Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Fragmento de un diario - Amparo Dávila
El abrazo - Amparo Dávila
Sentada frente a la ventana se entretenía mirando las gotas de agua que se deslizaban por los cristales. Era una lluviosa y oscura noche de otoño, una de esas noches en que la lluvia cae lenta y continuadamente con monotonía de llanto asordinado, de ese llanto que se escucha por los rincones de las casas abandonadas.
Desde su asiento podía ver los relámpagos que centelleaban en aquel sombrío horizonte de siluetas de edificios, iluminados sólo breves instantes con la luz de los rayos. De vez en cuando se recargaba sobre la ventana y se ponía a contemplar la calle solitaria y la lluvia que caía sobre las viejas baldosas formando charcas o fugándose en corrientes.
Era casi todo lo que podía hacer en esas noches cuando el deficiente alumbrado de la ciudad bajaba considerablemente o se interrumpía por intervalos, debido a las constantes descargas eléctricas.
Noches tristísimas en que sentía el peso de un pasado plenamente vivido, y la soledad presente que la envolvía como ese inmenso silencio, sólo cortado por los truenos, los aullidos de los perros que los vecinos amarraban, o por el viento azotando puertas y ventanas.
Cansada de mirar la calle desierta tomó su labor de gancho y se sentó a tejer, a tejer también sus recuerdos cuando ella, Marina, lo esperaba noche tras noche espiando su llegada por entre los visillos de la ventana, inquietándose hasta la muerte si él no venía a tiempo.
A medida que los minutos pasaban se iba poniendo más nerviosa, se miraba al espejo cada cinco minutos empolvándose la nariz una vez y otra, se ponía perfume, crema en las manos, se peinaba, volvía a peinarse, de nuevo perfume, se limaba las uñas, enderezaba la línea de las medias, intentaba leer pero ninguna lectura lograba interesarla y botaba el libro con disgusto; iba y venía por la casa consultando el reloj, despejo, corría a la ventana.
¡Cuántas veces había llorado temiendo que algo le hubiera ocurrido, o que ya no la quisiera más y no regresara nunca! También se atormentaba pensando que estuviera con otra mujer, y sollozaba estropeando lamentablemente el maquillaje, consumiéndose de dolor y desesperación hasta que por fin oía la llave dando vueltas en la cerradura...
El largo chirrido, como un doloroso lamento, de una puerta que el viento abrió la hizo estremecer, y la ráfaga de aire que llegó hasta ella fue como un aliento frío junto a su cara, un leve soplo helado. Marina se acomodó el chal de lana y fue a cerrar la puerta. Volvió a sentarse y continuó su tejido.
Raquel la había enseñado a tejer, Raquel, y una gran nostalgia la invadió al evocar el nombre de su amiga, su única amiga. Desde la escuela habían sido inseparables, Marina le contaba todas sus cosas a pesar de que Raquel siempre censuró su manera de ser y de pensar y a toda costa quería cambiarla.
Era natural que Raquel, educada dentro de una moral demasiado rígida y llena de escrúpulos, no pudiese aceptar ni aprobar nada que se saliera de sus principios, pero a pesar de todo había sido su gran confidente. ¡Qué lejanas y diluidas en el pasado estaban aquellas tardes cuando tomaban el té en el saloncito con muebles Luis XV de la casa de Raquel! Allí hablaban horas y horas, hasta que la tarde caía y ella se iba casi corriendo para arreglarse y esperarlo.
"Nunca creí ser capaz de amar tanto, Raquel", le decía siempre, y Raquel expresaba su desaprobación moviendo la cabeza, y esbozaba una sonrisa sin decir nada. ¡Cómo le dolió cuando Raquel se casó y se fue a vivir a Viena, nada menos que a Viena, un lugar tan distante. Ella se había sentido muy triste y deprimida el día de la boda, como si tuviera el presentimiento de perderla, presentimiento que se realizó muy pronto.
Nunca le habían gustado las bodas, y a muy pocas había asistido. A la de Raquel, y a aquella otra. Aquella que decidió su vida...
Estrenó vestido y sombrero, un vestido de encaje lila que todos opinaron que era muy hermoso; pero ella no se sentía contenta, le molestaba, no, no era sólo eso, se trataba de algo más grave; le dolía mucho, muchísimo, más de lo que nunca hubiera podido imaginar, que se casara él, el amigo que tanto quería desde la infancia, quien había estado siempre tan cerca de ella en todos los momentos alegres y dolorosos.
Durante la misa no pudo contenerse y había llorado desconsoladamente y sin importarle nada, en aquella iglesia pletórica de gente elegantísima, de flores y de música. Sabía que resultaba absurdo y sobre todo cursi ir a llorar a una boda, pero su sentimiento era superior a toda formalidad y simulación. No soportaba verlo uniéndose para siempre con una mujer insignificante, vulgar, sin ningún atractivo; no, no podía soportarlo porque supo entonces, con toda certeza, que lo amaba y lo quería sólo para ella.
Después de la ceremonia fue con Raquel a la sacristía a felicitar a los novios. Raquel no le había hecho ningún comentario hasta ese momento, pero era innegable que había descubierto lo que le pasaba.
Al abrazarlo no pudo impedir que volvieran a brotar las lágrimas. "Es absurdo, ¿no crees?", fue lo único que se le había ocurrido decir, pero en los ojos de él y en el mutuo temblor del abrazo vio que no era absurdo y que la vida comenzaba para los dos en ese instante...
Nunca volvió a saber nada de Raquel. Desde que se fue a vivir a Viena, no había recibido ni una carta en todos esos años. Tal vez el marido, más lleno de prejuicios que la misma Raquel le había prohibido su amistad, tal vez... ¿Quién lo podía saber?
Los había perdido casi al mismo tiempo. En unos cuantos meses se quedó completamente sola; pero Marina prefería recordar otras cosas, otros momentos que habían llenado su vida. Aquellas noches en las que ella, ahora, hubiera querido haberse muerto de placer entre sus brazos, habría sido hermoso haber muerto así; las manos enlazadas, las bocas unidas, una sola respiración, un solo estremecimiento y, después…
Marina comenzó a percibir un olor, como de azahar o de limón o de hojas de naranjo, un perfume que invadía la habitación. Se olió las manos, no olían a nada, a jabón quizá; aspiró hondamente; era el olor que tanto le gustaba, el olor de él, a limpio, a lavanda. "Los aromas permanecen como los recuerdos, se quedan para siempre."
