Terror en el espacio (Capítulo 5) - Leigh Brackett
Capítulo 5
El
tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no
ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató
de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...
Ella
estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la
noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de
un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se
hubiera estrangulado muy gustoso.
Ella
levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de
cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas
pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.
Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
–No –dijo roncamente–. No. ¡No!
Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.
Lundy
se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra.
Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella
las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas
alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.
Esto
constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de
saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de
luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el
altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la
iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
–Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»
Aquella
criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la
libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo
de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con
aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
–¡No! –gritó Lundy.
La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.
Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
–¿Por
qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco
por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
–¿Agradable?
–vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que
matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»
Algo
en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el
aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio.
Tinieblas...
La
pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra
negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el
grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así
estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta
nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y
nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la
muerte, pero aquí moriremos...»
Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
–¿Quieres
decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de
morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto.
Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los
conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con
todo. No sabíamos...»
–¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»
Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
–Te
gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen
culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como
algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
–¿Harás
entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes
salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me
ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te
temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
–Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»
La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
–Aparta
a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean
por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»
Lundy
se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le
temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por
el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su
promesa. Quizás ella...
La
red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados.
Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la
cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos
ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente
azuladas.
Empezó
a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla
alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro
brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven,
la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»
Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
–Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella
le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó
flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de
los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva
que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus
sueños.
El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
–¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!
Ella
siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las
feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia
ellas.
–¡Abre los ojos!
Ella
se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a
precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y
vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.
Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.
Nunca
supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo,
porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para
alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.
Pero
aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que
salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una
tristeza que jamás dejó su mirada.
Su
sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al
punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado,
y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo
que le salvó.
Pero
ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había
hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de
su sueño, y al verlos, lo destruían.
Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.
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