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Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.

Espacio oscuro - Rober F. Young

    Vivo en una cueva.

No tengo nombre. La mayor parte del tiempo la paso durmiendo.

Siempre llevo la misma ropa. Camisa roja, pantalones color canela, botas negras.

El ruido de algunas piedras en la pronunciada colina que conduce hacia la boca de la cueva me ha despertado. Esto mismo ya ha ocurrido muchas veces. Estoy acostado sobre mi espalda en el suelo de la cueva. Me vuelvo sobre mi estómago, me apoyo sobre las manos y las rodillas y atisbo hacia la entrada de la cueva. 

Extrañamente, aunque esta experiencia se ha repetido muchas veces, nunca sé quién es mi visitante hasta que le veo. Es una muchacha. No, en realidad no es una muchacha, sino una mujer, pero pienso en ella como si fuese una muchacha. Nos miramos bajo la luz grisácea y ella está tan sorprendida de verme a mí como lo estoy yo de verla a ella. En ese momento profiere un grito y se lanza colina abajo.

Corro detrás de ella.

La colina es la pronunciada elevación de un pequeño valle. Los bosques cubren el valle. Cuando la muchacha se interna entre los árboles, yo hago lo mismo. Ella sigue gritando.

Los árboles son en su mayoría alerces, pero algunos son acacias y no faltan tampoco los nogales. A1 principio ignoraba el nombre de estos árboles, pero uno a uno se han instalado en mi memoria.

Corro detrás de la muchacha, pero no consigo alcanzarla. Nunca lo hago. Finalmente ambos llegamos a una estrecha corriente de agua, ella la atraviesa a la carrera y desaparece. Yo también trato de cruzar la corriente, pero es una especie de barrera y no puedo siquiera introducir un pie. En ese momento me siento débil y apenas tengo fuerzas para regresar a la cueva. Me dejo caer en el suelo y vuelvo a dormirme.

Básicamente, la experiencia nunca varía.

Esta vez, cuando la muchacha me despierta nos hallamos frente a frente en la boca de la cueva y trato de cogerla. Mi mano roza su hombro antes de que logre retirarse. Tiene un rostro muy atractivo. Sus ojos son de un azul pálido y tiene pómulos altos. Sus mejillas son finas y la boca tiene forma de arco. 

Está vestida de azul y la ropa se ciñe a su cuerpo. Siempre lleva esa clase de ropa. En ocasiones la ropa es de color verde claro en lugar de azul claro, a veces es amarillo claro. El material es tan fino que puedo ver su cuerpo a través de él. Pero nunca me muestro interesado por su cuerpo. Me lanzo en su persecución por una única razón: para matarla.

Después de evitar mi intento de cogerla, ella grita y corre colina abajo. Me lanzo nuevamente detrás de ella. Casi puedo tocarla con los dedos y percibo su olor. Su olor es una mezcla de perfume y sudor. Pero no hace que la desee. ¿Desearla cómo?, me pregunto. No lo sé. Sólo sé que quiero matarla.

Penetra en el bosque. Su pelo se agita detrás de ella. Trato de cogerlo y mis dedos rozan las puntas. Pero no puedo acercarme lo suficiente para asirlo. A través del bosque. El bosque está muerto. No hay vida en él, salvo la de la muchacha y la mía. ¿Por qué debiera haber vida?, me pregunto. ¿A qué clase de vida me refiero? Algunas palabras afluyen a mí. Pájaros. Insectos. Pequeños animales. Pero no hay señales de ellos. Sí, el bosque está muerto.

No importa. Acelero mi carrera. Delante de mí alcanzo a ver la corriente de agua. La muchacha la atraviesa velozmente y desaparece. Yo también intento cruzarla, aunque sé que no podré hacerlo. Como siempre, ni siquiera puedo introducir un pie en el agua.

Estoy exhausto, y los árboles se agitan furiosamente. Regreso trabajosamente a la colina y me las arreglo para llegar a mi cueva. Me arrastro hacia el interior. Hago un gran esfuerzo por no volver a dormirme y, por un momento, tengo éxito. Entonces las paredes parecen caer sobre mí y giran del mismo modo en que lo han hecho los árboles y mis últimos vestigios de lucidez acaban por desaparecer.

Hoy, después de haber perseguido a la muchacha infructuosamente, me las arreglo para permanecer despierto más tiempo que nunca.

«Hoy» es una palabra nueva en mi vocabulario, pero no es la más apropiada para aplicarla a los períodos de tiempo en que estoy despierto. Asocio la palabra «día» con un cielo luminoso y un sol elevándose en él, y campos y árboles y casas debajo. 

Pero no hay sol en el cielo que cubre el valle, y el cielo es siempre gris. Tampoco hay campos ni casas en el mundo que me rodea. El pequeño mundo en el que vivo, en cualquier lugar donde se halle, nunca cambia de un período de vigilia a otro.

