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Adiós, Papá - Joe Gores

Bajé del vehículo y me detuve un momento para llevar a mis pulmones el seco y helado aire de Minnesota. El día antes, un autobús me había llevado desde Springfield, Illinois, a Chicago; un segundo autobús me había traído hasta aquí. 

Al pasar ante el ventanal de la estación de autobuses, capté mi reflejo: un hombre alto y duro, con un rostro blanco y feroz, llevando un abrigo que no me venía muy bien. También capté otro reflejo; pero éste casi hizo que se me helara el ánimo: un policía de uniforme. ¿Podrían haberse enterado ya de que había alguien más en aquel coche incendiado?

Entonces, el policía se volvió, metiéndose las manos enguantadas por entre los botones de la chaqueta azul. Y yo volví a respirar de nuevo. Me dirigí rápidamente hacia la parada de taxis. Sólo había dos, esperando. El primero, bajó el cristal de la ventanilla cuando me acerqué.

—¿Conoce el lugar donde vive Miller, al norte de la ciudad? —pregunté.

—Lo conozco —dijo, mirándome por encima—. Cinco dólares... ahora.

Le pagué del dinero que le saqué a un borracho en Chicago y me dejé caer en el asiento de atrás. Mientras hacía avanzar el taxi por la helada Second Street, mis dedos se fueron relajando gradualmente, abandonando su rígida posición crispada. Merecía volver adentro si permitía que un payaso como aquél consiguiera detenerme.

—He oído decir que el viejo Miller está bastante enfermo —dijo el taxista, volviéndose a medias hacia mí para observarme desde la esquina de uno de sus ojos—. ¿Tiene usted algo que ver con él?

—Sí, cosas mías.

Aquello terminó con la conversación. Ya me sentía lo bastante preocupado por la enfermedad de papá, como para permitir que este otro payaso lo supiera; pero eso quizá lo explicaría mi hermano Rod, que era vicepresidente del banco. Observé una gran cantidad de nuevas construcciones y una autopista libre al oeste de la ciudad, con un audaz paso elevado sobre la vieja carretera del condado. Un kilómetro y medio más allá de la nueva subdivisión, donde estaban las ochenta hectáreas de colinas boscosas que conocía tan bien.

Tras mi fuga de la penitenciaría federal de Terre Haute, Indiana, hacía sólo dos días, había atravesado su cordón a través de bosques como ése. Conseguí escapar en uno de los camiones de la prisión, metido en una cuba de bazofia destinada a los cerdos de la prisión. Después, me dirigí directamente hacia el oeste, atravesando la línea divisoria con el estado de Illinois. Siempre suelo sentirme muy bien al aire libre, incluso cuando estoy en la prisión, así es que al amanecer ya estaba en un henil cerca de Paris, Illinois, a unos treinta kilómetros de distancia de la penitenciaría. Uno siempre puede hacer lo que tiene que hacer.

El taxista se detuvo a la entrada del camino privado, mirándolo dubitativamente.

—Escuche, amigo, sé que el camino ha sido arreglado, pero parece que está helado. Si lo intento y me meto en la zanja...

—Está bien, iré andando desde aquí.

Esperé junto a la carretera hasta que se hubo marchado; después dejé que el viento del norte me siguiera, acuciándome a subir la colina con rapidez, y metiéndome en el bosque de árboles deshojados. 

Los cedros que habíamos plantado papá y yo como muro contra el viento, eran muy altos y frondosos; las pisadas de los conejos se habían helado sobre la nieve, bajo la maraña de espinas de los matorrales de frambuesas silvestres. 

Bajo los robles que se elevaban en lo alto de la colina se encontraba la casa de dos pisos, pero en lugar de dirigirme recto hacia ella, di primero un rodeo por las perreras. En ellas, la nieve era profunda y no aparecía pisoteada. Ya no quedaban perros raposeros. En las pequeñas casetas para los pájaros, situadas en el exterior, junto a la ventana de la cocina, tampoco había grano. Llamé al timbre de la puerta principal.

Mi cuñada Edwina, la esposa de Rod, abrió la puerta. Tenía tres años menos que mi hermano, de treinta y cinco, y ya se veía obligada a llevar faja.

—¡Dios mío! —balbució, asombrada—. No esperábamos...

—Mamá escribió diciendo que el viejo estaba enfermo.

Había escrito; muy bien. Tu padre está muy enfermo. No es que te hayas preocupado alguna vez por saber si estamos vivos o muertos... Entonces, Edwina decidió que mi tono de voz le daba algún derecho a indignarse.

—Me asombra que hayas tenido el valor de venir, aunque te hayan dejado bajo palabra o algo así.

Aquello significaba que nadie había aparecido aún por allí, preguntando.

—Si piensas volver a arrastrar el nombre de la familia por el barro...

Pasé junto a ella, entrando en el vestíbulo.

—¿Qué le ocurre al viejo? —pregunté.

Dentro de mí mismo, donde nadie pudiera escucharlo, siempre le llamaba papá.

—Se está muriendo. Eso es lo que le pasa.

Lo dijo con una especie de placer siniestro. Aquello me dolió, pero me limité a lanzar un gruñido y penetré en la sala de estar. Entonces, la vieja llamó desde las escaleras, en el piso de arriba:

—¿Eddy? ¿Qué...? ¿Quién es?

—Sólo es... un vendedor, mamá. Puede esperar hasta que se haya ido el médico.

Médico. Como si un maldito animal se pudiera convertir en médico por sí mismo. Cuando bajó las escaleras, Edwina trató de hacer que se marchara rápidamente, antes de que yo pudiera verle, pero le cogí del brazo en el momento en que se ponía el abrigo.

—Me gustaría hablar un momento con usted, doctor. Sobre el viejo Miller.

Tenía casi un metro ochenta de altura, unos pocos centímetros menos que yo, pero me superaba en casi veinte kilos de peso. Se libró de mi garra.

—Mire, amigo...

Le cogí por las solapas y le zarandeé, lo suficiente para arrancarle un botón del abrigo y casi sacarle las gafas de encima de su nariz. Su rostro enrojeció.

—Soy un viejo amigo de la familia, doctor —dije, señalando con un dedo hacia las escaleras—. ¿Qué está ocurriendo?

Era una estupidez, una maldita estupidez, preguntarle. En cualquier momento, la policía llegaría a la conclusión de que el granjero encontrado en el coche incendiado no era yo. Vertí suficiente gasolina antes de encender la cerilla, para que no quedaran huellas de nada, excepto el zapato que había dejado allí. 

Pero establecerían su identidad mediante pruebas dentales en cuanto tuvieran noticias de su desaparición. Y en cuanto lo hicieran, vendrían por aquí a hacer preguntas, y entonces aquel animal se daría cuenta de quién era yo. Pero quería saber si papá estaba realmente tan mal como me había dicho Edwina y, por otra parte, nunca he sido un hombre paciente.

El animal se arregló el abrigo, esforzándose por recuperar la dignidad perdida.

—El... el juez Miller está muy débil, demasiado débil para moverse. Probablemente, no durará una semana —sus ojos me observaron, en busca de una señal de dolor, pero no hay nada mejor que una penitenciaría federal para aprender a controlarse; desilusionado, añadió—: Sus pulmones. Cuando me llamaron ya era demasiado tarde, claro. Ahora está descansando.

Volví a hacer un gesto con el dedo índice.

—Ya conoce el camino de salida.

Edwina estaba al pie de las escaleras. Su rostro volvía a mostrar indignación. Parece ser una cosa hereditaria en la familia, incluso para los que entran a formar parte de ella por medio del matrimonio. Sólo papá y yo estábamos libres de ello.

—Tu padre está muy enfermo. Te prohíbo...

—Ahórrate esas palabras para Rod; puede que tengan resultado con él.

Ya en la habitación, pude ver el brazo del viejo colgando limpiamente sobre el borde de la cama. El humo del cigarrillo que sostenía entre sus dedos se elevaba hacia el techo, formando una línea azul delgada y oscilante. 

Aquel brazo, que una vez había medido a un honrado joven de dieciocho años, y cuyo puño se había descargado un buen número de veces contra mi cabeza, ya ni siquiera podía sostener un cigarrillo en el aire. Aquello me dolió tanto como encontrar a un buen perro tejonero apareándose con un gato.

La vieja se levantó de la silla que estaba al pie de la cama y su rostro empalideció. La rodeé con mis brazos.

—Hola, mamá —la saludé.

La sentí rígida entre mis brazos, pero sabía que no sé apartaría. Al menos no allí, en la habitación de papá.

Al escuchar mi voz, él volvió la cabeza hacia mí. La luz brillaba sobre su sedoso pelo blanco. Sus ojos, translúcidos por la inminencia de la muerte, tenían el puro y pálido azul de las sombras del abedul sobre la nieve fresca.

—Chris —dijo con una voz muy débil—. Esto es el colmo, muchacho... Me alegro de verte.

—Debes alegrarte, maldito holgazán —le dije cariñosamente.

Me quité la chaqueta y la dejé colgada sobre el respaldo de la silla; después me estiré la corbata.

—¿Te parece bonito ser tan holgazán como para permitir la desaparición de los raposeros?

—Ya está bien, Chris —dijo mi madre, tratando de que su voz sonara fría.

—Sólo me quedaré un rato, aquí sentado —dije tranquilamente.

Sabía que mi padre no resistiría demasiado tiempo y que el tiempo que pudiera pasar con él sería el último. Ella se quedó en la puerta, como una sombra oscura e indecisa; después, se volvió y salió silenciosamente, probablemente para llamar por teléfono a Rod, en el banco.

Durante las dos horas siguientes, fui yo quien más habló. Papá se limitó a estar allí, echado, con los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo. Pero después, también él empezó a hablar, recordando la línea de trampas que habíamos puesto entre los dos cuando yo era un niño; el gran macho cabrío de rabo blanco que le siguió a través de los bosques durante la época de celo, hasta que papá le golpeó en el hocico con una rama de árbol. 

Sólo empezamos a sepáranos cuando su consultorio legal terminó por conseguirle el puesto de juez. Supongo que a mis veinte años yo era demasiado salvaje, bastante parecido a lo que él mismo había sido treinta años antes. Sólo que yo seguí avanzando en esa misma dirección.

Hacia las siete de la tarde, mi hermano Rod llamó a la puerta. Salí, cerrando la puerta tras de mí. Rod era aún más alto que yo, ancho y de una poderosa constitución ósea; tenía estructura de atleta. Pero tenía gachas en lugar de dos buenos testículos. Sus ojos eran bastante pálidos y su barbilla muy pequeña, y ni siquiera había jugado al fútbol en la escuela superior.

—Mi esposa me ha informado de la crueldad con que la has tratado —me dijo con su voz más dura—. Lo hemos hablado con mamá y queremos que te marches de aquí esta misma noche. Queremos...

¿quieres? Hasta que se muera, él sigue siendo el dueño de la casa, ¿no es verdad?

Entonces, saltó sobre mí —tratándose de Rod, su mano derecha era como un plomo—. La bloqueé con la palma de la mano abierta. Después, le golpeé con dureza, dos veces, cruzándole la cara, sacudiéndole la cabeza de un lado a otro con los guantazos, y terminando por apretarle contra la pared. 

Pude haberle pegado en la ingle para obligarle a doblarse y después, juntando las manos, haberle dado fuerte en la nuca al mismo tiempo que elevaba mi rodilla hacia su rostro; y sentí deseos de hacerlo. La necesidad de marcharme de allí antes de que vinieran a buscarme me roía el alma como una comadreja atrapada que trata de abrirse camino para quedar libre. Pero, al final, me limité a separarme de él.

—¡Tú...! ¡Tú... animal asesino! —exclamó, llevándose ambas manos a las mejillas, como podría haber hecho cualquier mujer.

Después, sus ojos se abrieron teatralmente, cuando se dio cuenta de lo que ocurría. Estaba extrañado de que hubiera tardado tanto tiempo en advertirlo.

—¡Te has fugado! —espetó, respirando con dificultad—. ¡Escapado! Eres un fugitivo de... la justicia.

—Sí, y voy a seguir siéndolo. Te conozco, muchacho; os conozco a todos. Lo último que quisierais es que la policía me atrape precisamente aquí —traté entonces de dar a mi voz el tono que él solía utilizar—. ¡Oh! ¡El escándalo!

