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El mensajero de las sombras - David Zurdo

El chapoteo de la cascada subterránea era como un arrullo para los oídos de Miriam. Sólo allí se sentía a salvo, en la profundidad de una galería que, siglos antes, sirvió de conducto de ventilación para una antigua mina romana. Recordaba como si hubiera sido el día antes cuando su madre le mostró por primera vez su acceso, oculto en una pared de roca mediante ramas y arbustos que ella misma había colocado. Nadie en la aldea, salvo su madre, sabía de la existencia de esa entrada. «Si alguna vez te persiguen, escóndete aquí», rememoró las proféticas palabras que le dijo cuando Miriam tenía sólo ocho años. No le preguntó de qué podría verse obligada a huir ni por qué podría necesitar esconderse. A esa edad ya había sentido las miradas recelosas de los aldeanos y el temor que le tenían a su madre, e incluso a ella. 


Había corrido a esconderse en la mina tras huir de la abadía. Estaba hambrienta y tenía frío, pero confiaba en que nadie pudiera encontrarla allí. La oscuridad era total, aunque no le resultaba amenazadora. Al contrario, se sentía protegida dentro de ella, segura. Además, sólo le causaría inquietud ver los maderos colocados por los romanos para apuntalar la galería. El paso de los siglos y la humedad habían hecho estragos en ellos. Muchos estaban medio resquebrajados o peligrosamente torcidos. No tardarían en ceder del todo y hacer que la galería se colapsara, como había ocurrido con la mayoría del resto de la mina. Pero eso ya no le importaba. Había decidido dejar esa aldea en que había pasado toda su vida y probar suerte en cualquier otro lugar. Pensaba que no tenía elección si quería seguir viviendo, o al menos en libertad. 


Antes de marcharse para siempre iría una última vez a su casa. Se daba cuenta del riesgo, pero después de darle muchas vueltas llegó a la conclusión de que era necesario. No poseía casi nada, pero ese poco era todo lo que tenía. No mucho más que algunas ropas y los utensilios con los que hacía sus preparados y trataba de ganarse el pan de cada día. Sin unas y otros, le costaría aún más sobrevivir allá adonde fuera; ni siquiera llegaría a la población más próxima, pues se moriría de frío en el largo y duro camino. 


Se levantó y avanzó a oscuras sin vacilaciones, ayudándose sólo de una mano que iba rozando la pared de roca. Durante diez años se había obligado a memorizar cada recoveco de aquella mina, sus múltiples bifurcaciones, que se adentraban en la montaña y las profundidades de la tierra. Siempre pensó que eso quizá le salvara la vida si alguna vez tenía que huir. 


Redujo el paso al darse cuenta de que se acercaba al pozo, un imponente hueco vertical que se abría más adelante en el suelo. Ni siquiera su madre había sabido decirle qué profundidad tenía. Hacía mucho que se habían desmoronado los escalones de madera que permitían bajar por él a los buscadores de oro romanos. Sólo quedaban sus apoyos de piedra, firmemente insertados en las paredes verticales. De pequeña, Miriam se imaginaba que el pozo era tan hondo que llegaba hasta el mismo Infierno, si es que existía. 


Bordeó el hueco con cuidado, pegándose todo lo posible a la pared.
Nadie acudiría a salvarla si caía en él. Moriría sola y en la más completa oscuridad. Volvió a acelerar el paso y llegó a una nueva bifurcación. La galería de la derecha se sumergía en las entrañas de la mina. Ella tomó la otra, que llevaba al exterior. 

Llegó a la entrada oculta y retiró con cuidado los arbustos que la disimulaban. Ya era de noche, como suponía. Había estado esperándola para no toparse con nadie al regresar a la aldea y su casa. Salió de la mina y volvió a tapar concienzudamente el acceso. Podría haberlo dejado al descubierto, ya que no tenía intenciones de volver a usarlo, pero la costumbre es un tirano difícil de quebrantar. 

Avanzó campo a través mientras le fue posible, antes de verse obligada a tomar el camino hacia la aldea. Las tristes siluetas de las humildes viviendas eran sombras entre sombras. También las cruces que los aldeanos habían puesto por doquier, o pintado en sus puertas con sangre de animales sacrificados a su dios. Pensaban que así alejarían el Mal, pero Miriam sentía que ni todas las cruces del mundo serían capaces de ahuyentar a lo que notaba en cada fibra de su ser desde que cayó la estrella fugaz. 

Recordaba desde siempre ser capaz de percibir cosas que no conseguía explicar. En una ocasión, siendo todavía una cría, le preguntó la razón a su madre. «Eres como yo», fue la respuesta de ella, acompañada de una sonrisa melancólica. Luego le contó una historia sobre los orígenes de su familia y el colgante del que Miriam nunca se desprendía, su talismán. Lo acarició ahora, como entonces, con un gesto mil veces repetido. La historia empezaba más de dos mil años antes, en un lugar llamado Egipto, al otro lado del mundo; eso le dijo su madre. Aunque ya no fuera una niña, a Miriam seguía pareciéndole mágico el nombre de aquellas tierras desconocidas: «Egipto.» Según su madre, en esa época tan antigua había allí un poderoso sacerdote, el más poderoso de todos, a quien respetaba, e incluso temía, el propio faraón. «El faraón era el rey de Egipto, un dios en el cuerpo de un hombre», le explicó. A menudo pedía el consejo del sumo sacerdote, que tenía el poder de entrar en trance invocando al bienhechor dios Bes, y tener visiones de lo que iba a ocurrir. En una de ellas vio que algo terrible pasaría en un futuro muy lejano, un mal inimaginable que llegaría del cielo. 

En su visión aparecía también una mujer, una como ninguna otra, ungida por el propio dios Bes, protector de los malos espíritus. La distinguía una marca roja de nacimiento en su hombro derecho, con la forma de una estrella. «¡¿Como la mía?!», le había preguntado la pequeña Miriam, asombrada. «Como la tuya, así es. Exactamente igual que la tuya», respondió su madre, que tenía una marca idéntica justo en el mismo lugar. «Todas las mujeres de nuestra familia nacen con esa marca, porque todas venimos de aquella mujer egipcia, la que era especial... Como tú eres especial.» El sacerdote hizo un pacto con el dios Bes: entregarle su vida y su espíritu a cambio del de aquellos que morirían a manos de ese mal inimaginable. Durante largos años, buscó por todo Egipto a la mujer con la marca de la estrella. Cuando por fin la encontró, tuvo una hija con ella. Sus futuros descendientes se enfrentarían al mal caído del cielo. Ésa era su misión, su destino. Para protegerlos, fabricó un poderoso amuleto consagrado a Bes. Luego cumplió su parte del pacto, inmolándose a sí mismo al dios. Justo antes de morir, untó el amuleto con su sangre, para volverlo aún más poderoso. «Ese amuleto es el medallón que cuelga de tu cuello. Ha ido pasando de madre a hija desde entonces.» 

Miriam se había preguntado más de una vez si aquella historia era cierta o sólo algo imaginado por su madre. Ella no creía en el Bien y el Mal, ni en dioses ni demonios, sólo en la maldad de la mayoría de los hombres y en la bondad de unos pocos, como aquel fraile y el soldado que la habían salvado. O como el joven fray Alonso, que ahora yacía sin poder mover las piernas y a la espera de la muerte. Trató de advertirle aquel día de que no fuera tras el rastro de la estrella. Presintió que había llevado algo consigo. Algo... malo. No lograba darle un rostro ni una forma, o tan siquiera alguna explicación, pero era real como ella misma. Quizá fuera la propia Muerte, quizá fuera el mal que aquel sacerdote egipcio profetizó. 

Redobló las precauciones cuando llegó a la puerta de su vivienda, situada en el extremo de la aldea. Temía que estuvieran dentro esperándola, y esta vez no habría nadie dispuesto a defenderla. La celosía de la única ventana estaba cerrada. No conseguía recordar si ella la había dejado así o no, pero en cualquier caso le impidió escudriñar el interior de la casa. Pegó el oído a la puerta y escuchó, tratando de captar algún sonido delator. No oyó ninguno, y se sentía expuesta y vulnerable en el exterior, donde podrían verla si alguien se levantaba a hacer sus necesidades o por cualquier otra razón. 

Abrió la puerta y volvió a cerrarla deprisa después de entrar. Notó que había alguien dentro incluso antes de oír a una voz masculina decir: 

—Buenas noches. 

Miriam luchó torpemente con la puerta para intentar volver a abrirla y huir. El hombre fue más rápido y la agarró con fuerza de un brazo. A ella se le escapó un grito de rabia, que él se apresuró a ahogar tapándole la boca. 

—¡Cállate! —rugió el hombre. 

Miriam no se rindió. Clavó los dientes en la mano que la amordazaba y sacudió todo su frágil cuerpo, con codazos y pataleos, hasta que consiguió liberarse. 

Por fin logró abrir la puerta y lanzarse de nuevo a la noche. 

—¡Soy yo! —susurró el hombre a su espalda—. Soy José. 

Eso la hizo detenerse y mirar atrás. 

—¿José? 

—Entra antes de que alguien te vea —respondió el soldado. 

La joven dudó por un momento. Que le hubiera salvado la vida no le bastaba para fiarse de él. Nunca había confiado en nadie, salvo en su madre.
 —¡Entra! —insistió José. 

Lo que terminó de convencerla no fue su vehemencia, sino la nobleza que vio en sus ojos, a pesar de la sangre que le corría por la mano, donde ella lo había mordido sin contemplaciones. 

La puerta se cerró otra vez y el soldado se atrevió a encender una vela. 

—Casi me arrancas el dedo —se quejó, aunque sin rencor. 

Miriam no le pidió disculpas, sin importarle si era lo que él esperaba. José se sentó encima del camastro, como si fuera el dueño de la casa. Ella se mantuvo en pie donde estaba, cerca de la única entrada y dispuesta a huir de nuevo por ella en cuanto lo creyera necesario. 

—¿Qué haces aquí? —le preguntó—. ¿Qué quieres? 

—Estaba esperándote. He pasado horas buscándote por todas partes, hasta que se ha hecho de noche. No soy un hombre muy avispado, pero se me ocurrió que si no habías huido ya, quizá volvieras aquí antes de hacerlo. 

El soldado dio un repaso al interior de la vivienda. Los únicos muebles eran la cama y una alacena desvencijada, donde ella guardaba su escasa ropa, una manta raída y varios cacharros. En el fuego apagado del hogar había sólo unas cuantas perolas y otros utensilios de cocina, todo muy viejo y usado. 

—¿Qué quieres? —repitió Miriam. 

—Fray Gabriel quiere hablar contigo. 

—No tengo nada que decirle. 

Estaba decidida a recoger sus cosas cuanto antes y marcharse, como había planeado. Se puso a buscar dónde meter sus pertenencias. Entonces recordó lo que había guardado en un saco y escondido dentro de uno de los cajones de la alacena. Era un objeto que en realidad no le pertenecía. Lo robó de la abadía la noche en que murió el monje. No estaba donde ella lo había dejado. 

—¿Sabes? —dijo José—. Llevo media noche preguntándome qué es esto... 

Miriam le vio coger un saco del suelo al otro lado de la cama. Justo el mismo saco que ella estaba echando en falta. El soldado lo abrió y extrajo un objeto cúbico, de un negro imposible. 

—Está frío como el demonio —agregó José—. Y que el Diablo me lleve si he visto alguna vez algo parecido. 

—No sé qué es. 

Miriam decía la verdad, pero no toda. El soldado percibió ambas cosas. Se encogió de hombros y comentó: 

—Puede que fray Gabriel lo sepa. O que sea capaz de averiguarlo. Él es un hombre avispado como pocos. 

José volvió a meter el objeto en el saco y a depositarlo en el suelo, lejos de sí. Lo hizo con un movimiento en apariencia casual, pero Miriam juraría que le causaba inquietud. 

—Si no sabes lo que es —dijo el soldado—, al menos sabrás decirme de dónde lo has sacado. 

Miriam seguía teniendo dudas sobre si confiar o no en José. Una parte de ella le decía que podía hacerlo, pero si esa parte se equivocaba y le contaba al soldado toda la verdad, estaría perdida. 

—Si te lo digo, ¿dejarás luego que me vaya? 

—Te doy mi palabra. 

José no se llevó la mano al pecho ni hizo otro gesto ampuloso al decirlo. Nada que adornara su juramento para hacerlo parecer más férreo o convincente. 

—Está bien. Yo estuve en la abadía la noche en que murió aquel monje, Olegario. Quiero decir que estaba dentro de la abadía, en el mismo establo donde murió. 

Si al soldado le sorprendió esa revelación, no lo dejó traslucir. 

—Continúa. 

—Ese día, al atardecer, cayó algo del cielo. Pasó por encima de la abadía y se estrelló contra el otro lado del valle. Uno de los monjes, fray Alonso, fue a ver lo que era... No debió hacerlo —añadió sin pretenderlo, porque eso podría conducir a nuevas preguntas que no deseaba responder. 

—En la aldea me han hablado de esa bola de fuego... 

—Fray Alonso estaba como un lunático cuando salió a buscar dónde había caído. Nevaba mucho y empezaba a anochecer. Supongo que por eso el prior y otros monjes fueron tras él. No sé qué encontró ni qué le pasó, pero su caballo acabó muerto y él dejó de poder mover las piernas. Vi al prior y a los otros volver a la abadía. Fray Alonso casi no podía mantenerse sobre el caballo. Entonces supe que algo le había pasado. 

Miriam detuvo su historia. Ahora llegaba la parte que no quería contar, la que podría hacer que acabara enjaulada para siempre o incluso muerta. Y además iba a revelarle a un extraño la existencia del único lugar del mundo donde se sentía segura. 

—Sigue, te lo ruego. No tienes nada que temer de mí. 

—Hay una mina —soltó sin más, desarticuladamente—, una mina que dicen que fue de los romanos. La conocen todos en la aldea, pero creen que ya no hay forma de entrar en ella. Se equivocan. La entrada principal y todas las otras se derrumbaron hace mucho, antes de que existiera la aldea o hasta la abadía. Pero queda una entrada abierta, que mi madre conocía, aunque nunca he sabido cómo llegó a descubrirla. Desde entonces ha sido un secreto que he guardado sólo para mí. 

—Hasta ahora —comentó José, limitándose a atestiguar ese hecho. No había presunción alguna en sus palabras. 

—Hasta ahora, así es... Una de las galerías de la mina lleva a una entrada secreta dentro de la abadía. —Eso sí llamó la atención del soldado, que se puso más erguido—. Tampoco sé quién la construyó. Mi madre no estaba segura, pero pensaba que habían sido los romanos, y que conectaba con una fortificación que se dice que tenían donde está ahora la abadía. 

»Luego la aprovecharon los primeros monjes, como una forma de escapar si hacía falta. Ellos tenían que conocerla, porque la galería da a la cripta que hay debajo de la iglesia. 

—¿Y nadie la ha descubierto hasta ahora? 

—No lo sé. Espero que no. La entrada está en el sepulcro del patrón de la abadía. Dentro del sepulcro. 

—¿Está vacío? 

—Sí. Imagino que a nadie se le habrá ocurrido abrir nunca la losa que lo tapa. Pesa mucho menos de lo que parece y debajo hay un túnel estrecho que conduce a la mina. 

—Y tú entraste por él la noche en que mataron a ese monje, ¿no es así? ¿Para qué? 

—Intento usar la entrada lo menos posible, pero llevaba tres días sin comer. Todo lo que había en mi huerta se ha helado, en invierno es difícil encontrar en el campo algo que echarse a la boca, y cada vez me tienen todos más miedo... Casi nadie viene ya a mí para que los ayude a cambio de una hogaza de pan o un poco de leche. 

—¿No tienes a nadie que cuide de ti? ¿Un padre, una madre, algún otro familiar? 

—He aprendido a cuidar de mí misma. Mi madre murió, y también los familiares de que sabía. A mí padre no llegué a conocerle. Mi madre me contó que era un forastero, un hombre del norte de paso por la aldea, que la dejó preñada y se marchó. 

—¿Y entras en la abadía para robar comida? 

—Sólo cuando no me queda más remedio. Los monjes son los únicos a los que les sobra. Y, gracias a esa entrada, es más fácil robársela a ellos que a otros. Nadie ha notado nunca mis robos, o al menos nunca me han acusado de ellos. 

—¿Qué pasó la noche en que mataron a Olegario? 

—Entré en la mina y llegué a la entrada secreta de la abadía. 

—La que da al sepulcro del santo.
Miriam asintió. 

—Los monjes estaban celebrando en la iglesia el oficio de completas. —Con el tiempo, había aprendido la rutina diaria de la abadía. Tenía buenas razones para ello—. Siempre entro después de ese oficio, porque es cuando se van todos a acostar. Tuve que esperar a que acabara para salir. 

Se estremeció un poco al recordarse encerrada dentro del sepulcro de piedra, donde apenas cabía a pesar de su cuerpo menudo. No había nada en esta vida que odiara y temiera más que verse encerrada. 

Temía también siempre el momento de salir del falso sepulcro, que hubiera alguien fuera y la descubriera, aunque nunca se había encontrado con nadie dentro de la cripta. Estaba por debajo del altar y el suelo de la iglesia, y conectaba con ella mediante unos estrechos escalones en curva. Eso impedía ver el interior de la cripta a no ser que alguien bajara hasta ella. Además la protegía una verja cerrada con llave. Su madre le había dado una copia. 

Miriam siguió contando su historia. 

—Salí de la iglesia y fui al establo. 

—¿Estaba allí Olegario? 

—No, todavía no. Cuando yo entré estaba vacío. 

—¿Viste a alguien más? 

—No había nadie en la iglesia ni el patio. Y Olegario tampoco debía haber aparecido. A esa hora deberían estar todos los monjes en el dormitorio... Cogí una gallina del gallinero y le partí el cuello para llevármela. Hice unas marcas en la tierra para que pensaran que había sido un zorro. No iba a coger nada más, créeme. Sólo esa gallina, que me daría para comer durante más de una semana. 

»Entonces vi unas alforjas de cuero finamente repujadas. Pensé que alguien de la ciudad podría pagarme un buen dinero por ellas, con el que podría comprar comida para varios meses. Pero no las robé. Sabía que no podía llevármelas, porque llamaría demasiado la atención que desaparecieran. Dentro de las alforjas estaba eso. 

Miriam señaló el saco que contenía el objeto negro. No le contó a José que un estremecimiento feroz le sacudió el cuerpo la primera vez que lo vio, ni que la atrajo como la luz de los candiles a las polillas. Ni que se dijo que también ella quizá acabara quemándose, pero lo cogió de todos modos y lo metió dentro del saco de trigo donde ahora estaba. 

—Iba a marcharme ya cuando oí que alguien entraba en el establo —siguió—. Me escondí detrás de unos fardos, pero había dejado olvidada la gallina en el suelo. No sé si Olegario llegó a verla, porque salí por una ventana. 

—¿No sabes cómo murió? 
—Le oí gritar. Fue un grito que helaba la sangre... Y luego perdí los sentidos. 

—¿Que perdiste los sentidos? 

—Fue más bien como si estuviera soñando despierta. Como una pesadilla, pero no la recuerdo. —La expresión de Miriam se volvió distante y asustada, sumida en aquel recuerdo—. Sólo me acuerdo de estar en mitad del patio cuando salí de aquella horrible pesadilla. Nunca he sentido tanto miedo... Volví corriendo a la cripta y a casa. Al día siguiente me enteré de que habían matado a Olegario. 

—¿Y tampoco había nadie allí, aparte de él y tú, cuando le oíste gritar? 

—No había nadie más. 

El soldado se revolvió, incómodo. No le gustaban los misterios ni las muertes que no tuvieran la simple explicación del acero de una espada o la punta de una flecha. 

—¿Ahora vas a dejar que me marche? —le preguntó Miriam—... Deberíais iros también, tú y el fraile. Y todos los de la aldea y la abadía. Intentad convencerles, quizá a vosotros os presten oídos. Este lugar está ahora maldito. 

El soldado se puso en pie y se le acercó. Ella retrocedió un paso. 

—¿Cómo lo sabes? ¿Eres de verdad una bruja? 

Los ojos verdes de Miriam refulgieron con ira antes de contestar. 

—¡¿Una bruja?! ¡Eso piensan! ¡Todos ellos! Pero piden mi ayuda cuando sus mujeres no consiguen quedarse preñadas o cuando a sus hombres no se les levanta el colgajo que tienen entre las piernas. Yo... 

Se calló sin terminar lo que iba a decir. Su madre le había enseñado que las personas como ellas sólo podían sobrevivir si no llamaban la atención más de lo necesario, si se mantenían calladas. Y ella ya había hablado de más. 

—Yo no necesito tu ayuda —afirmó José—. No quiero dejar preñada a ninguna mujer y mi colgajo se levanta como el sol cada mañana. 

Ella se fijó en la expresión socarrona de aquel joven apuesto y valiente. Le había salvado la vida sin conocerla y ni siquiera se lo había agradecido. Por primera vez en mucho tiempo, sonrió. 

El soldado levantó la mano que Miriam le había mordido y colocó delicadamente dos dedos sobre esa sonrisa. El primer instinto de la joven fue apartar el rostro, pero luego lo volvió hacia él para mirarlo cara a cara. Agarró la mano de José, enorme entre las suyas, y recorrió sus propios labios con los dedos de él, todavía extendidos, y la giró para acariciarse la mejilla con el dorso. Él llevó por sí mismo la mano a la otra mejilla. Miriam cerró los ojos, y abrió los labios apenas un suspiro ante el contacto de la piel encallecida del soldado. 
José empezó a aflojar el cordón que ceñía bajo el cuello el sayo de Miriam. Era de una lana burda y mal tejida, y la única ropa que la cubría. Debajo sólo estaba su cuerpo esbelto y desnudo. Por él resbaló el sayo hasta caer al suelo, a sus pies. El soldado contempló su vulnerable desnudez a la luz de la vela. La marca de nacimiento de su hombro, el pelo negro, los ojos intensamente verdes, la piel blanca, los senos pequeños y firmes, la curva de su vientre y sus caderas, el fruto prohibido de Miriam. 

—Qué hermosa eres —susurró, creyendo que lo había dicho sólo dentro de su cabeza. 

Se desnudó él también, de forma atropellada y sin dejar de mirarla. Después la cogió en brazos. Ella le permitió que lo hiciera. La llevó hasta la cama en un abrazo apretado, piel contra piel, carne contra carne, compartiendo y transmitiendo su tibieza, su deseo. 

Sintió un placer como nunca antes había sentido cuando José entró en ella, una unión como nunca creyó que fuera posible sentir. 

Miriam contempló al soldado, que dormía profundamente después de su encuentro carnal. Estaba desnudo, encima de la sábana. Quiso taparlo, pero sólo tenía una manta e iba a necesitarla para el camino. Apartó la vista para fijarse en el bulto que formaban sus pertenencias. Todo lo que tenía, su vida entera, cabía en un saco tan menudo... 

Rodeó la cama y se agachó junto al otro saco, donde estaba el objeto negro. Llegó a estirar la mano hacia él, pero se obligó a retirarla como si fuera a meterla en el fuego. No lo abrió para ver el objeto por última vez, por más tentada que se sintiera a hacerlo. Volvería a hechizarla como había hecho en la abadía, y no quería llevárselo consigo. Rogó, no sabía a quién, para que lo destruyeran. 

Se inclinó levemente sobre la cama y el soldado. 

—Márchate, José —susurró—. Haz que se marchen todos. 

Cogió el bulto con sus enseres y salió otra vez a la noche, sin hacer el menor ruido. Suspiró al dejar atrás las últimas casas de la aldea, no porque previera una futura añoranza, sino de puro alivio. En el descampado que se abría delante, el frío era cruel y la noche parecía más oscura de lo que debía ser. Y más despiadada. 

«Te espera un mundo duro, hija mía, pero yo cuidaré de ti», pensó, con una determinación salvaje. La semilla que el soldado había puesto dentro de ella iba a germinar y darle un hijo. Una hija. Lo supo con toda certeza, sin saber el porqué. 

Siguió caminando y llegó al humilladero sin cruz. Su cuerpo se tensó de repente en un espasmo atroz. El saco se soltó de sus manos, que se abrieron en una garra. Quiso gritar pero no pudo. Era incapaz de moverse. 

Se le quedaron los ojos en blanco y el mundo a su alrededor desapareció. Vio en su lugar el interior de la iglesia de la abadía, con la misma claridad diáfana que si estuviera en ella: la vela del sagrario, sus figuras de santos y mártires, el gran crucifijo tras el altar, que tanta inquietud le provocaba. 

Soñaba otra vez despierta, como le había ocurrido en la noche de la muerte de Olegario. Y en su pesadilla sintió un miedo negro y profundo inundándole el alma. Había alguien más allí... un fraile. 

—No, no vengas —susurró, aterrorizada—. ¡No entres!... ¡DIOOOS! 

Se desplomó en la tierra helada. Sus ojos desencajados podían ver de nuevo el camino y el humilladero. Se echó las manos a la garganta. Luchaba para robar un poco de aire. El horror la asfixiaba. Por fin logró engullir una bocanada de aire helado. Su cuerpo se sacudía, en el suelo, temblando de arriba abajo. 

Deseó con todas su fuerzas no recordar nada de lo que había visto, como la última vez. 

Pero su deseo no se cumplió. 

Navidad en Ganímedes - Isaac Asimov

 

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

–Ya estamos todos aquí –exclamó–. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.

Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

–En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.

La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.

–¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?

Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.

–Yo... yo... –tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes–. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen... ya que los astruces se movían con lentitud y...

La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.

–¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?

La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.

–Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?

–Sí, en efecto. ¿No es verdad? –inquirió inadecuadamente Olaf.

–Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.

–Si, señor, tiene razón –contestó Olaf estupefacto.

–Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.

–Exacto.

–También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.

Olaf sonrió débilmente.

–Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...

–¡Cállese! –el comandante respiraba agitado y sibilante–, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?

–No, mi comandante.

Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó:

–Quieren que Santa Claus los visite.

Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.

–Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar –repitió–. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:

–¿Y cómo va la cuota?

–¿Que cómo va la cuota? –gruñó Pelham–. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.

Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:

–Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos... buena suerte... a menos...

Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:

–A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.

Diez rostros palidecieron mortalmente.

–¿Tiene algún plan, mi comandante? –graznó alguien con voz trémula.

–Sí, desde luego que lo tengo –estiró las piernas y se recostó en el sillón.

Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.

–Cuanto lo siento, mi comandante –murmuró con voz ahogada.

Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.

Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.

Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.

–¿Qué hay? –preguntó.

Pelham se encogió de hombros.

–Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.

Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía:

–¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.

–Diga eso a los astruces –Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea–. ¿Qué hace Benson?

–¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? –Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico–. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.

–Bien –Pelham se incorporó con dificultad–. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.

Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.

En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.

–¡Eh, Benson! –gritó Pelham.

Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.

–¿Cómo grita de esta manera? –se quejó Benson–. Estoy haciendo un trabajo delicado.

–¿Qué diablos es éste fantástico artificio?

–Un trineo volante. Una idea mía –el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco–. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.

El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.

–¿Y funcionará?

–Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.

–Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.

Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.

–¿Cuál es su idea, comandante? –inquirió.

Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.

–Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?

–Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.

El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.

–Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.

El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.

–Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.

–A mí también –gritó Pelham.

Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. 

Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.

Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.

Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:

–Pss... Pss... michito... pss... pss... michito...

Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:

–Ven aquí, currito, ven aquí...

El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.

Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.

Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:

–Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.

El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.

Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.

Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.

Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.

El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.

La vieja sangre delos vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.

Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.

Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

–Risitas, ¿eh? –masculló amargado–; todavía no ha empezado la lucha.

Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.

El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.

De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.

Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.

–¡Protesto! –exclamó–. El ataque con la cola es juego sucio.

Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.

Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.

Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.

Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.

Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre maldiciones y juramentos simples y compuestos.

Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.

El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.

Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

–Muy bien –gritó Peter Benson–. Traigan la botella.

Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.

–Nuestro mejor coñac –suspiró Benson.

Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.

–Traer al siguiente –exclamó Benson.

Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.

En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.

–Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.

Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.

Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.

A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio.

Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.

–Dejadme –mascullaba–, dejadme –y atacaba uno a uno.

Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.

–¡Entre! –ordenó Benson.

–¡Váyase al infierno! –rugió Olaf entrecortadamente–. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...

–¡Oiga! –interrumpió Benson–. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.

–El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...

–Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.

El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.

Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.

Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.

El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.

Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.

El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.

Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.

–¡Eh! –gritó,

Era tanto como sisear a un huracán.

El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.

El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultada figura de Júpiter.

Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.

Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.

–Mira –graznó–. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus.

Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:

–Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.

–Sí –admitió Pelham sin entusiasmo– chimenea y calcetines. Muy bonito.

Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:

–Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?

Pierce se movió incómodamente.

–Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble –se echó hacia atrás y continuó–. Sí, creo que lo podremos conseguir.

–Poco más o menos –replicó Pelham sombríamente–. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.

El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:

–Todos los años Kissmess –no sabía pronunciar Christmas–, Kissmess bonito, todo el Mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.

–Sí, es muy bonito –refunfuñó Pelham cortésmente–. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?

Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. 

Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.

Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.

Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba.

Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.

Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.

–¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!

Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.

Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.

De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.

–Todo el Mundo a tierra –chilló mientras se dejaba caer.

La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.

Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. 

A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.

En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.

Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180”, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.

Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.

Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.

–Cuerpo a tierra –vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.

El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.

Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.

–¡Felices Navidades! –farfulló, dejándose caer por el orificio.

Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.

Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.

Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.

Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.

Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.

Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.

El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.

–Sannícaus, bueno –cacareó–. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:

–Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?

Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.

–¡No! –aulló Pelham impetuosamente–. ¡Infiernos, no...!

Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:

–Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?... Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.

Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.

–No discuta con ellos –susurró frenético–. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.

–Lleva razón –admitió Pelham.

Se dirigió al astrúz:

–Dígales a todos que se preparen.

Hablaba con claridad y en voz alta.

–Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...

Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:

–Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.

–¿No tenéis bastante con un Christmas? –masculló Pelham.

–¡No! –graznó el astrúz–, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.

–Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.

Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:

–Comandante, quieren que venga todos los años.

–Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.

–Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!

–¡Todas las semanas! –rugió Pelham–. Johnson les dijo...

Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.

Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.

Con la barba semidesprendida graznó:

–¡Felices Navidades y buenas noches a todos!

Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.

 

                                    FIN 

 

“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran.