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Espacio oscuro - Rober F. Young

    Vivo en una cueva.

No tengo nombre. La mayor parte del tiempo la paso durmiendo.

Siempre llevo la misma ropa. Camisa roja, pantalones color canela, botas negras.

El ruido de algunas piedras en la pronunciada colina que conduce hacia la boca de la cueva me ha despertado. Esto mismo ya ha ocurrido muchas veces. Estoy acostado sobre mi espalda en el suelo de la cueva. Me vuelvo sobre mi estómago, me apoyo sobre las manos y las rodillas y atisbo hacia la entrada de la cueva. 

Extrañamente, aunque esta experiencia se ha repetido muchas veces, nunca sé quién es mi visitante hasta que le veo. Es una muchacha. No, en realidad no es una muchacha, sino una mujer, pero pienso en ella como si fuese una muchacha. Nos miramos bajo la luz grisácea y ella está tan sorprendida de verme a mí como lo estoy yo de verla a ella. En ese momento profiere un grito y se lanza colina abajo.

Corro detrás de ella.

La colina es la pronunciada elevación de un pequeño valle. Los bosques cubren el valle. Cuando la muchacha se interna entre los árboles, yo hago lo mismo. Ella sigue gritando.

Los árboles son en su mayoría alerces, pero algunos son acacias y no faltan tampoco los nogales. A1 principio ignoraba el nombre de estos árboles, pero uno a uno se han instalado en mi memoria.

Corro detrás de la muchacha, pero no consigo alcanzarla. Nunca lo hago. Finalmente ambos llegamos a una estrecha corriente de agua, ella la atraviesa a la carrera y desaparece. Yo también trato de cruzar la corriente, pero es una especie de barrera y no puedo siquiera introducir un pie. En ese momento me siento débil y apenas tengo fuerzas para regresar a la cueva. Me dejo caer en el suelo y vuelvo a dormirme.

Básicamente, la experiencia nunca varía.

Esta vez, cuando la muchacha me despierta nos hallamos frente a frente en la boca de la cueva y trato de cogerla. Mi mano roza su hombro antes de que logre retirarse. Tiene un rostro muy atractivo. Sus ojos son de un azul pálido y tiene pómulos altos. Sus mejillas son finas y la boca tiene forma de arco. 

Está vestida de azul y la ropa se ciñe a su cuerpo. Siempre lleva esa clase de ropa. En ocasiones la ropa es de color verde claro en lugar de azul claro, a veces es amarillo claro. El material es tan fino que puedo ver su cuerpo a través de él. Pero nunca me muestro interesado por su cuerpo. Me lanzo en su persecución por una única razón: para matarla.

Después de evitar mi intento de cogerla, ella grita y corre colina abajo. Me lanzo nuevamente detrás de ella. Casi puedo tocarla con los dedos y percibo su olor. Su olor es una mezcla de perfume y sudor. Pero no hace que la desee. ¿Desearla cómo?, me pregunto. No lo sé. Sólo sé que quiero matarla.

Penetra en el bosque. Su pelo se agita detrás de ella. Trato de cogerlo y mis dedos rozan las puntas. Pero no puedo acercarme lo suficiente para asirlo. A través del bosque. El bosque está muerto. No hay vida en él, salvo la de la muchacha y la mía. ¿Por qué debiera haber vida?, me pregunto. ¿A qué clase de vida me refiero? Algunas palabras afluyen a mí. Pájaros. Insectos. Pequeños animales. Pero no hay señales de ellos. Sí, el bosque está muerto.

No importa. Acelero mi carrera. Delante de mí alcanzo a ver la corriente de agua. La muchacha la atraviesa velozmente y desaparece. Yo también intento cruzarla, aunque sé que no podré hacerlo. Como siempre, ni siquiera puedo introducir un pie en el agua.

Estoy exhausto, y los árboles se agitan furiosamente. Regreso trabajosamente a la colina y me las arreglo para llegar a mi cueva. Me arrastro hacia el interior. Hago un gran esfuerzo por no volver a dormirme y, por un momento, tengo éxito. Entonces las paredes parecen caer sobre mí y giran del mismo modo en que lo han hecho los árboles y mis últimos vestigios de lucidez acaban por desaparecer.

Hoy, después de haber perseguido a la muchacha infructuosamente, me las arreglo para permanecer despierto más tiempo que nunca.

«Hoy» es una palabra nueva en mi vocabulario, pero no es la más apropiada para aplicarla a los períodos de tiempo en que estoy despierto. Asocio la palabra «día» con un cielo luminoso y un sol elevándose en él, y campos y árboles y casas debajo. 

Pero no hay sol en el cielo que cubre el valle, y el cielo es siempre gris. Tampoco hay campos ni casas en el mundo que me rodea. El pequeño mundo en el que vivo, en cualquier lugar donde se halle, nunca cambia de un período de vigilia a otro.

Pero no puedo pensar en una palabra mejor que «día» para atribuirla a mis períodos de tiempo.

Mientras estoy en la cueva tratando de permanecer despierto, descubro súbitamente que conozco a la muchacha a quien deseo matar. Pero no puedo pensar en su nombre, y tampoco en por qué quiero matarla.

Después de haber perseguido a la muchacha hasta la corriente de agua y de que ella haya desaparecido, permanezco junto al agua y miro hacia la inasequible orilla. Un momento después descubro a alguien que, desde la otra orilla, me está mirando. Es un hombre delgado que lleva una camisa roja, pantalones color canela y botas negras. 

No lleva sombrero y su pelo es del mismo color castaño que el mío. Su rostro me resulta familiar. Lo he visto en otra parte... muchas veces. No dejo de mirarle y el otro hombre hace lo mismo, hasta que, finalmente, descubro que ese rostro es el mío, con la parte derecha y la izquierda invertidas como en un espejo, y que ese hombre soy yo.

Nuevamente la muchacha. Nuevamente la persecución a través del bosque. La miro cuando desaparece al otro lado del río. Desaparece en el mismo instante en que sus pies alcanzan la orilla opuesta. Alicia a través del espejo. Comienzo a recordarlo todo.

Me miro a mí mismo a través de la corriente de agua.

Ahora comprendo que mi valle es sólo la mitad del valle.

¿Hasta dónde se extiende a mi derecha y a mi izquierda? ¿Qué hay detrás de la colina donde se encuentra mi cueva?

Cuando regreso a la colina, subo hasta la cueva y no me detengo. Subo y subo y sigo subiendo. Finalmente me doy cuenta de que no estoy subiendo sino descendiendo. De pronto, llego a otra cueva. Miro hacia ella. No, no se trata de otra cueva, es mi cueva. Apenas tengo tiempo de arrastrarme hacia el interior antes de que el sueño me engulla.

Pienso en mis períodos de conciencia como sucesos diurnos. Pero, ¿lo son? Tal vez, entre uno y otro duermo durante varios días. No tengo forma de saberlo. Mis despertares dependen totalmente del capricho de la muchacha. Ella es la única capaz de devolverme a la vida. Me pregunto por qué lo hace. Seguramente ya sabe que vivo en la cueva. ¿Por qué, entonces, sigue subiendo la colina hasta aquí?

Parece sorprendida cada vez que me ve. ¿Acaso no recuerda mi existencia de una a otra visita? Aparentemente no, o de otra forma se mantendría alejada de la cueva.

Mis períodos conscientes son ahora más prolongados y aumentan su duración con cada despertar. Estoy tratando de salir del valle. Hoy, en lugar de regresar directamente a la cueva después de que la muchacha hubiese vuelto a huir a través del río, me volví hacia la derecha y eché a andar a través del valle. Caminé durante horas. 

Al cabo de un tiempo comprendí que pasaba debajo de árboles que estaba seguro de haber visto antes. Me aproximé a la ladera del valle. Un momento después, y a través de las ramas de un árbol, descubrí la negra boca de una cueva. Subí rápidamente la ladera en dirección a ella. La forma de la entrada me resultó familiar. Entré en ella. Sí, era mi cueva. El sueño se apoderó de mí.

No intentaré salir del valle caminando en la otra dirección. Sé que si lo hago acabaré regresando al punto de partida. Un término extraño me ha venido a la mente: «Cinta de Möbius.» Sí, una curvatura del espacio. Eso es el valle, una curvatura del espacio. Una cinta de Möbius tridimensional. Un cruel callejón sin salida del que me resulta imposible escapar y del que sólo la muchacha tiene la llave.

