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Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente. 

El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos. 

Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar.

De pronto, profiriendo a gritos:
-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera.

Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a carne recocida. Como ositos se paraban en dos patas las infortunadas, rascando con las uñas los fatales alambres. Y caían. Y en botes de epilepsia se destrozaban los hocicos buscando salida. 

Inexorable, la criada dejó caer un nuevo chorro; esta vez prolongado, perseguidor. Sin voz de horror, yo permanecía inmóvil, con los ojos secos, vueltos vidrio. Entre el clamor ya desvaneciéndose,  la jaula daba tumbos, crujía a influjo de las pequeñas garras urgidas. Y aparecían los dientecillos en las crispaciones del martirio.

-¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora!

Hasta que una cayó encogiéndose en brusca crispatura y se estiró luego, imperceptiblemente. Entonces, enloquecida, la otra quiso guarecer la cabeza bajo el cuerpo inerte. Pero alcanzada otra vez por el agua, tocó el techo, de un brinco, rodó también, temblando, y quedó quieta.

Cayó todavía más agua, acabando con la tersura de aquellas pieles grises. La mujer se alejó sin mirarme. Yo... yo no había recibido todavía el golpe de saber que las oraciones aprendidas eran sólo para los humanos; que lo demás, las plantas, las bestias, la tierra toda quedaban fuera, en horroroso desamparo. 

Cuando pude salir de mi anonadamiento, me arrodillé, pues. Y elevé mis preces a Dios por las almas de las dos bestezuelas quemadas.

Momentáneamente, una dulce paz se posesionó de mí. Volví al patio. Entré en el cuarto donde mi madre yacía en cama, enferma. No sé por qué, guardé el secreto de la escena que acababa de presenciar. Ella extendió el brazo, y acarició mis mejillas. Estaba ojerosa y pálida. Bella como la que, allí mismo, rodeada de flores, me contemplaba desde su nicho, a la luz permeante de una veladora.

Mi madre me cantaba siempre la canción de un viejo arpista muy pobre, con varios niñitos, a quienes tenía muy poco que darles de comer. Una noche de lobos en que llegó sin nada, al oír "¡Danos pan! ¡Tenemos hambre!", desesperado, se puso a tañer el arpa. Ellos danzaban. Danzaban hasta caer, dormidos, a sus pies, para no abrir ya nunca más los ojos.

Bajo la mano de mi madre, él reciente martirio y la idea de los roedores que todavía vivían en sus cuevas del fondo volvieron a turbar mi corazón. Asocié la canción del viejo arpista con sus niños hambrientos.
-Mamá -dije, trepándome a la cama-, cántame lo de los niños.

Ella sonrió, melancólica. Me situó de manera que yo no tocara su vientre, y accedió con su cara junto a la mía. Pero su acento, ahora, evocaba para mí más que niños danzando hasta morir bajo los sones del arpa. Yo veía también ratas, muchas ratas, extenuándose hasta caer inanimadas...

De pronto, algo cálido cayó sobre mi mejilla. Alcé la cabeza. Estaba llorando mi madre. Evocaba por su parte, sin duda, ahora lo comprendo, algo más que los hijos del arpista. Y derramaba lágrimas por dos niños, yo y el que iba a nacerle, que nos hundiríamos pronto en el incierto, hosco porvenir. 

Recién terminaba una guerra. El padre, herido, todavía no había llegado: en los fogones revolucionarios las brasas ardían, aún... Pero siguió con un acento triste como nunca, como jamás había cantado, mientras mi alma se iba sintiendo presa de un oscuro y poderoso infortunio que me fue estrechando cada vez más a ella, hasta que, de pronto, lanzó un gemido mi madre. Y una anciana negra, arrojando su cigarro a medio fumar, entró en el cuarto y me llevó afuera a pesar de las protestas.

En el patio, junto al pasillo de la puerta de calle, sobre una pequeña mesa, había siempre una bandeja con monedas para los mendigos que acudían diariamente. Al pasar junto a ella me asaltó una súbita idea que quise rechazar lleno de susto; pero que lenta y seguramente fue ganando mi voluntad. 

Se disimulaba entre otras, aparecía en parte, se desnudaba y se ocultaba en seguida, conducía mi imaginación hacia los estantes del vecino almacén y la tornaba presto, con sabrosas adquisiciones, hacia las negras cuevas de las ratas.

Desde ese momento, muchas veces me dirigía a la caballeriza, subía por la escalera hasta el vasto altillo, me tumbaba entre los fardos de pasto, y allí acariciaba la ensoñación, conmovido... ¡Ah! Era de noche, imaginaba yo, era de noche en una inmensa planicie solitaria. 

Me veía, a la luz de una luna pálida, con las manos desbordantes de exquisitas confituras. Y de todos los puntos del horizonte irrumpían, entonces, las ratas. Silencioso, sin sorpresa, multiplicándose en las sombras, avanzaba el pardo tendal como tibia marea de lava. 

Mis manos se abrían inagotables. Y los míseros roedores devoraban, junto con los dulces dones, mi ternura irresistible y desbordada. Lejos las trampas traidoras, las criadas crueles, los humeantes calderos. En la vasta planicie ellas y yo. Y la luna pálida. Y mi pasión, cuyo ardiente conjuro incorporaba en el vago horizonte más y más acercantes animalillos. 

Saltaban éstos entre mis piernas. Cogían en el aire los trozos de pan, de queso, de chauchas de algarrobo. Y en amplios movimientos mis brazos arrojábanlos en derredor a los lejanos. Luego, calladamente, bajo la luna pálida, íbanse retirando hacia detrás del confín. Y quedaba yo solo en la vasta planicie. 

Solo, grave y amoroso como un dios. Protegiendo el sueño de la confiada multitud maldita.

Pero pronto la realidad volvía. Y me asaltaba la desolación. Deambulaba  sin  sombra  por la  enorme casa; Yo, niño, entre las campanadas de las altas torres que me envolvían y envolvían el pueblo y seguían hacia los campos, desfallecía de angustioso amor. 

