Eso es,
compadre, acerca un taburete, sí, ese mismo. Echa a Phrnnx en el suelo para que
la duerma, hasta que se le pase. Ya sabes que los Krddls no aguantan la bebida,
y mucho menos si beben flnnx, y encima fuman esa endemoniada hierba krmml.
Bueno, deja que te sirva un trago de flnnx. Ay, siento haberte mojado la manga.
Cuando se seque puedes rascarlo con un cuchillo. A tu salud y por que tus
propulsores no te fallen cuando las hordas kpnnz te persigan.
No, lo siento,
pero nunca había oído tu nombre hasta ahora. Demasiados hombres buenos vienen y
se van, y los mejores son los que mueren antes, por desgracia. ¿Yo? No, nunca
has oído hablar de mí, tampoco. Llámame sencillamente Viejo Sarge, es un nombre
tan bueno como otro cualquiera.
Hay hombres buenos, como te digo, y el mejor de
todos ellos era... bueno, le llamaremos el Caballero Jax. También tenía otro
nombre, pero hay una jovencita esperando en un planeta que podría nombrar, una
jovencita que espera y contempla las estelas hirvientes de las astronaves,
cuando llegan, porque está esperando a un hombre.
Así que en honor a ella le
llamaremos el Caballero Jax; a él también le gustaría este nombre, estoy
seguro. Aunque la jovencita debe de estar ya canosa, o tal vez calva y medio
artrítica de tanto esperar, allí sentada; pero esto es otra historia y no me
corresponde a mí contarla. Por Orión que no me corresponde contarla. Bueno,
sírvete tú mismo. Un buen trago, anda. Ya sé que es normal que los buenos flnnx
exhalen humo verde, pero será mejor que cierres los ojos cuando bebas, si no
quieres quedarte ciego en una semana, ja, ja, por el sagrado nombre del profeta
Mrddll
Claro que sé lo
que estás pensando. Lo que estás pensando es qué demonios hace una vieja rata
como yo en un agujero como éste, aquí, al final de la galaxia, donde las
estrellas marginales parpadean descoloridas y los fotones cansados viajan
lentamente. Pues voy a decírtelo. Lo que estoy haciendo es emborracharme más,
si cabe, que un planizzian pfrdffl, eso es lo que hago. Se dice que bebiendo se
olvidan las cosas y por el Cisne que yo tengo un montón de cosas de las que no
quiero acordarme.
Estás mirando las cicatrices que tengo en las manos. Pues
cada una de estas cicatrices es una historia completa, compadre, lo mismo que
las que tengo en la espalda y en... bueno, ésa es una historia diferente. Voy a
contarte algo; algo que es totalmente cierto, por el nombre sagrado de Mrddl,
aunque tal vez cambie un nombre o dos, ya sabes, a causa de esa jovencita que
espera.
¿Has oído
alguna vez hablar del CCC? Ya veo, por como abres los ojos y por como palidece
el bronceado espacial de tu piel, que sí que has oído hablar de ello. Pues para
que lo sepas, tu seguro servidor aquí presente, el Viejo Sarge, fue una de las
primeras ratas espaciales del CCC, y mi compadre entonces era el hombre al que
llaman el Caballero Jax. Que el Gran Kramddl maldiga su nombre y borre la
memoria de aquel primer día negro en que le vieron mis ojos...
- ¡Atención!
¡Firmes!
La voz del
sargento restalló como un latigazo en los oídos expectantes de los cadetes
matemáticamente alineados en filas sucesivas. Bajo el impacto de aquel latigazo
acústico, clarín de la fatalidad, ciento tres pares de botas relucientes
chocaron los talones con un solo golpe seco y los ochenta y siete cadetes
quedaron en posición de firmes, tan rígidos como si fuesen de acero. (Habría
que explicar ahora que algunos de ellos procedían de otros mundos y por eso
tenían un número diferente de piernas y otras cosas.)
No se oía respirar a
nadie, ni se podía percibir el menor parpadeo mientras el coronel Von Thorax
echó a andar por delante de las filas, examinándolos de arriba abajo, clavando
en ellos su ojo de cristal desde detrás de su monóculo. Llevaba su pelo gris,
duro como el alambre, cortado a cepillo, un uniforme negro, impecable, de
tejido suave, y los dedos de acero de su brazo izquierdo ortopédico sostenían
un cigarrillo de hierba krmml.
La mano derecha, ortopédica como el brazo que la
sostenía, se levantaba rítmicamente en rígido saludo hasta el borde de su gorra
de visera con un movimiento perfecto, mientras de sus pulmones artificiales,
que ronroneaban tenuemente, brotaba la energía necesaria para modular la voz
estentóreo con que daba sus órdenes.
- ¡Descanso!
Ahora escuchadme bien. Vosotros sois el grupo de hombres, y de cosas,
naturalmente, que han sido escogidas entre los mundos civilizados de la
galaxia. Para el primer año de entrenamiento fueron admitidos seis millones
cuarenta y tres cadetes, la mayor parte de los cuales han ido causando baja de
una forma u otra. Muy pocos alcanzaban el nivel exigido. Algunos fueron
fusilados por maleantes, después que tuvimos que expulsarlos. Otros creían en
toda esa demagogia liberaloide con que el comunismo se disfraza de tintes
rosados para proclamar que la guerra y la matanza no son necesarios, y también
hubo que expulsarlos y fusilarlos.
A lo largo de los años se fue eliminando a
todos los blandos y sólo quedó lo más duro del Cuerpo: ¡Vosotros! ¡Los
militantes de la primera promoción de graduados del CCC! Listos y a punto para
llevar los beneficios de la civilización a las estrellas. ¡Preparados para
descubrir al fin lo que representan y defienden las iniciales CCC!
Un enorme
clamor ascendió desde la masa de gargantas; un grito ronco de entusiasmo viril
que retumbó en ecos sonoros contra las paredes del estadio. A una señal dada
por Von Thorax se conectó un interruptor y una gran plancha de imperviomita se
deslizó a modo de techumbre sobre el espacio abierto y lo dejó completamente
sellado, protegido de toda mirada curiosa y de todo posible rayo de espionaje.
El rauco clamor ascendió de tono con entusiasmo alucinante, y más de un tímpano
se rompió aquel día. Sin embargo, a una señal del coronel, al levantar su mano,
se hizo un silencio instantáneo.
- Vosotros,
militantes del CCC, no estaréis solos cuando partáis para extender las
fronteras de la civilización hacia las estrellas bárbaras. ¡Oh, no! Cada uno de
vosotros llevará un compañero fiel a su lado. ¡El primer hombre de la primera
fila, que dé un paso al frente para encontrar a su fiel compañero!
El hombre que
había sido designado dio un paso rápido hacia delante y se detuvo con un fuerte
taconazo que fue respondido por el «clang» metálico de una puerta al abrirse y,
sin poder evitarlo, sin premeditación, todos los ojos se volvieron
simultáneamente hacia aquel punto, hacia aquella oscura entrada de la que
salió...
¿Cómo
describirlo? ¿Cómo describir el torbellino que os envuelve, la tormenta que os
azota, el vacío que os asfixia? Aquello que salió de allí era tan
indescriptible como una fuerza natural desencadenada.
Era una
criatura monstruosa que mediría unos tres metros hasta la cruz de los hombros y
unos cuatro hasta la enorme y fea cabezota, cuya boca babeaba entrechocando los
dientes. Semejante a un ciclón avanzó la bestia sobre sus cuatro patas como
pistones, con grandes pezuñas anguladas que desgarraban a su paso la dura
superficie del suelo del estadio, hecho de impervitio. Un verdadero monstruo
nacido de una pesadilla, que se encabritó sobre sus patas traseras al negar
frente a los militantes y dejó escapar un horrísono bramido que congelaba el
alma.
- ¡Aquí lo
tenéis! - tronó a su vez el coronel con voz estentóreo, echando saliva
salpicada de sangre por entre sus labios -. Este es vuestro fiel compañero, el
mutacamel, una mutación extraordinaria conseguida a partir de la noble bestia
de la Antigua Tierra.
El mutacamel, símbolo y orgullo del CCC. O lo que es lo
mismo, del Cuerpo de Camellos de Combate. ¡Soldados, os presento a vuestro
camello!
