- Cuando venga
a bordo - dijo el capitán Saunders mientras esperaba que la rampa de
desembarque quedara en posición -, ¿cómo deberé llamarle?
Hubo un
prolongado silencio mientras el oficial de navegación y el ayudante del piloto
se ponían de acuerdo respecto al problema del protocolo.
Luego, Mitchell
cerró el control principal y todos los mecanismos y circuitos de la nave
quedaron de inmediato en suspenso al cortarles el fluido eléctrico.
- La manera en
que uno debe dirigirse a él - y lo pronunció con el mayor cuidado -, es «Su
Alteza Real».
- ¡Bah! - rugió
el capitán -. ¡Que me parta un rayo si alguna vez llego a usar una expresión
tan ridícula!
- En estos
tiempos de rápidos cambios y exaltación democrática - arguyó Chambers -, creo
que «señor» es más que suficiente. Y no hay necesidad de preocuparse si uno se
olvida. Hace ya mucho tiempo que nadie ha sido enviado a la Torre por algo de
tan poca monta. Además, este Enrique no es un personaje tan severo como lo fue
aquel otro de las muchas esposas.
- Según dicen -
agregó Mitchell - parece ser que es un joven muy agradable, y también
instruido. En ciertas ocasiones, ha efectuado preguntas técnicas que han puesto
en aprietos a más de uno.
El capitán
Saunders ignoró ese comentario y concluyó que, si el príncipe Enrique quería
saber cómo funcionaba un Generador Compensador de Campo, Mitchell se lo
explicaría sin ninguna dificultad. Se levantó cuidando muy bien sus
movimientos, pues había estado trabajando en condiciones de escasa gravedad
durante el vuelo, y ahora, en la Tierra, le suponía un gran esfuerzo mantener
el equilibrio, y se dirigió al corredor que conducía a la compuerta inferior.
Con un sofocado chasquido metálico, la puerta se abrió suavemente hacia un
lado.
Iniciando una
sonrisa, se dirigió a las cámaras de televisión y al heredero de la corona
británica.
El hombre que
algún día sería Enrique IX de Inglaterra no pasaba aún de los veinte años. Era
de una estatura ligeramente inferior a la de tipo medio; tenía las facciones
delicadas y bien proporcionadas, en total consonancia con lo impuesto por los
cánones genealógicos.
El capitán Saunders, que provenía de Dallas, y por tanto
se hallaba poco dispuesto a dejarse impresionar por ningún príncipe, se
encontró de repente impresionado por la tristeza de sus ojos. Eran ojos que ya
habían visto demasiadas recepciones y desfiles, que estuvieron forzados a ser
testigos de innumerables cosas carentes de sentido, que nunca tuvieron la
oportunidad de pasear por lugares que no hubieran sido planificados
previamente.
Mirando aquel orgulloso y fatigado rostro, el capitán Saunders
vislumbró por primera vez la extrema soledad de la realeza. Todo su desagrado
respecto a esta institución le pareció de escasa importancia a la vista de su
mayor defecto: lo que realmente consideraba mal en la monarquía era la
deslealtad de infligir tal carga sobre ciertas personas.
Los pasillos
del Centaurus eran demasiado estrechos como para permitir una visión general;
pero pronto quedó claro que la novedad del nuevo ambiente no le incomodaba
demasiado.
Y una vez que
todos se hubieron acostumbrado a aquellos angostos recintos, Saunders olvidó
sus reservas referentes al trato con el príncipe. Pronto tuvo con él la misma
relación que con cualquier otro visitante. Una de las primeras lecciones que la
realeza debe aprender es cómo lograr que la gente no se encuentre incómoda en
su presencia.
- ¿Sabe una cosa,
capitán? - dijo el príncipe con aire pensativo -. Este es un gran día para
nosotros. Siempre esperé que fuera posible que una nave espacial partiera desde
la misma Inglaterra. Sin embargo todavía se nos hace extraño tener una base
propia después de tantos años. Dígame, ¿hace mucho que está usted vinculado con
la propulsión a reacción?
