Bob fue abandonado de bebé ante una boutique de belleza. Su avispada madre era morena, pero se había vuelto rubia en la boutique, y estuvo tan embobada por su vibrante brillantez que borró a Bob de la cabeza. Cuando le volvió a la memoria publicó un boletín de aviso («Se busca bebé. Avise si lo ve»), pero en balde: nadie lo había visto.
Bob lloró hasta volverse verde de arriba abajo, pero no vino nadie a buscarlo.
Al lado de la boutique de belleza había un descampado vacío y abandonado lleno de arbustos, violetas y bancos. En él vivían muchos perros, que jugaban a rebotar balones y escarbaban en el barro. Un bóxer, un beagle y un borzoi oyeron los berridos de Bob.
—¿Es un caballo? —aventuró el bóxer, que no paraba de hablar.
—No, es un bípedo —bromeó el beagle—. Será un búho.
—¡No es un búho, es un bebé! ¡No está bien abandonarlos! —balbució el borzoi—. ¡Seamos benevolentes!
El bóxer, el beagle y el borzoi rebuscaron víveres y viandas en la basura. Llevaron al bebé biberones, botellas, baberos, botitas y ropa de abrigo. Y así vivieron, y Bob fue evolucionando, mientras seguían sirviéndole bananas, uvas, garbanzos de bote y verduras y brócoli (con el brócoli a Bob le venían ganas de vomitar).
Bob y los perros abandonados se volvieron buenos amigos. En las plantas bajas de las viviendas buscaron balones, bolas de bádminton, pantalones vaqueros y libros, y también bollos, bananas y verdes berenjenas. Bombardeado por tan abundantes botines, Bob creció sin barreras.
Pero Bob también era muy vergonzoso. No se creía bebé sino un verdadero perro. Ladraba y ladraba cuando lo importunaban. No podía ver a barberos, vendedores o vinateros mientras buscaba bocadillos bajo los arbustos; les daba violentos bocados al verlos venir.
—Bob es un bebé —abogó el borzoi—. No debe vivir aquí.
—Vigilaremos que no vuelva —vaticinó el bóxer.
—Pues bueno —vociferó el beagle.
Pero los tres canes vacilaron. En verdad no sabían cómo bregar con el bebé.
Cerca de Bob vivía la desdichada Dorinda. Sus dos padres habían desaparecido en un deleznable desastre cuando ella tenía dos meses y doce días, y la dieron a familiares distantes.
Dorinda era adorable, dicharachera y con una gracia desbordante. Pero, aunque sus familiares distantes nadaban en dinero y divisas y derrochaban en diamantes, eran sin duda despreciables. No dedicaban ni un duro a Dorinda.
—Dorinda es idiota —declararon—. Es distraída y descontrolada y no tiene nada en el tejado. ¡Desdichada Dorinda!
De vestir le daban prendas descartadas. Dormía al descubierto con un edredón, rodeada de desechos que daban diferentes enfermedades como la difteria. Durante todo el día le daba al mocho, desinfectaba sin descanso, y después debía dispensar daiquiris en una destartalada discoteca. Comía dónuts deformes, desagradables dados de dorada pasados, dátiles deplorables y mandarinas descartadas, deficientes en vitamina D. Era un desastre.
Dorinda estaba deprimida.
—¡Malditos deberes! —desesperaba—. ¡Detesto a mis familiares distantes! ¡No me cuidan adecuadamente! ¡Debo disponer de una educación decente!
Un desolado día de diciembre, Dorinda lo dejó todo. Guardó dos dónuts deplorables, doce mandarinas descartadas y diversos desinfectantes en un fardo descolorido.
—¡Desafío a la duda! —declaró—. ¡El destino, por dramático que sea, no me derrotará! ¡Desprecio la desesperación!
Dorinda la Desdichada andaba bajo el diluvio con su fardo descolorido, y al dar con el descampado de Bob el Vergonzoso oyó un berrido y vio que dos brillantes ojos la observaban bajo un arbusto. No se trataba de un perro; más bien era un bebé.