El militante
que había sido seleccionado antes dio un paso al frente y levantó la mano para
saludar a la noble bestia, que rápidamente le cortó el brazo de un mordisco. Su
grito de dolor se mezcló al jadeo de sus otros compañeros, que observaban la
escena sin demasiado interés, mientras los guardianes del camello, protegidos
por vestimenta de cuero con hebiIlas metálicas, hacían retroceder a la bestia a
golpes de porra y la conducían de nuevo a su chiquero.
Un médico le
puso al hombre un torniquete en su muñón ensangrentado y se lo llevó a rastras,
desvanecido.
- Esta es
vuestra primera lección en camellos de combate - gritó el coronel con voz hosca
-. Nunca le levantéis la mano. Vuestro compañero, con su nuevo brazo
ortopédico, estoy seguro, ja, ja, de que no olvidará esta lección. ¡El
siguiente, y su siguiente compañero!
De nuevo el
remolino de la tempestad desencadenada y aquel horrible bramido espumeante del
camello de combate al iniciar su carga, a toda carrera. Esta vez el soldado no
levantó el brazo. Entonces lo que hizo el camello fue cortarle la cabeza de un
bocado.
- No creo que
se puedan poner cabezas ortopédicas - dijo el coronel mirando maliciosamente a su
formación -. Guardemos un minuto de silencio por nuestro compañero que se ha
ido al gran cohete de reposo en el cielo. Bien, ya basta.
¡Atención! Luego
vendréis al campo de entrenamiento de los camellos para aprender cómo tenéis
que manejar a vuestros fieles compañeros. Sin olvidar nunca que todos ellos
tienen una dentadura completa hecha de imperviumita, y uñas de la misma
sustancia, tan afiladas corno cuchillas de afeitar. ¡Rompan filas!
Los cuarteles
de los cadetes del CCC eran famosos por su carencia absoluta de coquetería, o
más bien por su decorado glacial Y su falta de comodidades. Las camas eran unas
simples losas de impervitium -nada de colchones blandos que pudieran
reblandecer las vértebras- y las sábanas, de tejido de saco muy fino. Desde luego
no había mantas; ¿qué falta hacían, con una sana temperatura constantemente
mantenida a cuatro grados centígrados?
El resto de la instalación correspondía
al mismo criterio, de modo que fue una enorme sorpresa para los graduados
encontrarse, al volver de la ceremonia y los entrenamientos, con algunas
innovaciones inesperadas. Había una pantalla en cada una de las bombillas,
antes desnudas, colocadas junto a las camas para leer. Y un buen almohadón
suave de dos centímetros de grosor, además. Estaban recogiendo ahora los
beneficios de todos aquellos años de trabajo.
Entre todos los
alumnos el mejor era, con gran ventaja sobre el resto, uno llamado M. Hay
ciertos secretos que no se pueden revelar, algunos nombres que son importantes
para sus seres queridos y sus vecinos. Por lo tanto voy a dejar la capa del
anónimo sobre la verdadera identidad de este hombre llamado M.
Bastará con que
le llamemos «Acero», puesto que ése era el sobrenombre que le puso alguien que
le conocía muy bien. Acero tenía por aquel entonces un compañero de cuarto
llamado L. Más tarde, mucho más tarde, sería conocido por algunos como «el
Caballero Jax», de modo que así le nombraremos nosotros para el propósito de
esta narración: Caballero Jax, o simplemente Jax.
Jax venía inmediatamente después
de Acero en lo que se refiere a marcas escolares y deportivas, y los dos eran
muy buenos amigos. Habían sido compañeros de cuarto durante todo el último año
de instrucción y ahora estaban los dos allí, con los pies en alto, saboreando
el inesperado confort del nuevo mobiliario, tomando a sorbos un tazón de café
descafeinado, que se llamaba Kofe, y dando hondas chupadas a los cigarrillos
desnicotinizados que fabricaba la misma escuela, y que se llamaban Denikcig, de
acuerdo con el nombre que les había dado el fabricante. Los estudiantes del
CCC, sin embargo, les llamaban «jadeadores» o «revientapulmones».
- Échame un
reventador, ¿quieres, Jax? - dijo Acero, desde su cama, donde estaba tumbado
con los brazos por detrás de la cabeza, soñando despierto en lo que le
esperaba, ahora que ya tendría su propio camello muy pronto -. ¡Ouh! - exclamó
al sentir que el paquete de cigarrillos arrojado por su amigo le daba en un
ojo.