- La verdad es
que he hecho algunos cursos sobre ella. No obstante, lo que en realidad me ha
dado el cabal dominio del tema ha sido sin duda la experiencia práctica de estos
últimos años. He tenido la fortuna de que el desarrollo de mis estudios se haya
realizado en el período en que la tecnología espacial estaba en pleno
desarrollo y la propulsión química dejaba ya paso a los nuevos sistemas. En ese
sentido, he tenido suerte. Algunas personas mayores que yo necesitaron volver a
hacer cursos para ponerse al día en el tema, se vieron obligados a
desvincularse de él, al no poder adaptarse a los nuevos sistemas de propulsión.
- ¿Tan grande
es la diferencia?
- Por supuesto
que sí. El tema de los reactores espaciales es de una enorme complejidad y
entre un sistema y otro hay la misma diferencia que separa la navegación a vela
de la de vapor. Es una analogía que oirá mencionar con frecuencia. Ha habido
toda una épica respecto a los primeros tiempos de la navegación espacial por
medio de combustibles químicos, del mismo modo que la hubo en los momentos
culminantes de los grandes veleros oceánicos.
Cuando el Centaurus despega, por
ejemplo, lo hace tan silenciosamente como un globo, incluso con una aceleración
reducidísima que no causa ninguna molestia. En cambio, el despegue de una gran
nave a reacción se oye a muchos kilómetros de distancia, con gran estruendo, y
se produce en medio de una enorme masa de gases incandescentes. Seguro que lo
habrá visto más de una vez en películas de esa época.
- Oh, sí -
respondió el príncipe con una sonrisa -, las he visto muchas veces. Creo que no
me he perdido ninguna de las correspondientes a los inicios de la carrera
espacial. La verdad es que lamenté la desaparición de la navegación a reacción.
De todos modos, nunca habríamos podido tener una base de lanzamiento aquí en
Salisbury Plain con el ruido que se hubiera producido. Hasta es probable que
las mismas construcciones de Stonehenge se hubieran deteriorado.
- ¿Stonehenge?
- preguntó Saunders mientras abría una escotilla para permitir el paso del
príncipe a la bodega número tres.
- Sí, sí; el
monumento paleolítico cercano a la base. Es con seguridad la construcción
prehistórica mejor conservada. Tiene más de tres mil años. No está a más de
diez kilómetros de aquí. Le recomiendo que lo vea. Lo hallará interesante.
El capitán
Saunders ensayó una sonrisa. Curioso país éste. ¿En qué otro lugar podrían
encontrarse contrastes de este tipo? Eso le hacía sentirse inmaduro y un poco
tosco y se veía forzado a reconocer que, por ejemplo, Billy The Kid equivalía
en Estados Unidos a un hecho como la historia antigua en Europa y que sería muy
difícil encontrar en toda Texas algún rastro que excediera los quinientos años.
Por primera vez le pareció creer que estaba entendiendo lo de la tradición. Eso
le otorgaba al príncipe Enrique algo que él nunca había poseído: serenidad y
equilibrio, confianza en sí mismo. Sí, sin duda todo eso. Y una clase de
orgullo desprovisto de arrogancia.
Sorprendía el
gran número de preguntas que el príncipe fue capaz de hacer en los treinta
minutos que se habían destinado para ello durante su recorrido por el carguero.
No eran las preguntas rutinarias que la gente suele hacer por simple cortesía y
con escaso interés en las respuestas. Su Alteza Real, el príncipe Enrique,
poseía muy buenos conocimientos de navegación espacial, y el capitán Saunders
estaba agotado cuando volvió al comité de recepción que lo aguardaba
pacientemente fuera del Centaurus.
- Le quedo muy
agradecido, capitán - manifestó, estrechándole la mano a la salida de la nave
-. Hacía tiempo que no pasaba un rato tan interesante. Espero que tenga una
agradable estancia en Inglaterra, y un feliz viaje.
Luego, en
compañía de su séquito y de los representantes de la base, continuaron con la
visita de otras instalaciones, lo que dio oportunidad al personal de aduanas
para verificar la documentación de la nave.
- Bien - dijo
Mitchell -, ¿qué opina del príncipe?