—Pero te estarán siguiendo...

—Creen que he muerto —le dije simplemente—. Iba por una carretera helada, en un coche robado, al sur del estado de Illinois, y tuve un accidente, y el coche se incendió conmigo dentro.

Su voz se hizo casi silenciosa, agobiada por el horror.

—¿Quieres decir... que hay un cuerpo en el coche?

—Eso es.

Sabía lo que estaba pensando, pero no me molesté en contarle la verdad: que el viejo granjero que me estaba llevando a Springfield, porque creía que mis dos dedos extendidos en el interior de mi abrigo eran un revólver, patinó sobre un trozo de carretera helada y el coche salió despedido de la solitaria carretera. 

El viejo quedó empotrado en el volante, así es que me puse sus zapatos y a él le puse uno de los míos. El otro, con mis huellas, lo dejé lo bastante cerca como para que lo encontraran, pero no lo bastante como para que se quemara con el coche. De todos modos, Rod no habría creído la verdad. Si me cogían, ¿quién la creería?

—Tráeme una botella de licor y un cartón de tabaco —le dije—, y asegúrate de que Eddy y mamá mantengan la boca cerrada si alguien pregunta por mí —abrí entonces la puerta para que papá pudiera escucharme—. Bien, gracias, Rod. Me alegro de volver a estar en casa.

La soledad de la penitenciaría hace que uno pueda permanecer despierto con facilidad, o que se quede durmiendo inmediatamente, dependiendo de lo que sea necesario. Permanecí despierto durante las últimas treinta y siete horas que aún vivió mi padre, abandonando la silla que había junto a su cama sólo para ir al lavabo o para escuchar desde las escaleras cada vez que oía sonar el teléfono o el timbre de la puerta. 

En cada una de aquellas ocasiones pensaba: Aquí están. Pero mi buena suerte se mantuvo. Si tardaban lo necesario, podría quedarme hasta que papá muriera; en cuanto eso ocurriera, me dije a mí mismo, seguiría mi camino.

Rod, Edwina y mamá estaban allí, en una esquina de la habitación, con el doctor inmóvil al fondo, para estar seguro de cobrar sus honorarios. Finalmente, papá movió ligeramente un brazo pálido y mamá se sentó rápidamente en el borde de la cama. Era una mujer pequeña, recta y bastante indomable, con un rostro como hecho expresamente para llevar impertinentes. Ni siquiera lloró; su aspecto, por el contrario, parecía bastante luminoso en cierto sentido.

—Coge mi mano, Eileen —dijo papá, deteniéndose para recuperar las fuerzas que necesitaba para volver a hablar—. Coge mi mano. Así no tendré miedo.

Ella le cogió la mano y él casi sonrió y cerró los ojos. Esperamos, escuchando cómo su respiración se hacía lenta, cada vez más lenta, hasta que se detuvo como el reloj de un abuelo que, de pronto, se para. Nadie se movió. Nadie dijo nada. Les miré a todos, tan blandos, tan poco acostumbrados a la muerte, y me sentí como una marta entre su carnada. Entonces, mamá empezó a sollozar suavemente.

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 Era un día tempestuoso, con ráfagas de viento que arrastraban la nieve. Aparqué el jeep frente a la capilla funeraria y avancé por el resbaladizo camino mientras el viento parecía querer arrancarme el abrigo, diciéndome a mí mismo por enésima vez lo loco que estaba para quedarme allí a asistir al servicio religioso. 

En aquellos momentos, ellos ya tenían que saber que el granjero muerto no era yo; para entonces, algún astuto censor de la prisión tendría que haber recordado la carta de mamá en la que me anunciaba que papá estaba muy enfermo. Hacía ya dos días que había muerto, y yo ya tendría que estar en México. 

Pero, de algún modo, marcharme así no me parecía completo. O quizá me estaba engañando a mí mismo, quizá se trataba simplemente de aquella vieja necesidad de conservar la autoridad; eso es siempre lo que pierde a tipos como yo.

Desde una cierta distancia, parecía papá, pero de cerca se podían ver los cosméticos, mientras que su cuello tenía un tamaño tres veces superior al normal. Sentí su mano: era la mano de una estatua, nada familiar excepto por las uñas gruesas y ligeramente curvadas hacia abajo.

Rod se acercó a mí por detrás y me dijo, en un tono de voz que sólo yo pude escuchar:

—Después de hoy, quiero que nos dejes solos. Quiero que salgas de mi casa.

—¿No te da vergüenza, hermano? —gruñí—. ¿También quieres que me marche antes de haber leído el testamento?

Seguimos al coche fúnebre, a un adecuado paso de funeral, y a través de las calles nevadas. Los enterradores arrastraron suavemente el pesado féretro sobre rodillos engrasados; después lo colocaron sobre unas cintas y lo fueron descolgando sobre la tumba abierta. 

La nieve se arremolinaba y azotaba los rostros, cayendo de un cielo gris, fundiéndose al contacto con el metal y formando pequeños riachuelos a los lados.

Me marché cuando el predicador inició su sermón, impulsado por la necesidad de moverme, de alejarme de allí, pero también por otra urgencia que me acosaba. Quería sacar algo de la casa, antes de que llegaran todas aquellas afligidas personas, dispuestas a comer y a engullir. 

Las armas y las municiones habían sido desterradas al garaje, pues Rod nunca había disparado un arma en su vida; pero era fácil rescatar la hermosa y pequeña pistola del calibre 22 con el cilindro largo. 

Papá y yo habíamos pasado cientos de horas con aquel arma, de modo que la culata tenía un contacto suave y el azulado se había ido perdiendo del metal que había estado expuesto a toda clase de tiempo.

Poniendo el jeep a toda velocidad, avancé rápidamente entre los árboles, hasta llegar a un corte situado entre las colinas; después, seguí a pie por entre el oscurecido bosque. Me moví lentamente, evocando recuerdos de Corea para neutralizar la helada mordedura de la nieve a través del calzado. 

Observé un destello de color pardo cuando una liebre de cola blanca corrió a toda velocidad, mortalmente asustada, dirigiéndose hacia una podrida pila de leña que yo mismo había apilado años antes. Mi golpe le dio en el espinazo, paralizándole las patas traseras. La liebre se sacudió y se revolvió hasta que le rompí la nuca con el canto de mi mano.

La dejé allí y seguí avanzando, bajando hacia el pequeño triángulo pantanoso que había entre las colinas. Estaba oscureciendo muy rápidamente cuando di una patada contra el montón de hierbas. Finalmente, se desplegó en semicírculo el amplio plumaje, mientras la larga cola se agitaba y las achaparradas alas del faisán se esforzaban por elevar su pesado cuerpo. 

Estaba empezando a levantarse, justo un poco a mi derecha, y yo disponía de todo el tiempo del mundo. Me balanceé un poco hacia ese lado, sabiendo que me encontraba en una posición perfecta para abatirle, estrujándole por el cuello, antes de que diera el salto.

Les llevé hacia el jeep. En el pico del faisán había una pequeña mancha de sangre, y el conejo aún estaba caliente bajo las patas delanteras. Ya estaba utilizando las luces de posición cuando aparqué en el curvado camino del cementerio. 

Aún no habían empezado a echar tierra sobre el féretro, y la nieve había formado una suave capa blanca sobre él. Coloqué el conejo y el faisán sobre él y me quedé allí, de pie, durante un minuto o dos, sin moverme. El viento tuvo que haber sido muy fuerte porque sentía cómo las lágrimas me quemaban en las mejillas.

Adiós, papá. Adiós al resplandor de los ciervos en el cinturón boscoso que rodea el riachuelo. Adiós a la caza de patos reales que caían al fondo del río. Adiós al humo de la madera y al licor añejo junto a la luz del fuego y a todas las cosas que hicieron de ti una parte de mí. La parte que nadie podrá obtener nunca.

Me volví, para dirigirme hacia el jeep... y me detuve de pronto, aterrorizado. Ni siquiera les había escuchado acercarse. Eran cuatro y habían estado esperando pacientemente, como pagando así sus respetos a la muerte. En cierto sentido lo estaban haciendo: para ellos, aquel granjero muerto en el coche incendiado era el asesinato número uno. 

Me puse en tensión y mi mente se dirigió hacia la pistola de calibre 22, cuya presencia en el bolsillo de mi abrigo no era conocida por ellos. Sí. Sólo que aquel arma no tenía mayor poder de detención que el ladrido de un perro. Si papá hubiera preferido tener armas de un calibre algo mayor... Pero no las tenía.

Muy lentamente, como si de repente los brazos se me hubieran hecho enormemente pesados, levanté las manos por encima de mi cabeza.

Accidente - Agatha Christie

 —Y le aseguro... que es la misma mujer... ¡sin la menor duda!
 
El capitán Haydock miró el rostro de su amigo y suspiró. 
 
Hubiera deseado que Evans no se mostrara tan absoluto. Durante el curso de su carrera, el viejo capitán de marina había aprendido a no preocuparse por las cosas que no le concernían. Su amigo Evans, inspector retirado del C.I.D., tenía una filosofía muy distinta. «Hay que actuar según la información recibida»... Había sido su lema en sus primeros tiempos, y ahora lo había ampliado hasta buscar él mismo la información.
 
El inspector Evans había sido un policía muy listo y despierto, que ganó justamente el puesto alcanzado. Incluso ahora, ya retirado del cuerpo e instalado en la casita de sus sueños, su instinto profesional seguía en activo.
 
—Nunca pude olvidar una cara —repetía satisfecho—. La señora Anthony... sí, es la señora Anthony sin lugar a dudas. Cuando usted dijo la señora Merrowdene... la reconocí en el acto.
 
El capitán Haydock movióse intranquilo. Los Merrowdene eran sus vecinos más próximos, aparte del propio Evans, y el que éste identificara a la señora Merrowdene con una antigua heroína de un caso célebre, le contrariaba.
 
