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Cuento del Sepulturero - Lastenia Larriva de Llona

 — ¿La muerte es un bien?

— ¿La muerte es un mal?

— La muerte es el peor de los males.

— ¿Para quién? ¿Para el que muere? ¿Para los que sobreviven?

— Para el que deja por siempre esta vida, que por mucho que en contra de ella se diga es siempre amable.

— Para los que aquí se quedan, si el que ha muerto era muy amado de ellos.

— De la muerte del ser más querido se consuelan todos, más pronto o más tarde.

— Es sabia ley de la naturaleza.

— Sin embargo, se dan casos…

— Cuando existe o sobreviene un desequilibrio mental, las personas de cerebro bien organizado se consuelan siempre.

— ¿Es eso un elogio o un reproche?

— Ni una ni otra cosa. Es simplemente hacer constar un hecho.

— ¿No cree usted que hay muchas personas que desearían ardientemente que resucitaran sus deudos, a ser esto posible?

— No, no lo creo.

— ¡Escéptico!

— ¡Este hombre es terrible!

— Desengáñense ustedes: bien están los muertos en sus tumbas.

— ¿Se ha muerto usted alguna vez?

— Todavía no, pero para cuando llegue el caso no quiero resucitar. Afortunadamente, no anda ya Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un nuevo Lázaro.

— Sin embargo, lo que por lo general se observa es que se elogia a todos los muertos hasta la exageración.

— Signo de cobardía social; de la debilidad humana, en general. Además, por malos que hayan sido con nosotros los que ya no existen, puesto que la muerte nos vengó de ellos, ya
nada nos cuesta el elogiarlos. ¡Si a tan poca costa nos hubiéramos de librar de todos nuestros enemigos, no se cansaría nuestra lengua de cantar sus alabanzas en hiperbólicas necrologías!
Y, a propósito, sé un cuentecillo.

— ¡Pues a contarlo, a contarlo!

— Escuchadme.

Todos los que de sobremesa sostenían esta conversación filosófico-psicológica y que habían escuchado con creciente interés a aquel de ellos que con sus apreciaciones daba muestra de mayor pesimismo, le miraron con curiosidad, y se le aproximaron, dispuestos a no perder una sílaba del relato que ya parecía palpitar en sus labios. 

Él, sin disimular esa satisfacción que produce siempre en el ánimo del que habla tener atento auditorio, comenzó así:

— El sepulturero de mi pueblo era un ser original. Ejercía su lúgubre oficio desde antes de que yo naciera y, a pesar de dicho oficio y de las rarezas de su carácter, que eran inofensivas, todos le querían en el lugar. Era yo, de chiquillo, uno de sus predilectos amigos, tal vez porque me hallaba siempre dispuesto a escuchar sus extrañas historias, que a menudo tenían origen en las alucinaciones que padecía.

Era un hombre que, en medio de sus extravagancias, no carecía de cierta cultura y, por lo tanto, no pude explicarme nunca, ni me explico hoy mismo, el porqué había elegido, o
aceptado el poco envidiable empleo que desempeñaba. Indudablemente era esta una prueba de que su cerebro no era normal.

Ya he dicho que sus cuentos me divertían, y, después de mis largos paseos, solía entrar a hacerle compañía por un buen rato en esa silenciosa ciudad de que era guardián.

En una hermosa tarde —era ya yo un adolescente—, sentados ambos sobre una tumba, a la sombra de los cipreses y de cara al sol poniente, cuyos rayos ya casi horizontales doraban
las enhiestas cimas de esos árboles amigos y compañeros de los muertos, me contó la macabra escena que había presenciado la noche anterior, y, aunque comprendí yo que era solo producto de su imaginación enfermiza, me causó su relato tan honda impresión que jamás se ha borrado de mi memoria.

Debo advertiros, antes de dejarle a él la palabra, que Lorenzo —este era su nombre— estaba tan familiarizado con sus muertos, que solía dormir entre ellos, ya junto a una sepultura, ya junto a otra, en cualquiera de las fúnebres avenidas en que le tomaba la hora del descanso.

