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Náufrago de sí mismo - Sergio Gaut vel Hartman

Había vivido en ese cuerpo durante más de sesenta años, por lo que me resultaba muy difícil aceptar el nuevo estado: el de un envase vacío, inútil, que se descarta después de usado.

—¿Qué van a hacer con... él? —No sabía cómo nombrarlo; habíamos sido uno tanto tiempo...

El biotécnico se encogió de hombros; seguramente contestaba a la misma pregunta varias veces por día.

—Los metemos en el depósito de usados. Eventualmente se utiliza algún órgano, aunque no creo que este sea el caso. ¿Cómo andaba del hígado? ¿Fumaba?

—¿Quiere decir que los congelan? —No solo no contesté a las preguntas directas (de hecho, me resultaban ofensivas): mi ignorancia acerca del tema encendía una luz roja. Temía saber. Las imágenes de freezers con forma de ataúd, apilados en naves sin luz, me acribillaban sin piedad desde el día posterior a la transferencia.

—¿Congelarlos? —El hombre me miró, desconcertado—. ¿Para qué nos tomaríamos ese trabajo? Los conectamos a los tubos y los dejamos ahí hasta que se les termina la cuerda.

«¡Se les termina la cuerda!», una metáfora bella y despiadada.

—Siguen viviendo —suspiré.

La idea de que mi viejo cuerpo se pudría en un depósito maloliente mientras yo iniciaba una nueva vida tenía algo de insano. «¿En qué clase de monstruo me estoy convirtiendo?», pensé.

—Viviendo, lo que se dice viviendo... Es aventurado. En principio no, pero las funciones vegetativas no se extinguen con la transferencia; quedan chispazos de memoria y los recuerdos juveniles no terminan de borrarse. Están bastante vivos, supongo, aunque como usted sabe ya no son personas, oficialmente.

—Bastante vivos —repetí—. Como «un poco embarazada». ¿Lo suficiente como para merecer respeto, apoyo, consuelo y cariño?

—¡Usted está completamente loco! —exclamó el biotécnico—. En vez de disfrutar el nuevo cuerpo se dedica a lamentar la suerte del viejo. ¿Se apega así a cada botella de Coca-Cola que vacía? Le aclaro que por ese camino se va al carajo.

Inspiré profundamente y apreté los puños:

—Eso mismo pensaba yo hasta hace un momento, antes de enterarme de que mi viejo cuerpo sigue viviendo.

—¿Hubiera preferido que lo matáramos? Porque hasta donde yo sé, los cuerpos no mueren sin la ayuda de un cáncer, o un paro cardíaco, o un edema, o un...

Dejé al tipo hablando solo y me perdí en el dédalo de pasillos de Korps. Caminé así durante horas, reflexionando acerca de la segunda transformación crucial de mi vida. Había necesitado varios días para aceptar mi nuevo cuerpo y de repente, cuando empezaba a parecerme natural tener treinta años, alguien que podría ser mi abuelo emergía de la nada para reclamar el pago de una factura. ¿Factura en pago de qué? ¿Qué había roto? «No tiene derecho a exigir nada», reflexioné, «vivió lo que se suele vivir. Y yo viviré hasta que tenga ganas de morir».

Entré al depósito inadvertidamente y no descubrí la magnitud de mi error hasta que fue tarde para corregirlo. Lo que en un primer momento tomé por una habitación para guardar instrumental en desuso y muebles estropeados resultó ser el lugar de los cuerpos descartados. Todos ellos, la mayoría pertenecientes a viejos decrépitos, carcomidos por enfermedades visibles, yacían en reposeras de lona, de cara a la puerta. Había cien, mil reposeras apenas distinguibles en la penumbra del depósito, dispuestas con displicencia, preparadas para un infinitamente demorado salto al vacío. Los rostros, agostados por la espera infructuosa, apenas agitados por temblores, delataban el fluir de la sangre. Había caído en medio de una pesadilla ajena.

Contemplé con repugnancia los tubos de plástico conectados a las tráqueas y las cánulas hundidas en las venas de los antebrazos. Esos despojos parecían estar haciendo fuerza para liberarse de sus ataduras, aunque no debía existir una buena razón para hacerlo. Aun en aquellos en los que las razones de la transferencia no se dibujaban en manchas y arrugas, se advertía la resignación, una apática mansedumbre ante el mundo perdido.

Vencido el primer impulso de fuga, y dispuesto a aceptar mi rol en el proceso de cambio de cuerpo al que me había sometido, busqué con la mirada al que había sido yo. Me resultaba imposible pensar en él como otro, alguien separado, diferente, ajeno. Tal vez por esa misma razón demoré una eternidad en identificarlo; mis ojos habían pasado de largo, ciegos a la silueta inerte, indistinguible de las otras que poblaban el depósito.

Me acerqué lentamente, temiendo que un movimiento brusco pudiera desencadenar una marea de protestas, pero lo cierto fue que los cuerpos me ignoraron y solo unos pocos expresaron un sordo fastidio ante la intrusión, moviendo las manos con torpeza y enredándolas en las sondas. Por fin, cuando logré sortear todos los obstáculos que me separaban del cuerpo y pude mirarlo cara a cara, mi mente quedó en blanco.

Intenté sin éxito decirle que lo sentía, elaborar unas frases de disculpa. La rigidez del cuerpo, su impasible serenidad, me inhibían de tal modo que, para mi desconcierto, tuvo que ser él quien quebrara el silencio.

—Te esperaba —dijo mi excuerpo con voz débil.

—¿A mí? —No lograba imaginarme esperando sin fe ni sueños, en el ocaso, al responsable del sufrimiento gratuito al que se me estaba sometiendo. También me sentí culpable porque mi presencia allí era pura casualidad.

—No viniste por casualidad —dijo él, como si fuera capaz de leer mis pensamientos—, y no leo tus pensamientos; de alguna manera seguimos siendo la misma persona.

Las palabras quedaron colgadas, tintineando. Estaba claro que se sentía más yo que yo mismo; era memoria, pero también cuerpo, el cuerpo original que me había contenido, condenado al descarte por efectos de un gambito siniestro, de una jugada que él, y no yo, había urdido. Pero cuando traté de objetar ese razonamiento las palabras se negaron obstinadamente a ser pronunciadas. Sabía lo que él estaba pensando; había esperado, paciente e imperturbable, para demostrar que controlaba mi destino, que lo seguía controlando. La escena se parecía peligrosamente a otra, vivida años antes, cuando mis padres decidieron que debía despedirme de un abuelo moribundo y desconocido. En aquella oportunidad, el viejo me hizo sentir que yo era responsable de su muerte, que mi ofensiva juventud operaba, de algún modo, como disparador de su partida.

El grito lúgubre de otro cuerpo, reptando a ras del suelo, vino providencialmente en mi auxilio. «Es así como se van», pensé, «con un gemido que se estira y adelgaza mientras descubren que esa vez no serán rescatados».

Me iré con un sonido así —dijo mi primer cuerpo—. Todos lo hacemos. Es como la sirena de un barco que parte.

Tampoco esta vez fui capaz de replicar. ¿Quién es el náufrago? ¿Acaso el barco pasó frente a la isla sin advertir las señales?

Contemplé los tubos de alimentación que unían el cuerpo con los tanques y reprimí el deseo de arrancárselos. Es preferible ahogarse que aguardar el rescate sin esperanzas. Mi excuerpo, una vez más, desnudó mis pensamientos.

—Tal vez el náufrago no sea yo —dijo.

—Tengo toda la vida por delante —alegué—. Empiezo de nuevo, ¿no? —La endeble convicción de mis palabras se reflejó en un gesto torpe e incompleto de mi mano, como una caricia que aborta en un ramalazo de bronca.

Él, indiferente, se encogió de hombros y abarcó con la mirada a los otros cuerpos que morían a nuestro alrededor.

—Empezar de nuevo —dijo—, pero no desde cero. Los que vienen a despedirse de su cuerpo descartado cargan para siempre con las imágenes que pueblan este depósito.

—¿Es un reproche? —Me invadió un repentino asco por la actitud de mi viejo cuerpo. ¿En qué trataba de enredarme? Estaba condenado: es cuestión de días, semanas a lo sumo, dijeron los médicos. No había otra salida que la transferencia. Me había puesto a la defensiva; una red invisible entorpecía mis razonamientos, me inmovilizaba.

—No estabas obligado a venir —dijo el cuerpo—. ¿Por qué no disfrutar directamente de la libertad, del cuerpo sano por primera vez en mucho tiempo? Hubiera sido lo más lógico. Pero no. Sentiste el impulso de pagar la deuda para no tener que recriminarte en el futuro. Me parece bien. Yo hubiera hecho lo mismo.

Las últimas palabras pusieron al descubierto una mordacidad de la que siempre me enorgullecí. ¿Sería capaz de conservarla en mi relación con los amigos de toda la vida? Como en un juego: comenzaban a plantearse demasiadas opciones y no estaba nada claro el sistema que utilizaría para manejarlas. Dejar mis ámbitos, conocer gente nueva, abandonar el planeta...

—Vine por casualidad —repetí desanimadamente.

—Sí —consintió mi cuerpo. Había perdido el interés en la conversación. O el dolor que soportaba sin gestos había reaparecido. Yo sabía mucho acerca de ese dolor. Sonó otro quejido. La agonía circulaba como corriente eléctrica entre los cuerpos. Esta vez el sonido fue gris, chato, y se esfumó sin fuerzas en la atmósfera pesada del depósito.

No había nada más. Nada más que decir. Nada más que hacer. Nada más que pensar. Nada más que sentir. Era hora de salir de ese lugar.

Pero no lo hice. El cuerpo había aceptado mi irresponsabilidad con una palabra hueca, adecuada para desarticular cualquier argumentación futura. Fue tal la tensión creada por ese «sí» de compromiso que solo pude romper el equilibrio cuando extendí la mano y toqué la mejilla seca con la punta de los dedos. Mi antiguo cuerpo se estremeció, como si una descarga hubiera emanado de las yemas.

—¿Qué hiciste? —dijo apartando el rostro, aprensivo.

—Nada. Trataba de ser amable, creo.

—Tenés miedo, mucho miedo.

La acusación era severa, trascendía el mero diagnóstico. Pero se oyeron dos lamentos: uno bajo, siniestro, el otro agudo como el trino de un ave. Hay muchas formas de morir.

—¿Miedo? ¿De qué?

—Hay infinitas formas de morir —replicó mi excuerpo usando las mismas palabras de un modo oblicuo. Pasé por alto la observación. De todos modos, yo ya no sabía a qué aludíamos en nuestro diálogo; había perdido el hilo, y tal vez hasta el interés. Me descubrí hipnotizado por los colores de los tubos de plástico: rojo, azul, verde.

—No soy yo el que está conectado a los tubos —dije.

—Son falsos —dijo el cuerpo—, una ficción para impresionar a los visitantes. Sin una adecuada puesta en escena el efecto sobre la psique del transferido sería débil, pobre.

—¿Falsos? Pensé que los alimentaban a través de los tubos.

—Eso hacen —replicó—. Son falsos porque da lo mismo que nos alimenten o nos dejen morir de hambre. No volveremos a salir de aquí; han dejado de suministrarnos la medicación y solo entran al depósito a recoger los cadáveres tres veces por día.

Era una crueldad, pero no había otra forma de hacerlo. Se lo dije.

—No es posible esperar la muerte del primer cuerpo; en ese caso la transferencia no podría llevarse a cabo.

—Claro, claro —dijo el cuerpo con un tono que no distinguía entre la pena y la rabia.

—Ahora somos como especies diferentes. —Buscaba febrilmente una excusa para seguir hablando, y cada palabra provocaba el efecto contrario al propuesto.

—Es el precio del progreso. Antes la gente se moría y listo. Ahora se violan las leyes de la naturaleza, se juega con fuego.

—¡Nunca fui creyente! —exclamé—. ¿La vecindad de la muerte te hace desear la vida eterna?

—La inminencia de la muerte me forzó a transferirme, nada más —replicó con actitud—. O te forzó... o nos forzó. Como ves, eso ya no importa.

Un coro de ayes se desplazó por el contorno de las últimas palabras de mi excuerpo y terminó por ahogarlas. Las puertas del depósito se abrieron, los auxiliares entraron, desconectaron los tubos de una docena de cadáveres, los cargaron en un ridículo carro eléctrico con economizados movimientos, y salieron dejando el lugar impregnado con su desinterés, una dramática falta de emociones. Minutos después regresaron con una docena de cuerpos descartados en transferencias recientes y repitieron sus movimientos en sentido inverso. Por docenas, como huevos.

—No me vieron —atiné a decir.

—No les interesás.

—Podría ser un ladrón, un maníaco.

—Nuestros órganos no les sirven ni a los perros. Los experimentos biológicos se hacen con carne fresca, cultivada en tanques; los cuerpos enfermos no sirven para nada. —Se agitó en la reposera, incómodo. Tuve miedo de que se muriera en ese mismo momento. Él lo advirtió—. Quedate tranquilo —dijo, anticipándose una vez más—. Todavía falta.

—¿Cuánto? —La pregunta, inesperada hasta para mí, lo conmovió.

—¿Cuánto? No sé. Horas, dos días, una semana, seis meses. ¿Quién puede predecir con cuánta ferocidad se aferra un cuerpo a la vida, aun un cuerpo despojado de su alma?

Yo no me sentía el alma de nadie, menos de ese cuerpo obstinado, aunque debía reconocer que hablaba con buen criterio. Los médicos habían sido terminantes en todo lo que se refería a mi sobrevida en el cuerpo viejo. Pero los médicos no tienen un compromiso fatal con los pronósticos. ¿Alguien conoce a un médico castigado por errarle a una predicción? La puerta del depósito, cerrada tras la partida de los auxiliares con su macabro cargamento, me devolvió al mundo real. Mi primer cuerpo observaba sin demasiado interés el marco de luz y las partículas de polvo en suspensión. El depósito se sumía en las tinieblas. Me resultaba imposible determinar cuánto tiempo hacía que estaba en este lugar.

—Debo irme —dije.

—Es cierto —dijo él.

—Antes de que sea demasiado tarde.

—La puerta no está cerrada con llave.

—Puedo regresar.

—Depende de vos. Si te interesa hacerlo...

—Quiero decir: tiene sentido si vas a estar aquí cuando vuelva.

Se encogió de hombros, casi despectivo.

—Sí o no. ¿Quién sabe? ¿Soy Dios para conocer el instante exacto? Si bien mis razones para seguir vivo se han extinguido, no tengo coraje para terminar por mi mano lo que empecé con la cabeza cuando decidí transferirme. Tal vez me aferro a la vida porque los cuerpos son entidades independientes, que obran por su cuenta.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repetí tontamente—. Podrías aprovechar tus últimas horas escribiendo un tratado: Teoría de la Razón Vegetativa.

—Los cuerpos obran por su cuenta —repitió una vez más—. Tu cuerpo lo está haciendo en este mismo momento. ¿Por qué no te vas de una buena vez? —Escupió las palabras con irritación, desafiándome.

—No soy una bestia; puedo esperar hasta que te calmes.

—¡Excusas, pretextos! —dijo él—. Tus razones para permanecer en este lugar, junto a mí, esperando mi muerte, no tienen ningún valor. Te transferiste para liberarte de mí, no para cargar conmigo. No soy tu padre inválido. ¿Ves a otros haciendo eso? Los cuerpos mueren solos; está bien que sea así.

La voz de mi excuerpo se había ido haciendo más y más aguda a medida que la pasión del discurso lo embargaba. Eso hizo que el contraste con el último suspiro de uno que se iba a pocos pasos de donde estábamos fuera muy marcado.

—No conozco otra forma de proceder —dije sin convicción—. Puedo esperar unos minutos. He comprendido que somos parte de un todo indivisible, y que mi deber será llorarte, sentir dolor.

—¡Qué cursi! Pero aprecio tu gesto, aunque los dos sabemos que no sirve para nada.

Bajé la cabeza. El suelo del depósito estaba sucio de polvo y excrementos por todas partes, excepto donde los cuerpos descartados movían impacientes los pies. Allí el piso estaba lustroso y la oscuridad luchaba tratando de ganar la batalla contra los brillos furtivos que se descolgaban desde fuentes invisibles. Empecé a esperar, ansioso, la siguiente ronda de los auxiliares. Hice un cálculo mental de los muertos y traté de establecer reglas de frecuencias basándome en los gemidos, pero abandoné enseguida, desanimado, pesimista. Cada vez me era más difícil determinar los motivos de mi permanencia en el lugar, de mi incapacidad para salir, simplemente salir. Estaba en una trampa que yo mismo había construido y cebado. El cuerpo captó mi estado de ánimo y trató de ser constructivo.

—Creo que no voy a morir hoy.

—Podría volver mañana —dije estúpidamente.

—Es una buena idea. Pero tampoco sé si mañana...

El marco de luz se extinguía, por lo que el depósito ya estaba sumido en un mar de oscuridad. Los puntos de referencia habían desaparecido y lo mismo podía hallarme en el depósito de cuerpos descartados que en el corazón de una pesadilla. Me alenté con la idea de que es posible despertar de la peor pesadilla, pero la voz quebrada de mi primer cuerpo me devolvió a la realidad.

—...caminando hacia donde apunta ahora tu nariz...

Era ahora o nunca. Me puse en marcha y, antes de dar el tercer paso, la ira de un cuerpo demostró que no sería una tarea sencilla.

—¡Qué imbécil! ¡Fíjese por dónde camina y respete a los que se están muriendo!

—Perdón. Quiero salir de este lugar.

—¿Salir? —dijo el cuerpo y se rio ofensivamente—. De aquí solo se sale muerto.

Era la confirmación de lo que había empezado a sospechar: la trampa, funcionando con eficacia, me dejaba del lado incorrecto.

—Soy un recién transferido —dije—. Vine a despedirme. —Busqué aferrar con las manos al moribundo, pero este me eludió, burlón. Cuando volvió a hablar supe que no era el mismo, que otro ocupaba su lugar. El juego empezaba a despertar el interés de los condenados.

—Mi transferido no vino a despedirse. Desgraciado. Me deja solo en estas circunstancias tan dolorosas...

—El mío firmó una autorización para que me inyectaran algo para acelerar el asunto —dijo otro.

Un grito destemplado cortó una nueva protesta. Los quejidos y lamentos brotaban ahora de todos los rincones del depósito; los viejos cuerpos morían a mi alrededor, o simulaban hacerlo para mortificarme.

—¿De qué sirve? —aulló una voz femenina—. ¿Nos hace diferentes, nos mejora en algún sentido? Si la muy puta viniera a despedirme...

—¡Se arrepentiría! —completó un coro destemplado.

Los cuerpos descartados se mecían en sus reposeras de lona produciendo sonidos de textura rugosa, mínimos estertores de madera y polvo; el silencio roto se había esparcido por todo el volumen del depósito reflejando imágenes ciegas de la muerte, la muerte verdadera, la muerte cierta y absoluta, la que no podemos eludir con artificiosos saltimbanquis cambiando la cáscara.

—¿Por dónde? —rogué—. No veo la salida.

—Hacia adelante, con energía —insistió mi primer cuerpo—, atropellando sin asco; vamos a morir de todos modos.

Arremetí con furia, ciegamente, pero la reacción de los cuerpos no se hizo esperar. Probablemente en un ilógico arrebato, se habían levantado de las reposeras y me rodeaban, cerrándome el paso. Llegué a sentir la presión de algo duro, metálico, que buscaba mi carne y la ferocidad de una dentadura incompleta mordiéndome el brazo mientras, perdida toda moderación, yo golpeaba con los puños apretados en todas direcciones. Era inútil: la ruta hacia la salida, en la oscuridad y cercado por cuerpos sin futuro, se había clausurado para mí.

Sigue un lapso de recuerdos confusos. Tal vez caí, fui pisoteado por los cuerpos enfurecidos, recibí un golpe en la cabeza. Quizá no. Es imposible reconstruir los hechos que conducen a mi situación actual. Solo tengo la certeza de un despertar en la oscuridad y el silencio del depósito, de los tubos de plástico que me conectan a sustancias nutritivas, de los centenares de cuerpos descartados que me rodean.

—Era la única salida —dijo una voz familiar desde muy cerca, en un repliegue de las sombras—. Estaba en garantía. Si bien ninguna herida fue mortal...

—No quiero que me compadezcas —lo interrumpí—, y andate antes de que sea tarde.

—Necesito que aclaremos algunas cosas —dijo.

—No hay nada que aclarar —repliqué—. Es peligroso. —Pude verlo por primera vez: éramos idénticos, por supuesto, el mismo modelo de cuerpo—. Solo una pregunta: ¿el primer cuerpo... murió?

—Estoy aquí —respondió el primer cuerpo con la voz llena de grietas, desde algún lugar próximo, a la derecha de donde yo estaba.

—La casa está en orden, entonces.

—Me incorporé para que el nuevo cuerpo supiera que me dirigía a él—. Ahora voy a contar hasta diez, y cuando termine estaré afuera de este lugar de mierda, viviendo.

Movió la cabeza con obstinación. Comprendí que la trampa volvía a estar cebada y quién sabe cuántos caeríamos en ella antes de aprender el truco que permitía burlarla.

—Parece —dijo el cuerpo original alzando la voz en la atmósfera cargada de podredumbre— que el que escribió nuestro final se resiste a modificar una sola línea.

—Quizá sea un griego —repliqué, con ironía—, un aficionado a imaginar el Destino con mayúscula.

—¿De qué están hablando? —dijo el cuerpo nuevo, desconcertado—, ¿se burlan de mí? ¿Así pagan mi simpatía? De cualquier manera voy a quedarme hasta obtener algunas respuestas. No tengo necesidad de explicarles...

Dejé de escuchar sus palabras, aunque las oía mezcladas con el zumbido de las máquinas y el latir de los corazones de los cuerpos. Me costaba imaginar qué heridas habían obligado a realizar una segunda transferencia en tan poco tiempo, por lo que empecé a inspeccionar el cuerpo con cuidado, minuciosamente. Una fea costura me cruzaba el pecho y, al presionar, descubrí un dolor agudo en el costado izquierdo. ¿Tanto me habían dañado los casi muertos? Korps, en defensa de su reputación, había actuado de oficio y el nuevo cuerpo avaló el procedimiento al despertar. Cerraba perfectamente.

Se abrió la puerta y entraron los auxiliares. Curiosamente no había cuerpos sin vida, por lo que permanecieron perplejos unos segundos, vacilando entre dos mundos, pero no tardaron en retomar sus rutinas, trayendo cuerpos recién descartados a los que ubicaron en reposeras de lona, conectando los tubos de plástico a las venas de los pobres desgraciados.

—¡Llévenselo! —grité a voz en cuello—. No tiene nada que hacer aquí.

El dolor se intensificó, perdí fuerzas; mis gritos sonaban apagados, incapaces de alcanzar su objetivo.

—No registran a los descartados —dijo mi primer cuerpo.

—Ahorren fuerzas —dijo el cuerpo nuevo—. Los voy a sacar de esta pocilga. Mis cuerpos no son basura.

—Somos basura —dijo el primer cuerpo.

—Te suplico: ándate de este lugar antes de que sea tarde —sonó melodramático, pero no se me ocurría otra forma de hacerlo reaccionar—. Vas a quedar atrapado, prisionero, como nosotros...

El cuerpo nuevo se sobresaltó. Los auxiliares habían cerrado la puerta y el depósito quedó en penumbras una vez más. En la oscuridad creciente los gemidos de todos nosotros, los cuerpos descartados, y las protestas del recién transferido se mezclaron hasta hacerse indistinguibles.

Déposito de chatarra - William F. Nolan

    Se encontraba en las afueras del pueblo, un poco más allá de las vías abandonadas del tren de carga. Solía pasar por allí de camino al colegio, en las mañanas espejadas de Missouri y de nuevo, por las tardes de largas sombras, al volver a casa con los libros apretados contra el pecho, sin querer mirarlo.
El depósito de chatarra.
    A nosotros, los niños, siempre nos atemorizaba, incluso de día. Era viejo: llevaba en Riverton desde tiempo inmemorial. Abarcaba una manzana entera. Una desvencijada cerca de madera (¿había estado pintada alguna vez?) lo circundaba por completo. Los listones estaban podridos, y entre muchos de ellos había enormes grietas por las que se podían ver todos los coches destrozados y los camiones apilados obscenamente, cuerpo a cuerpo, en un abrazo de herrumbre. Había motores despanzurrados con los manguitos de agua rotos como vísceras revueltas, remolques de camiones dislocados, partidos e hinchados por el sol y la lluvia, y parabrisas hechos añicos cubiertos de una capa de mugre marrón oscura.

– Son los sesos de las personas que se estrellaron la cabeza contra el cristal –decía Billy-Joe Gibson.
    A nadie le cabía la menor duda de que decía la verdad.
    El ancho portón de metal negro que había al frente estaba cerrado con candado casi siempre, pero a veces, por las noches, «siempre» por las noches, solía abrirse con un chirrido, como si de una enorme boca de hierro se tratara, y el anciano señor Latting entraba su destartalado remolque, con el tubo de escape humeante, sin guardabarros delantero y el capó abollado, arrastrando el cadáver de un coche cual un insecto metálico aplastado.
    Nosotros, los niños, jamás supimos con exactitud de dónde sacaba los coches, aunque en la Interestatal se producían muchos accidentes graves, sobre todo en otoño, cuando de los bosques de Riverton se levantaba la niebla y envolvía la autopista con un palpitante manto blanco como la tiza.

    Los forasteros que desconocían la zona avanzaban por la autopista a ciento treinta por hora, o más, para internarse a ciegas en el banco de niebla. Entonces podía oírse el violento chirrido de unos frenos. Y el bloqueo de las ruedas. Seguía el estallido del metal destrozado y los cristales rotos al chocar contra el riel metálico de seguridad. Y luego un prolongado silencio. Más tarde, a veces mucho más tarde, se oía el ulular fúnebre de la sirena del Chevy de Joe Thompson, el sheriff, rumbo al lugar del accidente. En fin, que nosotros, los niños, nos imaginábamos que algunos de aquellos coches accidentados iban a parar al depósito de chatarra.
    Por las noches, al pasar por delante del depósito, de los metálicos cadáveres apilados se veía elevarse un verdoso y enfermizo fulgor que provenía del enorme arco voltaico que el señor Latting mantenía siempre encendido. Al caer el sol, aquella enorme luz se encendía y hasta el amanecer no se apagaba.
    Cuando a la escuela de Riverton llegaba un niño nuevo, sabíamos que, con el tiempo, acabaría preguntando por el depósito de chatarra.

–¿Habéis entrado alguna vez? –preguntaba el nuevo vecino.
    Nosotros le contestábamos que sí, que un montón de veces.     Pero era mentira. Ninguno de los niños que yo conocía había entrado nunca en el depósito.
    Y había una buena razón para ello. El señor Latting tenía allí dentro un enorme perro gris. No sé de qué raza. Una especie de mastín. Era feo como pecar en domingo. Sólo tenía bien un ojo; el otro lo llevaba cubierto por una especie de membrana surcada de venitas. A lo mejor le habían dado un zarpazo en alguna pelea. El ojo bueno era negro como un pedazo de carbón pulido. Debajo de aquel cráneo, deforme y cubierto de pelo corto, el perro tenía un cuello fuerte y musculoso, y su apelmazada pelambrera gris estaba cubierta de manchas de aceite y retazos de sarna. Tenía el rabo mocho;
quizá se lo habrían arrancado de un mordisco.
    Aquel perro jamás nos ladraba, nunca hacía ruido; pero si cualquiera de nosotros se acercaba demasiado al depósito, alzaba el labio superior en silenciosa señal de ira y nos enseñaba los amarillentos colmillos. Y si alguno de nosotros se atrevía a tocar la cerca que rodeaba el depósito, aquel bicho era capaz de abalanzar su corpachón contra la madera, y lanzarnos dentelladas a través de las separaciones de los listones.
    A veces, en otoño, la estación de las nieblas, justo al caer el sol, veíamos como el perro gris salía, igual que un fantasma, por el portón del depósito, se internaba en los bosques, justo por detrás de la tienda de Sutter, y desaparecía.
    En cierta ocasión, en un acto de bravura, lo seguí y vi que abandonaba los árboles, al otro extremo del bosque, y subía pesadamente la loma que conducía a la autopista interestatal, Y allí se quedó, sentado al borde de la cinta de asfalto, mirando los coches, que pasaban como una exhalación.                 Parecía disfrutar de aquello.
   Cuando volvió la enorme cabezota para lanzarme una mirada colérica, salí por pies y me perdí en el bosque. Estaba aterrado. No deseaba que aquel diablo gris saliera corriendo tras de mí. Recuerdo que no me detuve hasta llegar a mi casa.
    En cierta ocasión le pregunté a mi padre qué sabía sobre el señor Latting. Repuso que no tenía información acerca de aquel hombre. Sólo sabía que siempre había sido propietario del depósito. Y del perro. Y del remolque. Y que siempre, incluso en verano, llevaba un largo abrigo negro con el cuello gastado vuelto hacia arriba. Y que siempre se tocaba con un enorme sombrero raído, con el ala como mordisqueada por las ratas que dejaba en sombra su enjuto rostro, picado de viruelas, y sus brillantes ojos.
    El señor Latting jamás hablaba. Nadie le había oído pronunciar ni una palabra. Y como no hacía las compras en el pueblo, no teníamos ni idea de dónde conseguía la comida.        Tampoco daba la impresión de que vendiera algo. Quiero decir que nadie iba al depósito a comprar recambios para sus
coches o camiones. De modo que el señor Latting cumplía todos los requisitos para convertirse en el excéntrico del pueblo. En todos los pueblos hay uno. Inofensivos, supongo.
     Pero, de todos modos, dan miedo.
    Y así eran las cosas, en Riverton, donde me crié (siempre consideré que Riverton era un nombre cómico para un pueblo en el que no había ni un río en cien kilómetros a la redonda).      Yo tenía dieciocho años cuando me marché para matricularme en la universidad e iniciar una nueva vida. Me licencié en ingeniería. Igual que mi padre; pero él nunca hizo nada con su título. A los treinta años, contaba ya con mi propia empresa cuando regresé a enterrar a mi padre.
    Mamá se había divorciado de él diez años antes, contrajo nuevas nupcias, y residía en Cleveland. No quiso volver para el funeral. Mi única hermana se encontraba en California; no tenía dinero para el viaje, y no éramos más hermanos. De manera que me tocó a mí.
    Era otoño y el entierro en el cementerio de Oakwood resultó lúgubre y deprimente. Asistió muy poca gente: algunos viejos compinches de papá, que también estaban con un pie en la tumba, y un puñado de mis compañeros del instituto, que se mostraron nerviosos e incómodos, igual que yo.
    Dispuestos para ofrecerme sus condolencias. No había relación alguna entre nosotros; no quedaba nada.
    Cuando todo hubo acabado, decidí regresar en coche a Chicago esa misma noche. Riverton no ejercía la mínima atracción nostálgica en mí. Se trataba de enterrar a mi padre y largarme de allí.
    Ése había sido mi plan desde el principio.
    Al volver del cementerio, pasé por el depósito de chatarra.
    No vi a nadie dentro cuando pasé lentamente por delante en mi coche, dejando atrás el portón cerrado con candado. Ni señales de vida o movimiento.
    Claro que habían transcurrido doce largos años. El viejo Latting estaría muerto, sin duda, lo mismo que su perro. ¿Quién sería el propietario ahora? A mi juicio, era un lugar de lo más espantoso.
    Un sinfín de oscuros recuerdos acudió en tropel a mi mente. Aquel depósito siempre había tenido algo de indecente..., algo «malo». Aspecto que no había cambiado. Un frío repentino en el aire me estremeció. Subí un punto más la calefacción del coche.
    Y enfilé hacia la autopista interestatal.
    Diez minutos después vi al perro. Se hallaba sentado junto al riel metálico de la autopista, sobre el arcén de grava, en el mismo sitio hasta el cual yo lo había seguido tantos años antes. A medida que mi coche se acercaba a él, el enorme animal gris levantó la cabeza y fijó su ojo de carbón en mí.
    El mismo perro. El mismo ojo ciego, abultado y blanquecino en el lado derecho de su cráneo deforme, la misma pelambrera plagada de manchas de sarna, el mismo cuello musculoso y el mismo rabo mocho.
    El mismo perro... o su fantasma.
    De pronto, me interné en una vorágine de niebla opaca que oscureció la autopista. Iba a demasiada velocidad. Aquella aparición surgida de los bosques me había hecho perder la concentración.
    Pisé a fondo el pedal del freno. Las ruedas se bloquearon y perdieron agarre en el firme humedecido por la niebla. El coche empezó a derrapar hacia el riel de seguridad. Una banda de acero inflexible, blanca como la leche, «apareció» ante mí. Y me estrellé contra ella. De frente.
    Siguió el estallido de metal contra metal. Aparecieron en el parabrisas millares de finas estrías. 

    El volante se me clavó con fuerza en el pecho. Un ruido seco de huesos al fracturarse. Carne despedazada. Sangre. Dolor. Negrura.
    Silencio.
    Luego..., un despertar. Otra vez la consciencia. Parpadeé en un intento de fijar la mirada. Tenía el rostro entumecido; no podía mover ni los brazos ni las piernas. El dolor habitaba en mi cuerpo como un fuego ardiente. Entonces advertí que el coche estaba con las ruedas al aire, y que el techo me envolvía como una mortaja metálica.
    Una oleada de terror me cubrió con su agitación. Estaba atrapado, encogido en el interior de aquella ruina volcada.        Luché contra el miedo diciéndome que las cosas habrían podido resultar peor. Mucho peor. Hubiera podido salir despedido por el parabrisas (que se había cuarteado totalmente, pero seguía intacto) o incendiarse el coche o haberme desnucado. Al menos había sobrevivido al accidente.     Alguien me encontraría. Alguien.
    Entonces oí el ruido del remolque. Lo vi por el parabrisas; a través de la telaraña de cristal cuarteado, se acercaba a mí en la niebla; el «mismo» remolque que había visto de niño, sin guardabarros delantero, con el capó abollado y el parachoques sujeto con alambre... El rugido de su viejo y asmático motor me resultó horrendamente familiar.
    Se detuvo. Una portezuela se abrió con un chirrido y el conductor se apeó de la cabina. Se acercó a mi coche, se acuclilló y escudriñó en el interior.
    El señor Latting.
    Y me habló. Por primera vez oí su voz: era como de metal oxidado. Como de ultratumba.
    –Parece que se ha estrellado usted.
    Al sonreír, exhibió una fila de dientes cariados. Sus ojos me miraban, brillantes, bajo el ala ancha del raído sombrero. No me resultó fácil contestarle.

    –Estoy... mal... malherido. Necesito... necesito un médico. Tenía la boca ensangrentada. Lancé un quejido; las cuchillas afiladas del dolor me atravesaron todo el cuerpo.

    –No hay ninguna prisa –me dijo–. Cuidaremos de usted.        –Lanzó una seca risita–. Descanse tranquilo. Déjelo todo en nuestras manos.
    Me sentía muy mareado. Para respirar, tenía que hacer un gran esfuerzo. La vista se me nubló: luché por permanecer consciente. Oí el ruido de cadenas al ser enganchadas, sentí que el coche se elevaba, una sensación de movimiento, el sonido acompasado de un motor... Una nueva oleada de dolor me sumió en la oscuridad.
    Desperté en el depósito de chatarra.
    «Imposible –me dije–. “Aquí” no. No puede haberme traído aquí. Necesito atención médica. Un hospital. Podría morirme...»
¡Morirme!
    La palabra me golpeó con la fuerza de un martillazo. Me estaba muriendo, y él, como si nada.
    No había movido un dedo por socorrerme; seguía atrapado entre los hierros retorcidos del coche.
    ¿Dónde estaba la policía? ¿Y los mecánicos con sopletes para liberarme? ¿Y la ambulancia?
    Entrecerré los párpados. El pálido fulgor verde del enorme arco voltaico que se alzaba en mitad del depósito lanzaba unas sombras retorcidas sobre las pilas de chatarra.
    Oí que cerraban el portón de golpe y que echaban el candado. Luego, el ruido producido por las pesadas botas de Latting al avanzar por la crujiente grava y acercarse a mí. El coche seguía con las ruedas hacia arriba.
    Intenté inclinar el cuerpo y darme la vuelta para llegar hasta el tirador de la puerta del conductor. Quizá lograra abrirla. Pero un relámpago de dolor me indicó que me resultaba imposible moverme.
    El rostro esquelético de Latting apareció ante el parabrisas y miró hacia dentro, a través del cristal cuarteado. Una sonrisa le alargó la comisura de los labios como si fuese una cicatriz.

–¿Se encuentra bien ahí dentro?

–¡Diablos, no! –exclamé con un hilo de voz–. Necesito un... un médico. Por el amor de Dios..., consígame... una ambulancia. Negó con la cabeza.

– Aquí, en el depósito, no hay teléfono para poder pedir una –repuso con voz ronca–. Además, usted no necesita médicos, hijo. Nos tiene a «nosotros».

–¿Ustedes?
–Sí, a mi perro y a mí.
    La cabeza, roma y deforme, del asqueroso animal gris apareció en la ventanilla junto a la de Latting. La roja lengua le colgaba, húmeda, y su ojo negro me miraba fijamente sin pestañear.

–Pero... ¡me estoy desangrando! –Levanté el brazo derecho; la sangre me manaba profusamente–. Y... creo que..., creo que tengo... lesiones internas.

–Seguro que las tiene –afirmó Latting con una risita–. Sufre graves lesiones internas. –Me lanzó una socarrona mirada de soslayo–, Además, tiene la cabeza llena de cortes. Y parece que tiene fracturadas ambas piernas... y el pecho hundido. Seguro que se le han roto un montón de costillas.
Y volvió a reírse, esta vez a carcajadas.

–¡Es usted un pobre loco! –le espeté–. Haré que..., que el sheriff lo arreste. –Luché contra el dolor para seguir con mi invectiva–: ¡Se pudrirá en la cárcel por esto!

–¡Vamos, no se ponga de esa forma! El sheriff no entrará aquí. Nadie entra en el depósito. A estas alturas, usted debería saberlo ya. Nadie. Excepto los que están igual que usted.
–¿Qué quiere decir con eso de..., de «los que están igual que usted»?

–Los moribundos –respondió el anciano con voz ronca–. Los que tienen casi todos los huesos rotos, los que se desangran por completo. Los de la autopista interestatal, vamos.

–¿Quiere decir que... ésta no es la primera vez?

–Claro que no. Han sido muchas veces. ¿Cómo cree usted que hemos sobrevivido todos estos años mi perro y yo? Lo que ocurre en esa autopista es lo que nos mantiene vivos...; los que hay dentro de los coches destrozados, de los camiones volcados. Necesitamos lo de dentro. –Acarició con fuerza el cogote sarnoso del perro y le preguntó–: ¿No es así, amigo?
Como respuesta, el enorme animal levantó el baboseante morro y enseñó los dientes; luego, volvió a fijar en mí su ojo de obsidiana.

–Este perro que ve usted aquí es algo fuera de lo común –comentó Latting–. Lo digo porque parece saber con toda exactitud a quién debe elegir para echarle el mal de ojo. A la gente especial. A las personas como usted, a quienes nadie echará de menos y por las que nadie preguntará. No puedo permitirme el lujo de que vengan a fisgonear y hacer preguntas por el depósito. Los que él elige se internan en la niebla y desaparecen. Yo los remolco hasta aquí y se acabó la historia.
    Obnubilado, a través de la bruma roja del dolor, recordé la fiera intensidad con la que aquel único ojo negro me había mirado cuando pasé junto al riel metálico de la autopista. Me hipnotizó, e hizo que perdiese el control del coche y me estrellara contra el protector metálico. El mal de ojo.

– Bueno, ya va siendo hora de que deje de charlar con usted y me ponga a mi trabajo –anunció Latting, levantándose–. Vamos, perrito.
    Y se alejó del coche junto con el animal.
    Inspiré hondo y me estremecí; con desesperación, me dije que alguien tenía que haber oído el estrépito del choque y habría informado a las autoridades; me dije que el sheriff llegaría de un momento a otro, que me meterían en una cama con sábanas limpias y frescas, que me limpiarían suavemente la sangre, y me curarían las heridas...
    «¡Vamos, daos prisa, maldita sea! Me estoy muriendo. ¡Me estoy muriendo!»
    De pronto, oí un sonido seco, estremecedor, que se repitió una y otra vez. La curva de cristal cuarteado que tenía delante de mí cedió hasta dentro bajo el impacto de la serie de golpes en rápida sucesión que Latting asestó al parabrisas con una almádena.

–Cada día los hacen más reforzados –gruñó de mal humor, y prosiguió con su ataque–. ¡Ah..., por fin..., ahora sí que cede!
El parabrisas se partió de repente y se fragmentó en mil pedazos; sus trozos afilados cayeron sobre mi cabeza y los hombros, cortándome la carne.

–Así está mejor, ¿no? –dijo el anciano con aquella cicatriz que tenía por sonrisa–. Ahora podrá llegar hasta usted sin problemas.
¿Llegar hasta mí?
    El perro. Se refería al perro, aquel animal pestilente y horrendo. Parpadeé en un intento de quitarme la sangre de los ojos y traté de retroceder, de alejarme de aquella abertura afilada. Pero fue inútil. El dolor era demasiado atroz. Me desplomé débilmente contra los metales retorcidos del techo, al tiempo que rehusaba creer lo que me ocurría.
   La criatura gris se acercó y embistió con su ancho corpachón contra la abertura.
    El fétido aliento de aquella bestia infernal me llenó la nariz; su boca entreabierta se aferró a mis carnes y me hincó los dientes; su erizada pelambrera maloliente me rozó la piel.
    Un husmeo horripilante, unos lametones... y sentí que me sorbía la sangre. Me... vaciaba..., me sorbía por entero... para meterme en su asqueroso cuerpo...
    Sentí la necesidad de moverme. De abandonar el depósito de chatarra. Con el aire frío me llegó la promesa de una helada. En lo alto, el cielo tenía una tonalidad gris acerada.
    Era una delicia volver a moverse. Correr. Abandonar el pueblo y dejar atrás los bosques.
    Todo estaba muy tranquilo. Gocé con el penetrante aroma a tierra, a hormigón y metal que me rodeaba. Volvía a estar vivo. Y fuerte. Era estupendo estar vivo.
    Esperé. De vez en cuando, alguna silueta veloz pasaba ante mí. Yo no hacía caso. Otra. Y luego otra. Y entonces, al fin, «la silueta indicada». La felicidad me invadió. Allí estaba quien nos proporcionaría a mí y a mi amo la vida y la fuerza.
    Alcé la cabeza. Entonces él me vio, el conductor del camión.     Clavé mi ojo en él cuando pasó veloz ante mí, con aquel sonido metálico. Y desapareció en la niebla.
    Me quedé allí, sentado, tranquilo, en espera del impacto.