El atezado maorí que ocupaba
la proa de la embarcación escrutaba la isla Austin, a la que se iban acercando
poco a poco. Hubo un momento en que torció la cabeza para clavar sus ansiosas
miradas en Carver.
—¡Tabú! —exclamó—. ¡Tabú!
¡Aussitan tabú!
Carver lo miró sin cambiar
de expresión. Dirigió la vista hacia la isla. Con un aire de sombrío malhumor,
el maorí volvió a empuñar su remo. El segundo polinesio lanzó al zoólogo una
mirada implorante.
—Tabú —dijo—. ¡Aussitan
tabú!
El hombre blanco lo miró
brevemente, pero no dijo nada. Los indígenas humillaron la cabeza y doblaron el
espinazo en prosecución de su tarea. Pero mientras Carver atisbaba la costa
hubo un mudo y significativo cambio de miradas entre los nativos.
El prao que hasta entonces
se había deslizado vivamente sobre las verdes olas hacia la isla orlada de
espuma, empezó a remolonear como si temiera acercarse. La mandíbula de Carver
se endureció.
—¡Rema bien, Malloa,
estúpido! ¡Rema bien!
Miró de nuevo a tierra. La
isla de Austin no era tradicionalmente sagrada, pero por alguna razón estos
nativos la temían. No era obligación de un zoólogo descubrir por qué. La isla
estaba deshabitada y sólo recientemente se había recogido en los mapas. Vio
cómo frente a ellos se extendían los bosques de helechos y pinos, semejantes a
los de Nueva Zelanda, obscuras masas boscosas que tapizaban las colinas;
contempló la blanca curva de la playa y se fijó en un punto en movimiento. «Un
apteryx mantelli», pensó Carver, «un kiwi».
El prao seguía avanzando con
precauciones hacia la orilla.
—Tabú —no dejaba de susurrar
Malloa—, Aquí hay muchos bunyip.
—Espero que los haya —gruñó
el hombre blanco—. No me gustaría volver junto a Jameson y los demás en
Macquarie sin llevarles por lo menos un pequeño bunyip o cualquier duendecillo
de cuento de hadas. —Soltó una risa burlona—. bunyip carveris. No está mal,
¿eh? Se vería bonito en los libros de historia natural con ilustraciones.
En la
playa cada vez más cercana, el kiwi, si realmente lo era, se precipitó hacia el
bosque. Había algo extraño en el animal y Carver se quedó mirando con un aire
de duda. Desde luego tenía que ser un apteryx; estas islas del grupo de Nueva
Zelanda eran lo bastante pobres en fauna para que pudiese ser otra cosa. Una
variedad de perro, una clase de ratas y dos especies de murciélagos completaban
la vida mamífera de Nueva Zelanda.
Desde luego, había los
gatos, cerdos y conejos importados que corrían, salvajes, por las islas del
norte y del centro, pero no aquí. No en las Aucklands ni en Macquarie y, menos
todavía, en Austin, situada en el solitario mar entre Macquarie y las desoladas
islas Balleny, casi al borde de la Antártida. No, tenía que haber sido un kiwi.
La tripulación tomó tierra.
Kolu, desde la proa, saltó como un pardusco relámpago hasta la playa y tiró del
prao contra el suave reflujo de las olas. Carver se puso en pie y bajó; luego
se detuvo en seco al oír, detrás de él, gemir a Malloa.
—Mira —se lamentaba el
indígena—. Los árboles, wahi, los árboles bunyip.
Carver miró en la dirección
señalada por el dedo del nativo. Los árboles, ¿qué tenían de particular?
Estaban a cierta distancia de la playa, lo mismo que bordeaban las arenas de
Macquarie y de las Aucklands. Luego frunció el ceño; él no era botánico. Eso
era competencia de Halburton, que quedó con Jameson y el «Fortuna» en la isla
Macquarie. El era zoólogo y sólo se daba cuenta de las variaciones de la flora
de un modo superficial. Sin embargo, frunció el ceño.
Los árboles eran vagamente
extraños. Desde lejos le habían parecido los gigantescos helechos y los
altísimos pinos kauri que cabía esperar. Sin embargo, desde cerca, tenían un
aspecto diferente, no completamente distinto, pero, con todo, un aire extraño.
Los pinos kauri no eran exactamente kauri, ni los helechos eran iguales a las
criptógamas que florecían en las Aucklands y en Macquarie. Cierto que aquellas
islas estaban muchos kilómetros al norte y se podían esperar algunas
variaciones locales. Sin embargo...
—Mutantes —masculló,
frunciendo el ceño—. Esto tiende a corroborar las teorías del aislamiento de
Darwin. Tendré que llevarle unas cuantas muestras a Halburton.
—Wahi —urgió Kolu
nerviosamente—, ¿volvemos ahora?
—¡Ahora! —estalló Carver—.
¡Cuando acabamos de llegar! ¿Creéis que hemos hecho todo el camino desde
Macquarie simplemente para dar un vistazo? Nos quedaremos aquí un día o dos y
así me será posible estudiar qué vida animal reina aquí. ¿Por qué, qué pasa?
—Los árboles, wahi —gimió
Malloa—. Bunyip, los árboles que andan, los árboles que hablan.
—Tonterías. Andar y hablar,
¿eh? —Agarró un pedrusco de la playa y
lo arrojó a la masa más próxima de sombrío verde—. Vamos a ver cómo dicen unas
palabritas.
La piedra se abrió camino
entre hojas y lianas y el suave choque se extinguió en un silencio inmóvil,
Pero no tan inmóvil, porque un momento después algo obscuro y diminuto se
perfiló en el cielo. Era tan pequeño como un gorrión, pero con la forma de un
murciélago, con alas membranosas. Carver se quedó mirándolo, asombrado, porque
el animal arrastraba una cola de unos diez centímetros, delgada como un lápiz,
un apéndice que, desde luego no debería de poseer ningún murciélago normal.
Por un momento, la criatura
aleteó torpemente a la luz del sol, ondeando su extraña cola, y luego se
refugió otra vez en la obscuridad del bosque de donde la había espantado la
pedrada. Sólo quedó un eco de su grito agudo y salvaje, algo que venía a sonar
así: «juir, juir, juir».
—¡Qué demonios! —exclamó
Carver—. Hay dos especies de quirópteros en Nueva Zelanda e islas vecinas, y
ese no era ninguno de ellos. Ningún murciélago tiene una cola así.
Kolu y Malloa se lamentaban
al unísono. La criatura era lo bastante pequeña para no desencadenar el pánico,
pero había relampagueado contra el cielo con una siniestra apariencia de
anormalidad. Era un monstruo, una aberración, y las mentes de los polinesios no
eran capaces de afrontar sin miedo extrañezas desconocidas. N
No así las mentes
de los blancos, reflexionó Carver, sacudiéndose un raro sentimiento de
aprensión. Sería una pura estupidez permitir que los temores de Koíu y Malloa
influyeran en un zoólogo perfectamente equilibrado.
—¡Callaos de una vez!
—ordenó—. Hemos de atrapar a ese bicho o a alguno de sus primos. Necesito un
ejemplar. Apostaría algo a que se trata de un rimolófida, pero de una especie
desconocida. Apresaremos uno esta noche.
Las voces de los isleños se
alzaron aterrorizadas. Carver cortó secamente las protestas y los argumentos y
descripciones fragmentarias sobre los horrores de los bunyips, los árboles que
andaban y hablaban, y los espíritus del mal con alas de murciélago.
—Vamos ya —gruñó—. Sacad las
cosas del prao. Voy a dar una vuelta por la playa en busca de un arroyo de agua
dulce. Mawson me indicó que había agua en la parte norte de la isla.
Malloa y Kolu estaban
mascullando cuando él se alejó. Al frente, la playa se extendía blanca al sol
del atardecer; a la izquierda velaba el azul Pacífico y a la derecha dormitaba
el extraño, obscuro y sombrío bosque.
Notó con curiosidad la variedad enorme de
aquellas formas vegetales, extrañándose de que apenas hubiese un árbol o
arbusto asimilable a cualquiera de las variedades comunes en Macquarie o en las
Aucklands o incluso en Nueva Zelanda. Pero, desde luego, reflexionó, él no era
botánico.
Además, las islas remotas
producen a menudo sus propias variedades particulares de flora y fauna. Esto
formaba parte de la teoría de Darwin sobre la evolución. Pensemos en la isla
Mauricio y en su dodó, y en las tortugas de las Galápagos o en el kiwi de Nueva
Zelanda o en la gigantesca y extinguida moa, ese pájaro que no vuela, parecido
a una rata, de la familia de las dinornitidas.
Y, sin embargo, pensó,
frunciendo el ceño, uno nunca se encuentra con una isla enteramente cubierta
por sus propias y únicas formas de vida vegetal. Las semillas traídas por el
viento producían un intercambio de vegetación entre las islas; los pájaros
traían semillas adheridas a sus plumas e incluso los ocasionales visitantes
humanos contribuían al intercambio.
Además, un observador
cuidadoso como Mawson habría informado en 1911 sobre las peculiaridades de la
isla Austin. No lo había hecho, ni tampoco los balleneros que recalaban allí de
vez en cuando en su viaje hacia la Antártida. Claro que los balleneros se
habían hecho muy raros en los últimos años; podía haber transcurrido un decenio
o más desde que ancló el último en Austin. ¿Qué cambio podía haber ocurrido en
diez o quince años?
Carver llegó de pronto a un
estrecho canal abierto por la marea dentro del cual goteaba un hilillo de agua
desde un peñasco de granito situado al borde de la jungla. Se detuvo, mojó un
dedo y probó el agua. Era salobre, pero potable y por tanto completamente
satisfactoria. No esperaba encontrar un gran arroyo en Austin, puesto que la
acumulación de agua tenía que ser muy pequeña en una isla de sólo ocho
kilómetros por cinco.
Con los ojos siguió el curso del arroyuelo que se perdía
en el amasijo de helechos del bosque. Una imagen insólita retuvo su atención.
Por un momento la contempló con entera incredulidad, sabiendo que no era
posible que estuviese viendo... lo que estaba viendo.
La criatura había estado
observando en el arroyuelo, porque Carver la vio al principio de rodillas en la
ribera. Eso formaba parte de la sorpresa, porque, excepto el hombre, ningún
animal adopta esta postura, y aquel ser, fuese lo que fuese, no era humano.
Unos ojos salvajes y
amarillentos le devolvieron la mirada con un brillo llameante, y aquella cosa
se alzó hasta quedar erguida. Era un bípedo, una burda imitación de hombre de
no más de cuarenta centímetros de altura. Diminutas zarpas se aferraban de
colgantes lianas. Carver vislumbró confusamente el pelaje gris que cubría su
cuerpo, su cola flexible y los dientes agudos como agujas que sobresalían de su
pequeña boca roja.
