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El Misterioso Caso De Styles - Agatha Christie

Capítulo 2 - Dieciséis y diecisiete de julio

Había llegado a Styles el 5 de julio. Relataré a continuación los hechos ocurridos el 16 y 17 de aquel mes. Recapitularé los incidentes de aquellos días con tanta exactitud como me sea posible. Estos hechos salieron a la luz posteriormente, en el proceso, después de largos y pesados interrogatorios.

Recibí una carta de Evelyn Howard un par de días después de su marcha; en ella me decía que trabajaba como enfermera en el gran hospital de Middlingham, ciudad industrial a unas quince millas de Styles, y me rogaba le hiciera saber si la señora Inglethorp daba muestras de desear reconciliarse.

La única sombra que enturbiaba la tranquilidad de mi estancia en Styles era la extraordinaria preferencia de la señora Cavendish por la compañía del doctor Bauerstein, preferencia que me parecía incomprensible. No podía comprender qué era lo que veía en él, pero siempre estaba invitándole y con frecuencia hacían largas excursiones juntos. Sinceramente, su atractivo era para mí un misterio.

El 16 de julio cayó en lunes. Fue un día de mucho movimiento. La famosa tómbola se había inaugurado el sábado anterior, y aquella noche se representaría una función relacionada con la fiesta de la caridad, en la que la señora Inglethorp recitaría un poema patriótico. Habíamos estado toda la mañana muy atareados arreglando y decorando el local del pueblo donde la función iba a celebrarse. Almorzamos tarde y salimos al jardín a descansar. Observé que la actitud de John no era del todo normal. Parecía muy excitado e inquieto.

Después del té, la señora Inglethorp se retiró a sus habitaciones y yo desafié a Mary Cavendish a un partido de tenis.

A eso de las siete menos cuarto, la señora Inglethorp nos avisó a gritos que la comida se adelantaría aquella noche y que no íbamos a estar a punto. Tuvimos que darnos mucha prisa para llegar a tiempo y, antes de terminar de comer, el coche ya esperaba en la puerta.

La función constituyó un gran éxito y la actuación de la señora Inglethorp fue premiada con una ovación. Hubo también algunos cuadros plásticos en los que intervino Cynthia. La muchacha no regresó con nosotros, por haber sido invitada a una cena y a pasar la noche con unos amigos que habían actuado con ella en la representación.

A la mañana siguiente, la señora Inglethorp desayunó en la cama por encontrarse fatigada, pero a las 12:30 se presentó muy animada y nos arrastró a Lawrence y a mí a una comida en casa de unos amigos.

—Una invitación amabilísima de la señora Rolleston —dijo—. Es hermana de lady Tadminster. Los Rolleston vinieron a Inglaterra con Guillermo el Conquistador. Una de nuestras familias más antiguas.

Mary se había excusado de asistir, pretextando un compromiso con el doctor Bauerstein.

La comida resultó muy agradable y, al volver, Lawrence sugirió que pasáramos por Tarminster, dando un rodeo de una milla escasa, y le hiciéramos una visita a Cynthia en su dispensario. A la señora Inglethorp le pareció una idea excelente, pero como tenía que escribir varias cartas dijo que nos dejaría allí y que volviéramos con Cynthia cuanto antes en el tílburi.

El portero del hospital nos detuvo por sospechosos hasta que apareció Cynthia y respondió por nosotros. Su aspecto era reposado y estaba muy mona con su larga bata blanca. Nos llevó a su cuarto y nos presentó a un compañero suyo, individuo de aspecto terrible, a quien Cynthia llamaba alegremente «Nibs».

—¡Qué cantidad de botellas! —exclamé, dejando vagar la mirada por el pequeño cuarto—. ¿Sabe usted realmente lo que hay en todas ellas?

—Diga algo original —rezongó Cynthia—. Todo el que viene aquí dice lo mismo. Estamos pensando en conceder un premio al primero que no diga: «¡Qué cantidad de botellas!». Y ya sé qué es lo que va a decir ahora: «¿A cuántas personas ha envenenado?».

Me confesé culpable, riendo.

—Si supieran ustedes lo fácil que es envenenar a una persona por error, no bromearían acerca de ello. Vamos, vamos a tomar el té. Tenemos toda clase de provisiones en el armario. ¡No, Lawrence, ese es el armario de los venenos! El grande, eso es.

Tomamos el té alegremente y ayudamos a Cynthia a fregar los cacharros. Acabábamos de guardar la última cucharilla cuando se oyó un golpe en la puerta. Súbitamente, los rostros de Cynthia y Nibs se endurecieron, adquiriendo una expresión antipática.

—Pase —dijo Cynthia en tono profesional.

Apareció una joven enfermera de aspecto asustado, que entregó a Nibs una botella. Este, a su vez, se la dio a Cynthia, diciendo enigmáticamente:

—Yo no estoy aquí hoy.

Cynthia cogió la botella y la examinó con la severidad de un juez.

—Tenían que haberla traído esta mañana.

—La enfermera lo siente mucho. Se olvidó.

—La enfermera debería haber leído las instrucciones que hay en la puerta.

Por la expresión de la enfermerita comprendí que no había la menor probabilidad de que se atreviera a transmitir el mensaje a la temible «enfermera».

—De modo que ya no se puede hacer nada hasta mañana —concluyó Cynthia.

—¿No sería posible hacerlo esta noche?

—Estamos muy ocupados, pero si hay tiempo se hará —dijo Cynthia, condescendiente.

La pequeña enfermera se retiró y Cynthia cogió un frasco del estante, llenó la botella y la colocó en la mesa. Me reí.

—¿Manteniendo la disciplina?

—Eso es. Venga al balcón. Desde allí se ven todos los pabellones.

Seguí a Cynthia y a su amigo, quienes me señalaron las diferentes salas. Lawrence se quedó atrás, pero al cabo de unos segundos Cynthia se volvió y le dijo que se reuniera con nosotros. Entonces miró su reloj de pulsera.

—¿No nos queda nada que hacer, Nibs?

—No.

—Muy bien. Entonces cerraremos y nos vamos.

Aquella tarde había visto a Lawrence bajo un aspecto totalmente distinto. Comparado con John, era extraordinariamente difícil llegar a conocerlo. Era opuesto a su hermano en casi todo. Sin embargo, había cierto encanto en su modo de ser y me pareció que, conociéndolo bien, podría tomársele gran afecto. Por regla general, su actitud respecto a Cynthia era algo cohibida, y ella, por su parte, se sentía tímida en su presencia. Pero aquella tarde estaban los dos muy alegres y charlaban como un par de chiquillos.

Cuando cruzábamos el pueblo, recordé que necesitaba unos sellos y, por consiguiente, nos detuvimos ante la oficina de correos.

Al salir de esta oficina, tropecé con un hombrecillo que entraba. Me hice a un lado, ofreciendo mis excusas, cuando de pronto, con una exclamación, me estrechó entre sus brazos y me besó calurosamente.

—¡Mi amigo Hastings! —exclamó—. ¡Pero si es mi amigo Hastings!

—¡Poirot! —exclamé.

Me volví a explicar a mis amigos, que seguían en el tílburi:

—Cynthia, es un encuentro realmente agradable para mí. Mi viejo amigo monsieur Poirot, a quien no había visto desde hace años. Ya comprenderá mi alegría ante tal encuentro.

—Pero si ya lo conocemos —dijo Cynthia, alegremente—. Y no tenía la menor idea de que fuera amigo suyo.

—Es cierto —dijo Poirot seriamente—. Conozco a la señorita Cynthia. Si estoy aquí es gracias a la bondadosa señora Inglethorp. Sí, amigo mío, ha ofrecido hospitalidad a siete refugiados de mi país. Nosotros, los belgas, le estamos eternamente agradecidos.

Poirot era un hombrecillo de aspecto fuera de lo corriente. Mediría escasamente 1,60 m de altura, pero su porte resultaba muy digno. Su cabeza tenía la forma exacta de un huevo y acostumbraba a inclinarla ligeramente hacia un lado. Su bigote era tieso y de aspecto militar. La pulcritud de su atuendo era casi increíble; dudo que una herida de bala pudiera causarle el mismo disgusto que una mota de polvo. Sin embargo, este curioso hombrecillo, que, por desgracia, y según pude observar, cojeaba ligeramente, había sido en sus tiempos uno de los miembros más destacados de la policía belga. Como detective, su olfato era extraordinario, y había obtenido resonantes éxitos ventilando algunos de los casos más desconcertantes de la época.

Me señaló la casita donde habitaban él y su compatriota y prometí ir a verle en fecha próxima. Saludó ceremoniosamente a Cynthia, quitándose el sombrero, y nos marchamos.

—Es un hombrecillo encantador —dijo Cynthia—. No tenía idea de que lo conocía usted.