¿Malditas las que roban, destrozan, contagian las pestes? ¿Trampas para ellas? ¿Muerte?... ¡Ah, Dios mío! Y me escurría entre las patas de los caballos, y trepaba al altillo a resonar con la planicie bajo la luna pálida.

Hasta que, para mantenerse, el ensueño empezó a exigir algo, aunque fuese un poco, de verdad. Se me aparecía de nuevo, insistente, la bandeja con monedas del patio. Y el almacén vecino, de sabrosas provisiones. Entonces, me ahogaba la congoja. 

Y la sensación del mundo subterráneo y desdichado de las ratas, infundiéndome infinita piedad, no era bastante para mover mi mano. Llegaba de abajo, de la cuadra, el sordo mascar de los caballos. Este rumor oscuro, paciente, se fundía al oscuro y paciente infortunio de las cuevas. 

Mi alma, que después sabría de las cuevas desdichadas y oscuras y pacientes de los hombres, se agitaba en un desesperado delirio. El miedo a robar me rodeaba con barrotes de jaula. Hundía la cara entre el pasto seco, cuyo perfume traía también sus peculiares sensaciones de oscura resignación, de mansedumbre. Y lloraba. 

Cierta imagen desolada aparecía fatalmente. La de un hombre de piernas atadas por debajo del vientre de su cabalgadura, de manos atadas a la espalda, llevando en pos a una pareja de policías emponchados, que atravesó el pueblo cierta tarde de lluvia. Tan abatida iba su cabeza, que la hundía casi entre las negras barbas. 

Me veía atado yo, tan pequeño, a un enorme caballo, bajo la lluvia. Yo, en un peregrinaje sin descanso ni retorno, atadas las manos, atadas las piernas por debajo del vientre del caballo, seguido de patibularios emponchados, cada vez más lejos, más lejos de mi madre...

Pero triunfó mi piedad. Y atravesé el patio. Y robé. Y compré. Y repartí entre mis invisibles amigos, echándoles dentro de las cuevas el botín de mis robos.

Pasaron los años. Dejé el pueblo por Montevideo. Pero me ahogaba. Regresé. Y mi corazón me fue arrastrando hacia las míseras cuevas de quienes suelen destrozar, llevar las pestes. Ahora, éstos eran hombres. ¡Ay, Dios mío!

Ratas - M. R. James

 Y si ahora tuvieses que atravesar los dormitorios, verías las sábanas, rasgadas y mohosas, ondulando una y otra vez como si fueran mares. —Pero... ¿a causa de qué? —dijo. —Bueno, a causa de las ratas que hay debajo.

 

¿Pero se debía ese movimiento a las ratas? Lo pregunto porque en otra ocasión no fue así. No puedo establecer la fecha de mi historia, pero yo era joven cuando la escuché, y quien me la contó era un anciano. No lo puedo culpar por la escasa armonía de su relato; por el contrario, yo asumo toda la responsabilidad.

Sucedió en Suffolk, cerca de la costa. En ese lugar el camino presenta un repentino declive y luego, también repentinamente, se eleva; si uno se dirige hacia el norte, sobre esa cuesta y a la izquierda del camino, se yergue una casa. Es un edificio alto, estrecho en proporción, de ladrillo rojo; lo construyeron, tal vez, hacia 1770. 

Corona el frente un tímpano triangular, con una ventana circular en el centro. En la parte trasera se encuentran los establos y las dependencias de servicio; detrás de ellos, el jardín. Descarnados abetos escoceses crecen cerca de la casa y la circundan extensos campos de aulagas. A lo lejos, desde las ventanas frontales más altas, puede distinguirse el mar. Frente a la puerta cuelga un cartel; o colgaba, pues aunque esta casa fue en otro tiempo una famosa posada, creo que ya no lo es más.

Fue a esta posada donde llegó, un hermoso día de primavera, mi amigo Mr. Thomson. Era entonces un joven que venía de la Universidad de Cambridge, deseoso de pasar algunos días en habitaciones aceptables, a solas, y con tiempo para leer. Por cierto, encontró lo que buscaba, pues el posadero y su mujer tenían la suficiente experiencia en su oficio como para hacer sentir cómodo a un huésped y, además, no había ningún otro visitante en el lugar. 

Le asignaron una amplia habitación en el primer piso, desde la que podía verse el camino y el paisaje; estaba, lamentablemente, orientada hacia el este, pero, en fin, nada es perfecto. La casa, por lo demás, era cálida y de buena construcción.

Mi amigo pasó allí días tranquilos y apacibles: trabajaba toda la mañana; por la tarde solía pasear por los alrededores, al anochecer conversaba un poco con los campesinos o la gente de la posada, frente a un estimulante vaso de aguardiente con agua; luego leía y escribía un poco antes de retirarse a dormir; le habría gustado continuar esta rutina durante todo el mes que tenía a su disposición, tanto progresaba su trabajo y tan hermoso era abril ese año, el cual tengo motivos para sospechar que fue aquel que Orlando Whistlecraft registra en sus anotaciones meteorológicas como el ''Año de las Delicias".

Uno de sus paseos lo condujo por el camino del norte que, elevándose, atraviesa una amplia extensión desierta, convertida en brezal. Gracias a la nitidez de la tarde pudo vislumbrar a varios cientos de yardas a la izquierda del camino, un objeto blanco, e inmediatamente creyó necesario averiguar de qué se trataba. 

Al cabo de pocos minutos, se halló frente a un bloque de piedra —algo así como la base de un pilar— con un agujero cuadrado en su cara superior. Era similar al que hoy puede apreciarse en Thetford Heath. Lo observó con detenimiento y contempló el paisaje unos instantes: una o dos torres de iglesia, los techos rojos de algunas casitas cuyas ventanas relumbraban al sol, y la superficie del mar, también sembrada de ocasionales destellos; después prosiguió su camino.