Pero lo que más llamó su atención fueron los malévolos ojos
amarillos y el rostro que no era humano, pero que contenía una odiosa
sugerencia de humanidad asilvestrada, ominosa síntesis en miniatura de rasgos
humanos y felinos.
No era la primera vez que
Carver olfateaba el peligro. Su reacción tuvo casi la naturaleza de un reflejo,
sin pensamiento ni volición; su escopeta se alzó y disparó como si se moviese
por sí misma. Este automatismo era una cualidad valiosa en las zonas salvajes
de la Tierra; más de una vez había salvado su vida disparando primero y
reflexionando después. Pero la rapidez de la reacción no se prestaba a la
exactitud.
Su bala atravesó una hoja
ante la mejilla misma de la criatura. Esta gritó y luego, con un centelleo
feroz en sus ojos salvajes, se perdió de un salto en la espesura,
Carver soltó un silbido.
—¿Qué diablos era eso?
—masculló para sí.
Pero tenía poco tiempo para
reflexionar. Pesadas sombras y un tinte anaranjado en la luz de la tarde le
advertían que la obscuridad, una obscuridad súbita y sin crepúsculo, estaba
cerca. Volvió por la curvada playa hacia el prao.
Un bajo rompiente de coral
ocultaba la embarcación y a los dos maoríes, y un alargado montículo se
interponía entre él y el sol poniente. Carver guiñó, ofuscado por la luz, y
siguió andando pensativamente sólo para petrificarse en repentina inmovilidad
al oír un grito aterrorizado que procedía de donde se hallaba el prao.
Echó a correr. No estaba a
más de cien metros del arrecife de coral, pero tan rápidamente se hunde el sol
en aquellas latitudes, que la obscuridad parecía correr con él hacia la cresta.
Las sombras se alargaban sobre la playa cuando llegó a lo alto del montículo y
se quedó mirando frenéticamente hacia el sitio donde habían varado la
embarcación.
Allí había algo. Una caja, parte
de las provisiones. Pero el prao había desaparecido.
Luego lo vio, ya en plena
bahía, a unos doscientos metros de la playa. Malloa estaba acurrucado en la
popa y Kolu estaba oculto en parte por la vela mientras la embarcación se movía
firme y rápidamente hacia la obscuridad.
Su primer impulso fue
gritar. Luego se dio cuenta de que estaban demasiado lejos para oírlo y,
deliberadamente, disparó tres veces su revólver. Dos veces disparó al aire,
pero como Malloa ni siquiera volvía la vista atrás, el tercer disparo lo hizo
apuntando cuidadosamente a la pareja fugitiva. No podía decir si aquello había
surtido o no efecto, sino sólo que el prao se adentró más rápidamente en la
negra distancia.
Crispado por la rabia,
siguió con la mirada a los desertores hasta que la blanca vela hubo
desaparecido; luego dejó de maldecir, se sentó sombríamente en la única caja
que habían descargado y empezó a preguntarse por qué habrían tenido tanto
miedo. Jamás llegó a saberlo.
La obscuridad se hizo total.
En el cielo aparecieron las extrañas constelaciones del hemisferio austral; al
sudeste relucía la gloriosa Cruz del Sur y al sur las místicas Nubes de
Magallanes. Pero Carver no tenía ojos para aquellas bellezas; desde hacía mucho
tiempo estaba ya familiarizado con el aspecto de los cielos meridionales.
Reflexionó sobre su
situación. Más que desesperada era irritante.
Estaba armado, y aun en caso
contrario, podía estar tranquilo, no había ninguna vida animal peligrosa en
estas diminutas islas al sur de las Aucklands, ni, excepto el hombre, en la
misma Nueva Zelanda. Pero ni siquiera el hombre vivía en las Aucklands, o en
Macquarie o aquí en la remota Austin.
Sin duda, Malloa y Kolu se
habían asustado de un modo terrible, pero bastaba muy poca cosa para despertar
los temores supersticiosos de un polinesio. Era suficiente una especie extraña
de murciélago o un kiwi corriendo en las sombras, o incluso sus propias
fantasías, estimuladas por supersticiones primitivas que hubiesen poblado de
tabúes la diminuta isla Austin.
Y en cuanto al rescate, era
algo más que cierto. En primer lugar, quizá Malloa y Kolu regresasen una vez
recobrado el valor; si no era así tal vez se dirigieran a la isla Macquarie en
busca del «Fortuna»; y, en último extremo, si desaparecían sin más, Jameson
acabaría por inquietarse y, en tres o cuatro días, organizaría una búsqueda. No
había ningún peligro, se dijo a sí mismo, nada por qué preocuparse.
Lo mejor
era proseguir el trabajo previsto, Por fortuna, la caja en la que estaba
sentado contenía el material necesario: su bote de cianuro para las muestras de
insectos, redes, trampas y lazos. Podía continuar tal como había proyectado,
excepto que tendría que dedicar algo de su tiempo a cazar y a prepararse
comida.
Carver encendió su pipa,
preparó un fuego con la abundante leña menuda que había por allí y se dispuso a
pasar la noche. Profirió unos cuantos selectos epítetos dedicados a los maoríes
cuando se dio cuenta de que su cómodo saco de dormir se había ido con el prao,
pero el fuego le serviría contra el frío de la avanzada latitud austral.
Pensativamente fumó su pipa hasta el final, se tendió junto a las brasas de la
hoguera y se dispuso a dormir.
Cuando, siete horas y
cincuenta minutos más tarde, el Sol asomó por el horizonte, estaba dispuesto a
reconocer que la noche había sido todo lo contrario de un éxito. Las diminutas
y persistentes pulgas que anidaban en la arena no habían dejado de acosarle y,
la verdad, sus intentos por conciliar un sueño tranquilo habían sido vanos.
¿Por que? Seguramente no
podía ser por el nerviosismo que le inspirasen la soledad y el extraño entorno.
Alan Carver había pasado muchísimas noches en lugares salvajes y solitarios.
Pero aquí los sonidos nocturnos lo habían mantenido en tensa duermevela. Por
menos una docena de veces había adquirido plena conciencia de él con un sudor
de nerviosismo. ¿Por qué?
Sabía por qué. Eran los
sonidos nocturnos en sí. No por lo que tuvieran de ruidoso
o de amenazador,
sino por..., bueno, por variedad. Sabía la riqueza de sonidos que
ampara la noche; conocía todas las llamadas de pájaros y el chillido de los
murciélagos propios de estas islas.
Pero aquí en Austin los sonidos de la noche
se había negado a ceñirse a su modelo de conocimiento. Eran extraños,
inclasificables, y mucho más variados de lo que deberían de haber sido, y, sin
embargo, incluso en el grito más salvaje, se le antojaba percibir una
perturbadora nota de familiaridad, de algo conocido.
Se encogió de hombros, A la
clara luz del día, sus temores nocturnos le parecían vanos, ridículos, por
completo injustificables en la mente de alguien tan acostumbrado como él a
lugares solitarios, Enderezó su fornido cuerpo, se desperezó y miró hacia el
amasijo vegetal cobijado por los árboles helechos.
Tenía hambre. En algún sitio
le esperaba el desayuno, bien en forma de fruta o de ave. Tal era toda la gama
de su posible elección, puesto que por ahora no estaba tan hambriento como para
pensar en otras posibles variantes: rata, murciélago o perro. Eso agotaba la
fauna de estas islas.
¿La agotaba realmente?
Frunció el ceño cuando lo asaltó un recuerdo repentino. ¿Qué decir de aquel
pequeño monstruo de ojos amarillentos que le había gritado desde el borde del
arroyo? Lo había olvidado con la excitación de la fuga de Kolu y Malloa. En
todo caso aquel ser no era ni murciélago ni rata ni perro. ¿Qué era?
Todavía con el ceño
fruncido, palpó su revólver y comprobó que estuviera a punto. Los dos maoríes
podían haber huido asustados por una amenaza imaginaria, pero aquella cosa que
viera junto al arroyuelo era algo que no podía achacar a la superstición, la
había visto. Frunció el ceño más profundamente cuando recordó el rabilargo
murciélago de la tarde anterior. Tampoco aquello era fruto de la imaginación de
los nativos.
Se encaminó hacia el bosque
de helechos. Podía suponerse que en la isla Austin había unos cuantos mutantes,
ejemplares monstruosos y especies únicas. ¿Y qué? Tanto mejor; ello
justificaría la expedición del «Fortuna». Podría contribuir a la fama de un tal
Alan Carver, zoólogo, si era el primero en informar sobre este extraño mundo
animal de la isla. Y sin embargo, era raro que ni Mawson ni los tripulantes de
los balleneros no hubiesen dicho nada sobre aquello.
Se detuvo en seco en la
linde del bosque. De pronto comprendió a qué se debía aquel aspecto extraño.
Comprendió lo que Malloa había querido decir cuando hizo un ademán hacia los
árboles. Miraba incrédulamente, pasando la mirada de árbol en árbol. Era
verdad. No había ninguna especie que estuviese relacionada con las demás. No
había dos árboles que fuesen parecidos, no había dos árboles semejantes. Cada
uno era único en el follaje, el tronco y la corteza. No había dos que se
asemejaran. No había dos árboles que se parecieran entre sí.
Pero eso era imposible.
Británico o no, sabía que eso era imposible. Y mucho más en aquella remota
islita donde la endogamia, la generación sin mezcla de familias o razas, era
inevitable. Las formas vivientes podían diferir de las de otras islas, pero no
cada forma de todas las demás; por lo menos no en una profusión tan increíble.
La misma intensidad de la competencia en un espacio tan reducido no podía por
menos que limitar el número de especies. No podía ser de otra manera.
Carver retrocedió media
docena de pasos, inspeccionando el muro vegetal. Era verdad. Había helechos
innumerables; había pinos; había árboles de hoja caduca, pero no había, en la
extensión de cien metros que podía observar con claridad, no había dos árboles
que se asemejaran. No había dos árboles lo bastante parecidos para atribuirlos
a una misma especie, quizá ni siquiera a un mismo género.
Se quedó helado en una
atónita estupefacción. ¿Qué significaba aquello? ¿Cuál era el origen de aquella
abundancia antinatural de especies y géneros? ¿Cómo podía cualquiera de
aquellas innumerables formas reproducirse a menos que hubiera otras de su tipo
que la fertilizaran? Cierto que flores del mismo árbol podían fertilizarse
entre sí, pero, entonces, ¿dónde estaban los brotes? Es un aspecto fundamental
de la naturaleza que de las bellotas salgan robles y que de las semillas del
kauri broten pinos kauri.
Con la más profunda
perplejidad, siguió caminando por la playa, apartándose de la acometida de las
olas en las que casi había llegado a internarse. La sólida pared del bosque
permanecía inmóvil excepto cuando la brisa mecía sus hojas, pero todo lo que
veía Carver era la increíble variedad de aquellas hojas. En ningún sitio,
absolutamente en ninguno, había un solo árbol que se pareciese a cualquiera de
los que él había visto antes.
Había hojas compuestas, digitadas,
acorazonadas, orviculares, aciculares, pinatífidas, paripinadas. Había muestras
de todas las variedades que él era capaz de nombrar y, aun siendo zoólogo y sin
contar con la ayuda de un botánico como Halburton, podía nombrar un gran
número. Pero no había ningún ejemplar al que pudiese relacionarse, ni
remotamente, con ninguno de los otros. Era como si en la isla Austin las
paredes divisorias entre los géneros se hubiesen disuelto y sólo permanecieran
las grandes divisiones.
Carver había recorrido más
de kilómetro y medio a lo largo de la playa antes de que la molestia del hambre
le recordase cuál había sido su proyecto original. Tenía que encontrar comida
de alguna clase, animal o vegetal. Con un sentimiento de claro alivio, vio
pájaros marinos peleando roncamente aquí y allá en la arena; por lo menos
ellos eran representantes perfectamente normales del género larus. En el mejor
de los casos, sin embargo, constituían una comida correosa y grasienta, y su
mirada volvió de nuevo a los misteriosos bosques.
Descubrió una senda, tal vez
un simple debilitamiento de la vegetación a lo largo de un suelo de roca, que
se internaba en las verdes sombras, oblicuando hacia la boscosa colina que se
alzaba en el extremo occidental de la isla. Era el primer paso accesible que
encontraba y sin dudarlo un instante se sumergió en el umbrío pasillo mirando
ansiosamente en busca de fruta o pájaros.
Frutas las vio en cantidad.
De muchos de los árboles pendían masas globulosas u ovoidales de distintos
tamaños, pero la dificultad, por lo que se refería a Carver, era que no
reconocía ninguna especie comestible. No se atrevía a arriesgarse a morder
alguna variedad venenosa; sólo Dios sabía los alcaloides violentos y deletéreos
que podía producir esta extraña isla.
Los pájaros revoloteaban y
piaban en las ramas, pero por el momento no descubrió ninguno lo bastante
grande como para merecer un balazo. Además, otro hecho había llamado su
atención: cuanto más se alejaba del mar, tanto más extravagantes se tornaban
las infinitas formas vegetales del bosque, A lo largo de la playa había podido
al menos atribuir una familia, si no su género, a cada una de las plantas, pero
aquí incluso esas distinciones empezaban a desvanecerse.
Comprendió el porqué.
—La vegetación costera está
cruzada con aportaciones de otras islas —masculló—. Pero aquí se han vuelto
locas. Toda la isla se ha vuelto loca.
El movimiento de una masa
obscura recortándose contra el cielo salpicado de hojas le llamó la atención.
¿Un ave? Si así fuese, era mucho mayor que los insignificantes pájaros que
revoloteaban por encima de él. Apuntó el revólver cuidadosamente y disparó.
El sombrío bosque multiplicó
el eco del disparo. Un cuerpo grande como el de un pato cayó con un grito largo
y extraño, se agitó brevemente entre las hierbas y se inmovilizó. Carver se
precipitó hacia su víctima y se quedó mirando con perplejidad.
No era un pájaro. Era una
criatura trepadora de no sabía qué especie, armada con garras cruelmente
afiladas y con malignos, blancos y aguzados dientes que sobresalían de una
triangular boquita roja. Se parecía mucho a un perrillo, si era posible
imaginarse a un perro trepando a un árbol. Pero la criatura no era ningún
perro.
Aun sin tener en cuenta su caída desde la copa del árbol, Carver se daba
cuenta. Las garras retráctiles, cinco en las patas delanteras, cuatro en las
traseras, eran prueba suficiente, pero más fuerte aún era la prueba de aquellos
dientes como agujas. Era un félido. Descubrió una prueba más en los amarillos y
rasgados ojos que lo miraban llameantes con el odio de un moribundo antes de
apagar su fuego con la muerte. No, no era un perro, sino un gato.
Su recuerdo voló hacia
aquella otra aparición de la orilla del arroyuelo. También aquel ser ofrecía un
innegable aspecto felino. ¿Qué significaba todo aquello? Gatos que parecían
monos; gatos que parecían perros.
Ya no tenía hambre. Tras
unos momentos de indecisión agarró el peludo cuerpo y lo llevó a la playa. El
zoólogo había superado al hombre; ya no estaba ante una pieza cazada, sino ante
un organismo capturado para el estudio, un ejemplar raro. Tenía que ir a la
playa y hacer todo lo posible por conservarlo. Indudablemente le pondrían un
nombre que se refiriera a él: Felis Carveri, por ejemplo.
Un ruido a sus espaldas le
hizo detenerse bruscamente. Miró atrás con cuidado a lo largo del túnel techado
de ramas. Lo seguían. Algo, bestial o humano, lo acechaba entre las sombras del
bosque. Lo vio, o los vio, confusamente, como informes sombras obscuras en el
brillante despliegue de las hojas agitadas por el viento.
Por primera vez, los
sucesivos misterios empezaron a causarle una sensación de amenaza. Apretó el
paso. Las sombras se deslizaron y agitaron detrás de él y, a menos que
atribuyese el fenómeno a una fantasía, un ahogado grito de alguna especie, un
reprimido aullido se alzó de la obscuridad del bosque a su izquierda y fue
contestado a su derecha.
No se atrevía a correr, pues
no ignoraba que la manifestación de miedo provoca muy a menudo un ataque tanto
por parte de bestias como de humanos primitivos. Se movió tan rápidamente como
pudo sin dar la sensación de estar huyendo del peligro y por fin vio la playa.
Allí, en terreno despejado, podría distinguir por lo menos a sus perseguidores
si éstos decidían atacar.
Pero no lo hicieron. Se
retiró del muro de vegetación, pero ninguna forma corrió tras él. Sin embargo,
allí estaban. Durante todo el camino de vuelta a la caja y a los restos de su
hoguera, percibía que tras el resguardo de las hojas acechaban formas salvajes.
La situación empezó a preocuparle.
Le era imposible permanecer en la playa indefinidamente, aguardando un ataque.
Más tarde o más temprano tendría que dormir, y entonces... Mejor era provocar
un ataque inmediato, ver con qué clase de criaturas tenía que enfrentarse y
tratar de espantarlas o exterminarlas. Después de todo, tenía abundancia de
municiones.
Alzó el revólver, apuntó a
las cambiantes sombras y disparó. Hubo un aullido que era indudablemente
bestial; antes de que se hubiese sumido en el silencio, contestaron otros.
Luego Carver empezó a retroceder violentamente cuando los arbustos se abrieron
para dejar paso a sus perseguidores y pudo ver la clase de seres que habían
estado al acecho.
Una docena de formas en
línea saltó desde el borde de la maleza a la arena, Por espacio de unos
segundos permanecieron inmóviles y Carver pensó ser víctima de una pesadilla de
zoólogo, no había otra explicación posible.
La manada era vagamente
perruna, principalmente por su método de ataque, los ahogados gañidos de sus
componentes y la disposición de los dientes de éstos, al menos en lo que Carver
alcanzaba a distinguir. Pero en modo alguno ninguno de ellos se parecía a los
perros cazadores indígenas de Nueva Zelanda ni a los dingos de Australia. Más
aún, no se parecían a ningún perro que Carver conociera.
El hecho que le convenció de
que no se trataba de un sueño fue la asombrosa repetición de todas las
observaciones que había hecho en la isla Austin: no había un solo animal que se
pareciera a otro. En realidad, pensó Carver con la devastadora fuerza de un
golpe, en esta isla loca no había visto hasta entonces dos criaturas animales o
vegetales, que parecieran emparentadas.
La indescriptible manada
avanzaba centímetro a centímetro. Vio los extremos más salvajes entre aquellas
criaturas: seres con largas patas traseras y cortos miembros delanteros; una
criatura de piel desnuda, surcada de espinas y con el rostro semihumano de un
hombre lobo; una cosa diminuta del tamaño de una rata que gañía con voz aguda;
y una poderosa criatura con el pecho en forma de barril cuyo cuerpo parecía
casi creado para la postura erguida y que avanzaba sobre sus patas traseras
tocando a intervalos el suelo con las delanteras como un orangután. Aquel ser
en particular era una monstruosidad horrible color de fango amarillento y
Carver lo eligió para su primer balazo.
El animal se desplomó sin un
grito; el proyectil le había destrozado el cráneo. Cuando el eco del disparo se
multiplicó entre las colinas, la manada respondió con un coro amenazador de
ladridos, aullidos, gruñidos y gritos. Retrocedieron, apartándose momentáneamente
del cadáver de su compañero, para luego volver a avanzar amenazadores.
Una vez más Carver disparó.
Una criatura de ojos sanguinolentos y que había avanzado a saltitos lanzó un
gañido y se derrumbó. La fila se detuvo nerviosamente, dividida ahora por dos
formas muertas. Sus gritos no eran ya más que un amortiguado gruñir mientras lo
miraban con ojos rojizos y amarillentos.
Se sobresaltó al oír un
sonido diferente, un grito cuya naturaleza no podía determinar, aunque parecía
proceder de un punto donde la orilla boscosa se alzaba bruscamente en un
pequeño acantilado. Era como si algún vigía azuzara la indescriptible manada,
porque de nuevo cobraron valor para avanzar. Y fue en este momento cuando una piedra
lanzada certeramente dio a Carver en el hombro produciéndole un agudo dolor.
Se tambaleó y examinó luego
la línea de maleza. Un proyectil significaba inteligencia. La isla loca
contenía algo más que bestias aberrantes.
Sonó un segundo grito y otra
piedra silbó junto a su oreja. Pero esta vez Carver había captado el movimiento
en lo alto del peñasco y disparó instantáneamente.
Se oyó un grito. Una figura
humana surgió de la cubierta de follaje, se bamboleó y cayó de cabeza entre los
matorrales, tres metros por debajo. La manada se dispersó aullando como si su
valor hubiese desaparecido ante esta prueba de poder. Huyeron como sombras al
interior del bosque.
Algo en la figura que había
caído del acantilado le pareció a Carver más que extraño. Frunció el ceño,
esperando un momento para asegurarse de que la indescriptible manada había
huido y de que ninguna otra amenaza acechaba en la maleza y luego avanzó hacia
el sitio donde había caído su atacante.
