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El hombre que amó a una Faioli - Roger Zelazny

     Ésta es la historia de John Auden y la faioli, que nadie conoce mejor que yo. Escúchenla...

Sucedió una noche, cuando él estaba paseando (pues no había motivos para no pasear) por sus sitios favoritos de todo el mundo, cuando vio a la faioli, cerca del Cañón de la Muerte, sentada sobre una roca, mientras que sus alas de luz revoloteaban, revoloteaban, revoloteaban hasta desvanecerse, apareciendo entonces sentada allí una muchacha humana, vestida completamente de blanco y llorando, con largas trenzas negras enrolladas a la cintura.

Se aproximó a ella ante la cegadora luz que despedía el moribundo sol, cuando los ojos humanos no podían distinguir distancias ni calcular perspectivas adecuadamente (pero los suyos sí), y apoyando su mano derecha en el hombro de ella y la dijo unas palabras de salutación y consuelo.

Fue, sin embargo, como si él no existiera. Continuó su llanto, regando de plata sus mejillas de color de nieve o de hueso. Sus ojos almendrados miraban en la distancia, como si pudieran ver a través de él, y sus largas uñas se clavaban en la carne de sus palmas, de las que no brotaba sangre.

Entonces él creyó lo que se decía de las faiolies: que sólo pueden ver a los seres vivientes y no a los muertos, y que están sacadas de las mujeres más adorables de todo el universo. Al estar muerto, John Auden, reflexionaba sobre las consecuencias de recobrar la vida nuevamente, por algún tiempo.

Era sabido que la faioli acudía al hombre un mes antes de su muerte (a aquellos raros hombres que aún morían) para vivir con él durante el mes final de su existencia, proporcionándole todos los placeres que puede conocer un ser humano, de forma tal que el día en que la muerte envía su beso, llevándose la vida que queda dentro de su cuerpo el hombre le acepta... ¡no, le busca!, con deseo y galantería. Porqué es tal el poder de la faioli entre todas las criaturas, que no hay nada más deseado después de conocerla.

John Auden consideró su vida y su muerte, las condiciones del mundo en que estaba la naturaleza de su servidumbre, su maldición, y la faioli (que era la criatura más adorable que había visto en todos sus cuatrocientos mil días de existencia), y se palpó el lugar que tenía debajo de la axila izquierda, que activaba el mecanismo necesario para hacerle vivir de nuevo.

La criatura se sobresaltó al recibir su contacto porque, de repente, el roce de él era de carne, y de carne cálida y femenina era lo que ella ofrecía, ahora que las sensaciones de la vida habían retornado a él. Sabía que su contacto se había convertido nuevamente en el contacto de un hombre.

- Hola, ¿por qué lloras? - dijo él, y la voz de la faioli fue como las brisas olvidadas soplando sobre los olvidados árboles, con su rocío, sus aromas y colores que evocaba su memoria.

- ¿De dónde vienes, hombre? No estabas aquí hace un momento.

- Del Cañón de la Muerte - respondió él.

- Deja que te toque el rostro.

Él se dejó y ella lo tocó.

- Es extraño que no advirtiera tu llegada.

- Este es un mundo extraño - repuso él.

- Es cierto - dijo ella -. Tú eres el único ser viviente que lo habita.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó él.

- Llámame Synthia - respondió ella.

Y así la llamó.

- Mi nombre es John - le dijo -; John Auden.

- He venido para estar contigo, para darte regocijo y placeres - añadió ella, y entonces supo él que el ritual había comenzado.

- ¿Por qué estabas llorando cuando te encontré? - preguntó.

- Porque creí que no había nadie en este mundo y porque estaba cansada de mi largo viaje - contestó ella -. ¿Vives cerca de aquí?

- No muy lejos - añadió él -. No del todo lejos.

- ¿Me llevarás allí? ¿Al lugar donde vives?

Y ella se alzó y le fue siguiendo hasta el Cañón de la Muerte, donde él tenía su morada.

Continuaron descendiendo y descendiendo interminablemente, y todo lo que les rodeaba eran despojos de gentes que antes habían vivido. Ella, sin embargo, no parecía ver tales cosas, pues mantenía los ojos clavados en el rostro de John y la mano asida a su brazo.

- ¿Por qué llamas a este lugar el Cañón de la Muerte? - le preguntó ella.

- Porque todo lo que nos rodea son muertos - repuso él.

- Yo no veo nada.

- Lo sé.

Cruzaron el Valle de las Calaveras, donde millones de muertos de muchas razas y mundos yacían apilados unos sobre otros, pero ella tampoco los vio. Y a pesar de encontrarse en el cementerio de todos los mundos, no se apercibía de ello. Había encontrado a su custodio, a su cuidador, aunque no sabía quién era este hombre que se tambaleaba a su lado como un beodo.

John Auden la llevó hasta su casa. No era realmente el lugar donde vivió, pero lo sería en lo sucesivo. Activó los viejos circuitos del edificio que había dentro de la montaña. En respuesta la luz apareció de las paredes, una luz que antes no había necesitado, pero que ahora iba a necesitar.

La puerta se cerró tras ellos y la temperatura adquirió un calor normal. El aire puro comenzó a circular. Él lo aspiró hasta llenar su pecho, agradeciendo las antiguas y olvidadas sensaciones. El corazón, ese órgano rojo y caliente que le recordaba el dolor y los placeres, empezó a latir fuerte con el nuevo aire. Por primera vez en los siglos, preparaba una comida e iba a buscar una botella de vino a las profundas y herméticas alacenas. ¿Cuántos otros más pudieron haber hecho lo que él?

Nadie, tal vez.

Ella cenó con él, jugueteando con los alimentos, catando un poquito de cada cosa, comiendo muy poco. Él, por su parte, se atiborró hasta la saciedad, y los dos bebieron vino y fueron dichosos.

- Este lugar es muy extraño - dijo ella -. ¿Qué es lo que te impulsa, John Auden? Tú no eres como los demás hombres que viven y mueren. Tú te tomas la vida casi igual que una faioli. Tratas de sacar de ella cuanto puedes y te conduces a un ritmo que denota un sentido del tiempo ajeno al hombre. ¿Quién eres?

- Soy uno que conoce que los días del hombre están contados - respondió él - y que ansía aprovecharlos antes de que se le acaben.

- Eres extraño - dijo Synthia.

- Más que nada en el mundo - respondió él.

Desayunaron y aquel día estuvieron caminando por el Valle de las Calaveras. Él no podía distinguir distancias ni obtener perspectivas adecuadas, y ella no veía nada de lo que había sido vida y ahora era desolación. Y mientras estaban sentados sobre una roca plana, con el brazo sobre los hombros de ella, señaló hacia el cohete que acababa de venir del lejano espacio y ella miraba de través ante las gesticulaciones de John. 

Indicaba hacia los robots que habían comenzado a descargar del interior de la nave los despojos pertenecientes a los muertos de muchos mundos, pero ella estiraba la cabeza hacia un lado y miraba adelante y no veía nada de lo que él decía.

Incluso cuando uno de los robots avanzó pesadamente hasta él y le mostró la carpeta conteniendo los recibos y el documento que debía firmar por los cuerpos recibidos, ella no veía ni comprendía lo que estaba sucediendo.

En los días que siguieron, su vida fue como un sueño, llena de los placeres de Synthia y salpicada de ciertos e inevitables momentos de dolor. A menudo, le veía pesaroso y ella le preguntaba por su expresión de melancolía.

Y él siempre se echaba a reír y contestaba diciendo que «los placeres y el dolor están muy cerca el uno del otro», o algo por el estilo.

Y, durante el correr de los días, ella aprendió a prepararle las comidas, y a frotarle la espalda, y a mezclar sus bebidas, y a recitarle ciertos fragmentos poéticos que él había amado en un tiempo.

Un mes, sólo un mes. No lo olvidaba. Llegaría el fin. Sabían siempre que la muerte del hombre estaba cerca.

John Auden sabía que ninguna faioli del universo entero había encontrado jamás un hombre como él

Synthia era como una madreperla. Su boca parecía una fina llama, que encendía todo lo que tocaba, sus dientes se asemejaban agujas y su lengua era como el corazón de una flor. Y así es como llegó a amar a una faioli llamada Synthia.

Y él era quizás el único hombre del universo, capaz de engañarla. Era un perfecto derecho de defensa que tenía contra la vida y la muerte. Y ahora que era un ser humano viviente, a menudo lloraba cuando se detenía a considerarlo.

Tenía más de un mes por vivir. Quizá fueran tres o cuatro. Este mes, por consiguiente, representaba un precio que él pagaría de buen grado.

Hay una cosa llamada enfermedad que se nutre de los organismos vivientes, y él lo había conocido más allá del alcance de todos los hombres vivos. Ella, un ser femenino, que sólo conoció su propia vida, no podía comprenderlo.

Por eso, él no trató de explicárselo jamás.

Pero el día tenía que llegar, y llegó.

Había perdido, y lo sabía. Como los días se habían desvanecido ante él, se encontraba debilitado. Apenas era capaz de estampar su firma sobre los recibos que le había traído el robot, tambaleándose hasta llegar a él, espachurrando costillas y aplastando cráneos a su terrible paso. Por un momento envidió al robot. Desapasionado, entregado totalmente a su deber. Antes de despedirlo le preguntó:

- ¿Qué hubieras hecho tú si te hallaras en posesión de una cosa deseada que te proporcionara todo lo que puedes ansiar en este mundo?

- Trataría... de quedarme con ella - respondió el robot, oscilando las luces rojas de su cúpula antes de irse tambaleando sobre el Gran Cementerio.

- Sí - dijo John Auden -, pero eso no puede ser.

Synthia no le comprendió, y en aquel trigésimo primer día volvieron al lugar donde había vivido durante un mes, y él sintió que le estaba invadiendo el terror indescriptible de la muerte.

Ella fue más exquisita que nunca, pero él temía este encuentro final.

- Te amo - dijo por último, pues era una palabra que no la había dicho antes, y ella le besó.

- Lo sé - le dijo ella -, John Auden, dime una cosa. ¿Qué es lo que te esclarece de los demás? ¿Por qué sabes de las cosas ajenas a la vida más de lo que el hombre mortal debe saber? ¿Cómo fue posible que llegaras hasta mí aquella primera noche sin yo apercibirme de ello?

- Porque mi ser está ya muerto - le dijo -. ¿No te das cuenta de ello cuando me miras a los ojos?

- No lo comprendo - respondió ella.

- Bésame y olvídalo - dijo él -. Es mejor así.

Pero ella sentía curiosidad y le preguntó:

- ¿Cómo consigues entonces guardar el equilibrio entre la vida y lo que no es vida, eso que mantiene consciente a tu ser muerto?

- Porque existen unos controles dentro de este cuerpo que, desgraciadamente, ocupo. Si tocas debajo de mi axila izquierda, mis pulmones cesarán de respirar y mi corazón dejará de latir. Ello pondría en funcionamiento un sistema electromecánico aquí instalado (invisible para ti, lo sé) semejante al que llevan mis robots. En esto consiste mi vida estando muerto. Yo mismo lo pedí porque temía el olvido. Yo mismo me ofrecí voluntario como sepulturero del universo, porque aquí no hay nadie que pueda verme y se horrorice de mi aspecto cadavérico. Por eso soy quien soy. Bésame y acaba.

Pero habiendo tomado la forma de mujer, o tal vez siéndolo, la faioli llamada Synthia sintió curiosidad y dijo:

- ¿En este sitio?

Y le tocó debajo de la axila izquierda.

Hecho esto, él se desvaneció de la vista y con ello, también, supo una vez más la fría lógica existente fuera de las emociones. A causa de ello, también, no tuvo necesidad de tocarse el punto crítico.

En vez de ello, él se quedó contemplando cómo ella le buscaba por el lugar que antes había estado vivo.

La faioli escrutó los lugares más recónditos y al ver que no podía encontrar a ningún hombre viviente sollozó horriblemente, una vez más, como hiciera aquella noche en que él la encontró.

Luego, sus alas comenzaron a revolotear débilmente, una y otra vez, recobrando su anterior existencia. Su rostro se disolvió y su cuerpo se fue fundiendo lentamente. Más tarde, la torre de chispas que había junto a él se fue disipando, y pasada la insensata noche en que le fue posible distinguir distancias y calcular perspectivas nuevamente, él empezó a buscarla.

Y ésta es la historia de John Auden, el único hombre que pudo amar a una faioli y logró vivir (si así se le puede llamar) para contarlo. Nadie conoce la historia mejor que yo.

Jamás ha podido encontrar un remedio. Y yo sé que John Auden pasea por el Cañón de la Muerte, meditando sobre los esqueletos y, a veces, se para junto a la roca donde la encontró, busca algo jugoso que ya no está allí y desea hallar una explicación.

Es que es así, y la moral puede que consista en que la vida (y quizás también el amor) sea más fuerte que su continente, pero nunca más fuerte que su contenido. Mas es solamente la faioli quien podría asegurarlo, y ésta ya no volverá.

Los guerreros de bronce - Pedro Zarraluki

La injusticia puede manifestarse de mil maneras, pero la más trágica es la que se ceba en la vida, pues el soplo divino nos resulta inaccesible. Entre nosotros nacen creadores incapaces de controlar su limitado poderío. No podemos producir la vida, pero sí podemos imaginar la belleza, y ésa es nuestra fuerza y nuestra perdición... 

Aunque la historia que os refiero se inicia muchos siglos atrás, daremos cuenta tan sólo de aquello que alcanza el recuerdo. Hace bastantes años, un buceador apasionado –«...anche archeologo dilettante», según pude leer en una revista– descubrió, sobre el lecho marino, algo que parecía un brazo. 

