y hundió su rostro en la turba repleta de flores sin colorido.

Bianca volvió a sentarse y la contempló. La bruja se levantó. Sus dientes formaban una empalizada amarillenta.

—Te traigo el homenaje de las brujas y tres presentes —dijo la anciana.

—¿Y por qué?

—Una niña tan despierta, con sólo catorce años... ¿Por qué? Porque te tememos. Te traigo presentes para congraciarnos contigo.

Bianca rió.

—Enséñamelos —ordenó.

La bruja movió su mano, haciendo un pase en el aire verdusco. Apareció un cordón de seda, curiosamente trenzado con cabellos humanos.

—Aquí tienes un cinto que te protegerá de las artimañas de los curas, del crucifijo y el cáliz, de la detestable agua bendita. En él están anudados los cabellos de una virgen, de una mujer no mejor de lo que debería ser y de una mujer muerta. Y aquí tienes... —un segundo pase y surgió en su mano un peine de laca, color azul sobre verde— ...un peine del mar profundo, una joya de sirena, para fascinar y seducir. Peina tus cabellos con él y el aroma del océano henchirá el olfato de los hombres y quedarán ensordecidos por el ritmo de las mareas, las mareas que atan a los hombres como si de cadenas se trataran. Y por último, ese antiguo símbolo de perversidad, la fruta escarlata de Eva, la manzana roja como la sangre. Muérdela, y el entendimiento del Pecado, del que la serpiente se jactó, te será dado a conocer.

La bruja ejecutó su último pase en el aire y ofreció la manzana, junto con el cinto y el peine, a Bianca.

Bianca miró un instante los siete árboles atrofiados.

—Me gustan sus presentes, pero no confío mucho en ella.

Las escuetas máscaras atisbaron desde sus toscas barbas. Sus ojillos destellaron. Sus garras ramosas restallaron.

—Es igual —decidió Bianca—. Dejaré que me ate el cinto y peine mi pelo.

La bruja obedeció, sonriendo bobamente. Se arrastró hasta Bianca como un sapo y ató el cordón. Peinó los cabellos de ébano. Brotaron chispas blancas del cinto. Surgieron fulgores como el ojo del pavo real del peine.

—Y ahora, bruja, da un mordisco a la manzana.

—Será un orgullo contar a mis hermanas que he compartido esta fruta contigo —respondió la bruja.

La vieja mordió la manzana, masticó ruidosamente, tragó el bocado y chasqueó los labios.

Bianca cogió la fruta y mordió un trozo.

Bianca chilló... y se atragantó.

Se puso en pie de un brinco. Sus cabellos se arremolinaron en torno a ella como una nube de tormenta. Su rostro se puso azul, luego gris, finalmente blanco de nuevo. Cayó sobre las pálidas flores y quedó inmóvil, sin respirar.

Los siete árboles enanos batieron sus extremidades y sus rámeas cabezas de oso. Fue en vano. Faltos del arte de Bianca, no podían saltar. Estiraron sus garras y rasgaron los escasos cabellos y el manto de la bruja, que se escabulló entré ellos. Huyó a la zona del bosque iluminada por el sol, siguió por el tortuoso sendero, pasó el huerto y se introdujo en un pasadizo subterráneo.

La bruja volvió al palacio, entrando por la puerta secreta, y subió por una escalera oculta hasta la cámara de la reina. Estaba el doble de encorvada que antes y sostenía sus costillas. Abrió la caja de marfil del espejo mágico con una mano extremadamente flaca.

—Speculum, speculum. Dei gratia. ¿A quién ves?

—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Y veo un ataúd.

—¿De quién es el cadáver que yace en el ataúd?

—Eso no puedo verlo. Debe de ser el de Bianca.

La bruja, que en otro tiempo había sido la bellísima reina bruja, se hundió en su silla alta ante la ventana de vidrio color pepino y blanco oscuro. Sus drogas y pócimas estaban dispuestas para anular el terrible conjuro de vejez que el ángel Lucefiel había ejecutado en ella, pero no las tocó todavía.

La manzana había contenido un fragmento de la carne de Cristo, la sagrada hostia, la Eucaristía.

La reina bruja cogió su Biblia y la abrió al azar.

Y atemorizada, leyó la palabra Resurgat.

El aspecto del ataúd era vitreo, de un vidrio lechoso. Había tomado esa forma después que un humo tenue y blanco hubiera brotado de la piel de Bianca. La muchacha despidió humo igual que una hoguera sobre la que cae una gota de agua extinguidora. El trozo de pan eucarístico se había atravesado en su garganta. La Eucaristía, agua extinguidora para su hoguera, hizo que Bianca humeara.

Después llegó el frío rocío del anochecer y el viento aún más gélido de la medianoche. El humo de Bianca se congeló en torno a su cuerpo. La escarcha se formó rodeando todo el bloque de hielo nebuloso que contenía a Bianca, en un exquisito trabajo de ornamentación en plata.

El corazón frígido de Bianca no podía calentar el hielo, como tampoco podía hacerlo la oscura luminosidad verdosa de un día sin sol.

Podía verse a la muchacha, tumbada dentro del ataúd, a través del vidrio. ¡Qué hermosa estaba Bianca! Negro de ébano, blanco de nieve, rojo de sangre.

Los árboles pendían sobre el ataúd. Pasaron los años. Los árboles tendieron sus ramas en torno al féretro, abrigándolo con sus brazos. De sus ojos brotaron lágrimas de hongos y resina. Verdes gotas de ámbar se solidificaron sobre el ataúd de vidrio como si fueran joyas.

