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Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.

La nube de lluvia - Theodor Storm (Primera Parte)

No era posible recordar un verano tan caluroso desde hacía un siglo. En los campos, que se extendían casi sin vegetación, estaban esparcidos los animales mansos y los salvajes, exhaustos bajo el calor abrasador.

Una mañana de ese tórrido verano, las calles del pueblo estaban desiertas: todo aquel que podía buscaba refugio en su casa o en cualquier otro lado. Ni a los perros se les veía andar bajo el Sol. 

El robusto granjero, propietario de las praderas más bajas de la región, estaba a la entrada de su magnífica casona; fumaba, con el sudor cubriéndole el rostro, de una gran pipa de madera de rosa. Satisfecho, miraba sonriente hacia una enorme carreta cargada de heno, que en esos momentos conducían a la era.

Años atrás había adquirido una considerable extensión de suelo pantanoso a un precio ínfimo. En los últimos años, cuando tras accidentados esfuerzos las cosechas de los vecinos se daban muy diezmadas, él veía, en cambio, cómo su henil se llenaba con la calidez y el aroma de la siega, mientras en su arca atesoraba genuinos táleros del rey.

De pie, esa mañana hacía cuentas de lo que podría ganar con los precios, siempre ascendentes, de su abundante cosecha.

Nadie obtiene nada —murmuró, haciéndose sombra con la mano y mirando, en dirección de los caseríos vecinos, hacia la reverberante lejanía—. Ya no llueve más en el mundo.

Acto seguido se encaminó a su carreta, que en ese momento era descargada, arrancó un manojo de heno, lo llevó hacia su ancha nariz y sonrió tan pícaramente como si pudiera sacar unos táleros más al olfatear el penetrante aroma.

Entró en seguida al solar una mujer de unos cincuenta años. La palidez de su cara revelaba sufrimiento. Con el negro mantón de seda rodeándole el cuello, destacaba aún más la melancólica expresión de su rostro.

—Buenos días, vecino —dijo, extendiéndole la mano al granjero para saludarlo—. ¡Qué horno es este, los cabellos le queman a uno la cabeza!

—¡Que arda, madre Stine, que arda! —replicó él—. ¡Mirad tan solo la carreta rebosante de heno! ¡A mí no me ha de ir tan mal!

—¡Sí, sí, hombre! Vos ya podéis reíros, pero ¿qué será de los demás si todo continúa de esta manera?

El granjero oprimió con el pulgar el tabaco de su pipa, la encendió y se puso a arrojar inmensas volutas de humo.

—¿Veis? —dijo él—. Este es el resultado de ser precavido. Siempre se lo dije a vuestro difunto esposo; él lo sabía muy bien. ¿Por qué tendría que haber cambiado sus tierras bajas? Ahora tenéis las tierras altas donde los sembradíos se secan y el ganado se consume.

La mujer suspiró. El robusto hombre se puso de pronto condescendiente.

—Pero, madre Stine —le dijo a la mujer—, ya me doy cuenta de que no habéis venido aquí solamente por venir. Contadme, ¿qué os aflige?

La viuda clavó la mirada en el suelo.

—Sabéis bien —le dijo ella— que los cincuenta táleros que me habéis prestado debo devolvéroslos para el día de San Juan, y ese día ya está cerca.

El campesino posó la mano sobre el hombro de la mujer.

—¡No os preocupéis por ahora, mujer! No necesito el dinero, no soy un hombre que viva al día. A cambio, vos podéis darme vuestros terrenos como prenda; ciertamente no son de los mejores, pero por esta ocasión me serán razonablemente buenos. El sábado podemos ir ante el juez.

La afligida mujer volvió a suspirar.

—Pero eso causará nuevos gastos —le dijo—. Aunque, de todos modos, os doy las gracias.

El granjero no había dejado de mirarla con sus cautelosos y pequeños ojos, luego de lo cual pasó a decir:

Ya que estamos aquí, quiero deciros también que Andrés, vuestro hijo, ¡pretende a mi hija!