—Estoy desahuciada —le dijo Dorinda—. ¿Me dejas dormir en tu domicilio? —No estaba del todo decidida: un bebé que berrea podía darle un bocado… pero estaba empapada y no le importó nada.
Bob berreó de nuevo.
Dorinda decidió dedicarse a educar a Bob y darle lecciones de dicción y declamación. El bóxer, el beagle y el borzoi, de acuerdo, dieron su bendición. Volvieron a la librería y birlaron un diccionario para Dorinda y Bob. Los dos le dedicaron días y días. A veces Bob quedaba descorazonado, pero pronto pasó de menos a más difícil: de «dar» y «dado» y «bar» y «ver» a «dirigible» y «balístico». —¡Cómo avanza Bob! —bramó el bóxer.
Bob estaba embelesado.
En el jardín botánico de al lado había un búfalo, colocado por un burócrata bobalicón que abusaba de sus privilegios.
Un día el búfalo destrozó una barrera en el jardín botánico de al lado y visitó el descampado.
—¡Vaya, vaya, un visitante! ¿Será un búfalo o un bisonte? —se maravillaron los barberos, los vendedores y los vinateros que vinieron a toda velocidad a verlo.
El búfalo levantó volutas de polvo, destrozó dalias y centros de día entre los bocinazos de los vehículos y los abucheos de los vecinos.
—¡Bob! ¡Bob! ¡Debemos decir algo! —alegó Dorinda.
—Los búfalos no me van —observó Bob—. Son violentos y desbocados. Y si lo ven, los barberos, vendedores y vinateros me verán a mí también. Soy vergonzoso y prefiero vivir al abrigo de los arbustos sin ser observado.
—¡Basta de vergüenza! —declaró Dorinda—. ¡Démonos al deber!
Dorinda distrajo al búfalo con sus danzas y sus desinfectantes. También Bob fue valiente: se abalanzó sobre el búfalo y le berreó hasta que este bramó: «¡Basta!».
—Abrevia las bravatas, búfalo, y no desconfíes; no te dejaremos de lado ni te decepcionaremos —le dijeron al búfalo el bóxer, el beagle y el borzoi—. Sabemos que tu dolor se debe a un burócrata bobalicón que abusó de sus privilegios.
El búfalo, bilingüe, vio que las bestias venían con buena intención y se volvió benigno y bonachón. Tras devorar unos dátiles duros y dos dónuts deplorables, se despidió y se dirigió a Dallas, de donde había venido.
—Ya no eres Bob el Vergonzoso —declaró Dorinda—. ¡Desde ahora eres Bob el Valiente!
—Y tú ya no eres Dorinda la Desdichada sino Dorinda la Decidida —dijo Bob.
—Veremos nuestros bustos en la televisión —vaticinó el bóxer, atrevido.
Y, bueno, así sucedió.
Después, los padres desaparecidos de Dorinda, de vuelta del dichoso desastre que los distrajo durante docenas de días, la vieron en los diarios digitales y la distinguieron por su desbordante gracia.
Los desmanes de los deplorables familiares distantes de Dorinda quedaron al descubierto. Huyeron disfrazados y dedicaron sus días a desplazarse de uno a otro lado con identidades inventadas.
Y la avispada madre de Bob, que abandonó el cabello rubio y lamentaba sus veleidades en la boutique de belleza, vio la biografía de su hijo en un vídeo viral.
—¡Tiene que ser Bob, mi bebé! —balbució avergonzada, y pidió a Bob que la absolviera de haberlo abandonado. El padre de Bob se quedó también aliviado después del disgusto de su desaparición.
Juntos, los cuatro padres compraron un bungaló lleno de balcones, una sala de estar donde se dedicaban a descubrir delicias, y un verdadero jardín trasero donde darse al descanso y al baloncesto, y donde Bob podía volver al abrigo de los arbustos cuando de vez en cuando le daba la vergüenza.