Dicen que en un principio creyó que se trataba de un cadáver, pero es difícil imaginar que, ante la posibilidad de que fuera una estatua, interpretase de manera tan banal aquella aparente forma humana. Sea como fuere, cuatro días después, y con ayuda de balones hinchables, eran izados a la superficie los dos guerreros que conmocionarían al mundo. 

En aquel momento inspiraron tan sólo breves notas de prensa, pues su belleza quedaba oculta bajo los sedimentos que el mar, conchabado con el tiempo, había depositado sobre sus cuerpos.

Pasaron los años, y la existencia de los guerreros se difuminó en el tráfago de acontecimientos. Se había puesto en marcha, sin embargo, el complicado proceso de restauración que devolvería la vida al bronce. Se emplearon las técnicas más sofisticadas, la gammagrafía y el ultrasonido, para vaciarlas de detritus y eliminar las incrustaciones. 

Se detuvo el proceso corrosivo, y lenta, muy lentamente, fueron desvelándose sus más sutiles secretos: las venas del dorso de las manos y aquellas que descienden, sinuosas, sobre los músculos abdominales; el marfil de los ojos y la plata de los dientes; el desorden equilibrado de los rizos de la barba, del cabello o del pubis; la superficie de bronce, con su enigmática paradoja de opacidad y de brillo. 

Nueve años tardaron los especialistas en minimizar los destrozos de veinticinco siglos de reposo oceánico. Cumplido su trabajo, anunciaron el retorno de los guerreros sin poder imaginar, seguramente, el revuelo que iba a causar la noticia. 

Tan sólo en Florencia, donde tuvieron sus primeras –y breves– apariciones en público, medio millón de personas acudieron a admirarlos. La prensa se entregó a la búsqueda de adjetivos, y los críticos se apresuraron a incluir a los bronces en sus códices. 

El propio presidente de la República, aturdido por tan monstruosas manifestaciones, invitó a los guerreros a su Palacio del Quirinal, que embellecieron durante dos semanas. No voy a insistir en esta conmoción que agitó a todos los amantes del arte, ni me atreveré a apuntar, tal como hizo Moravia, a los efectos de los mass media para explicármela. 

El largo viaje iniciado en la playa de Riace iba a concluir en el Museo Nazionale de Reggio Calabria, en donde fueron instalados los dos guerreros. Pero la leyenda no había hecho más que comenzar. A su insólita belleza se unía el misterio de su identidad, y las firmas más ilustres entraban en polémica a la hora de atribuirles un creador o de señalar su procedencia. Y estos niveles de erudición se desvanecían en un hálito de misterio, pues los guerreros ostentaban su belleza como única y sublime identificación. 

Durante unos meses aguantaron, rígidos sobre los pedestales, la observación apresurada, el aliento tibio de su público y el silencio cálido de las noches. Pero a finales de verano, cuando el mar empieza a cubrirse de insólitas sugerencias, cuando las olas parecen de plata y el aire se vuelve fresco y gris, cuando el paisaje pierde el color y se metaliza, un atardecer que era el digno colofón para un día turbulento, los guerreros descendieron de sus pedestales. 

El mayor, que precedía a su congénere, acabó de un manotazo con un guardián que no supo temer a lo imposible, y los guerreros abandonaron el Museo sin provocar otro sonido que el lento clamor de sus pasos. La reacción, que se produjo de inmediato, fue unánime: Los guerreros habían cobrado vida porque no podía ser de otra manera. 

Su autor había rozado la perfección de un dios, y los dioses, aunque quizá coléricos, se habían visto obligados a dotarlos de una vitalidad merecida. Todo era como debía ser y, sin embargo, antes de que los guerreros abandonaran Reggio Calabria se produjeron los primeros alardes de incredulidad. 

La policía, alertada múltiples veces, tardó en acordonar el paseo de los bronces, que dejaron varios muertos entre la multitud curiosa y asustada. El cerco policial se estabilizó en espera de unas órdenes que no llegaron nunca. Y el público, en estricto silencio, sin atreverse a vitorear a las estatuas por el milagro ni a vituperarlas por sus crímenes, se arremolinaba en reflujo constante, pues la reciente experiencia le había enseñado a no cruzarse en su camino. 

La belleza, al ganar la vida, se había hecho ingobernable.

Ya no bastaba con admirar a los dos guerreros. También había que temerlos, pues se movían guiados por una idea secreta, por un calor –o por un frío– que brotaba de su propio misterio, de esa identidad olvidada tras veinte siglos bajo el mar. Los que lo vieron dicen que sólo en movimiento se podía admirar toda su belleza, pues a la dureza del bronce de que estaban hechos oponían la agilidad de los atletas. 

Eran tan enconadamente magníficos que los muertos se multiplicaron entre los admiradores que burlaban el cerco policial para tocarlos, olvidando que eran guerreros de otro mundo y que habían renacido, por derecho propio y por designio oculto, en un tiempo que no les pertenecía.

Se internaron en la noche, siguiendo la costa. La luna se perdía en sus espaldas, condenada a los reflejos caprichosos del bronce, que tanto absorbía la luz, negándola, como la proyectaba en el rápido destello de un músculo. 

En las afueras se hizo más fácil seguirlos, pero los guerreros, al notar la tierra desnuda y la presencia próxima de vegetación, parecieron enardecidos por una súbita premura. Aunque no llegaron a correr, gran parte de la multitud fue quedando rezagada y sólo los más jóvenes pudieron acompañarlos en su huida. 

Los dos guerreros habían tenido un despertar sereno en un lugar extraño, y se habían puesto en marcha con la elegancia triste de los vencidos. Estaban cautivos en un mundo insólito que les había sorprendido tras un sueño breve, casi eterno. No podían aspirar, pues, sino a una rebeldía que obligara a su enemigo, demasiado numeroso para necesitar la crueldad, a proporcionarles una muerte digna.

Su paseo terminó en una playa. Se internaron en la arena con la determinación suicida de los que pueden elegir el escenario de su muerte, y caminaron hasta hundir sus pies en las olas. Y allí, con las espaldas protegidas por el mar que les había servido de lecho, se aprestaron a luchar. La multitud reaccionó de la única manera posible. 

Quizá los guerreros deseaban morir, pero su belleza no iba a perderse en una corrupción ajena a su esencia. Los bronces no podían entenderlo, pero se hacía imprescindible devolverlos al pedestal y obligarlos a la inacción. Su vida era del todo lógica pero demasiado contradictoria, y del desenlace de su maldición dependía un equilibrio inevitable y necesario. La luna, esférica, tiñó de argento la batalla, que fue horriblemente cruenta. 

Dada su maestría y su aleación los guerreros resultaron ilesos, aunque cargados de cadenas. La arena bebió aquella sangre que no alcanzaban las olas, y la multitud, cargada con el peso inestimable de sus cautivos y con la lasitud obscena de sus cadáveres, emprendió el regreso a la ciudad. Aquella misma noche fundieron los pies de los guerreros a sus pedestales.