—¿Qué es eso que yace bajo los árboles? —preguntó el príncipe cuando su cabalgadura le llevó hasta e! claro.

Una luna dorada parecía acompañarle, brillando en torno a su áurea cabeza, en la armadura de oro y en la capa de blanco satén decorada en oro, sangre, tinta y zafiro. El caballo albo pisoteó las descoloridas flores, mas éstas volvieron a erguirse una vez las pezuñas acabaron de pasar. Del fuste de la silla pendía un escudo, un escudo muy extraño. En un lado tenía la cabeza de un león, en el otro la de un cordero.

Los árboles crujieron y sus cabezas se abrieron para formar enormes bocas.

—¿Es éste el féretro de Bianca? —inquirió el príncipe.

—Déjala con nosotros —contestaron los siete árboles.

Tiraron de sus raíces. La tierra tembló. El ataúd de hielo vitreo sufrió una gran sacudida y se partió en dos mitades.

Bianca tosió.

La sacudida había arrojado de su boca el fragmento de hostia.

El féretro estalló en un millar de trozos y Bianca se sentó. Miró al príncipe y sonrió.

—Bien venido, amado mío —dijo.

Se puso en pie, sacudió sus cabellos y empezó a caminar hacia el príncipe y su caballo blanco.

Pero Bianca pareció entrar en una sombra, en una sala púrpura. Luego en otra habitación carmesí cuyas emanaciones la alancearon como cuchillos. Después entró en una sala amarilla en la que oyó un sonido de lloros que desgarró sus oídos. Bianca se sintió desnuda, sin cuerpo. Era un corazón latiente. Los latidos de su corazón se convirtieron en dos alas. Bianca voló. Primero fue un cuervo, luego una lechuza. Voló hasta el centelleante vidrio de una ventana. El fulgor la tiño de blanco. Blanco de nieve. Era una paloma.

Se posó en el hombro del príncipe y ocultó su cabeza bajo un ala. Ya no tenía nada de color negro, nada de color rojo.

—Ahora empieza de nuevo, Bianca —dijo el príncipe.

La tomó de su hombro. En su muñeca había una señal que semejaba una estrella. En otro tiempo, un clavo había sido hincado allí.

Bianca se alejó hacia el techo del bosque. Llegó a una ventana de exquisito color vino. Estaba en el palacio. Tenía siete años de edad.

La reina bruja, su nueva madre, colgó un crucifijo de filigrana en torno a su cuello.

—Espejo —dijo la reina bruja—. ¿A quién ves?

—Te veo a ti, señora. Y al resto del reino. Veo a Bianca.

Por la Sangre es la Vida - Francis Marion Crawford

Cené en el crepúsculo sobre el tejado de la vieja torre, ya que estaba fresco ahí durante el gran calor del verano. Aparte, la pequeña cocina había sido construída en una esquina de la gran plataforma, lo cual resultaba más conveniente si las fuentes tenían que ser llevadas por la empinada escalinata pétrea, rota en varios lugares y por todos lados agrietada por los años.

La torre era una de aquellas construcciones ordenadas en el sureste de Calabria por el emperador Carlos V, a principios del siglo XVI para vigilar el avance de los piratas bárbaros, cuando los infieles se aliaron a Francisco I contra el emperador y la Iglesia. Estaban hecha ruinas, un par aún permanecían intactas, y la mía era una de las más grandes. Como entró en mi patrimonio diez años atrás, y porque gasté parte de cada año en ella, son materias que no conciernen a este relato. La torre se elevaba en una de los más solitarios puntos de Italia meridional, y en el extremo de un promontorio curvo, que forma un pequeño pero seguro puerto natural en la parte sur del golfo de Policastro, y justo al norte del Cabo Escala, el lugar de nacimiento de Judas Iscariote, según una vieja leyenda local.

La torre se eleva en esta porción del terreno, y no hay otra casa que pueda ser vista en un radio de tres millas de ella. Cuando vine, tomé un par de marinos, uno de ellos un experto cocinero, y cuando estuve lejos lo dejé a cargo de un pequeño hombre que una vez fue un minero y que se amigó conmigo tiempo atrás.

Mi amigo, quien algunas veces me visita en mi soledad estival, es un artista de profesión, de origen escandinavo, y un cosmopólita debido a la fuerza de las circunstancias. Nosotros cenamos al crepúsculo; el brillo del atardecer se había disipado de nuevo, y la tarde púrpura había caído en la vasta cadena de montañas que atravesaban el golfo hacia el este, y se alzaban más alto a medida que se van hacia el sur. Hacía calor, y nos sentamos en una de las esquinas de la plataforma, esperando por el rocío de la noche. El color se hundió desde el aire, hubo un pequeño intervalo de tinieblas, y una lámpara envió una veta amarilla desde la puerta abierta de la cocina donde los hombres estaban preparando la comida.

Entonces la luna surgió súbitamente sobre la cresta del promontorio, inundando la plataforma e iluminando cada pequeño guijarro de roca y mata de hierba bajo nosotros, bajo el filo del agua calma. Mi amigo prendió su pipa y se sentó mirando un punto en las colinas. Supe que estaba mirando, y por un largo tiempo me pregunté si habría visto algo que hubiera acaparado su atención. Había pasado un largo tiempo desde que habló por última vez. Como la mayoría de los pintores, él confiaba en su propia vista, como un león confía en su propia fuerza y un venado en su velocidad, y él siempre se molestaba cuando no podía reconciliar lo que veía con lo que él creía que tenía que ver.

- Es extraño - dijo. -¿Ves aquel pequeño montículo justo en aquel lado?

