En su pequeña choza, ante el gran río cuya
corriente se había acaudalado por una fuerte lluvia y que desbordaba sus
riberas, estaba el viejo barquero descansando y durmiendo, rendido por las
labores del día. Le despertaron fuertes voces en medio de la noche; escuchó que
unos viajeros querían ser trasladados.
Al salir delante de la puerta vio dos
grandes fuegos fatuos flotando encima del bote amarrado y le aseguraron que se
hallaban en los más grandes apuros y que estaban deseosos de verse ya en la
otra orilla. El anciano no se demoró en hacerse al agua y navegó con su
destreza acostumbrada a través del río mientras los forasteros siseaban entre
sí en un lenguaje desconocido y sumamente ágil, y estallaban, de vez en cuando,
en fuertes carcajadas saltando por momentos en los bordes o en el fondo de la
barca.
–¡Se balancea el bote! –exclamó el viejo–.
Si estáis tan inquietos puede volcarse. ¡Sentaos, fuegos fatuos!
Estallaron en grandes carcajadas ante esta
advertencia, se mofaron del anciano y se pusieron más inquietos que antes. Este
soportó con paciencia sus malas maneras y, en poco tiempo, arribó a la otra
orilla.
–¡Aquí tenéis! ¡Por vuestro esfuerzo!
–exclamaron los viajeros y, al sacudirse, cayeron muchas y resplandecientes
piezas de oro dentro de la húmeda barca.
–¡Santo cielo! ¿Qué hacéis? –exclamó el
viejo–. Me exponéis al más grande apuro! Sí una de estas piezas hubiera caído
en el agua, el río, que no soporta este metal, se hubiera levantado en
terribles olas devorándonos al bote y a mí, ¡y quién sabe cómo os hubiera ido!
¡Tomad de nuevo vuestro dinero!
–No podemos tomar nada de lo que nos hemos
desprendido –respondieron ellos.
–Entonces, encima me dais el trabajo de
tener que recogerlas y llevarlas a enterrar bajo tierra –dijo el viejo,
inclinándose para recoger las piezas de oro dentro de su gorra.
Los fuegos fatuos habían saltado del bote
cuando el viejo exclamó:
–¿Y dónde queda mi paga?
–¡Quien no acepta oro tal vez quiera
trabajar gratis! –exclamaron los fuegos fatuos.
–Tenéis que saber que a mí sólo se me
puede pagar con frutos de la Tierra.
–¿Con frutos de la Tierra? Los detestamos
y nunca los hemos disfrutado.
–Y sin embargo no os puedo soltar hasta
que me hayáis prometido traerme tres coles, tres alcachofas y tres grandes
cebollas.
Los fuegos fatuos hicieron por escurrirse en medio
de bromas pero se sintieron atados al suelo de manera incomprensible; era la
sensación más desagradable que jamás habían sentido. Prometieron satisfacer en
poco tiempo la demanda del anciano; éste los despachó y partió. Ya se
encontraba muy lejos cuando a sus espaldas le gritaron:
–¡Viejo! ¡Escuchad, viejo! ¡Hemos olvidado
lo más importante!
Ya se había alejado y no los escuchaba. Se
dejó llevar río abajo por el lado de esa misma orilla, donde decidió enterrar
el peligroso y bello metal; era una región montañosa donde el agua nunca podía
llegar. Allí, entre altos picachos, encontró un profundo abismo, donde arrojó
el oro, y se volvió a su choza.
En ese precipicio estaba la hermosa
serpiente verde, que se despertó a causa del tintineo de las monedas
despeñadas. Apenas vio las doradas obleas, las devoró de inmediato con gran
avidez y buscó con mucho cuidado todas las piezas que se habían esparcido entre
la maleza y las grietas rocosas.
En cuanto las hubo devorado sintió, con el
mayor agrado, fundirse el oro en sus intestinos y expandirse a través de todo
su cuerpo; notó, para su mayor alegría, que se había vuelto transparente y
luminosa.
Desde mucho tiempo atrás le habían asegurado que era posible este
fenómeno; pero como ella recelaba de que esta luz perdurase mucho tiempo, la
curiosidad y el deseo de asegurarse para el futuro la impulsaron a salir de la
caverna a fin de investigar quién había arrojado en su interior el hermoso oro.
