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Carne de cañón - Sergio Gaut Vel Hartman

Lo convocaron mediante un telegrama muy formal, pero él se sintió como si lo hubieran arrancado de la cama, desnudo y sin la dentadura postiza.

Lo concentraron, junto con un centenar de hombres como él, en una barraca maloliente; les dieron ropa adecuada, fusiles láser, algunas granadas y paquetes de tabletas alimenticias. «Al monte, no me importan sus achaques», les gritó el sargento; «esto es una guerra».

Una guerra en serio, se dijo; pero, ¿contra quién?

Le enseñaron a usar el arma. El fusil láser no era un arma especialmente sofisticada. No tenía nada que ver con las miniatómicas, las Beluga o la bomba de pánico. Era una forma desarrollada de las armas convencionales que pueden verse en el Museo de los Horrores. Pero de todos modos estaba preparado para matar.

Le dijeron que se había inventado una nueva clase de guerra porque sostener una guerra nuclear era impensable. «No somos imbéciles como los gobernantes del pasado», decían los carteles pegados en las paredes de las ciudades; firmado: El Gobierno. Finalmente lo habían comprendido. 

Una vez que
la espiral queda fuera de control y los conflictos regionales se transforman en globales... La cuarta realmente se pelearía con garrotes. Así que los bandos decidieron, de común acuerdo, como corresponde a la gente civilizada, usar los garrotes en la tercera. Nada de misiles, ojivas nucleares, submarinos y portaaviones atómicos, cazas supersónicos y bombarderos de gran autonomía de vuelo.

Lo entrenaron como infante. Fusil láser y bayoneta calada.

Una guerra no resulta creíble ni estimulante sin muertos, heridos y mutilados.

—¿Ésos son los soldados que se van a la guerra, mami?

—Sí, hijo. Enseguida va a pasar el abuelo. Vas a ver qué lindo le queda el uniforme.

Las tropas desfilan delante del palco de honor. El joven rey preside la solemne marcha del ejército que se dirige al frente. Los soldados tratan de conservar el paso bajo la lluvia de pétalos que arrojan las muchachas, pero a la mayoría le pesan más los años que la mochila.

—No está mal —dice el rey inclinándose hacia la ministra de guerra.

—Especialmente si se tiene en cuenta que los preparamos en una semana.

—Se los ve animosos —dice el canciller—. Hasta parecen haber superado los achaques propios de la edad.

—Será por la dosis masiva de provectal que les circula por las venas —dice el ideólogo del Orden Nuevo.

Termina de pasar el Cuerpo de Gerontes y le llega el turno a la Milicia de No Videntes. Los Zapadores Tullidos se impacientan en un rincón de la plaza, ansiosos por hacer correr las nuevas sillas blindadas.

Guerra de trincheras. Un fósil desenterrado de archivos de las cinematecas y cuidadosamente secado al sol explosivo del mediodía.

Ratas. Barro ácido, gomoso. Horas flacas y el uniforme pegado al cuerpo, como si todo formara parte de una tortura inventada por esos mocosos pacifistas.

Arriba, adelante, los fuegos artificiales estallando como en una fiesta municipal químicamente pura.

Lo empujaron a una trinchera sin darle explicaciones y lo pusieron bajo el mando de un sargento tan reumático como él mismo. Lo obligaron a convivir con un montón de viejos sucios y mezquinos; los que se han quedado solos para no tener que mantener a una mujer y ahora necesitan cortejar a la bruja desdentada para durar un día más.

Entabla una relación cordial, casi empática, con un ciego que ha perdido a su pelotón. El ciego es más sucio que una letrina, y malo y resentido, pero la guerra es la guerra y la soledad es peor.

—Tenemos que llegar a la colina antes del anochecer, carajo.

—Me da lo mismo. Estoy reventado. Ahora o dentro de un rato. Cuestión de tiempo, ¿no?

—No hables al pedo. La vida es hermosa. Lo digo yo, que me limito a manosearla desde hace medio siglo.

La metralla del enemigo los obliga a hundir la cara en el barro.

—¡Mierda y mierda! Si por lo menos dejara de caer esta jalea por un rato...