- Si - repuse, y supuse lo que vendría.

- Parece como una tumba - observó Holger.

- Es verdad. Parece como un sepulcro.

- Si - continuó mi amigo, con sus ojos aún fijos en el punto. - Pero lo extraño de esto es que veo el cuerpo yaciendo sobre la misma, por supuesto, - continuó Holger, volteando su cabeza como lo hacen los artistas - debe ser un efecto de la luz. En primer lugar, no es una tumba. Segundo, si lo fuera, el cuerpo debería estar dentro y no fuera. Entonces, debe ser un efecto de la luz de la luna. ¿Lo puedes ver?

- Perfectamente; siempre lo veo en las noches de luna.

- No parece interesarte mucho - dijo Holger.

- Por el contrario, esto me interesa, pero ya estoy un poco cansado. Tu no estás tan equivocado, sin embargo. El montículo es realmente una tumba.

- No puede ser - gritó Holger, incrédulamente.

- No, -respondí - no puede ser. Lo se, porque he tomado el trabajo de ir allá y verlo.

- ¿Entonces qué era? - preguntó Holger.

- Nada

- ¿Entonces es sólo un efecto de la luz, supongo?

- Quizás lo es. Pero la inexplicable parte del asunto es que no hay diferencia si la luna ha salido o se pone, o si está en creciente o menguante. Si hay alguna luz de luna, desde el este o del oeste, mientras brilla sobre las piedras, uno puede ver el contorno del cuerpo.

Holger removió su pipa con la punta de su cuchillo y usó su dedo como tapón. Cuando el tabaco ardió bien, él se levantó de su silla.

- Si tu no lo piensas - dijo - iré abajo y miraré el montículo.

Me dejó, cruzó la azotea, y desapareció bajo los oscuros escalones. No me moví, pero me senté mirando hasta que lo vi salir de la torre. Lo escuché canturrear una vieja canción danesa mientras cruzaba el espacio abierto bajo el brillo de la luna, dirigiéndose directamente hacia el misterioso montículo. Cuando él estaba a diez pasos de él, Holger se paró, avanzó solo dos pasos y luego retrocedió cuatro y nuevamente se paró. Sabía lo que eso significaba. Él había llegado al punto donde la cosa dejaba de ser visible, donde, como el hubiera dicho, el efecto de la luz cambiaba.

Entonces él regresó al montículo y se paró sobre él. Podía ver aún la cosa, pero ya no estaba tendida sobre la piedra; ahora estaba como arrodillada, rodeando con sus blancos brazos el cuerpo de Holger y mirando en su rostro. Una fría brisa conmovió mi cabello en ese momento, y el viento nocturno comenzó a soplar desde las colinas, pero sentí como si fuera la respiración de otro mundo.

La cosa pareció como que trataba de escalar por sus pies, ayudándose por el cuerpo de Holger, mientras este permanecía erguido, quizás inconsciente de eso, aparentemente mirando hacia la torre, que es muy pintoresca cuando la luz de la luna cae por aquel lado.

- ¡Regresa! -le grité-. ¡No te quedes ahí toda la noche!

Me pareció como que él se movió muy a su pesar, como que bajó del montículo, con dificultad. Eso fue. Los brazos de la cosa aún estaban rodeándolo por la cintura, pero sus pies no podían dejar la tumba. A medida que él lentamente se movía hacia adelante, se iba cubriendo con una especie de corona de bruma, ligera y blanquecina, hasta que vi claramente cuando Holger se sacudió, como cuando alguien se asusta. En el mismo momento un leve gemido de dolor llegó a mis oídos a través del viento. Pudo haber sido una pequeña lechuza que vive sobre las rocas, y la brumosa presencia se replegó suavemente cuando la figura de Holger comenzó a avanzar y dejó el montículo.

De nuevo sentí la fría brisa en mi cabello, y esta vez una helada sensación de horror bajó por mi espina. Recordaba muy bien cuando yo mismo había ido al montículo, bajo la luz de la luna; había estado allí cerca, y no había visto nada; como Holger, fui y me paré encima del montículo; y recordaba como, cuando volví, estaba seguro que no había nada allí, y de pronto tuve la convicción que habría algo si solo miraba detrás mío. Recordaba la fuerte tentación de mirar para atrás, una tentación que resistí como si fuera algo indigno de un hombre de sentido común, hasta que me libré, y me sacudí tal cual como Holger había hecho.

Y ahora sabía que aquellos blancos y neblinosos brazos también me habían rodeado; lo supe en un instante, y me estremecí cuando recordé que esa noche también había escuchado la misma lechuza. Pero no había sido ningún búho o lechuza. Era el aullido de la Cosa.

Recambié el tabaco de mi pipa y me serví una copa de fuerte vino del sur; en menos de un minuto Holger estaba de nuevo sentado a mi lado.

- Por supuesto, no había nada allí -dijo-, pero es escalofriante. ¿Sabías que cuando estaba volviendo estaba tan seguro que había alguien detrás mío que quería voltearme y ver? Hice un gran esfuerzo para no hacerlo.

Se río un poco, sacudió las cenizas de su pipa, y se sirvió una copa. Por un momento ninguno de los dos habló, y la luna siguió alta, y ambos miramos a la Cosa que permanecía sobre el montículo.

- Tu puedes hacer una historia sobre aquello -dijo Holger luego de un largo rato.

- Hay una -le respondí-, si no estás con mucho sueño, te la puedo contar.

- Adelante -dijo Holger, a quien le gustaban las historias.