La figura era humana sin
duda. ¿O no lo era? Aquí, en esta isla loca, donde las especies parecían
adoptar cualquier forma, Carver vacilaba incluso en formular esa conjetura. Se
inclinó sobre su caído enemigo, que yacía boca abajo, y volvió el cuerpo hacia
arriba.
Era una muchacha. Su rostro,
con la serenidad del Buda de Nikk era joven y delicioso como una figurita
veneciana de bronce, con delicados rasgos que incluso en la inconsciencia
tenían un aspecto salvaje. Los ojos, aunque estaban cerrados, dejaban observar
una ligera oblicuidad de dríada.
La muchacha era blanca,
aunque su piel estaba tostada por el sol, Carver estaba sin embargo seguro de
su color porque en los bordes de su única prenda, una piel no curtida como de
leopardo, ya reseca y crujiente, la carne se mostraba más blanca.
¿La había matado? Con una
curiosa turbación, buscó la herida y la encontró, por fin, en un rasguño que
apenas sangraba encima de la rodilla derecha. El disparo solamente le había
hecho perder el equilibrio; lo que había producido el daño era la caída desde
el acantilado; la prueba visible era una rojiza contusión en la sien izquierda.
Pero estaba viva. La alzó apresuradamente en sus brazos y la transportó al otro
lado de la playa, lejos de la maleza en la que la abigarrada manada de la joven
sin duda acechaba aún.
Tras depositarla en el
suelo, sacudió su cantimplora casi vacía y le alzó la cabeza para humedecerle
los labios. La muchacha parpadeó y, al retornar a la conciencia, intentó
zafarse violentamente del contacto del hombre. Trató dos veces de ponerse en
pie y dos veces volvió a caer de espaldas cuando sus piernas se negaron a
sostenerla. Por último se quedó completamente pasiva, clavando una mirada de
fascinación en el rostro del hombre.
Y entonces Carver recibió
otra sorpresa. Cuando los párpados de la muchacha se alzaron, se quedó
sorprendido al ver sus ojos. Eran unos ojos inesperados a pesar de lo que hacía
concebir la débil oblicuidad. Eran ambarinos, casi dorados, y tan salvajes como
los ojos de un secuaz de Pan. La muchacha miró al zoólogo con la intensidad de
un pájaro cautivo. Pero no tenía su timidez porque sin vacilar buscó con la
mano el cuchillo de madera que pendía de la liana que ceñía su cintura.
Carver agitó la cantimplora
y ella se apartó de aquella mano extendida. Él insistió, agitando el
recipiente y, al oír el líquido borboteante, la muchacha lo aferró ávidamente,
lo sostuvo un momento en la mano y luego, para asombro de Carver, olfateó el
contenido, agitando las ventanillas de la nariz tan intensamente como se lo
permitía la pequeñez de la misma. Al cabo de un momento vertió un poco de agua
en el hueco de la mano y bebió. Por lo visto, no atinó a hacerlo directamente
de la cantimplora.
La mente de la desconocida
se despejó. Vio los dos cuerpos inmóviles de las criaturas muertas y profirió
un ahogado gemido. Cuando se movió para levantarse, la enrojecida rodilla le
dolió, y la muchacha volvió sus extraños ojos hacia Carver con una renovada
expresión de miedo. Señaló la raya roja de la herida.
—¿C'm on? —dijo con una
inflexión interrogativa.
Carver comprendió que el
sonido se parecía a palabras inglesas por casualidad.
—¿Adonde? —preguntó él con
una sonrisa burlona. La muchacha sacudió la cabeza con perplejidad.
—Burrum —respondió ella—.
Siii.
Carver la comprendió. Era el
intento de la muchacha por imitar el sonido de su disparo y el zumbar de la
bala. Dio unas palmaditas en el revólver.
—Mágico —dijo,
advirtiéndola—. Medicina mala. Mejor que seas buena muchacha, ¿comprendes? —Era
evidente que ella no le entendía—. ¿Thumbi? —probó él—. ¿Maorí tú?
Ningún resultado, sino una
larga mirada de los oblicuos y dorados ojos.
—Bueno —gruñó él—. ¿Sprechen
sie Deutsch, entonces? ¿O kanaka? O... ¡Qué demonios! Eso es todo lo que sé.
¿Latinum intelligisne?
—¿C'm on? —repitió ella
débilmente, sin apartar los ojos del revólver.
Se frotó el arañazo de la
pierna y la contusión en la sien, por lo visto atribuyendo los dos al arma.
—Está bien —accedió Carver
de mala gana. Pensó que no estaría de más impresionar a la muchacha con su
poderío—. ¡Mira esto!
Apuntó su arma contra el primer
blanco que vio: una rama muerta que se alzaba de un leño traído por la
corriente hasta el extremo del arrecife de coral. Era tan gruesa como su brazo,
pero debía de estar totalmente podrida, porque en lugar de arrancarle un pedazo
de corteza como él había esperado, el disparo abatió toda la rama.
—¡Oh! —jadeó la muchacha,
llevándose las manos a los oídos. Sus ojos parpadearon al mirarlo; luego se
esforzó frenéticamente por ponerse en pie. Estaba poseída por el pánico.
—No, no te vas a ir —ordenó
él. La agarró por un brazo—. Vas a quedarte aquí.
Por un momento se quedó
asombrado al comprobar la flexible fuerza de la muchacha. El brazo libre de
ésta se alzó con la daga de madera, y él pudo apresar también aquella muñeca.
Los músculos de la joven eran como bien templados cables de acero. Se retorcía
furiosamente; luego, con una repentina sumisión, se quedó quieta en la presa
del hombre, como si pensara: «¿De qué sirve luchar con un dios?»
Él la soltó.
—¡Siéntate! —gruñó Carver.
Ella obedeció su ademán más bien
que su voz. Se quedó sentada en la arena delante de él, alzando la mirada con
una expresión no de miedo, sino más bien de cautela en sus ojos color de miel.
—¿Dónde está tu gente?
—preguntó él con dureza, señalándola y luego ondeando el brazo en un ademán que
incluía a todo el bosque Ella se quedó mirándolo sin comprender y él cambió de
mímica.
—¿Dónde vives? —e hizo la
pantomima del acto de dormir. El resultado fue el mismo, simplemente una mirada
de turbación en aquellos ojos gloriosos.
—¡Qué diablos! —masculló él—. Tendrás un nombre, ¿no? ¡Un nombre! ¡Mira! —Se golpeó el pecho—.
Alan. ¿Comprendes? Alan, Alan. Eso lo entendió inmediatamente.
—Alan —repitió con
docilidad.
Pero cuando él intentó saber
el nombre de ella, fracasó rotundamente. El único resultado de sus esfuerzos
fue un aumento de perplejidad en los rasgos de la muchacha. Por fin reanudó sus
esfuerzos por sacarle de alguna manera dónde estaban su hogar y su gente,
variando los ademanes en todas las formas que podía ocurrírsele. Y por último
ella pareció comprender.
Se puso vacilantemente en
pie y profirió un grito extraño, bajo y doliente. Al instante fue contestado
desde la espesura, y Carver se envaró al ver aparecer la misma manada
multicolor de seres indescriptibles. Debían de haber estado vigilando,
acechando sin ser vistos. Una vez más, al avanzar, dieron un rodeo a los dos
compañeros muertos.
Carver sacó su revólver. Su
movimiento fue seguido por un grito de angustia de la muchacha, que se lanzó
ante él con los brazos extendidos como para escudar a la manada de la amenaza
del arma. Se quedó mirándolo temerosa, pero desafiante, y había en su rostro
una expresión de desconcierto. Era como si acusase al hombre de haberle
ordenado llamar a sus compañeros sólo para amenazarlos con la muerte. Él se
quedó mirándola con fijeza.
—Está bien —dijo por fin—.
¿Qué más da un monstruo más o menos en esta isla que los tiene a docenas? Diles
que se vayan.
Ella obedeció aquel ademán
imperativo. La siniestra manada se retiró silenciosamente y la muchacha se
volvió vacilante como para seguir a las criaturas, pero se detuvo de pronto al
escuchar la orden de Carver. Era la suya una actitud curiosa, en parte de
miedo, en parte fascinada, como si ella no comprendiese del todo la naturaleza
del zoólogo.
Éste era un sentimiento que
él compartía hasta cierto punto, pues desde luego había algo misterioso en el
hecho de encontrarse con una muchacha blanca en esta extravagante isla Austin.
Era como si en la diminuta isla hubiese un ejemplar y sólo uno de todas las
especies vivientes del mundo y ella fuese la representante de la humanidad.
Siguió mirando perplejo aquellos salvajes ojos ambarinos.
De nuevo pensó que en
aquella parte de Austin que había atravesado no había visto dos criaturas
iguales. ¿Era esta muchacha también una mutante, una variante de alguna
especie distinta a la humana y que por pura casualidad había adoptado una forma
perfectamente humana? ¿Representaba ella a la forma humana en la isla, Eva
antes de Adán en el Edén? Había habido una mujer antes que Adán, reflexionó.
—Te llamaremos Lilith —dijo
pensativamente. El nombre era muy adecuado a aquellos rasgos salvajes y
perfectos y a aquellos ojos llameantes. Litith, el ser misterioso al que Adán
encontró en el paraíso antes que Eva fuese creada—. Lilith —repitió él—. Alan,
Lilith. ¿Comprendes?
Ella imitó los sonidos y el
gesto. Sin protesta, aceptó el nombre que él le había dado, y se hizo evidente
que entendía aquel sonido como el nombre que le había sido puesto. Porque
cuando él lo profirió pocos minutos más tarde, los ambarinos ojos de la
muchacha se quedaron mirándolo con aire interrogativo.
Carver se echó a reír y
prosiguió con sus desconcertados pensamientos. Reflexivamente, sacó su pipa y
la cargó, luego frotó una cerilla y la encendió. Lilith profirió un grito de
sorpresa y extendió la mano. Carver no comprendió lo que ella estaba buscando,
hasta que los dedos de la muchacha se cerraron alrededor de la cerilla. Había
querido apoderarse de la llama como quien se apodera de un trapito que lleva el
viento.
Gritó dolorida y asustada.
Inmediatamente la manada apareció al borde del bosque, lanzando aullidos de
cólera, y Carver se dispuso de nuevo a hacerles frente. Pero otra vez Lilith,
recobrándose de la sorpresa de la quemadura, detuvo a sus amigos y les ordenó
con un grito que volvieran a refugiarse entre las sombras. Se chupó los
quemados dedos y miró a Carver con ojos agrandados por el asombro. Éste
concluyó con un sentimiento de incredulidad que la muchacha no comprendía lo
que era el fuego.
Había una botella de alcohol
en la caja del equipo; la sacó, agarró la mano de Lilith y vendó los dedos
quemados con un pañuelo impregnado en alcohol, aunque sabía muy bien que no era
el mejor remedio para las quemaduras. Aplicó el desinfectante a la rozadura de
bala en la rodilla. La muchacha gimió débilmente por el escozor, luego sonrió
al aplacársele mientras sus extraños ojos ambarinos seguían con fijeza las
bocanadas de humo de la pipa de Carver y las ventanillas de la nariz aleteaban
husmeando el penetrante olor a tabaco.
—Y ahora —preguntó Carver,
fumando reflexivamente—, ¿qué voy a hacer contigo?
Por lo visto, Lilith no
tenía ninguna sugerencia que hacer. Simplemente siguió mirando con sus grandes
ojos.
—Por lo menos —continuó él—,
deberías saber qué comida se puede encontrar en esta isla loca. Porque tú
comes, ¿no?
Hizo la mímica de la acción.
La muchacha comprendió
inmediatamente. Se puso en pie, se dirigió al sitio donde estaba el cuerpo del
gato con aspecto de perro y, por un instante, pareció olfatear su olor. Luego
sacó del cinto su cuchillo de madera, apretó aquel cuerpo con un pie descalzo y
cortó y arrancó una tira de carne. Alargó a Carver la sangrienta piltrafa y
evidentemente se quedó sorprendida ante el gesto con que se negaba a aceptarla.
Al cabo de unos momentos
apartó la oferta, miró de nuevo a la cara del hombre y clavó sus blancos
dientecillos en la carne. Carver notó con interés lo delicadamente que sabía
realizar una maniobra tan difícil, pues sus blandos labios no se mancharon con
la menor gota de sangre.
Pero el caso era que él
seguía hambriento. Frunció el ceño al pensar cómo dárselo a entender, pero por
último encontró el medio.
—¡Lilith! —dijo
enérgicamente. Los ojos de la muchacha relampaguearon en seguida hacia él,
Carver indicó la carne que ella enarbolaba, luego señaló a la misteriosa línea
de árboles—. Fruta —dijo él—. Comida de árbol. ¿Comprendes?
Imitó los movimientos de
quien come.
Una vez más la muchacha
comprendió inmediatamente. Era raro, pensó él, la rapidez con que ella entendía
algunas cosas, en tanto que otras parecían estar totalmente fuera de su
alcance. Raro como todo lo que había en la isla Austin. ¿Es que, después de
todo, Lilith sería enteramente humana?
La siguió hasta la línea de árboles,
lanzando a hurtadillas alguna que otra mirada a aquellos ojos salvajes color de
llama, y a sus rasgos, hermosos, pero sin pulimento, como los de una dríada o
de un elfo.
Ella subió por la empinada
orilla y pareció desaparecer mágicamente en las sombras. Por un momento, Carver
sintió un sobresalto de alarma mientras trepaba desesperadamente tras ella; la
muchacha podía esquivarlo aquí tan fácilmente como si en realidad ella misma
fuese una sombra.
Cierto que él no tenía ningún derecho moral a retenerla, sino
el muy discutible que le proporcionaba el ataque del que ella le había hecho
víctima; pero no quería perderla, no todavía. O quizá nunca.
—¡Lilith! —gritó cuando
coronó la cresta.
Ella apareció casi a su
costado. Por encima de ambos se retorcía una curiosa liana de la que colgaban
frutas de un verde blancuzco con el tamaño y la forma de un huevo de gallina.
Lilith agarró una, la partió con ágiles dedos y se llevó una porción a la
nariz. Olfateó cuidadosa y delicadamente y luego arrojó lejos la fruta.
—Pah bo —dijo, arrugando la
nariz con expresión de desagrado.
Encontró otra clase de fruta
de extraño aspecto, compuesta por un disco fibroso del que salían cinco
protuberancias en forma de dedos; el conjunto tenía la apariencia de una mano
grande y mal formada. La olfateó tan cuidadosamente como había hecho con la
otra y luego le sonrió.
—Bo —dijo, alargándosela.
Carver vaciló. Después de
todo, no había pasado mucho más de una hora desde que la muchacha había tratado
de matarlo. ¿No era posible que estuviera ahora persiguiendo el mismo fin al
ofrecerle la fruta venenosa?
La muchacha sacudió el
objeto desagradablemente bulboso.
—Bo —repitió, y luego,
exactamente como si comprendiera la vacilación de su compañero, arrancó uno de
los dedos, se lo metió en la boca y le sonrió.
—Está bien, Lilith —sonrió
él a su vez, tomando el resto de la fruta.
Ésta era mucho más agradable
al paladar que a los ojos. La pulpa tenía una dulzura ácida que le resultaba
vagamente conocida, pero que no pudo identificar del todo. Sin embargo, animado
por el ejemplo de Lilith, comió hasta aplacar el hambre.
El encuentro con Lilith y
con su salvaje manada había borrado los recuerdos de su misión. Al volver hacia
la playa frunció el ceño recordando que él estaba aquí como Alan Carver,
zoólogo, y no con otro papel. Pero, ¿dónde podía empezar?
Estaba aquí para
clasificar y tomar muestras, pero, ¿qué iba a hacer en una isla loca donde cada
criatura era de una variedad desconocida? Aquí no había posibilidad ninguna de
clasificación, porque no había clases. Había sólo un ejemplar de cada especie
o por lo menos así parecía.
Más que dedicarse a una
tarea que parecía inútil antes de empezarla, Carver gobernó sus pensamientos en
otra dirección. Aquí, en algún sitio de Austin, estaba el secreto de este
revolucionario desorden, y parecía mejor buscar la clave definitiva que perder
el tiempo en la tarea interminable de clasificar.
Exploraría la isla. Algún
extraño gas volcánico, pensó vagamente, o algún raro depósito radiactivo,
análogo a los experimentos de Morgan con rayos X sobre plasma de gérmenes. O
alguna otra cosa. Tenía que haber alguna respuesta.
—Vamos, Lilith —ordenó, y se
encaminó hacia el oeste, donde la colina parecía ser más alta que la eminencia
opuesta que había en el extremo oriental de la isla.
La muchacha lo siguió con su
acostumbrada obediencia, con sus ojos color de miel clavados en Carver con
aquella mezcla curiosa de miedo, admiración y, quizás, un asomo de adoración.
El zoólogo no estaba tan
preocupado con la acumulación de misterios como para no poder mirar de vez en
cuando la salvaje belleza de aquel rostro, y una vez se sorprendió a sí mismo
tratando de figurársela con atuendos civilizados: su cabello color caoba
recogido bajo uno de los sombreritos corrientes en la época, su esbelto cuerpo
envuelto en telas más finas que la reseca y crujiente piel que llevaba, sus
pies metidos en delicados zapatitos y sus piernas en finas medias. Se encogió
de hombros y rechazó aquella imagen, pero no habría podido decir si era porque
le parecía demasiado anómala o demasiado atractiva.
Empezó a subir la cuesta.
Austin era una isla muy boscosa, como las Aucklands, pero el avance resultaba
fácil, porque, aunque loco, el bosque estaba relativamente desprovisto de
maleza.
Un par de aves emprendieron
el vuelo a su paso. La primera era sólo una paloma moñuda, irguiendo su
gloriosa cresta de plumas y la segunda sólo un loro gris. Las aves en Austin
eran normales comunes al resto de especies de los mares del sur. ¿Por qué?
Porque eran móviles; viajaban o eran empujadas por las tormentas de isla en
isla.
Era media tarde cuando
alcanzaron la cima, donde una solemne columna de basalto rojo se alzaba sin
vegetación como la torre de observación de un guarda forestal. Trepó por uno de
los costados y sin que Lilith se separase de él, miró más allá del valle
central de la isla hacia la colina que había en el extremo oriental.
Entre ambas colinas se
extendía el bosque salvaje cuyas profundas sombras verdiazules centelleaban
aquí y allá como la superficie de un lago en calma. Algunas especies de aves
revoloteaban abajo y lejos, en el centro mismo del valle, se divisaba el brillo
del agua.
Calculó que aquello debía de ser el arroyuelo que ya conocía. Pero en
ninguna parte, en ninguna parte en absoluto, había señal alguna de ocupación humana
que explicase la presencia de Lilith: ninguna humareda, ningún claro, nada.
La muchacha le tocó un brazo
tímidamente e hizo un ademán hacia la colina opuesta.
—Pah bo —dijo, temblorosa.
Debía de comprender que él no entendía, porque repitió la frase y añadió—: Rrrr
—moldeando sus perfectos labios en la imitación de un gruñido—: Pah bo, lay
shot.
Apuntó de nuevo hacia el
este.
¿Estaba tratando de decirle
que vivían en aquella región algunos animales feroces? Carver no podía
interpretar aquella mímica de otra manera, y la frase que ella había usado era
la misma que aplicó a la fruta venenosa.
Entornó los ojos y miró
intensamente hacia la eminencia del este, luego se sobresaltó. Había allí algo,
no en la colina opuesta, sino cerca del hilillo de agua que corría por en
medio.
Tomó los prismáticos que
llevaba colgados del hombro y los enfocó hacia allí. Lo que vio, aunque no con
claridad bastante como para tener la certeza, era una especie de estructura
irregular que podía ser las paredes sin tejado de una casita en ruinas.
El Sol se ponía ya. Era
demasiado tarde ya para una exploración, pero la haría al día siguiente. Marcó
en su memoria el lugar de aquellas ruinas y luego empezó a bajar.
A medida que se acercaba la
obscuridad, Lilith empezó a mostrar una curiosa reluctancia a avanzar hacia el
este, quedándose atrás, a veces tirándole con timidez de un brazo. En dos
ocasiones dijo: «¡No, no!» y Carver se preguntaba sí la palabra formaba parte
del vocabulario de la muchacha o si la había aprendido de él. Cierto era,
reflexionó divertido, que él había utilizado la palabra con suficiente
frecuencia como para que incluso un niño pudiese aprenderla.
Otra vez tenía hambre a
pesar de las frutas que de vez en cuando Lilith elegía para él. En la playa
mató de un disparo a un magnífico cisne negro australiano y lo transportó,
cogido por las patas, mientras Lilith, aterrorizada por el disparo, lo seguía
ahora sin objetar.
Caminó por la playa hasta su
caja; no es que aquel lugar fuese preferible a otro, pero si Kolu y Malloa
regresaban o traían una expedición de rescate desde el «Fortuna», aquel era el
sitio donde buscarían primero.
Juntó leña seca y, en el
mismo momento en que descendía la obscuridad, encendió un fuego.
