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La historia de Willie El Vagabundo - Walter Scott

Puede que hayan oído hablar de Sir Robert Redgauntlet, del señorío de Redgauntlet, que vivió en estas tierras hace ya mucho tiempo. Siempre se le recordará en la región; nuestros padres solían contener el aliento cuando oían su nombre. Ya estaba con los Highlanders en tiempos de Montrose y estuvo nuevamente en las colinas con Glencairn en el año de 1652; y cuando volvió el rey Carlos II ¿quién gozaba más de su favor sino el señor de Redgauntlet? 

Fue armado caballero en la corte de Londres por la propia espada del rey. Y como era prelatista acérrimo vino a estas tierras, fiero como un león, con el nombramiento de teniente (y, por lo que sé, de loco) para aplastar a los Whigs y a los Covenanters del país. Y no se anduvo con contemplaciones. 

Porque los Whigs eran tan tercos como fieros los caballeros y se trataba de ver quién se cansaría primero. Redgauntlet era partidario de emplear mano dura y su nombre era tan conocido en el país como los de Claverhouse o Tom Dalyell. Ni valle, ni ladera, ni montaña, ni cueva servían para ocultar a la pobre gente de las montañas cuando Redgauntlet salía en su persecución con cuernos de caza y sabuesos, como si de ciervos se tratase. 

Y la verdad es que, cuando alcanzaban a alguien, no se andaban con más ceremonias que con un corzo. Tan solo le preguntaban: «¿Quieres prestar juramento?» Y si no: «Preparados, listos, ¡fuego!», y allí yacía el renegado.


Temido y odiado era Sir Robert a lo largo y ancho de la región. La gente pensaba que tenía tratos con el diablo, que era inmune al acero, y que las balas rebotaban en su armadura como el granizo en la piedra, que tenía una yegua que podía transformarse en liebre en la pared de Garrifragawns, y más cosas por el estilo, que contaré más adelante. La maldición más suave que le dirigían era: «¡Que el diablo se lleve a Redgauntlet!»

Sin embargo, no era un mal amo para los suyos, y sus vasallos le querían. Y los escuderos y soldados que cabalgaban con él durante las persecuciones, como llamaban los Whigs a aquellos tiempos turbulentos, hubieran estado dispuestos en cualquier momento a brindar a su salud hasta quedarse ciegos.

Pues bien, habéis de saber que mi abuelo vivía en los dominios de Redgauntlet. El lugar se llamaba PrimroseKnowe. Mi familia había vivido allí desde los tiempos de los bandoleros y aun antes. Era un sitio agradable, y estoy convencido de que el aire es más fresco y sano allí que en ninguna otra parte de la comarca. Hoy día está desierto. Hace sólo tres días estuve sentado en el roto umbral de la puerta y me alegré de no poder ver la ruina en que se había convertido.

Pero me estoy desviando de mi historia. Allí habitaba mi abuelo, Steenie Steenson, que había sido en su juventud algo bribón y un poco vagabundo y era un buen gaitero. Era famoso tocando Hoopers and Girders y no había en Cumberland quien le superase con Jockie Latin

Desde Berwick a Carlisle no había nadie mejor en la backlilt. Los hombres como Steenie no tienen madera de Whig, así que se hizo Tory, como los llamaban entonces, lo que ahora llamamos jacobitas, simplemente porque sentía una especie de necesidad de pertenecer a uno de los dos bandos. 

No les tenía inquina a los Whigs y le gustaba poco ver correr la sangre, aunque, obligado como estaba a seguir a Sir Robert cuando salía a cazar, a reclutar, de vigilancia o de guardia, vio hacer muchas cosas malas y puede que no pudiese evitar hacer algún daño a su vez.


Resulta que Steenie era un poco el favorito de su señor, y conocía a toda la gente del castillo, y a menudo le mandaban buscar para que tocase la gaita mientras se divertían. Al viejo Dougal McCallum, el mayordomo, que había servido a Sir Robert en las duras y en las maduras, en los buenos y en los malos tiempos, en la adversidad y en la fortuna, le gustaba muchísimo la gaita, y de ahí le venía a mi abuelo su buen cartel ante el señor, porque Dougal hacía lo que quería con su amo.

Bueno, llegó la Revolución, que debiera de haber roto los corazones de Dougal y su amo. Pero el cambio no fue tan grande como ambos se temían y otros deseaban. Mucho fanfarronearon los Whigs sobre lo que le iban a hacer a sus viejos enemigos, y en especial a Sir Robert Redgauntlet. 

Pero había demasiados señores importantes comprometidos en el asunto como para poder hacer tabla rasa y empezar el mundo desde los cimientos, así que el Parlamento hizo la vista gorda; y Sir Robert, salvo que tuvo que conformarse con cazar zorros en vez de Covenanters, siguió siendo el hombre que siempre había sido. 

Sus fiestas eran tan ruidosas y sus salones estaban tan bien iluminados como siempre, aunque es posible que echara de menos las multas de los no conformistas que solían irle a engordar la despensa y la bodega; porque lo cierto es que empezó a interesarse por las rentas de sus vasallos mucho más de lo que acostumbraba. 

Y estos se esforzaban por pagar a tiempo ya que, si no, el señor se disgustaba muchísimo. Y era tan temible que nadie se atrevía a provocar su ira, pues profería tales juramentos, se ponía tan furioso y adquiría un aspecto tan terrible que la gente pensaba que era el mismísimo demonio.


Bueno, mi abuelo no era un buen administrador, tampoco es que fuera despilfarrador, pero no tenía la virtud del ahorro, y se atrasó en dos recibos de la renta. Consiguió salir del primer aprieto el domingo de Pentecostés con buenas palabras y canciones de su gaita, pero, al llegar el día de San Martín, el oficial de guardia le transmitió la orden de que se presentase con la renta un día determinado o tendría que exiliarse del señorío. 

Arduo trabajo le costó conseguir el dinero. Pero tenía buenos amigos y por fin consiguió reunir el importe, mil monedas de plata. La mayor parte del dinero procedía de un vecino al que llamaban Laurie Lapraik, un zorro astuto. Laurie poseía todo tipo de riquezas, le ponía una vela a Dios y otra al Diablo y era Whig o Tory, pecador o santo según soplasen los vientos. 