Un tiempo después, con ocasión de un viaje, pude admirar la belleza de los bronces. Los dos guerreros, inmoderadamente perfectos, parecían exigir el movimiento con cada uno de sus músculos. Estaba preguntándome si no sería justo que se les regalara la vida, cuando un anciano que se encontraba a mi lado murmuró unas palabras. 

Me volví hacia él, y me saludó con una leve inclinación del torso. «A pesar de todo –repitió–, quizá existan los dioses, aunque sólo sea para imponer la justicia. Ese es nuestro viejo temor... Piense en Miguel Angel. No en vano dejó inconclusos sus esclavos. Los libró así de una manumisión por lo demás imposible.»

La cabeza del muñeco - Francisco Zárate Ruiz

 ¡Al fin!, las últimas palabras aletearon en la habitación; toda quedó repleta de silencio, y dejaron al muñeco rodeado de la atmósfera viciada con el humo de los cigarros que con­sumieron aquellos hombres, durante todo el tiempo en que habían permanecido allí encerrados, sosteniendo una charla para ellos amena y para él detestable. No pocas veces pareció que esa charla iba a caer, pero alguien la apuntalaba, como edificio en peligro; alguno lo levantaba, como en los fronto­nes los buenos jugadores lo hacen con la pelota cuando va re­botando muy cerca del suelo, próxima ya a rodar solamente.

Se desesperó porque no podía abrir la ventana y estaba condenado a pasar así, envuelto en la gasa azul del humo, la noche entera.

Y con el pensamiento suspiró largamente, hondamente, ¡qué suplicio!

Tras unos cuantos instantes que pasó encerrado en una caja de cartón, lo desenvolvieron, lo desabrigaron del papel de china que se le enroscaba en el cuerpo, lo desnudaron a la vis­ta de toda la familia.

¡Cómo lo alabaron!

Pasó de mano en mano, ¡qué bonito!

Y cada uno que lo examinaba, al darle vueltas entre los dedos, le hacía temblar la cabeza, aquella cabeza, fuente y re­ceptáculo de sus padeceres.

Temblando, lo dejaron despiadadamente sobre la mesa, con el peso enorme de la sombra sobre sus débiles espaldas.

Desde aquel día sus sufrimientos fueron mayores de los que había experimentado en el escaparate de la mercería.

Casi no tuvo desde esa vez una hora de reposo.

Continuamente tenía en movimiento la cabeza, su cabeza buena y pesada, su cabeza de plomo, cabeza de estúpido, ¡ojalá que de veras lo hubiese sido!

Con esa cabeza, siempre estremeciéndosele, sentía revolo­tearle en el interior el pensamiento, como ave asustadiza que, caída por una ventana dentro de la iglesia, se azota contra las bóvedas, buscando torpemente la salida.

Los primeros días, cuando lo dejaron olvidado sobre algún mueble, aquel niño de cabellera rubia y tez brillante, iguales a las del gran rorro que en la tienda había, y el cual llamaba «papá» y «mamá», si le oprimían un botoncito oculto bajo las ropas, abri­gaba la esperanza de que iba a descansar, de que se le sosegaría la cabeza y podría dormir, dormir con su pesado sueño de plomo.

Pero no, alguien pasaba pisando fuerte, por cerca de él, y se estremecía el mueble, y nuevamente empezaba a temblarle la cabeza, a vibrarle el cerebro.

Otras veces, en medio del silencio de la noche, un carruaje pasaba a toda prisa, y la casa se estremecía, y la cabeza coro­nada con pesadísimo sombrero de través empezaba a colum­piársele de atrás a adelante.

Algunas veces no se explicaba la causa de sus estremeci­mientos; ¿sería que hasta el movimiento de la tierra le hacía daño?, porque él había oído decir un día que la Tierra giraba.

El rorro que en la juguetería había sido su compañero de escaparate, hablaba cuando le introducían aire pero no pen­saba; al igual que el caballo de madera, y el clown de porce­lana, tenía siempre quieta la cabeza.

¡Pero él! ¡Qué injusto había sido su creador! ¿Por qué le ha­bía hecho un cuerpo de muñeco y le había puesto cabeza de hombre, cabeza que pensaba?

Si al menos le hubiese sido dado hablar, habría pedido que se la arrancasen.

El niño de cabellera teñida por el sol y tez brillante como la de porcelana del rorro de la tienda, había roto en su pre­sencia muchos muñecos caros; al llevárselos el papá le había recomendado que los cuidase.

Él había acariciado la esperanza de que también le arrancara al­gún día la cabeza temblorosa, se la separase de aquella varilla del­gada y larga que, como espina, tenía clavada en mitad del cráneo.

Y no; era su favorito, era su juguete querido, el único que con su presencia le estancaba el llanto, en los ojos brillantes y azules, como lagos que retratan el cielo.

Tras las noches sin sueño, largas noches pasadas sintiendo el frío de la soledad, venía el niño inconscientemente cruel, ino­cente de las torturas que con sus manecitas hoyueladas y blan­cas provocaba, y reía, reía hasta enrojecer y fatigarse, ante aquel temblor de la cabeza, esclava de todos y nunca de su dueño.

La tarde en que se vio parado en el barandal del balcón, cuánto deseó que lo dejaran caer; un paso, un paso solamen­te y se habría estrellado contra las losas de la acera, pero i no podía mover los pies!

Por aquel cariño dañoso del chicuelo, rara vez cumplía con sus deberes de pisapapel. Rodaba por todos los muebles de la casa; unas veces en la sala de espera; allí una niña que tenía quince años y los ojos muy negros, lo tomó entre las manos; y repetidas veces, sonriente, le sacudió con fuerza; no supo que grande era el mal que causaba.

Muchas horas había pensado él en aquella niña, y había sentido no verla cerca, no estar sufriendo entre sus manos.

¿Por qué no habría vuelto? Ya que él no podía ir en su bus­ca, ¡si casualmente se le hubiera prendido a los encajes de su vestido y se lo hubiera llevado!

Un día lo habían dejado sobre el piano; cuando el temblor de su pobre cabeza empezó a hacerle pensar, vio en derredor mucha gente; miró muchos ojos hermosos, sintió perfume de mujer, los dedos de la joven sentada ante el mueble, travesea­ba sobre las teclas, y un hombre apoyado en la cubierta, allí en donde «él» estaba de pie, decía acompasadamente frases amorosas y deceptivas.

Cómo gozó y sufrió con las notas que saltaban por debajo de él.

Sintió deseos, unos deseos inmensos de llorar, y las lágri­mas agolpadas ante sus ojos cerrados para el exterior, le roda­ron sólidas y pesadas por dentro de la cabeza y al rebotarle le hicieron aún más daño, le provocaron dolores más grandes. Alguien lo tomó y al volver a colocarlo sobre el mueble, lo volvió de espaldas hacia la ejecutante.

Entonces pudo verse en el espejo. Hasta entonces se cono­ció; con la mirada siempre hacia el frente, no sabía qué cuer­po le sostenía la cabeza, qué cuerpo le sostenía a «él», porque, ¿él no era su cabeza?

Y él mismo, agitando la cabeza se contestaba materialmen­te y con acción sentenciosa que sí, que sí...

Se entristeció, pues, ¿no tenía aspecto estúpido?

El traje multicoloro, de pésimo gusto, con las manos —aparentaba tener manos— «perdidas» en los bolsillos del pantalón, replegaba hacia atrás el largo abrigo que le cubría. Y tenía abdomen redondo y abultado como de hombre satis­fecho, como de burgués rechoncho; él que, si alguna ventaja tenía, era la de no comer, porque no lo necesitaba.

¿Su cara?, una cara amplia y carnosa, cara de hércules can­dido, bueno, bonachón, tonto.

Si hubiera podido hablar, y hubiese dicho qué pensaba, nadie le hubiera creído, sólo por el aspecto de idiota que tenía. Sin embargo, pensaba, y pensaba como hombre bar­budo —aunque ridiculamente barbado—. Además, el sufri­miento le había despertado extraordinariamente la inteli­gencia.

Mucho tiempo estuvo contemplándose en el espejo hasta que, agobiado, desvanecido, triste, se le detuvo el pensamien­to, entró en reposo absoluto su cerebro, con la cesación del movimiento de la cabeza que tanto odiaba; se odiaba a sí mis­mo, con odio destructor, odio mortal.

Sólo unos cuantos días, muy pocos, tres, había sido feliz; no había pensando.

Por la noche, el niño rubio lo dejó acostado en un librero y cuando él mismo fue a sacarlo de allí, llevaba el rostro muy pá­lido, como si lo hubiesen bañado con cera, y los ojos muy hun­didos, como si hubiesen estado a punto de sepultarse en sus propias órbitas.

¡Pobre niño!; él le amaba, a pesar de todo.

¡Ah!, él había sufrido no sólo con sus dolores; estaba sen­tenciado a ser testigo mudo del drama que se desarrollaba, como entre bastidores, en aquella casa. Él había asistido a las aterradoras desesperaciones de aquel hombre, dueño suyo, que, creyéndose solo se mesaba los cabellos y rugía por sollo­zar. Alguna vez ese hombre clavó sus ojos que destilaban lá­grimas en el muñeco de cabeza fuertemente estremecida y quedó pensativo; tal vez sospechó por un momento el supli­cio de aquella cabeza.

Otra vez fue despertado bruscamente; la dueña de la casa tomó entre sus manos un papel que él pisaba y la vio caer sin sentido sobre la alfombra, y contra la mesa hacerse sangre y ¡no pudo auxiliarla!

La cabeza le temblaba inusitadamente; pensaba, pensaba mucho, recorría su pasado y miraba hacia el horizonte de lo porvenir y se miraba desesperante, desgraciado, extraordina­riamente infeliz.

Aquellos hombres se habían estado allí toda la tarde, iban a descansar, iban a ver a sus mujeres, iban a gozar, a vivir, i ¡a dormir!!

Y él no, él no tenía afectos, no tenía comodidades, él ni si­quiera podía hablarles gritando: «Yo también pienso, también siento, yo también amo y odio, también vivo, pero con una vida de muñeco que tiene cabeza de hombre, con una vida sin igual, con la vida de una cabeza que separada de su tron­co, siguiera viviendo muchos días.»

Y la cabeza seguía balanceándose sobre la varilla elástica.

Le dolía por todos lados; parecíale que le enterraban en muchas partes gruesos clavos, y sentía la vibración continuada como debe sentir el estremecimiento el alambre telegráfi­co cuando le pasa la corriente.

El trozo de plomo desprendido de la bóveda craneana le rebotaba dentro de la cabeza; y a veces se le quedaba quieto en alguna sinuosidad como doloroso tumor.

Ese trozo de la misma sustancia que estaba hecha su cabe­za, ¿no sería su pensamiento?

Por la calle pasó despacio un carro cargado con rieles, le­vantando mucho ruido, y haciendo temblar el piso.

El estremecimiento se le acentuó, se hizo más fuerte y con­tinuado el temblequeo, y nuevamente se desesperó.

Sus dolores aumentaron; sintió como si se le derritiera por el interior la cabeza; igual sensación habría experimentado, cuando lo rundieron en el molde, si ya entonces hubiera tenido vida, si hubiera entonces podido sentir ya; pero no; la vida se la había dado fatalmente aquel bamboleo.

Al menos los hombres cuando odian la vida, pueden de­jarla a un lado.

Y bien, ¿no dicen que la cabeza manda y gobierna al cuerpo?

¿Por qué él no podía ni levantar una mano?

Y el esfuerzo del muñeco fue terrible...

En la mañana encontraron la cabeza caída a los pies del muñeco, y las manos, ¡las manos que había sacado de los bolsillos del pantalón!, crispadas y en alto, cerca de la varilla elástica, ya quieta, rígida, y en la cual antes se balanceaba la desgracia del pisapapel.

Dagón - H. P. Lovecraft


Escribo esto bajo una fuerte tensión mental, ya que cuando llegue la noche habré dejado de existir. Sin dinero, y agotada mi provisión de droga —que es lo único que me hace tolerable la vida—, no puedo seguir soportando más esta tortura; me arrojaré desde esta ventana de la buhardilla a la sórdida calle de abajo. Pese a mi esclavitud a la morfina, no me considero un débil ni un degenerado. Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan una idea —aunque no del todo— de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.
Fue en una de las zonas más abiertas y menos frecuentadas del anchuroso Pacífico donde el paquebote en el que iba yo de sobrecargo cayó apresado por un corsario alemán. La Gran Guerra estaba entonces en sus comienzos, y las fuerzas oceánicas de los hunos aún no se habían hundido en su degradación posterior; así que nuestro buque fue capturado legalmente, y nuestra tripulación tratada con toda la deferencia y consideración debidas a unos prisioneros navales. En efecto, tan liberal era la disciplina de nuestros opresores que, cinco días más tarde, conseguí escaparme en un pequeño bote con agua y provisiones para bastante tiempo.
Cuando al fin me encontré libre y a la deriva, tenía muy poca idea de cuál era mi situación. Navegante poco experto, solo sabía calcular de manera muy vaga, por el sol y las estrellas, que estaba algo al sur del ecuador. No sabía en absoluto en qué longitud, y no se divisaba isla ni costa alguna. El tiempo se mantenía bueno y, durante incontables días, navegué sin rumbo bajo un sol abrasador, con la esperanza de que pasara algún barco o de que me arrojaran las olas a alguna región habitable. Pero no aparecían ni barcos ni tierra, y empecé a desesperar en mi soledad, en medio de aquella ondulante e ininterrumpida inmensidad azul.
El cambio ocurrió mientras dormía. Nunca llegaré a conocer los pormenores, porque mi sueño, aunque poblado de pesadillas, fue ininterrumpido. Cuando desperté finalmente, descubrí que me encontraba medio succionado en una especie de lodazal viscoso y negruzco que se extendía a mi alrededor con monótonas ondulaciones hasta donde alcanzaba la vista, en el cual se había adentrado mi bote cierto trecho.
Aunque cabe suponer que mi primera reacción fuera de perplejidad ante una transformación del paisaje tan prodigiosa e inesperada, en realidad sentí más horror que asombro; pues había en la atmósfera y en la superficie putrefacta una calidad siniestra que me heló el corazón. La zona estaba corrompida de peces descompuestos y otros animales menos identificables que se veían emerger en el cieno de la interminable llanura. Quizá no deba esperar transmitir con meras palabras la indecible repugnancia que puede reinar en el absoluto silencio y la estéril inmensidad. Nada alcanzaba a oírse; nada había a la vista, salvo una vasta extensión de légamo negruzco; si bien la absoluta quietud y la uniformidad del paisaje me producían un terror nauseabundo.
El sol ardía en un cielo que me parecía casi negro por la cruel ausencia de nubes; era como si reflejase la ciénaga tenebrosa que tenía bajo mis pies. Al meterme en el bote encallado, me di cuenta de que solo una posibilidad podía explicar mi situación. Merced a una conmoción volcánica, el fondo oceánico había emergido a la superficie, sacando a la luz regiones que durante millones de años habían estado ocultas bajo insondables profundidades de agua. Tan grande era la extensión de esta nueva tierra emergida debajo de mí que no lograba percibir el más leve rumor de oleaje, por mucho que aguzaba el oído. Tampoco había aves marinas que se alimentaran de aquellos peces muertos.
Durante varias horas estuve pensando y meditando sentado en el bote, que se apoyaba sobre un costado y proporcionaba un poco de sombra al desplazarse el sol en el cielo. A medida que el día avanzaba, el suelo iba perdiendo pegajosidad, por lo que en poco tiempo estaría bastante seco para poderlo recorrer fácilmente. Dormí poco esa noche y, al día siguiente, me preparé una provisión de agua y comida a fin de emprender la marcha en busca del desaparecido mar y de un posible rescate.
A la mañana del tercer día comprobé que el suelo estaba bastante seco para andar por él con comodidad. El hedor a pescado era insoportable, pero me tenían preocupado cosas más graves para que me molestase este desagradable inconveniente, y me puse en marcha hacia una meta desconocida. Durante todo el día caminé constantemente en dirección oeste, guiado por una lejana colina que descollaba por encima de las demás elevaciones del ondulado desierto. Acampé esa noche y, al día siguiente, proseguí la marcha hacia la colina, aunque parecía escasamente más cerca que la primera vez que la descubrí. Al atardecer del cuarto día llegué al pie de dicha elevación, que resultó ser mucho más alta de lo que me había parecido de lejos; tenía un valle delante que hacía más pronunciado el relieve respecto del resto de la superficie. Demasiado cansado para emprender el ascenso, dormí a la sombra de la colina.
No sé por qué, mis sueños fueron extravagantes esa noche; pero antes de que la luna menguante, fantásticamente gibosa, hubiese subido muy alto por el este de la llanura, me desperté cubierto de un sudor frío, decidido a no dormir más. Las visiones que había tenido eran excesivas para soportarlas otra vez. A la luz de la luna comprendí lo imprudente que había sido al viajar de día. Sin el sol abrasador, la marcha me habría resultado menos fatigosa; de hecho, me sentí de nuevo lo bastante fuerte como para acometer el ascenso que por la tarde no había sido capaz de emprender. Recogí mis cosas e inicié la subida a la cresta de la elevación.
Ya he dicho que la ininterrumpida monotonía de la ondulada llanura era fuente de un vago horror para mí; pero creo que mi horror aumentó cuando llegué a lo alto del monte y vi, al otro lado, una inmensa sima o cañón cuya oscura concavidad aún no iluminaba la luna. Me pareció que me encontraba en el borde del mundo, escrutando desde el mismo canto hacia un caos insondable de noche eterna. En mi terror se mezclaban extraños recuerdos del *Paraíso perdido* y la espantosa ascensión de Satanás a través de remotas regiones de tinieblas.
Al elevarse más la luna en el cielo, empecé a observar que las laderas del valle no eran tan completamente perpendiculares como había imaginado. La roca formaba cornisas y salientes que proporcionaban apoyos relativamente cómodos para el descenso; y a partir de unos centenares de pies, el declive se hacía más gradual. Movido por un impulso que no me es posible analizar con precisión, bajé trabajosamente por las rocas hasta el declive más suave, sin dejar de mirar hacia las profundidades estigias donde aún no había penetrado la luz.
De repente, me llamó la atención un objeto singular que había en la ladera opuesta, el cual se erguía enhiesto a un centenar de yardas de donde estaba yo; objeto que brilló con un resplandor blanquecino al recibir de pronto los primeros rayos de la luna ascendente. No tardé en comprobar que era tan solo una piedra gigantesca; pero tuve la clara impresión de que su posición y su contorno no eran enteramente obra de la naturaleza. Un examen más detenido me llenó de sensaciones imposibles de expresar; pues pese a su enorme magnitud y su situación en un abismo abierto en el fondo del mar cuando el mundo era joven, me di cuenta, sin posibilidad de duda, de que el extraño objeto era un monolito perfectamente tallado, cuya imponente masa había conocido el arte y quizá el culto de criaturas vivas y pensantes.
Confuso y asustado, aunque no sin cierta emoción de científico o de arqueólogo, examiné mis alrededores con atención. La luna, ahora casi en su cenit, asomaba espectral y vívida por encima de los gigantescos peldaños que rodeaban el abismo, y reveló un ancho curso de agua que discurría por el fondo formando meandros, perdiéndose en ambas direcciones y casi lamiéndome los pies donde me había detenido. Al otro lado del abismo, las pequeñas olas bañaban la base del ciclópeo monolito, en cuya superficie podía distinguir ahora inscripciones y toscos relieves. La escritura pertenecía a un sistema de jeroglíficos desconocido para mí, distinto de cuantos yo había visto en los libros, y consistente en su mayor parte en símbolos acuáticos esquematizados tales como peces, anguilas, pulpos, crustáceos, moluscos, ballenas y demás. Algunos de los caracteres representaban evidentemente seres marinos desconocidos para el mundo moderno, pero cuyos cuerpos en descomposición había visto yo en la llanura surgida del océano.
Sin embargo, fueron los relieves los que más me fascinaron. Claramente visibles al otro lado del curso de agua, a causa de sus enormes proporciones, había una serie de bajorrelieves cuyos temas habrían despertado la envidia de un Doré. Creo que estos seres pretendían representar hombres... al menos, cierta clase de hombres; aunque aparecían retozando como peces en las aguas de alguna gruta marina, o rindiendo homenaje a algún monumento monolítico, bajo el agua también. No me atrevo a describir con detalle sus rostros y sus cuerpos, ya que el mero recuerdo me produce vahídos. Más grotescos de lo que podría concebir la imaginación de un Poe o de un Bulwer, eran detestablemente humanos en general, a pesar de sus manos y pies palmeados, sus labios espantosamente anchos y flácidos, sus ojos abultados y vidriosos, y demás rasgos de recuerdo menos agradable. Curiosamente, parecían cincelados sin la debida proporción con los escenarios que servían de fondo, ya que uno de los seres estaba en actitud de matar una ballena de tamaño ligeramente mayor que él. Observé, como digo, sus formas grotescas y sus extrañas dimensiones; pero un momento después decidí que se trataba de dioses imaginarios de alguna tribu pescadora o marinera; de una tribu cuyos últimos descendientes debieron de perecer antes de que naciera el primer antepasado del hombre de Piltdown o de Neandertal. Aterrado ante esta visión inesperada y fugaz de un pasado que rebasaba la concepción del más atrevido antropólogo, me quedé pensativo mientras la luna bañaba con misterioso resplandor el silencioso canal que tenía ante mí.
Entonces, de repente, lo vi. Tras una leve agitación que delataba su ascensión a la superficie, la entidad surgió a la vista sobre las aguas oscuras. Inmenso, repugnante, aquella especie de Polifemo saltó hacia el monolito como un monstruo formidable y pesadillesco, y lo rodeó con sus brazos enormes y escamosos, al tiempo que inclinaba la cabeza y profería ciertos gritos acompasados. Creo que enloquecí entonces.
No recuerdo muy bien los detalles de mi frenética subida por la ladera y el acantilado, ni de mi delirante regreso al bote varado... Creo que canté mucho y que reí insensatamente cuando no podía cantar. Tengo el vago recuerdo de una tormenta, poco después de llegar al bote; en todo caso, sé que oí el estampido de los truenos y demás ruidos que la naturaleza profiere en sus momentos de mayor irritación.
Cuando salí de las sombras, estaba en un hospital de San Francisco; me había llevado allí el capitán del barco norteamericano que había recogido mi bote en medio del océano. Hablé de muchas cosas en mis delirios, pero averigüé que nadie había hecho caso de mis palabras. Los que me habían rescatado no sabían nada sobre la aparición de una zona de fondo oceánico en medio del Pacífico, y no juzgué necesario insistir en algo que sabía que no iban a creer. Un día fui a ver a un famoso etnólogo y lo divertí haciéndole extrañas preguntas sobre la antigua leyenda filistea en torno a Dagón, el dios pez; pero enseguida me di cuenta de que era un hombre irremediablemente convencional y dejé de preguntar.
Es de noche —especialmente cuando la luna se vuelve gibosa y menguante— cuando veo a ese ser. He intentado olvidarlo con la morfina, pero la droga solo me proporciona una cesación transitoria y me ha atrapado en sus garras, convirtiéndome irremisiblemente en su esclavo. Así que voy a poner fin a todo esto, ahora que he contado lo ocurrido para información o diversión desdeñosa de mis semejantes. Muchas veces me pregunto si no será una fantasmagoría, un producto de la fiebre que sufrí en el bote a causa de la insolación cuando escapé del barco de guerra alemán. Me lo pregunto muchas veces; pero siempre se me aparece, en respuesta, una visión monstruosamente vívida. No puedo pensar en las profundidades del mar sin estremecerme ante las espantosas entidades que quizá en este instante se arrastran y se agitan en su lecho fangoso, adorando a sus antiguos ídolos de piedra y esculpiendo sus propias imágenes detestables en obeliscos submarinos de mojado granito. Pienso en el día en que emerjan de las olas y se lleven entre sus garras de vapor humeantes a los endebles restos de una humanidad exhausta por la guerra... en el día en que se hunda la tierra y emerja el fondo del océano en medio del universal pandemónium.
Se acerca el fin. Oigo ruido en la puerta, como si forcejeara en ella un cuerpo inmenso y resbaladizo. No me encontrará. ¡Dios mío, esa mano! ¡La ventana! ¡La ventana!

La coronación del señor Thomas Shap - Lord Dunsany

La ocupación del señor Thomas Shap consistía en persuadir a los clientes de que la mercancía era genuina y de excelente calidad, y que en cuanto al precio su voluntad tácita sería consultada. Para llevar a cabo esta ocupación todas las mañanas iba muy temprano en tren a unas pocas millas de la City desde el suburbio en donde pasaba la noche. Así era como empleaba su vida.

Desde el momento en que por vez primera se dio cuenta (no como se lee un libro, sino como las verdades son reveladas al instinto) de la bestialidad propia de su ocupación, y de la casa en la que pasaba la noche -su aspecto, forma y pretensiones-, e incluso de la ropa que llevaba puesta, desde aquel mismo momento dejó de cifrar en ellos sus sueños, sus ilusiones, sus ambiciones; se olvidó de todo excepto de aquel laborioso señor Shap vestido con levita que adquiría billetes de tren, manejaba dinero y a su vez podía ser manejado por las estadísticas. Ni el sacerdote que había en el señor Shap, ni el poeta, tomaron jamás el primer tren para la City.

Al principio solía hacer pequeños recorridos en su imaginación, fijándose en su ensueño en los campos y ríos tendidos al sol, en los que éste sorprendía al mundo con mayor brillantez cuanto más hacia el sur. Luego empezó a imaginar mariposas; después de eso, gente vestida de seda y templos que construían a sus dioses.

Se advertía que el señor Shap era más bien callado, e incluso a veces distraído; mas no se criticaba su comportamiento con los clientes, para los cuales seguía siendo tan convincente como antaño. Por tanto, soñó durante un año más y, según soñaba, su fantasía se reforzaba. Leía todavía en el tren publicaciones baratas, seguía discutiendo los efímeros tópicos de la vida cotidiana y todavía votaba en las elecciones, aunque ya no lo hacía con todo su ser: su alma ya no intervenía.

Había tenido un año agradable, aunque su imaginación era completamente nueva para él, y a menudo le había descubierto cosas hermosas lejos de donde estaban disponibles, al sudeste del limbo crepuscular. Como tenía una mente lógica y prosaica, a veces decía: "¿Por qué he de pagar dos peniques en el teatro eléctrico cuando bastante fácilmente puedo ver gratis todo tipo de cosas?" Cualquier cosa que hiciera era ante todo lógica, y los que le conocían hablaban siempre de Shap como de "un hombre bueno, sensato y juicioso".

El día más importante de su vida, con mucho, fue a la ciudad como de costumbre en el primer tren a vender artículos plausibles a sus clientes, mientras su parte espiritual vagaba por tierras imaginarias. Según venía de la estación, lleno de sueños pero completamente despierto, descubrió repentinamente que el verdadero Shap no era el que iba al Comercio con fea ropa negra, sino el que vagaba a lo largo del borde de la jungla cerca de las murallas de una antigua ciudad oriental que surgía de la arena y que el desierto lamía con su eterna ondulación. Solía imaginar que el nombre de esa ciudad era Larkar. "Después de todo, la ilusión es tan real como el mismo cuerpo", decía con perfecta lógica. Era una teoría peligrosa.

Al igual que en el Comercio, se daba perfecta cuenta de la importancia y el valor del método para aquella otra vida que llevaba. No dejaba que su fantasía vagara demasiado lejos hasta conocer perfectamente sus principales aledaños. En particular evitaba la jungla: no es que temiera encontrar allí un tigre (después de todo, no era real), mas sí que pudieran agazaparse extrañas criaturas. 

Creó Larkar lentamente: muralla a muralla, torres para los arqueros, puerta de latón, y todo lo demás. Y entonces, un día se persuadió, y con toda razón, de que toda aquella gente vestida de seda que recorría sus calles, sus camellos, sus mercancías procedentes de Inkustahn, la misma ciudad, eran producto de su voluntad, por lo que él mismo se hizo Rey. 

Después sonreía cuando la gente no se quitaba el sombrero a su paso por las calles, mientras caminaba de la estación al Comercio; mas era lo suficientemente práctico como para reconocer que era preferible no comentar esas cosas con los que únicamente le conocían como señor Shap.

Ahora que era Rey de la ciudad de Larkar y de todo el desierto que se extiende hacia el este y el norte, dejó vagar más lejos su fantasía. Se llevó los regimientos de camelleros y abandonó Larkar entre tintineos producidos por las campanillas de plata que llevaban los camellos debajo de la barbilla, y llegó a otras remotas ciudades del desierto que se alzaban al sol con sus blancas murallas y torres. Atravesó las puertas de estas ciudades con sus tres regimientos vestidos de seda: el regimiento azul pálido estaba a su derecha, el regimiento verde cabalgaba a su izquierda y el regimiento lila iba delante. 

Cuando hubo atravesado las calles de cada una de las ciudades, y observado los modales de sus gentes, y contemplado la forma en que el sol daba en sus torres, se proclamó Rey allí mismo y a continuación siguió adelante con su fantasía. De esa manera pasó de ciudad en ciudad y de país en país. Aunque el señor Shap era perspicaz, creo que pasó por alto el ansia de engrandecimiento del que tan a menudo son víctimas los reyes. 

De manera que, cuando las primeras ciudades abrieron sus relucientes puertas y vio que la gente se postraba ante su camello, y que los lanceros le aclamaban a lo largo de innumerables balcones, y que los sacerdotes salían a hacerle reverencias, él, que nunca había tenido siquiera la más modesta autoridad en su mundo familiar, se volvió insensatamente insaciable. 

Apenas fue Rey dejó que su fantasía vagase a velocidades desmesuradas, renunció al método, y ansió ampliar sus fronteras; de manera que se internó cada vez más en terrenos completamente desconocidos para él. 

La concentración que mostró en sus desmesurados avances a través de países que la historia desconoce y de ciudades de tan fantásticos baluartes que, aunque sus habitantes eran humanos, sin embargo el enemigo al que temían no lo parecía tanto; el asombro con que percibió puertas y torres desconocidas incluso para el arte, y gente furtiva afluyendo por intrincados caminos para aclamarle como su soberano; todas esas cosas comenzaron a afectar su capacidad para el Comercio. Sabía como cualquiera que su imaginación no podía gobernar aquellas hermosas tierras a menos que el otro Shap, por insignificante que fuera, estuviera bien amparado y alimentado: y el amparo y el alimento significan dinero, y el dinero Comercio. 

Su error se parecía más al de un jugador astuto que ignorara la codicia humana. Un día su imaginación, vagando de buena mañana, llegó a una ciudad espléndida como el alba, en cuyas opalescentes murallas había puertas de oro, tan enormes que entre sus barrotes fluía un río en el que, cuando aquéllas se abrían, flotaban grandes galeones con las velas alzadas. De ellas salió danzando un grupo instrumental que ejecutó una melodía alrededor de la muralla. Aquella mañana el señor Shap, el Shap corporal de Londres, se olvidó del tren que le conducía a la ciudad.

Hasta hacía un año nunca había imaginado nada; no hay por qué extrañarse de que todas aquellas cosas recientemente imaginadas por su fantasía le jugaran al principio una mala pasada a la memoria de un hombre tan cuerdo.

Dejó por completo de leer los periódicos, perdió todo su interés por la política, y cada vez le importaban menos las cosas que pasaban a su alrededor. Incluso volvió a ocurrirle aquella desgraciada pérdida del tren de la mañana y la empresa le reprendió severamente por ello. Mas él se consoló. ¿Acaso no le pertenecían Aráthrion y Argun Zeerith y todo el litoral de Oora? 

E incluso cuando la empresa le criticó, contempló en su imaginación a los yaks en viajes agotadores, lentas partículas sobre los campos nevados, portando sus ofrendas; y vio los ojos verdes de los montañeses que le habían mirado de una manera extraña en la ciudad de Nith cuando entró por la puerta del desierto. 

No obstante, su lógica no le abandonó del todo; sabía que sus extraños súbditos no existían, y estaba más orgulloso de haberlos creado en su mente que de poder gobernarlos únicamente. Así que, en su orgullo, se consideraba más importante que un Rey, sin atreverse a pensar exactamente qué. Entró en el templo de la ciudad de Zorra y permaneció allí algún tiempo solo: todos los sacerdotes se arrodillaron ante él cuando salió.

Cada vez le importaban menos las cosas que a nosotros nos preocupan, los asuntos propios de Shap, el comerciante de Londres. Comenzó a despreciarle con soberano desdén.

Un día, hallándose en Sowla, la ciudad de los thuls, sentado en el trono de amatista, decidió, y al momento fue proclamado con trompetas de plata por todo el país, que sería coronado Rey de todo el País de las Maravillas.

Delante de aquel viejo templo donde año tras año, durante más de mil, fueron venerados los thuls, instalaron pabellones al aire libre. Los árboles que allí florecían despedían radiantes fragancias, desconocidas en todos los países incluidos en los mapas; las estrellas brillaban intensamente por aquel excelente motivo. 

Una fuente lanzaba incesantemente hacia arriba con gran estrépito brazada tras brazada de diamantes; un profundo silencio aguardaba a las trompetas doradas: se acercaba la noche de la coronación. En lo alto de aquellos viejos y gastados escalones, que bajaban no se sabe adónde, se encontraba el Rey con su manto de color esmeralda y amatista, la antigua vestidura de los thuls; a su lado estaba la Esfinge que en las pasadas semanas le había aconsejado en sus asuntos.

Lentamente, subieron hacia él, de no se sabe dónde, ciento veinte arzobispos, veinte ángeles y dos arcángeles, llevando la fabulosa corona, la diadema de los thuls. Mientras ascendían hasta él, sabían que a todos ellos les esperaba un ascenso por su labor aquella noche. Silencioso, majestuoso, el Rey les aguardaba.

Los doctores de abajo fueron sentándose a cenar, los vigilantes pasaron lentamente de una habitación a otra, y cuando, en aquel confortable dormitorio de Hanwell, vieron al Rey todavía erguido y regio, resuelto, subieron hasta él y le dijeron: "Váyase a la cama... a la linda cama". Así es que se acostó y pronto se quedó dormido: el gran día había terminado.