—Ha pasado mucho tiempo —dijo con voz débil.
—Nueve años —replicó Evans con la precisión de siempre—. Nueve años y tres meses. ¿Recuerda el caso?
—Vagamente.
—Anthony resultó ser un consumidor de arsénico —dijo Evans—, y por eso la absolvieron.
—Bueno, ¿por qué no habían de hacerlo?
—Por ninguna razón. Es el único veredicto que podían pronunciar dada la evidencia. Absolutamente correcto.
—Entonces —replicó Haydock—, no veo por qué ha de preocuparse.
—¿Quién se preocupa?
—Yo creía que usted.
—En absoluto.
—El caso pasó a la historia —continuó el capitán—. Si la señora Merrowdene tuvo la desgracia en otro tiempo de ser juzgada y absuelta por un crimen...
—Por lo general no se considera una desgracia el ser absuelto —intervino Evans.
—Ya sabe a lo que me refiero —dijo el capitán Haydock irritado—. Si la pobre señora tuvo que pasar esa amarga experiencia, no es asunto nuestro el sacarlo a relucir, ¿no le parece?
Evans no respondió.
—Vamos, Evans. Esa señora es inocente... usted mismo acaba de decirlo.
—Yo no dije que fuera inocente, sino que fue absuelta.
—Es lo mismo.
El capitán Haydock, que había empezado a vaciar su pipa contra el costado de su silla, se detuvo para mirarle en actitud expectante.
—¡Hola, hola, hola! —dijo—. ¿Conque esas tenemos, eh? ¿Usted cree que no era inocente?
—Yo no diría eso. Sólo... no sé. Anthony tenía la costumbre de tomar arsénico, y su esposa lo adquiría para él. Un día, por error, tomó demasiado. ¿La equivocación fue suya o de su esposa? Nadie pudo decirlo, y el juez, muy sensatamente, dudó de ella. Eso está muy bien y no veo nada malo en ello, pero de todas formas... me gustaría saber...
El capitán Haydock volvió a dedicar toda su atención a la pipa.
—Bien —dijo tranquilo—; no es asunto nuestro.
—No estoy tan seguro.
—Pero, seguramente...
—Escúcheme un momento. Este hombre, Merrowdene... anoche en su laboratorio manipulando entre sus tubos de ensayo... ¿recuerda lo que dijo?
—Sí. Mencionó el experimento de Marsh con respecto al arsénico. Dijo que usted debiera saberlo muy bien... que era cosa de su ramo... y se rió. No lo hubiera dicho si hubiese pensado por un momento...
Evans le interrumpió.
—Quiere usted decir que no lo hubiera dicho de haberlo sabido. Llevan ya tiempo casados... ¿seis años, me dijo usted? Apuesto lo que quiera a que no tiene la menor idea de que su esposa fue la célebre señora Anthony.
—Y desde luego no lo sabrá por mí —dijo el capitán Haydock.
Evans continuó sin prestarle atención.
—Acabe de interrumpirme. Según el experimento de Marsh, Merrowdene calentó una sustancia en un tubo de ensayo, y el residuo metálico se disolvió en agua y luego lo precipitó agregándole nitrato de plata. Esta era la prueba de los cloratos. Un experimento claro y sencillo, pero tuve oportunidad de leer estas palabras en un libro que estaba abierto sobre la mesa. «H2 SO4 descompone cloratos con evolución de Cl2O4. Si se calienta, explota violentamente, por lo tanto la mezcla debe guardarse en lugar frío y se utiliza sólo en cantidades muy pequeñas.»
Haydock, profundamente extrañado, miró a su amigo de hito en hito.
—Bueno, ¿y qué?
—Sólo esto. En mi profesión tenemos también que llevar a cabo ciertos experimentos... para probar un crimen. Hay que ir añadiendo los hechos... pesarlos, separar el residuo de los prejuicios y la incompetencia general de los testigos. Pero hay otra prueba... mucho más precisa... ¡Pero bastante peligrosa! Un asesino raramente se contenta con un crimen. Si se le da tiempo y nadie sospecha de él, cometerá otro. Usted coge a un hombre...¿Ha asesinado o no a su esposa?... Tal vez el caso no esté demasiado claro. Examine su pasado... si descubre que ha tenido varias esposas... y que todas murieron... digamos... de un modo extraño... ¡entonces puede estar bien seguro! No le hablo legalmente, comprenda, sino de la certeza moral, y una vez se sabe, puede buscarse la evidencia.
—¿Y bien?
—Voy al grano. Eso está muy bien cuando existe un pasado que revisar. Pero supongamos que usted detiene a un asesino que acaba de cometer su primer crimen. Entonces esa prueba no dará resultado. Pero el detenido es absuelto y empieza una nueva vida bajo otro supuesto nombre. ¿Repetirá o no su crimen?
—Es una idea horrible.
—¿Sigue usted pensando que no es asunto nuestro?
—Sí; no tiene usted motivos para pensar que la señora Merrowdene sea otra cosa que una mujer inocente.
El ex inspector guardó silencio unos instantes, y luego dijo despacio:
—Le dije que examinamos su pasado y no encontramos nada. Eso no es del todo cierto. Tenía padrastro y cuando cumplió los dieciocho años se enamoró de cierto joven... y su padrastro hizo valer su autoridad para separarlos. Un día, cuando paseaban por una parte peligrosa de los acantilados, hubo un accidente... el padrastro se aproximó demasiado al borde de las rocas... perdió pie y cayó, matándose.
—No pensará...
—Fue un accidente. ¡Accidente! La dosis extra de Anthony fue un accidente. No hubiera sido procesada nunca de no haberse sospechado que había otro hombre... que por cierto escapó. Al parecer, no quedó satisfecho como el jurado. Le aseguro, Haydock, que por lo que respecta a esa mujer tengo miedo de que ocurra... ¡otro accidente!
El anciano capitán se encogió de hombros.
—Bueno, no sé cómo va usted a prevenirse contra eso.
—Ni yo tampoco —repuso Evans con pesar.
—Yo de usted dejaría las cosas tal como están —dijo el capitán Haydock—. Nunca se saca ningún bien de entrometerse en los asuntos ajenos.
Pero aquel consejo no habría de seguirlo el inspector, que era un hombre paciente, pero decidido. Cuando se hubo despedido de su amigo, echó a andar hacia el pueblo, dando vueltas en su mente a las posibilidades de una acción inmediata y de éxito.
Al entrar en un estanco para comprar sellos, tropezó con el objeto de sus preocupaciones, Jorge Merrowdene. El ex profesor de química era un hombrecillo menudo, de aspecto soñador y modales amables y correctos, que por lo general andaba siempre distraído. Reconoció al inspector, saludándole afectuosamente, y se agachó para recoger las cartas que por efecto del choque se le habían caído al suelo. Evans se agachó también, y por ser más rápido de movimientos, pudo recogerlas primero, devolviéndolas a su propietario con unas palabras de disculpa.
Al hacerlo pudo echarles un vistazo, y la de encima del montón volvió a despertar sus sospechas. Iba dirigida a una conocida agencia de seguros.
Al instante tomó una resolución, y el distraído Jorge Merrowdene se encontró sin darse cuenta caminando hacia el pueblo en compañía del ex inspector, y tampoco hubiera podido decir cómo surgió en su conversación el tema de los seguros de vida.
Evans no tuvo dificultad en lograr su objeto. Merrowdene por su propia voluntad le comunicó que acababa de asegurar su vida en beneficio de su esposa, y quiso saber lo que Evans opinaba de la compañía en cuestión.
—He hecho algunas inversiones poco acertadas —le explicó—, Y como resultado, mis rentas han disminuido. Si me ocurriera algo, mi esposa quedaría en mala situación. Con este seguro de vida queda todo arreglado.
—¿Ella no se opuso? —preguntó Evans—. Algunas señoras no suelen querer. Dicen que trae mala suerte...
—¡Oh!, Margarita es muy práctica —repuso Merrowdene sonriendo—. Y nada supersticiosa. En realidad, me parece que la idea fue suya. No le gusta verme preocupado.
Evans tenía ya la información que deseaba y dejó a Merrowdene, sumamente preocupado. El difunto señor Anthony también había asegurado su vida en favor de su mujer pocas semanas antes de su muerte.
Acostumbrado a confiar en su instinto, tenía plena certeza en su interior, pero el saber cómo debía actuar era cosa muy distinta. Él deseaba no detener al criminal con las manos en la masa, sino impedir que se cometiera otro crimen, y eso era mucho más difícil.
Todo el día estuvo pensativo. Aquella tarde se celebraba una fiesta al aire libre en la finca del alcalde, y Evans asistió a ella, entreteniéndose en el juego de la pesca, adivinando el peso de un cerdo y tirando a los cocos, con la misma mirada abstraída. Incluso consultó a Zara, la Adivinadora de la Bola de Cristal, sonriendo al recordar cómo la había perseguido durante sus tiempos de inspector.
No prestó gran atención al discurso de la voz cantarina y misteriosa, hasta que el final de una frase atrajo su atención.
—...y de pronto... muy pronto... se verá complicado en un asunto de vida o muerte... para otra persona. Una decisión... Tiene usted que tomar una decisión. Tiene que andar con cuidado... con mucho... mucho cuidado. Si cometiera un error... el más pequeño error...
—¿Eh...? ¿Qué es eso? —preguntó con brusquedad.
La adivinadora se estremeció. El inspector Evans sabía que todo aquello eran tonterías, pero no obstante estaba impresionado.
—Le prevengo... que no debe cometer ni el más pequeño error. Si lo hace veo con toda claridad el resultado: una muerte.
¡Qué extraño! ¡Una muerte! ¡Qué curioso que se le hubiera ocurrido decir eso!
—Si cometo un error el resultado será una muerte, ¿es eso?
—Sí.
—En ese caso —dijo Evans poniéndose en pie y entregándole el precio de la consulta—, no debo cometer errores, ¿no es así?
Lo dijo en tono intrascendente, pero al salir de la tienda tenía las mandíbulas apretadas. Era fácil decirlo pero no tanto el estar seguro de no cometerlo. No podía equivocarse. Una vida, una valiosa vida humana, dependía de ello.
Y nadie podía ayudarle. Miró a lo lejos la figura de su amigo Haydock. «Deje las cosas como están», le diría, y eso es lo que, a la sazón, no podía hacer.
Haydock estaba hablando con una mujer que al separarse de él se aproximó a Evans. Era la señora Merrowdene, y el inspector, siguiendo sus impulsos, apresuróse a detenerla.
La señora Merrowdene era una mujer bastante atractiva. Tenía una frente ancha y unos serenos ojos castaños muy bonitos, así como la expresión plácida. Su aspecto era el de las Madonnas italianas, que acentuaba peinándose con raya en medio y ondas sobre las orejas. Su voz era profunda, casi somnolienta.
Al ver a Evans le dedicó una sonrisa de bienvenida. 
—Me pareció que era usted, señora Anthony... quiero decir, señora Merrowdene —dijo en tono ligero y deliberado, mientras la observaba. Vio que abría un poco más los ojos, y que tomaba aliento, pero su mirada no desfalleció, sosteniendo la suya con firmeza y orgullo.
—Estoy buscando a mi esposo —dijo tranquila—. ¿Le ha visto por aquí? 
—La última vez que le vi, iba en esa dirección.
Echaron a andar en la dirección indicada, charlando animadamente. El inspector sentía aumentar su admiración. ¡Qué mujer! ¡Qué dominio de sí misma! ¡Qué destreza! Una mujer notable... y muy peligrosa. Sí... estaba seguro de que era peligrosa.
Aún se sentía intranquilo, aunque estaba satisfecho de su paso inicial. Sabiendo que la había reconocido, no era de esperar que se atreviera a intentar nada. Quedaba la cuestión de Merrowdene. Si pudiera avisarle... Encontraron al hombrecillo abstraído en la contemplación de una muñeca de porcelana que fue un premio en el juego de la pesca. Su esposa le sugirió que volvieran a casa, a lo que él se avino en seguida. Luego la señora Merrowdene volvióse al inspector.
—¿No quiere venir con nosotros a tomar una taza de té, señor Evans?
¿No había un ligero tono de reto en su voz? A él se lo pareció. 
—Gracias, señora Merrowdene. Con muchísimo gusto lo acepto. 
Y fueron caminando juntos mientras comentaban temas vulgares. Brillaba el sol, soplaba una ligera brisa y todo parecía agradable y sonriente. La doncella había ido a la fiesta, según le explicó la señora Merrowdene cuando llegaron a la encantadora casita. Fue a su habitación a quitarse el sombrero, y al regresar se dispuso a preparar el té calentando el agua sobre un infiernillo de plata. De un estante cerca de la chimenea cogió tres pequeños boles con sus tres platos correspondientes.
—Tenemos un té chino muy especial —explicó—. Y siempre lo tomamos al estilo chino... en bol, y nunca lo hacemos en taza.
Se interrumpió mirando al interior de uno de ellos, que fue a cambiar con una exclamación de disgusto. 
—Jorge... eres terrible. Ya has vuelto a coger un bol de ésos.
—Lo siento, querida —dijo el profesor disculpándose—. Tienen una medida tan a propósito... Los que encargué aún no me los han enviado.
—Cualquier día nos envenenarás a todos —dijo su esposa sonriendo—Mary los encuentra en el laboratorio y los trae aquí sin molestarse en lavarlos, a menos que tengan algo muy visible en su interior. Vaya, el otro día pusiste en uno cianuro potásico, y la verdad, Jorge, eso es peligrosísimo. 
Merrowdene pareció ligeramente irritado.
—Mary no tiene por qué coger las cosas de mi laboratorio, ni tocar nada de allí.
—Pero a menudo dejamos allí las tazas después de tomar el té. ¿Cómo va ella a saberlo? Sé razonable, querido.
El profesor marchó a su dormitorio murmurando entre dientes, y con una sonrisa la señora Merrowdene echó el agua hirviendo sobre el té y apagó la llama del infiernillo de plata.
Evans estaba intrigado, pero al fin creyó ver un rayo de luz. Por alguna razón desconocida, la señora Merrowdene estaba mostrando sus cartas. ¿Es que aquello iba a ser el «accidente»? ¿Decía todo aquello con el propósito de preparar su coartada de antemano y de manera que cuando algún día ocurriera el «accidente» él se viera obligado a declarar en su favor? Qué tonta era, porque antes de todo eso...
De pronto contuvo el aliento. La señora Merrowdene había servido el té en tres boles. Uno lo colocó delante de él, otro ante ella, y el tercero en una mesita que había cerca de la chimenea, junto a la butaca donde solía sentarse su esposo, y fue al colocar esta última cuando sus labios se curvaron en una sonrisa especial. Fue aquella sonrisa la que le convenció.
¡Ahora lo sabía!
Una mujer notable... y peligrosa. Sin esperar... y sin preparación. Esta tarde, aquella misma tarde... con él como testigo. Su osadía le cortó la respiración.
Era inteligente... endiabladamente inteligente. No podría probar nada. Ella contaba con que él no sospecharía... por la sencilla razón de ser «demasiado pronto». Una mujer de inteligencia y acción rápidas.
Tomó aliento antes de inclinarse ligeramente hacia delante.
—Señora Merrowdene, soy hombre de raros caprichos. ¿Me perdonará usted uno?
Ella le miró intrigada, pero sin recelo.
Evans se levantó y cogiendo el bol que había ante ella, lo sustituyó por el que estaba dispuesto de antemano sobre la mesita.
—Quiero que usted beba éste.
Sus ojos se encontraron con los suyos... firmes, indomables, mientras el color iba desapareciendo paulatinamente de su rostro.
Alargando la mano cogió la taza. Evans contuvo el aliento.
¿Y si hubiera cometido un error?
Ella la llevó a sus labios..., pero en el último momento, con un escalofrío, se apresuró a verter el contenido del bol en una maceta de helechos. Luego volvió a sentarse, mirándole retadora.
El exhaló un profundo suspiro y volvió a sentarse.
—¿Y bien? —dijo ella.
Su tono había cambiado. Ahora era ligeramente burlón... y desafiante.
Evans le contestó tranquilo:
—Es usted una mujer muy inteligente, señora Merrowdene. Y creo que me comprende. No habrá repetición. ¿Sabe a qué me refiero?
—Sé a qué se refiere.
Su voz carecía de expresión. Evans inclinó la cabeza satisfecho. Era una mujer inteligente y no quería verse ahorcada.
—A su salud y a la de su esposo —brindó llevándose el té a sus labios.
Luego su rostro cambió..., contorsionándose horriblemente...; quiso levantarse..., gritar...; su cuerpo se agarrotaba..., estaba congestionado... Cayó desplomado en el sillón... presa de convulsiones.
La señora Merrowdene se inclinó hacia delante observándole con una sonrisa, y le dijo... en tono suave:
—Cometió usted un error, señor Evans. Pensó que yo quería matar a Jorge. ¡Qué tonto fue usted... qué tonto!
Permaneció unos minutos contemplando al muerto..., el tercer hombre que había amenazado con interponerse en su camino y separarla del hombre que amaba.
Su sonrisa se acentuó. Parecía más que nunca una madonna, y al fin, levantando la voz, gritó:
—Jorge..., Jorge! ¡Oh! Ven en seguida. Me temo que ha ocurrido un lamentable accidente. Pobre señor Evans...