Pero no puedo pensar en una palabra mejor que «día» para atribuirla a mis períodos de tiempo.

Mientras estoy en la cueva tratando de permanecer despierto, descubro súbitamente que conozco a la muchacha a quien deseo matar. Pero no puedo pensar en su nombre, y tampoco en por qué quiero matarla.

Después de haber perseguido a la muchacha hasta la corriente de agua y de que ella haya desaparecido, permanezco junto al agua y miro hacia la inasequible orilla. Un momento después descubro a alguien que, desde la otra orilla, me está mirando. Es un hombre delgado que lleva una camisa roja, pantalones color canela y botas negras. 

No lleva sombrero y su pelo es del mismo color castaño que el mío. Su rostro me resulta familiar. Lo he visto en otra parte... muchas veces. No dejo de mirarle y el otro hombre hace lo mismo, hasta que, finalmente, descubro que ese rostro es el mío, con la parte derecha y la izquierda invertidas como en un espejo, y que ese hombre soy yo.

Nuevamente la muchacha. Nuevamente la persecución a través del bosque. La miro cuando desaparece al otro lado del río. Desaparece en el mismo instante en que sus pies alcanzan la orilla opuesta. Alicia a través del espejo. Comienzo a recordarlo todo.

Me miro a mí mismo a través de la corriente de agua.

Ahora comprendo que mi valle es sólo la mitad del valle.

¿Hasta dónde se extiende a mi derecha y a mi izquierda? ¿Qué hay detrás de la colina donde se encuentra mi cueva?

Cuando regreso a la colina, subo hasta la cueva y no me detengo. Subo y subo y sigo subiendo. Finalmente me doy cuenta de que no estoy subiendo sino descendiendo. De pronto, llego a otra cueva. Miro hacia ella. No, no se trata de otra cueva, es mi cueva. Apenas tengo tiempo de arrastrarme hacia el interior antes de que el sueño me engulla.

Pienso en mis períodos de conciencia como sucesos diurnos. Pero, ¿lo son? Tal vez, entre uno y otro duermo durante varios días. No tengo forma de saberlo. Mis despertares dependen totalmente del capricho de la muchacha. Ella es la única capaz de devolverme a la vida. Me pregunto por qué lo hace. Seguramente ya sabe que vivo en la cueva. ¿Por qué, entonces, sigue subiendo la colina hasta aquí?

Parece sorprendida cada vez que me ve. ¿Acaso no recuerda mi existencia de una a otra visita? Aparentemente no, o de otra forma se mantendría alejada de la cueva.

Mis períodos conscientes son ahora más prolongados y aumentan su duración con cada despertar. Estoy tratando de salir del valle. Hoy, en lugar de regresar directamente a la cueva después de que la muchacha hubiese vuelto a huir a través del río, me volví hacia la derecha y eché a andar a través del valle. Caminé durante horas. 

Al cabo de un tiempo comprendí que pasaba debajo de árboles que estaba seguro de haber visto antes. Me aproximé a la ladera del valle. Un momento después, y a través de las ramas de un árbol, descubrí la negra boca de una cueva. Subí rápidamente la ladera en dirección a ella. La forma de la entrada me resultó familiar. Entré en ella. Sí, era mi cueva. El sueño se apoderó de mí.

No intentaré salir del valle caminando en la otra dirección. Sé que si lo hago acabaré regresando al punto de partida. Un término extraño me ha venido a la mente: «Cinta de Möbius.» Sí, una curvatura del espacio. Eso es el valle, una curvatura del espacio. Una cinta de Möbius tridimensional. Un cruel callejón sin salida del que me resulta imposible escapar y del que sólo la muchacha tiene la llave.

He recordado la comida. La gente come para poder sobrevivir. Soy una persona. ¿Por qué no necesito comida?

¿Por qué no necesito agua? Uno también necesita agua para sobrevivir.

¿Por qué nunca siento calor ni frío?

He recordado mi nombre. Ha venido a mi mente mientras perseguía a la muchacha a través de los árboles. Wishman. Charles Wishman.

Ese nombre hizo que otros nombres aparecieran en mi mente. John Ranch. Carl Jung. Immanuel Kant. Paul Cuiran. Janice Rowlin. Cheryl Wishman...

¿Acaso es Cheryl el nombre de la muchacha?

Ella lleva mi apellido. ¿Es posible que sea... mi esposa?

Me concentro en la palabra «esposa». Pasa un rato antes de que pueda comprender -recordar- su significado. Cuando logro recordarlo me siento confundido. Si Cheryl Wishman es mi esposa, ¿por qué quiero matarla?

Hoy, en mi afán por atrapar a la muchacha, me lancé hacia adelante y la cogí por las piernas. Pero, de alguna manera, logró escabullirse. Sus pies están descalzos y uno de ellos me golpeó en la garganta. Pero ni siquiera sentí el golpe.