—¡Ay, Dios, vecino, pero si los niños han crecido juntos!

—Eso es posible, mujer, pero si el muchacho piensa que puede cortejar a mi hija guiado por el interés de la finca, ¡entonces ha hecho sus cuentas sin mí!

La débil mujer se irguió un tanto y lo miró con la rabia asomando a los ojos.

—¿Qué tenéis que criticar a mi Andrés? —dijo ella.

—¿A vuestro Andrés, señora Stine?... ¡Pues nada, por cierto! Pero... —y pasó la mano por encima de la botonadura de plata de su roja chaqueta— se trata de mi hija, y la hija del dueño de las praderas puede aspirar a algo mejor.

—¡No seáis tan obstinado, vecino! —le dijo con voz suave la mujer—. Antes de que llegaran los años calurosos...

Pero han llegado, y aún campean en estas tierras. Es más, en el presente año no hay perspectivas de que reunáis una sola cosecha en el granero. De manera que vuestra granja va año con año de mal en peor.

La mujer se detuvo en una profunda reflexión, parecía haber escuchado apenas las últimas palabras.

Sí —dijo ella—, vos podéis por desgracia tener razón. La Nube lluviosa debe haberse dormido, ¡pero... puede despertar!

—¿La Nube lluviosa? —repitió el granjero, con brusquedad—. ¿También vos creéis en esa monserga?

—¡Ninguna monserga, vecino! —replicó ella, misteriosamente—. Mi antepasada, cuando era joven, una vez la despertó. Conocía las palabras necesarias para lograrlo, mismas que me dio a conocer en varias ocasiones. Pero desde que ella murió, que fue hace ya mucho, las he olvidado.

El hombre, gordo como era, se rió tanto que los botones plateados le brillaron sobre la barriga.

—Entonces, madre Stine, sentaos y reflexionad sobre esas palabras tan poderosas. ¡Yo confío en mi barómetro, y este indica, desde hace ocho semanas, buen tiempo!

—¡El barómetro es una cosa muerta, vecino: no puede producir el clima!

—¡Y vuestra Nube lluviosa es un fantasma, una quimera, una nada!

—Muy bien, señor —dijo la mujer, tímidamente—. ¡Vos sois uno de los nuevos creyentes!

Pero el hombre iba perdiendo cada vez más la paciencia.

¡Nuevo o viejo creyente! —exclamó—. ¡Id y buscad a vuestra mujer de la lluvia y repetid vuestras palabras! Si es que aún podéis hacer llover, entonces... —se contuvo y echó unas bocanadas de humo por delante.

—¿Entonces qué, vecino? —preguntó la mujer.

—Entonces... Entonces... ¡Al diablo! Sí... Entonces... vuestro Andrés puede cortejar a mi María.

En ese momento se abrió la puerta de la estancia y una hermosa y esbelta muchacha de ojos oscuros salió del portal, encaminándose hacia ellos.

—¡Dame la mano, padre! ¡Trato hecho! —dijo.

Y dirigiéndose a un hombre de avanzada edad, que en ese momento iba llegando, añadió:

—¡Vos lo habéis escuchado, primo Schulze!

Está bien, está bien, María —dijo el granjero—, no necesitas buscar testigos ante tu padre. De mi palabra ni un ratón ha mordido siquiera una letra.

Entre tanto, Schulze se apoyó en su largo bastón y miró a lo lejos, durante largo rato; con su penetrante mirada vio entonces flotar, en la profundidad del cielo ardiente, un puntito blanco; o solo lo deseaba, y por tanto creía haberlo visto. De cualquier manera, sonrió embozadamente y dijo:

¡Que os aproveche, primo! Como quiera que sea, Andrés es un muchacho trabajador.

Poco después, mientras el granjero y Schulze, sentados en la estancia, ajustaban algunas cuentas, María entró en la casita de la señora Stine, al otro lado de la calle.

