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Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja.

Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.

Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata...

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude...

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola...! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea...

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuanto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón...

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Déle una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina.» Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma... y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección. Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita.» Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de... no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!

»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque..., pero no importa.

»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. "¿Qué estás leyendo, Irma?", le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.

»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?

»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo...

«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.

»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso..., ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida... Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón... Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma...? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además..., ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma... ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. "Quiero ver el bautismo", me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.

»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.

»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.

»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. El le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: "Porque las brujas siempre tienen un gato negro." Entonces él se la llevó arriba.

»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. El dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!

.«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello...

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto... ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo... es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él. Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.

«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible... ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé. Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.

»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego...

Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.

Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más... su manera de pegarle... y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía... A veces creo que, de verdad, es una bruja... que su padre la ha convertido en una bruja...

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola... ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.

Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh..., ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall,

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam..., por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor... ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento... como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo. No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh..., al hablar, sufro... ¡Ah, la brujita del diablo! Corre, Sam. Prométeme que harás algo..., lo que sea..., que le quitarás el muñeco..., que te apoderarás del muñeco...

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.

Irma le abrió la puerta.

Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita...

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien...

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme. Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.

John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.

Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano... Se abstendrían de llamarlo una cura... Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros...

A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.

De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.

Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.

A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho...

Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía..., ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

—Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando..., quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de...

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Vayase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla...

Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es...

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.

La niña lo sabia. Sabía que él lo sabía.

Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.

Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad...!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rió de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues... ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.

Y la cortó de un mordisco.

Arriba sonó un solo grito, desgarrador.

Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.

Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

La nueva temporada - Robert Bloch

 Harry Hoaker esperaba entre bastidores cuando las luces se apagaron.
La familiar melodía sonó en estéreo; a la izquierda del presentador se vio un anuncio que enmarcó en un halo dorado su alegre rostro de fuertes mandíbulas. El presentador era gordo, porque los gordos resultan graciosos.

–Hola Harry –saludó el presentador.
Alargó las sílabas finales de cada palabra, de manera que el saludo sonó más bien así: «¡Holaaa Harryyy!». Lo cual también resultó gracioso.
Siguió el estridente sonido de trompetas que se fundió con los aplausos. La luz del proyector se desvió a la derecha y apareció Harry, que avanzó hasta el centro del escenario mientras los aplausos aumentaban fragorosamente.
Aquélla solía resultarle la parte más difícil: esperar a que la oleada de sonidos se acallara hasta quedar allí en medio, de pie, en el expectante silencio. Aunque ya se había convertido en una cuestión de rutina, algo mecánico, automático.
Harry desechó ese pensamiento, y miró al frente. Los focos, en lo alto, iluminaban el estudio, pero le impedían ver al público.
–Sé que estáis ahí...; os oigo respirar.
Recordó haber utilizado aquella antigua frase cuando los chistes arreciaban como las bombas durante un ataque aéreo. Y vaya si arreciaban; en los viejos tiempos, aquello era como una repetición instantánea de Pearl Harbor.
Pero esta noche empezaba una nueva temporada, y mientras Harry agradecía los aplausos, hizo una repetición de cosecha propia. Para los telespectadores, ocuparía el centro del escenario en diez segundos; pero Harry conocía más detalles de la historia: llegar al centro del escenario le había costado veinte años.
Hacía veinte años... En aquella época, la espera sí que resultaba verdaderamente ardua: ahí de pie, con aquel sombrero cómico y los pantalones enormes que se ponía para el programa infantil.
Tres años tuvo que luchar con dientes y uñas hasta conseguir abandonar el gueto de los sábados por la mañana. Después, lo único que logró obtener fue un programa concurso de la tarde y ocupar una línea dentro del organigrama. Una labor penosa por demás: trabajó con amas de casa chillonas que se meaban en las bragas ante preguntas tan difíciles como «¿Qué soberana de Inglaterra fue conocida con el sobrenombre de la “Reina Virgen”? Le daré una pista... No se llamaba Elizabeth Taylor».
Pero Harry jugó bien sus cartas; por su cuenta, invitaba a un par de escritores que le proporcionaban material decente, y aquello dio resultado. Cuando este canal decidió hacerle la competencia a Johnny Carson con un programa nocturno de entrevistas, el agente de Harry le defendió a capa y espada para que él hiciese de presentador, y ganó la batalla.
Al principio, se había sentido aterrado, pero el agente le había dado su palabra.

–No te preocupes, muchacho, ahí fuera hay los suficientes noctámbulos e insomnes como para aumentar tus niveles de audiencia. Lo único que tienes que hacer es mantenerte fiel al sistema.
Su consejo funcionó, y también Harry, los primeros años. Sacaba partido de los guionistas, los exprimía hasta obtener todas las ideas al cabo de una o dos temporadas, y luego los reemplazaba por otros más frescos. Todos ellos le dejaron un legado de historias humorísticas y chistes que fueron adquiriendo un formato. 

Los telespectadores se lo tragaban todo y él se tragaba a sus invitados..., los masticaba y luego los escupía. Un plantel completo de astutos programadores le suministraba los personajes célebres de la época: todo aquel que tuviera un nuevo programa en la cadena y todo aquel bajo contrato que no contara con un programa, pero necesitaba promocionarse. 

La mezcla se endulzaba con estrellas negociables, que anunciaban los estrenos de sus películas; cantantes de la lista de éxitos que presentaban sus nuevas grabaciones; viejos mitos invitados a promocionar sus autobiografías; incluso unos cuantos escritores verdaderos, que le iban muy bien para rellenar huecos cuando necesitaba a alguien que no provocara la risa. Estaba claro que aquello era un sistema. Y funcionaba.