Una vez de pie me echó una mirada por encima del hombro. Su rostro era una máscara de terror, pero alcancé a distinguir rasgos familiares debajo de esa máscara, y ahora sé positivamente que era mi esposa. ¿Era? ¿Por qué digo «era»? Ella debe de ser todavía mi esposa. Pero, si es mi esposa, ¿por qué quiero matarla? Finalmente la respuesta aparece claramente en mi mente: porque ella te mató a ti.

Pero es una respuesta equivocada. Ahora sé que ella me mató, pero no recuerdo cómo ni por qué; pero no es ésa la razón por la que deseo matarla. Quiero matarla porque ella espera precisamente eso.

Ahora estoy nuevamente de pie y persiguiéndola a través del bosque. Pero, como siempre, ella llega al río antes que yo, cruza la corriente y desaparece en la orilla opuesta.

Estoy sentado en el suelo de la cueva, pensando. Mis períodos de conciencia son cada vez más largos.

¿Por qué me mató mi esposa?

¿Por qué no estoy muerto?

Una nueva palabra aparece en mi mente. Endoanalista.

Es una palabra clave y revela mucho de lo que estoy intentando recordar.

Yo era un endoanalista. Estudié cuiranismo en la John Ranch School de Endopsicología. Abrí una consulta en Beech Street en la subciudad de Forestview, N.A. Compré una casa en la colina en las afueras de la ciudad y me instalé allí con mi esposa Cheryl. Teníamos muchos amigos. Organizábamos fiestas y asistíamos a las que organizaban nuestros amigos. Mi trabajo marchaba viento en popa. Durante la temporada de caza, Cheryl y yo solíamos cazar venados.

Pero no me es posible comprender/recordar qué significa cuiranismo.

Hoy la muchacha -no, la llamaré Cheryl, porque es Cheryl-, hoy Cheryl se cayó mientras huía colina abajo. Pero logró esquivarme cuando intenté cogerla y rodó por la ladera. Mientras me internaba en el bosque tras sus pasos me oí a mí mismo gritando la palabra «asesina» una y otra vez. Es como si ella hubiese puesto esa palabra en mis labios.

¡Ya lo tengo! Cuiranismo es la teoría de Paul Cuiran relativa a la naturaleza de los sueños.

De la naturaleza de la realidad.

Pero es algo más que una simple teoría. Hace mucho tiempo que la hizo realidad. Pero los analistas freudianos se han negado a aceptarla. Ellos siguen intentando dejar a Cuiran al margen de sus especulaciones.

Han sido incapaces de hacerlo.

A finales del siglo pasado, Cuiran combinó las propiedades de la estética trascendental de Kant y del inconsciente colectivo de Jung y comenzó a hablar de Espacio Luminoso y Espacio Oscuro. El Espacio Luminoso, afirmó Cuiran, es la realidad tal como la percibimos. El Espacio Oscuro es el reino de los sueños. Ambos, decía Cuiran, constituyen la cosa-en-sí kantiana, y ninguno de los dos posee tiempo ni, a pesar del nombre que se les aplica, espacio. Tiempo y espacio, sostenía él, son impuestos por el espectador.

Cuiran concentró sus esfuerzos en la investigación del Espacio Oscuro. Después de desarrollar una droga, a la que llamó cuirano, que servía para establecer un nexo emocional con ellos, Cuiran descubrió que podía entrar en los sueños de sus pacientes. Entonces se concentró en sus sueños recurrentes y comenzó a curarles destruyéndolos o cambiándolos. Se llamó a sí mismo endoanalista. En los Catskills, John Ranch, su discípulo más famoso, construyó la John Ranch School de Endopsicología.

Yo he entrado en miles de sueños.

Sueños recurrentes.

Un endoanalista competente no se preocupa de los sueños ordinarios. Incluso las llamadas pesadillas son inocuas. Es en los sueños obsesivos donde concentramos toda nuestra atención.

Los pacientes con sueños recurrentes acudían a mí. Yo penetraba en esos sueños y les curaba. Yo sé lo que es el Espacio Oscuro. Es muchas cosas si uno explora sus ramificaciones arquetípicas jungianas; pero para el endoanalista avezado no es más que lo que el soñador quiere, y su reloj es la mente del paciente. Invariablemente, los dos «niveles» de realidad de la cosa-en-sí están divididos por una barrera simbólica. Cuando el soñador despierta; él/ella pasa a través de esa barrera. El soñado nunca puede hacerlo.

Yo me encuentro ahora en el Espacio Oscuro. Pero no como endoanalista. Yo soy el soñado.

La mente soñante de Cheryl ha formado en el Espacio Oscuro un bosque que revierte en sí mismo, y una colina sin cima. Como barrera, ella usa una corriente de agua.

Ella me asesinó y ahora continúa soñando que yo me oculto en una cueva, esperando para matarla. Pero su mente durmiente sigue olvidando que estoy aquí e, ignorante de mi presencia, su yo soñante sigue subiendo la colina hasta mi cueva.

¿Por qué me asesinó?