He recordado la comida. La gente come para poder sobrevivir. Soy una persona. ¿Por qué no necesito comida?

¿Por qué no necesito agua? Uno también necesita agua para sobrevivir.

¿Por qué nunca siento calor ni frío?

He recordado mi nombre. Ha venido a mi mente mientras perseguía a la muchacha a través de los árboles. Wishman. Charles Wishman.

Ese nombre hizo que otros nombres aparecieran en mi mente. John Ranch. Carl Jung. Immanuel Kant. Paul Cuiran. Janice Rowlin. Cheryl Wishman...

¿Acaso es Cheryl el nombre de la muchacha?

Ella lleva mi apellido. ¿Es posible que sea... mi esposa?

Me concentro en la palabra «esposa». Pasa un rato antes de que pueda comprender -recordar- su significado. Cuando logro recordarlo me siento confundido. Si Cheryl Wishman es mi esposa, ¿por qué quiero matarla?

Hoy, en mi afán por atrapar a la muchacha, me lancé hacia adelante y la cogí por las piernas. Pero, de alguna manera, logró escabullirse. Sus pies están descalzos y uno de ellos me golpeó en la garganta. Pero ni siquiera sentí el golpe.

Una vez de pie me echó una mirada por encima del hombro. Su rostro era una máscara de terror, pero alcancé a distinguir rasgos familiares debajo de esa máscara, y ahora sé positivamente que era mi esposa. ¿Era? ¿Por qué digo «era»? Ella debe de ser todavía mi esposa. Pero, si es mi esposa, ¿por qué quiero matarla? Finalmente la respuesta aparece claramente en mi mente: porque ella te mató a ti.

Pero es una respuesta equivocada. Ahora sé que ella me mató, pero no recuerdo cómo ni por qué; pero no es ésa la razón por la que deseo matarla. Quiero matarla porque ella espera precisamente eso.

Ahora estoy nuevamente de pie y persiguiéndola a través del bosque. Pero, como siempre, ella llega al río antes que yo, cruza la corriente y desaparece en la orilla opuesta.

Estoy sentado en el suelo de la cueva, pensando. Mis períodos de conciencia son cada vez más largos.

¿Por qué me mató mi esposa?

¿Por qué no estoy muerto?

Una nueva palabra aparece en mi mente. Endoanalista.

Es una palabra clave y revela mucho de lo que estoy intentando recordar.

Yo era un endoanalista. Estudié cuiranismo en la John Ranch School de Endopsicología. Abrí una consulta en Beech Street en la subciudad de Forestview, N.A. Compré una casa en la colina en las afueras de la ciudad y me instalé allí con mi esposa Cheryl. Teníamos muchos amigos. Organizábamos fiestas y asistíamos a las que organizaban nuestros amigos. Mi trabajo marchaba viento en popa. Durante la temporada de caza, Cheryl y yo solíamos cazar venados.

Pero no me es posible comprender/recordar qué significa cuiranismo.

Hoy la muchacha -no, la llamaré Cheryl, porque es Cheryl-, hoy Cheryl se cayó mientras huía colina abajo. Pero logró esquivarme cuando intenté cogerla y rodó por la ladera. Mientras me internaba en el bosque tras sus pasos me oí a mí mismo gritando la palabra «asesina» una y otra vez. Es como si ella hubiese puesto esa palabra en mis labios.

¡Ya lo tengo! Cuiranismo es la teoría de Paul Cuiran relativa a la naturaleza de los sueños.

De la naturaleza de la realidad.

Pero es algo más que una simple teoría. Hace mucho tiempo que la hizo realidad. Pero los analistas freudianos se han negado a aceptarla. Ellos siguen intentando dejar a Cuiran al margen de sus especulaciones.

Han sido incapaces de hacerlo.

A finales del siglo pasado, Cuiran combinó las propiedades de la estética trascendental de Kant y del inconsciente colectivo de Jung y comenzó a hablar de Espacio Luminoso y Espacio Oscuro. El Espacio Luminoso, afirmó Cuiran, es la realidad tal como la percibimos. El Espacio Oscuro es el reino de los sueños. Ambos, decía Cuiran, constituyen la cosa-en-sí kantiana, y ninguno de los dos posee tiempo ni, a pesar del nombre que se les aplica, espacio. Tiempo y espacio, sostenía él, son impuestos por el espectador.

Cuiran concentró sus esfuerzos en la investigación del Espacio Oscuro. Después de desarrollar una droga, a la que llamó cuirano, que servía para establecer un nexo emocional con ellos, Cuiran descubrió que podía entrar en los sueños de sus pacientes. Entonces se concentró en sus sueños recurrentes y comenzó a curarles destruyéndolos o cambiándolos. Se llamó a sí mismo endoanalista. En los Catskills, John Ranch, su discípulo más famoso, construyó la John Ranch School de Endopsicología.

Yo he entrado en miles de sueños.

Sueños recurrentes.

Un endoanalista competente no se preocupa de los sueños ordinarios. Incluso las llamadas pesadillas son inocuas. Es en los sueños obsesivos donde concentramos toda nuestra atención.

Los pacientes con sueños recurrentes acudían a mí. Yo penetraba en esos sueños y les curaba. Yo sé lo que es el Espacio Oscuro. Es muchas cosas si uno explora sus ramificaciones arquetípicas jungianas; pero para el endoanalista avezado no es más que lo que el soñador quiere, y su reloj es la mente del paciente. Invariablemente, los dos «niveles» de realidad de la cosa-en-sí están divididos por una barrera simbólica. Cuando el soñador despierta; él/ella pasa a través de esa barrera. El soñado nunca puede hacerlo.

Yo me encuentro ahora en el Espacio Oscuro. Pero no como endoanalista. Yo soy el soñado.

La mente soñante de Cheryl ha formado en el Espacio Oscuro un bosque que revierte en sí mismo, y una colina sin cima. Como barrera, ella usa una corriente de agua.

Ella me asesinó y ahora continúa soñando que yo me oculto en una cueva, esperando para matarla. Pero su mente durmiente sigue olvidando que estoy aquí e, ignorante de mi presencia, su yo soñante sigue subiendo la colina hasta mi cueva.

¿Por qué me asesinó?

¿Cómo?

No puedo recordarlo. Las paredes de la cueva parecen cernirse sobre mí cuando intento pensar. La boca de la cueva se oscurece. Justo antes de que los últimos rastros de conciencia desaparezcan, un relámpago de terror cruza mi mente. ¡Si ella no vuelve a soñar ese sueño estaré verdaderamente muerto!

Aquel día salimos de caza. Sí, ahora lo recuerdo.

Hace poco que Cheryl desapareció más allá de la corriente/barrera. Estoy sentado en el suelo de mi cueva.

Sí, aquel día salimos de caza.

Ella y yo.

El día es oscuro. Mis pensamientos me llevan más allá de él. Vuelvo a ser lo que era antes de mi asesinato. Un endoanalista. Estoy sentado en mi consultorio de Beech Street, escuchando el relato de los sueños de mis pacientes. 

Soy cada vez más rico. En los círculos profesionales se dice que mis honorarios son exorbitantes. Tal vez lo son. Pero si un médico no roba a sus pacientes, su prestigio profesional se verá resentido. En cualquier caso, lo que cobro está perfectamente justificado. 

Hube de pasar cinco largos años adquiriendo la experiencia que ahora poseo. Incluso con el cuirano, uno no se adentra alegremente en los sueños. Y cada sueño es diferente, y uno debe aprender del paciente qué es lo que habrá de encontrar antes de entrar en el sueño, y debes saber de antemano qué hay que hacer para destruir el sueño o para alterarlo de un modo tal que él o ella no vuelva a soñarlo y se cure de la enfermedad que le ha provocado el sueño.

¡Yo he entrado en esos sueños!

Una mujer camina por la calle. Ve un desfile de niños que se aproxima y se detiene para mirarlos. Ve que cada niño lleva una lanza. Cuando el centro del desfile llega junto a ella, el líder grita «¡Alto!» y los niños se detienen. «¡Vista a la izquierda!», grita el líder, y todos los niños se vuelven simultáneamente para mirar a la mujer. La mitad son niños y la otra mitad, niñas. 