—¡Pero, niña! —dijo la viuda, tomando la rueca de un rincón—. ¿Sabes las palabras que pueden despertar a la Mujer de la lluvia?

—¿Yo? —preguntó la muchacha, levantando hacia atrás la cabeza, admirada.

—Pues eso mismo supuse, ya que parecías tan resuelta ante tu padre.

—No, madre Stine, solo lo sentí de esa manera. Aunque viéndolo bien, pienso que vos podríais recordarlas. Poned un poco de orden en vuestros pensamientos. ¡Deben estar ocultas en algún lado!

La señora Stine solo asintió con un movimiento de cabeza.

—Mi antepasada murió hace muchos años. Pero una cosa sí recuerdo bien: cuando padecíamos una gran sequía, como ahora precisamente, y se malograban nuestras siembras y nuestro ganado se moría, ella solía decir en completo secreto: “Esto nos hace, jugando con nosotros, el Hombre de fuego. Pues una vez desperté a la Mujer de la lluvia”.

¿El Hombre de fuego? —preguntó la muchacha—. ¿Quién es?

Pero antes de que pudiera recibir una respuesta de la señora Stine, ya la muchacha había corrido hacia la ventana, exclamando:

—¡Por Dios, madre, allí viene Andrés! ¡Qué alterado parece!

La viuda se levantó de su rueca.

—Claro, mi niña —dijo la señora, consternada—, ¡mira nada más lo que carga en su espalda! Murió de sed otra de nuestras ovejas.

Poco después entró el joven y colocó el animal muerto a la vista de las mujeres.

—¡Mirad! —dijo, con gesto ceñudo, al limpiarse el sudor de la frente.

Las mujeres miraron más la expresión de su rostro que a la criatura muerta.

—¡No te lo tomes tan a pecho! —dijo María—. ¡Vamos a despertar a la Mujer de la lluvia y todo irá bien!

—¡La Mujer de la lluvia! —repitió él, sordamente—. Sí, María, ¿y quién la despertará? Pero esto no fue lo único que ocurrió. Todavía antes de volver me pasó otra cosa.

La madre tomó su mano en un gesto amoroso.

—Entonces cuenta lo que te pasó, hijo mío, cuéntalo —lo amonestó ella— para que ya no te perturbe más.

—Pues escuchad —dijo él—: Quería ver a las ovejas. Quería saber si la poca agua que anoche les llevé no se había evaporado. Pero al llegar al pastizal advertí de inmediato que las cosas no estaban donde yo las había puesto, ni podían verse las ovejas; bajé en su busca por una pendiente, hasta llegar a la enorme colina. Apenas llegué al otro extremo, las vi a todas tumbadas, sin aliento, resollando con los cuellos ceñidos a la tierra. Esta pobre criatura ya había estirado la pata. A su lado, la tinaja estaba derribada y totalmente seca. Los animales no podían haberlo hecho. ¡Debe haber una mano enemiga en todo esto!

—¡Calma, niño, calma! —lo interrumpió la madre—. ¿Quién querría perjudicar a una pobre viuda?