Sacó uno de aquellos cilindros blancos y delgados, lo encendió, después de
darle unos ligeros golpecitos contra la pared, y luego aspiró una profunda
bocanada de humo refrescante - Aún no puedo creerlo - dijo echando humo
mezclado con palabras.
- Pues es
cierto, por Mrddl - dijo Jax sonriente -. Somos graduados. Ahora devuélveme el
paquete de jadeadores para que yo también pueda echar unas bocanadas.
Acero le arrojó
el paquete, pero lo hizo con tanto entusiasmo que fue a dar contra la pared e
inmediatamente se encendieron todos los cigarrillos y el paquete estalló en
llamas. Un vaso de agua acabó con la conflagración, pero, mientras aún humeaba,
se iluminó la pantalla de comunicación con un tenue parpadeo rojo.
- Mensaje de
alta prioridad - masculló Acero, mientras apretaba el botón de conexión. Los
dos jóvenes saltaron de la cama y se quedaron en rígida posición de firmes al
mismo tiempo que el rostro de hierro del coronel Von Thorax cubría la
superficie entera de la pantalla.
- M, L, a mi
despacho a toda velocidad - las palabras caían de sus labios como si fuesen
goterones de plomo fundido.
¿Qué podía
significar aquello?
- ¿Qué crees
que pasa? - preguntó Jax mientras los dos amigos se dejaban caer por el
conducto de descenso casi con rapidez de la gravedad.
- En seguida
vamos a saberlo - contestó Acero mientras se dirigían a la puerta del «viejo» y
pulsaban el botón anunciador.
Activada por
algún mecanismo oculto, la puerta se abrió de par en par y ambos entraron en la
estancia, no sin cierta inquietud. Pero... ¿qué era aquello? No era posible. El
coronel los miraba sonriendo. Sonriendo. Una expresión que nunca hasta entonces
habían visto en aquel rostro de granito.
- Poneos
cómodos, muchachos - dijo, indicando con un gesto de la mano dos sillas muy
confortables que brotaron del suelo al apretar él un botón -. Encontraréis
cigarrillos en los brazos de esas servosillas, y también vino de Valumian o
cerveza Snaggian.
- ¿No Kofe? -
preguntó Jax con la boca abierta, y todos se echaron a reír.
- No creo que
realmente queráis tomar Kofe - susurró el coronel a través de su laringe
artificial -. Bebed, muchachos, ahora sois Ratas Espaciales del CCC. Vuestra
juventud queda ya atrás. Y ahora, mirad esto.
Esto era una
imagen tridimensional que se materializó en el aire delante de ellos cuando el
coronel apretó un botón, la imagen de una nave espacial como nunca habían
visto. Era tan esbelta como un pez espada, tan fina de alas como un pájaro, tan
sólida como una ballena y tan armada como un caimán.
- ¡Kolon
benditos! - exclamó Acero con la boca abierta de admiración -. ¡Eso es lo que
yo llamo un pedazo de cohete!
- Algunos de
nosotros preferimos llamarle el Invencible - dijo el coronel, no sin un cierto
toque de humor.
- ¿Esto es la
nave? Algo habíamos oído...
- Muy poco
podéis haber oído, porque hemos tenido envuelto y bien envuelto este bebé desde
sus comienzos. Tiene los motores más poderosos que se han fabricado hasta
ahora, nuevos MacPherson perfeccionados, del último modelo, manipuladores de
conducción Kelly perfeccionados también hasta tal punto que no los
reconoceríais y también unos propulsores Fitzroy de doble fuerza que hacen que
los antiguos parezcan juguetes para niños. Y aún me reservo lo mejor para el
final...
- Nada puede
ser mejor que lo que ya nos ha contado - interrumpió Acero.
- ¡Eso es lo
que tú crees! - exclamó el coronel, echándose a reír, no sin cierta
cordialidad, pero con un tono de voz como el de una lámina de acero al rasgarse
-. La mejor noticia de todas es que tú, M, vas a ser el capitán de esta nueva
superastronave, con el afortunado L como jefe de máquinas. - El afortunado L se
sentiría mucho más feliz de ir como capitán, en lugar de como rey de las
calderas - murmuró Jax, y los otros dos se echaron a reír ante lo que
consideraban un buen chiste.
- Todo está
completamente automatizado - prosiguió diciendo el coronel -, de modo que basta
con una tripulación de dos. Pero debo advertimos que lleva una buena cantidad
de aparatos a prueba, que hay que experimentar, de manera que los que vuelen
con ella tienen que ser voluntarios...
- ¡Yo me
presento voluntario! - gritó Acero.
- Yo tengo que
ir a los lavabos un momento - dijo Jax levantándose de su asiento. Pero volvió
a sentarse en el acto al ver cómo el desintegrador saltaba automáticamente de
su funda a la mano del coronel -. ¡Ja, ja! Era sólo una broma. Claro que me
presento voluntario.
- Ya sabía que
podía contar con vosotros, muchachos. El CCC produce hombres. Camellos también,
naturalmente. De modo que esto es lo que vais a hacer. Mañana, a las 0304 horas
saldréis disparados por el éter con rumbo al Cisne. En dirección a un cierto planeta.
- Déjeme que
intente adivinarlo - dijo Acero hoscamente y con los dientes apretados -. No
estará pensando en enviarnos al mundo lleno de larshniks de Biru-2, ¿verdad?
- Pues sí. Esa
es la primera base larshnik, el centro operacional de todo tráfico de drogas y
de juego, el sitio donde descargan a los esclavos blancos, la sede de las
destilerías de flnnx y el refugio de las hordas piratas.
- ¡El ideal
para quien le guste la acción! - dijo Acero, con una mueca.
- No creas que
es una broma eso que dices - convino el coronel -. Si yo fuese más joven y
tuviese unas pocas piezas menos de repuesto en mi organismo, es la clase de
oportunidad que me encantaría.
- Puede ir como
jefe de máquinas - sugirió Jax.
- Silencio -
dijo el coronel -. Caballeros, buena suerte, porque con vosotros va el honor
del CCC.
- ¿Pero no los
camellos? - preguntó Acero.
- Quizá la
próxima vez. Existen, bueno... algunos problemas de ajuste. Hemos perdido
cuatro graduados más mientras estamos sentados aquí. Es posible incluso que
tengamos que cambiar de animales. Convertir el Cuerpo en el CPC.
- ¿Con perros
de combate? - preguntó Jax.
- Perros o
asnos. O tal vez recentales. Pero ése es mi problema, no el vuestro. Lo que os
toca a vosotros es poneros en ruta y abrir en canal a Biru-2. Estoy seguro de
que podéis hacerlo.
Si los aludidos
no estaban tan seguros como el coronel se lo guardaron para sí, porque de este
modo es como se hacen las cosas en el Cuerpo.
Así que,
cumpliendo con su deber, a la mañana siguiente se metieron en el Invencible y a
las 0304 horas precisas se lanzaron al espacio. Los trepidantes motores
MacPherson transmitieron quintillones de ergios de energía a los reactores de
propulsión, hasta que se encontraron al fin fuera del campo de gravedad de la
madre Tierra.
Jax trabajaba
en los motores, echando transvestita en la boca abierta del horno hambriento,
hasta que Acero le indicó desde el puente que había llegado el momento del
«cambio». A partir de entonces activaron los propulsores Kelly, devoradores de
espacio. Acero apretó el botón que los ponía en marcha y la enorme aeronave dio
un gran salto hacia las estrellas a siete veces la velocidad de la luz.
Como los
propulsores eran totalmente automáticos, Jax fue a refrescarse un poco en el
aseo, mientras su ropa era lavada automáticamente en la lavadora. Luego subió
al puente.
- Bueno -
exclamó Acero, levantando las cejas - no sabía que tuvieras esos gustos. Vaya
con tus calzoncillos a lunares...
- Es lo único
que tenía limpio. La lavadora ha disuelto el resto de mi ropa.
- No te
preocupes. ¡Son los larshniks de Biru-2 los que tienen que preocuparse!
Entraremos en su atmósfera justo dentro de diecisiete minutos, y he estado
pensando todo el tiempo en lo que vamos a hacer a partir de ese momento.
- Bien, me
alegro de que alguien haya estado pensando. Yo no he tenido tiempo de respirar
siquiera, y menos aún de pensar.
- No te
preocupes, amigo; estamos metidos en esto juntos. Tal como yo veo la cosa,
tenemos dos opciones. Irrumpir directamente con los cañones disparando, o deslizarnos
con sigilo.
- Ah,
¿realmente has estado pensando?
- No te lo
tomaré en cuenta porque estás cansado. Nosotros vamos bien armados, pero creo
que sus baterías de tierra son aún más potentes. De modo que sugiero la segunda
solución: entrar con sigilo, sin que nos descubran.
- ¿No resulta
eso un poco difícil yendo como vamos en esta nave de treinta millones de
toneladas?
- Normalmente,
sí. Pero ¿ves este botón que dice Invisibilidad? Mientras estabas cargando el
combustible me explicaron cómo funciona. Es un nuevo invento, que no se ha
utilizado hasta ahora, y que nos hará invisibles e indetectables por cualquiera
de sus instrumentos.
- Así ya lo veo
un poco más claro. Sólo nos quedan quince minutos. Debemos de estar ya bastante
cerca. Conectemos el dispositivo de invisibilidad.
- ¡No hagas
eso!
- Ya está
hecho. ¿Qué es lo que pasa ahora?
- No mucho.
Excepto que este aparato experimental de invisibilidad no dura más que trece
minutos antes de consumirse por completo.
Y por
desgracia, así fue. A una altura de cien kilómetros por encima de la yerma y
agrietada superficie de Biru-2, el Invencible se materializó de nuevo.
En la mínima
fracción de un milisegundo el poderoso sonar espacial y el superradar del
planeta se habían cerrado en torno a la aeronave invasora y las subluces
enviaban sus señales secretas, en espera de una respuesta correcta para
asegurarse de que el intruso era uno de los suyos.
- Enviaré una
señal, para entretenerlos un poco. Estos larshniks no son excesivamente
inteligentes - dijo Acero, sonriendo. Apretó el botón del micrófono y lo
conectó a la frecuencia de emergencia interestelar. Luego habló con voz sorda,
carraspeante -: Agente X-9 a la primera base.
Hemos cruzado fuego con la
patrulla, me han quemado mis libros de código, pero me cargué a todos esos
hijos de perra, ja, ja. Regreso a casa con un cargamento de ochocientas mil
toneladas largas de la demoníaca hierba krmml.
La respuesta
larshnik fue instantánea. Las bocas abiertas de miles de cañones
desintegradores vomitaron rayos abrasadores de energía que desgarraban hasta la
textura del espacio. Aquellos rayos corrosivos explotaron contra las pantallas
defensivas de la nave espacial, penetraron a través de la coraza del viejo
Invencible, que no estaba destinado a hacerse mucho más viejo, e incendiaron
las planchas de su casco.
La pura materia de que estaba hecho no era capaz de
resistir la fuerza destructiva, consumidora, que nacía de las mismas entrañas
del planeta y era vomitada por sus cañones contra el invasor. Así que las
paredes impenetrables de la nave, hechas de imperialita, se vaporizaron
instantáneamente y se convirtieron en gas muy fino, que a su vez se descompuso
en los meros electrones y protones (y neutrones también) de que estaba
compuesto.
La carne y la
sangre no podían resistir tampoco tales fuerzas. Pero en los pocos segundos que
tardó la nave en volatilizarse los dos valientes astronautas se habían lanzado
ya al espacio dentro de sus corazas especiales. ¡Bien a tiempo! Los restos de
lo que momentos antes había sido la poderosa astronave chocaron contra la
atmósfera y segundos más tarde contra el suelo venenoso de Biru-2.
Para un
observador casual aquello era el fin. La poderosa astronave no volaría ya más,
puesto que no quedaba de ella sino un montón confuso de restos humeantes,
doscientas toneladas de chatarra retorcida, sin el menor signo de vida para los
reptadores de superficie que salieron de una escotilla cercana, disimulada en
la roca, y se arrastraron hasta los restos ardientes, detectando en todas
direcciones con sus sensores activados al máximo.
«¡Informen!»,
transmitió la emisora de radio. «Sin señal de vida hasta quince decimales»,
respondió el maldiciente operador de los rastreadores, antes de indicarles que
regresaran a su base. Sus patitas metálicas resonaron chirrientes contra la
superficie desnuda del suelo y luego desaparecieron. Lo único que quedó allí
fueron los restos aún humeantes de la astronave, siscando bajo la lluvia
venenosa que caía como llanto sobre el metal caliente.
¿Habían muerto
los dos amigos? Pensé que no ibas a preguntármelo nunca. Pues no, no habían
muerto. Una milésima de segundo antes de que se estrellase la nave, dos
armaduras espaciales casi indestructibles habían sido proyectadas en el vacío
por el eyector con muelles de estilita, que los envió volando hacia el lejano
horizonte, donde descendieron, sin ser detectados por los técnicos larshnik,
tras un espolón de roca.
Por pura casualidad este espolón de roca era el que
disimulaba la escotilla por la que habían salido los rastreadores con sus
aparatos de detección para su inútil búsqueda, y a la que habían vuelto
siguiendo las órdenes de su maldiciente operador de radio, el cual, entontecido
con la demoníaca hierba krmml, no percibió la ligerísima vibración de la aguja
del detector cuando los rastreadores volvieron a su refugio bajo tierra,
trayendo con ellos un nuevo cargamento que no llevaban cuando salieron.
- ¡Lo hemos conseguidos! ¡Estamos dentro de
sus defensas! - se regocijó Acero -. Y no gracias a ti precisamente, pulsando
aquel maldito botón de invisibilidad...
- ¿Cómo iba yo
a saber...? - protestó Jax -. De todas formas, ya no podemos contar con la
astronave, pero podemos contar con el elemento sorpresa. Ellos no saben que
nosotros estamos aquí, pero nosotros sí sabemos que están ellos.
- Muy bien
pensado. Sssh... - dijo Acero -. No te muevas. Estamos llegando a algo.
Los
rastreadores habían entrado en una inmensa cámara, tallada en la roca, y que
estaba llena de poderosas máquinas de guerra.
Lo único humano
allí, si es que podía llamársele humano, era el operador de radio, cuyos dedos
sucios intentaron apretar el control de los cañones tan pronto como percibió la
presencia de los intrusos. Pero no tuvo tiempo. Los rayos de dos
desintegradores hicieron diana en su cuerpo, y en una milésima de segundo no
era más que un montón de carne carbonizada sobre su asiento. La justicia del
Cuerpo estaba por fin llegando a la guarida larshnik.
Justicia era,
impersonal y abstracta, imparcial y destructora, porque en aquella guarida no
había «inocentes». Los rayos implacables de la venganza civilizada iban
barriendo todo lo que se les ponía por delante, mientras los dos compañeros
avanzaban por los corredores de la infamia disparando sus mortíferos cañones.
- Este es el
Número Uno - dijo Acero, con una mueca, cuando llegaron frente a una inmensa
puerta de impervialita contrachapado de oro ante la que se apiñaba una escuadra
suicida, que realmente cometió suicidio bajo el fuego implacable de los dos
amigos.
La última resistencia débil, que no fue mucha, quedó pronto aniquilada
y reducida a humo entre el estruendo de aquella lluvia de fuego. Los dos
hombres penetraron triunfantes en el último reducto, el reducto central,
manejado ahora por una sola figura de pie ante el panel de controles. La figura
de Superlátigo en persona, cabeza secreta de todo el imperio del delito
interestelar.
- Ha llegado tu
hora - dijo, torva, la voz de Acero, al tiempo que encajonaba con su arma
aquella figura vestida con su túnica negra y su opaco casco espacial -. Quítate
el casco o mueres en un segundo.
La única
respuesta fue un rugido acongojado de rabia impotente, y durante unos instantes
las manos de la figura temblaron sobre los mandos de los cañones. Luego alzó
los brazos lentamente, llevó las manos al casco y empezó a darle vueltas para
quitárselo, levantándolo despacio...
- ¡Por el
sagrado nombre del profeta Mrddl! clamaron los dos amigos al unísono, sin poder
contenerse al ver lo que estaban viendo.