¿Cómo?

No puedo recordarlo. Las paredes de la cueva parecen cernirse sobre mí cuando intento pensar. La boca de la cueva se oscurece. Justo antes de que los últimos rastros de conciencia desaparezcan, un relámpago de terror cruza mi mente. ¡Si ella no vuelve a soñar ese sueño estaré verdaderamente muerto!

Aquel día salimos de caza. Sí, ahora lo recuerdo.

Hace poco que Cheryl desapareció más allá de la corriente/barrera. Estoy sentado en el suelo de mi cueva.

Sí, aquel día salimos de caza.

Ella y yo.

El día es oscuro. Mis pensamientos me llevan más allá de él. Vuelvo a ser lo que era antes de mi asesinato. Un endoanalista. Estoy sentado en mi consultorio de Beech Street, escuchando el relato de los sueños de mis pacientes. 

Soy cada vez más rico. En los círculos profesionales se dice que mis honorarios son exorbitantes. Tal vez lo son. Pero si un médico no roba a sus pacientes, su prestigio profesional se verá resentido. En cualquier caso, lo que cobro está perfectamente justificado. 

Hube de pasar cinco largos años adquiriendo la experiencia que ahora poseo. Incluso con el cuirano, uno no se adentra alegremente en los sueños. Y cada sueño es diferente, y uno debe aprender del paciente qué es lo que habrá de encontrar antes de entrar en el sueño, y debes saber de antemano qué hay que hacer para destruir el sueño o para alterarlo de un modo tal que él o ella no vuelva a soñarlo y se cure de la enfermedad que le ha provocado el sueño.

¡Yo he entrado en esos sueños!

Una mujer camina por la calle. Ve un desfile de niños que se aproxima y se detiene para mirarlos. Ve que cada niño lleva una lanza. Cuando el centro del desfile llega junto a ella, el líder grita «¡Alto!» y los niños se detienen. «¡Vista a la izquierda!», grita el líder, y todos los niños se vuelven simultáneamente para mirar a la mujer. La mitad son niños y la otra mitad, niñas. 

Las niñas llevan uniformes de color rosa y los niños de color azul. Cada uno de ellos tiene una gran cruz dorada pendiente de una cadena de oro en torno al cuello. No hay sol, pero las cruces relucen como si el sol brillase en lo alto del cielo. «¡Falange!», grita el líder, y la segunda, cuarta y sexta líneas dan un paso hacia la derecha. «Cerrar líneas, bajar las lanzas y avanzar.» La falange se aproxima a la mujer mientras las puntas de las lanzas despiden destellos bajo la luz del inexistente sol. 

Aterrorizada, la mujer trata de alejarse de la compacta línea de lanceros, pero se ve acorralada contra el sólido muro de un edificio. Entonces trata de huir calle arriba, pero la falange le corta el paso. Yo me encuentro en un portal contiguo. Sabía lo que eran esos niños antes de entrar en el sueño. Esos niños eran los que ella hubiese dado a luz si no hubiera desafiado a la Iglesia tomando píldoras anticonceptivas. 

Yo sé que ella despertará antes de que los niños la alcancen, pero debo impedir que la mujer vuelva a tener ese sueño. Me quito el cinturón, camino hasta donde se halla la mujer, me apoyo sobre una rodilla y coloco a la mujer encima de la otra. Levanto su vestido, le bajo las bragas y comienzo a golpear sus nalgas desnudas con mi cinturón. 

Ella grita de dolor. La falange se detiene, los niños bajan sus lanzas y se echan a reír. Un momento después el sueño finaliza. Nunca más volverá a soñar lo mismo.

Un hombre joven está escalando un risco. No es un montañero y está verdaderamente aterrorizado. Ha alcanzado una zona del risco desde la que no puede encontrar ningún asidero. Su situación es precaria y, en breves momentos, caerá al vacío. Entonces se despertará. 

A partir de su descripción de este sueño recurrente he deducido que el risco es la universidad en la que está realizando un curso de medicina, y he llegado a la conclusión de que no ha obtenido las calificaciones necesarias para convertirse en médico. No puede llegar más alto porque no desea llegar más alto, y es precisamente esta situación la que debe admitir.

Yo me he colocado a una considerable distancia por encima de él y ahora le lanzo una cuerda.

-Debe deslizarse hacia la derecha -le grito-. Ahí hay un saliente.

Coge desesperadamente la cuerda, se impulsa y realiza un movimiento pendular hacia el saliente. Se trata de un saliente de gran tamaño y desde ahí parte una gran fisura que conduce a la cima del risco. De modo que ahora, en lugar de despertarse, termina de escalar el risco. 

Se trata de una ruta tan sencilla que el joven comprende que ésa es la forma lógica de llegar a la cima y que debe abandonar la ruta anterior, aun cuando el nuevo camino le lleve a una cumbre diferente.

Cuando llega a la cima, se siente encantado con la vista y liberado de su atolladero.