Y así, tanto Bob el Valiente y Dorinda la Decidida, como sus padres y sus benefactores el bóxer, el beagle y el borzoi, vivieron en el bungaló, delirantes de dicha.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Bob el vergonzoso y la desdichada Dorinda - Margaret Atwood
El barón rampante - Italo Calvino
Fue por esa época que, tratando al caballero abogado, Cósimo advirtió algo extraño en su actitud, o mejor dicho, distinto de la normal, fuera más o menos extraño. Como si su aire absorto ya no se debiera a distracción, sino a una idea fija que lo dominaba. Los momentos en que se mostraba locuaz eran ahora más frecuentes, y si antes, insociable como era, nunca ponía los pies en la ciudad, ahora en cambio estaba siempre en el puerto, en los corrillos o sentado en los muelles con los viejos patrones y marineros, comentando las llegadas y las salidas de los bajeles o las fechorías de los piratas.
A cierta distancia de nuestras costas todavía veíanse avanzar los veleros de los piratas de Berbería, fastidiando nuestro comercio. Era una piratería de poca importancia, ya no como en los tiempos en que al toparse con los piratas se acababa esclavo en Túnez o Argel o se perdían nariz y orejas. Ahora, cuando los mahometanos conseguían alcanzar una tartana de Ombrosa, se llevaban la carga: barriles de bacalao, quesos holandeses, balas de algodón, y basta. A veces los nuestros eran más rápidos, se les escapaban, disparaban un tiro de espingarda contra las arboladuras del velero; y los berberiscos respondían escupiendo, con feos ademanes y chillando.
En fin, era una piratería así por las buenas, que aún existía a causa de unos créditos que los pachás de aquellos países pretendían exigir de nuestros negociantes y armadores, ya que —según su parecer— no les habían servido bien unos suministros, o que incluso los habían estafado. Y de este modo trataban de saldar cuentas poco a poco a fuerza de robos, pero al mismo tiempo continuaban las transacciones comerciales, con continuas protestas y discusiones. No había pues interés, ni por una parte ni por otra, en hacerse desaires definitivos; y la navegación estaba llena de inseguridades y riesgos, que nunca, sin embargo, degeneraban en tragedias.
La historia que ahora referiré fue narrada por Cósimo en muchas versiones distintas: me atendré a la más rica en detalles y menos ilógica. Aunque es muy cierto que mi hermano, contando sus aventuras, añadía a su antojo, yo, a falta de otras fuentes, trato siempre de atenerme al pie de la letra a lo que él decía.
Así pues, una vez Cósimo, que al hacer guardia por los incendios había cogido la costumbre de despertarse de noche, vio una luz que bajaba por el valle. La siguió, silencioso por las ramas con sus pasos de gato, y vio a Enea Silvio Carrega que caminaba muy deprisa, con el fez y la cimarra, sosteniendo una linterna.
¿Qué haría dando vueltas a esas horas el caballero abogado, que solía acostarse con las gallinas? Cósimo lo siguió. Tenía cuidado de no hacer ruido, aun sabiendo que su tío, cuando caminaba tan fervorizado, estaba como sordo y veía solo a un palmo de sus narices.
Por caminos y atajos el caballero abogado llegó hasta la orilla del mar, a un trozo de playa pedregosa, y se puso a agitar la linterna. No había luna, en el mar no se conseguía ver nada, salvo el movimiento de la espuma de las olas más próximas. Cósimo estaba sobre un pino, algo lejos de la orilla porque allí al final la vegetación raleaba y ya no era tan fácil llegar por las ramas a todas partes. El caso es que veía perfectamente al viejito con el alto fez en la costa desierta, que agitaba la linterna hacia la oscuridad del mar, y de aquella oscuridad le respondió de pronto otra luz de linterna, cercana, como si la hubiesen encendido entonces, y apareció muy veloz una pequeña embarcación con una vela cuadrada oscura y los remos, distinta de las barcas de aquí, y llegó a la orilla.