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El viejo Alario estaba moribundo en el pueblo, detrás de la colina. Tu lo recuerdas, no tengo duda. Ellos decían que él hizo dinero vendiendo joyas falsificadas en Sud América, y que escapó con el dinero luego de haber sido acusado. Como todos estos tipos, si ellos se traen algo consigo mismos, lo invierten para refaccionar sus casas, y como no había albañiles por aquí, él envió dos obreros a Paola. Ellos eran dos corpulentos pillos, un napolitano que había perdido un ojo, y un siciliano que tenía una vieja cicatriz de pulgada y media en su mejilla izquierda. Alguna vez los vi, ya que los domingos acostumbraban bajar por aquí a pescar en las rocas de la costa. Cuando Alario pescó las fiebres que lo llevaron a la tumba, los albañiles aún estaban trabajando. Como ellos acordaron que parte de sus pagas sería el alojamiento y la comida, él los hacía dormir en la casa. Su esposa había muerto, y solo tenía un hijo llamado Ángelo, que era mucho más honesto que él mismo. Ángelo estaba por casarse con la hijo del hombre más rico del pueblo, y extrañamente, a pesar que el matrimonio había sido arreglado por sus padres, los jóvenes novios estaban enamorados el uno del otro.

De esta manera, sucedía que todo el pueblo amaba a Ángelo, y entre el resto había una salvaje y bonita criatura llamada Cristina, que parecía ser una gitana. Ella tenía labios muy rojos y ojos negros, y tenía el cuerpo de un galgo, y la lengua de un demonio. Pero para Ángelo ella no tenía la menor importancia. Él era poco más que un simplón, muy diferente del truhán que era su padre; y bajo las que yo denomino circunstancias normales, realmente creo que él jamás habría mirado a otra mujer excepto a la bonita y pequeña criatura, con la que tuvo que casarse por órdenes de su padre. Pero las cosas se dieron vuelta, tanto por causas normales o no naturales.

Había también un joven y apuesto pastor de las colinas sobre Maratea que estaba enamorado de Cristina, quien parecía vivir muy indiferente de éste joven. Cristina no tenía un medio de vida estable, pero ella era una buena chica y era capaz de hacer cualquier trabajo, en pos de tener un poco de pan o un plato de arvejas, y un techo bajo el cual poder dormir. Ella era muy feliz cuando tenía algún tipo de tarea cerca de la casa del padre de Ángelo. No habían médicos en el pueblo, y cuando los vecinos supieron que el viejo Alario estaba muy enfermo, Cristina fue enviada a Scalea para traer a un doctor. Esto fue casi al anochecer, y si ellos esperaron tanto fue porque el enfermo se negaba a permitir cualquier tipo de extravagancia mientras él fuera capaz de hablar. Pero mientras Cristina estuvo fuera, algunas cosas marcharon muy mal. El abate fue llevado al lecho, y cuando hubo hecho lo que pudo, dio su opinión de que el viejo estaba muerto, lo anunció a los vecinos y dejó la casa.

Tu conoces a esta gente. Tienen un miedo físico a la muerte muy grande. Hasta que el cura habló, el salón estaba lleno de gente. Sus palabras salieron difícilmente de su boca. Cayó la noche. Todos se apuraron en llegar a sus casas, corriendo a través de la calle.

Ángelo, que como habíamos dicho, estaba fuera, Cristina aún no había vuelto, la sirvienta que había cuidado al viejo durante su enfermedad, habíase ido con el resto, y el cadáver quedó solitario bajo la parpadeante luz de la lámpara de aceite.

Cinco minutos después dos hombres miraron con cautela y se movieron sigilosamente por el dormitorio. Eran el albañil napolitano tuerto y su compañero siciliano. Ellos sabían que era lo que querían. En un breve momento habían encontrado debajo de la cama una pequeña pero fuerte cajita de metal, y al siguiente instante habían dejado la casa, al amparo de la oscuridad. Había sido un trabajo sencillo, ya que la casa de Alario era la última antes del desfiladero que desemboca en estas rocas, y los ladrones habían simplemente salido por la puerta trasera, y ya estaban amparados por las rocas, a excepción de la posibilidad de encontrarse con algún campesino retrasado, la cual era casi nula, ya que muy poca gente utilizaba esa ruta. Ellos llevaban una azada y una pala, y siguieron su camino sin ningún accidente.

Te estoy contando esta historia como debió haber ocurrido, ya que, por supuesto, no hay testigos de la parte que ahora viene. Los hombres llevaron la caja a través del desfiladero, intentando enterrarla hasta que fueran capaces de regresar con un bote y tomarla. Así que debían elegir el lugar adecuado para enterrarlo dado la posibilidad que parte del dinero estuviera en títulos o en papeles, así que había que procurar un lugar seco y resguardado. Sabían que el papel se pudriría si ellos se veían obligados a dejarlo por mucho tiempo, así que cavaron su foso aquí abajo, cerca de estos guijarros. Si, justamente donde hoy está el montículo.