Cuando él se iba, Marina buscaba en el lecho el olor de su cuerpo y volvía a dormirse pensando que seguía a su lado. Cuando se lo contaba, él se reía. ¡Cómo le gustaba verlo reír!, se veía más joven aún, con ese mechón rubio que al primer descuido le caía sobre la frente, y esa como mueca irónica que hacían sus labios tan finos y bien dibujados. Era tan niño cuando se reía.
Cuánto lo había amado, cuánto lo amaba, tanto, que ella estaba allí, sin tiempo, sin importarle ya nada, lejos de todo y de todos, confinada, sólo recordando momento tras momento, palabra por palabra, como si no hubieran pasado los años, como si sólo ayer...
Y Marina sintió una imperiosa necesidad de verlo, de saber cómo había sido. Se levantó y fue a buscar un cofre donde conservaba cartas, retratos, un pañuelo, flores secas, y todas esas pequeñas cosas que se van guardando...
Ahí estaba rodeado de los maestros el día de su recepción de abogado; al contemplarlo Marina sintió como un hormigueo que le subía por las venas y un sollozo que la ahogaba. Una descarga eléctrica sacudió la noche y la luz se fue. Marina se quedó inmóvil con el cofre abierto esperando que volviera.
Lentamente las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, después de tanto tiempo de no poder llorar. Cuando creía que ya las había agotado todas, llegaban ahora, como una lluvia tibia, a refrescar los ojos ardidos por la falta de sueño.
El débil resplandor de una lamparilla de aceite, que acostumbraba tener en su recámara, dejaba llegar hasta la sala una leve claridad. Conservaba esa lámpara encendida constantemente, porque quería que fuera como un testimonio de su amor intacto. Al regresar la luz contempló la fotografía humedecida por las lágrimas...
Llevaba un traje oscuro la noche de la recepción, se veía muy serio, los nervios sin duda, era muy nervioso, demasiado nervioso, más de lo que sus amigos pensaban, siempre tenía las manos frías y húmedas, ella se las tomaba entre las suyas hasta lograr quitarles la rigidez y calentarlas, sus manos delgadas, largas... En aquella otra fotografía estaban los dos, con amigos...
Después de la cena habían bailado, bailaba muy bien, recordó aquel paso tan suyo como si arrastrara un poco el pie al dar las vueltas, era bastante alto, ella le llegaba hasta el hombro y ahí recostaba su cabeza, siempre bailaban estrechamente abrazados como si fueran un solo cuerpo, y ella revivió un hondo estremecimiento, una vibración de todo su ser, a su solo recuerdo.
Un poco mareados por los cocteles habían ido a dar un paseo a la Presa, ella se quitó los zapatos y había corrido descalza por la cortina...
Marina escuchó unas leves pisadas como si alguien hubiera entrado en la sala, ese ruido de la madera vieja cuando uno camina. "Son sólo los muebles que rechinan y truenan con la humedad, las cómodas, las mesas, las sillas, todo cruje, todo se lamenta, las he oído tantas veces, de noche todos los ruidos se agrandan, el tic tac del reloj que durante el día apenas se escucha, en el silencio de la noche es como un péndulo imponente"...
Él se había quedado fumando, recargado sobre el pretil de la cortina de la Presa, mirándola correr, sin decir nada, se veía tan pálido bajo la luz de la luna llena, tan terriblemente..., tan terriblemente pálido y hermoso como ahora que la contemplaba inmóvil y sereno allí, de pie cerca del piano.
Marina se fue incorporando mientras su corazón golpeaba sordo y acelerado, y colocó el cofre sobre una mesa que estaba a su lado. Se quedó sin saber qué hacer ni qué pensar, paralizada, como si de pronto hubiera caído en el vacío, debía ser la sorpresa, la emoción de volver a verlo cuando ya no abrigaba ninguna esperanza y, también, ¿cómo entenderlo, cómo explicárselo?
El no saber si sería su cuerpo, ese cuerpo que ella conocía tan bien, o si sólo sería humo o algo que se deshiciera entre sus manos, ella había visto la caja bajando hacia la fosa, también entonces se había preguntado una y mil veces si era él, su cuerpo, el que estaba dentro de aquella caja metálica que no había podido abrir, porque resultaba superior a sus fuerzas y porque no era posible que él estuviera ahí dentro, rígido, muerto.
Alguien había insistido en que lo viera, que eso era lo mejor, otros opinaron que no soportaría ver su rostro destrozado, después empezaron a echar la tierra, las palas de los enterradores fueron llenando la sepultura, aquella tarde neblinosa y fría de noviembre...
No, no podía moverse, era como si hubiera enraizado y no consiguiera romper esos cuantos pasos que los separaban y correr hacia él, echarle los brazos al cuello como antes cuando lo veía llegar, no se atrevía a tocarlo y era lo que más deseaba, lo que esperó tanto tiempo, nunca pudo contenerse ante él, invadida por una vehemencia irrefrenable, una pasión que la precipitaba hacia sus brazos, quería abrazarlo, besarlo, recorrer su cuerpo reconociéndolo todo..., pero el humo, el polvo, los huesos solos, no podía dejar de pensar en esas cosas, quitarlas de su mente, no, no podía, pero que él no la mirara así, así, de esa manera...
—¡No, por Dios!, no me mires así —gritó Marina y comenzó a sollozar sordamente cubriéndose el rostro...
Cuando
se enojaban ella siempre lloraba y decía muchas cosas lamentándose de su
crueldad, él se quedaba serio y callado, pensativo, mirándola con esa mirada
suya llena de tristeza, como un reproche mudo, una forma de decirle que no lo
atormentara con tonterías, con esa misma mirada con que ahora... Los aullidos
de los perros llenaron la noche. Marina cesó de llorar y alzó la cabeza.
—No te sobresaltes, amor, sólo son los perros que aúllan en la noche y el viento que mueve las puertas, no hay nadie más en esta casa, sólo tú y yo, separados por unos cuantos pasos, invadidos por un deseo de años, ha sido tan larga la ausencia, déjame que te cuente de esas eternas noches en que te llamaba hasta quedar sin voz y sólo un ruido áspero y seco salía de mi garganta enronquecida, y en que sublevada por no verte más, me golpeaba furiosamente contra los muros y las cosas hasta caer desfallecida y muerta de desesperación sobre la cama, en esa cama dura que nunca te gustó y que hacía tanto ruido, ¿te acuerdas?, espera, no te muevas, espera un poco más, ya no sé lo que te estoy diciendo, pienso tantas cosas deshilvanadas, yo no sé lo que es la muerte, nunca lo he entendido, pero tú no estás muerto, estás igual que antes, y si lo estuvieras no está muerto mi amor ni el tuyo, y estamos solos, solos y juntos con la misma ansiedad de poseernos, se ha parado el reloj, ¿escuchas?, ya no hay tiempo, podremos amarnos sin relojes que nos amenacen con el martilleo de sus horas, sin que tengamos que separar nuestros cuerpos nunca más, ¡ah! qué duro era cuando te desprendías de mí y te apresurabas a vestirte y a marcharte antes de que amaneciera y alguien pudiera descubrirte saliendo de mi casa, qué doloroso era verte partir diariamente, cuando la puerta se cerraba tras de ti yo corría a la ventana, hasta mirarte desaparecer entre las sombras de la calle, después me tendía en la cama con los ojos abiertos a reconstruir todos los instantes, te esperé mucho, mucho tiempo, ya no sé cuántos años, largas noches pegada al cristal de la ventana espiando las sombras que pasaban por la calle, corriendo después tras alguien que podía ser tú, hasta lograr verle la cara descubrir otro rostro que no me decía nada, un día perdí la esperanza de que volvieras y he vivido todos estos largos, eternos años, sólo de tu recuerdo, te he acordado siempre, a todas horas, a cada momento, sobre todo de noche cuando llueve y uno se siente tan solo y sin consuelo, oyendo la lluvia caer interminablemente, espera, amor, espera un instante más, tengo que decirte que no estoy igual que antes, tú sabes, uno deja de comer y de dormir y se enflaquece, pero no digas nada ni te pongas triste, aún puedo darte el mismo amor, el mismo placer, ven ya, amor, ven, abrázame fuerte.
Estocolmo 3 - Amparo Dávila
A pesar de ser otoño hacía un tiempo espléndido la tarde en que yo caminaba por la Colonia Juárez rumbo a la calle de Estocolmo. Allí vivían, en el número 3, desde hacía dos meses, Homero y Betty. Sin embargo, era la primera vez que iba a su nuevo departamento.
Primero había sido la enfermedad de mamá, que me tuvo a su lado todo el tiempo, como sucedía siempre que algo perturbaba su salud, lo que me había impedido visitarlos. Mamá es de esas personas demasiado aprensivas a quienes hay que dedicarse en cuerpo y alma, pues si llegan a sentirse poco atendidas o descuidadas caen en fuertes crisis depresivas que ponen en peligro su recuperación.
Después, por el trabajo rezagado y la intención de ponerlo al
corriente se fue pasando el tiempo, y éramos tan amigos que sólo por
inconvenientes así se justificaba que hubieran pasado tantos días sin verlos.
En el reloj de la Profesa daban las seis de la tarde cuando toqué el timbre de
Estocolmo 3. Casi sin aliento llegué hasta el quinto piso donde estaba el
departamento de mis amigos.
—Pero qué agradable sorpresa.
—Por fin te dejas ver.
Y los dos comenzaron a hacerme
mil reproches por el largo tiempo que había dejado de verlos, tanto, que ni
siquiera conocía la nueva casa. Yo trataba de explicarles todo lo que me había
ocurrido y por qué no me había sido posible visitarlos antes.
Un poco aclaradas las cosas,
Betty me quitó el abrigo y se encaminó al dormitorio a dejarlo, mientras Homero
me mostraba la estancia.
—Tiene una vista estupenda
—decía al tiempo en que descorría la cortina para que yo pudiera admirar un
magnífico panorama que el crepúsculo matizaba con tonalidades rosas y ocres. Le
aseguré que el departamento me parecía muy bonito, y era verdad, pues aquella
pequeña estancia, lo único que conocía hasta ese momento, con su gran ventanal,
muros recubiertos de madera y chimenea, era de lo más agradable y acogedor, y
ellos la habían amueblado con buen gusto: un sofá amplio y dos butacas (de esas
en que uno se hunde cómodamente), varios estantes llenos de libros, una mesa de
trabajo, cuadros, lámparas, y muchas otras pequeñas cosas que uno gusta de ver
y tener cerca.
—Los pisos altos tienen muchas
ventajas —seguía diciendo Homero.
Estuve de acuerdo con él, pero no dejé de hacerle notar que la escalera era bien pesada, y que yo aún no recobraba mi aliento. "Se acostumbra uno pronto y, además, es un buen ejercicio que lo mantiene a uno ágil y favorece la circulación."
Nos
sentamos y Homero siguió platicándome de lo contentos que estaban con el
departamento; que cada día le descubrían mayores ventajas; que había sido una
gran suerte encontrarlo en ese punto de la ciudad, tan bien comunicado, como si
hubiera sido hecho precisamente para ellos, de acuerdo a sus necesidades, con
una renta bastante moderada, sin ningún ruido, y donde él podía trabajar a
gusto.
Betty regresó de la recámara con
una caja de bombones y una cajetilla de cigarrillos y, tras ella, una muchacha
rubia vestida de blanco. Al verlas llegar intenté moverme hasta un extremo del
sofá para dejarles lugar donde sentarse.
—No, no te incomodes, estás bien
ahí, yo me voy a sentar aquí junto a Homero —y acercó una silla.
—¿Qué opinan si tomamos un ron?
—propuso Homero.
—Desde luego —afirmó Betty.
—Me parece buena idea —dije yo, que, debo
confesar estaba bastante sorprendida y desconcertada por aquella descortesía,
¿o de qué otra manera llamarla?, de no presentarme a la joven de blanco. A lo
mejor pensaban que ya la conocía; pero, de todos modos... Me preguntaba también
si no sería alguna pariente de Betty, pues yo no conocía a su familia que vivía
en Nueva York.
—A ti no te gusta muy fuerte,
¿verdad? —recordaba Homero cuando estaba preparando las copas.
—Lo dejo a tu gusto.
—¿Y cómo está tu madre ahora?
—preguntó Betty.
Comencé a informarle a grandes
rasgos sobre la salud de mamá, sin dejar de observar de reojo a la muchacha, que
se había quedado de pie junto a un librero mirando los volúmenes. Homero vino con
las copas para Betty y para mí, luego trajo la suya y se sentó. Los dos hacían
caso omiso de la muchacha y yo no me atrevía a preguntarles nada, porque su
misma presencia me intimidaba y no entendía qué estaba sucediendo allí.
—Por el gusto de tenerte aquí.
—Ya teníamos ganas de verte.
—Y yo no menos que ustedes. Y
¿cómo te va con tu nuevo trabajo, Homero?
—Bastante bien. Dos o tres horas
por las mañanas solamente. No se puede decir que sea pesado.
—Y ¿es interesante lo que haces?
—Leer todos los periódicos,
recortar notas, archivarlas, eso es todo...
—Tienes suerte, no cabe duda,
pues me parece un trabajo perfecto.
—Lo mejor sería no trabajar
—dijo riéndose Betty—, ¿no les parece?
Seguimos platicando un poco de todo. Homero y Betty casi se quitaban la palabra. Realmente estaban muy animados esa tarde. Entretanto, la muchacha se acercó hacia donde estábamos y se sentó en una silla de bejuco, tan frágil y fina como ella misma. Desde ahí nos observaba en silencio. Yo miré a mis amigos con mirada inquisidora, pero ellos no se dieron por aludidos, como si no quisieran tomarla en cuenta.
Entonces me puse a pensar si sería una de esas personas que abusan de la amistad, que acostumbran perturbar la intimidad de amigos y vecinos, y de las que nunca se sabe cómo desembarazarse y se termina por odiarlas frenéticamente. Era indudable que ellos sabían lo que estaban haciendo. Traté, entonces, de no preocuparme demasiado por su presencia, pero tampoco lograba ignorarla, sentada allí, tan quieta, en conmovedor silencio.
Pocas veces he estado tan
incómoda como esa tarde en que visité a Homero y a Betty en su departamento de
Estocolmo 3. Soy de esas personas con una rígida educación y me mortifica profundamente
cometer lo que a mi juicio pueda calificarse de faltas elementales de buenos
modales o de cortesía. Así que, sólo mediante un gran esfuerzo, lograba
soportar aquella absurda y molesta situación y me decía que más tarde, o cuando
hubiera oportunidad, ellos me explicarían los motivos especiales y sin duda
justificados que tenían para tratar de esa manera a la muchacha de blanco.
Homero insistió en que tomáramos otra copa y, mientras él la preparaba, Betty se levantó a encender las lámparas porque ya había oscurecido y apenas si nos veíamos las caras. Al pasar junto a la muchacha tropezó con su silla y, por poco la tira al suelo; pero ni siquiera por esto fue para pedirle la más mínima disculpa y siguió como si nada hubiera ocurrido.
Yo no me enteré de qué cara puso la joven, pues no me atreví a
mirarla. Ahora sí ya no sabía qué pensar de todo aquello y había empezado a
sufrir por la pobre chica que, sin duda, no tenía el menor sentido de la
dignidad, o el tacto de irse. En fin, la gente es tan rara a veces…
Homero regresó con las copas y seguimos nuestra charla. Me contaron que les habían pintado todo el departamento según su deseo, pues antes tenía un papel tapiz oscuro que lo ensombrecía demasiado y le daba un aspecto fúnebre. También les habían puesto una estufa nueva porque la que había no funcionaba bien.
El dueño del edificio era una finísima persona, que había accedido a todo cuanto ellos le solicitaron, ni siquiera fianza les había pedido, y sólo habían dado una renta adelantada. Les subían la correspondencia para que no tuvieran que molestarse en bajar a recogerla; tenían agua caliente todo el día; el gas y la luz estaban incluidos en el alquiler y, en fin, Homero y Betty, nunca habían soñado en encontrar un departamento con tantas ventajas como ese.
El reloj de la Profesa
dio ocho campanadas que me sonaron tristísimas, así se lo dije a ellos. Betty
aseguró que no tenían nada de tristes y que eran iguales a las de otros
templos. Entonces fue cuando la muchacha se levantó y se encaminó hacia la recámara
sin decir nada, así como había llegado.
—Por fin se va... —comenté en
voz muy baja, para que ella no pudiera oírme.
—¿Quién se va?
—¿De qué hablas?
—De ella —contesté simplemente
y, con la vista, indiqué a la muchacha que ya entraba en el dormitorio,
mientras me preguntaba qué les sucedía a Homero y a Betty.
—No te entiendo —dijo Betty.
—¿No serán los rones? —comentó,
burlón, Homero.
—Nunca pensé que esto fuera una
broma de ustedes —les reproché. A decir verdad, todo me parecía muy extraño.
—Ésta sí que es la confusión de
las lenguas —dijo Homero—, Nadie sabe de qué habla el otro.
—Claro que sí sabemos, pero ya
terminen de una vez —supliqué.
—Te aseguro que no sabemos de
qué...
—Bueno, de todos modos fue
demasiado tenerla así, todo este tiempo —les dije.
—¿Tenerla así, dónde?
—Pero, ¿cómo dónde? Aquí —y
señalé la silla que acababa de desocupar la muchacha—, sentada horas y horas
sin hablar, como si fuera una pobre muda. Creo que fue excesivo y
desconsiderado.
—¿Sentada aquí? —comentó Betty,
como sin entender, y miró a Homero fijamente.
—¿Y quién es? ¿Cómo se llama?
—se me ocurrió preguntar.
—Bueno... el caso es, que...
—comenzó a decir Homero mientras se frotaba las manos como solía hacerlo cuando
estaba nervioso:
—¿Para dónde se fue? —preguntó
de pronto Betty, interrumpiendo, lo que Homero iba a decir.
—A la recámara —contesté.
Sin decir más los dos se
levantaron y se dirigieron hacia el dormitorio, y yo detrás de ellos. Entramos
a la recámara y no había nadie allí, sólo un fuerte olor a gardenias y a
nardos, un olor demasiado dulce y pegajoso, denso y oscuro, atrayente y
repulsivo, que no se podía dejar de aspirar y que contraía el estómago en una
náusea incontenible.
—Pero, ¿tú crees que...? ¿Si
será la...? —le preguntaba Betty a Homero. Betty tenía los ojos muy abiertos y
le temblaba la boca al hablar.
—Uno qué sabe de esas cosas —
comentó sencillamente Homero que seguía restregándose las manos, presa de una
gran nerviosidad.
Yo decidí marcharme en ese
momento. Además de tener el pendiente de mamá que se había quedado sola, me
sentía bastante perturbada.
Después supe que Homero y Betty se mudaron de Estocolmo 3 al día siguiente. Después supe, también, muchas otras cosas
El pabellón del descanso - Amparo Dávila
Por más que lo intentaba no podía dejar de pensar que todo había comenzado, o se había desencadenado, con la visita de la Nena y de Billy. Angelina se había esforzado demasiado en tener la casa impecable, y todo correctamente organizado para impresionar bien al cuñado norteamericano y que él tuviera la mejor opinión de la familia de su mujer y de su casa.
Cosas como estas son muy importantes al principio del matrimonio, y más si se toma en cuenta que Billy pertenecía, según la Nena le había platicado en sus cartas, a una familia muy distinguida, conservadora y en extremo escrupulosa, que había puesto varias objeciones al matrimonio de Billy y de la Nena, por no saber — ¡claro está!— de qué origen era la Nena, pero que finalmente había tenido que dar su consentimiento.
Ni Angelina ni su tía pudieron asistir a la boda por encontrarse la señora muy delicada de salud en esos días, y ella no se había hecho el ánimo de dejarla enferma y sola.
La Nena se había casado a fines del año anterior y siempre mencionaba en sus cartas lo feliz que era, la suerte que había tenido de casarse con Billy y lo orgullosa que estaba de su familia política, tan refinada y distinguida.
Cuando anunció la Nena que vendrían Billy y ella para las vacaciones del verano tan sólo con un mes de anticipación, Angelina ya no tuvo paz. Se dedicó en cuerpo y alma al arreglo y limpieza de aquella vieja casa porfiriana que, a decir verdad, estaba muy descuidada, porque su tía hacía tiempo que ya no podía o no quería hacer nada, Julia la nana, vieja también, sólo se dedicaba a la cocina y a atender los caprichos de la señora, y Angelina, que trabajaba hasta las cinco o seis de la tarde, solamente disponía de unas horas para hacer mil cosas y entretener un poco a su tía, quien siempre se estaba lamentando de su triste vida de mujer enferma y sola.
Comenzó bajando de los estantes todos los libros de la biblioteca y sacudiéndolos uno por uno. Quitó las cortinas de todas las habitaciones y las lavó y planchó ella misma, por temor de que si las enviaba a la lavandería a lo mejor las maltrataban o rompían, puesto que ya eran algo viejas y había que tratarlas con mucho cuidado.
Enceró y lustró todos los pisos así como los muebles de madera. Tuvo que almidonar manteles y colchas, limpiar y pulir la plata, desempolvar los marcos de los cuadros, los muebles y las alfombras, alistó la vajilla, lavó los candiles y los espejos, y revisó tantos y tantos pequeños detalles que no se deben descuidar si uno quiere quedar bien y producir una buena impresión.
Cuando Billy y la Nena llegaron, la casa estaba reluciente. Y Angelina se sentía contenta y satisfecha. A la Nena le había sentado el matrimonio, no cabía duda; se veía tranquila y reposada. También su manera de vestir había cambiado: usaba ropa sencilla de corte clásico y de colores neutros o tonos suaves; se maquillaba con mucha discreción y había olvidado por completo las pestañas postizas, las pelucas y los trajes extravagantes que antes usaba.
Consultaba a Billy para todo y no lo molestaba
en nada. Qué gusto daba ver a la Nena convertida en una verdadera señora. Esto
lo comentaron muchas veces Angelina y su tía, quien no podía creer que esa
recién casada tan discreta y moderada fuera aquella muchacha tan llamativa y
exagerada, que un día se fuera a trabajar a los Estados Unidos. "No cabe
duda de que Billy sí ha sabido manejar a la Nena", decía la tía a cada
momento; "pero ¿te fijas con qué tacto se comporta la Nena?";
"¡quién lo hubiera creído!"; "yo no me esperaba este cambio tan
radical..."
Si los preparativos para la visita fueron agotadores, los días en que estuvieron Billy y la Nena resultaron exhaustivos. Billy era todo un caballero, sumamente educado, muy fino y en extremo metódico: acostumbraba desayunar a las ocho de la mañana, comer a la una en punto y cenar entre siete y media y ocho de la noche.
Para que ese
horario pudiera llevarse a cabo sin ningún tropiezo, la pobre Angelina tenía
que levantarse a las seis de la mañana y dejar preparada la comida antes de
irse a su trabajo. Porque la vieja Julia, muy claro había dicho que ella no se
comprometía a darles de comer a esa hora y, cuando decía una cosa, así era.
A la salida del trabajo, Angelina corría al Supermercado a hacer las compras para el día siguiente y luego, a toda prisa, se ponía a preparar la cena. Después de cenar salían al cine o al teatro, visitaban a algunos amigos de la Nena o de la familia, iban a tomar una copa o, simplemente daban una suelta por la ciudad, cosa que a Billy le agradaba mucho.
Angelina se excusaba algunas veces de no salir en la noche pero, como notara que esto molestaba a Billy, no volvió a negarse. Si se quedaban en la casa la velada transcurría platicando con la tía Carlota o viendo la televisión y así daban las doce o la una de la mañana igual que cuando salían.
Y ella, que se levantaba tan temprano, a esa hora se encontraba totalmente rendida, muerta de sueño y de cansancio, soñando con la tibieza de su cama. Cuando por fin se acostaba, la fatiga y la tensión nerviosa le impedían conciliar el sueño, y sólo lograba dormirse casi a la hora de levantarse.
Al sonar el despertador a las cinco y media, Angelina sentía que no
tenía fuerzas para levantarse, que su cuerpo no podía más con aquel enorme
esfuerzo que estaba haciendo día tras día, y sólo era su voluntad la que la
hacía ponerse en pie y seguir adelante, otro día más, otro más... Así
transcurrieron las tres semanas que duró la visita de la Nena y de Billy.
Cuando por fin se marcharon (y conste que Angelina adoraba a la Nena, a quien había querido siempre no como hermana menor, sino como hija, porque cuando la Nena nació y murió su madre, Angelina y la tía Carlota cuidaron a la niña que fue una muñeca de carne y hueso para Angelina quién entonces dejó de jugar con las de pasta y de celuloide.
Angelina ya no tenía ropa que ponerse, todo le quedaba tristemente flojo, como si no fuera de ella. Había perdido peso y estaba demacrada, y aunque no le gustaba tuvo que empezar a usar un poco de rubor para disimular aquella tremenda palidez. "Si vieras qué cansada me siento, como si tuviera un fuerte agotamiento", le dijo varias veces a la tía Carlota. "Te aseguro que no tanto como yo", contestaba invariablemente la tía, quien no podía admitir que otra persona estuviera más enferma que ella.
"Yo, a tu
edad, nunca sentí fatiga, era incansable, me movía de la mañana a la noche y
como si nada; en cambio, ahora, los años, las enfermedades tan serias que he
tenido, y que tengo, más bien dicho, porque lo que yo tengo sí son cosas serias
y delicadas, y ya ves cómo las he soportado..." Y Angelina entonces
hablaba de otra cosa, porque su tía nunca tomaría en cuenta otra enfermedad que
no fuera la suya propia.
Una mañana Angelina se desmayó
en la oficina al estar tomando un dictado de su jefe. Inmediatamente se la
envió con el médico de la compañía, quien ordenó una serie de análisis, como es
la costumbre.
—Esto es más serio de lo que yo
pensaba —dijo el médico cuando Angelina le llevó los resultados del
laboratorio—. ¿Qué familiares cercanos tiene usted, señorita Ruiz?, pues me
gustaría hablar con alguno de ellos.
—Realmente estoy sola. Mi
hermana y su esposo radican en los Estados Unidos, y la tía con quien vivo es
una mujer vieja y enferma y... —estuvo a punto de decir: demasiado egoísta para
preocuparse por alguien.
—Bueno, en ese caso...
—¿Qué enfermedad tengo, doctor?
—Leucemia, señorita Ruiz,
lamento mucho tener que decírselo a usted.
—¿Leucemia? He oído que es una
enfermedad mortal, ¿no es así, doctor?
—Bueno, sí, en general así es,
pero siempre hay algo que hacer, algo que intentar y, en este caso, en que el
mal no está aún en su completo desarrollo haremos todo lo que esté a nuestro
alcance para detenerlo. Hablaré hoy mismo con el señor de la Garza y le haré
ver la necesidad de internarla de inmediato en un sanatorio donde reciba usted
toda la atención que estos casos requieren.
Angelina escuchaba lo que
proponía el doctor sin decir nada, como si estuviera refiriéndose a otra
persona y no a ella. Se había quedado anonadada, consternada. Así de pronto,
sin preámbulos, sentenciada a muerte, a una muerte tal vez inminente. Y uno
nunca está preparado para morir, menos así, cuando no se espera, y que se lo
digan sin rodeos, fríamente. Salió del consultorio caminando lenta y pesadamente,
agobiada por aquella fatal sentencia.
El señor de la Garza se portó
maravillosamente cuando supo por el médico la gravedad del caso. Ordenó que
Angelina se internara en el sanatorio Inglés a donde sólo iban los altos
empleados de la compañía, y que no se escatimaran gastos en la atención de su
secretaria, a quien profesaba gran afecto, porque era la secretaria más educada
y eficiente que había tenido.
Cuando la tía Carlota supo que
Angelina se iba a internar en el sanatorio Inglés para someterse a un
tratamiento, ya que tenía una fuerte anemia, no pudo menos de comentar con su
sirvienta que eso eran puras exageraciones de Angelina. "Tener anemia no
es nada del otro mundo. Si Angelina tuviera todo lo que yo tengo no sé qué
haría y, sin embargo, yo aquí sufriendo en silencio." Estos y otros muchos
comentarios hacía a cada momento.
Angelina quedó encamada en el cuarto 253, un sábado 20 de julio. El cuarto era agradable, tenía buena temperatura, bastante luz y vista al jardín. Ella llevó solamente su radio portátil y unos cuantos libros. Y qué maravilloso fue poder permanecer todo el día en una cama tibia, amable, sin tener que hacer aquellos tremendos esfuerzos para levantarse diariamente, ir al trabajo, al supermercado, correr de un lado a otro y atender a todos los caprichos y necedades de la tía Carlota.
Poder
estar en silencio, pensando, sin oír gritos ni lamentaciones: "es tan
triste la vida cuando se está vieja y enferma, todo el mundo se cansa de uno,
nadie se preocupa por mí, soy un estorbo, ya no sirvo para nada..." Poder
contemplar el cielo desde su cama, los árboles del jardín, ver pasar las nubes,
los pájaros; oír los programas de radio Universidad, aquella música celestial
que llenaba su espíritu de una paz infinita. Qué cierto era de que no hay mal
que por bien no venga. Qué dulce bienestar la invadía, una tranquilidad nunca
soñada.
Por la mañana, cuando hacía buen tiempo, ya que a veces llovía todo el día o estaba nublado y frío, la enfermera la sacaba a pasear al jardín. Como no le permitían caminar sino lo indispensable para que no se debilitara más, la enfermera Esperanza la llevaba en un carrito de ruedas con una manta sobre las piernas, y así recorrían los senderos de grava de ese grande y bien cuidado jardín que tanto le gustaba.