Las niñas llevan uniformes de color rosa y los niños de color azul. Cada uno de ellos tiene una gran cruz dorada pendiente de una cadena de oro en torno al cuello. No hay sol, pero las cruces relucen como si el sol brillase en lo alto del cielo. «¡Falange!», grita el líder, y la segunda, cuarta y sexta líneas dan un paso hacia la derecha. «Cerrar líneas, bajar las lanzas y avanzar.» La falange se aproxima a la mujer mientras las puntas de las lanzas despiden destellos bajo la luz del inexistente sol. 

Aterrorizada, la mujer trata de alejarse de la compacta línea de lanceros, pero se ve acorralada contra el sólido muro de un edificio. Entonces trata de huir calle arriba, pero la falange le corta el paso. Yo me encuentro en un portal contiguo. Sabía lo que eran esos niños antes de entrar en el sueño. Esos niños eran los que ella hubiese dado a luz si no hubiera desafiado a la Iglesia tomando píldoras anticonceptivas. 

Yo sé que ella despertará antes de que los niños la alcancen, pero debo impedir que la mujer vuelva a tener ese sueño. Me quito el cinturón, camino hasta donde se halla la mujer, me apoyo sobre una rodilla y coloco a la mujer encima de la otra. Levanto su vestido, le bajo las bragas y comienzo a golpear sus nalgas desnudas con mi cinturón. 

Ella grita de dolor. La falange se detiene, los niños bajan sus lanzas y se echan a reír. Un momento después el sueño finaliza. Nunca más volverá a soñar lo mismo.

Un hombre joven está escalando un risco. No es un montañero y está verdaderamente aterrorizado. Ha alcanzado una zona del risco desde la que no puede encontrar ningún asidero. Su situación es precaria y, en breves momentos, caerá al vacío. Entonces se despertará. 

A partir de su descripción de este sueño recurrente he deducido que el risco es la universidad en la que está realizando un curso de medicina, y he llegado a la conclusión de que no ha obtenido las calificaciones necesarias para convertirse en médico. No puede llegar más alto porque no desea llegar más alto, y es precisamente esta situación la que debe admitir.

Yo me he colocado a una considerable distancia por encima de él y ahora le lanzo una cuerda.

-Debe deslizarse hacia la derecha -le grito-. Ahí hay un saliente.

Coge desesperadamente la cuerda, se impulsa y realiza un movimiento pendular hacia el saliente. Se trata de un saliente de gran tamaño y desde ahí parte una gran fisura que conduce a la cima del risco. De modo que ahora, en lugar de despertarse, termina de escalar el risco. 

Se trata de una ruta tan sencilla que el joven comprende que ésa es la forma lógica de llegar a la cima y que debe abandonar la ruta anterior, aun cuando el nuevo camino le lleve a una cumbre diferente.

Cuando llega a la cima, se siente encantado con la vista y liberado de su atolladero.

¡Qué sueños!

Yo acostumbraba a entrar en muchos de los sueños de mi esposa.

La había perseguido otra vez y luego había regresado a mi cueva. Cuando desperté tuve la sensación de que había dormido durante siglos.

A1 principio entré en sus sueños sólo por curiosidad. Solamente deseaba saber qué soñaba. Tomaba una dosis de curiano antes de meterme en la cama y luego, acostado junto a ella en la oscuridad, deslizaba mi yo soñante dentro de su mente.

Sus sueños eran muy simples y me aburrían. Pero yo ya estaba aburrido. De ella. Y me irritaba descubrir que era tan inocente como parecía.

Su simplicidad siempre había sido una afrenta a mi inteligencia. Me colocaba en situaciones comprometidas en las fiestas al hablar en el momento menos oportuno, al reírse cuando no debía hacerlo o al no reír cuando debía hacerlo. Y además estaba aquella situación mía con Janice Rowlin. 

Todos mis pacientes eran ricos -debían serlo para permitirse el lujo de acudir a mi consulta-, pero Janice era obscenamente rica. Sus padres habían construido un castillo junto al Hudson. A1 igual que muchas de mis pacientes, Janice se había enamorado de mí. Era sólo una chiquilla y un día heredaría la inmensa fortuna de sus padres. Pero el dinero no era lo único que la volvía fascinante. Era sofisticada, culta, inteligente... todo lo que Cheryl no era. 

Deseaba casarme con ella, pero Cheryl era una mujer chapada a la antigua y yo sabía que tendría que librar una verdadera batalla para que me concediera el divorcio y temía que la publicidad afectara a mi profesión.

Hay dos formas diametralmente opuestas que un endoanalista puede escoger para matar a alguien. Puede hacerlo desde fuera... o desde el interior.

Cheryl soñaba a menudo con agua. Ella soñaba que estaba en la orilla del mar y veía que una enorme ola se aproximaba a la playa. Una tsunami. Ella echaba a correr. Yo hacía que tropezara, aumentando así su angustia. Se arrastraba por la arena, rodaba sobre sí misma y veía que la ola estaba prácticamente sobre ella y gritaba. 

También me veía a mí pero yo pensaba que simplemente creía que soñaba conmigo. Cheryl se ponía de pie y echaba a correr nuevamente sin dejar de gritar. Por supuesto, se despertaba antes de que la ola la alcanzara. Entonces se acurrucaba junto a mí, gimoteando durante un rato antes de volver a dormirse.

Otro sueño recurrente de Cheryl era uno que supuse que se trataba de un sueño infantil. En realidad no se puede decir que era un sueño recurrente en el sentido usual del término, porque no le provocaba ningún malestar psicológico. De hecho, antes de que yo pudiese entrar en él, el sueño la aliviaba.

En el sueño aparecía su osito. Ella era apenas una niña y entraba en un cuarto de niños cuyas paredes estaban empapeladas con dibujos de juguetes y cajones de arena, columpios y caballitos, y buscaba su osito. Al no encontrarlo se asustaba. Lo buscaba por todas partes. Debajo de la cama, debajo del ropero, en el armario, detrás de las cortinas. 

Finalmente, lo encontraba debajo de la almohada de su pequeña cama, lo abrazaba con fuerza y se acostaba en la cama sin soltarlo, y, cuando se dormía, se encontraba durmiendo en su verdadera cama junto a mí. A la mañana siguiente se despertaba radiante y feliz y cantaba una de sus canciones favoritas mientras se vestía.

Las primeras veces que entré en su sueño me mantuve alejado de su punto de observación y ella ignoraba que me encontraba allí. Entonces, una noche, la seguí hasta la pequeña habitación y, después de que hubo encontrado el osito, se lo quité de los brazos y le arranqué los ojos. Luego se lo devolví y ella permaneció sollozando sobre la cama. Cuando el sueño terminó pude oír cómo lloraba junto a mí en la oscuridad.

Arranqué los ojos del osito en sucesivos sueños y luego cambié de táctica. Ahora, cuando le quitaba el osito, lo cogía de una pata y le golpeaba la cabeza contra la pared. Cada vez que yo hacía esto, Cheryl se despertaba profiriendo alaridos. Lo repetí una y otra vez. 

En todos esos sueños yo me convertía en un viejo con una gran nariz en forma de gancho y pequeños ojos malignos, y estaba seguro de que ella creía que el viejo no era más que otro elemento perverso añadido al sueño. Pero me traicioné a mí mismo al entrar en sus sueños de agua con mi verdadera identidad. 

Las mañanas que seguían a los sueños del osito, Cheryl despertaba con los ojos hinchados y el rostro macilento. Durante el desayuno sólo bebía una taza de café. Creo que no probaba bocado en todo el día. A medida que transcurría el tiempo, Cheryl se volvía cada vez más delgada. Se hundía progresivamente dentro de sí misma. Yo estaba seguro de que acabaría matándose. Pero no lo hizo. Me mató a mí.

Correr - George R. R. Martin

Había ocasiones, según los distintos casos, en que Colmer se sentía extrañamente inquieto. Pero nunca sa­bía exactamente el motivo. Constantemente lindaba en el aburrimiento, pero en lo más íntimo de su ser sabía que había algo más.

Claro que Colmer era un hombre de recursos. Cuan­do le asaltaba un cambio de humor tenía el remedio a mano. Lo mejor, había descubierto, era volver a la ac­ción. Sus servicios siempre eran muy solicitados. Era un Maestro Sondeador, uno entre el centenar escaso de todo el espacio. A veces, si los clientes no podían abo­nar sus fabulosos honorarios, aceptaba un pago menor. Esto, si el caso era interesante y él se sentía aburrido.