Cristina no encontró al médico en Scalea, ya que había sido llamado desde un lugar más allá del valle, a mitad de camino de San Domenico. Si ella le hubiera encontrado, él habría tenido que acudir en mula por el camino superior, que es más uniforme, pero también más largo. Pero Cristina tomó el atajo a través de las rocas, que pasan cerca de cincuenta pies por sobre el montículo. Los hombres estaban cavando cuando ella pasó, y ella los escuchó trabajar. No se habría marchado sin descubrir el origen de estos ruidos, y ya que ella nunca había tenido miedo en su vida, pensó que a lo mejor eran los pescadores quienes algunas veces vienen de noche para conseguir alguna roca que usar de ancla o juntar algunos leños para prender una fogata. La noche estaba oscura y Cristina probablemente se acercó mucho a los dos hombres antes de que pudiera ver que estaban haciendo. Ella los vio, por supuesto, y ellos la vieron también, e instantáneamente comprendieron que la tenían en su poder. Había una sola cosa que hacer para estar seguros, y ellos la hicieron de inmediato. Golpearon a la chica en la cabeza, terminaron de cavar el foso lo más rápido que pudieron, y enterraron el arcón de metal junto a la chica. Ellos comprendieron de inmediato que su única posibilidad de quedar absueltos de toda sospecha era la de regresar de inmediato, y no había pasado media hora que se encontraban chismorreando con el hombre que estaba construyendo el ataúd de Alario. Él era un compadre de ellos, y también había estado trabajando en las reparaciones de la casa del viejo. Hasta donde yo pude ser capaz de elucubrar, las únicas personas que supuestamente sabían donde Alario guardaba su tesoro eran Ángelo y la sirvienta que había mencionado antes. Ángelo estaba ausente; y fue la mujer quien descubrió el robo.

Era fácil suponer que nadie más sabía donde estaba el dinero. El viejo guardaba su caja cerrada con llave, y él mismo guardaba la llave en un bolsillo de su chaqueta, y no permitía que la mujer entrara a limpiar, a no ser que él estuviera presente. El pueblo entero sabía que él tenía mucho dinero en algún sitio, y era probable que los albañiles hubieran descubierto el lugar husmeando a través de la ventana en su ausencia. Si el viejo no hubiera estado delirante hasta que perdió el conocimiento, él se hubiera agonizado aterrorizado de pensar en sus riquezas. La fiel sirvienta había olvidado la existencia del arcón por unos momentos, cuando se marchó asustada junto a los demás. Veinte minutos habían pasado hasta que ella regresó con las dos viejas que siempre eran llamadas cuando alguien moría y que preparaban al muerto para el funeral. Cuando volvió al lecho del viejo, hizo el ademán como si se hubiera caído algo para poder tener oportunidad de agacharse y mirar debajo de la cama. Pero la caja no estaba. Había sido en la tarde que la había visto, así que habría sido robada en el corto intervalo que ella abandonó la habitación.

No había carabineros en el pueblo, no había nada parecido a una oficina municipal, ya que no había municipalidad. Creo que nunca hubo tal cosa en el pueblo. Así fue como la vieja sirvienta que había vivido toda su vida en el pueblo, que jamás necesitó recurrir a la ayuda de ninguna autoridad civil, simplemente salió corriendo a través de la calle, en la oscuridad, gritando que habían robado la casa de su patrón muerto. Mucha gente se levantó a mirar que ocurría, pero al principio nadie pareció inclinado a ayudarla. La mayoría se murmuraban entre ellos que probablemente ella misma habría robado el dinero. El primer hombre en moverse fue el padre de la chica que se había casado con Ángelo; su opinión era que la caja habría sido robada por los dos albañiles que estaban alojados en la casa. Así que organizó una búsqueda por ellos, que comenzó naturalmente en la casa de Alario y finalizó en la carpintería , donde los ladrones fueron encontrados conversando con el carpintero, que estaba terminando el ataúd, a la luz de una lámpara de aceite. La partida de búsqueda los acusó del robo y iba a proceder a encerrarlos hasta tanto se pudieran traer a algunos carabineros desde Scalea. Los dos hombres se miraron entre sí por un momento, y de pronto, sin la más mínima dubitación, arrojaron la lámpara, volcaron el ataúd poniéndolo como barrera, y largaron a correr en la oscuridad. Luego de un breve instante, estaban siendo perseguidos.

Este es el fin de la primera parte de la historia. El tesoro había desaparecido, y no había pistas que suministraran algún dato sobre los ladrones. El viejo fue enterrado, y cuando Ángelo regresó, al final, tuvo que pedir prestado para pagar por el miserable funeral, y aún así tuvo alguna dificultad en hacerlo. No es necesario que cuente que habiendo perdido su herencia, también perdió a su novia. En esta parte del mundo, los matrimonios son hechos sobre estrictos principios de negocios, y si el dinero prometido no estaba al día pactado, la novia o el novio cuyos padres habían fracasado en tenerlo, podían dar marcha atrás y cancelar todo. El pobre Ángelo sabía todo esto muy bien. Su padre no había poseído mucha tierra, y solo tenía el dinero que había traído de Sud América, el cuál ahora ya no estaba. Solo tenía deudas por los materiales de construcción utilizados en la refacción de la casa. Estaba arruinado, y la bonita y pequeña criatura que iba a ser suya, le dio vuelta la cara en la más elegante forma. En tanto Cristina, que habían pasado varios días de su desaparición, ya nadie recordaba que había sido enviada al pueblo a buscar a un médico y jamás había regresado. Ella ya había desaparecido por varios días antes, cuando había conseguido un trabajo en una granja distante. Pero cuando no volvió a ser vista por mucho tiempo, la gente se comenzó a preguntar, hasta que se convencieron de la idea que ella había sido conspiradora junto a los albañiles y había escapado con ellos.

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Hice una pausa y limpié mis anteojos.

- Este tipo de cosas no pasan en ningún otro lado -observó Holger, llenando nuevamente su pipa-. Es maravilloso que un encanto natural tan bello como el que hay por aquí, esté tan cerca del asesinato y la muerte súbita. Acciones que serían simplemente brutales y desagradables en cualquier otro lado, se vuelven dramáticas y misteriosas a causa que estamos en Italia y que estamos viviendo en una genuina torre construída por Carlos V para protegerse de los piratas bárbaros.