- Sí, ahora ya
lo sabéis - dijo Superlátigo entre sus dientes apretados -. Pero, ja, ja, estoy
seguro de que nunca lo sospechasteis siquiera.
- ¡Usted! -
exclamó Acero, rompiendo por fin el helado silencio que les había dejado mudos
un instante -. ¡Usted! ¡Usted! ¡USTED!
- Sí, yo mismo,
el coronel Von Thorax, comandante del CCC. Nunca sospechasteis de mí, y yo,
¡cómo me reía de vosotros mientras tanto!
- Pero... -
exclamó Jax -. ¿Por qué?
- ¿Por qué? La
respuesta es obvia para cualquiera que no sea un puerco democrático
interestelar, como lo sois vosotros. Lo único que los larshniks podían temer
era algo del tipo del CCC, una fuerza que no se inclinase nunca ante ningún
soborno exterior ni ante ninguna sedición interna, una fuerza ennoblecida por
su fe en la causa del deber.
Tipos como vosotros podíais habernos dado muchos problemas.
Por eso, precisamente, nosotros fundamos el CCC y durante largo tiempo yo he
sido el jefe de ambas organizaciones. Nuestros reclutas nos aportan lo mejor
que los planetas civilizados pueden ofrecer, y ya me ocupo yo de que sean
brutalizados, moralmente destruidos, agotados físicamente y sus espíritus
aplastados para que de allí en adelante no representen ningún peligro.
Naturalmente, algunos llegan hasta el fin, a pesar de que yo me esfuerce en
hacerlo repugnante. Cada generación tiene su porcentaje inevitable de
supermasoquistas. Pero ya me ocupo yo de que sean eliminados rápidamente, por
un sistema o por otro.
- ¿Como la de
enviarles en misiones suicidas, por ejemplo? - preguntó Acero con ironía.
- Es una buena
manera.
- Una misión
como ésta a la que nos envió usted. ¡Pero no dio resultado! ¡Ahora ya puedes ir
diciendo tus oraciones, cochino larshnik, porque estás a punto de ir a
encontrarte con tu creador!
- Mi creador?
¿Oraciones? ¿Habéis perdido la cabeza? Todos los larshniks somos ateos hasta el
fin...
Y así llegó el
fin, entre una ardiente nube de vapor. La muerte con aquellas palabras
heréticas todavía en sus labios. No merecía otra cosa.
- Y ahora,
¿qué? - preguntó Acero.
- Ahora, esto -
respondió Jax, disparando el arma que llevaba al brazo y dejándole inmovilizado
bajo los efectos del rayo paralizador -. Ya no va a ser el segundo puesto para
mí, contigo en el puente y yo en la cámara de calderas. De ahora en adelante
soy yo quien lleva la batuta.
- ¡Estás loco!
- susurró apenas Acero.
- Al contrario,
estoy muy cuerdo, por primera vez en mi vida. El Superlátigo ha muerto. Viva el
nuevo Superlátigo. Es mía, la galaxia entera es mía.
- ¿Y qué ocurre
conmigo?
- Debería
matarte, pero sería demasiado fácil. Y además, compartiste tus barras de chocolate
conmigo. Será a ti a quien culpen de toda esta catástrofe. De la muerte del
coronel Von Thorax y de todo lo demás que ha ocurrido aquí en la primera base.
Todos se volverán contra ti, y te verás convertido en un paría que tiene que
escapar, para salvar la vida, a las más remotas avanzadillas de la galaxia,
donde vivirás por siempre en el terror.
- ¡Acuérdate de
las barras de chocolate!
- Ya me
acuerdo. Las únicas que me tocaron eran las que estaban rancias. Ahora...
¡Vete!
¿Aún quieres
saber mi nombre? El que te di, de Viejo Sarge, es suficiente. ¿Mi historia?
Sería demasiado para tus tiernos oídos, muchachito. Llena los vasos otra vez,
así, y brinda conmigo. Es lo menos que puedes hacer por un pobre viejo que ha
visto ya mucho en su vida. Un brindis de mala suerte, que sería mejor decir: el
Gran aniquilamiento,
Krammdl maldiga
para siempre al hombre que algunos conocieron como el Caballero Jax. ¿Qué si
tengo hambre? Yo no... ¡no! ¡Una barra de chocolate, no!