La multiplicidad de temas inconexos que solían tratarse en las charlas vespertinas le permitió esa tarde preguntar en el bar de la posada el porqué de esa piedra blanca en el brezal.

—Es muy antigua esa piedra —dijo el posadero (Mr. Betts)—. Ninguno de nosotros había nacido cuando la colocaron.

—Es cierto —afirmó otro.

—Está en un lugar bastante alto —observó Mr. Thomson—. Tal vez en otro tiempo sirvió de sustento a una baliza.

—Oh, sí —asintió Mr. Betts—. Escuché decir que podía verse desde los barcos; bueno, fuera lo que fuese, lo cierto es que se hizo pedazos hace mucho tiempo.

—Mejor —dijo un tercero—. Traía mala suerte, así decían los viejos; mala suerte para la pesca, quiero decir.

—¿Y por qué? —preguntó Thomson.

—Bueno, yo nunca supe por qué —fue la respuesta— pero ellos, esos tipos de antes, tenían algunas ideas raras, quiero decir extravagantes; no me asombraría que ellos mismos la hubiesen destruido.

A Mr. Thomson le fue imposible obtener información más precisa al respecto; el grupo —que nunca se había distinguido por su locuacidad —adoptó una actitud taciturna y cuando alguien se atrevió a hablar fue para referirse a cuestiones locales y a las cosechas. Ese alguien fue Mr. Betts.

Mr. Thomson no tenía tantas consideraciones a su salud como para resignarse a una caminata diaria. Así, las tres de la tarde de un hermoso día lo sorprendieron escribiendo activamente en su habitación. Entonces, desperezándose, se levantó y salió al pasillo. Había, frente al suyo, otro cuarto; luego, el descanso de la escalera y otras dos habitaciones; una miraba hacia la parte trasera, la otra hacia el sur. 

En el extremo sur del pasillo había una ventana, y a ella se dirigió mientras pensaba que realmente era una pena estar encerrado una tarde tan hermosa. Sin embargo, su trabajo era lo principal en ese momento; así que decidió robarle no más de cinco minutos y luego retomarlo; pensó en emplear esos cinco minutos —acaso los Betts no tuvieran nada que objetar— en recorrer las otras habitaciones del pasillo, en las que, por lo demás, nunca había estado. 

Nadie, al parecer, las ocupaba en ese momento; probablemente, por ser día de mercado, todos habían ido a la ciudad, con la única excepción, tal vez, de la criada que atendía el bar. Una absoluta quietud reinaba en toda la casa, sobre la que se abatía pesadamente el calor del sol; las moscas zumbaban contra los vidrios de los ventanales. Mr. Thomson inició su exploración. 

Nada de especial había en el cuarto que enfrentaba al suyo, salvo un viejo grabado que representaba Bury St. Edmunds; los dos restantes, que estaban a su lado en el pasillo, eran limpios y alegres; lo único que los distinguía de su propio cuarto, que tenía dos ventanas, era poseer sólo una. Quedaba por ver la habitación del sudoeste, frente a la última a la que había entrado. 

Estaba cerrada, pero Thomson sentía una curiosidad tan irresistible que, seguro de que no sorprendería ningún secreto prohibido en un sitio de tan fácil acceso, fue a buscar las llaves de su propio cuarto, y como éstas no le sirvieron, recogió luego las de los otros tres. 

Con una de ellas pudo abrir la puerta. La habitación tenía dos ventanas —una hacia el sur, otra hacia el oeste— y, por lo tanto, el persistente sol provocaba un calor sofocante. No había alfombras, sólo el piso desnudo; tampoco cuadros, ni lavabo; veíase, en el rincón más alejado, una cama. Era una cama de hierro, con colchón y almohadas, cubierta por una colcha azul, hecha jirones. 

Era la habitación más anodina que pueda imaginarse; sin embargo, había allí algo que obligó a Thomson a cerrar la puerta con suma rapidez y cuidado, y a apoyarse, trémulo, contra la ventana del pasillo. Alguien yacía bajo la colcha y además se agitaba. No cabía duda de que se trataba de alguien, no de algo, pues sobre la almohada se destacaba la forma inconfundible de una cabeza. Sin embargo, la colcha la tapaba por completo, y sólo un muerto yace con la cabeza cubierta; pero este alguien no estaba muerto, no realmente muerto, porque jadeaba y se estremecía. 

Si Thomson hubiese contemplado tal escena en el crepúsculo, o a la incierta luz de una vela, nada le habría costado convencerse de que se trataba de una fantasía. En esa tarde resplandeciente ello era imposible. ¿Qué debía hacer? Primero, cerrar la puerta con llave, costara lo que costase. Se aproximó con cautela y se inclinó para escuchar. Contuvo el aliento; acaso oyera el sonido de una pesada respiración, a la que podía atribuirle una explicación prosaica. El silencio era total. 

Cuando, con mano vacilante, introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar, ésta rechinó y en el acto escucháronse pasos tambaleantes y penosos, que avanzaban hacia la puerta. Thomson huyó como un conejo hacia su habitación, donde se encerró con llave; sabía que era en vano —¿de qué podían servir puertas y cerrojos ante lo que sospechaba?— pero era todo cuanto se le ocurrió en ese momento y, de hecho, nada sucedió. Sólo lo asaltaron el terror de la espera y las atroces dudas sobre la decisión a adoptar. 

Su primer impulso fue, por supuesto, abandonar lo antes posible una casa que albergaba huésped tan nefasto. Pero precisamente el día anterior había asegurado que se quedaría por lo menos una semana más y, en caso de cambiar sus planes, de ningún modo podría evitar que sospecharan su participación en asuntos que por cierto no le concernían. 

Además, o bien los Betts conocían la existencia del extraño huésped (y sin embargo, no abandonaban la casa), o bien la ignoraban (lo cual también evidenciaba que no había nada que temer), o bien sabían sólo lo suficiente como para cerrar la habitación, pero demasiado poco como para alarmarse: en cualquiera de esos casos, parecía obvio que no existía nada digno de temor; su propia experiencia, por lo demás, no había sido tan terrible. Quedarse, en todo caso, implicaba menos esfuerzo.