Una visita inesperada - Agatha Christie (Parte 1)

     1

    Era poco antes de las doce de una fría noche de noviembre. Volutas de neblina ensombrecían tramos de la oscura y estrecha carretera rural del sur de Gales, flanqueada de árboles, no muy le­jos del canal de Bristol, donde una sirena de nie­bla lanzaba un intermitente aullido melancólico. De vez en cuando se oía el distante ladrido de un perro o el triste ulular de un ave nocturna. 

    Las escasas casas que jalonaban el camino, poco más que un sendero, se encontraban distantes entre sí. En uno de los tramos más oscuros, donde el camino viraba al pasar por delante de una her­mosa casa de tres plantas con un amplio jardín, había un coche con las ruedas delanteras atascadas en la cuneta. Después de pisar el acelerador repetidas veces para sacar el automóvil de la zan­ja, el conductor debió de decidir que no valía la pena seguir intentándolo y el motor enmudeció.

Pasaron unos minutos antes de que el con­ductor bajara del vehículo. Era un hombre fornido, de cabello rubio rojizo, de unos treinta y cinco años de edad. Tenía la piel curtida y llevaba un traje de tweed grueso, un abrigo oscuro y sombrero. Valiéndose de una linterna, empezó a cruzar el jardín hacia la casa y se detuvo a medio camino para estudiar la elegante fachada del edi­ficio del siglo XVIII. 

Al llegar a las contraventa­nas, vio que el edificio estaba sumido en la oscu­ridad. Echó un vistazo al interior. Al no percibir ningún movimiento, dio unos golpes en el cristal. No hubo respuesta. Al cabo de unos instantes probó con el tirador y la contraventana se abrió. El hombre entró en una estancia sumida en la oscuridad.

Una vez dentro, permaneció inmóvil, a la es­cucha de sonidos o movimientos.

-¿Hola? -llamó-. ¿Hay alguien?

Alumbró la habitación con la linterna y com­probó que se trataba de un estudio bien amueblado con las paredes cubiertas de libros. En el cen­tro de la estancia vislumbró a un hombre atractivo, de mediana edad, sentado en una silla de ruedas frente a los ventanales, con una manta sobre el regazo. Daba la impresión de haberse quedado dormido.

-¡Ah, hola! -dijo el intruso-. No preten­día asustarle, lo siento. Es esta endiablada niebla. He acabado con el coche en la cuneta y no tengo la menor idea de dónde me encuentro. ¡Ah! Perdone, he dejado la puerta abierta. -Se volvió hacia la cristalera, la cerró y corrió las cortinas-. Supongo que me desvié de la carretera general en algún momento -explicó-, hace más de una hora que circulo por estos caminos llenos de curvas.

No hubo respuesta.

-¿Está dormido? -preguntó el intruso, e iluminó la cara del hombre con la linterna.

El hombre no abrió los ojos ni se movió. Cuando el intruso le tocó el hombro para des­pertarle, el cuerpo se derrumbó.

-¡Santo Dios! -exclamó el hombre de la linterna.

Permaneció un momento inmóvil, indeciso, sin saber qué hacer. Iluminó la habitación de nuevo y descubrió un interruptor de la luz junto a la puerta. Cruzó la estancia para encenderlo. Se iluminó la lámpara de un escritorio.

Dejó la linterna sobre la mesa y, sin apartar la vista de la silla de ruedas, la rodeó. Vio una se­gunda puerta con otro interruptor, lo encendió y se iluminaron dos lámparas en dos mesas situa­das de forma estratégica. Luego, se acercó hacia el hombre de la silla de ruedas, pero se sobresaltó al ver a una atractiva joven de unos treinta años, con un vestido de cóctel y chaqueta a juego, de pie junto a una estantería en un vano del estudio. Los brazos le colgaban inertes a ambos lados del cuerpo. No se movió ni habló. Parecía incluso como si intentara no respirar. Hubo un instante de silencio en el que se estudiaron mutuamente. Entonces, el hombre habló:

-¡Está... muerto! -exclamó.

Sin la menor expresión en el rostro, la mujer respondió:

-Sí.

-¿Lo sabía ya?

-Sí.

El hombre se aproximó al cadáver en la silla de ruedas.

-Le han disparado en la cabeza. ¿Quién...? -Enmudeció cuando la mujer reveló la mano derecha, hasta entonces oculta entre los pliegues de su vestido. Llevaba una pistola. El hombre contuvo el aliento. Cuando dedujo que no le estaba amenazando con el arma, se acercó y, con suavidad, le cogió la pistola. ¿Le ha disparado? -preguntó.

-Sí -respondió la mujer al cabo de unos segundos.

El hombre se alejó y depositó el arma sobre una mesa junto a la silla de ruedas, contempló el cadáver unos instantes y echó un vistazo alrede­dor.

-El teléfono está allí -dijo la mujer, seña­lando el escritorio con la cabeza.

-¿El teléfono? -repitió el hombre. Parecía sorprendido.

-Por si quiere llamar a la policía -repuso la mujer con el mismo tono distante.

El hombre la miró con desconcierto.

-Unos minutos más o menos no cambian nada -comentó-. De todos modos, no les será fácil llegar hasta aquí con esta niebla; antes qui­siera saber algo más... -Se interrumpió y observó el cadáver-: ¿Quién es?

-Mi marido -respondió ella-. Se llama Richard Warwick. Yo soy Laura Warwick.

-Vaya... ¿No será mejor que se siente?

Laura Warwick se dirigió con lentitud vaci­lante al extremo de un sofá.

El hombre preguntó:

-¿Puedo ofrecerle algo de beber..., algu­na otra cosa? Debe de haber sido un shock para usted.

-¿Disparar a mi marido? -repuso con tono irónico.

El hombre recuperó la compostura e intentó seguirle:

-Sí, supongo que sí. ¿O es que se trataba de un juego?

-Sí, era un juego -respondió ella imperté­rrita. El hombre frunció el entrecejo con expre­sión perpleja-. De todos modos, aceptaré esa bebida.

El hombre sirvió un coñac de la licorera si­tuada en la mesa, junto a la silla de ruedas. Se lo ofreció a la mujer, que bebió. Pasados unos mi­nutos preguntó:

-Bien, ¿qué le parece si me lo cuenta todo?

Laura Warwick lo miró.

-¿No sería mejor que llamara a la policía?

-Cada cosa a su tiempo. No pasa nada si te­nemos una pequeña charla antes, ¿verdad? -Se sacó los guantes, los metió en el bolsillo de la chaqueta y empezó a desabrocharse el abrigo.

Laura Warwick empezó a perder la compos­tura:

-Yo no... ¿Quién es usted?... ¿Por qué ha venido aquí esta noche? ¡Por el amor de Dios! ¡Dígame quién es usted!

 

2

-Muy bien -respondió el hombre. Se mesó los cabellos y contempló la habitación como si se preguntara por dónde o cómo empe­zar-. Me llamo Michael Starkwedder, desde luego un apellido inusual. Soy ingeniero, trabajo para la compañía Anglo-Iranian y acabo de re­gresar del golfo Pérsico. -Hizo una pausa como si estuviera recordando Oriente Medio o, quizá, intentando decidir hasta qué punto era necesario entrar en detalles. Se encogió de hom­bros-. Hace unos días que estoy aquí en Gales, visitando viejos lugares. La familia de mi madre era de esta parte del mundo y me estaba plan­teando la posibilidad de comprarme una casita.

Sacudió la cabeza y sonrió.

-Llevaba dos horas dando vueltas por estos enrevesados caminos del sur de Gales cuando el coche se atascó en una cuneta. A mi alrededor no había más que una niebla espesa, pero caminé a tientas hasta la casa con la esperanza de encontrar un teléfono o incluso, con suerte, cobijo para esta noche. La puerta de la ventana no esta­ba cerrada, así que entré y de repente me encon­tré con... -Hizo un gesto hacia el cadáver en la silla de ruedas.

Laura Warwick le miró con ojos inexpresivos.

-Llamó a la puerta varias veces -murmuró.

-Sí, pero no contestó nadie.

Laura contuvo el aliento.

-No, no respondí -susurró.

Él la miró, como si intentara formarse una opinión sobre ella. Dio un paso hacia el cadáver y después se volvió hacia la mujer.

-Como iba diciendo, la contraventana no estaba cerrada, así que entré.

Laura bajó la mirada hacia la copa de coñac. Habló como si citara un texto:

-La puerta se abre, y entra una visita ines­perada. -Tembló ligeramente-. De niña siem­pre me había asustado ese dicho, «una visita ines­perada». -Echó la cabeza hacia atrás, miró a su huésped inesperado y de pronto exclamó-: ¿Por qué no llama a la policía y acabamos con esto de una vez?

Starkwedder se acercó al cadáver.

-Todavía no -respondió-. Dentro de un momento, quizá. ¿No me quiere decir por qué le disparó?

La voz de Laura volvió a adoptar un tono irónico al responder:

-Podría darle muy buenas razones para ello: en primer lugar, bebía en exceso. Por otro lado, era muy cruel, insoportablemente cruel. Le odiaba desde hace años. -Al ver que Starkwed­der la miraba con severidad, dijo-: ¿Qué espe­raba que le dijera?

-¿Hacía años que le odiaba? -murmuró él. Se acercó al cadáver con lentitud-. Pero algo es­pecial sucedió esta noche, ¿verdad?