Sonrió ante el sobresalto de
pánico de Lilith y sus ahogadas exclamaciones de terror cuando la llama de la
cerilla prendió y se extendió. Indudablemente ella se acordaba de sus dedos
quemados y, titubeando, dio vueltas alrededor de las llamas para acurrucarse
junto a Carver, que se ocupaba en desplumar y limpiar su trofeo.
Era obvio que Lilith no
comprendía nada cuando él atravesó el ave con un espetón y empezó a asarlo,
pero Carver sonrió al ver la forma en que fruncía su sensitiva naricilla ante
el olor combinado de la leña ardiendo y de la carne asándose.
Cuando terminó la operación,
él cortó un trozo de la carne, sabrosa y rica en grasa como la de un pato, y
Carver sonrió de nuevo ante su desconcierto. Ella la comió, pero con mucho
cuidado, sorprendida a la vez por el calor y el sabor nuevo de la carne; sin
duda la habría preferido cruda y sangrante. Cuando hubo acabado, se limpió los
dedos muy delicadamente con arena húmeda que recogió de un charco dejado por la
marea alta.
De nuevo Carver se
preguntaba qué hacer con la muchacha. No quería perderla, pero difícilmente
podía permanecer despierto toda la noche para vigilarla. Podía atarla con las
cuerdas que habían asegurado su caja de vituallas, pero por la razón que fuese
la idea no le agradaba en absoluto. La muchacha era demasiado ingenua, demasiado
confiada y estaba llena de terror y de adoración. Y además, salvaje o no, era
una muchacha blanca sobre la cual él no tenía ninguna autoridad legítima.
Por último se encogió de
hombros y sonrió por encima del fuego a Litith, quien había perdido algo de su
miedo a las brincantes llamas.
—Haz lo que quieras —comentó
él amistosamente—. Me gustaría que te quedases por aquí cerca, pero no
insistiré.
Ella le devolvió su sonrisa
pero no dijo nada. Carver se tendió en la arena; estaba lo bastante fría para
amortiguar las actividades de las molestas pulgas de playa, y al cabo de un
rato se quedó dormido.
Su descanso fue
intermitente. El salvaje coro nocturno volvió a turbarlo con su extrañeza y
despertó varias veces. En la primera de ellas vio a Lilith sentada, mirando
fijamente las brasas moribundas. Más tarde, cuando despertó de nuevo, el fuego
estaba completamente apagado, y Lilith se hallaba en pie. Mientras él la miraba
en silencio, la muchacha se volvió hacia el bosque. A Carver le dio un vuelco
el corazón; Lilith le abandonaba.
Pero Lilith se detuvo. Se
inclinó sobre algo obscuro, el cuerpo de una de las criaturas que él había
matado, la más grande. Vio cómo la muchacha se esforzaba en levantarla y,
hallando el peso demasiado grande, lo arrastraba trabajosamente hacia el
espolón de coral y lo arrojaba al mar.
Regresó lentamente; tomó en
brazos el cuerpo más pequeño y repitió la acción, quedándose luego largos
minutos inmóvil contemplando el agua obscura. Cuando regresó al lado de las
cenizas, se quedó mirando unos momentos la Luna, y él vio cómo en sus ojos
brillaban unas lágrimas. Comprendió que había presenciado un enterramiento. La
contemplaba en silencio.
La muchacha se dejó caer en la arena cerca del negro
montón de cenizas, pero daba la impresión de que no necesitaba dormir. Miraba
tan fija y temerosamente hacia el este, que Carver experimentó una especie de
presentimiento. Estaba a punto de incorporarse cuando Lilith, como si llegase a
una decisión después de haberlo pensado mucho, se levantó y caminó por la arena
hacia los árboles.
Sorprendido, él se quedó
mirando hacia las sombras y de ellas se alzó aquella misma extraña llamada que
había oído en otras ocasiones. Aguzó los oídos y se convenció de que percibía
un débil gañir entre los árboles. Ella había llamado a su manada. Carver sacó
en silencio su revólver de la funda.
Lilith reapareció. Tras
ella, sombras más obscuras se recortaban sobre la imprecisa maleza, formas
extravagantes. La mano de Carver se crispó alrededor de la empuñadura del
revólver.
Pero no hubo ningún ataque.
La muchacha profirió una orden ahogada, las acechantes sombras desaparecieron y
ella regresó sola a su sitio en la arena.
El zoólogo pudo verle la
cara, pálida a la plateada luz de la Luna. Lilith le contemplaba y, convencida
de que Carver dormía profundamente, se decidió a imitarle, el temor había
desaparecido de sus rasgos; estaba más tranquila, más confiada. De pronto
Carver comprendió por qué; había ordenado a su manada que montasen guardia
contra cualquier peligro que pudiera amenazar desde el este.
Lo despertó el alba. Lilith
estaba todavía durmiendo, ovillada como un niño sobre la arena, y durante algún
tiempo él se quedó mirándola. Era muy bella, y ahora, con sus dorados ojos
cerrados, parecía mucho menos misteriosa; no parecía una ninfa o dríada de la
isla, sino simplemente una muchacha deliciosa, salvaje y primitiva.
Pero él sabía,
o estaba empezando a sospechar, la loca verdad sobre la isla Austin. Si la
verdad era la que él temía, entonces lo mismo podía él enamorarse de una
esfinge, de una sirena o de un centauro femenino, como de Lilith.
Procuró hacerse fuerte.
—¡Lilith! —llamó con un gruñido.
Ella despertó con un
sobresalto de terror. Por un momento miró a su alrededor con pánico total en
los ojos; luego recordó, jadeó y sonrió trémulamente. Su sonrisa hizo
reflexionar a Carver. Se pregunto cómo había podido desconfiar de ella, temer
una traición de su parte. Su aspecto era hermoso y conmovedoramente humano,
excepto sus salvajes ojos color de llama. Y también pensó que esto último no
era más que fruto de su imaginación.
Lo siguió hacia los árboles.
No había ninguna señal de sus bestiales guardianes, aunque Carver sospechó que
estaban cerca. Se desayunó de nuevo con frutas elegidas por Lilith,
seleccionadas sin error posible, entre la variedad casi infinita, por aquella
delicada naricilla. Carver pensó interesado que el olor parecía ser el único
medio de identificar a los géneros en aquella isla demencial.
El olor es químico por
naturaleza. Las diferencias químicas significan diferencias glandulares, y las
diferencias glandulares, a fin de cuentas, probablemente son las causantes de
las diferencias raciales. Es muy posible que la diferencia entre un gato y un
perro fuese, en definitiva, una diferencia glandular. Se estremeció ante el
pensamiento y miró con mayor fijeza a Lilith, pero, por torpe que él fuera,
ella no parecía ser ni más ni menos que una pequeña salvaje insólitamente
bonita, excepto aquella rareza de sus ojos.
Él siguió moviéndose hacia
la parte este de la isla con la intención de seguir el arroyuelo hasta
encontrar la cabaña en ruinas, si era una cabaña en ruinas. Una vez más notó el
nerviosismo de la muchacha cuando se acercaban al arroyo que casi dividía por
el centro esta parte del valle. Desde luego, a menos que aquellos temores
fuesen mera superstición, había algo peligroso allí. Examinó de nuevo su
revólver y siguió andando.
A la orilla del arroyuelo,
Lilith empezó a presentar dificultades. Lo agarraba de un brazo y tiraba de él
atrás gimiendo «¡No, no, no!» en asustada repetición.
Cuando él la miraba con
impaciente aire interrogativo, ella sólo sabía repetir, ansiosa y temerosa, la
frase del día anterior:
—Lay shot, lay
shot.
—¡Vamos! —gruñó él—. Aquí no hay nada.
Se volvió para seguir el
curso del agua hacia el bosque.
Lilith se quedó atrás. No
podía decidirse a seguirlo. Por un instante él se detuvo y volvió la cabeza
hacia aquella figurita encantadora, pero luego continuó andando. Mejor que
ella se quedase donde estaba. Mejor no volver a verla nunca, porque era
demasiado bella para tenerla cerca. Sin embargo, Dios sabía, pensó, que parecía
bastante humana.
Pero Lilith se rebeló. Una
vez que tuvo la certeza de que él estaba resuelto a seguir adelante, lanzó un
grito asustado.
—¡Alan! —llamó—. ¡Alan!
Él se volvió, atónito por el
hecho de que ella recordase su nombre, y la encontró andando a su lado. Estaba
pálida, horriblemente asustada, pero no quería dejar que se fuese solo.
Sin embargo, no había nada
que indicase que esta región de la isla era más peligrosa que el resto. Había
la misma loca profusión de variedades vegetales, las mismas inclasificables
hojas, frutas y flores. Sólo, o él se lo imaginó, que había menos pájaros.
Una cosa detuvo su avance. A
veces la orilla oriental del riachuelo parecía más despejada que aquella por la
que iban caminando, pero Lilith se negaba resueltamente a permitirle cruzar.
Cuando él lo intentó, se aferró a él tan desesperada y violentamente, que no
tuvo más remedio que ceder y prosiguió su camino a través de la maleza. Era
como si el curso de agua fuese una línea divisoria, una frontera o, frunció el
ceño, un límite.
A mediodía alcanzaron su
objetivo. Al doblar un recodo, semioculta por la tupida vegetación, Carver la
vio.
Era una cabaña o, mejor, sus
restos. Las paredes de troncos aún estaban en pie, pero el tejado,
indudablemente de bálago, se había desintegrado hacía mucho tiempo. Pero lo
primero que impresionó a Carver fue la certeza, evidente por el trazado, por
las aberturas de las ventanas y de la puerta, que aquella no era una choza
nativa. Había sido la cabaña de un hombre blanco.
Se alzaba en la orilla
oriental, pero allí el arroyo se estrechaba hasta convertirse en un mero hilo,
borboteando desde un gran charco en diminutos rápidos. Él cruzó de un salto sin
prestar atención al grito de angustia de Lilith. Pero cuando la miró a la cara
se detuvo.
Sus magníficos ojos color de miel estaban agrandados por el miedo y
sus labios se crispaban en una tensa línea de la más resuelta determinación.
Tenía el aspecto de una mártir de la antigüedad que caminase al encuentro de
los leones. Era como si dijese: «Si estás resuelto a morir, moriré contigo».
Pero dentro de las ruinosas
paredes no había nada que inspirase temor. No había vida animal en absoluto,
excepto un pequeño ser parecido a una rata que se escapó entre los troncos
cuando ellos se acercaron. Carver lanzó una mirada por el herboso interior,
donde crecían helechos, y vio los restos de muebles que se desmoronaban y
caídos despojos. Hacía años desde que aquel lugar había conocido ocupantes
humanos, un decenio por lo menos.