Colmer tenía aún otros recursos para las ocasiones en que no hallaba ningún caso. A menudo se mantenía ocupado con juegos, con los amigos y con los deportes. Y con la comida, frecuentemente con la comida. Era un hombre bajito, sosegado, a quien le gustaba mucho co­mer, especialmente cuando estaba de malhumor y no tenía otra cosa que hacer. Colmer estaba seguro de que la comida formaba parte de su propia vida.

Estaba sentado en el Vieja Dama, aguardando su cena en una pausa entre sus casos, cuando le encon­tró Bryl.

El Vieja Dama había sido una goleta en otros tiem­pos. Ahora flotaba en el muelle de Sullivan, en el cora­zón del distrito pescador del Viejo Poseidón. Cerca, las embarcaciones plateadas, de suma elegancia, iban y ve­nían diariamente, dragando las riquezas marítimas del Gran Mar de Poseidón. 

Las barcas arrastraban enormes redes llenas de sardinas plateadas y otros peces. Otras, asimismo, retenían inmensas cargas de cangrejos sala­dos. Y los barquichuelos, cosa extraña, pescaban los gigantescos peces de aletas en pico y las anguilas vam­piro, cuya carne era negruzca y mantecosa.

Todo el distrito olía a pescado, mar y sal, y Colmer lo amaba. Cuando le quedaba algún tiempo libre, se tomaba un día de asueto y paseaba por las calles re­vestidas de madera. Contemplaba las barcas de pesca al amanecer, y luego bebía hasta mediodía en los bares del muelle, buscando más tarde curiosidades en las tien­das más polvorientas que encontraba. A última hora de la tarde, descubría usualmente que tenía un apetito fe­roz. Entonces se encaminaba al Vieja Dama. Había va­rias docenas de restaurantes marineros en aquel distri­to, pero el mejor era el Vieja Dama.

Aquel día acababa de saborear un suculento plato cuando Bryl arrastró una silla y se sentó a la mesa.

–Necesito su ayuda –murmuró rápida y llanamente.

Colmer quería cenar sin compañía. Frunció las ce­jas.

–Tengo un consultorio –le recordó al otro.

–¿Tiene expedientes de todos sus clientes?

–Naturalmente –asintió Colmer.

–Yo no quiero expediente alguno. Por eso estoy aquí. Me dijeron que Adrián Colmer siempre cenaba en el Vieja Dama y que le encontraría con un poco de pa­ciencia. Ignoraba si podría esperarle mucho, pero he tenido suerte. Ayúdeme, por favor.

Colmer se sintió repentinamente interesado, despier­ta su curiosidad. Estudió al desconocido que tenía de­lante. Era un individuo alto, delgado, de rostro moreno enmarcado por el cabello, que le llegaba a los hombros; llevaba un traje anodino, que podían llevar miles de hombres. Pero la cara carecía de edad, el sujeto agitaba nerviosamente los dedos y movía constantemente los ojos. Colmer abarcó todo esto de una sola ojeada.

Claro está, podía sondear. Algunos Talentos lo ha­brían hecho, sin preocuparse de la ética profesional. Pero Colmer sólo ejercía por dinero.

Le ofreció a Bryl un vaso de vino de la botella que estaba sobre la mesa.

–Está bien –musitó–. Coma, si gusta. Y dígame por qué necesita ayuda.

Bryl aceptó el vino, y lo probó, sin dejar de mover los ojos.

–Me llamo Ted Bryl. Y quiero que me sondee. Me persiguen. Llevan años persiguiéndome. Estoy seguro de que quieren matarme, aunque ignoro por qué. Por lo que recuerdo, toda la vida me han estado cazando y yo he estado corriendo.

Colmer juntó las manos y apoyó en ellas la barbilla.

–Usted parece paranoico –decidió.

No le gustaba andarse con rodeos.

Bryl se echó a reír.

–Sí, lo parezco, claro. Pero no lo soy. He ido a la policía. Me sondearon y saben que tengo razón. A veces, incluso han arrestado a algunos de los que me persi­guen. Pero siempre acaban por soltarles. Y no me ayu­dan en nada.

–Muy paranoico.

–La policía me ha sondeado, repito.

Colmer sonrió con tolerancia.

–La policía siempre sondea –asintió.

Lo dijo como un médico pronunciando quiropracticante.

–Bien –exclamó Bryl–. Sondéeme. Véalo usted mismo.

–No se altere. Sí es usted un paranoico, seguramen­te podré ayudarle. Un Maestro Sondeador es un psicólogo calificado, entre otras cosas. Sin embargo, usted no ha hablado de precios...

–No puedo pagar nada. Tengo muy poco dinero. Con­sigo empleos, pero duran poco. He de echar a correr. Nunca están muy lejos de mí.

–Ya –Colmer le estudió un minuto–. Bien, por el momento, no tengo ningún caso. De modo que puedo interesarme por su problema. Si no se lo cuenta a na­die, le ayudaré sin pago alguno. En caso contrario, yo lo negaré, claro.

–Claro –asintió Bryl Colmer le sondeó.

Todo acabó en menos de un minuto; una rápida aber­tura de la mente de Colmer, un trago, un dragado. Para un espectador ingenuo, una sola mirada vacua.

Luego, Colmer se retrepó en su asiento, se rascó la barbilla y cogió su vaso.

–Es auténtico –murmuró–. Oh, muy extraño.., –Eso es lo que dijeron los policías al sondearme –sonrió Bryl–. Pero ¿por qué? ¿Por qué me persi­guen?

–Usted no lo sabe, de modo que yo no lo sé, ni puedo saberlo sin sondear a uno de ellos. A propósito, usted tiene una barrera. –¿Una barrera?

–Un bloqueo mental. Su memoria se remonta sólo a cinco años y unos meses, y después retrocede a la adolescencia. Que pasó hace ya mucho tiempo, claro. Indudablemente, usted sufrió bastante. En su cabeza hay un gran agujero. Y, por algún motivo, alguien lo puso allí.

Bryl pareció asustado súbitamente. –Lo sé –murmuró–. Creo que fue cosa de ellos. Yo debo de saber algo, algo muy importante. Y ellos se llevaron mi memoria. Pero temen que la recobre. De modo que ahora quieren matarme. ¿No es así?

–No –denegó Colmer–, no puede ser tan simple. Si fuesen unos criminales, la policía no les volvería a soltar. Y recuerde que esto ha sucedido ya varias veces. En Newholme, en Baldur, en Silversky. Ha viajado us­ted mucho. Le envidio –sonrió el Maestro.

Bryl no correspondió a la sonrisa.

–He huido mucho, quiere decir. No me envidiaría de haber sido usted el fugitivo. Mire, Colmer, vivo en un temor constante. Cada vez que miro por encima del hombro, me pregunto si estarán ya muy cerca de mí. Y a veces lo están.

–De acuerdo, ya lo vi. La vez en que la joven gruesa estaba sentada en su apartamento cuando usted entró en él. El individuo que aguardaba en el aerospacio cuando usted regresó de su viaje a los puertos orbita­les. La rubia que le siguió en el carnaval. Recuerdos vi­vidos, en abundancia. Muy estremecedor.

Bryl le estaba mirando, con el asombro escrito en su semblante.

–¡Dios mío! ¿Cómo puede usted hablar así? Colmer, usted es un pez de sangre fría.

–A la fuerza. Soy un Sondeador.

–¿Qué más puede decirme?

–Que los tres actúan juntos. Pero usted ya lo sabe, ¿no es cierto? La rubia es telépata. Por eso puede se­guirle. El individuo es el guardaespaldas de la rubia. La gruesa... no lo sé. Es muy rara. Sonríe como una idio­ta. No comprendo su función en esto. Pero parece ate­rrarle a usted.

–Sí –Bryl sintió un escalofrío–. Lo entendería si la viese. Es gorda. Enorme y blanca, como un inmenso caracol. Y siempre sonríe, maldita sea, siempre me son­ríe. Nunca sé cuándo se presentará. Aquella vez en Newholme estaba sentada, sonriéndome... Fue como... como encontrar una cucaracha en un plato de sopa a medio comer. ¡Qué asco!

–Y usted está convencido de que desea matarle –re­flexionó Colmer–. Ignoro por qué. Si hubiera que eje­cutar un asesinato, el hombre sería el instrumento más lógico. Es muy alto, y parece muy fuerte. Usted ya ha visto la pistola que lleva.