No encontró a nadie.
Tanto más agradable sentía de admirarse ella misma y a su
graciosa luz que diseminaba a través del verde fresco mientras se arrastraba
entre hierbas y matorrales. Todas las hojas parecían de esmeralda, todas las
flores aureoladas de la manera más esplendorosa. En vano recorrió la solitaria
y yerma tierra; pero tanto más creció su esperanza cuando llegó a una planicie
y vio en lontananza un resplandor semejante al suyo.
–¡Por fin encuentro a alguien igual a mí!
–exclamó, apresurándose a llegar a ese sitio.
No reparó en las fatigas que el
arrastrarse a través de pantanos y cañaverales le causaba, pues a pesar de que
prefería vivir en los prados secos de los montes y entre las altas grietas de
las rocas, en las que disfrutaba de las hierbas aromáticas y solía calmar la
sed con tierno rocío y agua fresca de las fuentes, habría hecho todo lo que uno
le hubiera impuesto por el amado oro, así de hechizada estaba por retener el
hermoso resplandor.
Extenuada, llegó por fin a un húmedo
juncal, donde nuestros dos fuegos fatuos se entretenían en juegos. Se dirigió
rápidamente hacia ambos, los saludó celebrando encontrar caballeros de su
parentela tan agradables. Los fuegos fatuos se aproximaron, saltaron por encima
de ella y se rieron a su modo.
–Señora Mume –dijeron ellos–, aunque vos
seáis de la línea horizontal, eso no significa nada entre nosotros; se
comprende que somos parientes por lo que toca al resplandor, pues vea nada más
–y en eso ambos fuegos se alargaron tanto como su volumen se lo permitió–: ¡qué
bien nos sienta a los caballeros de la línea vertical esta esbelta longitud! No
se enfade con nosotros, amiga mía, ¿qué familia puede vanagloriarse de esto?
Desde que existen fuegos fatuos, ninguno ha estado sentado o acostado.
La serpiente se sentía muy incómoda en presencia de
estos parientes; pues por más esfuerzos que hiciera al querer levantar la
cabeza más alto, sentía sin embargo que tenía que bajarla de nuevo hacia el
suelo para poder impulsarse; y cuanto más se había complacido consigo misma
entre la obscura floresta, tanto más parecía disminuir a cada momento su
resplandor en presencia de estos parientes, e incluso temía que al final se extinguiera del todo.
En medio de tal turbación preguntó
rápidamente si los caballeros no le podían dar noticia de dónde venía el
reluciente oro que hacía poco había caído dentro de la cueva; suponía que
hubiese sido una lluvia áurea que manara directamente del cielo. Los fuegos
fatuos se sacudieron de risa y una gran cantidad de monedas de oro saltó en
torno suyo. La serpiente se abalanzó sobre ellas para devorarlas.
–Que os aproveche, señora Mume –dijeron
los gentiles caballeros–. Aun podemos servirla con más.
Se sacudieron varias veces más con gran
destreza, de manera que la serpiente no podía tragar más rápido el preciado
alimento. Comenzó a aumentar visiblemente su esplendor y, en verdad, destellaba
incomparablemente hermosa mientras los fuegos fatuos iban volviéndose magros y
pequeños aunque sin perder la más leve pizca de su buen humor.
–Os agradezco eternamente –dijo la
serpiente, al haberse recobrado después de su comida–. ¡Exigid de mí lo que
queráis! Os concederé lo que esté a mi alcance.
–¡Muy bien! –exclamaron los fuegos
fatuos–. Dinos dónde habita la bella Azucena. ¡Llévanos lo antes posible al
palacio y a los jardines de la hermosa Azucena! Morimos de impaciencia por
postrarnos ante ella.
–Ese servicio –replicó la serpiente con un
profundo suspiro– no os lo puedo conceder de inmediato. Por desgracia, la bella
Azucena vive más allá del agua.
–¿Más allá del agua? ¡Y nosotros que nos
dejamos transportar en esta noche tan tormentosa! ¡Qué cruel es el río que
ahora nos separa! ¿No sería posible llamar otra vez al viejo?
–Os esforzarían en vano –dijo la
serpiente–. Pues aunque vosotros lo encontrarán de este lado del agua no os
llevaría; puede traer a esta orilla a todo aquel que lo quiera, pero no le está
permitido llevar a nadie hacia allá.