Era un maestro en este mundo de la Revolución, pero le gustaba bastante un soplo de aire mundano de vez en cuando y alguna que otra canción de gaita y, sobre todo, pensó que hacía un buen negocio con el dinero que le prestaba a mi abuelo a cambio de todos los bienes de PrimroseKnowe como garantía.


Allá que se fue mi abuelo al castillo de Redgauntlet, con la bolsa pesada y el corazón ligero, contento de escapar a la ira de su señor. Bueno, pues lo primero de lo que se enteró en el castillo fue de que a Sir Robert le había dado un ataque de gota del enfado, porque no había aparecido antes de las doce. No era sólo por el dinero, creía Dougal, sino porque no le gustaba tener que prescindir de mi abuelo. 

Dougal se alegró mucho de ver a Steenie y lo condujo al gran salón de roble, y allí estaba el señor sentado en completa soledad, excepto por la compañía de un mono feo y grande que era su animal favorito; era una bestia maligna que gastaba muchas bromas pesadas —difícil de complacer y fácil de enfadar—, correteaba por todo el castillo parloteando y gritando, robando y mordiendo a la gente, sobre todo cuando iba a hacer mal tiempo o iba a haber problemas de gobierno. 

Sir Robert lo llamaba Mayor Weir, como a un brujo que habían quemado; y a muy poca gente le gustaba, ni el nombre ni la criatura —creían que había algo extraño en ella—, y mi abuelo no se sintió precisamente feliz cuando la puerta se cerró tras él y se encontró solo en la habitación con el señor, Dougal McCallum y el Mayor, cosa que nunca antes le había ocurrido.


Sir Robert estaba sentado o mejor dicho tendido, en un gran sillón, con su magnífica bata de terciopelo y los pies sobre un taburete, porque sufría de gota y arenilla, y su rostro estaba tan pálido y descompuesto como el de Satanás. El Mayor Weir estaba sentado frente a él, con una casaca roja de encaje y la peluca del señor en la cabeza, y juro que cuando Sir Robert se retorcía de dolor, el mono lo hacía también y formaban una pareja tan perversa como aterradora. 

El abrigo de cuero del señor colgaba de una percha a su espalda, y el sable y las pistolas estaban a su alcance; porque conservaba la vieja costumbre de tener las armas preparadas y un caballo ensillado día y noche, como solía hacer cuando aún podía montar a caballo y salir en persecución de cualquier montañés de que tuviera noticia. Algunos dicen que era por temor a que los Whigs intentaran vengarse, pero yo opino que era simplemente una vieja costumbre, pues no era hombre que se asustara por nada. 

El libro de cuentas, con sus tapas negras y sus cierres de cobre, estaba frente a él; y había un librillo de canciones obscenas entre las páginas, para mantenerlo abierto en el sitio en que figuraba la evidencia de que el buen hombre de PrimroseKnowe estaba atrasado en el pago de sus rentas e impuestos. 

La mirada que Sir Robert dirigió a mi abuelo parecía querer helarle el corazón en el pecho. Puede que hayáis oído decir a la gente que al fruncir las cejas se le formaba el dibujo de una herradura profundamente incrustada en la frente, como si se la hubiesen estampado allí.


—¿Vienes con las manos vacías, tú, hijo de una gaita desinflada? Brrrrr... si es así...

Mi abuelo, poniendo la mejor cara que pudo, dio un paso adelante y puso la bolsa del dinero sobre la mesa, con movimientos rápidos, como quien está muy seguro de lo que hace. El señor se apresuró a atraerla hacia sí:

—¿Está todo, Steenie?

—Su Excelencia comprobará que sí —dijo mi abuelo.

—Bien, Dougal, dale a Steenie una copa de brandy abajo, mientras cuento el dinero y le extiendo el recibo.

Pero apenas si habían terminado de salir de la habitación cuando Sir Robert dio un grito que conmovió los cimientos de roca del castillo. Volvió Dougal corriendo, volaron los lacayos, grito tras grito daba el señor, a cuál más horrible. Mi abuelo no sabía si quedarse o salir corriendo, pero se aventuró a regresar al salón, donde el lío era tan fenomenal que nadie se preocupaba de quién salía o entraba. 

El señor daba terribles alaridos pidiendo agua fría para los pies y vino para refrescar la garganta. Y la palabra infierno —infierno, infierno y sus llamas— no se le caía de la boca. Y cuando le trajeron agua y sumergieron sus hinchados pies en el barreño gritó que estaba ardiendo; y muchos dicen que realmente burbujeaba y humeaba como un caldero en ebullición. 

Le tiró la copa a la cabeza a Dougal y gritó que le había dado sangre en vez de borgoña; y efectivamente, al día siguiente los criados limpiaron sangre coagulada de la alfombra. El mono al que llamaban Mayor Weir se retorcía y gritaba como si estuviese haciéndole burla a su amo. 

Mi abuelo estuvo a punto de perder la cabeza, olvidó el dinero y el recibo y salió disparado escaleras abajo; pero conforme corría, los gritos fueron haciéndose cada vez más débiles, se oyó un largo y tembloroso gemido y la noticia de que el señor había muerto se extendió por el castillo.


Bueno, mi abuelo se fue con las manos vacías confiando en que Dougal hubiera visto la bolsa del dinero y hubiera oído al señor hablar de redactar el recibo. El joven señor, ahora Sir John, vino de Edimburgo para arreglar las cosas. Sir John y su padre nunca se habían llevado bien. 

Sir John había estudiado para abogado y luego había tenido un escaño en el último Parlamento escocés y votado a favor de la Unión, habiendo obtenido, se creía, un buen bocado de las compensaciones. Si su padre hubiera podido salir de la tumba le hubiera partido la cabeza con las piedras de su propia lápida.


Algunos creían que era más fácil tratar con el viejo y rudo caballero que con el joven, a pesar de sus suaves maneras, pero ya hablaremos de eso más adelante.

Dougal McCallum, pobre hombre, ni lloraba, ni se lamentaba, sino que se paseaba por la casa como un muerto, pero dirigiendo, como era su deber, todos los preparativos para el grandioso funeral. Pero conforme se aproximaba la noche Dougal tenía cada vez peor aspecto y era siempre el último en irse a la cama, que estaba en una pequeña alcoba justo enfrente de la cámara que su amo ocupaba mientras vivió, y donde ahora yacía de cuerpo presente, como se dice. 