Ahora, el plantel de guionistas estaba formado por siete personas, y Harry ni siquiera tenía que perder tiempo con ellos en pensar los chistes o en revisar guiones: todo salía por la pantalla apuntadora y él debía limitarse a leer. Si un chiste no funcionaba, les cabía la posibilidad de borrarlo de la grabación antes de transmitir el programa esa noche.
Con el transcurso de los años. Harry se había ido facilitando aún más las cosas; pasó de cinco a tres programas semanales, y utilizó «invitados especiales» como relleno; gente buena, aunque no demasiado buena. Aquello le ayudó, al igual que los largos meses de verano de reposiciones programadas cada año. A veces, aquellas largas ausencias lo volvían inactivo; los críticos comentaban que se estaba convirtiendo en un presentador perezoso y temperamental; pero a Harry no le importaba con tal de que jamás adivinaran el verdadero motivo.
Ignoraban que estaba enfermo.
Durante mucho tiempo ni siquiera él lo había sabido, porque con la bebida y las píldoras lograba seguir adelante. Pero un buen día, un par de temporadas antes, no logró superar las pruebas físicas.
Le habían dicho que no era el SIDA, pero que podía tratarse de lo que los médicos denominaron una mutación del virus. En realidad, el nombre era lo que menos importaba; lo que contaba era que tenía la enfermedad y ésta lo tenía a él.
Le prescribieron un tratamiento a base de unas píldoras de reciente aparición, y logró seguir adelante hasta que comenzó a perder peso. Entonces, le recetaron radiaciones de cobalto, que le hicieron perder el cabello, pero se puso peluca y nadie lo notó. Sin embargo, llegó un momento en que el cobalto dejó de funcionar: y él también, justo antes de que comenzaran las reposiciones de verano de la temporada anterior, lo cual le dio un margen de tres meses para someterse a la primera operación de corazón y recuperarse.
Harry volvió a sentirse en forma hacia el otoño; pero en algún momento de aquella época, en enero o febrero, no estaba muy seguro de cuándo había ocurrido, las cosas comenzaron a desmoronarse y los médicos hablaron de transplante. El resto de la temporada era un recuerdo borroso: una semana estaba en pie y otra en la cama, tomaba nuevas píldoras, se sometía a nuevas pruebas, probaba nuevos tratamientos. Vivió de un programa al otro con el alma en vilo hasta el hiato estival.
Entonces se pusieron a trabajar. Los comentarios que había oído durante todos aquellos años y a los que no había prestado atención –injertos de piel, amputaciones, prótesis– se convirtieron en realidad; aunque no demasiado, porque lo mantenían atontado con inyecciones mientras experimentaban
técnicas radicales en él. No recordaba todo lo que le hicieron, pero ahora volvía a estar en forma.
Un milagro médico, lo llamaban los doctores; y además del fajo de billetes que les entregaba en pago de sus honorarios, tenía que darles otro fajo para comprar su silencio.
Los aplausos cesaron y Harry se enfrentó ahora al silencio. Esbozó una sonrisa forzada, y se colocó de cara a la pantalla apuntadora y acometió el monólogo de apertura sin tropiezos. Algunas de las frases ingeniosas no las entendió del todo porque eran típicas y tópicos, y él había perdido el contacto con el mundo exterior. A pesar de eso, como la pantalla apuntadora le indicaba incluso dónde hacer las pausas, cuando las hacía, se oían las risas.
Una nueva temporada, pero con el sistema de antes, aunque con más trucos: selección informatizada de material para asegurarse de que estuviera en la onda de la actualidad, profundos análisis demográficos para escoger como público a los candidatos adecuados. Los de producción sabían qué hacer y la forma de hacerlo: controlaban los niveles de audiencia y enganchaban a los telespectadores. Existía una gran diferencia con la época en la que Steve Allen como pionero de los programas con entrevistas en vivo, cuando no había la posibilidad de disimular los «gazapos».
Harry soltó otra frase ingeniosa, esperó las consabidas risas, se dio unos golpecitos en la chistera y aprovechó para sacarle partido a la doble toma. Sencillo.
Sólo que no era tan sencillo como parecía. La pantalla apuntadora seguía presentándole los textos, se oían las risas, pero algo fallaba.
Parpadeó a la luz que ocultaba al público pero lo revelaba a él y se preguntó cuánto vería aquella gente, cuánto sabría.
¿Cómo iban a saber nada? Hacía años que su estilo de vida protegía su intimidad. Nunca concedía entrevistas; tampoco leía las que sus publicistas se encargaban de hacer imprimir. Las reuniones de personal y las conferencias oficiales de empresa se realizaban por circuito cerrado de televisión. No le quedaba tiempo para perderlo con amigos o conocidos; no daba fiestas ni asistía a ellas.
Desde su último divorcio –cielos, de aquello hacía más de seis años ya–, no había tenido una mujer, ni siquiera una chica de compañía; tampoco le hacían falta. Una limusina lo conducía al estudio y luego de regreso a su automatizada casa; el personal de seguridad y de servicio cumplía con su obligación sin tropiezos. Si la bebida mataba sus días y las píldoras apaciguaban sus noches, nada de ello se filtraba a la prensa, de manera que... ¿cómo iba nadie a enterarse?
El problema residía en que aquello tenía el efecto de un bumerán: la gente no sabía nada de él, pero tampoco él sabía nada de la gente. Había perdido el contacto, y desde que su problema comenzara, se había desconectado por completo. Cuando cayó enfermo, dejó de leer los periódicos; toda aquella porquería sobre los nuevos problemas sanitarios era un rollo y no quería asustarse con las noticias de los telediarios. Lo único que veía en la televisión eran las películas antiguas, y las estrellas que habían actuado en ellas estaban muertas.

Estrellas muertas, ¡eso sí que tenía gracia! El público se reía de aquel mismo momento, pero ignoraba que el mismo Harry era prácticamente una estrella muerta, un cerebro dentro de un cuerpo mecanizado, un producto de la cirugía plástica, un montón de órganos artificiales sostenidos por impulsos eléctricos y sistemas informatizados.
Nadie lo sabía, y si dependía de él, aquello continuaría en secreto a lo largo de la nueva temporada. Era hora de olvidarse del pasado y prestar atención a lo que hacía. En aquel mismo instante, la pantalla apuntadora le indicaba que debía presentar al primer invitado.
Harry leyó la presentación y apareció un atleta que avanzó hacia él y le estrechó la mano antes de que ocuparan sus asientos en el centro del escenario. El atleta era grande, corpulento, barbudo: Harry se sorprendió al notar que la mano de aquél estaba muy fría, y que el apretón había sido bastante débil. Los nervios, claro; era extraño cómo aquellos simios atiborrados de esteroides tenían sudores fríos delante del público.
En fin, aquello era pan comido, sólo tenía que limitarse a leer la pantalla apuntadora. Harry le dio el pie y esperó la respuesta.
No la obtuvo.
Harry repitió el pie asegurándose de que el atleta lo escuchara. ¿O acaso no lo había oído? El pelmazo seguía ahí sin pestañear «¿Qué diablos pasa.... no me dirán que es analfabeto?»
Harry lo miró con curiosidad, y susurró por lo bajo:

–¡Estamos en el aire, desgraciado! Contéstame, di algo, por el amor de Dios...
Ni una sola palabra. El rostro del atleta permaneció inexpresivo, por completo.
En aquel momento, el de Harry también quedó carente de expresión, pero por dentro estaba que ardía. «Cielos, el tío se que ha quedado paralizado, está en Babia...»
El instinto acudió en su ayuda: se dirigió al público y se sacó de la manga un chiste antiguo. No es que fuera demasiado ingenioso, pero cualquier cosa era mejor a estar en el aire y con la boca cerrada.
El atleta no movió ni un solo músculo, sino que siguió sentado allí, completamente inmóvil.
Sólo cabía hacer una cosa: sacarle de allí, y de prisa. Harry hizo la señal, un gesto con la mano, y dos rubias pechugonas subieron al escenario contoneándose. «Las azafatas de Harry», así las llamaban, pero su verdadera misión era la de echarle una mano en emergencias como aquélla. Y mientras él comentaba jocosamente que al invitado debía de haberle dado un repentino ataque de pie de atleta, las sonrientes muchachas ayudaron al hombre a levantarse del asiento.
Maldición, eso de ayudarle era demasiado decir, porque fueron incapaces de moverlo, el tío seguía allí, duro como una piedra. Harry soltó otra ocurrencia para llamar la atención del público mientras las chicas, que habían dejado de sonreír, prácticamente levantaron en vilo al enorme simio y lo sacaron del escenario con los pies arrastrando.
«¿Y ahora qué?» Harry volvió a hacer una señal y el gordo presentador acudió a rescatarle; subió pesadamente al escenario y soltó un chiste que no tenía nada que ver con lo ocurrido. Harry levantó la mirada y comprobó que la pantalla apuntadora había avanzado a toda velocidad y le indicaba que debía anunciar una pausa para la publicidad.
Mientras pasaban los anuncios, apagó el micrófono y preguntó a toda prisa:
–¿Qué ocurre aquí?

–La computadora está abajo –respondió el presentador. Y se alejó con paso rígido, sin agregar una palabra más.

–Eh, vuelve aquí...
Harry levantó la voz, pero el otro se limitó a apresurar el paso, y sacudió las piernas al tropezar contra el telón de fondo en sus prisas por llegar a las bambalinas.
El miedo impulsó a Harry a pulsar los botones del extremo de la mesa que había junto a su silla: había alertado al director que ocupaba la cabina de control.
No recibió respuesta. Otro anuncio apareció en la pantalla del monitor, pero aquello no le dijo nada. Harry parpadeó cuando miró las luces hasta que logró fijar la vista en la cabina acristalada que se elevaba en la pared trasera del estudio.
La cabina estaba vacía.
No había director. Ni equipo de producción, ni siquiera un ingeniero de sonido.
Harry miró todo aquello con fijeza. «¿Qué ocurre aquí? No me digas que ahora lo tienen todo informatizado.... las cámaras, los niveles de sonido, los cambios de luces, los decorados...»
Desesperado, echó un vistazo hacia la zona de bambalinas, y al instante, deseó no haberlo hecho. Allí estaba el presentador, despatarrado boca abajo en el suelo, junto al inerte atleta. Mientras Harry los observaba, dos enfermeros se les acercaron, se arrodillaron junto a la gorda silueta del presentador y le quitaron la chaqueta y la camisa. A toda prisa comenzaron a pulsar los brillantes circuitos empotrados en su espalda desnuda y a manipular las conexiones.

«¡Conexiones!»
Harry se hizo algunas consideraciones de cosecha propia: «¡Cielo santo, ese tipo es como yo! Y el atleta también».
El anuncio desapareció de la pantalla del monitor y Harry volvió a estar en el aire. Sus ojos buscaron la pantalla apuntadora, pero no la encontraron. Lo único que le quedaba por hacer era volver a conectar el micrófono y ganar tiempo.
Pero el micrófono no funcionaba. Estaba tan muerto como el presentador y el atleta y...
Entonces cayó en la cuenta de todo lo ocurrido. Él no era el único. Algo se había estado cociendo mientras él permanecía aislado. Harry recordó los rumores acerca de una epidemia. Seguramente, aquello debía de haberse prolongado durante un largo período; pero todo había continuado bajo cuerda. Y en la cumbre, las personas como él abundaban cada vez más: cascarones vacíos con vida artificial.
¿Hasta dónde se habría extendido la epidemia? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los presidentes estuvieran programados, hasta que los robots gobernaran el mundo? Llamarlo milagro médico no cambiaba las cosas: aquello era una conspiración. Alguien tendría que dar la alarma, decir la verdad, ¡y pronto!
En ese momento, Harry oyó un suave murmullo, supo que su micrófono volvía a estar conectado; un sistema automático de apoyo había corregido el desperfecto. Pero a él le correspondía corregir el otro desperfecto, el gran desperfecto.
Enfrentándose a las luces que lo separaban del público, la voz de Harry llenó el vacío de palabras. Debía advertirles en ese preciso instante, aunque fuera lo último que hiciese.

–¿Podéis oírme? Entonces, ¡huid de aquí! Tenéis que comprender que todo esto no es real. Que yo no soy real. Decídselo a vuestros amigos. ¡No permitáis que las computadoras os dominen, no permitáis que los órganos artificiales y los trasplantes electrónicos os conviertan en zombies! Es lo que me ha ocurrido a mí y puede que os pase a vosotros si no hacéis algo ahora mismo. Buscad una cura para esto... ¡Volved a la realidad antes de que sea demasiado tarde!