–¡Mal estamos, pues! ¿No hay otro medio
para trasponer el agua?
–Hay algunos otros más, sólo que no en
este momento. Y yo misma puedo transportar a los caballeros pero únicamente al
mediodía.
–Esa es una hora en la que no nos gusta
viajar.
–Entonces podréis transbordar al anochecer
sobre la sombra del gigante.
–¿Cómo puede ser eso?
–El gran gigante, que vive no lejos de
aquí, tiene impedido hacer nada con su cuerpo; sus manos no levantan una sola
paja, sus hombros no llevarían ningún leño. Por eso es más poderoso al
levantarse y ponerse el Sol, y así, basta sólo con sentarse en la nuca de su
sombra al caer la noche: entonces el gigante se acerca suavemente a la orilla y
su sombra conduce al viajero a través del agua.
Pero si quieren llegar a aquel
rincón del bosque a la hora del mediodía, donde la maleza se une con las aguas
del río, entonces puedo yo transportarlos y presentarlos con la hermosa Azucena;
por el contrario, si temen al calor del mediodía entonces sólo podrán recurrir al gigante, quien, en aquel acantilado, hacia el anochecer,
seguramente se mostrará muy obsequioso de servirlos.
Con leve inclinación, los jóvenes
caballeros se alejaron y la serpiente estuvo contenta de deshacerse de ellos,
en parte por deleitarse con su propio resplandor, en parte por satisfacer su
curiosidad que desde hacía mucho tiempo la torturaba.
En medio de los rocosos abismos, en los
que a menudo se arrastraba de uno a otro lado, había hecho un extraño
descubrimiento. Pues aunque estaba obligada a moverse por estos abismos sin luz
alguna, podía distinguir a través de su piel los objetos.
Estaba acostumbrada a
encontrarse en todas partes únicamente presencias irregulares de la Naturaleza;
ora se enroscaba entre las aristas de grandes cristales, ora se sentía sobre
las puntas de macizos de plata y sacaba una u otra piedra preciosa a la luz del
día.
Pero, para su grande asombro, percibió algunos objetos dentro de la
caverna cerrada que hacían ver la mano activa del hombre. Muros lisos por los
cuales ella no era capaz de trepar, regulares y agudas esquinas, columnas bien
talladas y, lo que le pareció más extraño de todo, figuras humanas por entre
las cuales se había enroscado varias veces y que hubo de definir como de cobre
o de mármol extremadamente bien pulimentadas.
Deseaba resumir todas estas
experiencias a través de la vista, y aquello que ella solamente suponía, quería
comprobarlo. Se creyó capaz de infundir luz por sí misma a esta maravillosa
bóveda subterránea, y esperaba de una vez poder hacerse del completo
conocimiento de esos extraños objetos. Se apresuró y, sin tardanza, halló en su
acostumbrado camino la grieta por entre la cual ella solía introducirse al
sagrado recinto.
Al encontrarse en aquel sitio, se dio
vuelta con curiosidad y, pese a que su resplandor no podía iluminar todos los
objetos de la rotonda, los más próximos se le destacaron suficientemente
claros. Con admiración y respeto, miró hacia lo alto de un brillante nicho en
que se hallaba colocada la imagen de un venerable rey del más puro oro.
Según
la medida, la imagen era de humanas proporciones pero, según la figura,
correspondía a la de una persona más bien pequeña. Su bien formado cuerpo se
hallaba cubierto con un sencillo manto y una corona de encinas circundaba su
cabello.
Apenas la serpiente hubo visto la imagen
venerable cuando el rey empezó a hablar y preguntó:
–¿De dónde vienes?
–De los abismos en los que reposa el oro
–respondió la serpiente.
–¿Qué es más precioso que el oro?
–preguntó el rey.
–La luz –contestó la serpiente.
–¿Qué es más reconfortante que la luz?
–preguntó aquél.
–La conversación –respondió ésta.
Durante estas palabras había mirado de reojo y
visto en el nicho inmediato otra imagen preciosa. Representaba, sentado, a un
rey de plata cuya figura era alta y más bien esbelta; su cuerpo estaba
revestido por una adornada vestimenta: corona, cinturón y cetro guarnecidos con
piedras preciosas.