La noche del funeral, Dougal no pudo mantenerse callado por más tiempo. Olvidó su orgullo y le pidió al viejo Hutcheon que se sentara con él durante un rato. Cuando estuvieron en la habitación, Dougal se sirvió una copa de brandy y le sirvió otra a Hutcheon, y le deseó salud y larga vida y dijo que, por su parte, no le quedaba mucho de estar en este mundo. 

Porque todas las noches desde la muerte de Sir Robert, había sonado el silbato de plata desde la cámara mortuoria, como lo solía hacer por la noche, en vida de Sir Robert, para llamar a Dougal a que le ayudase a darse la vuelta en la cama. Dougal dijo que, al estar solo en aquel piso de la torre (porque nadie quería velar a Sir Robert Redgauntlet como se vela a cualquier otro cadáver) no se había atrevido a responder a la llamada, pero que ahora su conciencia le reprochaba el haber descuidado su deber; porque:


—Aunque la muerte libera del voto de obediencia —dijo McCallum— nunca romperé mi voto a Sir Robert; y contestaré a su próximo silbido, así que te ruego que te quedes conmigo, Hutcheon.

Hutcheon no sentía deseo alguno de hacerlo, pero había luchado y pasado penalidades junto a Dougal y no iba a fallarle en aquel aprieto; así que los dos sirvientes se sentaron ante una copa de brandy y Hutcheon, que era algo clerical, hubiera leído un capítulo de la Biblia, pero Dougal no quiso oír sino un párrafo de David Lindsay, cosa que no era precisamente lo más adecuado.

A medianoche, cuando la casa estaba silenciosa como una tumba, se oyó el sonido del silbato, tan claro y penetrante como si Sir Robert estuviera tocándolo, y allá que se levantaron los dos viejos servidores y se dirigieron tambaleándose a la habitación donde yacía el muerto.

Hutcheon vio lo suficiente al primer vistazo, porque había antorchas en la habitación que le mostraron al maldito diablo en persona, sentado sobre el ataúd del señor. Se desplomó como un muerto y no pudo decir durante cuánto tiempo yació en trance en la puerta, pero cuando volvió en sí, llamó a su compañero y, al no encontrar respuesta, alertó al resto de la casa. 

Dougal fue encontrado muerto a dos pasos de la cama donde estaba colocado el ataúd de su señor. Respecto al silbato, este había desaparecido por completo, pero muchas veces se lo oía en lo alto de la casa, en las almenas y en las viejas chimeneas y torreones donde anidan los búhos. Sir John acalló el incidente y el funeral transcurrió sin más contratiempos.


Cuando todo hubo terminado y el Señor empezó a poner orden en sus asuntos, todos los vasallos fueron llamados a pagar sus atrasos y mi abuelo lo fue por toda la suma que se suponía que debía. Bueno, pues allá se va para el castillo a contar la historia, y allí fue llevado a presencia de Sir John, sentado en la silla de su padre, de luto riguroso, con brazalete y corbata negras y un pequeño estoque de paseo junto a él, en vez del viejo sable que, con la hoja, la empuñadura y la funda, pesaba un quintal. 

Tantas veces he oído contar la conversación que sostuvieron que casi me parece haberla presenciado, aunque aún no había nacido por aquel entonces.


—Le deseo felicidad, señor del gran asiento, el pan blanco y el ancho señorío. Su padre era un hombre amable para sus amigos y sirvientes; es un honor para usted, Sir John, llevar sus zapatos —sus botas debería decir— porque rara vez se ponía zapatos, a no ser las zapatillas cuando tenía la gota.

—Ay, Steenie —replicó el Señor, dando un profundo suspiro y llevándose el pañuelo a los ojos—, la suya fue una muerte repentina y el país lo echará de menos; no tuvo tiempo de ordenar sus asuntos, pero sin duda estaba preparado para Dios, que es lo que cuenta, y nos dejó una enredada madeja que deshilvanar. Ejem, ejem, Steenie... podemos ir al grano; tengo mucho trabajo que hacer y poco tiempo para hacerlo.

Y con esto abrió el libro fatídico. He oído hablar de algo a lo que llaman el libro del Juicio Final y estoy seguro de que era un libro de vasallos deudores.

—Stephen —dijo Sir John con el mismo tono de voz, suave y meloso— Stephen Stevenson o Steenson, apareces aquí con un año de atraso en el pago de tus rentas. Vencía el trimestre pasado.

Stephen: Por favor, Excelencia, Sir John, se lo pagué a vuestro padre.

Sir John: Entonces tendrás un recibo, Stephen. ¿Puedes presentarlo?

Stephen: No tuve tiempo, Excelencia, porque no había hecho más que entregar el dinero y justo cuando Su Excelencia Sir Robert, que en paz descanse, lo cogió para contarlo y extender el recibo, le asaltaron los dolores que le causaron la muerte.

—Mala suerte —dijo Sir John tras una pausa—, pero quizá lo pagaste en presencia de alguien. Sólo quiero una prueba palpable, Stephen. No pretendo aprovecharme de un pobre hombre.

Stephen: La verdad, señor, no había nadie en la habitación excepto Dougal McCallum, el mayordomo. Pero, como sabe Su Excelencia, ha seguido el mismo destino que su antiguo amo.

—Mala suerte otra vez —dijo Sir John, sin alterar la voz ni una octava—, el hombre al que le pagaste está muerto y el hombre que presenció el pago también, y del dinero, que debería haber aparecido, no hay ni rastro en los inventarios. ¿Cómo voy a creérmelo?

Stephen: No lo sé, Excelencia, pero aquí tengo anotadas cada una de las monedas; porque ¡Dios me ayude!, tuve que pedirlas prestadas a veinte bolsillos distintos, y estoy seguro de que todos estarán dispuestos a jurar para qué tomé prestado el dinero.

Sir John: No dudo de que tomaste prestado el dinero, Steenie. Es de la entrega del dinero a mi padre de lo que quiero alguna prueba.

Stephen: Puede que el dinero esté en algún sitio de la casa, Sir John. Y puesto que Vuestra Excelencia nunca lo recibió y Su Excelencia que en paz descanse no pudo llevárselo, puede que alguien de la familia lo haya visto.

Sir John: Preguntaremos a los criados, Stephen; es lo razonable.

Pero criados y criadas, pajes y caballerizos, todos negaron de firme haber visto nunca una bolsa de dinero como la que describía mi abuelo. Para empeorarlo, Steenie no había comunicado a ningún ser vivo que se proponía pagar la renta. Una doncella había notado que llevaba algo bajo el brazo, pero creyó que era la gaita.