—No se va a secar. De todos modos no se va a secar. Te vas a morir vos, me voy a morir yo, y todavía no se va a secar.

Una explosión, hacia el este. Un grito largo, casi un aullido licantrópico que corta el campo al sesgo. Una voz de mando, quebrada, vacilante, demandando silencio sobre una herida abierta; una herida de bordes irregulares.

—¡Hijos de puta! ¡No aguanto más!

—«¡Mueran con honor ya que no pueden vivir con dignidad!» —diría nuestro amado rey.

—Esto es solo un ensayo. Cuando empiece la joda en serio ni siquiera te van a dejar morir. Una dosis de estopa, una costura de emergencia, una descarga eléctrica y otra vez al frente. Ellos encontraron la forma de no ensuciarse las uñas. Muy apropiado, justo lo que necesitábamos. Una guerra a los veinte, otra a los cien.

Un infierno de colores y sonidos se derrama sobre el campo de batalla. Un latido epileptoide recorre los sistemas nerviosos como si estuvieran interconectados. Orden de saltar fuera de las trincheras. Orden de matar a contrafuego enemigo. La tierra parece erizada de flores: calvos y canosos. Son como cardos y hongos avanzando a desgano por el tórrido paisaje, eludiendo los trazos blancos que escupen los fusiles láser del enemigo. 

Y
ellos, a su vez, replican arrancando jirones de carne podrida, brazos sarmentosos y vísceras gastadas. Están obnubilados por una idea lejana, ajena, y avanzan y avanzan y disparan y avanzan y mueren y siguen avanzando, abúlicos, reticentes. Están apagados, son absolutamente viejos.

Antes de caer la noche, casi sin notarlo, han ganado la colina y un collar de pozos y trincheras. Ahora tienen dónde arrojar los cuerpos que sienten como prestados para ahogarlos en barro y mugre.

—¿Hay muchos muertos? Me gustaría verlos.

—No te perdés nada. Son como quince. La puta que las parió a estas granadas: me parece que hay más cabezas que brazos.

—No se puede creer. Otro día sin que me toque el turno.

—Los pendejos del Gobierno, ¿sabrán las reglas de esta guerra? Yo no.

—¡Qué gusto de escarbar en la mierda, viejo! ¿Acaso no estamos ganando?

—Sí, a lo mejor estamos ganando. Parece que a ellos se les están terminando los viejos.

—¡Nos mandan a casa!

—No sé. Todos estos muertos son mogólicos y oligofrénicos.

La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.

Terror en el espacio (Capítulo 5) - Leigh Brackett

Capítulo 5

 
El tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...

Ella estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se hubiera estrangulado muy gustoso.

Ella levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.

Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
–No –dijo roncamente–. No. ¡No!

Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.

Lundy se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra. Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.

Esto constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
–Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Aquella criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
–¡No! –gritó Lundy.

La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.

Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
–¿Por qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
–¿Agradable? –vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»

Algo en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio. Tinieblas...

La pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la muerte, pero aquí moriremos...»

Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
–¿Quieres decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto. Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con todo. No sabíamos...»
–¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»

Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
–Te gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
–¿Harás entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
–Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»

La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
–Aparta a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»

Lundy se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su promesa. Quizás ella...

La red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados. Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente azuladas.

Empezó a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven, la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»

Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
–Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus sueños.

El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
–¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!

Ella siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia ellas.
–¡Abre los ojos!

Ella se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.

Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo, porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.

Pero aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una tristeza que jamás dejó su mirada.

Su sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado, y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo que le salvó.

Pero ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de su sueño, y al verlos, lo destruían.

Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.

Primer amor, primer temor - George Zebrowski


Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. 
Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. 
Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. 
Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. 
El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. Él vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. 
Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. 
Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. 
Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vaga expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. 
Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. 
La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. 
Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De pronto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. Él se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. 
Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. 
Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. 
Él la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendió de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. 
Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. 
El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. 
Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a su espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era una lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que, si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estómago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. 
En primavera, los pequeños saldrían y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. 
El líquido del vientre de la muchacha estaba lleno de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. 
Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. 
Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.