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El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

El Misterio De La Vela Doblada - Edgar Wallace

 

CAPITULO   XV

 

Después de una noche trabajosa y sin dormir, T. X. entró a la mañana siguiente en el despacho del jefe superior para darle cuenta. Los periódicos de la mañana anunciaban con grandes titulares: «El misterioso crimen de Chelsea», pero la información era bastante mediocre.

—Hasta ahora —dijo T. X. a su superior— no he podido encontrar a Gathercole ni al criado. Lo único que sabemos de Gathercole es que envió su artículo al Times con su tarjeta. Los criados de su club no dan indicios sobre su paradero. Es un hombre muy excéntrico, que sólo va allí accidentalmente, y el camarero con quien he hablado me ha dicho que ocurría con frecuencia que Gathercole llegaba y se marchaba, sin que nadie se diera cuenta de su presencia. Hemos estado en su antiguo domicilio de Lincoln's Inn; pero al parecer se mudó de allí antes de marchar a Patagonia. La única pista que tengo es que un hombre, cuya descripción coincide hasta cierto punto con la suya, salió anoche en el tren de las once para París.

—Habrá usted interrogado también a la secretaria, supongo—apuntó sir Jorge.

Esta era la pregunta que T. X. había estado temiendo.

—También ha desaparecido —contestó brevemente—. En realidad no se la ha vuelto a ver desde las cinco y treinta de ayer por la tarde.

Sir Jorge se echó atrás en su sillón giratorio y se pasó la mano por su cabellera gris.

—La única persona que parece haberse quedado —dijo con sarcasmo— es el propio Kara. ¿Quiere usted que encomiende este caso a otro? En realidad, no es trabajo para usted. ¿O quiere usted encargarse de ello?

—Preferiría encargarme de ello, señor —contestó con firmeza T. X.

— ¿Ha descubierto usted algo más relacionado con Kara?

—Sí, y todo ello es eminentemente deshonroso para él. Parece que tenía ambición de ocupar un puesto elevadísimo en Albania. A este fin tenía sobornados a los funcionarios turcos y albaneses, y también ha hecho gestiones en nuestro país. Me ha dicho Bartholomew que Kara le había insinuado ya sobre la posibilidad de que el Gobierno inglés reconociera un faít accompli en Albania, y le había inducido a emplear su influencia en el Consejo de ministros para reconocer las consecuencias de cualquier revolución. No hay duda alguna de que Kara ha maquinado todos los asesinatos políticos que han ensangrentado a Albania durante el año pasado. También hemos encontrado en la casa grandes cantidades de dinero y documentos, que hemos entregado al Ministerio de Estado para que los descifren.

Sir Jorge reflexionó durante largo rato, y luego dijo: —Tengo idea de que si encontramos a la secretaria habremos recorrido la mitad del camino hacia la solución del misterio.

T. X. salió del despacho de bastante mal humor. Iba a almorzar cuando recordó su promesa de visitar a Juan Lexman.

¿Podría Lexman dar una pista para aquella trágica maraña? T. X. asomó la cabeza por la ventanilla y dio una orden al conductor del «taxi». El vehículo paraba ante la puerta del hotel Great Midland precisamente cuando salía Juan Lexman.

—Venga a comer conmigo —le dijo el detective—. Supongo que ya sabrá usted la noticia.

—He leído que Kara ha sido asesinado, si es a esto a lo que se refiere usted. Si que es coincidencia que yo hubiera estado hablando de ello anoche en el preciso momento en que sonó el timbre de su teléfono... ¡Ojalá no estuviera usted metido en esto!...

— ¿Por qué? —preguntó sorprendido, el comisario—.  ¿Y a qué se refiere usted al decir en esto?

—En concreto: hubiera deseado que no estuviese usted presente cuando volví anoche. Quería terminar con toda la sórdida cuestión sin envolver a mis amigos. .        .

—Creo que es usted demasiado sensible —dijo el otro sonriendo y dándole una palmada en la espalda—. Quiero que se confíe enteramente a mí y me diga algo que pueda ayudarme a aclarar el misterio.