—Escuchad, madre. La cosa no acaba ahí. Subí a la colina hasta donde me fue posible ver el llano en todas direcciones. Pero no pude ver a nadie; la sofocante canícula, como todos los días, sumía en silencio los campos. Solo a mi lado, encima de una gran roca, por donde la caverna de los enanos penetra la colina, una robusta salamandra asoleaba su horrible cuerpo. Cuando aún estaba entre furioso y desconsolado, oí de pronto detrás de mí, a lo lejos, una especie de murmullo, como si alguien hablara consigo mismo apasionadamente. Cuando me volví, pude observar a un ser deforme y rugoso, un hombre que vestía una especie de mantón rojo con una caperuza del mismo color. Descendía a paso lento entre los brezales. Me asusté al pensar ¡de dónde habrá salido tan repentinamente! Tenía un aspecto tan temible como sospechoso. Las enormes manos, de un rojo parduzco, estaban cruzadas a la espalda mientras los retorcidos dedos jugueteaban en el aire como patas de araña. Me coloqué tras un matorral espinoso. A la sombra de unas rocas, y sin que él se percatara de mi presencia, pude verlo desde mi escondite. El monstruo se mantuvo inquieto, se agachaba y arrancaba de la tierra manojos de hierba seca; me dije entonces cómo era posible que no se fuera de bruces, rodando con su cabeza de calabaza; pero se levantaba de nuevo, manteniéndose erguido sobre las piernas flacuchas, frotando la seca hierba en sus inmensos puños, hasta hacerla polvo; empezó a reír tan terriblemente que, al otro extremo de la colina, las ovejas, medio muertas, se precipitaron en salvaje y veloz huida a lo largo del declive. El hombrucho ese expulsó, con todo su cuerpo, una risa cortante y empezó a saltar sobre una y otra pierna, de manera que creí que las finas canillas acabarían por quebrarse bajo el granuloso cuerpo. Su aspecto resultaba terrible, pues a todo esto, sus pequeños y negros ojos fulguraban intensamente.

En silencio, la viuda tomó la mano de la muchacha.

—¿Sabes ahora quién es el Hombre de fuego? —dijo; en tanto, María asintió.

—Pero lo más espantoso —continuó Andrés— era su voz. “Si supieran, si supieran —gritaba—, los brutos, los patanes”. Y después cantó, con su ronca y chillona voz, un extraño verso que repetía siempre, como si nunca pudiera quedar satisfecho. ¡Esperad, ahora lo recuerdo!

Luego de un momento, continuó:

¡El vapor es el humo,

el polvo la fuente!...

La madre soltó de pronto la rueca, con la que no había dejado de hilar infatigablemente durante el relato de su hijo, y lo miró con atención. Sin embargo, él guardó otra vez silencio y pareció querer recordar.

—¡Continúa! —le pidió ella en voz baja.

—No lo recuerdo, madre. Se me ha borrado de la cabeza por más que lo repetí cien veces al regreso.

Pero lo continuó la señora Stine, con voz insegura:

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

Entonces Andrés añadió rápidamente:

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

—¡Esas son las palabras olvidadas que ayudan a despertar a la Mujer de la lluvia! —exclamó la señora Stine—. Y ahora, ¡de nuevo otra vez! ¡María, pon atención y no las olvides nunca más!

Madre e hijo repitieron acompasadamente:

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

¡No dejes pasar más tiempo,

eh, tú, despierta!

¡La Madre te trae a tu casa

cruzando la noche!

—¡Y ahora, toda miseria llega a su fin! —exclamó María—. ¡Vamos a despertar a la Nube de lluvia; mañana los campos estarán otra vez verdes y pasado mañana habrá boda!

Y con ligeras palabras y fulgurantes ojos, contó a Andrés qué clase de promesa había obtenido de su padre.

—¡Pero, niña! —dijo la viuda—. ¿Es que acaso conoces el camino que lleva a la Nube de lluvia?

—No, madre Stine. ¿Vos no sabéis tampoco el camino?

María, tú sabes que fue mi antepasada quien la visitó, y del camino nunca me contó nada.

—Andrés —dijo María tomando del brazo al joven, que en ese momento, con hosca expresión, clavaba la mirada en algún punto—, entonces tú di algo. Siempre tienes algún consejo.

—Es posible que pronto pueda obtener alguno —replicó él, circunspecto—. Tengo que darle agua a las ovejas este mediodía. ¡Tal vez pueda escuchar al Hombre de fuego ocultándome tras un matorral! Si ha revelado las palabras, ha de revelar también el camino. Su ancha cabeza parece estar repleta de todas esas cosas.