–Lo sé –asintió Bryl–. Pero no sería él el asesino. También lo sé. Por esto la gorda sonríe siempre.

–Puede usted comprar una pistola y matarles a ellos –aconsejó Colmer.

–Nunca... –tartamudeó el cliente muy sorprendi­do–, ...nunca había pensado en ello.

–Cierto, y es muy extraño. ¿No lo cree así?

–Sí, pero no podría matar. No soy un hombre vio­lento.

–Al contrario, es usted muy violento –objetó Col­mer–. Aunque estoy de acuerdo. Usted no quiere usar la fuerza contra ellos por algún motivo que ni usted mismo sabe.

–¿No puede ayudarme? –Bryl agitaba nerviosamen­te los dedos–. ¿Antes de que me encuentren?

–Tal vez sí. Sin embargo, ya le han encontrado. La rubia acaba de entrar en el restaurante. Y la conducen a una mesa.

Bryl lanzó un gemido sordo y giró sobre sí mismo en su silla. Al otro lado del local, el maitre acompañaba a una joven muy rubia hasta una mesa. Bryl la contem­pló, boquiabierto.

–¡Dios mío! –murmuró–. ¡No quieren dejarme tran­quilo!

De repente se puso en pie y echó a correr. A correr, literalmente, saliendo del Vieja Dama. La rubia ni si­quiera le miró.

Colmer le vio irse, y luego se asomó al ojo de buey. Bryl todavía se aterraría más al llegar al muelle. Allí abajo, una chica gorda, con una sonrisa idiota, estaba sentada al borde del desembarcadero, contemplando cómo sacaban la pesca de las barcas.

–Muy dramático –comentó Colmer.

En aquel momento le sirvieron el segundo plato; pescado azul cocido con queso. Sin embargo, se levantó.

–Voy a reunirme con aquella joven –le dijo al ca­marero, señalando a la rubia–. Lleve allí mi cena.

Atravesó el establecimiento y tomó asiento. El ca­marero le siguió con el plato de pescado.

La rubia levantó la mirada.

–Adrián Colmer –pronunció–. He oído hablar de usted.

Colmer le dio las gracias.

–Me ha sondeado sin mi permiso. Muy antiprofesio­nal, jovencita. Pero la perdono. Estoy seguro de que no ha visto gran cosa. Mis defensas son excelentes.

–Cierto –sonrió ella–. Supongo que era inevitable, que él solicitase un sondeo privado. ¿Qué es lo que sabe usted?

–Todo lo que él sabe. Lo bastante para hacerla arres­tar a usted, a menos que me lo explique todo.

–Él nos ha hecho arrestar de cuando en cuando. Y la policía siempre nos ha soltado. Pero adelante, son­dee.

–¿No piensa resistirse?

–No. Me sentiré muy honrada.

Colmer la sondeó.

No llegó muy lejos. Al fin y al cabo, ella era un Ta­lento. Sólo una ojeada, pero fue bastante. Después, el Maestro se retrepó en la silla, parpadeando rápidamente con gran confusión.

–Cada vez es más curioso. ¿Él la contrató?

–No lo recuerda, claro. Fue parte del trato. Pero po­seemos todos los documentos. Suficiente documentación para convencer a la policía siempre que nos detienen. Y no pueden decírselo a él. Esto también está en los docu­mentos. De lo contrario, se rompería la barrera y ha­bría una grave demanda judicial.

–Edward Bryllanti –murmuró Colmer–. Sí, ese nombre me suena. Muy acaudalado. Podía permitírselo Pero ¿por qué lo hizo? Una existencia de temor constan­te, de constantes fugas...

–Fue idea suya –explicó la joven–. Incluso esco­gió a Freda. Claro está, es idiota. Con el cerebro tras­tornado. Tenemos que llevarla de la mano y dejarla donde él pueda verla. Pero algo de esa gorda le aterra. Y echa a correr de nuevo.

Colmer empezó a comer. Masticaba lenta, pensativa­mente.

–No lo entiendo –admitió al fin, entre dos bocados.

–Usted no ha sondeado bastante –sonrió la rubia–. ¿No lo descubrió? Dígame, ¿no se ha preguntado algu­na vez si alguna cosa valía la pena? ¿No ha pensado en ocasiones que todo carece de significado, que todo está vacío?

Colmer se limitó a mirarla fijamente, sin dejar de masticar.

–Bryllanti lo pensó muchas veces –prosiguió ella–. También tenía psiquismos, y consultó a Sondeadores. No le sirvieron de nada. Y finalmente hizo esto. Ahora ya no ha vuelto a pensarlo. Vive todos los días plena­mente, porque piensa que cada día puede ser el último. Vive constantemente agitado, con un miedo continuo, y no le queda tiempo para pensar si vale o no la pena vivir. Está demasiado ocupado y, así, se limita a se­guir viviendo. ¿Lo entiende ahora?

Colmer continuaba mirándola, sintiendo de repente un intenso frío. El pescado en su boca tenía el sabor de aserrín mojado.

–Pero huye –murmuró al fin–. Su vida está vacía. Sólo corre, corre sin ningún sentido, por un sendero de su propia creación.

–Me defrauda usted, Maestro –suspiró la rubia– o Esperaba una visión más acertada de un Maestro Sondeador. ¿No lo comprende? Todos corremos.

Después de oír estas palabras, Colmer decidió reba­jar sus precios, y conseguir más casos. Pero a menudo todavía cambia de humor.