—Haría por usted cualquier cosa, T. X. —contestó Juan Lexman serenamente—; tanto más cuanto que me he enterado de lo bueno que ha sido con la pobre Gracia; pero en este asunto no puedo ayudarle. Odié a Kara vivo y le odio muerto —gritó con una pasión inconfundible—. Ha sido la cosa mas vil que ha respirado en este mundo. No había villanía ni crueldad, por horrible que fuera, de la que no se vanagloriara este monstruo. Si alguna vez el demonio se ha encarnado en la Tierra, indudablemente tomó el cuerpo de Kara. Su muerte, a juzgar por lo que se sabe, ha sido demasiado buena. Pero si existe Dios, este hombre, indudablemente, pagará su crimen con una eternidad de tormentos.

T. X. le miró asombrado. El odio le ahogaba. Nunca hasta entonces había experimentado o presenciado el detective tan tremenda tempestad de odio.

—¿Qué le ha hecho a usted Kara? —preguntó.

El otro miró por la ventanilla.

—Siento no poder responder a eso —contestó algo más calmado—. Algún día se lo contaré todo; pero de momento será mejor que me calle. Sin embargo, le diré a usted esto...

Se volvió y miró al detective a la cara.

—Kara torturó y mató a mi esposa.

T. X.  no habló  más.

Cuando se hubieron sentado en el restaurante, volvió indirectamente al mismo tema.

— ¿Conoce usted a Gathercole? —le preguntó el detective.

—Creo que ya me ha hecho usted esta misma pregunta o habrá sido otra persona. Si, le conozco. Es un hombre excéntrico, con un brazo artificial.

—Exacto —confirmó T. X. suspirando—. Es uno de los pocos hombres a quienes querría encontrar ahora mismo.

— ¿Por qué?

—Porque, al parecer, fue el último que vio a Kara vivo.

Juan Lexman miró a su acompañante con expresión de disgusto.

— ¿Supongo que no sospechará usted de Gathercole?—dijo.

—Naturalmente —contestó el otro con sequedad—. En primer lugar, el hombre que cometió el crimen tenia dos manos, y necesitó las dos. No; sólo quería preguntar a este caballero el tema de su conversación. También quería saber quién estaba en la alcoba con Kara cuando entró Gathercole.

Lexman miró con interés al detective.

—Y aun cuando me enterara de quién era esta tercera persona, todavía me quedaría como motivo de perplejidad el hecho de que salieron y echaron desde fuera el pesado cerrojo. Ahora bien, amigo Lexman—añadió humorísticamente—: en sus buenos tiempos usted habría urdido con todo esto una magnifica novela. ¿Cómo habría hecho usted escapar al criminal?

Lexman reflexionó.

— ¿Ha examinado usted la caja?—preguntó.

—Sí.

— ¿Había muchas cosas en ella?

T. X. puso cara de sorpresa.

—No. Los libros y las cosas corrientes. ¿Por qué?

—Porque muy bien podría ocurrir que esta caja tuviera dos puertas, de modo que fuera factible pasar por ella al otro lado de la pared.

—Ya he pensado en ello.

—Claro está —añadió Lexman, echándose atrás y jugueteando con un salero—que al escribir una novela en la que no hay que tratar con posibilidades absolutas, siempre se podría hacer que Kara tuviera una caja en estas condiciones, a fin de poder escapar en caso de peligro. Podía tener una escala de cuerda arrollada en su interior, abrir la puerta posterior arrojar la escala a un amigo, y por algún sencillo mecanismo desprenderla cuando se hubiera utilizado y hacer que la puerta volviera a cerrarse.

-—Es una idea muy ingeniosa; pero, desgraciadamente, no tiene aplicación a este caso. He visto a los fabricantes de la caja, y no hay nada original en ella, más que el hecho de montarla tal como está.  ¿Se le ocurre a usted alguna otra idea?

Lexman estuvo otro rato meditando.

—No habrá que pensar en trampas en el suelo, tableros secretos en las paredes, ni resortes misteriosos que al oprimirlos descubren en la pared escaleras de caracol... Todo esto es muy vulgar.

T. X. esperaba pacientemente.

—-Debo confesar que en mis primeras novelas era yo muy aficionado a esta clase de trucos; pero la edad ha traído experiencia, y he descubierto la imposibilidad de convencer a un arquitecto, aun para una cosa tan corriente como la pila de un lavadero. Sería mucho más difícil inducirle a construir una casa con muros dobles y cámaras secretas.

— ¿Entonces?

—Entonces hay una posibilidad, naturalmente, de que el cerrojo de acero haya sido accionado por alguien desde el exterior por algún ingenioso dispositivo magnético y vuelto a correr de un modo parecido.

—También he pensado en ello, y esta misma mañana he hecho las pruebas mas cuidadosas. Es completamente imposible mover la barra de acero, porque tiene además un vástago que encaja en un cojinete, del que no puede sacarse más que apretando el botón. Otra cosa, Juan Lexman se echó hacia atrás, y el espectro de una sonrisa vagó por sus labios.

—No acierto a comprender por qué demonios estoy ayudándole a descubrir al asesino de Kara —dijo; pero voy a exponerle una tercera teoría, al mismo tiempo que le advierto lealmente que a lo mejor le estoy desviando a usted de la verdadera pista. ¡Porque Dios es testigo de quo no tengo el menor deseo de que se descubra al asesino! Reflexionó un momento.

— ¿La chimenea sería, naturalmente, inaccesible? —Ardía  un   gran  fuego en la parrilla —explicó T. X. —, tan enorme que la temperatura de la habitación era sofocante. Juan Lexman hizo un signo afirmativo. —Sí, ésa era una costumbre de Kara. Si le he de decir la verdad, ahora caigo en que lo que le he dicho del empleo del magnetismo para descorrer el cerrojo era imposible, porque yo era muy amigo de Kara  cuando lo instaló, y conozco bastante bien el mecanismo, aunque de momento lo había olvidado. Y a propósito: ¿cuál es su propia opinión?

T. X. hizo un gesto de duda.

—Aún no he formado una opinión clara —dijo con cautela—;  pero hasta ahora creo que Kara estaba acostado, probablemente leyendo uno de los libros que se encontraron al lado de la cama, cuando fue atacado repentinamente. Kara cogió el teléfono para pedir auxilio, pero sus agresores le mataron en seguida.

Hubo un nuevo silencio.

—Si, ésa es una teoría —comentó Juan Lexman, hablando cautelosamente—; pero, como digo, me niego a quebrarme la cabeza por un asunto que no me interesa. ¿Ha encontrado usted el arma?

T. X. negó con la cabeza.

— ¿Había además en la habitación otros rasgos particulares que le sorprendieran a usted y que no me haya comunicado?

T. X. vaciló.

—Había dos velitas —contestó—. Una en el centro de la habitación y otra debajo de la cama. La primera era una vela de árbol de Navidad; la otra era una vela corriente, de las que venden en las tiendas de comestibles, cortada probablemente en la misma alcoba. Hemos encontrado en el suelo pedacitos de cera, y para mí es evidente que la parte cortada fue arrojada al fuego, pues también allí encontramos un charquito de cera derretida.

—Ya. ¿Y algo más?

—La vela pequeña estaba doblada en la forma de un sacacorchos.

—El misterio de la vela doblada —murmuró Juan Lexman—. Ese sí que es buen título para una novela. Kara detestaba las novelas.

— ¿Por qué?

Lexman se echó atrás en el diván y sacó de su pitillera de plata un cigarrillo.

—Mis correrías —dijo— me han llevado a muchos sitios raros. He visitado un país que usted probablemente no conocerá nunca, y que rara vez visitan los viajeros que escriben relatos de viajes. Hay en él extrañas aldeas colgadas en los más abruptos acantilados que pueda usted imaginar. He vivido en comunidades que no reconocían rey ni gobierno. Tenían sus leyes, que se transmitían de padres a hijos; es una nación que carece de lenguaje escrito. Administran sus leyes rígida y drásticamente. Los castigos que aplican son crueles, inhumanos. Yo he visto cómo a una mujer sorprendida en adulterio la apedreaban hasta hacerla morir, de acuerdo con las más puras tradiciones bíblicas, y también he visto sacar los ojos a un bandido. T. X. se estremeció.

—He visto cómo a un testigo falso le arrancaban la lengua en un mercado público. A veces, los turcos o el abigarrado Gobierno del país enviaban unos gendarmes e iniciaban una especie de administración esporádica. Esto solía terminar en que los gendarmes caían en la barbarie ambiente o desaparecían de la faz de la Tierra, acudiendo toda una comunidad de asesinos a testimoniar como un solo hombre el hecho de que se habían suicidado o  se habían  fugado con las esposas de algunos ciudadanos. En algunas de estas comunidades, la vela desempeñaba un papel importantísimo. No es la vela que venden en las tiendas y que usted conoce, sino una mecha impregnada de grasa de cordero. Arrolle usted tres de estas velas entre los dedos de su mano y manténgalos separados con cuñas de madera, prenda usted, fuego a las velas y déjelas que vayan consumiéndose. ¿Se imagina usted la escena? O bien, coloque usted una vela sobre un rastro de pólvora que conduzca a un montón de virutas bien impregnadas de aceite a los pies de un hombre atado. O una vela fija sobre la cabeza afeitada de un hombre... Hay centenares de variaciones, y la vela representa un papel, como le digo, muy importante en  todas ellas. No sé cuál de ellas aterraba más a Kara;  pero si se de una o dos que él mismo empleó.

— ¿Tan malo era? —preguntó T. X.

Lexman le miró gravemente.

—No puede usted imaginárselo —contestó.

Cuando terminaban de comer, el camarero le trajo una carta que habían enviado a la oficina de T   X.  El  detective leyó: «Querido mister Meredith: En respuesta a la pregunta que me hizo debo contestarle que me parece que mi hija está en Londres; pero esto no lo he sabido hasta esta mañana. Me informa mi banquero que mi hija fue esta mañana al Banco y retiró una considerable cantidad de dinero de su cuenta privada; pero ignoro en absoluto dónde haya ido ni lo que haya hecho con el dinero. No necesito decirle que me preocupa mucho este asunto, y me alegraría que usted me explicara, francamente qué es todo ello.

Guillermo Bartholomew.» T. X. lanzó una exclamación.

— ¿Por qué no se me ocurriría ir al Banco esta mañana? Estoy viendo que me van a dejar cesante.

Juan Lexman demostró gran preocupación.

— ¿Lo dice usted de veras?

—No. Claro está que exagero. Pero no creo que el jefe superior esté ahora muy contento conmigo. Me he metido en este asunto sin autoridad ninguna... No es de mi sección. Pero aún no me ha explicado usted su teoría de las velas.

—No tengo ninguna teoría que explicarle —contestó Lexman, doblando la servilleta—. Las velas sugieren la idea de un crimen típicamente albanés. No digo que así fuera; sólo insinúo el posible carácter de este crimen.

Con esto tuvo que contentarse el detective. Si no  eran  misión  suya los  crímenes vulgares —aunque aquél difícilmente podía calificarse así—, sí formaba parte de las peculiares funciones de su sección la devolución a lady Bartholomew de cierta tabaquera muy complicada que había encontrado en la caja. Se habían descubierto entre sus papeles cartas que aclaraban la intervención de Kara en aquel asunto. Aunque no se había portado como un vulgar chantajista, había retenido, no solamente aquel objeto, de la propiedad particular de lady Bartholomew, sino también otros artículos que fueron descubiertos, sin otro propósito, al parecer, que conseguir  influencia en  sectores que  podían ayudarle en sus ambiciosos planes.

Las indagaciones judiciales no dieron ningún resultado, llegándose a un veredicto de «crimen cometido por persona o personas desconocidas».

T. X. pasó una semana muy atareada y fatigosa siguiendo pistas fugitivas, que no conducían a ninguna parte. Recibió una carta de Juan Lexman anunciándole su viaje a los Estados Unidos. Una gran casa editora de revistas en Nueva York le había hecho proposiciones tan tentadoras, que había decidido ir en persona a discutir el contrato.

Los planes de Meredith iban ya tomando forma. Ya había decidido la línea de acción que había de seguir, y, en consecuencia, sostuvo una entrevista con su jefe y el ministro de Justicia.

—Sí, he tenido noticias de mi hija —contestó el político con cierto disgusto—, y ello me ha colocado en situación embarazosa. No puedo decir a usted exactamente en qué forma lo ha hecho, pero si puedo asegurarle que lo ha hecho.

— ¿Puedo ver su carta o su telegrama? —preguntó T. X.

—Imposible—replicó el ministro con solemnidad—. Me ha pedido que mantenga su comunicación en el mayor secreto. He escrito a mi mujer diciéndole que regrese. Me parece que la tensión constante a que estoy sometido es más de lo que un hombre puede soportar.

—Supongo —insistió pacientemente T. X. —que no podrá usted decirme a qué dirección ha contestado, ¿verdad?

—A ninguna—contestó el ministro, y se corrigió en seguida—. Es decir, ha sido esta mañana cuando he recibido  el telegrama..., el mensaje..., y no me dan la dirección para contestar.

—Me hago cargo—contestó T. X. Aquella tarde dio instrucciones a su secretario.

—Necesito que me saque usted una copia de toda la correspondencia particular de las columnas de los periódicos de mañana y de las últimas ediciones de los de esta noche. Téngamelo preparado para mañana por la mañana.

Cuando al día siguiente, a las nueve de la mañana, llegó T. X. a su oficina, encontró sobre su mesa las copias pedidas. Las leyó una por una con la mayor atención, y pronto encontró el anuncio que buscaba.

«B. M. —Me colocas en una situación violenta. Has sido muy irreflexiva. Recibo paquete dirigido tu madre, que he dejado en su habitación. No comprendo por qué quieres que me vaya el fin de semana y dé vacaciones a los criados, pero así lo he hecho. Tendrás que explicarme esto. Asunto llevado demasiado lejos.

Tu padre.»

—Esto es lo que yo buscaba—gritó jubiloso T. X. cuando hubo leído el anuncio.

Por lo general, no es febrero un mes de nieblas, sino mas bien de vendavales, heladas y nevadas; pero la noche del 17 de febrero fue tranquila y nublada. No era aquella típica niebla de Londres, tan temida por el forastero, sino uno de esos bancos de niebla que circulan por las calles, tan pronto envolviendo a los objetos próximos y haciéndolos invisibles, como disolviéndose hasta quedar reducidos a finísimos y diáfanos filamentos de gris pálido.

Sir Guillermo Bartholomew tenía una casa en Portman Place, que es una vía formada por solemnes edificios de feo aspecto exterior, pero notablemente confortables por dentro. Poco antes de las once de aquella noche del 17 de febrero, un «taxi» se detuvo en la unión de la calle Sussex y Portman Place, y de él bajó una muchacha. La niebla en aquel momento era inusitadamente espesa, y la joven vaciló un momento antes de dejar el abrigo que le proporcionaba el coche.

Dio al conductor unas instrucciones y avanzó con paso firme, volviéndose bruscamente y subiendo los escalones del número 173. Muy rápidamente insertó la llave en el orificio de la cerradura, abrió la puerta y la cerró tras de sí. Encendió las luces del hall. La casa sonaba a hueca y desierta, lo cual le causó notable satisfacción. Apagó las luces y se abrió paso hacia la amplia escalera que conducía al primer piso; se detuvo un momento para encender otra luz que sabía no se vería desde la calle, y subió al segundo piso.

Miss Belinda Mary Bartholomew se congratuló del triunfo de su plan; la única duda que le quedaba era si el tocador estaría cerrado; pero su padre era un hombre muy descuidado para estos detalles, y Jaime, el mayordomo, uno de esos viejos estúpidos que nunca cierran nada.

Con gran satisfacción notó que la puerta se abría cuando hizo girar la manija. Alguien había tenido la consideración de bajar los visillos y correr las cortinas. Belinda Mary encendió la luz, lanzando un suspiro de alivio. La mesa escritorio de su madre estaba cubierta de cartas sin abrir; pero la joven apartó todas aquellas misivas en busca del paquete. No estaba allí, y el corazón le dio un vuelco. Acaso estuviera en algún cajón. Los abrió todos, sin resultado.

Belinda Mary quedó en pie ante la mesa, con la perplejidad retratada en su rostro y mordiéndose pensativamente un dedo.

— ¡Gracias a Dios! —exclamó dando un salto, al ver el paquete encima de la chimenea.

Cruzó la habitación y lo cogió. Con dedos temblorosos desgarró el papel que lo envolvía y descubrió el conocido estuche de cuero. Hasta que hubo abierto este estuche y visto la tabaquera, en un lecho de algodón en rama no quedó tranquila.

— ¡Gracias a Dios! —repitió en voz alta.

—Y a mí —añadió una voz.

Ella dio un bote, y se volvió con expresión de terror.

Mister..., mister Meredith —balbució.

T. X. estaba en pie al lado de las cortinas de la ventana, por entre las que habla hecho su dramática entrada en escena.

—Digo que también a mi hay que darme las gracias, miss Bartholomew —dijo.

— ¿Cómo sabe usted mi nombre?—preguntó ella con cierta curiosidad.

—Porque sé todo lo que pasa en el mundo —contestó él, y Belinda sonrió.

De pronto su rostro adquirió una expresión muy seria, y preguntó con sequedad: — ¿Quién le ha mandado a buscarme? ¿Mister Kara?

— ¿Mister Kara? —repitió T. X. asombrado.

—Me amenazó con entregarme a la Policía, y yo le desafié a que lo hiciera. No era la Policía quien me asustaba... Era el mismo Kara. Ya sabrá usted lo que yo fui a buscar allí: los objetos de mi madre.

La joven mostró la tabaquera en su estuche.

—Me acusó de robo, y estuvo muy odioso conmigo; luego me hizo bajar las escaleras, me metió en aquel horrible sótano y...

— ¿Y qué? —insinuó T. X.

—Eso es todo—contestó ella apretando los labios—... ¿Qué va usted a hacer ahora?

—Voy a hacerle a usted unas preguntas, si no le molesta. En primer lugar, ¿no ha vuelto usted a tener noticias de Kara desde que escapó de su casa? —He tenido buen cuidado de no ponerme en su camino.

—No es eso. ¿Ha leído usted los periódicos?

—He leído las columnas de anuncios privados. Le dije a papá que me contestara allí a mi telegrama.

—Lo sé, porque yo vi el anuncio de él —dijo T  X. sonriendo—. Por eso estoy aquí.

—Ya me lo temía yo. Mi padre es demasiado locuaz en letras de molde; ya sabe usted que es un gran orador. Lo único que yo le pedía era que dijera «sí» o «no». ¿Qué quería usted decirme con eso de los periódicos? ¿Le ha ocurrido algo a mí madre?

—Según mis noticias, lady Bartholomew disfruta de buena salud y está camino de Inglaterra.

—Entonces ¿por qué me ha hecho esa pregunta? ¿Qué había yo de leer en los periódicos?

—Algo sobre Kara —apuntó el detective.

Ella negó con la cabeza, asombrada.

—No sé nada de Kara, ni quiero saber. ¿Por qué me lo pregunta?

—Porque en la noche de su desaparición de la plaza Cadogan, Remington Kara murió asesinado.

— ¡Asesinado! —exclamó la muchacha.

—Recibió una puñalada en el corazón, dada por una persona o personas desconocidas.

T. X. sacó la mano del bolsillo con algo envuelto en papel de seda. Quitó éste cuidadosamente, mientras la muchacha le miraba fascinada y con una aprensión terrible. Pronto quedó el objeto al descubierto. Eran unas tijeras con los ojos envueltos en un pañolito sembrado de manchas morenas. Ella retrocedió un paso y se llevó las manos a las mejillas.

—Son mis tijeras —dijo atropelladamente—. No pensará usted...

Y se le quedó mirando, indecisa entre el pánico y la indignación.

—No pienso que haya usted cometido el crimen —contestó el detective sonriendo—, si era eso lo que iba usted a decir. Pero si cualquiera otra persona hubiera encontrado las tijeras e identificado este pañuelo, se habría usted visto en un serio aprieto, mi joven amiga.

Ella miró las tijeras y se estremeció.

—Yo maté... algo —confesó en voz baja—. Un perro horrible... No sé cómo lo hice: el animal saltó sobre mí, y ye no hice más que clavarle las tijeras y lo maté...

—Lo comprendí porque encontré al perro muerto. Y ahora explíqueme por qué no la encontré a usted.

De nuevo ella vaciló, y T. X. sospechó que le ocultaba algo.

—No sé cómo no me encontró. Allí estaba yo.

 — ¿Cómo salió usted?

—Y usted, ¿cómo salió? —preguntó ella a su vez.

— ¿Yo? Pues por la puerta —confesó él—. Parece un medio ridículamente vulgar de salir de un sitio, pero fue el único que encontré.

—Pues así fue como salí yo también.

—Pero la puerta estaba cerrada.

—Ya veo—dijo ella, sonriendo débilmente—. Yo estaba en el sótano. Oí que metía usted la llave en la cerradura y dejé caer la trampa colocando en la mesa esas horribles tijeras. Me pareció que sería Kara con algún amigo, y luego las voces se extinguieron y me aventuré a subir, y vi que usted había dejado la puerta abierta. Así..., así yo... Aquellas pausas intrigaban a T. X. Había algo que ella no le confesaba, algo que hasta entonces no había revelado.

—Así fue como salí. Llegué a la cocina; no había nadie; subí a la escalera; salí a la calle, y en la esquina encontré un «taxi»..., y eso es todo.

Belinda Mary separó las manos en un gesto dramático.

— ¿Todo? —preguntó T. X.

—Todo —repitió ella—. Y  ahora, ¿qué  va usted a hacer?

T. X. miró al techo, pellizcándose la barbilla. —Supongo que debería detenerla. Me parece que algo tengo que hacer. Y dígame: ¿durmió usted en la cama del sótano inferior?

— ¿Del sótano inferior? —repitió ella despacio.

Hubo un silencio, y luego contestó Belinda: —Sí, dormí en aquella cama.

Casi a cada palabra había un intervalo de vacilación.

— ¿Qué va usted a hacer? —repitió.

La joven se sentía cada vez más segura de sí misma, y había reprimido ya el pánico que la repentina aparición del detective le produjo. Le observó con más atención. Vio que era regularmente guapo, tenía hermosos ojos grises, una nariz recta y una barbilla firme.

—Creo —insinuó ella con suavidad—que debería usted detenerme.

—No diga tonterías —replicó T. X.

Ella le miró, asombrada.

— ¿Qué dice? —preguntó colérica.

--Que no diga usted tonterías —repitió el tranquilo joven.

— ¿Sabe usted que eso es una incorrección?

— ¡Ah! ¿Sí?

El detective pareció interesado y sorprendido ante aquella desviación del asunto.

—Naturalmente —continuó ella, ajustándose el vestido y evitando mirar a su interlocutor—; ya sé que para usted yo soy una tonta y tengo un nombre cómico.

—Nunca he dicho yo que tuviera usted un nombre cómico —replicó él con frialdad—. No me habría tomado semejante libertad.

—Dijo usted que era fantástico, lo cual es peor.

—Puedo haber dicho que fuera fantástico —confesó el detective—; pero esto es muy distinto de decir que sea cómico. Hay dignidad en las cosas fantásticas. Por ejemplo, las pesadillas no son cómicas, pero son fantásticas.

—Gracias —dijo ella con intención.

—Con esto no quiero decir que su nombre se parezca a una pesadilla —dijo T. X., haciendo esta concesión con un gesto magnifico, como un rey que concediera a su interlocutor el derecho a permanecer cubierto en su presencia—. Creo yo que Belinda Ana...

—Belinda Mary —corrigió ella.

—Iba a decir Belinda Mary...

—No iba usted a decir semejante cosa.

—De todos modos, creo que Belinda Mary es un nombre precioso.

—Eso no lo piensa usted. Los dos sentían unos deseos locos de reír.

—Dijo usted  que  era  un nombre  fantástico y sigue usted pensando lo mismo;  pero, en realidad, no deben molestarme las opiniones ajenas. También yo creo que es un nombre fantástico. Me lo pusieron en recuerdo de una  tía —añadió a guisa de excusa.

—En eso me lleva usted ventaja —dijo el comisario, inclinándose cortésmente—. A mí me dieron el nombre del perro favorito de mi padre.

—¿Qué significa T. X.? —preguntó Belinda, curiosa.

—Tomás Xavier—contestó él, y por espacio de un minuto ella estuvo medio tumbada en la butaca y riendo a carcajadas.

—Es cómico, ¿verdad? —preguntó él.

—Siento haberme reído; pero, la verdad... Mire que llamarse Tommy  Xavier...; quiero decir, Tomás Xavier...

—Puede usted llamarme Tommy, si le gusta más. Casi todos mis amigos me llaman así.

—Desgraciadamente, yo no soy amiga suya, por lo que continuaré llamándole mister Meredith, si no le importa.

Belinda Mary miró el reloj.

—Si no va usted a detenerme, me marcho —dijo.

—Ciertamente, no tengo la intención de detenerla, pero voy a acompañarla a usted.

Ella se levantó de su asiento.

—Nada de eso —dijo, en tono que no admitía réplica.

El quedó muy sorprendido ante la negativa.

—Pero, mi querida niña...—protestó.

—Haga el favor de no decirme «querida niña» —replicó ella muy seria—. Usted me dejará irme sola a mi casa.

Le alargó la mano, y el llamamiento a la risa en sus hermosos ojos era irresistible.

—Bueno, le buscaré un «taxi»—insinuó él.

—Y escuchará usted disimuladamente la dirección que yo le dé al conductor, ¿verdad?

Belinda movió la cabeza en gesto de reprobación.

—Debe de ser una cosa horrible ser policía —añadió.

El estaba en pie con los brazos cruzados y una arruga vertical en la frente.

—Veo que no se fía usted de mí —observó.

—No —corroboró ella.

—Bueno. De todos modos le buscaré el «taxi» y le daré al conductor la dirección de la estación de Charing Cross, y en el camino puede usted revocar la orden.

—¿Y me promete usted no seguirme?

—Se lo juro por mi honor. Pero con una condición.

—No admito condiciones —replicó ella, altanera.

—Atienda usted a razones —replicó él—. La condición que le impongo es que pueda yo concertar una cita con usted siempre que la necesite. Le digo con franqueza que esto es preciso, Belinda Mary.

Miss Bartholomew —corrigió ella fríamente.

—Es preciso —continuó él—, y usted lo comprenderá. Prométame que si publico un anuncio en la sección de correspondencia de cualquiera de los periódicos de la noche que le diga, o en el Morning Post, acudirá a la cita que yo concierte, si es humanamente posible.

Ella vaciló un momento. Luego le alargó la mano.

—Se lo prometo.

—Bien, Belinda Mary —dijo él, y cogiéndola del brazo la sacó de la habitación, apagó la luz y bajaron la escalera.

—Buenas noches —le dijo—, estrechándole la mano.

—Esta es la tercera vez que me estrecha usted la mano esta noche —observó ella.

—No me deje con mal sabor de boca —suplicó él—, y acuérdese.

—Lo he prometido.

—Y algún día —continuó T. X.—me contará usted lo que sucedió en el sótano de Kara.

—Ya se lo he dicho —contestó Belinda  en  voz baja.

—No me lo ha dicho usted todo, niña.

El detective la ayudó a subir al «taxi», cerró la portezuela y acercó la cabeza a la ventanilla bajada.

—¿Victoria o Marble Arch? —preguntó cortésmente.

—Charing Cross—contestó ella sonriendo.

T. X. vio cómo el coche se alelaba, y luego, repentinamente, se detuvo, y una figura se asomó por la ventanilla, llamándole frenéticamente. El detective corrió hacia el «auto».

—¿Y si yo le necesito a usted? —preguntó Belinda.

—Ponga usted un anuncio encabezado así: «Querido Tommy.»

—No, señor; pondré «T. X.»—replicó ella, indignada.

—Entonces no me enteraré de su anuncio —replicó él, y quedó en medio de la calle con el sombrero en la mano, hasta que el «taxi» se hubo perdido de vista.