¡Qué sueños!

Yo acostumbraba a entrar en muchos de los sueños de mi esposa.

La había perseguido otra vez y luego había regresado a mi cueva. Cuando desperté tuve la sensación de que había dormido durante siglos.

A1 principio entré en sus sueños sólo por curiosidad. Solamente deseaba saber qué soñaba. Tomaba una dosis de curiano antes de meterme en la cama y luego, acostado junto a ella en la oscuridad, deslizaba mi yo soñante dentro de su mente.

Sus sueños eran muy simples y me aburrían. Pero yo ya estaba aburrido. De ella. Y me irritaba descubrir que era tan inocente como parecía.

Su simplicidad siempre había sido una afrenta a mi inteligencia. Me colocaba en situaciones comprometidas en las fiestas al hablar en el momento menos oportuno, al reírse cuando no debía hacerlo o al no reír cuando debía hacerlo. Y además estaba aquella situación mía con Janice Rowlin. 

Todos mis pacientes eran ricos -debían serlo para permitirse el lujo de acudir a mi consulta-, pero Janice era obscenamente rica. Sus padres habían construido un castillo junto al Hudson. A1 igual que muchas de mis pacientes, Janice se había enamorado de mí. Era sólo una chiquilla y un día heredaría la inmensa fortuna de sus padres. Pero el dinero no era lo único que la volvía fascinante. Era sofisticada, culta, inteligente... todo lo que Cheryl no era. 

Deseaba casarme con ella, pero Cheryl era una mujer chapada a la antigua y yo sabía que tendría que librar una verdadera batalla para que me concediera el divorcio y temía que la publicidad afectara a mi profesión.

Hay dos formas diametralmente opuestas que un endoanalista puede escoger para matar a alguien. Puede hacerlo desde fuera... o desde el interior.

Cheryl soñaba a menudo con agua. Ella soñaba que estaba en la orilla del mar y veía que una enorme ola se aproximaba a la playa. Una tsunami. Ella echaba a correr. Yo hacía que tropezara, aumentando así su angustia. Se arrastraba por la arena, rodaba sobre sí misma y veía que la ola estaba prácticamente sobre ella y gritaba. 

También me veía a mí pero yo pensaba que simplemente creía que soñaba conmigo. Cheryl se ponía de pie y echaba a correr nuevamente sin dejar de gritar. Por supuesto, se despertaba antes de que la ola la alcanzara. Entonces se acurrucaba junto a mí, gimoteando durante un rato antes de volver a dormirse.

Otro sueño recurrente de Cheryl era uno que supuse que se trataba de un sueño infantil. En realidad no se puede decir que era un sueño recurrente en el sentido usual del término, porque no le provocaba ningún malestar psicológico. De hecho, antes de que yo pudiese entrar en él, el sueño la aliviaba.

En el sueño aparecía su osito. Ella era apenas una niña y entraba en un cuarto de niños cuyas paredes estaban empapeladas con dibujos de juguetes y cajones de arena, columpios y caballitos, y buscaba su osito. Al no encontrarlo se asustaba. Lo buscaba por todas partes. Debajo de la cama, debajo del ropero, en el armario, detrás de las cortinas. 

Finalmente, lo encontraba debajo de la almohada de su pequeña cama, lo abrazaba con fuerza y se acostaba en la cama sin soltarlo, y, cuando se dormía, se encontraba durmiendo en su verdadera cama junto a mí. A la mañana siguiente se despertaba radiante y feliz y cantaba una de sus canciones favoritas mientras se vestía.

Las primeras veces que entré en su sueño me mantuve alejado de su punto de observación y ella ignoraba que me encontraba allí. Entonces, una noche, la seguí hasta la pequeña habitación y, después de que hubo encontrado el osito, se lo quité de los brazos y le arranqué los ojos. Luego se lo devolví y ella permaneció sollozando sobre la cama. Cuando el sueño terminó pude oír cómo lloraba junto a mí en la oscuridad.

Arranqué los ojos del osito en sucesivos sueños y luego cambié de táctica. Ahora, cuando le quitaba el osito, lo cogía de una pata y le golpeaba la cabeza contra la pared. Cada vez que yo hacía esto, Cheryl se despertaba profiriendo alaridos. Lo repetí una y otra vez. 

En todos esos sueños yo me convertía en un viejo con una gran nariz en forma de gancho y pequeños ojos malignos, y estaba seguro de que ella creía que el viejo no era más que otro elemento perverso añadido al sueño. Pero me traicioné a mí mismo al entrar en sus sueños de agua con mi verdadera identidad. 

Las mañanas que seguían a los sueños del osito, Cheryl despertaba con los ojos hinchados y el rostro macilento. Durante el desayuno sólo bebía una taza de café. Creo que no probaba bocado en todo el día. A medida que transcurría el tiempo, Cheryl se volvía cada vez más delgada. Se hundía progresivamente dentro de sí misma. Yo estaba seguro de que acabaría matándose. Pero no lo hizo. Me mató a mí.