Sir John Redgauntlet ordenó salir a los sirvientes y a continuación dijo a mi abuelo:

—Ahora, Steenie, ves que has tenido un trato justo; y puesto que no me cabe duda de que tú sabes mejor que nadie dónde encontrar la bolsa, te pido, de buenas maneras y por tu propio bien, que termines de una vez con este fastidioso asunto; o pagas o te vas de mis tierras.
 
—Que el Señor me perdone —dijo Steenie, ya agotados todos sus recursos—, yo soy un hombre honrado.

—Yo también, Stephen —dijo Su Excelencia— y también lo son todos los de esta casa, espero. Pero si hay algún granuja entre nosotros debe de ser aquel que cuenta una historia que no puede probar —hizo una pausa y añadió, con más seriedad—: si entiendo tu jugada, intentas aprovecharte de algunas habladurías maliciosas sobre mi familia y en especial sobre la repentina muerte de mi padre, para estafarme el dinero y quizá desacreditarme, insinuando que ya he recibido la renta que reclamo. ¿Dónde supones que puede estar el dinero? Insisto en saberlo.

Mi abuelo lo vio todo tan en su contra que casi se dejó llevar por la desesperación; sin embargo, se removió un poco, miró a todos lados y permaneció en silencio.

—Habla, bribón —dijo el señor, con el mismo aspecto de su padre, ese tan especial que tenía cuando se enfadaba (parecía como si las arrugas de la frente formaran la misma aterradora herradura en el ceño)—. ¡Habla! Quiero saber lo que piensas. ¿Crees que el dinero lo tengo yo?

—Lejos de mí afirmar tal cosa —respondió Stephen.

—¿Acusas a alguno de mis criados de haberlo robado?

—No me gustaría acusar a un inocente. Y si alguno fuera el culpable no tengo pruebas.

—En alguna parte tiene que estar el dinero, si hay algo de verdad en tu historia —dijo Sir John—, te pregunto dónde crees que está y exijo una respuesta.

—En el infierno, si de verdad quiere saber lo que pienso —dijo mi abuelo, sintiéndose completamente acorralado—; en el infierno, con el padre de Vuestra Excelencia, su mono y su silbato de plata.

Salió corriendo escaleras abajo (porque el salón no era un lugar seguro para él después de haber dicho tales palabras) y oyó al señor maldecirle a sus espaldas, con la misma soltura con que lo hacía Sir Robert, llamando a gritos al alguacil y al oficial de guardia. 

Cabalgó mi abuelo hasta la casa de su principal acreedor (aquel al que llamaban Laurie Lapraik) para ver si podía sacarle algo; pero cuando le contó la historia, no obtuvo más que los peores insultos de su repertorio —ladrón, mendigo y granuja fueron los más suaves—; y junto a los insultos sacó de nuevo a relucir la historia de que mi abuelo se había manchado las manos con la sangre de los justos, como si un vasallo hubiera podido negarse a cabalgar junto a su señor, y más junto a un señor como Sir Robert Redgauntlet. 

A estas alturas a mi abuelo se le había agotado la paciencia y cuando él y Laurie estaban a punto de echarse a las manos, tuvo la desfachatez suficiente de insultarle, tanto al hombre como a lo que este decía, y dijo unas cosas que hicieron ponerse lívidos a los que las oyeron; estaba fuera de sí, y además había convivido con gente que no se mordía la lengua.


Por fin les separaron y mi abuelo volvió a casa por el bosque de Pitmurkie, que, según dicen, está todo lleno de abetos negros —conozco el bosque, pero no sabría decir si los abetos son blancos o negros—. A la entrada del bosque hay un prado, y en el borde del prado una pequeña posada solitaria que en aquella época estaba a cargo de una posadera a la que llamaban Tibbie Faw, y allí el pobre Steenie pidió media pinta de brandy, porque no había tomado ningún refrigerio en todo el día. 

Tibbie insistió en que comiera algo, pero él no quiso ni oír hablar de ello, ni consintió en bajar de su cabalgadura, y se tomó todo el brandy en dos tragos, haciendo cada vez un brindis: el primero a la memoria de Sir Robert Redgauntlet, para que no descansara en su tumba hasta que hubiera hecho justicia a su pobre vasallo; y el segundo a la salud del Enemigo del Hombre si le devolvía el saco con el dinero o le decía lo que había sido de él, porque veía que todo el mundo iba a considerarle un ladrón y un estafador, y eso le sentaba aún peor que la pérdida de todos sus bienes.


Siguió cabalgando, sin importarle a dónde. La noche era oscura y los árboles la oscurecían todavía más, así que dejó al animal elegir su propio camino a través del bosque cuando, de repente, de estar cansado y agotado, el rocín empezó a trotar, galopar y encabritarse, hasta el punto de que mi abuelo apenas podía mantenerse en la silla. Y conforme sucedía esto, un jinete, acercándose de repente a él, le dijo:

—Una bestia valerosa la suya, amigo, ¿estaría dispuesto a venderla? —y diciendo esto, tocó el cuello del caballo con su fusta y este volvió a su antiguo trote cansino y vacilante—. Pero pronto se le acaba el valor, me parece —continuó el extraño— y lo mismo les ocurre a muchos hombres, que se creen capaces de grandes cosas hasta que les llega el momento de demostrarlo.

Mi abuelo apenas si prestó atención a sus palabras, sino que espoleó a su caballo con un:

—Buenas noches, amigo.

—Pero al parecer el extraño no era de los que dan fácilmente su brazo a torcer porque, cabalgase como cabalgase Steenie, siempre estaba a su lado. Por fin mi abuelo empezó a enfadarse y, a decir verdad, a asustarse.

—¿Qué quiere de mí, amigo? —dijo—. Si es un ladrón, no tengo dinero; si es un hombre honrado que quiere compañía, no tengo ánimos para hablar o bromear; y si quiere saber el camino, apenas lo conozco yo mismo.

—Si hay algo que te atormente —dijo el extraño— cuéntamelo, soy alguien que, aunque ha sido muy calumniado en este mundo, no tiene igual para ayudar a sus amigos.

Así que mi abuelo, más para aliviar su propia congoja que porque esperase ayuda alguna, le contó toda la historia.