Y ahora, oíd su historia que, como os he dicho ya, tengo tan presente, que creo podré repetírosla sin quitar ni añadir palabra.

— ¡Día muy agitado fue el de ayer, como que estuvimos a dos de noviembre. La noche, sobre todo la noche, ha sido terrible para mí.

Así comenzó él. Yo le invité a que siguiera y no volví a interrumpirle hasta que concluyó.

— Las visitas que habían recibido mis huéspedes —prosiguió, refiriéndose a los muertos— los tenían inquietos y malhumorados. Su reposo había sido turbado y no podían recuperarlo.
Las protestas de cariño eterno que a través de la losa sepulcral habían escuchado de parientes y amigos, [así como] las lágrimas que se habían filtrado por los intersticios de las lápidas, habían hecho renacer en ellos el deseo de la vida y de aquí que prorrumpieran en clamorosos ayes y que los más ardientes ruegos al Todopoderoso turbaran el acostumbrado silencio de estos lugares.

Al principio hablaban y se quejaban cada uno aisladamente dentro de su tumba, después comenzaron a comunicar sus impresiones.

Primero fueron monólogos, en seguida diálogos.

— ¡Mis pobres hijos! ¡Cuánto han llorado hoy! ¡Y que no me sea permitido ir a enjugar su llanto!

— ¡Mi mujer! ¡Mi inconsolable esposa! ¡Si el Señor me concediera la gracia de que fuera a hacerle una visita!

— Yo no tenía más que a mi hija —gritaba una voz femenina—. Solas, desamparadas, trabajábamos juntas para vivir. ¿Qué será de ella desde que le falto? ¡Señor, Señor, muy cruel ha sido tu decreto! ¡Haz que vuelva a la vida, para el consuelo de la hija de mis entrañas!

— Vosotros todos habéis cumplido vuestra misión en la tierra —sollozaba otra voz de mujer—, pero yo, ¡yo que he muerto a los dieciocho años!... ¡Yo que he dejado a mi novio en la más horrible desesperación!... ¡Yo soy la que tengo el derecho de reclamar unos años más de existencia!

— Todos queremos volver a la vida.

— Todos.

— Todos —gritaron muchas voces a la vez.

El Ángel de la Muerte, ese bello Ángel de la Muerte que se yergue sobre su hermoso pedestal en medio de la gran avenida, se volvió lentamente hacia los sepulcros de donde salían las quejas. Separó de sus labios el dedo que sobre ellos tiene la actitud de imponer silencio, y se oyeron estas frases solemnes, que resonaron con eco pavoroso en medio de la noche, en la fúnebre mansión:

— El Dios de la Eternidad, el Dios uno y trino, permite volver a tomar la forma humana a todos los que así lo deseen, pero a condición de que solo permanecerán bajo ella los que sean
bien recibidos por sus deudos. Los demás volverán aquí, para caer de nuevo en sus sepulcros.
La prueba ha de hacerse esta misma noche. Levantaos y andad.

Se hizo otra vez el silencio y recobró el Ángel de piedra su inmovilidad acostumbrada.

Comenzaron a abrirse los sepulcros.

En sus bocas tenebrosas fueron apareciendo sus habitantes. Despojándose rápidamente del sudario, los esqueletos tomaban sus antiguas formas.

En este momento asomó la luna su faz plateada por entre los altos cipreses. Su luz pálida y misteriosa fue a reflejarse sobre el mármol de las tumbas, dándoles un aspecto fantástico.
De esta salía un viejo de figura venerable; de la de más allá, un hombre en la fuerza de la edad, gallardo y simpático. Ya aparecía una anciana caduca; ya una bellísima adolescente. Y
también figuras repelentes, hombres y mujeres marcados con el sello de los vicios y de las pasiones más repugnantes. Vi a uno, sobre todo, un mocetón, hasta de unos veinticinco años,
con la fisonomía más repulsiva que darse pueda. Tenía una expresión bestial, si expresión puede llamarse a la revelación, por medio de innobles gestos, de los más perversos instintos
de que es capaz el alma humana. Había sido un beodo consuetudinario, un ebrio impulsivo que maltrataba a diario a su propia madre y que, tal vez en castigo de su infame conducta, fue asesinado una noche en una orgía.

Todos en larga hilera, en no interrumpida procesión, caminando con cierta rigidez cadavérica, comenzaron a desfilar por delante del Ángel de la Muerte, y a cada paso que daban iba aumentando su número.

Era el éxodo de los muertos.

Pronto se perdieron por las calles que hacia afuera de esta triste mansión conducen.
Atónito yo, ante semejante despoblamiento, alcé los ojos asombrados hacia el Ángel de la Muerte, autor inmediato del desconcierto.

Volvieron a moverse sus labios pétreos.

— No tardarán en regresar a este recinto —dijo, contestando a mi muda interrogación— porque no hallarán quien los reciba de buena voluntad.

— ¿Y todos esos que vienen a llorar ante sus tumbas, todos esos que traen flores y tarjetas? —me atreví a preguntar— ¿Mienten todos? ¿Fingen un dolor que no sienten?

— Sobre eso habría mucho que decir. Algunos lo sienten verdaderamente, otros no. Pero entre estos últimos se encuentran muchos a quienes no puede tachárseles de hipócritas, sin embargo. Maridos y mujeres hay que muestran un gran dolor por la muerte de sus respectivos cónyuges, y este sentimiento que aparentan no es una hipocresía sino una generosidad que va más allá de la tumba. Fueron infelices en su matrimonio y no quieren confesarlo después de muerto aquel o aquella que fue su verdugo, sino que siguen ocultándolo, como lo ocultaron mientras vivió. Es una especie de pudor y, como tal, digno de respeto.

A la verdad —continuó diciendo el sepulturero—, no sé si todo esto me lo dijo real y efectivamente el Ángel de la Muerte o me lo sugirió mi propia imaginación —extraordinariamente exaltada en esos momentos por las excepcionales circunstancias—, pero el hecho es que yo obtuve la respuesta a mis dudas de un modo claro y preciso.

Vibraban aún en mis oídos las últimas frases de ella, cuando vi que avanzaba hacia nosotros el mismo compacto grupo de personas que había salido del cementerio pocos momentos
antes. Ya estaba de regreso.

A la cabeza del grupo venía el anciano y caminaba con tal celeridad, que claramente demostraba que más prisa tenía por volver a su antiguo reposo, que la que había tenido por abandonarlo.

— ¡He visto a mis hijos! —gritaba—. Desde que yo falto, se han casado los tres. Se repartieron mi fortuna, y cada cual vive feliz. He ido a las tres casas y los he visto sin que me vieran ellos.
No me rechazarían, probablemente, pero no les hago falta. Sus mujeres, que no me han conocido, no tienen por qué amarme. A sus hijos, que no me han visto jamás, tal vez les
inspiraría miedo mi semblante adusto y lleno de arrugas. He regresado presuroso: bien me estoy en mi tumba.

— Yo he visto a mi mujer —dijo el que seguía, que era el apuesto joven—. ¡Ojalá no hubiera salido de mi ataúd! No vive ahora con el lujo a que yo la tenía acostumbrada. En un humilde cuarto estaba y todos nuestros hijos dormían apaciblemente en la misma estancia.
Ella velaba y cosía. De cuando en cuando caía de sus cansados ojos una lágrima que iba a perderse en la tela en que trabajaban sus enflaquecidas manos. Pensé que lloraba por mí y ya iba a revelarle mi presencia cuando por su frente blanca y pura como su conciencia, vi pasar sus pensamientos y he aquí lo que en ellos leí:

— ¡Déjame llorar de gratitud, Dios mío! Mucho amé a mi Alfonso, mucho sentí su muerte, pero hoy comprendo tu misericordia infinita al decretarla y te doy gracias desde lo íntimo de mi alma. Ahora me doy cuenta de que se hallaba él al borde de horrible abismo, del abismo de los vicios, y de que allí se habría sepultado irremisiblemente a haber vivido algún tiempo más, y mis pobres e inocentes hijos, que hoy veneran su memoria, habrían quedado deshonrados y aún, quizás, hubieran seguido sus funestos ejemplos. ¡Gracias, Señor, gracias! Mucho le amé, pero tu sabiduría admiro y tu misericordia alabo!

Y de un salto, se hundió de nuevo el mozo en su abierto sepulcro.

— ¡Es más dichosa que cuando yo vivía! —venía diciendo la viejecita, entre sollozos desgarradores—. ¿Cómo no adiviné que se sacrificaba por mí? ¡Se ha casado! Estaba enamorada desde que yo existía, pero ocultaba su amor por no  abandonarme, ni despertar los celos de mi cariño. Su marido es pobre, pero la hace dichosa. ¿Para qué había de presentármele? No me necesita. Vuelvo a ponerme mi sudario.

— ¡A la tumba! ¡A la tumba! —gritaba la bella adolescente, que en pos de los otros venía—. Creí encontrar desesperado a mi novio —prosiguió vertiendo abundantes lágrimas—, a mi
novio, que aseguraba morirse si yo le faltaba, ¡y le encuentro jurando amor eterno a su nueva futura! ¡A la tumba!

— ¿Así es que volvéis completos? —preguntó con su voz grave, pero en la que se advertía cierto acento irónico, el Ángel de la Muerte.

— No todos: se ha quedado uno —contestó el último de los del grupo que había emigrado de esta mansión de la paz.

— ¿Cuál?

— Santiago, aquel que fue asesinado en una orgía: el que golpeaba a su madre.

— ¿Y quién le recibió?

— Ella. Apenas le vio, se abalanzó hacia él, abrazándolo tan fuertemente que no habría sido posible arrancarle de sus brazos. Ni él lo pretendió. ¡Hay diferencia entre el duro y frío
ataúd y los amorosos brazos de una madre!

Calló Lorenzo, y yo callo también —concluyó el narrador—. ¿No os parece que tuve razón al deciros que solo los que tienen madre pueden resucitar?

 

El hombre que amó a una Faioli - Roger Zelazny

     Ésta es la historia de John Auden y la faioli, que nadie conoce mejor que yo. Escúchenla...

Sucedió una noche, cuando él estaba paseando (pues no había motivos para no pasear) por sus sitios favoritos de todo el mundo, cuando vio a la faioli, cerca del Cañón de la Muerte, sentada sobre una roca, mientras que sus alas de luz revoloteaban, revoloteaban, revoloteaban hasta desvanecerse, apareciendo entonces sentada allí una muchacha humana, vestida completamente de blanco y llorando, con largas trenzas negras enrolladas a la cintura.

Se aproximó a ella ante la cegadora luz que despedía el moribundo sol, cuando los ojos humanos no podían distinguir distancias ni calcular perspectivas adecuadamente (pero los suyos sí), y apoyando su mano derecha en el hombro de ella y la dijo unas palabras de salutación y consuelo.

Fue, sin embargo, como si él no existiera. Continuó su llanto, regando de plata sus mejillas de color de nieve o de hueso. Sus ojos almendrados miraban en la distancia, como si pudieran ver a través de él, y sus largas uñas se clavaban en la carne de sus palmas, de las que no brotaba sangre.

Entonces él creyó lo que se decía de las faiolies: que sólo pueden ver a los seres vivientes y no a los muertos, y que están sacadas de las mujeres más adorables de todo el universo. Al estar muerto, John Auden, reflexionaba sobre las consecuencias de recobrar la vida nuevamente, por algún tiempo.

Era sabido que la faioli acudía al hombre un mes antes de su muerte (a aquellos raros hombres que aún morían) para vivir con él durante el mes final de su existencia, proporcionándole todos los placeres que puede conocer un ser humano, de forma tal que el día en que la muerte envía su beso, llevándose la vida que queda dentro de su cuerpo el hombre le acepta... ¡no, le busca!, con deseo y galantería. Porqué es tal el poder de la faioli entre todas las criaturas, que no hay nada más deseado después de conocerla.

John Auden consideró su vida y su muerte, las condiciones del mundo en que estaba la naturaleza de su servidumbre, su maldición, y la faioli (que era la criatura más adorable que había visto en todos sus cuatrocientos mil días de existencia), y se palpó el lugar que tenía debajo de la axila izquierda, que activaba el mecanismo necesario para hacerle vivir de nuevo.

La criatura se sobresaltó al recibir su contacto porque, de repente, el roce de él era de carne, y de carne cálida y femenina era lo que ella ofrecía, ahora que las sensaciones de la vida habían retornado a él. Sabía que su contacto se había convertido nuevamente en el contacto de un hombre.

- Hola, ¿por qué lloras? - dijo él, y la voz de la faioli fue como las brisas olvidadas soplando sobre los olvidados árboles, con su rocío, sus aromas y colores que evocaba su memoria.

- ¿De dónde vienes, hombre? No estabas aquí hace un momento.

- Del Cañón de la Muerte - respondió él.

- Deja que te toque el rostro.

Él se dejó y ella lo tocó.

- Es extraño que no advirtiera tu llegada.

- Este es un mundo extraño - repuso él.

- Es cierto - dijo ella -. Tú eres el único ser viviente que lo habita.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó él.

- Llámame Synthia - respondió ella.

Y así la llamó.

- Mi nombre es John - le dijo -; John Auden.

- He venido para estar contigo, para darte regocijo y placeres - añadió ella, y entonces supo él que el ritual había comenzado.

- ¿Por qué estabas llorando cuando te encontré? - preguntó.

- Porque creí que no había nadie en este mundo y porque estaba cansada de mi largo viaje - contestó ella -. ¿Vives cerca de aquí?

- No muy lejos - añadió él -. No del todo lejos.

- ¿Me llevarás allí? ¿Al lugar donde vives?

Y ella se alzó y le fue siguiendo hasta el Cañón de la Muerte, donde él tenía su morada.

Continuaron descendiendo y descendiendo interminablemente, y todo lo que les rodeaba eran despojos de gentes que antes habían vivido. Ella, sin embargo, no parecía ver tales cosas, pues mantenía los ojos clavados en el rostro de John y la mano asida a su brazo.

- ¿Por qué llamas a este lugar el Cañón de la Muerte? - le preguntó ella.

- Porque todo lo que nos rodea son muertos - repuso él.

- Yo no veo nada.

- Lo sé.

Cruzaron el Valle de las Calaveras, donde millones de muertos de muchas razas y mundos yacían apilados unos sobre otros, pero ella tampoco los vio. Y a pesar de encontrarse en el cementerio de todos los mundos, no se apercibía de ello. Había encontrado a su custodio, a su cuidador, aunque no sabía quién era este hombre que se tambaleaba a su lado como un beodo.

John Auden la llevó hasta su casa. No era realmente el lugar donde vivió, pero lo sería en lo sucesivo. Activó los viejos circuitos del edificio que había dentro de la montaña. En respuesta la luz apareció de las paredes, una luz que antes no había necesitado, pero que ahora iba a necesitar.

La puerta se cerró tras ellos y la temperatura adquirió un calor normal. El aire puro comenzó a circular. Él lo aspiró hasta llenar su pecho, agradeciendo las antiguas y olvidadas sensaciones. El corazón, ese órgano rojo y caliente que le recordaba el dolor y los placeres, empezó a latir fuerte con el nuevo aire. Por primera vez en los siglos, preparaba una comida e iba a buscar una botella de vino a las profundas y herméticas alacenas. ¿Cuántos otros más pudieron haber hecho lo que él?

Nadie, tal vez.

Ella cenó con él, jugueteando con los alimentos, catando un poquito de cada cosa, comiendo muy poco. Él, por su parte, se atiborró hasta la saciedad, y los dos bebieron vino y fueron dichosos.

- Este lugar es muy extraño - dijo ella -. ¿Qué es lo que te impulsa, John Auden? Tú no eres como los demás hombres que viven y mueren. Tú te tomas la vida casi igual que una faioli. Tratas de sacar de ella cuanto puedes y te conduces a un ritmo que denota un sentido del tiempo ajeno al hombre. ¿Quién eres?

- Soy uno que conoce que los días del hombre están contados - respondió él - y que ansía aprovecharlos antes de que se le acaben.

- Eres extraño - dijo Synthia.

- Más que nada en el mundo - respondió él.

Desayunaron y aquel día estuvieron caminando por el Valle de las Calaveras. Él no podía distinguir distancias ni obtener perspectivas adecuadas, y ella no veía nada de lo que había sido vida y ahora era desolación. Y mientras estaban sentados sobre una roca plana, con el brazo sobre los hombros de ella, señaló hacia el cohete que acababa de venir del lejano espacio y ella miraba de través ante las gesticulaciones de John. 

Indicaba hacia los robots que habían comenzado a descargar del interior de la nave los despojos pertenecientes a los muertos de muchos mundos, pero ella estiraba la cabeza hacia un lado y miraba adelante y no veía nada de lo que él decía.

Incluso cuando uno de los robots avanzó pesadamente hasta él y le mostró la carpeta conteniendo los recibos y el documento que debía firmar por los cuerpos recibidos, ella no veía ni comprendía lo que estaba sucediendo.

En los días que siguieron, su vida fue como un sueño, llena de los placeres de Synthia y salpicada de ciertos e inevitables momentos de dolor. A menudo, le veía pesaroso y ella le preguntaba por su expresión de melancolía.

Y él siempre se echaba a reír y contestaba diciendo que «los placeres y el dolor están muy cerca el uno del otro», o algo por el estilo.

Y, durante el correr de los días, ella aprendió a prepararle las comidas, y a frotarle la espalda, y a mezclar sus bebidas, y a recitarle ciertos fragmentos poéticos que él había amado en un tiempo.

Un mes, sólo un mes. No lo olvidaba. Llegaría el fin. Sabían siempre que la muerte del hombre estaba cerca.

John Auden sabía que ninguna faioli del universo entero había encontrado jamás un hombre como él

Synthia era como una madreperla. Su boca parecía una fina llama, que encendía todo lo que tocaba, sus dientes se asemejaban agujas y su lengua era como el corazón de una flor. Y así es como llegó a amar a una faioli llamada Synthia.

Y él era quizás el único hombre del universo, capaz de engañarla. Era un perfecto derecho de defensa que tenía contra la vida y la muerte. Y ahora que era un ser humano viviente, a menudo lloraba cuando se detenía a considerarlo.

Tenía más de un mes por vivir. Quizá fueran tres o cuatro. Este mes, por consiguiente, representaba un precio que él pagaría de buen grado.

Hay una cosa llamada enfermedad que se nutre de los organismos vivientes, y él lo había conocido más allá del alcance de todos los hombres vivos. Ella, un ser femenino, que sólo conoció su propia vida, no podía comprenderlo.

Por eso, él no trató de explicárselo jamás.

Pero el día tenía que llegar, y llegó.

Había perdido, y lo sabía. Como los días se habían desvanecido ante él, se encontraba debilitado. Apenas era capaz de estampar su firma sobre los recibos que le había traído el robot, tambaleándose hasta llegar a él, espachurrando costillas y aplastando cráneos a su terrible paso. Por un momento envidió al robot. Desapasionado, entregado totalmente a su deber. Antes de despedirlo le preguntó:

- ¿Qué hubieras hecho tú si te hallaras en posesión de una cosa deseada que te proporcionara todo lo que puedes ansiar en este mundo?