Su rostro poseía la donosura del orgullo y parecía querer
hablar cuando en el muro marmóreo se dibujó una obscura veta que de pronto se
aclaró y difundió una agradable luz por todo el templo.
Bajo esta luz, la serpiente
distinguió al tercer rey, que, hecho de cobre, estaba sentado con su imponente
cuerpo, apoyado en su basto, ornado con una corona de laurel, con el aspecto
más de una roca que de un hombre. La serpiente quiso darse vuelta para
encontrar al cuarto rey, que estaba a mayor distancia, pero mientras tanto el
muro se abrió y la veta iluminada centelleó como un rayo y desapareció.
Se presentó un hombre de mediana estatura
que atrajo la atención de la serpiente. Iba vestido como un labriego y llevaba
en su mano una pequeña lámpara ante cuyas llamas silenciosas uno miraba con
gusto; iluminaba de manera singular, sin sombra alguna, todo el cimborio.
–¿Por qué vienes si ya tenemos luz?
–Vuestra majestad: sabéis que no me es
permitido alumbrar lo obscuro.
–¿Llega a su fin mi reinado? –preguntó el
rey de plata.
–Tarde o nunca –replicó el viejo.
Con voz enérgica, el rey de cobre comenzó
a preguntar:
–¿Cuándo me levantaré?
–Pronto –replicó el viejo.
–¿Con quién debo aliarme?
–Con tus hermanos mayores –dijo el viejo.
–¿Qué será del más joven? –preguntó el
rey.
–Se sentará –dijo el viejo.
–No estoy cansado –exclamó el cuarto rey
con una voz ronca y tartamudeante.
Mientras aquéllos hablaban, la serpiente
se había movido silenciosamente en el interior del templo, había contemplado
todo y en ese momento observaba de cerca al cuarto rey. Este estaba erecto,
apoyado en una columna, y su considerable corpulencia era más bien pesada que
hermosa.
Mas el metal en que estaba fundido no podía distinguirse fácilmente.
Bien considerado, era una mezcla de los tres metales de que estaban hechos sus
hermanos. Pero estas materias parecían no haberse fusionado bien; vetas de oro y
plata corrían irregularmente a través de una masa de cobre, dando a la imagen
un aspecto desagradable.
Mientras tanto, el rey de oro se dirigió
al hombre:
–¿Cuántos secretos sabes?
–Tres –replicó el viejo.
–¿Cuál es el más importante? –preguntó el
rey de plata.
–El que es revelado –replicó el viejo.
–¿Nos lo quieres también hacer saber?
–preguntó el rey de cobre.
–En cuanto sepa el cuarto –dijo el viejo.
–¡Qué me importa! –murmuró para sí mismo
el rey mixto.
–Yo sé el cuarto –dijo la serpiente, que
se acercó al anciano y le siseó algo al oído.
–¡Ya es tiempo! –exclamó el anciano con
poderosa voz.
El templo resonó, retemblaron las estatuas
de metal y, en ese momento, el anciano se perdió hacia el poniente y la sierpe
hacia el oriente, cada uno recorriendo los abismos rocosos con gran prisa.
Todos los pasillos que el viejo atravesó,
en un instante se volvían de oro pues su lámpara tenía la maravillosa propiedad
de convertir en oro todas las piedras, toda la madera en plata, los animales
muertos en gemas, así como de aniquilar todos los metales. Para lograr este
efecto, dicha lámpara tenía que iluminar ella sola; si había otra luz a su lado
sólo producía un bello y claro resplandor, y todo lo vivo se recreaba a cada
momento gracias a ella.
El viejo entró a su choza, que estaba
construida al pie de la montaña, y halló a su mujer en la más profunda
aflicción. Estaba sentada junto al fuego y lloraba sin poder consolarse.
–¡Qué desdichada soy! –exclamó–. No te
hubiera dejado salir este día.
–¿Qué pasa, pues?
–Apenas te fuiste –dijo la anciana entre
sollozos– dos impetuosos viajeros llegaron a la puerta; desprevenida, los dejé
entrar, parecían ser dos atentas y honradas personas. Estaban vestidos con
ligeras llamas, podían haberse confundido con unos fuegos fatuos. Apenas
estuvieron en casa, comenzaron a adularme con palabras tan desvergonzadas y se
volvieron tan impertinentes que hasta me avergüenzo de pensar en ello.
–Bueno –replicó el hombre, sonriendo–, es
probable que los señores habrán bromeado; pues, mirando tu edad, seguramente
todo habrá quedado en una elemental cortesía.
–¡Cuál edad! –exclamó la mujer–. ¿Debo
siempre oír hablar de mi edad? ¿Qué edad tengo yo? ¡Elemental cortesía! Pues yo
sé lo que sé. Y sólo voltea a ver cómo están las paredes, sólo mira las viejas
piedras que no he visto desde hace cien años; lamieron todo el oro, no hubieras
dado crédito a su habilidad, y en todo momento aseguraban que sabía mucho mejor
que el oro corriente.
En cuanto limpiaron todas las paredes, parecieron estar
de muchos ánimos y, ciertamente, en poco tiempo se pusieron mucho más grandes,
anchos y relucientes. Entonces empezaron otra vez con su petulancia, me
acariciaron, me llamaron su reina, se sacudieron y una gran cantidad de monedas
de oro saltó alrededor suyo.
Todavía puedes ver cómo relucen algunas debajo del
banco. ¡Pero qué desgracia! Nuestro perrito comió algunas de ellas y aquí lo
tienes muerto al pobre, debajo de la chimenea. ¡Pobrecillo mi animal! No puedo
consolarme. Lo vi después de que se habían ido, pues de lo contrario no les
hubiera prometido pagar su deuda con el barquero.
–¿Qué es lo que debes?
–Tres coles, tres alcachofas y tres
cebollas. Les prometí llevar las cosas al río, al amanecer.
–Puedes hacerles el favor –dijo el
anciano–, pues en algún momento ellos nos servirán a nosotros.
–Si nos van a servir no lo sé, pero yo les
hice la promesa.
Mientras tanto, el fuego de la chimenea se había
apagado, el anciano cubrió con mucha ceniza las brasas, apartó las relucientes
piezas de oro y, al momento, su lamparita iluminaba otra vez con el más hermoso
esplendor, los muros de la casa se cubrieron de oro y el perrito se transformó en el ónix más
bello que podía uno imaginar. La variación entre el color marrón y negro de la
piedra preciosa hacía de ella una obra de arte rarísima.
–Toma tu cesto –dijo el viejo– y coloca
dentro el ónix; toma después las tres coles, las tres alcachofas y las tres
cebollas, ponlas alrededor y llévalo todo al río. Hacia el mediodía hazte
transportar por la serpiente, visita a la hermosa Azucena y ¡llévale el ónix!
Ella lo revivirá con su tacto al igual que por lo mismo mata todo lo vivo. En
él tendrá un fiel compañero. Dile que no esté triste, que su salvación está
cerca, que la desgracia más grande puede considerarla como la más grande
fortuna, pues ya es el tiempo.
La vieja preparó su cesto y se puso en
camino al amanecer. El Sol naciente brillaba con claridad desde el otro lado
del río, cuyas aguas resplandecían a lo lejos; la mujer caminó con paso lento
ya que el cesto le oprimía la cabeza y, sin embargo, no era el ónix lo que la
fatigaba. Lo muerto que sobre sí llevaba no lo sentía, pues le permitía
levantar su cesto hacia lo alto y flotar sobre su cabeza.
Pero cargar una
fresca legumbre o un pequeño animal vivo le era sumamente pesado. Hubo de
caminar malhumorada un trecho, cuando, asustada de pronto, se paró en seco pues
estuvo a punto de pisar la sombra del gigante, que se extendía a través del
llano hacia donde ella se encontraba. Y sólo hasta ese momento hubo de ver al
descomunal gigante, que se había bañado en el río, salido del agua, sin que
ella supiera cómo apartarse.
En cuanto él la advirtió, comenzó entre bromas a
saludarla y las manos de su sombra alcanzaron el cesto. Con desenvoltura y
agilidad tomaron una col, una alcachofa y una cebolla y las llevaron a su boca,
después de lo cual el gigante caminó río arriba dejando libre el camino a la
mujer.
Pensó si no sería mejor regresar y
substituir con las de su jardín las piezas que faltaban, y mientras tanto
continuó su camino en medio de estas dudas de manera que pronto llegó al borde
del río. Estuvo largo tiempo en espera del barquero, a quien finalmente vio en
compañía de un extraño viajero. Un hombre joven, noble y hermoso al que no se
cansaba de ver descendió de la barca.
–¿Qué traéis? –clamó el anciano.
–Son las legumbres que los fuegos fatuos
os deben –replicó la mujer, mostrándole su mercancía.
Cuando el viejo observó dos de cada uno de
los géneros se puso de mal humor y aseveró que no podía aceptarlos. La mujer le
rogó encarecidamente que las aceptara, le contó que en ese momento no le era
posible volver a casa y que la carga le sería muy pesada en el camino que tenía
por delante. El barquero insistió en su desdeñosa respuesta asegurándole que ni
siquiera dependía de él.
–Lo que me corresponde a mí tengo que
reunirlo durante nueve horas y no puedo aceptar nada mientras no hayáis
tributado al río la tercera parte.
Después de mucho discutir, respondió por
fin el viejo:
–Hay todavía un medio. Si os ofrecéis como
garante ante el río y os confesáis como deudora, entonces acepto las seis
piezas. Pero existe algún peligro.
–¿Pero si cumplo con mi palabra no corro
ningún peligro?
–No, el más mínimo. Meted vuestra mano en
el río –continuó el viejo– y prometed que queréis pagar la deuda antes de que
transcurran veinticuatro horas.
La anciana lo hizo así. ¡Pero cómo se
asustó al sacar su mano del agua, negra como carbón! Increpó vehementemente al
anciano asegurando que sus manos habían sido siempre lo más hermoso en ella y
que, a pesar del trabajo duro, ella había sabido mantener estos nobles miembros
blancos y gráciles. Miró su mano con enorme disgusto y exclamó, con
desesperación:
–¡Esto es aun peor! Yo veo que además se
encoge, está mucho más pequeña que la otra.
–Ahora sólo lo parece –dijo el viejo–.
Pero si vos no cumplís vuestra palabra, puede volverse realidad. La mano
encogerá poco a poco y finalmente desaparecerá del todo sin que os veáis
impedida de su uso. Podréis realizar cualquier cosa con ella, sólo que nadie la
podrá ver.
–Preferiría verme impedida de su utilidad
con tal de que no desapareciese –dijo la vieja–. Por ahora esto no significa
nada. Mantendré mi palabra para verme librada de esta negra piel y de mi
preocupación.
Tomó el cesto con premura y lo sostuvo
encima de su coronilla dejándolo flotar libremente en el aire y, a la carrera,
siguió detrás del joven, quien caminaba pensativo y sin prisa. Su apuesta
figura y su extraña vestimenta habían impresionado profundamente a la anciana.
Su pecho estaba cubierto con una
reluciente coraza bajo la cual todas las partes de su hermoso cuerpo se movían.
De sus hombros colgaba un manto purpúreo, en su cabeza descubierta ondeaba un
cabello castaño de hermosos rizos; su rostro encantador estaba expuesto a los
rayos del Sol al igual que sus bien proporcionados pies.
Con desnuda planta
caminó relajadamente sobre la quemante arena y un profundo dolor parecía
insensibilizarlo ante toda impresión externa. La anciana intentó atraerlo
locuazmente a su conversación, pero él tan sólo le respondió con escasas
palabras, de manera que finalmente, no obstante sus bellos ojos, ella se dio
por vencida de dirigirle siempre la palabra y se despidió de él diciendo:
–Vais demasiado lento, mi señor. No puedo
entretenerme antes de cruzar el río con la ayuda de la serpiente verde para
llevarle a la hermosa Azucena el exquisito regalo que mi marido le envía.
Con estas palabras se alejó
presurosamente, y con la misma prisa el joven se animó a seguirla.
–¡Vais con la hermosa Azucena! –exclamó
él–. Entonces llevamos el mismo camino. ¿Qué regalo es el que lleváis con vos?
–Señor mío –contestó la señora, algo
cambiada–, no es justo que después de que vos rechazárais mis preguntas tan
secamente, interroguéis ahora con tanta vivacidad por mis secretos. Si de otro
modo queréis aceptar un intercambio y contarme vuestras aventuras, entonces no
ocultaré cuál es mi situación ni qué clase de regalo es el mío.