Harry hizo una pausa, y esperó la reacción.
Y la obtuvo: una explosión de sonido procedente de la banda sonora de las risas.
Era de suponer, claro. Siempre había una banda de sonido para las risas, y otra que suavizaba los aplausos.
Pero después de tantos años de experiencia. Harry había aprendido a distinguir la diferencia entre la risa prefabricada y la verdadera. Y aquella explosión de alegría era mecánica. Entre el público, nadie reía, nadie aplaudía, nadie reaccionaba porque nadie sabía cómo hacerlo, a menos que el apuntador les soplara. Aquél era un programa cómico, él era un hombre gracioso y el público no podía reaccionar por sí solo a una advertencia inesperada.
A lo largo de todos aquellos años en que la cirugía había ido robándole el cuerpo, alguien se había quedado con los cerebros de la gente. Las computadoras pensaban por ellos, los medios de comunicación les dictaban su estilo de vida. Hacer el amor, conducir coches o sacudir los puños en manifestación de protesta, todo eran cuestiones de pura mímica. Las máquinas confeccionaban los productos y las máquinas los promocionaban; eran máquinas las que compraban los productos y eran máquinas las que los utilizaban. La vida real no existía ya; sólo como su programa: invitados de mentira, improvisaciones de mentira y presentador de mentira.
La única realidad que Harry logró encontrar fue su propia desesperación. ¿De qué servirían las advertencias? Los telespectadores no iban a oír lo que él dijera, sería eliminado de la grabación.
Pero aún quedaba un modo. Mediante la comunicación verbal. En ella estaba la respuesta. Si lograra llegar al público del estudio, si lograra hacérselo creer, entonces, al salir, ellos se encargarían de propagar la verdad. Y tenía que convencerlos en ese mismo instante, porque aquélla era su última oportunidad.
Harry se enfrentó a las luces, luchó contra el cegador brillo, se obligó a establecer un contacto visual con las siluetas que permanecían sentadas, en silencio, entre las sombras de allá abajo. Se le nubló la vista, luego se le aclaró y logró ver la vacía amplitud del estudio.
No había público.
No había público..., nadie, sólo Harry y la pantalla apuntadora. Por la luz destellante del anotador eléctrico, supo que éste había vuelto a funcionar, que le indicaba su próxima frase.
Como un autómata. Harry comenzó a leer las palabras en voz alta. Al diablo con todo, una nueva temporada empezaba. El espectáculo debía continuar, y un chiste era un chiste.
Y si no había público, qué más daba. Siempre contaría con las risas de la banda de sonido.

Talento - Robert Bloch

 Quizá sea una lástima que no se supiera nada de los padres de Andrew Benson.

Las mismas razones que los condujeron a abandonarlo en la escalera de entrada del Orfelinato de San Andrews, constituyeron asimismo la causa de su discreto anonimato. El hecho ocurrió en la mañana del 3 de marzo de 1943 -en plena guerra, como cualquiera puede recordar-, de modo que el niño podía ser muy bien tomado como un producto de los avatares bélicos. Sucesos similares ocultaban la singularidad de cualquier caso, incluso en Pasadena, que era donde el Orfelinato estaba ubicado.

Tras las usuales tentativas y las infructuosas pesquisas, las buenas hermanas lo tomaron. Allí adquirió su primer nombre, del patrón y patronímico santificado que bautizaba el establecimiento. El «Benson» le fue añadido unos años más tarde, por una pareja que lo adoptó ocasionalmente.

Es difícil, después de tanto tiempo, calibrar la clase de muchacho que fue Andrew; el orfanato posee archivos, pero meramente contienen fichas, y la hermana Rosemarie, que trabajaba como supervisora del dormitorio masculino, hace tiempo que murió. La hermana Albertine, calificadora de los estudios en la Escuela del Orfelinato, se encuentra ahora -por decirlo de la manera más delicada posible- en su senilidad, y su testimonio aparece necesariamente coloreado por el asalto de sucesos secundarios.

Parece empero increíble que Andrew no aprendiera a hablar hasta encontrarse en el umbral de sus siete años; la forzada gregariedad y la conspicua falta de atención a las características individuales, propia de los orfelinatos, la habría acelerado como si la facultad del habla fuera necesaria para la absoluta supervivencia, desde la más remota infancia, dado el entorno. Apenas es más creíble la teoría de la hermana Albertine de que Andrew sabía hablar pero que sencillamente se negó a hacerlo hasta no haber llegado a su séptimo año de vida.

Pero, lo que agrava las cosas, ella lo recuerda ahora como un muchachito desacostumbradamente precoz, que parecía poseer una inteligencia y un entendimiento que iban más allá de sus años. En lugar de valerse del habla, no obstante, adoptaba la pantomina, arte al que era tan brillante adepto (si hemos de creer a la hermana Albertine) que su continuo silencio era apenas notable.

-Podía imitar a cualquiera -declara la hermana-. A los otros niños, a las hermanas, incluso a la Madre Superiora. Claro, yo tenía que reprenderlo por eso. Pero era admirable la facilidad con que asimilaba las mínimas maneras y las expresiones faciales de cualquier otra persona, y de una sola mirada. Pues eso es lo que hacía Andrew: lanzar una sola mirada y captarlo todo.

»El día de las visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visitas, pero le gustaba haraganear por el pasillo y ver cómo entraban. Luego, por la noche, ya en los dormitorios, llevaba a cabo una función para los otros chicos. Podía encarnar cada hombre, mujer o niño, que entraba en el Orfelinato ese día, individualmente: la forma de andar, de moverse, todos sus actos y gestos. Incluso a pesar de no decir jamás una palabra, a nadie se le ocurrió pensar que Andrew fuera un deficiente mental. Durante un tiempo el Dr. Clement llegó a pensar que Andrew podía ser mudo.

El Dr Clement es una de las pocas personas capaces de suministrar datos objetivos sobre los primeros años de la vida de Andrew Benson. Desgraciadamente, falleció en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y sus archivos.

Fue el Dr. Clement quien atendió a Andrew la noche en que éste vio la primera película.