—Estás en un buen aprieto —dijo el extraño—, pero creo que puedo ayudarte.

—Si puede prestarme el dinero y no espere que se lo devuelva en mucho tiempo... no sé de otra ayuda en la tierra —dijo mi abuelo.

—Puede que la haya debajo de ella —replicó el extraño—. Venga, seré sincero contigo. Podría prestarte el dinero a cambio de un contrato, pero puede que sintieses escrúpulos al ver los términos. Aun así puedo decirte que tus juramentos y los lamentos de tu familia han turbado el descanso de tu viejo Señor en su tumba y que si te atreves a aventurarte a ir a verle, te dará el recibo.

A mi abuelo se le pusieron los pelos de punta al oír la oferta, pero pensó que su compañero podía ser algún bromista que estaba tratando de amedrentarle y que quizá acabaría prestándole el dinero. Además, el brandy le infundía valor y estaba desperado por la angustia; así que le dijo que tenía suficientes agallas para ir a las puertas del infierno, y aún más allá, por aquel recibo. El extraño se echó a reír.

Bueno, pues siguieron cabalgando por lo más espeso del bosque cuando, de repente, el caballo se detuvo a la puerta de una gran casa; y, si no fuera porque sabía que el lugar estaba a diez millas de distancia, mi abuelo hubiera pensado que se trataba del castillo de Redgauntlet. 

Atravesando el arco de la vieja puerta, entraron en el patio. Vieron todo el frente de la casa iluminado y oyeron gaitas y violines, y había tanto baile y bullicio dentro como solía haber en la casa de Sir Robert en Navidades y en otras grandes ocasiones. Se apearon de sus caballos y a mi abuelo le pareció que ataba el suyo a la misma argolla a la que lo había atado aquella mañana cuando acudió a presentarse al joven Sir John.


—¡Dios! —exclamó mi abuelo— ¡si parece que la muerte de Sir Robert solo ha sido un sueño!

Llamó a la puerta del vestíbulo, como acostumbraba, y su viejo conocido Dougal McCallum, también como de costumbre, vino a abrir la puerta y dijo:

—Gaitero Steenie, ¿estás ahí, chico? Sir Robert ha estado llamándote.

A mi abuelo le parecía que estaba soñando. Buscó al extraño, pero había desaparecido por el momento. Por fin trató simplemente de decir:

—Hola, Dougal del Más Allá, ¿estás vivo? Creía que estabas muerto.

—No te preocupes por mí —dijo Dougal—, sino por ti; y cuida de no tomar nada de nadie aquí, ni comida, ni bebida, ni dinero, excepto el recibo que te pertenece.

Y dicho esto, le guio a través de salones y estancias que mi abuelo conocía muy bien, hasta llegar al viejo salón de roble; había en él ese mismo cantar, canciones profanas, escanciar vino, blasfemar y contar obscenidades que siempre había habido en el castillo de Redgauntlet en sus mejores tiempos. 

Pero ¡que Dios nos ampare! ¡Qué colección de juerguistas fantasmales se sentaban a la mesa! Mi abuelo reconoció a varios que hacía ya tiempo que se habían convertido en polvo, porque a menudo había tocado para ellos en el vestíbulo de Redgauntlet. 

Allí estaba el fiero Middleton, y el disoluto Rothes, y el astuto Lauderdale; y Dalyell, con la cabeza calva y barba hasta la cintura; y Earlshall, con la sangre de Cameron en sus manos; y el cruel Bonshaw, que desmembró a Mr. Cargill; y Dunbarton Douglas, dos veces traidor, a su patria y a su rey. Allí estaba el sanguinario abogado McKenyie que, por su sabiduría y su astucia mundana, había sido como un dios para el resto. 

Y allí estaba Claverhouse, tan bello como cuando vivía, con sus largos y oscuros rizos cayéndole sobre la casaca de encaje y la mano izquierda siempre en el hombro derecho, para ocultar la herida que la bala de plata le había hecho. 

Se sentaba aparte de todos los demás y los miraba con expresión melancólica y altiva; mientras, el resto aullaba, cantaba y reía de tal modo que la habitación retumbaba. Pero, de vez en cuando, sus sonrisas se contraían de manera tan horrible y sus risas eran tan salvajes que a mi abuelo se le pusieron azules las uñas y se le heló la médula de los huesos.


Los que servían las mesas eran los mismos sirvientes y soldados que habían ejecutado sus crueles órdenes en la tierra.

Estaba el Mozo Largo de Nethertown, que ayudó a tomar Argyle; y el que intimidó al obispo, al que llamaban el Sonajero del Diablo; y los malvados guardias con sus casacas de encaje; y los salvajes amoritas de las Tierras Altas, que derramaban sangre como si fuera agua; y muchos sirvientes altivos, de corazón soberbio y manos ensangrentadas, serviles con los ricos para hacerlos aún peores de lo que hubieran sido, despiadados con los pobres hasta convertirlos en polvo una vez despedazados por los ricos. Y muchos, muchos más iban y venían, tan atareados como en vida.

En medio de aquel terrible escándalo, Sir Robert Redgauntlet llamó con voz de trueno al gaitero Steenie, para que se acercase a la mesa principal, donde él estaba sentado, con las piernas extendidas y envueltas en franela; las pistolas estaban junto a él y el sable apoyado en la silla, justo como mi abuelo lo había visto por última vez en la tierra, incluso el cojín del mono estaba allí, pero no la criatura —no le había llegado la hora, probablemente, porque, al aproximarse, oyó decir a uno de ellos:

—¿No ha venido aún el Mayor? Y el otro contestó:

—Estará aquí antes de la mañana.

Y cuando mi abuelo se adelantó, Sir Robert, o su fantasma, o el diablo con su apariencia, dijo:

—Bueno, gaitero ¿has arreglado lo de la renta anual con mi hijo?

Con gran esfuerzo, mi abuelo consiguió el aliento suficiente para decir que Sir John no se conformaría sin el recibo de Su Excelencia.

—Lo tendrás a cambio de alguna melodía, Steenie —dijo la apariencia de Sir Robert—, toca para nosotros Veel Horldled Luckie.

Aquélla era una melodía que mi abuelo aprendió de un brujo, quien a su vez la había oído cuando estaban adorando a Satanás en sus aquelarres, y mi abuelo la había tocado algunas veces en las ruidosas cenas del castillo de Redgauntlet, pero siempre a disgusto. Y ahora, con solo mencionarla, sintió frío y, para excusarse, dijo que no llevaba la gaita consigo.