En fin, permaneció allí la semana prevista. Nada advirtió al pasar junto a esa puerta; deteníase con frecuencia, a una hora tranquila del día o de la noche, en el pasillo, para escuchar, pero por más atención que prestara no percibía sonido alguno. 

Habría sido lógico, tal vez, que Thomson intentara averiguar historias relacionadas con la posada, no interrogando a Betts sino al párroco o a la gente más vieja de la aldea; pero no lo hizo: era presa de esa reserva que suele dominar a la gente que padeció experiencias extrañas y cree en ellas. 

Sin embargo, al acercarse el fin de su estadía, la necesidad de una explicación se tornó más perentoria. Durante sus paseos solitarios se dedicó a forjar un plan que le permitiera, del modo más discreto posible, indagar una vez más ese cuarto a la luz del día. 

Concibió, finalmente, este ardid: debía marcharse por la tarde, en el tren de las cuatro; cuando el cabriolé lo aguardara con el equipaje, haría una última incursión al piso alto para examinar su propio dormitorio y verificar si no olvidaba nada; luego, con esa misma llave, previamente aceitada —¡como si eso valiera de algo!— abriría una vez más, sólo por un instante, la puerta de la otra habitación, y la volvería a cerrar.

Así lo hizo. Pagó la cuenta. Toleró una charla breve y convencional mientras trasladaban su equipaje al cabriolé.

—Un hermoso lugar, por cierto... estuve muy cómodo, gracias a usted y a Mrs. Betts... espero volver en otra oportunidad.

—Encantados de que esté satisfecho, señor. Hicimos todo lo posible... encantados de recibir sus elogios... El tiempo, en realidad, nos ayudó mucho.

Y luego:

—Iré arriba a ver si olvidé un libro o alguna otra cosa; no, no se moleste, vuelvo en un minuto.

Y tan silenciosamente como pudo, se deslizó hasta la puerta y la abrió. ¡La ruptura de una ilusión! Casi estalló en carcajadas. Apoyado, casi podría decirse que sentado, sobre el borde de la cama, había... ¡pues nada más que un espantapájaros! Un espantapájaros que habían sacado del jardín, por supuesto, y arrinconado en esa habitación en desuso... Sí, pero de pronto toda la comicidad de su hallazgo se desvaneció. 

¿Acaso los espantapájaros tienen pies calzados que, en su desnudez, muestran los huesos? ¿Acaso sus cabezas cuelgan sobre los hombros? ¿Acaso tienen grillos de hierro y trozos de cadenas alrededor del cuello? ¿Acaso pueden incorporarse y avanzar, aunque sea con tanta rigidez, a través de una habitación, meneando la cabeza, con los brazos caídos junto al cuerpo? ¿Y pueden, acaso, temblar?

Dio un portazo, se precipitó hacia las escaleras, las bajó de un salto y, finalmente, perdió el sentido. Al despertar, Thomson vio a Mr. Betts, que se inclinaba sobre él con una botella de aguardiente y le dirigía una mirada de reconvención.

—No debería haberlo hecho, señor, de veras que no. No es ése el modo de tratar a gente que hizo por usted todo lo que pudo.

Thomson escuchó otras frases similares, pero jamás pudo recordar qué respondió. A Mr. Betts, y tal vez aún más a Mrs. Betts, le resultaba difícil aceptar sus disculpas, por más que él alegaba que nada diría que pudiese perjudicar el buen nombre de la casa. Debieron sin embargo aceptarlas. Como Thomson ya no podía alcanzar el tren, se hicieron los arreglos necesarios para que esa noche durmiera en la ciudad. Antes de que se fuera, los Betts le contaron lo poco que sabían.

—Dicen que era, hace mucho tiempo, el dueño de esta propiedad y que protegía a los bandoleros que acechaban en el brezal. Al fin recibió su merecido: lo colgaron con cadenas, según dicen; levantaron el cadalso allí donde está la piedra blanca. Los pescadores se lo llevaron porque, según creo, lo veían desde el mar y les impedía tener buena pesca, o por lo menos eso pensaban. 

A nosotros nos contaron los anteriores propietarios. ''Mantengan cerrado ese cuarto", nos dijeron, "pero no saquen la cama; entonces no tendrán ningún problema". Y nunca los tuvimos; ni una vez salió de la habitación, aunque ahora no sé qué pasará. 

De todos modos, usted es el primero que lo ha visto desde que estamos aquí; yo mismo no lo miré nunca, ni quiero hacerlo. Como hicimos las habitaciones de los sirvientes junto al establo, no tuvimos ningún problema con ellos. Lo único que espero, señor, es que mantenga la boca cerrada. ¿Usted sabe lo perjudiciales que podrían ser ciertas habladurías... ? —y siguieron otros ruegos del mismo tenor.

Mr. Thomson mantuvo su promesa durante muchos años. Yo conocí esta historia gracias a un incidente peculiar: cuando Mr. Thomson vino a visitar a mi padre, se me encomendó que le indicara su habitación, pero él, en lugar de permitir que le abriera la puerta, se me adelantó y la abrió por sí mismo; luego permaneció varios minutos en el umbral y escudriñó con insistencia, a la luz de la vela, el interior del cuarto. Al fin pareció recobrarse y se disculpó:

—Lo siento. Sé que es absurdo, pero jamás puedo evitar hacerlo, por un motivo muy particular.

Días más tarde, conocí ese motivo tan particular, y ustedes acaban de conocerlo.

Ratas espaciales del CCC - Harry Harrison

Eso es, compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa a Phrnnx en el suelo para que la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los Krddls no aguantan la bebida, y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa endemoniada hierba krmml. Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay, siento haberte mojado la manga. Cuando se seque puedes rascarlo con un cuchillo. A tu salud y por que tus propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te persigan.