- Hay algo de eso -admití. Holger es el hombre más romántico del mundo, pero siempre piensa que es necesario explicar todo.

- Supongo que ellos encontraron el cadáver de la infortunada chica junto con la caja.

- Parece que es de tú interés -respondí-, te lo diré junto con el final de la historia.

La luna estaba en lo más alto; el perfil de la Cosa sobre el montículo era ahora mucho más claro a mis ojos que antes.

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El pueblo, poco a poco, regresó a su vida normal, común y corriente. Nadie extrañó al viejo Alario, quien había estado mucho tiempo ausente por sus viajes a Sud América, y nunca se había convertido en una figura familiar en el lugar. Ángelo continuó viviendo en la casa a medio terminar, y a razón de que no tenía dinero, ya no podía tener a la vieja sirvienta, aunque ella, por cariño, venía de vez en cuando y le lavaba una camisa. Aparte de la casa, él había heredado un pequeño terrero a alguna distancia del pueblo. Él trató de cultivarlo, pero no puso corazón en el trabajo, ya que sabía que jamás podría pagar los impuestos del mismo, o de la casa, la cuál sería confiscada por el Gobierno, o bien embargada por el reclamo de la deuda de los materiales de construcción

Ángelo era muy desgraciado. Mientras su padre vivía y era rico, cada chica en el pueblo había estado enamorada de él; pero todo había cambiado ahora. Él se había sentido admirado y respetado, y era invitado a tomar vino por padres cuyas hijas estaban solteras. Ahora se cocinaba su miserable cena, y se sentía triste, melancólico y taciturno.

Al anochecer, cuando el trabajo diurno hubo terminado, en vez de ir a pasear en espacios abiertos, cerca de la iglesia, con los jóvenes amigos de su misma edad, él comenzaba a errar en lugares solitarios de las afueras del pueblo hasta que caía la oscuridad. Entonces regresaba a su casa y se iba a la cama para ahorrar el gasto de la luz. Pero en aquellas solitarias horas de penumbra empezaba a tener extraños sueños. Ya no estaba siempre solo, cuando se sentaba en el tronco de un árbol, donde el sendero cercano tornaba hacia el desfiladero, él estaba seguro que una mujer caminaba por sobre las rocas sin el menor sonido, como si sus pies estuviesen desnudos; y ella se quedaba bajo un grupo de castaños, solamente a una docena de yardas del sendero, y lo llamaba con señas, sin emitir la mínima palabra. A pesar que ella se mantenía en las sombras, él sabía que sus labios eran rojos, y cuando ella le sonrió, mostró dos pequeñas y claras hileras de dientes. Él la reconoció de inmediato, y supo que era Cristina, y que estaba muerta. Aún no experimentaba miedo; él solo se preguntaba si sería un sueño, ya que pensaba si hubiera estado despierto, seguro hubiera tenido miedo.

Aparte, la mujer muerta tenía labios rojos, y esto solo podía suceder en un sueño. Siempre que él pasaba cerca del desfiladero, al anochecer, ella siempre estaba cerca esperándolo, o faltaba muy poco para que aparezca, y él comenzó a pensar que ella se acercaría un poco cada día. Al principio él solo podía estar seguro de sus labios enrojecidos, pero con cada vez que la veía, estaba distinta, y el rostro pálido se le mostraba con unos ojos profundos y ávidos.

Fue que los ojos se volvieron tenues. Poco a poco él iba dándose cuenta que algún día el sueño no terminaría cuando volviera a su casa, sino que continuaría cuando fuera abajo, hacia el desfiladero, desde donde provenía la visión. Ella estaba cerca ahora cuando le hacía señas. Sus mejillas tenían la lividez de la muerte, y tenían la palidez de la inanición, con la furia y la sed no satisfecha de sus ojos que le devoraban. Ella le había hechizado, y al final estaba demasiado cerca suyo. Él no podía decir si su respiración era ígnea como el fuego o fría como el hielo; tampoco podía decir si sus rojos labios ardían o estaban helados; o si sus cinco dedos de su mano eran brasas o quemaban su piel como la escarcha; no podía distinguir si estaba dormido o despierto, ni tampoco si ella estaba viva o muerta. Pero él sabía que la amaba, ella solitaria de todas las criaturas, de esto o del otro mundo, y su hechizo cayó poderoso sobre él.

Cuando la luna subía a lo alto esa noche, la sombra de esta Cosa no estaba sola sobre el montículo.

Ángelo despertó en la fría mañana, empapado del rocío nocturno y asustado en carne, hueso y sangre propia. Abrió sus ojos hacia la clara luz y vio las estrellas que aún brillaban en el firmamento. Lentamente volvió su cabeza hacia el montículo, pero la otra cara no estaba allí. El miedo lo había paralizado súbitamente, un miedo inenarrable y desconocido; saltó y comenzó a correr hacia arriba para escalar el desfiladero, sin jamás volver a mirar para atrás, hasta tanto hubo alcanzado la puerta de su hogar en las afueras del pueblo. Ese día regresó a su trabajo, y las horas se arrastraron agotadoramente hasta que el sol cayó y se hundió en el mar, y grandes destellos sobre las colinas de Maratea se tornaron púrpuras contra el cielo teñido de gaviotas.