El año era 1949, y el día algún sabado por la tarde de finales de la citada fecha. El Orfelinato recibía y exhibía una película a la semana y solo se permitía su visualizacion a los niños en edad escolar. La inhabilidad -o negligencia- de Andrew para hablar le causó algunos problemas cuando entró en el grado primario el último septiembre, y aún pasaron algunos meses antes de que le fuera permitido reunirse con sus compañeros de clase en el auditorio para las sesiones cinematográficas del sábado por la noche. Aunque se sabe que ocasionalmente lo hizo.

La película era la última (y probablemente la menor) de las de los Hermanos Marx. Su titulo era Love Happy y si es recordada por el público medio de hoy se debe al hecho de la brevísima aparición de la entonces desconocida rubia, llamada Marilyn Monroe.

Pero la audiencia del Orfelinato tuvo otros motivos para recordarla como memorable. Porque Love Happy fue la película que puso en trance a Andrew Benson.

Después de que las luces fueran de nuevo encendidas, el niño se quedó allí sentado, inmóvil, los ojos fijos y sin vida en la blanca y vacía pantalla. Cuando sus compañeros lo advirtieron y le instaron a levantarse, él no respondió; una de las hermanas (probablemente la hermana Rosemarie) lo zarandeó, y él cayó en un colapso con apariencia de muerte. El Dr. Clement fue llamado y atendió al paciente. Andrew Benson no recobró el conocimiento hasta la mañana siguiente.

Fue entonces cuando habló.

Habló inmediata, perfecta y copiosamente: pero no de la forma que podía hacerlo un niño de seis años. La voz que surgió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era nasal, crujiente y, aunque sin los guiños y expresiones faciales, fue instantáneamente reconocida e indiscutiblemente identificada como la voz de Groucho Marx.

Andrew Benson imitó el papel de Groucho como Sam Grunion a la perfeccion, palabra por palabra. Luego «hizo» de Chico Marx. Después volvió nuevamente al silencio y se pensó que otra vez había entrado en su fase muda. Pero pronto su silencio se hizo elocuente y en seguida se advirtio que estaba imitando a Harpo. En rápida sucesión, Andrew creó identificables retratos vocales y visuales de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y los demás actores que interpretaban papeles menores en la película. Sus encarnaciones parecieron siniestras a sus compañeros y las hermanas no dejaron de notarlo.

-Pero si hasta se parece a Groucho -insistió la hermana Albertine.

Ignorando el problema de como un crío de seis años podía parecerse físicamente a Groucho Marx sin el beneficio (o detrimento) del maquillaje, el caso fue que Andrew Benson cobró repentina celebridad como mímico dentro de los reducidos límites del Orfelinato.

Y desde aquel momento en adelante, habló con regularidad si no libremente. Es decir, respondió a las preguntas directas, recitó sus lecciones en clase, y contestó con las estereotipadas formas de educación requeridas por la disciplina del Orfelinato. Pero nunca fue locuaz, ni siquiera comunicativo, en el sentido ordinario del término. La única ocasión en que espontáneamente articulaba palabras era la que seguía a la proyección de la película semanal.

No se repitió el ataque primero, pero cada noche sabática la proyección traía al final una completa y dramática recapitulación a cargo del dotado muchacho. Durante la agonía del año 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan's Magic Fountain; The Fighting O'Flynn; The Life of Riley; Little Women, y muchas más, tanto antiguas como contemporáneas. Naturalmente, las películas eran supervisadas antes por las hermanas, y las películas que incidían en la violencia, descrita o superlativizada, no eran aceptadas. No obstante, llegaron algunos westerns a la pantalla del Orfelinato y es significativo que Andrew Benson reaccionara como lo que llegó a ser una forma característica.

-Divertido y curioso -declara Albert Domínguez, que estaba en el Orfelinato durante el mismo período que Andrew Benson y que es una de las pocas personas localizadas que lo admite y rehuye toda discusión sobre el hecho-. Al principio Andy imitaba a todo el mundo: a todos los hombres, claro. Nunca imitó a ninguna mujer. Pero después de empezar a ver westerns pareció querer escoger. Imitaba sólo a los malos. No me refiero a lo que hacemos cuando de críos jugamos a vaqueros, ya sabe, cuando uno es sheriff y el otro pistolero. Quiero decir que él imitaba a los malos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, hasta parecerse a ellos. Solíamos chotearnos de él, ¿sabe?

Probablemente como resultado de este «choteo», Andrew Benson, durante la tarde del 17 de mayo de 1950, intentó cortarle la garganta a Frank Phillips con un cuchillo de mesa. Probablemente... a pesar de que Albert Domínguez asegura que el otro no le provocó y que Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un asesino desesperado del lejano oeste en una vieja película de Charles Starrett.

El incidente fue aparenteniente silenciado y no se tomó ninguna medida; poseemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Domínguez abandonó el Orfelinato, nadie más se presta a declarar y la hermana Albertine se retiró a una casa de reposo. Como resultado, no hay nada digno de crédito en torno a lo que muy bien pudo haber sido el período crucial de Andrew, sus años de formación. Los escasos restos de trabajos escolares parecen bastante satisfactorios y nada hay que indique que fuera un problema de disciplina para con sus instructores. En junio de 1955, junto con el resto de sus compañeros de clase, fue fotografiado con ocasión de su graduación después del octavo curso. Su rostro es una mera mancha, un tizne casi inexistente en mitad de un mar de semblantes pre-adolescentes. Lo que pudiera parecer a esa edad es difícil de decir.

Los Benson pensaron que se parecía a su hijo David.

El pequeño David Benson había muerto a consecuencia de una infección de poliomielitis en 1953, y dos años después iban sus padres al Orfelinato de St. Andrews con la intención de adoptar un chico. Traían consigo un retrato de David y confesaron francamente que se sirvieron del parecido físico al realizar la elección.

¿Vio Andrew Benson aquella fotografía? ¿Vio -según han supuesto algunos tremendistas irresponsables- las películas caseras que los Benson tomaron de su hijo?

Por nuestra parte, debemos limitarnos a los hechos comprobados, y estos se resumen en que Mr. y Mrs. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años de edad, el 9 de diciembre de 1955.

Y Andrew Benson fue a vivir con ellos, en calidad de hijo. Andrew entró en una escuela pública de enseñanza media. Llego a ser propietario de una bicicleta. Recibió honorarios semanales de un dolar. Y frecuentó el cine.