No, lo siento, pero nunca había oído tu nombre hasta ahora. Demasiados hombres buenos vienen y se van, y los mejores son los que mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca has oído hablar de mí, tampoco. Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre tan bueno como otro cualquiera. 

Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de todos ellos era... bueno, le llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta que podría nombrar, una jovencita que espera y contempla las estelas hirvientes de las astronaves, cuando llegan, porque está esperando a un hombre. 

Así que en honor a ella le llamaremos el Caballero Jax; a él también le gustaría este nombre, estoy seguro. Aunque la jovencita debe de estar ya canosa, o tal vez calva y medio artrítica de tanto esperar, allí sentada; pero esto es otra historia y no me corresponde a mí contarla. Por Orión que no me corresponde contarla. Bueno, sírvete tú mismo. Un buen trago, anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx exhalen humo verde, pero será mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no quieres quedarte ciego en una semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta Mrddll

Claro que sé lo que estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata como yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las estrellas marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan lentamente. Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más, si cabe, que un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se olvidan las cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no quiero acordarme. 

Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues cada una de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que las que tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl, aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que espera.

¿Has oído alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como abres los ojos y por como palidece el bronceado espacial de tu piel, que sí que has oído hablar de ello. Pues para que lo sepas, tu seguro servidor aquí presente, el Viejo Sarge, fue una de las primeras ratas espaciales del CCC, y mi compadre entonces era el hombre al que llaman el Caballero Jax. Que el Gran Kramddl maldiga su nombre y borre la memoria de aquel primer día negro en que le vieron mis ojos...

 

- ¡Atención! ¡Firmes!

La voz del sargento restalló como un latigazo en los oídos expectantes de los cadetes matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo el impacto de aquel latigazo acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres pares de botas relucientes chocaron los talones con un solo golpe seco y los ochenta y siete cadetes quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si fuesen de acero. (Habría que explicar ahora que algunos de ellos procedían de otros mundos y por eso tenían un número diferente de piernas y otras cosas.) 

No se oía respirar a nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el coronel Von Thorax echó a andar por delante de las filas, examinándolos de arriba abajo, clavando en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo. Llevaba su pelo gris, duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme negro, impecable, de tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico sostenían un cigarrillo de hierba krmml. 

La mano derecha, ortopédica como el brazo que la sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta el borde de su gorra de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus pulmones artificiales, que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria para modular la voz estentóreo con que daba sus órdenes.

- ¡Descanso! Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo de hombres, y de cosas, naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos civilizados de la galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos seis millones cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido causando baja de una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido. Algunos fueron fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos. Otros creían en toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza de tintes rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios, y también hubo que expulsarlos y fusilarlos. 

A lo largo de los años se fue eliminando a todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros! ¡Los militantes de la primera promoción de graduados del CCC! Listos y a punto para llevar los beneficios de la civilización a las estrellas. ¡Preparados para descubrir al fin lo que representan y defienden las iniciales CCC!

Un enorme clamor ascendió desde la masa de gargantas; un grito ronco de entusiasmo viril que retumbó en ecos sonoros contra las paredes del estadio. A una señal dada por Von Thorax se conectó un interruptor y una gran plancha de imperviomita se deslizó a modo de techumbre sobre el espacio abierto y lo dejó completamente sellado, protegido de toda mirada curiosa y de todo posible rayo de espionaje. 

El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo alucinante, y más de un tímpano se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal del coronel, al levantar su mano, se hizo un silencio instantáneo.

- Vosotros, militantes del CCC, no estaréis solos cuando partáis para extender las fronteras de la civilización hacia las estrellas bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de vosotros llevará un compañero fiel a su lado. ¡El primer hombre de la primera fila, que dé un paso al frente para encontrar a su fiel compañero!

El hombre que había sido designado dio un paso rápido hacia delante y se detuvo con un fuerte taconazo que fue respondido por el «clang» metálico de una puerta al abrirse y, sin poder evitarlo, sin premeditación, todos los ojos se volvieron simultáneamente hacia aquel punto, hacia aquella oscura entrada de la que salió...

¿Cómo describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os envuelve, la tormenta que os azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió de allí era tan indescriptible como una fuerza natural desencadenada.

Era una criatura monstruosa que mediría unos tres metros hasta la cruz de los hombros y unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya boca babeaba entrechocando los dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia sobre sus cuatro patas como pistones, con grandes pezuñas anguladas que desgarraban a su paso la dura superficie del suelo del estadio, hecho de impervitio. Un verdadero monstruo nacido de una pesadilla, que se encabritó sobre sus patas traseras al negar frente a los militantes y dejó escapar un horrísono bramido que congelaba el alma.

- ¡Aquí lo tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz estentóreo, echando saliva salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es vuestro fiel compañero, el mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a partir de la noble bestia de la Antigua Tierra. 

El mutacamel, símbolo y orgullo del CCC. O lo que es lo mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os presento a vuestro camello!

El militante que había sido seleccionado antes dio un paso al frente y levantó la mano para saludar a la noble bestia, que rápidamente le cortó el brazo de un mordisco. Su grito de dolor se mezcló al jadeo de sus otros compañeros, que observaban la escena sin demasiado interés, mientras los guardianes del camello, protegidos por vestimenta de cuero con hebiIlas metálicas, hacían retroceder a la bestia a golpes de porra y la conducían de nuevo a su chiquero.

Un médico le puso al hombre un torniquete en su muñón ensangrentado y se lo llevó a rastras, desvanecido.

- Esta es vuestra primera lección en camellos de combate - gritó el coronel con voz hosca -. Nunca le levantéis la mano. Vuestro compañero, con su nuevo brazo ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no olvidará esta lección. ¡El siguiente, y su siguiente compañero!

De nuevo el remolino de la tempestad desencadenada y aquel horrible bramido espumeante del camello de combate al iniciar su carga, a toda carrera. Esta vez el soldado no levantó el brazo. Entonces lo que hizo el camello fue cortarle la cabeza de un bocado.