Ángelo cargó en su hombro el pesado azadón y dejó el campo. Se sentía menos cansado ahora que en la mañana cuando comenzó a trabajar, pero se prometió a sí mismo que iría a su casa sin detenerse en el acantilado, y comería la mejor cena que pudiera prepararse, y dormiría toda la noche como cualquier cristiano. No sería tentado de nuevo por la sombra con labios rojos y respiración gélida; no soñaría de nuevo esa pesadilla de terror y placer. Él estaba cerca del pueblo ahora; había pasado media hora desde que el sol se había puesto, y las campanas de la iglesia tronaron con pequeños y discordantes ecos alrededor de las rocas y barrancos para comunicar a toda la buena gente que el día se había cumplido. Ángelo aún permaneció un momento donde la ruta se bifurcaba, donde el izquierdo conducía al pueblo, y el derecho hacia el acantilado, donde un grupo de castaños se levantaba a la vera del sendero. Él se frenó un minuto, acomodando el sombrero sobre su cabeza y mirando fijamente hacia el mar, y sus labios se movieron mientras él silenciosamente recitaba una oración familiar. Sus labios se movían, pero las palabras que siguieron perdían su significado y se convertían en otras, y terminaban en un nombre que él pronunciaba en voz alta: ¡Cristina! Con el nombre, la tensión de su voluntad se relajó súbitamente, la realidad se evaporó y el sueño regresó de nuevo, y como un sonámbulo, bajó, bajó, por el sendero hacia la creciente oscuridad. Y a medida que ella se deslizaba por un lado, susurró extrañas y dulces cosas a su oído, que, si él hubiera estado en vigilia, hubiera sabido que no podría comprenderlas; pero en el estado actual, le parecieron las palabras más maravillosas que había escuchado en toda su vida. Y ella lo besó, pero no sobre su boca. Él sintió sus penetrantes besos bajo su garganta, y sabía que sus labios estaban rojos. Así que el salvaje sueño se aceleró hacia la oscuridad y las penumbras, a través de la pálida luz de luna, y toda la gloria de la noche estival. Pero amanecer se despertó medio muerto, sobre el montículo de allá abajo, recordando y no recordando, falto de sangre, aún extrañamente nostálgico de esos labios rojos. Entonces vino el pavor, el terrorífico pánico innombrable, el horror mortal que guardan los confines del mundo que no vemos, ni que conocemos al igual que las otras cosas, pero que podemos sentir a través de gélidos escalofríos en nuestros huesos y del toque de una fantasmal mano que es capaz de encanecer nuestro cabello. Una vez más Ángelo se levantó del montículo y corrió hacia el desfiladero, bajo las primeras luces del día. Pero sus pasos fueron más inseguros esta vez, y él se detuvo para recuperar el aliento; y cuando se acercó al salto de agua que se yergue a mitad de la colina, se arrodilló y remojó su cara y bebió como el nunca antes había bebido, por que tenía la sed de un hombre herido que había quedado toda la noche desangrándose a la intemperie.

Ella había regresado, y él no podía escapar, pero podría tenerla cada noche al crepúsculo, hasta que ella hubiera drenado la última gota de su sangre. Fue en vano que al final del día él tratara de tomar otro camino y fuera a casa por alguna senda que no lindara con el desfiladero. En vano se prometía cada mañana mientras tenía que trepar por su solitario camino rumbo al hogar. Era en vano, ya que cuando el sol ardiente se hundía en el mar, y el fresco de la noche regresaba, sus pies lo llevaban hacia el viejo camino, y ella le esperaba en las sombras, bajo los castaños; y entonces todo ocurría de nuevo y él volvía a sentir esos besos bajo su garganta mientras ella se movía y revoloteaba a lo largo del camino, enlazando su brazo alrededor suyo. Y a medida que su sangre decrecía, ella estaba más hambrienta y más sedienta cada noche, y cada día cuando él se despertaba en las primeras horas de la mañana, le resultaba más difícil el esfuerzo de trepar las rocas del desfiladero para llegar a su casa; y cuando él llegaba a su trabajo, sus pies y sus brazos se cansaban mucho más rápido del azadón. Él apenas hablaba con los demás, pero la gente decía que ser estaba "autoconsumiendo" por el amor de la chica que iba a desposar y que perdió junto con su herencia; y ellos se reían con tal pensamiento, ya que este no es un país muy romántico. Durante este tiempo, Antonio, el hombre que está aquí para vigilar la torre, regresó de visitar a su gente, cerca de Salerno. Él había estado fuera todo el tiempo, desde antes de la muerte de Alario, y no estaba enterado de todo esto. Él me ha contado que regresó una tarde, casi de noche, y subió a la torre para comer y dormir, ya que estaba muy cansado. Era pasada la medianoche cuando se despertó, y cuando miró que la luna estaba subiendo por la colina, vio hacia el montículo, y observó algo, y no pudo volver a dormir esa noche. Cuando regresó en la mañana, a pleno día, no había nada que ver sobre el montículo, solo piedras y arena. Luego marchó directo por la ruta al pueblo, y fue a la casa del viejo cura.

- He visto una cosa maléfica esta noche -dijo-, he visto como un muerte bebe la sangre de un vivo. Y la sangre es la vida.

- Dime que fue lo que viste -dijo el cura, como réplica.

Antonio le contó todo lo que había visto.

- Usted debe traer su libro y su agua bendita esta noche -añadió-. Estaré ahí antes del atardecer con usted, y si le place cenar conmigo mientras esperamos, estaré listo.

- Iré -respondió el sacerdote-, por lo que he leído en los viejos libros estos extraños seres no están ni vivos ni muertos, descansan en sus tumbas durante el día, y roban la sangre y la vida de los vivos durante la noche.