—McCallum, tú, hijo de Belcebú —dijo el terrible Sir Robert—, tráele a Steenie la gaita que tengo para él.

McCallum trajo una gaita que podía haber servido a Donald de las Islas. Pero, al ofrecérsela, le dio a mi abuelo un ligero codazo y, mirando de reojo con atención, Steenie vio que el caramillo era de acero y había sido calentado al rojo vivo. Así que tuvo buen cuidado de no tocarlo con los dedos. Se excusó de nuevo y dijo que estaba tan débil y asustado que no tenía bastante aliento para tocar.

—Entonces debes comer y beber, Steenie —dijo la figura—, porque poco más hacemos aquí; y no está bien que conversen un hombre harto y otro hambriento.

Pero aquéllas eran las mismísimas palabras que el sanguinario conde de Douglas dijo para entretener al mensajero del rey mientras le cortaba la cabeza a McLellan de Bombie en el castillo de Threave; y eso puso a Steenie aún más en guardia. 

Así que alzó la voz como un hombre y dijo que no había ido allí a comer, ni a beber ni a tocar la gaita, sino a recuperar lo suyo, a saber qué había sido del dinero que había pagado y a conseguir un recibo a cambio; y en ese momento se sentía tan valiente que instó a Sir Robert en nombre de su conciencia (no tuvo valor para decir el nombre sagrado) a que, si quería descansar en paz, no le tendiese más trampas y le diese lo que le pertenecía.


La aparición rechinó los dientes y se rio, pero sacó el recibo de una gran carpeta y se lo tendió a Steenie:

—Ahí tienes tu recibo, perro despreciable; y en cuanto al dinero, el hijo de perra de mi hijo puede ir a buscarlo a la Cuna del Gato.

Mi abuelo le dio las gracias y estaba a punto de retirarse cuando Sir Robert gritó:

—¡Detente, tú, condenado hijo de puta! No he terminado contigo. Aquí no hacemos nada gratis; tienes que volver dentro de doce meses, a rendir a tu amo el homenaje que le debes por su protección.

A Steenie se le desató la lengua de repente y dijo en voz alta:

—Me debo al servicio de Dios y no al vuestro.

No había terminado de pronunciar estas palabras cuando se hizo la oscuridad a su alrededor y cayó a tierra con tal fuerza que perdió a la vez la respiración y el sentido.

Cuánto tiempo yació tendido allí no supo decirlo, pero cuando volvió en sí estaba tendido en el viejo cementerio de la iglesia de Redgauntlet, justo en la puerta del panteón de la familia, y el escudo de armas del viejo caballero, Sir Robert, colgaba sobre su cabeza. 

Una densa niebla matinal se extendía sobre la hierba y alrededor de las lápidas, y su caballo pacía tranquilamente junto a las dos vacas del párroco. Steenie habría pensado que todo había sido un sueño de no haber tenido el recibo en la mano, claramente escrito y firmado por el viejo señor; tan solo las últimas letras del nombre eran un poco irregulares, como si hubiesen sido escritas por alguien víctima de un dolor repentino.


Profundamente preocupado, mi abuelo abandonó aquel triste lugar, cabalgó a través de la niebla hasta el castillo de Redgauntlet y con gran dificultad consiguió hablar con el señor.

—Bueno, ¿me traes la renta, bribón arruinado? —fueron sus primeras palabras.

—No —contestó mi abuelo—, no la traigo. Pero le traigo el recibo que Sir Robert me dio.

—¿Cómo, bribón? ¡El recibo de Sir Robert! ¡Me dijiste que no te había dado ninguno!

—¿Quiere Vuestra Excelencia ver si estas pocas líneas son correctas?

Sir John examinó cada línea y cada letra con gran atención y, por último, la fecha que mi abuelo no había notado. «En el lugar que me corresponde —leyó— a veinticinco de noviembre».

—¡Qué! ¡Eso fue ayer! Villano, debes de haber ido al infierno por esto.

—Lo obtuve del padre de Vuestra Excelencia; si está en el infierno o en el cielo no lo sé.

—Te denunciaré por brujo al Consejo Privado —dijo Sir John—, te enviaré junto a tu amo, el diablo, con ayuda de un barril de alquitrán y una antorcha.

—Tengo intención de presentarme yo mismo en la iglesia —dijo Steenie—, y decirles todo lo que vi ayer noche, que son cosas más apropiadas para ser juzgadas por ellos que por un ignorante como yo.

Sir John se detuvo, recuperó el control y quiso oír la historia completa; y mi abuelo se la contó punto por punto, como yo la he contado, palabra por palabra, ni más ni menos.

Sir John permaneció en silencio durante largo rato y por fin dijo, con gran comedimiento:

—Steenie, esta historia tuya afecta al honor de muchas familias nobles, además de la mía y si fuese una mentira para librarte de mí, lo menos que puedes esperar es que te perfore la lengua con un hierro candente, que será casi tan malo como abrasarse los dedos con un caramillo al rojo vivo. Pero puede que sea verdad; y si el dinero aparece no sabré qué pensar. Pero ¿dónde encontraremos esa Cuna del Gato? Hay gatos de sobra en el castillo, pero me parece que crían sin necesidad de cama o cuna.

—Es mejor que le preguntemos a Hutcheon —dijo mi abuelo—, conoce todos los rincones tan bien como... como otro antiguo servidor que ha desaparecido y al que no me gustaría nombrar. Bueno, pues Hutcheon, cuando le preguntaron, les dijo que había un torreón ruinoso, en desuso desde hacía largo tiempo, próximo a la torre del reloj, accesible solo por una escalerilla, porque la apertura estaba en el exterior y situada muy por encima de las almenas, al que desde antiguo se le llamaba la Cuna del Gato.

—Iré allí inmediatamente —dijo Sir John, y cogió (con qué propósito, solo el cielo lo sabe) una de las pistolas de su padre de la mesa del salón, donde habían estado desde la noche en que murió, y se dirigió apresuradamente a las almenas.

Era un lugar peligroso porque la escalerilla estaba vieja y carcomida, y le faltaban uno o dos peldaños. Sin embargo, Sir John trepó por ella y entró por la puerta de la torre, donde su cuerpo tapó la poca luz que se filtraba. Algo se abalanzó sobre él con violencia y casi lo tira de espaldas, la pistola del caballero se disparó y Hutcheon, que sostenía la escalera, y mi abuelo, que estaba a su lado, oyeron un fuerte alarido. 