A la ondulante luz de las linternas, Cósimo vio hombres con turbante en la cabeza: unos se quedaron en la barca, manteniéndola pegada a la orilla con pequeños golpes de remo; otros bajaron, y llevaban anchos calzones abultados, y relucientes cimitarras enfiladas en la cintura. Cósimo aguzaba ojos y oídos. Su tío y aquellos berberiscos cuchicheaban entre sí, en una lengua que no se entendía, pero que a menudo parecía poderse entender, y que sin duda era la famosa lengua franca. De vez en cuando Cósimo entendía una palabra en nuestra lengua, sobre la que Enea Silvio insistía entremezclándola con otras palabras incomprensibles, y estas palabras nuestras eran nombres de naves, conocidos nombres de tartanas o bergantines pertenecientes a armadores de Ombrosa, o que iban y venían entre nuestro puerto y otros.
¡No había que esforzarse mucho para comprender qué estaba diciendo el caballero! Estaba informando a aquellos piratas de los días de llegada y de salida de las naves de Ombrosa, y de la carga que llevaban, la ruta, las armas que tenían a bordo. Ahora el viejo ya debía haber referido todo lo que sabía porque se volvió y se alejó velozmente, mientras los piratas volvían a subir a la lancha y desaparecían en el mar oscuro. Por la forma tan rápida en que se había desarrollado la conversación se comprendía que debía ser una cosa habitual. ¡Quién sabe cuánto tiempo hacía que las emboscadas berberiscas acontecían siguiendo las informaciones de nuestro tío!
Cósimo se había quedado en el pino, incapaz de separarse de allí, de la playa desierta. Soplaba viento, la ola roía las piedras, el árbol gemía en todas sus junturas y mi hermano entrechocaba los dientes, no por el frío del aire sino por el frío de la triste revelación.
He aquí que aquel viejito tímido y misterioso que nosotros de niños habíamos siempre juzgado desleal y que Cósimo creía haber aprendido poco a poco a apreciar y compadecer, resultaba ser un traidor imperdonable, un hombre ingrato que quería el mal del pueblo que lo había acogido como un desvalido tras una vida de errores... ¿Por qué? ¿Hasta tal punto lo empujaba la nostalgia de aquellas patrias y aquellas gentes donde debía haber sido, por una vez en su vida, feliz? ¿O bien era que incubaba un rencor despiadado contra este país en el que cada bocado debía saberle a humillación? Cósimo se dividía entre el impulso de correr a denunciar los manejos del espía y salvar así las cargas de nuestros negociantes, y el pensamiento del dolor que experimentaría nuestro padre, por ese afecto que inexplicablemente lo ligaba al hermanastro natural. Cósimo se imaginaba la escena: el caballero esposado en medio de los esbirros, entre dos filas de gente de Ombrosa que lo insultaban, y conducido a la plaza, le ponían la soga al cuello, lo ahorcaban... Tras la vela fúnebre a Gian dei Brughi, Cósimo se había jurado a sí mismo que no volvería a estar jamás presente en una ejecución; ¡y ahora le tocaba ser árbitro de la condena a muerte de un allegado!
Durante toda la noche se atormentó con ese pensamiento, y continuó durante todo el día siguiente, pasando furiosamente de una rama a otra, pateando, levantándose con los brazos, dejándose deslizar por los troncos, como siempre hacía cuando era presa de una preocupación. Finalmente, tomó la decisión: escogería un camino intermedio: asustar a los piratas y al tío, a fin de conseguir que interrumpieran su malvada relación sin necesidad de que interviniese la justicia. Se apostaría en aquel pino por la noche, con tres o cuatro fusiles cargados (ya se había hecho con todo un arsenal, para las diferentes necesidades de la caza); cuando el caballero se encontrara con los piratas, empezaría a disparar tiro tras tiro haciendo silbar las balas sobre sus cabezas. Al oír aquellas descargas, piratas y tío escaparían cada uno por su cuenta. Y el caballero, que no era ciertamente un hombre audaz, con la sospecha de haber sido reconocido y con la certeza de que ya se vigilaban aquellas citas de la playa, se guardaría mucho de volver a aproximarse a las tripulaciones mahometanas.