-Tiene razón. Sí, algo muy especial sucedió esta noche, así que cogí la pistola y..., y le dispa­ré. Tan simple como eso. -Lanzó una mirada a Starkwedder antes de continuar-. Pero ¿de qué sirve hablar de ello? Al fin y al cabo, lo único que podrá hacer es llamar a la policía, no tengo esca­patoria.

Starkwedder la contempló.

-No es tan fácil como usted cree -observó.

-¿Por qué no?

El se acercó a ella mientras le hablaba de for­ma pausada:

-No es tan fácil hacer lo que usted me está instando a hacer. Es una mujer, una mujer muy atractiva.

Laura le miró fijamente.

-¿Supone eso alguna diferencia? -pre­guntó.

El respondió con ligereza:

-En teoría no, pero en la práctica sí. -Se quitó el abrigo, lo depositó sobre el sillón y se situó de nuevo frente al cuerpo de Richard War­wick.

-¡Ah! Así que estamos hablando de caba­llerosidad -comentó Laura con indiferencia.

-Llámelo curiosidad, si prefiere. Quisiera saber qué ha sucedido aquí.

Laura guardó silencio un instante antes de responder:

-Ya se lo he dicho.

Starkwedder comenzó a caminar alrededor de la silla de ruedas sin apartar la vista del cadá­ver. Parecía fascinado.

-Me ha contado los hechos desnudos, tal vez -admitió-. Pero nada más que eso.

-También le he proporcionado un móvil -repuso Laura-. No hay nada más que contar. De todos modos, ¿por qué tendría que creer en mis palabras? Podría inventar lo que me diera la gana. Sólo tiene mi palabra de que Richard era un hombre cruel que bebía y me hacía la vida im­posible. Y de que le odiaba.

-Sin duda puedo aceptar esta última afir­mación sin más -respondió Starkwedder sin dejar de estudiar el cuerpo-. Después de todo, hay bastantes indicios que dan prueba de ello. -Se volvió a acercar al sofá y miró a Laura-: Pero aún así, ¿no cree que es una solución un poco drástica? Dice que le odiaba desde hace años. ¿Por qué no le dejó? Seguro que hubiera sido más sencillo.

Laura titubeó al responder:

-No... no tengo dinero propio.

-Mi querida señora, si hubiera podido probar que era un hombre cruel, adicto a la bebida y todo lo demás, podría haberse divorciado (o separado) de él y haber obtenido una pensión, o como sea que se llame.

Laura, sin saber qué decir, se levantó y, dán­dole la espalda, se acercó a la mesa para dejar el vaso.

-¿Tiene hijos? -inquirió Starkwedder.

-No, gracias a Dios -contestó. -Entonces, ¿por qué no le dejó?

Confusa, Laura se volvió hacia su interlo­cutor.

-Bueno... ahora heredaré todo el dinero.

-Se equivoca. No van a permitir que se aproveche del resultado de un crimen. ¿O acaso pensaba que...? -Titubeó-. ¿Qué es lo que pensaba?

-No sé qué quiere decir.

Starkwedder se sentó en el sillón.

-Usted no es una mujer estúpida -comen­tó-. Incluso si heredara todo el dinero de su marido, no le serviría de mucho si se pasa el resto de su vida entre rejas. -Se acomodó en el sillón y agregó-: Supongamos que yo no hubiera venido esta noche. ¿Qué hubiera hecho?

-¿Acaso importa?

-Quizá no, pero me interesa. ¿Cuál hubiese sido su versión de los hechos si yo no hubiera llegado y le hubiera pillado con las manos en la masa? ¿Hubiera alegado que había sido un acci­dente? ¿Un suicidio?

-No lo sé. -Laura parecía desesperada; cruzó la estancia en dirección al sofá y se sentó sin mirar a Starkwedder-. No tengo ni idea. Lo cierto es que... que no he tenido tiempo de pen­sarlo.

-No, quizá no... pero no creo que se tratara de un acto premeditado, sino que actuó por im­pulso. -Se levantó del sillón y se acercó a la pared-. De hecho, creo que se debió a algo que dijo su marido. ¿Qué fue?

-No importa -respondió Laura.

-¿Qué dijo? ¿Qué fue lo que dijo?

Laura le miró sin pestañear.

-Eso es algo que no revelaré jamás a nadie. Starkwedder regresó al sofá y se colocó de­trás de ella.

-Se lo preguntarán en el juicio -dijo.

-No contestaré. No pueden obligarme. -Pero su abogado tendrá que saberlo -replicó él-. Quizá eso suponga una gran diferencia para usted.

Laura se volvió hacia él.

-¿Es que no lo entiende? No tengo ninguna esperanza, estoy preparada para lo peor.

-¿Por qué? ¿Sólo porque entré por esa ven­tana? Si no lo hubiera hecho...

-¡Pero lo hizo!

-Sí, lo hice, y por ello usted va a cargar con el muerto. ¿Es eso lo que piensa?

Laura no respondió. El se acercó a un extre­mo del sofá y sacó un paquete de cigarrillos.

-Tenga -dijo mientras le ofrecía un ciga­rrillo y cogía otro para sí-. Bien, ahora vamos a retroceder un poco en el tiempo. Hacía años que usted odiaba a su marido, y esta noche dijo algo que colmó su paciencia, así que cogió la pistola... -Se detuvo en seco, se incorporó y se dirigió a la mesa que se encontraba junto a la silla de rue­das y contempló la pistola-. Por cierto, ¿qué hacía aquí sentado con una pistola al lado? No es algo muy normal.

-Ah, eso. Es que solía disparar a los gatos. Starkwedder la miró con expresión de sorpresa.

-¿A los gatos?

-Bien, supongo que tendré que contarle al­gunas cosas -repuso Laura con resignación.

 

3

Starkwedder la miró confundido.

-¿Y bien? -la instó.

Laura respiró hondo y, con la mirada al fren­te, comenzó a hablar:

-A Richard le gustaba la caza mayor, así es como nos conocimos, en Kenia. Por entonces era diferente, o quizá es que mostraba sus virtu­des y no sus defectos. Tenía buenas cualidades, ¿sabe?, era generoso y valiente. Muy valiente; resultaba muy atractivo para las mujeres.

Alzó la vista, como si viese a Starkwedder por primera vez, y él, devolviéndole la mirada, le encendió el cigarrillo y luego se encendió el suyo.

-Prosiga -pidió.

-Nos casamos poco después de conocernos -continuó ella-, pero dos años más tarde sufrió un accidente terrible: le atacó un león. Tuvo suerte de salir con vida, pero desde entonces fue un semiinválido, no podía caminar bien. -Se in­clinó hacia atrás, tenía aspecto más relajado.

Starkwedder se sentó en un escabel delante de ella.

Laura dio una calada al cigarrillo y luego exhaló el humo.

-Dicen que las desgracias mejoran el carác­ter, pero no fue así en el caso de Richard. En lu­gar de ello, se acentuaron todos sus defectos: el rencor, una vena sádica, la bebida... Hacía la vida imposible a todos los habitantes de la casa, pero se lo permitíamos porque, ya sabe, todos decían «pobre Richard, es tan triste ser un inválido». No deberíamos haberlo aguantado, por supues­to, ahora soy consciente de ello. Lo único que conseguimos con eso fue animarle a pensar que podía hacer lo que quisiera.

Laura se incorporó y se acercó a la mesa jun­to al sofá para tirar la ceniza en el cenicero.

-Lo que más le gustaba era la caza. Desde que nos mudamos a esta casa, se sentaba aquí cada noche cuando todos dormían y Angell, su mayordomo y factótum, supongo que podría­mos llamarle así, le traía el coñac y una de sus pistolas. Después, ordenaba abrir los ventanales y se sentaba aquí, al acecho del brillo de los ojos de un gato, de un conejo o incluso de un perro. Claro que últimamente no había muchos cone­jos, con la epidemia esa... ¿cómo se llama?, mixi­matosis, o algo así. Pero sí mataba bastantes ga­tos. -Dio otra calada al cigarrillo-. También les disparaba durante el día... y a los pájaros.

-¿No se quejaban los vecinos?

-Por supuesto -replicó Laura mientras se sentaba de nuevo en el sofá-. Sólo hace un par de años que estamos aquí. Antes vivíamos en Norfolk, donde entre las víctimas de Richard hubo dos o tres animales domésticos y recibi­mos muchas quejas. Por eso nos mudamos aquí, porque es una casa aislada y sólo tenemos un ve­cino en varios kilómetros a la redonda. Por otro lado, abundan las ardillas, los pájaros y los gatos abandonados.

Hizo una pausa y luego prosiguió:

-En realidad, el problema en Norfolk se debió a una mujer que vino un día a casa a reco­lectar dinero para la fiesta del pueblo. Cuando se marchó calle abajo, Richard comenzó a disparar a diestro y siniestro y, según nos explicó después entre carcajadas, la mujer «se asustó como un cervatillo». Dijo que el trasero le temblaba como una gelatina. La mujer acudió a la policía y se produjo un revuelo.

-Ya lo imagino -replicó Starkwedder lacónico.

-No obstante, Richard salió airoso. Tenía el permiso en regla de todas sus armas, como era de esperar, y además aseguró a la policía que sólo las utilizaba para cazar conejos. Justificó las que­jas de la señorita Butterfield aduciendo que era una solterona que se imaginaba cosas, juró que jamás se le hubiera ocurrido dispararle. Richard era una persona muy convincente, y no tuvo problema en conseguir que la policía le creyera.

Starkwedder se levantó del escabel y se acer­có al cadáver.

-Al parecer, su marido poseía un sentido del humor bastante perverso -comentó con acritud mientras echaba un vistazo a la mesa jun­to a la silla de ruedas-. Así pues, tener una pis­tola a su lado era su rutina nocturna; pero no es posible que esperara cazar algo esta noche, no con esta niebla.

-Siempre pedía que le pusieran una pistola allí -comentó Laura-. Todas las noches, era como un niño con su juguete. A veces disparaba a la pared y hacía dibujos. Allí, fíjese -dijo señalando los ventanales-. A la izquierda, detrás de la cortina.

Starkwedder levantó la cortina de la izquier­da y vio un dibujo de agujeros de bala en el marco.

-Dios santo, marcó sus iniciales «R.W.» en la pared con agujeros de bala. Increíble. -Dejó caer la cortina y regresó junto a Laura-. Debo admitir que tenía muy buena puntería. Debía de ser terrible vivir con él.

-Lo era-repuso Laura-. Pero ¿es necesa­rio que continuemos hablando de todo esto? No hacemos más que postergar lo inevitable. Tiene que llamar a la policía, no hay otra opción. ¿No ve que sería más clemente por su parte hacerlo de una vez? ¿O es que quiere que lo haga yo? ¿Es eso? Pues bien, lo haré.

Se acercó al teléfono, pero Starkwedder le sujetó la mano en el momento en que levantaba el auricular.

-Primero tenemos que hablar -le dijo.

-Ya hemos hablado. De todos modos, no hay nada de que hablar.

-Sí que lo hay. Quizá sea estúpido por mi parte, pero tenemos que encontrar una salida.

-¿Una salida? ¿Para mí? -repuso Laura incrédula.

-Sí, para usted. -Él se alejó unos pasos y luego se volvió hacia ella-. ¿Es usted valiente? ¿Sería capaz de mentir si fuera necesario? ¿Men­tir de forma convincente?

Laura le miró.

-Está loco -dijo.

-Probablemente -convino él.

Ella sacudió la cabeza, perpleja.

-No sabe lo que está haciendo -dijo.

-Sé muy bien lo que estoy haciendo -re­plicó Starkwedder-. Me estoy convirtiendo en su cómplice.

-Pero ¿por qué? ¿Por qué?

Starkwedder la observó un instante antes de responder.

-Sí, ¿por qué? -repitió-. Por una razón muy simple, supongo. Es usted una mujer muy atractiva y me horroriza la idea de que pase los mejores años de su vida entre rejas. Es tan duro como estar colgado de una soga y no morir. Además, la situación no parece muy prometedo­ra para usted. Su marido era un inválido, por lo que cualquier alegato de provocación por su parte se basaría sólo en su palabra, y, como no parece muy dispuesta a darla, no creo que un ju­rado la absuelva.