Correr - George R. R. Martin

Había ocasiones, según los distintos casos, en que Colmer se sentía extrañamente inquieto. Pero nunca sa­bía exactamente el motivo. Constantemente lindaba en el aburrimiento, pero en lo más íntimo de su ser sabía que había algo más.

Claro que Colmer era un hombre de recursos. Cuan­do le asaltaba un cambio de humor tenía el remedio a mano. Lo mejor, había descubierto, era volver a la ac­ción. Sus servicios siempre eran muy solicitados. Era un Maestro Sondeador, uno entre el centenar escaso de todo el espacio. A veces, si los clientes no podían abo­nar sus fabulosos honorarios, aceptaba un pago menor. Esto, si el caso era interesante y él se sentía aburrido.

Colmer tenía aún otros recursos para las ocasiones en que no hallaba ningún caso. A menudo se mantenía ocupado con juegos, con los amigos y con los deportes. Y con la comida, frecuentemente con la comida. Era un hombre bajito, sosegado, a quien le gustaba mucho co­mer, especialmente cuando estaba de malhumor y no tenía otra cosa que hacer. Colmer estaba seguro de que la comida formaba parte de su propia vida.

Estaba sentado en el Vieja Dama, aguardando su cena en una pausa entre sus casos, cuando le encon­tró Bryl.

El Vieja Dama había sido una goleta en otros tiem­pos. Ahora flotaba en el muelle de Sullivan, en el cora­zón del distrito pescador del Viejo Poseidón. Cerca, las embarcaciones plateadas, de suma elegancia, iban y ve­nían diariamente, dragando las riquezas marítimas del Gran Mar de Poseidón. 

Las barcas arrastraban enormes redes llenas de sardinas plateadas y otros peces. Otras, asimismo, retenían inmensas cargas de cangrejos sala­dos. Y los barquichuelos, cosa extraña, pescaban los gigantescos peces de aletas en pico y las anguilas vam­piro, cuya carne era negruzca y mantecosa.

Todo el distrito olía a pescado, mar y sal, y Colmer lo amaba. Cuando le quedaba algún tiempo libre, se tomaba un día de asueto y paseaba por las calles re­vestidas de madera. Contemplaba las barcas de pesca al amanecer, y luego bebía hasta mediodía en los bares del muelle, buscando más tarde curiosidades en las tien­das más polvorientas que encontraba. A última hora de la tarde, descubría usualmente que tenía un apetito fe­roz. Entonces se encaminaba al Vieja Dama. Había va­rias docenas de restaurantes marineros en aquel distri­to, pero el mejor era el Vieja Dama.

Aquel día acababa de saborear un suculento plato cuando Bryl arrastró una silla y se sentó a la mesa.

–Necesito su ayuda –murmuró rápida y llanamente.

Colmer quería cenar sin compañía. Frunció las ce­jas.

–Tengo un consultorio –le recordó al otro.

–¿Tiene expedientes de todos sus clientes?

–Naturalmente –asintió Colmer.

–Yo no quiero expediente alguno. Por eso estoy aquí. Me dijeron que Adrián Colmer siempre cenaba en el Vieja Dama y que le encontraría con un poco de pa­ciencia. Ignoraba si podría esperarle mucho, pero he tenido suerte. Ayúdeme, por favor.

Colmer se sintió repentinamente interesado, despier­ta su curiosidad. Estudió al desconocido que tenía de­lante. Era un individuo alto, delgado, de rostro moreno enmarcado por el cabello, que le llegaba a los hombros; llevaba un traje anodino, que podían llevar miles de hombres. Pero la cara carecía de edad, el sujeto agitaba nerviosamente los dedos y movía constantemente los ojos. Colmer abarcó todo esto de una sola ojeada.

Claro está, podía sondear. Algunos Talentos lo ha­brían hecho, sin preocuparse de la ética profesional. Pero Colmer sólo ejercía por dinero.

Le ofreció a Bryl un vaso de vino de la botella que estaba sobre la mesa.

–Está bien –musitó–. Coma, si gusta. Y dígame por qué necesita ayuda.

Bryl aceptó el vino, y lo probó, sin dejar de mover los ojos.

–Me llamo Ted Bryl. Y quiero que me sondee. Me persiguen. Llevan años persiguiéndome. Estoy seguro de que quieren matarme, aunque ignoro por qué. Por lo que recuerdo, toda la vida me han estado cazando y yo he estado corriendo.

Colmer juntó las manos y apoyó en ellas la barbilla.

–Usted parece paranoico –decidió.

No le gustaba andarse con rodeos.

Bryl se echó a reír.

–Sí, lo parezco, claro. Pero no lo soy. He ido a la policía. Me sondearon y saben que tengo razón. A veces, incluso han arrestado a algunos de los que me persi­guen. Pero siempre acaban por soltarles. Y no me ayu­dan en nada.