Andrew Benson frecuentaba los cines sin restricción. Sin ninguna restricción. Así fue durante varios meses, período en el que vio comedías, dramas, westerns, musicales, melodramas. Sin duda vio melodramas. ¿Hubo entre estos films alguno que, exhibido más o menos en 1956, mostrara como un gangster defenestraba a su víctima desde un segundo piso?

Por lo que hoy sabemos, no tenemos más remedio que sospechar la existencia de ese film. Por aquellos días, cuando tuvo lugar el incidente, Andrew Benson fue virtualmente exculpado. Él y otro muchacho habían estado «forcejeando» en un aula después de la clase y el otro muchacho había sufrido una «caída accidental». Al menos, ésta fue la version oficial del suceso. El otro muchacho -hoy coronel de Marines Raymond Schuyler- mantiene hoy día que Benson pretendió asesinarlo deliberadamente.

-Aquel crío era espeluznante -insiste Schuyler-. Ninguno de nosotros congenió realmente con él. Era como si no hubiera nada con lo que congeniar, ¿sabe usted? Quiero decir que él estaba siempre retraído y sujeto a cambios inexplicables. De un día para otro uno nunca sabía con qué iba a salir. Claro, nosotros sabíamos que él imitaba a los actores de cine (era sólo un novato pero había dado ya el golpe en el club dramático), pero nos daba la sensación que los imitaba en todo momento y lugar. Un minuto se estaba quieto y al siguiente, ¡ahí va! Usted conocerá esa historia, la de Jekyll y Hyde. ¿La conoce? Bueno, pues eso le pasaba a Andrew Benson. La tarde que me echó la zarpa habíamos estado incluso hablando amigablemente. Me condujo hasta la ventana y juro ante Dios que cambió ante mis ojos. Como si repentinamente se hubiera hecho un pie más alto y cincuenta libras más pesado, y su rostro era realmente salvaje. Me lanzó por la ventana sin pronunciar una palabra. Por supuesto, yo los tenía en la garganta y quizá pensara que había sufrido un cambio. Quiero decir que a nadie se le ocurriría hacer una cosa así.

Semejante incógnita, si afloró por aquel tiempo, se ha mantenido hasta ahora sin respuesta. Sabemos que Andrew Benson llamó la atención del Dr. Max Fahringer, psiquiatra infantil y consejero guía del colegio, y que su examen inicial no reveló anormalidades aparentes en la personalidad ni en los modelos de conducta. El doctor Fahringer, sin embargo, sostuvo largas charlas con los Benson y como resultado de las mismas se prohibió a Andrew la asistencia a proyecciones cinematográficas. Al año siguiente, el propio doctor Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew: indudablemente, su interés se había incrementado por las sorprendentes habilidades dramáticas que el muchacho mostraba en sus actividades extraescolares.

No tuvo lugar más que una entrevista y es de lamentar que el doctor Fahringer no trasladara sus descubrimientos al papel ni que los comunicara a los Benson antes de su repentina y violenta muerte a manos de un desconocido asaltante. Se creyó (o se lo creyó la policía, al menos, por entonces) que uno de sus primeros pacientes, internado en una institución en calidad de psicópata, podía haber sido el causante del crimen.

Todo cuanto sabemos es que ello ocurrió poco después de haber asistido a una reposición local de la película Man in the Attic, en la que Jack Palance hace el papel de Jack el Destripador.

Es interesante examinar hoy día algunas de las llamadas «películas de terror» de aquellos años, incluyendo las reposiciones de las primitivamente interpretadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y tantos otros.

Obviamente, no podemos asegurar con certeza que Andrew Benson estaba violando los deseos de sus padres adoptivos y asistiendo furtivamente a proyecciones cinematográficas. Pero si lo hizo, es bastante probable que frecuentara algunos de los pequeños cines de la vecindad, muchos de los cuales eran de reestreno. Pues sabemos, a tenor de los comentarios de sus compañeros de clase durante aquellos años de enseñanza media, que «Andy» estaba familiarizado -de manera casi omnisciente, podría decirse- con los amaneramientos de tales reposiciones.

La evidencia es a menudo conflictiva. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesta a «jurar sobre la Biblia» que Andrew Benson, a la edad de 15 años, era «el vivo retrato de Peter Lorre... los mismos ojos saltones y demás cosas». Mientras que Nick Dossinger, que asistió a las mismas clases que Benson un año más tarde, asegura que «se parecía a Boris Karloff talmente».

Aunque la adolescencia conlleve un considerable incremento de estatura en el corto tiempo de un año, es casi imposible de creer que un «vivo retrato de Peter Lorre» pueda metamorfosearse en un asténico tipo Karloff.

Hay muchos testimonios dignos de crédito durante estos años de la vida de Andrew Benson, pero casi todos ellos inciden en destacar el fenomeno de su talento mímico y su irrebatible habilidad para las encarnaciones ad libitum de los actores de cine. Al parecer, había caracterizado a todos sus compañeros y contemporáneos de cabo a rabo.

-Decía que prefería imitar a los actores de cine porque eran más grandes -afirma Don Brady, que fue compañero suyo en el último año-. Le pregunté qué quería decir con «más grandes» y contestó que los actores de cine eran más grandes en la pantalla, a veces de veinte pies de punta a punta. Y dijo: «¿Por qué molestarse con las personas pequeñas cuando uno puede ser grande?» Oh, muchacho, era un carácter original del todo, un tipo único.

Las frases se repetían. «Extraño», «excéntrico» y «volado» son términos pintorescos pero altamente esclarecedores. Y parecía haber muy pocos recuerdos de Andrew Benson como un compañero de clase como los demás, en el papel ordinario de adolescente, o como un simple amigo. Lo único recordado es el imitador, generalmente con admiración y, con bastante frecuencia, con disgusto rayano en la aprensión.

-Era tan bueno que lo asustaba a uno. Claro, eso era cuando hacía sus caracterizaciones. El resto del tiempo apenas te percatabas de que estaba allí.

-¿Sus clases? Sí, creo que las acabó como todo el mundo. No estuve muy al tanto.

-Andrew era un estudiante normal. Podía responder cuando se le preguntaba, aunque nunca lo hacía voluntariamente. Sus notas fueron las corrientes. Tenía la impresión de que era más bien retraído.