—Han dado ustedes albergue a una celebridad —repliqué.

Y durante todo el camino les recité las hazañas y éxitos de Hércules Poirot.

Llegamos a casa en alegre disposición de ánimo. Al atravesar el vestíbulo, vimos a la señora Inglethorp que salía de su *boudoir*. Parecía nerviosa y trastornada.

—¡Ah!, sois vosotros —dijo.

—¿Pasa algo, tía Emily? —preguntó Cynthia.

—Claro que no —dijo bruscamente la señora Inglethorp—. ¿Qué va a pasar?

Y viendo a Dorcas, la doncella, que se dirigía al salón, le dijo que le llevara unos sellos al *boudoir*.

—Sí, señora —la vieja sirvienta titubeó y dijo al fin, tímidamente—: ¿No cree usted, señora, que haría bien en irse a la cama? Parece usted fatigada.

—Puede ser que tenga usted razón, Dorcas, sí... No, ahora no. Tengo que terminar algunas cartas para que alcancen el correo. ¿Ha encendido el fuego en mi cuarto, como le dije?

—Sí, señora.

—Entonces me iré a la cama inmediatamente después de comer.

Entró de nuevo en su *boudoir* y Cynthia se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos.

—¡Por Dios bendito! ¿Qué pasará? —le dijo a Lawrence.

Él no la oyó, al parecer, pues, sin decir una palabra, giró sobre sus talones, nos echó una mirada y salió de la casa inmediatamente.

Le propuse a Cynthia un rápido partido de tenis antes de cenar y, habiendo sido aceptada mi proposición, corrí escaleras arriba a buscar mi raqueta.

La señora Cavendish bajaba en aquel momento. Puede ser que fuera mi imaginación, pero parecía agitada.

—¿Fue agradable el paseo con el doctor Bauerstein? —pregunté, tan indiferente como me fue posible.

—No fui —contestó bruscamente—. ¿Dónde está la señora Inglethorp?

—En el *boudoir*.

Su mano se agarraba con fuerza a la baranda. Después pareció acumular energías para una entrevista difícil y rápidamente bajó las escaleras y cruzó el vestíbulo en dirección al *boudoir*, donde entró cerrando la puerta tras ella.

Unos minutos después, camino del campo de tenis, tuve que pasar por delante de la ventana abierta del *boudoir* y no pude evitar oír lo siguiente:

—¿Entonces no quiere usted enseñármelo? —decía Mary Cavendish con la voz de una persona que hace esfuerzos desesperados por dominarse.

—Querida Mary, no tiene nada que ver con el asunto —replicó la señora Inglethorp.

—Pues enséñemelo entonces.

—Ya te he dicho que no es lo que te imaginas. No te incumbe en absoluto.

A lo cual Mary Cavendish replicó con amargura creciente:

—¡Claro está! ¡Debería haber supuesto que usted lo protegería!

Cynthia me esperaba y me recibió diciendo con vehemencia:

—¡Oiga, Hastings! ¡Ha habido un lío espantoso! Se lo he sacado a Dorcas.

—¿Qué clase de lío?

—Entre tía Emily y él. Espero que al fin sabrá quién es.

—¿Andaba Dorcas presente?

—Claro que no. Estaba «cerca de la puerta, por casualidad». Ha sido algo serio. Me gustaría saber el motivo.

Recordé la cara agitada de la señora Raikes y las advertencias de la señorita Howard, pero decidí prudentemente guardar silencio, mientras Cynthia agotaba toda posible hipótesis. Al fin dijo, esperanzada:

—Tía Emily le echará de casa y no volverá a dirigirle la palabra.

Tenía grandes deseos de hablar con John, pero no pude encontrarle. Era evidente que algo muy grave había ocurrido, sin querer, y, a pesar de todos mis esfuerzos, no conseguía apartarlo de mi imaginación. ¿Qué relación tendría Mary Cavendish con el asunto?

El señor Inglethorp estaba en el salón cuando bajé a cenar. Su rostro aparecía tan impasible como de costumbre y volvió a impresionarme la extraña irrealidad que emanaba en gran manera de su persona.

La señora Inglethorp fue la última en bajar. Parecía estar todavía fatigada y durante la comida reinó un silencio un poco forzado. Generalmente rodeaba a su mujer de pequeñas atenciones, colocando un cojín a su espalda y representando el papel de marido complaciente. Después de comer, la señora Inglethorp se retiró de nuevo a su *boudoir*.

—Mándame allí mi café, Mary —pidió—. Sólo tengo cinco minutos si quiero que las cartas no pierdan el correo.

Cynthia y yo nos sentamos junto a la ventana abierta del salón. Mary Cavendish nos llevó allí el café. Parecía excitada.

—¿Quiere la gente joven que encienda las luces o prefieren la semioscuridad del crepúsculo? —preguntó—. Cynthia, por favor, llévale el café a la señora Inglethorp. Voy a servirlo.

—Déjelo, Mary, yo lo haré —dijo Inglethorp. Él mismo lo sirvió y salió del cuarto llevándolo con cuidado.

Lawrence le siguió y la señora Cavendish se sentó junto a nosotros.

Permanecieron los tres en silencio durante algún tiempo. Era una noche maravillosa, cálida y tranquila. La señora Cavendish se abanicaba dulcemente con una hoja de palma.

—Hace casi demasiado calor. Tendremos tormenta a no tardar.

¡Lástima que estos momentos llenos de armonía no puedan durar! El sonido de una voz conocida que yo detestaba profundamente hizo añicos mi paraíso.

—¡El doctor Bauerstein! —exclamó Cynthia—. ¡Vaya unas horas de venir!

Dirigí a Mary Cavendish una mirada recelosa, pero permanecía impasible, sin que se alterase siquiera la deliciosa palidez de sus mejillas. Segundos más tarde, Alfred Inglethorp introducía al doctor, quien se disculpaba riendo por entrar en el salón en aquella facha. Realmente, estaba cubierto de barro de pies a cabeza y ofrecía un aspecto lamentable.

—¿Qué ha estado usted haciendo, doctor? —exclamó la señora Cavendish.

—Tengo que disculparme —dijo el médico—. No quería entrar, pero el señor Inglethorp insistió con tanto ahínco.

—La verdad es, Bauerstein, que está usted hecho una pena —dijo John, que venía del vestíbulo—. Tome una taza de café y cuéntenos qué le ha ocurrido.

—Gracias.

Se rió con melancolía y explicó que había descubierto una especie muy rara de helecho en un lugar inaccesible, y que en sus esfuerzos por apoderarse de él había perdido pie, cayendo de modo lamentable a una charca.

—Me sequé pronto al sol —añadió—, pero mi aspecto es lamentable.

En este momento, la señora Inglethorp llamó a Cynthia desde el vestíbulo y la muchacha salió corriendo.

—¿Quieres subirme la caja morada de los papeles? Me voy a la cama.

La puerta que daba al vestíbulo era ancha. Me levanté al mismo tiempo que Cynthia. John estaba a mi lado. Por tanto, éramos tres los testigos que podríamos jurar que la señora Inglethorp llevaba en la mano su taza de café, que aún no había probado.

La presencia del doctor Bauerstein me estropeó la velada por completo. Me parecía que no iba a marcharse nunca. Sin embargo, al fin se levantó y suspiré aliviado.

—Bajaré al pueblo con usted —dijo Inglethorp—. Tengo que ver al administrador para tratar de unas cuentas. —Se volvió a John—: No es necesario que nadie me espere levantado. Llevaré el llavín.

 

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Capítulo 3 - La noche de la tragedia

Para que resulte clara esta parte de mi relato, incluyo el siguiente plano del primer piso de Styles. A las habitaciones de la servidumbre se llega a través de la puerta B. No tiene comunicación con el ala derecha, donde estaban situadas las habitaciones de los Inglethorp.

Debía de ser hacia la mitad de la noche cuando me despertó Lawrence Cavendish. Tenía una vela en la mano y por la agitación de su rostro se veía claramente que algo grave ocurría.

—¿Qué pasa? —pregunté, sentándome en la cama y tratando de ordenar mis pensamientos dispersos.

—Parece que mi madre está muy enferma. Debe de tener un ataque. Por desgracia, se ha encerrado por dentro en su cuarto.

—Voy enseguida.

Salté de la cama y, poniéndome una bata, seguí a Lawrence a lo largo del pasillo y de la galería hasta el ala derecha de la casa.

John Cavendish se unió a nosotros y uno o dos de los sirvientes espantados rondaban por allí, excitadísimos. Lawrence se volvió hacia su hermano.

—¿Qué te parece que hagamos?

La indecisión de su carácter nunca había sido tan evidente.