Y quedaron en todo de común acuerdo. A pesar de discutir tanto en favor como en contra, no llegaron a mejor decisión. Poco después, Andrés se encontraba con su carga de agua en lo alto del pastizal. Vio desde lejos al duende cuando este se aproximaba a la colina. Sentado encima de una roca, a unos pasos de la cueva de los enanos, se peinaba la roja barba con los dedos abiertos; cada vez que sacaba la mano, se desprendían mechones de fuego que flotaban a todo lo largo del campo, bajo la intensa luz del Sol.

Andrés pensó: «Has llegado demasiado tarde. No vas a saber nada por hoy». Y quiso darse la vuelta, como si nada hubiera visto, hacia donde estaba la tinaja derribada. Pero escuchó que lo llamaron.

—¡Yo pensaba que tenías que hablar conmigo! —oyó decir, a sus espaldas, a la penetrante voz.

Andrés se dio vuelta, retrocediendo unos cuantos pasos.

—¿Qué tendría que hablar con vos —replicó él—, si no os conozco?

—¿Es que acaso no quieres saber cuál es el camino que conduce a la señora Nube?

—¿Quién os ha dicho tal cosa?

—Mi pequeño dedo, pues él es más sabio que cualquier gran tipo.

Andrés hizo acopio de valor y se acercó al monstruo unos cuantos pasos.

—Puede ser que vuestro meñique sea todo un sabio —le dijo—, pero el camino que lleva a la Mujer de la lluvia no lo ha de conocer, puesto que ni los más sabios saben cuál es.

El duende se hinchó como un sapo y pasó las garras por su barba de fuego, de manera que Andrés se tambaleó unos cuantos pasos hacia atrás a causa del calor que se desprendía. Pero de pronto clavó sus pequeños y malignos ojos en el joven y, con expresión de altivo desprecio, le dijo como en un graznido:

—Eres demasiado simple, Andrés. Aunque te dijera que la Nube de lluvia habita detrás del gran bosque, no sabrías que detrás de él hay un sauce seco.

«Aquí se trata de jugar al tonto», pensó Andrés. A decir verdad, pese a que Andrés era un muchacho honesto, también por naturaleza era astuto.

—Tenéis razón —dijo con la boca exageradamente abierta—, ¡pues tal cosa en verdad no la sabría!

—Y aunque te dijera —continuó el Hombre de fuego— que detrás del bosque hay un sauce seco, no sabrías, sin embargo, que dentro del árbol hay una escalera que conduce al jardín de la señora Nube.

—¡Cómo puede uno equivocarse! —exclamó Andrés—. Yo pensaba que únicamente podía uno pasearse hacia el interior.

—Y aunque solo pudieras pasearte hacia el interior, tampoco sabrías que la señora Nube solo puede ser despertada por una virgen auténtica.

—Pues así es —opinó Andrés—, no hay remedio. No cabe duda de que será mejor que me regrese a casa.

Una sonrisa maliciosa deformó la ancha boca del duende.

—¿No quieres primero poner tu agua dentro de la tinaja? —preguntó este—. Tu hermoso ganado está prácticamente consumido.

—Tenéis razón por cuarta vez —respondió el muchacho, y caminó con sus baldes de agua, rodeando la colina; pero al arrojar el agua dentro de la ardiente tinaja, aquella borbotó y se disipó en el aire por completo.

«Esto está bien —pensó él—, me llevaré conmigo las ovejas a casa y, a primera hora, acompañaré a María para ir con la Nube de lluvia. ¡Ella la despertará!».

Al otro lado de la colina, el duende se levantó de la roca. Arrojó al aire su gorro y se revolcó pendiente abajo dando estentóreas carcajadas. Luego se irguió sobre sus canillas y bailó y gritó como enloquecido una y otra vez:

—¡Tontuelo, zopenco! ¿Y creíais poder engañarme? Pero ni siquiera sabéis que la Nube de lluvia se despierta solo con ciertas palabras. ¡Y esas palabras no las conoce nadie más que Ekenekepen, y Ekenekepen soy yo!

El duende malo no sabía que él mismo había revelado antes esas palabras.