- No creo que se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo el coronel mirando maliciosamente a su formación -. Guardemos un minuto de silencio por nuestro compañero que se ha ido al gran cohete de reposo en el cielo. Bien, ya basta. 

¡Atención! Luego vendréis al campo de entrenamiento de los camellos para aprender cómo tenéis que manejar a vuestros fieles compañeros. Sin olvidar nunca que todos ellos tienen una dentadura completa hecha de imperviumita, y uñas de la misma sustancia, tan afiladas corno cuchillas de afeitar. ¡Rompan filas!

Los cuarteles de los cadetes del CCC eran famosos por su carencia absoluta de coquetería, o más bien por su decorado glacial Y su falta de comodidades. Las camas eran unas simples losas de impervitium -nada de colchones blandos que pudieran reblandecer las vértebras- y las sábanas, de tejido de saco muy fino. Desde luego no había mantas; ¿qué falta hacían, con una sana temperatura constantemente mantenida a cuatro grados centígrados? 

El resto de la instalación correspondía al mismo criterio, de modo que fue una enorme sorpresa para los graduados encontrarse, al volver de la ceremonia y los entrenamientos, con algunas innovaciones inesperadas. Había una pantalla en cada una de las bombillas, antes desnudas, colocadas junto a las camas para leer. Y un buen almohadón suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban recogiendo ahora los beneficios de todos aquellos años de trabajo.

Entre todos los alumnos el mejor era, con gran ventaja sobre el resto, uno llamado M. Hay ciertos secretos que no se pueden revelar, algunos nombres que son importantes para sus seres queridos y sus vecinos. Por lo tanto voy a dejar la capa del anónimo sobre la verdadera identidad de este hombre llamado M. 

Bastará con que le llamemos «Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso alguien que le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de cuarto llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como «el Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito de esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax.

Jax venía inmediatamente después de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los dos eran muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el último año de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto, saboreando el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un tazón de café descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los cigarrillos desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban Denikcig, de acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los estudiantes del CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o «revientapulmones».

- Échame un reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde su cama, donde estaba tumbado con los brazos por detrás de la cabeza, soñando despierto en lo que le esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy pronto -. ¡Ouh! - exclamó al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por su amigo le daba en un ojo. 

Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados, lo encendió, después de darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego aspiró una profunda bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo echando humo mezclado con palabras.

- Pues es cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos graduados. Ahora devuélveme el paquete de jadeadores para que yo también pueda echar unas bocanadas.

Acero le arrojó el paquete, pero lo hizo con tanto entusiasmo que fue a dar contra la pared e inmediatamente se encendieron todos los cigarrillos y el paquete estalló en llamas. Un vaso de agua acabó con la conflagración, pero, mientras aún humeaba, se iluminó la pantalla de comunicación con un tenue parpadeo rojo.

- Mensaje de alta prioridad - masculló Acero, mientras apretaba el botón de conexión. Los dos jóvenes saltaron de la cama y se quedaron en rígida posición de firmes al mismo tiempo que el rostro de hierro del coronel Von Thorax cubría la superficie entera de la pantalla.

- M, L, a mi despacho a toda velocidad - las palabras caían de sus labios como si fuesen goterones de plomo fundido.

¿Qué podía significar aquello?

- ¿Qué crees que pasa? - preguntó Jax mientras los dos amigos se dejaban caer por el conducto de descenso casi con rapidez de la gravedad.

- En seguida vamos a saberlo - contestó Acero mientras se dirigían a la puerta del «viejo» y pulsaban el botón anunciador.

Activada por algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de par en par y ambos entraron en la estancia, no sin cierta inquietud. Pero... ¿qué era aquello? No era posible. El coronel los miraba sonriendo. Sonriendo. Una expresión que nunca hasta entonces habían visto en aquel rostro de granito.

- Poneos cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto de la mano dos sillas muy confortables que brotaron del suelo al apretar él un botón -. Encontraréis cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también vino de Valumian o cerveza Snaggian.

- ¿No Kofe? - preguntó Jax con la boca abierta, y todos se echaron a reír.

- No creo que realmente queráis tomar Kofe - susurró el coronel a través de su laringe artificial -. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC. Vuestra juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.

Esto era una imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos cuando el coronel apretó un botón, la imagen de una nave espacial como nunca habían visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan fina de alas como un pájaro, tan sólida como una ballena y tan armada como un caimán.

- ¡Kolon benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de admiración -. ¡Eso es lo que yo llamo un pedazo de cohete!

- Algunos de nosotros preferimos llamarle el Invencible - dijo el coronel, no sin un cierto toque de humor.

- ¿Esto es la nave? Algo habíamos oído...

- Muy poco podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto y bien envuelto este bebé desde sus comienzos. Tiene los motores más poderosos que se han fabricado hasta ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último modelo, manipuladores de conducción Kelly perfeccionados también hasta tal punto que no los reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble fuerza que hacen que los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me reservo lo mejor para el final...

- Nada puede ser mejor que lo que ya nos ha contado - interrumpió Acero.

- ¡Eso es lo que tú crees! - exclamó el coronel, echándose a reír, no sin cierta cordialidad, pero con un tono de voz como el de una lámina de acero al rasgarse -. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a ser el capitán de esta nueva superastronave, con el afortunado L como jefe de máquinas. - El afortunado L se sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en lugar de como rey de las calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a reír ante lo que consideraban un buen chiste.

- Todo está completamente automatizado - prosiguió diciendo el coronel -, de modo que basta con una tripulación de dos. Pero debo advertimos que lleva una buena cantidad de aparatos a prueba, que hay que experimentar, de manera que los que vuelen con ella tienen que ser voluntarios...

- ¡Yo me presento voluntario! - gritó Acero.