John sacudió con violencia el picaporte, pero sin resultado positivo. La puerta, evidentemente, estaba cerrada con llave o tenía echado el cerrojo por dentro. Ya toda la casa se había levantado. Desde el interior de la habitación llegaban ruidos alarmantes. Había que hacer algo con urgencia.

—Trate de entrar por el cuarto del señor Inglethorp, señor —gritó Dorcas—. ¡La pobre señora!

De pronto caí en la cuenta de que Alfred Inglethorp no estaba con nosotros. Era el único que no había hecho acto de presencia. John abrió la puerta de su cuarto. Estaba oscuro como la boca del lobo, pero Lawrence le seguía con la vela y, a su luz vacilante, pudimos ver que la cama estaba sin deshacer y no había señales de que el cuarto hubiera sido ocupado aquella noche.

Fuimos directamente a la puerta de comunicación. También estaba cerrada o tenía echado el cerrojo por dentro. ¿Qué hacer?

—¡Ay, señor! ¿Qué vamos a hacer? —gritaba Dorcas, retorciéndose las manos.

—Creo que debemos intentar forzar la puerta. Va a ser tarea dura. Que una de las chicas baje a buscar al doctor Wilkins. Bueno, vamos a la puerta. Un momento, ¿no hay una puerta en el cuarto de la señorita Cynthia?

—Sí, señor, pero también está cerrada. Nunca ha estado abierta.

—Podemos probarlo de todos modos.

Corrió a lo largo del pasillo hasta el cuarto de Cynthia. Allí estaba Mary Cavendish, zarandeando a la muchacha, que debía tener un sueño extraordinariamente pesado, y tratando de despertarla.

John estuvo de vuelta después de unos segundos.

—No hay nada que hacer allí; también está cerrada. Tenemos que forzar la puerta. Creo que esta es algo menos sólida que la del pasillo.

Todos unimos nuestras fuerzas y empujamos, jadeantes. El armazón de la puerta era sólido y durante mucho tiempo resistió nuestros esfuerzos, pero al fin, con un ruidoso estallido, se abrió violentamente.

Entramos todos juntos, dando traspiés. Lawrence seguía sosteniendo la vela. La señora Inglethorp estaba en la cama, agitada por violentas convulsiones, en una de las cuales, al parecer, había volcado la mesa que estaba a su lado. Sin embargo, cuando nosotros entramos, sus miembros se relajaron y cayó sobre las almohadas.

John cruzó el cuarto y encendió el gas. Volviéndose hacia Annie, una de las doncellas, la mandó al salón a buscar coñac. Entonces se acercó a su madre, mientras yo descorría el cerrojo de la puerta del pasillo.

Me volví hacia Lawrence para sugerirle que era mejor que yo les dejara, ya que mis servicios no eran necesarios, pero las palabras se helaron en mis labios. Nunca había visto a un hombre con semejante expresión de terror. Estaba blanco como la nieve; la vela que sostenía en su mano temblaba y la cera caía en la alfombra, y sus ojos, petrificados por el pánico o algún sentimiento similar, miraban fijamente a algún punto de la pared. Seguí instintivamente la dirección de su mirada, pero no pude ver allí nada extraordinario. Solo las brasas que chisporroteaban débilmente en la chimenea y la hilera de figuritas en la repisa, pero ni unas ni otras justificaban aquel terror.

Parecía que la violencia del ataque de la señora Inglethorp iba cediendo. Ya podía hablar tan solo con sonidos entrecortados.

—Estoy mejor... Vino tan de pronto... qué estúpida he sido... encerrándome...

Una sombra se proyectó en la cama, volví la cabeza y vi a Mary Cavendish de pie, cerca de la puerta, sosteniendo con un brazo a Cynthia, que parecía completamente aturdida. Tenía el rostro congestionado y bostezaba repetidamente.

—La pobre Cynthia está muy asustada —dijo Mary Cavendish en voz baja y clara.

Mary llevaba puesta su bata blanca de trabajo. Debía de ser más tarde de lo que había pensado. Un pálido rayo de luz atravesaba las cortinas de las ventanas y el reloj de la chimenea señalaba cerca de las cinco.

Un grito estrangulado me sobresaltó. El dolor atenazaba de nuevo a la infortunada señora. Las convulsiones eran de tal violencia que el presenciarlas constituía una verdadera prueba. Reinaba la mayor confusión. Nos amontonábamos a su alrededor, incapaces de ayudarla o aliviarla. Una última convulsión la levantó de la cama, y luego pareció descansar sobre la cabeza y los tobillos, con el cuerpo arqueado del modo más extraordinario. Mary y John trataban en vano de darle a beber coñac. Los minutos iban pasando. De nuevo se arqueó su cuerpo extrañamente.

En aquel momento, el doctor Bauerstein se abrió paso autoritariamente a través de la habitación. Durante unos segundos permaneció inmóvil contemplando a la señora Inglethorp, y entonces esta gritó con voz ahogada, los ojos fijos en el doctor:

—¡Alfred! ¡Alfred!

Y cayó inmóvil sobre las almohadas. El doctor se acercó vivamente al lecho y, cogiendo los brazos de la señora Inglethorp, los zarandeó enérgicamente, aplicándole la respiración artificial. Dio unas cuantas órdenes rápidas a los sirvientes. Un imperioso movimiento de su mano nos llevó a todos a la puerta. Le contemplábamos fascinados, aunque creo que en el fondo de nuestros corazones todos sabíamos que era ya demasiado tarde para conseguir nada. Por la expresión de su rostro comprendí que él tampoco tenía esperanzas.

Por último abandonó su tarea, moviendo la cabeza gravemente. En aquel momento oímos unos pasos que se acercaban y entró atropelladamente el médico de cabecera de la señora Inglethorp, el doctor Wilkins, un hombre rollizo e inquieto.

En pocas palabras, el doctor Bauerstein explicó que pasaba casualmente por delante de la verja cuando el coche salía en busca del doctor Wilkins, y había acudido lo más aprisa posible. Señaló a la figura de la cama con un vago gesto que hizo con la mano.

—Muy triste, muy triste —murmuró el doctor Wilkins—. ¡Pobre señora! Siempre quería hacer demasiadas cosas, demasiadas, contra mi consejo... Yo se lo advertí. Su corazón estaba muy débil. «Calma, calma», le dije. Pero no, su amor por las buenas obras era demasiado grande. La naturaleza se rebeló, la naturaleza se rebeló.

El doctor Bauerstein observaba con atención a su colega.

—Las convulsiones eran de una violencia extraordinaria, doctor Wilkins —dijo sin dejar de mirarle—. Siento que no haya estado usted aquí a tiempo de presenciarlas. Eran... de naturaleza tetánica.

—¡Ah! —dijo prudentemente el doctor Wilkins.

—Me gustaría hablar con usted reservadamente —dijo Bauerstein. Y volviéndose hacia John—: ¿Tiene usted algo que objetar?

—Desde luego que no.

Salimos todos al pasillo, dejando solos a los dos médicos, y oí la llave en la cerradura detrás de nosotros.

Bajamos lentamente las escaleras. Yo estaba excitadísimo. Tengo cierto talento deductivo y la actitud del doctor Bauerstein había despertado en mi imaginación un montón de conjeturas. Mary Cavendish puso su mano sobre mi brazo.

—¿Qué ocurre? ¿Por qué está tan... extraño el doctor Bauerstein?

—¿Sabe usted lo que pienso?

—¿Qué?

—¡Escuche!

Miré alrededor. Estábamos fuera del alcance del oído de los demás, pero, aun así, dije en un susurro:

—Creo que ha sido envenenada. Estoy seguro de que el doctor Bauerstein lo sospecha.

—¡Qué!

Se encogió contra la pared, las pupilas dilatadas violentamente, lanzando un grito desesperado que me sobresaltó.

—¡No, no! ¡Eso no, eso no!

Y voló escaleras arriba, dejándome solo. La seguí, temiendo que fuera a desmayarse. La encontré recostada contra el pasamano, mortalmente pálida. Me hizo con la mano una señal complaciente de que me fuera.

—¡No, no, déjeme! Prefiero estar sola. Déjeme tranquila un minuto o dos. Vaya abajo con los demás.

Obedecí de mala gana. John y Lawrence estaban en el salón. Me acerqué a ellos. Todos permanecíamos callados, pero creo que expresé el sentir general cuando rompí aquel silencio y pregunté alterado:

—¿Dónde está el señor Inglethorp?

John negó con la cabeza.

—No está en casa.

Nos miramos. ¿Dónde estaba Alfred Inglethorp? Su ausencia resultaba extraña, inexplicable. Recordé las últimas palabras de la señora Inglethorp. ¿Qué había en el fondo de ellas? ¿Qué más nos hubiera dicho de haber tenido tiempo?