- Trataría... de quedarme con ella - respondió el robot, oscilando las luces rojas de su cúpula antes de irse tambaleando sobre el Gran Cementerio.

- Sí - dijo John Auden -, pero eso no puede ser.

Synthia no le comprendió, y en aquel trigésimo primer día volvieron al lugar donde había vivido durante un mes, y él sintió que le estaba invadiendo el terror indescriptible de la muerte.

Ella fue más exquisita que nunca, pero él temía este encuentro final.

- Te amo - dijo por último, pues era una palabra que no la había dicho antes, y ella le besó.

- Lo sé - le dijo ella -, John Auden, dime una cosa. ¿Qué es lo que te esclarece de los demás? ¿Por qué sabes de las cosas ajenas a la vida más de lo que el hombre mortal debe saber? ¿Cómo fue posible que llegaras hasta mí aquella primera noche sin yo apercibirme de ello?

- Porque mi ser está ya muerto - le dijo -. ¿No te das cuenta de ello cuando me miras a los ojos?

- No lo comprendo - respondió ella.

- Bésame y olvídalo - dijo él -. Es mejor así.

Pero ella sentía curiosidad y le preguntó:

- ¿Cómo consigues entonces guardar el equilibrio entre la vida y lo que no es vida, eso que mantiene consciente a tu ser muerto?

- Porque existen unos controles dentro de este cuerpo que, desgraciadamente, ocupo. Si tocas debajo de mi axila izquierda, mis pulmones cesarán de respirar y mi corazón dejará de latir. Ello pondría en funcionamiento un sistema electromecánico aquí instalado (invisible para ti, lo sé) semejante al que llevan mis robots. En esto consiste mi vida estando muerto. Yo mismo lo pedí porque temía el olvido. Yo mismo me ofrecí voluntario como sepulturero del universo, porque aquí no hay nadie que pueda verme y se horrorice de mi aspecto cadavérico. Por eso soy quien soy. Bésame y acaba.

Pero habiendo tomado la forma de mujer, o tal vez siéndolo, la faioli llamada Synthia sintió curiosidad y dijo:

- ¿En este sitio?

Y le tocó debajo de la axila izquierda.

Hecho esto, él se desvaneció de la vista y con ello, también, supo una vez más la fría lógica existente fuera de las emociones. A causa de ello, también, no tuvo necesidad de tocarse el punto crítico.

En vez de ello, él se quedó contemplando cómo ella le buscaba por el lugar que antes había estado vivo.

La faioli escrutó los lugares más recónditos y al ver que no podía encontrar a ningún hombre viviente sollozó horriblemente, una vez más, como hiciera aquella noche en que él la encontró.

Luego, sus alas comenzaron a revolotear débilmente, una y otra vez, recobrando su anterior existencia. Su rostro se disolvió y su cuerpo se fue fundiendo lentamente. Más tarde, la torre de chispas que había junto a él se fue disipando, y pasada la insensata noche en que le fue posible distinguir distancias y calcular perspectivas nuevamente, él empezó a buscarla.

Y ésta es la historia de John Auden, el único hombre que pudo amar a una faioli y logró vivir (si así se le puede llamar) para contarlo. Nadie conoce la historia mejor que yo.

Jamás ha podido encontrar un remedio. Y yo sé que John Auden pasea por el Cañón de la Muerte, meditando sobre los esqueletos y, a veces, se para junto a la roca donde la encontró, busca algo jugoso que ya no está allí y desea hallar una explicación.

Es que es así, y la moral puede que consista en que la vida (y quizás también el amor) sea más fuerte que su continente, pero nunca más fuerte que su contenido. Mas es solamente la faioli quien podría asegurarlo, y ésta ya no volverá.