-No, nunca tuvo muchas citas. Ahora que lo pienso, no recuerdo que saliera nunca con chicas. Nunca le presté mucha atención, excepto, claro está, cuando se ponía a actuar.

-No sé lo que quiere usted decir con acercarse a Andy. No sé de nadie que pareciera tener amistad con él. Fuera de sus reproducciones dramáticas estaba siempre tranquilo y quieto. Pero cuando las emprendía, era como si se tratase de una persona diferente... era realmente grande, ¿no cree? Siempre supusimos que acabaría en el Pasadena Playhouse.

Los recuerdos de sus contemporáneos son aptos frecuentemente para arribar a sucesos que no envolvieron directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 son todavía recordados por los estudiantes de enseñanza media de la zona que nos ocupa como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, naturalmente, pero estrictamente observado, no obstante, por la mayoría de chicas estudiantes al tanto de lo que se llamaron «crímenes del hombre lobo»: una serie de crímenes salvajes y todavía sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante algo más de un año. Algunos aspectos canibalescos en el asesinato de cinco muchachas llevaron a la prensa sensacionalista a calificar al asesino como «hombre lobo». La serie del Wolf Man, producida por la Universal, había vuelto a llenar las pantallas por aquellos días y quizá esta circunstancia permitió tamaña asociación.

Pero regresemos a Andrew Benson; creció, fue a la universidad y vivía la vida propia de un hijastro. Si sus padres adoptivos fueron un tanto estrictos, él no hizo queja alguna. Si lo castigaron porque sospechaban que abandonaba su habitación por la noche, tampoco se quejó ni negó el hecho. Si se mostraron aprensivos porque temían que desobedecía la prohibición de ver películas, no manifestó ninguna abierta oposición.

El único choque conocido entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de la llana negativa de sus padrastros a instalar un aparato de televisión en casa. Si estaban al tanto o no del posible fomento de la habilidad mímica de Andrew o si habían desarrollado una mera alergia hacia Lawrence Welk y su estirpe, es difícil de determinar. Como fuere, se resistieron a la adquisición de un aparato de televisión. Andrew rogó y suplicó, señalando que «necesitaba» la televisión como un complemento en su futura carrera dramática. Su argumento tenía alguna justificación, pues en su último curso Andrew había sido «reconocido» por el famoso Pasadena Playhouse, y hasta se había hablado de la posibilidad de una futura carrera profesional sin necesidad del aprendizaje normal.

Pero los Benson fueron inexorables en lo concerniente al televisor; por lo que podemos conjeturar, se mantuvieron inexorables hasta el día de su muerte.

Los infortunados sucesos tuvieron lugar en Balboa, Panamá, donde los Benson poseían una pequeña casa de campo y mantenían un yate de pequeñas proporciones. Los ancianos Benson y Andrew se adentraban por el Canal Catalina cuando el yate volcó en aguas agitadas. Andrew logró aferrarse al casco hasta que fue rescatado, pero sus padres adoptivos perecieron. Accidente bastante común; uno ha visto en el cine docenas de accidentes parecidos.

Andrew, poco después de cumplir los dieciocho, fue internado nuevamente en un orfanato, pero un orfanato con plenas características de agradable hogar y con la expectativa de convertirse en heredero cuando cumpliera los veintiuno. La propiedad de los Benson estaba administrada por el abogado de la familia, Justin L. Fowler, y concedió al joven Andrew unos honorarios semanales de cuarenta dolares, cantidad más que suficiente para cubrir los gastos de un recién graduado de enseñanza media, aunque no para permitirle vivir con derroche.

Es de temer que se sucedieron violentas escenas entre el joven y el abogado de la familia. No hay lugar aquí para traerlas a colación y detalle, ni para condenar a Fowler por lo que parecía ser -al menos superficialmente- el desarrollo de una fijacion.

Pero hasta la noche en que fue atropellado por un vehículo que se dio a la fuga, el abogado Fowler se mantuvo casi obsesionado por el deseo de probar que el joven Benson era legalmente incompetente, si no algo peor. Ciertamente, fue su investigación la que permitió el descubrimiento de los escasos hechos concernientes a la vida de Andrew Benson que hoy día pueden ser considerados dignos de crédito.

Hubo algunas hipótesis -uno duda si dignificarlas con el término «conclusiones» -, que extrapoló en apariencia a partir de sus magros descubrimientos o que fabricó sin fundamento alguno. A menos que, naturalmente, tuviera en su poder detalles hoy día fuera de control. Sin la base de tales detalles no hay forma de corroborar lo que no parecía sino una serie de fantásticas conjeturas.

Un ejemplo al azar, como recuerdo de las distintas conversaciones que Fowler sostuvo con las autoridades, será suficiente.

-No creo que el chico sea siquiera humano, al menos en lo que respecta a este asunto. Por el simple hecho de aparecer en las escaleras del orfanato se le llama expósito. Mutante puede ser un término más apropiado. Sí, ya sé que nadie cree en tales cosas. Y si uno habla de las formas vitales de otros planetas, se le ríen en la cara y le dicen a uno que se vaya a freír espárragos.

»¿Mutante? Probablemente sea éste un término más exacto de lo que su estrecho significado implica. Me refiero a la forma en que él se transforma cuando ve las películas. No, no es necesario que me crea a mí, pregunte a cualquiera que lo haya visto actuar desde siempre. Mejor aún, pregunte a aquellos que nunca lo han visto y que sólo lo han contemplado en sus imitaciones privadas de los actores de cine. Descubrirá usted que hay muchísimo más que una simple imitación. Él se convierte en el actor. Sí, quiero decir que sufre una transformacion física total. Camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?

»No, yo no pretendo entenderlo. Ya sé que no es "científico", según su forma de entender la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas vitales en el universo y nosotros sólo podemos hacer cábalas sobre un reducido número de ellas. ¿Por qué no podría alguno poseer una sensibilidad anormal para la mímica?