Al fin oímos a los médicos bajar la escalera. El doctor Wilkins se daba aires de importancia y parecía como si tratara de ocultar bajo una calma decorosa su excitación interior. El doctor Bauerstein se mantenía en segundo término y la expresión de su rostro grave no se había alterado. El doctor Wilkins habló por los dos, dirigiéndose a John:

—Señor Cavendish, deseo su autorización para hacer la autopsia.

—¿Es necesario? —preguntó John gravemente. Un espasmo de dolor cruzó su rostro.

—Absolutamente necesario —contestó el doctor Bauerstein.

—¿Quiere usted decir que...?

—Que ni el doctor Wilkins ni yo podremos extender un certificado de defunción en las actuales circunstancias.

John inclinó la cabeza.

—En ese caso, mi única alternativa es consentir.

—Gracias —dijo el doctor Wilkins vivamente—. Creemos conveniente que la autopsia tenga efecto mañana por la noche, o mejor esta misma noche. —Miró rápidamente a la luz del día—. En las presentes circunstancias me temo que no podremos evitar una indagatoria. Son formalidades necesarias, pero les ruego que no se angustien por ello. A todo se proveerá.

Una pausa siguió a las palabras del médico de cabecera. Luego, el doctor Bauerstein sacó dos llaves de su bolsillo y se las entregó a John, diciendo a la par:

—Las llaves de los dos cuartos. Los he cerrado y, en mi opinión, deberían permanecer cerrados por el momento.

Los doctores se marcharon.

Había estado dando vueltas en mi cabeza a una idea y me pareció que había llegado el momento de exponerla. Sin embargo, temía un poco hacerlo. Sabía que John sentía horror por toda clase de publicidad y que era un optimista despreocupado, poco amigo de buscar problemas. Podía ser difícil convencerle de la sensatez de mi plan. Por otra parte, Lawrence, menos esclavo de convencionalismos y más imaginativo, podía convertirse en mi aliado. Sin ningún género de duda, había llegado el momento de que yo tomara la dirección del asunto.

—John —dije—, te voy a pedir una cosa.

—Di.

—¿Recuerdas que os he hablado de mi amigo Poirot, el belga que está en el pueblo? Ha sido un detective famosísimo.

—Sí. Bien.

—Quiero que me dejes llamarlo para... investigar el asunto que nos ocupa.

—¡Cómo! ¿Ahora mismo? ¿Antes de la autopsia?

—Sí, el tiempo será un gran aliado si... si hay algo sucio en todo esto.

—¡Tonterías! —exclamó Lawrence con enfado—. En mi opinión, todo es una paparruchada de Bauerstein. A Wilkins no se le ocurrió semejante cosa hasta que Bauerstein se la metió en la cabeza. Como todos los especialistas, Bauerstein tiene su manía. Los venenos son su chifladura y, claro, conoce bien sus efectos.

Tengo que confesar que me sorprendió la actitud de Lawrence. Muy rara vez se apasionaba por nada. John dudó un momento.

—No estoy de acuerdo contigo, Lawrence —dijo al fin—. Me inclino a darle a Hastings plenos poderes, aunque prefiero esperar un poco. No queremos escándalo si puede evitarse.

—¡No, no! —exclamé con ansiedad—. No tengáis miedo. Poirot es la discreción personificada y procede con sumo tino.

—Bueno, entonces haz lo que quieras. Lo dejo en tus manos. Aunque si es lo que sospechamos, parece un caso clarísimo. Dios me perdone si soy injusto con él.

Sin embargo, me concedí cinco minutos, que empleé en rebuscar en la biblioteca hasta que descubrí un libro de medicina con una descripción del envenenamiento por estricnina.

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.

La sombra descendió desde lo más alto del cielo - José Luis Velarde

Yojanesburgo Sprite descubrió la presencia del helicóptero cuando ya era demasiado tarde para poder escapar. La sombra del silencioso artefacto lo envolvía como si fuera una telaraña procedente del cielo y cerraba toda posibilidad de huida. Sprite miró con desaliento la vegetación escasa y decidió acuclillarse para que el aire desplegado por las aspas no lo derribara, justo en el momento en que una voz deformada por un altavoz estridente lo conminaba a no oponer resistencia. 
 
Sprite tomó una manzana del contenedor que llevaba consigo. No llegó a morderla. El golpe de un látigo neurónico le hizo arrancarse un pedazo de lengua, una vez perdido todo control sobre el cuerpo, que se agitó hasta el desmayo. La manzana rodó por la arena del desierto y no fue advertida por los vigilantes que inventariaron de prisa el resto del contrabando.

Las pruebas en contra de Yojanesburgo Sprite eran sofocantes como el polvo que impregnaba sus poros. Una docena de manzanas y cinco duraznos lo acusaban desde el depósito de pruebas del tribunal. Sprite aún luchaba con la sensación de asco despertada por el trozo de lengua engullido unas horas antes y el mal sabor solo era amortiguado por la rabia con que miraba a sus captores. 
 
Un par de tipos robustos que de seguro no serían capaces de permanecer veinticuatro horas en las zonas deshabitadas de la frontera sin sus trajes especiales y el maldito helicóptero. El juez Rodino ingresó al recinto acompañado del murmullo de la seda y el olor del perfume que parecía surgir de sus cabellos. Al incorporarse, los vigilantes se estiraron un poco más, como si fuera necesario intimidar a los detenidos hasta el último momento.

Apenas había espacio para el escritorio del juez, respaldado por un sillón que se antojaba inmenso para el tamaño del tribunal que ocupaba quince metros cuadrados. El resto del mobiliario se componía del mesabanco utilizado por la secretaria del juzgado para dar testimonio de las sentencias y de una grada donde se amontonaban el acusado y sus custodios. 
 
Las paredes estaban revestidas del plástico amortiguador de sonidos que garantizaba privacidad en cualquier edificio público. El juez miró al detenido con dureza, en silencio. Luego comenzó el interrogatorio innecesario, porque las leyes condenaban a muerte a cualquier acusado del delito de contrabando.

—¿Yojanesburgo Sprite? —El cautivo recordó el gusto de su padre por los mapas, los viajes imaginarios y el bautizo provocado por la antigua capital de Sudáfrica sin que hubiera razón lógica alguna. En cambio, el apellido era ficticio. Un mote elegido en plena juventud cuando todavía abundaban los carteles que anunciaban las refrescantes bebidas de antaño. El Sprite sustituyó sin disgusto al López que su padre consideraba desabrido y sin prosapia.

—Diga el acusado el nombre de sus cómplices, si los hubiera, y las atenuantes de su delito. —La secretaria mordisqueó un mechón de cabellos rubios y aprovechó el silencio del interrogado para retocar un poquito el colorete de sus mejillas morenas.

—¿Es usted ciudadano de Texas del Sudeste?

Yojanesburgo negó con la cabeza y frunció el rostro quemado por el sol. El juez hizo una pausa muy larga; le sorprendía no encontrar apelaciones que despedazar con el odio que sentía hacia todos los forasteros, tragó saliva y se dispuso a pronunciar su laudo, sin haber tenido el gusto de prolongar más la diligencia que interpretaba seis o siete veces por semana con crueldad cada vez más concupiscente.

—Su nombre es una mala broma y su aspecto peor que el que uno puede encontrar en las alimañas que infestan estas tierras abandonadas por Dios. La sentencia es la muerte por asfixia dentro de veinticuatro horas. El verdugo tendrá trabajo cuando usted suba a la horca a las cinco de la tarde del viernes catorce de septiembre del año dos mil sesenta y cuatro. Esta pena se determina porque el acusado ha sido encontrado culpable del delito de contrabando venial, al cruzar la frontera sin pasaporte y al pretender introducir, de manera ilícita, un cargamento de frutas restringidas por los posibles gérmenes contaminantes que habitan al sur de nuestra frontera. 
 
El juez se quitó la peluca de cabellos blancos que usaba en las ceremonias oficiales y, en voz baja, pidió a los guardias que trasladaran el contrabando a su domicilio particular antes del mediodía. Sin saber que el decomiso original excedía en un doscientos por ciento las cantidades reportadas.

Reynosa desapareció por la explosión de una bomba atómica en el año dos mil cincuenta y dos, una vez que las revueltas provocadas por el cambio de gobierno de la nación mexicana amenazaron con extenderse a Hidalgo, Pharr y McAllen. El atentado fue atribuido a un grupo revolucionario tamaulipeco interesado en crear la República del Noreste. 
 
El vocero del Movimiento Separatista de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas, que no conseguiría la independencia sino hasta tres años después del holocausto, negó la acusación y expuso una serie de razones que invalidaban cualquier complicidad de su grupo en un acto terrorista de consecuencias tan devastadoras. La opinión pública difundió teorías que inculpaban a Norteamérica, a Neo México y a Texas del Sudeste. 
 