Los primeros rayos del Sol matutino caían sobre los girasoles del jardín, frente a su ventana, cuando María la abrió y asomó la cabeza al aire fresco. Su padre, que dormía al lado de la habitación de la sala, tenía que haberse despertado al instante, pues su ronquido, que hasta esos momentos había penetrado todas las paredes de la habitación donde dormía, había cesado inmediatamente.

—¿Qué haces, María? —la llamó su padre con voz somnolienta—. ¿Quieres algo?

La joven se llevó las manos a la boca, un tanto sorprendida, pues sabía que su padre no la dejaría salir de casa si sospechaba el plan. No obstante, se recobró rápidamente:

No he podido dormir, padre —contestó la muchacha—, quiero ir con la gente a los prados. Hace una hermosa y fresca mañana.

—No tienes ninguna necesidad, María —contestó su padre—, mi hija no es ninguna sirvienta. —Pero luego añadió—: ¡Bueno, pues, ve si te place! Pero vuelve a buena hora, antes del calor. ¡Y no te olvides de mi cerveza caliente!

Al decir esto se dio vuelta, de manera que la cama crujió y pronto escuchó otros ruidos conocidos en el cuarto de las muchachas.

«Es sumamente indignante tener que mentir de esta manera —se dijo—, pero... —y, al decir esto, expulsó un fuerte suspiro—, ¿qué no hace una por su amor?».

A lo lejos, Andrés aguardaba su llegada. Vestía su traje de domingo.

—¿Recuerdas bien las palabras? —le voceó desde lejos, antes de que la muchacha llegara a su lado.

—Sí, Andrés, ¿y tú, recuerdas el camino?

A su pregunta, él tan solo asintió con un movimiento de cabeza.

—¡Entonces vamos!

En ese momento salió de su casa la señora Stine. Le dio a su hijo un pomo diminuto que contenía hidromiel.

Perteneció a mi antepasada —le dijo—. ¡Siempre hizo mucho misterio alrededor de este valioso pomito! ¡Os hará bien cuando sientan el calor!

Caminaron luego a lo largo del silencioso camino del pueblo, bajo el resplandor matinal, y la viuda se quedó largo rato mirando hacia donde las vigorosas y jóvenes figuras iban alejándose, hasta perderse.

El camino que siguieron los condujo a través de la campiña, más allá de los límites del pueblo. Más tarde llegaron a un gran bosque. Casi por todas partes las hojas caídas de los árboles cubrían el suelo, en tanto que el Sol filtraba sus rayos desde muchos puntos y, con frecuencia, tenían que caminar cegados por las cambiantes luces.

Cuando hubieron caminado mucho tiempo, hasta llegar al pie de los altos encinos y las hayas, la muchacha tomó al joven de la mano.

¿Qué te ocurre, María?

—Acabo de escuchar nuestro reloj, Andrés.

—Sí, yo también lo escuché.

—Ya han dado las seis —dijo ella—. ¿Quién le calentará a mi padre su cerveza? Las muchachas estarán todas en el campo.

—No lo sé, María, ¡pero eso no nos ayuda ahora!

Es cierto —dijo—, esto no nos ayuda. Pero dime, ¿recuerdas las primeras palabras?

—¡Claro que sí, María!

¡El vapor es el humo,

el polvo, la fuente!

Y como mostrara cierta vacilación al decir esas palabras, ella añadió al instante:

¡Mudos son los bosques,

el Hombre de fuego baila por los campos!

—¡Oh! —exclamó luego—. ¡Cómo quema el Sol!

—Sí —dijo Andrés, frotándose la mejilla—. También a mí me ha calado bien y bonito.

Caminaron sin descansar una gran distancia hasta que, por último, salieron del bosque; a pocos pasos se erguía el viejo sauce. El majestuoso tronco era completamente hueco y la oscuridad que imperaba dentro solo parecía conducir —tan profundo se sentía— hacia lo más hondo de la Tierra. 