- Yo tengo que ir a los lavabos un momento - dijo Jax levantándose de su asiento. Pero volvió a sentarse en el acto al ver cómo el desintegrador saltaba automáticamente de su funda a la mano del coronel -. ¡Ja, ja! Era sólo una broma. Claro que me presento voluntario.

- Ya sabía que podía contar con vosotros, muchachos. El CCC produce hombres. Camellos también, naturalmente. De modo que esto es lo que vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas saldréis disparados por el éter con rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.

- Déjeme que intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y con los dientes apretados -. No estará pensando en enviarnos al mundo lleno de larshniks de Biru-2, ¿verdad?

- Pues sí. Esa es la primera base larshnik, el centro operacional de todo tráfico de drogas y de juego, el sitio donde descargan a los esclavos blancos, la sede de las destilerías de flnnx y el refugio de las hordas piratas.

- ¡El ideal para quien le guste la acción! - dijo Acero, con una mueca.

- No creas que es una broma eso que dices - convino el coronel -. Si yo fuese más joven y tuviese unas pocas piezas menos de repuesto en mi organismo, es la clase de oportunidad que me encantaría.

- Puede ir como jefe de máquinas - sugirió Jax.

- Silencio - dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte, porque con vosotros va el honor del CCC.

- ¿Pero no los camellos? - preguntó Acero.

- Quizá la próxima vez. Existen, bueno... algunos problemas de ajuste. Hemos perdido cuatro graduados más mientras estamos sentados aquí. Es posible incluso que tengamos que cambiar de animales. Convertir el Cuerpo en el CPC.

- ¿Con perros de combate? - preguntó Jax.

- Perros o asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi problema, no el vuestro. Lo que os toca a vosotros es poneros en ruta y abrir en canal a Biru-2. Estoy seguro de que podéis hacerlo.

Si los aludidos no estaban tan seguros como el coronel se lo guardaron para sí, porque de este modo es como se hacen las cosas en el Cuerpo.

Así que, cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se metieron en el Invencible y a las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio. Los trepidantes motores MacPherson transmitieron quintillones de ergios de energía a los reactores de propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera del campo de gravedad de la madre Tierra.

Jax trabajaba en los motores, echando transvestita en la boca abierta del horno hambriento, hasta que Acero le indicó desde el puente que había llegado el momento del «cambio». A partir de entonces activaron los propulsores Kelly, devoradores de espacio. Acero apretó el botón que los ponía en marcha y la enorme aeronave dio un gran salto hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz.

Como los propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue a refrescarse un poco en el aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente en la lavadora. Luego subió al puente.

- Bueno - exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía que tuvieras esos gustos. Vaya con tus calzoncillos a lunares...

- Es lo único que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el resto de mi ropa.

- No te preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que preocuparse! Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete minutos, y he estado pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir de ese momento.

- Bien, me alegro de que alguien haya estado pensando. Yo no he tenido tiempo de respirar siquiera, y menos aún de pensar.

- No te preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos. Tal como yo veo la cosa, tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los cañones disparando, o deslizarnos con sigilo.

- Ah, ¿realmente has estado pensando?

- No te lo tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros vamos bien armados, pero creo que sus baterías de tierra son aún más potentes. De modo que sugiero la segunda solución: entrar con sigilo, sin que nos descubran.

- ¿No resulta eso un poco difícil yendo como vamos en esta nave de treinta millones de toneladas?

- Normalmente, sí. Pero ¿ves este botón que dice Invisibilidad? Mientras estabas cargando el combustible me explicaron cómo funciona. Es un nuevo invento, que no se ha utilizado hasta ahora, y que nos hará invisibles e indetectables por cualquiera de sus instrumentos.

- Así ya lo veo un poco más claro. Sólo nos quedan quince minutos. Debemos de estar ya bastante cerca. Conectemos el dispositivo de invisibilidad.

- ¡No hagas eso!

- Ya está hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?

- No mucho. Excepto que este aparato experimental de invisibilidad no dura más que trece minutos antes de consumirse por completo.

Y por desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros por encima de la yerma y agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se materializó de nuevo.

En la mínima fracción de un milisegundo el poderoso sonar espacial y el superradar del planeta se habían cerrado en torno a la aeronave invasora y las subluces enviaban sus señales secretas, en espera de una respuesta correcta para asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.

- Enviaré una señal, para entretenerlos un poco. Estos larshniks no son excesivamente inteligentes - dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y lo conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz sorda, carraspeante -: Agente X-9 a la primera base. 

Hemos cruzado fuego con la patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil toneladas largas de la demoníaca hierba krmml.

La respuesta larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones desintegradores vomitaron rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la textura del espacio. Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas defensivas de la nave espacial, penetraron a través de la coraza del viejo Invencible, que no estaba destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron las planchas de su casco. 

La pura materia de que estaba hecho no era capaz de resistir la fuerza destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas del planeta y era vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las paredes impenetrables de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron instantáneamente y se convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso en los meros electrones y protones (y neutrones también) de que estaba compuesto.

La carne y la sangre no podían resistir tampoco tales fuerzas. Pero en los pocos segundos que tardó la nave en volatilizarse los dos valientes astronautas se habían lanzado ya al espacio dentro de sus corazas especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de lo que momentos antes había sido la poderosa astronave chocaron contra la atmósfera y segundos más tarde contra el suelo venenoso de Biru-2. 

Para un observador casual aquello era el fin. La poderosa astronave no volaría ya más, puesto que no quedaba de ella sino un montón confuso de restos humeantes, doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el menor signo de vida para los reptadores de superficie que salieron de una escotilla cercana, disimulada en la roca, y se arrastraron hasta los restos ardientes, detectando en todas direcciones con sus sensores activados al máximo.

«¡Informen!», transmitió la emisora de radio. «Sin señal de vida hasta quince decimales», respondió el maldiciente operador de los rastreadores, antes de indicarles que regresaran a su base. Sus patitas metálicas resonaron chirrientes contra la superficie desnuda del suelo y luego desaparecieron. Lo único que quedó allí fueron los restos aún humeantes de la astronave, siscando bajo la lluvia venenosa que caía como llanto sobre el metal caliente.