Hubo diarios que presentaron pruebas irrefutables de que el IRA y la ETA estaban interesados en extender el desorden que afectaba la mayor parte de lo que habían sido sus respectivos países, pero otras publicaciones repartieron sospechas que lo mismo acusaban al Pentágono, al Ku Klux Klan o a grupos empresariales del sur de México afectados por la mano de obra barata de las maquiladoras; a la vez que eran inmiscuidos, sin dar mayores pistas, los emisarios del pasado, el neocomunismo, algunas religiones, partidos políticos en decadencia, diversos movimientos seudorreligiosos encaminados a la superación personal, narcotraficantes, fascistas y magnates neoliberales; pero ninguna prueba fue presentada con el sustento definitivo para explicar la muerte de cuatro millones de personas. 
 
A fin de cuentas, no había sido la única bomba nuclear usada en el periodo y, tras seis meses de enconadas especulaciones, nadie volvió a comentar el asunto. Además, se suscitó un escándalo de características internacionales al hacerse pública la corrupción en el Instituto Mundial del Deporte. Los periodistas ya estaban deseosos de comentar nuevos eventos y contribuyeron a la desaparición de un organismo que casi todos consideraban caduco. 
 
En cambio, la tierra devastada y las ruinas acrecentaron el desierto que se extendía desde San Fernando hasta el norte de la antigua Texas. Un territorio desolado desde las épocas en que la llegada de la mitad del siglo pareció determinar que las fronteras se multiplicaran por todo el mundo, cuando la anarquía y el desorden fueron generando pequeñas naciones incapaces de mantener la paz interna, pero resueltas a luchar cada vez que se manifestaba la más mínima diferencia diplomática. 
 
Cada nuevo límite territorial ratificado por los hombres significaba el surgimiento de nuevas legiones de contrabandistas decididos a vulnerar las murallas, los detectores de movimientos, los perros de presa o las trampas cada vez más sofisticadas. 
 
Algunos historiadores iban a afirmar que la comunidad más estable en el mundo era la integrada por este gremio, considerado por sus miembros más fehacientes un factor de cohesión universal, porque sus maniobras ilícitas facilitaban el libre desarrollo de los pueblos y el comercio bilateral. Tales afirmaciones cayeron en desgracia cuando se comprobaron los sobornos millonarios cobrados por los responsables de la novena edición de La Enciclopedia del Siglo XXI, donde se habían publicado esos puntos de vista tan desmesurados.

Nueva York, la Ciudad de México, Pekín, Londres, São Paulo, París y casi todas las capitales económicas o de gobierno habían sido destruidas en los tres años posteriores al año dos mil cincuenta; a la lista se sumaron los nombres de otras poblaciones, en apariencia menos importantes, pero marcadas por la sociología como posibles fuentes de conflictos. 
 
Las bombas estratégicas fueron lanzadas con mezquindad desde el punto de vista de quienes esperaban la destrucción total del mundo. Sus deseos no fueron cumplidos y la Reunión Cumbre del 2054 confirmó la desmantelación de todos los arsenales nucleares como muestra de buena voluntad entre las naciones que habían intercambiado cataclismos tras firmar un acuerdo secreto en la ONU. 
 
Los líderes de ese movimiento igualitario pretendieron instaurar la armonía mediante la desaparición de las metrópolis desahuciadas por el urbanismo o por sus constantes desórdenes. Consideraron que solo así se podía garantizar la paz y la supervivencia del género humano. Todos los dignatarios fueron sorprendidos por las revueltas que se generalizaron alrededor del planeta. Sin excepción, fueron perdiendo el poder sustentado en los depósitos nucleares que acababan de destruir.

Yojanesburgo despertó sobresaltado. Intentó incorporarse, pero apenas pudo acuclillarse en la misma posición en que había sido detenido por el helicóptero. El techo era muy bajo. Los muros de piedra parecían capaces de sostener montañas. Una gota de agua caía incesante en un rincón para humedecer el suelo e impedirle recostarse con alivio. El frío era infinito.

Sprite no podía suponer que se encontraba en una máquina virtual que engañaba sus percepciones al reproducir los parámetros de tortura programados por sus captores. Inhaló el aire pestilente y pensó en manzanas, duraznos y guayabas para olvidarse del hambre y los efluvios que amenazaban con intoxicarlo. 
 
Recordó a las ratas que sobrevivían en cualquier parte. Volvió a caminar por las calles de la ciudad donde había crecido. El río Bravo era una posibilidad refrescante donde anidaban los patos y los niños jugaban en las márgenes. No pudo concentrarse mucho tiempo. Los cadáveres de los emigrantes ilegales se unieron a otros muertos ahí abandonados. El agua se volvió hedionda y tan escasa como el charco que le mojaba los pies. 
 
No quería ser un contrabandista condenado a la horca y los sueños de sus veinticuatro años intentaron repetir los pensamientos del abuelo que, según su padre, había sido feliz hasta el instante en que la gran explosión lo había desaparecido para siempre. El deseo pareció cumplirse y por un momento creyó escapar manteniendo los ojos cerrados. 
 
Era un niño miserable que se arrastraba en el puente internacional para pedir limosna, hasta que una rueda de automóvil le rompía las piernas y un guardia aduanero lo arrojaba hacia el río plagado de restos mortales. No gritó, pero el vigilante de los aparatos conectados a los sistemas nerviosos de Yojanesburgo Sprite supo que toda posibilidad de escape cerebral estaba bloqueada. Los reclusos no podían evadirse de ninguna manera. Ni siquiera soñando.

A esa hora, el juez Rodino disfrutaba de una merienda inusual. En escenarios distintos y parecidos, los guardias de la Border Patrol comentaban a sus hijos la crueldad del hombre que había preferido comer su propia lengua antes que denunciar a sus cómplices dedicados al contrabando de frutas. Cerca del tribunal, la secretaria intentaba imaginar el sabor de las guayabas. 
 
En la prisión, el verdugo distorsionaba sueños y preparaba el escenario de la horca con un programa de diseño computarizado tridimensional. Yojanesburgo Sprite recordó la manzana extraviada en el desierto y, al pretender alcanzarla, solo pudo tomar una calavera que pareció reír mientras se desintegraba con las ráfagas de viento provocadas por un helicóptero. Sprite se molió la lengua al ser impactado por un látigo neurónico. Los espasmos se hicieron insufribles. Aún faltaban veintitrés horas para su muerte.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 2)

Dilvish centró de nuevo su atención en la cena. Una nueva pregunta de vez en cuando mantenía al marino hablando de sus viajes. Por el rabillo del ojo, Dilvish vio muestras de creciente exasperación por parte de Oele, pero ella parecía contenerse siempre que él la veía preparada para hacer callar al capitán. 

Luego Dilvish dedujo de la dirección de sus sonrisas que Reena parecía escucharle con creciente fascinación, incluso olvidando su cena; y las sonrisas del marino obtenían respuesta. Dilvish miró a Oele y ella enarcó una ceja. Dilvish se encogió de hombros.

De pronto todos los rasgos de Oele eran sumamente bellos y deseables. Mucho más que instantes antes. Dilvish reconoció la sensación, aunque el conocimiento no desmereció lo más mínimo la impresión. Hechizo. Él lo había experimentado años antes en su patria. Ella estaba realzando su atractivo natural mediante medios mágicos. Sin embargo, el hechizo solo duró un momento, se apagó y dejó a la mujer igual que antes. ¿Cuál era su propósito?, se preguntó Dilvish. ¿Una promesa? ¿Una invitación?

Cuando terminaron de cenar, Oele se puso en pie y clavó los ojos en Dilvish.

—Venid a bailar conmigo —dijo.

Dilvish se levantó y caminó junto a la mesa hacia la parte despejada en el extremo de la sala próxima a los músicos. Mientras andaba, vio que Reena y Reynar se ponían igualmente de pie.

Cogió a Oele de la mano y empezó a seguir el ritmo, majestuoso, lento. Era una variación de una música que había aprendido hacía tiempo, y rápidamente captó el ritmo. Oele se movía con enorme gracia, y siempre que le miraba, sonreía, y parecía estar un poco más cerca.

—Vuestra esposa es muy encantadora —dijo Oele.

—No es mi esposa —replicó Dilvish—. Estoy escoltándola hasta una ciudad del sur.

—¿Y después?

—Me dedicaré al asunto que he mencionado antes. No tengo deseo alguno de exponer a otra persona al peligro.

—Interesante —dijo Oele, alejándose otra vez. La siguiente vez que estuvo de cara a Dilvish, agregó—: Deduzco que no os gusta mucho hablar de estas cosas, pero ¿sois cazador de demonios? ¿Podéis dominarlos?