Se
detenían a saludar a otros enfermos, platicaban con ellos y, después, Esperanza
situaba el carrito bajo alguna sombra y ahí permanecían hasta que llegaba la
hora de la comida. A veces platicaban. Otras veces Angelina no tenía ganas de
hacerlo y entrecerraba los ojos y se perdía en sus pensamientos y en sus
recuerdos. Entonces la enfermera sacaba su fotonovela y se ponía a leer.
Casi al fondo del jardín había
un pabellón más pequeño y separado de los demás, en donde no se advertía ningún
movimiento y a donde nadie entraba ni salía. Esto atrajo la atención, más bien
la curiosidad de Angelina, y cuantas veces pasaba por allí o estaba cerca,
sentada en su carrito, se dedicaba a observar atentamente algún indicio de
vida. Un día le preguntó a la enfermera porqué estaba tan solo ese pabellón.
—Es el Pabellón del Descanso —contestó Esperanza.
—¿El Pabellón del Descanso? Y
¿qué es eso?
—Es a donde traen a los que se
mueren. Inmediatamente que ocurre una defunción se los traen a toda prisa,
antes de que los demás enfermos se den cuenta y se pongan nerviosos. Y ahí los
tienen hasta que llega la familia y ordena a qué agencia funeraria se les
envía. Cuando los difuntos no son de la capital y han venido a curarse de algún
lugar de la República, permanecen en el Descanso, a veces varios días, mientras
llegan los familiares o alguien que los reclame. Claro que en esos casos los
preparan debidamente para que aguanten la espera y no se descompongan.
—;Y cuando nadie se muere?
—Pues entonces el Descanso está
vacío, así como ahora.
— (Está vacío, así como ahora,
está vacío, así como ahora, así como ahora, está vacío, está vacío, así como
ahora...) —Angelina repetía dentro de sí las palabras de la enfermera. Esas dos
frases la habían conmovido y perturbado. Sin duda removieron algo tan hondo y
escondido como un manantial subterráneo.
Desde ese día Angelina le pedía siempre a la enfermera Esperanza que colocara el carrito enfrente o a un lado del Pabellón, como si éste fuera el modelo que ella iba a pintar en un lienzo. Pero el dibujo era interior. Y ella observaba con gran detenimiento e interés aquel edificio un poco diferente de los otros pabellones: más sobrio, más sencillo, pintado de blanco.
Era tan agradable, que debería estar siempre lleno
de gente, de ruido, de movimiento, y no así sumido en el más completo abandono,
rodeado de silencio, como situado en el silencio mismo y en la soledad. "Qué
injusto y qué triste", pensaba Angelina.
Algunos días no la querían sacar
a pasear, bien porque el día estaba frío o porque Angelina tenía algo de fiebre
y podía pescar un resfriado o alguna otra cosa más seria. Ella insistía y
volvía a insistir en que le permitieran salir al jardín a dar una vueltecita
solamente. A veces el permiso era negado y ella pasaba todo el día sumida en la
depresión y en la angustia por no saber si el Pabellón seguía solo o si estaba
ocupado. Esos días Angelina perdía el apetito y la fiebre aumentaba. Con mucho
tacto preguntaba por los enfermos más graves: ¿cómo seguían?, ¿estaban igual o
se habían empeorado?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿qué decían los médicos?
Una vez por semana llegaba carta de la Nena, y Billy con sus mejores deseos porque Angelina saliera adelante con su enfermedad. Cartas muy cariñosas siempre, llenas de aliento y optimismo, invitándola a ir a pasar con ellos una buena temporada tan pronto los médicos la autorizaran. Julia, la sirvienta, hablaba dos o tres veces por semana, de parte de la tía Carlota, para preguntar cómo seguía.
También de la oficina se informaban de su salud, y los domingos, día de visita, iba alguien enviado por el señor de la Garza a saludarla y saber si estaba bien atendida y si necesitaba alguna cosa. El señor de la Garza fue a verla en dos ocasiones; fueron unas visitas muy breves, pero que ella agradeció enormemente pues, conociéndolo tanto, sabía muy bien lo que detestaba ir a los hospitales y visitar enfermos.
Al principio de su internamiento Angelina
esperaba el domingo con impaciencia. Le hacía una gran ilusión platicar con
alguien de la oficina, conocer las novedades, todo lo que ocurría durante su
ausencia. Su trabajo, la oficina, su
jefe y sus compañeros eran todo su mundo. Después, poco a poco, empezó a desear
que no fuera nadie a visitarla; ya no quería tener visitas, porque le impedían
ir hasta el Pabellón, sentarse frente a él, esperando con gran ansiedad que
estuviera ocupado o compartiendo su soledad.
Una mañana, como a los dos meses
de estar internada, los médicos que la atendían le dieron la noticia:
—Si todo sigue marchando bien,
así como hasta ahora, pronto le permitiremos irse para su casa, señorita Ruiz.
—La sorpresa la hizo abrir mucho los ojos, sin dar crédito a lo que oía.
—¿A mi casa?
—Tal como usted lo oye. Su
enfermedad ha evolucionado favorablemente que podrá dejar el sanatorio en poco
tiempo y continuar, en su casa, con el tratamiento.
Los médicos salieron del cuarto
y dejaron a Angelina en total desconcierto y turbación. Sus pensamientos eran
potros desbocados: "dejar el sanatorio cuando menos lo pensaba, irse para
su casa, abandonar el Pabellón, dejar el sanatorio en poco tiempo, dentro de
unos días, irse para su casa dejando el Pabellón más solo aún, porque ahora él
había encontrado quién lo compadeciera, quién lo entendiera, quién se
preocupara por su soledad, por su abandono, eso no contaba en sus planes, irse
de allí cuando menos lo esperaba, tener que irse y dejarlo, más solo ahora, más
solo y más triste, no podía ser, ella no lo podía aceptar, no podía..."
Señorita Ruiz, su pastilla,
señorita Ruiz... esta usted muy pensativa, ¿le preocupa algo?
— No, Esperanza, nada. Estaba
distraída, eso todo.