Tropezó con algo. Bajó la
mirada y vio entre las hierbas un cráneo y un fémur humanos. Y luego otros
huesos, aunque ninguno de ellos estaba en una posición natural. Su antiguo
propietario debía de haber muerto allí donde se hundía el ruinoso camastro, y
había sido arrastrado hasta aquí por algún animal.
Miró de soslayo a Lilith,
pero ella estaba simplemente mirando con fijeza y pánico hacia el este. No
había visto los huesos o quizá no significaban nada para ella, Carver los
removió con cuidado buscando alguna pista sobre la identidad de los restos,
pero no había nada excepto una corroída hebilla de cinturón. Aquello, desde
luego, era poco; había sido un hombre y muy probablemente un hombre blanco.
La mayor parte de los
escombros estaban hundidos varias pulgadas en la acumulación de tierra fangosa.
Dio unas patadas entre los fragmentos de lo que alguna vez debió de haber sido
un armario, y de nuevo su pie tropezó con algo duro y redondo; ningún cráneo
esta vez, sino un jarro ordinario.
Lo recogió. Estaba sellado y
tenía algo dentro. El tapón estaba soldado por la corrosión de los años;
Carver partió el cristal contra un tronco. Lo que sacó de entre los fragmentos
era un librito de notas de borde amarillento y quebradizo, Soltó unas
palabrotas cuando una docena de hojas se desintegraron en sus manos, pero lo
que quedaba parecía ser más fuerte. Se sentó en un tronco y examinó la tinta
casi borrada.
Había una fecha y un nombre.
El nombre era Ambrose Callan y la fecha el 25 de octubre de 1921. Frunció el
ceño. Reflexionó. En 1921 él estaba en un instituto de segunda enseñanza. Pero
el nombre de Ambrose Callan le era familiar.
Leyó más de las descoloridas
líneas, luego se quedó mirando pensativamente al espacio. Aquel era el hombre,
entonces. Recordaba la expedición Callan porque, cuando joven, se interesaba
por lugares lejanos, exploraciones y aventuras, como cualquier adolescente. El
profesor Ambrose Callan de una famosa universidad. Empezó a recordar que Morgan
había basado parte de su trabajo con especies artificiales, evolución
sintética, en las observaciones de Callan.
Pero Morgan sólo había
logrado crear unas pocas especies nuevas de la mosca del vinagre, de la
drosophila, exponiendo plasma germinal a rayos X. Nada comparable a este
manicomio de la isla Austín. Lanzó una mirada a la tensa y temerosa Lilith y se
estremeció, porque ella parecía tan linda y tan humana. Volvió los ojos a las
quebradizas páginas y siguió leyendo, porque aquí, por fin, estaba cerca del
secreto.
Se sobresaltó por el
repentino gemido de terror de Lilith.
—¡Lay shot! —gritaba ella—.
¡Alan, lay shot!
Él siguió el ademán de la
muchacha, pero no vio nada. Indudablemente los ojos de ella eran más
penetrantes que los suyos, aunque... ¡Allí! En las profundas sombras del
atardecer, en el bosque, algo se movía. Por un instante lo vio claramente: un
malévolo pigmeo como el horror con ojos de gato al que había atisbado bebiendo
en el arroyo. ¿Igual? No, el mismo; tenía que ser el mismo, porque aquí, en
Austin, ninguna criatura se parecía a otra, ni podría parecerse nunca, excepto
por el más prodigioso de los azares.
La criatura desapareció
antes de que él pudiese sacar su arma. Entre las sombras, acechaban otras
figuras, otros ojos que parecían encendidos con una inteligencia no humana.
Disparó y le respondió un curioso grito ululante. Las formas retrocedían un
rato, pero volvieron de nuevo y él vio, ya sin sorpresa, la fantástica horda
que se aproximaba.
Guardó el libro de notas en
un bolsillo y agarró una muñeca de Lilith, porque ésta se hallaba como
paralizada por el horror, Abandonaron la cabaña, dirigiéndose al estrecho
arroyuelo. La muchacha parecía hallarse en un estado de estupor, medio
hipnotizada por la presencia de sus perseguidores. Tenía los ojos agrandados
por el miedo y avanzaba a trompicones como si anduviese a ciegas. Él envió otro
disparo hacia las sombras. Aquello pareció despertar a Lilith.
—¡Lay shot! —gimió, luego
recuperó el dominio de sí misma. Profirió su curiosa llamada y la respuesta no
se hizo esperar. La manada de Lilith estaba aprestándose a defenderla, y Carver
sintió una oleada de temor en cuanto a su propia situación. ¿No sería apresado
entre dos enemigos?
Nunca olvidó aquella
retirada a lo largo del curso de la pequeña corriente. Sólo el delirio podría
igualar las salvajes batallas que presenció, los gritos antinaturales, los
mortales zarpazos de criaturas inconcebibles, cosas que luchaban con el loco
frenesí de monstruos y fieras. Él y Lilith habrían sido muertos inmediatamente
a no ser por la intervención de la manada de la muchacha; de entre las sombras
avanzaban con bajos y bestiales gruñidos, cercando a Carver precavidamente,
pero sin mostrar cautela alguna contra... las otras cosas.
De nuevo observó que, a
pesar de sus formas, cualesquiera que pudiesen ser sus apariencias, los
miembros de la manada de Lilith tenían algo de perros. No en el aspecto, desde
luego; era algo mucho más profundo que aquello. En naturaleza, en carácter; eso
era.
Y sus enemigos, por muy
horrendas criaturas de pesadilla que pudiesen ser, tenían algo de felino. No
porque su apariencia fuese muy distinta de los otros, sino por su carácter y
sus acciones. Su método de lucha, por ejemplo: silenciosos, con garras
mortíferas y aguzados dientes, nada de los quiebros de la naturaleza canina,
sino el salto y el zarpazo de los felinos.
Pero su aspecto, su aire gatuno,
estaba borrado por su apariencia exterior, porque se agrupaban desde la forma
semihumana del pequeño demonio del arroyuelo hasta cosas de cabeza ofidiana,
tan pesadas y esbeltas como una pantera. Y luchaban con una ferocidad y una
inteligencia que eran anormales por sí mismas.
El revólver de Carver
ayudaba. El zoólogo disparaba cada vez que se le ofrecía un blanco visible, lo
que no ocurría demasiado a menudo; pero sus espaciados disparos parecían
imponer respeto entre los adversarios.
Lilith, inerme como iba,
excepto piedras y su cuchillo de madera, se pegaba al lado de su compañero
mientras retrocedían lentamente hacia la orilla. Avanzaban con una
enloquecedora lentitud, y Carver empezó a notar aprensivamente que las sombras
se extendían hacia el este como para dar la bienvenida a la noche. Y la noche
significaba la perdición.
Si pudieran llegar a la
playa y encender un fuego mientras la manada de Lilith mantenía a raya a los
atacantes, podrían sobrevivir, pero las criaturas que se hallaban aliadas con
Lilith estaban siendo rebasadas. Eran desesperadamente inferiores en número.
Cada pérdida aumentaba la vulnerabilidad del grupo, lo mismo que el hielo se
funde con más rapidez cuando disminuye su tamaño.
Carver retrocedió
tambaleándose hacia la anaranjada luz solar. ¡La playa! El Sol rozaba ya el
espigón de coral y la obscuridad era cuestión de minutos, de breves minutos.
De la maleza salieron los
restos de la manada de Lilith, una media docena de seres indescriptibles,
gimientes, ensangrentados, jadeantes y exhaustos. Por el momento estaban libres
de sus enemigos, ya que éstos prefirieron acechar entre las sombras.
Carver
retrocedió aún más, con un sentimiento de condenación cuando su propia sombra
se alargó en el breve instante de crepúsculo que separaba al día de la noche en
aquellas latitudes, Y luego una rápida obscuridad descendió mientras él
arrastraba a Lilith al borde del espigón de coral.
Comprendió que la carga
enemiga iba a producirse de un momento a otro. Siniestras sombras se destacaban
de la profunda obscuridad del bosque. Uno de los seres indescriptibles
maullaba suavemente. Al otro lado de la arena, clara por un instante contra el
blanco fondo de coral de la playa, la figura del pequeño diablo de postura
semihumana se hacía visible y dejaba oír un malévolo y silbante gañido. Era
exactamente como si la criatura hubiese avanzado igual que un caudillo para exhortar
a sus tropas.
Carver eligió aquella figura
como blanco. Su arma flameó; el maullido se convirtió en un grito de agonía y
la carga sobrevino.
La manada de Lilith se
agazapó, pero Carver comprendió que aquello era el final. Disparó, Las
movientes sombras avanzaban. Se le vació el tambor; no había tiempo de
recargar. Así pues, invirtió el arma, la aferró como una maza. Percibió que
Lilith se ponía tensa a su lado.
Y entonces la carga se
detuvo. Al unísono, como si escuchasen una voz de mando, las sombras se
quedaron inmóviles, silenciosas excepto el bajo gañido de la criatura que
agonizaba en la arena. Cuando se movieron de nuevo fue para volver grupas hacia
los árboles.
Carver tragó saliva. Una
débil luz parpadeante en el bosque atrajo sus miradas. ¡Era verdad! Playa
abajo, allí donde había dejado su caja de vituallas, ardía un fuego, y, rígidas
contra la luz, afrontándolos desde la obscuridad, había figuras humanas. El
desconocido peligro del fuego había detenido el ataque.
Se quedó mirando. Allí en el
mar, obscuro contra el débil resplandor de poniente, había un perfil conocido.
¡El «Fortuna»! Los hombres que estaban allí eran sus compañeros; habían oído
sus disparos y encendido el fuego para que le sirviese de guía.
—¡Lilith! —dijo con voz
ronca—. Mira allí. ¡Vamos!
Pero la muchacha se quedó
atrás, El resto de su manada acechaba tras el resguardo del montículo de coral,
lejos del fuego tan temido. No era ya el fuego lo que asustaba a Lilith, sino
las negras figuras que había en torno, y Alan Carver se encontró de pronto
frente a la decisión más difícil de su vida.
Podía dejar a la muchacha
aquí. Sabía que ella no querría seguirle lo sabía por la trágica luz que había
en sus ojos color de miel. Y sin duda alguna aquella era la mejor solución,
porque él no podía casarse con ella. Nadie podría nunca casarse con ella, y era
demasiado deliciosa para llevarla entre hombres que la podrían amar... como la
amaba Carver. ¡Hijos! ¿Qué clase de hijos podría engendrar Lilith? Ningún
hombre se atrevería a desafiar la posibilidad de que también Lilith estuviese
afectada por la maldición de la isla Austin.
Entristecido, empezó a
avanzar, un paso, dos pasos, hacia el fuego. Luego se volvió.
—Ven, Lilith —dijo
gentilmente, y añadió melancólico—: Otras personas se han casado, vivido y
muerto sin hijos. Supongo que también nosotros podremos hacerlo.
El «Fortuna» se deslizaba
sobre las verdes olas, rumbo norte, hacia Nueva Zelanda, Carver sonrió al
repantigarse en un sillón de cubierta. Halburton estaba todavía mirando de mala
gana la línea de azul que era la isla Austin.
—Animo, Vanee —cloqueó
Carver—. No podrías clasificar esa flora en cien años y, aunque pudieras, ¿de
qué serviría? No hay más que un ejemplar de cada clase.
—Daría dos dedos de un pie y
uno de una mano por probar —dijo Halburton—. Tú has estado ahí casi tres días
y, si no hubieses asustado a Malloa, podrían haber sido más. Desde luego se
habrían dirigido a las Chathams si tu disparo no le hubiese alcanzado en un
brazo. Esa es la única razón de que se dirigieran a Macquarie.
—Menos mal que tuve esa
suerte. Vuestra hoguera asustó a los gatos.
—Los gatos, ¿eh? ¿Te
importaría volver a contarme toda la historia, Alan? Es tan fantástica, que
todavía no la comprendo bien.
—Desde luego. Presta
atención y lo comprenderás todo. —Sonrió burlonamente—. Con franqueza, al
principio no se me ocurrió la menor explicación. Toda la isla parecía algo
demencial. No había dos seres vivientes que fuesen iguales. Solo uno de cada
género y además todos ellos desconocidos. No conseguí una sola pista hasta que
me encontré con Lilith. Entonces noté que ella apreciaba las diferencias por
el olor. Por el olor distinguía las frutas venenosas de las frutas buenas, e
incluso identificó así aquella primera cosa gatuna que maté. La comió porque
era un enemigo, pero no quiso tocar las cosas perrunas que maté de su manada.
—¿Y qué? —preguntó
Halburton, frunciendo el ceño.
—Bueno, el olor es una
función química. Es mucho más fundamental que la forma exterior, porque el
funcionamiento químico de un organismo depende de sus glándulas. Entonces
empecé a sospechar que la naturaleza fundamental de todas las cosas de la isla
Austin era exactamente igual que en cualquier otro sitio. No era la naturaleza
la que había cambiado, sino la forma. ¿Comprendes?
—Ni jota.
—Ahora comprenderás. Desde
luego, tú sabes lo que son cromosomas. Son los portadores de la herencia, o más
bien, según Weissman, llevan los genes que portan los determinantes que llevan
la herencia. Un ser humano tiene cuarenta y ocho cromosomas, de los cuales
obtiene veinticuatro del padre y veinticuatro de la madre.
—Lo mismo le pasa a un
tomate —dijo Halburton.
—Sí, pero los cuarenta y
ocho cromosomas de un tomate llevan una herencia diferente, de otro modo, uno
podría cruzar un ser humano con un tomate. Pero, volviendo al tema, todas las
variaciones en los individuos proceden del modo como el azar baraja estos cuarenta
y ocho cromosomas con su carga de determinantes. Eso pone un límite bastante
definido a las posibles variaciones.
»Por ejemplo, el color de
los ojos se ha localizado en uno de los genes situado en la tercera pareja de
cromosomas. Suponiendo que este gen contenga dos veces más de determinantes de
ojos castaños que de ojos azules, las probabilidades serán de dos a uno en el
sentido de que el hijo de cualquier hombre o mujer que posea este cromosoma
particular será de ojos castaños... si su pareja no tiene ninguna marcada
predisposición en un sentido o en otro. ¿Comprendes?
—Comprendo todo eso.
Volvamos a Ambrose Callan y a su libro de notas.
—A eso voy. Ahora, recuerda
que estos determinantes comportan toda la herencia y que eso significa forma,
tamaño, inteligencia, carácter, colorido, todo. El hombre, las plantas y
animales, son susceptibles de variar en el inmenso número de modos en que es
posible combinar cuarenta y ocho cromosomas con su carga de genes y
determinantes. Pero ese número no es infinito. Hay límites, límites en cuanto
al tamaño, al colorido y a la inteligencia. Nunca vio nadie hasta ahora una
raza humana con cabello azul, por ejemplo.
—Ni falta que hace —gruñó
Halburton.
—Y —prosiguió Carver— eso es
porque no hay determinantes de cabello azul en cromosomas humanos. Pero, y aquí
viene la idea de Callan, supongamos que podemos aumentar el número de
cromosomas en un óvulo dado. ¿Qué pasa entonces? En los seres humanos o en los
tomates, si, en lugar de cuarenta y ocho, hubiera cuatrocientos ochenta, la
posible cantidad de variantes sería diez veces mayor de lo que es ahora.
»El tamaño, por ejemplo, en
lugar de la actual variante posible de unos noventa centímetros, podrían variar
hasta ocho metros. Y en cuanto a la forma, un hombre podría parecerse a
cualquier cosa. Eso por lo que se refiere a las posibilidades en el orden de
los mamíferos. Y, en cuanto a la inteligencia...
Pensativamente, hizo una
pausa.
—Pero —interrumpió
Halburton— ¿cómo se proponía Callan realizar la hazaña de insertar cromosomas
extras? Los cromosomas mismos son microscópicos; los genes son apenas visibles
con el mayor aumento, y nadie vio nunca un determinante.
—No sé cómo —dijo Carver
gravemente—. Parte de sus notas se redujeron a polvo, y la descripción de su
método debe de haber desaparecido con esas páginas. Morgan utilizó radiaciones,
pero su objeto y sus resultados son diferentes. Él no cambia el número de
cromosomas.
Vaciló.
—Creo que Callan utilizaba
una combinación de radiaciones e inyecciones —continuó—. No lo sé. Todo lo que
sé es que permaneció en Austin cuatro o cinco años y que fue allí solamente con
su esposa. Esta parte de sus notas está bastante clara. Empezó a tratar a la
vegetación que tenía cerca de su cabaña y a algunos gatos y perros que había
traído consigo. Luego descubrió que la cosa se iba extendiendo como una
enfermedad.
—¿Extendiendo? —repitió
Halburton.
—Desde luego. Cada árbol al
que trataba extendía polen multicromosado al viento, y en cuanto a los gatos...
De cualquier modo, el polen aberrante fertilizaba semillas normales, y el
resultado era otra monstruosidad, una semilla con el número normal de
cromosomas de un padre y diez veces más del otro. Las variantes fueron
infinitas. Tú sabes la rapidez con que crecen los kauris y los helechos y es
muy posible que adquiriesen una velocidad diez veces mayor.
«Las monstruosidades de la
isla, ahogando los crecimientos normales. Y las radiaciones de Callan y quizá
sus inyecciones afectaron también a la vida indígena de la isla de Austin: a
las ratas, a los murciélagos. Empezaron a producir mutantes. Él llegó en mil
novecientos dieciocho, y cuando se dio cuenta de su propia tragedia, Austin
era una isla de monstruosidades donde ningún hijo se parecía a sus padres
excepto por el más remoto azar.
—¿Su propia tragedia? ¿Qué
quieres decir?
—Bueno, Callan era un
biólogo, no un experto en radiaciones. No sé exactamente lo que ocurrió. La
exposición a los rayos equis durante largos períodos produce quemaduras,
úlceras, enfermedades malignas. Quizá Callan no adoptó las adecuadas
precauciones o tal vez estuvo usando una radiación de índole especialmente
irritante. Como quiera que fuese, su esposa fue la primera en enfermar: una
úlcera que degeneró en cáncer.
»Él tenía una radio y pidió
que viniese su chalupa desde las Chathams. Ésta se hundió a la altura del
espigón de coral y Callan, desesperado, empezó a hurgar en su aparato y se lo
cargó. No era experto en electricidad.
«Aquellos eran días
confusos, después de la terminación de la guerra. Hundida la chalupa de Callan,
nadie sabía exactamente lo que había sido de él y al cabo de algún tiempo lo
olvidaron. Cuando murió su esposa, la enterró, pero cuando murió él no había
nadie que lo enterrase. Los descendientes de los que habían sido sus gatos se
encargaron de despacharlo y eso fue todo.
—Sí, Pero, ¿qué me dices de
Lilith?
—A eso voy —respondió Carver
gravemente—, Cuando empecé a vislumbrar el secreto de la isla Austin, aquello
me preocupaba. ¿Era Lilith completamente humana? ¿Estaba infectada también por
el estigma de la variación de forma que sus hijos podrían variar tan extensamente
como las crías de los gatos? Ella no hablaba ni una sola palabra de ningún
lenguaje que yo conociera o por lo menos eso es lo que me pareció entonces. No
sabía dónde encajarla. Pero el diario y las notas de Callan me dieron la
explicación.
—¿Cómo?
—Lilith es la hija del
capitán de la chalupa de Callan que éste rescató cuando el barco naufragó en la
punta de coral. Ella tenía entonces cinco años, lo que significa que ahora ha
de tener unos veinte. En cuanto a su lenguaje, bueno, quizá debería de haber
reconocido las pocas palabras que ella recordaba. C'm on, por ejemplo, era
commen, esto es, cómo; y pah bo era simplemente pas bon, no bueno. Eso es lo
que ella decía de las frutas venenosas. Y lay shot era les chais, por algo que
ella recordaba o sentía de que las criaturas del extremo oriental eran gatos.
«Alrededor de ella, durante
quince años, se agruparon las criaturas perrunas, que, a pesar de su forma,
eran, después de todo, perros por naturaleza y leales a su ama. Y entre los dos
grupos hubo eterna guerra.
—Pero, ¿estás seguro de que
Lilith escapó a la maldición?
Se llama Lucienne —respondió
Carver pensativamente—, pero creo que prefiere el nombre de Lilith. —Sonrió,
mirando a la esbelta figura vestida con unos pantalones de Jameson y una camisa
de él mismo, erguida en la popa con la mirada vuelta hacia Austin—. Sí, estoy
seguro. Cuando fue lanzada a la isla, Callan había destruido ya el artilugio
que había matado a su esposa y que estaba a punto de matarlo a él. Destruyó el
resto de sus aparatos, comprendiendo que con el transcurso del tiempo los
monstruos que había creado estaban condenados.
—¿Condenados?
—Sí. Los impulsos normales,
endurecidos por la evolución, son más fuertes. Están ya apareciendo en los
bordes de la isla, y algún día Austin no mostrará más peculiaridades que
ninguna otra islita remota. La naturaleza siempre reclama lo suyo.