En efecto, Cósimo, con los fusiles apuntados, esperó en el pino un par de noches. Y no pasó nada.
A la tercera noche, aparece el viejito del fez que trotaba tropezando en las piedras de la orilla; tras hacer señales con la linterna fondeaba la barca de los marineros con turbante.
Cósimo estaba preparado con el dedo en el gatillo, pero no disparó. Porque esta vez todo era distinto. Después de una breve conversación, dos de los piratas que estaban en la orilla hicieron una señal a la barca, y los otros empezaron a descargar cosas: barriles, cajas, balas, sacos, damajuanas, angarillas llenas de quesos. No había una sola barca, había muchas, todas cargadas, y una hilera de porteadores con turbante apareció por la playa, precedida por nuestro tío natural que los guiaba con su carrerita vacilante, hasta una gruta entre las peñas. Allí los moros depositaron todas aquellas mercancías, sin duda fruto de sus últimas piraterías.
¿Por qué los traían a la orilla? Fue fácil, después, reconstruir lo ocurrido: como el velero berberisco tenía que echar ancla en uno de nuestros puertos (para algún asunto legal, de los que siempre se producían entre ellos y nosotros en medio de los actos de rapiña), y como tenía que sujetarse al registro aduanero, había que esconder las mercancías robadas en un lugar seguro, para después recogerlas al regreso. Así la nave también habría dado pruebas de que era ajena a los últimos robos y consolidaría las normales relaciones comerciales con el país.
Todos estos manejos se supieron claramente después. De momento Cósimo no se entretuvo en plantearse preguntas. Había un tesoro de piratas escondido en una gruta, los piratas volvían a subir a las barcas y lo dejaban allí: había que apoderarse de él lo más pronto posible. Durante un momento mi hermano pensó en ir a despertar a los comerciantes de Ombrosa que debían de ser los legítimos propietarios de las mercancías. Pero enseguida se acordó de sus amigos carboneros que pasaban hambre en el bosque con sus familias. No lo dudó: corrió por las ramas hacia los lugares donde, en torno a las grises plazuelas de tierra apisonada, los bergamascos dormían en toscas cabañas.
—¡Pronto! ¡Venid todos! ¡He descubierto el tesoro de los piratas!
Bajo las cortinas y el follaje de las cabañas se oyeron resoplidos, toses, maldiciones, y finalmente exclamaciones de asombro, preguntas:
—¿Oro? ¿Plata?
—No lo he visto muy bien... —dijo Cósimo—. ¡Por el olor, diría que hay gran cantidad de bacalao curado y de queso de oveja!
Ante estas palabras, se levantaron todos los hombres del bosque. Quien tenía escopetas cogía escopetas, los demás hachetas, asadores, palas, pero sobre todo se llevaron consigo recipientes para meter las cosas, hasta las deformadas cestas del carbón y los negros sacos. Arrancó una gran procesión —«¡Hurra! ¡Arre!»—, incluso las mujeres bajaban con cestas vacías a la cabeza, y los niños encapuchados con sacos, sosteniendo las antorchas. Cósimo los precedía de pino de bosque en olivo, de olivo en pino marítimo.
Ya estaban a punto de doblar por el espolón de rocas detrás del cual se abría la gruta, cuando en la cima de una retorcida higuera apareció la blanca sombra de un pirata, alzó la cimitarra y aulló la voz de alarma. Cósimo en pocos saltos estuvo en una rama encima de él y le asestó la espada en los riñones, hasta que aquel se echó abajo por el acantilado.
En la gruta había una reunión de jefes piratas. (Cósimo, antes, con el ir y venir de la descarga, no había advertido que se habían quedado allí.) Oyen el grito del centinela, salen y se ven rodeados por aquella horda de hombres y mujeres con el rostro sucio de hollín, encapuchados con sacos y armados de palas. Alzan las cimitarras y se lanzan para abrirse paso. —«¡Hurra! ¡Arre! — ¡Inshallah!»— Comenzó la batalla.