Un minuto después Sir John lanzó el cuerpo del mono a los pies de ambos y gritó que había descubierto el dinero y que debían subir a ayudarle. Y allí estaba la bolsa con el dinero, efectivamente, y muchas otras cosas que se habían perdido hacía mucho tiempo.


Cuando Sir John hubo limpiado bien el torreón, condujo a mi abuelo al comedor, le cogió de la mano, le habló afablemente y le dijo que sentía haber dudado de su palabra, y que para compensarle en adelante sería un buen señor para él.

—Y ahora, Steenie —dijo Sir John—, aunque esa visión tuya, en general, acredita a mi padre como un hombre honrado que incluso después de muerto ha querido hacer justicia a un pobre hombre como tú, eres lo bastante sensato como para comprender que hombres malintencionados podrían poner en duda la salvación de su alma. 

Así que mejor le echamos toda la culpa a esa criatura ladrona, el Mayor Weir, y no decimos nada de tu sueño en el bosque de Pitmurkie. Habías bebido demasiado brandy para estar muy seguro de nada y, Steenie, este recibo (la mano le temblaba mientras lo sostenía) no es sino un extraño documento y lo mejor que podemos hacer es, creo, echarlo tranquilamente al fuego.


—Pero por muy extraño que sea, es la única garantía que tengo de haber pagado mi renta —dijo mi abuelo, que tenía miedo quizá de perder el beneficio del recibo de Sir Robert.

—Anotaré el importe a tu favor en el libro de rentas y te daré un recibo de mi propia mano —dijo Sir John— ahora mismo. Y Steenie, si eres capaz de mantener la boca cerrada sobre este asunto, a partir de ahora tendrás una renta más baja.

—Muchas gracias, Excelencia —dijo Steenie, que vio rápidamente cómo estaban las cosas—. Desde luego que seguiré en todo las órdenes de Vuestra Excelencia; solo que me gustaría hablar del asunto con algún hombre de la iglesia, porque no me gusta el emplazamiento que el padre de Vuestra Excelencia...

—No llames a ese fantasma mi padre —dijo Sir John, interrumpiéndole.

—Bueno, entonces, esa cosa que se le parecía tanto —dijo mi abuelo— habló de que tenía que regresar el mismo día al cabo de un año, y eso me pesa sobre la conciencia.

—Bien —dijo Sir John—, si estás tan angustiado puedes hablar con nuestro párroco; es un hombre justo, respeta el honor de nuestra familia y además creo que quiere conseguir mi protección. Y con esto mi abuelo estuvo enseguida de acuerdo en que se quemase el recibo y el señor lo tiró a la chimenea con su propia mano. Sin embargo, no ardió, sino que voló chimenea arriba con un cortejo de chispas y un ruido de cohete.

Mi abuelo fue a la casa del párroco y este, después de oír la historia, dijo que su opinión era que aunque mi abuelo había ido demasiado lejos en asuntos muy peligrosos, sin embargo, como había rechazado las arras del demonio (pues eso es lo que eran las ofertas de comida y bebida) y se había negado a rendirle homenaje tocando la gaita cuando se lo ordenó, esperaba que si de ahora en adelante se comportaba con circunspección, Satanás podría sacar muy pocas ventajas de lo ocurrido. 

Y desde luego mi abuelo, por su propia voluntad, estuvo durante bastante tiempo sin tocar la gaita ni el brandy y, hasta que no terminó el año y pasó el día fatídico, no hizo tan siquiera intención de coger el violín ni de beber whisky o cerveza.


Sir John contó la historia del mono a su manera, y hasta hoy día algunas personas creen que en aquel asunto todo se debió a la naturaleza ladrona del animal. Incluso hay quienes aseguran que no fue el Viejo Enemigo al que Dougal y Hutcheon vieron en la habitación del señor, sino a esa criatura, el Mayor Weir, brincando sobre el ataúd; y en cuanto al silbato del señor, oído después de su muerte, era el sucio animal, que lo tocaba tan bien como el propio señor, si no mejor.

Pero el cielo sabe la verdad y salió a la luz por vez primera por boca de la esposa del párroco, después de que Sir John y su marido estuvieran ambos en sus respectivas tumbas.

Entonces, mi abuelo, a quien le fallaban las piernas pero no el juicio ni la memoria —al menos no tanto como para que se le notara— se vio obligado a contar la verdadera historia a sus amigos, para defender su buen nombre. De otro modo le podían haber acusado de brujo.

La Casa Croglin - Augustus Hare

El Capitán Fisher también nos contó esta extraordinaria historia, conectada con su propia familia.

"Fisher", dijo el capitán, "puede sonar a un nombre muy plebeyo, pero su familia es de muy antigua estirpe, y por varios cientos de años poseyeron un muy curioso lugar en Cumberland, que tenía el extraño nombre de 'casa Croglin'.

La gran característica de la casa era que nunca, en ningún período de su larga existencia, ha habido más que un alto, aunque siempre tuvo una terraza desde la cual grandes terrenos se extendían hacia donde había una iglesia, y desde donde se tenía una gran vista.

Cuando, a lo largo de los años, los Fisher acrecentaron en la Casa Croglin su fortuna y familia, no quisieron cambiar las características del lugar añadiendo otra torre a la casa, y se marcharon hacia el sur, para residir en Thorncombe, cerca de Guildford, dejando la Casa Croglin.

Los Fisher fueron extremadamente afortunados con sus inquilinos, dos hermanos y una hermana. Ellos escucharon sus encomiables palabras acerca de todos los cuartos. 

Sus inquilinos vecinos eran todos buenos y gentiles, les dieron una gran bienvenida. Por su parte, los nuevos inquilinos se vieron muy a gusto en la nueva residencia. Era como que la Casa Croglin había sido hecha para ellos. 

El invierno pasó felizmente para los nuevos habitantes de Croglin, quienes compartían con todos los pequeños placeres sociales del distrito, y se hacían de este modo muy populares. Al siguiente verano, hubo un día, muy particular, que hizo un calor terrible, insoportable. 

Los hermanos estaban echados bajo un árbol, con sus libros, ya que hacía demasiado calor para llevar a cabo cualquier tarea física. Ellos habían cenado temprano, y luego de la cena se sentaron en el porche, disfrutando del aire fresco que trajo la noche, y mientras miraban la puesta del sol, y la salida de la luna sobre las copas de los árboles que separaban los campos del cementerio de la iglesia, con unas nubes bañadas de plata como fondo.

Cuando se separaron por la noche, cada uno se retiró a su habitación en la planta baja (ya que, como dije, no había escaleras en esa casa), la hermana sintió que el calor era tan intenso que no podía dormir y, habiendo trabado su ventana, no había cerrado los postigos —ya que en tan tranquilo lugar no era necesario— y, apoyada en sus almohadones, aún se quedó mirando la maravillosa y espléndida belleza de esa noche de verano.

Gradualmente se percató de dos luces, dos luces que parpadeaban, en la zona de los árboles que separaban el jardín de los campos de la iglesia; y, a medida que su vista se prendó de ellas, las vio emerger y componerse en una sustancia oscura, algo horrible, que parecía a cada momento acercarse más y más, aumentando en tamaño y sustancia a medida que se aproximaba. 

Durante algunos momentos se perdía entre las sombras que se extendían por el jardín, desde los árboles, y luego volvía a emerger, más grande que antes, y aún avanzando. Mientras observaba, el más incontrolable horror se apoderó de ella. Intentó salir de ahí, pero la puerta estaba cerrada y la ventana también, y aun así la cosa se acercaba a ella. Trató de gritar, pero su voz estaba como paralizada, su lengua pegada al paladar.

Repentinamente, ella nunca pudo explicarlo por qué, el terrible objeto pareció volverse sobre un lado, como si fuera a rodear la casa y, después de todo, no viniera por ella. Inmediatamente ella saltó de la cama y acometió contra la puerta; y mientras trataba de destrabarla comenzó a escuchar scratch, scratch, scratch, contra la ventana, y vio un horrible rostro marrón con ojos ardientes que la miraba. Aterrorizada, regresó a la cama, pero la criatura continuaba rascando la ventana, scratch, scratch, scratch

Sintió una especie de alivio cuando se convenció de que la ventana estaba bien cerrada desde el interior. Súbitamente el rasqueteo cesó, y se escuchó una especie de sonido como de picotazo. Luego, en su agonía, ¡se dio cuenta de que la criatura estaba picando la unión de los vidrios! El ruido continuó, y un panel de vidrio cayó dentro de la habitación. 

Luego el largo y huesudo dedo de la criatura ingresó y giró la manija de la ventana. La misma se abrió, y la criatura entró en la habitación, y el terror de la chica fue tan intenso que no pudo gritar, y la criatura entrelazó sus largos dedos en el cabello de ella y comenzó a arrastrarla por la cama. En esta situación violenta se hirió la gola.

Cuando pasó esto, su voz se liberó, y pegó un grito, un alarido con todas sus fuerzas. Sus hermanos se despertaron y salieron de inmediato de sus cuartos, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Fueron a buscar un atizador, rompieron la cerradura y entraron. 

Entonces la criatura ya había escapado por la ventana, y la chica estaba sangrando por una herida que se había hecho en la garganta, y yacía inconsciente a un lado de la cama. Un hermano persiguió a la criatura, que corría con grandes zancadas bajo la luz de la luna, hasta que desapareció sobre la pared de los límites del camposanto de la iglesia. 

El hermano regresó al lado de su hermana, que estaba siendo atendida por el otro hermano. Ella estaba malherida, y estuvo por morir; pero era de disposición fuerte, no se dejaba llevar por el romance o la superstición, y cuando volvió en sí, dijo: 'Lo que pasó fue muy extraordinario, y estoy muy herida. Me parece inexplicable, pero por supuesto habrá una explicación, y tenemos que encontrarla. Debe ser que algún lunático ha escapado de un asilo y ha venido hasta aquí'. 

La herida se curó, y ella se recompuso, pero el doctor que fue a atenderla no podía creer que se hubiese recuperado de tan terrible shock tan fácilmente, e insistió en que ella tenía que cambiar de paisaje; así que su hermano la llevó a Suiza. 

Siendo una chica sensible, cuando fue al extranjero se interesó por las novedades del país en que estaba, secó plantas, hizo dibujos, escaló montañas y, cuando llegó el otoño, fue quien urgió a sus hermanos a regresar a Croglin. 'La tenemos desde hace siete años', dijo, 'y solo hemos estado allí uno; y siempre hemos tenido dificultades para encontrar casas con solamente un alto, así que será mejor que regresemos. Los lunáticos no se escapan todos los días'. Y como ella los urgió, sus hermanos no quisieron nada mejor, y la familia regresó a Cumberland. 

Ya que no había escaleras en la casa, les fue difícil hacer grandes cambios en su disposición. La hermana ocupó la misma habitación, aunque jamás volvió a dejar abiertos los postigos. Los hermanos tomaron la habitación opuesta a la de su hermana, y siempre tenían pistolas cargadas consigo.

El invierno pasó de lo más pacífica y felizmente. En el mes de marzo la hermana se despertó una noche por un sonido que le recordó el scratch, scratch, scratch, sobre el vidrio de la ventana. Y mirando a la ventana, pudo ver claramente, en el panel superior, el mismo rostro marrón, horripilante y arrugado, con ojos brillantes, mirándola fijamente. 

Esta vez gritó tan fuerte como pudo. Sus hermanos salieron del cuarto, con sus armas en la mano, por la puerta principal y vieron que la criatura estaba huyendo por el jardín. 

Uno de los hermanos hizo fuego y le dio en una pierna, pero la cosa siguió corriendo hacia la pared de la iglesia, donde desapareció dentro de una bóveda que perteneció a una familia que habíase extinguido hacía mucho tiempo. 

Al siguiente día los hermanos llamaron a todos los inquilinos de Croglin y fueron a abrir la bóveda. Una horrible escena se reveló. La bóveda estaba repleta de cajones; todos estaban rotos y sus contenidos horriblemente despedazados y desfigurados, esparcidos en todo el piso del lugar. 

Un ataúd solo permanecía intacto. Ellos levantaron la tapa del mismo y ahí estaba, marrón, reseco, arrugado, momificado, pero aún entero, la misma horripilante figura que se veía por la ventana de Croglin, con la marca de un reciente disparo en la pierna; y ellos hicieron lo único que podía hacerse para destruir a un vampiro: lo quemaron".

Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.