–Muy paranoico.

–La policía me ha sondeado, repito.

Colmer sonrió con tolerancia.

–La policía siempre sondea –asintió.

Lo dijo como un médico pronunciando quiropracticante.

–Bien –exclamó Bryl–. Sondéeme. Véalo usted mismo.

–No se altere. Sí es usted un paranoico, seguramen­te podré ayudarle. Un Maestro Sondeador es un psicólogo calificado, entre otras cosas. Sin embargo, usted no ha hablado de precios...

–No puedo pagar nada. Tengo muy poco dinero. Con­sigo empleos, pero duran poco. He de echar a correr. Nunca están muy lejos de mí.

–Ya –Colmer le estudió un minuto–. Bien, por el momento, no tengo ningún caso. De modo que puedo interesarme por su problema. Si no se lo cuenta a na­die, le ayudaré sin pago alguno. En caso contrario, yo lo negaré, claro.

–Claro –asintió Bryl Colmer le sondeó.

Todo acabó en menos de un minuto; una rápida aber­tura de la mente de Colmer, un trago, un dragado. Para un espectador ingenuo, una sola mirada vacua.

Luego, Colmer se retrepó en su asiento, se rascó la barbilla y cogió su vaso.

–Es auténtico –murmuró–. Oh, muy extraño.., –Eso es lo que dijeron los policías al sondearme –sonrió Bryl–. Pero ¿por qué? ¿Por qué me persi­guen?

–Usted no lo sabe, de modo que yo no lo sé, ni puedo saberlo sin sondear a uno de ellos. A propósito, usted tiene una barrera. –¿Una barrera?

–Un bloqueo mental. Su memoria se remonta sólo a cinco años y unos meses, y después retrocede a la adolescencia. Que pasó hace ya mucho tiempo, claro. Indudablemente, usted sufrió bastante. En su cabeza hay un gran agujero. Y, por algún motivo, alguien lo puso allí.

Bryl pareció asustado súbitamente. –Lo sé –murmuró–. Creo que fue cosa de ellos. Yo debo de saber algo, algo muy importante. Y ellos se llevaron mi memoria. Pero temen que la recobre. De modo que ahora quieren matarme. ¿No es así?

–No –denegó Colmer–, no puede ser tan simple. Si fuesen unos criminales, la policía no les volvería a soltar. Y recuerde que esto ha sucedido ya varias veces. En Newholme, en Baldur, en Silversky. Ha viajado us­ted mucho. Le envidio –sonrió el Maestro.

Bryl no correspondió a la sonrisa.

–He huido mucho, quiere decir. No me envidiaría de haber sido usted el fugitivo. Mire, Colmer, vivo en un temor constante. Cada vez que miro por encima del hombro, me pregunto si estarán ya muy cerca de mí. Y a veces lo están.

–De acuerdo, ya lo vi. La vez en que la joven gruesa estaba sentada en su apartamento cuando usted entró en él. El individuo que aguardaba en el aerospacio cuando usted regresó de su viaje a los puertos orbita­les. La rubia que le siguió en el carnaval. Recuerdos vi­vidos, en abundancia. Muy estremecedor.

Bryl le estaba mirando, con el asombro escrito en su semblante.

–¡Dios mío! ¿Cómo puede usted hablar así? Colmer, usted es un pez de sangre fría.

–A la fuerza. Soy un Sondeador.

–¿Qué más puede decirme?

–Que los tres actúan juntos. Pero usted ya lo sabe, ¿no es cierto? La rubia es telépata. Por eso puede se­guirle. El individuo es el guardaespaldas de la rubia. La gruesa... no lo sé. Es muy rara. Sonríe como una idio­ta. No comprendo su función en esto. Pero parece ate­rrarle a usted.

–Sí –Bryl sintió un escalofrío–. Lo entendería si la viese. Es gorda. Enorme y blanca, como un inmenso caracol. Y siempre sonríe, maldita sea, siempre me son­ríe. Nunca sé cuándo se presentará. Aquella vez en Newholme estaba sentada, sonriéndome... Fue como... como encontrar una cucaracha en un plato de sopa a medio comer. ¡Qué asco!

–Y usted está convencido de que desea matarle –re­flexionó Colmer–. Ignoro por qué. Si hubiera que eje­cutar un asesinato, el hombre sería el instrumento más lógico. Es muy alto, y parece muy fuerte. Usted ya ha visto la pistola que lleva.

–Lo sé –asintió Bryl–. Pero no sería él el asesino. También lo sé. Por esto la gorda sonríe siempre.

–Puede usted comprar una pistola y matarles a ellos –aconsejó Colmer.

–Nunca... –tartamudeó el cliente muy sorprendi­do–, ...nunca había pensado en ello.

–Cierto, y es muy extraño. ¿No lo cree así?

–Sí, pero no podría matar. No soy un hombre vio­lento.