Esa noche Angelina no durmió
agobiada por aquel torbellino de pensamientos que se agolpaban en su mente sin lograr
encontrar una solución satisfactoria. Cuando la enfermera del turno de la noche
llegó, a las seis de la mañana, a tomar la temperatura y los signos vitales,
encontró a Angelina despierta y muy decaída por la noche de insomnio, bastante
pálida y ojerosa.
—Pero... ¿qué le pasa señorita
Angelina? ¿Se siente mal? ¿Le duele algo? Está usted muy pálida y demacrada.
—No, Carmelita, estoy bien
—contestó Angelina con voz apagada—; lo que sucede es que no pude dormir en
toda la noche, eso es todo.
— ¡Pero qué mala suerte!, ¡tan
bien que estaba usted!, ¡tan buena cara que tenía ayer!, parecía que ya no
estaba enferma. Ya ve qué contentos se fueron los doctores...
Angelina desayunó con desgano y
lentamente, abatida, abismada. Tenía que encontrar una solución cuanto antes
pero, ¿cómo?, ¿cuál?, la que fuera, pero ella no podía irse y dejar el
Pabellón, sería tan cruel, tan despiadado, sería una traición, sí, eso era
justamente, una traición, y ella nunca había...
—Me imagino que hoy no tendrá
ganas de salir al jardín a dar su paseo —preguntó Esperanza, sacándola de su
ensimismamiento.
—¿Cómo dice? ¡Claro que sí
quiero salir! Sabe usted que ese rato que paso en el jardín me hace mucho bien,
me gusta tanto ver las flores, el pasto verde, los árboles, los pájaros,
respirar hondo aire puro, sentir la tibieza del sol, contemplar el cielo, las
nubes, todo, pero ¿para qué perder el tiempo hablando? mejor nos vamos al
jardín.
Allí, frente al Descanso, bajo
la amable sombra de un fresno, Angelina se sintió reconfortada. Todo cambiaba
con sólo poder mirar el Pabellón, su Pabellón, sí, bien podía decirlo, era su
Pabellón, le pertenecía porque ella había descubierto su soledad, la había entendido y compartido,
ella había compadecido esa larga espera, su silencio profundo, ella había
descubierto la gran tristeza de estar siempre solo, siempre vacío, tan pocas
veces ocupado y por tan breve tiempo, unas horas, un día o dos y, después, otra
vez la espera, la espera, la espera.
—Ya es la una —decía la voz de
Esperanza como llegando de muy lejos— hay que regresar o encontraremos la
comida fría.
Esa noche tampoco durmió Angelina, pasó la noche entera cavilando. Tenía que encontrar algo, algo que evitara su partida, no podía irse y dejar el Pabellón abandonado, ella no era capaz de una cosa así, no, ella no conocía la traición ni el engaño, sería tan cruel, tan despiadado hacer una cosa así, no podía, no podía, no quería irse, se quedaría allí porque ése era su deseo, pero, ¿qué hacer?, ¿qué objetar?
Y
así daba vueltas y vueltas en la cama y el sueño ni se asomaba, además ella no
quería dormir, quería encontrar la solución que necesitaba y que tenía que
hallar pronto, antes de que la enviaran a su casa y la arrancaran para siempre
de su Pabellón, ella se iría con una infinita tristeza y un inmenso dolor y él
se quedaría más solo aún, sin nadie que se sentara enfrente a contemplarlo y a
compadecerlo, a espiar si alguien llegaba, si llevaban a algún muerto, hacía
muchos días que no se moría nadie, ¡era el colmo!, con tantos enfermos tan
graves como había, y pasaban un día y otro y otro y no se morían; y ella
preguntando con gran disimulo, dominando su ansiedad, ¿cómo sigue la señora
Escobar?, "pues ay está todavía sufriendo la pobre, es increíble la
resistencia que tienen algunas personas, la semana pasada le dieron la Extrema
Unción y ay sigue...", ¿y el señor del 305?, "¿don Severo?, pues
también en el mismo estado, a veces ya parece que se va y al otro día se
reanima, la familia ya está desesperada y también cansada y muy
gastada...", ¿y la señora española?, "ay, esa pobre mujer ya más
parece muerta que viva, pero todavía respira, cómo ha sufrido la pobre...",
eso le decían, y ella que tenía la secreta esperanza de que alguno hubiera
muerto y estuviera ahí en su Pabellón, haciéndole compañía, aunque fuera un
rato solamente, pero nadie se moría y el pobre Pabellón condenado a la más
terrible e injusta soledad, a la más angustiosa de las esperas, eso era su
vida, esperar, esperar, esperar siempre, pero, ¿por qué ese terrible destino?,
los otros pabellones llenos de gente, sin un solo cuarto vacío y el pobrecito
solo... —Otra vez despierta, qué mal está eso, no les va a gustar nada a los
doctores —dijo la enfermera de noche.
Desde ese día los médicos
acordaron que Angelina tomara un mogadón a la hora de merendar para que
durmiera bien. Y así fue. Esa noche Angelina durmió como duermen los niños, con
un sueño profundo y reparador. Dados los buenos resultados obtenidos con la
medicina, la prescribieron diariamente. Pero Angelina había encontrado de
pronto la solución que tanto anhelaba y la cual buscaba desesperadamente a
través del insomnio. Esa noche cuando después de merendar le dieron su
pastilla, ella fingió que se la tomaba, pero la escondió con todo cuidado. Y
así día tras día.
Angelina estaba ahora tranquila, aguardaba pacientemente y contaba sus pastillas como el avaro que con ojos desbordados de codicia cuenta su tesoro diariamente. A pesar de que no tomaba la pastilla dormía bien. Muy quedo, para no molestar a los demás enfermos, escuchaba su música clásica que tanto le gustaba hasta que terminaban los programas a la media noche.
Después cerraba los ojos y comenzaba a soñar
despierta cómo sería estar ahí, por fin ahí en el Pabellón, sumidos en su mutuo silencio y la perfecta
paz en la misma soledad en la larga y dolorosa espera a través de la vida a
través del opaco y gris peregrinar sin eco sin resonancia sin sentido en el
largo vacío sin comunicación identificados plenamente confundidos y completos
realizados... "sí, es perfecto" —se dijo Angelina aquella noche y
decidió no retardar más ese sueño tantas veces soñado.