Los carboneros eran más, pero los piratas iban mejor armados. Por lo que sabemos para luchar contra las cimitarras no hay nada mejor que las palas. ¡Dang! ¡Dang!, y aquellas hojas de Marruecos se retiraban todas dentadas. Las escopetas, en cambio, tronaban y humeaban y después nada más. También algunos de los piratas (oficiales, se ve) tenían fusiles muy bonitos en apariencia, todos damascados; pero en la gruta los pedernales habían cogido humedad y no salía el tiro. Los carboneros más despabilados trataban de aturdir a los oficiales piratas con golpes de pala en la cabeza para quitarles sus fusiles. Pero con aquellos turbantes, a los berberiscos cada golpe les llegaba amortiguado como a través de un cojín; era mejor dar rodillazos en el estómago, porque llevaban desnudo el ombligo.
En vista de que lo único que no faltaba eran piedras, los carboneros empezaron a tirar pedradas. Los moros, entonces, a pedradas también. Con las piedras, finalmente, la batalla tomó un aspecto más ordenado, pero como los carboneros tendían a entrar en la gruta, cada vez más atraídos por el olor de bacalao que emanaba de ella, y los berberiscos tendían a escapar hacia la chalupa que había quedado en la orilla, entre las dos partes faltaban grandes razones para enfrentarse.
En cierto momento, por parte bergamasca se produjo un asalto que les abrió la entrada de la gruta. Por parte mahometana aún resistían bajo una granizada de pedradas, cuando vieron que el camino hacia el mar estaba libre. ¿Para qué resistían, pues? Mejor izar la vela e irse.
Alcanzada la navecilla, tres piratas, todos nobles oficiales, soltaron la vela. Con un salto desde un pino próximo a la orilla, Cósimo se lanzó al mástil, se agarró al durmiente de la verga, y allí arriba, sujetándose con las rodillas desenvainó la espada. Los tres piratas alzaron las cimitarras. Mi hermano, con sablazos a diestra y siniestra, los tenía en jaque a los tres. La barca, todavía atracada, se inclinaba ora a un lado ora a otro. Salió la luna en ese momento y relampaguearon la espada dada por el barón a su hijo y las hojas mahometanas. Mi hermano se deslizó por el palo y hundió la espada en el pecho de un pirata que cayó por la borda. Rápido como una lagartija, volvió a subir defendiéndose con dos quites de los sablazos de los otros, luego volvió a dejarse caer y traspasó al segundo, subió de nuevo, tuvo una breve escaramuza con el tercero y con otro de sus deslizamientos lo atravesó.
Los tres oficiales mahometanos estaban tendidos medio en el agua medio fuera con la barba llena de algas. Los otros piratas, en la entrada de la gruta, estaban desfallecidos por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca, miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces. Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas, bogando mar adentro.
—¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? —decía Cósimo agarrado a la verga—. ¡Volved a la orilla! ¿Adónde vamos?
Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.
Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.
Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y empezó a decir:
—Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah...
—o sea que, inexplicablemente, hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo nunca había oído.
—¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? —preguntaba.
—Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá —se quejaba el viejo.
—¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?
Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le gritaba a la luna ese nombre.
Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.
Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese esta la ocasión, de que todavía alguna desgracia tuviera que separarlo del ser querido.
Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores.
Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto.
Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela.
Volvió a subir a la verga, para ver adónde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó:
—¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero!
Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo:
—¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo!
El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba.
—¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! —insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había solo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.
La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde
Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores.
Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios.
—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.
—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.
—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?
Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.
—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera.
Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste.
Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos.
Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.
Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo.
A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas.
Una ciudad dividida - Roger Zelazny
La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente.
Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.
—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?
Su montura volvió su metálica cabeza y observó.
—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?
—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.
—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.
—Tal vez.
Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.
—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.
Black meneó la cabeza.
—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...
—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.
—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.
—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!
—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.
El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.
—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.
—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?
—No puedo decirlo. No aparece.
—¡Ajá!
—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.
—¿Dilvish...?
—¿Sí?
—¿Te ofrezco consejo a menudo?
—Frecuentemente.
—¿Suelo equivocarme?