–Al contrario, es usted muy violento –objetó Col­mer–. Aunque estoy de acuerdo. Usted no quiere usar la fuerza contra ellos por algún motivo que ni usted mismo sabe.

–¿No puede ayudarme? –Bryl agitaba nerviosamen­te los dedos–. ¿Antes de que me encuentren?

–Tal vez sí. Sin embargo, ya le han encontrado. La rubia acaba de entrar en el restaurante. Y la conducen a una mesa.

Bryl lanzó un gemido sordo y giró sobre sí mismo en su silla. Al otro lado del local, el maitre acompañaba a una joven muy rubia hasta una mesa. Bryl la contem­pló, boquiabierto.

–¡Dios mío! –murmuró–. ¡No quieren dejarme tran­quilo!

De repente se puso en pie y echó a correr. A correr, literalmente, saliendo del Vieja Dama. La rubia ni si­quiera le miró.

Colmer le vio irse, y luego se asomó al ojo de buey. Bryl todavía se aterraría más al llegar al muelle. Allí abajo, una chica gorda, con una sonrisa idiota, estaba sentada al borde del desembarcadero, contemplando cómo sacaban la pesca de las barcas.

–Muy dramático –comentó Colmer.

En aquel momento le sirvieron el segundo plato; pescado azul cocido con queso. Sin embargo, se levantó.

–Voy a reunirme con aquella joven –le dijo al ca­marero, señalando a la rubia–. Lleve allí mi cena.

Atravesó el establecimiento y tomó asiento. El ca­marero le siguió con el plato de pescado.

La rubia levantó la mirada.

–Adrián Colmer –pronunció–. He oído hablar de usted.

Colmer le dio las gracias.

–Me ha sondeado sin mi permiso. Muy antiprofesio­nal, jovencita. Pero la perdono. Estoy seguro de que no ha visto gran cosa. Mis defensas son excelentes.

–Cierto –sonrió ella–. Supongo que era inevitable, que él solicitase un sondeo privado. ¿Qué es lo que sabe usted?

–Todo lo que él sabe. Lo bastante para hacerla arres­tar a usted, a menos que me lo explique todo.

–Él nos ha hecho arrestar de cuando en cuando. Y la policía siempre nos ha soltado. Pero adelante, son­dee.

–¿No piensa resistirse?

–No. Me sentiré muy honrada.

Colmer la sondeó.

No llegó muy lejos. Al fin y al cabo, ella era un Ta­lento. Sólo una ojeada, pero fue bastante. Después, el Maestro se retrepó en la silla, parpadeando rápidamente con gran confusión.

–Cada vez es más curioso. ¿Él la contrató?

–No lo recuerda, claro. Fue parte del trato. Pero po­seemos todos los documentos. Suficiente documentación para convencer a la policía siempre que nos detienen. Y no pueden decírselo a él. Esto también está en los docu­mentos. De lo contrario, se rompería la barrera y ha­bría una grave demanda judicial.

–Edward Bryllanti –murmuró Colmer–. Sí, ese nombre me suena. Muy acaudalado. Podía permitírselo Pero ¿por qué lo hizo? Una existencia de temor constan­te, de constantes fugas...

–Fue idea suya –explicó la joven–. Incluso esco­gió a Freda. Claro está, es idiota. Con el cerebro tras­tornado. Tenemos que llevarla de la mano y dejarla donde él pueda verla. Pero algo de esa gorda le aterra. Y echa a correr de nuevo.

Colmer empezó a comer. Masticaba lenta, pensativa­mente.

–No lo entiendo –admitió al fin, entre dos bocados.

–Usted no ha sondeado bastante –sonrió la rubia–. ¿No lo descubrió? Dígame, ¿no se ha preguntado algu­na vez si alguna cosa valía la pena? ¿No ha pensado en ocasiones que todo carece de significado, que todo está vacío?

Colmer se limitó a mirarla fijamente, sin dejar de masticar.

–Bryllanti lo pensó muchas veces –prosiguió ella–. También tenía psiquismos, y consultó a Sondeadores. No le sirvieron de nada. Y finalmente hizo esto. Ahora ya no ha vuelto a pensarlo. Vive todos los días plena­mente, porque piensa que cada día puede ser el último. Vive constantemente agitado, con un miedo continuo, y no le queda tiempo para pensar si vale o no la pena vivir. Está demasiado ocupado y, así, se limita a se­guir viviendo. ¿Lo entiende ahora?

Colmer continuaba mirándola, sintiendo de repente un intenso frío. El pescado en su boca tenía el sabor de aserrín mojado.

–Pero huye –murmuró al fin–. Su vida está vacía. Sólo corre, corre sin ningún sentido, por un sendero de su propia creación.

–Me defrauda usted, Maestro –suspiró la rubia– o Esperaba una visión más acertada de un Maestro Sondeador. ¿No lo comprende? Todos corremos.

Después de oír estas palabras, Colmer decidió reba­jar sus precios, y conseguir más casos. Pero a menudo todavía cambia de humor.