Pronto se entendieron; la mujer le confió
su situación así como la historia del perro y le dejó ver el hermoso regalo.
Al instante, extrajo del cesto la obra de
arte natural y tomó al dogo, que parecía estar durmiendo dulcemente entre sus
brazos.
–¡Qué feliz animal! –exclamó–. Pronto serás tocado
por sus manos, serás revivido por ella mientras que los vivos huyen de ella
para no sufrir un triste destino. ¡Pero ¿por qué digo “triste”? ¿No es mucho más triste y
angustioso ser paralizado ante su presencia que morir al contacto de su mano?
¡Mírame! –dijo a la anciana–. ¡Cuán miserable es la condición que a mi edad
tengo que soportar! Esta coraza que llevé con honor durante la guerra, este
manto purpúreo que intenté merecer a través de un sabio gobierno me los otorgó
el destino, aquélla como una carga inútil y el otro como un adorno
insignificante.
Corona, cetro y espada están perdidos. Por lo demás, estoy tan
desnudo y menesteroso como cualquier hijo de la Tierra, pues tan infelices se
ven sus hermosos ojos azules que a todos los seres vivos les quita sus fuerzas
y todos aquellos a quienes su mano no mata se sienten trasladados a un estado
de errabundas sombras vivas.
Así continuó lamentándose y de ninguna
manera satisfacía la curiosidad de la anciana, que no solamente quería saber
acerca de su estado interior, sino también de su circunstancia externa. No supo
ni el nombre de su padre ni el de su reino.
Acarició al petrificado dogo, al
que los rayos del Sol y el pecho tibio del joven habían dado color como si
estuviera vivo. El joven no dejó de preguntar por el hombre de la lámpara, por
los efectos de la luz sagrada y, en su triste situación, de esto parecía
prometerse mucho para el porvenir.
Mientras avanzaban conversando vieron
brillar bajo el resplandor del Sol, a lo lejos y de la forma más maravillosa,
el majestuoso arco del puente, que se tendía de una orilla a otra. Ambos
quedaron admirados pues jamás habían visto esa construcción bajo un aspecto tan
hermoso.
–¡Cómo! –exclamó el príncipe–. ¿No era ya
suficientemente hermoso ante nuestros ojos, como el jaspe y el prasio, cuando
estaba recién construido? ¿No tiene uno el temor de pisarlo pues parece estar
fundido en la variedad más animada de esmeralda, crisopasio y crisolito?
Ambos ignoraban el cambio que había
adquirido gracias a la serpiente, pues era ésta la que cada mediodía se elevaba
sobre el río en esa audaz forma de puente. Los viajeros posaron su planta con
respeto y, en silencio, caminaron a través de ella.
Apenas hubieron llegado al otro lado, el
puente empezó a balancearse y a moverse, en breve tocó la superficie del agua y
la serpiente verde acompañó en su extraña figura a los viajeros que ya iban por
tierra.
Ninguno de los dos había apenas dado las gracias por pisar su torso
cuando notaron que, además de ellos tres, tenía que haber otras personas entre
el grupo, las cuales, sin embargo, no podían ver con sus propios ojos. A su
lado oyeron un siseo al que la serpiente respondió igualmente con otro siseo;
aguzaron el oído y por fin pudieron entender lo siguiente:
–Investigaremos primero de incógnito en el
jardín de la bella Azucena –dijeron distintas voces– y os rogamos que al
anochecer, cuando estemos presentables, nos llevéis ante la perfecta beldad.
Nos encontraréis en el borde del gran lago.
–Así lo haremos –respondió la serpiente y
un siseante sonido se perdió en el aire.
Nuestros tres viajeros se consultaron
entonces en qué orden querían presentarse ante la beldad; pues aunque podía
estar rodeada de varias personas. éstas sólo podían presentarse ante ella por
separado y retirarse ya que, de otro modo, se verían sometidas a intensos
dolores.
La mujer, con el perro transformado dentro del
cesto, se acercó primeramente al jardín y buscó a su protectora, quien era
fácil de encontrar pues en esos momentos cantaba acompañándose con una lira.
Los suaves tonos se manifestaron primero como anillos sobre la superficie del lago silencioso, después
como un ligero vientecillo que puso en movimiento abrojos y matorrales.
(CONTINUARA...)