- La verdad es
que me ha sorprendido - respondió Saunders con franqueza -. Jamás me habría
dado cuenta de que era un príncipe. Siempre pensé que formaban parte de un
grupo de gente constituido por personas inútiles e impertinentes. Lo cierto es
que conocía los fundamentos del Generador de Campo. ¿Sabes por casualidad si ha
salido alguna vez al espacio?
- Me parece que
en una ocasión. Fue como un salto por encima de la atmósfera en una nave de la
Fuerza espacial. Pero no alcanzó la órbita. Regresó antes de ello... El primer
ministro casi tuvo un ataque al corazón. Se produjeron debates en la Cámara y
el Times le dedicó varios editoriales. Todos se hallaban de acuerdo en que el
heredero del trono era demasiado valioso para arriesgarse con estos nuevos
inventos. Por lo tanto, aunque tiene el rango de comodoro en la Real Fuerza
Espacial, nunca ha estado en la Luna.
- ¡Pobre
chico...! - exclamó el capitán Saunders.
Tuvo tres días
de inactividad, puesto que no era asunto suyo supervisar la carga de la nave ni
las tareas de mantenimiento que se llevaban a cabo antes del vuelo. Saunders
conocía a muchos capitanes que daban vueltas por ahí, respirando pesadamente
encima de los pescuezos de los maquinistas de servicio. Pero él no era de ese
tipo. Además, deseaba ver Londres.
Había estado en Marte, en Venus y en la
Luna; pero ésta era su primera visita a Inglaterra. Mitchell y Chambers le
habían proporcionado informaciones útiles y le habían dejado en el monorraíl de
Londres antes de desaparecer para visitar a sus propias familias. Estarían de
regreso en el aeropuerto espacial un día antes que él, a fin de comprobar que
todo se encontraba en orden.
Constituía un gran alivio tener unos oficiales en
los que se pudiera confiar por completo. Carecían de imaginación y eran
cautelosos, pero minuciosos hasta el fanatismo. Si decían que todo estaba en
orden, Saunders sabía que podía despegar sin el menor recelo.
El esbelto y
alargado cilindro silbó a través del muy cuidado paisaje. Estaba tan cerca del
suelo, y viajaba tan de prisa, que sólo se podía captar una rápida impresión de
las ciudades y campos que destellaban bajo él. Saunders pensó que todo era tan
increíblemente compacto, que parecía hecho a una escala liliputiense. No había
espacios abiertos, ni campos que tuviesen una extensión superior a un par de
kilómetros en cada dirección. Aquello era suficiente para causar claustrofobia
a un tejano, en particular a un tejano que era al mismo tiempo un piloto
espacial.
El bien
definido contorno de Londres apareció en el horizonte como el baluarte de una
ciudad amurallada. Con escasas excepciones, los edificios eran muy bajos, tal
vez de quince o veinte pisos. El monorraíl corría a través de un estrecho
cañón, por encima de un parque muy atractivo; y de un río que cabía suponer que
era el Támesis.
Luego, se detenía tras una firme y poderosa explosión de
desaceleración. Por un altavoz se oyó una voz tan moderada que parecía tener
miedo a elevarse más de la cuenta: «Hemos llegado a Paddington -dijo-. Los
pasajeros que vayan al Norte sírvanse continuar en sus asientos» Saunders sacó
su equipaje de la redecilla y se encaminó hacia la estación.
Cuando entró en
el Metro, pasó ante un quiosco y echó un vistazo a las revistas que exhibía. La
mitad de ellas traían fotos del príncipe Enrique o de otros miembros de la
familia real. Saunders pensó que aquello era demasiado para ser bueno. También
se percató de que todos los periódicos de la tarde mostraban al príncipe
entrando o saliendo del Centaurus. Compró unos ejemplares para leerlos en el
Metro; o, como aquí le llamaban, el Tube.
Los comentarios
editoriales tenían un monótono parecido. Al final, se alegraban. Inglaterra ya
no necesitaba ocupar un asiento trasero entre las naciones punteras en la
carrera del espacio. Ahora era posible operar una flota espacial sin tener
millones de kilómetros cuadrados de desierto.
Los navíos actuales, silenciosos
y que desafiaban la gravedad, aterrizaban, si era necesario, en el Hyde Park,
sin turbar ni siquiera a los patos que se hallaban en el Serpentín. Saunders
encontró raro que esta clase de patriotismo hubiese logrado sobrevivir en la
era espacial; pero supuso que los británicos se habían sentido bastante mal
cuando tuvieron que alquilar lugares de lanzamiento a los australianos, los
estadounidenses y los rusos.
El Metro de Londres
era aún, después de un siglo y medio, el mejor sistema de transporte del mundo,
y dejó a Saunders en su destino, sano y salvo, antes de diez minutos de haber
dejado Paddington. En ese tiempo, el Centaurus podría haber cubierto setenta y
cinco mil kilómetros; pero había que reconocer que el espacio no estaba tan
atestado.
Ni las órbitas de los ingenios espaciales eran tan tortuosas como las
calles que Saunders tenía que salvar para llegar a su hotel. Todos los intentos
por hacer un Londres más recto fracasaron de forma desalentadora; y transcurrió
un cuarto de hora antes de que pudiera completar los últimos cien metros de su
viaje.
Se quitó la
chaqueta y se dejó caer en la cama. Quedó pensativo. Tres días tranquilos, y
sin obligaciones, para él solo. Parecía demasiado bueno para ser verdad.
Así fue. Apenas
había tenido tiempo para inspirar con fuerza cuando sonó el teléfono.
- ¿Capitán
Saunders? Me alegro mucho de dar con usted. Aquí la «BBC». Tenemos un programa
que se llama, «La ciudad por la noche», y nos hemos preguntado si...
El estrépito de
la puerta de descompresión fue el sonido más dulce que Saunders había oído
durante días. Ahora estaba a salvo; nadie podría llegar hasta él en su
fortaleza blindada, y muy pronto se encontraría en la libertad del espacio. Y
no es que lo hubiesen tratado mal. Por el contrario, se habían portado
demasiado bien con él. Efectuó cuatro (¿o eran cinco?) apariciones en varios
programas de televisión; asistió a más fiestas de las que podía recordar; hizo
centenares de nuevos amigos y, por el estado en que ahora se hallaba, había
olvidado a otros antiguos.
- ¿Quién
extendió el rumor - preguntó a Mitchell cuando se encontraron en el puerto - de
que los británicos eran reservados y distantes? Que el cielo me ayude si tengo
que encontrarme con un inglés efusivo.
- Creí que lo
habías pasado muy bien - le respondió Mitchell.
- Pregúntamelo
mañana - replicó Saunders -. Para entonces ya me habré reintegrado por completo
a mi psique.
- Te vi en el
programa de entrevistas de anoche - comentó Chambers -. Parecías bastante
fantasmal.
- Gracias. Ese
tipo de simpático aliento es lo que me hace falta. Me gustaría que pensases en
algún sinónimo de «aburrido» después de haber estado en pie hasta las tres de
la madrugada.
- Tedioso -
contestó en seguida Chambers.
- Soporífero -
agregó Mitchell para no verse superado. - Ganas. Vamos a ver esos programas de
revisiones y comprobemos lo que los maquinistas han hecho.
Una vez
sentados ante el pupitre de control, el capitán Saunders volvió con rapidez a
su manera de ser habitual y eficiente. Se encontraba de nuevo en casa y su
entrenamiento había acabado. Sabía muy bien lo que debía hacer y lo hacía con
matemática precisión. Uno a su derecha y otro a su izquierda, Mitchell y
Chambers estaban comprobando sus instrumentos y llamando a la torre de control.
Tardaron una
hora en realizar la elaborada rutina previa al vuelo. Cuando la última firma se
estampó en la última hoja y la última lucecilla roja del panel de
comprobaciones cambió a verde, Saunders se retrepó en su asiento y encendió un
cigarrillo. Tenía diez minutos que consumir antes del despegue.
- Un día - dijo
-, voy a llegar a Inglaterra de incógnito para averiguar cuál es la causa de
que ese sitio se conserve. No comprendo cómo se puede amontonar tanta gente en
una isla tan pequeña sin que se hunda.
- Tendrías que
ver Holanda - le replicó Chambers -. Hace que Inglaterra parezca tan extensa
como Texas.
- Y también
está ese asunto de la familia real. Como ya sabrás, a cualquier sitio que
fuera, todo el mundo me preguntaba qué he hecho con el príncipe Enrique: de qué
hemos hablado, si me parece un tipo interesante... y cosas de ésas. He llegado
a hartarme. No sé cómo habéis podido soportarlo durante un millar de años.
- No creas que
la familia real es tan popular siempre - contestó Mitchell -. ¿Recuerdas lo que
le sucedió a Carlos I? Y algunas de las cosas que hemos dicho acerca de los
primeros Jorges son tan rudas como las observaciones que tu gente hizo
después...
- Simplemente,
nos gusta la tradición - prosiguió Chambers -. No tememos el cambio cuando
llega el momento; pero, en lo que se refiere a la familia real, verás, se trata
de algo único, y estamos muy orgullosos de ella. Es parecido a lo que tú
sientes respecto a la Estatua de la Libertad.
- No es un
ejemplo muy justo. Y no creo que sea correcto poner a unos seres humanos encima
de un pedestal y tratarlos como si fueran... una especie de pequeños dioses.
Por ejemplo, mira al príncipe Enrique. ¿Crees que tiene la menor posibilidad de
hacer las cosas que realmente desea? Lo he visto tres veces por la tele cuando
estuve en Londres. La primera inauguraba una escuela en alguna parte; la
segunda dirigía un discurso a la Venerable Compañía de Pescaderos, en el
Ayuntamiento. Juro que no me invento nada. Y la tercera soportaba una alocución
de bienvenida por parte del alcalde de Podunk, o cualquier sitio equivalente...
- Wigan - le
interrumpió Mitchell.
- Creo que
preferiría vivir en una cárcel a llevar esa clase de vida... ¿Por qué no dejáis
en paz al pobre chico?
Por una vez, ni
Mitchell ni Chambers acudieron al desafío. Mantuvieron un silencio glacial.
«Me parece que
lo he estropeado» - pensó Saunders -. Debería haber mantenido la boca cerrada;
ahora he herido sus sentimientos. Debería haber recordado aquel consejo que leí
no sé dónde: Los británicos tienen dos religiones, el cricket y la familia
real. Nunca intentes criticar ni una cosa ni la otra.
La pesada pausa se vio interrumpida
por la radio y la voz del controlador del puerto espacial.
- Control a
Centaurus. Despejada su pista. Todo listo para el despegue.
- El programa
de despegue empieza... ahora... - respondió Saunders, impulsando el conmutador
principal.
Luego, se
inclinó hacia atrás, con los ojos fijos en el panel de control y las manos cerca
del tablero, preparadas para una acción instantánea.
Estaba tenso
pero muy seguro. Cerebros mejores que el suyo (cerebros de metal y cristal y
destellantes corrientes de electrones) se habían hecho cargo ahora del
Centaurus. Si era necesario, podía tomar el mando; pero, hasta entonces, no se
había ocupado nunca manualmente de una nave ni esperaba tener que hacerlo
jamás. Si el sistema automático fallaba, podría cancelar el despegue y seguir
en Tierra hasta que el fallo se hubiese arreglado.
El campo principal
se puso en funcionamiento y el peso disminuyó en Centaurus. Se produjeron unos
gruñidos de protesta por parte del casco de la nave y de su estructura,
mientras los esfuerzos se redistribuían por sí mismos. Los brazos curvados de
la horquilla de aterrizaje no soportaban ya ninguna carga, y la menor ráfaga de
viento podría llevar al carguero por el espacio.
Llamaron de
nuevo desde la torre de control.
- Su peso es
ahora igual a cero. Compruebe los ajustes.
Saunders
contempló los medidores. El empuje del campo era exactamente igual que el peso
de la nave, y las lecturas de los medidores estaban de acuerdo con los totales
de los planes de carga. En ese preciso instante, esta comprobación hubiese
revelado la presencia de un simple polizón a bordo de la nave espacial; hasta
tal punto eran sensibles los calibradores.
- Un millón
quinientos sesenta mil cuatrocientos veinte kilogramos - leyó Saunders en los
indicadores de impulso -. Bastante bien, comprobado dentro de una posible
diferencia de quince kilos. La primera vez, sin embargo, estaba un poco por
debajo del peso. Has debido comerte demasiados caramelos de tus rollizas amigas
en Port Lowell, Mitch.
El piloto
ayudante le devolvió una retorcida sonrisa. No había tenido nunca en Marte
ninguna cita a ciegas que le hubiese proporcionado la no deseada reputación de
preferir a las rubias monumentales.
No se produjo
la menor sensación de movimiento; pero el Centaurus se encontraba ya
deslizándose por el cielo veraniego. Su peso no sólo se había neutralizado sino
que había Ilegado a invertirse. A los observadores que estuviesen debajo, les
daría la impresión de una estrella que se remontase con suavidad, un globo
plateado que trepase a través de las nubes y siguiera luego más allá.
En torno
de la nave, el azul de la atmósfera se ahondaba hacia la eterna oscuridad del
espacio. Como un abalorio que se moviese a lo largo de un hilo invisible, el
carguero seguía la pauta de las ondas de radio que lo llevarían de mundo en
mundo.
Este, pensó el
capitán Saunders, era su vigésimo sexto despegue de la Tierra. Pero la
capacidad de maravillarse nunca se pierde, ni tampoco la creciente sensación de
poder que proporciona hallarse sentado al panel de control, dueño de unas
fuerzas más allá incluso de los antiguos dioses de la Humanidad.
Nunca había
dos partidas iguales. Unas tenían lugar al amanecer; otras hacia el crepúsculo
vespertino. Había veces en que la Tierra tenía los cielos cubiertos. En otras
ocasiones, se salía a través de unos cielos claros y deslumbrantes. El espacio en
sí podía parecer inmutable; pero, en la Tierra, nunca se producía dos veces la
misma situación, y ningún hombre veía dos veces el mismo paisaje o el mismo
firmamento.
Abajo, las olas del Atlántico marchaban eternamente hacia Europa.
Por encima de ellas (¡pero muy por debajo del Centaurus!) las brillantes masas
de nubes avanzaban delante de los mismos vientos. Inglaterra comenzó a emerger
en el continente, y la línea de la costa europea se hizo más imprecisa y
neblinosa mientras se hundía más allá de la curva del mundo.
En la frontera
oriental, una mancha fugitiva en el horizonte era el primer esbozo de América.
Con una sola mirada, el capitán Saunders podía abarcar todas las leguas por las
que Colón se había esforzado hacía ya mil quinientos años.
Con el silencio
de la potencia sin límites, la nave se liberó de las últimas ligaduras que la
unían a la Tierra. Para un observador exterior, el único signo de las energías
que se estaban gastando hubiera radicado en el resplandor rojo de las aletas,
situadas en torno al ecuador de la nave, mientras la pérdida de calor de los
conversores de masa se disipaba en el espacio.
«14:03:45
-escribió nítidamente el capitán Saunders en el cuaderno de navegación-.
Alcanzada la velocidad de escape. Desdeñable la desviación del rumbo.»
No tenía
demasiado interés registrar aquella entrada. Los modestos cuarenta mil
kilómetros por hora que habían sido el objetivo casi inalcanzable de los
primeros astronautas, ya no tenían ningún valor, dado que el Centaurus seguía
acelerando y continuaría durante horas ganando velocidad.
Pero aquello poseía
una profunda significación psicológica. Hasta este momento, de haber fracasado
la potencia, hubieran caído de nuevo sobre la Tierra. En cambio, ahora, la
gravedad ya no podía volver a capturarlos, pues habían logrado la libertad del
espacio y podrían ir alcanzando los planetas.
Naturalmente, en la práctica
habría cosas espantosas que se deberían pagar en el caso de no llegar a Marte y
entregar el cargamento según lo planeado. Pero el capitán Saunders, al igual
que todos los hombres del espacio, era un romántico. Incluso en un plácido
recorrido como éste, soñaba a veces en la gloria anillada de Saturno o en las
sombrías vastedades de Neptuno, iluminado por los fuegos distantes de un Sol
hundido.
Una hora
después del despegue, según el solemne ritual, Chambers permitió que el
ordenador del rumbo se hiciese cargo por sus propios mecanismos. Sacó las tres
copas que se encontraban debajo de la mesa de los mapas. Mientras realizaba el
brindis tradicional por Newton, Oberth y Einstein, Saunders se preguntó cómo se
había originado esta pequeña ceremonia.
Las
tripulaciones espaciales la habían realizado por lo menos durante sesenta años;
tal vez incluso pudiera rastrearse hasta el legendario ingeniero de cohetes que
realizó la observación:
«He gastado más
alcohol en sesenta segundos del que jamás se llegará a vender en este piojoso
bar..»
Dos horas
después, había llegado ya al ordenador la última corrección del rumbo, que las
estaciones de seguimiento de la Tierra le suministraban. Desde este momento
hasta que Marte surgiese ante ellos, tendrían que obrar por su cuenta. Aquél
era un pensamiento solitario, pero también curiosamente divertido. Saunders lo
saboreó. Aquí se encontraban sólo ellos tres, y no habría nadie más en un
espacio de millones de kilómetros.
En tales
circunstancias, la detonación de una bomba atómica no hubiera sido más
estremecedora que el modesto golpe que se produjo en la puerta de la cabina...
El capitán
Saunders no se había visto más desconcertado en toda su vida. Con un gañido que
había surgido de él antes de tener la menor posibilidad de inhibirlo, se escapó
de su asiento y se alzó más de un metro antes de que la gravedad residual de la
nave le arrastrase de nuevo hacia abajo. Chambers y Mitchell se comportaron con
la tradicional flema británica. Se dieron la vuelta en sus asientos provistos
de cinturones, miraron hacia la puerta y aguardaron a que el capitán tomase las
medidas oportunas.
A Saunders le
costó varios segundos recuperarse. De haberse visto enfrentado con lo que se
pudiera llamar una emergencia normal, ya se hubiera encontrado a mitad de
camino en un traje espacial. Pero un confiado golpe en la puerta de la cabina
de control, cuando todos los demás tripulantes se encontraban a su lado, no
constituía una prueba lo que se dice muy justa.
Un polizón era
algo que resultaba imposible. El peligro había resultado tan obvio desde el
principio de los vuelos espaciales comerciales, que se habían tomado al
respecto las precauciones más severas. Saunders sabía que uno de sus oficiales
había estado siempre de servicio durante las operaciones de carga; nadie
hubiera podido entrar en la nave sin haber sido visto.
Luego, tuvo lugar una
detallada inspección antes del vuelo, llevada a cabo tanto por Mitchell como
por Chambers. Finalmente, se llevó a cabo la comprobación de peso en el momento
anterior al despegue, y eso resultaba de lo más concluyente. No, un polizón era
algo totalmente...
El golpe en la
puerta se oyó de nuevo. El capitán Saunders cerró los puños y adelantó el
mentón. Pensó que, dentro de unos minutos, algún idiota romántico iba a
sentirlo demasiado...
- Abra la
puerta, Mr. Mitchell - gruñó Saunders.
Con un solo
paso largo, el piloto ayudante cruzó la cabina y descorrió el pasador.
Durante lo que
pareció un tiempo infinito, nadie hablo. Luego, el polizón, ondeando levemente
en aquella baja gravedad, entró en la cabina. Se le veía muy dueño de sí mismo
y también muy complacido.
- Buenas
tardes, capitán Saunders - dijo -. Debo presentar mis disculpas por esta
repentina intrusión...
Saunders tragó
con fuerza. Luego, mientras las piezas de aquel rompecabezas iban poniéndose en
su lugar, miró primero a Mitchell, luego a Chambers. Ambos oficiales le
respondieron con una mirada cándida y unas expresiones de inefable inocencia.
- Así que era
eso...
No hubo
necesidad de más explicaciones. Todo quedaba clarísimo. Era fácil imaginar las
complicadas negociaciones, las reuniones hasta medianoche, las falsificaciones
de antecedentes, la descarga de mercancías no del todo necesarias que aquellos
colegas, en los que confiaba tanto, habían estado llevando a cabo a sus
espaldas.
Estaba seguro de que todo aquello constituiría un relato interesante;
pero no deseaba oír nada. Se hallaba demasiado atareado preguntándose qué
tendría que decir el El Manual de la ley espacial respecto a una situación como
aquélla, aunque ya se hallaba lúgubremente seguro de que carecería de la menor
utilidad para él.
Era demasiado
tarde para regresar, naturalmente... Los conspiradores no podían haberse
equivocado en unos cálculos de esta especie. Tendría que poner lo mejor de su
parte en lo que parecía iba a ser el viaje más movido de toda su carrera.
Se encontraba
todavía tratando de hallar algo que decir cuando la señal de PRIORIDAD destelló
en la consola de la radio. El polizón miró su reloj.
- Estaba
esperando eso - manifestó -. Sin duda se trata del primer ministro. Creo que lo
mejor será que hable con ese pobre hombre.
Saunders pensó
también lo mismo.
- Muy bien, Su
Alteza Real - respondió enfurruñado, con tanto énfasis que sus palabras
parecían casi un insulto.
Luego,
sintiéndose muy incómodo, se retiró a un rincón.
En efecto, se
trataba del primer ministro, y parecía muy alterado. Varias veces empleó la
frase «el deber que tenéis con nuestro pueblo», y se produjo un extraño ruido
en su garganta mientras añadía algo acerca de la «devoción que vuestros
súbditos tienen a la corona».
Saunders se
percató, con algo más de sorpresa, de que sentía lo que estaba diciendo.
Mientras continuaba
aquella arenga, Mitchell se inclinó hacia Saunders y le musitó algo al oído:
- El viejo tipo
sabe que se encuentra en una mala situación. El pueblo apoyará al príncipe en
cuanto se entere de lo que ha sucedido. Todo el mundo sabe que, durante años,
anhelaba llegar al espacio.
- Me hubiera
gustado que no eligiera mi nave - replicó Saunders -. Y no estoy seguro de que
esto no represente un auténtico motín.
- Claro que lo
es... Pero toma nota de mis palabras... Cuando todo esto haya acabado, vas a ser
el único tejano en posesión de la Orden de la Jarretera. ¿No te parece una cosa
agradable?
- Chist... -
replicó Chambers.
El príncipe
estaba hablando, y sus palabras cruzaban los abismos que ahora le separaban de
la isla en la que un día iba a reinar.
- Lo siento,
señor primer ministro - dijo -, si le he causado algún tipo de alarma.
Regresaré tan pronto como resulte conveniente. Alguien tenía que hacerlo por
primera vez, y me pareció que había llegado el momento de que un miembro de mi
familia saliese de la Tierra. Constituirá una parte muy valiosa de mi educación
y me hará mucho más adecuado para cumplir con mi deber. Adiós...
Dejó caer el
micrófono y se acercó a la ventanilla de observación, el único lugar donde
había una portilla de este tipo en toda la nave. Saunders le observó mientras
permanecía allí, orgulloso y solitario; pero ya contento. Y vio cómo el
príncipe observaba las estrellas a las que al fin había alcanzado, con lo que
todo su enojo e indignación se fueron disipando.
Durante mucho
tiempo nadie habló. Luego, el príncipe Enrique apartó la mirada del cegador
resplandor que aparecía más allá de la portilla; contempló al capitán Saunders
y sonrió.
- ¿Dónde está
la cocina, capitán? - le preguntó -. Tal vez ya no esté muy ducho, pero cuando
hacía escultismo solía ser el mejor cocinero de mi patrulla.
Saunders se
relajó poco a poco y acabó devolviéndole la sonrisa. La tensión pareció huir de
la sala de control. Marte estaba aún bastante lejos; pero en ese instante supo
que, a fin de cuentas, aquel viaje no iba a ser malo...