Combate Singular - Robert Abernathy

Salió con extremo cuidado de la cámara subterránea y cerró tras él la puerta con llave. Sus tensos nervios le empujaron repentinamente a huir. Subió corriendo la escalera. Tropezó con un peldaño podrido, recuperó a duras penas su equilibrio, y se detuvo, las piernas temblando, jadeante, luchando contra su pánico.
Tranquilo. Nada te empuja.
Calmosamente, regresó a la puerta y comprobó una vez más la solidez de la maciza cerradura. Se metió la llave en el bolsillo, luego la volvió a sacar con una mueca de disgusto, y la arrojó a la reja metálica que cubría el desagüe. La llave golpeó contra uno de los travesaños y rebotó, reluciente, en el cemento.
Febrilmente, como un hombre pateando un escorpión, la empujó hacia la reja. La llave se colgó a uno de los travesaños, osciló durante unos segundos, tintineó contra el metal, y luego desapareció de su vista.
Se sentía nuevamente dueño de sus reacciones nerviosas. Subió los peldaños sin girarse, y se detuvo en la embocadura de la desierta calle. Nadie a la vista; nada excepto la suciedad de aquel estrecho pasaje, coronado por los ciegos ojos de las ventanas manchadas de pintura blanca. Un cubo de basura yacía en mitad del pasaje, rodeado de grasientos papeles. En la pared de ladrillo alguien había colocado cuidadosamente de pie una botella vacía, como si, una vez sorbido su contenido, no hubiera sabido qué hacer con ella.
Contempló todas aquellas cosas, símbolo de una fealdad que durante tanto tiempo había inundado su mente hasta hacerle perder casi la razón, con un nuevo e irónico despego, considerándolas como temporales y desprovistas de toda importancia.
El claro cielo de aquel atardecer era como un velo desplegado sobre la ciudad. Tras aquellas achaparradas edificaciones, ennegrecidas por la suciedad, se erguían los grandes inmuebles, brillando a través de todas sus ventanas. Sobre todo aquello, flotaban perezosamente las motas de hollín, deslizándose en un aire quieto y asfixiador. Los coches pasaban con gran estruendo por las calles, y los vapores que dejaban tras de sí se mezclaban con el olor del asfalto sobrecalentado. La calleja hedía; la ciudad hedía; incluso el río, con sus rápidas aguas, hedía.
Echando la cabeza hacia atrás, frunciendo los ojos para poder soportar la reverberación, inspiró aquel aire cargado con la acritud de los recuerdos.
El hedor de innumerables veranos... Levántate, huelo a gas. No, es el viento, que sopla desde la otra orilla. Las refinerías de allá abajo. Pero al pequeño le cuesta respirar. ¿Es que no podemos hacer nada? El eterno gruñido ronco, la voz de la gran ciudad... ¡Malditos camiones! ¿Por qué no se paran por la noche? ¡No hay forma de dormir! Si tan sólo pudiera dormir un poco... Las voces roncas, los pitidos, los golpes, la brutalidad de la vida aprisionada por una jungla de cemento y acero... ¡Dale una paliza! Que no vuelva a poner los pies en el barrio. ¡Vamos, dale! Maldito negro, sucio chicano, cochino judío... El asfalto quemándote los pies a través de las suelas de tus zapatos, gastadas por kilómetros y kilómetros de andadura... Llega usted demasiado tarde, ya no contratamos a nadie. Vamos, lárguese. No, porque no, porque le digo que no. Vamos, lárguese. No. No. El eterno odio, acumulado sin cesar...
Escupió contra la pared de ladrillo.
—Tú te lo has buscado —dijo a media voz—. Cuando ocurra..., quizá comprendas que he sido yo, yo, quien te ha hecho eso.
En aquel momento imaginó que la ciudad le oía, que temblaba ante él, presa del pánico. Que un estremecimiento la recorría de extremo a extremo, propagándose a lo largo de sus nervios de acero y de cobre, desde lo alto de las más altas flechas tendidas al cielo hasta sus entrañas profundamente hundidas en el suelo, desde las moradas de los ricos en las alturas hasta los inmundos sótanos de los ghettos.
No te apresures. Nada te empuja. Tres horas aún. Estaría lejos, contemplándolo todo, cuando ocurriera. Una cita aproximada de las Escrituras acudió a su mente: Y contemplarán a lo lejos el humo de sus incendios, y el humo de sus incendios ascenderá, ascenderá eternamente.
Salió casi ciegamente del callejón y se abrió camino por la acera entre la gente. Un paso, luego otro, luego otro, luego otro... Cada paso le alejaba de la cámara subterránea de la puerta cerrada con llave.
Un paso, luego otro, luego otro... Como tantas veces en las que, movido por su cansancio, su desesperación y su odio, había recorrido aquellas mismas calles. Pero ahora, a cada paso, le parecía como si la ciudad temblara bajo sus pies, como si los altos edificios vacilaran ante la inminencia del derrumbe final, y la ciudad tuviera miedo.
Los ciegos caminantes, los muertos en vida, no notaban nada. No veían que él, hasta ahora mezquino y denigrado, se había convertido en más alto que los más altos rascacielos, se había convertido en un gigante justiciero...
Un chirriar de frenos. Dio un salto atrás, desconcertado. Hubiera jurado que hacía tan sólo un segundo el semáforo estaba verde para él, cuando había bajado de la acera.
Los motores roncaban coléricos, las enormes ruedas laminaban el desigual asfalto. La calle se había convertido de repente en algo inmenso y lleno de peligros. Volvió a la acera, con la mirada fija en la tenebrosa luz roja, y se pegó al escaparate del almacén que hacía esquina, intentando dominar el temblor de sus dedos mientras buscaba un cigarrillo en sus bolsillos.
Podía haber resultado muerto.
No ahora, pensó. No en un estúpido accidente. Porque hubiera podido resultar peor que muerto. Se imaginó a sí mismo herido, transportado al hospital, unos restos sangrantes, pero con toda su conciencia y el horrible pensamiento que allá abajo, no muy lejos de él, tras la puerta cerrada con llave, un elemento se transformaba en otro a una velocidad inmutable, que se acercaba la hora.
Accionó en forma brusca y temblorosa el encendedor, pero la llama se negó obstinadamente a prender. Dirigió una maldición al mecanismo, y de repente se sintió sobrecogido por un sudor frío. Sus oídos registraron la estridente vibración de una cuerda tensa rompiéndose, un ruido de origen indeterminable, azotando sus nervios ya sobreexcitados.
Miró ansiosamente a derecha, a izquierda, a todos lados. Entonces, distintamente, dominando los ruidos de la calle, momentáneamente descendidos de nivel, oyó proveniente de arriba un chasquido de metal desgarrado, torturado. Levantó furtivamente la mirada, soltó encendedor y cigarrillo, y dio un salto de costado. Su corazón latía dolorosamente en su pecho.
Justo encima del lugar donde había estado unos segundos antes, la marquesina que sostenía un gran anuncio publicitario cedió, doblándose, inclinándose peligrosamente, con sus nervios de acero retorciéndose, a punto de romperse.
La contempló fascinado, sin sentir siquiera el sudor que chorreaba por su rostro. El anuncio osciló, pero no llegó a caer. Sin embargo, tuvo la absurda convicción que, si regresaba al lugar que ocupaba unos minutos antes, el anuncio caería.
Era una idea absurda. Intentó echarse a reír, pero su garganta estaba agarrotada. Retrocedió prudentemente unos pasos, luego dio media vuelta y se alejó apresuradamente del cruce. Caminaba siguiendo el bordillo de la acera, levantando frecuentemente la cabeza.
Cuando había recorrido la mitad de la manzana se dio cuenta, con un sobresalto que lo envaró, que estaba volviendo sobre sus pasos, regresando a la cámara subterránea cerrada con llave.
Se detuvo en seco. Pero se sentía incapaz de regresar al cruce que había intentado atravesar. Permaneció unos instantes inmóvil, vacilante, esforzándose una vez más en dominar su pánico.
En la acera opuesta, justo ante él, se abría una boca de metro. Si no se hubiera sentido tan agitado la habría visto la primera vez.
Evidentemente..., el metro. Un cuarto de hora de camino, y estaría seguro. Miró a derecha e izquierda, luego hacia arriba —con una nueva circunspección que se estaba convirtiendo ya en un hábito—, y se lanzó a la calzada.
A medio camino se detuvo tan bruscamente que estuvo a punto de caer. Se giró, estremecido: sus pasos le habían conducido en línea recta hacia la boca de una cloaca abierta al cielo, sin tapa, sin ninguna protección.
Con el cuerpo agitado por el estremecimiento de la reacción nerviosa, llegó ante la entrada del metro. Y, de repente, tuvo la impresión que aquel ya no era un lugar familiar, sino unas fauces de cemento que conducían a regiones infernales. De aquellas profundidades, de algún lugar más allá de las escaleras débilmente iluminadas que contemplaban sus ojos, surgía un vasto rugido, el aliento de un aire fétido y cargado de húmedas viscosidades.
El peligro estaba presente en todas partes, en el aire y bajo tierra. El rugido de un tren pasando bajo sus pies era como una voz triunfante elevándose de los infiernos, a la que se sobreponía una cacofonía de notas más agudas: los gritos de las víctimas aplastadas, aullando en las tinieblas inferiores. Ni por todo el oro del mundo se atrevería a poner el pie en aquellos peldaños. Se alejó de aquel abismo y se detuvo, intentando reflexionar.
Había otros medios de transporte. Los autobuses, por ejemplo... Los taxis...
Pero no se movió.
En aquellas horas del atardecer, la calzada era un denso flujo de vehículos, moviéndose al compás de sus jadeos y de sus gruñidos. Los frenos chirriaban, los neumáticos gemían, las bocinas lanzaban hoscas advertencias, el metal resonaba contra el metal. En alguna parte, en una calle cercana, el aullido de una sirena sonó como un sollozo anunciando un desastre.
Pensó en accidentes, en colisiones, en un millón de riesgos. No podía resignarse a no sentir bajo sus pies el tranquilizante contacto del pavimento.
Nada te empuja. Él era quien mejor podía saberlo: él había hecho los reglajes y establecido el contacto. Mantén tu sangre fría; puedes ir lo bastante lejos a pie.
Otro pensamiento, fugaz, eludido por su conciencia: Ellos podrían haberle proporcionado un medio rápido de evadirse, como quizás habían hecho con todos los demás que habían realizado su tarea y se habían ido antes que él. Pero, desde el principio al fin, le habían concedido muy poco margen de reflexión. Había ejecutado sus órdenes, aprendido sumisamente sus slogans, tan ruidosos y carentes de sentido como un juguete infantil, sabiendo desde un principio que ellos tan sólo existían por una única razón: hacer de él el verdugo encargado de ejecutar a la ciudad. Los motivos que tenían para actuar así no le preocupaban en absoluto: él tenía sus propios motivos.
Mantén tu sangre fría y aléjate.
Los accidentes. En una ciudad como aquella ocurrían constantemente accidentes. Debía evitarlos y no dejarse desarmar por tan poco. No debía llamar la atención..., arriesgarse a ser detenido y conducido a la comisaría. Tenía aún mucho tiempo si no se dejaba ganar por el nerviosismo.
Pero la calle se había hundido ya en las sombras, y en un gran anuncio, sobre los edificios frente a él, la luz cambiaba, reflejando la cálida coloración que precede al crepúsculo.
Se puso nuevamente en marcha. Observaba cuidadosamente dónde ponía los pies, y vigilaba también el cielo, cada vez más oscuro. Quizá porque estaba atento, nada ocurrió. Cada nueva calle atravesada era una victoria, o un paso que le acercaba a la victoria.
Aparecieron las primeras luces. Las farolas rechazaron la naciente oscuridad, y una multitud de rótulos de colores empezaron a brillar y a parpadear, atrayendo las miradas de la multitud, que se apiñaba cada vez más numerosa en las aceras a medida que caía la tarde.
Las luces decían: Aquí se come y se bebe, aquí les ofrecemos música y la ocasión de olvidarlo todo por unos momentos.
La gente giraba como polillas bajo las luces, creyendo todo lo que anunciaban. Estaban cansados, no pedían otra cosa que creer. Hoy el día había sido duro, y suponían que el día siguiente sería igual, como lo había sido el día anterior y todos los demás.
Sólo él, abriéndose paso entre la gente, estaba mejor informado. Para la mayor parte de aquellos que le rodeaban, no habría día siguiente. Para la mayor parte...
Había recorrido ya unos tres kilómetros desde el Punto Cero, la cámara subterránea cerrada con llave en el centro de la ciudad, pero ni siquiera aquí comprenderían nada cuando todo ocurriera.
No los odiaba; incluso los compadecía un poco. Estaban atrapados en la trampa como él lo había estado. Pero odiaba la trampa, la ciudad en sí, con el veneno de todos aquellos amargos años...
Se detuvo un breve instante al otro lado de la calle. Y aquello estuvo a punto de costarle la vida.
En aquel lugar alejado del centro, los tranvías avanzaban a una respetable velocidad. Uno de ellos pasaba por su lado, un mastodonte rugiendo en forma atronadora sobre sus rieles de acero. Cuando su trole alcanzó la intersección de cables del cruce, algo saltó, y el hilo se tensó y se rompió con un resplandor parecido al de un relámpago. El extremo del hilo seccionado cayó sobre él como una gran serpiente, silbando rabiosamente y escupiendo llamas azules.
Sus reflejos le salvaron haciéndole dar un salto del que nunca se hubiera creído capaz. Se tiró de bruces al suelo, despellejándose las manos y las rodillas contra el pavimento y, sin concederse el menor respiro, se levantó de nuevo y echó a correr, con el cerebro sorbido por el miedo.
Con un inaudito esfuerzo de voluntad, se obligó a sí mismo a dejar de correr y miró hacia atrás. A la distancia de una manzana, la gente empezaba a aglomerarse alrededor del tranvía averiado —¿había, entre ellos, alguien que le buscaba?—, y se oyó el silbato de un policía.
El sonido del silbato le penetró hasta la médula, comunicándole un nuevo pánico. Atravesó, corriendo como un loco, la afortunadamente vacía calle —sin perder la noción de la dirección hacia donde debía proseguir—, y se sumergió en la oscuridad de una callejuela encajada entre oscuros inmuebles.
Mientras corría en la penumbra de la callejuela, algo, un sexto sentido, le hizo una advertencia, y saltó de costado como un jugador de rugby evitando a un contrario. El trozo de cornisa, cayendo sin ruido desde lo alto, se desmenuzó en fragmentos y polvo a un metro de él. Allá arriba, las palomas, asustadas, huyeron batiendo blandamente sus alas.
Salió a cielo abierto, a una calle iluminada pero casi desierta. Se detuvo apenas durante un segundo —con la sensación que cualquier vacilación podía serle fatal—, y luego, reconociendo el lugar donde se hallaba, giró bruscamente a la derecha y partió a la carrera.
La acera, allí, era vieja e irregular. De repente sintió que las losas se levantaban y que el suelo se curvaba ante él, en un esfuerzo por hacerle tropezar y caer, pero franqueó de un salto la zona peligrosa y prosiguió su agitada carrera. Subió una ligera pendiente y comenzó a descender por el otro lado. Allá abajo la calle terminaba en su cruce con otra, perpendicular, y las luces no seguían más allá: luego había tan sólo la oscuridad, con la sensación de un espacio despejado y el atisbo de un lejano reflejo de agua.
Ya casi estaba, dentro de poco iba a llegar...
... De la amplia calle bordeada de árboles surgió un enorme camión cisterna con remolque que tomó la curva demasiado aprisa. Con un patinaje y una brusca sacudida, la barra de enganche cedió y, mientras la unidad de tracción se subía a la acera, derribando una farola antes de inmovilizarse, el remolque de cubo volcaba, bloqueando la calle con un ruido infernal de hierros retorcidos. Todas las luces se apagaron instantáneamente, pero, un momento después, la calle era iluminada por las crecientes llamas, una gigantesca hoguera que escupía una negra humareda elevándose como una muralla.
Giró sobre sí mismo, estando a punto de caer, y se apoyó con tanta fuerza en una pared de ladrillo que estuvo a punto de romperse la muñeca. Echó a correr. Ahora sabía sin la menor duda que estaba siendo perseguido..., no, al menos por el momento, por seres humanos, sino por algo mucho más poderoso e inimaginable. Corría como un animal acorralado, con repentinos cambios de dirección destinados a confundir a un enemigo implacable. Debía existir un límite al número de trampas que éste podía poner en su camino...
Giró una vez más, metiéndose en una calle que conducía hacia el río, y la recorrió a grandes zancadas, respirando ávidamente. Más lejos..., más lejos... A lo largo del césped que bordeaba la amplia calle había luces de obras, allá adelante se divisaba una barrera hecha con maderos y, más allá, la profunda oscuridad de un negro agujero. Estaba demasiado lanzado como para detenerse y dar media vuelta; haciendo acopio de las pocas fuerzas que le quedaban, saltó desesperadamente, y aterrizó como una pelota, intentando sujetarse a la blanda tierra que se desmenuzaba bajo sus dedos... ¡Auténtica tierra!