Dilvish escrutó el rostro femenino, pero no dedujo nada.

—Sí —dijo por fin—. Tengo cierta experiencia en ese campo.

Tras algunos compases más, Dilvish preguntó:

—¿Por qué?

—Si logriais vincular a vuestra voluntad a un demonio realmente fuerte —dijo ella—, ¿no os podría hacer un buen servicio en esta lucha contra vuestro mago?

—Posiblemente —replicó Dilvish, levantando y bajando la mano de su pareja.

Oele le rozó con el cuerpo.

—Sería preferible —prosiguió ella— dominar a ese demonio a que él os dominara a vos, darle órdenes sin tener que pagar antes... ¿No os parece?

Dilvish asintió.

—Lo mismo ocurre con la mayoría de siervos y servicios, ¿no lo creéis así? —dijo Dilvish.

—Naturalmente —convino Oele. Y añadió—: Tengo a un demonio de esas características...

—¿Aquí? ¿En el castillo? —Dilvish estuvo a punto de pararse.

Oele meneó la cabeza.

—Cerca.

—¿Y queréis que yo lo someta?

—Sí.

—¿Conocéis su nombre?

—No. ¿Es importante saberlo?

—Es esencial. Había supuesto que sabíais algo de estos asuntos...

—¿Por qué?

—Tenéis algo que revela cierta relación con fuerzas de esa naturaleza.

—Pago por mis poderes, pero no los comprendo. Estoy harta de pagar. Si averiguo el nombre, ¿dominaréis al diablo y os quedaréis conmigo?

—¿Y Reena?

—Habéis dicho que ella no es importante, que pronto os despediréis de ella...

—No he dicho que ella no sea importante. ¿Qué me decís de Reynar?

—Él no es importante.

Dilvish guardó silencio durante varios compases.

—Si solamente deseáis libraros de vuestro demonio, quizá pueda conseguirlo sin saber el nombre —dijo finalmente Dilvish.

—No deseo librarme de él. Deseo tener total control sobre él.

—No estoy muy seguro de que vuestro demonio sea tan beneficioso para mí, pero si supierais el nombre podríais convencerme para que me quede un poco más de tiempo y vea qué puedo hacer por vos.

Oele estuvo apretada a él un instante.

—Me encantará convenceros —dijo—. Quizá mañana mismo. 

Sus manos se alzaron y cayeron de nuevo. Dilvish miró a Reena y a Reynar. Parecían estar hablando, pero no consiguió oír lo que decían.

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Al incorporarse tras una reverencia siguiendo el compás, Reena observó la dirección de la mirada de su pareja y sonrió.

—¡Ah, señora! Estáis a punto de estallar en ese vestido —dijo él—. Es una pena que no estemos solos en alguna parte, donde el asunto podría proseguirse hasta su adecuada conclusión.

—¿Desde cuándo conocéis a Oele? —preguntó Reena, todavía sonriente.

—Desde hace algunas semanas.

—Los hombres raramente son modelos de lealtad —dijo Reena—. Pero aun así, es poco tiempo para apasionarse...

—Bien, la verdad es que... —La expresión de Reynar cobró seriedad. Apartó los ojos de los pechos de Reena y miró a Oele—. No tengo motivo para mentir a una desconocida. Ella es encantadora y vivaracha, pero me causa un poco de miedo. ¿Sabéis que es hechicera?

—Absurdo —dijo Reena—. Ella no ha respondido a ninguno de los signos de reconocimiento comunes en la profesión cuando los he hecho ante sus ojos.

—¿Vos? —dijo Reynar, con los ojos muy abiertos—. ¡No lo creo!

Reena hizo un gesto y la sala desapareció. Estaban bailando en fosforescentes cavernas, con impresionantes estalagmitas alzándose como columnas por todas partes. Momentos después estaban dando vueltas en blancas arenas del verde fondo de un océano, con brillantes corales y más brillantes peces en todos los rincones. 

También esta escena se esfumó en un instante, siendo sustituida por la oscuridad salpicada de estrellas del espacio exterior, lejos de cualquier habitación humana. Igual que gigantes, igual que dioses, Reena y el marino recorrieron las constelaciones, en silencio, siguiendo los omnipresentes compases del baile. 

La mano de la mujer pasó como un lento y fulgurante cometa ante los ojos de Reynar. Habían vuelto a la sala iluminada por el fuego del hogar y las velas; seguían bailando sin haber perdido el ritmo un solo instante.

—Afirmo que vuestra esposa no es una hechicera —dijo Reena—. Yo lo habría sabido.

—Entonces, ¿qué es? —preguntó el marino—. Sé que ella dispone de ciertos poderes. Ha dejado sin sentido a varios hombres con un solo gesto. Ha llenado mis puños de oro cuando no había oro en ningún sitio.

—Ese oro se convertirá en piedras y polvo —dijo Reena.

—En ese caso me alegra haberlo gastado rápidamente —replicó Reynar—. Será mejor que eluda a ciertas personas la próxima vez que pase por allí. Pero si eso no es magia, ¿qué es?

—La magia —replicó Reena— es un arte. Requiere considerable estudio y disciplina. En general hay que esforzarse un período bastante largo incluso para obtener el nivel relativamente modesto que yo poseo. Pero hay otras rutas para alcanzar el poder mágico. Una persona puede nacer con aptitudes naturales y crear muchos efectos sin instrucción. Pero esto es brujería muy sencilla, y tarde o temprano, a menos que se tenga mucha fortuna o se muestre gran cuidado, esa persona se encuentra en dificultades por falta de conocimientos de las leyes propias de los fenómenos. Pero no creo que este sea el caso de vuestra esposa. Un mago suele llevar una señal identificadora visible para otros compañeros de profesión.

—¿Cuál, pues, es su secreto?

—Quizás extraiga su poder directamente de un ser mágico al que ella domina o sirve.

Los ojos de Reynar se abrieron desmesuradamente y miraron de nuevo a Oele. El marino se humedeció los labios y asintió.

—Creo que es eso —dijo. Y agregó—: Decidme, ¿es transferible ese poder? ¿Puede compartirse?

—Sí, por supuesto —respondió Reena—. Es posible. El otro también sería un siervo... o compartiría el dominio, esas son las posibilidades.

—¿Hay algún riesgo en ello?

—Bien... tal vez. Hay tantos detalles que no entiendo en esa situación... Pero ¿por qué querría ella compartir su poder? Yo no lo haría.

Reynar desvió la mirada.

—Tal vez tenga una opinión demasiado elevada sobre mí mismo —dijo por fin—. ¿Cuánto tiempo estaréis aquí?

—Nos iremos por la mañana.

—¿A dónde os dirigís?

—Hacia el sur.

—¿Es vuestra misión de venganza?

Reena hizo un gesto negativo con la cabeza.

—No es mi misión. Es la de él. Yo iniciaré una nueva vida, quizás en Tooma. Él continuará. No creo que pueda convencerlo para que no lo haga... o de lo contrario lo haría.

—En otras palabras, ¿seguiréis vuestro propio camino dentro de poco?

La comisura derecha de los labios de Reena se estrechó.

—Así parece.

—Supongamos —dijo Reynar—, supongamos que los dos abandonamos a nuestra pareja y huimos juntos. Tengo un barco, y me dirigiría hacia el sur si partiera de repente. Hay muchos puertos extraños e interesantes. Habría excitación, nuevas comidas, baile... y por supuesto mi estupenda compañía.

Reena se sorprendió al notar que se ruborizaba.

—Pero si acabamos de conocernos —dijo—. Apenas os conozco. Yo...

—Los dos estamos en el mismo caso, y admito que soy un diablo impulsivo. Pero siempre me he portado bien con mis mujeres, mientras hemos estado juntos.

Reena se echó a reír.

—Es un poco repentino, pero gracias de todas formas. Además —dijo Reena—, me asusta bastante el mar.

Reynar meneó la cabeza.

—Tenía que intentarlo, ya que sois lo más encantador que he visto en mi vida. Si cambiáis de opinión mientras todavía estéis en situación de hacer algo al respecto, recordad que estoy titubeando aquí debido a mi miedo. Vuestra decisión será la mía.

—Me siento halagada —dijo Reena—, y eso podría ser divertido durante algún tiempo, pero no. Tendréis que tomar vuestra decisión solo.

—En ese caso, pretendo dejar seguir las cosas —dijo Reynar— y ver qué pasa. Las ganancias podrían ser grandes pese a todo.

—Puedo imaginar esas cosas —contestó Reena— y os deseo suerte. ¿Cuándo?

Reynar miró hacia la ventana, donde era visible un pálido fulgor.

—La luna está saliendo —replicó.

—Lo sospechaba.

—¿Cómo?

—Por vuestros actos, vuestras emociones.

—Bien, ¿hay algún consejo que podáis ofrecerme, ya que estáis familiarizada con estos asuntos?

Reena le miró a los ojos.

—Marchaos —le dijo—. Volved a vuestro barco, al mar. Olvidad esto.

—He llegado muy lejos —respondió el marino.

Reena extendió la mano y rozó con las puntas de los dedos la frente de Reynar mientras la música acercaba a ambos.

—La marca de la muerte empieza a asomar ya en vuestra frente. Haced lo que os digo.

Reynar sonrió maliciosamente.

—Sois una dama encantadora, y quizás un poco celosa de vuestros poderes... o teméis que yo pueda obtener algunos. Como he dicho, he llegado muy lejos, y tengo un buen viento a favor. Es la disposición de las velas lo que más preocupa.

—En ese caso —replicó Reena—, solo puedo ofreceros un consejo general: recelad de lo que os ofrezcan de comer o de beber.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Reynar sonrió de nuevo.

—Después de una cena como esta, eso no será problema. Os recordaré, y tal vez nos unamos pese a todo.

Reena se sonrojó por segunda vez y desvió la mirada.

Más tarde, cuando la música cesó, Reynar la cogió de la mano y la llevó a la mesa para una dulce y última ronda de vino.

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Cuando terminaron y se retiraron, Dilvish notó un tirón en la manga mientras seguía a los otros fuera del comedor. Al volverse vio que era el viejo que había estado sentado junto al fuego.

—Buenas noches —dijo Dilvish.

—Buenas noches, caballero. Decidme, ¿vais a partir ahora?

Dilvish respondió negativamente con la cabeza.

—Pasaremos la noche aquí y partiremos por la mañana. ¿Deseabais viajar con nosotros?

—No, simplemente repetir mi advertencia.

—¿Qué sabéis que yo no sepa? —preguntó Dilvish.

—No soy filósofo para responder a esa pregunta —afirmó el anciano. Cogió su bastón, dio media vuelta y salió renqueando hacia la cocina.

... Allí estaba Jelerak, inclinado sobre el sacrificio. Dilvish avanzó hacia él, espada en mano, dando patadas a artilugios mágicos, maldiciendo, corriendo en socorro de la víctima. Pero ya no estaba corriendo. Notó que sus extremidades se hacían más pesadas, y sus movimientos más lentos. Al mirar los ojos llenos de odio de la sombría silueta que se cernía ante él, vio su propio puño cerrado, de un blanco anormal, convertido en algo similar a piedra en respuesta a las secas palabras que habían invocado las fuerzas que caían sobre él como un torrente, constriñendo sus entrañas, disminuyendo los latidos de su corazón... Dilvish se tambaleó, se detuvo y quedó totalmente entumecido... con excepción de su columna vertebral, que parecía estar en llamas. Algo estaba retorciendo su conciencia, y una suave voz parloteante le llegó a la cabeza entre un sonido igual que el del viento enfurecido. Era como si estuvieran arrancándole de su cuerpo...

Estaban sacudiéndole. Dilvish alzó las manos y las bajó otra vez. El pánico comenzó a ceder cuando comprendió que se hallaba en la cama.

—No pasa nada —estaba diciendo Reena—. Un sueño, un mal sueño... No pasa nada.

—Sí —dijo por fin Dilvish, frotándose los ojos—. Sí...

Bajó las manos y dio una palmada en el muslo de Reena.

—Gracias —dijo—. Siento haberte despertado.

—Vuelve a dormir —respondió la joven.

—¿Qué es eso?

—¿Qué?

—A la derecha —dijo Dilvish en voz baja—. Mira la puerta.

Hubo una larga pausa.

—No la veo...

—Yo tampoco.

Dilvish bajó los pies al suelo, se levantó y cruzó la habitación. Se detuvo cerca del lugar donde debía estar la puerta. Extendió la mano, tocó la pared y la apretó. Pasó las puntas de los dedos por la piedra. Fue de un rincón al otro.

—No es una ilusión de la oscuridad —dijo—. No hay puerta.

—¿Magia? —dijo Reena—. ¿Obra de albañilería?

—No puedo saberlo, y no tiene importancia —replicó Dilvish—. De todos modos, estamos prisioneros. Levántate y vístete. Prepara tus cosas.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Voy a intentar salir de aquí.

Cruzó la habitación hacia la estrecha ventana.

—¡Espera! ¿Estás seguro de que eso sería prudente, aunque descubras una forma?

—Sí —replicó él—. Cuando alguien me hace su prisionero, estoy seguro de que es preferible no seguir siéndolo.

—Pero nadie ha intentado causarnos daño...

—Todavía no —dijo Dilvish—. No comprendo tus intenciones.

—Podría ser más peligroso salir que estar aquí.

—¿Por qué dices eso?

—Algo está pasando afuera esta noche. Algo peligroso, lo deduzco de... mi conversación con Reynar. Me siento segura aquí. ¿Por qué no aguardamos... hasta que amanezca?

—Nadie va a controlarme —afirmó Dilvish— si puedo hacer algo al respecto.

Asomó la cabeza por la estrecha ventana.

—¡Black! —gritó—. ¡Te necesito! ¡Estamos encerrados en esta habitación! ¡Acércate!

Hubo movimiento en el pozo de sombra situado abajo, a la derecha. Con la luz de la luna convirtiendo sus ojos en fuego, la oscura silueta de caballo dio varios pasos y se detuvo. De pronto echó hacia atrás la cabeza y emitió un gemido que obligó a Dilvish a alejarse de la abertura.

—¡Black! ¿Qué ocurre? ¿Cuál es el problema? —gritó.

—Me he quemado —sonó la réplica—. Alguien me ha rodeado. ¿Puedes librarme de eso desde allí?

—No lo creo. Espera un momento.

Dilvish volvió la cabeza hacia la cama.

—Alguien ha cercado a Black... —empezó a decir.

—Lo he oído —repuso Reena—. Yo no puedo liberarlo desde aquí.

—Perfectamente.

Dilvish encontró su ropa y comenzó a vestirse.

—¿Qué piensas hacer?

—Va a ser un buen estrujón, pero creo que podré salir por esa ventana.

—Hay losas ahí abajo.

Dilvish cogió una manta y la anudó al pilar más próximo de la cama.

—Disponemos de suficientes sábanas para llegar bastante abajo y saltar. Coge la palangana y mójalas todas. Así serán más resistentes. Pero no creo que la cama pueda moverse... No, no puede moverse.

Terminó de atar las sábanas y se echó al hombro el cinto con la espada. Levantó la mojada cuerda y la lanzó por la ventana.

—Bien. Me voy ahora —dijo. De una patada acercó una banqueta a la ventana y se subió encima—. Prepárate. Volveré pronto a buscarte.

—¿Pero cómo...?

—Hazlo.

Dilvish ya estaba introduciéndose poco a poco por la ventana. Tuvo que detenerse para quitarse la espada del hombro. Sostuvo el arma en una mano y la cuerda de sábanas en la otra. Se detuvo de nuevo, sacó aire de sus pulmones y siguió impeliéndose hacia la izquierda, poco a poco, notando el roce de la piedra en su espina dorsal. 

Tras expeler más aire, continuó deslizándose hacia un lado y su esternón también rozó muy despacio la parte más estrecha de la ventana. Un frío viento nocturno acometió su cara cuando salió y volvió a ponerse la espada al hombro. Cogió la cuerda con ambas manos e inició el descenso.

Sus botas elfas encontraron puntos de apoyo en lugares donde otro calzado habría resbalado. Muy inclinado, con los brazos en tensión, se apoyó en la pared mientras bajaba. Se detuvo para enjugarse las manos una a una, ya que su peso arrancaba humedad de la tirante ropa. Miró hacia arriba una vez y hacia abajo en varias ocasiones. La luna, que ascendía hacia el centro del cielo, creaba una lechosa película en el silencioso patio y en el granuloso muro que estaba descendiendo.

Su intención al llegar al extremo de la cuerda era quedar suspendido con los brazos estirados antes de soltarse para saltar el resto de la distancia. No obstante, sus manos resbalaron antes de poder llegar a esa posición. Al caer de espaldas, notó un tirón que enderezaba su cuerpo, cambiando su posición respecto al suelo; sus botas encantadas recurrieron a las fuerzas necesarias para asegurar una caída de pie.

Dilvish dobló las rodillas. Se lanzó hacia adelante para dar vueltas en cuanto se produjo el contacto, pero aun así sus tobillos sufrieron un fuerte estremecimiento al tocar la dura superficie.

Se levantó rápidamente y se colocó el cinto de la espada de una forma más tradicional. Miró alrededor, atento durante unos instantes a cualquier indicación de inminente peligro. Aparte del viento y de su jadeante respiración, empero, no oyó nada. Como tampoco vio nada extraordinario. Atravesó el patio raudamente y se detuvo ante Black.

—¿Quién lo ha hecho? —preguntó.

—No lo sé. Ni siquiera me di cuenta de que estaba inmovilizado hasta que traté de moverme. De haber sabido lo que pasaba, no habría aguardado a que ellos completaran la trampa. Puedo refrescarte la memoria si no recuerdas el procedimiento de liberación...

—Precisa demasiado tiempo —dijo Dilvish—. Dado que yo puedo hacer algunas cosas que tú no puedes, me limitaré a romper el círculo y sacarte de ahí.

—Será doloroso. Es muy fuerte.

Dilvish se echó a reír en voz baja.

—Pase lo que pase, me he sentido peor otras veces.

Dilvish avanzó, sintiendo primero un cosquilleo, luego un fuerte dolor al acercarse a su montura. Se detuvo un momento y el dolor alcanzó un angustioso máximo, como si todo su cuerpo ardiera por dentro y por fuera, y la cabeza le dio vueltas. Después, la angustia comenzó a ceder. Dilvish extendió los brazos y tocó a Black con ambas manos.

—He disipado la peor parte —dijo, y montó—. ¡Vamos!

Black empezó a moverse. Hubo una sensación de cosquilleo, y después se encontraron cruzando el patio, en dirección a la entrada principal. Momentos más tarde la habían atravesado.

—¡Sube esa escalera! —dijo Dilvish, y Black se lanzó hacia adelante, haciendo resonar sus cascos—. Cuando llegues arriba, a la derecha. Luego subes por la otra escalera.

Grandes candelabros flamearon al pasar Black, los tapices se agitaron, las armas colgadas resonaron en las paredes de piedra.

—Gira a la derecha aquí... en lo alto de la segunda escalera. Gira otra vez... a la derecha. Despacio ahora... Cerca del centro del corredor. ¡Para!

Dilvish desmontó y se acercó a la pared. Apoyó las palmas en ella.

—Era aquí —dijo—. Justo aquí... la puerta. ¡Reena!

—Sí —dijo alguien, débilmente, al otro lado de la pared.

—No sé qué han hecho con la puerta —dijo Dilvish—. Pero necesitamos otra.

—Tengo la impresión —dijo lentamente Black— de que la original continúa aquí, en alguna parte... que estabais atrapados por una ilusión. Pero solo es una impresión, y ahora no puedo detectarla. De modo que partiremos de la nada, por así decirlo.

Black se encabritó, formando una sombra gigantesca. Al hacerlo, se produjo el primer silencio desde la entrada en el edificio. En medio del silencio, más allá de él, Dilvish creyó oír voces y pasos en las cercanías de la escalera. Pero no se veía a nadie, y momentos más tarde el silencio más cercano quedó roto: las patas de Black descendieron para golpear la pared.

Dilvish se apartó, ya que fragmentos de piedra salieron volando por el pasillo. Black estaba ya empinándose otra vez. Su segundo golpe arrancó chispas de la piedra. La tercera vez que arremetió contra la pared apareció una grieta.

Un grupo de criados, con bastones en las manos, entró en el pasillo. Se detuvieron mientras Black se erguía y golpeaba de nuevo. La mujer, Andra, se adelantó y habló con Dilvish.

—¡Dijisteis que el animal metálico no se movería! —exclamó.

—...Y hablaba en serio... hasta que fui hecho prisionero —respondió Dilvish.

Black se lanzó de nuevo contra la pared. La piedra se destrozó y cayó. Apareció un agujero del tamaño de una cabeza.

Al cabo de unos instantes de vacilación, los sirvientes, cuatro hombres y dos mujeres, siguieron acercándose. Dilvish sacó la espada. El siguiente asalto de Black a la pared triplicó el tamaño de la brecha.

Dilvish avanzó hacia los criados. Bajó la punta de la espada y la arrastró por el suelo.

—Haré pedazos a la primera persona que cruce esta línea —afirmó.

Detrás de él hubo otro estruendo y el ruido de más piedras que caían. Los que avanzaban dudaron, se detuvieron. El siguiente golpe de Black pareció hacer temblar el castillo entero.

—He acabado —dijo lacónicamente Black, apartándose del boquete.

—¿Reena? —inquirió Dilvish, sin apartar los ojos de sus murmurantes adversarios.

—Sí. —La voz de la mujer era clara y próxima.

—Monta —dijo Dilvish—. Nos vamos de aquí.

—Sí.

Dilvish oyó los movimientos detrás de él. Luego la sombra de Black se deslizó hacia adelante. Dilvish volvió la cabeza y montó rápidamente detrás de Reena.

—¡Será mejor que os apartéis de nuestro camino! —anunció—. ¡Vamos a pasar por en medio!

Blandió la espada.

—Llévanos fuera —dijo a Black, y el caballo metálico avanzó.

Las seis figuras se apretaron a la pared para dejar pasar a Black. Tenían sus armas dispuestas, pero no hicieron tentativa alguna de usarlas. Todos tenían un semblante inexpresivo y contemplaban el pasillo lleno de polvo. Dilvish también miró atrás cuando Black hizo el primer giro hacia la escalera. La puerta había reaparecido, medio metro más allá de la nueva abertura en la pared.

Momentos más tarde estaban bajando la escalera. Nada obstruía su camino. Salieron de la fortaleza y encontraron el patio vacío. Al cruzarlo, vieron que el rastrillo estaba levantado.

—Qué extraño... —observó Dilvish, señalando la entrada.

—Tal vez —dijo Reena mientras Black apretaba el paso para atravesar la entrada—. He traído tu capa...

—Quédatela hasta que estemos más lejos. Black, cuando llegues a la senda de ayer, gira a la izquierda.

—Los caballos... —dijo Reena—. Las demás cosas...

—No pienso volver a por ellas.

Black inició el ascenso bajo la luna llena. Los fríos vientos azotaron al grupo, y muy lejos una criatura ladró, aulló y guardó silencio. Reena volvió la cabeza hacia el castillo una sola vez, se estremeció y reposó en el círculo de los brazos de Dilvish.

—Vas a morir, ¿sabes? —dijo—. Él te matará. No tienes ninguna posibilidad.

—¿Quién? —dijo Dilvish.

—Jelerak. Es imposible que puedas destruir a alguien como él.

—Seguramente —dijo Dilvish—. Pero he de intentarlo.

—¿Por qué?

—Él ha hecho mucho daño y hará más a menos que alguien lo detenga.

Llegaron a la senda y Black fue hacia la izquierda, todavía subiendo.

—Siempre ha existido mal en el mundo y siempre existirá. ¿Por qué has de ser tú quien lo purgue?

—Porque he visto la malicia de él mucho más cerca que cualquier ser viviente.

—Y yo también. Pero sé que no se puede hacer nada.

—Diferimos —replicó Dilvish.

—No creo que te impulse el deseo de que el mundo sufra un buen cambio. Es odio y venganza.

—También es eso.

—Solo eso, creo yo.

Dilvish guardó silencio unos instantes.

—Tal vez tengas razón —dijo por fin—. Me gusta creer que hay algo más que eso. Pero supongo que podrías tener razón.

—Eso te pervertirá y te destrozará, suponiendo que él no acabe contigo. Quizá lo ha hecho ya.

—De momento necesito eso. Me sirve. Es un estímulo. Cuando la finalidad desaparezca, ese impulso desaparecerá también.

—Mientras tanto, tienes pocas oportunidades de cualquier otra cosa... Como amor.

Dilvish se irguió ligeramente.

—Tengo oportunidades de experimentar otras sensaciones, pero de momento debo subordinarlas a lo principal.

—Si te pidiera que te quedaras conmigo, ¿lo harías?

—Algún tiempo, supongo.

—¿Pero solo algún tiempo?

—Eso es lo único que cualquier persona puede prometer.

—Supongamos que te pido que me lleves contigo.

—Diría que no.

—¿Por qué? Podrías ser de cierta ayuda.

—No te pondría en peligro. Como he dicho, puedo experimentar otras sensaciones.

Reena apoyó la cabeza un momento en el bíceps de Dilvish.

—Aquí tienes la capa —dijo por fin—. Hace frío. Debemos estar muy lejos...

—Para, Black. Para un momento.

Black aflojó el paso.

Había visto danzar a Oele ante el Diablo con una creciente sensación de pánico, allí ante el oscuro montón de piedras con la daga de plata en lo alto, con la copa aferrada en su mano, observando el brillante dibujo que aparecía en el suelo alrededor de la bailarina, sintiendo el frío viento.

—Bébelo todo —le había dicho ella—. Es parte del ritual.

 

 

(CONTINUARÁ...)