Andrés descendió primero solo, mientras María apoyaba su hombro sobre la dura corteza del árbol e intentaba seguir a Andrés con la mirada. Pronto no pudo verlo más, oyó tan solo el eco de sus pasos al descender. El miedo comenzó a dominarle; en torno suyo, allá arriba, sentía la más absoluta soledad, acentuada por el total silencio bajo tierra. Metió la cabeza en el hueco y llamó:

¡Andrés! ¡Andrés!

Todo permaneció en silencio. Llamó una vez más:

—¡Andrés!

Luego de un rato le pareció escuchar unos pasos que se acercaban y poco a poco fue reconociendo la voz del joven, que la llamaba. Al llegar ante ella, tomó sus manos entre las suyas.

—Se llega abajo por una escalera a una profundidad que no pude apreciar —le dijo—. Pero no temas, te guiaré con paso seguro.

De inmediato, cargó sobre su hombro a la esbelta muchacha, que rodeó fuertemente con los brazos su cuello; él descendió cuidando su preciosa carga. Una densa oscuridad los envolvió, pero María suspiraba aliviada al sentirse conducida, paso a paso, sobre esa especie de escalera en espiral. 

Luego se sintió irradiar un aire fresco desde el interior de la Tierra. No llegaba ningún ruido del exterior. Solo una vez escucharon sordamente, a lo lejos, el enérgico correr de las aguas subterráneas, que en vano se esforzaban en su camino hacia la luz.

—¿Qué fue eso? —susurró la muchacha.

—No lo sé, María.

—¿Es que esto no tiene fin?

—Pareciera que no.

—¡Ojalá el duende no te haya engañado!

—No lo creo, María.

Así fueron descendiendo hasta que, finalmente, sintieron allá abajo el resplandor del Sol, cada vez más luminoso, en tanto que llegaba hasta ellos un calor asfixiante.

Al bajar el último escalón vieron un paisaje del todo desconocido. Extrañada, María paseó sus ojos en torno suyo.

—¡Y sin embargo el Sol parece ser el mismo!

—Al menos da el mismo calor —dijo Andrés, mientras hacía descender a la muchacha.

Una hilera de viejos sauces se extendía a lo lejos desde donde ellos se encontraban, en lo que era una especie de avenida. Sin pensarlo apenas, caminaron bajo las hileras de árboles como si estos les fueran mostrando el camino. Al mirar a distintos lados, distinguieron una vasta tierra hundida, sembrada de toda clase de grietas y hendiduras, como una red infinita formada por el cauce de lagos y ríos. 

Esto parecía confirmarlo un asfixiante vapor que saturaba el aire, parecido al que se eleva desde un seco cañaveral. Penetraba las sombras de los apartados árboles tal fuego que a ambos les pareció que, a cierta altura del polvoriento camino, volaban algunas llamas blancas. 

Andrés no pudo dejar de pensar en los mechones de la llameante barba del Hombre de fuego. Una vez incluso le pareció ver sus negras orejas bajo la penetrante luz del Sol; más tarde creyó escuchar claramente, apenas a un costado suyo, el desvariante revuelo de sus canillas. De pronto, escuchaba algún ruido. Pero, al darse vuelta, nada veía. Solo el aire ardiente reverberaba, deslumbrante, ante sus ojos.

«Sí —pensó, tomando la mano de la muchacha mientras avanzaban, ya con cierto cansancio—, nos lo haces amargo y difícil, ¡pero no te saldrás con la tuya, duende!».

Ambos continuaron su camino escuchando a cada paso la respiración cada vez más dificultosa del otro. No parecía terminar nunca la recta avenida, flanqueada a todo lo largo por sauces grises y a medio deshojar; bajo sus pies, el declive estaba cubierto de una misteriosa neblina. De pronto María tuvo que apoyarse, cerrando los ojos, al pie de un sauce.

—No puedo más —murmuró—. El aire es como el mismo fuego.

 

CONTINUARÁ...