Se levantó, atontado, y prosiguió caminando durante algunos metros, sintiendo la hierba y la tierra bajo sus pies en lugar del cemento y el asfalto, viendo ramas recortándose contra el cielo.
Se derrumbó, agotado, y al tender una mano para buscar apoyo sintió bajo sus dedos la superficie áspera y rugosa de una corteza. Con un sentimiento de gratitud se inclinó hacia el rudo tronco y lo abrazó como si fuera lo más querido en su vida. Bajo él había hierba, hojas secas y humus, los insectos cantaban monótonamente a su alrededor.
A una cierta distancia, más allá de la excavación que acababa de franquear, se erguían las fachadas de los edificios, con ventanas iluminadas, más o menos distanciadas, como ojos mal situados. Había luces en las calles, y al otro lado del río veía las estrellas fugaces de la circulación, y los gigantescos inmuebles parecidos a constelaciones, cuyo reflejo temblaba en el agua. Entre cielo y tierra permanecía suspendida una estrella roja, encendiéndose y apagándose regularmente: una señal para los aviones, una advertencia... Pero allí estaba seguro, al menos por el momento.
Aquella franja de césped, a lo largo de la orilla del río, era como una isla: estaba dentro de la ciudad sin formar parte de ella, como el propio río, cuyas aguas eran como un espejo a una veintena de metros y chapoteaban suavemente contra las piedras de la orilla. Aquí podría descansar unos instantes, reflexionar acerca de un medio de escapar.
No sabía la hora exacta, pero sí sabía que era tarde. Sin embargo, no aún demasiado tarde. Todavía tenía tiempo...
El tiempo de alcanzar un refugio lo suficientemente alejado..., salvo accidentes. Pero ya no creía en los accidentes.
En lugar de ello, ahora tenía una certeza. El miedo premonitorio era la expresión de una verdad establecida. Se pegó a su árbol, viendo la ciudad a su alrededor, colosal, viva..., un auténtico Leviatán.
La ciudad había crecido sin cesar a lo largo de tres siglos. Crecimiento..., una ley de vida elemental. Como un cáncer desarrollándose a partir de algunas células indisciplinadas, encajado entre el río y el mar, proliferando, proyectando tentáculos que ascendían varios kilómetros a través del valle y se infiltraban por entre las colinas, mordiendo más y más profundamente en la tierra sobre la que reposaba.
A medida que iba creciendo, extraía su alimento de un centenar, de un millar de kilómetros cuadrados del interior del país; el campo le entregaba sus riquezas, y los bosques eran talados como campos de trigo, los hombres y los animales nacían y se multiplicaban para aplacar su hambre, siempre más devoradora. Semejantes a largos dedos, sus muelles se extendían penetrando en el océano para capturar los buques que llegaban de todos los continentes. Y, además de alimentarse, arrojaba todos sus desechos en el mar, exhalaba su aliento ponzoñoso al aire, y se convertía en más infecta a medida que se hacía más poderosa.
Gradualmente se había ido proveyendo de un sistema nervioso central de hilos aéreos y de cables subterráneos, de un sistema circulatorio hecho de bombas y de depósitos, de un sistema excretor. De una criatura invertebrada y parásita se había convertido en una criatura superior dotada de los atributos tangibles que acompañan a los conceptos subjetivos de voluntad, pensamiento y conciencia...
Podía imaginar su conciencia, y adivinar sus pensamientos últimos..., pero sentía el dolor de la carne atormentada contra las piedras de la ciudad, y se daba cuenta con un estremecimiento de hasta qué punto la ciudad debía odiarle. Altanera, impersonalmente..., pero ya no con indiferencia. Porque ahora, por primera vez en tres siglos, la ciudad se sentía amenazada.
Y, como represalia, había intentado arrebatarle su vida.
Aún no había conseguido escapar. La ciudad era rica en medios y ardides. Le seguía acechando, aguardando el momento favorable. Sabía que él no podía quedarse indefinidamente allá. Las luces le contemplaban fijamente como grandes ojos, como haciéndole señas.
Los pensamientos se atropellaban en su cabeza. Aún estaba a tiempo...
A tiempo para abandonar la partida, para dar media vuelta. Podía regresar apresuradamente a la cámara subterránea cerrada con llave (pero había arrojado la llave, y necesitaría pedir ayuda para derribar la puerta), podía llegar a tiempo para detener la transformación química que se estaba operando allá. Hacer lo que tan sólo él en toda la ciudad era capaz de hacer. Si actuaba así no habría más accidentes, estaba seguro de ello. Lo ocurrido no tenía más finalidad que debilitar su voluntad, hacerle retroceder en su decisión.
Repentinamente se envaró, deslumbrado por aquella revelación. Y entonces se echó a reír..., no alegremente, sino con una risa nerviosa, sardónica, mientras giraba lentamente la cabeza para contemplar las luces que lo rodeaban por todas partes.
—¡Pero no te atreves a matarme! —exclamó—. Soy el único que aún puede salvarte. Puedes intentar asustarme para que regrese allá abajo..., ¡pero no puedes matarme porque, si yo muero, perderás tu última esperanza!
Se puso en pie, tambaleándose, y se apoyó en el tronco del árbol. Pero sentía cómo las fuerzas volvían a su cuerpo, las fuerzas empujadas por el odio.
—¡Intenta detenerme! —dijo entre dientes—. ¡Inténtalo!
Se lanzó ciegamente hacia adelante, tan pronto caminando, tan pronto corriendo a pequeños saltos. Ya no miraba ni al aire ni a sus pies. Atravesando una amplia avenida sin preocuparse de los semáforos, estalló en una carcajada cuando la caja de un camión casi le rozó al efectuar un viraje. Sabía que no podía ocurrir de otro modo.
Se echó a reír de nuevo cuando la barrera de un paso a nivel se cerró ante sus narices y pasó por debajo de ella para atravesar tranquilamente las vías con la sonrisa en los labios, bajo el amenazador ojo de la locomotora..., seguro que, si se le ocurría detenerse en medio de las vías, el tren descarrilaría antes que tocarle.
Llegó ante un cartel que advertía en gruesas letras: PELIGRO, y se echó a reír sonoramente, sin desviarse ni un centímetro de su camino.
Había obreros trabajando a la luz de los focos a lo largo de toda aquella calle de los suburbios, un trabajo urgente según todas las apariencias, y cuya suprema ironía sólo él podía captar. Estaban frenéticamente ocupados en demoler una hilera de viejas casas carcomidas, preparando el terreno para cualquier nueva construcción que nunca llegaría a ver el día. A tal distancia del Punto Cero, allá abajo, en el centro de la ciudad, se hallaban ya fuera del radio de destrucción total, pero incluso aquí quedarían muy pocas casas en pie tras la explosión y los incendios... Siguió su camino, sin preocuparse de los focos ni de los obreros, y echaba a correr de nuevo cuando alguien gritó:
—¡Eh, allí! ¡Cuidado!
Un sordo bramido resonó sobre su cabeza, y levantó la vista con aire alucinado para ver toda una pared de ladrillos combarse junto a él, luego partirse en dos en su estruendosa caída. Parecía caer sobre él a una viscosa lentitud..., pero no había ninguna forma de evitarla.