»Usted sabe el efecto que el cine puede tener sobre los que llamamos "seres normales", aunque sea bajo ciertas condiciones. El espectador cinematográfico se queda bajo un estado hipnótico, y puede usted comprobarlo preguntando a los psicólogos. Oscuridad, concentración, sugestión... todos los elementos están presentes. Y existe también la sugestión posthipnótica. Nuevamente me respaldarían los psiquiatras en esto. Muchas personas tienden a identificarse con algunos de los personajes que aparecen en la pantalla. Aquí es donde interviene nuestro adorado héroe, y ésta es la razón por la que existen los aficionados a los westerns y a los films policíacos y toda la pesca. Se supone que la gente común sale del cine fantaseando sobre los héroes y heroínas que han visto en la pantalla; imitándolos también.

»Obviamente, esto es lo que Andrew Benson hace. ¿Y si suponemos que lo que hace es ir un poco más allá? ¿Y si suponemos que es capaz de ser lo que ve retratado? ¿Y que escoge exclusivamente los personajes malvados? Se lo digo, es necesario investigar los crímenes perpetrados desde hace unos años a esta parte. No sólo el asesinato de aquellas chicas, sino también el de los dos doctores que examinaron a Benson cuando este era un niño, y es más: la muerte incluso de sus padres adoptivos. No creo que esas cosas fueran accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado a su secreto y que Benson las quitó de en medio.

»¿Por qué? ¿Cómo podría yo saber el porqué? Ni siquiera se lo que busca cuando asiste al cine. Pues está buscando algo, eso se lo garantizo. ¿Quién podría saber lo que tal forma vital se propone hacer o cuáles son sus propósitos respecto de sus poderes? Todo cuanto puedo hacer, es advertirle.

Es fácil desechar que el abogado Fowler fuera un tipo paranoide aunque no que resultara tal vez injusto, a la hora de evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía saber) algo, es evidente de por sí. Como prueba, en la noche de su muerte estaba parecer a punto de confeccionar un informe con sus descubrimientos.

Deplorablemente, cuanto quedó no fue sino un preámbulo, en forma de cita de Erie Voegelin, relativas a las rígidas y pragmaticas actitudes del «cientifismo», por llamarlo así:

«(1> está supuesto que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es un modelo científico al que todas las otras ciencias deben adaptarse; (2) que todos los reinos de los seres son accesibles según los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no tenga acceso a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radical del dogma, ilusoria.»

Pero el abogado Fowler está muerto y nosotros no podemos tratar sino con la vida, con Max Schick, por ejemplo, el agente de películas de cine y televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte de los ancianos Benson y le ofreció un contrato inmediato.

-Usted es un genio nato -le dijo Schick-. Deje de preocuparse por lo del Pasadena Playhouse. A nadie le interesa esto. Puedo demostrárselo ya, créame. Con lo que usted es capaz de hacer, borraremos a Marlon Brando del mapa. Claro, empezaremos por cosas menores, pero yo sé dónde está el chollo. Lo principal es que pueda introducirse entre los grandes por donde sea. Nada de musicales adocenados, ¿me sigue? Los estudios no se reparten de buenas a primeras y aunque usted cayera en uno, acabaría en las filas de los don nadie. No, el trato es conseguir para usted un primer puesto y un cartel más allá de las eventualidades. Y, como le dije, yo se dónde está el meollo.

»Iremos a un pequeño productor independiente, ¿me capta? Debe haber como una docena operando ahora, y haciendo todos lo mismo. Sólo hay una clase de películas que combine el bajo costo con los grandes beneficios y esa clase es la de la ciencia-ficción.

»Sí, como me oye, una película de ciencia-ficción. ¿Qué me dice, que nunca ha visto una? ¿Está usted majara? ¿Cómo es posible? ¿Quiere decir que jamás vio ninguna película de ciencia-ficción?

»Ah, su familia, ¿eh? ¿Se lo tenían prohibido? ¿Y sólo se exhibían en los cines del centro?

»Bien mirado, muchacho, le digo que ya es hora, eso es lo que le digo. ¡Ya es hora! Mire, para que sepa usted de lo que estamos hablando, lo mejor es que vaya a ver una ahora mismo. Estoy seguro. tienen que estar poniendo alguna en algún cine del centro. ¿Por qué no va esta misma tarde? Tengo un trabajo que terminar en mi oficina: lo llevo en mi coche y se va a ver la película y luego acude a mi oficina, al salir.

»Claro que puedo dejarle mi coche. Es usted mi invitado.

Así fue como Andrew Benson vio su primera película de ciencia-ficción. Fue y volvió en el coche de Max Schick (como excesiva coincidencia hay que señalar que fue, al caer la tarde de aquel día, cuando el abogado Fowler devino víctima del atropello) y Schick tuvo buenas razones para recordar la aparición de Andrew Benson en su oficina justo después del crepúsculo.

-Tenía una expresion en su rostro que no era de este mundo -declara Schick.

»-¿Qué tal la película? -le pregunté.

»-Maravillosa -me dijo-. Justo lo que había estado buscando todos estos años. Y pensar que no conocía esas cosas.

»-¿Qué no conocía qué? -pregunté. Pero dejó de dirigirse a mí. Dese cuenta. Hablaba consigo mismo.

»-Sabía que tenía que haber algo así -decía-. Algo mejor que Drácula, que el monstruo del Dr. Frankenstein y todo eso. Algo más grande, más poderoso. Algo que podía convertirse en realidad. Y ahora lo he conocido. Y ahora voy a hacerlo.

Max Schick es incapaz de mantener la coherencia a partir de este punto. Pero su informe directo no es necesario. Desgraciadamente, todos nosotros sabemos lo que ocurrió a continuación.

Max Schick estaba sentado en su sillón y observó el cambio de Andrew Benson.

Lo vio crecer. Vio aumentar sus ojos, sus antenas, sus retorcidos tentáculos. Lo vio retorcerse e hincharse, llenando la habitación hasta que, reventando las paredes, no hubo sino aquel verde y gigantesco horror, aquella monstruosidad de sesenta pies de altura que quizá nacido del cerebro de un guionista de cine, tal vez engendrado más allá de las estrellas, pero con certeza existente y sin duda alimentado en los lejanos reinos, allende el mundo tridimensional y allende los tridimensionales conceptos de la salud mental.

Max Schick nunca olvidará aquella noche, como tampoco, claro está, la olvidará ningún otro.

Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles...