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Dulces para esa dulzura - Robert Bloch

Irma no tenía figura de bruja.

Tenía unos rasgos menudos, regulares, un cutis melocotón y crema, ojos azules, y cabello rubio, casi ceniciento. Además, era una niñita de ocho años.

—¿Por qué la fastidia así? —sollozaba miss Pall—. De este modo le vino la idea, al principio: porque él la llama brujita.

Sam Steever acomodó nuevamente la voluminosa barriga en el crujiente sillón giratorio y plegó las gordas manos sobre el regazo. Su adiposa máscara de abogado permanecía impasible; pero estaba bastante afligido.

Las mujeres como miss Pall no deberían sollozar nunca. Las gafas les resbalan, la delgada nariz se les encoge, los arrugados párpados se les enrojecen y el lacio cabello se les desordena.

—Por favor, domínese —invitaba Sam Steever—. Quizá si discutiéramos ese asunto, desde el principio hasta el fin, de una manera sensata...

—¡No me importa! —miss Pall se sorbía las lágrimas—. Yo no vuelvo allá. No lo soporto. Y a fin de cuentas, tampoco puedo hacer nada. Aquel hombre es su hermano, y ella es la hija de su hermano. La responsabilidad no pesa sobre mí. Yo hice cuanto pude...

—Claro que hizo cuanto pudo —Sam Steever sonrió benignamente, como si miss Pall fuese la presidente de un jurado—. Lo comprendo perfectamente. A pesar de lo cual, no comprendo por qué se ha trastornado usted tanto, querida señorita.

Miss Pall se quitó las gafas y se secó los ojos con un pañuelo estampado de flores. Luego depositó la mojada pelota de tela en el bolso, apretó el cierre, se puso los lentes de nuevo y se irguió en la silla.

—Muy bien, míster Steever —dijo—. Voy a esforzarme lo mejor que sepa para enterarle bien de los motivos que me inducen a dejar de ser una empleada de su hermano.

La buena mujer reprimió un sorbetón tardío, y continuó:

—Me presenté a John Steever hace dos años, como usted sabe ya, respondiendo a un anuncio en que se solicitaba un ama de llaves. Cuando descubrí que había de actuar de gobernanta de una niña de seis años, huérfana de madre, me descorazoné. Ignoro por completo el arte de cuidar niños.

—Los seis primeros años John contrató una niñera profesional —dijo, asintiendo Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió al dar a luz.

—Sí, estoy al corriente del caso —contestó miss Pall, en tono remilgado—. Naturalmente, una niña solitaria, abandonada, enternece el corazón de cualquiera. ¡Y aquella niña estaba tan terriblemente sola...! Ah, míster Steever, si usted la hubiera visto, refugiándose cabizbaja por los rincones de aquella casona tan antigua y fea...

—Sí, la vi, la vi —asintió prestamente Sam Steever con el deseo de evitar otro arranque—. Y sé cuanto ha hecho usted por Irma. Mi hermano es bastante irreflexivo, y hasta un poco egoísta, a veces. No comprende.

—Es cruel —declaró miss Pall con súbita vehemencia—. Cruel y perverso. Aunque sea su hermano, yo afirmo que no sirve para padre de ningún niño. Cuando yo llegué allí, la pequeña tenía los bracitos negros y morados de golpes. El padre solía coger un cinturón...

—Lo sé. A veces pienso que John no se ha recobrado nunca del choque que sufrió al morir su esposa. Por eso estuve tan contento cuando vino usted, querida dama. Pensé que lograría mejorar la situación.

—Lo intenté —gimoteó miss Pall—. Usted sabe que lo intenté. En dos años, nunca levanté la mano contra la niña, aunque su hermano me ha dicho muchísimas veces que la castigara. «Déle una paliza a la brujita —solía recomendarme—. Es lo único que le hace falta: una buena azotaina.» Y entonces la pequeña se escondía detrás de mí y me pedía en un susurro que la protegiese. Pero no lloraba, míster Steever. ¿Sabe usted que nunca la he visto llorar?

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un tanto aburrido. Deseaba que la madura clueca siguiera con su polluelo. Por ello sonrió y rezumó meladura.

—Pero ¿qué problema se le plantea, exactamente, querida señora?

—Cuando llegué, todo marchaba estupendamente. Nos aveníamos muy bien. Empecé a enseñar las primeras letras a Irma... y me llevé la sorpresa de ver que ya leía a la perfección. Su hermano negó que él le hubiera enseñado; pero la niña se pasaba horas acurrucada en el sofá, con un libro en las manos. «Muy propio de ella —solía decir el padre—. Una brujita antinatural. No juega con las otras niñas. Es una brujita.» Así se expresaba siempre, míster Steever. Como si la pequeña fuese una especie de... no sé qué. ¡Y en cambio, es tan dulce, sosegada y bonita!

»¿Tan raro es que leyese? Yo misma era como ella, de niña; porque..., pero no importa.

»De todos modos, tuve una sorpresa mayúscula el día que la vi manejar la Enciclopedia Británica. "¿Qué estás leyendo, Irma?", le pregunté: Ella me lo enseñó. Era el artículo sobre brujería.

»¿Ve usted cuán mórbidos pensamientos ha inculcado su hermano en aquella pobre cabecita?

»Yo hice cuanto pude. Salí a comprarle juguetes. Ya sabe usted que no tenía ninguno en absoluto; ni una triste muñeca. ¡Ni siquiera sabía jugar! Probé de hacerle tomar afición a otras niñas de la vecindad; pero fue inútil. Las otras no la entendían a ella, y ella no comprendía a las otras. Hubo escenas desagradables. Los pequeños son crueles; no reflexionan. Y su padre no la dejaba asistir a la escuela pública. Tenía que instruirla yo...

«Entonces le traje la arcilla de escultor. Le gustó. Se pasaba horas haciendo caras de arcilla. Para una niña de seis años, Irma demostraba verdadero talento.

»Hacíamos muñecas y yo les cortaba y cosía vestidos. El primer año fue un año de dicha, míster Steever. Sobre todo durante los meses aquellos que su hermano pasó en América del Sur. Pero este año, a su regreso..., ¡no sabría ni comentarlo siquiera!

—Por favor —dijo Sam Steever—. Debe comprenderlo. John no es feliz. La pérdida de la esposa, el declive de su negocio de importación, y la bebida... Pero, en fin, usted ya está enterada de todo eso.

—De lo único que estoy enterada es de que odia a su hija —atajó viva y repentinamente miss Pall—. La odia. Quiere que sea mala; para poderla azotar. «Si usted no vapulea a esta brujita, lo haré yo», suele decir. Y entonces se la lleva arriba y le da con el cinturón... Debe usted hacer algo, míster Steever, si no quiere que acuda a las autoridades yo misma.

Y la loca chismosa lo haría, sin duda, pensó Sam Steever. Remedio: otra dosis de meladura.

—Pero ¿y en cuanto a Irma...? —insistió él.

—Oh, también ha cambiado. Desde que su padre ha regresado, este año. Ya no quiere jugar conmigo, y apenas me mira. Es como si yo la hubiera defraudado, míster Steever, al no protegerla de aquel hombre. Además..., ella misma se cree bruja.

Una locura. Una locura total, increíble. Sam Steever hizo crujir el sillón, al ponerse erguido.

—Ah, no es preciso que me mire así, míster Steever. Se lo dirá ella misma... ¡si va usted un día de visita a la casa!

El hombre percibió el tono de reproche de la voz de la gobernanta y quiso apaciguarla con un movimiento de cabeza conciliador.

—Me lo dijo con todas las letras —prosiguió miss Pall—. Si su padre quiere que sea bruja, lo será. Y no quiere jugar conmigo, ni con nadie, porque las brujas no juegan. Esta víspera de Todos los Santos pasada quería que le diese una escoba. ¡Ah, si no fuese tan trágico, sería divertido! Esa niña está perdiendo el juicio.

»Hace unas semanas, creí que había cambiado. Fue cuando me pidió, un domingo, que la llevase al templo. "Quiero ver el bautismo", me dijo. Imagínese ¡una niña de ocho años interesada en bautismos! Lee demasiado; ahí está el mal.

»Pues bien, fuimos a la iglesia y estuvo tan dulce como ella sola sabe serlo con su vestidito azul nuevo, y cogida de mi mano. Yo estaba orgullosa de ella, míster Steever, realmente orgullosa.

»Pero después se encerró, una vez más, e inmediatamente, en su concha. Anda por la casa, leyendo, corre por el patio al atardecer y habla consigo misma.

»La causa quizá esté en que su hermano no quisiera traerle un gatito. Ella le importunaba pidiéndole un gato negro. El le preguntó para qué lo quería, y ella respondió: "Porque las brujas siempre tienen un gato negro." Entonces él se la llevó arriba.

»Yo no se lo puedo impedir, ya sabe usted. Volvió a pegarle la noche que nos quedamos sin electricidad y no supimos encontrar las velas. El dijo que ella las había robado. ¡Imagínese, acusar a una niña de ocho años de robar velas!

.«Aquello fue el principio del fin. Entonces hoy, cuando el padre ha encontrado a faltar el cepillo para el cabello...

—¿Dice usted que le pegaba con el cepillo para el cabello?

—Sí. Ella ha confesado que lo robó. Ha dicho que lo necesitaba para su muñeco.

—Pero ¿no ha dicho usted antes que no tiene muñecas ni muñecos?

—En efecto; pero se hizo uno. Al menos yo creo que se lo hizo. Nunca lo he visto... ya que nunca quiere enseñarnos nada; ni nos habla en la mesa. Es imposible gobernarla, simplemente.

»Aunque el muñeco ése que se hizo... es pequeño. Lo sé porque a veces lo lleva escondido bajo el brazo. Le habla y lo acaricia; pero no quiere enseñárnoslo, ni a mí ni a él. Cuando él le preguntó por el cepillo del cabello, ella respondió que lo había cogido para el muñeco.

«Entonces su hermano se ha dejado arrastrar por una cólera terrible... ¡Se había pasado toda la mañana en la habitación empinando el codo de nuevo! Oh, no crea que no lo sé. Pero ella se ha limitado a sonreír, y ha dicho que ahora ya podía volver a cogerlo. Y se ha ido a su mesita escritorio y se lo ha entregado. No lo había estropeado nada; me fijé en que el cepillo conservaba aún el cabello del padre.

»A pesar de lo cual, él se lo ha arrancado de la mano, y luego se ha puesto a golpearle los hombros con el cepillo, y le ha retorcido el brazo, y luego...

Miss Pall se acurrucó en la silla y extrajo unos tremendos y agitados sollozos del angosto pecho.

Sam Steever le dio unas palmaditas en el hombro, agitándose a su alrededor como un elefante sobre un canario herido.

—Eso es todo, míster Steever. He venido a verle, directamente. No quiero volver a la casa aquella ni para recoger mis cosas. No puedo soportarlo más... su manera de pegarle... y el ver cómo ella no lloraba, sino que únicamente se reía, y reía, y reía... A veces creo que, de verdad, es una bruja... que su padre la ha convertido en una bruja...

Sam Steever cogió el teléfono. El timbre había roto el alivio de silencio que quedara después de la precipitada marcha de miss Pall.

—Hola... ¿Eres tú, Sam?

Sam reconoció la voz de su hermano, algo maleada por la bebida.

—Sí, John.

—Supongo que la vieja murciélago ha ido corriendo a verte para dar rienda suelta a la lengua.

—Si te refieres a miss Pall, la he visto, en efecto.

—No le hagas caso. Yo te lo explicaré todo.

—¿Quieres que vaya a verte? Hace meses que no te visito.

—Pues enseguida no. Tengo hora con el médico esta tarde.

—¿Te encuentras mal?

—Me duele el brazo. Será reúma, o algo así. Me aplico un poco de diatermia. Pero mañana te llamaré y pondremos en claro todo ese enredo.

—De acuerdo.

Pero el día siguiente John Steever no llamó. Más o menos a la hora de cenar, Sam le llamó a él.

Cosa rara, respondió al teléfono Irma. Su vocecita delgada, estridente tenía un acento débil, en los oídos de Sam.

—Papá está arriba, durmiendo. Ha estado enfermo.

—Bueno, no le molestes. ¿De qué se trata? ¿Del brazo?

—De la espalda, ahora. Dentro de poco tendrá que volver al consultorio del médico.

—Dile que le llamaré mañana, pues. Eh..., ¿marcha bien todo, Irma? Quiero decir si no echas de menos a miss Pall,

—No. Me alegro de que se fuera. Es una tonta.

—Ah. Sí. Comprendo. Pero, si necesitas algo, telefonéame. Y espero que papá se restablezca.

—Sí. Yo también —respondió Irma. Y en seguida se puso a reír, y luego colgó.

La tarde siguiente, cuando John Steever telefoneó a Sam en la oficina de éste, no hubo risitas. Tenía la voz sobria, con la sobriedad aguda del dolor.

—Sam..., por el amor de Dios, ven. ¡A mí me pasa algo!

—¿Qué hay?

—Este dolor... ¡me está matando! Tengo que verte, pronto.

—Me espera un cliente en el despacho; pero me desembarazaré de él. Oye, espera un minuto. ¿Por qué no llamas al médico?

—Ese curandero no puede ayudarme. Me recetó diatermia para el brazo y ayer me la recetó para la espalda.

—¿No te remedió?

—El dolor desapareció, sí. Pero se ha renovado. Me siento... como aplastado. Tengo una opresión aquí, en el pecho. No puedo respirar.

—Por lo que dices, parece una pleuresía. ¿Por qué no lo llamas?

—No es pleuresía. Me examinó ya. Me dijo que estaba más sano que un dólar nuevo. No, orgánicamente no tengo nada anormal. Pero no pude explicarle la verdadera causa.

—¿La verdadera causa?

—Sí. Los alfileres. El alfiler que ese pequeño demonio está clavando en el muñeco que se hizo. En el brazo, en la espalda. Ahora me tiene cogido. No puedo bajar a impedírselo y apoderarme del muñeco. Y nadie más lo creería. Pero es el muñeco, no cabe duda; el que se hizo con cera y con el cabello de mi cepillo. Oh..., al hablar, sufro... ¡Ah, la brujita del diablo! Corre, Sam. Prométeme que harás algo..., lo que sea..., que le quitarás el muñeco..., que te apoderarás del muñeco...

Media hora después, a las cuatro y treinta, Sam Steever entraba en casa de su hermano.

Irma le abrió la puerta.

Sam tuvo un sobresalto al verla plantada allí, risueña e imperturbable, con el cabello rubio pálido peinado inmaculadamente para atrás, dejando al descubierto el rosado óvalo de la cara. Parecía una muñequita, exactamente. Una muñequita...

—Hola, tío Sam.

—Hola, Irma. Tu papá me ha telefoneado, ¿no te lo ha dicho? Decía que no se encontraba muy bien...

—Ya lo sé. Pero ahora está perfectamente. Duerme. Algo le sucedió a Sam Steever; una gota de agua glacial le bajó por el espinazo.

—¿Duerme? —repitió con voz ronca—. ¿Arriba?

Y antes de que la niña hubiese abierto la boca, subía los escalones a saltos hasta el segundo piso y recorría el pasillo a grandes zancadas, hasta el cuarto de John.

John yacía en la cama. Estaba dormido; solamente dormido. Sam Steever notaba el subir y bajar acompasado del pecho al respirar. Tenía la faz tranquila, sosegada.

Entonces la gota de agua fría se evaporó, y Sam tuvo fuerzas para murmurar:

—Tonterías —entre dientes, al mismo tiempo que se volvía.

Mientras bajaba, improvisaba planes apresuradamente. Unas vacaciones de seis meses, para su hermano... Se abstendrían de llamarlo una cura... Un orfanato para Irma; le darían ocasión de alejarse de aquella morbosa casona antigua, de tantos y tantos libros...

A mitad de las escaleras, se detuvo. Mirando por encima de la barandilla, vio a Irma en el sofá, acurrucadita como una bolita blanca. Hablaba a una cosa que tenía acunada en los brazos y que iba meciendo con el movimiento del cuerpo.

De modo que la muñeca (o el muñeco) existían, después de todo.

Sam Steever bajó de puntillas, silenciosamente y se acercó a Irma.

—Hola —dijo.

La niña dio un salto y levantó ambos brazos para cubrir por completo lo que fuere que estuviera mimando, y que ahora estrechaba contra sí.

A Sam Steever se le ocurrió la idea de una muñeca apretada por el pecho...

Irma levantaba los ojos hacia él, convertida en una máscara de inocencia. En aquella media luz, su cara parecía realmente una máscara. La máscara de una niña que escondía..., ¿qué?

—Papá está mejor ahora, ¿verdad que sí? —balbució Irma.

—Sí, mucho mejor.

Yo sabía que lo estaría.

—Pero me temo que tendrá que marcharse a gozar de un descanso. Un descanso muy largo.

Una sonrisa se filtró a través de la máscara.

—Perfecto —dijo la niña.

—Naturalmente —continuó Sam—, tú no podrías quedarte sola aquí. Me estaba preguntando..., quizá podríamos enviarte a una escuela, o a una especie de hogar de...

Irma se puso a reír.

—Ah, no debe preocuparse por mí —replicó. Y dejó sitio en el sofá mientras Sam se sentaba; pero en seguida se levantó de un salto, al verle acercarse a ella.

Con el movimiento, los brazos de Irma se apartaron algo del cuerpo, y Sam Steever vio un par de piernecitas delgadas colgando bajo el codo. Eran unas piernas vestidas con pantalones y que lucían unos trocitos de cuero por zapatos.

—¿Qué tienes ahí, Irma? —preguntó Sam—. ¿Es un muñeco?

Y pausadamente extendió la regordeta mano. Irma retrocedió.

—No puede verlo —dijo.

—Pues yo quiero verlo. Miss Pall me dijo que haces unos muñecos preciosos.

—Miss Pall es tonta. Y usted también. Vayase.

—Por favor, Irma. Déjame verlo.

Pero mientras estaba hablando, Sam Steever contemplaba ya la parte superior del muñeco, que quedó un momento al descubierto, al retroceder Irma. Era una cabeza perfecta, con mechones de cabello sobre una cara blanca. El crepúsculo disimulaba la fisonomía, pero a pesar de todo Sam reconoció los ojos, la nariz, la barbilla...

Y no pudo continuar fingiendo.

—¡Dame ese muñeco, Irma! —ordenó secamente—. Sé qué es. Sé quién es...

Por un instante, la máscara desapareció de la faz de Irma, y Sam tuvo ante su mirada la imagen del miedo descarnado.

La niña lo sabia. Sabía que él lo sabía.

Pero en seguida, con la misma presteza, la máscara volvió a su sitio.

Irma volvía a ser ni más ni menos que una chiquilla dulce, mimada y terca mientras movía la cabeza alegremente y le miraba con malicia de picaruela.

—¡Oh, tío Sam! —exclamó riendo—. ¡Qué tonto es usted! ¡Si esto no es ni siquiera un muñeco de verdad...!

—¿Qué es, entonces? —murmuró él. Irma se rió de nuevo, levantando la figura mientras contestaba:

—Pues... ¡es caramelo, únicamente!

—¿Caramelo?

Irma hizo un gesto afirmativo. Luego, con gesto rápido, se metió la cabecita de la imagen en la boca.

Y la cortó de un mordisco.

Arriba sonó un solo grito, desgarrador.

Mientras Sam Steever se volvía y subía las escaleras corriendo, la pequeña Irma, todavía mascando gravemente, salió por la puerta principal y se hundió en la noche.

El Cascanueces y el rey de los ratones - E. T. A. Hoffmann (parte 6)

 El reino de las muñecas

Me parece a mí, queridos lectores, que ninguno de vosotros habría vacilado en seguir al buen Cascanueces, que no era fácil tuviese propósito de causaros mal alguno. María lo hizo así, con sumo gusto al contar con el agradecimiento de Cascanueces; estaba convencida de que cumpliría su palabra haciéndole ver multitud de cosas bellas. Por lo tanto, dijo:

Iré con usted, señor Drosselmeier, pero no muy lejos ni por mucho tiempo, pues no he dormido nada.

Entonces tomaremos el camino más corto, aunque sea el más difícil respondió Cascanueces.

Y echó a andar delante, siguiéndole María, hasta que se detuvieron frente al gran armario ropero del recibimiento. María se quedó asombrada al ver que las puertas del armario, habitualmente cerradas, estaban abiertas de par en par, dejando al descubierto el abrigo de piel de zorra que el padre usaba en los viajes y que colgaba en primer término. 

Cascanueces trepó con mucha agilidad por los adornos y molduras, hasta que pudo alcanzar el hermoso hopo que, sujeto por un grueso cordón, colgaba de la parte de atrás del abrigo de piel. En cuanto Cascanueces se apoderó del hopo, echó abajo una escala de madera de cedro a través de la manga de piel.

Haga el favor de subir, señorita exclamó Cascanueces.

María lo hizo así; pero apenas había comenzado a subir por la manga, casi en el momento en que empezaba a mirar por encima del cuello, quedó deslumbrada por una luz cegadora y se encontró, de repente, en una pradera perfumada, de la que brotaban millones de chispas como piedras preciosas.

Estamos en la pradera de Cande dijo Cascanueces y tenemos que pasar por aquella puerta.

Entonces María advirtió la hermosa puerta que no había visto hasta aquel momento, y que se elevaba a pocos pasos de la pradera. Parecía edificada de mármol blanco, pardo y color corinto; pero mirándola despacio, descubrió que los materiales de construcción eran almendras garapiñadas y pasas, por cuya razón, según le dijo Cascanueces, aquella puerta por la que iban a penetrar se llamaba la «puerta de las Almendras y de las Pasas»

La gente vulgar la llamaba la «puerta de los Mendigos», con muy poca propiedad. En una galería exterior de esta puerta, al parecer de azúcar de naranjo, seis monitos, vestidos con casaquitas rojas, tocaban una música turca de lo mejor que se puede oír, y María apenas si advirtió que seguían avanzando por un pavimento de lajas de mármol que, sin embargo, no eran otra cosa que pastillas muy bien hechas.

A poco se oyeron unos acordes dulcísimos, procedentes de un bosquecillo maravilloso que se extendía a ambos lados. Entre el follaje verde había tal claridad que se veían perfectamente los frutos dorados y plateados colgando de las ramas, de colores vivos, y estas y los troncos aparecían adornados con cintas y ramos de flores, que semejaban novios alegres y recién casados llenos de felicidad. 

Y de vez en cuando el aroma de los naranjos era esparcido por el blando céfiro, que resonaba en las ramas y en las hojas, las cuales, al entrechocarse, producían un ruido semejante a la más melodiosa música, a cuyos acordes bailaban y danzaban las brillantes lucecillas.

—¡Qué bonito es todo esto! exclamó María, encantada y loca de contenta.

Estamos en el bosque de Navidad, querida señorita dijo Cascanueces.

—¡Ay continuó María, si pudiera permanecer aquí! ¡Es tan bonito!

Cascanueces dio una palmada y aparecieron unos pastores y pastoras, cazadores y cazadoras, tan bonitos y blancos que hubiera podido creerse estaban hechos de azúcar, y a los cuales no había visto María a pesar de que se paseaban por el bosque. 

Llevaban una preciosa butaca de oro; colocaron en ella un almohadón de malvavisco y, muy corteses, invitaron a María a tomar asiento en ella. Apenas lo hizo, empezaron pastores y pastoras a bailar una danza artística, mientras los cazadores tocaban en sus cuernos de caza; luego desaparecieron todos en la espesura.

Perdone, señorita de Stahlbaum dijo Cascanueces, que el baile haya resultado tan pobre; pero los personajes pertenecen a los de los bailes de alambre y no saben ejecutar sino los mismos movimientos siempre. También hay una razón para que la música de los cazadores sea tan monótona. El cesto del azúcar está colgado en los árboles de Navidad encima de sus narices, pero un poco alto. ¿Quiere usted que sigamos adelante?

Todo es precioso y me gusta muchísimo dijo María levantándose para seguir a Cascanueces, que había echado a andar.

Pasaron a lo largo de un arroyo cantarín y alegre, en el que se advertía el mismo aroma delicioso del resto del bosque.

Es el arroyo de las Naranjas respondió Cascanueces a la pregunta de María; pero, aparte su aroma, no tiene comparación en tamaño y belleza con el torrente de los Limones, que, como él, vierte en el mar de las Almendras.

En seguida escuchó María un ruido sordo y vio el torrente de los limones, que se precipitaba en ondas color perla entre arbustos verdes chispeantes como carbunclos. Del agua murmuradora emanaba una frescura reconfortante para el pecho y el corazón. 

Un poco más allá corría un agua amarillenta, más espesa, de un aroma penetrante y dulce, y a su orilla jugueteaban una multitud de chiquillos, que pescaban con anzuelo, comiéndose al momento los pececillos que cogían. 

Al acercarse, observó María que los pececillos parecían avellanas. A cierta distancia se divisaba un pueblecito a orillas del torrente; las casas, la iglesia, la rectoral, las alquerías, todo era parduzco, aunque cubierto con tejados dorados; también se veían algunos muros tan bonitos pintados como si estuviesen sembrados de corteza de limón y de almendras.

Es la patria del Alajú dijo Cascanueces, que está situada a orillas del arroyo de la Miel; ahí habitan gentes muy guapas, pero casi siempre están descontentas porque padecen de dolor de muelas. No los visitaremos por esta razón.

Luego divisó María una ciudad pequeña, compuesta de casitas transparentes y claras, que resultaba muy linda. Cascanueces se dirigió decididamente a ella, y María escuchó un gran estrépito, viendo que miles de personajes diminutos se disponían a descargar una infinidad de carros muy cargados que estaban en el mercado. Lo que sacaban aparecía envuelto en papeles de colores y semejaba pastillas de chocolate.

Estamos en el país de los Bombones dijo Cascanueces, y acaba de llegar un envío del país del Papel y del rey del Chocolate. Las casas del país de los Bombones estaban seriamente amenazadas por el ejército que manda el almirante de las Moscas, y por esta causa las cubren con los dones del país del Papel y construyen fortificaciones con los envíos del rey del Chocolate. Pero en este país no nos hemos de conformar con ver los pueblos, sino que debemos ir a la capital.

Y Cascanueces guió hacia la capital a la curiosa María.

Al poco tiempo notó un pronunciado olor a rosas y todo apareció como envuelto en una niebla rosada. María observó que aquello era el reflejo de un agua de ese color que en ondas armoniosas y murmuradoras corría ante sus ojos. 

En aquel lago encantador, que se ensanchaba hasta adquirir las proporciones de un inmenso mar, nadaban unos cuantos hermosos cisnes plateados, a cuyos cuellos estaban atadas cintitas de oro y cantaban a porfía las canciones más lindas; y en las rosadas ondas, los pececillos diamantinos iban de un lado para otro, como danzando a compás.

—¡Ah! exclamó María entusiasmada. Este es un lago como el que me quería hacer el padrino Drosselmeier en una ocasión, y yo soy la niña que acariciaría a los cisnes.

Cascanueces sonrió de un modo más burlón que nunca y dijo:

El tío no sabría hacer una cosa semejante; usted quizá sí, querida señorita de Stahlbaum... Pero no discutiremos por esto; vamos a embarcarnos y nos dirigiremos, por el lago de las Rosas, a la capital.

La capital

Cascanueces dio una palmada: el lado de las Rosas comenzó a agitarse más, las olas se hicieron mayores y María vio que a lo lejos se dirigía hacia donde estaban ellos un carro de conchas de marfil, claro y resplandeciente, tirado por dos delfines de escamas doradas. 

Doce negritos, con monteritas y delantalitos tejidos de plumas de colibrí, saltaron a la orilla y trasladaron a María y luego a Cascanueces, deslizándose suavemente sobre las olas, al carro, que en el mismo instante se puso en movimiento. ¡Qué hermosura verse en el carro de concha, embalsamado de aroma de rosas y conducido por encima de las olas rosadas! 

Los dos delfines de escamas doradas levantaban sus fauces, y al resoplar brotaban de ellas brillantes cristales que alcanzaban gran altura, volviendo a caer en ondas espumosas y chispeantes. Luego pareció como si cantaran multitud de vocecillas. «¿Quién boga por el lago de las Rosas?... ¡El hada!... Mosquitas, ¡sum, sum, sum! Pececillos, ¡sim, sim, sim! Cisnes, ¡cua, cua, cua! Pajaritos, ¡pi, pi, pi! Ondas del torrente, agitaos, cantad, observad... el hada viene. Ondas rosadas, agitaos, refrescad, bañad.» 

Pero los doce negritos, que habían descendido del carro de conchas, tomaron muy mal aquel canto y sacudieron sus sombrillas con tal fuerza que las hojas de palmera de que estaban hechas empezaron a sonar y castañetear, y ellos al tiempo acompañaban con los pies, haciendo una cadencia extraña y cantando: «¡Clip, clap, clip, clap!, cortejo de negros, no calléis; no os estéis quietos, pececillos; danzad, cisnes; balancéate, carro de concha, balancéate. ¡Clip, clap, clip, clap!».

Los negros son muy alegres dijo Cascanueces un poco sorprendido, pero alborotan todo el lago.

En efecto, en seguida se oyó un gran murmullo de voces extraordinarias que parecía como si saliesen del agua y flotasen en el aire.

María no se fijó en las últimas, sino que miró y las ondas rosadas, en las que vio reflejarse el rostro de una muchacha encantadora que le sonreía.

—¡Ah! exclamó muy contenta palmoteando. Mire, señor Drosselmeier, allá abajo está la princesa Pirlipat, que me sonríe de un modo admirable. ¿No la ve usted, señor Drosselmeier?

Cascanueces suspiró tristemente y dijo:

Querida señorita de Stahlbaum, no es la princesa Pirlipat; es su mismo rostro el que sonríe en las ondas de rosa.

María volvió la cabeza, avergonzada, y cerró los ojos.

En aquel instante se encontró trasladada por los mismos negros a la orilla, y en un matorral casi tan bello como el bosque de Navidad, con mil cosas admirables y, sobre todo, con unas frutas raras que colgaban de los árboles, que no sólo tenían los colores más lindos, sino que olían divinamente.

Estamos en el bosque de las Confituras dijo Cascanueces; pero ahí está la capital.

Entonces vio María algo verdaderamente inesperado. No sé cómo lograría yo, queridos niños, explicaros la belleza y las maravillas de la ciudad que se extendía ante los ojos de María en una pradera florida. 

Los muros y las torres estaban pintados de colores preciosos; la forma de los edificios no tenía igual en el mundo. En vez de tejados, las casas lucían coronas lindamente tejidas, y las torres, guirnaldas de hojas verdes de lo más bonito que se puede ver. Al pasar por la puerta, que parecía edificada de macarrones y de frutas escarchadas, siete soldados les presentaron armas, y un hombrecillo con una bata de brocado se echó al cuello de Cascanueces, saludándolo con las siguientes palabras:

Bienvenido seáis, querido príncipe; bienvenido al pueblo de Mermelada.

María se admiró mucho al ver que Drosselmeier era considerado y tratado como príncipe por un hombre distinguido. Luego oyó un charlar confuso, un parloteo, unas risas, una música y unos cánticos que la distrajeron de todo lo demás, y sólo pensó en averiguar su causa.

Querida señorita de Stahlbaum respondió Cascanueces, no tiene nada de particular. Mermelada es una ciudad alegre; siempre está igual. Pero tenga la bondad de seguirme un poco más adelante.

Apenas anduvieron unos pasos, llegaron a la plaza del Mercado, que presentaba un aspecto hermoso. Todas las casas de alrededor eran de azúcar trabajada con calados y galerías superpuestas; en el centro se alzaba un ramillete a modo de obelisco; cerca de él lanzaban a gran altura sus juegos de agua cuatro fuentes muy artísticas de grosella, limonada y otras bebidas dulces, y en las tazas remansaba la crema, que se podía coger a cucharadas. 

Y lo más bonito de todo eran los miles de lucecillas que, colgadas encima de otras tantas cabezas, iban de un lado para otro gritando, riendo, bromeando, cantando..., en una palabra, armando el alboroto que María oyera desde lejos. Se veían gentes bellamente ataviadas: armenios, griegos, judíos y tiroleses, oficiales y soldados, sacerdotes, pastores y bufones; en fin, todos los personajes que se pueden hallar en el mundo. 

En una de las esquinas era mayor el tumulto; la gente se atropellaba, pues pasaba el Gran Mogol en su palanquín, acompañado por noventa y tres grandes del reino y ciento siete esclavos. En la esquina opuesta, tenía su fuerte el cuerpo de pescadores, que sumaba quinientas cabezas; y lo peor fue que el Gran Señor Turco tuvo la ocurrencia de irse a pasear a la plaza, a caballo, con tres mil jenízaros, yendo a interrumpir el cortejo que se dirigía al ramillete central cantando el himno Alabemos al poderoso Sol. 

Hubo gran revuelta y muchos tropezones y gritos. Al rato se escuchó un lamento: era que un pescador había cortado la cabeza a un bracmán, y al Gran Mogol por poco lo atropella un bufón. El ruido se hacía más ensordecedor a cada instante, y ya empezaba la gente a llegar a las manos cuando hizo su aparición en la plaza el individuo de la bata de damasco que saludara a Cascanueces en la puerta de la ciudad dándole el título de príncipe, y subiéndose al ramillete tocó tres veces una campanilla y gritó al tiempo:

—¡Confitero!... ¡Confitero!... ¡Confitero!

Instantáneamente cesó el tumulto; cada cual procuró arreglárselas como pudo, y, después que se hubo desenredado el lío de coches, se limpió el Gran Mogol y se volvió a colocar la cabeza al bracmán, continuó la algazara.

—¿Qué ha querido decir con la palabra confitero, señor Drosselmeier? preguntó María.

Señorita respondió Cascanueces, confitero se llama aquí a una fuerza desconocida de la que se supone puede hacer con los hombres lo que le viene en gana; es la fatalidad que pesa sobre este alegre pueblo, y le temen tanto que sólo con nombrarlo se apaga el tumulto más grande, como lo acaba de hacer el burgomaestre. Nadie piensa más en lo terreno, en romperse los huesos o en cortarse la cabeza, sino que todo el mundo se reconcentra y dice para sí: «¿Qué será ese hombre y qué es lo que haría con nosotros?».

María no pudo contener una exclamación de asombro y de admiración al verse delante de un palacio iluminado por los rojos rayos del sol, con cien torrecillas alegres. En los muros había sembrados ramilletes de violetas, narcisos, tulipanes, alhelíes, cuyos tonos oscuros hacían resaltar más y más el fondo rojo. La gran cúpula central del edificio, lo mismo que los tejados piramidales de las torrecillas, estaban sembrados de miles de estrellas doradas y plateadas.

Estamos en el palacio de Mazapán dijo Cascanueces.

María se perdía en la contemplación del maravilloso palacio; pero no se le escapó que a una de las torres grandes le faltaba el tejado. Al parecer, unos hombrecillos encaramados en un andamiaje armado con ramas de cinamomo trataban de repararlo. Antes de que preguntase nada a Cascanueces, explicó este:

Hace poco amenazó al hermoso palacio un hundimiento serio, que bien pudo haber llegado a la destrucción total. El gigante Goloso pasó por aquí, se comió el tejado de esa torre y dio un bocado a la gran cúpula; los ciudadanos de Mermelada le dieron como tributo un barrio entero y una parte considerable del bosque de confituras, con lo cual se satisfizo y se marchó.

En aquel momento, se oyó una música agradable y dulce; las puertas del palacio se abrieron, dando paso a los doce pajecillos con tallos de girasol encendidos, que llevaban a modo de hachas. Su cabeza consistía en una perla; los cuerpos, de rubíes y esmeraldas, y marchaban sobre piececillos diminutos de oro puro. Los seguían cuatro damas de un tamaño aproximado a la muñeca Clarita, de María, pero tan maravillosamente vestidas que María reconoció en seguida en ellas a las princesas. Abrazaron muy cariñosas a Cascanueces, diciéndole conmovidas:

—¡Oh, príncipe! ¡Oh, hermano mío!

Cascanueces, muy conmovido, se limpió las lágrimas que inundaban sus ojos, tomó a María de la mano y dijo en tono patético:

Esta señorita es María Stahlbaum, hija de un respetable consejero de Sanidad y la que me ha salvado la vida. Si ella no tira a tiempo su zapatilla, si no me proporciona el sable del coronel retirado, estaría en la sepultura, mordido por el maldito rey de los ratones. ¿Puede compararse con esta señorita la princesa Pirlipat, a pesar de su nacimiento, en belleza, bondad y virtud? No, digo yo; no.

Todas las damas dijeron asimismo «no», y echaron los brazos al cuello de María, exclamando entre sollozos:

—¡Oh, noble salvadora de nuestro querido hermano el príncipe!... ¡Oh, bonísima señorita de Stahlbaum!

Las damas acompañaron a María y al Cascanueces al interior del palacio, conduciéndolos a un salón cuyas paredes eran de pulido cristal de tonos claros. Lo que más le gustó a María fueron las preciosas sillitas, las cómodas, los escritorios, etc., que estaban diseminados por el salón, y que eran de cedro o de madera del Brasil con incrustaciones de oro semejando flores. 

Las princesas hicieron sentar a María y a Cascanueces, diciéndoles que iban a prepararles la comida. Presentaron una colección de pucheritos y tacitas de la más fina porcelana española, cucharas, tenedores, cuchillos, ralladores, cacerolas y otros utensilios de cocina de oro y plata. 

Luego sacaron las frutas y golosinas más sabrosas que María viera en su vida, y comenzaron, con sus manos de nieve, a prensar las frutas, a preparar la sazón, a rallar la almendra; en una palabra, trabajaron de tal manera, que María pudo ver que eran buenas cocineras y comprendió que preparaban una comida exquisita. En lo íntimo de su ser, deseaba saber algo de aquellas cosas para ayudar a las princesas. La más hermosa de ellas, como si hubiese adivinado su deseo, alargó a María un mortero de oro, diciéndole:

Dulce amiguita, salvadora de mi hermano, machaca un poco de azúcar cande.

Mientras María machacaba afanosa y el ruido que hacía en el mortero sonaba como una linda canción, Cascanueces comenzó a contar a sus hermanas la terrible batalla entre sus tropas y las del rey de los ratones, la cobardía de su ejército, que quedó casi batido por completo, y la intención del rey de los ratones de acabar con él, y el sacrificio que María hizo de muchos de sus ciudadanos, etc. 

María estaba cada vez más lejos del relato y del ruido del mortero, llegando al fin a ver levantarse una gasa plateada a modo de neblina en la que flotaban las princesas, los pajes, Cascanueces y ella misma, escuchando al tiempo un canto dulcísimo y un murmullo extraño, que se desvanecía a lo lejos y subía y subía cada vez más alto.

Conclusión

¡Brr...!, ¡pum!..., María cayó de una altura inconmensurable... ¡Qué sacudida!... Pero abrió los ojos y se encontró en su camita; era muy de día, y su madre estaba a su lado, diciendo:

Vamos, ¿cómo puedes dormir tanto? Ya hace mucho tiempo que está el desayuno.

Comprenderás, público respetable, que María, entusiasmada con las maravillas que había visto, concluyó por dormirse en el salón del palacio de Mazapán, y que los negros, los pajes o quizá las princesas mismas la trasladaron a su casa y la metieron en la cama.

Madre, querida madre, no sabes dónde me ha llevado esta noche el señor Drosselmeier y las cosas tan lindas que me ha enseñado.

Y contó a su madre todo lo que yo acabo de referir; y la buena señora se maravilló mucho.

Cuando María acabó su narración, dijo su madre:

Has tenido un sueño largo y bonito, pero procura que se te quiten esas ideas de la cabeza.

María, testaruda, insistía en que no había soñado y que en realidad vio todo lo que contaba. Entonces su madre la tomó de la mano y la condujo ante el armario, donde enseñándole el Cascanueces, que, como de costumbre, estaba en la tercera tabla, le dijo:

—¿Cómo puedes creer, criatura, que este muñeco de madera de Nuremberg pueda tener vida y movimiento?

Pero, querida madre repuso María, yo sé muy bien que el pequeño Cascanueces es el joven Drosselmeier de Nuremberg, el sobrino del magistrado.

El consejero de Sanidad y su mujer soltaron la carcajada.

—¡Ah! dijo María casi llorando. No te rías de mi Cascanueces, querido padre, que ha hablado muy bien de ti; precisamente cuando me presentó a sus hermanas, las princesas, en el palacio de Mazapán, dijo que eras un consejero de Sanidad muy respetable.

Mayores fueron aún las carcajadas de los padres, a las que se unieron las de Luisa y Federico.

María se metió en su cuarto, sacó de una cajita las siete coronas del rey de los ratones y se las enseñó a su madre, diciendo:

Mira, querida madre, aquí están las siete coronas del rey de los ratones que me entregó anoche el joven Drosselmeier como trofeo de su victoria.

Muy asombrada contempló la madre las siete coronitas, tan primorosamente trabajadas en un metal desconocido que no era posible estuviesen hechas por manos humanas. El consejero de Sanidad no podía apartar la vista de aquella maravilla, y ambos, el padre y la madre, insistieron en que María les dijese de dónde había sacado aquellas coronas. La niña sólo pudo responder lo que ya había dicho, y como su padre no la creía y le decía que era una mentirosa, comenzó a llorar amargamente, diciendo.

—¡Pobre de mí! ¿Qué puedo decir yo?

En aquel momento se abrió la puerta, dando paso al magistrado, que exclamó:

—¿Qué es eso, qué es eso? ¿Por qué llora mi ahijadita? ¿Qué pasa?

El consejero de Sanidad le contó todo lo ocurrido, enseñándole las coronitas.

En cuanto el magistrado las vio se echó a reír, diciendo:

—¡Qué tontería, qué tontería! Esas son las coronitas que hace años llevaba yo en la cadena del reloj y que le regalé a María el día que cumplió dos años. ¿No os acordáis?

Ni el consejero de Sanidad ni su mujer se acordaban de aquello; pero María, observando que sus padres desarrugaban el ceño, se echó en brazos de su padrino y dijo:

Padrino, tú lo sabes todo. Dile que Cascanueces es tu sobrino, el joven de Nuremberg, y que él es quien me ha dado las coronitas.

El magistrado se puso muy serio y murmuró:

—¡Tonterías, extravagancias!

Entonces el padre tomó a María en brazos y le sermoneó:

Escucha, María: a ver si te dejas de imaginaciones y de bromas; si vuelves a decir que el insignificante y contrahecho Cascanueces es el sobrino del magistrado Drosselmeier, lo tiro por el balcón, y con él todas tus demás muñecas, incluso a la señorita Clara.

La pobre María no tuvo más remedio que callarse y no hablar de lo que llenaba su alma, pues podéis comprender perfectamente que no era fácil olvidar todas las bellezas que había visto. El mismo Federico volvía la espalda cuando su hermana quería hablarle del reino maravilloso en que fue tan feliz, llegando algunas veces a murmurar entre dientes:

—¡Qué estúpida!

Trabajo me cuesta creer esto último conociendo su buen natural; pero de lo que sí estoy seguro es de que, como ya no creía nada de lo que su hermana le contaba, desagravió a sus húsares de la ofensa que les hiciera con una parada en toda regla; les puso unos pompones de pluma de ganso en vez de la divisa, y les permitió que tocasen la marcha de los húsares de la Guardia. Nosotros sabemos muy bien cómo se portaron los húsares cuando recibieron en sus chaquetillas rojas las manchas de las asquerosas balas...

A María no se le permitió volver a hablar de su aventura; pero la imagen de aquel reino encantador la rodeaba como de un susurro dulcísimo y de una armonía deliciosa; lo veía todo de nuevo en cuanto se lo proponía, y así, algunas veces, en vez de jugar como antes, se quedaba quieta y callada, ensimismada, como si la acometiera un sueño repentino.

Un día, el magistrado estaba arreglando uno de los relojes de la casa. María, sentada ante el armario de cristales y sumida en sus sueños, contemplaba al Cascanueces; sin advertirlo, comenzó a decir:

Querido Drosselmeier: si vivieses, yo no haría como la princesa Pirlipat; yo no te despreciaría por haber dejado de ser por causa mía un joven apuesto.

El magistrado exclamó:

Vaya, vaya, ¡qué tonterías!...

Y en el mismo momento se sintió una sacudida y un gran ruido, y María cayó al suelo desmayada.

Cuando volvió en sí, su madre, que la atendía, dijo:

—¿Cómo te has caído de la silla siendo ya tan grande? Aquí tienes al sobrino del magistrado, que ha venido de Nuremberg...; a ver si eres juiciosa.

María levantó la vista. El magistrado se había puesto la peluca y su gabán amarillo y sonreía satisfecho; en la mano tenía un muñequito pequeño, pero muy bien hecho: su rostro parecía de leche y sangre; llevaba un traje rojo adornado de oro, medias de seda blanca y zapatos y en la chorrera un ramo de flores; iba muy rizado y empolvado, y a la espalda le colgaba una trenza; la espada, sujeta de su cinto, brillaba constelada de joyas, y el sombrerillo, que sostenía debajo del brazo, era de pura seda. 

Demostraba sus buenas costumbres en que había traído a María una infinidad de muñequitos de mazapán y todas las figuritas que el rey de los ratones se comiera. A Federico también le traía un sable. En la mesa partió con mucha soltura nueces para todos; no se le resistían ni las más duras; con la mano derecha se las metía en la boca, con la izquierda levantaba la trenza y..., ¡crac!..., la nuez se hacía pedazos.

María se puso roja cuando vio al joven, y más roja aún cuando, después de comer, el joven Drosselmeier la invitó a salir con él y a colocarse junto al armario de cristales.

Jugad tranquilos, hijos míos dijo el magistrado; como todos mis relojes marchan bien, no me opongo a ello.

En cuanto el joven Drosselmeier estuvo solo con María se hincó de rodillas y exclamó:

Distinguidísima señorita de Stahlbaum: aquí tiene a sus pies al feliz Drosselmeier, cuya vida salvó usted en este mismo sitio. Usted, con su bondad característica, dijo que no sería como la princesa Pirlipat y que no me despreciaría si por su causa hubiera perdido mi apostura. En el mismo momento dejé de ser un vulgar Cascanueces y recobré mi antigua figura. Distinguida señorita, hágame feliz concediéndome su mano; comparta conmigo reino y corona; reine conmigo en el palacio de Mazapán, pues allí soy el rey.

María levantó al joven y dijo en voz baja:

Querido señor Drosselmeier: es usted un hombre amable y bueno, y como además posee usted un reino simpático en el que la gente es muy amable y alegre, le acepto como prometido.

Desde aquel momento, fue María la prometida de Drosselmeier. Al cabo de un año dicen que fue a buscarla en un coche de oro tirado por caballos plateados. En las bodas bailaron veintiún mil personajes adornados con perlas y diamantes, y María se convirtió en reina de un país en el que sólo se ven, si se tienen ojos, alegres bosques de Navidad, transparentes palacios de Mazapán, en una palabra, toda clase de cosas asombrosas.

Este es el cuento de El Cascanueces y el rey de los ratones.