¿Habían muerto los dos amigos? Pensé que no ibas a preguntármelo nunca. Pues no, no habían muerto. Una milésima de segundo antes de que se estrellase la nave, dos armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en el vacío por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el lejano horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos larshnik, tras un espolón de roca. 

Por pura casualidad este espolón de roca era el que disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con sus aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra, trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.

 - ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de sus defensas! - se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando aquel maldito botón de invisibilidad...

- ¿Cómo iba yo a saber...? - protestó Jax -. De todas formas, ya no podemos contar con la astronave, pero podemos contar con el elemento sorpresa. Ellos no saben que nosotros estamos aquí, pero nosotros sí sabemos que están ellos.

- Muy bien pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas. Estamos llegando a algo.

Los rastreadores habían entrado en una inmensa cámara, tallada en la roca, y que estaba llena de poderosas máquinas de guerra.

Lo único humano allí, si es que podía llamársele humano, era el operador de radio, cuyos dedos sucios intentaron apretar el control de los cañones tan pronto como percibió la presencia de los intrusos. Pero no tuvo tiempo. Los rayos de dos desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una milésima de segundo no era más que un montón de carne carbonizada sobre su asiento. La justicia del Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.

Justicia era, impersonal y abstracta, imparcial y destructora, porque en aquella guarida no había «inocentes». Los rayos implacables de la venganza civilizada iban barriendo todo lo que se les ponía por delante, mientras los dos compañeros avanzaban por los corredores de la infamia disparando sus mortíferos cañones.

- Este es el Número Uno - dijo Acero, con una mueca, cuando llegaron frente a una inmensa puerta de impervialita contrachapado de oro ante la que se apiñaba una escuadra suicida, que realmente cometió suicidio bajo el fuego implacable de los dos amigos. 

La última resistencia débil, que no fue mucha, quedó pronto aniquilada y reducida a humo entre el estruendo de aquella lluvia de fuego. Los dos hombres penetraron triunfantes en el último reducto, el reducto central, manejado ahora por una sola figura de pie ante el panel de controles. La figura de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo el imperio del delito interestelar.

- Ha llegado tu hora - dijo, torva, la voz de Acero, al tiempo que encajonaba con su arma aquella figura vestida con su túnica negra y su opaco casco espacial -. Quítate el casco o mueres en un segundo.

La única respuesta fue un rugido acongojado de rabia impotente, y durante unos instantes las manos de la figura temblaron sobre los mandos de los cañones. Luego alzó los brazos lentamente, llevó las manos al casco y empezó a darle vueltas para quitárselo, levantándolo despacio...

- ¡Por el sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los dos amigos al unísono, sin poder contenerse al ver lo que estaban viendo.

- Sí, ahora ya lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy seguro de que nunca lo sospechasteis siquiera.

- ¡Usted! - exclamó Acero, rompiendo por fin el helado silencio que les había dejado mudos un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!

- Sí, yo mismo, el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí, y yo, ¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!

- Pero... - exclamó Jax -. ¿Por qué?

- ¿Por qué? La respuesta es obvia para cualquiera que no sea un puerco democrático interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los larshniks podían temer era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se inclinase nunca ante ningún soborno exterior ni ante ninguna sedición interna, una fuerza ennoblecida por su fe en la causa del deber. 

Tipos como vosotros podíais habernos dado muchos problemas. Por eso, precisamente, nosotros fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he sido el jefe de ambas organizaciones. Nuestros reclutas nos aportan lo mejor que los planetas civilizados pueden ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean brutalizados, moralmente destruidos, agotados físicamente y sus espíritus aplastados para que de allí en adelante no representen ningún peligro. 

Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar de que yo me esfuerce en hacerlo repugnante. Cada generación tiene su porcentaje inevitable de supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean eliminados rápidamente, por un sistema o por otro.

- ¿Como la de enviarles en misiones suicidas, por ejemplo? - preguntó Acero con ironía.

- Es una buena manera.

- Una misión como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir diciendo tus oraciones, cochino larshnik, porque estás a punto de ir a encontrarte con tu creador!

- Mi creador? ¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos los larshniks somos ateos hasta el fin...

Y así llegó el fin, entre una ardiente nube de vapor. La muerte con aquellas palabras heréticas todavía en sus labios. No merecía otra cosa.

- Y ahora, ¿qué? - preguntó Acero.

- Ahora, esto - respondió Jax, disparando el arma que llevaba al brazo y dejándole inmovilizado bajo los efectos del rayo paralizador -. Ya no va a ser el segundo puesto para mí, contigo en el puente y yo en la cámara de calderas. De ahora en adelante soy yo quien lleva la batuta.

- ¡Estás loco! - susurró apenas Acero.

- Al contrario, estoy muy cuerdo, por primera vez en mi vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia entera es mía.

- ¿Y qué ocurre conmigo?

- Debería matarte, pero sería demasiado fácil. Y además, compartiste tus barras de chocolate conmigo. Será a ti a quien culpen de toda esta catástrofe. De la muerte del coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha ocurrido aquí en la primera base. Todos se volverán contra ti, y te verás convertido en un paría que tiene que escapar, para salvar la vida, a las más remotas avanzadillas de la galaxia, donde vivirás por siempre en el terror.

- ¡Acuérdate de las barras de chocolate!

- Ya me acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que estaban rancias. Ahora... ¡Vete!

¿Aún quieres saber mi nombre? El que te di, de Viejo Sarge, es suficiente. ¿Mi historia? Sería demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena los vasos otra vez, así, y brinda conmigo. Es lo menos que puedes hacer por un pobre viejo que ha visto ya mucho en su vida. Un brindis de mala suerte, que sería mejor decir: el Gran aniquilamiento,

Krammdl maldiga para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!