Antonio no podía leer, pero estuvo feliz de que el cura pudiera comprender todo aquello. Por supuestos estos libros instruían la manera de terminar la existencia de la Cosa no muerta para siempre.

Así que Antonio regresó a su trabajo, que consistía en sentarse en el lado sombrío de la torre, o bien colgarse con una línea de pesca de alguna roca junto al mar. Pero aquel día él marchó dos veces a revisar el montículo, a pleno sol, y estuvo revisando los alrededores, en busca de algún hueco en el que este ser pudiera refugiarse; pero no halló nada. Cuando el sol comenzó a extinguirse y el aire refrescó en las sombras, él fue a llamar al viejo cura, llevando consigo una canasta; en la que pusieron una botella de agua bendita, y todo aquello que el cura pudiera necesitar para su tarea; y ellos bajaron y esperaron en la puerta de la torre, hasta fuera de noche. Pero mientras las últimas luces del día aún se retardaban en desaparecer vieron que algo se movía, justo allá, dos figuras, un hombre que caminaba y una mujer que revoloteaba a su alrededor, mientras su cabeza permanecía sobre los hombros de él, besándole el cuello. El sacerdote, según me contó, también, mientras le castañeteaban los dientes, asió fuertemente del brazo a Antonio. La visión pasaba y desaparecía entre las sombras. Entonces Antonio tomó un envase de licor fuerte, que él guardaba para ocasiones especiales, y se bebió un trago de esos que hacen que un hombre mayor se sienta de nuevo joven, y luego tomó su linterna, y también su pico y pala, y dio al sacerdote su estola y el agua bendita, acto seguido comenzaron a caminar hacia el punto donde habían visto la aparición. Antonio dijo que sus propias rodillas se chocaban entre sí al caminar y el cura se tropezaba en su propio latín. Cuando ellos estaban a un par de yardas del montículo la parpadeante luz de la linterna se movió sobre el rostro pálido de Ángelo, inconsciente, como si estuviera dormido, y sobre su respingado cuello había una muy delgada línea de gotas de sangre que era vertida sobre su cuello; y la luz de la linterna también iluminó sobre otra cara que miraba desde esta fiesta, con dos profundos ojos muertos que veían como a través de la muerte, con labios rojizos como la vida misma, con dos relucientes dientes sobre los que brillaba una gota sonrosada. El cura, viejo buen hombre, cerró sus ojos y exhibió su agua bendita ante él, y su voz rota se tradujo en un grito; y Antonio, quien no se acobardó después de todo, levantó su pico con una mano, teniendo la linterna en la otra, y le saltó encima, sin saber como terminaría; y entonces juró que escuchó el grito de una mujer, y la Cosa se había ido. Ángelo quedó inconsciente sobre el montículo, con la línea roja sobre su cuello, y las gotas de su mortal sudor en su frente. Ellos lo alzaron en brazos, medio muerto como estaba, y lo dejaron cerca de donde estaban; luego Antonio comenzó a trabajar, y el cura ayudó, aunque él era viejo y no podía hacer mucho. Así que cavaron profundo, y a lo último Antonio, estando sobre la tumba, se paró y alumbró con su linterna para mirar lo que podían ver.

Su cabello, que solía ser castaño oscuro, con algunas canas cerca de las sienes, en menos de un mes quedó totalmente gris como un tejón. Él había sido minero cuando joven, y la mayoría de esta gente jamás llegaron a ver algo como lo que él vio esta noche: esta Cosa que permanecería ni sobre ni debajo de la tumba. Antonio había llevado algo con él que el cura no había advertido. Él se había hecho esa misma tarde una afilada estaca tallada de vieja madera de barco, que ahora llevaba con él, además de su pico, cuando bajó a la tumba, alumbrando con su linterna. No puedo imaginar ningún poder sobre la Tierra que pueda traducir en palabras lo que ocurrió entonces, y el viejo cura se asustó al mirar. Él dice que escuchó a Antonio que respiraba como una bestia salvaje, y moviéndose como si estuviera luchando con algo tan fuerte como sí mismo; y también escuchó un maléfico sonido, como si algo hubiera perforado violentamente carne y hueso; el más horroroso sonido de todos, el alarido de una mujer, el sobrenatural aullido de una mujer ni viva ni muerta, pero enterrada en lo profundo durante muchos días. Y él, el pobre viejo cura, pudo únicamente caer y arrodillarse en la arena, vociferando sus oraciones y exorcismos en voz alta para ahogar esos sonidos desgarradores. Entonces, súbitamente, un pequeño arcón de metal cayó cerca de donde estaba arrodillado, siendo iluminado por la luz de la linterna, y al siguiente momento Antonio estaba detrás de él, con su cara tan pálida como sebo, empujando la arena y grava dentro de la tumba, con furia, y mirando por sobre el borde hasta que el foso estuvo medio lleno; y el cura dijo que había mucha más sangre fresca en las manos de Antonio y en sus ropas.

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Aquí es donde termina mi historia. Holger terminó su vino y se reclinó en su silla.

- Entonces Ángelo tuvo lo suyo de nuevo -dijo-, ¿se casó con la chica que estaba prometida?

- No, él quedó aterrorizado, y se fue a Sud América, y no volví a tener noticias desde entonces.

- Y este pobre cadáver está aún allí, supongo -dijo Holger-. ¿Sigue muerto aún?, me pregunto.

Me lo pregunto también, pero si está muerto o vivo, debo tener cuidado de verlo, aún a plena luz del día. Antonio está canoso como un tejón, y él nunca ha sido el mismo desde aquella noche.