—Podría citar casos.
—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.
—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.
—Soy suspicaz...
—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...
Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.
—De pronto tu estómago es un gran problema.
—También podría haber mujeres.
—¡Puf!
La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.
—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.
Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.
—Un lugar silencioso —dijo Black.
—Sí.
Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.
—¿Qué hay?
—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.
Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.
—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.
—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.
—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.
Los cascos de Black resonaron en los adoquines.
—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.
Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.
—Tenía razón —dijo—. Vamos a...
El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.
—Qué extraño...
Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.
—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!
Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.
Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.
—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.
—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.
Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.
—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?
—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.
—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.
—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.
Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.
—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.
El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.
Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.
—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?
Dilvish frunció el ceño.
—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.
—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.
El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.
La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.
—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.
Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.
—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.
—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.
—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.
—¿Sí?
—Te lo explicaré en otra ocasión.
Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.
La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.
—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.
—La primera emboscada —murmuró Dilvish.
Volvió la cabeza y sacó la espada.
Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.
—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.
Dilvish no bajó la espada.
—¿Quién eres?
—Del otro bando —fue la réplica.
—¿Qué quieres decir?
—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.
—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?
El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.
—¿Puedo bajar una mano?
—Adelante.
Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.
—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.
Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.
—Vamos —dijo a Black.
No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.
La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.
Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.
—¡Black! ¡Black! —gritó.
Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.
Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.
—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.
—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!
Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.
—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?
Dilvish miró hacia arriba.
Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.
Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.
—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!
Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.
—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.
La nueva calle discurría en ambas direcciones.
—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.
Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.
—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.
—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.
Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.
—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.
—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.
—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!
Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.
—¿Crees en él? —preguntó Black.
Dilvish se alzó de hombros.
—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.
—¿A qué te refieres?
—Usar la magia más potente que conozco.
—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?
—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.
Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.
—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?
—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...
—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.
—No hace falta que me lo digas.
Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.
—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!
—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...
Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.
—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.
Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.
El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.
—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.
Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.
—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!
Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.
—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...
—Otra calle...
—¡A la izquierda!
Black obedeció.
—Otra.
—¡Derecha!
La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.
Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.
—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!
Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.
—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.
Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.
—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.
—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...
Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.
Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.
El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.
Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.
—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.
—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.
Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.
—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.
—Sí, lo era.
—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.
—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?
—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...
—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.
—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.
—Lo fue.
—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?
—Sí —dijo Dilvish.
—Di cuál.
—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?
—No... no estoy seguro.
Dilvish suspiró.
—Muy bien.
Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.
El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.
—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!
—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?
El otro hombre tragó saliva.
—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?
—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?
—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.
Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.
—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...
Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.
—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.
—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...
La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.
—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.
—No.
—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?
—Sí.
—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?
Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.
—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.
—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!
Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.
—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?
—Diría que sí.
Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.
—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.
Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.
—Hay motivos —dijo.
El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.
—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?
—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.
Strodd se sobresaltó.
—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.
—Y para ti.
Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.
—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.
—La Torre de Hielo.
Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.
Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.
Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.
El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.
—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.
—Sí, la veo. ¿Cabremos?
—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.
—Cierto.
Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.
—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.
El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.
—Unas ramitas, una rama, hojas...
Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.
Hubo otro aullido, mucho más cerca.
—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...
—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.
—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.
—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?
—¿Qué quieres decir?
—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.
Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.
—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.
—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.
El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.
—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.
El jinete desenvainó su espada.
—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.
—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.
—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?
Sólo el viento respondió.
El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.
—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.
El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.
Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.
En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.
Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.
—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.
El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.
—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.
—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.
—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.
—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.
—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?
—No, si yo lo mato antes.
La bestia blanca jadeó unos instantes.
—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.
—Lo sé.
—¿Puedes decirme tu nombre?
—Dilvish.
—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...
—Es posible.
—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.
—No conozco el hechizo capaz de liberarte.
—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.
Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.
—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.
Silencio.
—Yo soy ese Dilvish.
Silencio.
—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!
La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.
—Tengo hambre, siempre tengo hambre.
—Lo sé.
—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.
—Adiós.
Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.