Laura le miró.

-Usted no me conoce -dijo-. Quizá sea mentira todo lo que le he dicho.

-Quizá -concedió él con tono alegre-. Y quizá yo sea un idiota, pero le creo.

Laura se sentó en el escabel, de espaldas a él. Ninguno de los dos habló durante unos minu­tos. Después, se volvió hacia él; sus ojos brilla­ban con renovada esperanza. Le miró inquisitiva y asintió levemente.

-Sí -dijo-. Puedo mentir si es necesario.

-Bien. Ahora dígame -se acercó a la mesa junto a la silla de ruedas y echó la ceniza en el ce­nicero-, ¿quién hay en esta casa? ¿Quién vive aquí?

-Está la madre de Richard. Y está Benny... la señorita Bennett, una mezcla de ama de llaves y secretaria. Una ex enfermera. Hace años que está con nosotros y siente devoción por Richard. Después está Angell, ya lo he mencionado antes, creo. Podríamos decir que es el enfermero y el mayordomo. Suele cuidar de Richard.

Starkwedder se sentó sobre un brazo del sofá.

-¿Vive algún sirviente en la casa?

-No, ninguno se queda a dormir, todos vie­nen durante el día. Y También esta Jan, claro.

-¿Jan? ¿Quién es Jan?

Laura le miró con recelo antes de responder. Después, con cierta reticencia, explicó:

-Es el medio hermano pequeño de Richard. Él... él vive con nosotros.

Starkwedder se acercó al escabel donde esta­ba Laura.

-Cuéntemelo todo -insistió-. ¿Qué es lo que no quiere decirme de Jan?

Laura titubeó un momento.

-Jan es un encanto -dijo-, es muy cari­ñoso, pero no es como las demás personas. Es... es lo que llaman un retrasado.

-Entiendo -murmuró Starkwedder com­prensivo-. Pero usted le aprecia mucho, ¿no es así?

-Sí -admitió Laura-. Le aprecio mucho, ésa es la verdadera razón por la que no podía abandonar a Richard. Por Jan. Si Richard se hu­biera salido con la suya, hubiera enviado a Jan a un manicomio.

Starkwedder dio una vuelta alrededor de la silla de ruedas, mientras observaba pensativo el cuerpo de Richard Warwick.

-Ya veo -murmuró-. ¿Con eso la amenazaba? ¿Que si le dejaba enviaría al chico a un manicomio?

-Sí -respondió ella-. Si yo hubiera creído que podía ganar lo suficiente para mantener a Jan v a mí misma... pero no sabía cómo. Además, claro está, Richard era el tutor legal de Jan.

-¿Era Richard amable con él? -preguntó Starkwedder.

-A veces -respondió.

-¿Y las otras veces?

-A menudo le decía que iba a mandarlo fuera. Le decía: «Serán muy amables contigo, te cuidarán bien. Además, estoy seguro de que Laura te visitará una o dos veces al año.» Jan se ponía muy nervioso y empezaba a tartamudear, rogándole que no lo hiciera. Al final, Richard se echaba atrás en la silla y reía a carcajadas.

-Comprendo -comentó Starkwedder mientras observaba a la mujer. Tras una pausa, repitió pensativo-: Comprendo.

Laura se incorporó y se acercó a la mesa que estaba junto al sillón para apagar el cigarrillo.

-No tiene por qué creerme -exclamó-. No tiene por qué creer ni una palabra de lo que le digo, quizá me lo esté inventando todo.

-Ya le he dicho que correría ese riesgo -re­plicó Starkwedder mientras se sentaba de nuevo en el brazo del sofá-. Bien, ¿y qué clase de mu­jer es Benny? ¿Es astuta? ¿Lista?

-Es muy eficiente y competente. Starkwedder chasqueó los dedos.

-Explíqueme una cosa -dijo-. ¿Cómo es posible que nadie en la casa haya oído el dis­paro?

-Bueno, la madre de Richard es bastante mayor y está algo sorda. La habitación de Benny se encuentra en el otro lado de la casa, y el dor­mitorio de Angell está bastante alejado, separado por una puerta de doble paño. Jan duerme en el dormitorio, encima de esta habitación, pero siempre se acuesta temprano y tiene un sueño muy profundo.

-Todo muy conveniente -comentó Stark­wedder.

-¿Qué sugiere? ¿Que hagamos que parezca un suicidio?

Starkwedder volvió a contemplar el cadáver.

-No -respondió sacudiendo la cabeza-. Me temo que no hay posibilidad de que parezca un suicidio. -Se acercó a la silla de ruedas y es­tudió a Richard Warwick antes de preguntar-: Supongo que era diestro, ¿no?

-Sí.

-Me lo temía. En ese caso, no pudo haberse disparado a sí mismo desde este ángulo -dijo, mientras señalaba la sien izquierda de Warwick-. Además, no hay rastros de quemadura. -Perma­neció pensativo unos segundos y agregó-: No, la pistola tuvo que ser disparada desde cierta distan­cia. El suicidio queda descartado. -Calló de nuevo antes de continuar-. Pero existe la posibilidad del accidente, claro.

Tras un silencio, Starkwedder comenzó a ex­plicar lo que tenía en mente:

-Digamos, por ejemplo, que yo llegué esta noche, tal como ocurrió en realidad, y que trope­cé y entré de golpe por la contraventana. -Se acercó a los ventanales y fingió entrar de un tro­piezo-. Richard pensó que era un ladrón y me disparó a ciegas. Por lo que me ha explicado de sus costumbres, sería algo muy plausible. Entonces yo me acerqué a él -se dirigió deprisa al cuerpo inerte en la silla de ruedas- y le quité la pistola.

Laura le interrumpió.

-Y el arma se disparó durante el forcejeo, ¿no es eso?

-Sí-convino él, pero se corrigió-: No, eso no sirve. Como ya he dicho, la policía se dará cuenta enseguida de que el arma no fue disparada desde tan cerca. -Se detuvo a pensar y luego continuó-: Digamos que le quité el arma... -Sa­cudió la cabeza y dejó caer los brazos en un gesto de frustración-. No, eso no sirve. Si ya le había quitado el arma, ¿por qué tenía que matarle? No es fácil -suspiró-. Bueno, vamos a considerarlo un asesinato, un simple y llano asesinato. Pero tiene que ser un asesinato cometido por una per­sona o personas desconocidas. -Se acercó a la ventana, apartó la cortina y miró hacia afuera como si buscara inspiración.

-¿Un ladrón, quizá? -sugirió Laura. Starkwedder permaneció pensativo un ins­tante y dijo:

-Bueno, supongo que podría ser un ladrón, pero es un poco artificial. -Vaciló, calló y luego añadió-: ¿Qué tal si fuera un enemigo? Suena un poco melodramático, pero, por lo que me ha contado, su marido parece el tipo de persona que tiene enemigos. ¿Me equivoco?

-Supongo que no -respondió Laura con cautela-. Supongo que Richard tenía enemigos, pero...

-Ahora no importan los peros -la inte­rrumpió Starkwedder, mientras apagaba el ciga­rrillo en el cenicero de la mesa junto a la silla de ruedas y se acercaba al sofá-. Cuénteme todo sobre los enemigos de Richard. El número uno sería, supongo, la señorita del trasero de gelati­na, la mujer a la que disparó. Aunque, de todos modos, no es probable que sea una asesina; segu­ro que sigue viviendo en Norfolk, así que es difí­cil pensar que viniese a Gales para acabar con Ri­chard. -Se sentó en un extremo del sofá-. ¿Quién podría tener algo contra él?

Laura parecía dubitativa. Comenzó a cami­nar y a desabrocharse la chaqueta.

-Bueno -dijo-, había un jardinero, hace cosa de un año... Richard le despidió y se negó a darle una recomendación. El hombre no se lo tomó muy bien y le amenazó.

-¿Quién era? ¿Un hombre de la zona? -preguntó Starkwedder.

-Sí. Era de Llanfechan, a unos seis kilóme­tros de aquí. -Una vez desabrochada la chaque­ta, se la quitó y la depositó sobre el brazo del sofá.

Starkwedder frunció el entrecejo.

-No me convence el jardinero -dijo-. Apuesto a que tiene una buena coartada; que estaba en casa y, si no la tiene, o si sólo puede co­rroborarla su mujer, quizá el pobre hombre acabe en prisión por un crimen que no ha cometido. No, no nos sirve. Lo que necesitamos es un enemigo del pasado, alguien que no resulte fácil de rastrear.

Laura se paseaba alrededor del sofá intentado pensar mientras Starkwedder hablaba.

-¿Y alguien que conociera Richard en sus tiempos de cazador de tigres y leones? ¿Alguna persona de Kenia, de Sudáfrica o de la India? De algún lugar que la policía no pueda investigar con facilidad.

-Si pudiera pensar en alguien... -respon­dió Laura con desesperación-. Si pudiera re­cordar alguna de esas historias que me contaba Richard...

-Tampoco disponemos de ninguna prueba a mano -masculló Starkwedder-. Ya sabe, un turbante sij, un cuchillo Mao Mao o una flecha envenenada. -Starkwedder se llevó las manos ala frente, intentando concentrarse-. ¡Maldita sea! Lo que queremos es una persona con un motivo, alguien al que Richard humillara. -Se acercó a Laura y le instó-: ¡Piense! ¡Vamos! ¡Piense!

-No... no puedo pensar -respondió ella con voz quebrada por la frustración.

-Me ha explicado qué tipo de hombre era su marido, seguro que hubo algún incidente, al­guna persona... ¡Dios santo! Tiene que haber alguien.

Laura caminaba por la estancia desesperada tratando de pensar en algo.

-Alguien que le amenazara, que le amenazara con razón -la animó Starkwedder. Laura se volvió hacia él.

-Sí, hubo alguien, acabo de acordarme.... Un hombre. Richard atropelló a su hijo.

 

4

Starkwedder miró a Laura.

-¿Richard atropelló a un niño? -preguntó exaltado-. ¿Cuándo ocurrió?

-Hace unos dos años, cuando vivíamos en Norfolk. El padre de la criatura le amenazó va­rias veces.

El se sentó en el escabel.

-Bien, ésa podría ser una posibilidad. Ex­plíqueme todo lo que recuerde sobre el caso.

Laura caviló unos instantes antes de hablar.

-Richard regresaba a su casa desde Cromer -dijo-. Había bebido mucho, cosa habitual en él. Atravesó un pequeño pueblo a cien kilóme­tros por hora; haciendo eses, aparentemente. El niño salió corriendo a la carretera desde una fonda. Richard lo atropelló y el crío murió al instante.

-¿Su marido podía conducir, a pesar de su discapacidad? -preguntó Starkwedder. -Sí, podía. Tuvieron que construir un coche especial, con los mandos a su alcance, pero sí, podía conducir ese vehículo.

-Ya -dijo-. ¿Qué pasó con lo del niño? La policía pudo haberle arrestado por homicidio.

-Hubo una investigación, por supuesto -ex­plicó Laura, y su voz se tiñó de una nota amarga al añadir-, pero Richard fue eximido de toda culpa.

-¿Hubo algún testigo?

-Bueno, estaba el padre de la criatura, que lo vio todo, y también una enfermera (la enfer­mera Warburton), que acompañaba a Richard en el coche. Tuvo que declarar, pero según ella Ri­chard no conducía a más de cincuenta kilómetros por hora y, además, sólo había bebido una copita de jerez. Según su versión, el accidente fue inevi­table: el niño se había lanzado a toda carrera con­tra el coche. La creyeron a ella, no al padre del crío, que dijo que Richard conducía de forma temeraria y a gran velocidad. Tengo entendido que el pobre hombre no ocultó su rabia al expresar sus sentimientos. -Laura se trasladó al sillón y añadió-: Cualquiera habría creído a la enferme­ra Warburton; era la viva imagen de la honesti­dad, la verdad, la moderación y todas esas cosas.

-¿No iba usted en el coche? -preguntó Starkwedder.

-No. Yo estaba en casa.

-Entonces, ¿cómo sabe que lo que dijo esa enfermera no es verdad?

Laura se sentó en la butaca.

-Oh, Richard hablaba del asunto con la mayor tranquilidad del mundo -dijo con tono amargo-. Recuerdo cuando volvieron del inte­rrogatorio. Dijo: «Bravo, Warbie, menuda ac­tuación. Seguramente me has librado de una buena condena.» A lo que ella respondió: «No merece haberse librado, señor Warwick. Usted sabe que conducía muy rápido, lo de ese pobre niño es terrible.» Pero Richard respondió: «¡Ol­vídese de ello! Ya le he compensado lo suficien­te. De todos modos, qué más da un mocoso más o menos en este mundo superpoblado; de buena se ha librado. Le aseguro que no tendré proble­mas para conciliar el sueño.»

Starkwedder se levantó del escabel y, mirando por encima del hombro el cadáver de Richard Warwick, dijo con tono severo:

-Cuanto más oigo hablar de su marido, más dispuesto estoy a creer que lo que ocurrió esta noche fue un homicidio justificado más que un asesinato. -Se acercó a Laura y continuó-: Ahora bien. Ese hombre cuyo hijo fue atropellado , ¿cómo se llama?

-Tenía un apellido escocés, me parece -res­pondió Laura-. Mac, Mac algo. ¿McLeod? ¿McCrae? No lo recuerdo.

-Intente recordarlo. ¿Vive aún en Norfolk?

-No, no -dijo Laura-. Sólo estaba aquí de visita. Para ver a los parientes de su mujer, creo. Era de Canadá, si no recuerdo mal.

-Canadá... eso sí está lejos -observó Starkwedder-. Tomaría tiempo encontrarle. Sí -dijo, situándose detrás del sofá-, creo que tiene posibilidades. Pero, por Dios, intente re­cordar su nombre. -Se dirigió hacia su abrigo, sacó sus guantes de un bolsillo y se los puso. A continuación, echando un vistazo alrededor, preguntó-: ¿Hay algún periódico por aquí?

-¿Periódico? -repitió Laura sorprendida.

-Uno que no sea de hoy. De ayer o antea­yer sería mejor.

Laura se encaminó a una alacena situada de­trás de la butaca.

-Aquí hay algunos viejos. Los guardamos para encender la chimenea.

Starkwedder abrió la alacena y sacó un dia­rio. Después de revisar la fecha, anunció:

-Este servirá. -Cerró la puerta de la alace­na, llevó el periódico al escritorio y de un cajón sacó unas tijeras.

-¿Qué piensa hacer? -inquirió Laura.

-Vamos a crear algunas pruebas. -Abrió y cerró las tijeras a modo de demostración. Ella le miró confundida.

-Pero suponga que la policía logra encon­trar a ese hombre. ¿Qué pasaría entonces? El le sonrió.

-Si aún vive en Canadá, les tomará su tiem­po. Y, cuando le encuentren, sin duda tendrá una coartada para esta noche; el encontrarse a varios miles de kilómetros de distancia será más que su­ficiente y, para entonces, ya será un poco tarde para investigar las cosas por aquí. De todos mo­dos, no podemos hacer mucho más, pero al menos nos dará un respiro.

Laura parecía preocupada.

-No me gusta -dijo.

Starkwedder la miró.

-Mi querida joven, no puede permitirse el lujo de escoger. Lo que tiene que hacer es recor­dar el nombre de ese hombre.

-No lo consigo -insistió ella.

-¿McDougall, tal vez? ¿O Mackintosh? -sugirió.

Ella se apartó de él llevándose las manos a los oídos.

-¡Basta! -exclamó-. No hace más que em­peorarlo. Ya ni siquiera estoy segura de que fuera Mac algo.

-Bueno, si no puede recordarlo, no puede -concedió Starkwedder-. Tendremos que arre­glárnoslas sin el nombre. ¿No recuerda la fecha, por casualidad, o algún otro dato que pudiera ser útil?

-Sí, la fecha sí. Fue el 15 de mayo. Sorprendido, Starkwedder preguntó:

-Muy bien, y, ¿cómo diablos se acuerda de eso?

Ella respondió con tono amargo:

-Porque ocurrió el día de mi cumpleaños.

-Ya... Bien, con eso resolvemos un pequeño problema. Además, parece que hemos tenido suerte. Este periódico es del 15. -Recortó la fecha.

Acercándose a la mesa, Laura señaló que la fecha del periódico era del 15 de noviembre, no de mayo.

-Sí -admitió él-, pero son los números lo que más cuesta. Ahora, mayo. Mayo es una pala­bra corta. Aquí hay una M. Ahora una A, una Y y una O.

-¿Qué diablos está haciendo?

Por toda respuesta, mientras se sentaba en la silla del escritorio, él dijo:

-¿Tiene pegamento?

Laura estaba a punto de coger un pote de pe­gamento de un casillero, pero él la detuvo.

-No toque nada. No queremos que deje sus huellas. -Starkwedder cogió el pote de pegamento con la mano enguantada y quitó la tapa-. Cómo convertirse en un criminal en un día... -dijo-. Ah, y aquí hay un bloc de papel... de esos que se encuentran en todas partes. -Lo cogió del casillero y procedió a pegar las letras y las palabras en una hoja-. Ahora, mire esto. Uno, dos... tres. Es un poco engorroso con los guantes, pero aquí lo tiene. «15 de mayo. Cuenta saldada.» Vaya, la palabra «cuenta» se ha despe­gado. -Volvió a pegarla-. Ya está. ¿Qué le parece?

Arrancó la hoja del bloc y se la enseñó, des­pués se levantó y se acercó al cadáver de Richard Warwick en la silla de ruedas.

-Lo meteremos en el bolsillo de su chaque­ta. -Mientras lo hacía, un encendedor cayó al suelo-. ¿Qué es esto?

Laura emitió un lamento e intentó coger el encendedor, pero Starkwedder ya lo había hecho y lo estaba examinando.

-Démelo -exclamó ella sin aliento-. ¡Dé­melo!

Sorprendido, Starkwedder se lo dio.

-Es... es mi encendedor -explicó ella sin que viniera a cuento.

-Muy bien, de modo que es su encendedor. No es motivo para alterarse así. -La contem­pló-. No estará perdiendo la calma, ¿verdad?

Laura se alejó en dirección al sofá. Por el camino frotó el encendedor contra la falda como para eliminar cualquier huella digital, procurando que Starkwedder no la viera.

-No, por supuesto que no -le aseguró.

Una vez comprobado que el mensaje estaba bien sujeto en el bolsillo superior de la chaqueta, Starkwedder se dirigió al escritorio, tapó el pote de pegamento, se quitó los guantes y extrajo un pañuelo.

-¡Ya está! -anunció-. Listos para el si­guiente paso. ¿Dónde está esa copa de la que be­bía hasta ahora?

Laura cogió la copa de la mesa donde la ha­bía depositado. Dejó el encendedor encima de la mesa, se acercó a Starkwedder, que cogió la copa. Se disponía a borrar las huellas dactilares, pero se detuvo en seco.

-No -murmuró-. No; sería una estupidez.

-¿Por qué? -inquirió Laura.

-Bueno, tiene que haber alguna huella -ex­plicó-, tanto en la copa como en la licorera. Las del asistente, para empezar, y probablemente también las de su marido. Si no las hubiera, la policía sospecharía. -Bebió un sorbo de la copa-. Ahora tengo que encontrar una manera de explicar las mías -añadió-. No es fácil ser un criminal ¿verdad?

-¡Oh, no lo haga! -exclamó ella-. No se involucre en esto. Podrían sospechar de usted. Con aire divertido, él respondió:

-Soy un tipo bastante respetable, muy por encima de toda sospecha. Además, en cierto sen­tido, ya estoy involucrado. Mi coche está allí fuera, atascado en el barro. No se preocupe, lo único que podrían presentar en mi contra es un poco de perjurio y unas pequeñas inexactitudes sobre el elemento tiempo, pero no lo harán, si usted desempeña bien su papel.

Asustada, Laura permaneció sentada sobre el escabel, de espaldas a él. Starkwedder se volvió hacia ella.

-¿Y bien? -dijo-. ¿Está lista?

-¿Lista? ¿Para qué? -preguntó Laura.

-Venga, tiene que recuperar la compostura. -Me siento... estúpida... -murmuró ella-.

No... no puedo pensar.

-No tiene que pensar. Sólo tiene que obede­cer órdenes. ¿Tiene en casa algún tipo de caldera?

-¿Una caldera? -repitió Laura, y después respondió-: Bueno, está la caldera del agua.

-Magnífico. -Cogió el periódico, recogió los trocitos de papel y se lo entregó a Laura-. Lo primero que hará es ir a la cocina y meter esto en la caldera. Luego subirá, se quitará la ropa y se pondrá una bata, un negligé o lo que sea que utilice. -Hizo una pausa-. ¿Tiene aspirinas?

-Sí -respondió Laura desconcertada.

Como si pensara y planificara al mismo tiempo, Starkwedder continuó:

-Bien, pues arrójelas al váter. Luego vaya donde alguien... su suegra o, cómo se llama, ¿la señorita Bennett?, y diga que tiene jaqueca y que necesita una aspirina. Mientras esté con quienquiera que sea, deje la puerta abierta. Por cierto, oirá un disparo.

-¿Qué disparo? -repuso Laura sin apartar los ojos.

Starkwedder se dirigió a la mesa que estaba junto a la silla de ruedas y cogió la pistola.

-Yo me ocuparé de eso -dijo. Examinó el arma-. Mmm, parece extranjera. Un recuerdo de guerra, ¿no es así?

Laura se levantó del escabel.

-No lo sé -le dijo-. Richard tenía varias pistolas extranjeras.

-Me pregunto si está registrada -dijo Starkwedder como para sí mismo, mientras sos­tenía la pistola.

Laura se sentó en el sofá.

-Richard tenía licencia, un permiso para las armas de su colección.

-Supongo que sí debía tener uno, pero eso no significa que todas estuviesen registradas a su nombre. Las personas suelen ser bastante descuidadas con estas cosas. ¿Hay alguien que pudiera saberlo con certeza?

-Tal vez Angell. ¿Es importante? Starkwedder empezó a pasearse por la habi­tación.

-Bueno, dada la manera en la que estamos construyendo esta historia, lo más probable es que el viejo Mac nosequé (el padre del niño al que atropelló Richard) irrumpiera en el estudio hecho una furia empuñando su propia arma. Pero también podría haber ocurrido a la inversa. Ese hombre entra de repente. Richard, que está medio dormido, coge su pistola, pero el hombre se la quita y dispara. Admito que suena un poco rocambolesco, pero no tenemos muchas opcio­nes; es inevitable correr ciertos riesgos.

Starkwedder depositó el arma sobre la mesa junto a la silla de ruedas.

-Bien, ¿hemos pensado en todo? Espero que sí. Cuando llegue la policía, no se percatará del hecho de que le hayan disparado quince o veinte mi­nutos más temprano. Por esta carretera y con la niebla que hay, tardarán lo suyo. -Se dirigió a la cortina de los ventanales, la levantó y echó un vis­tazo a los orificios que había en la pared-. «R. W.» Muy bonito, intentaré añadir el punto final.

Starkwedder devolvió la cortina a su lugar, regresó al sofá y se sentó.

-Cuando oiga el disparo -explicó a Lau­ra-, debe mostrarse alarmada y traer aquí abajo a la señorita Bennett y a cualquier otra persona a quien pueda reunir. Su versión es que no sabe nada. Fue a dormir, se despertó con un intenso dolor de cabeza, fue a buscar una aspirina... y eso es todo lo que sabe. ¿Lo comprende?

Ella asintió.

-Muy bien -dijo él-. Yo me ocupo del resto. ¿Se encuentra mejor?

-Creo que sí -susurró Laura.

-Entonces haga lo que tiene que hacer. Laura vaciló.

-Usted... no tiene por qué hacer esto -comentó-. No tiene que hacerlo, no debería invo­lucrarse.

-No volvamos otra vez a lo mismo. Todos tenemos nuestra propia manera de... ¿cómo lo diría?, de divertirnos. Usted se ha divertido dis­parando a su marido y ahora me divierto yo. Digamos que siempre he deseado comprobar cómo me las arreglaría con una historia de detectives en la vida real. -Le dedicó una leve sonrisa tranqui­lizadora-. Bien, ¿puede hacer lo que le pido?

Laura asintió.

-De acuerdo. Ah, veo que lleva reloj. ¿Qué hora tiene?

Laura le mostró su reloj de pulsera y él ajus­tó la hora del suyo.

-Poco menos de diez minutos para... Le daré tres... no, cuatro minutos. Cuatro minutos para ir a la cocina, quemar ese periódico en la caldera, subir a la primera planta, cambiarse de ropa e ir a buscar a la señorita Bennett o a quien sea. ¿Podrá hacerlo? -Le sonrió.

Laura asintió.

-Bien. Exactamente a las doce menos cinco oirá un disparo. En marcha.

Ella se dirigió a la puerta, pero de pronto se volvió y le miró, insegura de sí misma. Starkwedder cruzó la habitación para abrirle la puerta.

-No me defraudará, ¿verdad? -preguntó.

-No -respondió ella con un hilo de voz. -Bien.

Laura se disponía a abandonar la habitación cuando Starkwedder vio su chaqueta en uno de los brazos del sofá. La llamó y se la entregó con una sonrisa. Ella salió de la habitación y él cerró la puerta.

 

5

Después de cerrar la puerta, Starkwedder repasó mentalmente lo que tenía que hacer. Al cabo de unos instantes, consultó el reloj y extrajo un cigarrillo. Cuando se disponía a coger el encendedor de la mesa, vio una foto de Laura en una de las estanterías. La cogió y la miró y, con una sonrisa, la devolvió a su lugar antes de en­cender el cigarrillo. 

Depositó de nuevo el encen­dedor sobre la mesa y sacó un pañuelo para lim­piar todas las huellas que pudiera haber en los brazos del sillón y en el retrato. Después devol­vió la silla a su lugar, retiró el cigarrillo de Laura del cenicero, se dirigió a la mesa junto a la silla de ruedas e hizo lo propio con su colilla. 

A conti­nuación limpió la superficie del escritorio, colo­có las tijeras en su lugar y arregló el secante. Echó un vistazo alrededor, en el suelo, en busca de trocitos de papel. Encontró uno cerca del es­critorio y lo introdujo en el bolsillo de su panta­lón. Pasó el pañuelo por el interruptor de la luz y la silla del escritorio, se acercó a los ventanales, cerró ligeramente las cortinas y con la linterna alumbró el camino del exterior.

Demasiado duro para dejar pisadas, pensó para sí. Colocó la linterna sobre la mesa y cogió la pistola. Luego de comprobar que estuviese cargada, la limpió con el pañuelo, se dirigió al es­cabel y depositó el arma encima. Después de mi­rar el reloj de nuevo, se colocó el sombrero, la bufanda y los guantes. Con el abrigo colgado del brazo, se disponía a apagar las luces cuando se acordó de eliminar las huellas del paño y el pomo de la puerta. A continuación apagó las luces, y regresó al escabel mientras se ponía el abri­go. Tomó el arma pero, cuando iba a disparar contra las iniciales de la pared, cayó en la cuenta de que estaban ocultas por la cortina.

¡Maldita sea!, pensó. Cogió la silla del escri­torio y la utilizó para correr la cortina y mante­nerla sujeta. Regresó a su posición junto al esca­bel, disparó y se acercó a la pared para examinar el resultado. ¡No está mal!, se congratuló.

Mientras devolvía la silla del escritorio a su posición, Starkwedder oyó voces en el pasillo y se precipitó al exterior por la contraventana lle­vándose la pistola consigo. Unos instantes des­pués reapareció, cogió la linterna y volvió a salir corriendo.

Cuatro personas acudieron a la biblioteca desde distintas partes de la casa. La madre de Ri­chard Warwick, una anciana alta e imponente, vestía una bata y caminaba con la ayuda de un bastón.

-¿Qué ocurre, Jan? -preguntó al adoles­cente en pijama con rostro inocente que estaba a su lado-. ¿Qué es todo este jaleo en medio de la noche? -inquirió mientras se les unía una mujer de edad madura y pelo cano con bata de frane­la-. Benny -ordenó a ésta-, dime qué ocurre.

En ese momento llegó Laura, y la señora Warwick prosiguió:

-¿Habéis perdido la cabeza? Laura, ¿qué pasa? Jan... ¿Me va a decir alguien qué sucede en esta casa?

-Apuesto a que es Richard -dijo el mu­chacho, que aparentaba unos diecinueve años, aunque su voz y sus maneras eran las de un niño-. Debe de estar disparando contra la nie­bla otra vez. -Y añadió con cierto tono de irritación-: Decidle que no debería despertarnos así. Estaba profundamente dormido, y también lo estaba Benny. ¿No es verdad, Benny? Ten cuidado, Laura, Richard es peligroso.

-Fuera la niebla es muy espesa -comentó Laura-. He echado un vistazo desde la ventana del rellano y apenas se distingue el camino. No sé a qué le puede estar disparando con esta niebla. Es absurdo. Además, me pareció oír un grito.

La señorita Bennett fue la primera en entrar en la biblioteca. Mujer alerta y activa, como correspondía a una ex enfermera de hospital, habló con tono algo oficioso:

-No veo por qué te has de alterar así, Lau­ra. No es más que Richard, divirtiéndose como de costumbre. Además, yo no he oído ningún disparo. Estoy segura de que no pasa nada, te es­tás imaginando cosas. Aún así, es un hombre muy egoísta, y se lo diré. Richard -llamó al en­trar en la habitación-. Richard, ¿sabes qué hora es? ¡Nos has asustado!

Cubierta con una bata, Laura entró en la ha­bitación detrás de la señorita Bennett. Encendió la luz y se acercó al sofá, seguida de Jan. El mu­chacho miró a la señorita Bennett, que contem­plaba a Richard Warwick en su silla de ruedas.

-¿Qué pasa, Benny? -preguntó Jan-. ¿Qué ocurre?

-Es Richard -respondió la ex enfermera con la voz extrañamente serena-. Se ha suici­dado.

-¡Mirad! -exclamó el joven Jan señalando la mesa-. Ha desaparecido su pistola.

Se oyó una voz proveniente del jardín: -¿Hola? ¿Todo bien ahí dentro?

Jan miró por la ventana del vano y gritó: -¡Hay alguien fuera!

-¿Fuera? -repitió la señorita Bennett-. ¿Quién? -Se disponía a abrir la cortina cuando Starkwedder entró de pronto por la contraven­tana. La señorita Bennett dio un paso atrás, alarmada, y Starkwedder preguntó con tono apre­miante:

-¿Qué ha ocurrido aquí? ¿Qué ha pasado? -Posó la mirada en Richard Warwick-. ¡Ese hombre está muerto! -exclamó-. Le han dis­parado. -Miró con actitud desconfiada alrede­dor, estudiando a los presentes.

-¿Quién es usted? -preguntó la señorita Bennett-. ¿De dónde ha salido?

-Se me ha atascado el coche en la cuneta -respondió él-. Llevo horas perdido, y he su­bido hasta la casa para pedir ayuda. Oí un dispa­ro, y alguien salió corriendo por la contraventa­na y ha chocado conmigo. -Exhibiendo una pistola, Starkwedder añadió-: Se le cayó esto.

-¿Hacia adónde iba ese hombre? -pre­guntó la señorita Bennett.

-¿Cómo diablos voy a saberlo con esta nie­bla?

Jan permanecía delante del cuerpo de Ri­chard, observándolo.

-Alguien ha matado a Richard -gritó.

-Eso parece -convino Starkwedder-. Convendría que llamasen a la policía. -Dejó la pistola en la mesa, cogió la licorera y se sirvió una copa de coñac-. ¿Quién es?

-Mi esposo -respondió Laura inexpresi­vamente mientras se sentaba en el sofá.

Con tono de preocupación, Starkwedder se dirigió a ella:

-Beba esto. -Laura levantó la vista hacia él-. Ha sufrido un shock. El coñac le sentará bien -añadió enfáticamente. Mientras ella cogía la copa, Starkwedder, de espaldas a los demás, le dedicó una sonrisa de connivencia para llamar su atención sobre la manera en que había resuelto el problema de las huellas dactilares. 

Alejándose de ella, lanzó su sombrero sobre el sillón y, des­pués, al notar que la señorita Bennett se estaba inclinando sobre el cadáver de Richard War­wick, se volvió rápidamente-. No toque nada, señora -le dijo-. Esto parece un asesinato y, si es así, no debemos tocar nada.

Irguiéndose, la señorita Bennett se apartó del cuerpo con gesto horrorizado.

-¿Un asesinato? -exclamó-. ¡No puede ser!

La señora Warwick, madre del difunto, en­tró en el estudio, preguntando:

-¿Qué ha ocurrido?

-¡Han matado a Richard! -le dijo Jan. Pa­recía más entusiasmado que preocupado.

-Silencio, Jan -ordenó la señorita Bennett.

-¿Qué has dicho? -preguntó la señora Warwick en voz baja.

-Ha dicho que le han asesinado -le infor­mó Benny, señalando a Starkwedder.

-Richard -susurró la señora Warwick, mientras Starkwedder se situaba de espaldas a la contraventana.

Jan se acercó al cadáver y exclamó:

-¡Mirad, tiene algo en el pecho, un papel! Y hay algo escrito.

Estiró el brazo para cogerlo, pero Starkwed­der le detuvo:

-No lo toques. Ni se te ocurra tocarlo. -Se inclinó sobre el cuerpo y leyó-: «15 de mayo. Cuenta saldada.»

-¡Dios Santo! MacGregor -exclamó la se­ñorita Bennett, situándose detrás del sofá.

Laura se puso de pie. La señora Warwick frunció el entrecejo.

-¿Quieres decir aquel hombre..., el padre del niño que fue atropellado?

-Claro, MacGregor -murmuró Laura para sí misma mientras se sentaba en el sillón. Jan se acercó al cadáver.

-Mirad, está hecho de recortes de periódico

-dijo ansioso. Extendió el brazo, pero Stark­wedder volvió a impedírselo.

-No lo toques -ordenó-. Hay que dejar todo tal cual para la policía. -Se dirigió al telé­fono-. ¿Les parece bien si...?

-No -dijo la señora Warwick-. Lo haré yo.

-Haciéndose cargo de la situación y armándose de valor, fue hasta el escritorio y empezó a marcar.

Jan se acercó nervioso al escabel y se arrodi­lló encima.

-El hombre que salió corriendo -pregun­tó a la señorita Bennett-, ¿crees que...?

-Sssh, Jan -le hizo callar ésta, mientras la señora Warwick hablaba por teléfono con voz tenue y autoritaria:

-¿Es la comisaría? Le llamo de la casa del señor Richard Warwick. El señor Warwick aca­ba de ser encontrado... muerto. Le han asesi­nado.

Los demás la escuchaban atentamente.

-No; fue encontrado por un desconocido -dijo-. Un hombre cuyo coche se ha averiado cerca de la casa, creo... Sí, se lo diré. Llamaré a la fonda. ¿Podrá llevarlo uno de sus coches cuando hayan terminado aquí?... Muy bien.

Colgando, la señora Warwick anunció:

-La policía estará aquí tan pronto se lo permita la niebla. Mandarán dos coches, uno de los cuales regresará de inmediato para llevar a este caballero -señaló a Starkwedder- a la fonda del pueblo. Quieren que pase la noche allí para hablar con él mañana.

-Bueno, puesto que de todos modos no puedo hacer nada con el coche en la zanja, no ten­go inconveniente -repuso Starkwedder.

En ese momento se abrió la puerta que daba al pasillo y un hombre de cuarenta y tantos años, estatura media y cabello negro, entró en la habi­tación atándose el cordón de la bata. Se detuvo apenas cruzado el umbral.

-¿Ocurre algo, señora? -preguntó a la señora Warwick. Luego, mirando más allá, vio el cuerpo de Richard Warwick-. ¡Dios mío! -exclamó.

-Me temo que se ha producido una horrible tragedia, Angell -respondió la señora War­wick-. Han matado al señor Richard, y la policía está de camino. -Se volvió hacia Starkwed­der y dijo-: Este es Angell, el asistente de Richard.

El asistente respondió con una leve y distraí­da inclinación de la cabeza.

-Dios mío -repitió, sin dejar de contem­plar el cadáver de su difunto patrón.

 

    CONTINUARÁ...