No perdió el conocimiento, pero no podía moverse, y el dolor que sentía era casi intolerable. No debía tener muchos huesos rotos, pero una tonelada de piedras aprisionaba sus piernas, y otra masa se apoyaba contra su pecho, no con todo su peso pero sí inmovilizando su cuerpo arqueado contra una viga.
Había voces, rostros, luces, flotando en un caos a su alrededor. Algunas manos tiraban de los cascotes, en un fútil esfuerzo.
—¡Dios mío! ¿Acaso no vio el letrero? ¿Por qué no prestó más atención?
—¡Vamos, no te quedes ahí! ¡Ve a buscar un gato!
—Cuidado, si toda esa masa se desliza...
Permanecía suspendido allá, bajo la cegadora luz de los focos, como sujeto entre los dedos de una mano gigantesca. Unos dedos que tenían tan sólo que crisparse, la masa de piedras que se mantenía sobre él deslizarse unos pocos centímetros, para que su columna vertebral se partiera como un cristal.
Cuando intentaron liberarle con ayuda de palancas, lanzó un aullido, y ya no ensayaron de nuevo.
—Tranquilo, pronto llegará ayuda.
—¿Alguien ha avisado a los bomberos?
Se oyó el ulular de una sirena acercándose, y luego se interrumpió. Aparecieron otras luces. Una nueva sirena acudiendo... Vio confusamente uniformes, insignias. Gentes al servicio de la ciudad.
Hizo un esfuerzo por recuperar su aliento y gritó:
—¡Imbéciles! ¡Ustedes no son más que corpúsculos! ¡Eso es lo que son..., tan sólo corpúsculos!
—Pobre hombre, está delirando.
—¡Retrocedan! ¡Apártense! —gritó de nuevo—. Ya lo sé, ya sé lo que ella quiere, pero no voy a decir nada...
—Vamos, muchacho, cálmate. Vamos a...
—No diré que...
La masa de piedras que lo abrumaba se movió uno o dos centímetros. Su voz se quebró. Su mirada recorrió los rostros y las luces. Sintió un repentino pánico. Gimió:
—No, no... Lo diré. ¡Lo diré todo!
—No se excite, vamos a sacarle de aquí...
—¡Imbéciles! —jadeó—. Y, con una incoherente prisa, en forma entrecortada, se los dijo todo: lo que había en la cámara subterránea cerrada con llave, y dónde estaba, y cómo desarmar el artefacto sin hacer que estallara.
Apenas quedaba ya tiempo.
Le escucharon con rostros asombrados.
—Debe estar delirando, por supuesto... Pero es mejor no correr ningún riesgo con algo así. ¿Has anotado la dirección? ¿Lo has anotado todo?
Una voz habló cerca de él, seca, rápida, transmitiendo el mensaje a lo largo del sistema neurálgico de la ciudad. En la lejanía, en el amenazado corazón de la masa de cemento, las sirenas despertaron una tras otra y le aullaron a la noche.
—Vamos, aún no hemos terminado aquí —dijo alguien—. Trae ese gato...
Entonces se produjo un siniestro crujido. La pesada masa de ladrillos empezó a ceder lentamente. Un centímetro, dos centímetros, tres... Los hombres se lanzaron con todas sus fuerzas contra el bloque, pero fue en vano. El atrapado fugitivo lanzó un penetrante aullido, que se cortó en seco cuando la masa cedió definitivamente.
Pálidos, los hombres se contemplaron con un profundo sentimiento de impotencia.
La ciudad no conocía la clemencia.